Luisa Cortezón
Texto de memorias de Luisa Cortezón,
hija de Eusebio Cortezón, militante del
POUM y concejal de Astillero (Santander) ejecutado por los franquistas
el 7 de diciembre de 1938 a pesar de que su condena a muerte había
sido conmutada. Luisa Cortezón nos ofrece un testimonio desgarrador,
valiente y necesario de su vida.
Mis recuerdos los empecé a escribir en 2004 porque me lo pidieron
mi sobrina y mi hija. No sé si no me estoy metiendo en una aventura
que no es de mi edad….Veremos lo que sale, si algo sale…
Nosotros formábamos una gran familia, siete hermanos, padre, madre
y abuela materna. Total, diez personas. A la hora de comer raramente estabámos
solos. Cuando no era uno, eran dos o tres niños los que venían
a comer a casa, los padres estaban en paro.
A mi madre, Matilde, la llamaban «el paño de lágrimas
del barrio», en caso de necesidad o consejo todos acudían a
ella.
A mi padre, Eusebio, todo el pueblo le admiraba y respetaba. Nosotros le
adorábamos, a mi madre también pero yo creo que todos preferíamos
a mi padre. Era un hombre de una gran personalidad. Además de su trabajo,
por la mañana en la Campsa y por la tarde en su taller de ebanisteria
y talla se ocupaba de muchas otras cosas, fue durante un cierto tiempo teniente
alcalde y después concejal del pueblo. En su taller, enseñó
a varios chicos el oficio y así pudieron encontrar trabajo. Su mayor
preocupación era la defensa de los obreros.
Mi abuela era una buena mujer, le robaba a mi madre para socorrer a los vecinos.
A mí no me quería mucho pero yo la quería a ella y eso
me hacía sufrir. Murió unos meses antes de la guerra, fue el
primer entierro civil en Astillero, al que acudió mucha gente.
Entre los hermanos, cuatro chicas, María, Felicidad, Elena y yo, Luisa,
la más joven, después tres chicos más pequeños,
Eusebio, Wolney y José Luis. Nos llevába mos muy bien aunque,
de vez en cuando, estallara alguna pelea.
Eramos una familia feliz y apreciada.
El 18 de julio de 1936 estalló la guerra civil, con todas sus consecuencias.
Unos meses más tarde empezaron a faltar los víveres y comenzó
el racionamiento y con él el hambre. Empezaron también los
bombardeos, la tranquilidad se acabó. Se instalaron el miedo y la
angustia que nunca más desaparecieron. Al contrario, lo peor, lo inimaginable
pronto iba a pasar.
Las tropas franquistas, ayudadas por los alemanes y los italianos, avanzan
sembrando el pánico y la muerte. Mi padre, preocupado por nosotros,
pide que nos hagan evacuar. A últimos de julio, no recuerdo la fecha
exacta, evacuamos hacia Asturias. Venían con nosotros dos personas
que mi padre hizo pasar por familiares : la señora Justa de 65 años,
y su hija, los dos hijos estaban en en frente. Quedaron en Santander sólo
mi padre y mi hermana mayor, María, "la Cuca". Tenía 20 años
y se marchó al frente como enfermera de guerra.
Cuando salíamos en una camioneta cerrada, la carretera estaba cortada
en Torrelavega, tres aviones ametrallaban sin cesar, otros tres tomaron su
lugar cuando el combustible se les acabó. Nos refugiamos en un maízal
hasta que pasó un hombre que le dijo al chófer que si queríamos
pasar teníamos que hacerlo rápidamente, antes de que cortaran
la carretera de Suances, que allí los aviones ametrallaban día
y noche. Pasamos, según nos dijeron después sólo otro
vehículo pudo hacerlo detrás de nosotros pues cortaron la carretera.
