FUNDACIÓN

ANDREU NIN

Vittorio Vidali, Tina Modotti, el stalinismo y la revolución

Claudio Albertani

"Hacer el presente implica corregir el pasado"
Raoul Vaneigem

La revolución no está de moda. Todos los días se nos repite el mismo estribillo: los intentos de cambiar el mundo sólo desembocaron en campos de concentración tal y como sucedió en la desaparecida Unión Soviética.

Es verdad que el stalinismo fue una pesadilla. Sin embargo, para saberlo no era necesario esperar la caída del muro de Berlín, ni la publicación del Libro negro del comunismo (1).

La URSS nunca fue socialista. Durante décadas, revolucionarios de diferentes filiaciones no se cansaron de decirlo, denunciando los crímenes contra el socialismo cometidos por los soviéticos y sus epígonos.

La corrupción del proceso revolucionario ruso empezó muy pronto. ¿Arrancó en 1921, año de la rebelión de Cronstadt? ¿O fue, antes, cuando los bolcheviques reprimieron a los campesinos anarquistas de Ucrania? Algunos ubican el comienzo de la contrarrevolución en 1924, año de la muerte de Lenin; otros en 1927, cuando Trotsky fue expulsado del partido y se aceleró el giro hacia el totalitarismo.

Podemos debatir sobre el origen del “mal”; discutir las fechas, aquilatar las responsabilidades, pero es difícil negar que la Unión Soviética se convirtió rápidamente en el país de la gran mentira.

Así lo explicaron Alexander Berkman, Emma Goldman, Otto Rühle, Panaït Istrati, Victor Serge, Ante Ciliga, León Trotsky, Amadeo Bordiga, Karl Korsch, Bruno Rizzi y una nutrida sucesión de revolucionarios olvidados, ultrajados, calumniados -y en ocasiones asesinados- por haberse atrevido a decir la verdad sobre la URSS.  No eran traidores, no eran agentes del imperialismo; sencillamente entendían lo que estaba pasando y lo denunciaban.

Creados a principios de los años veinte con el fin de promover la revolución en sus respectivos países, los partidos comunistas se transformaron rápidamente en dóciles agentes de la política exterior soviética. De manera que el movimiento obrero revolucionario fue aniquilado no sólo por manos del totalitarismo fascista, sino también de la burocracia estaliniana. Con una gran diferencia. Mientras no había dudas sobre el sentido del primero, mucho más difícil era entender la naturaleza de la segunda, pues ésta se presentaba como heredera de un proyecto de liberación noble y humanista. Muchos revolucionarios cayeron bajo su férula; algunos se transformaron en feroces asesinos.

Hoy, en pleno siglo XXI, buena parte de la izquierda sigue sin hacer un balance de ese pasado. Alguien podría preguntar: ¿para qué hacerlo? ¿por qué hurgar en los recodos de la historia cuando hay problemas muchos más urgentes?

Porque la historia es un territorio en disputa en donde se despliegan las pasiones del presente y se afinan las aspiraciones del futuro. Porque, como dice Vaneigem, hacer el presente implica corregir el pasado.

El stalinismo no solamente sobrevivió a Stalin sino también a la extinta Unión Soviética; el debate sobre papel que jugó en los movimientos revolucionarios no pertenece a los historiadores especializados; tiene que ver con la reconstrucción de un movimiento antagonista y con la necesidad de no repetir los horrores del pasado.

En el mundo ibérico hay señales importantes de que este proceso -doloroso para muchos, pero necesario- está empezando, aunque sea tarde. En España se reeditan las obras de Solzhenitsin sobre el Gulag (2), y se acaba de publicar En busca de Andreu Nin, un libro de José María Zavala sobre el secretario general del Partido Obrero de Unificación Marxista, POUM, quien fue secuestrado y ejecutado por sicarios de la policía secreta soviética en 1937, bajo la acusación infame de ser un espía de Franco (3).

En Tu rostro mañana, Javier Marías cuestiona la figura de Wenceslao Roces, alto funcionario del gobierno republicano, miembro de la dirección del Partido Comunista Español, refinado intelectual, traductor al castellano de Marx, Bloch y Hegel, a quien se atribuye la invención de las pruebas de la supuesta culpabilidad de Nin (4).
 

Una vida por el “comunismo”

En México, es de señalar una radionovela sobre el asesinato de León Trotsky y la polémica -en las páginas del diario La Jornada- sobre las gestas del stalinista italiano Vittorio Vidali (alias  Enea Sormenti, Comandante Carlos, José Díaz, Carlos Contreras), quien fuera amante de Tina Modotti (alias María Ruíz).

Todo empezó con las declaraciones del escritor Pino Cacucci -biógrafo de Modotti (5)- acerca de la participación de Vidali en el asesinato del comunista cubano Julio Antonio Mella, acontecido en la Ciudad de México el 10 de enero de 1929, cuando se dirigía a su casa acompañado por la fotógrafa italiana (6).

En una airada respuesta, el periodista José Steinsleger acusó a Cacucci de mentiroso, reiterando la versión oficial de que Mella fue asesinado por agentes del dictador cubano Gerardo Machado y afirmando que Vidali era un honrado revolucionario que tuvo actuación destacada en la guerra de España (7).  El 19 de junio, Cacucci volvió a la arena, con más argumentos (8).

El debate está sobre la mesa y rebasa, me parece, a la pareja Vidali-Modotti. La trayectoria de ambos resume de alguna manera las pasiones, las contradicciones y también los crímenes cometidos por una generación de comunistas adictos a Stalin.
Mucho se ha escrito -y no siempre de manera atinada- sobre Tina Modotti que se volvió icono mediático, pero: ¿quién fue Vidali? ¿un chivo expiatorio, como sugieren sus numerosos admiradores? (9)  ¿un asesino despiadado, como sostienen muchos otros? ¿será que el asunto le corresponde exclusivamente a “la izquierda de los países ricos”, como afirma Steinsleger a falta de mejores argumentos? (10)

En una ocasión, Palmiro Togliatti -secretario del Partido Comunista Italiano durante casi cuatro décadas- expresó esta opinión: “Vidali es muy bueno para disparar, pero no demasiado para pensar” (11).

