Última declaración
en los Procesos de Moscú
Nikolai Ivanovich Bujarín
1938
Me parece verosímil pensar que cada uno, de los que estamos ahora
sentados en este banquillo de los acusados tenia un extraño desdoblamiento
de conciencia, una fe incompleta en su tarea contrarrevolucionaria. No digo
que no existiera esta conciencia, sino que estaba incompleta. De ahí
esa especie de semiparálisis de la voluntad, esa lentitud de reflejos.
Me parece que somos unas personas cuyos reflejos son hasta cierto punto lentos.
Esto no proviene de la ausencia de ideas consecuentes, sino de la grandeza
objetiva de la edificación socialista. La contradicción entre
la aceleración de nuestra degeneración y esa lentitud de reflejos
traduce la situación del contrarrevolucionario, o, con más
precisión, del contrarrevolucionario que se desenvuelve en el marco
de la edificación socialista en progreso. Se crea entonces una doble
psicología. Cada uno de nosotros puede comprobarlo en su fuero interno,
pero no quiero entregarme aquí a profundos análisis psicológicos.
A veces, yo mismo me entusiasmaba al glorificar en mis escritos la edificación
del socialismo; pero poco después cambiaba de actitud debido a mis
acciones prácticas de carácter criminal. Se formó en
mí lo que, en la filosofía de Hegel, se llama una conciencia
desgraciada. Esta conciencia desgraciada difería de la conciencia
ordinaria porque era al mismo tiempo una conciencia criminal.
Lo que constituye el poder del Estado proletario no es solamente el haber
aplastado a las bandas contrarrevolucionarias, sino también el haber
descompuesto interiormente a sus enemigos, el haber desorganizado su voluntad.
Esto no ocurre en ningún otro sitio, y no podría existir en
ningún país capitalista.
Me parece que, cuando empiezan a manifestarse dudas y vacilaciones en ciertos
sectores intelectuales de Occidente y América, a propósito
de los procesos que han tenido lugar en la U.R.S.S., es debido, en primer
lugar, a que estas personas no tienen en cuenta una diferencia radical: en
nuestro país, el adversario, el enemigo, posee al mismo tiempo esa
doble conciencia, esa conciencia desdoblada. Y me parece que esto es lo que
hay que comprender ante todo.
Si me permito detenerme en estos problemas, es a causa de que yo tenía
en el extranjero considerables relaciones entre calificados intelectuales,
principalmente con científicos. Y debo explicarles lo que cada pionero
sabe en nuestro país, en la U.R.S.S.
A menudo se justifica el arrepentimiento mediante toda una serie de cosas
absurdas como, por ejemplo, el polvo del Tíbet, etcétera. En
mi caso particular, diré que en la cárcel donde permanecí
casi un año, trabajé, estuve ocupado, conservé la lucidez
de espíritu. He aquí el mentís práctico a todas
las tonterías, a todos los chismes contrarrevolucionarios.
Se habla asimismo de hipnosis. Pero en este proceso he asumido mi defensa
jurídica, me he orientado sobre el terreno y he polemizado con el
Fiscal. Y cualquier persona, aunque no tenga mucha experiencia en las diferentes
especialidades de la medicina, tendrá que reconocer que no ha existido
hipnosis.
A menudo se explica el arrepentimiento por un estado de espíritu a
lo Dostoievski, por las cualidades físicas del alma (el «alma
eslava»). Esto es cierto, por ejemplo, para personajes como Aliocha
Karamazov, para los personajes de novelas tales como el Idiota y otros tipos
de Dostoievski. Ellos están dispuestos a exclamar en público:
«Pegadme, ortodoxos, soy un criminal».
Pero, no es ésta la cuestión. En nuestro país, el «alma
eslava» y la psicología de los héroes de Dostoievski
son cosas extinguidas desde hace tiempo: pertenecen al pluscuamperfecto.
Estos tipos ya no existen en nuestro país, como no sea en los patios
de las casas provincianas, ¡o quizá ni ahí! En cambio,
esta psicología subsiste en Europa occidental.
