Transcripción de
una conferencia dictada por el autor el 25 de mayo de 1966 en Paris. Edición
castellana publicada por Editorial Fontamara, 1979.
Nada está más sometido a sospechas, recusaciones y críticas
como pretender escribir la historia contemporánea. Los protagonistas
de ella formulan un juicio que coincide con las posiciones que adoptaron,
adorna sus actuaciones, pero no es siempre veraz. El historiador profesional
acumula datos y referencias y, en general, es incapaz de interpretar los
hechos y se queda en lo accesorio.
Si esto es cierto para los historiadores de una forma global y general,
es fácil suponer lo que puede dar de sí la historia escrita
por la dirección burocrática del Partido Comunista, a pesar
de disponer de todos los elementos documentales, por lo menos para relatar.
Si puede sin reparo falsificar lo sucedido hace una semana, se comprende
muy bien el enorme campo que le dejan para la especulación y la mentira
hechos acaecidos hace 30 o 40 años, interpretación que, por
otra parte, puede rectificar otra vez por completo en futuras reediciones,
si un nuevo viraje político se lo impone. El ejemplo nos lo da la
Historia del Partido Comunista de España redactada por la dirección
del partido, el resumen de esta misma historia por ”Pasionaria”, e incluso
las propias memorias de ésta.
Yo me limitaré a hacer un resumen, en los límites que supone
una charla como ésta, sobre la creación del Partido Comunista
Español hasta empezar la guerra civil en julio de 1936. Es posible
que yo tampoco sea estrictamente objetivo a juicio de algunos, pero me apoyo
en textos existentes y, por lo menos, tendréis otra versión
que la ”oficial” con la que podréis equilibrar un juicio sobre los
acontecimientos (1) .
Como seguramente sabéis, el primer Partido Comunista Español
fue constituido por la Federación Nacional de Juventudes Socialistas,
después de un proceso interno de discusiones, y como consecuencia
de la crisis que había provocado en el Partido Socialista Obrero Español,
primero la Guerra Mundial, y después la Revolución Rusa y
la constitución de la III Internacional.
Durante la Guerra Mundial del 14-18, se había manifestado ya una
corriente internacionalista en el seno del Partido Socialista, frente a la
posición a favor de los aliados de sus dos jefes más influyentes,
Pablo Iglesias y Julián Besteiro, que incluso llegaron a mantener el
criterio de que si no se pronunciaban por la intervención en la guerra
era únicamente porque España no se encontraba preparada para
ella. La corriente internacionalista se manifestó en la Juventud Socialista
de Madrid, que fue la única organización socialista española
adherida a la Conferencia de Zimmerwald.
Naturalmente, la Revolución Rusa intensificó la crisis interna.
No al principio, porque fue recibida y defendida por todo el mundo obrero
con entusiasmo y adhesión (la propia Confederación Nacional
del Trabajo llegó a adherirse a ella en su célebre Congreso
del Teatro de la Comedia de Madrid), sino hasta que se planteó en
escala internacional la ruptura con la II Internacional, la denuncia de las
traiciones de la socialdemocracia y la constitución de la III Internacional.
La adhesión a ésta quedó planteada a través de
discusiones internas que los jefes socialdemócratas frenaban al comienzo,
pero sin oponerse francamente.
La Revolución Rusa y la fundación de la III Internacional
produjeron también una profunda transformación en el seno de
las Juventudes Socialistas, principalmente en la de Madrid. La J.S. de Madrid
había estado integrada hasta entonces principalmente por hijos de militantes
socialistas, impregnados del espíritu reformista del partido, viviendo
en el culto paternalista del ”Abuelo” (Pablo Iglesias). La Revolución
Rusa y el entusiasmo que despertó en el porvenir del proletariado internacional
dio lugar a que se incorporasen a la Juventud numerosos jóvenes obreros,
no ligados con el pasado, ajenos al espíritu familiar que reinaba
en la Juventud Socialista hasta entonces y que, preocupados por los problemas
que planteaba la III Internacional, se entregaron a estudiarlos para aplicarlos
a la situación concreta de España. Por otra parte, en 1919,
se constituyó en Madrid el Grupo de Estudiantes Socialistas y, por
primera vez, jóvenes intelectuales se incorporaron al socialismo pero
inspirados en las nuevas ideas, en cuya propaganda y por cuya adhesión
trabajaban con los jóvenes obreros de las Juventudes. La lucha entablada
por las Juventudes Socialistas tuvo su culminación en el Congreso
de la Federación de fines de 1919, en el que los antiguos dirigentes
ligados al reformismo del partido fueron barridos totalmente de la dirección
nacional. La nueva dirección estaba constituida por jóvenes
obreros e intelectuales, dispuestos a defender hasta las últimas
consecuencias la adhesión a la III Internacional.
”Renovación”, el órgano de la Federación de JJSS,
cambió fundamentalmente de orientación, de tono, de fisonomía.
Dejó de estar influenciado por Andrés Saborit, cuya mediocridad,
grosería y altivez perpetuas era una de las cosas que más
nos sacaba de quicio. Con la colaboración de algunos miembros del
Grupo de Estudiantes Socialistas, que seguíamos el proceso que se
operaba en los demás países y la literatura europea de los
partidos de la III Internacional, desaparecieron de las columnas del órgano
de la Juventud la reproducción de las crónicas sentimentales
de Tomás Meabe y los artículos simplemente obreristas de los
hijos de la familia pablista. Comenzaron a publicarse los artículos
que nos llegaban de Lenin y Trotsky, se abrió el ataque contra los
propios dirigentes del partido y se defendía abiertamente la creación
de un partido comunista en España.
Al mismo tiempo, en el partido la discusión a favor de la III Internacional
adquiría una gran amplitud, y se había constituido un comité
para la adhesión a ella. Pero la compenetración no era muy
completa, ni mucho menos, entre las Juventudes y los partidarios de la III
Internacional. Eran dos generaciones diferentes, dos mentalidades divergentes.
Prevalecían en los adultos todos los prejuicios del pasado, su actitud
estaba inspirada en muchos por lo que podríamos llamar una posición
romántica ante la Revolución Rusa, no acertaban a comprender
toda su trascendencia e introducían elementos de confusión
típicamente socialdemócratas. Sin embargo, su presión
se manifestaba en el seno del partido y el planteamiento de la cuestión
de la adhesión dio lugar a la celebración de tres congresos
extraordinarios del Partido Socialista en el plazo de año y medio.
En el Congreso de diciembre de 1919, la votación fue de 14.010 votos
a favor de la II Internacional y 12.498 por la III. En el segundo Congreso
extraordinario, reunido para tratar la misma cuestión, la división
de los votos cambió bastante fundamentalmente: 8.269 votos a favor
de la III Internacional, 5.016 contra y 1.615 abstenciones. Ante este resultado,
los dirigentes reformistas del partido lograron hacer prosperar una maniobra
para demorar la aplicación del acuerdo: enviar a Moscú una
delegación para que se informase directamente de la situación,
delegación integrada por Fernández de los Ríos y Daniel
Anguiano, o sea, un representante de la derecha y otro de la izquierda. Esta
delegación debía someter al Comité Ejecutivo de la III
Internacional tres! condiciones para la adhesión del partido español:
1.a) el PSOE pedía una plena autonomía para determinar la táctica
a adoptar en España; 2.a) derecho para el PSOE de revisar en sus
Congresos los acuerdos que se adoptasen por la III en los suyos; 3.a) que
en el PSOE existía la tendencia a unificar a todos los partidos como
lo hacía el Partido Socialista Francés y el Partido Socialista
Independiente Alemán. Lo que quería decir conformidad con
la Internacional de Viena, a la que se denominaba entonces Internacional
Segunda y Media, lo cual era una trampa para evitar la adhesión a
la III Internacional sin solidarizarse totalmente, de manera pública,
con la II Internacional, que estaba demasiado desacreditada entre los trabajadores.
Como puede comprenderse fácilmente, estas condiciones ultimatistas
hacían inaceptable la adhesión, pero permitían a los
reformistas aplazar el acuerdo y maniobrar todavía más para
el próximo congreso del partido, que debía adoptar la decisión
definitiva.
Entre estos dos congresos se había producido un hecho político
y orgánico importante: la constitución el 15 de abril de 1920
del Partido Comunista Español. El Comité Nacional de la Federación
de Juventudes Socialistas, que se encontraba ya en estado de ruptura completa
con la dirección del partido, había entrado en contacto a
primeros de 1920 con Borodín y Rey, que representaban a la III Internacional
y que, camino de Rusia, procedentes de Estados Unidos, tenían la
misión de proponer la constitución de un partido comunista
en España. La idea fue aceptada fácil e inmediatamente por
el Comité Nacional de las JJSS, tanmás porque coincidía
con su propósito, que sólo retrasaba el temor a las dificultades
económicas para mantener un órgano propio y la propaganda.
Ante la promesa de una ayuda financiera, la decisión fue aceptada
sin vacilación.
En la historia del PC de ”Pasionaria” se da una versión sobre la
formación del Partido Comunista Español que no responde a la
verdad, como además todo el conjunto de los hechos a que se refiere
la obra. Explica su origen como consecuencia de una asamblea nacional celebrada
en la Casa del Pueblo de Madrid. Bien es cierto que Dolores Ibarruri no intervino
en la vida del Partido Comunista hasta 1930. La verdad es totalmente diferente.
Fue lo que pudiéramos llamar un verdadero golpe de estado del Comité
Nacional de las Juventudes, con el asentimiento, claro está, de la
mayoría de los militantes. Puestos de acuerdo todos los integrantes
del CN menos dos, a los que se eliminaba de las reuniones, y la totalidad
del , comité de la organización de Madrid, se adoptó
la resolución secreta de transformar la Federación de JJSS en
Partido Comunista Español. El CN comunicó esta decisión
a todas las secciones por medio de una ”carta cerrada”, que sólo debían
abrir en una fecha determinada, que se les comunicaba en una circular adjunta,
para ”conocer y discutir una proposición del Comité Nacional”.
La fecha señalada era la del 15 de abril de aquel año 1920.
Al abrir la carta en el plazo indicado, las secciones se encontraron con que
la Federación se convertía en el Partido Comunista Español.
Se invitaba a continuación a todas las secciones de España
de las del Juventudes a que se transformasen en Agrupación del Partido
Comunista Español, y los comités de las Juventudes en Comités
de las Agrupaciones. Y al mismo tiempo se comunicaba que ”Renovación”
se titularía en la sucesivo ”El Comunista”, órgano del Partido
Comunista Español. Todas las secciones respondieron favorablemente
al llamamiento. Aparte de algunas excepciones, los partidarios adultos de
la III Internacional no se incorporaron en el nuevo partido, en espera del
regresó de los delegados que habían ido a Moscú, y
con la esperanza de ganar a la mayoría de los militantes. Por eso,
en su origen, el Partido Comunista Español fue un partido de jóvenes.
El Comité Nacional del PC quedó constituido en la siguiente
forma: secretario general Merino Gracia; secretario adjunto, Luis Portela;
vocales, José Illescas, Eduardo Ugarte, Emeterio Chicharro, Ricardo
Marín, Rito Esteban, Tiburcio Pico y Juan Andrade; director de ”El
Comunista”, Juan Andrade.