A diferencia de Togliatti que fue probablemente el más sofisticado político estalinista de Occidente, Vidali destaca como un hombre de acción que puso su talento conspirativo al servicio de la Tercera Internacional (Comintern).

Escritor prolífico, relató su vida venturosa en doce tomos de carácter autobiográfico que, por suerte del lector, se encuentran resumidos en el conciso volumen, Comandante Carlos, publicado en Italia justo antes de su fallecimiento en 1983 (12).

¿Es esta una fuente atendible? No, por supuesto; pero hojear sus páginas ayuda a entender la psicología y los motivos de un personaje que se identificó con el “comunismo” y que volvería a hacer lo que hizo “porque era justo hacerlo” (13).

La vida adulta de Vidali -nacido en Muggia, provincia de Trieste, en 1900- coincide, incluso cronológicamente, con la historia de la URSS. Hijo de un obrero metalúrgico y una modista, vivió su adolescencia bajo el imperio austrohúngaro. De temperamento impulsivo, a los 17 años ya era militante socialista y a los 19 participaba activamente en los grupos armados contra las bandas fascistas.

En 1921, acudió al congreso fundacional del Partido Comunista de Italia en Livorno, donde al parecer, simpatizó con las ideas de su secretario, el “izquierdista” Amadeo Bordiga.

Acosado por los fascistas, Vidali tuvo que tomar la vía del exilio. Después de algunas peregrinaciones por Europa, emigró clandestinamente a Estados Unidos, a donde llegó hacia 1923.
 

En el Socorro Rojo Internacional

En Nueva York Vittorio Vidali se integró a la Federación Italiana del Partido Comunista Norteamericano, a la Liga Antifascista y, sobre todo, al Socorro Rojo Internacional, haciéndose notar de inmediato como un valiente “combatiente proletario”. Empezaba así su larga carrera de “revolucionario profesional”, entregado en alma y cuerpo a la Comintern.

Usaba el seudónimo de Enea Sormenti y participaba activamente en la campaña para la liberación de Nicola Sacco y Bartolomeo Vanzetti, los anarquistas italianos falsamente acusados de asalto y homicidio, quienes a la postre serían ejecutados el 22 de agosto de 1927.

“Logré estrechar con Vanzetti una amistad que conservo como uno de los recuerdos más bellos de mi vida”, escribe Vidali, en un intento de acreditarse como simpatizante libertario (14).

¿Un punto negro en su currículum de “comunista inflexible”? De ninguna manera. La campaña se orquestó en Moscú y el objetivo nunca fue salvar la vida de los dos desdichados anarquistas -quienes, dicho sea de paso, nunca vieron un centavo del dinero recolectado en su nombre-, sino hacer proselitismo (15).

En Nueva York, Vidali frecuentó también a un viejo inmigrante anarquista, Carlo Tresca, fundador del sindicato Industrial Workers of the World y editor del periódico Il Martello. Aquella amistad duró muy poco ya que Tresca rompió pronto con los comunistas oficiales, volviéndose uno de sus críticos más decididos. Fue integrante del Comité de Defensa de León Trotsky y participó en la Comisión de Encuesta sobre los Procesos de Moscú, presidida por el filósofo John Dewey. Asimismo denunció la represión contra los anarquistas en la España republicana, siendo objeto de amenazas. De su ex-amigo, solía decir: “tiene olor a muerte”(16). Carlo Tresca -dicho sea de paso- fue asesinado el 11 de enero de 1943, al salir de la redacción de Il Martello en pleno centro de Nueva York. El caso nunca se resolvió. Sin embargo, Vidali sigue figurando como uno de los indiciados en los documentos desclasificados de la FBI que se pueden consultar en internet (17).

Dejemos, por lo pronto, el asunto de la muerte misteriosa de Tresca y regresemos a los años veinte. Por entonces, la identificación de Vidali con el comunismo soviético ya era absoluta. Tan es así que se le dio la oportunidad de viajar a la propia URSS, al ser expulsado de los EE.UU. hacia mediados de 1927. ¿A cuándo se remontan sus lazos con los servicios secretos stalinistas? Es difícil decirlo, y obviamente Vidali los niega con insistencia. En su autobiografía, admite haber acudido, por lo menos en una ocasión, a la IV Sección del Ejército, es decir el servicio secreto militar, en 1933 junto a Tina Modotti, para desarrollar una misión en China que a la postre no se realizó (18).

Sea como fuere, a los 27 años, Vidali entró a Moscú por la puerta grande. Huésped del Soviet Supremo, fue alojado en el célebre Hotel Lux y recibido por Helena Stassova, jefa del Socorro Rojo Internacional (SRI), una organización adscrita a la Comintern, aparentemente consagrada a la causa de la revolución. ¿Cuáles eran sus tareas? El SRI organizaba manifestaciones culturales, recaudaba dinero para militantes en apuros, distribuía ayuda a huelguistas y también encubría las operaciones secretas de la Comintern.

Bolchevique de la primera hora, estrecha colaboradora de Lenin, Helena Stassova era conocida como la “paloma blanca” por su trayectoria intachable en el partido. Al desatarse en 1923 la pugna entre Trotsky y Stalin, optó de manera decidida por el segundo siendo su secretaria y caracterizándose “por una devoción sin condiciones a la línea oficial”(19).

¿Era también una agente de la GPU? (20). No se ha comprobado y hasta donde pude averiguar, su nombre no aparece en ninguna historia de la policía política.

Dos anécdotas ayudan a entender al personaje. La primera es que en 1934, Stassova se puso en contacto con Zensl Müsham, viuda de Eric Müsham, un conocido anarquista alemán asesinado por los nazis. La invitaba a pasar algunos meses en la URSS y le ofrecía la publicación de las obras completas de su marido. Zensl viajó a Moscú, donde fue recibida con todos los honores ya que los soviéticos pensaban utilizar el caso de Müsham con fines de propaganda, exactamente como antes lo habían hecho con Sacco y Vanzetti. Al poco tiempo, sin embargo, la GPU detuvo a Zensl bajo la acusación de “trotskismo” y la desdichada pasó ocho años en el gulag de Karaganda (21).

Victor Serge, por su parte, relata que cuando se encontraba exiliado en Orenburg, su amigo Fritz Brupbacher -el conocido biógrafo de Bakunin (22) - solicitó ayuda a Stassova para lograr su liberación. Sin pestañear y en tono frío, la anciana bolchevique sentenció: “Serge no saldrá nunca” (23).

