FUNDACIÓN

ANDREU NIN

Che: más allá de estatuas y besos

Reinaldo Cedeño

Iniciativa Socialista nº 46, octubre 1997

 


La Avenida de las Américas no es sólo un bello y simbólico nombre de una arteria principal de Santiago de Cuba, oriental ciudad cubana de casi medio millón de habitantes, donde la historia enseñorea por doquier.

Allí, en uno de sus tramos principales, se halla "El Bosque de los Héroes", conjunto monumentario en homenaje a la guerrilla del Che en Bolivia, inaugurado en la década del 70.

En mármol blanco, con una configuración de delgados bloques entrelazados, a trazos velados y en una pequeña elevación, aparecen las siluetas y los nombres del Che y sus compañeros, según la concepción de la más famosa de los escultores cubanos, Rita Longa, la misma que realizó la bailarina que identifica al mundialmente conocido cabaret Tropicana e hizo un monumento a Martí en Oleiros (España).

La última vez que visité el lugar, una joven pareja, al amparo de una relativa soledad, hacía de sus besos su única realidad. Pensé que el sitio no podría verse como simple sagrario, y que no había mejor tributo que este, un beso a la vida. Recordé incluso aquella frase de que el revolucionario verdadero actúa guiado por sentimientos de amor.

Pero a Ernesto Guevara de la Serna, el Che, hay que traerlo a nuestros días, más allá de esculturas y besos.

Aunque hoy vivimos un mundo finisecular y postmoderno, donde las verdades de ayer se descabezan y las estrellas se prefabrican desde la televisión, al Che no puede rendírsele homenaje desde la oficina refrigerada mientras sus ideas -las que le sostienen- son acuchilladas, vistas desde una sola pieza, desconocidas.

Quienes hoy, a 30 años de su caída y desde cualquier geografía, pretenden rendirle tributo, no pueden descalificar estas clarinadas. Será como dice la escritora salvadoreña Claribel Alegría: "Las astillas filosas de tu espejo / empiezan a enconarse en pies desnudos".

Algunas de sus palabras o actitudes serían hoy inconvenientes, casi subversivas, por tan genuinas, como disparo de luz o bofetada.

No hay cabeza que no se incline ante un hombre que no se dejó seducir por cargos, ni por el vaho de guerrero victorioso, ni por posibles favoritismos que hoy algunos disfrutan. La comodidad le quemaba egoísta.

No permaneció tranquilo ni siquiera cuando tenía puestos codiciados en cualquier lugar de este planeta: Ministro de Industria, Presidente del Banco Nacional y representante internacional.

Hasta los renuentes y descreídos, o sus enemigos de tajo, quienes le han tildado de aventurero, loco, idealista incorregible, ansioso de glorias, se preguntaron -ante tanto oro falso- de que material estaba hecho este hombre, cual salido de un canto épico, pero decididamente real.

En su 39 cumpleaños no destapó ninguna cerveza ni su hogar fue convite de amigos. Citemos su diario del 14 de junio de 1.967: "Pasamos el día en la aguada fría, al lado del fuego, esperando noticias ... se acerca inexorablemente una edad que da qué pensar sobre mi futuro guerrillero; por ahora estoy entero".

Hay que leer su Diario, de vado a montaña, de río a río, para apreciar cuánto sintió suya la libertad para resistir aquel cansancio "como si me hubiera caído una peña encima" o "el asma a todo vapor", y una movilización de apoyo que nunca se materializó.

Ñancahuzú sería sólo un difícil nombre quechua en algún rincón olvidado si no se hubiese librado allí la última batalla de la guerrilla de cubanos, argentinos, bolivianos y peruanos, encabezados por el Che.

En Cuba, el lema de los pioneros es "seremos como el Che". Cuando fui niño, siempre se dibujó en mi mente una figura grande, mas repetía aquella consigna con la rutina de lo cotidiano, como otra más.

De grande he comprendido que su significado no era clonar su personalidad -por tomar una palabrita de moda-, no era armar una guerrilla, sino ser mejores humanos con actos al alcance nuestro, como tender una mano al sufrido o necesitado, y no hacer filas al lado del hipócrita, del plegado, del servil.

Cuando por vez primera vi su fotografía en la lavandería del hospital de Vallegrande (Bolivia), tirado y duramente muerto, contrasté aquella imagen mirando de frente, ojos parlantes, boina y estrella de nuestro fotógrafo Korda, y que se ha convertido en una de las más conocidas. Y supe de golpe la dimensión colosal del ser humano que no reparó en su condición de sencillo mortal.

La demagogia siempre le fue paralela, jamás le encontró.

