La política de los sentimientos
Alrededor de la última película
de Isabel Coixet
Carlos Artola
El cristianismo convirtió la mística del dolor en elemento
omnipresente de su iconografía y su liturgia. Y, sin embargo, carece
de empatía y del suficiente respeto hacia las manifestaciones reales
del dolor. La proliferación de la imagen del crucificado no genera
sensibilidad hacia los torturados, los humillados y los ofendidos. Al contrario,
todo el simbolismo de la tortura de Cristo, la pasión, contribuye
a ocultar que el principal deber de todo ser humano debiera ser limitar,
reducir el sufrimiento existente, el evitable.
El poder religioso no se asienta, como pretende, en los sentimientos humanos
más nobles sino en la sublimación del miedo a la muerte. Y
de dicho miedo surge la soberbia creencia en un mensaje divino y el enmascaramiento
de la suerte de los humanos.
La conciencia de ser mortales es un abismo. Y la religión, recordando
a Castoriadis, es una respuesta falsa, es la opción de la ocultación
del abismo. Todo deísmo aparenta acudir al misterio pero lo hace para
convertir en puerilidad mágica nuestro destino trágico. Acompañando
a toda la prepotencia sacerdotal aparece la indigna pretensión de
que el dolor purifica y tiene poder salvífico.
Los seres conscientes, como mortales, sabemos que la existencia del dolor
es inevitable, pero también que existen innumerables sufrimientos
evitables. Lo demás son mixtificaciones. Los sacerdotes dedican su
vida a difundir el infantilismo entre sus conciudadanos para que en vez de
afrontar de frente su vida, su futura muerte y los sufrimientos que pueden
evitarse, desvíen la mirada. No están comprometidos con la
reducción del sufrimiento sino con su santificación. La inhumanidad
anida en los corazones supuestamente caritativos de quienes creen en la capacidad
del dolor como prueba divina. Teresa de Calcuta llegó a decir, en
una de sus frases más infames, que la pobreza es bella. ¡Malditos
sean quienes ven bella la pobreza y santifican el dolor!
Me vienen a la mente las imágenes de Dreyer, en las que se encuentran
muestras muy depuradas del sentido de la alienación religiosa. El
rostro de Juana de Arco durante su pasión, con su fe suicida frente
a sus bestiales matadores, ¿revela lucidez, la sublimación
del miedo o la fuerza de la superstición? En
Ordet aparece
con una fuerza sobrecogedora la necesidad de lo mágico como fundamento
de la fe religiosa, su hermenéutica del milagro y la incapacidad de
asumir la desaparición. En la magistral
Dies Irae se revela
el aliento de la intransigencia y del crimen colectivo detrás de la
imagen del Cristo rey.
Este preámbulo me lleva a la última obra de Isabel Coixet,
La vida secreta de las palabras, intensa y conmovedora película,
la más notable aportación de dimensión política
de un cineasta español en los últimos años. Construida
a base de sentimientos, forjada en el respeto por el sufrimiento, Isabel
Coixet ha elaborado un relato ejemplar de política de la vida, ilustrativo
de muchas de las necesidades y carencias de nuestro mundo globalizado.
Una misma realidad produce
Dogville y
La vida secreta de las palabras.
Ambas son obras mayores, pero donde Lars von Trier subraya el potencial destructivo
de la comunidad cerrada, Coixet muestra el sentido de una individualidad
creativa y eventualmente generadora de autonomía humana. Dos rostros
posibles de nuestro devenir.
Para mostrar con tanta brillantez la posibilidad de solidaridad humana frente
al sufrimiento evitable, Coixet construye su obra sobre una política
de los sentimientos. Muy influida por el excelente cine de Wong Kar Wai,
es posible encontrar ecos lejanos de la alegría de
Chunking Express,
pero también de la admirable y oscura
Happy together. Película
de sentimientos y de medios hostiles, como acertadamente ha señalado
John Berger, Coixet ha conseguido dominar la dramaturgia de una verdad fílmica
que trasciende cualquier academicismo.
Cierto que vivimos tiempos con sombras. Cierto que abundan las almas grises.
Cierto que nos enfrentamos a la creciente pérdida del sentido individual
y colectivo de la sociedad en que vivimos.
Sin embargo, ¿cómo viven los individuos su individualidad?,
¿de cuántas maneras es posible mirarla? Algunos ejemplos cinematográficos
a mano: Allen, Coixet, Fassbinder. Sesgos distintos que complementan preguntas
comunes.
Match point, la última película de Woody Allen, nos
habla de la situación de la razón sentimental de los ganadores
en la era del individualismo neoliberal. En la película de Coixet
nos acercamos a los perdedores de ese mismo orden.
Y nos acordamos de Fassbinder, de cuya lamentable desaparición se
cumplen ya treinta años. El DVD, como en el caso de Dreyer, nos permite
descubrir su absoluta vigencia. Para Fassbinder el poder se sitúa
en el centro más íntimo de las relaciones humanas; pensemos
en la extraordinaria
Las amargas lágrimas de Petra von Kant
o en
Effi Briest. Coixet muestra, sin embargo, que las relaciones
humanas también pueden impulsar la fuerza de los débiles para
enfrentar otros poderes siniestros y ajenos, para comprometerse con un mundo
mejor desde la autonomía de los individuos. Algo que creo que Fassbinder
hubiera compartido.
Decía Philip K. Dick que la realidad es lo que sigue existiendo aunque
dejemos de creer en ello. Pese a la degradación a la que los agentes
del capitalismo global someten a la condición humana, y a su intenso
programa para convencernos de la imposibilidad de un mundo mejor, la apuesta
subsiste. La posibilidad de una humanidad capaz de unirse para reducir el
sufrimiento es algo que ni ha desaparecido ni va a desaparecer de nuestro
imaginario colectivo. Mientras emerjan nuevas imágenes y voces, como
aquellas que nos aporta Isabel Coixet, hay señales de esperanza de
que esa posibilidad se haga un día realidad.