Vorkuta: de la victoria a la masacre
Pierre Broué
Capítulo XXII del
libro Comunistas contra Stalin
Por estas fechas, aún no había pasado nada
en Vorkuta, salvo las tomas de contacto y las conversaciones exploratorias.
La huelga empezó tres semanas después de la asamblea que hemos
descrito [capítulo XX] y que optó por una «huelga de
hambre masiva de los detenidos políticos, huelga sin precedentes y
ejemplar en las condiciones de los campos soviéticos», como
subraya M.B.
Al amanecer, al despertar, en casi todos los barracones
los detenidos se declaran en huelga. Ahí donde hay militantes opositsioneri
todo el mundo está generalmente en huelga; ocurre incluso que algunos
guardias se unen al movimiento.
EL AISLAMIENTO ORGANIZADO DE LOS HUELGUISTAS
Los dos primeros días los huelguistas permanecen
en su lugar habitual, cerca de los demás, pero las autoridades, que
temen este movimiento, quieren aislar a los huelguistas de sus camaradas,
del conjunto de los detenidos y del resto del mundo. La administración
decide alejar a los huelguistas, todos juntos -primero a la tundra, a 40
kilómetros de la mina, al borde de la Syr-Laga, donde se encuentran
unos barracones en muy mal estado que arreglan superficialmente. Desde que
los hacen más o menos habitables, llevan a los huelguistas de hambre
con la ayuda de los habitantes de la región, que proporcionan sus
tiros de renos para este transporte a distancia. Pronto serán seiscientos
en este primer emplazamiento y un segundo centro empieza a llenarse cerca
de Chibiu.
Mussia cuenta que todo el mundo estaba enfermo, pero que
no esperaban un final trágico. Se divertían con un diario oral
y una hoja satírica titulada Menos que un perro. La administración,
por su parte, tomaba medidas para impedir que el movimiento se extendiera
o que encontrase apoyos fuera de las fronteras, aun cuando la política
del Frente Popular y de los Partidos Comunistas constituyeran ya una sólida
defensa. Se suspendió el derecho de los detenidos a la correspondencia
con sus familias; los asalariados del campo ven suprimidos sus días
festivos y se les prohíbe dejar la isla.
Intentan también de un modo disimulado enfrentar
a los asalariados con los prisioneros. No se renuevan las reservas de víveres
de la mina y resulta difícil alimentar a los que trabajan; la administración
explica que ha gastado las reservas de grasa y de azúcar en los trabajadores
del fondo, pues hacía falta para alimentar por la fuerza y de modo
artificial a los huelguistas de hambre.
Uno de los momentos más penosos fue cuando intentaron
alimentar por la fuerza a los huelguistas haciéndoles tragar un líquido
mediante tubos. Ellos luchaban por impedir la inserción del tubo o
por rechazar el líquido que les habían introducido en la boca.
UNA PRUEBA TERRIBLE
Entonces se recurrió sistemáticamente a
la fuerza; a los prisioneros se les tenía bajo control, incluso amarrados.
De todas formas, es un combate físico en el que los huelguistas de
hambre tienen cada vez menos fuerza para soportar. Muchos sólo pueden
dejarse llevar. ¿Es realmente el fin de esta huelga histórica?
Parece que lo piensan en la cumbre regional de la administración penitenciaria,
en Vorkuta.
Al cabo de tres meses de ayuno, no se dijo en efecto ni
una sola palabra de las reivindicaciones de los huelguistas. Peor aún,
las autoridades buscaban provocar. En varias ocasiones el jefe de la sección
tercera, Nikitin, acompañado del jefe de las operaciones de seguridad
del campo, Ujov, jefe de la sección política secreta, y del
policía Pobierejets, recorre el espacio de los huelguistas. Un día
les dice con mala intención que se comportan «como imbéciles»,
puesto que, de todas formas, no tomará en consideración ninguna
de sus reivindicaciones: un frío desprecio. Los huelguistas le insultan:
«¡Déjanos en paz!», y no se equivocan al decirle
ante sus narices que es un monstruo.
Ujov se aproximó entonces a ellos y les dijo entre
dientes, de un modo odioso, el fondo de su pensamiento de policía
reaccionario, brutal y limitado: «¿Piensan acaso que Europa
oirá hablar de su huelga de hambre y les tomará bajo su protección?
¡Imbéciles! ¡No cuentan! Escupimos sobre Europa».
(Esta cita la da Soljenitsin de forma distinta, pero Kostiuk estaba absolutamente
seguro de que la suya, que nosotros utilizamos, era la buena).
