FUNDACIÓN

ANDREU NIN


Noticia sobre unas memorias incómodas

Las evasiones imposibles de Victor Serge

Claudio Albertani


Claudio Albertani es profesor de tiempo completo en el posgrado en Ciencias Sociales de la Universidad de la Ciudad de México (UCM). Autor de Los Camaradas Eternos, biografía todavía inédita de Victor Serge. El texto que publicamos fue leido en el acto de presentación de las Memorias... de Víctor Serge en Casa Lamm el día 28 de mayo de 2003. En la mesa estuvieron junto a Claudio Albertani, además de Vlady y Jeannine, Adolfo Gilly, Horacio Cerutti, Jacques Gabayet, Alejandra Moreno Toscano y el editor Jaime Labastida.
 

 


     Planeta sin visado, sin dinero, sin compás,
     gran cielo desnudo sin cometas,
     el hijo del hombre ya no tiene donde descansar su cabeza

         Victor Serge
 
 

Bajo el título de Memorias de mundos desaparecidos (1901-1941) , a finales del año pasado, la editorial Siglo XXI puso en circulación una nueva edición de las Memorias de un revolucionario de Victor Serge, publicadas póstumas en Francia por primera vez  en 1951 (1).

Agotada en español hace mucho tiempo, esta es una obra de gran calidad literaria, así como un texto fundamental para entender la historia de la primera mitad del siglo XX y en particular, el gran ciclo de luchas sociales europeas  que arranca con la primera revolución rusa (1905) y se concluye con la derrota de la revolución española (1936-39) (2).

La actual edición retoma de la anterior la traducción de Tomás Segovia, añadiendo un útil aparato crítico con notas e índice analítico (3). Escogido por el editor, el nuevo título es uno de los muchos pensados en su momento por el propio Serge, quien falleció antes de poner punto final a la obra (4).

La publicación se inserta en una ola de renovado interés a nivel internacional por Victor Serge que incluye artículos, estudios y múltiples ediciones de sus obras en francés, ruso,  italiano, inglés y árabe.

En México, Memorias de mundos desaparecidos no ha merecido hasta ahora comentario alguno ni en la prensa ni en publicaciones especializadas. ¿Será que Victor Serge sigue siendo un autor incómodo? Además: ¿quién fue este escritor atípico y relativamente desconocido? ¿Y qué nos puede decir a nosotros, hombres y mujeres del tercer milenio?
 

La trayectoria de un herético

Escritor ruso de idioma francés, novelista, poeta y ensayista, Victor-Napoleón Lvovich Kibalchich –alias Victor Serge, Le Rétif, Le Masque, Ralph, Victor Stern, Victor Klein, Alexis Berlovski, Sergo, Siegfried, Gottlieb, V. Poderewski, y algunos pseudónimos más - nació en el exilio en Bruselas el 31 de diciembre de 1890 de padres rusos y murió, igualmente en el exilio, en la Ciudad de México el 17 de noviembre de 1947.

Su vida se desenvolvió en la frontera de dos mundos: la Europa optimista e hipócrita de anteguerra y los sombríos imperios totalitarios de la primera mitad del siglo XX. Luchó con pasión contra ambos: militante a los 15 años, presidiario a los 22, participó en tres revoluciones: la española, la rusa y la alemana. Fue activo en cuatro países más: Bélgica, Francia, Austria y México. A pesar de su gran inteligencia y talento, nunca sucumbió a la tentación, tan común entre revolucionarios, de ser un líder.

Autodidacta, empezó a ganarse la vida a los trece años siendo sucesivamente dibujante, fotógrafo ambulante, técnico de gas, tipógrafo, traductor, corrector de estilo. Una jornada laboral de diez horas, y un salario de hambre, no le impidieron alimentar su espíritu, estudiar y cultivar la amistad. Y es que, tal vez por tradición familiar, Victor disponía de un bien muy raro: la conciencia social. Empezó su militancia en las juventudes del Partido Obrero Belga, convirtiéndose muy pronto al anarco-comunismo de Pedro Kropotkin y Eliseo Reclus.

