Claudio Albertani
Reelaboración de una plática ofrecida
a los estudiantes de la carrera de Arte y patrimonio cultural en el plantel
Tezonco de la Universidad Autónoma de la Ciudad de México (UACM)
el 27 de junio de 2008. La idea del título me surgió de un folleto
de J. Hoberman, “¿Quién es Victor Serge …Y por qué tenemos
que preguntar?” cuya publicación Vlady auspició en los años
80.
Sin lugar a dudas, lo sublime en el arte existe. Pero: ¿podemos quedarnos
ahí? Podríamos en épocas todavía desconocidas,
cuando el hombre no tendrá la posibilidad de reducir a su vecino a
la miseria, ni tampoco de enviarlo a la muerte. En épocas así,
cada quien será libre de nadar en lo sublime. En cuanto a nosotros:
¿cómo tener la conciencia tranquila, cómo gargarizarse
con el arte puro cuando en las calles la sangre coagulada sube hasta nuestras
rodillas?
Panaït Istrati
Hijo de Victor Serge, el gran escritor que nos narró las revoluciones
traicionadas, Vlady es uno de los mayores pintores contemporáneos de
México y, me atrevo a decir, del mundo. Formidable muralista, consumado
dibujante, finísimo grabador, magnífico pintor de caballete,
su vida y obra responden de manera genial y creativa a los retos del arte
contemporáneo y ofrecen una respuesta a su crisis.
Vlady vivió en carne propia los traumas no solamente artísticos,
sino históricos, filosóficos y políticos del siglo XX,
pero no era lo que comúnmente se define un “artista comprometido”,
pues rechazaba el arte que reivindica sus cualidades en función de
virtudes políticas.
Se ha dicho que fue el producto de tres tradiciones, la rusa, la europea
y la mexicana. Es verdad, pero hay mucho más. Lo primordial, escribió
el poeta Jorge Hernández Campos, es su relación carnal con la
historia. “Para Vlady, la historia ha sido, es, el corazón, la saliva,
la pupila del ojo, la asfixia, el éxtasis, y la huida perpetua de
un Sísifo que quiere escapar de su matriz”. (1)
1. TORBELLINOS
Vladimir Kibalchich Russakov nació en Petrogrado (después
Leningrado, hoy, San Petersburgo), el 15 de junio de 1920, por así
decirlo, en el vientre de la revolución y murió en Cuernavaca,
Morelos, el 21 de julio de 2005.
La madre, Liuba Russakov, procedía de una familia de anarquistas
judíos emigrados a Francia y había conocido a Victor Serge
–alias Victor Llovich Kibalchich, de origen ruso-belga, también militante
libertario- en el barco que los llevaba a la Unión Soviética,
el país de la revolución. Bien recibidos como lo fueron entonces
muchos anarquistas, Victor y Liuba se establecieron en el Astoria, el famoso
hotel convertido en residencia de revolucionarios. Ahí nació
Vlady, a quien le gustaba contar que se había orinado en Lenin, porque
el jefe bolchevique lo había cargado de bebé…
Liuba trabajaba como estenógrafa en la oficina de Zinoviev, Victor
era funcionario de la III Internacional. Una foto de principios de los años
veinte, tomada en Viena, muestra a Vlady niño retratado con algunos
compañeros de su padre, entre los cuales se reconoce a Antonio Gramsci.
Vlady creció rodeado de ideas, libros y cultura universal, en el
crisol de ese gran laboratorio espiritual que era la Rusia de entonces. En
casa se hablaba francés y ruso, pero también español,
inglés, alemán y los muchos idiomas en que se expresaban los
innumerables visitantes procedentes de los cuatro rincones del mundo.
Su infancia estuvo marcada por la presencia de grandes poetas como Pilniak,
Mandelstham y Babel, escritores de fama internacional como Panaït Istrati
y Nikos Kazantzakis, disidentes tempraneros como Emma Goldman y Alexander
Berkman, anarquistas místicos como Pierre Pascal, hombres de poder
y opositores, bolcheviques del primer círculo y bolcheviques de a pie.
Los primeros recuerdos de Vlady están asociados con el auge del estalinismo,
la tragedia de la revolución que se devora a sí misma y el trágico
desencuentro entre vanguardias políticas y vanguardias artísticas
que se consuma no sólo en Rusia, sino también en Occidente.
“A mi no me tocó de la revolución más que las patadas
de Stalin; es decir la contrarrevolución. Hoy en día, hablando
ya con toda la brutalidad del caso, podemos decir que en los años veinte
ya no hay revolución rusa. En 1925, cuando yo tengo cinco años,
ya no hay revolución rusa, sino resistencia a la contrarrevolución
rusa; resistencia que fue masacrada. Entonces, lo que mi me toca fue lo peor,
la guillotina; me tocó ver gente por carretadas ir a la guillotina.”
(2)
Es indudable que el destino de Vlady estaba marcado por la disidencia, pero,
como la de Serge, la percepción que tenía del bolchevismo era
compleja: “el partido bolchevique es una orden militar, una secta entregada
a la difusión de un evangelio. Es la vanguardia a prueba de las tentaciones
que padecen los comunes mortales. Perseguidos, los bolcheviques son brillantes,
generosos y abnegados hasta el sacrificio. En el poder, practican el terror”.(3)
Vlady no cumplía ocho años cuando detuvieron a su abuelo,
Alexander Russakov, obrero sombrero, por el delito de ser anarquista y, más
grave aun, suegro de Serge quien se había pasado a la oposición
trotskista. El viejo Russakov quedó en la memoria de Vlady como una
figura radiante y en 1968 le dedicó la espléndida litografía
El abuelo nihilista.
Después vinieron la primera detención de Victor y las crisis
psicóticas de Liuba que era demasiado frágil para encarar la
persecución. “Supongo que el acontecimiento mayor para un muchacho
de seis, siete años es que su madre se vuelva loca. Puede haber un
terremoto en Siberia, una masacre en Corea: pero lo que uno va a registrar
es el impacto de la locura de la madre. (…) Son ataques que vienen periódicamente
y que se van intensificando más hasta invadir totalmente (su) territorio
mental”.(4)
A estos años se remontan las visitas de Vlady al Museo Hermitage
de Leningrado que se encontraba a tres cuadras de la calle Jeliabova en donde
vivía la familia. Vlady quedó profundamente impactado por el
Renacimiento italiano, en particular por Giorgione y la escuela veneciana.