Es claro que en cuanto integrante del primer círculo de colaboradores Stalin, Stassova tuvo a su cargo la planeación de operaciones especiales, compartiendo la responsabilidad política de purgas y asesinatos. El Socorro Rojo no era una agencia humanitaria; cumplía funciones de control e infiltración dentro de los partidos comunistas, en ocasiones en concertación con la GPU. Además, las diferentes agencias se espiaban entre sí ya que, como afirma el historiador Giorgio Bocca, en el régimen stalinista “todo era servicio secreto” (24).

En cuanto a Vidali, en adelante actuaría como funcionario del SRI, directamente a las órdenes de Stassova, quien le asignaría misiones cada vez más arriesgadas, pero también le ayudaría a navegar en las aguas turbulentas de la Internacional Comunista de las cuales, a la postre, ambos saldrían con algunos huesos rotos, pero sanos y salvos.
 

Un asunto no resuelto: el asesinato de Julio Antonio Mella

 Es evidente que Vidali poco tenía que hacer en la patria del socialismo,  menos aun en un momento tan delicado. El joven y dinámico italiano no se sentía tocado por los debates ideológicos, ni por los ásperos choques entre fracciones. Quería acción, y esto lo convertía en un elemento precioso ya que el aparato necesitaba hombres dispuestos a todo.

Seguía siendo miembro de la federación italiana del PC de los EE.UU. y ante la dificultad de regresar al país del que acababa de ser expulsado, optó por irse a México, cultivando la esperanza de atravesar la frontera apenas fuera posible.

Mientras tanto, tendría que cumplir con unos encargos de Helena Stassova: organizar la actividad del Socorro Rojo en México y Centro América; colaborar con la Liga Antiimperialista de las Américas que tenía su sede precisamente en el D.F. y poner orden en el PCM.

Hacia el verano de 1927, obtenida una visa por el embajador mexicano en Moscú, Ramón Denegri, Vidali emprendió el largo viaje hacia el otro lado del Atlántico, vía París y Cuba. En la isla, se quedó unos cuantos días, justo el tiempo para entrar en contacto con el aparato clandestino del PC local, diezmado por las persecuciones del dictador Gerardo Machado.

Llegó a México a principios de octubre y se quedó un poco más de dos años, los “más románticos y tumultuosos” de su vida (25).

Una foto de Tina lo retrata vestido de negro, con corbata, el rostro parcialmente ocultado por un sombrero también negro de fieltro y alas anchas, la actitud misteriosa y arrogante del conspirador (26).

En calidad de funcionario del Socorro Rojo, frecuentó y trató de cerca a los pintores muralistas, a Augusto César Sandino, a Farabundo Martí, en fin, a los principales integrantes de la izquierda de México y Centroamérica. Y conoció a una mujer, Tina Modotti, con quien pronto compartiría la vida amorosa, además de las tareas políticas.

Es de notar que al momento de la llegada de Vidali, la Comintern apenas empezaba a interesarse en los asuntos latinoamericanos. El primer encuentro formal de los comunistas de la región tendría lugar unos meses después, a finales de 1927, cuando los delegados de los diferentes partidos asistieron a las celebraciones del décimo aniversario de la Revolución de Octubre.

Se decidió entonces crear un secretariado permanente de la Internacional Sindical Roja (Profintern) y es cuando su máximo dirigente, Dridzo Lozosvki, declaró que la Comintern “había descubierto a América Latina”(27).

¿Se puede probar la responsabilidad de Vidali en el asesinato de Mella? No. Quienes la niegan señalan, con algo de razón, que la GPU no empezó el exterminio de los cuadros comunistas hasta bien entrados los años 30.

Es claro, sin embargo, que Mella no era un comunista apegado a la línea oficial, sino un revolucionario que pensaba con su cabeza. Editaba, por ejemplo, una revista con un título que traicionaba sus simpatías por el fundador del Ejército Rojo: Tren blindado. Estaba en contra de la participación de los comunistas  en las elecciones y sostenía la necesidad de atacar sin misericordia a los sindicatos reformistas. Organizó, además, una expedición a Cuba con la idea de empezar la lucha armada contra Machado, algo que la Comintern consideraba una locura (28).

Vidali tenía la misión de disciplinarlo, lo cual, por supuesto, no prueba que lo haya matado, pero el asesinato nunca fue aclarado del todo y una reciente investigación que pretende ponerle el punto final, no hace más que aumentar la suspicacia del lector atento (29).

¿Por qué? En primer lugar, porque la de Mella es una figura compleja que no corresponde al militante cuadrado pintado por los autores, Adys Cupull y Froilán González, más preocupados en defender la ortodoxia stalinista que en buscar la verdad. A lo largo de 394 páginas, ellos acallan las notorias relaciones del cubano con la Oposición de Izquierda (trotskista), tanto en ocasión de su viaje de 1928 a la URSS, donde encontró a Andreu Nin (quien todavía era directivo de la Profintern) (30); como en México, donde sus mejores amigos fueron los trotsquistas Alberto Martínez y Sandalio Junco (31).  El segundo fue asesinado el 8 de junio de 1942 en Cuba, al parecer -aunque tampoco se ha podido comprobar- por sicarios stalinistas (32).

Como se sabe, al momento de ser acribillado, Mella caminaba con Tina Modotti quien, interrogada por la policía, cayó en serias contradicciones, además de dar un nombre falso. La escritora Elena Garro (primera esposa de Octavio Paz) cuenta que durante años escuchó decir que Tina se hizo a un lado antes de que empezara el tiroteo (33).

Cupull y González no toman en cuenta esto indicios, aunque sea para refutarlos, y no proporcionan fuentes verificables para sostener su versión del complot machadista (34).

Intrigado, decidí escuchar el punto de vista de quien desde hace más de medio siglo, es el más implacable acusador de Vidali: el viejo militante trotskista Félix Ibarra.

A sus 93 años don Félix posee una lucidez y una memoria envidiables, a pesar de la ceguera que padece desde hace algunos años. He aquí un resumen de lo que nos dijo, a Manuel Aguilar Mora y a mí, el 15 de junio de 2005, confirmando lo que ya había relatado a Gálvez, Cacucci y Gall, y añadiendo algunos detalles más.