Escuchemos a Kostiuk, cronista atento y compasivo:
«En las tiendas y cabañas de tierra de Syr-Laga el frío
era terrible. Las pequeñas estufas de bronce primitivas apenas proporcionaban
algo de calor. Las camas hechas de una plancha recubierta de un colchón
no conservaban en absoluto y las planchas eran terriblemente malas para los
huesos de los prisioneros. Parece que los huelguistas sufrían más
por el frío y por la dureza de las camas que por el hambre… Muchos
camaradas no pudieron soportar estos sufrimientos. El corazón de muchos
de ellos comenzó a dar signos de debilidad. Otros empezaron a tener
problemas para respirar. Los dirigentes de la huelga anunciaron que quien
sentía que sus fuerzas le abandonaban tenían moralmente el
derecho de parar. Muchos seguían el consejo, pero otros no cesaron
la huelga y varios murieron. Mi memoria guardó el recuerdo de un solo
nombre: el ingeniero Semën Voronin, de Moscú, hombre cultivado
y de una gran firmeza de principios».
Una tarde de febrero un comando procedente de Moscú
se llevó por sorpresa de las tiendas de los huelguistas a tres de
las personalidades que seguían el movimiento: V. V. Kosior, M. V.
Ivanov, el «ferroviario», y sobre todo al hijo «apolítico»
de Trotsky, Sergei Sedov, llamado Serioja. Los tres fueron embarcados, a
pesar de sus protestas y los gritos de sus camaradas. No es seguro que ninguno
de ellos los volviera a ver vivos nunca más.
VICTORIA
Poco después, sin embargo, la huelga se detiene
por sí misma, normalmente, después del envío por Moscú
de un radiograma de la NKVD redactado como sigue: «Haced saber a los
huelguistas de hambre detenidos en las minas de Vorkuta que sus reivindicaciones
serán satisfechas».
Tras ciento treinta y dos días de huelga y al precio
de varios muertos, los huelguistas habían ganado. Todos recibieron
de inmediato la alimentación reservada a los enfermos; después,
tras restablecerse un poco, retomaron el trabajo, todos en la superficie,
algunos incluso en los despachos como contables, economistas o empleados.
Su jornada de trabajo era de ocho horas y su ración alimentaria independiente
de su respeto de la norma de rendimiento. Era una victoria de dimensiones
históricas en este mundo de concentración. Iba a ser ignorada
durante decenios y nunca realmente comprendida.
EL TIEMPO DE LOS ASESINOS CONTINÚA
El primer signo inquietante en Vorkuta, donde el radiograma
de la NKVD había dado luz verde a la recuperación de una vida
normal tras ciento treinta y dos días, fue la decisión de agrupar
a todos los detenidos que habían participado en la huelga, entre ellos
por supuesto el núcleo bolchevique-leninista, aún más
apartado de los demás detenidos. No se dio ninguna razón, pero
evidentemente se trataba de separarlos de la masa de los demás prisioneros
y extender deliberadamente rumores que alimentasen sus ilusiones y los desarmaran.
Para alojarlos aparte, la administración eligió
un viejo local industrial abandonado, la fábrica de ladrillos: cuatro
edificios medio demolidos, bastante cerca de las tiendas de Syr-Laga, pero
lejos del campo. Mussia llegó antes de su puesta en servicio, pero
con el médico, cuando decidieron enviar allí a los prisioneros.
Vio por tanto la fábrica de ladrillos antes que todos los demás,
descubriendo con espanto que no había ningún medio para calentarla.
Escribirá que era «una prisión fantasma, muy alejada,
solitaria, en medio del vacío brillante, helado, del frío mordiente
y de tormentas de nieve de la tundra».
Nombre bendecido, nombre maldito, se pregunta ella. Para
empezar, va a amarlo a pesar de su incomodidad, los medios de calefacción
improvisados, los tabiques aún mal arrimados, la reconstrucción
deprisa y corriendo, y el resto: los soldados armados que lo rodean, a varios
kilómetros, y la carretera que fue desplazada para que no pasara cerca.
De hecho, ella no se interrogó durante mucho tiempo:
rápidamente ama esta fábrica de ladrillos a causa de sus habitantes,
los huelguistas de hambre, es decir, los bolcheviques-leninistas, pero también,
y sobre todo, una juventud ardiente que, como dicen en Francia los militantes
del Frente Popular, «quiere asaltar el cielo». «Reíamos
mucho, afirmaba ella, porque había muchos jóvenes».
