Cornelius Castoriadis: entrevista con Xavier
Pedrol y Jordi Torrent
Salvador López Arnal
Una versión extractada de esta entrevista apareció en el número
13 de la revista Trasversales.
El texto íntegro reproducido está también disponible
en las web de Trasversales y de
Rebelión
El lector/a comprobará rápidamente que
el editor de esta entrevista pregunta y habla desde abismos insondables de
ignorancia. Apenas ha leído a Castoriadis, apenas recuerda viejas lecturas,
sabe poco de él. Se le nota. Aunque sea poco, apenas nada, pide disculpas
por ello. Pero este inconveniente no menor queda neta y ampliamente compensado
por la sabiduría y profundo conocimiento -no servil sino crítico,
como debe ser todo conocimiento verdadero- que de la obra y de la biografía
política e intelectual de Cornelius Castoriadis tienen Xavier Pedrol
y Jordi Torrrent, dos amigos entrañables, dos profesores (y maestros
a su vez), dos intelectuales comprometidos y esforzados que cultivan creativamente
la tradición y que, como querían los clásicos, no hablan
nunca de oídas y no están dispuestos a pasar por alto falacias,
lugares comunes poco fundamentados o atentados inadmisibles a la razón
pública. Por lo demás, Xavier Pedrol y Jordi Torrent tienen
siempre presente la tesis undécima de aquel joven revolucionario de
Tréveris que admiraba no sólo a Espartaco sino también
a Kepler: no se trata sólo de comprender el mundo, social o natural,
sino que la tarea debe completarse con su transformación emancipatoria,
esto es, razonable, respetuosa, ilustrada e igualitaria.
Se han cumplido once años del fallecimiento de Cornelius Castoriadis.
¿Podéis trazar una breve semblanza de su vida intelectual?
XP: La vida intelectual de Castoriadis poco se parece a la de un apacible
académico. Tomando prestado el título que encabeza las memorias
del surrealista André Thirion, podríamos decir que su trayectoria
intelectual fue la de un «revolucionario sin revolución».
Desde sus inicios, en la segunda posguerra, hasta mediados de los sesenta,
la actividad intelectual de Castoriadis transcurrió ligada a la militancia
política, que desarrolló en un pequeño grupo de la izquierda
revolucionaria antiestalinista, escindido del partido trotskista francés,
llamado Socialisme ou Barbarie.
Durante estos años, gran parte de las energías de Castoriadis,
que profesionalmente trabajaba como economista en la Organización Europea
de Cooperación Económica (OECE) -luego denominada Organización
de Cooperación y Desarrollo Económico (OCDE)-, se concentraron
en alimentar las páginas de la revista impulsada por este grupo. El
subtítulo de la revista, «órgano de crítica y orientación
revolucionaria», expresa claramente el tipo de trabajo teórico
que la caracterizó en sus dieciséis años de existencia
(1949-1965). Los escritos de Castoriadis durante este período (posteriormente
recopilados en diversos libros bajo distintos títulos) son, pues,
de naturaleza socio-política y tratan básicamente de cuatro
grandes temas: el balance de la experiencia de la URSS, el análisis
del nuevo capitalismo posbélico y de las transformaciones impulsadas
por él, la renovación del contenido del socialismo y la definición
de las tareas de una organización revolucionaria en estas nuevas circunstancias.
Más tarde, a mediados de los sesenta, tras publicar un extenso balance
crítico del marxismo, que comportó en la práctica la
disolución del grupo y el final de la revista, Castoriadis se adentró
en un período de estudio, a partir del cual elaboró una profunda
reflexión de carácter más filosófico con el fin
de asentar el impulso emancipatorio del proyecto ilustrado sobre bases más
adecuadas.
En este paso decisivo de su trayectoria convergen, al menos, tres aspectos:
1) las sucesivas crisis internas del grupo y su escasa repercusión
social; 2) un cambio de interés o de acentos en la reflexión
de Castoriadis al hilo del análisis de las transformaciones en curso;
y 3) la influencia de sugestiones teóricas diversas que van paulatinamente
cobrando mayor peso en su reflexión en el proceso de búsqueda
de respuestas frente a las nuevas preocupaciones.
Finalmente, Castoriadis publica en 1975 la versión más
sistemática de su nuevo enfoque filosófico. Aparece como segunda
parte de su libro L’institution imaginaire de la société, la
cual en su primera parte reproduce la crítica del marxismo escrita
diez años antes, en los últimos números de la revista.
Con este nuevo enfoque, en el que se erige como noción nuclear la
noción de autonomía, se aprecia ya de forma evidente la impronta
dejada por el psicoanálisis así como la influencia de las corrientes
fenomenológicas posthusserlianas, que marcará el resto de su
trayectoria.
La mayoría del resto de su producción posterior a la etapa
político-militante, compuesta de escritos de muy diversa naturaleza
(artículos publicados originalmente en distintas revistas, capítulos
de libros finalmente no publicados, transcripciones de conferencias, entrevistas,
etc.), será recopilada en seis volúmenes bajo el título
general de Les Carrefours du Labyrinthe. En conjunto, componen una obra que
no resulta fácilmente clasificable en la división típica
de las disciplinas académicas y que presenta una forma poco sistemática
y un carácter desigual. Castoriadis, en estos volúmenes recopilatorios,
agrupó simplemente esta producción dispersa en una serie de
apartados orientativos. Los principales y más frecuentes son: «Kairós»,
donde reúne algunas entrevistas y sus escritos más ocasionales,
ligados a algún asunto de la actualidad del momento; «Psique»,
donde reúne sus escritos psicoanalíticos; «Koinonía»,
donde trata cuestiones referentes a la sociedad y a la historia, aspectos
diversos de la vida en común; «Logos», donde amalgama sus
artículos dedicados a la filosofía, al conocimiento o a la
reflexión sobre la ciencia y «Polis», que engloba sus textos
más propiamente políticos.
Sólo en el tramo final de su trayectoria Castoriadis obtendrá
un cierto reconocimiento público. En 1979 será nombrado director
de la École des Hautes Études des Sciences Sociales, donde impartirá
cursos y seminarios a lo largo de dieciséis años, casi hasta
el final de su vida. Actualmente, estos seminarios también están
en curso de publicación.
¿No es algo extraño que un revolucionario como él fuera
durante tantos años economista de la OCDE? ¿Un rojo infiltrado
en uno de los centros del Imperio?
XP: La cuestión se puede explicar más o menos así:
Castoriadis llegó a París en 1945, con veintitrés años
y una beca bajo el brazo para realizar estudios de doctorado. A los pocos
meses de su estancia en la capital francesa comenzó a militar en el
PCI (Parti Communiste Internationaliste), partido trotskista francés
que se encontraba entonces en vísperas de su III Congreso y preparando
el II Congreso Mundial de la IV Internacional. En las reuniones previas de
estos congresos, Castoriadis participó activamente tratando de cambiar
el posicionamiento del partido en lo relativo a la naturaleza del régimen
soviético. La intensa actividad política desarrollada en esos
momentos, acabó absorbiendo el tiempo de sus tareas académicas
(respecto a las cuales, al parecer, la Sorbonne de la inmediata postguerra
tampoco le ofreció demasiados alicientes) y Castoriadis no tardó
en abandonar la idea de realizar una tesis doctoral.
Luego, tras varios años de discusión interna en el seno del
partido, se produjo en 1949 la formación del grupo Socialisme ou Barbarie,
proyecto a cuya consolidación y desarrollo Castoriadis dedicaría
en los años siguientes casi todas sus energías.
En este contexto, esto es, con este proyecto emprendido entre manos, y con
la beca acabada o a punto de finalizar, sin haber realizado la tesis doctoral
y sin tener la nacionalidad francesa, Castoriadis no estaba, de entrada, en
demasiadas buenas condiciones para elegir. Por otro lado, la posibilidad de
acceder a un trabajo en la entonces OECE (Organización Europea de
Cooperación Económica) le ofrecía no pocas ventajas.
De hecho, parece ser que quien propició su entrada como asistente en
esta organización internacional fue precisamente uno de sus primeros
compañeros de Socialisme ou Barbarie, Philippe Guillaume (cuyo verdadero
nombre era Cyril de Bauplan).
Con este empleo, Castoriadis consiguió dinero para vivir (y sufragar
no pocos gastos de la joven organización y de la revista); además,
cobertura legal para permanecer en París, conocimiento de primera mano
acerca de la evolución de las economías capitalistas y tiempo,
mucho tiempo para pensar y escribir. Castoriadis ha contado en alguna ocasión
como, al menos hasta los años sesenta, este trabajo le permitía
cumplir con sus obligaciones laborales en cuatro horas y dedicar el resto
de la jornada laboral a redactar –por lo demás, confortablemente-
artículos para la revista. A partir de esta fecha, sin embargo, Castoriadis
fue ascendiendo hasta ocupar un cargo directivo de mayor responsabilidad
que le dejó menos tiempo libre. De ahí, su decisión,
una vez obtenida la nacionalidad francesa en 1970, de abandonar este trabajo
y dedicarse profesionalmente al psicoanálisis. Hasta esa fecha –preciso
es recordarlo- Castoriadis siempre tuvo que firmar sus escritos con distintos
pseudónimos.
¿Qué significó el grupo «Socialismo o barbarie»?
Suena a Rosa Luxemburg. ¿Fue Castoriadis un luxemburguista?
XP: Empiezo por el final: estaremos de acuerdo en que el encasillamiento
en ‘ismos’ de cualquier autor suele ser siempre poco explicativo. Si tenemos
en cuenta, además, que de esta clásica del marxismo que es Rosa
Luxemburg se han reclamado históricamente diversas corrientes, aislando
o privilegiando unos u otros elementos de su obra, y tenemos en cuenta la
naturaleza de la obra de Castoriadis –abierta, permanentemente en revisión-,
no resulta difícil ver que responder una pregunta de este tipo es
imposible sin perfilarla un poco más. Pero al hilo del primer interrogante
podemos, tal vez, encauzar una posible respuesta.