(5) Empezó entonces a experimentar la necesidad de pintar, como una
forma de evasión: “mi madre se escapó en la locura. Yo me escapé
en el dibujo”. (6)
En 1933, Serge y los suyos fueron deportados a Orenburgo, al sur de los
Urales, antesala política y geográfica del GULAG. Permanecieron
tres años en esa ciudad de clima infernal y cielos cristalinos, en
donde un siglo antes Alexander Pushkin había ambientado La hija del
capitán.
Gracias a la ayuda solidaria de sus amigos europeos, Serge logró
alquilar la mitad de una modesta isba, situada en un barrio cosaco no lejos
del río Ural. “Para un adolescente inquieto y enamorado de la pintura,
Orenburgo era la frontera del mundo, el sitio en donde terminan la vida y
los sueños. Lo que todavía no alcanzo a entender, sin embargo,
es por qué la deportación se quedó en mi memoria como
una época luminosa”. (7)
Tal vez porque pintó ahí sus primeras acuarelas de calidad
-autorretratos, siluetas de otros exiliados, paisajes- y tejió una
relación de gran cercanía espiritual con su padre quien también
era un acuarelista aficionado. Sentados uno frente al otro, Serge escribía
y Vlady pintaba, encontrando así un poco de serenidad. Ya gravemente
enferma, Liuba tuvo que regresar a Leningrado con Jeannine, la hermanita recién
nacida.
Los cuatro sobrevivieron a duras penas con las regalías de los libros
de Serge que, azarosamente, llegaban de Francia. Aun así estaban permanentemente
al borde de la extenuación y Vlady se enfermó de escorbuto:
“no alcanzo aun la edad de trabajar. No tenemos aquí en la URSS ningún
medio de subsistencia. Mi padre se encuentra en la imposibilidad de hacer
llegar sus nuevas obra a sus editores parisinos. (…) A mi, me acaban de expulsar
de la escuela 24 de Orenburgo aunque se me conozca como alumno aplicado y
no se me culpe de ninguna infracción grave a la disciplina de la escuela”.
(8)
Al final, fueron liberados y expulsados a Europa, gracias a una ruidosa
campaña organizada en Francia por amigos solidarios y a la mediación
de Romain Rolland, directamente con Stalin. Vlady tenía 16 años.
¿Qué dejaba? El hambre y la miseria, ciertamente. Pero, también,
el recuerdo imborrable de los opositores al estalinismo (todos desaparecidos)
que lo marcaría para siempre.
2. EXILIOS
Despojado de la ciudadanía soviética, Vlady pasó a
engrosar las filas de los apátridas que vagaban de un lado a otro
del planeta, en busca de una visa. ¿Apátrida? “Los apartidas
-escribió Serge- son en realidad los hombres más atacados a
su patria y a la patria humana”. (9)
Después de pasar algunos meses en Bélgica, la familia llegó
a París donde permaneció hasta 1940. Vlady era entonces un adolescente
tímido y retraído que adoraba a su padre y se asombraba ante
las “maravillas” de Occidente. Aun no estaba completamente convencido de
su vocación artística y militaba en el Partido Obrero de Unificación
Marxista (POUM), la agrupación comunista disidente de España
cuyos principales dirigentes estaban siendo masacrados por los esbirros de
Stalin.
En la Exposición Universal de París (1937), se acercó
a los cuadros de Van-Gogh quedando subyugado por “esa exigencia despiadada”
que impregna la obra del artista holandés. “Me abrió los ojos.
Van-Gogh me ordenó, como se armaba caballero a un pobre fulano. Me
convirtió en mí mismo”. (10) Sobre todo, anota Jean-Guy Rens,
Van-Gogh representó para Vlady el descubrimiento del color.
En los cafés de Montparnasse, conoció a los surrealistas André
Breton, Oscar Domínguez, Benjamín Peret, Victor Brauner, Wilfredo
Lam y André Masson, entre otros. Fue el inicio de una larga relación
por igual conflictiva y estimulante: “Cuando los conocí en París,
a finales de los años treinta, mi actitud fue un poco visceral. Hoy,
después de haberlo rechazado toda la vida, creo ser profundamente
surrealista”. (11)
Crecido en el ambiente más bien puritano de los revolucionarios rusos,
gracias a los surrealistas Vlady se enlazó con el psicoanálisis
y la tradición erótica del arte contemporáneo. Aun así,
no acató las directivas de Breton sobre la pintura y siguió
su propio camino intentando transformar en fiesta el duelo proclamado por
la muerte del arte y cambiando el Hermitage por el Louvre.
En París, empezó también su larga trayectoria de estudioso
de la pintura, no solamente frecuentando museos y exposiciones, sino también
devorando libros y tratados. Particularmente importantes fue la lectura los
cinco tomos de La historia del arte de Elie Faure, otro autodidacta genial
que glorificó a los gigantes estéticos del pasado para, con
su evocación de lo sublime y lo eterno, exorcizar las tinieblas del
presente. (12)
Gracias a la pluma ardiente de Faure, Vlady descubrió nuevos motivos
para amar el Renacimiento, esa grandiosa epopeya del individuo que emerge
de los dogmas, de los ritos y de las confesiones para romper todas las reglas
y franquear todos los límites.
La utopía del joven pintor empezaba a tomar forma, pero fue interrumpida
bruscamente por la llegada de los nazis a París el 14 de junio de 1940.
Vlady, que el día 15 cumplía 20 años, no sólo
era hijo de “comunistas”, sino que, además, era judío por parte
de madre. Para el joven artista, empezó entonces una nueva etapa de
angustias y después de varias peripecias llegó a Marsella en
donde se reunió con Serge y otros desterrados.
Mientras tanto, la catástrofe europea había desbaratado la
familia. Ante la inminencia del peligro, Jeannine había sido confiada
a una familia de amigos solidarios en Suiza (llegaría a México
en 1942, junto a la nueva compañera de Serge, la futura arqueóloga
Laurette Séjourné).
Liuba había sido internada en una clínica de Aix-en-Provence
de la que nunca saldría y en donde fue atendida por el dr. Gaston Ferdière,
un siquiatra amigo de los surrealistas que curó también al
poeta Antonin Artaud. Ahí se quedaría más de cuarenta
años, sumida en los abismos de la locura y el sufrimiento, hasta su
muerte en 1984.
Recordemos el destino trágico de la familia Russakov: Alexander,
muerto, su esposa, Olga, desaparecida en un GULAG junto a dos de sus hijos,
Esther y Joseph; mientras que otros dos, Anita y Paul-Marcel, estuvieron
recluidos en un campo de concentración durante dos décadas.