«En el año de 1928, los Ibarra y los Martínez vivíamos a orillas de la Ciudad, en la inmediaciones de la actual estación del metro San Antonio Abad. Mi tío, Alberto Martínez –a quien apodábamos el tío güero- era miembro del partido comunista y amigo íntimo de Julio Antonio Mella. Él había hecho varios intentos de ingresarnos, a mis hermanos y a mí, a las juventudes comunistas, pero hasta entonces nosotros nos habíamos rehusado.

Conocimos a Mella unas cuantas semanas antes de que muriera. Llegaba a la casa y mi hermano Ángel lo llevaba a una curtiduría que estaba cerca, donde Mella daba pláticas a los trabajadores. Lo recuerdo muy bien: era alto, atlético, jovial y siempre iba de prisa.

Su asesinato nos impresionó mucho; mi hermano y yo pensamos, como casi todos, que lo había mandado a matar Machado y es así como decidimos ingresar al partido.

Fue cuando el tío güero nos hizo ver que además de la Juventud Comunista había otra cosa: la Oposición de Izquierda. También nos hizo ver que a Mella no lo había matado Machado, sino Vittorio Vidali.”

-¿Y Tina?, pregunté.

“Modotti fue su cómplice”, contestó don Félix, sin dudarlo.

“Esto nos dijo mi tío y los amigos que estaban cerca, aunque temían que la verdad nos alejara del partido. En los años sucesivos me repitieron lo mismo Diego Rivera, Rafael Galván, el líder electricista Manuel Rodríguez, y el propio José Revueltas. ¿Cómo demostrarlo? Es difícil, pues no hay pruebas. Y no se pudo hacer nada porque los stalinistas lo controlaban todo.”

Hay otro dato. El escultor Ignacio Asúnsolo hizo la máscara mortuoria de Mella y se la quedó el trotskista Alberto Martínez.

-¿Por qué?

“Porque nadie más la quiso. Al momento de morir, Mella tenía graves problemas con el partido.”

Cuando falleció el tío güero, don Félix heredó la máscara y en 1998 viajó a Cuba para entregarla personalmente al gobierno cubano.

Es evidente que se pueden expresar reservas sobre el testimonio de Félix Ibarra, pero ninguna investigación seria lo puede ignorar. ¿Por qué Cupull y González no lo tomaron en cuenta?
 

La pareja Vidali-Modotti en España

Es muy probable que el misterio del asesinato de Mella no se esclarezca nunca. Sin embargo, cabe señalar que la propia Celia Hart, directora en La Habana del museo Abel Santamaría, no descartó recientemente que, en efecto, el crimen haya sido cometido por los stalinistas (35).

Mucho más contundente es la información sobre Vidali y Modotti en España, pero antes de analizarla, se requieren algunas premisas. Los acontecimientos de 1936-39 pasaron a la historia como una guerra civil entre franquistas y republicanos. Según una interpretación defendida, entre otros, por el conocido historiador británico Eric Hobsbawm, la derrota de los republicanos fue responsabilidad de los anarquistas -muy numerosos en España- cuyo extremismo habría tenido consecuencias “desastrosas”(36).

Es verdad que los anarquistas fueron, junto al POUM, los principales impulsores de medidas revolucionarias ya que no separaban la lucha militar de la lucha social. Pensaban que sólo reconociendo las aspiraciones de las masas se podría vencer a Franco.

Sin embargo, autores independientes como Franz Borkenau, Gerald Brenan y Burnett Bolloten -sin olvidar, a un testigo de excepción como George Orwell- llegaron a conclusiones muy diferentes, mostrando que la derrota del campo republicano fue el resultado del juego perverso de los intereses geopolíticos de las grandes potencias, tanto democráticas como totalitarias (37).

Además de los nazifascistas, esto incluye a la propia Unión Soviética y a sus operadores en España: el Partido Comunista Español, los delegados de la Comintern y las Brigadas Internacionales.

Cuando los “comunistas” anteponían a todo la necesidad de ganar la guerra, no actuaban como políticos “moderados y responsables”, sino como agentes de una potencia extranjera, la URSS, que no podía permitir la difusión de una revolución ajena a su modelo.

No existe la menor duda de que Vidali y Modotti (aunque la segunda con un papel subordinado) participaron en la ejecución de esta política que incluía el asesinato como uno de sus instrumentos. El Comandante Carlos organizó el “batallón de acero” (Stalin quiere decir acero…), núcleo originario del Vº Regimiento -la milicia del PCE- y más tarde fue comisario político de una brigada internacional. Modotti, conocida en España con el seudónimo de María Ruíz, actuaba como funcionaria del Socorro Rojo, pero según el historiador Pierre Broué, era también una agente de la GPU (38).

Conocedor de los bajos fondos, Vidali los sabía manipular y utilizar. Trotsky lo definió “uno de los más crueles agentes de la GPU en España” (39).  He aquí la opinión de Justo Martínez Amutio, gobernador socialista de Albacete: “una mezcla de espía, agitador comunista y gangster, duro e implacable contra todos aquellos que consideraba como obstáculos a la política de Moscú” (40).

La lista de los crímenes de Stalin en España es muy larga. Podemos citar, entre sus muchas víctimas,  a los anarquistas italianos Camillo Berneri y Francesco Barbieri, al socialista Marc Rein, a los trotskistas Kurt Landau y E. Wolf, así como a Bob Smilie, militante del Partido Laborista Independiente (ILP, el mismo partido en que militaba George Orwell) (41).

Uno de los casos más atroces es, como se ha dicho, el de Andreu Nin. Antiguo anarquista, Nin había vivido diez años en la URSS, donde se había adherido al partido bolchevique, llegando a ocupar el cargo de secretario suplente de la Internacional Sindical Roja. Pronto se sumó a la Oposición de Izquierda siendo amigo y colaborador de Trotsky de manera que, poco a poco, se le cerraron todas las puertas. Su salida de Rusia fue muy complicada; la pidió él y no le hicieron caso. Terminaron  por expulsar a toda la familia cuando Olga, su esposa de nacionalidad soviética, escribió una carta a Lozovsky amenazando con suicidarse (42).