Llegamos a Gijón donde no nos recibieron bien : aquel día hubo
un bombardeo y nos decían que era por nuestra culpa. Desde allí
nos llevaron en camiones a un pueblo llamado Lieres, nos alojaron en el palacio
de Cabanellas que estaba completaments vacío y que era conocido por
« el Palacio de Horca y Cuchillo ». La gente nos decía
que cuando la Revolución de Asturias, allí martirizaron y asesinaron
a mucha gente. La verdad es que en el desván nosotras encontramos
varios enseres de suplicio como una horca, una silla eléctrica, látigos
con clavos en las puntas y también dos pares de esposas. Estivimos
allí unas cincuenta personas, unos veinte días sin que nos
dieran racionamiento. Dormíamos en el suelo. Mi hermana Felicidad
estaba enferma, para que esuviese un poco más cómoda le hicimos
un colchón con unas casullas (preciosas) que encontramos en una capilla
que había en el palacio. La verdad es que era un palacio muy
tétrico y nadie se atrevía a ir solo de una habitación
a otra. Para comer teníamos que ir por los pueblos de alrededor a
ver si nos vendían algo ; salvo algunas alubias lo que encontrábamos
eran manzanas, leche de vez en cuando. Salíamos por la mañana
y regresábamos al atardecer, algunos días andábamos
hasta 25 kilómetros. Los encargados de este trabajo éramos
mi hermano Eusebio y yo, acompañados de Jandruca y Rueda, que pertenecían
a otras familias. Mi madre y Elena se encargaban de la cocina. Como en la
cocina, aunque era muy grande había tanta gente pues siempre
había líos mi madre y mi hermana se bajaron al jardín
y con unos ladrillos hicieron un hornillo y allí cocinaban ¡como
los gitanos!
Estuvimos en ese palacio unos veinte días. Después, volvieron
los camiones y nos llevaron al muelle del Musel donde embarcamos en el «Luis
Adaro», un barco de carga. Nos metieron a 360 personas en la bodegas
donde aùn quedaban restos de carbón. Eramos mujeres, niños
y adolescentes, salvo un joven militar herido y dos viejos, esto en nuestra
bodega, en las otras no puedo decir. Salimos del Musel bien caída
la noche, hacia la una de la mañana, rumbo a Francia. Ya en aguas
francesas el barco pirata de Franco, «El Almirante Cerbera»,
nos alcanzo y nos hizo presos sin que las autoridades francesas, gobernadas
por el Frente Popular, intervinieran. De acuerdo con los Ingleses, que temían
perder las minas de hierro que tenían en España, consintieron
que la matanza de miles de hombres se realizara, que la República
española fuera asesinada. Churchill, que todo lo dirigía, sabía
perfectamente que el Mediterráneo y el Atlántico estaban llenos
de barcos alemanes e italianos y dejaban que interceptasen todos los barcos
pequeños o grandes que pertenecían a la República. ¿Pensaban
así salvarse? ¿ No vieron, como lo vio y lo dijo mi padre que
la guerra de España era el preludio de la guerra mundial? Yo creo
que lo sabían pero debieron pensar que dejándoles hacer su
voluntad a los fascistas, ellos se salvarían. Y, ¿qué
les importaba la vida de todo un pueblo?
Como dije, «El Almirante Cerbera» nos hizo presos. Entraron en
nuestro barco los falangistas y la Guardia Civil. Lo primero que hicieron
fue matar al joven militar de un tiro en la sien y detener a todos los hombres.
De la tripulación sólo quedó el segundo oficial que
era un fascista camuflado, fingió que nuestro barco tenía una
averia porque « El Cervera » estaba con retraso y, como estábamos
en aguas francesas, no quiso ir más lejos. Al capitán y al
primer oficial también los mataron. Al resto de la tripulación,
los llevaron presos, a los muertos, los tiraron al agua.
A nosotros, nos llevaron al Ferrol. Allí estuvimos tres meses, presos
en el barco. Un día, entró agua en nuestra bodega y entonces
nos metieron en un almacen desafectado de los astilleros. A una parte de
la gente, la enviaron a otro barco y la devolvieron a Santander que, el 26
de agosto, había caído en manos de los fascistas. Nosotros,
como todos los que venían en nuestra bodega, fuimos a parar a un almacen
donde no había nada salvo, en el suelo de cemento, unos montones de
paja para dormir. Estaban llenos de piojos, nos dimos cuenta en seguida porque
vimos que las pajas andaban solas. Mi hermano Eusebio y yo nos pusimos a
hacer carreras de piojos, todos los otros chavales siguieron. En ese momento
olvidamos todas las miserias, no pensábamos más que en jugar
y nuestras madres se reían un poco al vernos. Allí, por lo
menos, podíamos salir a la calle, habían hecho un cerco con
una cuerda y unos picos de hierro delante de la puerta del almacen. En cada
uno de estos picos estaba un soldado montando la guardia. Nos trataron bien,
nos daban de comer normalmente. A mi madre, como a las otras mujeres, las
llamaban todos los días para interrogarlas. Cuando veían que
algunas tenían miedo, las llamaban más a menudo y las trataban
mal verbalmente. ¿Cuánto tiempo estvimos allí? ¿Una
semana? ¿Dos? No podría decirlo, es verdad que el tiempo borra
la memoria…Un día, nos metieron en otro barco, de nombre «Arichachu»,
era algo mejor que el primero, y salimos rumbo a Santander. Tuvimos también
mejor emplazamiento ya que la tripulación, eran todos presos, al ver
que mi hermana estaba enferma, nos dejó para el « viaje »
su comedor,mucho más agradable que la bodega. El «viaje»
fue malísimo, ya en costas asturianas estalló una terrible
tempestad, una « galerna», el barco se agitaba como si fuera
de cartón. Era horrible, los cacharros y las cosas que tenían
en los armarios se nos caían encima.