“El anarquismo –escribió en un texto retrospectivo- además de ser una doctrina de emancipación social, es una regla de conducta. (…) Su gran mérito es ser inseparable de la vida personal. (…) Nosotros lo considerábamos una reacción profundamente sana contra la corrupción del socialismo a finales del siglo XIX” (5).

Todavía adolescente, viajó a París donde se vinculó a grupos individualistas que pregonaban la guerra a muerte contra la sociedad: la llamada banda Bonnot. No compartía su estrategia, pero sí su indignación quedando atrapado en un trágico asunto de asaltantes románticos y vegetarianos. Inocente, rehusó convertirse en delator purgando, únicamente por esto, cinco años de prisión. Fue su primera condena, no sería la última.

Liberado en 1917, pasó a España, donde –bajo la influencia del dirigente de la Confederación Nacional del Trabajo (CNT), Salvador Seguí (6) - evolucionó paulatinamente del individualismo al anarcosindicalismo. Fue en el periódico barcelonés Tierra y Libertad donde empezó a firmar sus artículos con el seudónimo que lo haría famoso: Victor Serge (7).

Cuando se alumbró la lejana antorcha de la revolución rusa, Victor escuchó el llamado de sus ancestros. Participó, todavía, en la fallida insurrección de julio de 1917 en Barcelona y, después de una prolongada estancia en un campo de concentración francés, llegó a Petrogrado hacia enero de 1919. Allá, en aquel “mundo mortalmente helado”  encontró -o pensó encontrar- sus raíces. “Salíamos de la nada, entramos en el dominio de la voluntad. Nos espera una país donde la vida vuelve a empezar de nuevo…”, escribe en las Memorias (8).

A los pocos meses, en plena guerra civil, se adhirió al comunismo de Lenin y Trotsky como, en un primer momento, lo hicieron también otros anarquistas (9).  Lo que sigue es historia: Victor Serge participó en la fundación de la Internacional Comunista, colaboró de cerca con su primer presidente, Gregori Zinoviev y fue miembro del Consejo de Comisarios del Pueblo de la Comuna del Norte.

Intentó servir lealmente al nuevo régimen, sin renunciar a sus convicciones buscando, más bien, conciliarlas con la necesidad de defender la revolución cercada por múltiples enemigos (10).  Según el testimonio de Pierre Pascal, cuñado de Serge y uno de los primeros comunistas franceses, nuestro autor saboreó los privilegios de la nueva clase superior, pero, aun exponiéndose a riesgos, siempre intervino a favor de tal o cual víctima de una injusticia, o de una detención arbitraria (11).

Combatiente, periodista, traductor, organizador de los servicios de información de la COMINTERN, agente clandestino en Alemania, Victor Serge vivió tanto el fracaso de la revolución europea, como la progresiva degeneración del régimen soviético.

Conservó, en estas andanzas, una marcada sensibilidad libertaria y una gran independencia de pensamiento lo cual, a la postre, le permitió formular críticas certeras y demoledoras al stalinismo. A partir de 1924 fue miembro de la oposición de izquierda (trotskista), lo cual marcó su destino como perseguido político cerrándole, poco a poco, todas las puertas a la vez como dirigente político y como intelectual.

Se volcó hacia la literatura relativamente tarde, y no por amor al arte, sino porque “es preciso dejar un testimonio sobre este tiempo; el testigo pasa, pero puede suceder que el testimonio permanezca” (12).  Fue en 1928, mientras se estaba recuperando de una grave enfermedad, cuando escribir se le reveló como una nueva razón para vivir. “De repente mi actividad anterior me pareció fútil e insuficiente. El impulso que recibí entonces  –o, mejor dicho, que nació en mi- fue de un tal vigor que se ha mantenido hasta el día de hoy en las circunstancias más adversas.” (13).