Siguieron meses de gran angustia en aquel año de 1940 ya que salir
de la Francia resultaba casi imposible por las disposiciones del gobierno
pro-nazi de Vichy. Junto a Serge, Breton, Peret y otros, Vlady pasó
un tiempo en la villa Air-Bel, no lejos de Marsella, último refugio
de intelectuales y artistas que corrían el riesgo de se extraditados
a Alemania. (13)
El 24 de marzo de 1941, Vlady y Victor lograron al fin embarcarse en el
buque Captain Paul-Lemerle, un viejo mercante que disponía de ocho
camarotes, pero transportaba a 200 refugiados en condiciones que otro pasajero
ilustre, el entonces desconocido antropólogo Claude Levi-Strauss,
describió magistralmente en las primeras páginas de su autobiografía,
Tristes Trópicos.
Iban a la Martinica, posesión francesa en el Caribe para la que no
se necesitaba visa. En el trayecto, Vlady quedó deslumbrado por la
luz, las estrellas y las tonalidades del trópico. Entonces, quizás,
es cuando decidió consagrar lo mejor de sí mismo a recrear esa
intensidad en sus cuadros. “Lo principal siempre es el color”, decía.
“Su arbitrariedad. Y pintar el aire…” (14)
3. MÉXICO, TIERRA DE COLORES FRENÉTICOS
Después de largas tribulaciones y algunas semanas en un campo de
concentración, el 5 de septiembre de 1941, Victor y Vlady aterrizaron
en la Ciudad de México, vía Ciudad Trujillo (Santo Domingo),
La Habana y Mérida. México era entonces, no está por
demás recordarlo, uno de los pocos países en el mundo que recibía
perseguidos políticos de todas las tendencias.
Los esperaban dos amigos del POUM: Julián Gorkin y el editor Bartomeu
Costa Amic, quien acababa de publicar Retrato de Stalin de Victor Serge, hasta
la fecha una de las mejores caracterizaciones del dictador soviético.
(15)
Sobrevivientes de mundos perdidos, padre e hijo cargaban en su equipaje
todas sus pertenencias: un par de pesados baúles repletos de manuscritos,
acuarelas y dibujos, además de una maleta con ropa y unos cuantos objetos
de familia rescatados a duras penas.
Vlady no perdió tiempo: “lo primero que vi fueron los murales de
Rivera y Orozco; la dimensión de sus trabajos, no en pequeñas
galerías entre esnobs y todo esto, como la pintura surrealista que
estaba llena de pequeñeces, de tigres de salón. Y de repente
ves que Diego dibuja la gente en los mercados, esta relación inmediata,
ambiental, y que adentro tiene todo el prestigio del Renacimiento, toda la
pintura del siglo XV. Y que Orozco sobrepasa de manera impresionante todo
el expresionismo alemán, menudo, tímido. Todo esto me lleva
a otro mundo. (…) Lo que en México descubro con mayor convicción
es mi profundo apego al Renacimiento. (…) Es en definitiva esta estética
la que más incide en la formación de mi criterio”. (16)
El círculo se cerraba: Vlady que se había iniciado a la pintura
con el Renacimiento (primero en el Hermitage y después en el Louvre),
la afinaba ahora gracias a su encuentro con México y particularmente
con los frescos de Diego. (17) Hay que señalar, sin embargo, que Vlady
se hallaba muy lejos del mensaje declarativo y nacional-popular del muralismo
mexicano. De manera que siguió su relación con los surrealistas,
ahora gracias a Leonora Carrington y Remedio Varo, dos pintoras que, además,
lo intrigaban porque pintaban al temple.
Al mismo tiempo, mantuvo sus compromisos militantes. Junto al catalán
Bartolí (también integrante del POUM), se volvió el principal
ilustrador y caricaturista de la revista Mundo (1943-1945), órgano
del movimiento Socialismo y Libertad, un grupo integrado por refugiados europeos
que buscaba unificar las diferentes corrientes antiestalinistas del movimiento
obrero. (18)
Pronto, se casó con la mujer de su vida, Isabel Díaz Fabela.
Más que una esposa, Isabel fue “la tierra de Vlady”, pues lo arraigó
en el México real, lo protegió y nutrió su inspiración.
(19) Es en parte gracias a su cariño que en 1947 Vlady logró
su primera exposición (en el Instituto Francés de América
Latina, IFAL) con éxito de venta.
Aun así, darse a conocer no fue fácil: no era mexicano, su
pintura era un grito contra la ortodoxia muralista, y además pertenecía
a la tradición antiestalinista, algo que los críticos -muchos
de los cuales eran cercanos al Partido Comunista- no le perdonaban.
En 1947, murió Victor Serge y, a partir de entonces, Vlady se dedicó
a promover la edición de las obras inéditas de su padre –casi
siempre acompañadas de sus dibujos- entre las que destacan La vida
y la muerte de León Trotsky, Memorias de un revolucionario, Cuadernos,
El Caso Tulayev y Los años sin perdón. Esta es, por cierto,
una de las facetas menos conocidas de la vida de Vlady.
La trayectoria de Serge motivó a Vlady no sólo intelectual
y éticamente, sino creativamente. “Con toda una vida dedicada a servir
y a entender la revolución en varios países, Victor Serge vio
en México algo nuevo: que las revoluciones son volcanes (vio nacer
el Paricutín) y que las neurosis se asemejan a los terremotos. Dando
forma a este sentimiento nos sitúa en una nueva dimensión, un
nuevo comienzo cuyo sentido originario suma todas las experiencias de otras
latitudes, en el umbral de la realidad que ahora nos alcanza”. (20)
Ese carácter volcánico de las revoluciones lo plasmaría
Vlady mucho tiempo después en su obra mayor: el conjunto de murales
de la biblioteca Miguel Lerdo de Tejada. (21)
En 1949, nuestro pintor obtuvo la nacionalidad mexicana y viajó a
Europa. Se quedó un año, especialmente en España, con
un objetivo: el Museo del Prado. Necesitaba establecer una relación
carnal con los cuadros y captar su lógica profunda, más allá
de la imagen.
En particular, quería comprender al Greco y a Velázquez, pero
se topó también con Goya. Fue otro enamoramiento a primera vista
y el motivo de una reflexión: “me di cuenta que me faltaba el origen
de todo esto”. (22) Ese origen era, evidentemente, la escuela veneciana, su
eterna obsesión. Poco después, en una librería de viejos
de Madrid, hizo un descubrimiento importante: Los materiales de pintura y
su empleo en el arte de Max Doerner, libro que le ayudó a comprender
mejor las técnicas antiguas. (23)
Con el tiempo, llegó a la conclusión –descabellada, según
algunos- de que, los colores industriales habían asesinado a la pintura
contemporánea. Iniciaba así su rebelión no solamente
contra los acrílicos sino también contra los óleos en
tubo y una larga y angustiosa experimentación con la que se ha definido
–la cocina veneciana- para llegar a fabricar su propia pintura.