Socialisme ou Barbarie nace en 1949 de una escisión del PCI, como
consecuencia principalmente de sus divergencias respecto a la naturaleza de
la URSS. En el primer número de la revista, además de ese rasgo
antiburocrático, el grupo da muestras de poseer un talante antidogmático,
alejado de toda lectura escolástica de la obra de Marx («no pensamos
que ser marxistas sea actuar en relación con Marx como los teólogos
católicos en relación con las Sagradas Escrituras»). Pero
la cohesión forjada en oposición a la mayoría del partido
y frente a otras tendencias y grupos políticos empezaron a resquebrajarse
cuando los integrantes de Socialisme ou Barbarie trataron de definir la identidad
del grupo en positivo. Desde los inicios de su andadura y pese a no contar
con muchos miembros, las tensiones en el seno del grupo se hicieron evidentes
y desembocaron a veces en escisiones, dando cumplimiento a aquel irónico
comentario de Pannekoek: «no somos pocos porque nos dividimos, sino
que nos dividimos porque somos pocos».
Uno de los temas de discusión recurrente fue el problema de la organización
y el partido revolucionario. Inicialmente el grupo aprobó a este respecto
una resolución, que reproducía un escrito redactado por Castoriadis.
En tal resolución se defendía la necesidad de formar un partido
revolucionario, opuesto tanto a las tendencias anarquizantes como a la concepción
leninista clásica, en una postura cuyo referente explícito más
cercano era, en efecto, la concepción de Rosa Luxemburg. Al adoptar
esta posición, se pretendía ofrecer, por un lado, una respuesta
coherente a las preocupaciones de origen, derivadas de la degeneración
burocrática de la URSS y los partidos comunistas, y por otro, defender
simultáneamente la función determinante de la organización
para emprender una acción revolucionaria eficaz. Sin embargo, esta
adopción ya no resultó pacífica en el seno del grupo.
Una minoría de militantes, encabezados por Lefort, no se mostró
de acuerdo pues apreciaban intereses contradictorios entre el partido y los
órganos autónomos de clase.
Sucintamente expuestas estas circunstancias, yo diría ahora, tratando
de responder al otro interrogante, que en cuanto corriente antiburocrática
que se reclamaba del marxismo no estalinista, en todo el grupo puede apreciarse
cierto luxemburguismo; el nombre escogido como bien has dicho sería
un claro indicio.
Sin embargo, también cabe extraer de lo expuesto que, en cuanto a
la concepción del partido, el luxemburguismo no sería ya, en
todo caso, aplicable a todo el grupo, aunque sí a Castoriadis –cuando
menos durante su etapa de militante organizado y en este acotado aspecto.
Ahora bien, seguramente, incluso en esa etapa, si atendemos a otros rasgos
que también caben bajo la denominación de «luxemburguismo»
(su lectura de la Revolución Rusa, sus tesis económicas, etc.),
habría que dejar a Castoriadis fuera de tal denominación.
¿Qué opinión tenía Castoriadis del socialismo
que en aquel entonces se autodenominaba «socialismo real»? ¿Sería
para él un ejemplo de idea justa mal realizada prácticamente?
XP: La temprana denuncia del abismo existente entre el ideal socialista
y la realidad existente en la URSS constituyó el principal motivo
de la ruptura de Castoriadis con el trotskismo y se erigió en la principal
seña de identidad del grupo Socialisme ou Barbarie.
Castoriadis llega a París en 1945 con una opinión crítica
muy elaborada respecto al régimen soviético y siempre tomó
distancias respecto de la posición asumida por el grueso de la tradición
trotskista a este respecto. Donde ésta veía un «estado
obrero degenerado», Castoriadis y su grupo denunciaban una sociedad
de explotación sometida a una nueva clase dominante forjada con el
crecimiento de la burocracia de estado.
Su análisis, fundamentalmente, se basaba en mostrar, siguiendo a
Marx, que las relaciones de producción eran más decisivas que
las funciones de propiedad y que, por lo tanto, la abolición de la
propiedad privada en la URSS no comportaba desaparición alguna de
la explotación.
¿Tuvo alguna influencia en el marxismo consejista de los años
sesenta y setenta?
JT: El comunismo de Consejos constituyó una de las identidades más
visibles del colectivo Socialisme ou Barbarie, lo cual no excluye que entre
sus miembros se dieran diferencias interpretativas de cierto calado.
Es en la década de los cincuenta cuando tendrán lugar en el
interior del grupo algunos de los desarrollos más significativos en
relación al consejismo. A señalar dos de sus puntos álgidos.
En orden cronológico estaría, en primer lugar, el intercambio
epistolar entre Castoriadis y Anton Pannekoek. En segundo lugar, debe registrarse
el enorme impacto –es poco decir- que sobre Socialisme ou Barbarie, y sobre
el propio Castoriadis muy en particular, tuvieron los acontecimientos húngaros
del 56, cuya orientación consejista los «social-bárbaros»
podrán interpretar sin mayor dificultad en términos de emergencia
histórica (y legitimación in acto) de los postulados sostenidos
por ellos dentro de la nebulosa grupuscular de la extrema izquierda antiestalinista.
Durante el resto de su vida Castoriadis no dejará ya de evocar tales
acontecimientos como una de las mayores «fuentes» creadoras de
emancipación social y política de la historia contemporánea.
No obstante, cabe señalar también que la teorización
castoriadiana sobre consejismo, reavivada a la luz de la experiencia húngara,
irá adquiriendo en etapas sucesivas una dimensión menos asociada
a la autogestión obrera, como eje central y exclusivo de articulación
social, que a una reflexión en torno a un proyecto de autonomía
asentado en la auto-organización global de la sociedad (aspiración
por lo demás igualmente observable en la Revolución Húngara).
Ahora bien, resulta difícil sopesar la influencia que ejercieron
los textos de la revista Socialisme ou Barbarie en la eclosión (todo
es relativo) autogestionaria de los años sesenta y setenta. En España,
en la década de los setenta, algunos de los textos más consejistas
de Castoriadis (Paul Cardan) vieron la luz de la mano de la editorial ZERO,
de Bilbao, y no hay que descontar que fueran desatendidos del todo por parte
de determinados sectores del movimiento obrero de la época. En cualquier
caso, cabe recordar que en esa década tuvieron lugar diferentes –y
durísimos- conflictos laborales muy permeados por la autonomía
obrera (Harry Walker, Roca...), estrechamente ligada, en forma y contenido,
a la praxis de la democracia directa. De manera anecdótica, tal vez
no sea inoportuno traer a colación un testimonio personal que, pese
a su modesto alcance, no deja según creo de poseer cierto valor indiciario.
En una carta coetánea de los sucesos de Vitoria (1976), en la gestación
y desarrollo de los cuales tan destacado papel desempeñaron las plataformas
anticapitalistas de base consejista, me escribía que la huelga general
desatada en la capital alavesa (traduzco literalmente): «es una cosa
extraordinaria desde el punto de vista de nuestras ideas».
¿Te escribió has dicho? ¿Ta has carteado con Castoriadis?
¿Cómo os conocistéis si no es indiscreción?
JT: Ninguna indiscreción, por supuesto. La cosa fue como sigue. A
inicios de la década de los setenta, en uno de aquellos viajes a París
que no pocos jóvenes tuvimos la fortuna de poder efectuar en
busca de aires distintos a los respirados bajo la dictadura, descubrí
en la «Joie de Lire», la librería de F. Maspero, los primeros
volúmenes de la serie donde iban apareciendo reunidos los textos de
Castoriadis, publicados originariamente en Socialisme ou Barbarie bajo seudónimo
(algunos de ellos habían salido con anterioridad en español
a través de Ruedo Ibérico). Le expresé por carta al autor
la fuerte impresión causada por la lectura de esos volúmenes
y él me correspondió de inmediato con una larga carta, lo cual
propició el inicio de un diálogo epistolar ajeno a la pulcra
formalidad que suele ser corriente en tales circunstancias. Excuso decirte
que esa correspondencia (de la cual deposité copia en los archivos
de la Asociación C.C.) sigue contando para mí como una experiencia
del más alto valor personal. Algo más tarde, en 1983, en el
transcurso de unas jornadas de debate organizadas en Barcelona con motivo
del sexto congreso de la CNT-AIT, y en las que Castoriadis compartió
mesa de conferenciante con A. García Calvo y también, si mal
no recuerdo, con el malogrado René Lourau, tuve oportunidad de conversar
con él personalmente. Era hombre generoso, abierto y de trato cordialísimo.
Como sea que vino acompañado al acto por Beatriz de Moura, supuse que
aprovechaba el viaje para tratar asimismo de asuntos relacionados con la
edición española en Tusquets de los volúmenes de la
colección 10/18 parisina. En sus cartas, Castoriadis también
solía interesarse por la recepción que por aquellos años
iban teniendo aquí sus textos.
¿Influyó, intervino Castoriadis en las luchas de mayo de 68?
JT: La influencia póstuma de las ideas de Socialisme ou Barbarie
en los acontecimientos de Mayo del 68 está mucho mejor documentada
que en el caso del consejismo español. El grupo, como tal, se había
disuelto un año antes (el último número de la revista
apareció en 1965), pero antiguos militantes del colectivo se reunieron
informalmente y trataron de hacer oír su voz en las asambleas. Dada
su condición de extranjero (como ya se ha dicho, obtuvo la nacionalización
en 1970), la amenaza nada ficticia de expulsión de Francia obligó
a Castoriadis a actuar con extrema discreción durante las jornadas
de Mayo. Con todo, bajo el seudónimo de J. M. Coudray, pudo dar a conocer
su propio análisis de los hechos en una obra escrita en caliente, cuyos
otros dos autores fueron C. Lefort y E. Morin (La Bréche, 1968). En
dicho análisis, se vuelve a insistir sobre uno de los desafíos
mayores al que toda praxis transformadora debe hacer frente: conseguir crear
órganos autónomos que aseguren la continuidad del proceso de
institucionalización del nuevo imaginario social, salvaguardándolo
de cualquier recaída en la dinámica autoritaria.
XP: Efectivamente, no hay poco de paradójico en esta relación
de Socialisme ou Barbarie con el Mayo francés. Justo en el momento
de mayor penetración social de sus ideas, el grupo ya no existe. Aunque,
como ha dicho Jordi, la mayoría de sus miembros –entre ellos, Castoriadis−
participaron a título individual…y coincidieron en el movimiento conocido
como «22 de Marzo».
¿Podríais explicar brevemente algunas características
de ese movimiento? ¿Por qué 22 de Marzo?