La Agrupación Socialista de Madrid había convocado a una
asamblea general con objeto de deliberar sobre la proposición presentada
por su Comité para la expulsión del partido del secretario
general de las Juventudes a consecuencia de su campaña contra los
dirigentes del partido. Dicha asamblea se celebró algunos días
después de ya constituido el PC. En el teatro de la Casa del Pueblo
de Madrid, cuando iba a celebrarse dicha reunión, nos presentamos
los jóvenes obreros y estudiantes vendiendo un número extraordinario
de ”Renovación”, en el que, en primera plana, con grandes titulares
se decía: ”La Federación de Juventudes Socialistas se transforma
en el Partido Comunista Español”, y se reproducía el manifiesto
de constitución. He aquí como se expresaba éste: ”Los
cuatro años de guerra y la revolución rusa han modificado
mucho la ideología, el punto de vista, la táctica y los fines
del proletariado en la lucha social. La II Internacional ha fracasado...
Los socialistas rusos, acérrimos enemigos de la guerra imperialista
y ardientes marxistas, han roto en la teoría y en la práctica
con los socialistas europeos traidores de la II Internacional y han fundado
la Internacional Comunista... Hemos llegado a un momento en que seríamos
cómplices de tal estado de cosas si titubeásemos en dar el
paso que hoy damos constituyendo el Partido Comunista español.”
En abril de 1921 se celebró el tercer congreso extraordinario del
PSOE para oír el informe de sus delegados a Moscú y decidir
sobre la adhesión a la III Internacional. Fernández de los
Ríos, naturalmente, hizo un informe violentamente en contra. Explotó
de mala fe la expresión con que le había respondido Lenin al
preguntarle el profesor español: ”¿Y la libertad?”, contestándole:
”¿Libertad para qué?”, lo que, por otra parte, toda la prensa
reaccionaria española explotó para explicar ”el carácter
antidemocrático de la revolución bolchevique”. El profesor
docto en marxismo no había comprendido el sentido de la frase, no
sabía que, para el marxismo, libertad genérica sin libertad
económica no es nada. Pero Fernández de los Ríos fue
toda su vida ajeno al socialismo, aunque militó en el partido.
Daniel Anguiano, según su costumbre, hizo un informe lleno de sentimentalismo,
haciendo reparos a la adhesión, pero aconsejándola. Lo que
más le acongojaba era que las 21 condiciones llevaban implícitamente
otra haciendo incompatible la militancia comunista con pertenecer a la masonería.
Y él era, ante todo, masón. Su intervención y el carácter
dubitativo de su propuesta, restó bastantes votos a la adhesión
a la III Internacional.
Como resultado, fue rechazada la adhesión a la III Internacional
en el congreso socialista, por 8.858 votos contra 6.094. Durante un año
los dirigentes socialistas habían maniobrado bien el partido. Al
conocerse el resultado, los delegados partidarios de la III Internacional
hicieron una declaración en la que decían:
”Con la serenidad de los que cumplen un deber de conciencia, nos retiramos
de este congreso en el que nada tenemos que hacer. Queremos incorporarnos
de hecho, espiritualmente ya lo estamos, a la Internacional Comunista, que,
inseparable de la revolución rusa, a pesar de todas las sutilezas
y argumentos dialécticos que intenten distinguir entre ésta
y aquélla, trata de acelerar el derrumbamiento de la sociedad capitalista...
”Recabamos, pues, nuestra íntima libertad de movimiento. Quedan
rotos los vínculos que, sólo materialmente, nos mantenían
aún juntos con los que habéis rechazado la adhesión
a la Internacional Comunista. Entre vosotros y nosotros ha cesado de existir
la comunidad de pensamiento. No puede continuar la comunidad de esfuerzos.
Unos y otros vamos a comparecer ante la clase trabajadora. Ella nos juzgará...
”
La resolución había sido redactada por Oscar Pérez
Solís. Se agregaba que a partir de ese momento constituían el
Partido Comunista Obrero Español, para distinguirse así del
primero. Desde entonces existieron dos Partidos Comunistas en España,
y dos órganos de prensa distintos: ”El Comunista” y ”Guerra Social”.
No ofrecía duda que era absolutamente diferente la mentalidad de
los dirigentes de los dos partidos y la manera de enfocar los problemas. A
pesar de su juventud, los del primero tenían una formación teórica
más seria, como reconocían los delegados de la Internacional.
Pero hoy, llego a la conclusión de si no fue un error la creación
del Partido Comunista español. Los votos de que nosotros habríamos
podido disponer seguramente habrían sido suficientes, sin poder afirmarlo,
para obtener la mayoría cuando se produjo la segunda escisión.
Mientras que en los otros partidos los ”terceristas” buscaban obtener la
mayoría para disponer de los periódicos y del aparato del partido,
los jóvenes socialistas no nos habíamos planteado este problema
en modo alguno. Puede ser que la suerte del PC francés no hubiera
sido la misma si no hubiera dispuesto desde el primer momento de ”L'Humanité”.
La existencia de los dos partidos comunistas se manifestó inmediatamente
por un combate violento, llevado a cabo especialmente por el PCE que era
el reconocido por la III Internacional, contra el PCOE. Se denunciaba en
él a los viajeros reformistas – inasimilables, decíamos – que
habían sido y eran los dirigentes del PCOE, y su inadaptación
a la nueva orientación revolucionaria del movimiento obrero. Declarábamos
nuestra incompatibilidad total con ellos.
Pocos meses después, el Comité Ejecutivo de la Internacional
Comunista resolvió intervenir en la situación española
para lograr la fusión de los dos partidos. Del 7 al 14 de noviembre
de 1921, se celebraron en Madrid las reuniones para la unificación,
entre un delegado de cada uno de ellos y un delegado de la IC, que era Graziadei,
diputado comunista italiano. ”El Comunista” estaba suspendido por el gobierno
cuando se celebró la reunión y todo el Comité Ejecutivo
y numerosos militantes encarcelados, a consecuencia de la campaña
contra la guerra de Marruecos. Debido a esto, nuestra representación
recayó en un camarada que no era el más adecuado, pero el cual
debía atenerse a las instrucciones que se le enviaban desde la cárcel.
Por lo que duraron estas conversaciones, una semana de sesiones diarias,
se puede calcular la intrasigencia de las dos posiciones, a pesar del espíritu
conciliador del delegado de la Internacional. Las cuestiones litigiosas
quedaron, finalmente, reducidas a dos por parte del PCE: se exigía
la expulsión de Isidoro Acevedo, García Cortés, Daniel
Anguiano y Pérez Solís, y la mayoría absoluta en el
comité del partido unificado. Por el PCOE había una oposición
rotunda a que yo fuera designado director del nuevo órgano, ”La Antorcha”.
Había sido el que más se había distinguido en la violencia
de los ataques contra ellos, y consideraban una cuestión de honor
no confiarme tal misión. El acuerdo final se estableció a
base de que no habría exclusiones, pero que el comité ejecutivo
estaría integrado por 9 representantes del PCE y 6 del PCOE. En lo
que se refería al director de ”La Antorcha”, el PCOE planteaba como
cuestión terminante que no fuera yo, se llegó al acuerdo de
que hubiera dos directores, uno de cada tendencia.
Estos acuerdos fueron ratificados por el I Congreso del Partido unificado,
llamado desde entonces Partido Comunista de España, que se celebró
en marzo de 1922. Al hacerse la fusión, según los informes
de los delegados de la IC, el PCE tenía 2.050 afiliados y el PCOE
4.500. El PCE publicaba dos periódicos: ”El Comunista” (bisemanal)
y ”Juventud Andaluza”, en Sevilla, y el PCOE seis: ”La Guerra Social”, ”Nueva
Aurora”„ ”El Comunista Balear”, ”El Campesino Rojo” y ”Bandera Roja”.
Pero muy pronto volvió a abrirse una nueva crisis en el partido
fusionado. De los nueve miembros del Comité Ejecutivo procedentes
de las Juventudes Socialistas, cinco comenzaron a identificarse casi totalmente
con los dirigentes del PCOE. Los otros cuatro, ante nuestra imposibilidad
de influenciar positivamente la orientación del partido, decidimos
la constitución de un grupo en el interior del partido llamado ”Oposición
Comunista Española”. En realidad, esto no hacía más
que prolongar las luchas interiores, que ya habían desmoralizado
a bastantes militantes. Los cuatro miembros oposicionistas fuimos excluidos
del partido. Esta lucha fue muy intensa, pero se terminó con el II
congreso del Partido Comunista de España, que fue el verdadero congreso
de fusión y que restableció el sentido de unidad y la responsabilidad
en el partido.
En el II Congreso del Partido Comunista de España se designó
el siguiente Comité Nacional: secretario general, César R.
González; secretario del interior, Luis Portela; secretario internacional,
José Baena; secretario agrario, Feliciano Alonso; secretario sindical,
Ramón Lamoneda; secretario administrativo, Joaquín Ramos; secretario
femenino, María Mayorga; vocales: Vicente Arroyo, José Rojas,
Torralba Beci, Vicente Calaza, Gonzalo Sanz, Carlos Romero (Daniel Ortega),
José Barón y Juan Andrade; director de ”La Antorcha” Juan Andrade.
Debo citar un hecho desgraciado, acaecido una vez fusionado el partido,
que tuvo graves consecuencias para nuestro desarrollo por la forma como fue
explotado por los socialistas. En noviembre de 1922 se celebró el congreso
de la Unión General de Trabajadores. Era la primera vez que los sindicatos
dirigidos por comunistas se presentaban como oposición organizada.
Los socialistas, para coaccionar a los delegados comunistas, habían
organizado un servicio de orden integrado por sus militantes de acción.
Nosotros habíamos formado otro equipo para que nos protegiera los
delegados. El origen quedó siempre misterioso, pero el caso es que
surgió una refriega a tiros en la que resultó muerto un albañil
socialista bastante conocido, y hubo varios heridos de ambos lados. Explotado
sentimentalmente con la expresión ”los comunistas son asesinos”, creó
una gran hostilidad contra nosotros porque eran métodos a los que
no estaba acostumbrada la clase obrera madrileña. Como consecuencia
de estos sucesos, la Comisión Ejecutiva acordó expulsar de
la UGT a los catorce sindicatos que estaban representados por comunistas.
El partido se regía en aquellos tiempos a base de la más
sana democracia interna, y no se había llegado aún al monopolismo
de pensamiento.
Era el período de Lenin y Trotsky y antes de la stalinización
de la IC y sus secciones nacionales. La crítica estaba abierta en
el interior del partido. El PCE primero, y los que procedíamos de
éste después, en el partido unificado, no dejábamos
de expresar nuestras discrepancias. Me referiré brevemente a algunas.
”El Comunista” abrió en sus columnas una polémica sobre el
antiparlamentarismo, que defendió muy brillantemente un camarada.
Era meramente un intento de concesión al anarcosindicalismo, pero
que pronto se disipó. Es cierto también que corrientes antiparlamentarias
se manifestaban en otras secciones de la Internacional, principalmente en
Italia y Alemania.