4. OBSESIONES
De regreso, Vlady continuó a investigar en la soledad del estudio.
Se dedicó al grabado, arte en el que pronto sobresalió, pero
fueron años difíciles. En ese momento, cualquier artista que
se apartase del arte oficialmente consagrado, el muralismo, y considerase
el arte un medio de expresión independiente era estigmatizado como
“extranjerizante”.
Vlady amaba profundamente a México. Adoraba sus colores y admiraba
la obra de Diego Rivera. No obstante, sentía no pertenecer a ninguna
parte. Sus raíces profundas se encontraban muy lejos: el Renacimiento,
la espiritualidad rusa, la tradición libertaria europea. “Mi patria
es la pintura”, contestaba de manera categórica cuándo se le
preguntaba de dónde era. “Comprendo los nacionalismos”, escribió
al final de su vida. “Por eso los abomino. Los padecí y los vi cometer
crímenes. Prefiero vivir otras pasiones, alma adentro, la pintura”.
(24)
En 1952, junto a Alberto Gironella y Héctor Xavier, Vlady fundó
la Galería Prisse que exhibía a los artistas que no comulgaban
con la ortodoxia nacionalista en boga y entre sus activos, tiene el descubrimiento
de José Luís Cuevas. (25) Aunque permaneció abierta sólo
un año, la galería se convirtió en sitio de reunión
de intelectuales independientes. Es ahí donde nació la llamada
Generación de la Ruptura.
Se ha especulado mucho sobre la participación de Vlady en ese grupo.
¿Ruptura? A lo largo de su vida, Vlady llevó a cabo muchas rupturas
y, como señala Cecilio Balthazar, lo único que tiene en común
con esos pintores es haber compartido con ellos un momento de la historia
de la cultura mexicana. (26)
Una vez cerrada esta experiencia, Vlady colaboró en otras galerías
alternativas como la Proteo. Mientras tanto seguía su búsqueda,
pero la experimentación con las técnicas antiguas todavía
no le permitía alcanzar los resultados que se proponía.
Oscilaba entre realismo y abstracción. He aquí el testimonio
del maestro Cecilio Balthazar: “conocí a Vlady en 1966 cuando era un
pintor muy polémico en el medio nacional, pero era un pintor abstracto
y su presencia en el medio era precisamente por esa forma de su pintura; de
hecho, cuando empieza a pintar con temple-óleo, es cuando deja de
gustar, es el origen del prestigio que tiene como dibujante, y que todavía
muchos le niegan como pintor”. (27)
Y es que en los sesenta pintó cuadros abstractos de gran fuerza como
Pareja nueva, Desnudo isleño, Las tumbas de Van-Gogh, Muros de agua
y El subyacente. (28) Este último –que permanece como uno de sus obras
más sugestivas- es una interpretación del Cristo muerto de Andrea
Mantegna (1474), cuadro famoso por sus juegos de perspectiva.
Sin embargo, mientras Mantegna enfatiza el asombro místico frente
el cadáver del hijo de Dios, Vlady pinta a un mártir anónimo
de la revolución soviética aplastado por el mecanismo totalitario.
Estilísticamente, impresiona el color velado y el efecto de movimiento
obtenido sobreponiendo diferentes capas de pintura.
Mientras tanto, empezaba una fecunda carrera de polemista escribiendo sobre
arte, pero también política, filosofía y crítica
social. En 1957, emprendió la publicación de Carta al lector,
modesto folleto que regalaba a sus amigos y que por su estilo irreverente
me recuerda, la revista Potlach, que Guy Debord publicaba del otro lado del
Atlántico. (29)
Entre sus muchos artículos, destacan una apasionada necrología
en ocasión de la muerte de Diego (“un hombre que fue grande”) y una
vehemente defensa del surrealismo contra los embates de la cultura racionalista:
“el artista, cuando lo es, es por definición irrespetuoso con la razón.
La pintura pura es consecuencia de un atrincheramiento antirracionalista de
los pintores que conscientemente (¡he aquí la falla!) se sustrajeron
a lo razonable”. (30)
Participó, asimismo, en múltiples en exposiciones nacionales
internacionales entre las que destacan la primera y segunda Bienal de París;
Confrontación 66 (en México), la Bienal de Sao Paulo y
la Feria Mundial de Osaka (1970). (31)
Entre 1964 y 1969, nuestro pintor viajó tres veces a Europa y visitó
a su madre en Aix-en-Provence, experiencia dolorosa que dejó plasmada
en retratos desgarradores. En Venecia, pasó muchos días en la
Scuola Grande di San Rocco, el edificio donde en el siglo XVI se reunían
los pintores de su admirada “escuela veneciana”.
En 1967, inició el cuadro monumental Magiografía bolchevique
que, junto a Viena 19 (1973) y a El instante (1981), integra El tríptico
trotskiano -una de sus mejores obras- que marca el tránsito de la pintura
en tubos a la técnica mixta del temple-óleo.
La primera pieza se inspira en una fotografía de Trotsky recorriendo
la plaza roja con su estado mayor en 1921; la segunda, Viena 19 -la casa de
Coyoacán en donde el dirigente bolchevique fue asesinado—, es una angustiosa
reconstrucción del delito pintada con técnica mixta. Completa
el ciclo El instante -óleo sobre tela al estilo renacentista- que
nos ubica en el momento preciso en que el piolet asesino de Ramón Mercader
destroza el cráneo del viejo bolchevique.
El filósofo Edgar Morin comparó la potencia de esta obra con
la novela Vida y destino de Vassili Grossman. De la misma manera que, al rememorar
los horrores de la batalla de Stalingrado, el escritor soviético se
eleva más allá de las perversiones del totalitarismo, el tríptico
“evoca el destino de Trotsky y, al mismo tiempo, por efecto del arte, lo
trasciende, le confiere algo como perennidad”. (32)
5. TRIUNFOS
En 1968, Vlady obtuvo la Beca Guggenheim y, en plena revuelta estudiantil,
se trasladó a Nueva York con Isabel. Ahí se empapó del
espíritu de la América rebelde, pero se horrorizó con
el pop art que sintetizaba todo aquello que le disgustaba: la repetición
al infinito de los temas de la vanguardia y la falta de rigor formal.
