Debord en el ruido de la catarata del tiempo
Daniel Blanchard
Publicado originalmente en
castellano por ETCETERA
. Texto escrito en 1997, a petición de Max Blechman, para la recopilación
que editó con el título Revolutionary Romanticism A Drunken
Boat Anthology (City Lights Books, San Francisco, 1999)
Ciertos momentos asoman en la existencia
individual como si estuvieran hechos de un grano más duro, de una
firmeza en el diseño que les aparta del flujo de lo vivido y de su
insondable ambigüedad. Y de hecho se descubren cargados de un sentido
objetivo, traídos como son por el movimiento de una especie de sobredeterminación
histórica. Esta cualidad no se revela de forma inmediata, sino en
la mirada retrospectiva, aunque quizá también pueda ser percibida
de golpe.
Eso es lo que me sucedió ese
día de otoño de 1959 cuando por primera vez eché un
vistazo a un número, el 3 creo, de la Internacional Situacionista
(I.S.). Yo participaba por entonces en el grupo Socialismo o Barbarie (S.
o B.) y en la revista del mismo nombre, en la que yo escribía con
un pseudónimo –como era la norma-, P. Canjuers, y un día que
nos repartíamos entre nosotros el recuento del correo quincenal, mi
atención fue apresada por esa delgada y elegante publicación,
su portada brillante, su título inverosímil. Me sentí
arrebatado y lanzado de inmediato a la exploración de lo que me pareció,
poco a poco, como un nuevo territorio de la modernidad, un mundo otro, extraño
pero fascinante.
Ahora bien, nosotros mismos, en S.
o B., nos sentíamos a la cabeza de la modernidad, lo que estaba, según
me sigue pareciendo, plenamente justificado. S. o B. había roto
con la ortodoxia marxista-leninista para dirigir una crítica radical
de los regímenes del este pero también para reformular la crítica
del capitalismo a partir, al mismo tiempo, del análisis de sus formas
más perfeccionadas de dominación y de las experiencias más
avanzadas del movimiento obrero. Éstas, en particular la revolución
de los Consejos Obreros de Hungría, nutrían una reflexión
positiva sobre lo que podría ser el contenido de un programa verdaderamente
revolucionario.
Fueron años ardientes los de
esta búsqueda, y su intensidad se veía redoblada por la casi-clandestinidad
intelectual a la que nos confinaba el carácter inadmisible de nuestras
ideas. Ya que, a pesar del informe Khrouchtchev y las rebeliones de Polonia
y Hungría, la escena pública francesa estaba todavía
en gran parte paralizada por el chantaje de los estalinistas y de los “arrepentidos”
del pensamiento burgués, como Sartre. Así era, a la manera
de un Nautilus casi ignorado, como explorábamos la profundidad, con
una libertad y una audacia que quizá no podríamos haber mantenido
si hubiéramos tenido que batirnos pie en tierra con adversarios, deshonestos
en su mayoría, que por lo demás tampoco tenían nada
interesante que contarnos.
Y resulta que hojeando las páginas
de aquel folleto absolutamente único, descubrí que un pequeño
grupo de desconocidos tenían cosas apasionantes que contarnos. Extrañas,
es verdad, para nuestros espíritus predispuestos por el horizonte
marxista, incluso si existía en muchos de nosotros la exigencia de
superarlo; completamente insólitas en comparación con los mensajes
que nos dirigían otros grupos minúsculos obstinados en salvar
del desastre estaliniano algunos restos de la herencia revolucionaria. De
una extrañeza no inquietante sino, al contrario, atrayente, increíblemente
seductora. La crítica del arte y de la cultura se esbozaba sobre una
utopía de la vida liberada que estos jóvenes aventureros experimentaban
ya en prácticas poéticas como la “deriva” a través de
la ciudad, o la descripción ilustrada de una ciudad fantasmagórica,
la “Ciudad Amarilla”. Dicha forma de vida parecía habitar ya virtualmente
en sus rostros, que algunas fotos grises mostraban reunidos alrededor de
la mesa de un bar, atravesando las noches conducidos por una ardiente conversación
sin fin. También ellos, en los repliegues secretos de la ciudad, con
el ardor de los prisioneros fugados, se obstinaban en descubrir lo más
profundo del malestar de la época y soñaban el momento de su
total inversión. Su revista ofrecía una crónica de este
encarnizamiento, en un estilo acerado y tenso, casi rígido en su arrogancia,
del que nosotros también fingíamos armarnos, tanto para devolver
a nuestros adversarios el desprecio con el que nos abrumaban como para darnos
a nosotros mismos la justa medida de nuestra radicalidad.
Entonces, leyendo este ejemplar de
la I.S., comprendí que se trataba de un encuentro en el que se cumplía
alguna forma de objetividad, una crítica en acto de la “separación”,
si se puede decir para concordar con el énfasis de mi sentimiento
de entonces, un encuentro en el extremo, sin duda inadvertido para los demás,
de la modernidad.
La necesidad de este encuentro tanto
como su fecundidad fueron verificadas en detalle por Debord y por mí
en los meses siguientes, en el curso de largas conversaciones en restaurantes
o en paseos sin fin por las calles. El proyecto de autogestión generalizada
de todos los aspectos de la vida social que el movimiento obrero incluía
en sus momentos de creación más espontáneos, desde la
Comuna de París a la Hungría del 56, venía a ofrecer
un fundamento social y político para el sueño de un “empleo
de la vida” inventado a cada instante por los hombres como una música
o como un poema perpetuo. Y la subversión de la institución
artística y cultural, que la I.S. deseaba encarnar, venía a
extender y de alguna manera a consagrar en la esfera de los valores reconocidos
como los más altos, la subversión de todas las instancias de
dominación y de explotación. El texto que finalmente redactamos
juntos y titulado pomposamente Preliminares para una definición de
la unidad de un programa revolucionario da una cierta idea de la ambición
de estos intercambios, pero muy poco de su riqueza, por no hablar de la amistad
que se construía al filo de esta convergencia.