Al Che hay que acercarlo en aquella carta de despedida a Fidel: "No dejo a mis hijos nada material y no me apena: me alegra que así sea". ¡Qué clase de lección ética!, ¿quién, ante el nepotismo actual, recoge su enseñanza cuando la ética anda a gritos y el entramado social se permea de tantas cosas distantes a ésta en los países por los que anduvo y en aquéllos donde jamás puso los pies?.

Mientras en los parajes sudamericanos algunos lo veneran como San Ernesto de La Higuera, al Che hay que reflejarlo en aquél que es capaz de volcar su exclusivo plato de arroz con pollo, dado en la regalía de un visita, y revolverlo en la olla colectiva para que todos comieran arroz con pollo. Ese solo pasaje lo retrata entero.

Ernesto Guevara no obviaba temas y pensaba por sí mismo, y cuando algunos calcaron el modelo artístico del realismo socialista, propugnado por la Unión Soviética, como visión ideal, edulcorada y absurda de la realidad, consideró que no era el modelo valedero, que lo más saludable era ir a las características propias. El tiempo, juez sin fallas, le dio la razón.

El Che develó en el concepto revolucionario al que no se estanca, al inconforme que revoluciona, al que no se calla. No quería complacientes mordazas ni declaraciones a medias. Y así lo dijo: "No debemos crear asalariados dóciles al pensamiento oficial, ni becarios que vivan al amparo del presupuesto, ejerciendo una libertad entre comillas".

"La culpabilidad de muchos de nuestros intelectuales reside en el pecado original, no son auténticos revolucionarios ... Las posibilidades de que surjan artistas excepcionales será tanto mayor cuanto más se haya ensanchado el campo de la cultura y la posibilidad de expresión". Un golpe a cualquier reja, a la del alma, a la de hierro, a la del pensamiento, en el socialismo y el hombre, en Cuba.

Desde las páginas de la revista cubana Verde Olivo siempre fue consecuente, y su seudónimo de "el francotirador" no fue simple anuncio formal.

Muchos exhiben hoy su imagen en textiles, sellos, pegatinas. Pareciera que es, cada vez más, un boom. Algunos, con ópticas muy prácticas, lo pretenden convertir en punta de lanza y producto emblemático del comercio en dólares.

Ante los pechos fatuos que lo exhiben como decoración -y que debían llevar más bien una imagen lisa o, incluso, la de un Fouché o un Mussolini- no debemos guardar la voz, porque él nunca se calló ni trotó por caminos de conveniencia. Duele, sobre todo cuando uno conoce, que clase de gente por ahí lo pone a su alcance; como fachada virtual a su indigencia espiritual, cuanto oportunista se escuda.

El trabajo voluntario es aquel que se realiza voluntariamente, en horario extralaboral y sin recibir remuneración alguna. Fue una vía que el Che entendió como forjadora de nuevos tipos de hombres. Pero él lo hizo palpablemente, concretamente, a la vista de todos.

Si fue o no un romanticismo no es el objetivo de este artículo, mas nunca se atrevió a impulsarlo, a pedirlo, para luego excusarse y no hacerlo dadas sus responsabilidades.

Los voluntarios que hoy, en España y en varios lugares del mundo, se emplean en diversas tareas, están rindiéndole un homenaje de verdad.

No entendió el trabajo voluntario como mecanismo para ganar puntos, méritos, lo que desvirtúa su propósito y lo convierte en sofisma. No llamó al mundo para que lo viese o hizo de esa entrega la falsía para obtener prebendas. Así lo anotó en los apuntes de visitas a diversas empresas.

"... si es solamente el ambiente, las presiones morales las que obligan al hombre a hacer trabajo voluntario, entonces continúa aquello de la enajenación del hombre, es decir, no se realiza algo que sea una cosa íntima, una cosa nueva hecha en libertad (...) y entonces pierde mucho el trabajo voluntario."

En ocasiones, tales aseveraciones se tornan en referencias ajenas o inútiles, cuando ahora lo contrario toma cuerpo.

El Che no pidió sacrificios a sus compañeros de guerrilla que el mismo no hiciese. Cuando se mudó a una casa más grande en Taratá por su asma, explicó en carta pública su decisión y las razones.

Es, sencillamente, lo no sencillo: el ejemplo. Eso no hay palabra que lo supla. No hay tiempo que lo corroa, aunque no sea la década de The Beatles, la masiva liberación africana, el primer alunizaje, la crisis de los misiles y Vietnam, sino una bien distinta.

El Che siempre está vigilante, referencia, pese a que a algunos moleste. Está siempre resistiéndose a morir. Como dijo el gran poeta cubano Elíseo Diego, está "donde nunca jamás se lo imaginan".
 


Edición digital de la Fundación Andreu Nin, enero 2004



 
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