JT: El «Movimiento 22 de Marzo» está en el origen más
inmediato (hay otros precedentes de contexto) de los acontecimientos del «Mayo
del 68» ulterior. El 20 de marzo tiene lugar en París una manifestación
estudiantil convocada por el Comité Vietnam National. Seis estudiantes
son detenidos, entre ellos un dirigente trotskista de la Universidad de Nanterre.
Conviene indicar que esta universidad se halla ubicada en el área
suburbana de la capital y que sus edificios, entonces de nueva construcción,
se erigían en mitad de un universo de precarias viviendas habitadas
por una población mayoritariamente inmigrante. (Del componente anti-imperialista
del «movimiento» también da cuenta significativa el hecho
de que los estudiantes aludían al «Vietnam de banlieu»
para, en plural resonancia, referirse a Nanterre). El 22 de marzo se organiza
en esta universidad un mitin de protesta (unos seiscientos asistentes) contra
las detenciones, en el curso del cual se decide la ocupación de los
locales administrativos, acción que es llevada de inmediato a la práctica.
Reunidos en asamblea, los estudiantes proceden a elaborar un texto («Actuar
y reaccionar»), por lo común considerado constitutivo
de lo que rápidamente devendrá «Movimiento 22 de Marzo».
En el entretanto, el gobierno cede y los detenidos del día 20 son
puestos en libertad a la una de la madrugada. Sin embargo, la dinámica
de ocupaciones proseguirá desarrollándose pese al cierre formal
de la facultad decretada por el decano, y las asambleas, con un número
cada vez más crecido de participantes, continuarán debatiendo
proposiciones de toda índole durante las siguientes semanas. Surgen
entonces las primeras modalidades de funcionamiento y coordinación
estudiantil asentadas en la democracia directa y en la fluidez informativa
(de la que forman parte las pintadas y carteles pegados en los muros universitarios).
Más que heterogénea o ecléctica, la identidad política
de los componentes del «movimiento» resulta heteróclita:
situacionistas y anarquistas desempeñan un papel destacado en él,
pero abundan asimismo los maoístas y trotskistas -organizados en grupúsculos-,
así como un buen número de estudiantes sin filiación
política definida. La orientación general y las acciones del
«movimiento» expresan una nueva conciencia estudiantil que tiene
como punto de referencia extender el rechazo de la universidad clasista al
conjunto de la sociedad capitalista de la que es expresión. De ahí
la preocupación esencial de los estudiantes de Nanterre: trasladar
la protesta a las calles de París. En consecuencia, contra el cierre
de la facultad se convoca para el 3 de mayo un mitin en la Sorbona, en pleno
Barrio Latino. A partir de ese día, el «movimiento» enlaza
–fundiéndose en ella- con una historia de más amplio horizonte:
la conocida bajo la denominación «Mayo del 68». Si me
permites, añadiré que para explorar la gestación del
«Movimiento 22 de Marzo» sigue siendo de enorme utilidad el recorrido
autobiográfico que hace Henri Lefebvre, a la sazón profesor
de Sociología en Nanterre, en Tiempos equívocos, libro excelente
y, acaso por ello mismo, olvidado.
¿Sabéis si Castoriadis mantuvo públicamente alguna
opinión sobre el intento de renovación comunista de la primavera
de Praga?
JT: Castoriadis sostenía que es imposible reflexionar pertinentemente
sobre el proyecto de emancipación si se desconsidera el proceso que
condujo al «socialismo real», así como la realidad configurada
por éste. Prestando singular atención a la experiencia rusa,
dedicó una ingente cantidad de textos a describir y a analizar la génesis,
desarrollo y reproducción de los mecanismos de dominio político
y explotación económica observables en el universo hegemonizado
por lo que el denominaba «capitalismo burocrático total».
Afirmaba que la idea de que los regímenes del «socialismo real»
pudieran o desearan «reformarse» carecía enteramente de
fundamento, y que, de hecho, tal idea más bien respondía a
una ingenua proyección occidental.
Contrariamente a la atención que dedicó a la Revolución
Húngara, los intentos de reforma conducidos desde el interior por el
Partido y el Estado checos –y su subsiguiente desenlace- son objeto
en sus textos de alusión subordinada, es decir, aparecen a modo de
ilustración suplementaria de la referida naturaleza irreformable del
sistema burocrático. Desde una perspectiva revolucionaria volcada hacia
el horizonte de autonomía, el «gran acontecimiento del Este»
siempre fue para Castoriadis Hungría 56, acaso porque la experiencia
que allí tuvo lugar ofrecía la posibilidad de elaborar un modelo
mucho más nítido que el checoslovaco de confrontación
directa entre la población, autoorganizada sobre suelo consejista,
y la dictadura burocrática. En cualquier caso, la aniquilación
manu militari del proceso checo despertó en la época un sentimiento
de generalizada condena, compartido por estalinistas más o menos reformados,
socialdemócratas y liberales, unanimidad difícilmente
constatable en relación a los acontecimientos húngaros, lo
cual abonaría, en principio al menos, la valoración que de
ellos hizo Castoriadis: en Hungría se produjo un intento genuino de
auto-institución explícita de la sociedad, materializada a
contracorriente de todos los sectores identificados con la heteronomía.
¿Dónde reside la singularidad del marxismo
de Castoriadis? Previamente, ¿creéis que fue de hecho un pensador
marxista?
JT: La ruptura de Castoriadis con el marxismo no desembocó en una
renuncia a su condición de pensador revolucionario, a la cual se mantuvo
fiel hasta el fin de sus días. Meses antes de fallecer (1997) manifiesta
públicamente que el dilema «Socialismo o barbarie» posee
urgente validez. En ese sentido, salvo desinformación o malintención
de por medio, su voz nunca ha podido ser confundida con la de la legión
de ex marxistas reconvertidos en apologetas de los regímenes democráticos
existentes. En cualquier caso su relación con el marxismo fue larga,
compleja y, tras el abandono, desprovista también de la acritud característica
en el antimarxismo vulgar. Afirmaba que las críticas radicales a Marx
–como la suya propia- no anulaban en absoluto la importancia de éste
como pensador, ni tampoco la magnitud de su esfuerzo como tal. En el futuro
se proseguirá reflexionando sobre sus aportaciones, mientras que los
nombres de –precisa- von Hayek y Friedmann apenas figurarán en los
diccionarios de ciencias sociales.
En «Marxismo y teoría revolucionaria», extenso escrito
publicado en los últimos cinco números de Socialisme ou Barbarie
(1964-1965), tras desmenuzar críticamente los presupuestos económicos
y filosóficos fundamentales del marxismo, Castoriadis estima llegado
el momento de elegir entre seguir siendo marxistas y seguir siendo revolucionarios.
La frase es recordada a menudo por cuantos desean enfatizar, sea para celebrarlo
o bien para deplorarlo, el carácter irreversible de la ruptura. Se
tiende en la actualidad a oscurecer o a dejar en un segundo plano el largo
recorrido teórico y militante de Castoriadis dentro del marxismo revolucionario,
al que hizo valiosas aportaciones.
Basta recordar al respecto cualquiera de sus análisis sobre las relaciones
de producción en la Rusia soviética para advertir de inmediato
la originalidad de un autor dispuesto a demoler, desde el interior mismo del
cuadro epistémico y metodológico marxista, las leyendas más
pétreamente instaladas en el imaginario estalinista y trotskista -de
entonces y de ahora- a propósito de la naturaleza del régimen
soviético. En idéntica línea, puede también conjeturarse
que la revisión crítica a la que procede Castoriadis durante
la década de los cincuenta en las páginas de Socialisme ou Barbarie,
abordando realidades sociológicas, económicas y culturales (los
«silencios de Marx», en expresión de E. P. Thompson), destinadas
a adquirir en lo sucesivo creciente peso en la redefinición del socialismo
no entregado, pero manifiestamente desatendidas en la época por el
grueso de la izquierda radical, constituye en sí misma un notable esfuerzo
de elucidación teórica. El propio autor, en la presentación
de la reedición (1979) de los textos aludidos, señalaba -no
sin antes excusarse por la falta de modestia que ello pudiera representar-
que, en su conjunto, constituía lo que de mejor podía dar ya
de sí el marxismo. Dicho esto, debe precisarse que la singularidad
e importancia de Castoriadis como filósofo y pensador político
se sitúan, ciertamente, en un terreno distinto al acotado por el marxismo.
XP: En efecto, yo también coincidiría con Jordi, en que no
cabe la menor duda de que Castoriadis desarrolló gran parte de su trayectoria
inserto en la tradición marxista revolucionaria. Desde las primeras
páginas de Socialisme ou Barbarie, los escritos de Castoriadis son
una muestra de marxismo abierto y antidogmático, propio de la mejor
tradición inspirada por el clásico revolucionario.
En este sentido, la comprensión de su «ruptura con el marxismo»
exigiría tan sólo esclarecer la ambigüedad de la palabra
«marxismo»; aclarar que ha significado tanto una ideología
–esto es, la adhesión a un cuerpo doctrinal surgido de alguna interpretación
de la obra de Marx- como una corriente moral e intelectual que tiene a Marx
como un clásico importante; y concluir que es precisamente la tradición
inspirada por este clásico del pensamiento emancipatorio lo que conduce
a Castoriadis a «romper» con el marxismo, reducido a una doctrina.
¡¡El mismo Marx dijo en este sentido «je ne suis pas marxiste»!!
Y sin embargo… es preciso añadir algo más. Pues en el polémico
escrito al que aludía Jordi, donde Castoriadis elabora su balance crítico
con el marxismo, esa distinción entre los sentidos de la palabra «marxismo»
se diluye y –en mi opinión- acaba dando como resultado un dibujo enormemente
simplificado de la obra de Marx: reductor, unilateral, sin ningún
rigor filológico. Y esto, me ha parecido siempre sorprendente pues
considero –como he dicho- que Castoriadis se hallaba inserto en una de las
mejores tradiciones marxistas y había dado sobradas muestras de ser
un buen lector de Marx.