ASESINATO EN MASA
Mussia está en su trabajo, en el centro médico,
cuando aparece una detenida muda, paralizada, de la fábrica de ladrillos.
Inquieta, pero vacilante, le preguntó por Raya Vasilieva Lukinova
y por Zosia Yatsek, hermana de Vladimir Yatsek y bailarina estrella del Bolchoi,
sus dos amigas de campo, que se encuentran allí, piensa ella. La respuesta
le llega a trocitos por parte de esta camarada en estado de shock.
Les anunciaron un traslado del que formaban parte sus
amigas, prometiéndoles un paquete de tabaco y la mitad de un paquete
de té. Sale entonces un relato sorprendente: Zossia, al no disponer
de ropa caliente, se queda por decisión del responsable y se envía
a otra persona en su lugar, pendiente de dársele alguna indumentaria.
Y de pronto sale del almacén de ropa gritando: «Allí…
allí dentro, el abrigo de Raya cubierto de sangre, las manchas de
sangre pegada, ¡la sangre!».
Raya y sus compañeros fueron ejecutados. Justo
después, leerán a los detenidos en la fábrica de ladrillos
lo que la radio anunció un poco antes: la lista de los que fueron
ejecutados. Son todos los dirigentes de la huelga de hambre, y el primero
entre ellos es Grigori Yakovlevich Yakovin, ya sabemos lo que él representaba
para Mussia, el amigo de otros tiempos convertido en compañero amado.
Su nombre está allí, el primero: «Entre
los otros nombres, mezclados de forma casi sacrílega, entre los nombres
y apodos de ladrones y criminales bestiales, estaban los de revolucionarios
sinceros y ardorosos» -describe. Como homenaje a los habitantes de
la fábrica de ladrillos y por su propio recuerdo, escribirá
estas líneas conmovedoras:
«La fábrica de ladrillos había agrupado bajo su muy deteriorado
techo a lo mejor de la elite creadora de los campos, un pueblo de espíritus
arrojados y valientes. Con sus argumentos y su entrenamiento, su capacidad
de dar respuestas lógicas, a veces proféticas, habían
aportado un dinamismo vital en la existencia estática, intolerable,
de este lugar glaciar increíblemente sucio y lleno de enfermos […].
Un día les dieron una ración de tabaco: preparaos para un traslado.
Fue como la inyección de un elixir de vida. Se apresuraban en empezar
su viaje aplaudiendo el aire puro, el camino blanco y la esperanza de una
nueva vida […]. Una hora más tarde, como un árbol al que cortaron
las raíces, cayó un cadáver. Tras él, toda la
línea de hombres y mujeres, como nudos mal trabados, recubiertos y
aplastados por los cadáveres que les seguían en la fila […].
Sus cantos, su espíritu, su vida, todo estaba aplastado, todo abatido.
Pisotearon en el suelo páginas de existencias inacabadas. Cuánto
más hubieran podido dar a la revolución, al pueblo, a la vida.
Pero ya no están. Se acabó, era irreversible».
Un día, uno de los que habían sido abatidos,
por orden de Kachketin, ametrallados (así conseguían desembarazarse
de ellos más rápido y a lo grande), se volvió a levantar,
cubierto de sangre -la suya y la de otros-, y dijo simplemente: «No
me habéis matado. Acabad conmigo». Y acabaron con él.
EL DRAMA VIVIDO EN LA FÁBRICA DE LADRILLOS
Es M.B., en el periódico menchevique Sotsialistichky
Vetsnik, quien cuenta el drama tal como lo vivieron los habitantes de la
fábrica de ladrillos. En el campo, el régimen se endureció
de nuevo con el regreso desde Moscú de Kachketin, su comandante, que
sabía que el viento no soplaba del lado de la clemencia. Pero este
nuevo endurecimiento no fue comprendido.
En efecto, quedaban en el campo los detenidos menos combativos,
incluso los más resignados. Los hombres y mujeres capaces de comprender
los crímenes que preparaban contra ellos, la gente de Kachketin estaba
en la fábrica de ladrillos donde, desde hacía un cierto tiempo,
no pasaba nada. Al principio, se comprendió mal. En el campo se pegaba,
pero no en la fábrica de ladrillos. Entonces, ¿por qué
preocuparse?
Tras su regreso, Kachketin fue a la fábrica a interrogar
a los detenidos. Dio la orden, días atrás, de golpear a muerte
a Lev Tregubov -no confundir con el respetado por todos anciano de la colonia
Biisk-, que en efecto murió debido a los golpes. Llegando a la fábrica
de ladrillos, pegó a varios detenidos y, sobre todo -muy violentamente
y varias veces-, al viejo bolchevique armenio Virap, al que dió puñetazos
en la cara. Poco después comenzaron los «transportes».
