Trotsky y la guerra civil en
España
Pierre Broué
Texto incluido en el libro La Révolution
Espagnole (1939-1940), Les Editions de Minuit, 1975. Traducción
española en La revolución española, volumen 2,
Fontanella, Barcelona, 1977.
Cuando se desencadena el levantamiento
de los generales, el 19 de julio de 1936, no sorprende ni a Trotsky ni a los
dirigentes del POUM. El gobierno del Frente Popular, emanación de
la mayoría obrero-republicana, llevado al poder por las elecciones
de febrero, ni pudo ni quiso comprometerse en la lucha contra los preparativos
del complot y del levantamiento, y actuó como fiador de la «lealtad»-
de un ejército que preparaba la contrarrevolución. Pero esta
tentativa de contrarrevolución preventiva fracasa frente a la resistencia
de los trabajadores, que improvisan en algunas horas el armamento y la resistencia
armada: vencen después de encarnizados combates, los marinos en la
flota de guerra, los trabajadores en todos los grandes centros de Cataluña,
de Asturias –excepto Oviedo, donde se dejan engañar por los dirigentes
del Frente Popular- en Levante y en, el mismo Madrid. Al mismo tiempo, los
trabajadores crean las organizaciones de su combate: milicias obreras, patrullas
de control, comités con diversos nombres que unen a todas las organizaciones
obreras y a los que también se unen, de buena o mala gana, los restos
de las organizaciones republicanas.
Pero los partidos y sindicatos, incluida
la CNT, permanecen prisioneros de la orientación del Frente Popular
de colaboración de clases: como un fantasma del pasado y de la ley,
subsiste un gobierno «republicano», constituido en el corazón
de la insurrección, el gobierno Giral. En toda la España republicana
se crea una situación de doble poder, donde, de forma desigual según
las regiones y su mapa político, las masas, en el mismo movimiento
que les lleva al combate, liquidan los problemas de la sociedad española,
aportando sus soluciones, acabando con las fuerzas de represión, cuerpo
de policía, ejército, autoridades tradicionales -la iglesia
en primer lugar-, se apoderan de las fábricas y de las tierras y comienzan
a ejercer directamente el poder a través de sus comités.
Estos acontecimientos constituyen a los ojos
de Trotsky una brillante confirmación de sus análisis sobre
la sociedad española en crisis, su salida revolucionaria: sólo
el proletariado, agrupado en sus propias organizaciones puede encontrar la
respuesta a los problemas históricos que hay delante, comenzar, realizando
las tareas «democráticas», la transformación «socialista»:
abatir el fascismo en España y acabar en toda Europa con el reino del
capitalismo, empezando por el fascismo de los países que, como Italia
y Alemania, se han colocado del lado de los generales españoles. La
historia se encuentra de nuevo en uno de estos momentos privilegiados en
los que la acción consciente del movimiento obrero puede dar la vuelta
a la situación, parar la marcha hacia la guerra mundial, impedir los
preparativos de guerra imperialista para un nuevo reparto del mundo, caminar
con el espíritu de 1917 hacia la revolución mundial. Pero en
las condiciones dadas, después de que los partidos pequeñoburgueses
y conciliadores hayan saltado literalmente en pedazos en el encuentro armado,
el obstáculo principal se encuentra a la cabeza del movimiento obrero,
en la dirección de los partidos y sindicatos tradicionales que, arrastrados
por el movimiento de masas, se preocupan sobre todo de controlarlo y de frenarlo,
de limitarlo al marco parlamentario, reformista y legalista del Frente Popular.
En el seno de esta coalición contra la revolución, sellada en
la alianza electoral de enero, el estalinismo constituye el factor esencial,
y será de hecho, el principal agente de la empresa contrarrevolucionaria.
Efectivamente, la Unión Soviética intenta a la vez conciliarse
con el imperialismo franco-británico (las «democracias»)
para la conclusión de una alianza militar contra la Alemania nazi y
sus aliados, y evitar que un movimiento revolucionario victorioso en España,
pueda poner en cuestión la hegemonía de su propio aparato, las
propias bases de la dominación burocrática de la Unión
Soviética. En el momento en que la sangrienta farsa del primer proceso
de Moscú concreta la voluntad de Stalin de eliminar, al mismo tiempo
que los compañeros de Lenin, empujados a confesiones deshonrosas por
métodos policíacos, todo lazo con el bolchevismo, sus lecciones
y sus experiencias, con la corriente revolucionaria de Octubre de 1917, el
estalinismo no puede más que luchar con toda su fuerza en España
a fin de evitar una victoria proletaria, que significaría el fin de
su propia dominación. El camino de la victoria en España, la
ruptura de los partidos obreros con la burguesía y sus partidos, es
decir, con la dirección política del Frente Popular, la constitución
de un gobierno obrero y campesino, la consolidación y la transformación
de un gobierno obrero y campesino, la consolidación y transformación
de los comités obreros y campesinos en verdaderos soviets, su transformación
de organismos de coordinación entre partidos y sindicatos, en organismos
que salgan de las propias masas y que ejerzan todo el poder, no puede imponerse
más que al precio de un feroz combate contra todos los partidarios
de la colaboración de clases, en primer lugar el aparato estalinista
internacional, que juega un papel decisivo en España y está
decidido a pagar el precio que sea.
Con todo, la lucha por el poder de los «comités-gobiernos»,
de los comités transformados en soviets, la batalla por la eliminación
del gobierno conciliador del Frente Popular y la creación de un gobierno
obrero y campesino la constitución, en plena guerra civil, del instrumento
decisivo que constituye, sobre el modelo ruso, el ejército rojo, la
lucha consciente por extender a toda Europa el incendio revolucionario que
acaba de estallar en España; todo esto, no puede ser llevado a cabo
sin la existencia de un partido revolucionario, que sea, igual que lo fue
el Partido Bolchevique, el partido de la dictadura del proletariado, el partido
del «poder de los soviets», el partido del ejército rojo.
¿El POUM, tal como es, puede llegar a ser este partido? ¿En
qué condiciones?. Esto es lo que Trotsky se pregunta y parece haber
resuelto de forma positiva, antes de que los acontecimientos desmientan este
análisis y le obliguen a un nuevo giro radical, y a esta desesperada
empresa: la construcción, en plena guerra civil y a partir de nada,
del partido revolucionario que es la condición de la victoria.
El POUM de agosto de 1936, no es muy distinto al de sus primeros meses de
existencia. Su dirigente indiscutible, Joaquín Maurín, falta
a la llamada, sorprendido en Galicia por el levantamiento, es hecho prisionero
por los insurrectos fascistas: una ausencia que pesará sobre la historia
del partido, ya que deja al POUM bajo la dirección de Nin, su «secretario
político» frente a lo que Andrade llamaba el «reflejo de
la defensa preventiva», por parte de los «ex-dirigentes bloquistas»,
«contra los dirigentes originarios de la ICE», a los que atribuyen
la intención de «apoderarse del POUM» y de «imponer
el trotskismo». [1] Por otra parte, el levantamiento militar le ha golpeado
en las regiones en las que la Izquierda Comunista ejercía mayor influencia
en el seno del POUM: Manuel Fernández Sendón en La Coruña,
Luis Rastrollo, secretario general del POUM en Galicia, Luis Fernández
Vigo, uno de sus organizadores en Andalucía y muchos otros cuadros
y militantes provenientes de la Izquierda Comunista, serán fusilados
en los primeros momentos de la insurrección militar. El resultado
es que la organización catalana, salida casi totalmente del Bloc,
adquiere en la organización unificada un peso aún más
considerable.
Sin embargo, las transformaciones de los partidos obreros revolucionarios
-lentas en los períodos de estabilidad política y social- pueden
adquirir un ritmo acelerado en periodos de luchas de masas y guerra civil.