¿Por qué ese cambio? ¿De dónde le viene esa
lectura? Responder bien a estas preguntas rebasaría con mucho los
límites de una entrevista… Pero –como ya he dicho- creo que en la
respuesta, al menos, hay que tener en cuenta varios aspectos que convergen
en ese momento. El cansancio y cierto desánimo, comprensible en quién
ha depositado, con enorme pasión, sus mejores esfuerzos y recursos
en un proyecto que no logra desarrollarse según lo previsto y que,
al contrario, se va debilitando por discusiones internas y escisiones varias,
justificaría el tono agrio, el cabreo… Pero lo decisivo en su ruptura
y lo importante para comprender su «lectura» es conocer desde
dónde la hace, que tipo de lentes está usando cuando elabora
este balance del legado de Marx… El «adanismo» de Castoriadis,
los términos en los que él mismo ha explicado su evolución
intelectual, no ayuda en esta tarea. Mi tesis es que en este punto la influencia
del psicoanálisis y de las corrientes fenomenológicas, especialmente
la filosofía de Merleau-Ponty, resulta crucial. Y respecto a este
nuevo posicionamiento filosófico -más allá de que se
halle movido por un interés emancipatorio, más allá
de que no deje de seguir juzgando a Marx un clásico importante- hay
que decir que es otra cosa que marxismo…
JT: Me gustaría añadir algo en relación a esta última
intervención de Xavier. Junto a la presencia de los factores
personales y de las influencias filosóficas pertinentemente sugeridas
por Xavier, en el despliegue crítico de Castoriadis se advierte también
la incidencia valorativa (por lo demás de todo punto insoslayable desde
el interior de los propios postulados marxistas) del destino histórico
del marxismo, es decir, de la realidad efectiva del marxismo como ideología
de no pocos regímenes de explotación y opresión burocráticas.
Sin embargo, yo no aseguraría que todo ello, en su conjunto, dé
como resultado una presentación simplificada o reduccionista de Marx,
ni que disminuya la seriedad y el rigor de los argumentos mediante los cuales
Castoriadis trata de cuestionar lo que denomina «metafísica marxista»(indisociable
tanto de la teoría de la historia como de la teoría económica
que la integran).
Y ¿esa influencia del psicoanálisis y de las corrientes fenomenológicas
(Merleau-Ponty) que, según vosotros, resulta crucial, qué aportan
para situarle como filósofo y pensador político en un terreno
distinto al acotado por el marxismo? ¿Qué encuentra en ellos
que no halla en la tradición marxista?
XP: Supongo que Jordi coincidirá conmigo en que
responder a estas cuestiones adecuadamente, sin simplificar o dar demasiadas
cosas por sentadas, exigiría una respuesta muy larga, o dedicar toda
una entrevista al asunto… ya ves que Jordi y yo no juzgamos el balance crítico
de Castoriadis con el marxismo de la misma manera, pero estamos de acuerdo
en que con su posicionamiento filosófico –yo no diría lo mismo
de su faceta de pensador político- se sitúa fuera del marxismo…
Tropezamos con las palabras: lo primero que habría que aclarar es qué
entendemos por marxismo.
El marxismo que Castoriadis somete a crítica no tiene un único
rostro reconocible a lo largo de su extenso escrito, es ambiguo: no sólo
porque amalgama sin distinguir distintos marxismos (¿es lo mismo Bujárin
que Stalin? ¿Kautsky que Luckács? ¿Della Volpe que Korsch?;
¿da igual Althusser que Rubel?) sino porque incluye también
la entera obra de Marx. Y yo creo que se puede y se debe distinguir, que –por
decirlo en breve- cabe y hay que hablar de «Marx sin ismos» –como
argumentó Fernández Buey en un recomendable libro con este
mismo título.
En cualquier caso, yo diría respecto al primer
interrogante, lo siguiente: reducido el marxismo a cuerpo doctrinal, a teoría
omniexplicativa (como, en efecto, sucedía mayoritariamente en esa época,
incluso entre una parte de los interlocutores con los que Castoriadis discute
en el grupo) el siguiente paso -no sólo comprensible, sino necesario-
no puede ser otro que la ruptura, ¡había que desembarazarse de
ese lastre ideológico!. Cualquier influencia que nos ayude en esta
tarea, ¡bienvenida sea!, pero eso se puede hacer y se ha hecho en el
marco de la mejor tradición marxista y, por lo demás, ese rasgo
deplorable de algunos marxismos no es atribuible a la obra de Marx; antes
al contrario: supone la absoluta desnaturalización del legado de Marx
aferrarse a una determinada y fija concepción del mundo olvidando su
carácter de pensamiento histórico y práctico.
La cuestión relevante no es, pues, para mí,
que Castoriadis abandone determinada teoría ante una realidad cambiada,
que muestre la falsedad de ciertas hipótesis marxianas, que nuevos
avances científicos echen por tierra algunos de sus filosofemas o que
se acuda a otras corrientes de pensamiento para afrontar problemas en los
que los clásicos de la tradición no pararon mientes o no desarrollaron.
Yo sustento que el nuevo posicionamiento filosófico de Castoriadis
no puede ser considerado marxista no por lo que se arguye normalmente siguiendo
la explicación que de ello ofrece Castoriadis, sino porque, aun manteniendo
la inspiración revolucionaria y la pretensión dialéctica
(tratar de comprender «totalidades concretas»), Castoriadis abandona,
no incorpora o al menos desatiende sobremanera, en su nuevo posicionamiento,
el análisis científico-crítico de la realidad, que considero
otro de los elementos esenciales del legado marxiano. Creo que una cosa es
la imposibilidad de reducir todo a teoría y otra muy distinta es hablar
de la «imposibilidad de toda teoría». Esta recusación
de la teoría científica positiva, originada por la reflexión
de la crisis del pensamiento revolucionario, tiene ya precendentes en el
marxismo, por ejemplo, en el Luckács de los años veinte. Pero
la forma que asume esta crítica de la teoría en la obra de
Castoriadis, y sobre todo, las consecuencias que desprende de la misma, tiene
que ver –aunque no puedo argumentarlo como debiera- con la influencia
de las corrientes fenomenológicas. Recordemos que el proyecto husserliano
es fundamentalmente plantar cara al reduccionismo positivista, y que ese
reduccionismo, que arruinaba –a sus ojos- la razón, era explicado
en última instancia por la propensión objetivista de la tradición
occidental. Bajo distintos rostros esta línea de pensamiento la hallamos
ya en Husserl y seguidores como Heidegger o Merleau-Ponty, además,
sacarán provecho ontológico de todo ello… Y en esa línea
hay que situar el nuevo enfoque de Castoriadis…
Pese a los términos privativos en que Castoriadis lo plantea, yo
entiendo este giro mejor en cuanto que lo inserto en este contexto… Pero,
entiéndaseme bien: no quiero poner una etiqueta a Castoriadis que
libere del esfuerzo de seguirle en su pensamiento; es sólo un modo
de adentrárse en él que me permite comprenderlo mejor y señalar
sus carencias, sin quedar preso de sus formulaciones.
En todo caso, dicho esto, hay que añadir, para
contestar a tu segunda pregunta, que esta influencia del psicoanálisis
y las corrientes fenomenológicas también permite a Castoriadis
ofrecer aportaciones de interés. En este sentido, yo sostengo que Castoriadis
es un caso extraño de reelaboración del pensamiento emancipatorio,
pues creo que el marco intelectual del que se sirve no es del todo adecuado
para esta empresa. Pero no puedo –insisto- sino simplificar mucho.
Telegráficamente: tanto el psicoanálisis como la fenomenología
convergen en poner en primer plano un asunto que va a convertirse en uno de
los principales hilos conductores de la filosofia del siglo XX, la cuestión
del sentido, cuestión especialmente vinculada con la noción
de intencionalidad descubierta por Brentano (Esto no es casual: recordemos
que tanto Husserl como Freud fueron alumnos suyos).
Para el psicoanálisis y la fenomenología, el «objeto»
es considerado antes que como una apariencia empírica (algo descriptible
fácticamente), un fenómeno de sentido. Y, en cuanto fenómeno,
se trata antes de una cualidad comprensible que de una magnitud susceptible
de formalización, cuantificable; el «objeto» es inseparable,
por tanto, de una vivencia (y de un «sujeto»), o dicho de otra
forma, el ente es siempre ser en cuanto a alguien. La cuestión –insisto:
simplificando mucho- es que este punto de partida conduce de modo natural
a considerar el «mundo» -la totalidad de los entes- como un mundo
de sentido –o si se quiere de «significaciones sociales imaginarias»–
que los fenomenólogos, llamaran «mundo de la vida» y Castoriadis,
«imaginario social». Y como tal, el mundo así concebido,
no se puede «explicar», no puede ser objeto de theoria, no se
puede encerrar en la «determinación». Para Castoriadis,
la ontología se ha sometido al privilegio de la teoría y por
ello se ve en la necesidad de plantear una nueva alternativa…
Pero, más allá de las consecuencias ontológicos que
desprende a partir de este enfoque y de la terminología con que lo
reviste, podemos decir –y valorar positivamente- que las aportaciones de estas
corrientes de pensamiento permiten a Castoriadis una reelaboración
más compleja de la formación de la experiencia de los hombres,
que le lleva a prestar mayor atención que la otorgada por el marxismo
clásico al plano cultural. O de otro modo: el nuevo enfoque de Castoriadis
le permitirá atender a la cultura en su dimensión global y no
sólo radical, a partir de su base económica, que es la que enfatizó
el marxismo clásico e hipertrofió el marxismo cienticifista
posterior. Esta dimensión de sentido –cultural- a partir de la cual
la práctica de los actores resulta inteligible, permite, por lo tanto,
una lectura más rica de la conciencia y de la praxis humana que la
reductiva procedente de la escolástica marxista planteada en términos
de base y sobrestructura, pero también que la proporcionada por el
existencialismo entonces en boga.
Con la posición así ganada, Castoriadis pretendía escapar
de un planteamiento «objetivista» centrado en el plano estructural,
pero que desatendía la intencionalidad de los actores, pero también
de un planteamiento «subjetivista», centrado en el sujeto, pero
que no tenía cuenta los efectos que sobre él tiene la dimensión
estructural. Pero creo que su planteamiento filosófico no sale airoso
de semejante reto… En todo caso, me parece más interesante la percepción
del problema y los interrogantes que plantea que su respuesta, necesitada
de revisión y de mayor precisión, a mi modo de ver.