Cuenta Kostiuk:
«A finales de marzo, se comunicó una lista de veinticinco personas,
entre las cuales figuraban Gevorkian, Virap. A cada uno de ellos se entregó
un kilo de pan y se ordenó que prepararan sus cosas para un nuevo
convoy. Tras el caluroso adiós a sus amigos, los llamados abandonaron
sus barracones y, tras el aviso, el convoy abandonó el recinto. Al
cabo de quince o veinte minutos, muy lejos de allí, a quinientos metros
sobre la orilla escarpada del pequeño río Verjnaya Vorkuta,
se oyó una brusca salva, seguida de disparos aislados y desordenados,
después todo se aplacó; pronto, la escolta del convoy pasó
cerca de los barracones. Todos sabían muy bien a partir de ese momento
en qué tipo de convoy se enviaba a los detenidos.
«Al día siguiente, nueva llamada, esta vez cuarenta nombres.
De nuevo, una ración de pan. Algunos incluso eran incapaces de moverse;
se les prometió meterlos en un carro. Reteniendo su respiración,
los detenidos que quedaron en los barracones escuchaban el crujido de la
nieve bajo las ruedas del convoy que se alejaba. Desde hacía tiempo
todos los ruidos se detuvieron. Pero todos quedaron al acecho, escuchando
siempre. Transcurrió cerca de una hora así. Después,
de nuevo, detonaciones en la tundra. Esta vez procedían de mucho más
lejos, de la dirección del ferrocarril de vía estrecha que
pasaba a tres kilómetros. Este segundo convoy convenció definitivamente
a los que se quedaron de que estaban condenados sin posibilidad de apelación…»
A los detenidos exhuelguistas les llamaban por grupos
de entre veinte y cien varias veces por semana; debían llevar víveres
y tabaco, pero no se les volverá a ver.
Iban a la muerte por grupos: los dirigentes primero, después
grupos compuestos (por la comodidad de la estadística) por personas
que presentaban afinidades -por ejemplo, un grupo de mujeres, con Ida Chumskaya,
Varvara Smirnova, Pacha Kunina, la antigua niñera de los hijos de
Bujarin, y la bella Faina Jablonskaya, con sus manos atadas detrás
de la espalda.
NINGUNA LÁGRIMA POR MUSSIA
Los amigos de Raya Vasilievna Lukinova no fueron fusilados
aquí. Pero, quizás a causa de Raya, Maria Mijailovna habla
mucho de ello. Con la ejecución de Lazar Chatskin debido al bloque
de oposiciones, llegó la de los dirigentes de las Juventudes Comunistas
del periodo revolucionario. Mussia evoca con respeto y admiración
a Piotr Ivanovich Smorodin, «un joven abogado excepcionalmente dotado,
organizador de nacimiento y orador inspirado». En 1937, en la mesa,
había dicho a sus amigos lo que había que hacer con el régimen
estalinista, del que ya no escondía lo que pensaba. Primero se encontró
solo, después en prisión. Fue abatido en 1938.
Estaba con él Vasia Lukin, encargado de la propaganda,
cuya mujer, Raya Vasilievna, escritora y artista, ejecutada cerca de la fábrica
de ladrillos, y su abrigo, enrojecido con su sangre tras la salva asesina,
constituyen uno de los leitmotiv del desgarro interrior de Mussia, fascinada
por estos jóvenes comunistas de la época heroica.
Dejemos aquí a esta magnífica Mussia con
su sensibilidad y su inmensa tristeza ante lo que, a pesar de su gran valor,
considera como un verdadero cataclismo, la pérdida de tantos hombres
y mujeres, inestimables tesoros de humanidad. Recordemos el epitafio, transcrito
páginas atrás, que escribió para ellos y para la eternidad.
PESADO BALANCE
Todo el mundo, en todos los barracones, había oído
la lista de los cuarenta y un primeros ejecutados. Tras los «cabecillas»,
Grigori Yakovin, Sokrat Gevorkian, I. M. Kotziubinsky (cuya presencia era
cuestionada por algunos testigos, según los cuales fue ejecutado antes
del traslado), N.P. Gorlov, V. V. Virapov, N. P. Baskakov, Faina Viktorovna
Jablonskaya, la generación de Octubre fue masacrada en su totalidad.
