“¡Al diablo con sus instituciones!”
Reflexiones sobre la desobediencia
civil y los acontecimientos actuales en México
Claudio Albertani
Claudio Albertani es integrante
del Colectivo Resistencia, Universidad Autónoma de la Ciudad de México.
Exaltar el imperio de la ley como un absoluto es la marca del totalitarismo
y una atmósfera totalitaria se puede generar incluso en una sociedad
que conserva los atributos de la democracia. Apelar al derecho de los ciudadanos
a desobedecer leyes injustas y el deber de desobedecer leyes peligrosas es
la esencia misma de la democracia.
Howard Zinn
En todas partes, los ciudadanos se dejan engañar por políticos
corruptos, encuestadoras tramposas y medios de comunicación vendidos.
La creencia en la omnipotencia y omnisciencia de las instituciones oficiales
siempre fue el fundamento de la dominación, como bien sugirió
Etienne de la Boétie hace casi quinientos años (1).
Hoy este mecanismo se encuentra implementado por el uso masivo de la desinformación.
Descubrimiento de los regimenes totalitarios, la desinformación es
mucho más que el engaño: es el uso alterno de la verdad y de
la mentira al servicio de la sociedad dominante (2).
Acontecimientos recientes en México y en el mundo comprueban, sin
embargo, que el mecanismo puede fallar. Cuando, por ejemplo, los dueños
del poder se vuelven demasiado voraces perjudican sus propios intereses y
provocan reacciones imprevistas.
También sucede que las clases subordinadas se cuestionan a sí
mismas y, de repente, se muestran dispuestas a emprender una actividad política
autónoma. De un día para otro, quienes suelen obedecer con agrado
y devoción ya no creen en las instituciones establecidas y perciben
no sólo la nocividad de los poderosos, sino también la insensatez
de someterse.
El fenómeno es universal. Puede variar el grado de corrupción
del poder, el temperamento más o menos dócil del pueblo, su
historia, ubicación geográfica y capacidad de comunicación,
pero, tarde o temprano, llega el momento en que los seres humanos dejan de
obedecer. Todo lo que antes se consideraba normal se vuelve entonces absurdo,
lo imposible posible y lo deseable indeseable.
Inversión de perspectiva
Frente a una asombrosa multiplicación de conflictos
sociales, la pregunta es: ¿ha llegado ese momento en México?
Aunque la percepción es que vivimos un parteagua, ahora mismo nadie
tiene respuestas certeras. Un sobresalto de dignidad sacude al país
y la fecundidad de lo imprevisto rebasa, con mucho, la capacidad de análisis
de los expertos.
En Oaxaca, desde hace meses, existe un abierto enfrentamiento entre dos
poderes, el de la Asamblea Popular del Pueblo de Oaxaca (APPO) –integrada
por maestros disidentes, trabajadores de la ciudad y el campo, y organizaciones
democráticas- y el oficial. Originada en la capital del Estado, la
rebelión se ha extendido a decenas de comunidades indígenas
de la sierra y del istmo. Además de transparencia y rendición
de cuentas, los insurgentes oaxaqueños exigen autonomía y democracia
participativa (3).
En el Distrito Federal, millones de personas se han volcado a las calles
en repudio al fraude electoral. La soberbia del gobierno, la codicia de los
empresarios, la descarada actuación de los medios de comunicación,
los abusos del IFE y la corrupción de la magistratura –¿quién
cree en los jueces después del vergonzoso fallo a favor de la usurpación?-,
desembocaron en la crisis más profunda que sufre el país desde
1994.
Una crisis que no es únicamente política, sino también
social e institucional. Sin que nadie lo previera, el proceso electoral se
convirtió en el detonador de un movimiento social de naturaleza masiva
que lo mismo puede resultar efímero que consolidarse y cambiar la naturaleza
de la política mexicana en los próximos años (4).
En esta situación muy compleja, los viejos marcos teóricos
no aplican. Resulta obsoleta, por ejemplo, la disyuntiva entre reforma y revolución.