Años más tarde, por casualidad, nos encontramos en el tren
Astillero- Santander al capitán del «Arichachu». Fue Elena
la que le reconoció, ella le conocía bien puesto que durante
el viaje, como no se mareaba, con otra chavala, Manolita, corrían
por todo el barco y una o dos veces entraron en el camarote del capitán
hasta que él las pescó, todo pasó bien, mi hermana era
muy simpática y parlanchina y quedaron amigos. Cuando le vimos en
el tren, Elena empezó a hablar del «Arichachu»,
el capitán se volvió y nos empezó a hacer preguntas:
¿de qué conocíamos el barco? y nos contó cómo
se realizó el viaje. En la tempestad, un pequeño buque de guerra,
un bou, empezaba a hundirse sin remedio, fue nuestro barco el que le salvó.
Nos dijo que si cuando salimos del Ferrol le hubieran dicho que tenía
que hacer aquellas maniobra, hubiera dicho que era imposible.
Seguimos el viaje y el barco seguía tambaleándose. Por fin,
todo se arregló y llegamos al puerto de Santander. En el muelle nos
esperaban los falangistas. Nos llevaron a otro almacen, no muy lejos de allí,
que era de la Tabacalera. Estaba completamente vacío. Al cabo de un
rato, nos dimos cuenta de que un pobre hombre inválido que apenas
se sostenía de pie estaba tumbado en una pequeña hamaca. En
ese almacen estuvimos sólo los de Astillero, a los de Santander se
los llevaron los Falangistas. Nos quedamos dos días, dormimos sobre
el cemento. Al tercer día vinieron los de Falange a buscarnos con
una camioneta abierta. Llovía a jarros. Llegamos a Astillero empapados.
Nos llevaron a la Casa de Falange donde nos tuvieron en la entrada como una
hora, con todas las puertas abiertas, estábamos morados de frío.
Por fin, el jefe dignó recibirnos. Lo primero que nos dijo fue si
no nos daba vergüenza manchar su despacho, después nos abrieron
las mochilas y nos quitaron todo lo que era nuevo diciéndonos que
fuéramos a buscarlo con facturas ya que seguramente eran cosas robadas.
Más tarde, nos dejaron marchar para casa.
En casa encontramos solamente a mi hermana María, "Cuca", que nos
dijo que nuestro padre estaba en la cárcel. Después, no se
qué pasó, entre el traslado, la emoción de ver a mi
hermana, el cansancio, la angustia de tantas emociones, dormí durante
dos días. Al día siguiente, fuimos a la cárcel, en busca
de noticias de nuestro padre. No pudimos enterarnos de nada, sólo
de que aún no le habían juzgado.
A partir de ese día, fue la peregrinación diaria, doce km a
pie para ir y otros doce para volver, por todos los tiempos. Mi madre se
preocupaba también por su prima, que vivía en La Cavada, en
el barrio ed arriba, y sus tres hijos. Por eso, un día, hacia mediados
de noviembre, mi hermano Éusebio y yo tomamos camino, andando eran
18 km, hacia La Cavada. El paseo no fue desagradable, salvo la lluvia, intentamos
robar unos higos que salían por encima de una pared pero la presencia
de un hombre nos asustó. Más allá, encontramos un castañal
y pudimos saciar el hambre y seguir camino. Al atardecer, llegamos. Nuestra
tía y nuestras primas se pusieron muy contentas y nos prepararon de
comer. Yo me quedé hasta principios de enero. Fue como el paraíso,
comíamos, subíamos a las higueras como no lo habíamos
hecho nunca. Nadie se metía con nosotros, no nos insultaban. A finales
de diciembre del 37, mi tía me dijo que debía volver a casa,
que mi madre me necesitaba. Mi madre sabía que habían juzgado
a mi padre y que le habían condenado a muerte.