Con Yakovin y Gevorkian desaparecían de un solo golpe todas las esperanzas
de la Oposición: F. N. Dingelstedt, G. M. Stopalov, I. S. Kraskin,
I. M. Poznansky, N. M. Sermuks, Viktor Krainiy, Dmitro Kurenevsky, Vl. K.
Yatsek, G. M. Vulfovich, Arkadi Heller, V. I. Rechetnichenko, Lado Enukidze,
J. M. Pevzner, «Dika» Znamenskaya. Belle Epstein, que había
velado ante los jóvenes reclutas chinos con Abraham Grigorievich Prigojin,
historiador, igualmente fusilado por más de un motivo.
La casi totalidad de los prisioneros que hemos nombrado
en este capítulo y en el precedente desparecieron en estas ejecuciones,
salvo Andrei Konstantinov y Carlo Patskachvili que consiguieron huir y encontraron
la muerte más tarde, según el testimonio de Maria Mijailovna.
Citarlos a todos nos llevaría demasiadas páginas.
Destaquemos simplemente la ejecución del obrero
decista Mijail Lazarevich Chapiro, de la fábrica Treugodnik de Moscú,
deportado a Ichim, después prisionero en Verjneuralsk, fusilado en
Vorkuta, como Lev Dranovsky, de Odessa, con el grupo de los dirigentes. Fueron
fusilados igualmente el ingeniero francés Jacques Louis (casado con
una soviética), el obrero moscovita Tijon Kravtsev, el obrero metalúrgico
sindicalista Nokolai Podbello, el joven comunista polaco Moisei Charfhaus,
el cineasta Maxim Maximov. Encontramos también los nombres de centenares
de combatientes de Krasnaya Presnia, los Piotr Alexeyev, Ivan Kozlov, Tarjov,
Alexeenko, Belotserkovsky y tantos otros en Margadan… El resto, la mitad,
desaparecía un poco más al Este, en el corazón de Kolyma.
Mientras estos jóvenes vertieron su sangre, Stalin
añadió un detalle de su crueldad. Para contrarrestar a toda
esta juventud, y porque después de todo la gran dama estaba muy comprometida
en esta larga historia, hizo fusilar a la Babuchka, Alexandra Lyovna Sokolovskaya,
«Vonskaya» en el partido, la primera mujer de Trotsky, la madre
de sus dos hijas Zinaida y Nina, la abuela de Sieva (Vsevolod Volkov) y de
Alexandra Zajarova, así como de Volina y de Lev Nevelson, sin olvidar
a la pequeña Lyulik Sedov.
UNA VEZ MÁS, LA MEMORIA ASESINADA
Aquí se impone una reflexión personal, después
de tantas páginas consagradas al asesinato en masa de trabajadores,
de jóvenes, también de profesores y de estudiantes de historia.
En efecto, en el árbol genealógico de la
familia establecido con amor y respeto por el sobrino de Trotsky, Valery
Bronstein, y publicado por el coloquio de Aberdeen, no encontramos el apellido,
patronímico y nombre del tercer Lev Sedov, Lyulik, hijo de Liova,
nieto amado, nacido antes de la expulsión de la URSS y el último
exilio de su abuelo y de su padre. ¿Cómo es que Valery Bronstein
habría podido conocer su existencia, confrontado como estaba sobre
ello a Stalin, asesino de la memoria, y no habiendo él mismo tenido
contacto ni con la madre, que se quedó en la URSS, ni con el padre,
en el exilio? De hecho, Anna, la mujer de Liova, se había vuelto a
casar y su hermana lo estaba con el hijo del secretario de Stalin, Poskrebychev;
en cuanto a mí, había encontrado en Moscú a una vieja
militante que le había conocido en prisión en 1936. Además,
había conocido muchos detalles sobre Lyulik en la correspondencia
de su padre y de su abuelo, y hablé de ello en mi biografía
de Liova. No hay reproches por tanto hacia Valery, quien tenía el
deber de mantenerse a distancia, y de este modo pido disculpas por esta ignorancia.
Pero manifiesto que me sorprendió recibir de él
una carta en la que me reprochaba haber pura y simplemente inventado a este
hijo de Liova, y escribir sobre un asunto que yo no conocía. Le respondí
amablemente y con documentos. No acusó recibo, pero constaté
que el joven Lyulik había sido restaurado en la genealogía
reconstruida. En este sentido, ningún reproche hacia Valery, quien
finalmente me daba la razón -aunque fuera de forma meramente implícita.
Pero, ¿qué buscaba quien le «informó» y
qué le empujó a escribirme? Ignoro su nombre, pero, de modo
consciente o no, fue la voz de Stalin.