Si bien el ruso de Victor Serge era perfecto, optó por el francés, ya que en la URSS nunca le hubiesen publicado ni una línea. Detenido una primera vez en 1928, se mantuvo cinco años en la sombra, escribiendo en la soledad, afinando sus ideas y esperando en cualquier momento la llegada de la policía secreta.

“Concibo la literatura como un medio de expresión y de comunión entre los hombres: un medio particularmente poderoso a los ojos de quienes quieren transformar la sociedad. Decir lo que uno es, lo que uno quiere, lo que uno vivió, luchó, sufrió, conquistó. Para eso es necesario ser de entre los que luchan, sufren, caen, conquistan. Y entonces la literatura en sentido estricto no tiene en la vida que un lugar bastante secundario” (14).

En 1933, Serge fue deportado a Orenburg, antesala geográfica y política de Siberia. Muy pocos disidentes salían de la URSS, y todavía menos del cautiverio, pero el ruido de sus amigos anarcosindicalistas en Francia, y las discretas gestiones de Romain Rolland con Stalin y Yagoda lograron lo imposible. El 12 de abril de 1936 – a unos cuantos meses de los procesos de Moscú- Serge, su esposa Liuba y sus dos hijos, Vlady y Jeannine, viajaron a Europa.

A partir de ese momento, nuestro autor persiguió una idea obsesiva: narrar la tragedia de la revolución triunfante que se devora a sí misma. “El acontecimiento más esperanzador, más grandioso de nuestro tiempo, parece volverse contra nosotros. ¿Qué nos queda del entusiasmo inolvidable de 1917? Muchos hombres de mi generación, que fueron comunistas desde el primer momento, no guardan otro sentimiento que el rencor” (15).

Desbordado por su propia experiencia, incursionó en todos los géneros: memorias, novelas, epístolas, poemas, cuentos, ensayos y estudios históricos, sin contar cientos de artículos periodísticos. Pronto, publicó Destino de una revolución, un texto que se acaba de volver a editar en Francia, y que es uno de los primeros estudios sobre el universo de los campos de concentración.

En el ciclo Los Revolucionarios –título con que los editores franceses reunieron en un solo volumen cinco de sus novelas- narró con vigor épico los logros y desaciertos de los protagonistas de las grandes sublevaciones sociales que le tocó vivir: los presos en la Francia de la Bella Época -Los Hombres en la cárcel- los insurrectos de Barcelona en 1917 -Nacimiento de nuestra fuerza -,  los defensores de  Petrogrado en 1919 -Ciudad Ganada -, los viejos  bolcheviques deportados en 1933-36 -Media noche en el siglo- y el drama de la fidelidad al partido en la época de las grande purgas -El caso Tuláyev-, esta última probablemente su obra maestra (16).

Es extraña la paradoja de un hombre que, siendo en primer lugar un revolucionario, vio hecho añicos el intento de “transformar la sociedad”, casi dio disculpas por atreverse a escribir novelas y acabó dejando una obra literaria admirable que rompe fronteras, donde “la ética llega a trocarse en estética”, como diría su hijo, el pintor Vlady (17).  Una obra que escribió por los caminos del mundo, en condiciones materiales sumamente difíciles, repetidas veces despojado de lo poco que poseía, acosado por policías y dictadores, con la única e imperiosa pasión de hacer revivir seres humanos únicos y desconocidos.
 

El reverso de la historia

Las Memorias, expresan con una fuerza particular la idea de literatura testimonial que atraviesa toda la obra de Victor Serge. A medida que se adentra en aquel “mundo sin evasión posible donde el único remedio era luchar por una evasión imposible”, el lector se sume en la epopeya de las revoluciones derrotadas del siglo XX.

No hay, sin embargo, condescendencia alguna. “Detesto el papel de víctima”, escribió. (…) “Una necesidad que se parece a la complicidad amarra frecuentemente a la víctima con el torturador, al mártir con el verdugo.” (18).

