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FUNDACIÓNANDREU NIN |
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El pasado 15 de octubre fallecía en París Ignacio Iglesias, justo cuando iba a cumplir el 70º aniversario de la fundación del Partido Obrero de Unificación Marxista (POUM), como señalaba en la necrológica publicada por el diario “El País” su veterano dirigente Wilevaldo Solano.
Ignacio Iglesias, nacido en 1912 “en el corazón de la cuenca
minera asturiana”, según expresa en una pequeña autobiografía,
era el último superviviente de los fundadores del POUM, un personaje
histórico prácticamente desconocido en su tierra, debido a
un olvido intencionado por lo incomodo de sus posiciones políticas
para la izquierda parlamentaria.
Desde 1930, cuando fue expulsado bajo la acusación de troskismo
de las Juventudes Comunistas de Langreo que él mismo había
fundado unas semanas antes, dedicó su vida a la utopía
sin ceder nunca a la tentación del beneficio político. Y no
renunció a sus posiciones ni siquiera en 1952 tras apartarse discretamente
de su organización al darse cuenta de que la URSS estaba traicionando
sus ideales; pero incluso tras tomar esa dura decisión mantuvo la
amistad con sus compañeros, convencido de que al final ellos también
iban a darse cuenta de la evidencia, como así fue.
En los años previos al Octubre de 1934 desarrolló su militancia
en la oposición a las posturas oficialistas del PC dentro del pequeño
grupo de Izquierda Comunista y cuando se impulsó la Revolución
fue el más joven de los firmantes de la Alianza Obrera representando
a su partido junto a Emiliano García.
En los convulsos años treinta un pequeño grupo de jóvenes
de las Cuencas organizados en la CNT, el Bloque Obrero y Campesino (BOC)
y la Izquierda Comunista (IC), sin más formación que la autodidacta,
mantuvieron vivos los ideales primigenios de la emancipación obrera
logrando sobrevivir a la doble persecución del fascismo y del Partido
Comunista –los comunistas oficiales- que los calificaron de renegados por
su carácter libertario y llegaron a escribir de ellos que eran “los
enemigos más grandes de la revolución proletaria”.
A pesar de la diferencia de siglas, todos coincidían en lo fundamental
e incluso celebraban reuniones conjuntas en domicilios particulares, la
carpintería que tenía abierta en el barrio de Oñón
Jesús Ibáñez, el mayor de todos, o la tertulia mantenida
por Manuel Grossi en el Café Carolina de Mieres, donde también
se juntaban en otras mesas socialistas y republicanos.
De manera sorprendente, casi todos llegaron a convertirse en periodistas,
escritores y teóricos políticos (algunos de reconocida calidad)
y tuvieron un destino parecido. Ninguno vivió nunca de la política;
tras la Guerra Civil unos, como Jesús Ibáñez o Manuel
Grossi, rehicieron su vida en el exilio.
El primero murió durante la posguerra en el México después
de haber vendido miles de ejemplares de sus novelas traducidas al ruso que
hoy curiosamente resulta imposible encontrar en España. El segundo,
“Manolé”, tuvo su domicilio en Brignoles (Francia) y nunca perdió
el contacto con su tierra; falleció en 1984 cuando preparaba un viaje
a Asturias para participar en los actos conmemorativos del cincuentenario
de la Revolución.
Los que se quedaron aquí afrontando las penalidades del franquismo,
se convirtieron en referentes de la honradez y ejemplos para sus vecinos.
Es el caso del felguerino Aquilino Moral, que mantuvo su militancia en el
POUM y la CNT, atendiendo siempre a los compañeros más jóvenes
y a los historiadores que requerían su memoria hasta su final en
1979. O de Marcelino Magdalena, cuyo entierro civil en 1964 fue prohibido
por la policía debido a la multitud que se concentró ante
su domicilio y que de todas formas decidió acompañar al cadáver
hasta el cementerio de Mieres con una gran caravana de coches.
Ignacio Iglesias fue, como Jesús Ibáñez, amigo
y colaborador de Andreu Nin; luchador en la Revolución, la
Guerra Civil y la Guerra Mundial, logró sobrevivir a las cárceles
españolas y francesas e incluso al campo nazi de Allach, dependiente
del de Dachau.
Colaborador habitual de“La Batalla”, donde también escribían
todos sus compañeros, dejó también su visión
de los acontecimientos de la historia del siglo XX español en “La
Revista de Occidente”, “Cambio 16”e “Historia y Vida” y fue autor de un libro
fundamental para entender la represión que ejercieron los estalinistas
contra el troskismo durante la contienda de 1936: “El proceso contra el POUM”.
Un hombre íntegro; que la tierra le sea leve.
Edición digital de la Fundación Andreu
Nin, noviembre 2005