Es preciso que Valery Bronstein admita en primer lugar
que el hecho de ser de la familia no le da el privilegio de saberlo todo
sobre ella, y que se equivocó al tomarla conmigo porque yo supiera
la existencia de Lyulik, que él ignoraba. Tomó su pluma para
acusarme de haber inventado a Lyulik, pero corrigió su error con discreción
y sin darme las gracias, además, por la foto de Lyulik que le había
ofrecido de un modo amistoso (cuando nada me obligaba a hacerlo). Lo peor
es que, al disimular su error sin explicarlo, disimula y disculpa al hombre
Stalin que le expulsó. Silenciando este incidente, protege a un cómplice
de Stalin en el asesinato de la memoria, e indirectamente a Stalin. Es rechazable:
¿Acaso no es Stalin, a sus ojos, culpable de un crimen contra la memoria?
Volvamos a leer a Shalamov, quien pone en su sitio lo
que cuenta:
«La segunda “tormenta” que sacudió la tierra de Kolyma fueron
las interminables ejecuciones en el campo, lo que se llamó la garaninchtchina.
La masacre de los “enemigos del pueblo”, la masacre de los “trotskistas”.
Durante meses, tanto de día como de noche, durante las llamadas de
la mañana y de la tarde, se leían innumerables condenas a muerte.
Bajo un frío de menos cincuenta grados, los detenidos músicos
(presos comunes) hacían sonar la fanfarria antes y después
de la lectura de cada orden. Las antorchas de petróleo humeantes no
alcanzaban para percibir en la oscuridad y concentraban centenares de miradas
en las delgados folios cubiertos de escarcha donde estaban impresos hechos
tan horribles […] Todas las listas se terminaban de la misma forma: “la sentencia
fue ejecutada. El jefe de la USVITL, el coronel Garanin”».
¿Cuántos? Shalamov afirma que «millares».
En sus antologías del Gulag, Jacques Rossi da la cifra de veintisiete
mil –de todos modos, mucho más que todos los KRTD reunidos. Dejemos
la cuestión abierta. Lo que es seguro es que Stalin no dio cuartel.
LA LUCHA CONTINÚA
Es precisamente la represión lo que suscitó
una resistencia seria, impresionante por su determinación, un combate
a cara descubierto contra esta represión que golpeaba a los huelguistas,
sin duda la primera a semejante escala. No podemos mencionar aquí
todas las iniciativas que se tomaron. Iban probablemente a costar la vida
a todos los que las tomaban.
Tatiana Ivanovna Miagkova fue ejecutada. Tras años
de exilio, de campo y de prisión, reconoció en un traslado,
al otro lado de las rejas, a su camarada Veniamin Moiseyevich Poliakov: ella
intentó hablarle, un guardia se lo impidió y ella lo injurió.
Fusilaron a Poliakov como uno de los dirigentes de la huelga el 26 de octubre
de 1937 y a Tatiana el 17 de noviembre del año siguiente.
En Magadan ella se había encontrado con Vera Varhavskaya
y con Rosa Mijailovna Smirnova, quienes manifiestaron que algunos detenidos,
entre ellos varias mujeres (Alexandra Vasilievna Ladojina, Victorina Lemberskaya,
Itta Lemelman, Evgeniia Tigranova Zajarian -treinta y cuatros años,
opositsioneri desde 1929-, la exestalinista Liza Osiminskaya, Glazer,
Zelttzer), firmaron una protesta contra la represión en Magadan desde
agosto de 1936.
Entre los últimos supervivientes figura Evgeniia
Tigranovna Zajarian, antigua JC de Tiflis. Entró en la Oposición
en 1929, con Salomon Naumovich Serbsky, de treinta años, opositsioneri.
En 1928, alumno y amigo de Vladimir Ivanovich Maliuta,
fundador de un grupo de defensa de los derechos de los prisioneros, organizador
de un movimiento en diciembre de 1936, posteriormente de acciones de solidaridad
con las víctimas de la represión. Se une a ellos un exIPR y
exprofesor de historia, Grigori Vasilievich Ladoja. Los tres desaparecen
en 1937, al mismo tiempo que Alexandra Ladojina, M.I Kratsman, A.L. Yaichnikov.
Los últimos combatientes, P.Z. Chpitalnik, F. F. Litvinov, Y. S. Neman,
I. A. Matiugov, V. G. Goldstein, son ejecutados en 1938.
Estos combatientes por los derechos humanos -es una primicia-
se autodenominaban «trotskistas», cuando sólo los estalinistas
empleaban hasta el momento esa palabra como una injuria. Era un desafío.
