La tragedia de León Trotsky
Claudio Albertani
Quienes pretendieron haber hecho una revolución, se dieron cuenta
muy pronto de que no sabían lo que estaban haciendo; la revolución
consumada no se parecía en nada a la que hubieran querido hacer. Es
lo que Hegel llama la ironía de la historia, ironía a la que
pocos actores históricos se escapan.
Federico Engels, carta a Vera Zasulich, 1885
Deteneos. Mirad a vuestro alrededor. Reflexionad. ¿Hacia dónde
nos conducís? ¿No nos estamos desviando del principio de clase?
Muy mala sería la situación del partido si de un lado queda
el esqueleto de la dictadura, la clase obrera, y del otro el Partido Comunista.
Alejandra Kolontai, Plataforma de la Oposición Obrera, 1921
El destino del partido bolchevique -el destino de Lenin y Trotsky- muestra
que la acción de los partidos más avanzados y de sus jefes más
grandes está delimitado por circunstancias de tiempo y de lugar. Y
por esto es inevitable que en un cualquier momento se vuelvan conservadores
y poco atentos a las nuevas exigencias de la vida.
Ante Ciliga,
Diez años en el país de la mentira desconcertante,
1939
Hay muchos Trotsky. Está el brillante teórico marxista de
1905 y el bolchevique doctrinario de 1921; el romántico vencedor vencido
y el implacable represor de los campesinos anarquistas de Ucrania; el gran
escritor y el pedante moralista inmoral. Su nombre evoca la insurrección
de octubre, aquellos “días que conmovieron el mundo”, la denuncia del
totalitarismo y la lucha contra Stalin. “Gorra, gafas, perilla, chaquetón
con el cuello levantado, aspecto de águila negra de garras poderosas”,
así lo describió André Malraux en una semblanza memorable,
escrita cuando él mismo se contaba entre sus admiradores (1).
Uno de sus biógrafos, Isaac Deutscher -autor de la monumental trilogía
El profeta armado,
El profeta desarmado y
El profeta desterrado-,
señala sus cualidades de visionario: Trotsky poseía un innegable
sentido intuitivo de la historia que lo destaca entre otros pensadores políticos
(2).
La idea de que hay profetas “armados” y “desarmados” pertenece, como se
sabe, a Maquiavelo, quien, en el sexto capítulo de
El Príncipe,
afirma que los primeros vencen, mientras que los segundos invariablemente
“se arruinan”. La metáfora retrata sólo una parte de la compleja
trayectoria de Trotsky. El propio Deutscher se pregunta si la distinción
entre triunfar y ser destruido sea tan clara como le parece a Maquiavelo.
A sesenta y cinco años del crimen de Coyoacán y a cien de
la primera revolución rusa -en la que Trotsky destacó como
presidente del Soviet de San Petersburgo-, podemos preguntarnos cuál
es su legado más actual, si es que hay alguno. No es un ejercicio
académico. Vivimos una época ambigua y difícil en la
que es urgente revalorizar las aportaciones de todas las corrientes críticas
del socialismo. La idea misma de que cambiar el mundo es posible y deseable
se tiene que volver a plantear ante las ruinas que nos dejó el siglo
XX. Uno de sus grandes hitos no resueltos es, precisamente la degeneración
de la revolución rusa.
A sabiendas de correr el riesgo de la simplificación, haré
hincapié en cuatro aspectos o momentos de la vida del revolucionario
ruso. Intentaré, en primer lugar, analizar al (hoy olvidado) crítico
de la concepción leninista del partido; después examinaré
al teórico de la revolución permanente y al inflexible dirigente
de la naciente Unión Soviética. Por último, abordaré
al enemigo-amigo del totalitarismo soviético.
La polémica con Lenin
Una de las facetas menos conocidas -y, desde mi punto de vista, más
interesantes- de Trotsky es su agria polémica de 1903 y 1904 con Lenin.
Detenido en 1898 por sus actividades conspirativas, León Davidovich
Bronstein, judío, de origen burgués, militante socialista desde
su adolescencia, fue encarcelado y trasladado primero a Irkutsk y después
a Werjolensk. Ahí se volvió portavoz de los prisioneros organizados
en la Unión Siberiana y, en 1902, logró huir, haciéndose
de un pasaporte falso en el que figuraba el nombre de Trotsky, uno de sus
carceleros en Odessa.
Después de muchas peripecias, el fugitivo llegó a Londres
donde conoció a Lenin y compartió la vivienda con Mártov
y la anciana revolucionaria Vera Zasulich. El joven se incorporó enseguida
al equipo de la legendaria revista
Iskra (Chispa), causando una excelente
impresión entre sus experimentados redactores por sus dotes de polemista
y orador.
La armonía no duró mucho tiempo.
Iskra se desgarró
en ocasión del II Congreso del Partido Obrero Socialdemócrata
Ruso (POSDR), celebrado en los meses de julio y agosto de 1903, primero en
Bruselas y después en Londres.
La manzana de la discordia fue la concepción del partido y, particularmente,
la oposición entre “espontaneidad” y “organización”. Puesto
que todos se consideraban “marxistas”, recordemos que para Marx el “partido”
en sentido histórico es el producto del antagonismo necesario entre
obreros y capital y que las organizaciones políticas formales no son
más que expresiones importantes, ciertamente, pero efímeras,
en la larga y agitada epopeya de las luchas sociales.
En la concepción de Marx, “espontánea” es una acción
que está determinada por el conjunto de las relaciones económicas,
de manera que el proletariado es “espontáneamente” la clase revolucionaria
de la sociedad burguesa, su momento negativo.
En otras palabras: “la clase obrera es revolucionaria o no es nada” (3)
y poco -o muy poco- pueden hacer los revolucionarios al respecto. No son los
educadores del pueblo quienes van a crear la situación histórica
en la que el proletariado se pueda volver lo que es. Esto sólo lo puede
lograr el desarrollo mismo de la sociedad (4).
Hay más. En el
Manifiesto, Marx y Engels habían escrito
que “los comunistas no forman un partido obrero distinto de los demás
partidos, no tienen intereses distintos de aquellos del proletariado en general;
no proclaman principios particulares según los cuales quieran modelar
al movimiento proletario”.
En una carta a Freiligrath del 29 de febrero de 1860, Marx precisó
que, lejos de poder cristalizarse en una secta, el partido tiene un sentido
eminentemente histórico, ya que “designa el conjunto de fuerzas que
en todas partes brotan espontáneamente (subrayado mío) del suelo
de la sociedad moderna” (5).
No era en los partidos, sino en las clases donde Marx veía los factores
objetivos del cambio histórico; en cambio, Lenin y los marxistas de
la Segunda Internacional desnaturalizaron por completo los conceptos de organización,
espontaneidad, y conciencia de clase oponiendo el primero a los dos últimos.
En ese congreso de 1903, la socialdemocracia rusa se dividió entre
los sostenedores de Mártov que se manifestaban por un partido abierto
y vinculado con la intelligentsia; y los partidarios de Lenin, defensores
de un partido restringido, vanguardia disciplinada integrada por revolucionarios
profesionales, conforme a los principios expresados en el
Qué hacer.
Estos últimos, los
"duros
", serían llamados
bolcheviques o mayoritarios, mientras que los «blandos» se convertirían
en mencheviques o minoritarios. Transitoriamente aliado de los segundos, Trotsky
fue en esta etapa un brillante adversario de la teoría de que la conciencia
de clase surge fuera del proletariado y es introducida por el partido, algo
que Lenin había retomado de su maestro, el socialdemócrata alemán
Karl Kautsky.
La polémica cundió en las filas de la Internacional: Rosa
Luxemburgo criticó a su vez la concepción centralista, denunciando
el «absolutismo ruso» y el «peligro burocrático
que supone el ultra-centralismo» (6).
A comienzos de 1904, el futuro fundador del Ejército Rojo, publicó
el
Informe de la delegación siberiana, un texto que se cuida
de no mencionar en sus memorias, ya que expresa su profunda hostilidad hacia
Lenin, muy incómoda para alguien que por entonces reivindicaba la herencia
exclusiva del “bolchevismo leninista” (7).