En un restaurante de la calle Mouffetard,
el 20 de julio de 1960, dimos el último toque a lo que nos hubiera
gustado ver como un protocolo de acuerdo entre la vanguardia de la cultura
y la vanguardia de la revolución proletaria, sin dejar tampoco de
perfilar el título y la tipografía, pensados para que se refieran
a ese documento como los Preliminares, decía Debord- y yo sonreía
indulgente y confuso, no comprendiendo todavía nada del mensaje. Después
de lo cual, nos separamos aquel verano, cada uno con la idea de distribuir
este texto entre sus camaradas. En otoño, tuve que abandonar Francia
y París durante nueve o diez meses y durante esta ausencia me enteré
de que Debord se había unido formalmente a S. o B. y que participaba
plenamente en sus actividades, en particular en su intervención en
las grandes huelgas que sacudieron el Borinage belga en el invierno de 1961.
La noticia me cogió por sorpresa. Esta adhesión me parecía
ir más allá del acercamiento conseguido realmente entre nosotros;
por encima de todo, me parecía inútil, teniendo en cuenta que
además Debord me había dicho que sería deseable que,
en la práctica, los dos grupos continuasen operando cada uno según
su perspectiva. La noticia de su dimisión me sorprendió menos,
ya que él la había justificado por un desacuerdo sobre el funcionamiento
interno del grupo y sobre el papel que ahí jugaban algunas personalidades
muy fuertes. Por lo que se ve, había tratado de soliviantar a la juventud
del grupo, pero esto no había sido más que una Fronda. En cuanto
al resto de los miembros, ignoraron deliberadamente a Debord y a la I.S.
en aquel momento y en adelante.
Si insisto en este episodio es porque
me parece significativo por varias razones. En primer lugar, en ese momento,
aquel al que yo frecuenté y quise era un Debord que estaba naciendo.
Aunque tenía ya por delante una brillante carrera de agitador en la
esfera cultural, los rasgos más singulares de su personalidad de revolucionario,
sus invenciones más perspicaces y fecundas contenían todavía
una vivacidad y una justeza que más tarde se adulterarían
un poco como efecto de la obsesión de verse convertido en el enemigo
público numero uno y también bajo el peso de la necedad estructural
de sus discípulos, de la cual él no se supo desmarcar lo suficiente.
Por entonces Debord tenía amigos, Khayati, Kotanyi o Jorn, pero no
discípulos.
Por encima de todo, creo necesario
resaltar la importancia que tuvo en el rumbo de Debord el paso por S. o B.
–en tanto que él mismo o la mayor parte de los que han hablado sobre
su aventura lo han silenciado sistemáticamente. No se trata, evidentemente,
de reivindicar en nombre de S. o B., y menos todavía en mi nombre,
una especie de paternidad en la gestación del pensamiento de un hombre
que ha llegado a ser célebre. Tengo que insistir de nuevo sobre el
carácter objetivo de nuestro encuentro y sobre lo que ello revela
de un momento histórico. No es a fuerza de leer a Hegel, al joven
Marx o a Lukács como Debord logró deshacerse de la maldición
que el estalinismo y la burocratización de las organizaciones obreras
cargaban sobre el movimiento revolucionario. Los obreros húngaros
sublevados y organizados en Consejos son los que levantaron esta maldición,
al menos para aquellos que estuvieran dispuestos a entenderlos.
En ese punto de su recorrido, Debord
lo estaba. Se había separado de los letristas y de una crítica
de la cultura que permanecía complacientemente enclaustrada: las vanguardias
artísticas, según él, no hacían más que
repetir ad nauseam la escena de la ruptura con el arte que los dadaistas
había perpetrado después de la Primera Guerra Mundial. Había
que concluir esta rupura y encontrar una manera de superar el arte. El arte
como juego, como liberación de los deseos, como subversión,
como negación del orden represivo y mortífero –tal era para
Debord el sentido del arte moderno. Crear “situaciones” respondía
a esta exigencia. “El arte del futuro será el trastocamiento de las
situaciones o no será”. Estaba claro que la revolución debía
ser para la invención de la sociedad lo que el “trastocamiento de
las situaciones” era para la invención de la vida cotidiana.
Ahora bien, el punto de unión
entre una exigencia tan radical y la acción concreta del proletariado
se revelaba de nuevo como algo concebible. Para quien no estaba ciego, los
insurrectos de Budapest –de los que Debord había recibido noticias
de primera mano a través de su amigo Attila Kotanyi- habían
derribado, al mismo tiempo que la estatua colosal de Stalin, la figura terrorífica
de un proletariado acusado de imponer para siempre a la humanidad, en tanto
que agente sádico de la necesidad histórica, la disciplina
industrial, el culto al jefe, el ninguneo del individuo en la masa, etc.,
-verdadero Padre fustigador de artistas e intelectuales, al servicio de quien,
sin embargo, tantos de ellos se habían puesto, por miedo, por masoquismo
o por voluntad de hacer carrera.
Al mismo tiempo también en Occidente,
comenzaban a recobrar cierto crédito aquellos que, libertarios, marxistas
antiautoritarios, consejistas, etc., no habían cesado de denunciar
la impostura estaliniana. Entre ellos, S.oB. y grupos amigos como Solidarity
en Inglaterra, Correspondence en los Estados Unidos o Unitá Proletaria
en Italia, habían acometido toda una reinterpretación proletaria
poniendo de relieve la significación liberadora no solamente de los
grandes momentos de creación revolucionaria, sino también de
las luchas cotidianas en torno al trabajo y a la creatividad obrera desplegada
en contra de la organización disciplinaria de la fábrica. Sobre
esta base, S. o B. coincidía con la radicalidad de los anarquistas
y del movimiento socialista en sus fines y realizaba la reflexión
sobre la utopía revolucionaria (el “contenido del socialismo”) para
una revisión de todos los aspectos de la vida, desde la forma de las
ciudades hasta las relaciones entre los sexos.
Se puede ver como la llegada de un
ejemplar de la I.S. en el correo de S. o B., la pasión suscitada por
su lectura, las conversaciones fabriles que siguieron... todo eso era cualquier
cosa menos azaroso. No sorprenderá, a su vez, que los temas como la
crítica de la vida cotidiana o la autogestión generalizada,
de los cuales la I. S. haría más tarde su caballo de batalla,
no me hubieran turbado –ni a mí ni seguramente a los otros- por su
novedad.
¿Qué es lo que treinta
años después mantiene todavía la excitación experimentada
al descubrir la I.S. –y que la prolonga no como la emoción narcisista
de revivir un momento perdido, sino como la percepción conservada
de una singularidad preciosa? Se trata, yo creo, del sentido de la forma,
la cualidad artística, que recorre toda la práctica de Debord
y que, a mi juicio, ha contribuido con fuerza a su eficacia subversiva.