El libro se lee como una novela polifónica en que actores individuales y colectivos se alternan en el escenario, devolviéndonos la imagen grandiosa de la humanidad en movimiento. Como en un fresco monumental, las etapas del drama revolucionario se suceden una tras otra en un ordenamiento implacable.

¿El final estaba implícito en el comienzo? Serge piensa que no.

Triunfó el stalinismo, pero el desenlace podía ser otro. Incluso la palabra “destino”, que utiliza una y otra vez, no implica la fatalidad, ni excluye la voluntad o la creatividad. A la manera de Nietzsche –un autor que nunca dejó de estudiar- expresa más bien la opción de volver al pasado, de recoger para el futuro la herencia de sus posibilidades perdidas.

Serge busca explicaciones sin aceptar la falsa opción entre heroísmo y abjura. Cree firmemente en un socialismo fundamentado en la libertad y en la crítica;  no se adhiere a la religión que hace de la historia un nuevo dios; piensa que los hombres tienen responsabilidades personales. El “nosotros”, el yo colectivo que habla en sus libros, no ahoga al sujeto y no se reduce a las corrientes heréticas del movimiento obrero: ni siquiera al trotskismo y al anarquismo en cuyas filas militó.

Serge es uno de los que advierten la exigencia de volver a pensar las viejas ideologías del movimiento obrero cuya derrota histórica comprende y analiza en sus novelas todavía más que en sus ensayos. La gran lección que nos deja es la búsqueda incesante de alternativas sin grilletes ideológicos, el apego a los ideales libertarios de los orígenes, y el rechazo de todo pensamiento dirigido. Serge fue un pesimista, pero -igual que Orwell y a diferencia Koestler- no fue un desencantado y nunca abandonó el proyecto socialista ni la pasión revolucionaria (19).

Lejos de todo determinismo, nos dice que, al finalizar la guerra civil, la solución de los problemas de la nueva sociedad se podía buscar en la democracia obrera y en la libertad de opinión, y no, como sucedió, en el monopolio del poder, la represión de los herejes, y el partido único.

En Retrato de Stalin, escribe nuestro autor: “el error más incomprensible -porque fue deliberado- que estos socialistas (los bolcheviques), dotados de grandes conocimientos históricos, cometieron, fue el de crear la Comisión extraordinaria de Represión de la Contra-Revolución, de la Especulación, del Espionaje, de la Deserción, llamada abreviadamente Checa que juzgaba a los acusados y a los simples sospechosos sin ni siquiera escucharlos o verlos, sin permitirles, en consecuencia, ninguna posibilidad de defensa con sus métodos de inquisición secreta (…) deteniendo en secreto y ejecutando.” (20).

Un trágico error fue también la bárbara represión de los marinos de Cronstadt que en 1921 exigían democracia y no eran contrarrevolucionarios (21). En todo esto la responsabilidad del partido bolchevique fue enorme, y escribirlo le valió la dolorosa –aunque en mi opinión necesaria- ruptura con Trotsky (22).

Lo anterior explica por qué el libro que nos ocupa, tan diferente de los muchos que existen sobre el comunismo, está siendo redescubierto. Contiene, además, intuiciones luminosas. Serge, por ejemplo, denunció desde los años treinta la colosal falsificación que se estaba operando en la URSS y la pretendida identificación entre comunismo y stalinismo.

Una reciente antología sobre el totalitarismo publicada en Francia por Enzo Traverso incluye dos textos de nuestro autor, uno de los cuales –fragmento de una carta de 1933 que figura en las Memorias- es probablemente una de las primeras contribuciones de orientación marxista donde se emplea el término estado totalitario en su significado actual (23).

Por su parte, Adam Hochschild, autor de un libro importante sobre los sobrevivientes de los campos de concentración en la URSS, define las Memorias como “clásico olvidado”, una clave fundamental para entender los orígenes del terror soviético en los años veinte y treinta (24).