En aquellos años, sin embargo, Trotsky -como Rosa Luxemburgo- era
un defensor decidido de la democracia directa. Contra la idea de un partido
omnipotente, lanzó advertencias proféticas sobre lo que sería
el estalinismo y, como en los preludios de la tragedia clásica, vaticinó
su propio destino: “un régimen que para subsistir comienza por expulsar
a los mejores militantes en el aspecto teórico y práctico, promete
demasiadas ejecuciones y muy poco pan. Inevitablemente, suscitará una
decepción que puede resultar fatal no sólo para los Robespierre
y los ilotas del centralismo, sino también para la idea de una organización
de combate única en general. Los amos de la situación serán
los “termidorianos” del oportunismo socialista y las puertas del partido se
abrirán efectivamente de par en par. Ojalá esto no ocurra”
(8).
He aquí -magistralmente expresado- el conflicto entre las dos almas
del bolchevismo: la marxista y la jacobina. Un conflicto que jamás
habría de resolverse, ni siquiera en el propio Trotsky. Y lo peor:
con el tiempo, él mismo se acercaría a la idea del Estado monolítico
y a una concepción dictatorial del partido, en ocasiones aún
más autoritaria que la de Lenin (9).
No satisfecho, el futuro creador del Ejército Rojo volvió
a la carga pocos meses después con un texto todavía más
ácido en contra de Lenin, Nuestras tareas políticas. “En las
políticas internas del partido, escribió, estos métodos
llevan a la organización del partido a sustituir al partido, al Comité
Central a sustituir a la organización del partido y finalmente al dictador
a sustituir al Comité Central” (10).
Entonces, escribe Deutscher, Trotsky no podía imaginarse que un día
él iría mucho más lejos que Lenin en la glorificación
de aquellos métodos, antes de retroceder horrorizado frente a su consumación
(11).
La revolución permanente
Carentes de audacia, los mencheviques propugnaban una suerte de colaboración
con la burguesía liberal contra el antiguo régimen. En opinión
de Boris Souvarine, ellos expresaban la propensión al fatalismo económico
mientras que los bolcheviques, la tendencia activista. Los primeros parecían
más ortodoxo, porque eran más fieles a la letra del marxismo,
mientras que los segundos se permitían libertades en nombre del espíritu”(12).
Se podría agregar que los bolcheviques reivindicaban el momento subjetivo
-aunque bajo la forma fetichizada del partido- contra el objetivismo economicista
en boga entre los mencheviques y la Segunda Internacional. Todo esto explica
porqué, a pesar de la inicial simpatía mutua, el idilio de Trotsky
con ellos no iba a durar mucho.
En enero de 1905, la primera revolución rusa trastornó todos
los debates políticos. Trotsky volvió a Rusia en el mes de febrero,
dejando atrás los medios del exilio en los que, a fin de cuentas,
no se sentía a gusto. Llegó a San Petersburgo en primavera encontrándose
pronto en el centro de la actividad clandestina, pues era prófugo
y arriesgaba la deportación.
“Tenía poca inclinación para el trabajo colegiado –escribe
Anatoly Lunacharsky en una de sus famosas siluetas revolucionarias-, sin embargo,
sus mejores cualidades se desplegaban en el gran océano de los acontecimientos
políticos donde estas características personales carecen de
importancia. (13)”
Y es que a sus 26 años Trotsky jugó un papel mucho más
relevante que los viejos dirigentes socialdemócratas -tanto bolcheviques
como mencheviques- quienes permanecieron en Europa occidental hasta bien entrado
el año (Lenin hasta el mes de noviembre).
A mediados de octubre, San Petersburgo fue teatro de una huelga general
que desembocó en el primer Consejo o Soviet de Delegados Obreros.
Contrario a la vulgata, este no fue una creación de los partidos,
mucho menos de los bolcheviques quienes, como sabemos, desconfiaban de todas
las expresiones “espontáneas” del proletariado (14). Sin embargo,
“los de abajo, guiados por su instinto, sabían orientarse con harta
mayor seguridad que aquellos directores”, anota Trotsky con habitual ironía
(15).
El organismo nació inesperadamente del vientre mismo del proletariado,
fijándose únicamente el objetivo de dirigir la huelga, pero
transformándose pronto en el corazón mismo del movimiento revolucionario.
“Forma política al fin descubierta” de la revolución social,
el Soviet se impuso como órgano de poder autónomo de los obreros
revolucionarios y germen del futuro gobierno proletario logrando “poner en
pie a masas gigantescas de hombres” (16).
El 14 de octubre, el flamante Soviet aceptó a tres representantes
por cada uno de los tres partidos revolucionarios: menchevique, bolchevique
y socialista revolucionario (17). Trotsky, quien se encontraba temporalmente
refugiado en Finlandia, regresó apresuradamente y el día mismo
fue elegido miembro de su comisión ejecutiva. Lenin, en cambio, no
compartía los trabajos del Soviet, ni actuaba en él, aunque
seguía atentamente el desarrollo de los acontecimientos (18).
Durante 52 días de actividad tempestuosa, Trotsky se desempeñó
primero como su vicepresidente, después presidente, editorialista de
su órgano,
Izvestia, pluma mordaz en varios periódicos
más, redactor de manifiestos, propuestas, resoluciones…
Estaba en su elemento: orador incendiario y hábil conspirador, fue
el único socialdemócrata conocido que entendió la importancia
histórica de los consejos obreros: “no hay duda –escribió- de
que la primera nueva ola de la revolución llevará a la creación
de soviets en todo el país” (19).
La insurrección fue aplastada en el curso del mes diciembre, primero
en San Petersburgo y después en Moscú. Detenido el día
3, en la soledad de la cárcel elaboró su famosa y muy
tergiversada concepción de la “revolución permanente” (20).
¿De qué se trataba? El meollo de la aportación de Trotsky
radicaba en esclarecer la naturaleza de la revolución venidera. Los
mencheviques suponían que Rusia, económicamente atrasada y predominantemente
agraria, no estaba madura para la revolución proletaria, sino únicamente
para su contraparte “burguesa”. Lenin y los bolcheviques pensaban que la
burguesía rusa, demasiado comprometida con el zarismo, no iba a cumplir
con su tarea histórica. Recomendaban establecer una república
bajo la “dictadura democrática del proletariado y de los campesinos”,
una formula algo oscura que remitía al carácter no “socialista”
de la revolución rusa.
El planteamiento de Trotsky iba más lejos. Retomando las tesis de
su amigo Parvus (Alexander Israelovich Helphand (21) ), sostenía que
la guerra ruso-japonesa de 1904 marcaba el principio de una serie de crisis
que desembocarían en una guerra mundial y en la revolución rusa
(22).
No está claro a cuál de los dos autores se debe el empleo
del término “revolución permanente” aplicado al proceso social
ruso. Lo cierto es que procede de Marx quien, al final de la Circular al comité
central de la liga comunista (1850), había escrito que “los proletarios
no deben ser apartados de su línea de independencia por la hipocresía
de la pequeña burguesía democrática. Su grito de guerra
debe ser: ¡Revolución permanente! (23)
Excepto en
Las luchas de clases en Francia (1850) y -antes-
en
La cuestión judía (1843), no encontramos en el fundador
del socialismo científico otras menciones de esa consigna, misma que
resalta los caracteres radicales del proyecto proletario y la necesidad de
prolongar la revolución hasta “romper la columna vertebral del poder
burgués” (24).
Como Lenin, Trotsky llegó a la conclusión de que en Rusia
la burguesía no tenía ni la determinación ni la capacidad
de llevar a cabo su propia revolución. Sin embargo, él es el
primero en sostener que la etapa burguesa desembocaría inevitablemente
con la revolución socialista. ¿Cómo? “Mediante una serie
de conflictos sociales en agudización paulatina, mediante el surgimiento
de nuevas capas sociales de entre las masas y mediante los continuos ataques
del proletariado a los privilegios económicos y políticos de
la clase dominante” (25).
Los trabajadores no podrían detenerse en la liquidación del
absolutismo, sino que profundizarían la revolución so pena de
encontrarse desplazados y perder el poder. Acto seguido, el proletariado europeo
se sumaría a la rebelión, consolidando la revolución
y elevando a la clase obrera rusa “a una altura hasta hoy desconocida” (26).