Es verdad que después de regresar a España, Nin se había distanciado del fundador del Ejército Rojo (sobre todo a raíz de la fundación del POUM), pero estas sutilezas importaban poco. La GPU lo detuvo con el fin de arrancarle la confesión de ser un agente de Franco corroborándose así la farsa de los procesos de Moscú. Convencidos de que iba a ceder pronto, sus verdugos se encontraron ante una resistencia inesperada. El revolucionario catalán murió bajo tortura, sin confesar nada.

La situación del gobierno se hizo difícil ya que Nin había sido detenido en plenas Ramblas de Barcelona por policías de la Brigada Especial de Madrid acompañados por militantes conocidos del PCE. Era urgente encontrar una manera de encubrir el crimen. Según Jesús Hernández -entonces dirigente del PCE y ministro de la república- Vidali propuso el siguiente plan: simular su rapto por pretendidos agentes de la Gestapo y afirmar luego que los nazis lo habían salvado, con lo que se demostraría sus relaciones con los fascistas (43).

¿Mintió Hernández? (44).  Es posible. Cuando salió su libro, los stalinistas hicieron de todo para desmentirlo, acusándolo de traición. Lo cierto es que el plan se llevó a cabo. Mundo Obrero y L’Humanité –órganos respectivamente del PCE y del PCF- publicaron la farsa añadiendo que “el traidor Nin se lo habían llevado a Burgos”. Los muros de Barcelona preguntaban: “Gobierno Negrín, ¿dónde está Nin?” A lo que los stalinistas respondían: “En Salamanca o en Berlín”. Es decir, con Franco o con Hitler (45).

¿Cuál es la explicación de Vidali? Cuestionado por Giorgio Bocca, contestó: “se dijeron tantas cosas de mí, pero esta es una estupidez. ¿Por qué habría organizado yo semejante puesta en escena? En aquellos días si había que fusilar a un anarquista o a un poumista se hacía sin muchos cuentos” (46).  Una respuesta que no merece comentario.

Hoy podemos afirmar que el relato de Hernández fue confirmado en lo fundamental por las investigaciones efectuadas en Moscú, Madrid, Roma y Barcelona por el equipo de María Dolors Genovés y Llibert Ferri, autores de Operación Nikolai, un documental de la televisión catalana sobre el asesinato de Nin. La persecución contra el POUM fue ordenada por Stalin mismo y fue realizada por los consejeros soviéticos y los agentes de la GPU destacados en España:  Slutzki y Orlov, solícitamente secundados por Vittorio Vidali, Antonov-Ovseenko, Togliatti, Codovilla, Stepanov, Wenceslao Roces y muchos otros (47).

Todos estos nombres -y concretamente el de Vidali- aparecen además en un libro reciente que documenta la intervención soviética en España (48).

Otro ex directivo del PCE, Fernando Claudín –quien, hasta donde sé, nunca fue acusado de traición-  llegó a confesar: “agregamos, por nuestra parte, que la represión contra el POUM y en particular el odioso asesinato de Andreu Nin, es la página más negra en la historia del Partido Comunista de España, que se hizo cómplice del crimen cometido por los servicios secretos de Stalin. Los comunistas españoles estábamos, sin duda, alienados, (…)  por las mentiras monstruosas fabricadas en Moscú. Pero eso no salva nuestra responsabilidad histórica” (49).

Noam Chomsky expresa la misma opinión cuando escribe que “la revolución española fue aplastada por las fuerzas fascistas y republicanas, dirigidas estas últimas por el Partido Comunista” (50).
 

Otras fechorías…

El camino de los agentes de Stalin era arduo; continuamente tenían que acreditar su lealtad ante la “casa” (así hablaban de Moscú), so pena de caer ellos mismos víctimas de alguna purga.

Stalinista devoto, el propio Vidali cayó repetidas veces bajo la mira de la GPU, algo que después le serviría para negar haber sido uno de sus agentes (51).

Es sabido que la única manera para salvarse era delatar a otros. En sus memorias, el anarquista Umberto Tommasini -triestino como Vidali y también combatiente en la revolución española- relata el caso de otro paisano de ambos, Luigi Calligaris, comunista de tendencia bordiguista refugiado en la URSS, quien después de encontrarse con Vidali -entonces jefe de los emigrantes italianos en Moscú- y criticar la política exterior soviética, fue detenido y desaparecido por la GPU (52).  Tommasini pasó el resto de su vida increpando a Vidali por ese crimen.

El de Calligaris no es un caso aislado. Un gran número de refugiados comunistas de varios países fue exterminado durante y después de las purgas. A principio de los años treinta, había unos 250 comunistas italianos, de los cuales por lo menos 100 perecieron en campos de concentración (53).

Regresemos a Vidali. Hacia mediados de 1939, al concluir su misión en España, el Comandante Carlos regresó a México. No permaneció inactivo. Antes de caer víctima del piolet de Ramón Mercader, Trotsky alcanzó a acusarlo de ser uno de los organizadores del primer y fallido atentado en su contra (54).

Al respecto es significativo el relato de Burnett Bolloten, el mencionado historiador de la revolución española. Corresponsal de United Press durante la guerra, Bolloten no tenía al principio una posición política muy definida. Simpatizaba vagamente con los stalinistas y tal vez por esto logró capturar las confidencias de muchos de ellos.

En 1938, se instaló en México con una enorme documentación. Después del primer atentado contra Trotsky, Bolloten tuvo un significativo encuentro con Vidali, quien le exigió esconder a Tina Modotti. Esto le reveló la auténtica naturaleza del stalinismo, lo cual imprimió una nueva orientación a su investigación, que desde entonces se empeñó en desvelar “el gran engaño”(55).

El expediente no termina aquí. Desde las páginas del periódico El Popular, dirigido por Vicente Lombardo Toledano, Carlos Contreras orquestó -junto a stalinistas españoles y alemanes- la campaña contra los exiliados antitotalitarios, acusándolos de ser la “quinta columna” del fascismo en el país.

Mientras tanto la pareja Vidali-Modotti navegaba en aguas tempestuosas. Tina murió en 1942 de infarto, en un taxi. No faltaron las dudas sobre una posible responsabilidad de Vidali, ya que Modotti sabía muchas cosas y, lo que es peor, empezaba a tener dudas. Es sabido que la GPU empleaba venenos que ocasionan paros cardiacos sin dejar rastro; como siempre, sin embargo, no hubo pruebas (56).  Elena Garro, quien a la sazón frecuentaba los medios stalinistas, cuenta que su amiga Angélica Selke le dijo: “yo creo que Carlos se la cargó…”(57).