Enciclopedia de las esperanzas del siglo pasado y lúcido diagnóstico de sus fracasos, el libro se concluye con un balance amargo y al mismo tiempo esperanzador: “sólo estamos vencidos en lo inmediato. Hemos aportado en las luchas sociales cierto máximo de conciencia y de voluntad superior en mucho a nuestras propias fuerzas… Todos tenemos cantidad de errores y de faltas tras de nosotros porque el paso con que avanza todo pensamiento creador no podría ser sino vacilante y lleno de tropiezos… Hecha esta reserva, que incita a los exámenes de conciencia, tuvimos asombrosamente razón” (25).
 

El encuentro con México

Si bien las Memorias se detienen en el umbral de México, cabe recordar que Serge vivió aquí sus últimos años. Llegó el 15 de septiembre de 1941, junto a su hijo Vlady, huyendo de la Europa nazi, vía  la Martinica, Cuba  y Santo Domingo. Hallé en el Archivo General de la Nación, copia de su ficha de inmigrante apátrida No. 131930/235 con autorización de ingreso expedida el 28 de enero de 1941 en Marsella, Francia, por el entonces cónsul general de México, Gilberto Bosques, benefactor de cientos de refugiados antifascistas.

En marzo de 1942, lo alcanzaron Jeannine y su nueva compañera, Laura Valentini -mejor conocida como Laurette Séjourné- quien pronto se daría a conocer como arqueóloga de renombre (26).

Los años mexicanos fueron los más tranquilos y literariamente los más fecundos en la vida de ese combatiente eternamente perseguido. Siguió trabajando en las Memorias y en los Cuadernos , escribiendo las novelas Los Últimos Tiempos y Los Años sin Perdón, la biografía Vida y muerte de León Trotsky (en colaboración Natalia Sedova) además de cuentos, poemas, artículos y ensayos en la prensa estadounidense y latinoamericana.

Intuyó la importancia del hombre “no europeo” y expresó opiniones muy actuales: “México es un país en dos tonos, sin clases medias: arriba está la sociedad del dólar, abajo la miseria del indio” (27).

En nuestro país, Serge se relacionó con Julián Gorkin, Narcís Molins i Fábrega, Enrique Gironella, Jordi Arquer, Sergio Balada, todos militantes del POUM, el partido marxista español independiente de Moscú con que mantenía relaciones fraternas. Animaron, junto a otros exiliados “incómodos” procedentes de todos los rincones de Europa, a un pequeño círculo de reflexión, “Socialismo y Libertad”,  que editaba una revista de gran calidad, Mundo, con ilustraciones de Vlady y Bartolí.

En sus páginas, además de información sobre la resistencia antifascista en Europa, se pueden encontrar reflexiones de muy alto nivel sobre la cultura mexicana, la psicología, el bolchevismo, la cuestión judía, el nacionalismo, la India, el cardenismo, la situación de los países latinoamericanos. Hasta la fecha, la revista permanece como uno de los pocos intentos en que socialistas de varias tendencias anti-totalitarias intentaron un intercambio de ideas, sin caer en sectarismos.

El grupo no tuvo vida fácil y su presencia ha sido literalmente borrada de la historia social y cultural de México. Una excepción notable es Octavio Paz, quien en Itinerario escribe: “a principio del año 1942 conocí a un grupo de intelectuales que ejercieron una influencia benéfica en la evolución de mis ideas políticas: Víctor Serge, Benjamín Peret, el escritor Jean Malaquais, Julián Gorkin, dirigente del POUM, y otros” (28).

¿Por qué este silencio persistente? Porque Serge y sus amigos eran la conciencia desoída de la revolución rusa y esto no se lo podía perdonar una izquierda avasallada a las directivas de Moscú.