De esta manera, la atrasada Rusia podría hacer la revolución
antes que los países avanzados tendiendo al socialismo en una “cadena
ininterrumpida”.
¿Quién más -pregunta Deutscher- previó en 1906
la existencia de una Rusia soviética? Mas aún, indirectamente
y sin saberlo, Trotsky proporcionó la clave de su propio error: su
apreciación del campesinado. “La experiencia demuestra que [este] es
completamente incapaz de desempeñar un papel político independiente”
(27). Al mismo tiempo, Trotsky se rectificaba a sí mismo afirmando
que el régimen proletario se vendría abajo tan pronto como
los campesinos se volvieran contra él. “No se le ocurrió –concluye
Deutscher- que un partido proletario podría gobernar a un país
enorme contra la mayoría del pueblo. No se le ocurrió que la
revolución conduciría al gobierno prolongado de una minoría”
(28).
Como sea, los acontecimientos rusos de 1905, tuvieron un impacto profundo
en todas las corrientes del socialismo europeo. Así lo expresó
Rosa Luxemburgo en su intervención ante el Vº Congreso del POSDR
(1907): “los trabajadores alemanes resonaban en un solo grito: «¡habladnos
de la revolución rusa!» Y en esto se reflejaba no sólo
su simpatía natural, que provenía de una instintiva solidaridad
de clase con sus hermanos en lucha. También refleja su reconocimiento
de que los intereses de la revolución rusa son, en realidad,
también su propia causa” (29).
Trotsky se dio a conocer en el movimiento obrero internacional precisamente
como símbolo de aquella primera expresión del proletariado ruso.
Su prestigio se consolidó aun más cuando, al ser juzgado en
1906 por el delito de insurrección armada, trasformó el proceso
en una formidable tribuna política para denunciar al régimen
imperial (30).
El texto de su memorable discurso se encuentra reproducido en
Resultados
y perspectivas, libro que marca “el punto culminante de su desarrollo
teórico”, según Raya Dunayevskaya (31). Todos sus biógrafos
señalan, sin embargo, que tuvo escasa influencia en el movimiento revolucionario
ruso, ya que la policía requisó la edición y, según
parece, el propio Lenin no lo leyó sino hasta 1919.
Al terminarse el juicio, Trotsky fue desterrado a Siberia por segunda vez;
sin embargo, logró evadirse de nuevo y después de un largo periplo
se refugió sucesivamente en Viena, Berlín, París y Estados
Unidos.
Hasta bien entrado el año de 1917, actuó como un marxista
independiente (“un solitario” lo define Victor Serge (32) ), buscando conciliar
las dos tendencias de la socialdemocracia rusa, pero polemizando ásperamente
con ambas.
En uno de sus textos proféticos, publicado en 1909, señaló
que “aunque los aspectos antirrevolucionarios del menchevismo ya son completamente
obvios, los del bolchevismo, probablemente, se volverán una grave amenaza
sólo en caso de una victoria.” (33)
“Los peligros profesionales del poder”
El 8 de marzo de 1917 (22 de febrero del calendario ortodoxo), una serie
de huelgas en Petrogrado desembocaba en la tan esperada caída del zarismo
y en la victoria de una revolución por la que ningún partido
pudo reclamar el crédito. El antiguo régimen había muerto
de muerte propia y no por la acción de los revolucionarios profesionales
quienes, en buena parte, permanecían en sus exilios europeos o norteamericanos.
A los pocos días, Trotsky encontró en Nueva York a Volin (Vsevolod
Mijailovich Eichenbaum), combatiente de 1905 y una de las cabezas más
lúcidas del anarquismo ruso, cuando ambos se alistaban para regresar
a Rusia. He aquí partes del diálogo entre los dos, narrado por
el autor de
La revolución desconocida:
-Estoy absolutamente seguro, afirmó Volin, de que ustedes, los marxistas
de izquierda, acabarán por tomar el poder en Rusia. (…) Los sindicalistas
y los anarquistas somos demasiado débiles para atraer rápidamente
la atención de los trabajadores. (…) El conflicto será inevitable
y entonces …¡pobres de nosotros! Acabarán fusilándonos
como perdices.
-De ninguna manera, camarada Volin, contestó Trotsky. Tiene usted
demasiada imaginación. Al fin y al cabo lo que nos separa es una pequeña
cuestión de método, totalmente secundaria. (…) Tenemos un enemigo
común a vencer: ¿por qué pelear entre nosotros? (34)
No hay razones para dudar de la buena fe de León Davidovich, pero
como veremos enseguida, esta vez le falló la profecía.
El hecho es que el desarrollo de la revolución no respetó
ningún esquema previo. Los mencheviques, que se habían pronunciado
en contra de cualquier participación en un gobierno salido de “la
revolución burguesa”, acabaron proporcionándole ministros,
mientras que los bolcheviques se abstuvieron de hacerlo, a pesar de haber
recomendado lo contrario. “La Historia –escribe Pierre Broué- parece
burlarse de ambos” (35).
En realidad, confesó Trotsky mucho tiempo después, “los acontecimientos
cogieron desprevenido al partido más revolucionario conocido hasta
hoy por la historia humana. (..) En estos momentos decisivos, las masas se
hallaban «cien veces más a la izquierda» que el partido
de izquierda más extremo” (36).
Ahora tenía prisa por regresar a Rusia, sin embargo no fue una tarea
fácil. Detenido en alta mar por los ingleses, internado cerca de Halifax,
liberado por solicitud del Soviet de Petrogrado, Trotsky llegó el 4
de mayo de 1917, al cabo de 12 años de exilio.
El día 5 tomó la palabra por primera vez en el Soviet incitando
al auditorio a confiar únicamente en su propia fuerza y a desconfiar
de la burguesía. La revolución reencontraba a su tribuno.
En los días sucesivos, visitó la redacción de la
Pravda
para concertar una acción común. León Davidovich colaboraba
entonces con el grupo llamado “Interdistrito” que reunía a los disidentes
de las distintas fracciones, sin embargo, acabó por incorporarse al
Partido y a su Comité Central a finales de julio (37).
Se ha discutido mucho de la convergencia entre Lenin y Trotsky en 1917.
Es verdad que la reorientación estratégica de los bolcheviques
a partir de las
Tesis de abril y
El Estado y la revolución
(38) marca el fin de su disputa. El programa de los dos hombres se puede
resumir así: lucha contra la defensa patriótica y sus sostenedores;
reconocimiento de los soviets como órganos de poder proletario; transformación
socialista en el interior; revolución internacional en el exterior.
Es en ese horizonte que los nombres de Lenin y Trotsky llegaron a simbolizar
en todo el mundo el movimiento ascendente de la revolución plebeya
(39).
¿Y las viejas disputas? Cosas del pasado. Lenin opinaba ahora que
León Davidovich era “el mejor de los bolcheviques” y mientras vivió,
no hubo más un problema “trotskista”, aunque sí desacuerdos,
como es normal en cualquier partido político.
Por su parte, León Davidovich endosó sin reservas el mismo
proyecto de conquista jacobina del poder que tan atinadamente había
criticado en su juventud y que ahora el propio Lenin parecía dispuesto
a abandonar, aunque sea temporalmente.
Por una extraña ironía, se invirtieron los papeles. En adelante,
Lenin se mostraría más “demócrata”, expresando antes
de fallecer serías preocupaciones acerca del rumbo burocrático
que había tomado la revolución. Trotsky, en cambio, le apostó
al partido, al punto de atribuirle la facultad de determinar soberanamente
el conjunto de la trasformación social.
¿Cómo entender este giro radical? Raya Dunayevskaya -una de
sus más brillantes discípulas y, a la vez, crítica rigurosa-
señala que no fue un cambio repentino ya que desde 1910 León
Davidovich había abandonado sus convicciones anteriores. Al fin y al
cabo, el proletariado ruso se estaba mostrando “inmaduro” y por lo
tanto necesitaba de un enérgico partido que le guiara (40).