Se entiende, al decir esto, que no
me propongo de ninguna manera embalsamar a Debord en los museos de arte moderno.
Es cierto que él se jactaba de situarse en el origen de las principales
innovaciones del cine actual... Y desde luego se podría sostener también
que fue un gran artista pop, Debord, el virtuoso del collage, del montaje
y de la tergiversación de la publicidad o de las tiras cómicas
–pero esto sería para darse el mediocre placer de hacer aullar a los
devotos. Se puede también argumentar sobre lo acabado de su estilo
y de la hermosa audacia de sus proposiciones para que se le pueda elegir
entre los grandes escritores franceses de este siglo, como han hecho algunos
de sus tardíos turiferarios. Uno de los bufones literarios más
vendidos de París, Sollers, se aprovechó de la impunidad en
la que se mueve para hacer pasar a Debord el ultraje de proclamarse, audazmente,
su hijo espiritual, antes de llamar a votar a Balladur para las elecciones
presidenciales.
No, lo que yo quería mostrar
es como, muy al contrario, el tratamiento artístico, si así
puede llamarse, que Debord aplicó a la actividad revolucionaria constituye
la rigurosa y fiel manifestación de su contenido y le confiere su
exacta profundidad de campo.
Calificar a Debord como artista no
carece evidentemente de paradojas. Su crítica del arte, que él
pretendía devastadora, se condujo sobre dos planos. El arte moderno,
a través de la sucesión de sus vanguardias que se repetían
sin superarse, ha impulsado su virtud crítica hacia la existencia
alienada. Pero, por otra parte, el arte se opone también a la “verdadera
vida” por su carácter simulado que le destina a no ser más
que un cementerio de instantes, la realización ficticia, falaz, de
los deseos. En principio, el arte representaría la misma potencia
alienante que Debord iba a aplicar a todo el funcionamiento social a través
del concepto de espectáculo. El arte no sería más que
separación de la vida.
Que el promotor de una crítica
tal se descubra a sí mismo profundamente artista es una paradoja cuya
explicación se debe quizá al hecho de que a esta crítica
le falta el objeto, de manera que, y para lo que tiene de esencial, se encuentra
intacto. Reducir en efecto el arte del siglo XX al movimiento de la negación
encarnada por las vanguardias es tomar un discurso histórico sobre
el arte y la institución artística por el trabajo del arte
como tal. Que Dadá y sobre todo Duchamp, hayan señalado con
claridad ejemplar el límite teórico del arte en el siglo XX
–es la firma lo que en último caso hace la obra, y para que haya arte,
es suficiente que un artista lo decida- no ha impedido en absoluto, mas acá
de este límite (y más allá en el tiempo), su profusión
y su riqueza de sentidos. Y con su obstinación por definir lo que
puede y debe ser arte hoy, la vanguardia solamente ha logrado –y es lo único
que ha logrado- convertirse en el arte vulgar de la segunda mitad de siglo,
con Beuys, Buren y muchos otros. Pero además, cuando se habla de vanguardias
hay que cuidarse de alinearlas a todas bajo un sentido único en la
historia. El movimiento Cobra, por ejemplo, se define más por una
renovación positiva que por el trabajo de la negación.
Este trabajo de la negación,
interminable por medio del arte como tal y cuyo término impondría
la superación del arte en la vida misma –la “situación”- ¿no
repite la vieja denegación, no solamente del arte, sino también
de lo simbólico, de la mediación por el signo, y por la figura?
Condenar la falsedad del arte –del signo tanto como del símbolo- en
nombre de la verdad de la vida o de la cosa misma sería una pura violencia
más que un juicio: ¿es por ello revolucionario? Swift se reía
de los académicos de Lagado que pretendían reformar el lenguaje
para remediar su reprochable polisemia, es decir, su potencia simbólica
como tal, reemplazando las palabras por ejemplos de cosas: ¡que cargamento
supondría la menor conversación!
Así, despedido de una forma
tan violenta, lo simbólico se venga asediando el campo mismo de la
actividad de “destrucción” a la que Debord estaba dedicado, confiriendo
tanto a su vida como a sus escritos y películas el aura de la obra
de arte. Lo que se hacía realidad a través de la práctica
del juego y de la búsqueda de estilo.
Nada más serio, se dice, que
el juego, que arriesga el ejercicio de la libertad más allá
de las constricciones materiales o sociales y del azar; que nos guarda, eso
si, ¡a que precio! de la más repugnante de las comodidades,
substituto enmascarado de la muerte según Debord, la repetición.
Pero el juego obtiene también esa seriedad de lo que es siempre, pero
especialmente en la acción revolucionaria, juego del mundo: tarot,
ajedrez o go, el soporte material y las reglas del juego componen un análogo
del mundo y cada partida o cada movimiento reordenan el mundo y lo devuelven
al comienzo. En el caso de una asociación revolucionaria, por reducida
que sea, la forma de la organización, su funcionamiento, el contenido
y las modalidades de su acción prefiguran, como en un microcosmos,
el estado deseado del mundo. Esta ha sido una de las amargas lecciones
del destino del partido bolchevique. El grupo S. o B. se esforzó en
sacar de ahí las consecuencias y de adaptarse, sin espera y a su escala
microscópica, a lo que concebíamos como realidad concreta de
una sociedad libre.
Esta exigencia, Debord la extendió
de forma natural al dominio que concentraba, en el fondo, lo más fuerte
de su deseo de ruptura con el “viejo mundo”- yo no diría de la vida
cotidiana, ya que esta expresión tiene connotaciones un tanto fútiles-
sino del “empleo de la vida”, del curso fugaz de los instantes de las situaciones
en su contenido más concreto. Y aquí se imponía el modelo
del juego, en el sentido en el que el artista juega cuando, al filo de su
obra, propone una modulación inédita y deseable del curso del
tiempo y del despliegue del espacio. Un juego de este tipo consistía
en la “experimentación” del medio urbano al capricho de un deambular
que vendría a colorear o sellar la cualidad particular de lugares
atravesados y de brebajes degustados poco a poco, tanto como en el
desarrollo de los objetivos. De la misma forma, la conversación, que
habría que entender aquí en el sentido original de “vida compartida”,
ya que constituía el cumplimiento voluptuoso de la amistad, Debord
la vivía como una deriva verbal, la experimentación lúdica,
abundante de ideas, de palabras, de nuevas fantasías –y quien le frecuentó
sabe hasta qué punto su presencia y sus propósitos catalizaban
en sus amigos interlocutores la imaginación y sus expresiones más
atinadas. Con el enemigo declarado, por el contrario, la discusión
se convertía en otro juego, “el combate de boxeo”, decía él,
pero se trataba sobre todo de un combate libre pues entonces recurría,
para vencer, a todos los medios, incluyendo el argumento más vilmente
personal.