Adys Cupull y Froilán González escriben en la mejor tradición estalinista que “la camarilla trotsquista la prensa mercenaria y nazifascista se lanzaron sobre el cadáver de la Modotti todavía caliente.” (58)

¿Quiénes eran los integrantes de la tal camarilla trotskista? Precisamente los exiliados antitotalitarios, es decir los poumistas, el revolucionario ruso-belga Víctor Serge (Victor L. Kibalchich), el socialista francés Marceau Pivert, el escritor Gustav Regler y otros refugiados de diferentes nacionalidades que ostentaban una culpa imperdonable: decir la verdad sobre la URSS y la revolución española (59).

El Popular les acusaba de ser agentes de Hitler y pedía con vehemencia expulsarlos de México aplicándoles el artículo 33 de la Constitución que prohíbe la participación de los extranjeros en asuntos de política nacional.

La campaña llegó a tale niveles de histeria como para motivar un llamamiento en su favor, por parte de 160 destacados intelectuales y militantes antifascistas norteamericanos entre los cuales figuran John Dos Passos, John Dewey, Edmund Wilson, Dwight Macdonald, Mary McCarthy, Gaetano Salvemini y el propio Carlo Tresca (60).

En Il Martello, este último expresó repetidas veces la convicción de que Vidali era el asesino de Trotsky y de Tina Modotti, definiéndolo como el “jefe de una banda de asesinos”. En el número correspondiente a mayo de 1942, Tresca añadía una nueva acusación: Vidali pretendía quebrar a la Mazzini Society, una alianza de inmigrantes italianos antifascistas que se oponía también a los stalinistas.

Ya mencioné la muerte misteriosa de Tresca.

El primero de abril de 1943, el Centro Cultural Ibero-Mexicano de la Ciudad de México organizó una velada para protestar contra su asesinato y la ejecución en la Unión Soviética de los socialistas Víctor Alter y Henryk Erlich (61). El acto dio comienzo a las nueve de la noche ante un público de unas 300 personas, compuesto principalmente por militantes e intelectuales. Iban a hablar entre otros Victor Serge, Julián Gorkin y el periodista italiano Paul Chevalier (Leo Valiani) cuando, al grito de “¡muera la quinta columna!”, fueron interrumpidos por una banda compuesta por no menos de un centenar de stalinistas armados con bastones, matracas, puñales y pistolas. El objetivo era, al parecer, asesinar a Victor Serge, pero fracasó ante la vigorosa defensa de los presentes que lograron repeler el ataque (62).

Entrevistado por el diario mexicano Excelsior, Julián Gorkin atribuyó la autoría intelectual del asalto a los stalinistas españoles Juan Comorera  y Antonio Mije y al italiano Carlos Contreras (63).

Años después, un militante del POUM, Juan Austrich, le confirmó a Cacucci que el organizador del asalto había sido Vidali (64).  Lo mismo me repitió muchas veces el pintor Vlady (Vladimir Kibalchich), hijo de Serge, quien también se encontraba presente aquella noche.
 

A manera de conclusión

Victor Serge murió el 17 de noviembre de 1947, en un taxi, como Tina Modotti. Ataque cardiaco, según el reporte médico. ¿Envenenamiento? Tal vez no, ya que padecía del corazón, pero subsisten muchas dudas. No hubo autopsia, de modo que nunca se sabrá la verdad. Sea como fuere, a los pocos días, Ramón Denegri, ex embajador en la URSS y en España, y gran amigo de Serge, convocó a Vlady: “usted tiene que saber que a su padre lo mataron…” (65).

Vidali regresó a Trieste en aquel mismo año de 1947, unos meses antes de la muerte de Serge (66).  Fue su adiós a las armas. Dirigió el PC local hasta su fusión con el PCI en los años cincuenta; en las décadas siguientes se desempeñó como un respetable senador de la república e integrante del comité central del partido. Se mostró muy activo en la campaña estalinista contra Tito y recibió con amargura las denuncias del nuevo jefe “comunista” Jruschov contra Stalin en el XX Congreso del PCUS en el que estuvo presente a lado de su vieja amiga Helena Stassova. En adelante combatiría contra el stalinismo … ¡en nombre de Stalin!

En 1983, al momento de morir, seguía siendo un icono del comunismo italiano. No falto de encanto, el personaje logró engañar incluso a una periodista afilada como Elena Poniatowska, que lo pinta como un héroe romántico en su novela Tinísima (67).

Hoy sus defensores afirman que con el tiempo la figura de Vidali sale reforzada, que fue un hombre de gran calidad política y humana...

¿Mató a Mella? ¿A Nin? ¿A Modotti? ¿A Tresca? Probablemente, nunca se sabrá. La verdad es que ni siquiera tiene importancia. Independientemente de sus responsabilidades personales, los nombres de Vittorio Vidali y, aunque duela, de Tina Modotti permanecen ligados a las páginas más repugnantes del comunismo stalinista: las purgas, la desaparición de los refugiados en la URSS, y la represión en España.

Tepoztlán, Morelos, 10 de julio de 2005.


Notas

(1) Stéphane Courtois, Nicolas Werth, Jean-Louis Panné, Andrzej Paczkoski, Karel Bartosek, Jean-Louis Margolin, El libro negro del comunismo, Espasa-Planeta, 1998.

(2) Alexandr Solzhenistin, Archipiélago Gulag II, Tusquets, Barcelona, 2005. Véase también: Anne Applebaum, Gulag. Historia de los campos de concentración soviéticos, Editorial Debate, Barcelona, 2005.

(3) José María Zavala, En busca de Andreu Nin,  Plaza y Janés, Barcelona, 2005.

(4) Javier Marías Tu rostro mañana, Alfaguara, Madrid, 2002. Para más información sobre Nin y el POUM, véase el sitio www.fundanin.org y la revista Balance. Cuadernos de historia del movimiento obrero internacional y la guerra de España, dirigida por Agustín Guillamón http://es.geocities.com/hbalance2000

(5) Véase: Pino Cacucci, Tina. La vita avventurosa di una donna straordinaria: Tina Modotti, TEA, Longanesi, Milán, 1994. Traducción al español: Tina Modotti, Editorial Planeta, Barcelona, 2001.

