Reflexiones sobre el “desarrollo”
y la “racionalidad”
Texto incluido en el libro El mito del desarrollo
(Kairós, 1980). Versión disponible en Internet sin referencias,
dicha edición electrónica no incluye la discusión posterior
con el autor.
I
Hace ya cierto tiempo que el “desarrollo” se convirtió a la vez en
un eslógan y en un tema de la ideología oficial y “profesional”,
así como de los políticos y gobernantes. Quizá sea útil
recordar brevemente su genealogía.
El siglo XIX celebró el “progreso” a pesar de las críticas
acerbas y amargas de los adversarios del capitalismo triunfante. La Primera
Guerra mundial, y luego, tras un corto interludio, la Gran Depresión,
la ascensión del fascismo y del nazismo en Europa y la ineluctabilidad
flagrante de una nueva guerra mundial, todo lo cual parecía demostrar
que el sistema era ingobernable, provocaron un hundimiento de la ideología
oficial. “La crisis del progreso” fue el tema de los años treinta.
En el mundo de la posguerra, los poderes establecidos se preocuparon primero
y ante todo de la reconstrucción y de los nuevos problemas creados
por la lucha entre los Estados Unidos y Rusia. En Occidente, el éxito
de la reconstrucción económica rebasó todas las esperanzas
y dio comienzo a una larga fase de expansión. Cuando, con el fin de
la guerra de Corea, pareció atenuarse el antagonismo ruso-americano;
cuando también, a pesar de algunas excepciones sangrientas, la “cuestión
colonial” pareció estar en curso de liquidación más
o menos pacífica, la opinión oficial comenzó a soñar
que por fin se había encontrado la clave de los problemas humanos.
Esta era el crecimiento económico, realizable sin dificultades gracias
a los nuevos métodos de regulación de la demanda; y los niveles
de crecimiento del PNB por habitante contenían la respuesta a todas
las preguntas. Cierto que el conflicto potencial con el bloque oriental seguía
siendo amenazante; pero también se extendió la idea de que
cuando esos países alcanzaran la madurez industrial y fueran invadidos
por el consumismo, sus amos se verían obligados a seguir una política
internacional menos agresiva y, tal vez, a introducir cierto grado de “liberalización”
interna. Cierto también que el hambre era (como siempre lo es) una
realidad cotidiana para una parte enorme de la población del planeta,
y el Tercer Mundo no realizaba un crecimiento económico, o bien su
crecimiento seguía siendo muy débil y muy lento. Pero la razón
era que los países del Tercer Mundo no se “desarrollaban”. El problema
consistía, pues, en desarrollarlos o en hacer que se desarrollaran.
En consecuencia, se adoptó la terminología internacional oficial.
Esos países, llamados anteriormente, con una sincera brutalidad “atrasados”,
y luego “subdesarrollados”, fueron cortésmente llamados “menos desarrollados”
y finalmente “países en vías de desarrollo” , hermoso eufemismo
para significar que, de hecho, esos países no se desarrollan. Como
los documentos oficiales han formulado en innumerables ocasiones, desarrollarlos
quería decir hacerlos capaces de entrar en la fase del “crecimiento
autosostenido”.
Pero apenas la nueva ideología entró en funcionamiento, se
vio atacada por diversos lados. El sistema social establecido comenzó
a ser criticado no porque fuera incapaz de asegurar el crecimiento ni porque
distribuyera de un modo desigual los “frutos del crecimiento” -críticas
tradicionales de la izquierda-, sino porque no se preocupaba
más
que del crecimiento y no realizaba
más que el crecimiento,
un crecimiento de un tipodado, con un contenido específico, que suponía
unas determinadas consecuencias humanas y sociales. Limitadas en principio
al interior de un círculo muy estrecho de pensadores políticos
y sociales heterodoxos, esas críticas se han extendido en gran manera,
en el espacio de pocos años, entre los jóvenes y han comenzado
a influenciar tanto los movimientos estudiantiles de los años sesenta
como el comportamiento efectivo de diversos individuos y grupos, los cuales
decidieron abandonar la “carrera de ratas”
(1) y trataron
de establecer por sí mismos nuevas formas de vida comunitaria. De
modo cada vez más insistente se empezó a promover la cuestión
del “precio” a que los seres humanos y las colectividades “comprarían”
el crecimiento. Casi simultáneamente se descubría que ese “precio”
comprendía un componente enorme, hasta entonces silenciado, y cuyas
consecuencias a menudo no concernían a las generaciones presentes.
Se trataba del amontonamiento masivo y tal vez irreversible de los daños
infligidos a la biosfera terrestre, resultantes de la interacción
destructiva y acumulativa de los efectos de la industrialización;
efectos que desencadenan reacciones del medio ambiente que permanecen, más
allá de cierto punto, desconocidas e imprevisibles y que finalmente
podrían conducir a una avalancha catastrófica que rebasaría
toda posibilidad de “control”. Desde el hundimiento de Venecia en las aguas
hasta la muerte tal vez inminente del Mediterráneo; desde la eutrofización
de los lagos y ríos hasta la extinción de docenas de especies
vivas; desde las primaveras silenciosas hasta el derretimiento eventual de
los casquetes glaciales de los polos; desde la erosión de la Gran
Barrera de Coral hasta la multiplicación por mil de la acidez de las
aguas de lluvia, las consecuencias efectivas o virtuales de un “crecimiento”
y de una industrialización desenfrenada comenzaban a dibujarse, inmensas.
La reciente “crisis de la energía” y las penurias de materias primas
han llegado en el momento apropiado para recordar a los hombres que ni siquiera
era seguro que pudieran continuar destruyendo la tierra durante mucho tiempo.
Como era de prever, las reacciones de los poderes establecidos han estado
de acuerdo con la naturaleza de los mismos. Ya que el sistema había
sido criticado por haberse preocupado únicamente de las cantidades
de bienes y de servicios producidos, se establecieron nuevos organismos burocráticos
para cuidar de la “calidad de la vida”. Como parecía que había
un problema relacionado con el medio ambiente, se organizaron ministerios,
comisiones y conferencias internacionales para resolverlo. Estos organismos
resolvieron, en efecto, eficazmente ciertos problemas muy graves, como, por
ejemplo, el de los puestos ministeriales que se debían encontrar para
los políticos que era preciso acomodar en puestos sin importancia
política, o el de las razones a inventar para mantener y acrecentar
los créditos presupuestarios concedidos a organismos nacionales e
internacionales moribundos u ociosos. Los economistas descubrieron inmediatamente
un terreno nuevo y prometedor para sus deleitables ejercicios de álgebra
elemental sin detenerse un instante para cuestionar nuevamente su marco conceptual.
Los indicadores económicos han sido completados por “indicadores sociales”
o “indicadores de bienestar” y se han añadido nuevas líneas
y columnas a las matrices de las transacciones interindustriales. La cuestión
del medio ambiente se ha discutido únicamente desde el punto de vista
de los “costes” y de los “rendimientos” y del posible impacto de las medidas
de control de la polución sobre las tasas de crecimiento del PNB;
este impacto corría el riesgo de ser negativo, pero si se manifestaba
esperanzador muy bien podría al fin resultar compensado por el crecimiento
de la nueva “industria de control de la polución”
(2).