El movimiento de resistencia civil pacífica no se expresa en una ideología,
sino en una actitud colectiva de rechazo ante las injusticias sufridas. Al
mismo tiempo, si crece, puede cuajar en un poderoso impulso para lograr una
transformación radical de la sociedad (5).
Las paradojas están a la vista. Una izquierda desacreditada y acostumbrada
a todos los compromisos -hasta los más vergonzosos- se encuentra a
la cabeza de un poderoso movimiento social que puede convertirse en la vía
maestra para la recomposición de la lucha anticapitalista en México.
Personajes siniestros que impulsaron la contrainsurgencia en Chiapas, votaron
la contrarreforma a la ley indígena y, más recientemente, la
obscena ley Televisa, ahora promueven la Convención Nacional Democrática
(a celebrarse el 16 de septiembre de 2006), iniciativa que retoma el proyecto
neozapatista del 94 y muchas de las actuales propuestas de la
Otra campaña
(por ejemplo, la de hacer una nueva Constitución).
Por otro lado, los zapatistas que -con mucha razón- buscan nuevas
formas de hacer política muestran un incomprensible desden por los
andares de la “señora sociedad civil”. Tiene razón Edgar Sánchez
cuando señala que no basta con decir que el fraude es inmoral, pero
no participar en la lucha contra la usurpación (6). Criticar
–acertadamente- a la democracia representativa no implica aceptar que sea
remplazada por una nueva forma del Estado autoritario.
Lo cierto es que las dos campañas -la oficial y la
Otra- quedaron
atrás. A partir del 5 de septiembre, día en que Felipe Calderón
fue tramposamente proclamado presidente electo, este ya no es un conflicto
post-electoral. Se perfila un enfrentamiento de gran envergadura entre una
izquierda social amplia –que de ninguna manera se reduce al PRD- y una derecha
depredadora aliada con el gran capital, los poderes mediáticos y los
sectores más reaccionarios de la iglesia.
Producto de las sedimentaciones, los agravios y las enseñanzas de
los años pasados, el movimiento que surgió no es propiedad privada
de nadie. En la medida en que desconoce el poder oficial y plantea la necesidad
de renovar y transformar las instituciones existentes, el programa en cinco
puntos presentado por Andrés Manuel López Obrador merece ser
sostenido (7).
Es urgente encontrar mecanismos que favorezcan la incorporación de
los compañeros de la Otra Campaña y del EZLN. No hay razones
de peso para que no se sumen a la lucha: los agravios de que fueron objeto
son reales, pero no son responsabilidad de los que -también “abajo
y a la izquierda”- compartimos gran parte o la totalidad de los anhelos zapatistas.
Radicalizar la agenda del movimiento, depende de la creatividad de quienes
defendemos una opción no partidaria.
Como los zapatistas, muchos percibimos la urgencia de cambiar la actual
forma de gobierno, sostenida en la violencia, la manipulación y el
cálculo. Como los zapatistas, muchos luchamos por una sociedad en
donde las divergencias entre individuos y grupos se resuelvan de una manera
tal que no desemboquen en la destrucción mutua, sino en la mutua regeneración.
Como los zapatistas, muchos queremos un mundo libre de la tiranía
de la ganancia que abra paso a los deseos y pasiones de los individuos y
de las colectividades. Esto implica echar los cimientos de una organización
radicalmente nueva y plural que nos permita retomar el control sobre nuestras
vidas y emprender el camino hacia la autogestión generalizada (8).
México piquetero
Pase lo que pase, el plantón del Centro
Histórico dejó en claro que el movimiento rebasó el
ámbito de la indignación estéril. La vida cotidiana
funciona bien en los 47 campamentos ubicados entre el zócalo y el
periférico. Aun cuando reciben apoyo del gobierno local, éstos
son, en gran parte, autogestionados: las decisiones se toman todos los días
en las asambleas de cada agrupación participante.
Sin que nadie lo esperara, se volvieron a activar las antiguas redes de
solidaridad popular que sesudos sociólogos daban por enterradas. Los
aparatos clientelares de los partidos de la coalición ejercen presión
pero no pueden controlar todas las iniciativas populares que se despliegan
en un sinnúmero de actividades independientes en donde destaca la participación
de mujeres, niños y ancianos.