(6) Jaime Avilés, entrevista a Pino Cacucci, La Jornada, 30 y 31 de mayo de 2005.

(7) José Steinsleger, “El asesinato de Julio Antonio Mella”, La Jornada, 8 de junio de 2005.

(8)  Pino Cacucci, “¿Un complot internacional de mentirosos?”, La Jornada, 19 de junio de 2005.

(9)  Entre los defensores de Vidali, además de Elena Poniatowska, autora de Tinísima, Ediciones Era, México, 1991; se encuentra Christiane Barkhausen-Canale, Verdad y leyenda de Tina Modotti, Casa de las Américas, Cuba, 1969.

(10)  José Steinsleger, “El barro de la historia”, La Jornada, 22 de junio de 2005.

(11)  Giorgio Bocca, Palmiro Togliatti, Editorial Laterza, Roma, 1977, pág. 600.

(12)  Hay traducción al español: Vittorio Vidali, Comandante Carlos, Ediciones de Cultura Popular, México, D.F., 1986.

(13) Op. cit., pág. 11.

(14) Op. cit. pág. 45. Jefe de la IV Sección era el general Berzin, alias Petris Kyuzis (1889-1938), uno de los primeros consejeros soviéticos en la España revolucionaria de 1936. Llamado de vuelta a la URSS fue fusilado en 1938. Véase: Pierre Broué, Staline et la révolution. Le cas espagnol, Fayard, París, 1993, pág. 315.

(15)  Véase: Stepehen Koch, La fin de l’innocence. Les intellectuels d’Occident et la tentation stalinienne. 30 ans de guerre sécrète, Éditions Grasset, París, 1995, pp. 50-54.

(16)  Véase: Pierre Broué, op. cit., pág. 115.

(17)  http://foia.fbi.gov/foiaindex/tresca.htm, file 61-1335, sección 11-12.

(18)  Comandante Carlos, op. cit., pág. 69.

(19)  Georges Haupt, Jean Jacques Marie, Los Bolcheviques, Ediciones Era, México 1972, pág. 230. Helena Stassova (1873-1967) fue presidenta del Socorro Rojo entre 1927 y 1938.

(20)  Gosudarstvennoe Politiceskoe Upravienie: servicio secreto soviético, anteriormente Cheka y después NKVD y KGB.

(21)  Margarete Buber-Neumann, Déportée en Siberie, Editons du Seuil, París, 1949, pág. 198.

(22)  Fritz Brupbacher, Bakounine ou le démon de la révolte, Editions Archives Revolutionnaires, Paris, 1970.

(23)  Victor Serge, Memorias de mundos desaparecidos (1901-1941), Siglo XXI Editores, México, 2002, pág. 323.

(24)  Bocca, op. cit., 299.

(25)  Vidali, op. cit., pág. 57.

(26)  Foto incluida en: Pino Cacucci, I fuochi, le ombre, il silenzio, Agalev Edizioni, Boloña, 1988 (trad. Los fuegos, las sombras, el silencio, Joaquín Mortiz, México, 1993; en esta edición la foto no aparece). Este es el primer libro de Cacucci sobre Tina Modotti y me parece me parece mejor documentado que el segundo.

(27) Alexander Lozovsky, seudónimo de Salomón Abramovich Dridzo (1878-1952). Socialdemócrata desde 1901, colaborador de Trotsky en el exilio francés, secretario general de la Profintern entre 1921 y 1937, miembro del presidium de la Comintern, viceministro de relaciones exteriores de 1936 a 1946. Ejecutado en el proceso contra los intelectuales judíos.

(28)  Poniatowska señala haber hallado en el Hoover Institute dos cartas de Rafael Carrillo donde “le pone a Mella su buena criticada”. Véase: La Jornada, 18 de agosto de 1996.

(29)  Adys Cupull y Froilán González, Julio Antonio Mella en medio del fuego. Un asesinato en México, Ediciones El Caballito, México, D.F., 2002.

(30)  Sobre los contactos entre Mella y Nin, véase: Reiner Tosstorff, “Nin y la Internacional Sindical Roja: un esbozo”, http://www.fundanin.org/tosstorff.htm

(31)   Véase: Alejandro Gálvez Cancino, “Julio Antonio Mella: Un Marxista Revolucionario. (Debate en Torno a su Vida y Muerte)”, en Críticas de la Economía Política. No. 30, Ediciones El Caballito, México D.F., 1986, pp. 144-147; Olivia Gall, Trotsky en México, Ediciones Era, México, 1991, pp. 47-55.

(32)  Sobre Junco, véase: Gary Andrew Tennant, Dissident Cuban comunism. The Case of Trotskyism, 1932-1965, tesis de Doctorado, Universidad de Bradford. http://www.cubantrotskyism.net/PhD/chap6.html

(33)  Elena Garro, Memorias de España 1937, Siglo XXI Editores, México,  1992, pág. 86.

(34)  El lector tiene que conformarse con una nota a pie de página que dice únicamente: “inédito”.Véase por ejemplo: Adys Cupull y Froilán González, op. cit., pp. 234, 236, 238.

(35)  Conferencia dictada el 30 de junio de 2005 en el museo Trotsky de la Ciudad de México.

(36)  Véase: Eric Hobsbawm, “The Spanish background”, en: Revolutionaries, Phoenix, Londres, 1994, pp. 7-81.

(37)  Gerald Brenan, El Laberinto Español, Plaza & Janés, Barcelona, 1996; Franz Borkenau,  El reñidero español, Ruedo Ibérico,  París, 1971 (la primera edición es de 1937); Burnett Bolloten, La Guerra Civil Española. Revolución y Contrarrevolución, Alianza Editorial, Madrid, 1989; George Orwell, Homenaje a Cataluña (la primera edición es de 1938), ahora en: Orwell en España, Tusquets Editores, Barcelona, 2003.

(38)  Broué, op. cit., pág.115.

(39)  León Trotsky, “La Comintern y la GPU”. Véase el sito: http://www.ceip.org.ar/escritos/Libro6/html/T11V231.htm

(40)  Justo Martínez Amutio, Chantaje a un Pueblo, Madrid, 1964, pp. 337-343; citado en: Broué, op. cit., pág.115.