El hecho es que, para no contrariar a Lenin, Trotsky no reivindicó
más sus planteamientos de 1903, y no desterró a la “revolución
permanente”, sino hasta 1924, cuando todo estaba perdido (41).
Mientras tanto, la temperatura social seguía subiendo en aquel verano
de 1917. Es la ruidosa irrupción de la potencia, multiplicidad, variedad,
y perseverancia de la acción de masas entre febrero y octubre que explica
la toma del poder por parte de los bolcheviques (42). Victor Serge recuerda
que ninguna solución intermedia era posible entre la dictadura reaccionaria
y la dictadura revolucionaria de los soviets: sin revolución de octubre,
el fascismo hubiese tenido nombre ruso (43).
León Davidovich organizó el Comité Revolucionario Militar
que preparó la insurrección. Después fue Comisario del
Pueblo de Asuntos Extranjeros y organizador del Ejército Rojo entre
los muchos cargos que desempeñó en la cúspide del naciente
Estado soviético.
Durante los difíciles años de la guerra civil, obtuvo victoria
tras victoria, destruyendo ejércitos reaccionarios y derrotando invasores
extranjeros, en condiciones desesperadas y sin tener ninguna experiencia militar
previa. Son logros que nadie le puede regatear. Sin embargo, cuando se encontraba
en la cumbre de su prestigio -el bienio de 1919-21- empezó también
la degeneración autoritaria y burocrática de la revolución.
Rosa Luxemburgo vio el peligró incluso antes, al estigmatizar el
“frío desprecio [de los bolcheviques] por la Asamblea Constituyente,
el sufragio universal, las libertades de reunión y prensa; en síntesis
por todo el aparato de las libertades democráticas básicas del
pueblo”. Y precisó: “La libertad es siempre y exclusivamente libertad
para el que piensa de manera diferente” (44).
Justo es reconocer que algunos bolcheviques expresaron opiniones análogas.
Los más conocidos fueron Alejandra Kolontai y A. G. Shliápñikov
de la Oposición Obrera. En su folleto
¿Qué es la Oposición
Obrera?, impreso marzo de 1921, en vísperas del X° Congreso
del Partido Comunista Ruso (bolchevique) y suscrito por un nutrido grupo
de viejos militantes, Kolontai planteaba el peligro del creciente poder de
los especialistas, técnicos y expertos “estos hombres de negocios
que emergen a la superficie de la vida soviética” (45).
Menos conocido es el Grupo Obrero, animado por Gabriel I. Miasnikov, obrero
de Perm (Urales), bolchevique desde 1905. Publicado y difundido ilegalmente
en 1923, su
Manifiesto es la crítica más radical al régimen
soviético, jamás surgida desde el interior del partido (46).
Trotsky nunca apoyó esas tesis; mucho menos intervino cuando Miasnikov
fue detenido por la Cheka (policía política). Ante los cuestionamientos,
su respuesta fue la misma de Lenin: suprimir las fracciones en el partido
como una medida “de emergencia” que acabó siendo permanente. Ambos
se opusieron a la practica de elegir a los funcionarios, optando por el método
burocrático de la cooptación, ya experimentado por Trotsky en
la organización del Ejército Rojo.
Aquel método tenía, por cierto, muy poco de “rojo” ya que
abogaba por la construcción de un aparato centralizado dirigido por
especialistas cooptados desde arriba (entre los que destacaban antiguos oficiales
zaristas como Tugachevski) y supervisado por “comisarios políticos”,
es decir hombres de confianza del partido.
Durante la guerra civil de 1919-1921 a esos primeros tropezones hay que
sumar la desastrosa política de Trotsky hacia los campesinos a quienes
trató sistemáticamente como enemigos.
En Ucrania, aplicando la doctrina supuestamente marxista del “conservadurismo
campesino”, León Davidovich reprimió con saña a los anarquistas
dirigidos por Nestor Makhno, a pesar de haber concertado con ellos una provechosa
alianza militar contra el general blanco Denikin (47).
Cuando ya no los necesitó, los acusó de ser, ellos también,
unos “contrarrevolucionarios que el poder soviético (…) va a barrer
de la faz de la tierra”. Acto seguido, recomendaba “erradicar a los makhnovistas
(porque representan) un peligro mayor que Denikin” e, incluso, enviarlos a
los “campos de concentración” (48).
Volin -a la sazón uno de los principales voceros del movimiento-
cuenta que, al ser detenido por el Ejército Rojo en territorio rebelde,
Trotsky envió un telegrama con una orden lacónica: «fusilar
inmediatamente» (49). Se salvó por un concurso de circunstancias
y logró después salir de la URSS gracias a la intervención
de Victor Serge (50).
El drama no tardó en repetirse al estallar la revuelta de los marinos
de Cronstadt (febrero-marzo de 1921), quienes a pesar de las acusaciones de
los bolcheviques, tampoco eran contrarrevolucionarios, pues enarbolaban reivindicaciones
democráticas que, en gran parte, el propio Trotsky haría suyas
al ser desplazado del poder en 1923 (51).
Surgida después de una huelga masiva en Petrogrado, la rebelión
apuntaba al surgimiento de una alianza sumamente explosiva entre obreros y
campesinos (muchos de los marinos eran de origen rural) contra la naciente
burocracia.
El partido bolchevique no dudó en resolver el problema de un tajo,
contando para ello con el apoyo de la Oposición Obrera, aunque no del
grupo de Miasnikov. La solución fue echar manos al ejército
y a la calumnia, una práctica lamentable que pronto sería el
sello distintivo del estalinismo (52). Al final, por una ironía siniestra,
la comuna de Cronstadt fue aplastada el 18 de marzo de 1921, 50 aniversario
de la Comuna de París (53).
“Trotsky no tomó parte alguna en aquella abominable represión
de la cual, más tarde, aceptó su parte de responsabilidad política”,
escribe Serge en un intento de exculparlo (54). Eso es verdad, pero no tiene
importancia ya que ordenó la represión en su calidad de jefe
del Ejército Rojo, como él mismo reconoció y consta por
los telegramas amenazadores que, personalmente, envió a los rebeldes.
No podemos saber cuál hubiera sido el destino de la revolución
si Lenin y Trotsky hubiesen optado por democracia; lo cierto es que actuando
en contra de los soviets, aceleraron su muerte.
Hay más. En
Comunismo y terrorismo -de lejos el peor de sus
libros, escrito en el tren durante la guerra civil para confutar al renegado
Kautsky-, Trotsky señaló que los trabajadores tienen la obligación
de obedecer al “Estado obrero” ya que “el socialismo significa disciplina”.
Puesto que la burguesía había inventado la organización
científica del trabajo –el taylorismo-, los bolcheviques no podían
quedarse atrás: tendrían que reeducar (¡!) a los obreros
en vista de aumentar su “productividad” (55).
Trotsky afirmó, además, que era preciso someter a los trabajadores
a disciplina militar, mereciendo incluso las críticas de Stalin … ¡por
exceso de autoritarismo!
“Siendo la Unión Soviética un “Estado Obrero”, escribió,
el proletariado no tiene absolutamente nada que temer” (56).
Más realista, Lenin rechazó las tesis del fundador del Ejército
Rojo. No hay tal cosa, afirmó; “un Estado Obrero es una abstracción”
(57). Con la NEP –la Nueva Política Económica-, precisó,
“creamos de nuevo el capitalismo. Y no lo ocultamos. Se trata del capitalismo
de Estado”. En estas condiciones, concluía, ¡los trabajadores,
más vale que se protejan de su propio Estado! (58)
Demasiado poco demasiado tarde
Inaugurada en marzo de 1921, contemporáneamente a la represión
de Cronstadt, la NEP sustituía al llamado “comunismo de guerra”, es
decir el sistema de abastecimiento de las ciudades por medio de la requisición
de alimentos a los campesinos.
Ante la ausencia de la revolución en Occidente y los severos problemas
de carestía, la NEP reintroducía cierta libertad de comercio
para los agricultores y pequeños propietarios. Lenin admitía
la necesidad de una suerte de retirada temporal de la revolución y
en espera de tiempos mejores, buscaba afianzar el poder de los bolcheviques.