Cuando, bajo la inspiración de Lenin, la Internacional se manifestó
por el frente único con los partidos socialdemócratas, hubo
una corriente en contra. Estaba demasiado reciente la polémica con
éstos, y entonces nos considerábamos suficientes para llevar
a las masas obreras a la revolución.
Bastante después se impuso a los partidos la ”bolchevización".
Surgieron también reparos sobre todo porque bajo el imperio de Zinoviev
se establecía un porcentaje de obreros e intelectuales en las direcciones
de los partidos. Estimábamos algunos que, después del ingreso
en el PC con las condiciones que se imponían para ser miembro en
él, no se podía establecer ninguna discriminación entre
los militantes. Una vez en el interior del partido, un ingeniero tenía
los mismos derechos que un obrero metalúrgico, y no se le podía
considerar como militante disminuido.
Y, cuando se estableció la organización por células,
se manifestaron prevenciones porque, si bien se aceptaban como medios de
trabajo directo entre los obreros y para la ilegalidad, considerábamos
que las asambleas generales de militantes eran la suprema expresión
de la democracia interna, donde las opiniones debían manifestarse
y en las que se podía reconocer a los camaradas de más valor
político. La práctica ha demostrado después que, tal
y como se aplica, el régimen de células es el mejor mecanismo
para ahogar toda crítica y establecer sólidamente el dominio
del aparato dirigente.
Cuando el partido comenzaba a emprender armonizadamente sus tareas, a convertirse
en un verdadero partido comunista, surgió el golpe de estado militar
de Primo de Rivera. Al establecer éste su poder, los comunistas dirigían
en Vizcaya una huelga general de mineros, de un carácter violentísimo
porque, además del combate contra la burguesía minera, estaban
también en dura lucha, incluso sangrienta, con los socialistas. Eran
métodos locales que los comunistas de Bilbao, ya dirigidos por Bullejos,
aplicaban en forma que el CN del partido no aceptaba, pero con los que se
veía obligado a solidarizarse públicamente. Los comunistas
habían realizado varios atentados contra los socialistas, que por
su parte respondían de la misma manera; refugiados en la Casa del
Pueblo de Bilbao, los comunistas se habían tiroteado con la guardia
civil, con el resultado de un joven comunista muerto y bastantes heridos,
entre los cuales estaba Pérez Solís.
El local del partido de Madrid fue clausurado por la policía, que
dejó sólo una habitación abierta para la redacción
y administración de ”La Antorcha”, y el partido fue declarado ilegal.
Naturalmente, esto tuvo repercusión sobre la moral de una gran parte
de los militantes procedentes del antiguo PCOE y de casi todos los dirigentes,
que lo abandonaron o pasaron a la más estricta inactividad.
Sin embargo, aunque ilegal, los restos del partido llevábamos a
cabo nuestra actuación centrada principalmente contra la guerra de
Marruecos. La policía había seguido una táctica hábil
en lo referente a ”La Antorcha”: no suspender la publicación, pero
intervenir toda su correspondencia y después hacerla seguir; localizaba
así a sus vendedores y propagan distas, y podía establecer
las fichas de los militantes activos de toda España. Por otra parte,
sometido el periódico a la censura, no había peligro de que
pudiera realizar ninguna agitación contra la dictadura. Sin embargo,
dejaba bastante libre la información y los temas teóricos no
relacionados con los problemas españoles. A pesar de todos estos inconvenientes,
”La Antorcha” fue en aquel período un buen instrumento de educación
política de los militantes, y llegó a tener una tirada de
12.000 ejemplares. Dos o tres veces, corno director del periódico,
consulté a la dirección del partido si debía continuar
publicándose, dadas las facilidades que ofrecía para la localización
de los militantes. La respuesta fue siempre la misma, había que aprovechar
todas las oportunidades legales y con todos sus riesgos. El punto de vista
era justo a pesar de todos los sacrificios que imponía, y gracias
a la publicación de ”La Antorcha” durante todo el período primorriverista
pudieron formarse teórica y políticamente bastantes militantes
comunistas.
La represión de la dictadura mantenía en prisión a
todos los militantes más activos, que apenas permanecíamos algunos
días en libertad cuando ya éramos encarcelados de nuevo durante
meses como ”gubernativos”. ”La Antorcha” se hacía en la cárcel,
recurriendo a toda clase de habilidades para sacar el original y recibir
información y documentación de la calle.
Pero en 1924 brotó una nueva crisis en el partido, en apariencia
por razonamientos casi geográficos pero, en el fondo, profundamente
políticos porque ya se sometía a discusión la táctica
de la Internacional en España, a lo que se agregaban ambiciones personales
bien definidas. Se habían constituido dos grupos de oposición
al Comité Central: uno en Bilbao y otro en Barcelona que, aunque en
desacuerdo en sus posiciones políticas, coincidían en su hostilidad
al Comité Central nombrado en el Congreso. Según ellos, el Comité
Central, por motivos tanto de orden geográfico como político,
se encontraba en Madrid; el órgano central del partido por las misma
razones se publicaba en la capital; el núcleo más capacitado
del partido militaba también en Madrid. En cambio, los elementos más
destacados de la oposición residían en provincias, es decir,
en centros más específicamente industriales que Madrid. Sobre
la residencia de la dirección del partido se constituyeron los dos
grupos de oposición, el de Bilbao, que pedía que la dirección
estuviera allí y el de Barcelona, que lo demandaba para su ciudad.
Jacques Doriot era en aquella época el delegado de la IC en España,
en nombre de Zinoviev. Doriot, el de tan nefasto fin, pedía al partido
español la realización de un plan de trabajo inmediato sobre
la guerra de Marruecos (¡ Viva Abd-el-Krim! era el lema), plan imposible
de llevar a cabo porque no estaba en proporción con la importancia
numérica y organizativa de la sección española. El
CC fue unánime al reconocer lo disparatado de la propuesta y convocó
a una conferencia nacional del partido para exponer ante ella su actitud,
creyendo que ésta suscribiría su conducta. Pero la conferencia
les cayó como llovida del cielo a los dos grupos de la oposición;
por adhesión a la Internacional, la mayoría de los delegados
a la conferencia aceptaron la política que ésta preconizaba
a través de Doriot, que no se llevó nunca a cabo porque superaba
las fuerzas del partido. El CC presentó la dimisión, pasó
a residir en Bilbao (por pocos días porque en seguida fueron detenidos
todos sus miembros), después en Barcelona, donde ocurrió lo
mismo.
A principio de 1925 el partido estaba desarticulado, no había posibilidad
de establecer una dirección y de reorganizarlo. El contacto entre
camaradas se limitaba a la correspondencia que se mantenía entre nosotros
de prisión a prisión. Fue entonces cuando, como último
recurso, creo recordar que por iniciativa de los que se encontraban presos
en Barcelona, pero respondiendo a una necesidad que todos sentíamos,
se acordó que la Internacional designase una dirección en París
puesto que allí se encontraban emigrados camaradas de valía.
Andrés Nin fue nombrado por el CE de la Internacional para organizarlo,
tarea que no pudo cumplir porque al poco de llegar a París fue detenido,
condenado a un mes de prisión y expulsado de Francia. Pero el nuevo
CC quedó constituido en 1925, bajo la dirección de José
Bullejos, que asumió los plenos poderes y que así llegó
al pináculo de sus ambiciones.
No quiero extenderme sobre las luchas intestinas que se produjeron en París
hasta que Bullejos logró eliminar a todos los discrepantes, ni sobre
la política sectaria desarrollada, consistente en querer imponer
a las docenas de militante que había en España tareas que
superaban sus fuerzas y posibilidades. Desde París se era muy activo
y muy rígido en la disciplina.
En realidad, la mayor actividad de este comité consistía
en sus informes a la IC, valorizando la importancia del partido y adjudicándose
toda la oposición que comenzaba a manifestarse en España.
A título anecdótico, citarédos ejemplos: el número
de un periódico clandestino que no llegó ni siquiera a circular
llevaba el número 5, y no habían aparecido los otros cuatro.
La prensa comunista internacional publicó una fotografía de
”una gran manifestación comunista”, que se decía celebrada
en Madrid, facilitada por el Comité de París, que no era más
que la salida de los espectadores de la Plaza de Toros de Madrid.
Es posible que estos informes influyeran sinceramente en el CE de la IC,
si, tal como creía, a la caída de la dictadura primorriverista,
el PC español estaba en condiciones de formar los soviets y tomar
el poder. Esto explicaría, aunque es dudoso, que Moscú impusiera
una política ultrademagógica, y como tal negativa, cuando
comenzaron a recobrarse las libertades.
Puede decirse que, prácticamente, durante los cuatro últimos
años de la dictadura militar no existía el PCE en España.
La represión y la política sectaria de su dirección
de hecho lo habían liquidado.
Al formarse en 1930 el gobierno Berenguer, que concedió algunas
libertades, el comité de París se trasladó a España
y celebró en Bilbao lo que se denominó por razones conspirativas
”Conferencia de Pamplona”. Entonces, el equipo Bullejos se disponía
a hacer la revolución en España y continuar la misma política
sectaria y demagógica que había llevado a cabo desde París,
pero ya ahora en gran escala.
Cuando se implantó la República, había ya en España
cuatro organizaciones comunistas independientes entre sí: el PC oficial,
la Federación Comunista Catalano-balear, la Agrupación Comunista
Autónoma de Madrid y la Oposición Comunista de Izquierda..
La Agrupación Comunista de Madrid se había formado con la
mayoría deltas que integraban el CC en 1924 y que habían sido
expulsados del partido, y, bajo el impulso de Luis Portela, militante de gran
autoridad moral que también estuvo emigrado en París, estaba
en oposición a Bullejos y su equipo. La Agrupación de Madrid
llegó a reunir a la mayoría de los comunistas que había
en la capital pero, políticamente, sus posiciones no eran muy diferentes
de las del partido oficial, y su acatamiento a la Internacional Comunista
era completo. Luchaba únicamente por la celebración de un congreso
que restaurase la democracia interna y eligiera honradamente su Comité
director.
La Federación Catalano-balear mantenía puntas de vista originales
pero siempre también haciendo promesa de fidelidad a la Internacional.
Los que seguían a Maurín en Barcelona, aunque se habían
adherido al partido oficial verdaderamente nunca se habían integrado
en él. Al proclamarse la República y reorganizarse, tenía
más fuerza numérica que el PC oficial. Pero se distinguía
por una política ambigua, en manera alguna quería pronunciarse
sobre las cuestiones políticas más importantes en el plano
de la Internacional y sus posiciones iban sólo encaminadas a apoderarse
de fa dirección del partido oficial. La Federación Catalano-balear
deseaba reservarse una absoluta independencia y establecer su propia política,
que era ecléctica y muy variable, y solamente determinada por los
caprichos políticos de circunstancias de su jefe reconocido. Y, sobre
todo, su posición sobre la cuestión de las nacionalidades era
básica para él, pero le divorciaba de las verdaderas posiciones
comunistas. Realizaba una propaganda exterior en pro de la unificación
comunista, pero ni la comprendía ni la deseaba si no se realizaba
a su favor. Después de sufrir varias crisis originadas por elementos
favorables al partido oficial, se consolidó orgánicamente y
pudo seguir su propia política y destino. La Izquierda Comunista estuvo
en constantes polémica con la Federación Catalano-balear y
Maurín.