La idea de que el conjunto del problema rebasa de lejos los “costes” y los
“rendimientos” casi nunca ha pasado por la mente de los economistas y de
los políticos.
Incluso las reacciones más “radicales” que se han producido en el
interior de las capas dominantes, en realidad no han puesto en cuestión
las premisas más profundas de los puntos de vista oficiales. Ya que
el crecimiento creaba problemas imposibles de controlar y, más aún,
ya que todo proceso de crecimiento exponencial debía ineluctablemente
topar, tarde o temprano, con unos límites físicos, la respuesta
era “no crecimiento” o “crecimiento cero”. No se tuvo en cuenta el hecho
de que, en los países “desarrollados”, el crecimiento y los artículos
de consumo es todo lo que el sistema puede ofrecer a la gente, y que una
detención del crecimiento era inconcebible (o no podría conducir
más que a una violenta explosión social) a menos que el conjunto
de la organización social, comprendida la organización psíquica
de los hombres y las mujeres, sufriera una transformación radical.
Tampoco se tuvieron en cuenta con mayor seriedad los dramáticos aspectos
internacionales de la cuestión. ¿Acaso debía mantenerse
la separación entre los países con un PNB de 6.000 dólares
por habitante y año y los países con un PNB de 200 dólares
por habitante y año? ¿Acaso estos últimos aceptarían
el mantenimiento de una separación semejante, dadas sus necesidades
físicas imperativas, el “efecto de demostración” que ejerce
sobre ellos el ejemplo de la vida en los países ricos y,
last but
not least, la política de poderío y el deseo de poder de
las capas dominantes en todos los países ? (¿Existe acaso un
solo presidente de un solo “país en vías de desarrollo” que
no daría con gusto la vida de la mitad de sus súbditos por
tener su propia bomba H?) y si debiera eliminarse esta separación
-es decir, si,
grosso modo, la totalidad de la población de
la tierra hubiera de ser elevada al nivel de un PNB por habitante y año
de 6.000 dólares- ¿cómo podrían conciliarse las
conclusiones y los razonamientos que sostienen la idea del “crecimiento cero”
con la triplicación del “producto mundial bruto” que implicaría
esta igualación (triplicación que exigiría aún
un cuarto de siglo de “crecimiento” mundial al interés compuesto del
4 % por año, suponiendo una población
estática),
así como con la subsiguiente continuación indefinida de una
producción al nivel anual de casi 25.000 miles de millones de dólares
al precio de 1970, poco más o menos veinticinco veces el PNB
actual de Estados Unidos y, en consecuencia, también poco más
o menos veinticinco veces su consumo actual de energía, materias primas,
etc.?
(3) ¿Acaso, en fin, con las estructuras políticas
y sociales existentes los países “desarrollados” aceptarían
llegar a ser, y continuar siendo, una minoría impotente ante los países
asiáticos, africanos y latinoamericanos igualmente ricos y mucho más
poblados? ¿Acaso Rusia toleraría la existencia de una China
tres veces más fuerte que ella? ¿Acaso Estados Unidos aceptaría
la existencia de una América latina dos veces más fuerte que
ellos? Como siempre, el reformismo pretende ser realista, pero cuando se
llega a las cuestiones verdaderamente importantes se revela como una de las
maneras más ingenuas de tomar sus propios deseos por realidades.
II
Evidentemente, las cuestiones aquí planteadas están estrechamente
ligadas al conjunto de la organización social tanto en el nivel nacional
como en el internacional. Más aún, están ligadas a las
ideas y concepciones fundamentales que han dominado y formado la vida, la
acción y el pensamiento de Occidente desde hace siglos, y mediante
las cuales Occidente ha conquistado al mundo y su aura, aún cuando
deba ser materialmente vencido. “Desarrollo” , “economía”, “racionalidad”
no son más que algunos de los términos que se pueden utilizar
para designar ese complejo de ideas y de concepciones,la mayoría de
las cuales continúan sin ser conscientes para los políticos
como para los teóricos.
De este modo nadie, o casi nadie, se para a pensar: ¿qué
es
el desarrollo? ¿
Por qué el “desarrollo” ? ¿De
dónde viene y
adónde va? Como ya se ha indicado,
el término comenzó a ser utilizado cuando resultó evidente
que el “progreso”, la “expansión”, el “crecimiento” no constituían
virtualidades intrínsecas, inherentes a toda sociedad humana, cuya
realización (actualización) se habría podido considerar
como inevitable, sino propiedades específicas, y poseedoras de un
“valor positivo”, de las sociedades occidentales. Se considera, pues, a éstas
como sociedades “desarrolladas”, entendiendo por este término que
eran capaces de producir un “crecimiento autosostenido”, y el problema parecía
consistir únicamente en esto: llevar a las demás sociedades
a la famosa “etapa del despegue”. De este modo Occidente. se pensaba, y se
proponía, como modelo para el conjunto del mundo. El estado normal
de una sociedad, lo que se consideraba como el estado de “madurez” designado
con este término que aparentemente cae por su propio peso, era la
capacidad de crecer indefinidamente. Los demás países y sociedades
se consideraban naturalmente menos maduros o menos desarrollados y su problema
principal se definía como la existencia de “obstáculos al desarrollo”.
Durante cierto tiempo estos obstáculos se consideraron puramente “económicos”
y de carácter negativo: la ausencia de crecimiento se debía
a la ausencia de crecimiento, lo cual, para un economista, no es una tautología,
ya que el crecimiento es un proceso autocatalítico (basta con que
un país entre en el crecimiento para que continúe creciendo
cada vez más rápidamente). En consecuencia, se establecía
que las inyecciones de capital extranjero y la creación de “polos
de desarrollo” eran las condiciones necesarias y suficientes para llevar
a los países menos desarrollados a la etapa de “despegue”. En otros
términos, lo esencial era importar e instalar máquinas. Fue
preciso descubrir con bastante rapidez que los hombres son los que hacen
funcionar las máquinas, y que esos hombres deben poseer las cualificaciones
adecuadas; entonces la “asistencia técnica”, la formación técnica
y la adquisición de las cualificaciones profesionales se pusieron
de moda. Pero, al fin, fue necesario percatarse de que las máquinas
y los obreros cualificados no bastan, y que “faltaban” muchas otras cosas.
No siempre ni en todas partes la gente estaba dispuesta y era capaz de renunciar
a lo que había sido para convertirse en simples engranajes del proceso
de acumulación, ni siquiera cuando, oprimidos por el hambre, “hubieran
debido” hacerlo. Algo no funcionaba en los “países en vías
de desarrollo”: estaban llenos de hombres que personalmente no se encontraban
“en vías de desarrollo”. De un modo totalmente natural y característico,
se identificó entonces el “factor humano” con la ausencia de una “clase
empresarial”. Se lamentó profundamente esta ausencia, pero los economistas
no tenían muchos consejos que ofrecer sobre la manera de proceder
para desarrollar una “clase empresarial”. Los más cultos de entre
ellos tenían algunos vagos recuerdos relativos a la ética protestante
y el nacimiento del capitalismo, pero no podían transformarse de misioneros
del crecimiento en apóstoles de la ascesis intramundana.