Tanto Victor Serge como Boris Souvarine sostuvieron que la NEP satisfacía
las reivindicaciones económicas de Cronstadt, subrayando así
la inutilidad de la represión (59). Sin embargo, la principal reivindicación
de los marinos no era económica, sino política: la democracia
directa. Y esa había recibido un golpe mortal.
Además los insurgentes no solamente luchaban contra la burocracia
y el capitalismo de Estado, sino también contra el capitalismo privado
que ahora volvía a cobrar fuerza. Las cooperativas independientes ya
no existían ni tampoco organizaciones políticas y sindicales
libres. En estas condiciones, las semillas del capitalismo florecieron más
fácilmente, así como una nueva clase de especuladores y privilegiados
(60).
En realidad, la NEP coincidía con la derrota de la única revolución
que interesaba a las masas desposeídas: la que prometía acabar
con todos los poderes arbitrarios, las injusticias y los despotismos.
Al final, el “poder soviético” no fue derribado como en cambio había
sucedido en el caso de la Comuna de París, el gran espantajo de Lenin.
Sin embargo, sucedió algo tal vez peor: los valores de la revolución
se destruyeron solos, vaciándose progresivamente y trocándose
poco a poco en una mentira desconcertante (61).
Los anarquistas no fueron los únicos en denunciarlo. En Alemania,
los marxistas del Partido Comunista Obrero, KAPD (una escisión del
pro-bolchevique KPD), y en Rusia el Grupo Obrero (desde la clandestinidad)
empezaron a hablar de una “revolución burguesa llevada a cabo por los
comunistas”.
El propio Lenin se dio cuenta de que algo estaba mal y lo admitió
públicamente en sus últimos textos. Sin embargo, la única
solución que encontró fue más de lo mismo: consolidar
el poder del partido hasta que el proletariado europeo rescatara a su hermano
de oriente.
Para Trotsky, en cambio, el país marchaba hacia el socialismo, a
paso seguro. “Propiedad Estatal”, “Plan”, “Partido” todos con mayúscula;
he aquí los fetiches por los cuales pedía a los trabajadores
entregar sus vidas.
Las cosas empeoraron cuando Lenin sufrió su primera apoplejía
en mayo de 1922. Un equipo de especialistas intentó curarlo, pero ya
estaba muy enfermo y no mostró ninguna mejoría; poco a poco,
hubo de renunciar a sus responsabilidades políticas. Hacia fines de
año se constituyó una tendencia formada por Stalin, Zinoviev
y Kamenev –pronto llamada troika- con el único propósito de
organizar la decapitación política de Trotsky, a la sazón
el segundo hombre más poderoso de la Unión Soviética.
Y es que el ascenso meteórico del fundador del Ejército Rojo
había causado malestar entre muchos viejos bolcheviques que sólo
esperaban el momento propicio para cobrar viejas cuentas.
Esa no era la opinión de Lenin. Es más, en vísperas
del XIII° Congreso del partido a celebrarse en abril de 1923, el jefe
bolchevique había dispuesto luchar contra Stalin junto a Trotsky, invitándolo
a trabajar juntos. Era demasiado tarde: en marzo otra apoplejía le
privó del habla y de la posibilidad de hacer valer sus razones en
dicho congreso.
Por ese entonces el carácter revolucionario del bolchevismo ya colgaba
de un hilo muy delgado. La ecuación básica de Lenin había
sido bolchevismo= revolución: según él imponiendo el
primero con cualquier medio, la segunda iba a triunfar como si fuera una ley
férrea.
¿Qué hacer si los dos términos se separaban? A pesar
de haber percibido el problema, Lenin murió antes de poder ofrecer
una respuesta.
A medida que la perspectiva de la revolución mundial iba menguando,
el hilo no podía más que romperse. Y cuando se rompió
el partido bolchevique cumplió el papel histórico de usurpador,
como admite el propio Deutscher (62).
El documento conocido como «testamento», escrito por Lenin en
uno de sus últimos momentos de lucidez, aporta muchos elementos. Recordemos
que Vladimir Illich fue, básicamente, un estratega y que como teórico,
sostuvo posiciones a menudo encontradas. En filosofía, fluctuó
entre el materialismo y el neohegelianismo; en política, entre el autoritarismo
de 1902 y el seudo anarquismo de
El Estado y la revolución;
en economía, entre el anticapitalismo de los soviets y el neocapitalismo
de la NEP.
Ahora, ante la gravedad de la situación, expresaba angustia por la
posibilidad de una escisión en el partido, así como serias dudas
sobre sus colegas en el comité central. No podía imaginar, claro
está, que cinco de los seis dirigentes que nombraba (Trotsky, Kamenev,
Zinoviev, Bujarin, Piatakov y Stalin) serían liquidados por el sexto.
De este último señalaba que había concentrado en sus
manos un poder inmenso, y “no estoy seguro que siempre sepa utilizarlo con
la suficiente prudencia” (63).
El historiador anticomunista Walter Laqueur observa irónicamente que
la predicción ingresó en la historia como una de los eufemismos
más burdos de que se tenga noticia (64).
¿Qué opinaba de Trotsky? Lo definía “el hombre más
capaz del actual CC”, aunque “demasiado ensoberbecido y demasiado atraído
por el aspecto puramente administrativo de las cosas”.
¿Ensoberbecido? Cuando se abrió el congreso, lejos de ello,
León Davidovich rechazó la oferta de pronunciar el discurso
político principal. Al parecer, no quería que su conducta fuese
interpretada como un intento de pretender a la sucesión. Sin embargo,
acabó pactando con los triunviros, faltando al compromiso de leer las
notas Contra la burocracia que desde su lecho de enfermo le había preparado
Vladimir Ilich.
En sus memorias, Trotsky relata un diálogo que tuvo con Kamenev,
quien cumplía las funciones de correo entre los dos jefes bolcheviques:
“hay hombres -dijo- que son capaces de lanzarse a un peligro real por escapar
de otro puramente imaginario. Tome usted nota de ello y hágaselo saber
a los demás: nada más lejos de mi ánimo que la intención
de librar una batalla en el congreso del partido por ningún genero
de cambios en la organización. Yo soy partidario del status quo. Soy
contrario a la destitución de Stalin, de que se expulse a Ordzhonikidze
y de que se separe a Dzerzhinsky del Ministerio de los Transportes. Por lo
demás, estoy sustancialmente de acuerdo con Lenin” (65).
Lenin murió el 21 de enero de 1924, atormentado, en sus últimos
momentos de lucidez, por una terrible sensación de fracaso. Ya libres
de ataduras, en los meses sucesivos, los triunviros intensificaron su lucha
contra el fundador del Ejército Rojo, inventando el término
“leninismo”, vulgarización del pensamiento de Vladimir Illich inventada
para denostar al “trotskismo”. Este pasaría a ser sinónimo de
herejía primero, y de todas las perversiones después.
En diciembre, Stalin publicó un panfleto en donde, manipulando a
su gusto algunas citas de Lenin, sostenía que el “socialismo en un
sólo país” era, en efecto, posible (66). Pronto se volvió
la doctrina oficial de la burocracia soviética, dejando atrás
-y para siempre- “la revolución permanente”, una teoría que,
por cierto, no respondía a la nueva situación de consolidación
del capitalismo internacional.
¿Cómo actuó Trotsky? El 8 de octubre de 1923, ante
la crisis financiera y comercial (denominada crisis de las tijeras ) de la
economía soviética, Trotsky había enviado una carta
al Comité Central en la que criticaba la burocratización, y
la falta de democracia interna planteando asimismo la necesidad de la planificación
como eje central de la organización y del desarrollo económico.
Demasiado poco, demasiado tarde: su lucha contra la burocracia que carecía
de bases ya que él mismo había sido uno de sus artesanos. Pero
tampoco actuaba como burócrata, ya que no tenía ambiciones personales
y, a pesar de sus errores, nunca perdió de vista el ideal revolucionario.
En
El nuevo curso -publicado por entregas en la
Pravda a finales
de 1923-, Trotsky volvía a la carga con más vigor: apelaba a
restaurar la democracia en el partido manifestándose por la libertad
de las fracciones, aunque seguía descalificando a los críticos
radicales como Miasnikov y definía “peligrosa” a la Oposición
Obrera (67).