Hay más. Entre los muchos dramas que se desenvolvían en Europa, uno en particular marcaba a estos exiliados: la guerra civil española. Allá, sin importar la unidad antifascista de que hacían gala, los agentes soviéticos habían asesinado impunemente a muchos oposicionistas, y en particular a Andrés Nin, dirigente del POUM y gran amigo de Serge. Acto seguido, en una triste repetición de los procesos de Moscú, habían obligado al gobierno republicano a procesar al comité central del POUM por completo, bajo la acusación, evidentemente falsa, de traición y colaboración con el enemigo.

Aquella persecución implacable prosiguió en México, encontrando en el Partido Comunista Mexicano, en el periódico El Popular de Lombardo Toledano y en los propios comunistas españoles los más fieles ejecutores (29).  Amenazados de muerte, estos “exiliados incómodos” fueron acusados de ser la quinta columna del fascismo en el país. Tales calumnias infames dejaron huella en los registros de la historia mexicana ya que, increíblemente, en el Archivo General de la Nación, encontré el nombre de Victor Serge en una lista de extranjeros perniciosos catalogados como nazi-fascistas (30).

“En las calles de México experimento la sensación singular de no estar ya fuera del derecho”, escribe en las Memorias. “De no ser ya el hombre acosado, emplazado de cárcel o de desaparición... ‘Tenga cuidado –me dicen únicamente- con ciertos revólveres…’ Se sobreentiende. He vivido demasiado para no vivir sino en el inmediato.” (31).

El primero de abril de 1943, Victor Serge se escapó a un intento de asesinato cuando, al grito “muera la quinta columna”, un centenar de comunistas stalinistas armados con puñales, matracas y pistolas asaltaron el local del Centro Cultural Ibero Mexicano donde iba a hablar.

Murió cuatro años después, en un taxi, sólo, con en el bolsillo un poema que no alcanzó a entregar a Vlady. No pudo siquiera decirle su nombre al chofer, quien llevó el cadáver a un puesto de policía. He aquí el testimonio de Julián Gorkin: “Lo encontramos pasada la medianoche. En una estancia desnuda y miserable, de muros grises, estaba tendido, la espalda sobre una vieja mesa de operaciones mostrando las suelas agujeradas, una de ellas completamente gastada, una camisa de obrero...Una tira de tela cerraba su boca, esa boca a la que todas las tiranías del siglo no habían podido callar. Podría haber parecido un vagabundo recogido por caridad. ¿Acaso no había sido un eterno vagabundo de la vida y de un ideal? Su rostro aún tenía impresa una ironía amarga, una expresión de protesta, la última protesta de Víctor Serge, de un hombre que, durante toda su vida, había protestado contra las injusticias humanas” (32).

Ataque cardiaco, según el reporte médico. ¿Envenenamiento? Probablemente no, ya que padecía del corazón, pero subsisten las dudas que, en su momento, advirtieron muchos de sus amigos. No es por demás recordar que Tina Modotti, ex agente soviética, murió de la misma manera: en un taxi y de ataque cardiaco.

Victor Serge, escritor francés, belga de nacimiento, ruso de corazón, ciudadano del mundo por opción, descansa en el panteón español de la Ciudad de México. Su legado se eleva más allá de las nubes que oscurecen nuestro tiempo.

Tepoztlán, Morelos, mayo de 2003.
 
 

Notas

(1)  Victor Serge, Memorias de mundos desaparecidos (1901-1941) , Siglo XXI, México, 2002.

(2)  La edición anterior en español es: Victor Serge, Memorias de un revolucionario, ediciones El Caballito, México, 1974.

(3)  Victor Serge, Mémoires d’un Révolutionnaire et autres écrits politiques. 1908-1947, París, Laffont, 2001, edición a cargo de Jean Rière y Jil Siberstein.

(4)  Los otros eran: La Revolución Rusa y la COMINTERN. Un testimonio, y: De la Revolución al Totalitarismo. Testimonio sobre la Revolución Rusa y el Totalitarismo. Finalmente el editor francés optó por el más clásico, Memorias de un revolucionario.