Ahora quiero hablar de mí mismo, de los motivos que me llevaron a
arrepentirme. Ciertamente, hay que decir que las pruebas de mi culpabilidad
juegan también un importante papel. Durante tres meses permanecí
encerrado en mis negativas. Después inicié el camino de la
confesión. ¿Por qué? El motivo estriba en que, durante
mi encarcelamiento, pasé revista a todo mi pasado. En el momento en
que uno se pregunta: «Si mueres, ¿en nombre de qué morirás?»,
aparece de repente y con sorprendente claridad un abismo profundamente oscuro.
No había nada por lo que mereciese la pena morir, si pretendía
hacerlo sin confesar mis errores. Por el contrario, todos los hechos positivos
que resplandecían en la Unión Soviética tomaban proporciones
diferentes en mi conciencia. Esto fue lo que en definitiva me desarmó,
lo que me obligó a doblar mis rodillas ante el Partido y ante el país.
Cuando me pregunto: «Bien, no vas a morir. Si por cualquier milagro
quedas con vida, ¿cuál será entonces tu objetivo? Aislado
de todo el mundo, enemigo del pueblo, en una situación que no tiene
nada de humana, totalmente alejado de lo que constituye la esencia de la
vida ...». Y en seguida recibo la misma contestación a esta
pregunta. En estos momentos, ciudadanos jueces, todo personalismo, todo rencor,
los restos de irritación, de amor propio y otras muchas cosas caen
por sí mismas, todo desaparece. Y cuando llegan a nuestros oídos
los ecos de la vasta lucha emprendida por el pueblo soviético, todo
esto ejerce su acción, y nos encontramos ante la completa victoria
moral de la U.R.S.S. sobre sus adversarios arrodillados. Una casualidad puso
en mis manos un libro de la biblioteca de la cárcel, el de Feuchtwanger,
donde se hablaba de los procesos de los trotskistas. Me produjo una gran
impresión. Pero debo decir que Feuchtwanger no llegó al fondo
de la cuestión, se detuvo a mitad de camino. Para él no todo
está claro, mientras que en la realidad todo lo está. La historia
mundial es un tribunal universal. Los líderes trotskistas han fracasado
y han sido arrojados al foso. Es justo. Pero no se puede proceder como lo
hace Feuchtwanger, principalmente en lo relativo a Trotsky, cuando lo coloca
en el mismo plano que Stalin. En este punto, sus planteamientos son totalmente
erróneos, puesto que, en realidad, todo el país está
detrás de Stalin. Él es la esperanza del mundo, es el creador.
Napoleón dijo en una ocasión: el destino es la política.
El destino de Trotsky es la política contrarrevolucionaria.
Voy a acabar pronto. Estoy hablando, quizás, por última vez
en mi vida.
Quiero explicar cómo llegué a la necesidad de capitular ante
el poder judicial y ante vosotros, ciudadanos jueces. Nos alzamos contra
la alegría de la nueva vida, con métodos de lucha completamente
criminales. Rechazo la acusación de haber atentado contra la vida
de Vladimir Ilich, pero reconozco que mis cómplices de la contrarrevolución,
conmigo al frente, intentaron acabar con la obra de Lenin, continuada por
Stalin con un éxito prodigioso. La lógica de esta lucha, bajo
una capa ideológica, nos hacía descender paso a paso hasta
el más oscuro cenagal. Una vez más se ha probado que el abandono
de la posición bolchevique señala el paso al bandidismo político
contrarrevolucionario. Hoy el bandidismo contrarrevolucionario ha sido aplastado;
hemos sido derrotados, nos hemos arrepentido de nuestros horribles crímenes.
En realidad, no se trata de arrepentirse, ni tampoco de mi arrepentimiento.
Incluso sin esto, el Tribunal puede dar su veredicto. Las confesiones de
los acusados no son obligatorias. La confesión de los acusados es
un principio jurídico medieval. Pero se ha producido la derrota interior
de las fuerzas contrarrevolucionarias; y hay que ser Trotsky para no rendirse.
Mi deber es demostrar aquí que, en el paralelogramo de fuerzas que
ha trazado la táctica contrarrevolucionaria, Trotsky ha sido el primer
motor del movimiento. Y sus más violentas manifestaciones —el terrorismo,
el espionaje, el desmembramiento de la U.R.S.S., el sabotaje— provenían
ante todo de esta fuente.