Los militantes del POUM, por sus iniciativas, jugaron un papel importante
en la organización de la lucha armada, en la puesta en pie de los organismos
de combate proletarios, y su organización adquirió un nuevo
peso. El POUM se ha convertido en un partido de masas, no sólo por
el aumento de sus efectivos, que pasaron de 6.000 a más de 30.000 militantes,
[2] sino porque sus militantes, reconocidos como organizadores, están
a punto de convertirse en los cuadros de la propia clase y de su juventud,
sobre todo en las milicias. Por otra parte dispone de los medios materiales
que le ha valido su acción y la audiencia adquirida durante las jornadas
revolucionarias: diarios en Barcelona, Madrid, Lérida, semanario del
partido y de la JCI, [3] grupos de pioneros, grupos femeninos, locales, posibilidad
de organización de actividades publicas de masas, mítines,
desfiles, etc. Respecto a esto, el POUM, transformado debido al empuje revolucionario
de las masas obreras y campesinas españolas, se priva de su tendencia
al particularismo y se eleva a la necesidad de responder a los problemas
situados a escala mundial. El antiguo dirigente bloquista Juan Farré,
escribe en el diario de las JCI en Lérida: «El triunfo de la
revolución española es el principio de un poderoso movimiento
revolucionario mundial. El triunfo de la revolución española
desplazará el meridiano de origen desde Moscú hasta Barcelona.
El partido bolchevique ha degenerado, y es el POUM quien recoge la bandera
de su tradición y la despliega en el mundo entero.» [4] Trotsky
no olvida las divergencias pasadas, los incidentes con Nin, la firma del programa
electoral de las izquierdas. Pero la situación revolucionaria que
acaba de crearse en España exige audacia y grandes esfuerzos para avanzar
en el camino de la organización revolucionaria. Según su opinión,
el POUM, tal como es, puede ser ganado, a condición de que se le ayude,
convirtiéndose en un poderoso factor tanto para la victoria de la
revolución proletaria en España como para la construcción
de la IVª Internacional. Al día siguiente de finalizada la conferencia
de Ginebra del movimiento por la IVª Internacional, que se celebró
a finales de julio, Jean Rous, miembro del Secretariado Internacional., se
dirige a Barcelona, a donde llegará el 5 de agosto. Los contactos
iniciales con los dirigentes del POUM, sobre todo con Andrés Nin,
convertido en Secretario político en ausencia de Maurín, son
cordiales. El POUM desea que Trotsky sea acogido en Cataluña, y así
se lo dice oficialmente a Rous. Acepta gustosamente la colaboración,
el «apoyo político, material y técnico» que le es
ofrecido por los BL, y se declara dispuesto a aceptar una colaboración
regular de Trotsky en La Batalla. Trotsky responde al telegrama de Rous que
le informaba sobre sus proposiciones con una carta -que no llegará
a su destinatario- en la que insiste sobre la necesidad de «olvidar
las divergencias pasadas»: frente a la tarea que deben abordar los revolucionarios
en España y en otros lugares, hay que enterrar las antiguas querellas
y buscar sinceramente la forma de trabajar juntos. Tiende la mano a Nin y
Andrade, aconsejándoles que buscasen sobre todo el apoyo de los combatientes
anarquistas, cuyo papel es decisivo en la guerra y la revolución.
Sin embargo muy pronto, las presiones del gobierno de Stalin sobre los noruegos,
las amenazas de los nazis, el comienzo del primer Proceso de Moscú,
la falta de confirmación de las proposiciones de estancia en Cataluña,
le privan de la esperanza, acariciada durante un instante, de intervenir
personalmente en el desarrollo de la revolución española: prácticamente
prisionero en Noruega, se ve obligado al silencio a partir del 26 de agosto.
En el momento en que sus relaciones con Nin y sus antiguos camaradas de
la Izquierda Comunista, convertidos en dirigentes del POUM, debían
tomar su forma definitiva, en un momento en que la menor iniciativa política,
podía tener consecuencias de significado incalculable, Trotsky se ve
reducido a la impotencia, incapacitado incluso para intervenir desde lejos,
por medio de cartas, como lo había hecho hasta ahora. Es en Barcelona
-y sin él- donde se juega el porvenir. Jean Rous -«Clart»
en la organización BL-, ha sido el elegido por cuenta del SI, sobre
todo por sus conocimientos de idiomas, aunque es competente, hábil,
prudente y buen negociador. Las dificultades se van acumulando sobre sus pasos.
Contaba con apoyarse en Barcelona en un militante italiano, Di Bartolomeo
-Fosco-, veterano de la «nueva oposición italiana», expulsado
de Francia en la primavera, refugiado en España, donde habla sido arrestado
y posteriormente liberado a consecuencia de una campaña del POUM Los
dirigentes del POUM, desbordados, le confiaron la responsabilidad del recibimiento
y la organización de los militantes extranjeros que acudiesen. Fue
él quien abrió las primeras puertas a Rous, quién le
acompañó, al mitin del Bosque, en el que Nin leyó ante
varios millares de trabajadores el «saludo» de la IVª Internacional.
[5] Pero las buenas relaciones no duraron mucho. Fosco juega un papel personal,
se escribe con Molinier, que llegará pronto a Barcelona. Rous le aconseja
que le haga volver en seguida, a fin de no comprometer definitivamente el
acercamiento entre Trotsky y Nin. Fue Fosco quien aconsejó, a Nin
y a Andrade hacer venir a Landau, que pronto se revelará como un antitrotskista
encarnizado; fue él quien desaconsejó a Nin hacer venir a León
Sedov, hijo de Trotsky, que estaba dispuesto a «ponerse a disposición
del trabajo militar del POUM». Los elementos BL venidos del extranjero
complican la tarea del representante del SI: a menudo sectarios. Profieren
juicios sumarios sobre el POUM, repiten las severas apreciaciones de Trotsky,
reiteradas en una carta de julio al SI, publicada por primera vez en agosto
en La Lutte Ouvriere, toman la lección a los militantes del POUM,
ufanos de su combate y de su partido. Uno de ellos, el italiano Stellio (seudónimo
de Renato Metteo Pistone) roba una carta de Molinier del despacho de Fosco,
cuenta que Blasco la ha enviado para vigilar a Rous y se queja de que los
dirigentes del POUM hayan amenazado con hacerle fusilar. Los belgas, que llegan
todos con cartas de recomendación de Víctor Serge, miran por
encima del hombro a los franceses del POI, y los italianos ensordecen a sus
camaradas con el ruido de sus querellas fraccionales.
Barcelona tiende a convertirse en un coto cerrado de los grupos llamados
de extrema izquierda que gravitan alrededor del POUM y que se disputan el
acceso a sus locales, como el hotel Falcón. Los alemanes del KPO y
del SAP, se reclaman del Buró de Londres, pero se inclinan hacia el
Frente Popular y son muy antitrotskistas. Michel Collinet, brazo derecho de
Marceau Pivert en la Izquierda Revolucionaria de la SFIO, pone en guardia
a los dirigentes del POUM contra las empresas trotskistas. La derecha del
POUM -los antiguos bloquistas, se jactaban de su posible influencia, de la
eventual debilidad de Nin respecto a ellos, de las relaciones que Andrade
continúa teniendo con ellos. Se dirá y repetirá que «los
trotskistas» se han apoderado de la emisora de radio del POUM en Madrid,
donde efectivamente están empleados algunos militantes para las emisiones
en lengua extranjera. El primer artículo de Trotsky para La Batalla
es amputado por Gorkin de una corta frase que atacaba a Marceau Pivert y
Maurice Paz, responsables de la SFIO, el partido que patrocina la no-intervención.
En el entierro de Robert de Fauconnet, muerto en el frente, Rous está
autorizado a hablar, pero el servicio de orden del POUM impide que se despliegue
sobre el circulo la bandera de la IVª Internacional.
El gobierno de la Generalitat no acepta proporcionar a Trotsky un visado
de entrada: los dirigentes anarquistas están lejos de desear su presencia.