De este movimiento citaremos un solo documento, con fecha
de 31 de marzo de 1937, firmado por Ch[aliko] Gochelachvili, P. Sviridov
y N. Majlak, dirigido al Comité Ejecutivo central de los Soviets y
al Consejo de los Comisarios del Pueblo -no al Partido Comunista-, y del
que se destacará su firmeza, puesto que los autores sabían
que iban a pagar este texto con sus vidas:
«Habiendo conocido el veredicto pronunciado por la sección del
Juzgado del territorio de Extremo Oriente en Magadan concerniente al caso
de los camaradas Krol, Baranovsky, Maidenberg, Bessidtsky y Bolotnikov, que,
en tanto que presos políticos comunistas, fueron condenados a muerte,
así como el caso de otros doce presos condenados a diez años
de prisión, nosotros, presos políticos comunistas, sólo
podemos protestar contra estas penas infligidas a comunistas. Las acusaciones
realizadas contra ellos son chocantes por el hecho de su absurdidad y de
su ausencia total de fundamento (preparación para la toma del poder
en Kolyma, sabotaje, envenenamiento de trabajadores, etc.).
«Ninguna persona sensata puede creer ninguna de las acusaciones realizadas
por los jueces contra los acusados. Estamos por tanto obligados a buscar
cuáles son los motivos que han llevado al tribunal a redactar estas
sentencias. Sabemos que los camaradas condenados tomaron parte en huelgas
de hambre prolongadas, que no fueron al trabajo para protestar contra las
duras condiciones del campo a las que se les sometía desde el inicio
por los oficiales que dirigen el campo del Nordeste (Sevostlag).
«Los camaradas Krol, Baranovsky, Maidenberg y otros sólo eran
culpables de resistencia a las tentativas de la NKVD de convertir el régimen
de esclavitud en el campo en un régimen permanente para los prisioneros
políticos comunistas, un régimen de aniquilamiento físico
y moral. Reivindicaban el beneficio de un régimen político
-es decir, de condiciones de prisión que generaciones de revolucionarios
habían procurado tener en las prisiones zaristas y del que ya se habían
beneficiado en las prisiones y campos soviéticos. Estaban prestos
a morir en estas huelgas de hambre prolongadas, como fue este el caso de
los camaradas G. Ter-Oganessov, M. Korjin, M. Kuritz, E. B. Solntsev, más
que a renunciar a su dignidad política y convertirse en esclavos.
El NKVD tomó medidas extraordinariamente duras para reprimir las huelgas
de hambre y, sin embargo, fue obligado a satisfacer parcialmente las reivindicaciones
de los prisioneros en huelga de hambre. Es esto lo que los carceleros no
pueden perdonarles y esperaron el momento oportuno para infligirles su castigo
de venganza.
«Protestamos contra los procedimientos judiciales ilegales empleados
contra los revolucionarios proletarios que no se ponen de rodillas y que
un tribunal estalinista tradujo por primera vez ante ellos. Comenzado el
8 de febrero de 1937, el examen del asunto por el tribunal fue detenido bruscamente,
evidentemente por el hecho de la ausencia total de base de las acusaciones.
Un mes más tarde, se retomó este proceso a puerta cerrada.
Esto permite a los jueces disimular a la opinión pública la
ausencia de fundamento de las acusaciones y aplicar su sentencia de venganza.
«Pedimos a las instancias supremas del poder soviético tomar
nota del hecho que, con relación al proceso de los presos políticos
en Magadan, hubo cada vez con mayor frecuencia en Kolyma llamamientos sistemáticos
a pogroms y a la persecución de los presos políticos, con la
participación directa de numerosos funcionarios, lo que hace que los
actos de violencia física contra los presos políticos se volvieran
más frecuentes. Como ejemplo, citaremos el ataque de bandidos contra
los barracones ocupados por los presos políticos en nuestro campo
“plan quinquenal”, que terminó con una grave paliza a tres personas.
Además, un guardia que acudió a ayudar a los prisioneros resultó
herido de gravedad de una cuchillada. Los delincuentes realizaron su pogromo
con la consigna de “Por diez trotskistas muertos, sólo se añadirá
un año a nuestra pena”.
«Atribuimos completamente al gobierno la responsabilidad de las muertes
de comunistas ciudadanos, de las víctimas por venir de la dominación
arbitraria de los órganos represivos y de los pogroms realizados por
delincuentes. Exigimos el fin de los pogroms y de las persecuciones.