De este modo hemos comenzado a apercibirnos oscuramente de que no existían
“obstáculos al desarrollo” particulares y separables y que, si el
Tercer Mundo debía “ser desarrollado”, las estructuras sociales, las
actitudes, la mentalidad, las significaciones, los valores y la organización
física de los seres humanos debían ser cambiados. El crecimiento
económico no era algo que pudiera “añadirse” a esos países,
como habían pensado los economistas, ni tampoco podía superponerse
simplemente a sus demás características. Si se “debían
desarrollar” estas sociedades, tendrían que sufrir una transformación
global. El Occidente tenía que afirmar que no había encontrado
un truco para producir menos caro y más rápidamente una mayor
cantidad de mercancías, sino que había descubierto el modo
de vida apropiado para toda sociedad humana. Para los ideólogos occidentales
fue una suerte que el malestar que habrían podido experimentar a este
respecto fuera evitado por la precipitación con que las naciones “en
vías de desarrollo” trataron de adoptar el “modelo” occidental de
sociedad, incluso cuando fallaba su “base” económica. Pero, por otro
lado, ha sido mala suerte que la crisis de las “políticas de desarrollo”
en un sentido real pero limitado, el fracaso del “desarrollo” de los “países
en vías de desarrollo” , haya coincidido con una crisis mucho más
amplia y profunda en sus sociedades, el hundimiento interno del modelo occidental
y de todas las ideas que encarnaba.
III
¿Qué es el desarrollo? Un organismo se desarrolla cuando progresa
hacia su madurez biológica. Desarrollamos una idea cuando explicitamos
todo lo posible lo que creemos que esa idea “contiene” implícitamente.
En una palabra: el desarrollo es el proceso de la realización de lo
virtual, del paso de la
dynamis a la
energeia, de la
potentia
al
actus. Esto implica, evidentemente, que
hay una
energia
o un
actus que pueden ser determinados, definidos, fijados, que
hay
una norma perteneciente a la esencia de lo que se desarrolla; o, como
habría dicho Aristóteles, que esta esencia
es el devenir
conforme a una norma definida por una forma “final”: la
entelequia.
En este sentido, el desarrollo implica la definición de una “madurez”,
y luego el de una
norma natural: el desarrollo no es más que
otro nombre de la
fisis aristotélica, pues, en efecto, la naturaleza
contiene sus propias normas como
fines hacia los cuales los seres
se desarrollan y que alcanzan efectivamente. “La naturaleza es fin (
telos}”,
dice Aristóteles. El desarrollo se define por el hecho de esperar
este fin como norma natural del ser considerado. También en este sentido
el desarrollo fue una idea central para los griegos, y no solamente por lo
que se refiere a las plantas, los animales o los hombres como simples vivientes.
La
paideia (crianza, instrucción, educación) es desarrollo:
consiste en llevar al pequeño monstruo recién nacido al estado
propio de un ser humano. Si esto es posible, es porque
existe tal
estado propio, una norma, un límite (
peras), la norma encarnada
por el ciudadano o el
kalos kagathos, los cuales, si se alcanzan,
no pueden ser rebasados (rebasarlos sería simplemente volver
hacia atrás). “Muere ahora, Diágoras, Pues no ascenderás
al Olimpo.”. Pero surge la cuestión de cómo y sobre qué
base tal estado propio puede determinarse una vez que la constitución
de la
polis (la cual establece la norma del desarrollo de los ciudadanos
individuales) se ha cuestionado y ha sido percibida en su carácter
relativo; ¿en qué sentido puede decirse que hay una
fisis
de la
polis, un estado propio único de la ciudad? Esta
cuestión, necesariamente, debía seguir siendo para los grandes
pensadores griegos, a pesar o a causa de su preocupación constante
por la
dikaiosuné y la
orthé politeia, un punto
oscuro en la frontera de su reflexión. De la misma manera, y por las
mismas profundas razones, la
techné debía seguir de
hecho no definida, flotando en alguna parte entre la simple imitación
de la naturaleza (
nimesis) y la creación propiamente dicha
(
poiesis), entre la repetición de una norma ya dada y, como
Kant había de decirlo veinticinco siglos más tarde, la posición
efectiva de una nueva norma encarnada en la obra de arte.
(4)
El
límite (
peras) definía a la vez el ser y la
norma. Lo ilimitado, lo infinito, lo sin fin (
apeiron) es, con toda
evidencia, no terminado, imperfecto, ser incompleto. Así, para Aristóteles,
no hay más que un infinito virtual, no hay un infinito efectivo; y
recíprocamente, dado que una cosa cualquiera contiene virtualidades
no actualizadas, es indefinida, ya que es, por eso mismo y en igual medida,
inacabada, indefinida, indeterminada. Así, no puede haber desarrollo
sin un punto de referencia, un estado definido que se debe alcanzar; y la
naturaleza provee, para todo ser, tal estado “final”.
Con la religión y la teología judeo-cristianas, la idea de
lo ilimitado, de lo sin fin, del infinito, adquiere un signo positivo; pero
esto continúa, por así decirlo, sin pertinencia social e histórica
durante más de diez siglos. El Dios infinito está en otra parte,
este mundo es finito, hay para cada ser una norma intrínseca
que corresponde a su naturaleza tal como ha sido determinada por Dios.
El cambio se produce cuando el infinito invade
este mundo. Sería
ridículo comprimir aquí, en pocas líneas, la masa inmensa
de los hechos históricos bien conocidos, y menos bien conocidos de
lo que se cree, que conciernen a tantos países y tantos siglos. Trato
solamente de reunir unos pocos en una perspectiva particular, eliminando
las explicaciones justificaciones “racionales” de su sucesión que
se ofrecen habitualmente (explicaciones y justificaciones que son, desde
luego, una auto-“racionalización” del racionalismo occidental, la
cual tiende a probar que existen razones racionales que explican y justifican
el triunfo de la variedad particular de “Razón” exhibida en Occidente).
Lo que importa aquí es la “coincidencia” y la convergencia que se
constata a partir, digamos, del siglo XIV, entre el nacimiento y la expansión
de la burguesía, el interés obsesivo y creciente que se siente
por los inventos y los descubrimientos, el desmoronamiento progresivo de
la representación medieval del mundo y de la sociedad, la Reforma,
el paso “del mundo cerrado al Universo infinito”, la matematización
de las ciencias, la perspectiva de un “progreso indefinido del conocimiento”
y la idea de que el uso apropiado de la Razón es la condición
necesaria y suficiente para que nos volvamos “dueños y poseedores
de la Naturaleza” (Descartes).
Carecería de interés y de sentido intentar explicar “causalmente»
la ascensión del racionalismo occidental por la expansión de
la burguesía, o a la inversa. Tenemos que considerar estos dos procesos:
por una parte, la emergencia de la burguesía, su expansión
y su victoria final marchan al unísono con la emergencia, la propagación
y la victoria final de una nueva “idea”, la idea de que el crecimiento ilimitado
de la producción y de las fuerzas productivas es
de hecho la
finalidad central de la vida humana. Esta “idea” es lo que llamo una
significación
imaginaria social.