(5)  Victor Serge, La Pensée Anarchiste, en: Le Crapouillot , número especial dedicado al anarquismo, coordinado por Victor Serge, Alexandre Croix y Jean Bernier, París, enero de 1938.

(6)  Salvador Segui apodado el “Noi del sucre” (1890-1923) leyendario dirigente anarcosindicalista, fue  asesinado en 1923 por guardias blancas. Con el nombre de “Darío” es uno de los héroes de la novela de Serge, Nacimiento de nuestra fuerza.

(7)  De los ensayos de esta época es importante recordar el Esbozo crítico sobre Nietzsche, publicado en Tierra y Libertad en 1917 (reedición: Casa del Tiempo, Vol. I, No. 3, noviembre de 1980) donde Serge hace las cuentas con su anterior individualismo.  Sobre la evolución intelectual del joven Serge véase: Jean Maitron, De Kibaltchiche à Victor Serge, Le Rétif (1909-1919) , Le Mouvement Social No. 47, abril-junio de 1964 pp. 45-80.

(8)  Memorias de mundos… op. cit., pp., 69-70.

(9)  Al estallar la revolución, la posición de los anarquistas con respecto a los bolcheviques oscilaba entre el rechazo, la neutralidad y la colaboración. Entre los que aceptaron el comunismo, además de los franceses Alfred Rosmer y Pierre Monatte, (fundadores del PCF y pronto expulsados), de los españoles Joaquín Maurin y Andreu  Nin (ambos amigos íntimos de Serge y futuros fundadores del POUM), cabe destacar a Bill Chatov, antiguo militante del sindicato libertario norteamericano International Workers of the World, quien fue gobernador militar de Petrogrado en tiempo de guerra civil para después desaparecer en las purgas stalinistas. Sobre Chatov, véase: Paul Avrich, Los anarquistas rusos, Alianza Editorial, p. 202 y Emma Goldman, Living my life , two volume edition, Dover Publications, New York, 1970, vol II, pág. 728-734.

(10)  Al llegar a Rusia, Serge empezó a enviar una gran cantidad de artículos a la prensa anarquista francesa, siendo un contribuidor asiduo de Le Libertaire, dirigido por Sebastien Faure. Lejos de sectarismos Le Libertaire dio cabida a un debate serio y “laico” sobre los bolcheviques que se interrumpió en 1921 a raíz de la represión de la revuelta de Cronstadt.

(11)  Pierre Pascal, Mon Journal de Russie, ediciones L’Age d’Homme, IV tomos, Lausana, 1982, tomo III, Mon état d’ame, pp. 18-19.

(12)  Memorias de mundos… op. cit., pág. 373.

(13)  Victor Serge, Carnets, Actes Sud,, 1985, pág. 115.

(14)  Victor Serge, Les Révolutionnaires, Seuil, París, 1980, pág. 13.

(15)  Victor Serge, Treinta años después de la Revolución Rusa, texto fechado en México, julio de 1947, publicado en Révolution Proletarienne, No. 309, París noviembre de 1947. La versión en español se puede consultar en: http://www.fundanin.org/serge.htm En este  sitio se pueden leer varios textos de Serge agotados o nunca publicados en español.

(16)  Victor Serge, El caso Tuláyev, Ediciones del Equilibrista, México, 1993.

(17)  Sobre la relación entre la pintura de Vlady y la obra de Serge, véase: Claudio Albertani, Entre la revolución y el Renacimiento. Un acercamiento al mundo de Vlady, conferencia en el Museo Iago, Oaxaca, México, el 17 de agosto de 2002, reproducida en: http://www.fundanin.org/vlady.htm

(18)  Victor Serge, Les Années sans pardon, Maspero, París, 1971, pág. 80.

(19)  Para una comparación entre la obra de Koestler y la de Serge véase: Bill Marshall, Victor Serge. The uses of dissent , BERG, San Martin Press, Londres/Nueva York, 1992, pp. 139-148.