La Oposición Comunista de Izquierda había sido fundada el
28 de febrero de 1930 en Lieja por algunos militantes obreros que trabajaban
allí y en Luxemburgo y que después lograron ponerse en contacto
con los que en el interior de España mantenían sus mismas
posiciones, o sea, las del trotskismo. La Oposición de Izquierda,
lo mismo que su organización internacional, no situaba sus problemas
únicamente en el plano político nacional español sino
en el terreno internacional, y su oposición era contra la propia
política del CE de la IC. Por lo cual, tanto la Agrupación
de Madrid corno la Federación Catalano-balear querían separarse
totalmente de la Oposición de Izquierda para no ”comprometerse” ante
la IC.
En junio de 1931, la Agrupación de Madrid y la Federación
Catalano-balear convocaron a una conferencia nacional de unificación
comunista, prescindiendo de la Oposición de Izquierda. Esta conferencia
no llegó a celebrarse porque rápidamente la Agrupación
de Madrid entró en descomposición, minada por el partido oficial,
la Federación Catalano-balear y la Izquierda Comunista. La mayoría
de los militantes madrileños decidieron ingresar en el partido sin
condiciones y sólo un pequeño grupo de militantes resolvió
resistir algún tiempo más. La Federación Catalano-balear
prosiguió su existencia y llegó a constituir una verdadera fuerza
con todos sus defectos.
Un Congreso de Unificación de las cuatro organizaciones habría
dotado a España de un partido capaz, fuerte y experimentado. Pero
el equipo dirigente del partido oficial, en esto fiel a los métodos
de la Internacional staliniana, se negó a todo acuerdo y, convencido
de que con los medios económicos de que disponía terminaría
por vencer, emprendió el camino solo causando un gran mal a la revolución
española.
La República no llegaba, en realidad, para cambiar nada, sino para
conservar el mismo estado de cosas que durante la monarquía después
de liquidada ésta por desacreditada e impopular. Los que ocupaban
las posiciones clave al proclamarse la República procedían
precisamente del campo monárquico (Alcalá Zamora y Miguel Maura),
y estaban dispuestos a conservar el mismo orden cambiando la fachada. La
actividad de éstos, lo mismo antes que después del cambio de
régimen estuvo orientada a que el pueblo se convenciera de que el
cambio era necesario. Por otra parte, para las grandes masas populares la
simple palabra de República tenía al principio casi un sentido
mágico. Después de la tiranía de la monarquía,
interpretaban la simple forma republicana como la solución a todos
sus males, y para conocer prácticamente su verdadero carácter
tenían que hacer su propia experiencia, sobre todo a través
de la conducta socialista.
La monarquía había llegado a una situación insostenible.
Desde el advenimiento de Primo de Rivera era evidente que la monarquía
y la dictadura debían caer juntas. Los esfuerzos que la monarquía
hizo a última hora para no ser arrastrada por la dictadura no podían
tener éxito. La inmensa mayoría de los españoles sentía
la cuestión planteada como un problema constitucional. La monarquía,
a su vez, tenía un interés especial en no sacar las cosas
de este plano. La monarquía no podía recurrir en aquel momento
a un régimen de fuerza – acababa de caer la dictadura completamente
falta de base – ni tenía en sí misma solución de recambio
democrática. La posición más conservadora era, por
consecuencia, descargar todas las culpas sobre un régimen que no
tenía salvación, y procurar acentuar en lo posible las consecuencias
de su caída. A un movimiento conscientemente dirigido le correspondía
no dejarse engañar por las apariencias, no sobrevalorar el desarrollo
del proceso revolucionario y preparar las condiciones para explotar las desilusiones
que no tardarían en manifestarse. Sin embargo, dadas las condiciones
que concurrían en el movimiento obrero, principalmente por la actuación
del Partido Comunista que había impedido la formación de un
partido fuerte y experimentado, la burguesía no encontró grandes
dificultades para unificar todo el campo revolucionario en torno a ella.
El abismo que se abría ante la burguesía vino a llenarlo la
conjunción republicano-socialista.
Es decir, en la situación concreta española de recién
proclamada la República, no se podía emprender la ruta de
la realización socialista sin que las masas populares consumieran
la experiencia democrática de la revolución burguesa. No se
trataba de fantasías, sino de una realidad histórica que ningún
radicalismo palabrero podía anular. Lo ilusorio estribaba en creer
que los partidos democráticos burgueses podían resolver los
problemas de la democracia. Había que dar la batalla a la burguesía
en el propio terreno de la democracia para quitar a las masas la ilusión.
En los últimos tiempos de la dictadura de Primo de Rivera, la dirección
del Partido Comunista se limitaba a afirmar que ésta sólo podía
ser derribada por la insurrección armada de los obreros y campesinos.
Los hechos demostraron que cuando la experiencia de la dictadura burguesa
descarada fracasa y la clase obrera, en el momento de la crisis, no cuenta
con un partido vigoroso, la burguesía tiene aún la posibilidad
de explotar las ilusiones democráticas para prolongar su dominación,
incluso con la colaboración inconsciente de la clase obrera. Por no
haber tenido esto en cuenta, la dirección del partido, en vez de prever
los acontecimientos, se vio sorprendida por ellos. Destruido por la realidad
el esquema forjado arbitrariamente, lo natural hubiera sido que la dirección
del partido renunciara a sus errores; pero en vez de ello, como los hechos
no se ajustaban a dicho esquema, afirmó que la dictadura militar
no tenía ninguna importancia. Entre tanto, el proceso de descomposición
de la monarquia continuaba; era fácil de prever la caída del
régimen sin la intervención revolucionaria de las masas; sin
embargo, la dirección comunista oficial seguía afirmando,
como lo había hecho con la dictadura militar, que la monarquía
no podía ser derrocada más que por la revolución proletaria.
Por esto, la proclamación pacífica de la República,
fue una nueva sorpresa para la fracción dirigente. La consecuencia
fue que el partido estuvo completamente al margen del movimiento popular
y no ganó ninguna influencia entre las masas sino, incluso recién
proclamada la república, tropezó con una gran hostilidad.
La política de colaboración con la burguesía practicada
por los socialistas, el apoliticismo y aventurerismo de los anarquistas
y la ausencia de un verdadero partido comunista, fueron la causa de que
la burguesía democrática resolviera la crisis a su favor.
El equipo dirigente del Partido Comunista no tenía una interpretación
marxista del desarrollo de los acontecimientos, y quería someter
éstos a su concepción; al proclamarse la República,
las dos principales consignas difundidas por los comunistas oficiales fueron
las de ”¡Abajo la República! ”, ”Todo el poder a los soviets”
y ”Dictadura del proletariado”. En lugar de comprender el proceso que se
desarrollaba y que no podía simplemente oponer la República
Obrera y Campesina a la República burguesa, y unos soviets inexistentes
a unas Cortes Constituyentes del nuevo régimen, sino que era necesario
previamente destruir las ilusiones democráticas y conquistar a las
masas y organizarlas, sobre todo dada la enorme debilidad del partido, la
dirección bullejista se lanzó a una demagogia que agotaba
a los militantes y que sólo recogía antipatía. En Madrid.
por ejemplo, incluso los obreros emprendieron la persecución de los
comunistas y casi llegaron al linchamiento por considerarlos juguete de
los monárquicos.
La situación y la táctica a seguir era definida por nosotros,
la Oposición de Izquierda, en los siguientes términos: ”la
revolución española sólo puede tener su coronamiento
victorioso efectivo en la instauración de la dictadura del proletariado.
Los comunistas deben preparar a la clase obrera para la conquista del poder,
pero sería puro aventurerismo incitar al proletariado a la insurrección
inmediata. Nos hallamos no en la etapa de la lucha inmediata y directa por
el poder, sino en la de preparación de esta lucha. Para este combate
inmediato faltan las condiciones indispensables y muy particularmente: la
desmoralización de la clase enemiga, el íntimo convencimiento
de la misma de que el fin de su dominación está próximo,
arrancar a las masas campesinas y a una buena parte del proletariado industrial
de la influencia socialista, conquistar para la causa de la revolución
proletaria a una parte de la pequeña burguesía radical, o por
lo menos neutralizarla, construir organizaciones de masas análogas
a los soviets, crear un gran partido comunista”.
Por cierto que es curioso observar hoy día, cuando se vuelven a
leer y repasar los docu' mentos y publicaciones de la época, que,
consideradas superficialmente las posiciones de la Izquierda Comunista y
del mismo Trotsky, parecían las más moderadas en aquellas
circunstancias, sin embargo, eran las más positivamente revolucionarias
porque trataban de poner orden en la locura demagógica, porque partían
de un análisis marxista de la relación de fuerzas en presencia,
porque valorizaban ante todo la más importante aportación leninista
de que no es posible una revolución proletaria sin la existencia de
un partido comunista fuerta, consciente de su misión y provisto de
la adecuada interpretación del desarrollo de cada hecho.
Las esperanzas despertadas en las masas obreras y campesinas, el idealismo
que el cambio de régimen había despertado y los bienes que
se esperaban de él, daban lugar a toda clase de extravagancias contra
lo cual era necesario reaccionar. Por ejemplo, en la cuestión de
las nacionalidades, el partido no se dejaba superar en concesiones demagógicas:
se manifestaba por la independencia, nada menos que inmediata, de Catalunya,
Vasconia y Galicia. Era la solución más fácil ante
un problema tan fundamental para el conjunto de España, y cuyo estudio
no parece por cierto interesar a los teóricos de las nuevas generaciones
que, por otra parte, analizan tan acertada y profundamente los problemas
económicos.
A los cuatro meses de proclamada la República, cuando mayores eran
las ilusiones equivocadas de las masas populares sobre los beneficios que
podían obtener de su gobierno, y ante la reunión de la Asamblea
Constituyente, el Partido Comunista convocó una manifestación
el 1 de agosto de 1931 que fue un fracaso, para demostrar, según
decía el manifiesto de la convocatoria, el verdadero carácter
de la Asamblea ”que intenta conseguir una amplia base de concentración
y alianza de las clases dominantes, de los grandes propietarios y latifundistas,
de la gran burguesía industrial y financiera, del clero y de los jefes
superiores del ejército”. Y, después de esta caracterización
de las Cortes Constituyentes, daba su propia consigna: ”frente a estas Cortes,
órgano de la contrarrevolución, los obreros y campesinos deben
alzar su propio poder revolucionario: los soviets de obreros, soldados y
campesinos”. Esto era, verdaderamente, como después dijo José
Díaz, el nuevo secretario del partido, al hacer la crítica
del grupo Bullejos, ”pretender establecer la república de los soviets
con ochocientos afiliados y grandes escándalos”.