Pero en la amistad –modo de relación
que, yo creo, prefiguraba en esencia la forma más fiel de la sociedad
que él esperaba de la revolución- le importaba sobre todo hacer
sentir las reglas que imponían, según él, las restricciones
de la lucha contra el estado de cosas y el nivel de libertad requerido para
ser digno de dirigirla. Tal exigencia la llevaba a menudo hasta el formalismo,
y también hasta lo arbitrario, ya que él decidía unilateralmente
las reglas y a menudo las dejaba implícitas, sobreentendiendo de esa
forma que tales reglas existían de por si. Evidentemente, los discípulos
no acertarían más que a sobrepujar bajo estas prácticas,
hasta un grado de snobismo mundano de lo más nauseabundo.
Por lo demás, yo mismo fui víctima
de este formalismo, sin ni siquiera entenderlo en aquel momento, a tal punto
me resultaba extraña la idea de que una relación entre amigos
pudiera estar regida por un código. La noche en la cual, invitado
por Guy y Michèle a cenar en el callejón Clairvaux, me vi delante
de una porción de pollo con patatas fritas, compradas en cualquier
cuchitril grasiento del bulevar Sebastopol, debería haber entendido
que la hora de mi desgracia había llegado, incluso si la “afrenta”
era extrañamente camuflada bajo una excusa –“estamos arruinados”-
que la anulaba y que no tenía por que tener nada de inadmisible a
mis ojos. Si yo hubiera sido menos bobo, habría sabido leer los signos
hasta adivinar que la mezcla de pollo-patatas junto con la excusa componía
una especie de veredicto en blanco y negro, que traducía de ese modo
un compromiso entre una voluntad de exclusión –evidentemente debida
a Michèle- y un deseo de indulgencia. Etc. En cualquier caso, es seguro
que ese es el modo en que Debord creyó que debía poner fin
a nuestra amistad, sin dejarme ver las causas, ni siquiera bajo la forma
de un insulto. Tanto peor para mi, y para él.
En mayo del 68, no obstante, el atrincheramiento
de la I.S. en el Instituto Pedagógico Nacional(¡!), bajo la
denominación de Consejo para el Mantenimiento de las Ocupaciones,
se me presentó como una perversión grave, aunque diferente,
de ese juego. La I.S. usurpaba de esa forma el nombre de consejo que, a sus
propios ojos, había sido señalado para designar el órgano
colectivo de poder de las masas revolucionarias, haciendo de él el
camuflaje de una instancia separada para juzgar, es decir para condenar
a los innumerables actores de la revuelta de mayo y a los jefes que osaran
defender ideas poco discernibles de las de la I.S.
En las circunstancias de entonces,
el juego habría requerido, seguramente, una dimensión mucho
más amplia y Debord había perdido sin duda el dominio y la
facultad de imprimirle un estilo.
Introduzco el término de estilo
sin ninguna ironía, ya que yo no entiendo por estilo una afectación
de la forma de cara a facilitar o adornar la comunicación de un mensaje
cuyo contenido sería confiado a un nivel cero de la expresión.
El juego implica el estilo, la acción revolucionaria de un grupo minoritario
también. Pues se trata de dar forma a una idea de mundo que
no puede ser realizado a su escala. Cada uno de los golpes o de los encadenamientos
de golpes diseña un gesto o una figura que proyecta un orden, aunque
sea fugaz, en el caos de lo existente. No es de una forma superficial que
se habla de la belleza o de la elegancia a propósito de un juego,
sino con la consciencia de que él actúa en el mundo objetivo.
De la misma manera, el estilo no sabría definirse por la huella
de una subjetividad, sino más bien por la tensión entre
lo efímero y lo utópico –entre, por una parte, el movimiento
que arranca la palabra nueva a la inercia y a la insignificancia del ruido
verbal reinante para ponerla en juego, vulnerable, bajo la “catarata del
tiempo”, y por otra parte, lo utópico, es decir la proyección
en una figura que deja presentir analógicamente un orden deseado del
mundo.
De esa forma, en la acción minoritaria,
más que el efecto material necesariamente limitado, es el estilo el
que empuja lo real a la ruptura del equilibrio, donde el tiempo aparece por
sorpresa, y su apertura, y el inacabamiento de la historia y la posibilidad
de la revolución.
En la obra de arte, una apertura tal
en el tiempo, que señala su carácter único, es lo que
Benjamin llamaba el aura. Él pensaba que debía resignarse en
nombre de una sumisión, melancólica, a la modernidad técnica.
La revolución creía entonces que su destino estaba ligado al
de la máquina y al de la humanidad masificada que se suponía
que iba a engendrar, y Benjamin, basándose en el postulado, muy discutible,
de que “el principio de la obra de arte siempre ha sido reproducible. Lo
que los hombres habían hecho, otros podrían siempre rehacerlo...”,
saludaba una liberación, al menos para “las masas”, dentro de la posibilidad
moderna de efectuar esta reproducibilidad mediante procedimientos técnicos
que le emparentaban con la producción seriada. Hoy que nosotros sabemos
un poco más sobre las máquinas, y especialmente sobre la sociedad
como máquina, la revolución debe más bien apostar, me
parece, sobre el postulado de que “lo que un hombre ha hecho, ningún
otro puede rehacerlo” si se desea asignar a cada uno de esos sujetos aquí
llamados hombres una dignidad igual.
También es éste el postulado
que afirma la práctica de Debord obsesionado por el horror de la repetición
y lo que viene a ser lo mismo, por la percepción penetrante de la
singularidad de los instantes: “ que está más allá de
la ebriedad violenta..., una paz magnífica y terrible, el verdadero
gusto del paso del tiempo”.
“El verdadero gusto del paso del tiempo...”