(41)  Véase el dossier publicado por: Cahiers Leon Trotsky, No. 3 “Les procés de Moscou dans le Monde”, Institut Leon Trotsky, París, Julio-Septiembre de 1979.

(42) Wilebaldo Solano, carta al autor, 23 de julio de 2005.

(43)  Jesús Hernández, Yo fui ministro de Stalin, Editorial América, México, 1953, pág. 126.

(44)  La versión de Hernández fue reportada  también por Hugh Thomas, The spanish civil war, Penguin Books, Londres 1966, pág. 581.

(45)  Cahiers Leon Trotsky, No. 3 op. cit., pág. 138. El propio Vidali escribió un folleto contra el POUM: Comandante Carlos, La quinta columna: cómo luchar contra la provocación y el espionaje, Ediciones del Partido Comunista de España, 1937.

(46) Bocca, op. cit., pág. 301.

(47)  Véase: Maria Dolors Genovés, “Operación Nikolai o el asesinato de Andreu Nin” y Wilebaldo Solano, “La larga marcha por la  verdad sobre Andreu Nin”, en: www.fundanin.org

(48)  Ronald Radosh, Mary R. Habeck y Grigory Sebastianov (eds.), España traicionada. Stalin y la guerra civil, Editorial Planeta, Barcelona, 2002.

(49)  Fernando Claudín, La crisis del movimiento comunista. De la Komintern al Kominform, Editorial Ruedo Ibérico, París, 1970, pág. 616.

(50) Noam Chomsky, La objetividad y el pensamiento liberal. Los intelectuales de izquierda frente a la guerra de Vietnam y a la guerra civil española, Ediciones Península, Barcelona, 2004, pág. 61.

(51)  Es el argumento de Cristiane Barckhausen-Canale. Véase: “Vittorio Vidali: ¿asesino o chivo  expiatorio?”, último intento de aliviar al comunista italiano de sus responsabilidades. Véase: http://www.piazzaliberazione.it/la%20storia/pagine/storia/vidali-sp.htm

(52)  Umberto Tommasini, L’anarchico triestino, Edizioni Antistato, Milán, 1984, pp. 309-310. Tommasini también acusa a Vidali del asesinato de Nin. Véase, op. cit., pág. 350.

(53)  Véase: Alfonso Leonetti, Vittime italiane dello stalinismo, La Salamandra, Milán, 1978. Otros autores hablan de hasta 200 víctimas italianas. Véase: Pierre Broué, Histoire de l’Internationale Communiste. 1919-1943, Fayard, Paris, 1997, pág. 726.

(54)  Trotsky, “La Comintern y la GPU”, op. cit.; Julián Gorkin, El asesinato de Trotsky, Círculo de Lectores, Barcelona, 1972, pp. 185-190. Esta es una versión ampliada del libro aparecido en 1955 en México,  bajo el título, Así asesinaron a Trotsky, firmado por el general Leandro Sánchez Salazar pero escrito en gran parte por el propio Gorkin. En un torpe intento de autodefensa, Vidali cita al texto de 1955 (en donde en efecto no aparece su nombre) ¡como prueba en su favor! Véase Vidali, op. cit., pág. 110.

(55)  The great camouflage es el título de la primera versión del libro de Bolloten. Véase:  Agustín Guillamón, Balance. Cuadernos del movmiento obrero internacional y la guerra de España, No.  16, marzo-abril de 1999, es.geocities.com/hbalance2000/pagina_n6.htm

(56)  Véase: “Modotti, la Magdalena comunista. ¿Quién mató a la antigua amante de Julio Antonio Mella? ¿Muerte natural” ¿O fue una víctima de la GPU?”, Revista Así, No. 62, 17 de enero de 1942. Es un artículo bien informado que hace un recuento de la vida de Tina, insinuando dudas sobre Vidali.

(57)  E. Garro, op. cit., pág. 86.

(58)  Adys Cupull y Froilán González,  op. cit. pág. 362. Las cursivas son mías.

(59)  Véase: V. Serge, M. Pivert, G. Regler, Julián Gorkin, La GPU prepara un nuevo crimen, Ediciones Análisis, México, 1942.

(60)  Carta al presidente de México, Manuel Ávila Camacho. Véase: La GPU prepara un nuevo crimen, op. cit., pp. 56-67.

(61)  Militantes del Bund, organización socialista de obreros judíos. Véase: Henri Minczeles, Historie Générale du Bund. Un mouvement révolutionnaire juif, Denoël, París, 1999.

(62)  Excelsior 2, 3 y 4 de abril de 1943. Encontré mucha documentación al respecto en el Archivo General de la Nación, Galería 3, Ávila Camacho, Expedientes: Extranjeros Perniciosos y Encuentros sangrientos nazifascistas, 541.1/56.

(63)  Excelsior, 4 de abril de 1943.

(64) Cacucci, I fuochi…,  op. cit., pág. 146.

(65)  Entrevista personal con Vlady. Cuernavaca, Morelos, 17 de febrero de 2005.

(66)  Después de haberlo acusado de quintacolumnista, Vidali recurre cínicamente a Serge para probar su inocencia en el asesinato de Trotsky. Escribe: “no se habla ni siquiera de pasada de mi en el libro de Victor Serge, La vida y la muerte de León Trotsky” (Juan Pablos Editores, México, 1971). Véase: Comandante Carlos pág. 110.

(67)  La novela de Poniatowska está repleta de fantasías. Imagina, por ejemplo, a la filósofa Simone Weil alistándose en las Brigadas Internacionales. Militante libertaria, antiestalinista convencida, Weil llegó a España en agosto de 1936, se sumó a la columna Durruti y regresó a Francia en septiembre del mismo año, es decir antes de la creación de las Brigadas Internacionales. En otra parte, Poniatowska describe un improbable encuentro entre Traven y Tina. Traven era un antiestalinista furibundo y se mantenía en la más estricta clandestinidad; es irreal que haya abordado a Tina Modotti en la calle Correo Mayor de la Ciudad de México, en 1939. Véase Tinísima, op. cit., pp. 449 y 592; “Weil, Simone”, Dictionnaire biographique du mouvement ouvrier français, Éditions de l'Atelier, París, 1997.
 


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