Considerada teóricamente la situación como la de la hora
de la toma revolucionaria del poder por el proletariado, toda la táctica
estuvo determinada por esta concepción. Queriendo mantener al mismo
tiempo una rivalidad en el terreno de las acciones revolucionarias con los
anarcosindicalistas, desarrollaba movimientos de violencia que conducían
a los mismos resultados de fracaso. Un día era ”Bilbao la roja”,
y sacrificaba la influencia sindical que había adquirido allí
realizando ”pequeñas insurrecciones”. Otro día ”Sevilla la
roja”, con el mismo resultado y la dispersión de los mejores militares,
sobre todo de los que tenían más prestigio y sentido de la
responsabilidad en el movimiento obrero en general.
Había un cierto malestar difuso en el seno del partido, que no se
manifestaba en forma coordinada, que no encontraba su expresión como
consecuencia de la poca formación política de los militantes
y de la dictadura caciquil que habían implantado los dirigentes.
Los afiliados eran meramente ”activistas” (la actividad simplemente por
la actividad), y aunque sintieran la necesidad de expresar su disconformidad
no tenían la posibilidad de hacerlo.
La confusión de las consignas, diariamente diferentes, que desconcertaban
a los militantes y expresaban el enredo más completo y la mayor ignorancia
de la dialéctica de los acontecimientos. Hoy era ”Lerroux Bonaparte”,
mañana Miguel Maura, jefe del fascismo, pasado mañana Ortega
y Gasset era el verdadero jefe del fascismo español, y al otro Sanjurjo,
y finalmente todos juntos, sembrando una confusión entre los obreros
y campesinos que hizo época. Se llegó a anunciar sensacionalmente
para el 5 de marzo de 1932 la contrarrevolución fascista. Más
que responsabilizar conscientemente a los trabajadores en el desarrollo
de la revolución y la contrarrevolución, se deseaba.) mantener
una tensión nerviosa, un griterío histérico por donde
asomaba el ”bluff”, y que fatigaba incluso a los más adictos. El
partido no aprendía a saber distinguir los antagonismos existentes
en el interior de las clases explotadas, utilizándolos en provecho
propio. Prefería aglomerar a todos en montón que explicar
sus contradicciones.
Pero al mismo tiempo, para hacer frente a tanto peligro anunciado y establecer
la unidad necesaria entre la clase obrera, se insultaba a los obreros de
las otras organizaciones de clase llamándoles ”socialfascistas – o
”anarcotraidores”. Y en el terreno sindical, donde se precisaba principalmente
una mayor unidad, más fácil de obtener que en el campo político,
se llevaba a cabo una táctica de escisión. En menos de cinco
años hubo cuatro intentos de crear nuevas organizaciones sindicales,
dividiendo las existentes: los Sindicatos Rojos, el Comité de Reconstrucción
Sindical, el Comité de Unidad Sindical, y finalmente la Confederación
Nacional del Trabajo Unitaria.
La consecuencia de esta estrategia era que en lugar de lograr influenciar
a los obreros socialistas, decepcionados por la conducta de sus jefes en
el gobierno, y a los trabajadores anarcosindicalistas demasiado hartos de
tanta gimnasia huelguística y de tanta irresponsabilidad faísta,
soldada a unos y a otros más sólidamente con sus organizaciones,
y les convertía en más hostiles hacia el Partido Comunista.
Éste, para llegar a la revolución social, tenía que
haber sido como primera condición un partido de masas y no una secta
como era en realidad. Y era también un inconveniente que el socialismo
y el anarquismo continuaran teniendo una influencia decisiva entre la mayoría
de los trabajadores de toda España.
En octubre de 1931, antes de que se manifestase orgánicamente la
crisis del partido, la Internacional Comunista, a través de sus órganos
”La correspondencia internacional” y ”La Internacional Comunista” formulaba
ya toda una serie de críticas contra la política del Partido
Comunista español. Stirner, que era el secretario de la Internacional
para los países de habla española, en un artículo formuló
así sus críticas:
1.°) Un análisis inexacto y superficial de la estructura de
clase y de las relaciones de clase antes e inmediatamente después
del 14 de abril.
2.°) Durante la Dictadura de Primo de Rivera, el partido ha llevado
a cabo una política sectaria, ha estado aislado de las masas... El
partido ha sido cogido de improviso por la caída de la monarquía;
no ha visto en esto más que un cambio de fachada, y al principio ha
negado incluso que la revolución democrático-burguesa hubiera
comenzado.
3.°) El partido, que no comprendía su propio papel ni el del
proletariado lanzó consignas erróneas como la de ”¡ Abajo
la República burguesa! ”
4.°) La subestimación y la negligencia de la acción sindical
ilegal durante la dictadura... la creación prematura de pequeños
sindicatos rojos y el desprecio absoluto de la táctica del frente
único.
5.°) Este cuadro deplorable está completado por toda una serie
de faltas y debilidades: subestimación de la lucha por las reivindicaciones
inmediatas, negligencia de la acción entre las mujeres (fábricas
textiles), ayuda insuficiente a la juventud (el trabajo de los niños
está extremadamente extendido), trabajo insuficiente en el ejército,
ausencia de todo trabajo entre los obreros y campesinos de Marruecos”.
Como puede comprobarse fácilmente, a excepción de la última
parte del párrafo 5.°, formulado con un desconocimiento completo
de las posibilidades del partido en aquella situación, cuya debilidad
se derivaba de toda la falsa política que había llevado a
cabo hasta entonces el CE de la Internacional, las críticas hechas
en el anterior documento eran idénticas a las que habían ido
manifestando la Izquierda Comunista y Trotsky. Sin embargo, en cada escrito
de la Internacional se señalaba como otro de los errores del grupo
Bullejos el no combatir con suficiente energía y constancia al ”trotskismo
contrarrevolucionario, aliado a la burguesía española”.
Y esta acusación no era menos falsa, porque la dirección
bullejista en este terreno incluso superaba a Moscú en calumnias;
pero las injurias no tenían el menor eco en el movimiento obrero
español, y esto era lo que exasperaba a la Internacional.
Lo que ocultaba el escritor anterior, como después también
la ”carta abierta” del CE de la Internacional, es que esta política
había sido impuesta a la dirección
española por la misma Internacional, y que pocos días antes
de emprender francamente la ofensiva, una resolución del propio CE
de la Internacional decía: ”Esta dirección (la de Bullejos)
que ha dado ya numerosas pruebas de heroísmo en la lucha revolucionaria,
tiene toda nuestra confianza. El CE de la IC aprueba sin reservas la política
seguida por la dirección del PC de España.”
¿Cómo podía explicarse, pues, este cambio en la Internacional
con respecto al equipo Bullejos? La Internacional staliniana no podía
engañarse nunca ni reconocer los errores. Era la norma. Los delegados
que la representaban en España informaban de la situación
catastrófica del partido y buscaban afanosamente una dirección
de recambio. Cuando la táctica que había impuesto a una dirección
nacional conducía a la ruina, era la dirección la responsable,
no la Internacional. Era necesario liquidar al grupo dirigente español,
y se llevó a cabo la maniobra. Estaba previsto que ante una situación
revolucionaria en la que la IC había cometido profundas faltas, sería
sacrificada la dirección nacional para salvar a la Internacional.
Stalin sacrificaba siempre a sus criados cuando él fracasaba. Había
también otro problema importante, al que me referiré después,
y que la Internacional consideraba muy grave para su hegemonía.
Cuando después, antes de su viaje de exclusión, estuvieron
en Moscú los cuatro dirigentes máximos, Bullejos, Trilla,
Adame y Vega, tuvieron que sufrir incluso ataques personales de Manuilski,
que ya había comenzado a interesarse por los asuntos españoles.
A través de sus acusaciones se prueba que el criterio mantenido por
el jefe de la IC no era nada diferente del que había desarrollado
el equipo Bullejos, teniendo como resultado un gran desastre.
A pesar de reconocer la debilidad del partido, fijaba como tarea constituir
los soviets, aconsejaba la disolución del Comité de Reconstrucción
Sindical y reemplazarlo por un Comité de Unidad Sindical, que tenía
el mismo alcance de escisión, proponía toda una serie de realizaciones,
totalmente demagógicas y desproporcionadas.
Pero como se trataba también de combatir a una dirección
que escapaba a su mandato, y que se defendía e incluso atacaba, la
principal preocupación era desacreditarla y el primer argumento acusatorio
se basaba en que había trasportado las ideas anarquistas al interior
del partido; no era la primera vez que se decía esto de los españoles,
porque, en verdad, desde la construcción de la sección española
siempre se calificó al partido de anarquizante. Dirigiéndose
a los delegados Manuilski se manifestó así: ”Porque, camaradas
de la delegación española, os lo digo claramente, estoy un
poco decepcionado de vuestro informe. Es la segunda vez que hacéis
un informe ante nosotros y parece que nos tratáis como ignorantes
completos.” Si esta hubiera sido la intención, no habría estado
mal del todo.
Al mismo tiempo hacía algunas justas observaciones, como ésta:
”Nos decís que en Jaén hay 5.000 obreros que quieren ingresar
en el partido, pero que no hay carnets, y que lo mismo sucede en Sevilla,
yo os pregunto por qué entonces el camarada Bullejos sólo
ha obtenido 3.400 votos.”
O como esta otra: ”Hemos hablado de democracia y hacemos bien, porque entre
vosotros existe un estado de caciquismo en el partido. En cada región
hay un cacique que dirige el partido sin tener relaciones con el Comité
Central. Y a esto lo llamáis partido. Existe un cacique en Bilbao,
otro en otra provincia, etc., pero esto no es un partido.”
Realmente el representante de la Internacional staliniana no era el más
autorizado para hablar de un régimen de democracia interna, pero
expresaba bastante bien la política de engaños con que el
equipo Bullejos informaba a la Internacional, y de lo que he dado anteriormente
dos ejemplos muy característicos.
Por fin, el 27 de enero de 1932, ”La correspondencia Internacional”, ante
la celebración del IV Congreso del PCE, publicó una extensa
”carta abierta” a todo el partido, que en realidad era un documento completamente
contradictorio. El Buró Político no dio a conocer dicha carta
al partido, francamente la saboteó. Fue conocida públicamente
porque fue publicada por un diario burgués de Madrid, según
se sospechó facilitada por un delegado de la Internacional. La carta
no fue ampliamente discutida en la base del partido, a excepción
de algunos Radios de Madrid, donde la Izquierda Comunista tenía influencia.
El Congreso se reunió el 17 de marzo de 1932 en Sevilla, porque allí
era más fuerte el partido y más incondicional del Buró
Político. Este supo imponerse, se defendió y acusó,
y fue de nuevo reelegido, principalmente porque los delegados de la Internacional
no tenían aún un equipo de recambio que ofrecer.
Pero la crisis en el partido surgió de nuevo a los pocos meses,
no por la presión de la base, sino por la del CE de la Internacional.
Y la causa fue, o más bien el pretexto, la actuación determinada
por la intentona reaccionaria del general Sanjurjo el 10 de agosto de 1932,
en Sevilla precisamente. Volviendo por un momento a la realidad de la situación,
el partido había dado como consigna a los trabajadores la de ”Defensa
de la República”, porque no tenía fuerza para más,
y porque el propio hecho de la insurrección militar mostraba el peligro
de la contrarrevolución. Los delegados de la Internacional en España
no estuvieron conformes con esta posición, creían que el partido
debía haber ido más lejos en sus aspiraciones. He aquí
las principales acusaciones: ”El partido ha señalado la necesidad
de hacerse fuertes en los barrios obreros, de transformar cada casa en una
ciudadela, es decir, ha señalado la necesidad de la defensa sin hacer
resaltar la necesidad de una contraofensiva rápida y enérgica.