Y es que la imaginación, el arte y la poesía invadieron el
corazón de la ciudad-monstruo. Cientos de actividades culturales que
incluyen conferencias, foros, funciones de teatro, de danza, exposiciones
de pintura, conciertos (desde ska a clásico pasando por todas la variaciones
del rock, blues, música ranchera, danzón y corridos) y una biblioteca
volante son indicios de una explosión de creatividad popular, además
de una recia voluntad de lucha (9).
Personas que nunca antes se habían atrevido a tomar la palabra en
un evento público, descubrieron el gusto de la participación
y la comunicación colectiva. Calles antaño infernales se convirtieron
en espacios públicos humanizados, embriones, por así decirlo,
de un nuevo urbanismo. Entre muchas propuestas para mejorar la vida metropolitana,
está la de convertir el centro en zona peatonal, renombrando el Paseo
de la Reforma, Paseo de la Democracia.
Decenas, tal vez, cientos de miles de personas han participado de una u
otra manera en el plantón. ¿Quiénes son? En primer lugar,
integrantes de las clases más pobres, especialmente -aunque no exclusivamente-
urbanas. A esas se añaden, amplios sectores de las clases medias, pequeños
comerciantes, campesinos, indígenas, intelectuales, artistas y estudiantes.
Todos juntos integran un sujeto político múltiple y diverso
que es el protagonista principal del movimiento. Todos juntos dieron vida
a una suerte de ágora cuyo principal cometido es la libre discusión,
es decir la democracia (10).
En una de las metrópolis más violentas del mundo, no se han
registrado robos ni agresiones. No se ha pintado una pared, ni se ha roto
un vidrio. El plantón es actualmente la única zona segura de
la ciudad y lejos de impedir la libre circulación de las personas,
la estimula, pues abre la posibilidad de encuentros antes impensables.
A pesar de la desinformación, las noticias se propagan lenta pero
firmemente. Al atardecer, muchos capitalinos acuden al plantón con
el único propósito de admirar las últimas creaciones
artísticas, escuchar y ser escuchados, descubrir amigos viejos y nuevos.
Llegan también personas procedentes de otros estados y es común
toparse con visitantes extranjeros.
La experiencia del plantón indica que México se está
ubicando en la misma senda de otros países latinoamericanos (11).
El recuerdo de los piqueteros argentinos expulsando a varios gobernantes es
muy fresco y no extraña que el gobierno, la patronal y los medios de
comunicación se sientan amenazados.
Entre el 14 de agosto y el primero de septiembre, militares pertenecientes
a la sexta Brigada Ligera del Ejército, elementos del Estado Mayor
Presidencial y de la Policía Federal Preventiva, provistos de toletes,
escudos, armas, tanquetas e instrumentos de asalto ocuparon militarmente las
calles aledañas al Palacio Legislativo de San Lázaro, situado
en el extremo opuesto del Centro Histórico. ¿Qué pretendían?
Resguardar a Vicente Fox en el día de su informe presidencial (mismo
que no pudo presentar ante la ruidosa oposición de los diputados del
PRD), pero, sobre todo, lanzar una amenaza.
Y es que, al parecer, los estrategas de la contrainsurgencia contemplan
dos escenarios. El primero es que el movimiento se desgaste sólo y
que la gente opte por desmovilizarse, como sucedió en 1988, en ocasión
de otro fraude descomunal. Si la opción falla, intentarán llevarnos
a escenarios extremos de violencia para mostrar a la nación la insensatez
de toda resistencia.
En esta situación, la mejor opción es generalizar el espíritu
combativo y al mismo tiempo pacífico y propositivo que hemos visto
florecer en el plantón respetando otras experiencias y aplicando la
política de “un
no y muchos
sí” (12). Al
convocar delegados procedentes de toda la república, la Convención
Nacional Democrática nos ofrece una buena oportunidad en el supuesto
de que, como sugiere Pablo González Casanova, “cada vez sean más
gentes quienes construyan tanto una política de corto como de largo
plazo” (13).