JT: La respuesta a esta cuestión, como bien indica Xavier, no puede
formularse en términos expéditos, lo cual puede favorecer el
eventual deslizamiento hacia una especulación interpretativa interminable.
De todos modos, y aun a riesgo de incurrir en ella, yo diría que en
la ruptura teórica de Castoriadis con la obra de Marx, así
como en la valoración de su nuevo posicionamiento filosófico
-para decirlo con las palabras de Xavier-, debe tenerse presente un elemento
esencial: la elaboración del concepto de “imaginario instituyente”
(del colectivo anónimo) con el que Castoriadis se irá confrontando
críticamente no tan sólo con Marx, sino también con Aristóteles,
Kant, Merleau-Ponty, Lacan y Freud. Desde mi punto de vista, ese concepto
resulta clave para entender la coherencia y el empeño con los que
Castoriadis aspirará a resituar la perspectiva de emancipación
dentro de, precisamente, un marco intelectual lo más alejado posible
de cualquier ontología de la determinación, a la cual no son
ajenas en modo alguno las antinomias y ambigüedades advertibles en la
obra de Marx. Y es concepto asimismo clave para dejar de entender la praxis
política emancipatoria como actividad llevada por la simple habilidad
estratégica o técnica, que tanto ha pesado históricamente
–y prosigue pesando- en la dinámica de transformación. Hay otro
extremo en la intervención de Xavier sobre el que también desearía
decir unas palabras. Yo no creo que Castoriadis desatienda el análisis
científico-crítico de la realidad, algo que resultaría
en verdad sorprendente en quien no dejó de reflexionar con notable
competencia sobre problemáticas escasamente frecuentadas por los filosofos
políticos de la tradición emancipatoria (“científica”).
A mi modo de ver, lo que sucede en relación al tema planteado por Xavier
es que, para Castoriadis, el análisis científico-crítico
no puede ni podrá nunca constituirse en fundamentación teórica
de la perspectiva emancipatoria, lo cual es cosa bien distinta. Esta perspectiva,
según Castoriadis, puede ser argumentada racionalmente, pero cualquier
tentativa destinada a presentarla bajo la luz de la “necesidad” o –lo que
es lo mismo- de pretendidas leyes inmanentes al desarrollo histórico,
es para el filósofo mal planteamiento del que nada fecundo puede surgir
para el proyecto de autonomía.
Castoriadis fue, como habéis dicho, un magnífico conocedor
del psicoanálisis lacaniano. ¿Por qué rompió con
Lacan? ¿Qué fue el «Cuarto grupo»? ¿Por qué
cuarto?
XP: Bueno, yo diría que Castoriadis, en todo caso, fue más
bien y sobre todo un magnífico conocedor de Freud; «freudiano
ferviente» se declaró en alguna ocasión.
No obstante, es verdad que Castoriadis asistió al seminario de Lacan
y, ciertamente, en la crítica al marxismo desarrollada en los últimos
números de Socialisme ou Barbarie deja constancia de haber frecuentado
su lectura. También es verdad que está documentada su participación
en 1964 en la fundación de la École Freudienne de París
(EFP) promovida por Lacan. Pero Castoriadis -hasta donde alcanzo- nunca se
declaró ni se sintió «lacaniano».
Quién sí formaba parte del grupo de los juniors destacados
seguidores de Lacan, junto a Leclaire, Perrier, etc. fue la psicoanalista
Piera Aulagnier, a la que Castoriadis conoció en el seminario de Lacan
en los sesenta y con quién se casó poco después. Aulagnier
fue una de las promotoras de una escisión en 1969 con la escuela lacaniana
y cofundadora (junto con Jean-Paul Valabrega, François Perrier, Jean-Paul
Moreigne y otros) de la Organisation Psychanalytique de Langue Française
(OPLF), más conocida como «Cuarto Grupo», denominación
cuyo origen hay que buscar simplemente en el hecho de tratarse del cuarto
grupo creado en Francia, tras tres escisiones de la EFP.
Fue en las reuniones de este grupo «postlacaniano» y en sus
publicaciones, donde sí participó Castoriadis. Precisamente
en una de ellas, en la revista Topique dirigida por Aulagnier, Castoriadis
publicó en 1970 una dura crítica a Lacan, que –según
cuentan- tuvo cierta resonancia en los ambientes psicoanalistas parisinos.
Esa conjunción marxismo-psicoanálisis, ¿aportó
puntos de interés en sus reflexiones?
XP: Hay que responder esta pregunta con un matiz, para evitar malentendidos.
Castoriadis, en rigor, nunca pretendió conjugar marxismo y psicoanálisis.
En diversas ocasiones, preguntado por su trayectoria, Castoriadis respondió
que la incorporación del psicoanálisis a su planteamiento fue
una de las principales causas de su «ruptura» con el marxismo.
En cierto sentido, pues, creo que se puede decir que para Castoriadis marxismo
y psicoanálisis no eran fácilmente compatibles.
Dicho esto, la principal aportación del psicoanálisis en la
reflexión de Castoriadis –al menos, la que yo más valoro- es
en el terreno de la antropología filosófica (no estoy tan convencido,
en cambio, de las consecuencias que extrae en el campo ontológico).
El psicoanálisis es el instrumento principal del que se sirve Castoriadis
para elaborar un concepto más enriquecido de la subjetividad que el
que ha caracterizado mayoritariamente el pensamiento moderno. Esta cuestión,
seguramente, también tiene que ver con la fascinación que siente
Castoriadis por la cultura filosófica del mundo griego antiguo.
Frente a una modernidad que concibe la subjetividad como acabada, con deseos
fijos y fines dados de antemano, el psicoanálisis aporta a la reflexión
de Castoriadis la posibilidad e importancia del trabajo de construcción
del yo. Recordemos que Castoriadis no se cansó de repetir las palabras
de Sócrates: «una vida sin examen no merece la pena vivirse»
y de vincular el psicoanálisis con la política. Para Castoriadis,
este trabajo sobre la subjetividad destinado a alcanzar la autonomía
en su dimensión privada era inseparable de cualquier proyecto político
dirigido al autogobierno, esto es, a la autonomía en su dimensión
pública. Para Castoriadis, sociedad autónoma e individuos autónomos
van de la mano. Y Castoriadis consideraba el psicoanálisis un instrumento
adecuado para alcanzar la autonomía a nivel individual.
Adentrándonos en ámbitos más filosóficos se
suele decir que su concepto clave es la distinción entre dos tipos
de ontología, la ontología conjunto-identitaria y la sociohistórica.
¿Podéis precisar esta distinción? ¿Qué
efectos epistémicos tiene?
XP: En realidad, la distinción relevante de la nueva elaboración
ontológica que propone Castoriadis es entre una «dimensión
conjuntista-identitaria» (que para abreviar podemos llamar ‘ensídica’,
neologismo ya consolidado en su obra en castellano para traducir ‘ensidique’,
que proviene de la unión de apócopes de las palabras en francés:
ensembliste-indentitaire) y la «dimensión imaginaria o poiética».
En lo que Castoriadis denomina «lo histórico-social»
o «dimensión social-histórica», encontramos ambas
dimensiones, la ‘ensídica’, que Castoriadis caracteriza en ocasiones
como «dimensión funcional-instrumental» y la «imaginaria
o poiética», que alguna vez Castoriadis ha equiparado con la
cultura, en sentido amplio.
De hecho, esta distinción teórica entre lo ‘ensídico’
y lo ‘imaginario’ no ha de entenderse como una disociación en el plano
real; Castoriadis pretende con ella señalar una relación peculiar:
no son dos dimensiones separables, disociables, pero tampoco cabe reducir
una a la otra. Precisamente, la crítica que Castoriadis lanza contra
lo que denomina «tradición filosófica heredada»
consiste en el predominio en ella de la «dimensión ensídica»,
la reducción de la ontología a lo ‘ensídico’ y el ocultamiento
de lo imaginario.
Para concretar: en el análisis de la sociedad, que es donde se origina
esta distinción, ello significa lo siguiente (y aquí se aprecia
bien su lucha contra los determinismos economicistas, predominantes en el
marxismo hegemónico del momento): toda sociedad ha de establecer siempre
una relación funcional-instrumental –‘ensídica’- con el mundo
externo. Así pues, por ejemplo, toda sociedad ha de establecer algún
tipo de relación de intercambio con la naturaleza o ha de procurar
cuidados a los más pequeños. Por ello, podemos encontrar elementos
comunes en todas las sociedades, que llamaremos, siguiendo el ejemplo, ‘trabajo’,
‘familia’, etc. Pero, la atención a estas instituciones –dice Castoriadis-
se muestra del todo insuficiente para entender la sociedad, pues siempre esta
dimensión funcional que componen estas instituciones está sumergida
en un conjunto de «significaciones sociales imaginarias» (en
una «dimensión imaginaria»), que es lo que las otorga su
sentido específico y lo que permite comprender su razón de
ser. Así, retomando de nuevo el ejemplo: la particularidad de una sociedad,
lo que nos permite conocer de qué tipo de sociedad se trata, no es
que tenga una institución llamada ‘trabajo’ o ‘família’, sino
¿qué significa ‘trabajo’ en esa sociedad? ¿qué
valor se le concede? O ¿qué sentido tiene la familia en una
sociedad dada? Y es la cultura o –en palabras de Castoriadis la «dimensión
imaginaria» o «el conjunto de significaciones sociales imaginarias»−
lo que otorga el modo de ser específico a cada sociedad, a la institución
social. Este sentido, esta significación es variable; basta atender
–añade Castoriadis- a distintas épocas o zonas geográficas
para comprobarlo… Por ello, insistirá Castoriadis, una ontología
que reduce lo que es a ‘determinación’ no puede captar esa dimensión
creativa, proyectual, socio-histórica… Por ello, añadirá
nuestro autor, la ontología heredada no es capaz de pensar adecuadamente
al individuo, a la sociedad, a la historia y su articulación concreta…
Pero seguramente una buena explicación de todo esto requeriría
más tiempo… He corrido tal vez demasiado en la respuesta…
En cuanto a los efectos epistémicos de su planteamiento –antes ya
he aludido a ello- yo soy bastante crítico. Castoriadis concluye, en
clara consonancia con el marco intelectual y con el instrumentarium que utiliza,
en «la imposibilidad de toda teoría», y en lo que parece
un juego de palabras, propone que lo único que cabe es una «elucidación»…
El desarrollo en términos de ontología fundamental de las cuestiones
y problemas que Castoriadis afronta –aunque sean casi siempre pertinentes
e interesantes- no favorece su tratamiento adecuado.