La organización comunista de Sevilla no ha hecho los esfuerzos necesarios
para entrar en contacto con los soldados vacilantes, para desarmar con ello
a la guardia civil, para crear un soviet de obreros y soldados.”
El propio José Bullejos, en su libro Europa entre dos guerras, publicado
en México en 1945, qué tiene un evidente acento de sinceridad
y que está escrito sin acritud, ponderadamente, expone lo sucedido
en la reunión del Buró Político en que se trató
la cuestión.
”La sublevación militar de Sanjurjo en Sevilla en el mes de agosto
de 1932, provocó la crisis interior del partido español, que
culminó con la ruptura entre el Buró Político y la
Internacional, y nuestra expulsión posterior. El 10 de agosto llegaban
a Madrid noticias de que la guarnición de Sevilla se había
pronunciado, al mando de Sanjurjo, contra el gobierno de la República...
”Esta vez los miembros del secretariado del partido que estábamos
en Madrid, Astigarrabía, Etelvino Vega y yo, no quisimos repetir
las faltas extremistas que el 14 de abril se cometieron, y en el manifiesto
redactado por mí después de analizar las causas de los sucesos,
que atribuíamos a la política de contemporización del
gobierno, lanzamos la consigna de ”Defensa de la República”. Con
esta misma directiva táctica marchó Etelvino Vega a Sevilla
la noche del 10 de agosto. Lo sucedido en Sevilla no dejaba en muy buen
lugar a la organización del partido. Pese al predominio de ésta
en aquella ciudad, los acontecimientos más decisivos se habían
desarrollado bajo la dirección de la CNT y de los republicanos.
”Días después celebraba reunión el Buró Político
para examinar la situación creada por los recientes sucesos. La delegación
de la Internacional reiteró sus declaraciones de que los acontecimientos
del 10 de agosto confirmaban su punto de vista respecto a que el enemigo
principal de la revolución no eran los monárquicos, sino el
gobierno de Azaña y el Partido Socialista. A estas afirmaciones opuse
mi punto de vista favorable a un cambio de política en el partido.
La reacción se había demostrado demasiado poderosa el 10 de
agosto, y había que hacer pasar a plano preferente la lucha contra
ésta. No se trataba de apoyar incondicionalmente al gobierno de Azaña,
sino de provocar una coalición de todas las fuerzas democráticas
populares sobre las bases de un programa revolucionario de defensa de la
República, que comprendiera en primer lugar el desarme militar, político
y económico de to dos los elementos reaccionarios. El Buró
Político, con la sola excepción del Secretario de Organización,
Hurtado, y de Mije, que asistía en representación del Comité
de Unidad Sindical, compartió mi punto de vista. Al día siguiente,
en vísperas de marchar a Moscú, adonde debía acudir
por mi calidad de miembro del Comité Ejecutivo para asistir al Pleno
Ampliado de la Internacional, la delegación del Comité provocó
inesperadamente una reunión del Buró Político para
exigir que éste se pronunciara acerca de una resolución en
la que se nos tildaba de contrarrevolucionarios, si no accedíamos
a rectificar el acuerdo y la posición adoptada el día anterior.
Antes de discutir la proposición, Adame, Vega y yo presentamos la
dimisión de nuestros cargos, no aviniéndonos a discutir una
proposición que de rechazarse entrañaba la ruptura pública
con la Internacional, y de aceptarse exigía nuestra baja en el partido,
ya que, después de aprobada, nuestra dignidad revolucionaria no nos
permitiría permanecer ni un sólo minuto en la organización.”
A las pocas semanas el equipo Bullejos, Adame-Trilla-Vega, era expulsado
del partido, después de haber sido todos ellos separados previamente
del Buró Político. Pero dejamos de nuevo la palabra a Bullejos
que, en la misma obra ya citada, explica cómo la crisis se abrió
de manera violenta en el interior de la dirección:
”En realidad, los sucesos de agosto de 1932 fueron la causa accidental,
pero no la única, ni siquiera la más importante, de la crisis.
Hacía tiempo que se habían manifestado profundas discrepancias
entre nosotros y el CE de la IC, y más particularmente con su delegación
en España. La principal consistía, sin embargo, en las relaciones
entre la dirección nacional del partido y la delegación. Durante
varios años nos habíamos obstinado en mantener el Buró
Político en un plano no de independencia como se nos imputó,
sino de relativa autonomía respecto a la dirección de sus
actividades. Considerábamos que la responsabilidad plena de la política
del partido recaía en nosotros, y nos negábamos en consecuencia
a desempeñar el papel subalterno que la Internacional pretendía
asignarnos. Las diferentes delegaciones lucharon sin éxito para imponernos
su hegemonía absoluta y limitar las atribuciones del BP del partido
a simples funciones auxiliares. A partir de la proclamación de la
República, esta lucha se acentuó. La Internacional tomó
determinadas medidas de organización y políticas contra nosotros,
encaminadas a debilitar la influencia que se nos atribuía al partido.”
Llamamos a Moscú para tratar los problemas españoles, Bullejos
relata las entrevistas en estos términos: ”Durante un mes y en un
ambiente de hostilidad mutua, discutimos los problemas de la revolución
y, principalmente, las causas que determinaron nuestra separación
del BP. La imputación más grave que se nos hizo en el orden
táctico fue nuestra consigna de "Defensa de la República".
En este punto, el Ejecutivo de la Internacional compartía el criterio
de su delegación en España de que la lucha debía orientarse
no contra la reacción sino contra Azaña y los socialistas.
Nuestras posiciones eran irreductibles, y por lo tanto nuestra expulsión
inevitable. Sin embargo, una gestión conciliadora por parte del Ejecutivo
pareció dar buenos resultados. Se nos propuso la incorporación
de Adame al Ejecutivo de la Profintern, la permanencia de Vega en una Academia
de Moscú y mi reincorporación al cargo de secretario general
del partido... Cuando el Secretariado de la Internacional preparábase
para aprobar los acuerdos llegó a Moscú la prensa española.
En el órgano del partido, entonces "Frente Rojo", y en lugar preferente,
se publicaba una resolución del comité del partido condenando
nuestra actitud política y acusándonos de escisionistas y enemigos
de la Internacional... A los pocos días, el secretariado de la Internacional,
reunido en sesión plenaria, acordada nuestra expulsión del
partido.”
Inmediatamente de expulsado el equipo Bullejos, e instalado el nuevo grupo
dirigente, comenzaron las sumisiones debidamente ”trabajadas” de todos los
que en el Comité Central habían sido sus mejores sostenedores.
Vale la pena recordar la posición de ”Pasionaria”, que había
sido una de las más incondicionales del ”grupo sectario” o ”grupo
traidor”, como se le denominaba indistintamente. Primeramente, escribió
en ”Frente Rojo” un artículo en el que se le escapó una expresión
lamentando ”la expulsión de los antiguos camaradas”. Esto no satisfizo
al nuevo BP, que exigió de ella una condenación más
neta y más terminante. Entonces, Dolores Ibarruri hizo una declaración,
en la que decía:
”Ahora bien, ¿son solamente los componentes del grupo los culpables
de que el partido no haya tenido la dirección del movimiento revolucionario,
retrasando así la descomposición del régimen y fortaleciendo,
por tanto, aunque momentáneamente, las posiciones de la burguesía
y de los terratenientes? Con franqueza bolchevique digo que no: aunque la
responsabilidad más grande le quepa al grupo, yo y conmigo todos
los que componíamos el Comité Central tenemos una parte de
responsabilidad por haber sido débiles, por haber sido cobardes,
por habernos prestado a ser comparsas del Comité Ejecutivo sectario.”
”Pasionaria” es maestra en el oportunismo táctico y parece educada
en una escuela de cinismo.
Por su parte, José Díaz, el nuevo secretario general, comentó
la expulsión diciendo: ”Se echa a cuatro hombres, pero los trabajadores
vendrán por docenas de millares a combatir bajo la roja bandera del
PC Español.”
Y en la arena internacional se desencadenó toda la artillería
pesada para combatir al ”grupo”. Hubo una resolución de todos los
principales partidos europeos, llena de denuestos y calumnias. André
Marty, el de los tristes destinos y que no se paraba en barras, escribió
en ”L'Humanité”: ”El grupo traidor, que se había pasado hacía
tiempo al campo enemigo, se ha puesto frente a la Internacional, y con ello
demuestra su naturaleza de agente enemigo”. Y a continuación agregaba
lo más fuerte: ”su expulsión será acogida por los que
luchan y mueren por nuestra causa gloriosa, con entusiasmo, desde Bombay
a Varsovia, y de Berlín a Shangai”.
Ciertamente, toda la política del partido bajo la dirección
de Bullejos había sido de puro aventurerismo, sin tener en cuenta
las etapas de la revolución, sobrevalorando su fuerza respecto a las
tareas a llevar a cabo, inutilizando incluso a los militantes en acciones
esporádicas sin sentido, y estableciendo un régimen interno
de la más completa arbitrariedad. Pero esta dirección había
sido avalada y aprobada durante un largo período por la propia Internacional,
era verdaderamente la política de ésta, que incluso tenía
la responsabilidad de la escisión sindical al haber aconsejado la
constitución del Comité de Reconstrucción. Manuilski
era su máximo exponente, y es conocida su expresión: ”una revolución
en España tiene menos importancia que una huelga económica
en cualquier país”.
Fue solamente después de algunos meses de proclamada la República,
ante los grandes movimientos huelguísticos y de masas, cuando la
Internacional concedió envergadura a los hechos españoles.
Pero al mismo tiempo, con sus defectos y terribles errores, la dirección
de Bullejos era independiente en sus determinaciones, como ya hemos dicho.
Las sugestiones, las indicaciones de los delegados de la Internacional,
que con frecuencia viajaban por España, eran aplicadas solamente
en el mismo grado en que coincidían con el criterio del equipo bullejista.
Era la época en que, por lo menos en España, los dirigentes
no estaban aún todos vinculados a la función política
por una dependencia económica, por lo que al abandonar su situación
no temían el porvenir personal ni retornar al trabajo, y no habían
hecho de la calidad de dirigentes un empleo. En resumen, no se había
ultimado todavía la transformación de los revolucionarios profesionales
en burócratas sin independencia. Bullejos admitía el stalinismo
para su aplicación en el interior del partido, pero no lo aceptaba
contra él.
Para la Internacional, cuando descubrió el proceso revolucionario
español, el primer interés fue domesticar una dirección
nacional que frecuentemente escapaba a su disciplina. Era un hecho insólito
porque todas las otras direcciones de Europa estaban ya totalmente sometidas
a su mandatos. Y ésta fue, en realidad, la verdadera significación
del grupo Bullejos. Con ellos se acabó con la determinación
de la táctica política por la dirección nacional, y
se estableció el imperio de los delegados de Moscú, la omnipotencia
de Codovila, Togliatti, Geroe, etc.; se acabó con lo que ellos llamaban
”el espíritu anarquista de los comunistas españoles”. Los
expulsados no realizaron después ninguna acción independiente,
porque la base del partido les abandonó totalmente, harta de tanta
arbitrariedad e irresponsabilidad.