Por otra parte Trotsky no dio señales de vida desde que Rous le transmitiera
por telegrama las proposiciones del POUM; se ha perdido toda esperanza de
una explicación directa, y los incidentes, que se multiplican, son
significativos de un fenómeno mucho más profundo del que dan
testimonio tanto las cartas y los informes de Rous desde Barcelona, como las
de Moulin desde Madrid: la entrada del POUM en el Consejo Económico,
la progresiva integración del Comité Central de las milicias
en los resortes del gobierno de la Generalitat, les parecen índices
inquietantes de una orientación que se encaminaba hacia la política
del Frente Popular, haciendo resurgir las viejas desconfianzas y las antiguas
querellas. En seguida se hace evidente que se prepara un giro político
en Cataluña y que la dirección del POUM se dispone a seguir
una línea que no podría encontrar la aprobación de Trotsky:
a partir del momento en que los anarquistas tienen en cuenta la posibilidad
de entrar en un gobierno que uniera a todas las fuerzas «antifascistas»,
los principales dirigentes del POUM estiman que no pueden hacer otra cosa
que seguirlos. Pensando que esta orientación significaría la
ruptura definitiva con Trotsky, Andrade reclama en vano la organización
de una discusión con el Secretario Internacional. Por el contrario,
otros presionan para que se corten lo más rápido posible estos
lazos comprometedores.
Y es que el POUM no sólo es centrista por su historia, las posiciones
adoptadas por su congreso de unificación, su heterogeneidad, el carácter
a menudo contradictorio de sus posturas de una semana a otra, las dudas y
las divisiones de sus dirigentes y sus consejeros, lo es también por
las oposiciones y los contrastes que nacen entre sus diferentes federaciones:
de hecho, hay varios POUM
En Madrid, su local está decorado con un inmenso retrato de Trotsky.
El núcleo del POUM en la capital -donde no quedaron más que
algunos antiguos dirigentes de la Agrupación autónoma que se
pasaron al Bloc después de la partida de Portela, que se instaló
en Valencia por incompatibilidad de caracteres con los demás dirigentes
madrileños- está constituido por los veteranos de la Izquierda
Comunista, vieja y joven guardia, que va desde el veterano Luis García
Palacios, -pronto desmoralizado-, hasta los jóvenes reclutados en la
zona Sur, como Jesús Blanco., pasando por los Enrique Rodríguez
o Eugenio Fernández Granell, reclutados también en el período
de «oposición» en las filas del Partido Comunista. A principios
de 1936 cuenta más o menos con 150 militantes, todos sentimentalmente
unidos a la IVª Internacional y a Trotsky como al POUM en que decidieron
constituir a la Izquierda Comunista. Este puñado de hombres tuvo mucha
importancia en la lucha contra la insurrección militar de julio. El
papel de los militantes madrileños del POUM en el asalto al cuartel
de la Montaña, que atacaron al grito de «¡Viva Trotsky!»,
así como en los combates de los primeros días, su ardor y dinamismo,
en seguida les valieron el aprecio y una audiencia incontestable, sobre todo
entre la juventud obrera. [6] Tanto es así, que el 20 de julio,
el POUM madrileño constituye una «columna motorizada» -un
centenar de hombres que manda el comunista franco-argentino Hipólito
Etchebèhére (Juan Rústico)- que será la punta
de lanza del «batallón de voluntarios obreros 20 de julio»,
bajo el mando de un oficial de carrera, gran lector y admirador de Trotsky,
héroe de la batalla por el cuartel de la Montaña, donde había
sido hecho prisionero por los fascistas, el capitán Santiago Martínez
Vicente. [7] A principios de septiembre, el «Batallón Lenin»,
constituido en Madrid por el POUM, cuenta con más de 500 milicianos,
y llegará a doblar sus efectivos en las semanas siguientes.
Con todo, esta joven organización, que crece en el mismo corazón
de la más grande batalla de la guerra civil, está profundamente
marcada por la ligazón de sus dirigentes a Trotsky y al movimiento
bolchevique-leninista internacional. Su local no sólo está decorado
con retratos de Trotsky, sino con pancartas recordando su papel en la revolución
rusa. Su emisora cuenta con la colaboración de militantes BL llegados
de Suiza, Moulin, Paul y Clara Thalmann, que lanzan llamamientos inspirados
en el internacionalismo proletario de la tradición de 1917. Su prensa,
el semanario POUM, el diario de las milicias, El Combatiente Rojo, el semanario
de las JCI, La Antorcha tiene acentos propiamente «bolcheviques-leninistas».
Varios centenares de jóvenes obreros se colocan tras las banderas
del POUM y de las JCI en la manifestación organizada para celebrar
el restablecimiento de las relaciones con la Unión Soviética:
presentan un retrato de Trotsky, al que dan vivas a su paso ante el embajador
Rosenberg. El Combatiente Rojo, llama a la elección, en las columnas
de milicias, de «comités de combatientes», y reproduce
un panfleto del «Comité central de refugiados antifascistas italianos»,
llamando a la «confraternización», presentada como la
aplicación de las enseñanzas de Lenin y Trotsky. [8] El mismo
periódico dedica un importante lugar a la denuncia de los Procesos
de Moscú, a las reacciones y condenas que suscita en el movimiento
obrero, reproduce un articulo de Trotsky sobre el terrorismo individual. [9]
En una réplica a los ataques de Mundo Obrero, órgano del Partido
Comunista, afirma que los «bolcheviques-leninistas existen y crecen
en el mundo entero». [10] En cada número, se dedica un importante
lugar a Trotsky, al recuerdo del papel que jugó en la fundación
del ejército rojo y en la defensa de Petrogrado, a la persecución
de la que es víctima en el momento en que caen los compañeros
de Lenin. Las consignas de los madrileños del POUM llevan el mismo
sello: afirmación de que es la revolución proletaria la que
está a la orden del día, denuncia del carácter burgués
de los gobiernos Giral y Largo Caballero, constitución de comités
análogos a los soviets, referencias al internacionalismo proletario,
denuncia del papel contrarrevolucionario del estalinismo. La Antorcha explica
que la JCI está en la línea de la tradición de los jóvenes
bolcheviques «desplegando la bandera de Lenin y de Trotsky»,
luchando «por la revolución proletaria, por la constitución
de un gobierno obrero sobre la base de los comités de milicianos,
obreros y campesinos». [11) El enorme éxito de su primer gran
mitin, celebrado el 11 de octubre en el teatro María Isabel, provoca
la respuesta de las JSU, que le acusan de «dividir» y de organizar
la «escisión» de la juventud, así como de Mundo
Obrero, que acusa al «grupúsculo trotskista» de Madrid
de usurpar el nombre de «comunista», y recuerda respecto a esto
el descubrimiento en la URSS del «centro de espionaje y de traición»
que dirigían Zinoviev, Kamenev y Trotsky. El 21 de octubre estallan
los primeros incidentes, que estas agresiones verbales habían preparado:
la invasión y el saqueo del local madrileño de las JCI por un
grupo de sesenta miembros de las JSU, decididos a hacer callar por la fuerza
a los que trataban de «escisionistas» y de «agentes del
fascismo». Ésta será la señal de la campaña
general de exterminio llevada a cabo contra el POUM
Muy distinta es la orientación de la federación de Levante,
dirigida, desde pocas semanas después del comienzo de la guerra civil,
por Luis Portela, que no dudó en afirmar en diciembre de 1936 ante
el Comité Central ampliado: «En nuestro partido hay una corriente
que lleva una política que realmente no es la nuestra. Esta corriente,
que actúa fundamentalmente como fracción, está representada
sobre todo por la sección de Madrid.». [12] La orientación
seguida por el periódico El Comunista resulta extraña para el
que haya leído El Combatiente Rojo, e incluso La Batalla. El órgano
levantino del POUM no duda en otorgar su apoyo sin reservas al gobierno Largo
Caballero, escribiendo: «El gobierno de la República es la expresión
de la voluntad de las masas populares, encarnada por sus partidos y organizaciones.».