(5) Le corresponden nuevas actitudes,
valores y normas, una nueva definición social de la realidad y del
ser, de lo que
cuenta y de lo que
no cuenta. Dicho brevemente,
lo que cuenta en lo sucesivo es lo que puede contarse. Por otro lado, filósofos
y científicos imponen una torsión nueva y específica
al pensamiento y al conocimiento: no hay límites para los poderes
y las posibilidades de la Razón, y la Razón por excelencia,
por lo menos si se trata de la
res extensa, es la matemática:
Cum Deus calculat, fiat mundus (“A medida que Dios calcula, se hace
el mundo”, Leibniz). No olvidemos que Leibniz acariciaba igualmente el sueño
de un cálculo de las ideas.
El matrimonio -probablemente incestuoso- de estas dos corrientes da a luz,
de diversas maneras, al mundo moderno. Se manifiesta en la “aplicación
racional de la ciencia a la industria” (Marx) así como en la aplicación
(¿racional?) de la industria a la ciencia. Se manifiesta en toda la
ideología del “progreso”. Ya que no existen límites a la progresión
de nuestro conocimiento, no existen tampoco a la progresión de nuestra
“potencia” (y de nuestra “riqueza” ); o, para explicarnos de otro modo, los
límites, allí donde se presenten, tienen un valor negativo
y deben ser rebasados. Ciertamente, lo que es infinito es inagotable, de
manera que quizá jamás alcanzaremos el conocimiento “absoluto”
y la potencia “absoluta” , pero nos aproximamos sin cesar a ellos. De aquí
la idea curiosa, hoy todavía compartida por la mayoría de los
científicos, de una progresión “asintótica” del conocimiento
hacia la verdad absoluta. Así, no puede haber un punto de referencia
fijo para nuestro “desarrollo”, un estado definido y definitivo que se tiene
que alcanzar, pero ese “desarrollo” es un movimiento con una
dirección
fija y, desde luego, ese mismo movimiento puede medirse sobre un eje del
que ocupamos, en todo momento, una abscisa de valor creciente. En una palabra,
el movimiento se dirige hacia más y más; más mercancías,
más años de vida, más decimales en los valores numéricos
de las constantes universales, más publicaciones científicas,
más personas con un doctorado de Estado... y “más” quiere decir
“bien”. “Más”: de algo positivo y, naturalmente, desde el punto de
vista algebraico, “menos” de algo “negativo”. (¿pero qué es
positivo o negativo?).
De este modo llegamos a la situación presente. El desarrollo histórico
y social consiste en salir de
todo estado definido, en alcanzar un
estado que no está definido por nada salvo por la capacidad de alcanzar
nuevos estados. La norma es que no existe norma. El desarrollo histórico
y social es un despliegue indefinido, infinito, sin fin (en las dos acepciones
de la palabra fin). Y como lo indefinido no nos resulta sostenible, el crecimiento
de las cantidades nos proporciona lo definido.
Repito: no trato de comprimir en unas pocas líneas siglos de hechos
y de pensamiento. Pero afirmo que hay un estrato de verdad histórica
que no se puede representar más que con el extravagante corte transversal
intentado aquí y que pasa, digamos por Leibniz, Henry Ford, la IBM
y las actividades de algún “planificador” desconocido en Uganda o
en Kazakistán, el cual jamás ha oído nombrar a Leibniz.
Este es, evidentemente, un panorama a vista de pájaro que la mayoría
de los filósofos y de los historiadores criticaría severamente.
Pero hay que renunciar al espectáculo de los valles y al aroma de
las flores si se quiere “ver” que los Alpes y el Himalaya pertenecen a la
“misma” cadena de montañas.
Por ello finalmente el desarrollo ha venido a significar un crecimiento indefinido
y la madurez de la capacidad de crecer sin fin. Y así concebidos,
en tanto que ideologías, pero también, a un nivel más
profundo, en tanto que significaciones imaginarias sociales, eran y siguen
siendo consustanciales con un grupo de “postulados” (teóricos y prácticos),
los más importantes de los cuales parecen ser los siguientes:
-la “omnipotencia” virtual de la técnica;
-la “ilusión asintótica” relativa al conocimiento científico;
-la “racionalidad” de los mecanismos económicos;
-diversos lemas sobre el hombre y la sociedad que han cambiado con el tiempo
pero todos los cuales implican ya que el hombre y la sociedad están
“naturalmente” predestinados al crecimiento, etc. (
homo economicus,
la “mano escondida”, liberalismo y virtudes de la libre concurrencia),
ya -lo que es mucho más apropiado a la esencia del sistema- que pueden
ser manipulados de diversas maneras para conducirlos ahí (
homo
madisoniensis Pavlovi, “ingeniería humana” e “ingeniería
social”, organización y planificación burocráticas como
universales aplicables a todo problema).
La crisis del desarrollo es evidentemente también la crisis de esos
“postulados” y de las correspondientes significaciones imaginarias. Y esto
explica simplemente el hecho de que las instituciones que encarnan esas significaciones
imaginarias sufrieran un trastorno brutal en la realidad efectiva. (El término
“institución” se utiliza aquí en el sentido más amplio
posible: en el sentido, por ejemplo, de que el lenguaje es una institución,
al igual que lo son la aritmética, el conjunto de los instrumentos
de toda la sociedad, la familia, la ley, los “valores”.) Este trastorno,
a su vez, se debe esencialmente a la lucha que los hombres que viven bajo
el sistema sostienen contra éste, lo que quiere decir que las significaciones
imaginarias de que hemos hablado se aceptan socialmente cada vez menos. Este
es el aspecto principal de la “crisis del desarrollo”, que no puedo tratar
aquí.
(6)
Pero los “postulados” se desmoronan también en sí mismos y
por ellos mismos. Trataré de ilustrar sumariamente la situación
discutiendo algunos aspectos de la “racionalidad” económica y de la
“omnipotencia” de la técnica.
(7)
IV
Tal vez no sea difícil comprender por qué la economía
ha sido considerada durante dos siglos como el reino y el paradigma de la
“racionalidad” en los asuntos humanos. Su tema es lo que se había
convertido en la actividad central de la sociedad; su propósito es
probar (y para los oponentes, como Marx, refutar) la idea de que esta actividad
se realiza de la mejor manera posible en el cuadro del sistema social existente
y por su mediación. Pero también -feliz “accidente”- la economía
proporcionaba la posibilidad aparente de una matematización, ya que
concierne al único campo de actividad humana en que los fenómenos
parecen mensurables de una manera no trivial, en que incluso esta “mensurabilidad”
parece ser -y, hasta cierto punto, lo es efectivamente- el aspecto esencial
a los ojos de los agentes humanos a que concierne. La economía trata
de “cantidades” y , sobre este particular, todos los economistas siempre
se ponen de acuerdo (si bien, de vez en cuando, se ven forzados a discutir
la cuestión: ¿cantidades
de qué?). Así,
los fenómenos económicos parecían prestarse a un tratamiento
“exacto” y pasivo de la aplicación del instrumento matemático,
cuya formidable eficacia se demostraba día tras día en la física.
En este dominio, identificar máximo (o extremo) y óptimo parecía
ser lo que con toda evidencia debía hacerse, y así se hizo
rápidamente. Había un producto a maximizar y unos costes a
minimizar. Había, pues, una diferencia a maximizar: el producto neto
vendible por la firma, el “excedente” neto para la economía global
(“excedente” que aparece bajo la forma de “bienes” o de crecimiento del “ocio”,
tal como se mide por el “tiempo libre”, sin consideración del uso
o del contenido de ese “tiempo libre”).
