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ALBERT CAMUS (1913-1960)

Albert Camus
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Premio Nobel 1957

Albert Camus

Ignacio Iglesias

Artículo publicado en el diario El Nacional , Caracas, 21 de noviembre de 1957, con motivo de la concesión del Premio Nobel de Literatura a Albert Camus.

El Premio Nobel de Literatura, la más alta recompensa intelectual mundial –la de mayor renombre en todo caso- acaba de ser otorgado a Albert Camus, el gran escritor francés de la libertad y de la dignidad humana. Si la acertada elección de nuestro puro y exquisito poeta Juan Ramón Jiménez para el Nobel 1956 nos hizo olvidar lamentables desaciertos anteriores, la muy justa de este año en la persona de Camus nos acaba de congraciar con la Academia de Suecia. Efectivamente, todo hace creer que el venerable aerópago sueco está dispuesto a atenerse a los méritos estrictamente literarios y hamanísticos de sus elegidos, sin otras consideraciones totalmente ajenas al campo de la cultura. En todo caso, la elección hoy de Albert Camus, al igual que la Juan Ramón Jiménez ayer, son dos aciertos indiscutibles que honran y dignifican el Premio Nobel.

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Unos breves relatos, unos dramas, algún que otro ensayo, varias cartas, unos cuantos artículos, en total pocas páginas, pocas palabras, pero en ese poco que Albert Camus nos ha ofrecido hasta el presente –no olvidemos que cumple ahora sus 44 años- encontramos el hombre moderno y su tormento, su miseria y su grandeza. Digamos inmediatamente que toda la obra de Camus –breve pero densa- oscila entre el amor y la ansiedad, entre “el mar y las prisiones”, según frase suya. Contrastes pues de felicidad y de miseria, de alegría y de angustia, entre los que nuestro autor se debate para intentar arrancar al tiempo, al sufrimiento y a la muerte ese fruto dorado del tiempo que es la vida humana. Téngase en cuenta que Albert Camus pertenece a una generación que la historia implacable ha hecho vivir en el clima de la arbitrariedad, de la tortura y de la muerte violenta. Al igual que uno de sus héroes, Calígula, se ha visto en la necesidad de meditar con pasión esa verdad “a la par simple y clara, un poco idiota, pero difícil de descubrir y dura de llevar: los hombres mueren y no son felices”. Tienen por tanto necesidad de lo imposible, “de algo que tal vez resulte demente, pero que no sea de este mundo”. Todo cuanto Camus escribió hasta la fecha tiende a denunciar la absurdidad del mundo y a buscar desesperadamente el sentido de la vida.

Para encarnar los temas que le obsesionan, Camus se ha venido sirviendo alternativamente de dos formas de arte contemporáneo: el relato y el drama, reservando por lo general el tema de la voluntad de potencia a su teatro y a sus relatos el de la lucha de los oprimidos, a los que les está prohibida la rebelión violenta. No obstante la premeditada economía de medios de expresión –influencia indudable de la literatura norteamericana de nuestros días- las dos formas de expresión señaladas sobresalen por su grandeza y su objetividad, siendo necesario aclarar sin pérdida de tiempo que la objetividad de Camus no tiende a crear la ilusión de lo real, como generalmente suele ocurrir. Y no tiende a crear esa ilusión por la razón de que lo que está en discusión  en sus obras es justamente lo real; lo que trata es de hacer sentir la incoherencia de nuestro mundo, correspondiendo al lector o espectador el proporcionar la respuesta a la pregunta que sugiere un cuadro presentado sin comentarios.

En cuanto Camus ha escrito existe un estilo de vida y de pensamiento, unas ideas, una moral. El ensayista, el autor dramático y el moralista que es Albert Camus, ha sabido preservar espontáneamente su forma y su contenido de todo lo que la actualidad, la contingencia, la política, la polémica o la propaganda aportan de vulgaridad y de trivial facilidad. Comparando a uno de los personajes de su obra, con Mersault de “L´Etranger”, que exageraba su honestidad hasta tal punto de negarse a decir que amaba a su madre, los lectores de Camus aman en él  la conjunción ejemplar del hombre y de la obra. Pocos casos existen , en efecto, en que la obra y el hombre aparezcan más identificados, más indisolublemente unidos. “Le style est l´homme méme”. Jean Paul Sartre escribió sobre Camus, hace años, antes de perderse por los meandros de la política comunista-existencialista: “Es de agradecerle el que una el sentimiento de la grandeza al gusto apasionado de la belleza y la alegría de vivir con el sentimiento de la muerte”.Subrayemos que Albert Camus ha logrado ser lo que en el buen sentido de la palabra se denomina un clásico. Una página suya es fácil de reconocer por su pureza de buen cristal y esa especie de vibración contenida que señala el control de un escritor sobre los movimientos de su pensamiento y de su corazón.