Contra la degeneración burocrática del Estado, recomendaba
emplear las “fuerzas sanas” del partido, mismo que, aseguraba, “se dispone
a pasar a una fase superior” (68). No se percataba de que la democracia estaba
en guerra contra el Estado, ciertamente, pero también contra el partido,
la nueva figura del Estado en formación.
Es claro que, a pesar de lo que alegaban sus contrincantes estalinistas,
Trotsky no quiso convertirse en amenaza contra el Estado Soviético.
Optó por la vía del compromiso y las concesiones organizando
así su propia derrota.
En el XIVº Congreso del partido -celebrado en diciembre de 1925, el
primero totalmente dominado por los burócratas-, afirmó que
“el partido siempre tiene razón porque es el único instrumento
que posee la clase obrera para solucionar sus problemas (...). No se puede
tener razón más que dentro del propio partido y mediante él
porque la historia no ha acuñado aún otro instrumento con que
tener razón” (69).
Esa actitud lo convirtió, a la larga, en cómplice de los falsificadores.
Cuando el periodista norteamericano Max Eastman difundió el testamento
de Lenin en Occidente, Trotsky atendió a la solicitud del buró
político de negar su autenticidad. Aceptaba así la lógica
de la doble verdad: la verdad “verdadera” para los iniciados, el pequeño
círculo de gobernantes; y la verdad “mentirosa” para la gran masa del
pueblo (70).
En por lo menos dos ocasiones, en octubre de 1926 y en noviembre de 1927,
la llamada Oposición de Izquierda (71) que entonces gozaba también
del sostén de Zinoviev y de Kamenev, abjuró solemnemente, incluso
repudiando a sus simpatizantes en el extranjero.
El 16 de noviembre de 1927, día de la exclusión de Trotsky
del comité central, Adolf Joffe -uno de sus colaboradores más
valiosos y un hombre que consagró toda su vida al movimiento comunista-
se suicidó en protesta contra “aquellos que han reducido al partido
a una condición tal que no puede reaccionar de ninguna manera contra
este oprobio”.
En un documento desgarrador, Joffe dirigió en forma de testamento
político una carta a su antiguo jefe donde, después de enviarle
un fuerte abrazo, le decía entre otras cosas: “siempre me pareció
que a Usted, León Davidovich, le falta aquella inflexibilidad, aquella
intransigencia de la que dio prueba Lenin; la capacidad de quedarse solo en
caso de necesidad y de seguir en la misma dirección (…). Usted siempre
tuvo razón en política; el propio Lenin lo reconoció
(…) Y sin embargo, a menudo abandonó Usted la posición justa
a favor de la unificación, del compromiso (…). Fue un error” (72).
A los pocos meses, otro viejo colaborador de Trotsky, Christian Rakovski,
denunció lo que llamó “los peligros profesionales del poder”:
“La clase obrera y el Partido no son lo que eran hace diez años. (…)
Robos, prevaricaciones, violencias, garrafas de vino, increíbles abusos
de poder, despotismo ilimitado, ebriedad, desocupación: se habla de
todo esto como de hechos ya conocidos, no desde hace meses sino desde hace
años. (…) Lo más triste es que ningún reflejo se produce
dentro del Partido y de la masa.” (73)
Un legado ambiguo
Estas breves notas no tienen, evidentemente, la pretensión de seguir
paso a paso la compleja trayectoria política de Trotsky. Las dos biografías
más completas de que disponemos -la clásica trilogía
de Deutscher y, más recientemente, el volumen de Broué- rebasan
ambas las mil páginas.
Aquí se trata únicamente de intentar una suerte de balance
“laico”, sin ceder a las pasiones desmedidas que levantó y sigue levantando
el fundador del Ejército Rojo.
Habría que señalar, en primer lugar, que Trotsky merece la
estima de la posteridad por haberse negado a seguir participando -a partir
de 1923- en la degeneración burocrática de la revolución
rusa (74).
Al mismo tiempo, todo lo dicho apunta a que León Davidovich sí
tiene su parte de responsabilidad en aquella misma degeneración. “A
partir del fin de 1918-1919 -escribió Victor Serge-, un espíritu
de autoridad, de intolerancia, de estatismo a ultranza va prevaleciendo en
el comité central bolchevique eliminando de manera cada vez más
brutal los principios de Octubre. Ni Lenin ni Trotsky lo encararon realmente,
más bien lo utilizaron (75).
“Estos grandes revolucionarios - precisa Serge en otro escrito- ejercieron
el Poder en condiciones particularmente graves. Su psicología de doctrinarios
marxistas, convencidos de tener la verdad integral y salvadora, les hizo terriblemente
intolerantes y les hizo desconocer la importancia vital de la libertad y
de la democracia. (…) Al fundar la Cheka, crearon una verdadera inquisición.
Al estatizar los sindicatos y las cooperativas, desarmaron a las masas y
abrieron el camino al totalitarismo” (76).
¿Había alternativas? ¿Cuál sería la historia
si en lugar de Stalin el ganador hubiese sido Trotsky? El punto es que el
fundador del Ejército Rojo no podía ganar. Stalin triunfó
porque expresaba mejor los intereses de la nueva clase dominante, la burocracia,
que buscaba un acomodo en el concierto de la nueva situación internacional.
Es significativa la opinión al respecto de un escritor católico
como François Mauriac: “fue una suerte que el apóstol de la
revolución permanente haya sido remplazado por el horror estalinista:
Rusia se convirtió en una nación poderosa, pero la Revolución
en Europa fue reducida a la impotencia” (77). Mauriac expresaba así,
sin tapujos, las razones de la gran burguesía mundial por celebrar
la victoria del Gengis Kahn georgiano.
Separado de todo cargo gubernamental, expulsado del partido, deportado a
Alma-Ata, Asia Central y luego exiliado en Turquía en espera de peores
vicisitudes en el “planeta sin visado”, Trotsky intentó agrupar a sus
partidarios fuera de la Unión Soviética.
Se aferró, sin embargo, a una absurda ortodoxia que le impidió
entender que el estalinismo no era una “degeneración” del bolchevismo,
sino un orden social nuevo, producto de la contrarrevolución mundial.
Ante Ciliga relata que en el campo de concentración de Verkhne-Uralsk
donde estaba detenido, los trotskistas querían lo mismo que Stalin
-la industrialización- aunque bajo una forma “más humana” (78).
En 1930, la gran preocupación de Trotsky y sus partidarios era que
la ola del “izquierdismo” estalinista pudiese comprometer al conjunto del
régimen, cuya salud les preocupaba sobre manera (79).
Lo mismo pasó en la arena internacional. En todas partes, y particularmente
en España -donde se dio el último intento de asalto al cielo
del proletariado europeo- (80), León Davidovich recomendó únicamente
repetir el esquema de 1917, bloqueando el debate y contribuyendo a difundir
el mito de la infalibilidad bolchevique. El resultado fue que muchos de sus
antiguos compañeros no quisieron participar en la creación de
la Cuarta Internacional y que esta nunca llegó a cuajar como una opción
viable.
En 1940, cuando el piolet asesino de Ramón Mercader lo alcanzó
en su residencia de Coyoacán, Trotsky todavía definía
al régimen estalinista, un “Estado proletario degenerado”. Ahora admitía,
sin embargo, que podría ser “la primera etapa de una nueva sociedad
de explotación” y concluía que de no conducir la guerra a la
revolución mundial, el marxismo quedaría refutado y el socialismo
reducido a la condición de mera utopía (81).
Por entonces, pocos se atrevían a debatir con Trotsky: su intolerancia
lo había aislado de los viejos colaboradores y de muchos interlocutores
potenciales.
Victor Serge, por ejemplo, se alejó paulatinamente del “Viejo” optando
por no contestar públicamente a sus vehementes acusaciones de traición
a la causa del movimiento obrero (82). El marxista antibolchevique Paul Mattick
opinó que aquilatar la función histórica del fundador
del Ejército Rojo implicaba “ponerlo a un lado de Lenin, Mussolini,
Stalin e Hitler”, los fundadores del moderno totalitarismo (83).