Debord habrá dedicado su existencia a saborearla y a analizarla en
toda su acritud, con obstinación. Pero no es solamente su existencia
la que aventuró en ello, es también la tentativa crítica
que, tal como la condujo, apenas se distinguen la una de la otra. El “paso
del tiempo” empuja y conduce a la vez su discurso y se afirma en esta especie
de “espejeamiento” que, a
mi juicio, le marca de una manera bastante significativa.
La figura del espejo, en efecto –el
espejo que abraza la imagen fluctuante de lo real, pero que al mismo tiempo
la invierte- unifica de manera profunda el trabajo de Debord, desde su escritura
hasta la postura crítica que adopta y hasta el contenido de dicha
crítica, el concepto de espectáculo.
Pues el espejo fija toda la ambivalencia
de Debord frente a la mediación por el signo, la representación,
la simbolización. De una parte, ésta es la que tiende al hombre
la trampa de la alienación en el fetichismo de la mercancía
o en ese substituto que le ofrece el arte de la “verdadera vida”; trucado,
deformante, fragmentado, él es el instrumento de la dominación
espectacular. Hay que romperlo constantemente para liberar la verdadera vida,
para deshacerse del dominio petrificante de la imagen y reafirmar una autenticidad
que está siempre por inventar. Pero, por otra lado, de las Memorias
al Panegírico, y en todas sus películas –hasta el título
en forma de palíndromo que sella su última película-
la figura del espejo es también y, por encima de todo, la de la memoria.
Ahora bien, en toda la obra de Debord –incluida su vida, una vez más-
la memoria se presenta como el fermento de la crítica y de la ruptura
con lo existente.
No es que el trabajo de la memoria, tal como puede ser
seguido en sus películas y en algunos de sus escritos, sirva para
invocar, contra un presente mistificado, un pasado objetivo. De las Memorias,
del Panegírico o del blanco y negro de sus películas el pasado
resurge como desbaratado, rayado, rajado y nimbado de un aura (por retomar
el término de Benjamin) de nostalgia. Una nostalgia que no se abandona
a la efusión de la melancolía, así contenida por el
humor de fórmulas como “nunca más beberemos tan jóvenes”,
una nostalgia que no es el “mal del retorno” sino el mal de la autenticidad
–de la existencia singular y, sobre todo, de momentos históricos de
ruptura-, a fin de descubrir la posibilidad más fuerte para la alienación.
La nostalgia, llaga viva de la memoria, al igual que el dolor en el cuerpo,
delata la lesión, funda la crítica. Esclarecidos por la memoria
sensible, ultra-sensible, la insurrección o la experiencia de la vida
cotidiana se revelan mutuamente su radicalidad crítica. Da igual si,
en esta sensibilidad, Debord se alía para borrar todo referente personal:
sus películas son montajes de documentos, la voz en off que hace de
contrapunto no es en primera persona, las frases dichas o escritas son gélidas,
crispadas sobre la tensión hacia una enunciación objetiva.
Pero en esta misma tensión se hace sentir una presencia penetrante,
que dio y continúa dando a esta palabra una profundidad y un alcance.
Ahora bien, en ese espejo de la memoria en el centro del
que arden juntos y se combinan lo vivido y la inteligencia teórica,
se verifica el proceso mismo de la gestación artística. En
Debord, el trabajo de la memoria conserva casi siempre el carácter
restallante que tiene en el espíritu, en el momento de su nacimiento.
Como en un poema, procede por asociaciones, por analogías sobre todo,
y en particular aquella que reúne el microcosmos y el macrocosmos,
es decir, la vida y el combate de un pequeño grupo de amigos y el
ruido y la furia del vasto mundo. Al final del recorrido crítico de
Debord, la memoria traza esta línea de horizonte mental más
allá de la cual fluye constante, fundada sobre el espíritu,
la analogía, la imagen –lo simbólico.
En eso la obra de Debord desmiente a los propagandistas
de un “arte contemporáneo” que se reclaman de su crítica del
arte moderno para desencadenar contra la “representación” el terrorismo
de la “vida” y las “cosas mismas”, prosiguiendo la tarea de la mercancía
y de eso que se nombra por antífrasis la “imagen” televisiva y mayormente
mediática.
De esa forma, a mi juicio, la obra de Debord se revela
cargada de un contenido latente que mina muchas de las consideraciones de
su contenido explícito pero que, yo creo, van bastante más
allá, jugando con relación a él, de la misma manera
que la frase en el espejo de la que hace, en su escritura, el procedimiento
mismo de la crítica: ese “estilo insurreccional que, de la filosofía
de la miseria obtiene la miseria de la filosofía”, que “no es una
negación del estilo sino el estilo de la negación” y que, por
la inestabilidad que muestra en los “conceptos existentes... incluye el mismo
golpe de inteligencia de su fluidez recuperada, de su destrucción
necesaria”.
Sobre un plan más vasto, el espejo también
proporcionó a Debord el instrumento para la inversión de los
“conceptos existentes” que él pasea a lo largo del curso de las cosas
en una especie de crónica de los acontecimientos corrientes, tal y
como hizo en los doce números de la I.S. como en los Comentarios.
Es por que Debord habla precisamente en medio de la aparición y el
movimiento de la historia, que a mi juicio puede ver lo más lejano
y tocar lo más justo. Su vida, su pensamiento, le impulsa a defenderlos
pie en tierra contra los hechos concretos siempre renovados, “en el ruido
de la catarata del tiempo”. Y al filo de esta lucha, elabora una especie
de cuadro razonado, desmitificador, de la época, que sirve de materia
a la teorización, conservando todo el espesor del acontecimiento.
Pero cuando intentó replegarse y detenerse para
construir una máquina de guerra teórica con La Sociedad del
espectáculo, a mi juicio, Debord cayó en un atolladero –aunque
no intentaría justificar aquí esta afirmación. La fórmula
misma de “sociedad del espectáculo” me parece un abuso del lenguaje
–pero sin duda soy prisionero del sentido existente de las palabras. Y la
palabra “espectáculo” me parece que se sostiene como metáfora,
pero no como concepto, es decir, en su generalidad, que Debord defendió
tan tercamente. El poder metafórico de la palabra, de un valor crítico
real en las aplicaciones parciales, se vengó cuando Debord quiso hacer
entrar en ella toda la realidad social y su trampa; eso se ve particularmente
en los Comentarios. La sociedad se vuelve a cerrar entonces sobre el esquema
simplificador de un teatro a la italiana y la dialéctica de la alienación
se agota en una piadosa denuncia de los tramoyistas y de sus maquinaciones
entre telones y bastidores. La sociedad del espectáculo tendría
por verdad una sociedad de bastidores... Aquí de nuevo, la desmitificación
de los procedimientos de la dominación tropieza en la simple denegación
del orden simbólico. El concepto de espectáculo generalizado
aplasta totalmente el espacio donde se juega precisamente toda la complejidad
de la representación y de la alienación que engendra.