La tarea es articular la lucha contra el gobierno usurpador con la propuesta
de un nuevo pacto social, las demandas de los pueblos indios (y particularmente
el derecho a la autonomía), la creación de instituciones autogestivas
y la liberación de los presos políticos (los de Atenco y de
Oaxaca en primer lugar).
Muchas Desobediencias
La Desobediencia Civil (DC) -individual o de masa- tiene
una historia larga y compleja que en las últimas semanas ha sido tergiversada
por críticos en mala fe. Puesto que es nuestro recurso principal, es
útil retomar algunos de sus hitos.
La DC es una práctica que busca debilitar el poder ridiculizándolo.
A mediados del siglo XIX, David Henri Thoreau se preguntó qué
hacer antes leyes injustas: “¿Nos esforzaremos en enmendarlas, obedeciéndolas
mientras tanto? ¿O las transgredimos de una vez?” Y contestó:
“Si la injusticia requiere de tu colaboración, rompe la ley”.
Desobediencia Civil es el nombre de su famoso ensayo, mismo que,
en un primer momento, había titulado
Resistencia al gobierno civil
(14). Contrario a la opinión común, los dos conceptos
son sinónimos y remiten a una acción pacífica, pero
(casi siempre)
ilegal. De hecho, muchos de los que la practican acaban
en la cárcel, el lugar que, según Thoreau, le corresponde al
hombre justo cuando reina la injusticia. Él mismo fue encarcelado
por oponerse a pagar impuestos destinados a financiar la invasión
de México por parte de Estados Unidos.
No es por demás recordarlo, pues hoy las trompetas de la propaganda
oficial vibran al son de la resistencia civil … ¡siempre y cuando sea
compatible con la ley! (15) Es obvio, en cambio, que recurre a comportamientos
de ruptura con el orden legal. Esto lo admite, incluso, un filósofo
moderado como Norberto Bobbio, quien añade: “toda la historia del pensamiento
político está escrita ya sea del punto de vista de los que
enfatizan el deber de obedecer o de quienes reivindican el derecho a la resistencia
(o a la revolución)”(16).
El problema de la legitimidad, de cómo se conserva el poder, cómo
se pierde y cómo se conquista se encuentra en el fundamento de todas
las teorías políticas. Desde los tiempos de Aristóteles,
la lucha contra la tiranía es legítima por definición,
aunque pueda ser considerada ilegal. Los latinos plantearon incluso la idea
de que la aplicación de la ley al pie de la letra puede convertirse
en la mayor forma de injusticia (17).
La antigua dicotomía entre obediencia y resistencia, entre poder
constituido y poder constituyente se refleja en muchas constituciones modernas
y particularmente en la mexicana que, en su artículo 39, consigna
que “el pueblo tiene, en todo tiempo, el inalienable derecho de alterar o
modificar la forma de su gobierno”. En la práctica, sin embargo, ningún
gobierno –y menos el actual- estaría dispuesto a reconocer la
legalidad
de ese derecho, mismo que tiene vigencia sólo a partir de un movimiento
social victorioso. Cuando no son celebrados como próceres, quienes
se atreven a la insubordinación suelen ser encarcelados por traición
a la patria.
Otro gran teórico de la DC fue León Tolstoi. Se ha visto en
el autor de
Guerra y Paz un sostenedor de la resignación y
de la sumisión al mal, que habría de soportarse con paciencia
llamada
cristiana. Aunque arropado en un lenguaje místico,
su objetivo era exactamente lo contrario: la insubordinación y la
resistencia al Estado (18). Tolstoi fue un pionero del antimilitarismo
y le debemos, además, haber insistido en dos verdades básicas.
Una es la comprensión de la fuerza de la resistencia como opción
individual y conciente. La otra es el reconocimiento de que el bien, la bondad
y la solidaridad están en nosotros mismos y pueden ser despertados.
Correspondió a Gandhi llevar a la práctica las doctrinas del
maestro ruso, primero en la lucha contra el apartheid en Sudáfrica
y después en la lucha por la independencia de la India. Iniciador de
las grandes manifestaciones de masa, el Mahatma nombró su versión
de la DC,
satyagraha o “fuerza de la verdad”, porque consideraba insuficiente
la idea de “resistencia pasiva”, entonces en boga.