De regreso a México, dejó de exponer en galerías y
rompió con la vanguardia mexicana. Estaba inquieto. Ya sabemos que
admiraba el fresco como expresión del arte universal: “es la técnica
que ha conformado las obras más importantes de todos los tiempos;
el fresco es el brillante, el diamante de la pintura. La pintura trabaja
los sentidos. El pintor no usa palabras: usa materiales, trabaja el sentimiento
con la mirada y el cerebro. El color es un lenguaje, como la música”.
(33)
Con el tiempo, había madurado la idea de
que la mayor aportación de Diego había sido la vuelta al fresco,
es decir al Quattrocento italiano. (34) Ahora hacía falta un Cinquecento,
la pintura en tercera dimensión, con la profundidad, y en cuarta dimensión,
con el movimiento, que son los rasgos de la Escuela Veneciana.
En 1973, se le presentó la oportunidad de su vida: pintar una obra
mural de grandes proporciones en la Biblioteca Miguel Lerdo de Tejada
de la Ciudad de México. Entonces rompió con sí mismo
y volvió de lleno a la pintura figurativa (aunque nunca había
dejado de ser figurativo en el dibujo).
El resultado es un asombroso conjunto pictórico de unos 2,000 metros
cuadrados que terminó 1982 ejecutado con el ánimo de “iluminar
el cielo de la utopía” y de reivindicar a los disidentes de todas las
revoluciones presentes, pasadas y futuras. (35) Le llamó La revolución
y los elementos y lo pintó en gran parte solo –auxiliado en ocasiones
por los pintores Cecilio Balthazar y Octavio Moctezuma- dedicándolo
“a la probidad intelectual de Victor Serge y a las penas de Liuba”.
Es de subrayar que, hasta ese momento, nuestro pintor sólo
había incursionado en el muralismo con obras de dimensiones menores.
¿Cómo describir esa que ha sido definida la Capilla Sixtina
de Vlady? Temáticamente, es una evocación histórica,
pero la narración está repleta de símbolos, insinuaciones,
imágenes irónicas y en ocasiones oscuras o comprensibles únicamente
para el espectador iniciado.
He aquí un diálogo esclarecedor:
“-Lo que yo encuentro, desde que entré aquí, en este enorme
vientre de ballena que has pintado, lo que yo encuentro es la historia…
¿has querido pintar la historia?, le preguntó a Vlady el escritor
José de la Colina.
El artista contestó: -¡Qué bien que lo dices! Tuve claramente
esta sensación. Tuve ese sentimiento. Acto seguido añadió:
-Estamos podridos de historia. Yo estoy indignado con la historia, que
todo se lo traga… No me puedo sustraer a lo que más odio. No siempre
se pinta lo que se quiere. Uno pinta lo que es, y yo estoy macerado por revolución
rusa, de los años veinte…” (36)
En opinión del maestro Cecilio, “los murales proporcionan, también,
una visión del mundo, una cosmología sin dioses ni principios
hecha de pintura. La historia de las revoluciones es el mismo flujo de los
cuatro elementos naturales. Sólo movimiento. Todo esto pintado en una
exploración por la pintura mural, donde ésta es también
una lección de las diversas posibilidades de abordarla. La analítica
de la materia nos deja una lección de pintura al fresco y acompaña,
ineludiblemente, a la pintura de tesis”. (37)
Vlady empezó por la capilla del lado occidente ejecutando a Freud
y la revolución sexual. Naturalmente, lo hizo de manera blasfema: un
personaje enorme, como verga erecta, representa el nacimiento del deseo; Edipo
está sentado en el regazo de su madre; abajo, está un Marx
pintado de azul con a lado Freud que exhibe un martillo en la cabeza…
En los muros principales, como sacadas de una caja de Pandora, pintó
todas sus obsesiones: las grandes revoluciones sociales, ciertamente; pero
también la música, el deseo, “la lógica de la materia
luminosa” (lados oriente y occidente), el cerebro colectivo y la noosfera
(lado sur). La narración no es únicamente temática, sino
también cromática; al mismo tiempo, se impone como flujo de
conciencia, a la manera de los surrealistas, sus interlocutores inevitables.
Desde el punto de vista estilístico, si embargo, el rigor es impecable.
Vlady sobrepuso las dos principales técnicas de los maestros renacentistas:
el fresco y la pintura en óleo sobre tela. A esta combinación
le llamó pintura total –o pintura-pintura-, misma que se percibe desde
el atrio del edificio, en un lienzo refulgente -a pesar de la penumbra- que
se encuentra rodeado de frescos.
Este, que algunos consideran su mejor cuadro, se llama La inocencia terrorista
y es un homenaje a Teresa Hernández (“Alejandra”), joven militante
de la Liga Comunista 23 de septiembre que Vlady conoció y admiró
por su inteligencia y arrojo juvenil: “una muchacha guapa, llena de vida:
cola de caballo, falda y huipil”. (38)
Cuando, por la prensa, se enteró de que esa brillante muchacha había
sido asesinada en un enfrentamiento armado, decidió retratarla. Primero
la pintó al fresco y después, no satisfecho, la repitió
en tela. El resultado es una verdadera proeza que convierte en realidad el
sueño de todo pintor: crear la luz.
“Ella es la inocencia, precisó. La inocencia que pinté con
la mayor pureza. Tres, cuatro modelos diferentes, hasta encontrar la que quería.
Es como el arquetipo de la mujer mexicana: estos muslos, la cintura. Y me
pinté a mí mismo en levitación, flotando. ¿Por
qué? Tal vez porque la admiraba. En mi familia, en Rusia, hay varias
generaciones terroristas.
Octavio Paz me increpó:
-¡Vlady, son unos asesinos!
-¡Ah, no! ¡No! Son nuestros hijos, nuestros nietos, nuestros
sobrinos, y ¿qué es lo que hemos hecho por ellos…? Están
desesperados y donan su vida para salirse del pozo. Si quieres escribir algo
te dejo un lugar.” (39)
No es por demás recordar que el día de la inauguración,
en presencia del entonces presidente José López Portillo, fiel
a sí mismo, Vlady abogó por los desaparecidos de la guerra sucia
cediendo la palabra a doña Rosario Ibarra de Piedra, activista del
Comité Eureka. (40)
6. …Y OTRAS HAZAÑAS
Mientras tanto, Vlady se daba el tiempo de emprender nuevos retos. En 1975,
viajó a Cuba junto a José Revueltas y a otros intelectuales
mexicanos. Se encontró con Fidel Castro a quien retrató con
la técnica gráfica de punta seca y también en fresco
en los murales de la biblioteca Lerdo de Tejada, en el acto de cabalgar un
dinosaurio (¡!). En 1977, publicó Dibujos Eróticos de
Vlady, uno de sus libros más exitosos.
