Manuel Grossi Mier, tierra y libertad
Ernesto Burgos
Semblanza de Manuel Grossi publicada en La Nueva España, en
una seción que ha recreado figuras señeras de Mieres a través
de estampas escritas en primera persona que les recrean en un momento destacado
de su vida.
Manuel Grossi Mier nació en Oviedo el 17 de junio de 1905 y vivió
en Mieres desde los tres años, donde trabajó desde los catorce
en mina Mariana. Comunista opuesto al estalinismo, fue vicepresidente de
la Alianza Obrera en Asturias cuando comenzó la Revolución
de Octubre y se convirtió en uno de sus máximos responsables.
Condenado a muerte por estos hechos fue amnistiado posteriormente y durante
su detención en la Casa del Pueblo de Mieres escribió “La insurrección
de Asturias”, publicada por ediciones de La Batalla en 1935 y reeditada
en noviembre de 1978 por ediciones Jucar.
Durante la Guerra Civil, mandó la columna del POUM, que se formó
en Cataluña para luchar en el frente de Aragón. Tras la contienda
se exilió en Brignoles (Francia) donde rehizo su vida. Mantuvo una
correspondencia frecuente con sus amigos de juventud a los que al fin pudo
volver a ver en Mieres tras la muerte de Franco.
Falleció en 1984 cuando preparaba su retorno a España para
participar en los actos conmemorativos del cincuentenario de la Revolución
de Asturias, a los que había sido invitado.
Conozco de sobra la extraña sensación con que se cierran los
días de lucha. Me encuentro en Barcelona, con Buenaventura Durruti,
uno de los revolucionarios más valientes que he conocido y que ha
decidido pasar esta noche del 19 de julio de 1936 en nuestra sede del POUM.
Acaba de cerrarse la primera jornada de una contienda que no sabemos cuando
acabará y hemos disparado juntos, primero en la Plaza de Cataluña
y más tarde en los alrededores de la Universidad.
Durruti siempre ha tenido mucho respeto por Asturias: “Los socialistas asturianos
no son como los demás socialistas”, le dijo hace un año a mi
compañero Julián Gorkin, cuando coincidieron en la cárcel
modelo de Valencia, y efectivamente, en la formación de la Alianza
Obrera, esta fue la única región de España en la que
los anarquistas de la CNT decidieron sumarse a nosotros.
No se como empezó todo, tal vez fue el ambiente politizado que se
vivía en el Mieres de los años treinta el que nos empujaba
a todos a la militancia. Yo trabajaba desde los catorce años en Mariana
y, como la mayor parte de los mineros vivía convencido de que era
necesario otro mundo más igualitario.
La miseria cotidiana y la represión tras las huelgas de 1906 y 1917
nos invitaban a la organización revolucionaria y, convencido por los
actos de propaganda, las publicaciones obreras y el carisma de líderes
como Jesús Ibáñez, en 1929 entré en el Partido
Comunista.
El café Carolina era entonces un vivero para todas las ideologías.
Allí coincidían a la vez varias tertulias políticas:
había dos grupos socialistas, el que encabezaba Antonín Llaneza,
siguiendo la línea de su padre, y el más intelectual del abogado
Juan Pablo García.
En otra mesa, los anarquistas de Solano Palacios, que eran pocos, al contrario
de lo que sucedía en La Felguera. Más allá, otros dos
grupos: el de Izquierda Republicana y el de los reformistas del partido de
Melquíades Álvarez, y para que no faltase el contrapunto, también
los conservadores de la Agremiación Católica y Obrera, dirigidos
por el cura Samuel Fernández- Miranda.
Y en medio de este ambiente, nosotros, un grupo de comunistas, que nos cansamos
pronto del autoritarismo que imperaba en el partido y que buscábamos
otro tipo de organización. En 1932, por fin nos decidimos a dar el
paso y constituimos en Mieres un núcleo del Bloque Obrero y Campesino,
una pequeña organización, que apenas contaba con implantación
fuera de Cataluña, pero en la que encontramos mayor libertad de movimientos.
Allí estaba yo, junto a Benjamín Escobar, José Prieto,
Mauricio Magdalena y otro puñado de compañeros de la mina.
Aún recuerdo la consigna que hicimos popular en las asambleas: “Ni
un céntimo menos, ni un minuto más”.
Cuando llegó Octubre de 1934, todos entramos en la Alianza Obrera
y a mí se me encargó su vicepresidencia. El presidente fue
entonces el socialista Bonifacio Martín y el secretario el anarquista
José María Martínez, dos héroes del pueblo
que supieron limar sus diferencias políticas y cayeron en aquellos
combates.
Recuerdo las primeras escaramuzas en Mieres y mi primera intervención,
a las ocho y media de la mañana del día 5, proclamando desde
un balcón del Ayuntamiento, ante 2.000 mineros mal armados la República
Socialista. Todo era nuevo: la supresión de la moneda, el intento
de hacer desaparecer junto a los archivos los privilegios de la herencia...
Luego, la sensación fue agridulce. Las realidad nos hizo ver pronto
que nunca pasaríamos de las primeras victorias y cuando Asturias se
quedo sola, nos dimos cuenta de que la derrota era cuestión de días.
Tuvimos tiempo para conocer todas las facetas de la naturaleza humana: el
valor y la cobardía; la generosidad y la traición; vivimos
en nuestra zona la barbarie de los fanáticos y los asesinatos incontrolados
de religiosos y sufrimos después en nuestras familias la inmediata
venganza del ejército africanista.
Recuerdo que en la madrugada del día 19, tras la última reunión
del Comité de Mieres, decidí entregar las armas al delegado
gubernativo don Sergio León y asumir las responsabilidades que me
correspondían, mientras otros huían.
Entonces por mi mente pasaron muchas escenas, pero una especialmente cruda:
la jornada del día 9, cuando tras un bombardeo, pude ver sobre la
calle Ramón y Cajal nueve cadáveres y veinticinco heridos;
todos conocidos, y todos inocentes.
Los quince días de revolución y utopía se cerraron con
una derrota previsible. Y luego Asturias se llenó de torturas y de
prisiones: La Modelo o Las Adoratrices, en
Oviedo; El Coto, en Gijón; el Hachu y la Casa del Pueblo en Mieres.
Allí, en sus sótanos, mientras esperaba mi condena a muerte
por un Tribunal Militar, decidí escribir la crónica de aquellas
jornadas para que nadie pudiese tergiversar la historia.
Ya en septiembre de 1935, los compañeros del Bloque, que aún
manteníamos la ilusión, nos unimos a otro partido minoritario
de carácter troskista, Izquierda Comunista, con algunos afiliados
en Oviedo, Gijón y Langreo y pasamos a constituir el Partido Obrero
de Unificación Marxista en Asturias.
Desde entonces, las relaciones con los compañeros catalanes han sido
muy fluidas; ahora Mauricio Magdalena forma parte del Comité Central
del POUM y yo he sido encargado de dirigir junto a Jordi Arquer una de las
tres columnas que van a partir inmediatamente hacia Aragón. Durruti
se va encargar de la CNT y José del Barrio de la del PSUC.
Algunos hablan de guerra; nosotros volvemos a la Revolución.