La extraordinaria eficacia del dispositivo que combina
la mercancía, el mercado, la democracia representativa, los sondeos,
los media y las ciencias sociales tiende precisamente a aquello que no impone
unilateralmente un discurso que se haría ley sino a lo que es interactivo.
El presentador de la tele no es un Big Brother que profiriese autoritariamente
la mentira oficial sino un Señor-cualquiera que lee nuestros pensamientos
y los enuncia. Los bufones que se mueven delante de nosotros tienen nuestros
rostros, nuestros gestos, nuestra voz, y el discurso que nos oprime y nos
desespera nos es dado a través de nuestro discurso. Y lo es en un
sentido: la mentira, como la impostura, es directamente extraída de
la fuente. Es de nosotros de quien se extrae, para toda la maquinaria, el
material de base a partir del cual los diversos órganos del dispositivo
de la dominación, y en particular las ciencias sociales, aislarán
el principio activo de la mentira y resintetizarán un discurso social
que será una especie de clon del nuestro –de una inquietante familiaridad.
Y en el estupor por entendernos y vernos, hablar y movernos fuera de nosotros
mismos, tendremos que cerrar el pico. ¿Puede existir peor censura?
¿Habría Debord suscrito un análisis
del tipo que estoy esbozando aquí? Probablemente no. Poco importa.
Lo que importa es que haya denunciado y descrito el engaño
universal que nuestra sociedad enuncia sobre ella misma y sobre el mundo;
que haya puesto en evidencia la destrucción de lo real cuya mentira
opera saturando de inautenticidad el mundo de las cosas y de las gentes,
suprimiendo la dimensión del tiempo, abocándose así
a dar vueltas en el presente perpetuo de la actualidad; y sobre todo importa
que haya descubierto el centro mórbido de esta mentira devastadora:
el rechazo de la muerte. “La ausencia social de la muerte es idéntica
a la ausencia social de la vida” “La conciencia espectadora no conoce ya
el paso hacia su realización y hacia su muerte” “Quien ha renunciado
a emplear su vida ya no es dueño de su muerte”.
A este nivel de la crítica, Debord se ha visto
bastante solo. La denegación de la muerte ha existido también
en el movimiento revolucionario y su deseo de positividad y de optimismo.
En el 68 era de buen tono tachar a la muerte de “reaccionaria”.
Pero a esta profundidad, no se puede hablar gratuitamente.
A la impostura central de la época, Debord no opuso solamente algunas
frases, sino una vida y una obra, impulsadas por entero por la consciencia
de la mortalidad, tendidas de forma total entre lo efímero y lo utópico.
El “verdadero gusto del paso del tiempo” es también el gusto por la
verdad, que se saborea en un vino, en ciertos instantes de la vida o en la
lucha revolucionaria. La manifestación del “paso hacia la muerte”
es la piedra de toque de la autenticidad, que la revolución instauraría.
Es en ese sentido que Debord habrá sido radicalmente
artista, en el mismo sentido en que reconocía que su amigo Asger Jorn
seguía siendo un situacionista, incluso si, puesto a elegir, prefiriese
en lugar de permanecer en la I.S. continuar con su actividad de pintor, escultor,
ceramista. Pues, como escribió Debord en Una arquitectura salvaje
a propósito de la continua metamorfosis que Jorn realizaba en su casa
y en su jardín de Albissola, a pesar de su elección, su vida
nunca cesó de ser conducida por un movimiento constante de invención
y de deseos.*
ANEXO. PRELIMINARES
PARA UNA DEFINICIÓN DE LA UNIDAD DE UN PROGRAMA REVOLUCIONARIO
P. Canjuers, G.-E. Debord
I. El capitalismo, sociedad sin cultura
1 – Se puede definir la cultura como el conjunto de instrumentos
mediante los que una sociedad se piensa y se manifiesta a sí misma;
y de entre los cuales se tendrían en cuenta todos los aspectos del
empleo de su plusvalía disponible, es decir, la organización
de todo lo que rebasa las necesidades inmediatas para su reproducción.
Todas las formas de sociedad capitalista
aparecen hoy fundadas en última instancia sobre la división
estable y generalizada –a escala de las masas- entre dirigentes y ejecutantes.
Transplantada al plano de la cultura, esta caracterización implica
la separación entre el “comprender” y el “hacer”, la incapacidad de
organizar (sobre la base de una explotación permanente), para el fin
que sea, el movimiento siempre acelerado de la dominación de la naturaleza.
En efecto, dominar la producción
para la clase capitalista significa obligatoriamente monopolizar la comprensión
de la actividad productiva, del trabajo. Para lograrlo, el trabajo es, por
un lado, segmentado cada vez más, es decir, vuelto incomprensible
para el que lo lleva a cabo; por otro lado, reconstituido como unidad por
un órgano especializado. Pero este órgano está él
mismo subordinado a la dirección propiamente dicha, que es la única
que posee teóricamente la comprensión de conjunto dado que
es ella quien impone a la producción su sentido, bajo la forma de
objetivos generales. No obstante, esta comprensión y sus objetivos
están así mismo invadidos por lo arbitrario, en tanto que separados
de la práctica y de todos los conocimientos realistas, que nadie tiene
interés en transmitir.
La actividad social global es de esa
forma escindida en tres niveles: el taller, la oficina, la dirección.
La cultura, en el sentido de comprensión activa y práctica
de la sociedad, es de igual manera cortada en esos tres momentos. De hecho
la unidad no se recompone más que por la transgresión permanente
de algunos hombres que están fuera de la esfera donde les encierra
la organización social, es decir, de una manera clandestina y parcelada.
2 – El mecanismo de constitución de la cultura
se dirige así a una reificación de las actividades humanas,
que asegura la fijación de lo vivo y su transmisión sobre el
modelo de la transmisión de bienes; que se esfuerza por garantizar
una dominación del pasado sobre el futuro.