Comenzó, además, otra obra monumental, el Xerxes, cruel metáfora
sobre los laberintos del poder pintada al estilo veneciano. En 1987, por encargo
del gobierno Sandinista, ejecutó -junto a Arnold Belkin- un mural
compuesto de tres paneles en el Palacio Nacional de la Revolución de
Managua.
“Estoy incondicionalmente por la libertad individual”, le dijo a Manuel
Aguilar Mora antes de irse. “En Nicaragua, voy a pintar lo que mi sensibilidad
registre, por supuesto frente a su revolución (…). Lo que voy a hacer
no será para halagar al pueblo o a la hegemonía sandinista.
Será eso sí, lo mejor que pueda dar, algo que dure más
allá de nuestra cotidianidad”. (41)
Cumplió. Los temas son los que le obsesionan desde siempre: la revolución
bolchevique, la francesa y también la mexicana, representada de forma
caricaturesca en un jinete charro montado en un corcel. La revolución
nicaragüense aparece no de manera hagiográfica, sino como conmoción
telúrica, enmarcada en el conjunto de cráteres del Volcán
Masaya.
En los años noventa, la Secretaría de Gobernación encargó
a Vlady una obra monumental. El resultado fueron cuatro telas de seis metros
cuadrados cada uno que fueron inaugurados el 13 de septiembre de 1994, para
desaparecer poco después.
La alusión a los neozapatistas –a quienes definía “Zaratustras,
en la montaña realizando nuestro sueño” (42) - había
molestado a las autoridades y, con gran dolor del autor, las obras fueron
reubicadas en un salón apartado del Archivo General de la Nación,
en donde permanecen hasta la fecha
A finales de la década, Vlady pintó un retrato monumental
del obispo Samuel Ruiz, Tatik, de gran potencia expresiva, que resume sus
andanzas por la selva lacandona y sus simpatías por la rebelión
indígena de México. Ésta es, tal vez, su última
gran obra.
En 1997, publicó el libro Abrir los ojos para soñar que reúne
una parte de sus reflexiones sobre estética, política y filosofía.
Asimismo, desarrolló pequeñas joyas pictóricas como el
Desnudo elemental, Escuchando el cuadro y Atmósfera de mar.
A principios de 2001, el Museo de Arte Moderno inauguró la exposición
El Modelo Interior. En 2002, Francisco Toledo lo invitó a exponer sus
grabados en el Instituto de Artes Gráficas de Oaxaca. En 2003, presentó
una selección de óleos en el Museo José Luis Cuevas,
y otra de grabados en Orenburgo, Rusia. En 2004, expuso en el Museo Nacional
de la Estampa Trayectorias para un autorretrato y poco después presentó
una exposición en el Museo de Bellas Artes de Moscú. En abril
de 2006, después de fallecido, se inauguró en el Palacio Nacional
de Bellas Artes la retrospectiva Vlady, la sensualidad y la materia, la más
grande jamás montada: 500 obras que resumían los temas, los
logros y las obsesiones del artista.
Vlady llenó, además, cientos de cuadernos, una costumbre que
adquirió desde niño, gracias a los consejos de su padre. Algunos
son humildes libretas escolares; otros son verdaderos objetos artísticos
finamente encuadernados; varios más, álbumes de gran formato.
En total, conforman un acervo de miles de páginas con obras en miniatura
de valor inestimable. (43)
En ellos registró todo: un cuadro de Miguel Ángel, la fisonomía
angustiada de un refugiado, el rostro de un interlocutor ocasional, el busto
hermoso de una mujer, un paisaje tropical. Los temas se transforman: exploraciones
hacia adentro y hacia afuera, búsquedas desesperadas por apresar el
mundo, intentos de comprender y de comprenderse. Las técnicas varían:
dibujos a lápiz, tinta china, acuarelas.
Página tras página, los cuadernos nos proporcionan la clave
para entender las obras monumentales de Vlady, pero también los grabados,
retratos y autorretratos, o bien, proyectos ambiciosos y nunca realizados,
como El abismo, que, a manera de colofón, pensaba pintar en el piso
de la Biblioteca Miguel Lerdo de Tejada.
Desde junio de 2007, más de mil de estas joyas (entre otras, la gran
mayoría de los cuadernos) están resguardadas en el Centro Vlady
de la Universidad Autónoma de la Ciudad de México (UACM) que
se ha comprometido –hasta ahora sin cumplir- a emprender una labor de documentación,
investigación y difusión de la obra de del pintor ruso-mexicano
y de su padre, el escritor Victor Serge. (44)
7. LEGADOS
“Hay obras –escribe Jean-Guy Rens en la introducción a su hermoso
libro sobre Vlady- que escapan el reino del arte para inscribirse en un destino”.
(45) ¿Cuál es el lugar de Vlady en la historia del arte? Sin
duda, la síntesis admirable que realizó entre arte renacentista
y arte posimpresionista, entre realismo y surrealismo, entre pintura clásica
y temas posmodernos. Esta síntesis fue el producto una intensa búsqueda,
de esa “forma de cultura que deviene carácter” heredada de su padre
y de los disidentes rusos. (46)
Su antoja obsoleta, en cambio, la arrebatada polémica contra la pintura
moderna y los colores industriales. Cecilio Balthazar, interlocutor de Vlady
durante más de veinte años, maestro de historia del arte y también
pintor que fabrica sus colores, lo expresa así: “no existe una técnica
veneciana en sí misma y Vlady, como todos los grandes pintores, descubrió
su propia técnica al cabo de décadas de esfuerzos. Es verdad
que encontró una inspiración fecunda en la tradición
pictórica que emplea el temple y el óleo, pero no sabemos,
si eso es la técnica veneciana o la flamenca. Como sea, cada maestro
la desarrolló a su manera y Vlady no es la excepción. Su manera
de pintar es muy personal y no tiene mucho que ver con la de Giorgione o
Tiziano.” (47)
Llevada al extremo, esa obstinada insistencia en la técnica evoca
-de manera paradójica- la siniestra afirmación de Siqueiros:
“no hay más rutas que la nuestra”. (48) Es verdad que, a diferencia
de Siqueiros, Vlady no creó una escuela aunque, de alguna manera, sí
intentó construir su propia leyenda.
Es claro que hay pintura directa maravillosa y en los años sesenta,
el propio Vlady realizó hermosuras con colores industriales porque
su enorme creatividad le permitía hacer de cualquier cosa un cuadro.
