Un mierense en la III Internacional
Ernesto Burgos
Publicado en el diario asturiano
La Nueva España (Cuencas) el 11-XII-2007
Hay una anécdota poco conocida de Manuel Llaneza que me gusta recordar.
Ocurrió en 1923 cuando volvía de una convocatoria de Cortes
en Madrid acompañado por su compañero Manuel Cordero; venían
hablando de la delicada postura en la que se encontraba el líder sindical
tras defender la no integración en la III Internacional y de las acusaciones
que se le hacían, incluso desde las filas más leales del socialismo,
por haber mantenido una postura demasiado conformista en una entrevista solicitada
por el Dictador Miguel Primo de Rivera. En aquel momento Llaneza era más
partidario de buscar las mejoras en el día a día del trabajo
minero que de embarcarse en empresas revolucionarias, y al bajar el Pajares
soltó una frase lapidaria: “Desengáñate, mira: primero
Mieres y después la Internacional”.
Efectivamente, ahí estaba la cuestión: el movimiento obrero
de todo el mundo vivía la mayor escisión de su historia con
la creación de los partidos comunistas que desde aquel momento iban
a recorrer caminos distintos a los de los socialistas y en las Cuencas este
enfrentamiento se vivía además con la existencia de dos tendencias
que dividían a los mineros. Ahora es difícil imaginar la intensidad
de aquellos debates en los que participaban trabajadores que apenas sabían
leer y que sin embargo conocían de memoria los planteamientos de los
grandes teóricos del marxismo, y sin embargo así era.
Entre quienes creían al contrario que Manuel Llaneza que la Internacional
era más importante que Mieres estaba Jesús Ibáñez,
un personaje por el que se pasa de puntillas en la historia de Asturias –estoy
seguro que intencionadamente- y que sin embargo tuvo una dilatada vida política
en la primera mitad del siglo XX. Entre otras cosas participó activamente
en la formación de la III Internacional y aunque sólo sea por
la importancia de este episodio merece que lo recordemos.
Las Internacionales surgieron como un intento de unir a los trabajadores
de los diferentes países. La Primera se fundó en Londres en
1864 por sindicalistas ingleses, anarquistas y socialistas franceses e italianos
republicanos y duró 12 años, hasta 1876; en 1889 se organizó
la Segunda, que se mantuvo 25 años y en 1919 se convocó la
Tercera por iniciativa del Partido Comunista Ruso con el objetivo de
superar el capitalismo, establecer la Dictadura del Proletariado y la República
Internacional de los Soviets, abolir las clases y caminar así hasta
una sociedad ideal de paz y libertad.
Fue una idea de Lenin y no resultó como se esperaba, ya que en vez
de unir a los obreros los dividió facilitando la llegada del fascismo
y el nazismo e incluso según consideran algunos historiadores pudo
contribuir a provocar la Guerra Civil española y la posterior Guerra
Mundial.
En diciembre de 1919 la Confederación Nacional del Trabajo (CNT),
que entonces simpatizaba con la revolución rusa, se adhirió
a la convocatoria y tuvo que preparar con prisas una representación
para enviar a Moscú. El primer español en llegar fue Ángel
Pestaña, quién según parece causó una buena impresión
a Lenin y en el verano de 1920 ya intervino en las discusiones firmando algunos
documentos y manifiestos, pero cuando hacía el viaje de regreso para
informar a sus compañeros fue detenido y encarcelado en Milán,
entonces el Comité Nacional del sindicato anarquista, cuyo secretario
general era Andrés Nin, decidió reunir un pleno en Cataluña,
entre otras cosas, para elegir a quienes debían acompañarle
en su misión rusa.
Para despistar a las autoridades, los designados por las regionales fueron
llamados a presentarse en Lérida, como si fuese allí donde
debía tener lugar la reunión, pero según iban llegando
Joaquín Maurín se encargaba de desviarlos a una casa situada
en el barrio de la falda de Montjuich en Barcelona. Por fin en la mañana
del 28 de abril de 1921 empezó el debate con la asistencia de Andrés
Nin y el propio Maurín por Cataluña; el gallego Arenas; Hilario
Arlandis llegado desde Valencia; Arturo Parera por Aragón, y Jesús
Ibáñez representando a los asturianos.