¿Pero qué es el “producto” y qué son los “costes”? Las
bombas H se incluyen en el producto neto, pues el economista “no se ocupa
de los valores de uso”. Y se incluyen igualmente los gastos de publicidad
por medio de la cual se induce a la gente a comprar baratijas que probablemente
no habrían comprado sin ese recurso; y, desde luego, esas mismas baratijas.
Lo son también los gastos en que se incurre para limpiar a París
del hollín industrial; y, con cada accidente de carretera, el producto
nacional neto aumenta en títulos diversos. Aumenta igualmente cada
vez que una firma decide nombrar un vicepresidente suplementario que percibe
un salario sustancioso,
ex hypothesi, la firma no lo habría
nombrado si su producto marginal no fuera por lo menos igual a su salario).
Más generalmente, la “medida” del producto refleja las evaluaciones
de diversos objetos y de diversos tipos de trabajo realizados por el sistema
social existente, evaluaciones que, desde luego, reflejan a su vez la estructura
social existente. El PNB es lo que es
también porque un dirigente
de empresa gana veinte veces más que un barrendero. Pero incluso si
se aceptaran estas evaluaciones, la mensurabilidad de los fenómenos
económicos, dejando de lado las trivialidades, no es más que
una apariencia engañosa. El “producto”, sea cual fuere su definición,
es mensurable “instantáneamente” en el sentido de que siempre se puede
sumar, para el conjunto de la economía y para un momento dado, las
cantidades de los bienes producidos multiplicadas por los precios correspondientes.
Pero si los precios relativos y/o la composición del producto cambian
(lo que, de hecho, es siempre el caso), las “mediciones” sucesivas efectuadas
en momentos diferentes en el tiempo no se pueden comparar (como no se pueden
comparar, por la misma razón, las “mediciones” efectuadas sobre países
diferentes). Hablando en rigor, la expresión “crecimiento del PNB”
carece de sentido salvo en el caso ficticio en que no hay más que
una expansión homotética de todos los tipos de productos, y
nada más. En particular, en una economía de cambio técnico,
el “capital” no puede medirse de forma que tenga un sentido, salvo con la
ayuda de hipótesis
ad hoc altamente artificiales y contrarias
a los hechos.
Todo esto supone de inmediato que ya no es verdaderamente posible medir los
“costes” (ya que los “costes” de uno son para la mayoría los “productos”
de otro). Los “costes” tampoco pueden medirse por otras razones: porque la
idea clásica de la
imputación de tal parte del producto
neta a talo cual “factor de producción”, y/o del tal producto a tal
conjunto de medios de producción, es inaplicable. La imputación
de partes a “factores de producción” (trabajo y capital) implica postulados
y decisiones que rebasan en gran medida el dominio de la economía.
La imputación de costes a un producto dado no puede efectuarse a causa
de diversos tipos de indivisibilidad (que los economistas clásicos
y neoclásicos tratan como excepciones, a pesar de que están
presentes en todas partes) y a causa de la existencia de “externalidades”
de todas clases. Las “externalidades” significan que el “coste para la firma”
y el “coste para la economía” no coinciden y que aparece un excedente
(positivo o negativo) no imputable. Lo que es todavía más importante
es que las “externalidades” no están confinadas en el interior de
la economía como tal.
Se tenía la costumbre de considerar la mayor parte del medio ambiente
(su totalidad, a excepción de las tierras de propiedad privada) como
un “don gratuito de la naturaleza”. De la misma manera, el marco social,
los conocimientos generales, el comportamiento y las motivaciones de los
individuos se trataban implícitamente como “dones gratuitos de la
historia”. La crisis del medio ambiente no ha hecho más que poner
de manifiesto lo que siempre ha sido cierto (Liebig lo sabía hace
más de un siglo): un “estado apropiado” del medio ambiente
no es
un “don gratuito de la naturaleza” en todas las circunstancias y sin consideración
al tipo y a la expansión de la economía de que se trate. Ni
es tampoco un “bien” al que podría afectar un “precio” (efectivo o
“dual”), ya que nadie, por ejemplo, sabe cuál sería el coste
de una reglacialización de los casquetes glaciales polares, caso de
que se fundieran. Y el caso de países “en vías de (no-) desarrollo”
muestra que no se puede tratar al judaísmo, al cristianismo y al sintoísmo
como “dones gratuitos de la historia” , pues la historia ha “donado” a otros
pueblos el hinduismo o el fetichismo, los cuales, hasta ahora, aparecen más
bien como “obstáculos al desarrollo” proporcionados gratuitamente
por la historia.
Detrás de todo esto se encuentra la hipótesis oculta de la
separabilidad total, tanto en el
interior del campo económico
como
entre ese campo y los procesos históricos, sociales o
incluso naturales. La economía política supone continuamente
que es posible separar, sin que ello sea absurdo, las consecuencias que resultan
de la acción X de la firma A y el flujo total de los procesos en el
interior y el exterior de la firma; como también que los efectos de
la presencia o de la ausencia de un “total” dado de “capital” y de “trabajo”
pueden separarse del resto de la vida humana y natural de una manera que
tenga sentido. Mas, cuando se abandona esta hipótesis, la idea de
un cálculo económico en los casos no triviales se desmorona
y, con ella, la idea de la “racionalidad” de la economía en el sentido
admitido del término (como obtención de un extremo o de una
familia de extremos), tanto en el nivel teórico (de la comprensión
de los hechos) como en el nivel práctico (de la definición
de una política económica “optima”).
Lo que aquí se cuestiona no es simplemente la “economía de
mercado” y el “capitalismo privado” , sino la “racionalidad”, en el sentido
indicado anteriormente, de la economía (de toda economía en
expansión) como tal; pues las ideas en que se funda lo que acaba de
decirse se aplican igualmente, ya en sentido literal, ya
mutatis mutandis,
a las economías “nacionalizadas” y “planificadas”.
Para ilustrar este último punto utilizaré otro ejemplo, que
se refiere a la cuestión fundamental del
tiempo. La economía
política sólo tiene en cuenta al tiempo, en tanto que pueda
ser tratado como no-tiempo, como medio neutro y homogéneo. Una economía
en expansión implica la existencia de la inversión (“
neta”)
, y la inversión está íntimamente ligada con el tiempo,
dado que en la inversión se ponen en relación el pasado, el
presente y el futuro. Pues bien, las decisiones que conciernen a la inversión
jamás pueden ser “racionales” salvo en el nivel de la firma y a condición
de que se sujeten a un punto de vista muy estrecho. Ello es así por
múltiples razones, de las que sólo mencionaré dos. Primero,
no solamente “el futuro es incierto”, sino que el
presente es desconocido
(constantemente suceden cosas en todas partes, otras firmas se disponen a
tomar decisiones, la información es parcial y costosa, y esto en grados
diferentes para los diferentes agentes, etc.). En segundo lugar, como ya
se ha dicho, los costes y el producto no se pueden medir verdaderamente.
El primer factor podría, en teoría, eliminarse en una economía
“planificada”. El segundo no se podría eliminar .