[13] A pesar de que los primeros actos de violencia han tenido lugar contra
militantes de su propio partido en Madrid, y de que incluso su propio derecho
de expresión está en entredicho, escribe que los militantes
levantinos del POUM están orgullosos de «no haber provocado ningún
incidente». [14] Multiplica los ataques contra los que llama «los
enemigos en el seno de nuestras propias filas», denuncia a «los
aventureros de la política», a los «intelectuales pequeño-burgueses»,
la «frivolidad» de los «irresponsables», a los que
hay que achacar la principal responsabilidad por los ataques estalinistas.
Lanza una campaña para que «se corte de raíz» todo
«pretexto» de ataque por parte de otros partidos obreros, lo que
no puede conseguirse, según él, sino con la eliminación
radical del POUM de «toda tendencia trotskista o trotskizante»,
[15] apuntando a la vez a la sección de Madrid y a la JCI en
su conjunto, en particular a su Secretario General, Solano, pero intentando
llegar hasta Nin y Andrade. Portela reprocha al Comité Ejecutivo y
a La Batalla, el hecho de haber formulado públicamente críticas
contra la Unión Soviética. El Comunista se niega a salir en
defensa de los acusados de los Procesos de Moscú, subrayando que «¡ni
ellos mismos se defienden!». [16]
Respecto a la orientación, las divergencias no son menores. El alemán
Landsmann, del SAP apoya a Portela en el congreso de la Federación
de Levante, clamando: «Nin ha criticado al Frente Popular. ¿Qué
hubiéramos hecho si el movimiento se hubiera dirigido contra un gobierno
que no fuese de Frente Popular?» El Comunista desaprueba las críticas
que se han hecho a las Cortes, así como la- demanda de su disolución
[17]. Los dirigentes comunistas de Levante se oponen a la consigna de «comités»,
a los que consideran como «desacreditados», retomando, en febrero
de 1937, en plena ofensiva estalinista contra el POUM, el tema de la «unificación
de los marxistas», necesaria, según su opinión, para la
depuración de cada partido -haciendo el POUM la suya hacia la izquierda-
protestando contra las veleidades de la dirección al intentar conseguir
la salida del gobierno de los partidos republicanos pequeño-burgueses,
cuya presencia estiman indispensable, oponiéndose también a
la consigna de «gobierno obrero» y a la ruptura de la coalición
con los partidos burgueses, que en principio están en el centro de
las consignas gubernamentales generales de su partido durante todo este período.
[18] Al lado del POUM «rojo» de Madrid, casi bolchevique-leninista,
el POUM de Levante aparece de un rosa pálido, como el ala de este partido
más abiertamente favorable una política de alineación
con el Frente Popular.
Ahora se comprende mejor, como en estas condiciones, Andrade haya podido
escribir hoy que el POUM «vivía desde el principio de la revolución
en un estado de crisis permanente oculta», y que Nin, impuesto por «su
autoridad moral, su talento, su prestigio y las necesidades de la realidad»,
fue un «secretario político disminuido de sus funciones»,
constantemente «sometido a las vejaciones de los veteranos dirigentes
maurinistas», que luchan contra él constantemente, obligándole
a una lucha permanente en un partido en el que no representa más que
a una «fracción minoritaria» y en el que no puede contar
más que con «la maduración política que se estaba
operando en la base». [19] La línea del POUM, bajo el peso de
estas dificultades, traducirla gran cantidad de dudas y de incertidumbres,
y alimentaría la ruptura después de la feroz polémica
con Trotsky, a partir de la entrada del POUM en el gobierno de la Generalitat.
La liquidación del levantamiento militar en Cataluña, habla
creado, más claramente aún que en el resto de España,
una situación de doble poder entre las autoridades de la Generalitat
-el presidente Companys- y los comités construidos por los militantes
obreros, esencialmente de la CNT, en las ciudades, los pueblos y los barrios
de Barcelona. [*] Las dudas de los anarquistas, enfrentados al pproblema del
poder, habían conducido ya inmediatamente después de la insurrección
a una solución intermedia, la constitución de un Comité
Central de las Milicias Antifascistas de Cataluña, formado por representantes
de los partidos obreros y republicanos y de los sindicatos obreros y campesinos.
«Eran ya organismos de Frente Popular», pero en los que «las
fuerzas obreras eran fundamentalmente determinantes», como subraya
Andrade, [20] el Comité Central tenía pues la posibilidad de
convertirse, -por la ampliación de su base de comités de milicianos,
por su transformación en comités elegidos de tipo soviético
y por la eliminación de los partidos republicanos burgueses- en un
verdadero gobierno obrero. Esta era, en agosto del 36. La postura del POUM,
y seguramente la de Trotsky. Pero la pequeña burguesía vigilaba
a través del presidente Companys, apartado en julio y aparentemente
reducido a un papel decorativo: fue él, quien a partir de septiembre
se dedicó a convencer a los elementos dirigentes de la CNT-FAI. de
la inutilidad de esta «dualidad de poderes» y de su carácter
nefasto para la organización de la lucha, así como de la necesidad
de poner fin a esta situación, reconstruyendo un «gobierno»
de la Generalitat, de composición idéntica a la del Comité
de Milicias, lo que presuponía la disolución de este último.
La discusión llega hasta el Comité Central, donde el POUM. está
representado. Andrade cuenta: «Nuestro delegado luchó hasta
el último momento, apoyado por todo el partido, y su órgano
La Batalla, contra esta proposición, oponiéndole una mejor estructuración
del Comité de Milicias y una representación más fiel
de las masas revolucionarias ( ... ) Nuestra opinión era muy minoritaria,
la CNT-FAI disponía de una fuerza hegemónica, y su decisión
fue adoptada.» [22]
El POUM, igual que durante la decisión sobre las alianzas electorales,
se encontraba ante una alternativa decisiva: seguir solo en la vía
defendida hasta ahora o inclinarse ante la mayoría de las organizaciones
obreras, en nombre de la unidad y de la eficacia, entrar en el gobierno y
aceptar una cartera ministerial. Una alternativa con grandes consecuencias,
que cuestionaba su porvenir. Juan Andrade, recordando esto, [23] insiste sobre
todo en las consecuencias que hubiera tenido, según su opinión,
la negativa a la colaboración gubernamental: el aislamiento del POUM,
favoreciendo las empresas estalinistas en favor de su prohibición,
la pérdida de derechos y ventajas materiales para sus milicias -la
posesión de milicias era el criterio para el «reconocimiento»
de un partido como antifascista-, así como el peligro de verse a corto
plazo obligado a la ilegalidad, en una situación que el POUM estimaba
que era fundamental para él y para la revolución, poder dirigirse
a las masas. Aquí no se acababan los peligros que entreveían
los dirigentes del POUM: era probable que una decisión negativa hubiera
tenido como consecuencia la escisión por parte de los elementos derechistas
del partido. Andrade, que más tarde escribiría que la participación
había sido «engañosa, e incluso nefasta», [24] hoy
se contenta con hacer notar que la forma con que Trotsky expresa su crítica
estaba «casi formulada en los mismos términos que si se hubiera
tratado de la colaboración de clases de los socialdemócratas
en un gobierno burgués, de Andrés Nin siguiendo, en suma, los
pasos de Millerand». [25] Las consecuencias de la participación
aparecieron rápidamente: una de las primeras decisiones del gobierno
en el que Nin había entrado como ministro («conseller»)
de Justicia, será precisamente la disolución de los comités
nacidos en las jornadas revolucionarias de julio, la instalación de
ayuntamientos hechos a imagen y semejanza de los del Frente Popular, la restauración,
al igual que en el resto de España bajo el gobierno de Largo Caballero,
de un gobierno burgués tradicional, simplemente «rejuvenecido»
por el aporte y la colaboración de las organizaciones obreras, pero
que tendrá la tarea de restablecer una «situación normal»,
lo que ocurrirá en el espacio de algunos meses, la participación
del POUM fue preciosa para poner en lugar el dispositivo de contraataque a
partir de la restauración de la autoridad gubernamental.
¿Fue tomada por unanimidad la decisión de entrar en el gobierno
Tarradellas de la Generalitat?. Desde luego se puede dudar, y numerosos testimonios
dan cuenta de profundas dudas, por lo menos entre los dirigentes del POUM.
