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Texto publicado en diversos medios informativos
europeos en febrero de 1991, durante la guerra del Golfo
Hay que rechazar la pregunta: ¿había que hacer o no la guerra?, teniendo en cuenta que no se tenían las ideas claras sobre el carácter del conflicto, que no se han sabido los motivos reales de unos y otros, ni los efectos posibles de las consecuencias previsibles.
Sadam Husein se burla tanto de los palestinos como del Corán. Se ha acordado del uno y de los otros cuando le ha hecho falta conseguir aliados urgentemente, tras las violentas reacciones ante la anexión de Kuwait.
La conquista de Kuwait corresponde estrictamente a objetivos territoriales, financieros, de poder. Si las fronteras de Kuwait son artificiales, artificiales son también las de Irak y las de los otros países de la región (y de muchos otros).
En 1980, Sadam no atacó Irán para liberar a los palestinos, sino para ampliar su territorio y sus recursos, y conseguir que los soviéticos y los occidentales le armasen hasta los dientes. No representa a los pobres contra los ricos, ni al sur contra el norte. Domina un país naturalmente rico que ha arruinado para armarse y mantener un régimen de terror. Corta a sus oponentes en trozos y gaseó a la minoría kurda. Sólo los «progresistas» están dispuestos a olvidar todo esto, porque Sadam completa con alegría la colección de verdugos (Stalin, Mao, Castro, Pol Pot) a los que siempre han querido defender ardientemente.
Los occidentales hablan de Derecho. Curiosa idea la de defender los derechos humanos al lado de Assad y del rey Fahd. Hablan también de Derecho Internacional. Este derecho indefinidamente elástico estaba y sigue durmiendo cuando se trata de Cisjordania, Líbano, Chipre, Granada, Panamá.
Nadie está contra la autodeterminación de los kuwaities. Por tanto, hay que pedir también la autodeterminación de los palestinos, los kurdos (masacrados por Sadam, por los iraníes y por nuestros aliados los turcos), de las gentes de Timor) y de ciertos bálticos, armenios, georgianos...
Los occidentales dicen también que no había que permitir la ampliación desmesurada de la potencia de Sadam, so pena de verlo controlar directa o indirectamente (determinando los precios) una gran parte de los recursos mundiales del petróleo, dominar Oriente Medio, atacar Arabia Saudí y/o Israel.
Pero si suponemos un Irak destrozado, habremos instaurado una super-potencia regional todavía más temible, Irán, y habremos hecho más amenazadora a Siria, con sus puntos de mira en Líbano y con sus cuentas que arreglar en Israel.
Los objetivos reales de la guerra para Estados Unidos conciernen muy poco, contrariamente a lo que se cree, al petróleo: por encima de los 25 dólares el barril, son más rentables a medio plazo otras fuentes de energía.
Traducen esencialmente su voluntad (muy miope) de imponer su «orden». Esto presupone el aplastamiento de Irak. Supongamos realizado este aplastamiento. Traerá como resultado en la región, y en todos los países musulmanes (de momento exceptuando a Turquía) un caos todavía mayor. La idea de que una «Conferencia Internacional» podría arreglar algo es un cuento para niños.
El odio y el resentimiento de los pueblos, no sólo árabes, sino también musulmanes (observar ya a Pakistán) son a partir de ahora paroxísticos. Pase lo que pase, Sadam será -ya lo está siendo- transformado en héroe. Tal es el parentesco del fanatismo religioso con los sistemas paranoicos: vencedor, Dios le ha hecho triunfar; vencido, le ha concedido la aureola del mártir.
Los efectos hubieran sido más o menos equivalentes si se hubiera dejado a Sadam digerir Kuwait. Los occidentales estaban y siguen estando cogidos en la trampa fabricada por ellos mismos, armando a Sadam, dejando pudrirse la cuestión palestina, etc. Ahora crean una situación cuyos efectos abominables se dejarán sentir durante decenios.
El fanatismo ha llegado a ser tal que incluso un Aít Ahmed, que probablemente cree lo mismo, se siente obligado a suministrar todas las pruebas posibles al «arabismo» en la emisora Europa Número 1. Es característico que los intelectuales árabes que creíamos hasta ahora impregnados por los valores, de la crítica y la reflexión, estén participando activamente en una mitologización de la historia árabe, en la que los árabes son, desde hace trece siglos, blancas palomas y todos sus males les son inflingidos por la colonización occidental.
Es sin duda a causa de Wall Street que han sido esclavizados durante cuatro siglos por sus correligionarios los turcos. ¿Es el imperialismo occidental lo que explica que ahora tengan esclavizados unos a los kurdos, otros a los berberiscos, y los mauritanos árabes a los negros de su país?
Los palestinos siguen perdiendo. A nivel de Estados, la solidaridad árabe es una chanza. Todos los gobiernos árabes no sólo se sirven de los palestinos, sino que tienen todo el interés en que no se arregle la causa palestina.
Al precio de algunos dólares para unos,
de palabras para otros, estos regímenes podridos se procuran un
enemigo exterior diabolizado sobre quien verter la
pasión y la ira de sus pueblos.
Israel no quiere devolver los territorios y nunca los devolverá voluntariamente. Si quisiera hacerlo, ya lo habría hecho. Las argucias sobre la representatividad o no de la OLP son buenas para los zocos. Unas elecciones internacionalmente controladas en los territorios hubieran demostrado quién es representativo y quién no lo es. Lo que quiere la «derecha» israelita, y a lo que la «izquierda» no osa oponerse verdaderamente, es la anexión definitiva de la orilla derecha del Jordán, eslabón para un «Israel más grande».