¿Cuáles serían sus principales críticas al estructuralismo
de Guattari, Deleuze y Foucault? ¿Qué opinión tenía
Castoriadis del marxismo althusseriano?
JT: Con la solemne contundencia, no exenta de frivolidad, que suelen poner
algunos maîtres à penser en esta clase de cosas, Foucault señaló
en cierta ocasión que el siglo XX sería deleuziano o no sería,
afirmación que Castoradis apostilló de inmediato con el siguiente
comentario sarcástico: tranquilicémonos, no lo ha sido. Desde
luego, nunca mostró un entusiasmo à la mode hacia el estructuralismo.
Lejos de contemplarlo como “la conciencia despierta e inquieta del saber moderno”
(Foucault dixit: Las palabras y las cosas), lo consideraba una ideología
pseudo-científica destinada a desvanecerse con relativa aceleración
pese –ya que no gracias- a sus implicaciones políticas notoriamente
regresivas. Es en el texto citado con anterioridad, «Marxismo y teoría
revolucionaria», donde puede encontrarse la confrontación formalmente
más sistemática de Castoriadis con el estructuralismo como paradigma.
Los pasos en extremo críticos en los que examina los postulados esenciales
de la antropología lévi-straussiana, alcanzan, por extensión,
al estructuralismo en general. No disponemos de una formulación valorativa
semejante referida a otras figuras identificadas, con mayor, menor o nula
justificación, con el estructuralismo. Sin embargo, en dos textos
relativamente amplios Castoriadis expresó con intención deliberadamente
polémica un duro juicio sobre las implicaciones políticas de
la obra de Foucault, Barthes, Lacan, Bourdieu y resto de componentes de lo
que él denominó, con sorna característica, «la
ideología francesa» (conectada tanto a las modas intelectuales
parisinas como a la industria editorial de exportación: «french
theory»). Presumiblemente, Deleuze y Guattari figurarían también
en ella. Al margen de desplazar hacia la vaciedad abstracta la atención
de la opinión pública, apartando así a ésta de
los debates políticos realmente pertinentes, la función objetiva
de semejante constelación ideológica sería, según
entiende Castoriadis, doble. Por un lado, obstaculizar el examen crítico
de las representaciones de «racionalidad» y «cientificidad»
mediante las cuales el sistema pretende legitimar y perpetuar las relaciones
de dominio que lo sustentan; y por otro lado, mediante la difusión
de «burradas» (Castoriadis dixit) tales como «la muerte
del hombre», «de la historia», «del sentido»
o de expresiones aberrantes al estilo del barthesiano «todo lenguaje
es fascista», etc., despojar de significación la lucha emancipatoria,
sin otra salida ya que la de quedar derrotada bajo el peso de «estructuras»
prácticamente inamovibles.
En cuanto al marxismo althusseriano, en un texto publicado a finales de
los setenta, Castoriadis cuestiona el teoricismo dogmático de Althusser,
así como la metodología especiosa de que se sirve, uno y otra
estrechamente ligados, según entiende, a la significación política
última de la pretendida «ruptura epistemológica».
Coincidencia significativa: por aquellos mismos años, el historiador
marxista británico E. P. Thompson lanza también una extensa
andanada crítica, sobrevenida célebre, contra el althusserismo,
presentándolo ni más ni menos como la tentativa de reconstruir
el estalinismo en el plano de la teoría. No otra es la conclusión
de Castoriadis en el aludido texto.
¿Qué aspecto de su noción de democracia os parece más
vindicable, de mayor interés para hoy? ¿No suena su idea de
democracia como el único sistema con capacidad de rectificar por el
error a herencia epistémica popperiana?
JT: La crítica radical de la democracia representativa desarrollada
por Castoriadis, así como, sobre todo, el horizonte alternativo abierto
por su reflexión, debieran ser objeto de vindicación, por más
que en un principio podamos sentirnos intimidados por la magnitud del reto
político que conllevan ambos. Intimidados, pues dicho reto tan sólo
adquiere plena significación desde la perspectiva –revolucionaria-
de un proyecto político que aspira a la consecución de la autonomía
individual y colectiva, cuya traducción institucional, según
entiende Castoriadis, únicamente la democracia directa se halla, ayer
como hoy, en condiciones de desarrollar en términos efectivos. Obviamente,
la posibilidad misma de que tal proyecto encuentre vías de realización
depende tanto de la capacidad auto-reflexiva del ciudadano como de la correlativa
existencia de una paiedia destinada a favorecer su protagonismo en calidad
de sujeto -activo y deliberante- de la política y de lo político,
algo situado en las antípodas de la etapa de restauración vivida
desde hace años. Castoriadis insiste en el carácter mistificante
de la supuesta tríada ciudadanos / representantes; ciudadanos / expertos;
ciudadanos / Estado sobre la que asientan su dominio las oligarquías
liberales, y que tanto favorece y consolida el «conformismo generalizado»,
la privatización, la evanescencia del espacio público y la apatía
política. Se trata de una mistificación nuclear tanto de la
argumentación liberal como de la pretensión de hacer de los
regímenes representativos «la» realidad democrática
incuestionable del presente, gestionada en exclusiva por especialistas de
lo universal, es decir, por políticos profesionales. Contra tales supuestos,
evoca Castoriadis de manera recurrente el surgimiento, no por limitado menos
germinal, de la democracia en Grecia antigua, en algunas de cuyas poleis,
la de Atenas en particular, la idea de representación o delegación
de soberanía resultaba literalmente inconcebible por parte de unos
ciudadanos para quienes decidir en modo alguno consistía en decidir
quién tiene que decidir. De aquí que el filósofo retome
la definición aristotélica de ciudadano: aquel que posee la
capacidad de gobernar y de ser gobernado. A un nivel algo más profundo,
y alejado de la epistemología de Sir Karl –cuyos postulados, por cierto,
Castoriadis estimaba parciales y de limitado interés en relación
a la problemática democrática, estrechamente asociada a la doxa,
pero en modo alguno a un ilusorio dominio de teoría falsable-, debe
señalarse que la democracia posee a su juicio un carácter inherentemente
«trágico» en la medida que se trata de una creación
humana, ni «necesaria» ni «contingente», tensionada
entre, por un lado, la aspiración a una apertura ontológica
ilimitada y, por otro, la necesaria autolimitación destinada a poner
freno a la hubris, a la desmesura colectiva (nadie puede impedir, precisa,
que una sociedad se suicide). El carácter trágico de la democracia
dimanaría, pues, de su dimensión de libertad radical, del hecho
de que su ejercicio presupone el rechazo de toda sacralidad portadora de sentido
trascendente, es decir, del hecho de que presupone la aceptación de
la mortalidad irremediable tanto del ser humano como de sus creaciones. De
tal aceptación depende en última instancia el acceso a la autonomía,
tanto individual como colectiva, y eso, de nuevo, se inscribe a entera contracorriente
de las ideologías hegemónicas actuales, inmersas de manera
catastrófica en el imaginario capitalista de la ilimitación.
XP: Sí, en efecto, la concepción de la democracia de Castoriadis
tiene unos rasgos liberadores que la tornan muy distante de la reductora y
simplificada concepción hoy predominante. La visión actual asocia
la democracia, en el mejor de los casos, a un sistema de instituciones y
reglas de funcionamiento referentes sólo a los poderes políticos
explícitos. El planteamiento de Castoriadis, en cambio, devuelve a
la democracia su pleno sentido histórico en cuanto la concibe más
como proceso que como sistema y la extiende al conjunto de instituciones sociales;
esto es, no sólo a las llamadas «políticas», sino
también a las económicas, culturales, etcétera.
Castoriadis concibe la democracia como autogobierno, donde rige la igualdad
de todos para poder decidir libremente todo cuanto afecta a la vida en común,
y en primer lugar, la cuestión política por excelencia, cómo
queremos vivir, la cuestión de los fines, cuestión hoy desechada
con la conversión de la política en mera técnica.
Si de lo que se trata es de concebir las instituciones que promuevan la
participación igual de todo el mundo en el poder de decisión
de los asuntos comunes, parece también clara la incompatibilidad de
la concepción de Castoriadis de la democracia con toda forma de dominio
o jerarquía. De ahí el persistente sentido anticapitalista
de su propuesta democrática.
¿Por qué afirmaba que todas las sociedades hasta la fecha
habían sido sociedades heterónomas? ¿Es herencia kantiana?
¿Qué sería para él una sociedad autónoma?
Antes habéis informado que la categoría de autonomía
era nuclear en su obra
JT: El concepto de autonomía opuesto al de heteronomía constituye
uno de los «materiales» trabajados con mayor perseverancia en
la vasta cantera de reflexión castoriadiana, y ello, pese al
vecindaje semántico, desde una perspectiva filosófica ajena
por completo al dualismo kantiano, el cual permanece apresado en el interior
de una vieja ilusión metafísica: la de que debe haber alguna
correspondencia, alguna adequatio, entre nuestros deseos y decisiones y el
mundo (la naturaleza del ser). Castoriadis llama sociedad heterónoma
a aquella en la cual la creación del nomos, de la ley o de la institución
en su más abarcativo significado, es atribuida a una instancia extra-social
(llámese Dios, dioses, ancestros, héroes fundadores, leyes de
la naturaleza, exigencias de la Razón...) que escapa a la actuación
de los individuos, convenientemente socializados en semejante creencia atributiva.
En la medida que se oculta o encubre a sí misma el carácter
auto-instituyente de la realidad que la moldea y configura, la sociedad experimenta
un proceso de alienación respecto a sus propias creaciones sociales,
dotadas ya de una dinámica y lógica propias que se materializarán,
cerrándose sobre sí mismas, en una heteronomía institucionalizada.