Primero se discutió la estrategia del sindicato ante la represión
que se estaba sufriendo en aquellos meses y luego se pasó a elegir
la delegación de los trabajadores españoles en el III
Congreso de la Tercera Internacional que debía celebrarse en Moscú
durante el mes de junio; finalmente fueron escogidos Andrés Nin, Joaquín
Maurín Hilario Arlandís y Jesús Ibáñez
por la CNT y Gastón Leval por la denominada Federación de Grupos
Anarquistas, que sería el embrión de la FAI. No se crean ustedes
que aquello se parecía en algo a uno de los encuentros sindicales
que se celebran en la actualidad con desplazamientos en avión, hoteles
caros y dietas apetecibles: a los pocos días emprendieron el viaje
a Rusia cada uno por su lado, sin dinero y sin pasaporte, confiando en la
solidaridad que podían encontrar entre sus compañeros
extranjeros.
Hace unos años, escribiendo una serie de biografías mierenses
me encontré con la vida de Jesús Ibáñez, seguramente
el más apasionante y olvidado de nuestros personajes. A pesar de que
en su momento llegó a ser un escritor de éxito y aún
viven algunos de quienes lo conocieron, es muy difícil seguirle
el rastro ya que su evolución –siempre dentro de la izquierda- resulta
incomoda para todos los grupos políticos y nadie se atreve a reivindicar
su memoria.
Ibáñez fue turonés, aunque la casualidad quiso que su
madre Celedonia Rodríguez le pariese en el penal de Santoña,
mientras visitaba al mítico bandolero Constantino Turón y pasó
su infancia y juventud en Mieres tratando de superar el hambre y la miseria;
siendo niño sirvió de lazarillo a un ciego y luego trabajó
como carpintero y albañil, aprendiendo de los veteranos obreros de
la Fábrica todo lo que necesitaba sobre las injusticias y la
manera de hacerles frente.
En diciembre de 1918 había fundado en Oñón el periódico
“La Batalla”, con la consigna de defender la dictadura del proletariado y
la violencia revolucionaria; entonces militaba en las Juventudes Socialistas,
pero su idea ya estaba más próxima a los métodos de
acción de los anarquistas y los bolcheviques rusos. Dos años
más tarde volvió a la carga con “La Dictadura”, un quincenal
que se publicaba también en la villa del Caudal con tirada de mil
ejemplares donde propugnaba la creación de un Partido Comunista en
España.
Cuando llegó a Moscú como delegado para la III Internacional
pertenecía al minoritario sindicato de la construcción de la
CNT de Mieres y ya había pasado por varias cárceles españolas,
aunque aún le quedaban las portuguesas, alemanas y belgas e
incluso las rusas, adonde le llevó la policía de Stalin bajo
la acusación de simpatizar con el troskismo. En la Unión Soviética
Jesús Ibáñez trabajó como funcionario de la Internacional
y secretario de Andrés Nin al tiempo que defendía en Asturias
la unidad con la UGT junto a los anarquistas gijoneses Eleuterio Quintanilla
y José María Martínez.
No pudo ser, y finalmente el 18 de noviembre de 1922 las secciones escindidas
del SOMA se reunieron en el Centro Obrero de La Felguera y después
de deliberar dos fines de semana, los obreros anarquistas y comunistas aprobaron
el informe presentado por Ibáñez en nombre de la Internacional
Sindical Roja (ISR); así nació una nueva organización,
el Sindicato Único de Mineros de Asturias (SUM), con 25 secciones
y 1.752 afiliados en las Cuencas. Su Comité Ejecutivo se estableció
en Mieres –el feudo de Manuel llaneza- y estaba compuesto por Jesús
Rodríguez (presidente), José Prieto (vicepresidente), Benjamín
Escobar (Secretario), Críspulo Gutiérrez, vicesecretario, y
Jesús Huelga (tesorero).
Jesús Ibáñez participó activamente en la Revolución
de Octubre y en la Guerra Civil y siempre estuvo en el bando de los perdedores,
incluso en las rencillas con sus propios compañeros; después
de la Guerra Civil marchó al exilio mexicano donde falleció
tras haber dedicado sus últimos años a la literatura, pero
no intenten ustedes encontrar su obra en España, es imposible. Tampoco
figura su nombre en ninguna calle de los ayuntamientos regidos por los socialistas
ni en el listado de fundadores del PCE, a pesar de que su implantación
en Asturias fue en gran medida obra suya, pero ya saben…la historia, como
la hacemos los hombres, es el reflejo de nuestros complejos.