Los dirigentes de las JCI son reticentes, y las explicaciones dadas, en un
mitin de Barcelona, por su secretario general Wilebaldo Solano, provocarán
el furor de los más ardientes partidarios de la colaboración.
Molins y Fábrega lucha contra la postura que considera como un grave
error. El madrileño Enrique Rodríguez, invitado al Comité
Central a titulo consultivo, vota en contra. Andrade parece también
haber combatido una decisión de la que no ve claras las consecuencias,
y haber pedido en vano una consulta a los militantes, que es rechazada, a
falta de tiempo, según se dice, ya que hay que decidirse rápidamente.
De todas formas, oficialmente, la decisión fue tomada por el Comité
Central por unanimidad: ninguno de los adversarios a la entrada toma sobre
si la expresión de una oposición que significaría evidentemente,
en estas condiciones, una escisión.
Así es como aparecen las raíces de las divergencias que arruinarán
toda esperanza de acercamiento entre Nin y Trotsky. Al igual que en enero,
de cara a la conclusión de la alianza electoral, el POUM acepta inclinarse
ante una política que no es la suya, que él no ha querido, o
que incluso ha combatido: se niega a colocarse contra la corriente y aislarse
de las demás organizaciones. Minoritario en el seno de la clase obrera,
estima que debe inclinarse, en Cataluña, ante los anarquistas, como
había hecho en enero ante los socialistas al aliarse con los republicanos
bajo el programa de estos últimos. La concepción «unificadora»
que prevaleció en la propia constitución del POUM, constituye,
sin duda alguna, un poderoso factor en la toma de esta decisión. Pero
existen otras razones más determinantes aún. La negativa a colaborar
desde el interior en el gobierno de la Generalitat, la batalla por defender,
con uñas y dientes, los comités, transformándolos en
los órganos de las masas revolucionarias ejerciendo el poder, significaría
evidentemente orientarse hacia la dictadura del proletariado bajo el modelo
«soviético»: el POUM, debido al Bloc, considera que esta
política es extraña a la tradición del movimiento obrero
español. Si el órgano del poder según el POUM era. durante
los seis Primeros meses de 1936, la Alianza Obrera, formada por delegados
de los partidos obreros y los sindicatos, la coalición que prevalece
en el Comité Central de las Milicias -y que es trasladada al nuevo
gobierno-, que es extendida según las mismas proposiciones a los nuevos
ayuntamientos ¿es muy diferente cualitativamente, teniendo en cuenta
el papel que juegan por el momento las organizaciones republicanas, reducidas
a su más simple expresión y que van a remolque de las organizaciones
obreras? Finalmente, estrechamente ligados a estas concepciones principistas,
hay análisis incluso de los dirigentes del POUM de la situación
de verano de 1936: el 6 de septiembre, Nin afirmaba que «la dictadura
del proletariado existía en España»: [26] al entrar en
el gobierno Companys, los dirigentes del POUM no podían contribuir
a liquidar un segundo poder, ya que no habla dualidad de poderes, en ese caso,
la disolución del Comité de Milicias, no aparecía mas
que como una simple reorganización, un cambio, ciertamente digno de
tener en cuenta, pero no cualitativo, ya que el gobierno catalán tenía,
como explicarán los militantes del POUM de Madrid, un «carácter
revolucionario», siendo la expresión, incluso por su composición,
de las tareas «democrático-socialistas» de la revolución.
Nin, en el Consejo de la Generalitat, luchó contra la disolución
de los comités locales, pero se consuela de esta derrota, y del hecho
de que el POUM deje de ser hegemónico en ciertos comités locales,
como el de Lérida, por el hecho de que desde ahora está representado
en localidades en las que hasta el momento habla sido mantenido fuera...
Walter Held, secretario, y seguramente portavoz de Trotsky sobre este problema,
escribirá: «El POUM cometió aquí el error trágico
que consiste en considerar a su propio partido como un objeto muerto, en
lugar de considerarlo como un factor vivo de la revolución. Estas
medidas a medias, esta autocastración, ¿no son los que preparan
el terreno a las hipócritas medidas de los estalinistas [27]?»
La entrada de Nin en el gobierno catalán, la disolución de
los comités en Cataluña, en todo caso, hicieron abortar los
inicios de colaboración esbozados en agosto entre los trotskistas y
los veteranos de la Izquierda Comunista que estaban a la cabeza del POUM,
colaboración que habla encontrado bastantes obstáculos, tanto
por parte de los «bloquistas» y de sus aliados, los partidos extranjeros
del Buró de Londres, como por la de los «voluntarios BL»
extranjeros, que lo ignoraban todo sobre España, pero que eran pródigos
a la hora de dar lecciones. Después de la constitución del
gobierno Tarradellas, con Nin como ministro de Justicia, Rous partió
el 7 de octubre, después de una última entrevista con Andrade.
Dejó tras suyo a su secretario, el poeta Benjamín Péret,
que se alistará en las milicias del frente de Aragón, así
como algunas decenas de militantes dispersos. Después del hundimiento
del grupo Fersen, no hay mas BL españoles. Los restos del grupo Fersen,
a excepción de Esteban Bilbao, que quedó aislado, se integraron
en el Partido Socialista, o bien, como Jesús Blanco, en el POUM. De
los militantes extranjeros presentes en España antes del comienzo de
la guerra civil, uno, Robert de Fauconnet, murió, y el otro, Fersen,
trabaja para su propia fracción internacional, la de Molinier. Munis
aún no ha vuelto de México. De hecho, se dibujan dos grupos,
uno alrededor de Fosco, el otro, alrededor de otro militante italiano, Carlini.
La publicación por estos últimos del informe de Rous sobre España,
provoca la primera reacción violenta, la de El Comunista de Valencia,
portavoz del antitrotskismo en el POUM. Expulsados por su actividad fraccional
del POUM y de sus locales en Barcelona, los militantes del grupo «oficial»
-Adolfo Carlini, Lionello Guido- piden la entrada en este partido, con el
derecho de constituir su propia fracción: reciben una brutal negativa,
firmada por Nin en persona, en nombre del Comité Ejecutivo, exigiendo
de su parte la desaprobación previa de los ataques de la IVª
Internacional. Después de cinco años de revolución, Trotsky
no dispone, para concretar su política, ni siquiera, de un grupo,
aunque fuese reducido, de militantes españoles...
Hemos visto como durante meses, Trotsky no dedica ni una sola línea
a la revolución española: prisionero en su cárcel noruega,
privado de cualquier colaborador, unido solamente al resto del mundo por su
radio, dedica todas sus fuerzas a demoler el maquiavélico montaje policiaco
de los procesos de Moscú, y a intentar aclarar, para el movimiento
obrero mundial, la provocación estalinista que permite la masacre
de los viejos bolcheviques de los compañeros de Lenin, al mismo tiempo
que la preparación de su propio asesinato. Cuando, recibido al fin
en un refugio más acogedor, abandonando Noruega para instalarse en
México, vuelva a tomar la palabra a propósito de la revolución
española, ya han pasado muchos meses, y son precisamente los meses
durante los que el POUM ha aceptado colaborar con el gobierno, a pesar de
que sobre el país se estaba tramando la conspiración de la
intervención italo-alemana y de la «no-intervención»
de las otras potencias. Trotsky vuelve a asumir el papel de censor, y se expresa
conforme a las decisiones tomadas por el Buró ampliado del movimiento
por la IVª Internacional en enero de 1937: el POUM es el blanco de los
ataques de los estalinistas, merece recibir apoyo material y moral por parte
de los revolucionarios, aunque ya no se le puede otorgar un apoyo político.