Para Gandhi, la no-violencia (o
ahimsa) es, fundamentalmente, un
principio activo. Es, además, una excelente “arma de destrucción
masiva” para acabar con la injusticia y construir un poder que no solamente
neutraliza la violencia, sino que apunta al autogobierno (o
swaraj),
es decir a la liberación individual y colectiva (19).
Mucho tiempo después, el reverendo Martin-Luther King sería
para los Estados Unidos lo que Gandhi fue para la India. Al cabo de una larga
lucha fundamentada en las enseñanzas del Mahatma, en 1965, el movimiento
por los derechos civiles logró imponer la igualdad de derechos para
todos los norteamericanos, sin importar la raza.
Como Tolstoi y Gandhi, Martin-Luther King estaba imbuido de un pensamiento
religioso que debemos respetar, pero no necesariamente compartir. Recordarlo
no es ocioso ya que una de las críticas más comunes al movimiento
es su pretendida traición al “espíritu gandhiano”.
Desde las columnas de la Revista Proceso, Javier Sicilia arremete persistentemente
contra el plantón del Centro Histórico, alegando que estaríamos
quemando etapas al montar “la desobediencia (la obstrucción de calles)
dentro de la etapa de la resistencia civil (la marcha y el plantón)
(20). No encontré en las obras de Gandhi esa distinción
entre desobediencia y resistencia (21) y aun si existiera, la DC -hay
que reiterarlo- no es una religión ni una ideología, sino una
expresión flexible y creativa que contempla modalidades infinitas.
Thoreau predicaba la no-violencia, pero esto no le impidió solidarizarse
con John Brown, quien enfrentó a los esclavistas con las armas en la
mano (22). El propio Gandhi -quien, a diferencia de sus discípulos,
era más bien un pragmático- afirmó que es preferible
ser violentos a ser cobardes y colaboró con los británicos en
el aplastamiento de las rebeliones de los bóers (y también de
los zulúes, lo cual es menos encomiable).
Sin menoscabo de la admiración que nos merecen las ideas de Tolstoi,
Gandhi y Martin Luther King, existe una tradición igualmente rica,
pero laica y libertaria, que arranca con las primeras experiencias del movimiento
obrero, pasa por las luchas pacifistas de los años sesenta, setenta
y ochenta para llegar al actual movimiento contra la globalización
neoliberal.
Mientras Gandhi afinaba los principios de la
satyagraha, los anarcosindicalistas
franceses desarrollaban la acción directa no-violenta, el Sinn Fein
irlandés inventaba el boicot y en Estados Unidos, el
Industrial
Workers of the World (IWW, sindicato libertario del que fue miembro también
Ricardo Flores Magón) adoptaba técnicas de protesta, también
pacíficas, que sacudieron a la sociedad norteamericana. Recordamos,
en particular, las manifestaciones contra la primera guerra mundial, los “sit-in”
y los “soap box speeches”. Estos últimos eran formas de protesta en
donde, ante la negativa de las autoridades de permitir una manifestación,
los activistas se subían a una caja de jabón en la calle arengando
a los pasantes.
Instrucciones para el uso
La Desobediencia civil se construye a partir de situaciones
concretas y se legitima sola. Ante la injusticia, es difícil permanecer
insensibles: no nos hace falta buscar justificaciones en el gandhismo, el
socialismo, el anarquismo, el zapatismo o en cualquier otro “ismo”.
Según el
Colectivo Antimilitarista de Zaragoza, la DC plantea
un conflicto fundamental: legitimidad frente a legalidad. La legitimidad
de la acción política participativa radicalmente democrática
se contrapone a la injusticia muchas veces encubierta de legalidad. Es una
herramienta política precisamente por su carácter público
(trasciende lo privado y tiene significación social) y pedagógico
(se trata de expresarse colectivamente mediante actos ejemplarizantes, que
motivan, que enseñan, que provocan). A diferencia de otros modos de
hacer política, la DC no busca, imponerse sobre el conjunto de la
sociedad sino que lanza una interpelación y busca el diálogo
(23).