Entonces, a principios de enero del 38, andando y esta vez sola, salí
del barrio de arriba para caminar 18 km ¡pero con un buen bocadillo
para comer! Llegué a casa y encontré a Felicidad sola, estaba
en la cama, enferma. Mi madre estaba en Santander, en la puerta de la cárcel,
esperando noticias ; a mi hermana Cuca la habían detenido.
Poco después, yo me fui a Santander a cuidar a dos niños, hijos
de una pescadora de Laredo a la que mi madre le compraba pescado, me pagaba
diez pesetas al mes, que mi madre cobraba en pescado, así le podía
dar de comer a mi hermana enferma y a los dos hermanos pequeños. Esuve
allí siete u ocho meses hasta que vimos que no era una solución
pues mi madre se empeñaba ya que la pescadora le « daba »
más que lo que yo ganaba así que me sentía prisionera
y, al final, me marché. Nos pusimos a hacer alpargatas, que nos sacaban
las vecinas pues los fabricantesno querían darnos ya que no teníamos
derecho a trabajar. No teníamos derecho a nada, hasta nos negaban
el pan y cuando íbamos a por agua, nos rompían los cacharros.
Así seguían los días. Una vez, quisieron echarnos de
casa pero el dueño, don Luis Rozas, médico, no quiso. Vino
enseguida a ver a mi madre (que al verle tuvo miedo de que viniera a echarnos)
y le dijo que estuviera tranquila, que mientras él viviera nadie nos
echaría. « Sois los únicos inquilinos que me habéis
demostrado respeto y siempre me habéis pagado, pasara lo que pasara
; ahora hay gente que me quiere pagar con dinero rojo, ahora lo tienen, cuando
servía de algo, no lo tenían, no quisieron pagarme y yo, entonces,
lo necesitaba ». Echaron a todos los vecinos y nos quedamos solos en
la escalera. Nos quedamos más tranquilos pues pusimos una cerradure
en el portal, así nadie podía entrar a molestarnos como ocurría
tan a menudo. Hubo veces que a las dos de la mañana vinieron a registrar
la casa, hicieron que se levantara Felicidad, que sabían que estaba
enferma, para mirar si no había algo escondido en la cama a la que
le dieron la vuelta. Nos decían que mi padre había robado una
vaca. En diciembre del 37, detuvieron a mi hermana Cuca, acusándola
de haber vendido los colchones de casa después de que la Falange
los hubiera encautado. La condenaron a seis años y un día.
Con mi padre, nos comunicábamos por medio de papel de fumar que metíamos
en la cinta que cerraba la bolsa en la que iba la ropa. De esa manera no
se podían tener sino noticias escasas. Yo era la encargada de escribir
y ni que decir tiene que era para mí una gran satisfacción.
Todos esperábamos con ansiedad el sábado, que era cuando nos
entregaban la ropa sucia, para coger el papelito. Muchas veces, nos costaba
mucho leerle pues había mucho que contar y muy poco papel y de muy
mala calidad. Con mi hermana, utilizamos el mismo sistema. Por entonces,
hacíamos el trayecto Astillero – Santander en tren. En efecto, un
interventor, que era de izquierdas, y que nos veía todos los días
pasar andando los doce km, se arregló para hablar con mi madre y decirle
que tomáramos el tren de las nueve y diez, que el era el interventor
y nos dejaría viajar sin pagar. Al poco tiempo, nos dijo que nos recogiéramos
un billete usado de los que la gente tiraba para que él pudiera picarle
y que nadie se diera cuenta de que no pagábamos. De ese modo pudimos
viajar en tren.
Un día, fuimos Elena y yo solas a la cárcel, mi madre no pudo
ir. Estaban de guardia los militares. Al rato quedaron en la puerta sólo
dos soldados que nos preguntaron a quien teníamos allí. Les
explcamos todo, uno de ellos, que era falangista, no nos creía, decía
que no era posible que los falangistas hicieran eso. Dos días después,
tenían libre y se vinieron a Astillero. Salimos a buscarlos a la estación
y fuimos a pasear por la Planchada. Bajamos a la escollera y, cuando pasábamos
cerca del puente que estaba por encima del paseo y por el que venían
los trenes de Solía con el mineral de hierro para cargar los barcos
ingleses, pues empezaron a tirarnos piedras y a insultarnos diciendo que
éramos « putas rojas », que teníamos a nuestro
padre con pena de muerte…Entonces, el falangista corrió detrás
de aquellas gentes pero no las alcanzó. Luego nos dijo «
ahora os creo todo lo que me habéis contado y mucho más »,
el otro chico le respondió que en todos los sitios hacían igual.