Pese a ello, a lo largo de la historia es posible advertir la emergencia de
«momentos» de ruptura en relación al paralizante dominio
ejercido por las representaciones heredadas. Tales «momentos»
son generados por la irrupción de un imaginario instituyente asentado
en la actividad creadora del colectivo anónimo, imaginario portador
de nuevas formas esenciales – de un nuevo eidos- de existencia humana,
y del cual derivarán asimismo nuevas determinaciones. El surgimiento
de la democracia en Grecia antigua, la emergencia tardo-medieval de la proto-burguesía,
las revoluciones norteamericana y francesa y, más modernamente, las
formas de auto-organización creadas por el movimiento obrero (Comuna
de París, soviets, colectivizaciones españolas, Consejos obreros
húngaros...), son todos ellos procesos animados por una voluntad de
ruptura radical con el pasado y, bajo esta luz, constitutivos de una unidad
social-histórica (fragmentaria e inacabada y, por definición,
inacabable) sostenida por el proyecto de autonomía, es decir, por un
movimiento conducido por el deseo de establecer, tan lúcida y explícitamente
como sea posible, la auto-institución de la sociedad.
XP: Añadiré un comentario solamente sobre el último
interrogante que planteas, completando lo que ha dicho Jordi al respecto.
En efecto, una sociedad autónoma -para Castoriadis- es una sociedad
que lúcida y explícitamente reconoce las instituciones que la
conforman como sus propias creaciones y no las atribuye a una instancia externa
a ella. Una descripción de este tenor es la que suele hallarse en
la mayoría de los textos de Castoriadis que tratan de este asunto.
Sin embargo, aunque sea éste el rasgo que más enfatiza Castoriadis
cuando caracteriza una sociedad autónoma, me parece que, así,
aisladamente, sin tener en cuenta otros rasgos que aparecen también
en su obra, ésta puede ser fácilmente criticada de excesivamente
«culturalista», idealista. En mi opinión, sólo cuando
añade explícitamente que la supresión de la heteronomía
comporta, además del mantenimiento de otra relación –lúcida
y reflexiva- con la institución social-, también la supresión
del dominio o poder ejercido de unos sobre otros, cobra su noción de
autonomía más vigor.
Porque es, sin duda, verdad que estas relaciones de dominio, este lado más
estructural, procede y corresponde siempre a un determinado «imaginario
social» (es decir, sólo resultan comprensibles a partir de unos
determinados valores, un sentido otorgado a la vida, etc. cuyo origen no puede
ser otro que humano)… pero no es menos cierto que su desarrollo posee un
automatismo del que carecen los aspectos meramente representacionales. Esto
es, una vez desplegados adquieren una dinámica propia…
En fin, no sé… creo que aquí, entre su nueva inspiración
heurística y su persistente impulso político-moral, hay una
tensión en su pensamiento no resuelta del todo…
¿Qué opinión tenéis de los intentos de Castoriadis
de usar resultados lógico-matemáticos para construir nociones
o reflexiones en el ámbito de las ciencias sociales?
JT: Castoriadis no utiliza la lógica matemática para establecer
una reflexión sobre la realidad social-histórica. Muestra, sin
embargo, que dicha realidad no es reducible a conceptos conjuntista-identitarios
ni por consiguiente aprehensible mediante ellos. Contemplaba las matemáticas
como el resultado más alto alcanzado por lo que denomina lógica
identitaria, definida como dimensión esencial e ineliminable no tan
solo del lenguaje, sino de toda vida y de toda actividad social. Desde la
infancia se interesó por las matemáticas –su «violín
de Ingres»-. Llega a Francia en 1945 con el propósito de desarrollar
una tesis de doctorado en torno a las aporías y callejones sin salida
a que conduce todo orden filosófico racional, proyecto que –como ya
se ha comentado- abandona a causa de sus actividades políticas y profesionales.
En los textos aparecidos en Socialisme ou Barbarie retorna a las aporías
y contradicciones de la lógica hegeliana, cuestión que había
abordado ya en Grecia, para criticar al marxismo como nuevo avatar de la «filosofía
heredada», la cual no concibe más que «cosas», «sujetos»
y «conceptos». Tratará de demostrar el carácter
insuficiente y limitado de la «lógica conjuntista-identitaria»,
incapaz de reconocer las «significaciones imaginarias sociales»
(SIS). Acaso convenga mencionar que, en esa misma época, algunos representantes
de la «ideología francesa» (Derrida, por ejemplo)
prometían, aplicando a las ciencias sociales conceptos extraídos
de las matemáticas (la topología, por ejemplo), la creación
de una lógica alternativa sin que, hasta la fecha, nada haya surgido
al respecto. Castoriadis desarrollará una «lógica de
magmas» para dar cuenta de la existencia y del carácter a-racional
de las SIS. Los griegos hicieron de las matemáticas -basadas en la
discusión pública racional (la prueba), ejemplo de racionalidad
en acto- una pieza clave de su filosofar. Sin embargo, la mejor ilustración
de los límites de esa racionalidad sometida a discusión –y
que, en tanto que racionales, coloca sus resultados fuera de toda discusión-
es el teorema de Pitágoras: éste desvela a los griegos los
números irracionales, lo cual constituye para ellos un escándalo.
La aproximación de Castoriadis a las matemáticas reposa sobre
la necesidad de tener presente la complejidad e ironía de esta historia,
maravillosamente insondable, si bien parcialmente elucidable.
XP: Yo creo, más bien, que intentos de esta índole siempre
son arriesgados y en la filosofía francesa tal vez se han prodigado
en exceso. Castoriadis no ha escapado a esta tendencia, pero sin duda no ha
sido de los que más la han frecuentado ni de los peores. Sin necesidad
de entrar a discutir algunas interpretaciones castoridianas de estos resultados
lógico-matemáticos (así como de otros, que a veces usa,
provenientes del campo de la biología o la física), me parece
que lo más claro que se puede decir es que casi siempre –en todos los
casos que recuerdo- son innecesarios, y a veces, peor aún, ya que
ofuscan más que ilustran el fenómeno –insisto: casi siempre
interesante en el caso de Castoriadis- que se pretende explicar.
John R. Searle ha explicado alguna vez que Foucault le comentó en
cierta ocasión -y, más tarde, según cuenta, se lo corroboró
Bourdieu- que esta oscuridad que desprendían a veces sus textos era
el precio que tenían que pagar para ser tomados en serio por la crítica
parisina. Pues… tal vez sea eso.
¿Cuáles serían, en vuestra opinión, sus mejores
ensayos?
XP: Mis preferidos son los de naturaleza filosófico política:
tanto los que dedica a la denuncia de los sistemas políticos actuales
(por ejemplo, «La democracia como procedimiento y como régimen»
o «¿Qué democracia?») como los de carácter
más filosófico consagrados a criticar algunas de las nociones
principales que articulan el pensamiento político liberal. Por su lucidez
y anticipación destacaría también algunos de la etapa
de Socialisme ou Barbarie críticos de ciertas lecturas marxistas muy
vigentes a la sazón, y los que muestran tempranamente atención
a problemas de tipo cultural o una avanzada sensibilidad ecológica
(ejemplar y de gran actualidad al respecto, su crítica a la noción
de ‘desarrollo’).
JT: Hay mucho donde elegir. Está, desde luego, La institución
imaginaria de la sociedad (reeditada por Tusquets Argentina en 2007). Cualquiera
de los seis volúmenes que componen la serie Las encrucijadas del laberinto,
a la que Xavier ha hecho ya referencia, resulta recomendable. Puestos a proponer
uno, sugeriría el que concluye la serie: Figuras de lo pensable (Cátedra,
1999), que incluye, entre otros de no menor interés, dos textos importantes:
«La racionalidad del capitalismo» y «¿Qué
democracia?». «La época del conformismo generalizado»
y «Poder, política y autonomía» (volumen III de
la serie) merecen igualmente ser destacados. Son muchos los escritos que evidencian
la originalidad y erudición con las que Castoriadis profundiza reflexivamente
en el universo político y filosófico griego: «La polis
griega y la creación de la democracia» es sin duda uno de ellos.
En este mismo apartado resulta de obligada mención Lo que hace a Grecia.
De Homero a Heráclito (FCE, 2006). Para el lector que desee formarse
una idea de la perspectiva caleidoscópica desde la cual el filósofo
interrelaciona de forma contextualizada teoría y praxis, puede resultar
muy útil la lectura de Una sociedad a la deriva. Entrevistas y debates,
1974-1997 (Katz editores, 2007). Existe una web donde viene el registro periódicamente
actualizado de la producción bibliográfica y webográfica
en 17 idiomas de y sobre el filósofo: www.agorainternational.org
¿Qué autores franceses o no franceses se siguen reconociendo
en su obra? Vosotros mismos, ¿os consideráis discípulos
suyos?
JT: Alguien (Bernard Quiriny) ha afirmado recientemente que como filósofo
o teórico político, Castoriadis continúa siendo un entero
continente de pensamiento a descubrir. Que ello sea así se debe a distintos
factores: al carácter inclasificable de su obra, poco ajustada a criterios
académicos convencionales; a la ambición prometeica que la
inspira y que hace de su autor un «barquero» dispuesto a entrelazar
orillas disciplinares de distinta raigambre (económica, sociológica,
antropológica, filosófica, psicoanalítica y política);
a la seriedad filosófico-política con la que argumenta cuestiones
como la de la naturaleza innegociable de la verdad –en sentido filosófico
fuerte- junto a una nula disposición para desfallecer en la denuncia
de las falsedades y mistificaciones que la ocultan. Claro es que para explicar
el desconocimiento del «continente» castoriadiano –así
como la cicatería con que a veces se admite su importancia- debiera
considerarse también otro factor, nada accesorio en relación
a los esbozados. Como apuntan Enrique Escobar y Pascal Vernay, editores de
sus seminarios en la EHESS en curso de publicación, el filósofo
siempre se mantuvo a bastante distancia crítica de los diferentes
ismos filosóficos de su tiempo. Cabe recordar a ese respecto que nunca
fue estructuralista, ni neo-kantiano, ni participó en la movida nietzscheo-heideggeriana,
ni se le conoció arrobamiento alguno ante las «máquinas
deseantes», ni, en fin, compartió mesa en ningún momento
con el deconstruccionismo. Iba, por así decirlo, a lo suyo. Esa situación
de semi-marginalidad no le impidió sin embargo confrontarse críticamente
(en ocasiones de forma notoriamente áspera: Heidegger, Sartre, Althusser...)
con representantes –vivos o fallecidos- de algunas de las corrientes filosóficas
y/o políticas coetáneas (Merleau-Ponty, Arendt, Rorty, Habermas,
Heller, Descombes, Ricoeur, Joas, Honneth...). Tratar de perfilar la existencia
de una eventual «escuela castoriadiana», provista de un corpus
doctrinal administrable y de una pléyade de «discipulos»
más o menos devotos, tendría mucho de torsión contradictoria.