El nuevo equipo, el de José Díaz, que dirigió desde
1932 el partido, seguía una táctica similar a la del ”grupo
sectario”, porque en su extremismo era la misma de la Internacional. Esto
se demostró en la crisis gubernamental de mayo de 1933, en que volvió
a formular la consigna de ”todo el poder a los soviets”, precisamente cuando
la reacción comenzaba, una vez reorganizada, a atacar y el peligro
era más grave. El 14 de abril de 1931 no había soviets, el
partido no tenía fuerza y la consigna de dictadura del proletariado
circulaba en el vacío, en medio de la indiferencia de las masas. En
mayo de 1933 era igualmente improcedente. Pero es que seguía la misma
táctica de no analizar cada situación, que entonces era muy
fluida, de no explicarse políticamente, día a día, la
evolución que seguían los acontecimientos. Para la nueva dirección,
en 1933 el eje del fascismo era el gobierno republicano-socialista. El método
marxista de interpretación se sustituía por la frase hecha.
Al mismo tiempo no se daba una consigna verdaderamente tangible como hubiera
sido entonces la de que los socialistas asumieran la totalidad del poder,
responsabilizándose ante los trabajadores. Por una vez me permitiréis
que me cite. En aquella ocasión, expresando la opinión de
la Izquierda Comunista, escribí lo siguiente en la revista ”Comunismo”:
”El socialismo, desgraciadamente, en la época actual todavía
ejerce una gran influencia sobre la clase obrera. Su influencia sobre los
explotados es mucho mayor que la de los propios partidos comunistas. La
principal tarea es arrebatarles esta fuerza, haciendo que descubran cada
vez más claramente toda la falsedad de su socialismo. Para esto no
es posible establecer como táctica la que sólo pueda alcanzar
a los ya convencidos. Es necesario que comprenda esta verdad el núcleo
principal de la masa que sigue a la socialdemocracia. Si la burguesía,
para inutilizar al socialismo desde el punto de vista obrero, compromete
a sus dirigentes en la colaboración en los gobiernos burgueses, ¿por
qué el PC por motivos totalmente diferentes, claro está, no
puede utilizar un procedimiento similar obligando al Partido Socialista
a que recoja solo la totalidad del poder para que se descubra en toda su
traición?”.
Me extiendo demasiado, y es imposible que me refiera a cada acontecimiento,
a cada decisión adoptada, porque al mismo tiempo sería necesario
interpretar y explicar cada situación, en momentos en que ésta
cambiaba cada día, y exponer su carácter, dado que sería
interesante establecer por contraste todos los errores cometidos. Pero en
los primeros tiempos de su hegemonía, la dirección de José
Díaz prácticamente no cambió en los hechos su orientación.
La confirmación de esta orientación quedó comprobada
con la actitud del Buró Político de José Díaz
a propósito de las Alianzas Obreras. Éstas surgieron a raíz
de las elecciones generales de 1933, como consecuencia de la necesidad que
inmediatamente sintió la clase trabajadora de ofrecer a la reacción
un bloque compacto. Surgió también porque las minorías
que las integraban (Izquierda Comunista y Bloque Obrero y Campesino), quisieron
someter a un acuerdo concreto las declaraciones que los más caracterizados
dirigentes socialistas hacían en pro del frente único. El
Partido Socialista se había opuesto reiteradamente a esta conjunción,
pero, bajo la influencia de Largo Caballero, terminó aceptando la
creación de las Alianzas.
En el mes de diciembre de 1933, se constituyó en Barcelona la primera
Alianza Obrera. El manifiesto de fundación, después de exponer
]os peligros que corría la situación española, decía:
”Para impedirlos, aquí estamos nosotros. Las entidades abajo firmantes,
de aspiraciones y tendencias doctrinales diversas, pero unidas en un común
deseo de salvaguardar todas las conquistas conseguidas hasta hoy por la
clase obrera española, hemos constituido la "Alianza Obrera" para
oponernos al entronizamiento de la reacción en nuestro país,
para evitar cualquier intento de golpe de estado o la instauración
de una dictadura, si así se pretende, y para mantener intactas, incólumes,
todas aquellas ventajas conseguidas hasta hoy, y que representan el patrimonio
más estimado de la clase obrera.”
El manifiesto estaba firmado por: Unión General de Trabajadores,
Vilà Cuenca; Unió Socialista, Martínez Cuenca; Izquierda
Comunista, Andrés Nin; Bloque Obrero y Campesino, Joaquín Maurín;
Partido Socialista Obrero Español, Vidiella; Sindicatos de Oposición,
Angel Pestaña, y Unió de Rabassaires, J. Calvet.
Al reproducir este manifiesto, ”El Socialista” lo hizo preceder del siguiente
comentario: ”Reproducimos con el mayor gusto el manifiesto que las fuerzas
de Cataluña han dirigido al proletariado, de cara a los acontecimientos
políticos de estos días. Socialistas, comunistas y "treintistas"
se unen leal, fervorosamente, para cortar el paso al fascismo. El ejemplo
de los camaradas de Cataluña debe tener sucursales en toda España.
Es preciso organizar el ataque y la defensa con toda prisa. Se aproximan
días de prueba para nuestra causa de proletarios. Nadie puede negarse
a intervenir en ellos. ¡Atención al manifiesto de nuestros camaradas
de Cataluña! ”
Efectivamente, tuvo ”sucursales”. En Asturias, Valencia y Madrid se constituyeron
también las AO. El 6 de mayo de 1934, se hizo público en Madrid
el siguiente comunicado, que tiene un gran interés recordar porque
daba satisfacción a la situación del momento:
”La experiencia de dos años de régimen republicano ha demostrado
a la clase trabajadora que nada puede esperar de la burguesía y de
sus organizaciones coactivas, como no sea represión si se rebela
y hambre y dolor si no se somete.
”Esta experiencia ha llevado al proletariado al convencimiento de la necesidad
de crear el arma eficaz para defenderse de las arremetidas cada día
más brutales de la reacción y la burguesía y, en su
momento, poder dar la batalla definitiva.
”Esta arma sólo puede ser la unión de todos los explotados.
Consecuentes con este criterio, varias organizaciones políticas y
sindicales: Partido Socialista (Agrupación de Madrid), Administrativa
de la Casa del Pueblo, Sección Tabaquera de Madrid, Agrupación
Sindicalista, izquierda Comunista y Juventud Socialista, han constituido
la Alianza Obrera, organismo que tiene por finalidad, en primer término,
la lucha contra el fascismo en todas sus manifestaciones y la preparación
de la clase trabajadora para la implantación de la República
Socialista Federal en España, como condición indispensable
para su total liberación.”
Esta determinación de las organizaciones de Madrid sirvió
para dar un gran impulso a las AO, dado que en Madrid se encontraban las direcciones
nacionales del Partido Socialista y de la Unión General de Trabajadores,
y que servía de ejemplo para las secciones de provincias. Sin embargo,
de ellas estaba ausente el Partido Comunista, que las calificó primeramente
nada menos que de ”Santa Alianza de la Contrarrevolución”.
Invitados los comunistas a la reunión celebrada en Madrid para su
constitución, se presentó una delegación que, después
de pronunciar un discurso lleno de improperios, se retiró de la reunión
por no querer hacerse cómplice, según sus propias palabras,
de ese ”intento contrarrevolucionario”.
Explicando el porqué se opuso el partido en un comienzo a las AO,
se expresó así José Díaz en unas declaraciones
que eran un verdadero galimatías: ”Era algo que se creaba para impedir
el desarrollo del frente único, como una cosa estrecha y sin principios
para evitar que los obreros siguieran al PC. La contestación que
daba el Partido Socialista a nuestras proposiciones de frente único
era que, si lo deseábamos, ingresásemos en las AO, pero, como
éstas no eran aún órganos de frente único, proponíamos
que en ellos pudieran ingresar los anarquistas, los sindicatos autónomos,
los obreros desorganizados y los campesinos”.
Era evidente que no se cerraba la puerta a nadie, y la prueba estaba en
que se había invitado muy insistentemente al PC. En lo que se refería
a los anarquistas, la Federación de la CNT de Asturias pertenecía
a ella. Y en todas las otras federaciones había corrientes muy favorables,
y se discutía apasionadamente sobre la adhesión o no. En Madrid
mismo, el dirigente anarquista de mayor valor, Orobón Fernández,
propagaba su necesidad.
Para ”Pasionaria”, en su llamada Historia del Partido Comunista de España,
la causa inicial de la oposición del partido a las AO era debida
”a que llevaban en su propia esencia una contradicción que anulaba
su eficacia: la ausencia en esa Alianza de los campesinos; la negativa en
el fondo a reconocer a los campesinos como una de las fuerzas motrices de
la revolución española”.
Lo que era igualmente falso, porque en la AO de Cataluña figuraba
la Unió de Rabassaires, y la Federación de Trabajadores de
la Tierra era completamente favorable a las AO. Tanta contradicción,
tanta maniobra, no exige de mi parte comentarios. Pero el fondo del problema
estaba en que el PC deseaba una unión más limitada de lo que
él calificaba a las únicamente entre el Partido Socialista
y él. O, en el caso de que esto no fuera hacedero, la integración
de todos sus organismos fantasmas: los Amigos de la URSS, los obreros desorganizados,
las Mujeres Antifascistas, los Intelectuales Antifascistas, el Comité
de Unidad Sindical, los pioneros, etc., pero al mismo tiempo la eliminación
de la Izquierda Comunista y el Bloque Obrero y Campesino, que formaban parte
de las cuatro organizaciones principales de las AO: Asturias, Barcelona,
Madrid y Valencia.
Pero, comprendiendo después que habían quedado al margen
de un gran movimiento revolucionario y popular, un pleno extraordinario
del CC, poco antes de estallar la insurrección asturiana de 1934,
acordó ingresar en ellas, ”pero, decía la resolución,
donde los delegados sean elegidos democráticamente por asambleas
de obreros”. Era una manera de salvar la cara. Y, después de haber
desaparecido las AO, otra resolución invitaba a ”hacer de las AO el
eje de toda la actividad política de nuestro partido. Dotar a estas
AO de un programa de lucha, convertirlas de hecho en nervios vitales de todo
el movimiento de frente único de los obreros y campesinos”.
Desgraciadamente, las AO fueron al poco tiempo liquidadas prácticamente
por el Partido Socialista, y en su vanguardia las propias Juventudes Socialistas,
campeonas de la frase revolucionaria demagógica y del oportunismo
político más desenfrenado. Estimaron que habían ido
demasiado lejos haciendo concesiones a las otras fuerzas obreras, se consideraban
las determinantes de la situación, se situaban en un terreno ultimatista
defendiendo el criterio de que todo el mundo debía ingresar en el
Partido Socialista, ”partido de la revolución española”. Publicaron
las JJSS un folleto destinado exclusivamente a combatir a las AO, principalmente
a la de Madrid, centro y dominio total del PS. En este folleto, ”Octubre”
se titulaba, las JJSS acusaban a la AO madrileña de haber intervenido
en la huelga de metalúrgicos y de haber desencadenado la huelga general
del 8 de setiembre. Eran empresas que se reservaban los jóvenes socialistas,
que no hacían más que gritar y que no desarrollaban ninguna
acción coordinada. El Partido Comunista seguía propagando
las AO, sin gran calor tampoco, porque preparaba ya el viraje hacia el Frente
Popular.