Pero en todos los casos surge una cuestión mucho más importante:
¿cuál es la tasa
global correcta de inversión?
¿La sociedad debería consagrar a la inversión (“neta”)
un 10, 20, 40 u 80 % del producto (“neto”)? La respuesta clásica,
para las economías “privada”», era que “la” tasa de interés
constituía el factor de equilibrio entre la oferta y la demanda de
ahorro, y en consecuencia el “regulador” apropiado de la tasa de inversión.
Esta respuesta, como se sabe, es un puro sinsentido. (“La” tasa de interés
no existe; es imposible admitir que la tasa de interés es el principal
determinante del ahorro total, que el nivel de los precios es estable, etc.).
Von Neumann probó, en 1934, que mediante ciertas hipótesis,
la tasa de interés “racional” debería ser igual a la tasa de
crecimiento de la economía. ¿Pero cuál
debería
ser esa tasa de crecimiento? Suponiendo que esa tasa de crecimiento esté
en función de la capacidad de producción, y sabiendo que esta
capacidad depende de la tasa de inversión, nos vemos remitidos a la
cuestión inicial: ¿cuál debería ser la tasa de
inversión? Planteemos la hipótesis adicional de que los “planificadores”
se fijan el objetivo de maximizar el “consumo final” en un período
dado. Entonces la cuestión es: ¿cuál es la tasa de inversión
que maximizaría (bajo hipótesis complementarias que conciernen
a la “productividad física” del capital adicional) en un “estado permanente”
(o “estacionario”:
steady state) la integral del “consumo final” (individual
o público, de “bienes” o de “ocios”)? El valor de esta integral depende,
desde luego, del intervalo de integración. es decir, del horizonte
temporal que los “planificadores” han decidido tomar en consideración.
Si el consumo a maximizar es el consumo “instantáneo” (horizonte temporal
nulo), la tasa de inversión apropiada es evidentemente cero. Si el
consumo debe ser maximizado “para siempre” (horizonte temporal infinito),
la tasa apropiada de la inversión es casi el 100 % del producto (“neto”),
suponiendo que la “productividad física marginal” del capital continúe
siendo positiva para todos los valores correspondientes de la inversión.
Las respuestas que “tienen un sentido” se sitúan evidentemente entre
estos dos ero ¿dónde exactamente y
por qué? No
existe ningún “cálculo racional” que pueda mostrar que un horizonte
temporal de cinco años es (para la sociedad) más o menos “racional”
que un horizonte temporal de cien años. La decisión deberá
tomarse sobre bases distintas de las “económicas”.
Todo esto no significa que cuanto sucede en la economía es “irracional”
en un sentido positivo, y aún menos que es ininteligible; sino que
podemos tratar los procesos económicos como un flujo homogéneo
de valores cuyo único aspecto pertinente sería que son medibles
y deben ser maximizados. Ese tipo de “racionalidad” es secundario y subordinado.
Podemos servirnos de ella para despejar una parte del terreno y eliminar
algunos absurdos manifiestos. Pero los factores que hoy en día conforman
efectivamente la realidad, y entre ellos, las decisiones de los gobernantes,
de las empresas y de los individuos, no pueden someterse a este género
de tratamiento. y en una sociedad nueva y distinta serían de una naturaleza
totalmente diferente.
V
La cuestión de la técnica se discute desde hace largo tiempo
en el interior de marcos míticos que se suceden los unos a los otros.
Al principio, el “progreso técnico” era naturalmente, bueno y nada
más que bueno. Luego el progreso técnico llegó a ser
bueno “en sí mismo”, pero utilizado mal (o para el mal) por el sistema
social existente; en otros términos, la técnica se consideraba
como un medio en sí mismo neutro en cuanto a los fines. Esta sigue
siendo, en la actualidad, la posición de los científicos, los
liberales y los marxistas; no hay nada, por ejemplo, que decir en contra
de la industria moderna como tal: lo que no está bien es que se la
utilice en provecho y para el poder de una minoría, en lugar de para
el bien de todos. Esta posición se apoya en dos falacias combinadas:
la falacia de la separabilidad total de los medios y los fines y la falacia
de la composición. El hecho de que se pueda utilizar el acero para
fabricar, indiferentemente, arados o cañones,
no implica que
el sistema total de máquinas y de técnicas existentes hoy pueda
ser utilizado, indiferentemente, para “servir” a una sociedad alienada y
una sociedad autónoma. Ni ideal ni realmente se puede separar el sistema
tecnológico de una sociedad de lo que
es esa sociedad. Y ahora
hemos llegado más o menos a una posición situada exactamente
en las antípodas de la posición inicial: cada vez son más
numerosas las personas que piensan que la técnica es mala en sí
misma.
Debemos intentar penetrar más profundamente en la cuestión.
La ilusión no consciente de la “omnipotencia virtual” de la técnica,
ilusión que ha dominado los tiempos modernos, se apoya en otra idea
no discutida y disimulada: la idea de
potencia. Una vez se comprende
esto, resulta claro que no basta con preguntarse simplemente: ¿potencia
para hacer qué, potencia
para quién? La cuestión
es: ¿en qué
consiste la potencia e, incluso, en qué
sentido no trivial
hay alguna vez realmente potencia?
Tras la idea de potencia yace el fantasma del control total, de la voluntad
o del deseo que domina todo objeto y toda circunstancia. Ciertamente, ese
fantasma ha estado siempre presente en la historia humana, ya sea “materializado”
en la magia, etc. , ya sea proyectado sobre cualquier imagen divina. Pero
es bastante curioso que siempre haya habido también una conciencia
de ciertos límites prohibidos al hombre, como muestran el mito de
la Torre de Babel o la
hybris griega. Evidentemente, todo el mundo
admitiría que la idea de control total o, mejor aún, de dominio
total es intrínsecamente absurda. Pero no es menos cierto que
es
la idea de dominio total la que forma el motor oculto del desarrollo tecnológico
moderno. El absurdo directo de la idea de dominio total se camufla tras el
absurdo menos brutal de la “progresión asintótica”. La humanidad
occidental ha vivido durante siglos con el postulado implícito de
que siempre es posible y realizable alcanzar más potencia. El hecho
de que, en tal dominio y con tal finalidad particulares, se pudiera hacer
“más”, ha sido considerado como significativo de que, en todos los
dominios reunidos y para todas las finalidades imaginables, la “potencia”
podía agrandarse sin límites.
Lo que ahora sabemos con certeza es que los fragmentos de “potencia” sucesivamente
conquistados permanecen siempre locales, limitados, insuficientes y, muy
probablemente, inconsistentes, si no rotundamente incompatibles entre ellos
de modo intrínseco. Ninguna gran “conquista” técnica escapa
a la posibilidad de ser utilizada de un modo distinto a como se había
pensado en principio; ninguna está desprovista de efectos laterales
“indeseables”; ninguna evita interferir con el resto -ninguna, en todo caso,
de entre las que produce el tipo de técnica y de ciencia que
nosotros
hemos “desarrollado”-. A este respecto, la
“potencia” aumentada es también,
ipso facto, impotencia aumentada, o incluso “antipotencia”, potencia de hacer
surgir lo contrario de lo que se pretendía; ¿y quién
calculará el balance neto, en qué términos, sobre qué
hipótesis, para qué horizonte temporal?