Que este último objetivo sea delirante
no cambia nada. Los occidentales son incapaces de comprender (aunque ellos
mismos estén sumergidos en ello hace tres decenios o tres siglos),
lo que puede ser un nacionalismo con una doblez religiosa (tanto en los
israelíes como en los árabes). La ilusión tecno-militar,
la guerra electrónica y la victoria-nescafé: veinte días
después del comienzo de las operaciones, los iraquíes son
todavía capaces de derribar algunos aviones de la coalición
y una columna iraquí se adentra, sin ser observada durante decenas
de horas, a una distancia de 30 kilómetros en
territorio saudí.
Puede ser que una noche cuatro coroneles iraquíes
descarguen sus armas contra Sadam, o que los soldados de infantería
en Kuwait se dispersen. Puede ser
también (lo más probable) que los
iraquíes resistan mucho tiempo.
Los estrategas se han apresurado a proclamar que Irak no es Vietnam y que, a falta de jungla donde esconderse, los iraquíes se habrían replegado bajo los bombardeos. Una vez más, los estrategas han cometido su tontería favorita: olvidarse de los hombres. La jungla y el desierto son diferentes pero, hasta que se demuestre lo contrario, Irak y Vietnam son parecidos en un punto decisivo: en los dos casos, hay una gran masa de hombres capaces de dejarse matar antes que rendirse (que sus «razones» rayen en la locura o no, no cambia nada). Cuando haya que ir a hacer salir a los iraquíes de sus refugios y el número de pérdidas humanas de la coalición comience a subir verticalmente, será sociológicamente interesante estudiar la evolución de las opiniones públicas tanto en Occidente como en el Magreb.
Con raras excepciones, los intelectuales occidentales no se comportan mucho mejor, hasta el momento, que sus colegas musulmanes. La gran mayoría se calla. Entre aquellos que se expresan, unos ceden al chantaje del «arabismo», del «Islam», de «la culpabilidad de Occidente», o se dejan llevar por un odio estúpido a América haga lo que haga, cuando no por la fascinación vergonzosa que ejercen sobre ellos los tiranos y la fuerza bruta.
Los otros, obnubilados por el horror absoluto que representan efectivamente Sadam, su régimen y el fanatismo que moviliza, están dispuestos a pasar por alto los motivos y los objetivos de la guerra de los occidentales, sus alianzas vergonzosas, la hipocresía de la invocación del Derecho, la manera en la que Bush ha empujado a todo vapor a la guerra, las prácticas y actitudes intolerables del gobierno israelí.
Si, como se ha dicho justamente, hay que contar entre las principales víctimas de la guerra las oportunidades (débiles de cualquier forma) de la democracia y la laicidad en el mundo musulmán, la guerra arroja también una cruda luz sobre el funcionamiento de la célebre «democracia» occidental.
Como cabía esperar, el «ejecutivo» ha «ejecutado» todo, el papel de los ciudadanos en la definición de los fines y los medios ha sido nulo. Se dirá que los sondeos dan cuenta de un apoyo importante de los pueblos a la política gubernamental. Hablemos de ello.
Unos días antes del desencadenamiento de las hostilidades, los sondeos afirmaban que más de tres cuartos de los franceses consideraban que «ninguna causa por muy justa que fuese justificaba el recurso a la guerra». Posición monstruosa: si este bello principio hubiera sido aplicado siempre, esos mismos franceses hubieran permanecido como esclavos moldeables y manejables a antojo. Poco importa: el gobierno no se preocupó mucho de este bello resultado.
Sin embargo: unos días después del desencadenamiento de las hostilidades, más de dos tercios de los mismos franceses aprobaban la guerra. Este giro no puede deberse a una reflexión suplementaria (todos los datos ya se conocían desde el comienzo de enero), ni a la artificialidad de los sondeos. Triste de decir: la gente se apresuró a ponerse del lado del zopenco, fascinada por el gran pene americano, aerotransportado y electrónico. Esta «democracia» fabrica este tipo de «ciudadanos».
El conflicto ya ha sobrepasado largamente el caso de Irak y Sadam Husein. Está en curso de transformarse en un enfrentamiento entre las sociedades sobre las que la influencia del imaginario religioso sigue tenaz e incluso se refuerza reactivamente y las sociedades occidentales que se han, para bien o para mal, liberado de este imaginario, pero que se han declarado incapaces de transmitir al resto del mundo otra cosa que las técnicas de la guerra y de manipulación de la opinión.
En esta incapacidad, las dos partes tienen culpa. Lo que nos importa es que el estado actual de nuestras sociedades las hace no aptas para ejercer una influencia que no sea material. Una sociedad consagrada al culto del consumismo y al zapping televisivo no puede corroer la influencia del Corán o del hinduismo.
Ciudadanos apáticos, retrotraídos sobre su pequeño mundo privado, dejando el poder a las oligarquías políticas, económicas, culturales, a los aparatos de los partidos y los medios de comunicación, no proporcionan ejemplos que deban ser imitados o incitaciones a reflexionar a pueblos que, perdidos en el mundo moderno, se crispan sobre su identidad etno-religiosa.
¿Qué hay que hacer entonces? ¿Hay que cambiar de pueblo, como decía el otro? Claro que no. ¿Hay que cambiar al pueblo? Pero, ¿quién lo cambiará? Es necesario que el pueblo se cambie a sí mismo. Cada uno puede contribuir a este cambio, en sí mismo y alrededor de él, cada vez que puede hablar.
Sin llegar a tal cambio, nunca habrá más
que respuestas falsas a problemas monstruosamente mal planteados.
Edición digital de la Fundación Andreu Nin, febrero 2003