Jesús Ibáñez,
la pluma y la pistola
Ernesto Burgos
Semblanza de Jesús Ibáñez publicada
en La Nueva España, en una seción que ha recreado figuras
señeras de Mieres a través de estampas escritas en primera
persona que les recrean en un momento destacado de su vida.
Discos de Acero. Memorias de mi cadáver (novela
encajada) fue publicada por la editorial mexicana El Libro Perfecto S.
A. en 1946; poco después moriría su autor. La obsesión
por la sinceridad y la libertad de pensamiento hace que hoy ninguna organización
política reivindique su memoria, aunque se le considere el cuadro
teórico más capaz del socialismo asturiano. Otras obras del
autor son: Tatiana la bolchevique, publicada por capítulos
en Avance, Fuego del cielo y Acción directa;
las dos últimas, a pesar del éxito que alcanzaron en su traducción
para los lectores rusos fueron criticadas por los comunistas españoles.
Hoy es imposible encontrar los libros de Jesús Ibáñez
en las bibliotecas asturianas.
Me llamo Jesús Ibáñez, aunque también suelo firmar
como Jotaibáñez o J. Bañezi. Si alguien ha de recordarme
como escritor, me gustaría que lo hiciese por esta última obra
en la que estoy trabajando para plasmar mi biografía. La llamaré
Discos de acero y en ella quiero contar los detalles de una existencia
que a muchos les parecerá exagerada.
De haber nacido en el siglo XVI mi infancia hubiese podido dar argumento
a una buena novela picaresca; pero llegué al mundo en 1889, en unas
circunstancias que demuestran de qué manera la realidad supera a veces
a la fantasía.
Mi madre fue Celedonia Rodríguez, natural de Turón y, como
yo, viajera impenitente; en su juventud había recorrido los caminos
de España en una carreta de cómicos y conocía también
la vida del convento, el presidio y los delirios del alcohol. La casualidad
me hizo nacer en el penal de Santoña, mientras ella visitaba a Constantino
Turón, el famoso bandolero de Urbiés. Sólo el amor por
mi padre, Trifón, un molinero del pueblo salmantino de Buitrago, pudo
poner un poco de orden en su vida.
Deje mi infancia y mi juventud en aquel Mieres que crecía con la industrialización,
luchando por superar el hambre y la miseria. Me veo de niño, sirviendo
de lazarillo a un ciego, y más tarde trabajando como carpintero y
albañil, siempre en busca de un momento para escaparme a los bares
de Requejo, donde los obreros de la Fábrica y los mineros hablaban
de huelgas, accidentes e injusticias.
Pero mi vocación siempre fue el periodismo. La pluma es a veces un
arma tan fuerte como la pistola, y yo he sabido manejar las dos a menudo.
En diciembre de 1918 fundé en Oñón el periódico
La Batalla, con la consigna de defender la dictadura del proletariado
y la violencia revolucionaria; yo estaba entonces en las Juventudes Socialistas,
pero me sentía más próximo a los métodos de acción
de los anarquistas de la CNT y al pensamiento de los bolcheviques rusos.
Este sentimiento de temor a no estar en el lugar preciso cuándo surja
la revolución social me ha acompañado siempre, haciéndome
quedar mal con aquellos que no ven más allá del parapeto de
sus propias siglas.
Ya en 1920, también cada quincena, otro periódico: La Dictadura,
con una tirada de mil ejemplares para defender la creación de un Partido
Comunista en España. Aquel mismo año me detuvieron en Gijón,
acusándome de haber colocado una bomba contra un patrón;
entonces logré salir absuelto, pero no tuve la misma suerte en otras
ocasiones.
Pocas personas habrán conocido tantos penales como yo: He estado
recluido en Bilbao, Zaragoza, Barcelona y –por supuesto- Oviedo, y también
se de las cárceles portuguesas, alemanas y belgas -acusado de mil
conspiraciones-, e incluso de mi querida Rusia.
La Unión Soviética ya es parte de mi existencia; llegué
allí como secretario de Andrés Nin y por muchos años
que pasen nunca olvidaré los increíbles inviernos de Leningrado,
mientras trabajaba como funcionario de la Internacional.
Pero la burocracia de los comunistas de manual siempre acaba chocando con
mi carácter y al final la terrible policía de Stalin me identificó
con los troskistas, la única ideología de izquierdas que no
he tenido nunca. Tal vez los momentos más amargos de mi vida los haya
dejado en las prisiones rusas... así de extrañas son a veces
las cosas.
Lo curioso es que a pesar de mi actividad y de haber sido detenido en Mieres,
acusado en 1923 de organizar un supuesto complot revolucionario, mi nombre
no figura entre los fundadores del PCE; un ejemplo del sectarismo de los
que me han acusado de dar bandazos en mi militancia, sin darse cuenta de
que mi trayectoria no es más que el reflejo de mi propia libertad
de mi pensamiento.
De nuevo en casa, conocí a Javier Bueno, que siempre ha sido mi mejor
amigo; ambos nos responsabilizamos de la redacción de Avance
para ir preparando la revolución del 34; Yo fui uno de los responsables
del movimiento en Mieres y cuando llegó la lucha estuvimos juntos,
siempre en primera línea, asaltando el Ayuntamiento de Oviedo, y en
las cunetas de Pumarín y La Corredoria.
Tras la derrota vino la represión. Mientras la imagen de Javier con
los brazos lacerados por la tortura recorría el mundo, mi compañero
de celda Teodomiro Menéndez intentaba el suicidio, saltando del segundo
piso al patio de la Cárcel Modelo. Se dijo entonces que lo había
hecho presionado por mis acusaciones sobre su implicación en la detención
de González Peña, pero este es un capítulo que es mejor
olvidar.
De todas las publicaciones en las que he colaborado (Solidaridad Obrera,
España Nueva, Occidente, La Voz de Cantabria),
el mejor recuerdo siempre será para Avance. En cuanto se pudo
volvimos a la rotativa... y también a la batalla.
En 1936, Bueno y yo estuvimos juntos en el asedio a Oviedo y, al poco
tiempo mi responsabilidad militar empezó a ir aumento. Primero tuve
el mando del sector de San Esteban de Las Cruces; luego una zona del frente
occidental; finalmente me nombraron ayudante del Comisario Inspector del
Ejército del Norte ,el mismo González Peña, para acabar
ocupando su puesto cuando la cosa se puso fea y él tuvo que marchar
a Valencia.
Ahora, el exilio mezcla los recuerdos: el aprendizaje como delegado de la
CNT en la Internacional moscovita de 1921; la actividad frenética
dentro del Comité Nacional que se formó entonces para fortalecer
el comunismo en España; las tardes de angustia tras las rejas; los
mil tiroteos de la Revolución y la Guerra; los rostros de los muertos;
y, como una flor en el fango, la Liga de Escritores y Autores Antifascistas,
en la que colaboré desde su fundación.
Hace pocos meses, en agosto de 1945, aún he participado en una reunión
del Frente Popular en el exterior, pero ahora lo que más me interesa
es ordenar mi memoria en estos folios, antes de que mi tiempo se acabe.