A mediados de 1935, se celebró en Moscú el VII Congreso de
la Internacional Comunista. Fue el de la culminación del proceso
de degeneración del comunismo oficial internacional, el gran viraje
hacia la táctica de los Frentes Populares. Dimitrov propuso modificar
la táctica y hasta la estrategia de los PC. Era necesario establecer
un sistema flexible de alianza, no sólo con los Partidos Socialistas
y las otras organizaciones obreras, sino también con los partidos
democráticos de la burguesía. Era preciso luchar por la democracia
en general y por los intereses nacionales de cada país. Los comunistas
empezaron a aplicarse desde entonces el título de patriotas y no de
revolucionarios.
Naturalmente, el PC español emprendió en seguida su transformación
de lobo ultrarrevolucionario en pacífica oveja democrática,
y sincronizó su acción en virtud de orden. Inmediatamente
de conocidos los acuerdos de Moscú, el Buró Político
español dirigió una carta al Partido Socialista proponiendo:
realizar la unidad sindical mediante el ingreso de la CGTU (creación
artificial del PC) en la UGT, desarrollar las AO, crear el Bloque Popular,
marchar hacia la unidad orgánica de los dos partidos. Se renunciaba
al Frente Único de los Trabajadores por el Frente Popular.
Dos hechos habían transformado ya entonces el ambiente revolucionario
español: la conversión de Largo Caballero, máximo líder
del Partido Socialista, hacia posiciones revolucionarias, y la agitación
de las Juventudes Socialistas. Dos movimientos que no contribuían
mucho a aclarar la lucha política hacia el socialismo, que se destacaban
por un falta absoluta de interpretación de la situación y
de programa, pero que servían para caldear terriblemente los espíritus.
El viejo líder socialdemócrata Largo Caballero, de muy buena
fe y como una especie de iluminado, no se puede negar, había asumido
una función superior a su formación teórica e incluso
a su capacidad mental. Sus colaboradores más íntimos no estaban
mejor dotados que él. El hombre un día descubría que
Marx y Engels habían escrito el Manifiesto Comunista y en un mitin
leía grandes párrafos de él. Otro día hacía
de Júpiter tronante y decía en un acto: ”Los acontecimientos
van precipitando el desenlace del capitalismo español. Estamos a
las puertas de una acción de tal naturaleza que conduzca al proletariado
a la revolución social. De los jóvenes es la tarea de fortalecer
a los indecisos y de apartar a los elementos pasivos que no sirven para
la revolución”. (Grandes aplausos, agregaba la reseña de ”El
Socialista”.)
Los comunistas comprendieron muy bien el partido que podían sacar
de este hombre. Inmediatamente le bautizaron con el nombre de ”Lenin español”,
que le halagaba bastante, y trataron de hacer de él el canal para
llegar a la unificación de los dos partidos obreros. Consciente o
inconscientemente, más bien convencido de su fuerza determinante,
Largo Caballero les hizo el juego y les concedió una beligerancia
que hasta entonces no habían tenido los comunistas en el movimiento
obrero español.
El caso de las Juventudes Socialistas es típico de cómo en
un período de confusión revolucionaria, sin el verdadero partido
que sepa comprender cada situación y orientarla, puede surgir una
corriente jacobina confusionista. En su propaganda no había más
que gritos y frases, y su órgano era meramente un panfleto. Pero a
la sombra de Largo Caballero y del prestigo de éste, lograron crear
un movimiento de una extraordinaria importancia, al que respondía
la juventud, principalmente la estudiantil, sobre todo en Madrid. El alcance
logrado por su organización, la resonancia que tenía y la no
escasa ambición de sus dirigentes, les hizo proyectar durante algún
tiempo el crear un partido. Primeramente pensaron en la IV Internacional,
el retrato de Trotsky se exhibía en todas sus secretarías,
y su periódico ”Renovación” expresaba una gran simpatía
por él. Después incluso propugnaron una nueva Internacional.
En el gran mitin del Stadium de Madrid, celebrado en setiembre de 1934, Santiago
Carrillo se expresó así: ”Nosotros hemos roto con la II Internacional
porque creemos que ha fracasado. Pero no estimamos que el frente único
se haga en ninguna de las Internacionales existentes. Tenemos que volver
a la Primera Internacional de Marx.” Lo que quería decir con esto
no era muy claro, pero expresaba una ambición, no ya nacional sino
internacional. Durante otra temporada pensaron, nada menos, que en absorber
al Partido Comunista, y sus llamamientos se dirigían a todo el mundo
para que ingresase en el Partido Socialista, que tan poca consistencia demostraba
ante los acontecimientos. ”El Partido Socialista, decía también
Carrillo en 1935, sigue el camino que conduce a la victoria. Las Juventudes
Socialistas están identificadas con él, y sobre todo con su
jefe Largo Caballero, que conducirá al proletariado español
a la victoria.”
¿Por qué proceso interno renunciaron a tanta ambición
pocos meses antes de la guerra civil y decidieron sólo unificarse
con las Juventudes Comunistas? Lo ignoro; el acuerdo fue adoptado después
de viajes a Moscú y de reuniones con los dirigentes de la Internacional
Juvenil Comunista. Pero el hecho es que con esta fusión Santiago
Carrillo y su equipo concedieron al Partido Comunista una gran fuerza de
complemento de que carecía. En realidad, los hechos la demostraron
después, esta aportación fue fundamental para el partido.
No disponiendo las JJSS de verdaderos cuadros formados políticamente,
las Juventudes Comunistas impusieron sus concepciones, su disciplina y su
mentalidad a los neófitos comunistas procedentes del socialismo, que
se convirtieron pronto en fervientes stalinianos, que jugaron un papel esencial
durante la guerra civil. No es menos cierto que tuvieron su compensación
porque colmaron su mayor deseo: hacer su ”carrera política”, desempeñando
altos cargos miliares y de la administración, sobre todo en la policía
y el SIM, y fueron ellos, más que los antiguos comunistas, los que
llevaron a cabo la criminal represión contra las otras tendencias
obreras. El fenómeno de la conversión de los jóvenes
socialistas, su actuación y conducta durante la guerra civil, es algo
que valdría la pena tratar a fondo desde todos los puntos de vista.
Como he dicho, a consecuencia de los acuerdos del VII Congreso de la Internacional,
el PC, bajo la dirección de José Díaz, dio el gran
viraje que fue verdaderamente de 100 grados. Se inauguró la táctica
de las ”cartas abiertas” a los ”camaradas socialistas”, el deseo de discutir
amistosamente, la desaparición del insulto de ”socialfascistas” y
se centró toda la propaganda en torno a la unidad. El artificial Frente
antifascista, creado por unas cuantas organizaciones fantasmas, desapareció
de la circulación y los demócratas burgueses dejaron de ser
”la contrarrevolución”. Se hizo de Largo Caballero, del ”Lenin español”,
el jefe de la inminente revolución. Eran conocidos los defectos de
vanidad del viejo jefe socialdemócrata, y se trataba de halagarlo
para que realizase la política definida por Dimitrov. La política
del Frente Popular no podía encontrar entonces una gran hostilidad
por parte del Partido Socialista (la experiencia ha sido muy grande y los
datos han variado ahora), porque no era más que practicar la misma
táctica que había practicado desde la proclamación
de la República: prestar la colaboración de las masas obreras
y campesinas para realizar la política de la burguesía democrática.
Sin embargo, hay que agregar que el Frente Popular establecido tuvo un
carácter limitado, estuvo reducido de hecho a un Bloque Electoral,
porque el Partido Socialista no quería comprometerse a más.
Eran los comunistas los que en su propaganda le prestaban una trascendencia
que no tenía en los hechos. Largo Caballero seguía su inveterada
conducta de hacer concesiones genéricas verbales, sin darles aplicación.
Ya en 1934, bajo la insistencia de las ”cartas abiertas” del PC, hizo la
concesión de aceptar lo que se llamó Comité Nacional
de Enlace; integrado por el PC y el PSOE, que sucribió como una transigencia,
pero sin efecto práctico alguno. El PC no llegó a lograr ni
siquiera la firma de un solo manifiesto en común. De igual manera,
el Bloque Popular Electoral quedó limitado a la firma de un programa,
con una gran demagogia en sus reivindicaciones, que había sido redactado
por el más conservador de todos los republicanos: Sánchez Román.
Los comunistas, que en realidad hacían sólo de parientes pobres
cerca de Largo Caballero, que decidía por sí, y ante sí,
en aquella situación no hicieron más que firmar el documento
que se les presentó.
El único resultado efectivo del Bloque Electoral fue facilitar,
puede decirse que también por condescendencia de Largo Caballero,
17 diputados al PC, que jamás habría tenido posibilidad de
obtener sin esta ayuda. Pero las elecciones de febrero de 1936 demostraron
también la enorme influencia que había adquirido en cierta
parte de la opinión la reacción antirrepublicana. La diferencia
de votos entre el Bloque Popular y la conjunción de las fuerzas reaccionarias
no fue muy extraordinaria, a pesar de que por una ley electoral favorable
el Bloque obtuvo una gran mayoría. Temiendo más el impulso
revolucionario de las masas obreras que la propia acción de la burguesía,
el Partido Socialista había neutralizado al proletariado primero,
había sido incluso el artesano de la represión contra él
cuando desarrollaba la lucha por sus reivindicaciones y por superar la etapa
democrática burguesa, y después, durante la dirección
de Largo Caballero, había sustituido la eficacia revolucionaria por
la charlatanería demagógica. Todo el desarrollo del PC había
sido una cadena de errores, el ultraizquierdismo de todo el período
de la República, el verdadero aislamiento de la mayoría de
la opinión obrera, le habían restado autoridad e influencia.
El anarcosindicalismo no tenía la menor concepción de la evolución
de la situación, reducía, toda su acción a movimientos
huelguísticos y ”putschs”, y se negaba a toda acción concertada.
Ante el avance de la reacción, antes del 18 de julio, se fueron
librando combates esporádicos, sin concierto ni método, pero
con un gran heroísmo, hasta que estalló la insurrección
militar fascista.
Entonces, durante la guerra civil, el Partido Comunista logró llegar
a la dominación a que había aspirado. Pero no por voluntad
de la clase trabajadora española sino por presiones exteriores, y
no para responder al desarrollo del socialismo sino para servir la política
nacional exterior de la Unión Soviética.
Pero los límites que me había fijado son precisamente hasta
el comienzo de la guerra civil, porque la actuación posterior del
PCE no se puede estudiar sin referirse a cómo estaba implicada internacionalmente
y sin deducir ampliamente todas sus enseñanzas.