Entrevista a Daniel Bensaid
Daniel Bensaïd es profesor de filosofía
en la Universidad de París VIII. Formó parte del movimiento
del 22 de marzo de 1968 en la facultad de Nanterre, que luego se convirtió
en el famoso Mayo francés, quizás la más importante
huelga general obrera de la segunda mitad del siglo XX en Europa. Fue uno
de los fundadores de las Juventudes Comunistas Revolucionarias y de la Liga
Comunista Revolucionaria, de la cual siempre ha formado parte. Acaba de presentar
en Chile su libro Clases, plebes, multitudes (Palinodia) en el que
revisa el panorama actual de los movimientos sociales y el rumbo que su resistencia
está tomando, particularmente en América Latina. Esta entrevista
la realizó Ximena Jara en abril para la revista chilena El
Mostrador (21-4-2006).
-Usted plantea que el altermundialismo es una inspiración utópica
que admite muchos universos posibles. Por contraposición, sin embargo,
no ha definido su proyecto. ¿Es funcional un proyecto político-social
que no procura el poder y que no está delineado?
-Hay que ver. Cuando se inició la contrarreforma liberal en los 80
–con Thatcher y Reagan—, el movimiento social se encontró desorientado.
Esto es un primer paso de resistencia y reorganización de los movimientos
sociales, y es más de convergencia que de alternativas. En apenas
siete años, ha recorrido bastante camino, cristalizando el movimiento
altermundialista en torno a consignas como “el mundo no es una mercancía”
y similares, que expresan rechazo al sistema. Y si bien es un momento que
no ha agotado sus potencialidades, porque el movimiento que sigue extendiéndose,
es cierto que -sobre todo en América Latina- el altermundialismo empieza
a sentir sus límites: la resistencia social es un punto de partida,
pero no un punto de llegada cuando se encuentra con el problema del poder.“La
retórica de John Holloway, de pretender cambiar el mundo sin tomar
el poder, me parece totalmente mágica y vacía, porque el poder
existe; se puede pretender ignorarlo, pero él no va a ignorar a los
demás.”Creo que es importante mantener un marco comunitario, pero
sabiendo que hay varias opciones, desde quienes sólo quieren corregir
los defectos del sistema hasta quienes quieren volver a políticas
de Estado benefactor. Es difícil pensar las nuevas condiciones de
lucha para el poder, pero creo que más vale reconocer que estamos
en un momento de transición, donde hay que repensar muchas cosas,
que teorizar el momento negando que el problema existe. En ese sentido, la
retórica de John Holloway, de pretender cambiar el mundo sin tomar
el poder, me parece totalmente mágica y vacía, porque el poder
existe; se puede pretender ignorarlo, pero él no va a ignorar a los
demás.
-Las fases por las que atraviesa el altermundismo en Europa y Estados Unidos
son distintas. En Bolivia, por ejemplo, el movimiento que sustenta a Evo
Morales tiene consenso respecto de lo que se rechaza, pero no de lo que se
busca. Eso puede generar un problema en la toma de decisiones, es un riesgo.
-Es un riesgo. Es un paso positivo, puesto que hubo muchas rebeliones que
derrocaron tres gobiernos, hasta ganar las elecciones. Eso demuestra que
si no hay cambios de instituciones de poder, el movimiento social se puede
repetir, pero finalmente se cansa, y no cambia nada. Es un paso, pero que
plantea problemas a otro nivel: ¿qué hacer con el gobierno,
en su contexto regional y mundial? No es el todo o la nada, hay que modificar
las correlaciones de fuerza, de modo de hacer posibles ciertos proyectos,
sabiendo que si se radicaliza el proceso va a terminar en un enfrentamiento
con el imperialismo y sus representantes en la región.
-El altermundismo es crítico de la globalización neoliberal.
Sin embargo, es también hijo de ella, en algún sentido. ¿Cuál
es su opinión respecto de las plataformas que se pueden aprovechar
de la globalización, en lugar de negarla de plano?
-Bueno, la lucha de los oprimidos siempre comienza con una definición
negativa. El altermundialismo es una respuesta al proceso de mercantilización
generalizada, de privatización del mundo. Es cierto que hay dos formas
de oposición a la globalización –aunque no es la globalización
en sí misma, sino la capitalista, o liberal-, una internacionalista,
que busca crear solidaridades más allá de las fronteras, y
otra es un rechazo desde el punto de vista conservador, nacional y hasta
chauvinista. Es lo que pasó con el referéndum sobre el tratado
constitucional europeo. Entre quienes apoyaban el “no” -que ganó-
había un grupo de derecha nacionalista, hasta xenófobo, y otro
de izquierda, que rechazaba la lógica liberal del tratado, y que estaba
muy atento a desmarcarse del otro “no”, en temas como los inmigrantes y la
entrada de Turquía a la unión europea.
-Francia es como la rebelde de Europa, y eso se expresó en el referéndum
del que habla, pero también en los incidentes de noviembre y en las
manifestaciones, ahora, a propósito de la flexibilización laboral.
Unos creen que Francia es la reaccionaria, la que se opone a la modernidad
y sus flujos, y los que dicen que es un ejemplo de resistencia ante el neoliberalismo.
-Creo que lo más importante es el aspecto que por razones históricas
y culturales genera un punto de apoyo para la resistencia de la lógica
liberal. Por ejemplo, la victoria del “no” en el referéndum es un
aliento para gente en Grecia o España que no estaba entusiasmada con
el marco constitucional, y lo vivía casi como una fatalidad. Lo que
sucedió con el voto francés logró cambiar en menos de
15 días la mayoría de la opinión en Grecia. Estaban
resignados, y 15 días después de lo que pasó en Francia,
65% de los griegos estaban en contra. Tener un país que resiste es
positivo, aunque es cierto que todo puede ser ambiguo, y mezclarse consideraciones
sociales con rasgos de prepotencia nacional y de mitología de ‘excepción
francesa’.
-Diversidad, pluralismo, tolerancia. Fueron ideas fuerza de la campaña
de Michelle Bachelet. ¿Qué piensa del futuro de esas promesas?
-Hay mucho de retórica en esto. Toda retórica puede ser simpática
a primera vista e impacta mucho. Por ejemplo, el tema del “sin fronteras”:
médicos sin fronteras, abogados sin fronteras, reporteros sin fronteras.
Hacen un buen trabajo, pero a la vez es un discurso ideológico muy
ambiguo, porque legitima un cosmopolitismo de mercado, y en Europa los mismos
militantes de médicos sin fronteras se han encontrado instrumentalizados
–por ejemplo en la guerra de los Balcanes. “Se están construyendo
muros de todos lados: Israel y Palestina, México y Estados Unidos,
Ceuta y Melilla. Circulan conceptos como “diversidad”, “apertura”, “sin fronteras”,
pero se están construyendo muros de todos lados: Israel y Palestina,
México y Estados Unidos, Ceuta y Melilla. La retórica de la
diversidad tiene su lado positivo, pero el mundo real sigue segmentado, con
fronteras, se construyen zonas de detención, barreras. El problema
es qué tipo de unidad, de solidaridad construir; todo el problema
está atrás.