También aquí la condición operante de la ilusión
es la idea de la separabilidad. “Controlar” las cosas consiste en aislar
factores separados y circunscribir con precisión los “efectos” de
su acción. Esto funciona, hasta cierto punto, con los objetos corrientes
de la vida cotidiana; así es como procedemos a reparar un motor de
automóvil. Pero, cuanto más avanzamos, vemos con más
claridad que la separabilidad es sólo una “hipótesis de trabajo”
con validez local y limitada. Los físicos contemporáneos comienzan
a darse cuenta del verdadero estado de cosas; suponen que los callejones
aparentemente sin salida de la física teórica se deben a la
idea de que pueden existir cosas tales como “fenómenos” separados
y singulares, y se preguntan si no se debería tratar el Universo más
bien como una entidad única y unitaria.
(8) Por otro
lado, los problemas ecológicos nos obligan a reconocer que la situación
es similar en lo que concierne a la técnica. También aquí,
más allá de ciertos límites, no se puede considerar
que la separabilidad cae por su peso; y esos límites permanecen desconocidos
hasta el momento en que amenaza la catástrofe.
La polución y los dispositivos dedicados a combatirla proporcionan
una primera ilustración, banal y fácilmente contestable. Desde
hace más de veinte años se han instalado dispositivos contra
la polución en las chimeneas de las fábricas, etc. para retener
las partículas de carbón contenidas por el humo. Estos dispositivos
se mostraron muy eficaces y la atmósfera alrededor de las ciudades
industriales contiene actualmente mucho menos CO
2 que antes.
Sin embargo, en el curso del mismo período la acidez de la atmósfera
se ha multiplicado por mil (mil veces) y la lluvia que cae sobre ciertas
partes de Europa y de América del Norte es hoy tan ácida como
el “jugo de limón puro”, lo cual supone efectos graves que ya se pueden
percibir, sobre el crecimiento de los bosques, pues el azufre contenido en
el humo y fijado anteriormente por el carbono se desprende ahora con libertad
y se combina con el oxígeno y el hidrógeno atmosféricos
para formar ácidos.
(9) El hecho de que los ingenieros,
los hombres de ciencia, las administraciones no hayan pensado en ello antes
de que sucediera, puede parecer ridículo; pero esto no hace la cosa
menos cierta. La respuesta será: “La próxima vez lo sabremos
y lo haremos mejor”. Tal vez.
Consideremos ahora la cuestión de la píldora anticonceptiva.
Las discusiones y las preocupaciones. sobre sus eventuales efectos laterales
indeseables se han centrado sobre la cuestión de saber si las mujeres
que utilizan la píldora podrían engordar o contraer el cáncer.
Admitamos que se demuestra que tales efectos no existen o que se pueden combatir.
Pero tengamos el valor de reconocer que esos aspectos de la cuestión
son microscópicos. Dejamos de lado el que tal vez sea el aspecto más
importante de la píldora, el aspecto psíquico, del que prácticamente
nadie habla: ¿qué podría suceder a los seres humanos
si comenzaran a considerarse como dueños absolutos de la decisión
de dar o de no dar la vida, sin que tuvieran que pagar esta “potencia” a
un precio cualquiera (salvo trescientas pesetas al mes)? ¿Qué
podría suceder a los seres humanos si se separasen de su condición
y de su destino animal, relativos a la producción de la especie? No
digo que ocurriera alguna cosa necesariamente “mala”. Digo que todo el mundo
considera natural que esta “potencia” suplementaria no puede ser más
que “buena” , e incluso simplemente que
es “potencia” de verdad. Vayamos
al aspecto propiamente biológico. La píldora es “eficaz” porque
interfiere en los procesos de regulación fundamentales, profundamente
ligados a las funciones más importantes del organismo, sobre las cuales
no “sabemos” prácticamente nada. Pues bien, por lo que respecta a
sus efectos eventuales sobre esta relación, la cuestión pertinente
no es: ¿qué puede ocurrir a una mujer si toma la píldora
durante diez años? La cuestión pertinente es: ¿qué
podría ocurrir a la especie si las mujeres tomaran la píldora
durante mil generaciones (digo bien, mil generaciones ), es decir, al cabo
de veinticinco mil años? Este período corresponde a un experimento
con una cepa de bacterias durante unos
tres meses. Pues bien, veinticinco
mil años son evidentemente un lapso de tiempo “privado de sentido”
para nosotros. En consecuencia, actuamos como si no preocuparse de los posibles
resultados de lo que hacemos estuviera “lleno de sentido”. En otros términos:
disponiendo de un tiempo lineal y de un horizonte temporal infinito, actuamos
como si el único intervalo de tiempo significativo fuera el de los
pocos años que tenemos por delante.
En el país del que procedo la generación de mis abuelos no
había oído hablar jamás de planificación a largo
plazo, de externalidades, de deriva de los continentes o de expansión
del Universo. Pero, incluso durante su vejez, continuaban plantando olivos
y cipreses sin plantearse problemas sobre los costes y los rendimientos.
Sabían que tendrían que morir y que hacía falta dejar
la tierra en buen estado para los que vendrían después de ellos,
tal vez nada más que por la tierra en sí misma. Sabían
que, fuera cual fuese la “potencia” de que pudieran disponer, no podía
tener resultados benéficos más que si obedecían a las
estaciones, observaban los vientos y respetaban al imprevisible Mediterráneo,
si cortaban los árboles en el momento oportuno y dejaban al mosto
del año el tiempo que necesitaba para hacerse. No pensaban en términos
de infinito y tal vez no habrían comprendido el sentido de esa palabra;
pero actuaban, vivían y morían en un tiempo verdaderamente
sin fin. Es evidente que el país todavía no se había
desarrollado.
VI
Se sabe que sobre este planeta, en el curso de miles de millones de años,
se desplegó un biosistema equilibrado compuesto por millones de especies
vivas diferentes y que, durante cientos de milenios, las sociedades humanas
consiguieron crearse un hábitat material y mental, un nicho biológico
y metafísico alterando el medio ambiente sin dañarlo. A pesar
de la miseria, la ignorancia, la explotación, la superstición
y la crueldad, esas sociedades consiguieron crearse a la vez modos de vida
bien adaptados y mundos coherentes de significaciones imaginarias de una
riqueza y de una variedad sorprendentes. Dirijamos la mirada hacia el siglo
XIII, paseémosla desde Chartres a Dorobudur y de Venecia a los mayas,
de Constantinopla a Pekín y de Kublai-Kan a Dante, de la casa de Maimónides
en Córdoba hasta Nara y de la
Magna Carta hasta los monjes
bizantinos que copiaban a Aristóteles; comparemos esta fantástica
diversidad con la situación presente del mundo, en la que los países
no difieren realmente los unos de los otros en función de su presente
-el cual, como tal, es
el mismo en todas partes- sino solamente en
función de los restos de su pasado.
Esto es el mundo “desarrollado”.