Era un juicio exagerado que, sin embargo, resumía el punto de vista
de un sector consistente del movimiento obrero antiestalinista. Otros libertarios,
como el marxista Otto Rühle -excomulgado por Trotsky y Lenin en 1920-
y el anarquista Carlo Tresca dieron una prueba de nobleza al participar en
la Comisión Internacional de Investigación sobre los Procesos
de Moscú de 1936-37 (encabezada por el filósofo John Dewey)
que lo absolvió de todas las calumnias estalinistas (84).
¿Qué nos queda de la experiencia de Trotsky?
En mi opinión, lo más sobresaliente es su etapa juvenil, la
idea expresada en 1903 de que la lógica objetiva de la lucha de clase
no puede ser negada por la lógica subjetiva del partido. La crítica
del bolchevismo apelando a los valores de la democracia directa.
Y por supuesto la teoría de la revolución permanente, que
nos permite entender la epopeya de los pueblos postcoloniales, contra las
concepciones por “etapas”. Hoy, mucho más que en 1905, las luchas
sociales tienen como escenario el mundo.
Por último, quisiera evocar una descripción de León
Davidovich que nos dejó Victor Serge, su primer biógrafo:
“Trotsky fue un ejemplo característico de un hombre que se quiere
integrar a la historia para vivir y cuyo espíritu se subordina sin
cesar al sentido de la historia. Este sentimiento lo expresa muy bien en las
últimas páginas de
Mi vida. Que al final la doctrina
y el voluntarismo hayan alterado su pensamiento en un momento en que la lucidez
verdadera –en historia- dejaba tal vez de ser posible, como tampoco lo eran
los análisis y las síntesis en la precipitación de los
acontecimientos, no cambia nada. Él siguió su combate con armas
que se habían vuelto insuficientes” (85).
Esas palabras siguen expresando la ambivalencia y la perplejidad con que
lo recordamos nosotros, los hombres y mujeres del siglo XXI que seguimos aferrados
a la idea de cambiar el mundo.
Tepoztlán, Morelos, octubre de 2005
Notas
(1) Citado en: Pepe Gutiérrez, “Malraux y Trotsky: encuentros
y desencuentros”. Véase:
http://www.fundanin.org/gutierrez11.htm.
Cabe recordar que después de una breve etapa “trotskista”, Malraux
fue compañero de ruta del estalinismo, justificó los procesos
de Moscú y la represión de los anarquistas en España,
para acabar como operador político del general De Gaulle.
(2) Isaac Deutscher, Trotsky.
El profeta armado (1879-1921),
Editorial ERA, México, 1966, pág. 100.
(3) Marx, carta a Schweitzer, 13 de febrero de 1865. Citada en Maximilien
Rubel,
Marx critique du marxisme, Petite Bibliothéque Payot,
París, 2000, pág. 206.
(4) Véase al respecto: la excelente introducción de
Denis Authier a: León Trotsky,
Informe de la delegación
siberiana, Editorial Domés SA, México, 1983.
(5) Carta citada en: Kostas Papaioannou,
De Marx y del marxismo,
Fondo de Cultura Económica, México 1991, pág. 224; y
en: Maximilien Rubel,
Pages de Kart Marx, Vol. I, Sociologie critique,
1970, Payot, París, pp. 42-45. La carta no está incluida en
las ediciones que consulté de la correspondencia de Marx. Una versión
en inglés se puede consultar en el sitio:
http://www.marxists.org/archive/marx/works/1860/letters/60_02_29.htm
(6) Rosa Luxemburgo,
Obras escogidas, dos tomos,
Editorial Pluma, Bogotá, Colombia, 1979. Véase en particular:
“Problemas organizativos de la socialdemocracia”, tomo I, pp. 180-203.
(7) El primero en mencionarlo es, que yo sepa, Victor Serge en
Vida
y muerte de Trotsky, Juan Pablos Editor, 1973, pág. 21 (libro póstumo,
escrito en colaboración con la viuda de Trotsky, Natalia Sedova, terminado
poco antes de la muerte de Serge en 1947).
(8) León Trotsky,
Informe de la delegación siberiana,
op. cit., pág. 77.
(9) Isaac Deutscher, op. cit., pág. 98.
(10) Trotsky,
Our political tasks, on-line Edition,
http://www/marxists.org/archive/trotsky/works/
, traducción del autor.
(11) Deutscher, op. cit. pág. 99.
(12) Boris Souvarine,
Una controversia con Trotski, Universidad
Autónoma de Sinaloa, Colección Renovación No. 3,
Culiacán, Sinaloa, México, 1983, pág. 35.
(13) Véase:
http://www.newyouth.com/archives/classics/lunacharsky/León_davidovichtrotsky.html
, traducción del autor.
(14) Véase: Oskar Anweiler,
Les Soviets en Russie (1905-1921),
Éditions Gallimard, París, 1972 pp. 36-62 y Volin,
La revolution
inconnue, Éditions verticales, París, 1997, pp. 79-91.
Por su parte, Pierre Broué,
Trotsky, Librarie Arthème
Fayard, París, 1988. pág. 101, sostiene, sin demostrarlo, que
el Soviet fue una creación de los mencheviques.
(15) León Trotsky,
Mi vida. Ensayo autobiográfico,
Editorial Stylo, dos tomos, México, 1946, tomo I, pág. 300.
(16) L. Trotsky,
Mi vida, op. cit. tomo I, pág.
305.
(17) Anweiler, op. cit., pág. 57.
(18) L. Trotsky,
Mi vida, op. cit. tomo I, pág.
309.
(19) León Trotsky,
La era de la revolución permanente,
Antología de escritos editados por Isaac Deutscher y George Novack,
Ediciones Saeta, México, 1967, pág. 57.
(20) León Trotsky,
1905. Resultados y perspectivas,
Ediciones Ruedo Ibérico, dos tomos, París, 1971.
(21) Diez años mayor que Trotsky, Parvus era entonces uno de
los más brillantes teóricos marxistas. Al estallar la guerra
mundial, sin embargo, acabaría como especulador y comerciante de armas
por cuenta de las potencias centrales. Véase: V. Serge, op. cit., pág.
29.
(22) P. Broué, op. cit., pág. 92.
(23) Véase:
http://www.marxists.org/espanol/m-e/1850s/50_circ.htm
(24) Sobre la revolución permanente en Marx véase la
introducción de Alfred Rosmer a la antología de escritos de
Trotsky,
De la revolution, Les Éditions de minuit, París,
1963, pp.7-23.
(25) L. Trotsky,
1905, op. cit., tomo II, pág. 187.
(26) Op. cit. pág. 212.
(27) Op. cit., pág. 179.
(28) I. Deutscher, op. cit., pp. 154-55.
(29) Texto reproducido en: Raya Dunayevskaya,
Rosa Luxemburgo,
la liberación femenina y la filosofía marxista de la revolución,
Fondo de Cultura Económica, México, 1985, pp. 387-399.
(30) L. Trotsky, op. cit., pp. 37-49.
(31) R. Dunayevskaya, op. cit., pág. 327.
(32) Victor Serge,
El año I de la revolución rusa,
Siglo XXI Editores, México, pág. 56.
(33) “Nuestras diferencias”, texto está incluido L. Trotsky,
1905. Resultados y Perspectivas, op. cit. tomo II, pp. 127-137.
(34) Volin, op. cit., pp. 715-16.
(35) Pierre Broué,
El partido bolchevique, Capítulo
IV, versión disponible en Internet:
http://www.geocities.com/trotskysigloxxi/P_Bolchevique/Prefacio.htm
(36) León Trotsky,
Historia de la Revolución rusa,
tomo I, cap. 21. Versión disponible en Internet:
http://www.marxists.org/espanol/trotsky/histrev/cap_21.htm
(37) V. Serge,
El año I de la revolución rusa,
op. cit., pág. 56.
(38) Véase:
http://www.marxists.org/espanol/lenin/index.htm
(39) Boris Souvarine,
Staline. Aperçu historique du
bolchevisme, Éditions Ivrea, París 1992 (la primera edición
es de 1940), pág. 154.