Enjaularlo en un estilo -o, peor, en una técnica, como lo intentan
hacer algunos- es un grave error.
Hay muchos Vlady y hay que entender a cada uno de ellos, sin extraviar al
creador. Las aportaciones de Jean-Guy Rens y Cecilio Balthazar van en esa
dirección, pero mucho trabajo aun falta por hacer.
Una veta por explorar es la introspección psicológica, siempre
presente en su obra. Vlady era un gran lector de literatura psicoanalítica,
pues decía que necesitaba aprender a lidiar con su propia locura. En
este rubro, a parte los numerosos autorretratos, es de señalar La
escuela de los verdugos, óleo sobre tela que empezó en 1947,
poco antes de la muerte de su padre, y que pintó, desfiguró
y volvió a pintar a lo largo de toda su vida. (49)
Nunca lo terminaría pues era la expresión plástica
de su propio vida: los fantasmas de la revolución que se devora a
sí misma, la intensa relación con Serge y sus camaradas, la
aventura del color, la necesidad de traducir al lenguaje de la pintura esa
“espiritualidad atea” que evoca en sus escritos.
Consciente —incluso temeroso— de la enorme carga emocional que contenía,
Vlady nunca pudo explicar a cabalidad el sentido del cuadro. A Jean-Guy le
dijo que estaba basado en un encuentro entre especialistas de la GPU y la
GESTAPO ocurrido después del pacto germano-soviético de 1939.
En cambio, a mí me dijo que quería representar la escuela de
la que fue expulsado en Orenburgo: “Recuerdo un armario negro que contenía
papeles y unos dibujos de niño, pero en su lugar, el cuadro muestra
una vitrina con artefactos de tortura: cadenas, ganchos, pistolas, garrotes.
Arriba está una escultura que pinté de memoria pensando en Benvenuto
Cellini. Hay un verdugo con una pipa en la boca, Stalin. En medio está
alguien que siempre me ha interesado; es como un santo. O tal vez un mal
alumno; yo creo que es un autorretrato”. (50)
Entremezclados van los personajes de su entorno mexicano, como los exiliados
españoles Enrique Adroher “Gironella” (ninguna relación con
el pintor) y Julián Gorkin, quien, por cierto, empleó la expresión
“escuela de los verdugos” en un libro sobre la guerra civil española
publicado en México, en 1941. (51)
En el pasado, algunos detractores acusaron a Vlady de frívolo. Nada
más alejado de la realidad. Tenía horror de la feria de las
vanidades y conducía una vida más bien austera, totalmente entregada
a su trabajo. Hasta el final, siguió siendo ardiente, fogoso y apasionado,
siempre buscando interlocutores y aplicándose a sí mismo la
ironía con que trataba a los demás.
Vlady no fue únicamente un pintor. Fue también un pensador,
un afilado polemista y un editor. (52) Citaba cuadros como Walter Benjamín
citaba textos: para imprimirles el sello de su propia subjetividad subversiva.
Algunas de sus mejores creaciones como Judith y Holofernes (a partir del original
de Artemisia Gentileschi), Las Meninas (a partir del original de Velásquez)
o los grabados inspirados en Tiepolo y Tintoretto, se explican así.
Su vida y el trabajo tienen que ver con la ruptura y con el disenso; fluctúan
entre revolución y renacimiento, entendidos como hechos históricos
y también como metáforas.
“Es claro - me escribe Jean-Guy Rens- que, a diferencia de Serge, quien
fue un gran literato y también un gran revolucionario- Vlady fue un
gran pintor y no un gran revolucionario. Aun así, la revolución
–particularmente la revolución rusa- es la columna vertebral de su
obra. Sin la experiencia rusa, Vlady no hubiera existido. Tal vez hubiera
existido otro Vlady, pero no el que conocimos. Vlady encontró inspiración
en la revolución rusa y antes en los narodniki, los revolucionarios
que asesinaron al zar Alejandro II”. (53)
¿Por qué Vlady no ha sido reconocido por lo que es, uno de
los grandes pintores del siglo XX? Fuera de México es un desconocido
y, salvo contadas y honrosas excepciones, es el gran ausente en la crítica
de arte mexicana.
A pesar de manifestarle amistad y aprecio, Octavio Paz escribió mucho
sobre arte, pero no le dedicó una sola línea; tampoco Luís
Cardoza y Aragón, de filiación marxista, posiblemente el mayor
especialista en el muralismo mexicano.
Vlady fue ignorado tanto por la tradición liberal como por la tradición
comunista, así como por la crítica de arte mediocre, porque
es el pintor del futuro. Ni pesimista ni optimista, nunca declarativo, mucho
menos ideológico, nos invita a emprender una permanente interrogación
sobre los cambiantes desafíos de un mundo constantemente al borde de
la barbarie, pero también de la liberación.
NOTAS
1 Jorge Hernández Campos, “La eternidad de lo infinitamente
efímero”,
http://www.vlady.org/biblio/campos-s.html
2 “Vladivagaciones”, entrevista con Leonardo Da Jandra, Plural, suplemento
cultural del periódico Excélsior, No. 168, septiembre de 1985,
pp. 24. El texto viene acompañado de ilustraciones de Vlady entre las
que destaca un estupendo autorretrato hecho de vísceras y entrañas.
3 Entrevista con el autor, Cuernavaca, abril de 1994.
4 “Vladivagaciones”, op. cit., pág. 24.
5 En el Hermitage, se encuentra el famoso “Judith” de Giorgione, óleo
sobre lienzo de 1504.
6 Jean-Guy Rens, Vlady. De la revolución al renacimiento, Siglo XXI
Editores, México, 2005, pág. 59. Este es, de lejos, el mejor
libro sobre Vlady. Agradezco Jean-Guy haberme abierto los ojos sobre la pintura
de Vlady.
7 C. Albertani, Los camaradas eternos, manuscrito inédito.
8 Carta de Vlady a M. Mac Kenzie, secretario general del “Comité
de Socorro a los Niños”, 7 de junio de 1935. En Cahiers Henry Poulaille,
No. 4-5, “Hommage à Victor Serge (1890-1947)”, Éditions Plein
Chant, 1991, Bassac, pp. 97-98.
9 V. Serge, Memorias de mundos desaparecidos, editorial Siglo XXI, México,
2001, pág.
10 Jean-Guy Rens, op. cit., pág. 59
11 Entrevista con el autor, abril de 1994. La misma opinión había
expresado Vlady diez años antes en la entrevista con L. Da Jandra,
op. cit., pág. 28.