Aun así las dificultades son muchas. El arte de generar una comunidad
de acción, de movilizar en nosotros y fuera de nosotros nuevos recursos
portadores de vida y no de muerte requiere mucha finura y una buena dosis
de sentido práctico.
Toda lucha social requiere, además, una reflexión permanente
sobre la relación entre los medios y los fines. El asunto no es escoger
entre violencia y no-violencia, ni averiguar cuánto valor tenemos a
la hora de enfrentarnos a la represión, sino hacer lo necesario para
acabar con la injusticia al menor costo posible, es decir garantizando la
seguridad de todos.
Entendemos –sin compartirlas- las razones de quienes, ante la cerrazón
de los poderosos, optan por la lucha armada, como lo hizo el EZLN en su momento
y hoy lo siguen haciendo las muchas organizaciones político-militares
que operan en el país. Nosotros preferimos la DC porque nos permite
armonizar los medios y los fines.
La tarea de ampliar el movimiento se nos presenta de muchas maneras. Los
manifestaciones multitudinarias, las asambleas plenarias, los discursos elocuentes
son momentos necesarios porque nos permiten comprobar nuestra fuerza y nuestra
capacidad de actuar juntos. Las transformaciones profundas, sin embargo, no
se forjan en esos espacios, sino en los diferentes ámbitos de la vida
cotidiana.
Una vía es impulsar la creación de comités de resistencia
civil, independientes de los partidos y federados entre sí. De preferencia
pequeños (5-15 personas), esos comités se organizan con base
territorial (barrios, colonias, pueblos, Estados) y/o gremial (fábricas,
talleres, escuelas) articulando, poco a poco, redes de colaboración
solidaria en donde no hay separación entre dirigentes y ejecutantes.
La antigua experiencia libertaria de los grupos de afinidad, integrados
por individuos concientes y responsables nos ofrece una valiosa inspiración:
la individualidad es la manifestación unitaria, particular y específica
de una comunidad libre. A diferencia del militante político tradicional
–un sujeto a menudo pasivo y enajenado- la persona que integra un grupo de
afinidad tiene la certeza, verificada constantemente, que entre su participación
y su abstención sí hay una diferencia.
Estructurados así, los comités de resistencia civil podrán
llevar a cabo una variedad de funciones conforme a las capacidades de sus
integrantes. Esas incluyen un portavoz ante los medios de comunicación,
un catalizador de decisiones rápidas, alguien formado en primeros auxilios,
otro que asista a asambleas mayores, una personas entendida en asuntos jurídicos,
una de apoyo en los arrestos, etc. (24)
Los comités buscarán coordinarse con gobiernos locales, partidos
políticos y organizaciones sociales no hostiles, consiguiendo recursos
económicos y proporcionando ayuda a las regiones dominadas por la reacción.
Empezarán, acto seguido, una gran campaña para cercar los poderes
oficiales que subirá o bajará, según las necesidades.
Organizarán boicoteos contra los empresarios delincuentes, caravanas,
cacerolazos, acciones simbólicas, cortes de carretera y todo lo que
la imaginación colectiva proponga.
Un paso decisivo será la creación de radios y televisiones
libres, así como de agencias de noticias ciudadanas para romper el
monopolio informativo (25). Puesto que difundir la “verdad” no es suficiente,
habrá que atacar los modos de comunicación dominante no para
destruirlos, sino para subvertirlos. Se impulsarán, además,
jornadas o semanas de luchas temáticas: contra la corrupción,
la pornografía infantil, la privatización de la vida pública,
la nocividad del capitalismo, el saqueo de los recursos naturales, el agotamiento
del agua, la comida chatarra, etc.
La campaña desembocará en un gran paro cívico nacional
organizado en colaboración con los sindicatos independientes para lograr
nuestro objetivo mínimo: impedir la toma de posesión del usurpador.
México, D.F., 13 de septiembre de 2006.
Notas
(1) Etienne de la Boétie,
Sobre la servidumbre voluntaria,
http://www.sindominio.net/oxigeno/archivo/servidumbre.htm
(2) Guy Debord,
Comentarios sobre la sociedad del espectáculo,
Editorial Anagrama, Barcelona, 1999, tesis No. XVI.