Un funcionamiento cultural como este
entra en contradicción con el imperativo constante del capitalismo,
que es el de obtener la adhesión de los hombres y apelar en todo momento
a su actividad creadora, dentro del estrecho margen donde se les aprisiona.
En suma, el orden capitalista no vive más que a condición de
proyectar sin cesar delante de él un pasado nuevo. Esto se puede comprobar
particularmente en el sector propiamente cultural, del que toda publicidad
periódica es fundada sobre el lanzamiento de falsas novedades.
3 - El trabajo tiende de esa forma a ser conducido
a la pura ejecución, convertido en absurdo. A medida que la técnica
prosigue su evolución se diluye, el trabajo se simplifica, su absurdo
se profundiza.
Pero este absurdo se extiende
a los despachos y a los laboratorios: las determinaciones finales de su actividad
se encuentran fuera de ellos, en la esfera política de la dirección
del conjunto de la sociedad.
Por otro lado, a medida que la actividad
de los despachos y de los laboratorios se integra en el funcionamiento conjunto
del capitalismo, el imperativo de una recuperación de esta actividad
le obliga a introducir la división capitalista del trabajo, es decir,
la segmentación y la jerarquización. El problema lógico
de la síntesis científica es entonces amplificado con el problema
social de la centralización. El resultado de estas transformaciones
es, contra lo que pueda parecer, una incultura generalizada en todos los
niveles del conocimiento: la síntesis científica ya no se efectúa,
la ciencia ya no se comprende a sí misma. La ciencia ya no es para
los hombres una clarificación veraz y en actos de su relación
con el mundo; destruyó las antiguas representaciones, sin ser capaz
de aportar otras nuevas. El mundo se hace ilegible como unidad; solo los
especialistas poseen algunos fragmentos de racionalidad, pero se ven incapaces
de transmitirlos.
4 – Este estado produce, de hecho, un cierto número
de conflictos. Existe, por un lado, un conflicto entre la técnica,
la lógica propia del desarrollo de métodos materiales (y también
más ampliamente la lógica del desarrollo de las ciencias),
y por otro lado, la tecnología como una aplicación rigurosamente
seleccionada por las necesidades de la explotación de los trabajadores
y la frustración de su resistencia. Existe un conflicto entre los
imperativos capitalistas y las necesidades elementales de los hombres. De
esa forma la contradicción entre las prácticas nucleares actuales
y el gusto por vivir aún bastante extendido encuentra un eco hasta
en las protestas moralizantes de algunos físicos. Las modificaciones
que el hombre puede en adelante ejercer sobre su propia naturaleza (que van
desde la cirugía estética a las mutaciones genéticas
dirigidas) exigen también una sociedad controlada por ella misma,
la abolición de todos los dirigentes especializados.
En todas partes, la vastedad de las
nuevas posibilidades nos coloca ante esta alternativa apremiante: solución
revolucionaria o barbarie de ciencia-ficción. El compromiso representado
por la sociedad actual no puede vivir más que de un status quo que
se le escapa por todas parte, de forma incesante.
5 – El conjunto de la cultura actual puede ser calificado
de alienado en el sentido en que toda actividad, todo instante de la vida,
toda idea, todo comportamiento no encuentra su sentido sino fuera de si,
en un más allá que, aunque ya no es el cielo, no deja por ello
de ser más demencial de localizar: una utopía, en el sentido
propio de la palabra, domina de hecho la vida del mundo moderno.
6 – El capitalismo habiendo vaciado, del taller al laboratorio,
la actividad productiva de toda significación propia, se ha esforzado
por emplazar el sentido de la vida en el ocio y de reorientar a partir de
ahí la actividad productiva. Para la moral que prevalece, al ser la
producción el infierno, el consumo sería ahora la verdadera
vida; el uso de los bienes.
Pero esos bienes, en su mayoría,
no tienen otro uso que el de satisfacer algunas necesidades privadas, hipertrofiadas
a efectos de responder a las necesidades del mercado. El consumo capitalista
impone un movimiento de reducción de los deseos por la regularidad
de la satisfacción de necesidades artificiales, que permanecen como
necesidades sin haber sido jamás deseos; siendo los deseos auténticos
obligados a permanecer en un estado de no-realización (o compensados
en forma de espectáculos). Moralmente y psicológicamente, el
consumidor es en realidad consumido por el mercado. Además, esos bienes
carecen de un empleo social, porque el horizonte social está obstruido
por la fábrica; fuera de la fábrica, todo está dispuesto
como un desierto (la ciudad-dormitorio, la autovía, el parking...
). El lugar del consumo es el desierto.
No obstante, la sociedad constituida
en fábrica domina celosamente este desierto. El verdadero uso de las
mercancías es simplemente un adorno social, todos los signos de prestigio
y diferenciación adquiridos se tornan obligatorios para todos, como
tendencia fatal de la mercancía industrial. La fábrica se reproduce
en los momentos de ocio bajo la forma de signos, siempre con un margen de
trasposición posible, suficiente para que permita compensar algunas
frustraciones. El mundo del consumo es en realidad el de la puesta en escena
del espectáculo del todos para todos, es decir, de la división,
del extrañamiento y de la no-participación entre todos. La
esfera directiva es el severo director de escena de este espectáculo,
compuesto automáticamente y pobremente en función de imperativos
exteriores a la sociedad, traducidos en valores absurdos (y los directores
también, en tanto que hombres vivos, pueden ser considerados como
víctimas de ese director de escena robot).
7 – Fuera del trabajo, el espectáculo es la forma
dominante de poner en relación a unos hombres con otros. Es solamente
a través del espectáculo como los hombres adquieren un conocimiento
–falseado- de algunos aspectos del conjunto de la vida social, desde las
hazañas científicas o técnicas hasta los modos de conducta
reinantes, pasando por los encuentros de los Grandes. La relación
entre autores y espectadores no es más que una trasposición
de la relación fundamental entre dirigentes y ejecutantes. Esta responde
perfectamente a las necesidades de una cultura reificada y alienada: la relación
que se establece en el momento del espectáculo es, por si misma, portadora
irreductible del orden capitalista. La ambigüedad de todo “arte revolucionario”
es tal que el carácter revolucionario de un espectáculo es
siempre solapado por aquello que hay de reaccionario en todo espectáculo.
Esa es la razón por la que el
perfeccionamiento de la sociedad capitalista implica, en gran manera, el
perfeccionamiento del mecanismo de puesta en escena del espectáculo.