12 Elie Faure, Historia del Arte, Editorial Hermes, México, 1972.
Faure era sobrino del famoso geógrafo anarquista Eliseo Reclus y hermano
de Sebastián Faure, editor del periódico Le libertaire del que
Serge había sido corresponsal en Moscú.
13 Sobre el tema, véanse los testimonios de Varian Fry, Livrer sur
demande, Agone, Marsella, 2008 y de Mary-Jane Gold, Marseille, année
40, Phébus, París, 2001. De gran interés también
las novelas de Victor Serge, Les derniers temps, Grasset, París, 1951
y de Jean Malaquais, Plantète sans visa, Phébus, París,
1999.
14 “Pintar los elementos”, monólogo de Vlady en la Biblioteca Miguel
Lerdo de Tejada, recopilado por Claudio Albertani, de próxima publicación
por la editorial Fondo de Cultura Económica.
15 Victor Serge, Retrato de Stalin, Ediciones Libres, México, DF,
1940.
16 “Vladivagaciones”, op. cit., pp. 28 y 29.
17 Un mes antes de fallecer, Vlady afirmó que “Diego es el pintor
más grande del siglo XX”. Véase el documental homenaje, Vlady.
In memoriam, dirigido por Luisa Riley, filmado en junio de 2005 y transmitido
por Canal 22, el 21 de julio, día de su fallecimiento.
18 C. Albertani, “Socialismo y Libertad. El exilio antiautoritario y la
lucha contra el estalinismo (1940-1950)”,
http://www.fundanin.org/albertani7.htm
Una colección completa de la revista se puede consultar en la Biblioteca
Social Reconstruir, Dolores 16, despacho 401, Colonia Centro, México,
DF. Contacto: biblioteca@libertad.org.mx tel/Fax, (52-55) 5512-0886.
19 La expresión es de Berta Taracena citada por Jean-Guy Rens, op.
cit., pág. 69.
20 Vlady, Abrir los ojos para soñar, editorial Siglo XXI, México,
1996, pág. 149.
21 “La revolución y los elementos”, Biblioteca Lerdo de Tejada, muro
oriental, “Las revoluciones latinoamericanas”.
22 “Vladivagaciones”, op. cit., pág. 27.
23 Max Doerner, Los materiales de la pintura y su empleo en el arte, Editorial
Reverté, Barcelona, 1994.
24 Vlady, Abrir los ojos para soñar, op. cit., pág. 173.
25 Véase el testimonio del propio Cuevas en la introducción
al catálogo de la exposición “Selección de obras de Vlady”,
Museo José Luís Cuevas, 19 de marzo-8 de mayo de 2003.
26 Cecilio Balthazar, “Vlady”, texto inédito. Agradezco a Cecilio
compartir conmigo sus amplios conocimientos sobre Vlady.
27 Cecilio Balthazar, carta al autor, 6 de julio de 2008.
28 El lector interesado puede encontrar reproducciones de estas obras en:
Bertha Taracena, Vlady, Universidad Autónoma de México, Dirección
General de Publicaciones, 1974.
29 Existen tres series de estas cartas: primera época: no. 1-11 (1957-1962);
segunda época, no. 1 mayo de 1970; tercera época, no. 1, eero
de 1993.
30 “¡Diego sí existe!, Carta al lector, No. 3, México,
1957 y “Contribución a un debate”, Carta al lector, No. 2, México,
1957.
31 Vlady pintó el mural “Hibridés Tecnológica” que,
junto a las otras once obras de artistas mexicanos enviadas a Osaka, se encuentra
en el Museo de Arte Abstracto Manuel Felguérez de Zacatecas.
32 Jean-Guy Rens, entrevista con Edgar Morin en: Jean-Guy Rens, op. cit.,
pág. 227.
33 Vlady, “He vivido entre leones, no se vivir entre cucarachas”, entrevista
concedida a Héctor Cortés Mandujano, Este Sur, No 146, 21 de
julio de 1997, http://www.vlady.org/biblio/mandujano-s.htm
34 El primero en plantear la necesidad de revivir el Renacimiento y crear
pintura mural con sentido público fue Gerardo Murillo, el dr. Atl.
35 Vlady, Pintar los elementos, op. cit.
36 Entrevista a Vlady de José de la Colina y Eduardo
Lizaldes “Vlady en el vientre de la ballena”, semanario cultural de Novedades,
25 de julio de 1982
37 Cecilio Balthazar, op. cit.
38 Vlady, Pintar los elementos, op. cit. El asesinato de Teresa Hernández
se encuentra registrado en el reciente libro de Laura Castellanos, México
Armado (1943-1981), Ediciones Era, México, 2007, pp. 256, 263-664 y
345.
39 Vlady, Pintar los elementos, op. cit.
40 Comunicación de Rosario Ibarra al autor, octubre de 2007.
41 Manuel Aguilar Mora, Entrevista inédita con Vlady, 7 de julio
de 1987.
42 “Carta a la Convención de Aguascalientes, Chiapas”, 5 de agosto
de 1994. Cuernavaca, archivo particular de Vlady.
43 De estas joyas se ha publicado una: Vlady. Libreta de apuntes, edición
facsimilar, Fondo de Cultura económica, México, 2006.
44 Centro Vlady, Goya 63, Colonia Insurgentes-Mixcoac, Del. Benito Juárez,
México, DF, tel. (5255) 56117678.
45 Jean-Guy Rens, op. cit., pág. 19.
46 “Vadivagaciones”, op. cit., pág. 31.
47 Cecilio Balthazar, comunicación al autor, 6 de julio de 2008.
48 Jorge Juanes, “Actualidad e inactualidad de Vlady”, conferencia en el
Centro Vlady, 18 de julio de 2007.
49 Este cuadro se encuentra en el Centro Vlady, así como un buen
número de autorretratos, bras juveniles, diibujos, el espléndido
Judith y Holofernes y la colección completa de los grabados.
50 Vlady, entrevista con el autor, abril de 1995.
51 Julián Gorkin, Caníbales políticos, Ediciones Quetzal,
México, 1941.
52 Además de las dos series de Cartas al lector, y de Abrir los ojos
para soñar, op. cit., Vlady publicó decenas de artículos
en Siempre, Uno más uno, Excelsior, Vuelta, La Jornada, No, suplemento
cultural de Bandera Socialista, entre otros periódicos y revistas.
53 Jean-Guy Rens, carta al autor, 26 de junio de 2008. La bomba que mató
al zar fue inventada por Nicolai Kibalchich, lejano pariente de Vlady.