Las divergencias no han dejado de agravarse, y la disputa va tomando, a
los ojos de cualquiera, un carácter académico. La decisión
tomada por la Unión Soviética -cofirmante inicialmente del pacto
de no intervención- de dar ayuda material a España, estaba cargada
de consecuencias políticas. Pravda no lo disimula: en España
no se trata ahora de una revolución «socialista», ni siquiera
«obrero-campesina», sino de una «revolución democrática»
y de la «lucha contra el fascismo» [28]. Es precisamente en España
donde se puede soldar la alianza que el gobierno de Stalin busca desde 1934
con Gran Bretaña y Francia y de la que el pacto Laval-Stalín
de 1935 no constituyó mas que un primer paso, desde su punto de vista,
insuficiente. Se trata de demostrar a las dos potencias occidentales «democráticas»
que, no sólo la alianza rusa no constituye para ellas un peligro en
el plano de la subversión y de la revolución social, sino incluso
que el gobierno ruso -así como las fuerzas que le apoyan incondicionalmente
en España, PCE-PSUC, JSU- son las más eficaces defensoras de
la legalidad, de la propiedad y del orden. Los análisis teóricos
justifican la lucha contra una «revolución inoportuna»,
que no es ni más ni menos que un combate contrarrevolucionario. El
PCE y el PSUC se han convertido en los defensores de la pequeña burguesía,
del «pequeño industrial», del «pequeño comerciante»,
del «pequeño campesino», que están aterrorizados
por el colectivismo sumario de los obreros y campesinos anarquistas. En nombre
de la necesidad de eficacia en la lucha contra las fuerzas de Franco y sus
aliados Hitler y Mussolini, los portavoces españoles de Stalin luchan
políticamente por la reconstrucción de un «Estado fuerte»,
rebautizado «popular» para las necesidades de la causa, con un
«ejército regular», una policía y una administración
que escapan al control de los «comités». El enemigo es
denunciado a través de los «incontrolados» -ciertamente
muy numerosos- término que, para los Hernández, José
Díaz, Pasionaria, Comorera y otros dirigentes del PCE, sirve para designar
la actividad obrera que escapa a su control. La alianza del PCE y del PSUC
con el ala derecha del partido socialista y los partidos republicanos burgueses
da a estos últimos la seguridad moral de ser la única potencia
que ayuda militarmente a la República y que goza entre los trabajadores,
del prestigio de la Revolución de Octubre. Es bajo el gobierno Largo
Caballero -en el que hay dos ministros comunistas y cuatro ministros anarquistas-
donde se efectúa, en un marco esencialmente militar, esta restauración
del Estado burgués español. Al mismo tiempo, el gobierno de
Stalin no disimula que su ayuda es condicional, subordinada a la ejecución
de una política «moderada», tranquilizadora para Londres
y París, y que él aconseja al gobierno republicano.
El POUM se creyó situado en la Generalitat de Cataluña a la
izquierda de una coalición a cuyo remolque marchaban los partidos burgueses
tradicionales. Pero la alianza de estos últimos con el PSUC en Cataluña,
la constitución, bajo la tapadera del Frente Popular, de una coalición
«estalino-burguesa» para un Estado fuerte, dio la vuelta a la
correlación de fuerzas. De repente, fue el POUM el que se encontró
a remolque de una coalición que iba eliminando sucesivamente todas
las conquistas de julio de los obreros y campesinos. En seguida, las amenazas
de Pravda, la campaña de asesinatos lanzada poco después de
los Procesos de Moscú, la orquestación, por parte de Mundo
Obrero, Treball, Frente Rojo, Ahora, de la denuncia de los «trotskistas»,
«divisores», «agentes de Franco, HitIer y Mussolini»,
«espías fascistas», etc., le hacen temer por su propia
existencia, y en una situación que se deteriora día a día,
la dirección del POUM se agarra fuertemente a los dirigentes de la
CNT-FAI, a la organización que les parece la única fuerza capaz
de parar este proceso contrarrevolucionario. Pero los dirigentes anarquistas,
profundamente desorientados, incapaces de oponer la más mínima
perspectiva al programa «antifascista» de restauración
del orden, no pueden más que retroceder paso a paso, arrastrando consigo
al POUM.
En noviembre se produce la petición -en forma de ultimátum-
del embajador de la URSS, Marcel Rosenberg, de que el POUM sea expulsado de
la Junta de defensa de Madrid, que asegura la defensa político-militar
de la capital en estos meses decisivos que, gracias a la unión de los
delegados del PCE, de la UGT y de las JSU, se convertirá, bajo la
vara del ultraconservador general Miaja, en el instrumento decisivo de la
toma estalinista de la España republicana, a través sobre todo
de los puestos de mando decisivos del ejército y de la policía.
Al mismo tiempo, en el seno del POUM la presión de la corriente frentepopulista
sobre los elementos de derecha -los hombres como Portela, los «caciques
exbloquistas» como dice Andrade- es tal, que la prensa censura por adelantado
sus propias protestas a fin de evitar todo ataque y todo reproche de «dividir
a los combatientes» o de «atentar a la unidad antifascista».
La Batalla, comentando el voto ruso, contrario a la entrada del POUM en la
Junta de Madrid, escribe: «Es intolerable que, al mismo tiempo que
se nos da cierta ayuda, se pretenda imponernos normas políticas determinadas,
emitir vetos y dirigir de hecho la política española»;
[29] el mismo periódico, el 28 de enero de 1937, reproducía
este pasaje para que sus lectores pudieran apreciar la moderación
de los términos empleados. [30] La crisis ministerial y la eliminación
del POUM del consejo de la Generalitat, fue debida a un ultimátum
del cónsul general de la URSS en Barcelona, Antonov-Ovseenko. El POUM
protesta vehementemente, pero no señala otra perspectiva que su vuelta
al gobierno de coalición, su propia reintegración al Consejo.
Negándose a reconocer que el proceso contrarrevolucionario dirigido
por el gobierno, que ahora se lleva a cabo abiertamente, empezó en
septiembre con la disolución de los comités, y que fue facilitado
por su propia política de colaboración, el POUM, cuyo progreso
numérico se ha estancando y ante el que se acumulan grandes dificultades
materiales, no puede esperar, en esta línea, mas que un cambio de
la política de colaboración de los anarquistas. Así
es como Nin lo explica en su informe ante el Comité Central del POUM
de diciembre. Toda su política reposa sobre la necesidad de convencer
a los dirigentes de la CNT, hasta ahora manipulados por los estalinistas
y sus aliados, de que deben proteger al POUM, a fin de preservarse ellos
mismos, y el secretario político del POUM llegaría incluso a
hablar a puerta cerrada del «pacto secreto» de su partido con
la CNT, [31] pacto que se trataría de hacer público, para comenzar
a dar la vuelta a la situación.
De hecho, el rápido deterioro de la situación política,
el aumento de los ataques contra el POUM en Madrid, al que pronto se prohibirá
toda actuación pública, incluso todo tipo de organización,
el ataque cada vez más abierto, tanto del gobierno de Madrid y del
de Barcelona como del ala correspondiente al PCE-PSUC, hacen nacer cada vez
más reticencias, no sólo en el POUM, sino incluso en las filas
de las juventudes unificadas, entre los veteranos de las Juventudes Socialistas,
en la UGT y el PS0E, en la CNT, y particularmente entre las Juventudes Libertarias.
Fue el representante de Tarrasa en el Comité Central de diciembre en
que señaló que las relaciones con la CNT reposaban sobre la
diplomacia secreta de los acuerdos en la cumbre, ya que, debido a la política
sindical del POUM, los militantes de este partido no están en ninguna
parte en contacto directo con las masas de militantes cenetistas. El madrileño
Enrique Rodríguez evoca en La Batalla la disolución de los comités,
diciendo que a través de ellos «la clase obrera hubiera podido
ejercer su propio poder» y que su disolución -refrendada en
Cataluña por Nin- «consiguió evitar la intervención
de las masas en la vida del país». [32] Juan Andrade, evocando
la discusión del próximo congreso del POUM, dice que debiera
haber juzgado su «experiencia de colaboración», pero esto
sin olvidar las condiciones particulares en las que fue decidida «y
que hubieran podido ser altamente favorables a la clase obrera» fueron
«enteramente negativas, e incluso nocivas desde el punto de vista del
desarrollo revolucionario». [33] El órgano de las JCI, Juventud
Comunista, así como la propia organización de estas juventudes,
se lanzaron a una campaña de organización de un «Frente
Revolucionario de la Juventud», que comenzó a arrastrar a ciertos
elementos de las JSU que se rebelaban abiertamente contra la orientación
proestalinista de Santiago Carrillo.