Ambos son elementos ajenos tanto al propósito crítico como
a la significación y alcance últimos de una reflexión
deplegada al socaire de la interrogación permanente (de «una
interrogación sin fin») y, por ello mismo, escasamente proclive
a generar seguidores etiquetables, por lo menos en el sentido mediante el
cual suele aludirse de manera aproximativa a wittgensteinianos, sartreanos,
o, incluso, si a eso vamos, a deleuzianos y a negrianos. La obra de Castoriadis
prosigue siendo atendida aquí por colectivos y autores identificados
con el proyecto de emancipación, algo fácilmente comprobable
en publicaciones y webs alternativas de distinta textura (Mientras tanto,
El Viejo Topo, Trasversales, FAN, Espai Marx, Archipiélago, Anthropos...).
XP: Yo tiendo en este aspecto a ver las cosas un poco distintas que Jordi.
Lo he dicho al principio y coincido con él, en que la trayectoria intelectual
de Castoriadis no fue la de un apacible académico, pero creo que no
hay que exagerar. Al menos, desde los ochenta, Castoriadis ha tenido un reconocimiento
nada desdeñable.
Su nombramiento como director de l’École des Hautes Études
en Sciences Sociales corrobora esto; también podríamos añadir
la entrada que tiene su obra en Éditions du Seuil, la participación
frecuente en periódicos y revistas, el reclamo de sus opiniones por
parte de los medios de comunicación, su asistencia a congresos internacionales,
etc.
En otro orden, dentro del campo propiamente intelectual, por citar a algunos
de sus representantes más conocidos, más allá de las
afinidades y gustos de cada cual, hay que recordar que Habermas le dedica
todo un ‘excursus’ en su obra El discurso filosófico de la Modernidad,
Anthony Giddens ha reconocido en alguna entrevista sus deudas con Castoriadis
en el momento de la elaboración de su reconstrucción del materialismo
histórico, Zygmunt Bauman cita y hace referencia frecuentemente a sus
ideas…
¿Por qué hay que leer hoy a Castoriadis? ¿Qué
aspectos de su pensamiento os parecen más fructíferos para la
izquierda transformadora actual?
JT: En la medida que plantea la necesidad de establecer una relación
exenta de todo elitismo entre el «colectivo anónimo» y
las ideas (o la teoría), los aspectos fructíferos del pensamiento
de Castoriadis no derivan de su inmediata utilidad pragmática. Proceden
más bien del empeño con el que el filósofo trata de mantener
abierta la posibilidad de alterar la realidad mediante una reflexión
y una praxis encaminadas a politizar la existencia de los ciudadanos, politización
en manifiesta oposición a lo que en la actualidad ha devenido la «política»:
en las crudas palabras de Paul Valéry, el arte de impedir a la gente
que se ocupe de los asuntos que la conciernen directamente.
Tal vez sea oportuno aludir ahora al interesante debate que desde hace meses
viene desarrollándose en algunos fórums alternativos en torno
a la esterilidad e ineficacia a que se auto-condena la praxis emancipatoria
al tratar de abrirse camino dentro de los límites del angosto espacio
prefijado por sus adversarios. Pues bien, seguramente no es poca ni de débil
intensidad la luz que sobre tales cuestiones puede arrojar el basamento ontológico
de la reflexión castoriadiana, cuyo alcance permite también
pensar y actuar contra los aludidos límites en términos irreductibles
a algunos de los esquemas tradicionales de transformación. El filósofo
sostiene, por ejemplo, que es de la conjunción de deseo y de voluntad
colectivos -observables en multitud de conflictos actuales, pese a los lastres
de la “baja época” por la que atraviesa la creatividad social- de lo
que depende, en última instancia, la posibilidad de hacer reales formas
reflexivas de subjetividad encarnadas en nuevas instituciones políticas
asentadas en la reapropiación del poder por parte de la colectividad,
la abolición de la división del trabajo político, la
descentralización extrema y la participación universal en todas
aquellas decisiones que atañen a la colectividad, la soberanía
de los consumidores, la autogestión de los productores, el replanteamiento
de la jerarquización salarial, la destrucción del economicismo
como valor central (de hecho único) del imaginario social animado por
el capitalismo, la auto-limitación… Sin embargo, la realización
de tales exigencias, inherentes al proyecto de autonomía, requiere
una mutación antropológica, una transformación radical
de la representación del mundo y del lugar que deben ocupar en él
los seres humanos. Ahí es nada, claro, pero de no afrontarse
tan enorme desafío, la dinámica de repetición proseguirá
bloqueando las posibilidades de construcción social alternativa y abocando
al proyecto emancipatorio a la parálisis práctica. Pueden aducirse
varias razones de peso para leer a Castoriadis. Algunas de ellas quizás
hayan podido desprenderse ya de cuanto ha sido apuntado hasta aquí.
En cualquier caso, siempre cabe señalar otra: el solitario y excéntrico
(en sentido literal) lugar que ocupa Castoriadis dentro del pensamiento político
y filosófico contemporáneo acredita de forma suplementaria
su condición de clásico, al menos en la acepción que
del término daba M. Sacristán: autor clásico es aquel
que tiene derecho a no estar nunca de moda y a ser leído siempre.
XP: Algunas de sus más interesantes aportaciones ya han sido mencionadas.
Recapitulando y de modo muy sucinto, destacaría, en general, lo que
él llama «elucidación de los dominios de lo humano»,
es decir, su antropología filosófica, que más allá
de las nociones a través de las cuales se forja, me parece que apunta
a cuestiones y problemas relevantes tanto desde el punto de vista de la filosofía
política cuanto desde la perspectiva de lo que hoy llamaríamos
«filosofía de la mente». En el terreno de la filosofía
política, la lectura de Castoriadis es útil para denunciar graves
deficiencias en la antropología forjada por el liberalismo (carácter
ahistórico y asocial, aparato motivacional plano, desatención
a las emociones, etc.). En el terreno de de la filosofía de la mente,
sus intentos de plantear una ontología de la subjetividad a salvo
tanto de todo tipo de dualismos como del materialismo reduccionista son loables
y apuntan en una buena dirección.
Más en concreto, y respondiendo a la segunda cuestión, creo
que de esta aportación general se desprenden distintos asuntos que
resultan fecundos para la izquierda transformadora.
La primera, la necesidad de recuperar una perspectiva global y dialéctica
a la hora de pensar la transformación social: las instituciones sociales
no pueden ser contemplados como meros hechos, naturales o dados, sino como
productos humanos cuyo sentido únicamente resulta comprensible en el
contexto del todo social al que pertenecen.
Con esta perspectiva, la concepción de la democracia de Castoriadis
–contrariamente al punto de vista jurídico-político moderno,
que queda circunscrito en lo estatal- obliga a examinar el conjunto de instituciones
sociales y obliga a poner sobre la mesa la cuestión de los valores
y fines a los que responden, cuestión frecuentemente olvidada en la
izquierda institucionalizada.
Otro aspecto importante que se desprende de su enfoque, es la extensión
de la noción de poder, su especial atención al plano cultural,
a lo simbólico. Cuestión también, ésta,
desatendida durante demasiado tiempo por el economicismo y optimismo histórico
que impregnaban el grueso de la tradición. Con la atención a
lo que llama «imaginario social», Castoriadis puede percibir cómo
las diferencias entre formas de vida no se agotan en las diferencias de clase,
que no todo problema deriva de la economía política… Y tirando
de este hilo, Castoriadis pasa a asumir positivamente el conflicto –en no
otro lugar resituará el sentido de la política- y a postular
que habrá siempre una tensión ineliminable entre la sociedad
instituyente y la sociedad instituida.
Con ello, frente a las corrientes comunistas y libertarias clásicas,
el planteamiento de Castoriadis aporta dos ideas de suma importancia, frente
a las que aún hay reticencias en diversos núcleos de la tradición
emancipatoria: por un lado, la imposibilidad de alcanzar una sociedad libre
de instituciones; por otro, la necesidad de desechar la idea de lograr una
sociedad con instituciones justas para siempre y en todo lugar; en suma, la
imposibilidad de conseguir algún día una «comunidad reconciliada».
De ahí, la torsión democrático radical al que conduce
su planteamiento, que –claro es- no puede equipararse a uno de tipo reformista,
socialdemócrata –como a veces se ha pretendido. La distancia es enorme:
basta pensar en la confianza mostrada en el estado y la consiguiente desatención
a lo que en la tradición clásica republicana se llamo el cultivo
de la «virtud cívica» que encontramos en la socialdemocracia.
Castoriadis, por el contrario, siempre propugnó la necesidad de abolir
la distancia entre gobernantes y gobernados, y defendió la necesidad
de suprimir toda forma de dominación. De ahí su denuncia de
la falsedad e hipocresía de la idea de «estados representativos»
y su crítica a la profesionalización de la política.
Y, por supuesto, su insistencia en la paideía de los ciudadanos. Castoriadis,
contrariamente al modelo socialdemócrata, sabía que la democracia
ha de ser promovida en hábitos, costumbres y reflejos morales pues
de lo contrario resulta estéril cualquier procedimiento o institución
política por bien diseñados que estén.
En fin, coincido con Jordi, que frente a las concepciones hoy predominantes,
las ideas sobre la política y la democracia de Castoriadis resultan
fecundas para la renovación del pensamiento emancipatorio.
Y para acabar ya: me parecen realmente dignos de mención y siempre
habrán de servir de ejemplo –aún más en esta época,
por recordar sus palabras, de «ascenso de la insignificancia»–
su apasionado esfuerzo por conocer y la persistente voluntad de transformar
la realidad en un sentido emancipador, rasgos que, además, siempre
estuvieron acompañados por un agudo sentido del humor.
Gracias, no continuo el asedio. Eso sí, permitidme
señalar públicamente el interés de vuestras reflexiones,
vuestro profundo conocimiento de la obra de Castoriadis y la generosidad,
trabajo y esfuerzo que habéis dedicado –digo bien- a esta entrevista.