«Exigimos la creación de condiciones de vida normales para los
presos políticos. La primera etapa en esta dirección debe ser
la anulación de la sentencia establecida por el tribunal de Magadan
relativa a los asuntos de los camaradas Krol, Maidenberg, Baranovsky y otros.
«Firmado: Ch[aliko] Gochelachvili, P. Sviridov, N. Maj[laj], presos
políticos».
No sabemos gran cosa de los firmantes, salvo que
los dos primeros estaban en Verjneuralsk en 1930. Chaliko Gochelachvili,
hijo de un minero georgiano sin partido, había sido uno de los dirigentes
de la Juventud Comunista en su país, y había sido detenido
en 1928, cayó parcialmente en gracia a los ojos de Ciliga, quien fue
a Verjneuralsk con él, y era lo bastante especial como para ser mencionado.
¿CUÁNDO LO SUPIERON?
¿Pasaron realmente desapercibidos los seis mil
«trotskistas» asesinados en Magadan y otro tanto en Vorkuta?
No dudamos ni un instante que los autores del destacado texto que acabamos
de citar fueron pasados por las armas. La apertura de los archivos permitió
que lo conociéramos.
Un superviviente, cuyo conocimiento de los lugares, de
las distancias y de las cifras es de una precisión extraordinaria,
David Reutman, de quien nadie dice que debió de trabajar en la administración
de los campos para tener una información tan precisa, da la cifra
de 1.082 prisioneros de la fábrica de ladrillos ejecutados, donde
no quedaron más de un centenar cuando las ejecuciones de masas terminaron
-en agosto de 1938, precisan varios testigos, y no en abril como se ha dicho
y escrito.
Podríamos sospechar que este hombre fuera el misterioso
«R» del que hemos hablado más arriba, ese miembro del
comité de huelga protegido y ascendido tras la huelga en el aparato
del campo. Pero eso sería arbitrario: no solamente ninguno de los
acusadores de R lo nombra, sino que tampoco ninguno de ellos dice cuál
hubiera sido o hubiera podido ser su actividad al servicio de la GPU.
De hecho, éste último estaba bien informado,
a través de Volchok cuando este se decidió a hablar y, con
anterioridad, por decenas de detenidos a quienes se les había obligado
a tomar una decisión: «El chivatazo o la muerte». Sobre
Boris Kniajnitsky, llamado Graf, tenemos el testimonio de Baitalsky quien
se había encontrado con él en la mina de oro de Kolyma: le
confió que odiaba su trabajo de soplón, que estrangularía
voluntariamente a Stalin con sus manos, pero que estaba atrapado como una
rata.
Se impone una última observación para concluir
estos dos capítulos. Parece que la noticia de la huelga de hambre
y de la represión en Vorkuta no fue conocida en el mundo antes de
1945 y la publicación en Roma de un pequeño libro de calidad
mediocre sobre La Justicia Soviética, en francés, firmado por
Sylvestre Mora y Pierre Zweniak, citado y reseñado por Victor Serge
en la revista La Revolution Proletarienne. Después, tuvieron lugar
las investigaciones que se conocen y la colección Nikolayevsky.
Incluso entre las personas desplazadas inmediatamente
después de la guerra parece que hayan existido, a través de
rumores y habladurías, algunas confusiones entre Vorkuta y Magadan.
El artículo de la revista menchevique Sotsialistitcheski Vestnik sobre
Vorkuta apareció en 1962 y el libro de Maria Joffe en 1978.
Roy Medvedev, cuya obra sobre el estalinismo apareció
en 1989, indica que, informado de su proyecto de libro y de sus posibilidades
de llevarlo a buen puerto, le visitó un antiguo opositsioner, superviviente
de milagro, Avraham Davidovich Pergament, citado varias veces en ese volumen,
para hablarle de los traslados y de las ejecuciones por ametrallamiento de
Vorkuta.
Tras ello, fue necesario la caída de la URSS para
descubrir las dimensiones de la tragedia de la Kolyma-Magadan. Muchos recuerdos
datan la muerte de una misma persona en dos lugares distintos o en varias
ocasiones. Todo es, sin duda, inferior a la atroz realidad… Nosotros hemos
hecho lo posible; nos gustaría que excusaran nuestros errores.
¿Hemos recalcado que los amables cocodrilos que
vierten un mar de lágrimas por las víctimas hipotéticas
de lo que se obstinan en llamar «el comunismo» no parecen haber
visto los fantasmas de estas represiones? Por la simple razón de que
se trataba de «rojos», un color ante el que, al igual que Stalin,
son decididamente alérgicos…