(3) Gustavo Esteva, “Oaxaca: anticipo y amenaza”, “Cuando el poder
se desvanece”,
La Jornada, 31 de agosto y 11 de septiembre, Francisco
López Bárcenas, “La rebelión de las comunidades”,
La
Jornada, 9 de septiembre.
(4) Lorenzo Meyer, “Los ríos subterráneos”,
Reforma,
17 de agosto de 2006.
(5) Luís Villoro, “Resistencia”,
La Jornada, 5 de agosto
de 2006.
(6) Discurso pronunciado el 21 de agosto en el plantón del Centro
Histórico.
(7) Véase el texto completo en:
http://www.amlo.org.mx/noticias/discursos.html?id=55180
(8) Las reflexiones más profundas sobre el alcance un movimiento
autogestivo siguen siendo las de Raoul Vaneigem,
De la huelga salvaje
a la autogestión generalizada (1974),
http://www.sindominio.net/ash/salvaje1.htm.
Del mismo autor véase también:
Modestes propositions aux
grévistes. Pour en finir avec ceux qui nous empêchent de vivre
en escroquant le bien public, Éditions Verticales, París,
2004.
(9) Paco Ignacio Taibo II, “La otra y nueva guerra de Reforma”,
La
Jornada, 13 de agosto.
(10) Sobre la relación entre democracia y autonomía individual
y colectiva, véase: Cornelius Castoriadis,
Una sociedad a la deriva.
Entrevistas y debates (1974-1997), Katz Editores, Buenos Aires, 2006.
(11) Guillermo Almeyra, “La transición de las revoluciones políticas
a las sociales”, serie de cuatro artículos,
La Jornada, 20-27
de agosto y 3-11 de septiembre.
(12) G. Esteva, art. cit.
(13) Pablo González Casanova, “Esta no es democracia”,
La
Jornada, 12 de julio.
(14) David Henry Thoreau, Desobediencia Civil,
http://www.sc.ehu.es/sfwpbiog/acdr/Thoreau/resistencia.htm
(15) Véase, al respecto, los artículos de Isabel Turrent
y Mario Melgar Adalid en el periódico Reforma del 20 de agosto y las
atinadas críticas de Mauricio Schoijet, “De la historia y significado
de la desobediencia civil”,
La Jornada, 3 de septiembre.
(16) Norberto Bobbio,
Teoria generale della politica, Biblioteca
Einaudi, Turín, 1999, pág. 199.
(17) Gustavo Iruegas,
La Jornada, “Summum ius, summa iniuria”,
11 de agosto.
(18) León Tolstoi,
Cristianismo y anarquismo,
http://www.antorcha.net/biblioteca_virtual/politica/cristianismo_anarquismo/cristianismo_y_anarquismo.html
Véase también: “El poder, la insumisión”,
http://www.nodo50.org/moc-carabanchel/documentos/tolstoi_insumision.htm
(19) M. Gandhi,
Aquí y ahora, Editorial Hastinapura,
México, 1982, pág. 78.
(20) Javier Sicilia, “Las contradicciones de la resistencia civil”,
Revista Proceso No. 1552, 30 de julio de 2006; y “La resistencia civil
extraviada”,
Revista Proceso No. 1553, 6 de agosto.
(21) En sus dos obras principales sobre el tema -su autobiografía
y la historia de la
satyagraha en Sudáfrica- Gandhi ni siquiera
emplea el término “resistencia civil”.
(22) Henry David Thoreau, “Los últimos días de John
Brown”,
http://www.antorcha.net/biblioteca_virtual/politica/desobediencia/desobediencia.html
(23) Véase
Manual para una revolución noviolenta,
http://www.nodo50.org/moc-carabanchel/documentos/noviolencia/manual_revolucion_noviolenta/dossier.rtf
(24)
Manual para una revolución noviolenta, op. cit.
(25) Véase la propuesta de crear un “Observatorio Audiovisual
Ciudadano” presentada a la CND por los documentalistas independientes: Cristian
Calónico, Luisa Riley, Margarita Suzán, José Manuel
Pintado, Gloria Ribé y Aline Menassé.