Harán falta sin embargo muchas semanas para que se dibuje un giro
por parte de la dirección del POUM, que denuncia abiertamente la empresa
contrarrevolucionaria y la ofensiva estalinista a partir de las posiciones
gubernamentales, volviendo a lanzar las consignas de «gobierno obrero
y campesino» de «comités de obreros, campesinos y combatientes»,
de los que reclama que constituyan la base de una «asamblea constituyente»
que reflejaría únicamente la voluntad de las masas y permitiría
crear el «gobierno fuerte, que todos juzgan necesario». En esta
campaña, en la que el rasgo más evidente es la tentativa por
parte de los dirigentes del POUM de hacer presión sobre los dirigentes
de la CNT-FAI por medio de sus militantes y de sus cuadros inquietos ante
el relanzamiento de la contrarrevolución, la perspectiva de Nin es
la de la transición pacífica, y los artículos y discursos
de este período insisten sobre la posibilidad para la clase obrera,
de retomar la iniciativa, y posteriormente el poder, sin necesidad de recurrir
a la violencia. Trotsky, desde su nueva residencia mexicana, en la que dispone
de más información que en Noruega -La Batalla, y no solamente
el boletín francés del POUM, La Révolution Espagnole-
abre de nuevo directamente la polémica contra su antiguo compañero
de armas, subrayando que, desde su punto de vista, la España republicana
se encuentra al borde de la guerra civil, y que hacer creer a la clase obrera
que puede tomar el poder sin necesidad de emplear la fuerza, significa sencillamente
desarmarla.
La huelga y los combates en la calle que se desarrollan en Barcelona en
los primeros días de mayo confirman este análisis de Trotsky
y desautorizan la perspectiva demasiado optimista dibujada hasta ahora por
Nin. El movimiento espontáneo de la clase obrera barcelonesa y de toda
Cataluña, su levantamiento frente a la provocación organizada
contra ella por los servicios de policía de la Generalitat, se sitúan
muy por encima de las reacciones de las organizaciones. Esta vez el POUM comprende
el objetivo de esta batalla y se esfuerza una vez mas en convencer a los
dirigentes de la CNT que no depongan las armas sin antes haber obtenido las
más sólidas garantías. Pero los grupos de militantes
cenetistas hostiles a la colaboración de clases no son lo suficientemente
coherentes ni están lo suficientemente organizados como para provocar
una inflexión en la política de colaboración de los dirigentes
de la central anarcosindicalista. Sólo un pequeño grupo de
antiguos faistas, que animan Jaime Balius, Pablo Ruiz y Francisco Carreño,
saca coherentemente el balance de la experiencia anarquista de colaboración
gubernamental, y se pronuncia por una junta revolucionaria. Andrade acaba
de escribir en La Batalla: «Los Amigos de Durruti han formulado los
puntos de su programa en carteles colocados en todas las calles de Barcelona.
Estamos absolutamente de acuerdo con sus consignas, que aceptamos en la actual
situación. Es un programa que aceptamos y con el cual estamos dispuestos
a concluir todos los acuerdos que nos sean propuestos. En estas consignas
hay dos puntos que son igualmente fundamentales para nosotros. Todo el poder
para la clase obrera y para los organismos democráticos de los obreros,
campesinos y soldados, como expresión del poder proletario.»
[34] Moulin que ahora dirige el minúsculo grupo de los fieles a Trotsky,
con Munis y Carlini, comprendió también la importancia que podía
revestir el grupo de los Amigos de Durruti, anarquistas a punto de revisar
su posición teórica sobre la cuestión del estado y del
poder revolucionario: de la misma forma que la oposición de estos
últimos no modifica en nada el resuelto conservadurismo de los dirigentes
de la CNT, la alianza entre los bolchevique-leninistas y los Amigos de Durruti
no pesará en las decisiones del POUM Una vez más, sus dirigentes-
renuncian a seguir el camino que ellos consideran justo desde el momento
en que la CNT lo rechaza. El POUM -después de un silencio de varios
días en los momentos decisivos- acepta seguir el llamamiento a abandonar
las barricadas que hacen los dirigentes nacionales y regionales de la CNT-FAI
El movimiento de masas -desorientado, desprovisto de toda perspectiva después
del fracaso de la solución que veía- remite. Para Trotsky,
ésta es la última capitulación, que señala el
destino histórico del partido de Maurín y de Nin. [35]
En el seno del POUM, la crisis está abierta. La derecha, y particularmente
Portela, juzga aventurada la postura del partido durante las jornadas de mayo
y algunas organizaciones incluso llegarán a condenar –con todo el
coro del Frente Popular- a los militantes de Barcelona. Pero el descontento
se manifiesta sobre todo en la izquierda, alrededor de la «célula
72», que inspira un miembro del Comité Central, José Rebull.
Su grupo, que ya había redactado en el mes de abril unas «contratesis»
políticas, en las que se oponía vivamente a la actitud seguidista
de los dirigentes frente a la CNT, condenando de pasada, al igual que Andrade,
la colaboración con el gobierno de la Generalitat, fustiga el atentismo
y la capitulación de sus dirigentes ante la traición de los
dirigentes anarquistas. Parece arrastrar tras suyo a la mayoría de
los militantes de Barcelona y a su Comité Local. La sección
de Madrid adopta posturas semejantes a las de los trotskistas, sobre todo
en lo que concierne a la perspectiva de la reconstrucción de una Internacional
Comunista. Los artículos de Juan Andrade dejan caer precisas inquietudes
en cuanto a las consecuencias de las jornadas de mayo, pero la postura oficial
del partido es mucho más optimista: el Ejecutivo comienza grandes trabajos
para abrir una sala de proyección en su local de Barcelona y Julian
Gorkin dice a su corresponsal extranjero que piensa que en seguida el POUM
se verá solicitado para volver al seno del gobierno catalán.
[36]
La prohibición del POUM, el arresto de sus dirigentes -lo que Trotsky
había llamado muchas semanas antes su «fin»- cayeron sobre
un partido profundamente dividido, en el que al menos una buena parte de los
dirigentes no comprendían lo que estaba pasando. Incluso si no se
toma al pie de la letra el testimonio de George Orwell, [37] según
el cual, el POUM estaba desprovisto, el día de la represión,
de cualquier aparato clandestino, material y locales, está claro que
no sabrá proteger a sus principales dirigentes, arrestados en sus propios
locales, o bien, esa misma tarde, en el primer refugio clandestino. señalemos
que fue solamente en los últimos momentos cuando su Ejecutivo, al
desencadenarse contra el POUM una campaña sin precedentes de odio
y de asesinato, se decidió a excluir de sus filas a Portela y al grupo
de Valencia, que eran cómplices inconsecuentes de esta provocación.