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Hace pocos años, coincidiendo con horas  muy tristes para Europa y para Francia, cuando mayor era el prestigio de André Malraux y comenzaba a establecer su celebridad –hoy un poco ensombrecida- Jean Paul Sartre, emprendió su obra Albert Camus. En “Le Mythe de Sosiphe” (1942) ofrece la primera descripción coherente de una sensibilidad absurda. Partiendo del suicido –“el único problema filosófico serio”- Camus examina la posibilidad de crear muertos conscientes, es decir, de vivir sin ilusión. El gran problema planteado es éste: ¿Cómo hacer  coincidir el espíritu del hombre con su naturaleza, su impulso hacia lo eterno y el carácter limitado de su existencia? Camus se decide, a fin de cuentas, por una rebeldía que de a la vida su grandeza, oponiendo a la absurdidad del mundo una creación que la niegue. Y afirma: “Crear, es vivir dos veces”. Para expresar esta filosofía en páginas convincentes, escribió “L´Etranger”. En esta novela supo dar al héroe absurdo una resonancia profundamente humana, pues ese Meursault que desde las primeras páginas se nos presentó como una víctima propiciatoria de la sociedad, logra la existencia auténtica en el momento mismo en que el máximo de injusticia lo lleva a la revuelta: al pie de la guillotina, al constatar su miseria, adquiere al fin su dignidad de hombre. Este libro sin esperanza, escrito incluso contra toda esperanza, se termina por lo tanto con una promesa.

“La Peste” (1947), otra de sus obras más significativas trata de hallar una respuesta clara a la injusticia que sufre el hombre. Sirviéndose de una alegoría harto evidente, en la que una epidemia reemplaza a todas las plagas de nuestra época –guerra total, ocupación, terror, universo concentracionario-, muestra como somos todos no sólo víctimas sino asimismo cómplices. Todos y cada uno de los lectores tuvieron que identificarse con los personajes del libro. En “La Peste”, el autor busca la definición de una moral práctica, que consiste en ponerse al lado de las víctimas en todos los momentos para así mejor limitar el daño, o sea de ayudar a vivir y a luchar por la vida. “La salvación del hombre es, por lo menos, una expresión demasiado enfática... Lo que me interesa es su salud”. Como se ve, a la moral de revuelta sucede otra moral sin duda más optimista orientada esta vez decididamente hacia la solidaridad humana, que permite a los hombres superar la absurdidad original. Albert Camus se ha convertido en una especie de director de conciencia de un sector de la juventud francesa y europea.

La obra de Camus más importante de estos años últimos, prescindiendo de sus relatos que son de uan rara perfección literaria, es “L´Homme révolté”, en el que establece algo así como una línea de resistencia a la historia. “No sólo se vive de lucha y de odio. No siempre se muere con las armas en la mano. Existe la historia y existe otra cosa: la simple felicidad... la belleza”. A la desmedida de nuestra Europa, Camus opone el sentido de la medida que nos ofreció Grecia, “que nada llevó hasta lo extremo, ni lo sagrado, ni la razón, porque nada negó, ni la razón ni lo sagrado”.  En “L´Homme révolté”, Camus denuncia la lógica estéril de una revuelta que sólo deifica la revuelta para mejor llegar al terror. “En el universo puramente histórico que han elegido, revuelta y revolución desembocan en el mismo dilema: o la policía o la locura”. Así se opone terminantemente a los partidarios de las empresas ambiciosas que transportan  lo absoluto en la historia y la religión en la política. Su actitud es más modesta e infinitamente más humana: “En su mayor esfuerzo, el hombre no puede proponerse más que disminuir aritméticamente el dolor del mundo... Pero, el porqué de Dimitri Karakov continuará resonando: el arte y la revuelta sólo morirán con el último hombre”.

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El mérito inmenso de Albert Camus es haber sabido expresar magníficamente la sensibilidad trágica de nuestra época con una sobriedad clásica y de haber testimoniado sin traicionar jamás su arte. Su voz, levantada siempre contra toda injusticia, es sin duda alguna una de las más puras y nobles de este tiempo. “Debemos servir al mismo tiempo –afirmó en una ocasión- el dolor y la belleza”. Por eso, este hombre que ama la soledad no cesa de afirmar su intransigente fidelidad a las causas justas, aunque aparezcan provisionalmente como causas perdidas, subiendo incluso a los estrados públicos para gritar con pasión contra todos los sistemas totalitarios, contra todos los progresos inicuos, contra las represiones, contra las infamias de la razón de Estado, contra la pena de muerte. La Academia de Suecia le otorga ahora el Premio Nobel de Literatura por su obra “que aclara con seriedad penetrante los problemas planteados en nuestros días a las conciencias humanas”.
 
 

Edición digital de la Fundación Andreu Nin, junio 2003



 
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