Pero los usos del pasado son limitados. A pesar de la simpatía que
se puede sentir hacia los movimientos “naturalistas” de hoy en día
y por lo que tratan de expresar, sería evidentemente ilusorio pensar
que podríamos restablecer una sociedad “preindustrial” o que quienes
hoy detentan el poder lo abandonarían espontáneamente si se
vieran enfrentados a una hipotética deserción creciente de
la sociedad industrial. Y esos mismos movimientos se encuentran presos en
contradicciones. Ha habido muy pocas “comunidades” que carecieran de música
grabada; y un magnetófono implica la totalidad de la industria moderna.
Sería igualmente catastrófico comprender mal, interpretar mal
y subestimar lo que ha aportado el mundo occidental. A través y más
allá de sus creaciones industriales y científicas y los correspondientes
trastornos de la sociedad y de la naturaleza, ha destruido la idea de
physis
en general y su aplicación a los asuntos humanos en particular.
El Occidente ha hecho esto mediante una interpretación y una realización
“teórica” y «práctica» de la “Razón”, interpretación
y realización específicas, llevadas a su extremo. Al final
de este proceso ha alcanzado un lugar en donde ya no hay, y no puede haber,
punto de referencia o de estado fijo, de “norma”.
En la medida en que esta situación induce al vértigo de la
“libertad absoluta” , puede provocar la caída en el abismo de la esclavitud
absoluta. Y desde ahora Occidente es esclavo de la idea de la libertad absoluta.
La libertad, concebida antaño como “conciencia de la necesidad” o
como postulado de la capacidad de actuar según la pura norma ética,
se ha vuelto libertad desnuda, libertad como pura arbitrariedad (
Willkür).
Lo arbitrario absoluto es el vacío absoluto; hay que llenar el vacío,
y esto se hace con “cantidades”. Pero el aumento sin fin de cantidades tiene
un fin no solamente desde un punto de vista exterior, ya que la Tierra es
finita, sino desde un punto de vista interno, porque “más” y “más
grande” ya no equivalen a “diferente”, y el “más” se vuelve cualitativamente
indiferente. (Un crecimiento del PNB del 5% en un año significa
que, cualitativamente, la economía se encuentra en el mismo estado
que el año precedente; la gente estima que su condición ha
empeorado si su “nivel de vida” no se ha “elevado”, y no estima que ha mejorado
si ese “nivel” no se ha elevado siguiendo el porcentaje “normal”.) Aristóteles
y Hegel ya sabían perfectamente todo esto. Pero, como ocurre a menudo,
la realidad sigue al pensamiento con un considerable retraso.
Sin embargo, a menos que se diera un choque de rechazo religioso, místico
o irracional de cualquier naturaleza -choque de rechazo improbable, pero
no imposible-, el principal resultado de esta destrucción de la idea
de
physis no podría ser escamoteado en lo sucesivo, pues
es
cierto que el hombre no es un ser “natural”, aunque tampoco sea un animal
“racional”. Para Hegel el hombre era “un animal enfermo”. Más bien
se debería decir que el hombre es un animal loco que, mediante su
locura, ha inventado la razón. Al ser un animal loco, ha hecho naturalmente
de su invento, la razón, el instrumento y la expresión más
metódica de su locura. Ello es así, podemos saberlo ahora,
porque así se ha producido en realidad.
¿En qué medida este saber puede ayudamos en nuestra experiencia
actual? Muy poco y mucho. Muy poco, pues la transformación del estado
presente de la sociedad mundial no es evidentemente un asunto de saber, de
teoría o de filosofía. Muy poco también porque no podemos
renunciar a la razón del mismo modo que no podemos separar libremente
“la razón en cuanto a tal” y su realización histórica
actual. Seríamos insensatos si pensáramos, por nuestra parte,
que podríamos considerar la razón como un “instrumento” que
debería destinarse a un uso mejor. Una cultura no es un menú
en el que podemos elegir lo que nos gusta y descartar el resto.
Pero este saber puede ayudamos mucho si nos hace capaces de denunciar y destruir
la ideología racionalista, la ilusión de la omnipotencia, la
supremacía del “cálculo” económico, el absurdo y la
incoherencia de la organización “racional” de la sociedad, la nueva
religión de la “ciencia”, la idea del desarrollo por el desarrollo.
Esto podemos hacerlo si no renunciamos al pensamiento y a la responsabilidad,
si vemos la razón y la racionalidad en la perspectiva apropiada, si
somos capaces de reconocer en ellas creaciones históricas del hombre.
La crisis actual avanza hacia un punto en el que o bien nos enfrentaremos
con una catástrofe natural o social, o bien, antes o después
de esto, los hombres reaccionarán de un modo u otro y tratarán
de establecer nuevas formas de vida social que tengan un sentido para ellos.
Esto no podemos hacerlo por ellos y en su lugar; ni tampoco podemos decir
cómo se podría hacer. Lo único que está a nuestro
alcance es destruir los mitos que, más que el dinero y las armas,
constituyen el obstáculo más formidable en la vía de
una reconstrucción de la sociedad humana.
Notas
(1)
Rat's race: expresión que se hizo corriente
en Estados Unidos a partir de 1950 para designar el modo de vida dominado
por el intento general de ascender en la jerarquía y en la escala
del consumo.
(2) Es decir, hacer que esos costes corran a cargo de las
firmas polucionantes y no del público (el Estado). Las “economías
externas” o “externalizadas” (positivas o negativas), de las que también
se tratará posteriormente, engloban todos los efectos de las actividades
de una firma sobre las demás firmas y la sociedad (como también
los efectos de las otras firmas, etc. sobre una firma dada), los cuales disminuyen
(o aumentan) los costes de producción de aquellas. En la conceptualización
económica reinante, la destrucción del medio ambiente aparece,
y no puede aparecer de otro modo, como una “economía (negativa) externa”
que resulta del funcionamiento de la firma.
(3) Estas cifras, que corresponden en bruto a los datos estadísticos
oficiales para 1973 y 1974, tienen sobre todo un valor ilustrativo, pero
representan correctamente los órdenes de tamaño de las variables
planteadas.
(4) Para una discusión más amplia de este problema,
el lector puede consultar mi estudio: “Valeur. égalité. justice.
politique: de Marx à Aristote et d' Aristote a nous”,
Textures,
n.o 12/13, 1975; impreso de nuevo en
Les Carrefours du Labyrinthe,
a publicar por Éditions du Seuil, cf también
L'lnstitution
imaginaire de la Société (Le Seuil, 1975), p. 272-274.
(5) Cf.
L 'lnstitution imaginaire..., op. cit.,. en
particular p. 190 s. y p. 457 s.
(6) Me permito remitir al lector a mis libros
La Société
bureaucratique, vol. l y 2 y
L'Expérience du mouvement ouvrier,
vol. l y 2, ed. 10/18, 1973 y 1974.
(7) He discutido en otros lugares ciertos aspectos del problema
de la ciencia moderna, comprendida la “ilusión asintótica”:
“Le monde morcelé”,
Textures, nº 4/5, 1972, ampliado luego
en “Science moderne et interrogation philosophique”,
Encyclopaedia Universalis.
Vol. 17 (Organum), 1974; reimpreso ahora en
Les Carrefours du Labyrinthe.
op. cit.
(8) Véanse los buenos artículos de Wigner,
d'Espagnat. Zeh y Bohm en d'Espagnat (ed.).
Foundations of Quantum Mechanics.
Nueva York y Londres.
1971.
(9)
International Herald Tribune, 14 de junio, 1974.