Mecanismo complejo, evidentemente, pues si él debe ser en primer lugar
el difusor del orden capitalista, no puede aparecer en público como
el delirio del capitalismo: debe alcanzar al público integrando elementos
de la representación que correspondan –por fragmentos – con la racionalidad
social. Debe tergiversar los deseos cuya satisfacción prohibe el orden
dominante. Por ejemplo, el turismo moderno de masas muestra ciudades o paisajes
no para satisfacer el deseo auténtico de vivir en tales sitios (humanos
y geográficos) sino para ofrecerlos como un puro espectáculo
veloz y superficial (y finalmente para permitir hacer acopio de recuerdos
de dichos espectáculos, como una forma de valor social). El strip-tease
es la forma más clara de erotismo degradado en mero espectáculo.
8 – La evolución, y la conservación del
arte han sido requeridas por estas líneas de fuerza. De un lado, el
arte es pura y simplemente recuperado por el capitalismo como medio de condicionamiento
de la población. Del otro lado, se ha beneficiado del otorgamiento
por el capitalismo de una concesión perpetua y privilegiada: la de
ser una actividad creativa pura, coartada de la alienación para todas
las otras actividades (lo que le convierte de hecho en el más caro
de todos los adornos sociales). Pero al mismo tiempo, la esfera reservada
a la “actividad creativa” es la única donde es planteada prácticamente,
en toda su amplitud, la cuestión del empleo profundo de la vida, la
cuestión de la comunicación. Aquí se fundan, en el arte,
los antagonismos entre partidarios y adversarios de razones para vivir oficialmente
dictadas. Al sinsentido y a la separación establecidas corresponde
la crisis general de los procedimientos artísticos tradicionales,
crisis que se une a la experiencia o a la reivindicación de experimentar
otros usos de la vida. Los artistas revolucionarios son aquellos que llaman
a la intervención, y que intervienen ellos mismos en el espectáculo
para perturbarlo y destruirlo.
II. La política revolucionaria
y la cultura
1 – El movimiento revolucionario no puede ser sino la
lucha del proletariado por la dominación efectiva, y la transformación
deliberada, de todos los aspectos de la vida social; y en primer lugar por
la gestión de la producción y la dirección del trabajo
por los trabajadores que asumen directamente el total de las decisiones.
Un cambio tal implica, inmediatamente, la transformación radical de
la naturaleza del trabajo, y la constitución de una tecnología
nueva que tienda a asegurar la dominación de los obreros sobre las
máquinas.
Se trata de una auténtica reinversión
de signo en el trabajo que entrañará numerosas consecuencias,
de entre las cuales la principal es sin duda el desplazamiento del centro
de interés de la vida, desde el ocio pasivo hasta la actividad productiva
de un nuevo tipo. Esto no significa que, de un día para otro, todas
las actividades productivas se hagan apasionantes. Pero trabajar para volverlas
apasionantes, por una reconversión general y permanente de los fines
así como de los medios del trabajo industrial, será en cualquier
caso la pasión mínima de una sociedad libre.
Todas las actividades tenderán
a fundir en un curso único, pero infinitamente diversificado, la existencia
hasta ahora separada entre ocio y trabajo. La producción y el consumo
se anularán en el uso creativo de los bienes de la sociedad.
2 - Un programa tal no propone a los hombres ninguna
razón de vivir más que la construcción por ellos mismos
de su propia vida. Esto supone, no solamente que los hombres sean objetivamente
liberados de necesidades reales (hambre, etc.,), sino sobre todo que comiencen
a proyectar ante si sus deseos –en lugar de las compensaciones actuales-;
que rechacen todas las conductas dictadas por otros para reinventar siempre
su realización única; que no consideren ya que la vida es la
conservación de un cierto equilibrio, sino que aspiren a un enriquecimiento
sin límite de sus actos.
3 – La base de tales reivindicaciones hoy no es una utopía
cualquiera. Es en primer lugar la lucha del proletariado, a todos los niveles;
y todas las formas del rechazo explícito o de indiferencia profunda
que debe combatir constantemente, por todos los medios, la inestable sociedad
dominante. Es también la lección del fracaso esencial de todas
las tentativas de cambios menos radicales. Y es en fin la exigencia que se
hace realidad en ciertos comportamientos extremos de la juventud (de los
que la vestimenta se muestra como la menos eficaz) y en algunos medios artísticos,
en este momento.
Pero esta base contiene también
la utopía, como invención y experimentación de soluciones
a los problemas actuales sin que para ello importe saber si las condiciones
para su realización están ya dadas (adviértase que la
ciencia moderna hace de ahora en adelante un uso central de esta experimentación
utópica). Esta utopía momentánea, histórica,
es legítima; y es necesaria pues es en ella donde se alimenta la proyección
de deseos sin los que la vida libre estaría vacía de contenido.
Dicha utopía es inseparable de la necesidad de disolver la ideología
actual de la vida cotidiana, y de los lazos de su opresión, para que
la clase revolucionaria descubra, con una mirada desengañada,
los usos existentes y las libertadas posibles.
La práctica de la utopía
no puede sin embargo mantener su sentido más que uniéndose
estrechamente a la práctica de la lucha revolucionaria. Y ésta
no puede prescindir de la utopía, sin riesgo de esterilidad. Los buscadores
de una cultura experimental no pueden esperar realizarla sin el triunfo del
movimiento revolucionario, que no podrá el mismo instaurar las condiciones
revolucionarias auténticas sin retomar los esfuerzos de la vanguardia
cultural hacia la crítica de la vida cotidiana y su reconstrucción
libre.
4 – La política revolucionaria tiene entonces por
contenido la totalidad de los problemas de la sociedad. Tiene por forma una
práctica experimental de la vida libre a través de la lucha
organizada contra el orden capitalista. El movimiento revolucionario debe
de esa forma llegar a ser un movimiento experimental. En el presente, allí
donde existe, debe desarrollar y resolver de forma tan profunda como sea
posible los problemas de una microsociedad revolucionaria. Esta política
completa culmina en el momento de la acción revolucionaria, cuando
las masas intervienen bruscamente para hacer la historia, y descubren también
su acción como experiencia directa y como fiesta. Inician entonces
una construcción consciente y colectiva de la vida cotidiana que,
un día, ya no será detenida por nada.
A 20 de julio de 1960