(20)  Victor Serge, Portrait de Staline, Grasset, París, 1940. Citado en: Treinta años después de la Revolución Rusa, op. cit.

(21)  Sobre la revuelta de Cronstadt véase: Paul Avrich, Cronstadt 1921, Princeton University Press, 197º; Ida Mett, La Commune de Cronstadt. Crépuscule sanglant des Soviets, Spartacus, París, 1977.

(22)  Memorias…, op. cit., pág. 355. A lo largo de 1938-39, Serge sostuvo una amarga polémica con Trotsky que encontró eco en la prensa militante. Véase: The Serge-Trotsky papers, edited and introduced by D.J. Cotterill, Pluto Press, 1994.

(23)  Enzo Traverso, Le Totalitarisme. Le XX° siècle en débat,  Editions du Seuil, París, 2001, pág. 278-281. Véase: V. Serge, Memorias de mundos desaparecidos… op. cit., pág.  285-86.

(24)  Adam Hochschild, The Unquiet Ghost. Russians remember Stalin , Penguin Book, 1995, pág. 290.

(25)  Memorias de mundos…, op. cit., pág. 375.

(26)  Acerca de la influencia de Victor Serge sobre el trabajo profesional de Laurette Séjourné (1911-2003), véase: Michel Graulich, Le “couple” Kibaltchitch et la civilisation mexicaine,  en Socialisme, No. 226-227, julio-octubre de 1991, numero especial enteramente consagrado a Victor Serge.

(27)  Victor Serge, Lettres à Antoine Boire, Témoins No. 21, Montreux, Suiza, febrero de 1959. Entre los escritos inéditos de Serge conservados por Vlady hallé un  largo ensayo, casi un libro, sobre las culturas precolombinas. Véase también en los Carnets, la entrada correspondiente al 30 de abril de 1944 consagrada a una visita a las ruinas de Tula, Hidalgo.

(28)  Octavio Paz, Itinerario, FCE, México, 1993, pág. 74. Benjamín Peret (1899-1959) poeta, escritor, fundador del movimiento surrealista, militante oposicionista, combatiente de la columna Durruti en España; Jean Malaquais, seudónimo de Jan Malacki (1908-1998), obrero, escritor, filósofo, traductor de Marx al francés, autor entre otras obras de Les Javanais y Planète sans visa  (ambas obras fueron reeditadas por Phoebus, París, 1995 y 1999); Julián Gorkin, seudónimo de Julián Gómez García (1901-1987), director, al estallar la guerra civil española, del cotidiano La Batalla, órgano del POUM, secretario de relaciones internacionales del mismo partido, autor, entre otras obras, de Caníbales Políticos. Hitler y Stalin en España, ediciones Quetzal, México, 1941.

(29)  Véase por ejemplo: “Denunciaron ayer los diputados las actividades perniciosas de la Quinta Columna trotskista”, El Popular , 13 de enero de 1942. Los denunciados eran: Victor Serge, Marceau Pivert, Gustav Regler, Julián Gorkin. “Labor conjunta contra espías. Abógase en Washington porque se acuerde en la junta de Río de Janeiro”, Excelsior, 15 de enero de 1942.  “Aplastemos a la Quinta Columna trotskista”, La Voz de México, 18 de enero de 1942.

(30)  Galería 3, Ávila Camacho, apartado Extranjeros perniciosos. Encuentros sangrientos nazi- fascistas comunistas.

(31)  V. Serge, Memorias de mundo…, op. cit, pág. 378.

(32)  Julián Gorkin, La muerte en México de Victor Serge, París, 1957. Ahora en: http://www.fundanin.org/gorserge.htm

(33)  Tina Modotti, La Magdalena comunista;¿Quién mató a la antigua amante de Julio Antonio Mella? ¿Muerte natural? ¿O fue víctima de la GPU?, Revista Así, No. 62, 17 de enero de 1942.
 
 

Edición digital de la Fundación Andreu Nin, junio 2003

 
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