«A mí me llamáis rojo (era rubio) y no sabéis
la ilusión que me hace, porque soy rojo desde la punta de los pelos
hasta la punta de los pies. Si quieres, me puedes denunciar, hoy ya no tengo
miedo porque sabrás que cuando los falangistas entraron en mi pueblo
mataron a mis padres y a mi hermano. A mí no me mataron porque me
escondí». Entonces, el falangista le abrazó y le dijo:
«no te denunciaré. A partir de hoy, soy de los tuyos y serás
verdaderamente mi amigo si es que tú me aceptas». No volvimos
a verlos ni al uno ni al otro.
Cuando marchábamos de la cárcel, íbamos al Colegio Cántabro
donde estaba presa nuestra hermana mayor, la Cuca. Allí reinaba el
mismo ambiente. En la puerta estaba siempre un miltar, alférez o tenient,
no recuerdo. La gente le llamaba « el Domador », llevaba polainas
y una fusta en la mano. Se le tenía miedo porque, cuando se enfadaba,
empezaba a «fustadas» con todos. Un día, levantó
la fusta para pegar a una mujer mayor y yo fui y se la agarré. Al
verme, yo tenía quince años, no supo qué decir, se quedó
un momento sin voz. Después me dijo : « una mocosa como tú
¿no me tiene miedo ? ¡No!». Se echó a reír
y le dijo a mi madre «a esa niña bonita, un día la voy
a meter allí dentro» y señaló el intrerior de
la prisión. Lo curioso es que desde ese día, le podía
pedir que nos sacara las cosas que hacía la Cuca (flores de miga de
pan que coloreaba, muñecas…) e incluso lo que hacían otras
presas, que sus madres me pedían puesto que ellas no se atrevían
a preguntar. Una vez, el militar ese me dijo que a ver si mi hermana le hacía
una muñeca para su mujer, que le gustaban mucho. Yo le contesté
que no, que si a su mujer le gustaban tanto, que la metiera dentro y así
las podía hacer ella. El me gritó : «¡niña
bonita, tú eres la que vas a entrar!».
No sé el tiempo que estuvo presa allí la Cuca. Más tarde,
las trasladaron a todas las mujeres al Convento de las Salesas. El ambiente
era mucho peor ya que eran los falangistas los que montaban la guardia. Habían
hecho una raya en el suelo, la teníamos que seguir cuando llevábamos
algo o cuando veníamos a recoger la ropa sucia. Una tarde, sin darme
cuenta, tenía la punta del pie fuera de la raya, enseguida un viejo
falangista vino y me dio una patada en el pie, le dije que lo había
hecho sin darme cuenta pero, por haber contestado, me detuvo. Me metió
en una sala donde estaban ya cinco o séis personas esperando a que
viniera el jefe. Llegó sobre las nueve de la noche. Cuando me tocó
pasar a mí, preguntó : «¿qué ha hecho?».
El viejo, con un gesto muy cómico, pero él muy serio y echando
mano a su visera, le contestó «se ha burlado de mis galones».
Tuve que hacer un esfuerzo para no reírme y al jefe, afortunadamente,
le pasó lo mismo. Después, me hizo saber que la pena que yo
merecía era pasar la noche en una celda y al día siguiente
ir a trabajar al jardín pero… que me podía marchar. El reloj
marcaba las once de la noche. Me fui, aterrorizada de miedo, pensando en
el camino, más de catorce kilómetros, que tenía que
recorrer, sola, por la noche, en pleno invierno. Hacía poco que habían
fusilado a mi padre. Llegué a cas sobre las tres de la mañana,
más muerta que viva y encontré a mi madre llorando, loca de
preocupación por mi ausencia.
Como digo, habían fusilado a mi padre. Le habían asesinado
de la manera más injusta, más criminal ya que tenía
la pena de muerta conmutada y estaba en revisión de causa.
Para conseguir eso, el director de la cárcel convocó a mi madre
para decirle que él estaba seguro de la inocencia de mi padre y que
tratáramos de recoger firmas que afirmasen lo mismo, que él
se las mandaría directamente a Franco o se las daría de mano
a mano. Pero todos los días iban tres hombres de Astillero, un cura,
un médico y un amigo de juventud de mi padre a exigir que le fusilaran.