Sin duda -es tanto debido a la preparación del congreso -que jamás
llegó a celebrarse- como a las contradicciones sociales y políticas,
la multiplicación durante estas semanas de expulsiones de militantes
trotskistas, a pesar de que Landau -bajo el seudónimo de Spectador-
y Julián Gorkin, polemizan contra Trotsky y los trotskistas en las
columnas de La Batalla
Desde ahora, la polémica sobre España no tendrá el
objetivo de convencer a los dirigentes o a los militantes españoles:
los textos de Trotsky no pueden llegar hasta ellos en las prisiones o en
la clandestinidad, en un país donde, después de la caída
del gobierno Largo Caballero, reemplazado por el socialista de derecha Juan
Negrín, la GPU. goza de una impunidad total abatiendo confusamente
a los hombres del POUM, a los anarquistas disidentes, a los socialistas de
izquierda y a los trotskistas. Andrés Nin es la víctima más
ilustre, arrestado por la policía oficial, fue sin embargo detenido,
torturado y posteriormente asesinado en una prisión privada que dirigían
los policías rusos. Pero caen otros, víctimas de la colaboración,
a penas disimulada de la policía «republicana» y de los
asesinos de la GPU: Kurt Landau, Moulin., organizador del grupo bolchevique-leninista,
posteriormente Erwin Wolf, llegado a finales de mayo a «primera línea»
en España... A finales de 1938, la GPU monta una formidable provocación
contra los restos del pequeño núcleo trotskista en España:
los últimos dirigentes BL, el italiano Adolfo Carlini, los españoles
Jaime Fernández y Francisco Rodríguez son acusados de haber
asesinado a un agente de la GPU [38]., arrestados en olas sucesivas, entre
1937 y 1938, condenados a pesadas penas de Prisión, conseguirán
evadirse de sus prisiones y posteriormente de España, momentos antes
de la ocupación de toda Cataluña por las tropas franquistas.
Sin embargo, Trotsky considera que el ejemplo español es rico en
enseñanzas para los militantes de todos los países, y sobre
todo para los que están empeñados en construir la IV Internacional.
Trotsky lucha a izquierda y derecha contra los anarquistas, cuyas frases
revolucionarias no les han impedido convertirse en la «quinta rueda»
del carro de la burguesía, contra los socialistas de izquierda, que
han capitulado igualmente, incluso sin frases. Insiste en el papel del estalinismo,
desmonta el mecanismo de su política en España, llama a movilizarse
contra él, contra sus crímenes que continúan llevándose
a cabo en España, y, a partir de allí, en el resto del mundo:
León Sedov, Rudolf Klement, Ignace Reiss, caen a su vez bajo los golpes
de los asesinos. Pero Trotsky también tiene que discutir con sus propios
camaradas contra los que están obsesionados por la necesidad de la
lucha militar, los que si fueran españoles, votarían los créditos
de guerra del gobierno Negrín, o por el contrario, los que se inclinan
hacia una postura derrotista en una guerra en la que no ven en presencia más
que dos «ejércitos burgueses». Sobre todo la cuestión
del POUM no ha hecho más que agravar las divergencias, ya serias,
con los que se han convertido en sus defensores, Víctor Serge en primer
lugar, pero también Sneevliet en Holanda, Vereecken en Bélgica:
contra este último será contra el que dirija varias veces una
dura polémica, que estima necesaria para la formación de sólidos
cuadros revolucionarios. En su opinión, la revolución española
ha constituido una prueba, el campo de experiencia que ha permitido la verificación
de los hombres y su política, un fruto que hay que tomar con amargura,
ya que su jugo es amargo, mientras que la esperanza de una victoria revolucionaria
se pierde en el horizonte.
Los hombres que habían
sido sus compañeros en España durante esta gran empresa, la
revolución, el enderezamiento de la Internacional Comunista, y posteriormente
la construcción de la IV Internacional, se encuentran dispersos o han
muerto: Andrés Nin, asesinado, Andrade, prisionero, José Luis
Arenillas, colgado por los verdugos franquistas. Otros no murieron más
que en plano de la acción política: Fersen, convertido en carabinero,
Lacroix, al que la venganza estalinista esperará, para colgarlo, a
escasas decenas de metros de la frontera francesa. Sus antiguos camaradas
que se pudren en las cárceles republicanas, no saldrán todos
vivos. Muchos de los que esperan en los calabozos franquistas encontrarán
allí mismo la muerte, algunos otros saldrán, veinte años
más tarde. Los antiguos dirigentes de las Juventudes Socialistas, los
Santiago Carrillo, los Federico Melchor, que en 1934, flirteaban con la idea
de construir una IV Internacional, se convirtieron en responsables del PCE,
y suben en el aparato. Solamente después de treinta años –después
del discurso de Kruschev- «descubrirán» los crímenes
de Stalin.
.(*) Es indudable que especialmente la movilización cenetista impidió
en julio del 36 el triunfo del «levantamiento nacional» en Cataluña;
aunque se pueda hablar de una situación de doble poder (la oficial,
en manos de la Generalitat, y la real, la de la calle, en la CNT), de hecho,
la Generalitat quedó desbordada, y únicamente.. el condicionamiento
de toda una serie de principios ideológicos anarquistas que rechazaban
precisamente «el poder político», su propia debilidad política,
impidió a la CNT aprovechar una situación en la que no
supo qué hacer con el poder que tenía en las manos.
Notas
---1). J. Andrade, prefacio de A. Nin, Los problemas de la revolución
española.
---2. Según Nin, en su informe al CC, Boletín interior
del POUM, nº 1, enero de 1937.
---3. Aparte de los dos diarios de Barcelona, La Batalla, y el vespertino
L'Hora, los de Lérida, Adelante y Combat de las
JCI, Juventud Comunista, la revista teórica del POUM, La
Nueva Era, así como los diarios menos regulares y los semanarios
del POUM, El Combatiente Rojo, La Antorcha de Madrid, El
Comunista de Valencia, y numerosos periódicos en catalán,
Front, de Terrassa, El Pla de Bages de Manresa, Acció
de Tarragona, Front de Sitges, Avantguarda, de Puig Alt de Ter,
Avant, de Figueres, Alerta, del frente de Aragón, L'Antorxa
de Reus, Lluita de Barcelona, Impuls, de Sabadell, etc.
---4). Citado por La Batalla, 24 de diciembre de 1936.
---5) La Batalla, 7 de agosto de 1936.
---6). La Lutte ouvriere, 19 de septiembre de 1936.
---7) El Combatiente Rojo, 24 de agosto de 1936, y el artículo
necrológico sobre Vicente Martínez en La Batalla, 3 de
noviembre de. 1936.
---8). El Combatiente Rojo, 24 de agosto de 1936.
---9). Ibidem, 20 de septiembre de 1936.
---10). Ibidem, 20 de septiembre de 1936
---11) La Antorcha, 10 de octubre de 1936.
---12 Boletin interior del POUM, nº. 1, enero de 1937,
p. 5.
---13) El Comunista, 5 de diciembre de 1936.
---14). Ibidem, articulo de Sixto Rabinad.
---15). Ibidem.
---16). Ibidem, 30 de enero de 1937.
---17). Ibidem, 25 de enero de 1937.
--18). Ibidem.
--19). Andrade, op. cit. p. 8.
---20). Ibidem, p. 29.
---21. Ibidem, 29 -30.
---22) lbidem, p. 30.
---23) La Batalla, 13 de abril de 1937.
---24) Andrade, op. cit., p. 29.
---25). Nin, Los problemas..., p. 182.
---26. W. Held, "El Estalinismo y el POUM en la revolución"
en Quatrieme Internationale, n.º 3, 1937, Anexo, p. 438.
---27). Pravda, 17 de diciembre de 1936.
---28) La Batalla, 24 de noviembre 'dé ,1936;
"1 Ibidem, 28 de enero de 1937.
---29). Ibidem , 28 d enero de 1937.
---30). Boletín Interior del POUM, nº 1, enero de 1937.
---31). La Batalla, 7 de marzo de 1937.
---32. Ibidem, 13 de abril de 1937.
---33. lbidem.
--34) La única obra reciente relativa a los hechos de mayo ha aparecido
en Barcelona: se trata de M. Cruells, Mayo Sangriento. Els fets de maig
Barcelona 1937 (Ed. Juventud, Barcelona, 1970.)
---35). Mencionado por Paul Thalmann en su manuscrito inédito,
Moskau, Madrid, Paris.
---36). G, Orwell, Catalogne Libre, p. 206. Edición castellana
y catalana Homenatge a Catalunya, Ed. Ariel, Barcelona 1969. También
editado en castellano
---37). Se trataba del capitán León Narvitch, de origen ruso,
capitán de las Brigadas Internacionales. Parece que en realidad había
sido asesinado por militantes del POUM que habían descubierto
su papel de chivato y de provocador.