(40) R. Dunaevskaya, op. cit., pág. 331.
(41) En el segundo proceso de Moscú, celebrado en enero de
1937, el acusador Vishinsky exhibió los panfletos de aquellos años
como pruebas fehacientes del “venenoso antileninismo” de Trotsky. Véase:
Not Guilty. Report of the 1938 commission of inquiry into the charges made
against León Trotsky in the Moscow trials, Pathfinder Press, New
York, 1972 (la primera edición es de 1938), pág. 329.
(42) Victor Serge, “Treinta años después de la Revolución
Rusa”, en:
http://www.fundanin.org/serge.htm
(43) Victor Serge, “La vida y la muerte de León Trotski”, artículo
publicado por la revista
Mundo, México, octubre de 1944 (no
confundirlo con el libro del mismo título). Véase:
http://www.fundanin.org/aserge.htm
(44) Rosa Luxemburgo, op. cit. tomo II, “La revolución
rusa”, pp. 240 y 257.
(45) Alexandra Kolontai,
La Oposición en la URSS, Schapire
editor, Buenos Aires, 1975, pág. 29.
(46) “Manifeste du groupe ouvrier du PC russe (bolchevik)”, publicado
en traducción francesa por la revista
Invariance, serie
II, núm. 6, mayo de 1975. Véase también: Roberto Sinigaglia,
Miasnikov e la rivoluzione russa, Jaca Book, Milán, 1973; Paul
Avrich, “Bolshevik Opposition to Lenin. G. T. Miasnikov and the Workers' Group”,
http://fraternitelibertaire.free.fr/reserve/bolshevik_opposition_to_lenin.rtf
(47) Al contrario de sus discípulos rusos, Marx pensaba que
en determinadas condiciones, la comuna campesina sí podía llegar
a ser “un elemento regenerador de la sociedad rusa”. Véase el esbozo
de carta a Vera Zasulich (1881) en:
http://www.marxismoeducar.cl/cartme19.htm#fnB1
(48) León Trotsky
Escritos militares. Véase:
http://www.nestormakhno.info/new.htm
(49) Volin, op. cit., pág. 580.
(50) Victor Serge,
Memorias de mundos desaparecidos (1901-1941),
Siglo XXI Editores, México, 2002, pp. 112 y 158.
(51) Volin, op. cit., pág. 515. Véase también:
Ida Mett,
La Commune de Cronstadt. Crépuscule sanglant des Soviets,
Cahiers de Spartacus, Paris, 1977; Paul Avrich, Cronstadt, 1921, Princeton
University Press, 1970 (traducción italiana, Mondadori, Milán,
1971).
(52) En un intento de justificar a Trotsky, Broué (Trotsky,
op. cit., pp. 294-95) sostiene que las investigaciones de Avrich revelan que
sí hubo un complot de los blancos detrás de los marinos rebeldes.
Sin embargo, omite decir que este autor concluye señalando que no
existen pruebas de una ingerencia de los blancos sobre los marinos rebeldes,
quienes en gran parte eran antiguos bolcheviques o anarquistas (Avrich, op.
cit., pág. 122).
(53) B. Souvarine, op. cit., pág. 249.
(54) V. Serge, “La vida y la muerte de León Trotski”, artículo
citado.
(55) León Trotsky,
Terrorismo y comunismo, capítulo
8, “Los problemas de la organización del trabajo”. Una versión
en francés se puede consultar en el sitio:
http://www.marxists.org/francais/trotsky/livres/t_c/t_c.htm
(56) León Trotsky,
Terrorismo y comunismo, op. cit.
(57) V. I. Lenin, “La crisis del partido”,
http://www.marxists.org/archive/lenin/works/1921/jan/19.htm
(58) V.I. Lenin, “El tercer Congreso de la Internacional Comunista,
1921,
http://www.marxists.org/arc
hive/lenin/works/1921/jun/12.htm
(59) Victor Serge, “Treinta años después
de la Revolución Rusa”, op. cit.; B. Souvarine, op.
cit., pág. 249.
(60) Ida Mett,
Le paysan russe dans la revolution et la post-revolution,
Cahiers de Spartacus, París, 1968, pág. 34.
(61) Ante Ciliga,
Dix ans au pays du mensonge déconcertant,
Éditions Champ Libre, París, 1977. Véase en particular
la parte III, el capítulo “Lenine aussi” pp. 260-75.
(62) Isaac Deutscher,
Trotsky. El profeta desarmado (1921-1929),
Editorial Era, México, 1968, pág. 24.
(63) Véase:
http://www.marxists.org/espanol/lenin/1920s/testamento.htm
(64) Walter Laqueur,
Stalin. Revelaciones, Javier Vergara Editor,
Buenos Aires, 1991, pág. 34. Para un análisis del testamento
de Lenin y de las circunstancias políticas del momento, es indispensable:
Moshe Lewin,
Le dernier combat de Lénine, Les Editions de Minuit,
París, 1967.
(65) León Trotsky,
Mi vida, op. cit., tomo II, pág.
327-28.
(66) J. V. Stalin, “The October Revolution and the Tactics of the
Russian Communists”,
http://www.marxists.org/reference/archive/stalin/works/1924/12.htm
(67) León Trotsky,
El nuevo curso. Problemas de la vida
cotidiana, Cuadernos de Pasado y Presente, Buenos Aires, 1971, pp. 40
y 43.
(68) Op. cit., pp. 26.
(69) Citado en: Pierre Broué,
El partido bolchevique,
op. cit., Cap. IX.
(70) Ante Ciliga, testimonio ante la Comisión Dewey, 1937.
Véase:
Not Guilty, op. cit., pág. 363.
(71) Igual que Lenin, Trotsky siempre buscaba una “derecha”, un “centro”
y una “izquierda” en las diferentes corrientes del movimiento obrero. Esto
llevó a groseras simplificaciones. Bujarin fue considerado de extrema
izquierda en 1918 y de derecha a partir de 1925. Zinoviev y Kamenev pasaron
del “derechismo”, al “centrismo” y al “izquierdismo”. El propio Trotsky pasó
del “centrismo” de la década anterior a la revolución al “izquierdismo”
de finales de los años veinte.
(72) Véase:
http://www.faits-et-documents.com/bilan_communisme/lettre_joffe.htm
(73) Christian Rakovski, “Los peligros profesionales del poder”:
http://www.marxists.org/espanol/rakovski/1928/08-1928.htm
(74) Ante Ciliga,
L’Insurrection de Cronstadt et la destinée
de la révolution russe, Edition Allia, París, 1983, pág.15.
(75) Victor Serge et León Trotsky,
La lutte contre le stalinisme.
Textes 1936-38, Ed. Maspero, Paris, 1977, pp.187-88.
(76) Victor Serge, “La vida y la muerte de León Trotski”, art.
cit..
(77) François Mauriac “Un comentario sobre la autobiografía
de Trotsky”. Véase:
http://www.fundanin.org/mauriac.htm
(78) Ciliga fue detenido en 1930 en cuanto integrante de la Oposición
de Izquierda a la que perteneció entre 1928 y 1932. Véase:
Not
guilty, op. cit., pág. 43.
(79) Ante Ciliga, op. cit., pp. 111 y 205.
(80) Para una crítica puntual de las opiniones de Trotsky sobre
la España en los años treinta, véase: Ignacio Iglesias,
Experiencias de la revolución. El POUM, Trotsky y la intervención
soviética, Editorial Laertes, Barcelona, 2003.
(81) Leon Trotsky,
En defense du marxisme, Études et
documentations internationales, París, 1972, pág., 110.
(82) Para un recuento de la dolorosa ruptura entre Trotsky y Serge,
véase: Richard Greeman, “Serge y Trotsky”, Revista
Vuelta,
febrero de 1982.
(83) Paul Mattick, “Trotsky, 1940”,
Living Marxism, otoño
de 1940. Ahora disponible en :
http://www.marxists.org/archive/mattick-paul
(84)
Not Guilty, op. cit..
(85) Victor Serge,
Carnets, Actes Sud, Arles, 1985, pág.
54 (entrada del 5 de enero de 1944).