Sin embargo, fuimos a recoger firmas mi madre y yo, ella por un lado, yo
por el otro. Mi madre consiguió tres : la de un médico, don
Luis Rozas, la de un juez, cuyo nombre no recuerdo (pero que le dijo : «
Matilde, yo por Cortezón, hago todo lo que me pidas, políticamente
somos enemigos pero tu marido es el hombre más honrado y sincero que
conozco »), la tercer firma me parece que fue la del padre de su enemigo.
Yo no conseguí ninguna. Fui a ver a Fernando Albear, ingeniero de
CAMPSA, a quien mi padre salvó la vida en dos ocasiones. Lo primero
que me dijo fue que le habían quitado el auto, le contesté
que cómo comparaba un auto con la vida de un hombre, de un hombre
que había salvado la suya. Estuvimos discutiendo un rato pero siempre
me repetía lo mismo : «me quitaron el auto, no puedo hacer nada».
Le constestaba yo : « no le digo que haga nada, sólo le pido
que firme ». « ¡ No ! ». Me marché, más
bien me echó. Fui a ver a su secretario que me preguntó : «¿firmó
Albear?», «no, no quiso», «entonces, yo no puedo,
si Albear firma, vienes enseguida y firmo yo también». Yo le
pregunté si Albear le había telefoneado, le dije que no tenía
amor propio, que era el perrito de Albear. Después fui a ver al contable
y pasó lo mismo, Albear le había telefoneado «si Albear
firma, yo también». «Sois unos cobardes» les dije
y me fui para casa desesperada por no haber conseguido nada.
Unos días después, vino la guardia civil a casa y nos detuvieron
a Elena y a mí. Cuando llegamos al cuartel, el que estaba de mesa
le dijo a Elena que podía irse, que era yo la que les interesaba.
Elena contestó que podía esperarme allí. «No,
tú te vas», le dijeron. Elena tenía miedo por eso, cuando
había que hacer algún trámite, siempre iba yo aunque
era más joven. Lo que no significa que ella tenía el mejor
papel. Durante varios meses, cada día la convocaba Falange para que
fuera a fregar. Tenía que llevar el caldero, el estropajo, la arena.
Fregó el cuartel, las dos casa de Falange, el ayuntamiento, la iglesia,
las escuelas y alguna casa particular de Falangistas. Iba a las nueve de
la mañana, a las doce la mandaban para casa a comer, tenía
que volver por la tarde, se pasaba el día de rodillas, frotando el
suelo, yo no hubiera podido hacerlo.
Aquel día, cuando Elena marchó, empezaron a interrogarme :
donde había enviado las firmas, que había hecho con ellas,
que era lo que me habían dicho. Yo lo negaba todo, entonces me dieron
los nombres de las tres personas a las que había visto y la hora en
que las había visto, yo seguí negando, les dije que me presentaran
a aquellos señores, que a ver si delante de mí se atrevían
a decir que estuve en sus casas. Entonces me metieron en una celda.
La celda tenía el suelo y las paredes negras, me encerraron allí
y se marcharon, dejándome completamente a oscuras ; al cabo de un
rato, volvió uno, abrió la puerta y encendió la luz
que me dejó por un momento ciega. Me preguntó si estaba dispuesta
a decirles la verdad. Yo grité que ya se la había dicho, entonces
sacó la pistola y me la puso en la sien diciéndome que si no
le contaba lo que había hecho con las firmas, me mataba. «Yo
no he visto a nadie ni he recogido firmas». «Tú te lo
has buscado» y disparó, al mismo tiempo apagó la luz
y se marchó. La pistola no estaba cargada pero yo no lo sabía
y me preguntaba si estaba viva o muerta, me pellizcaba y no sentía
nada, me decía «estoy muerta» y enseguida pensé
en mi madre, en el sufrimiento que mi muerte le causaría… No tardé
en darme cuenta de que estaba viva pero volvieron y en ese momento deseé
estar muerta. Uno de aquellos hombres se quedó conmigo y empezó
a hacerme las mismas preguntas que el primero pero con más violencia.
Que a quien, que adonde habíamos enviado las firmas, que sería
mejor que se lo dijera, que así podría marcharme a casa, que
de todas las maneras a mi padre le iban a fusilar. Entonces me puse furiosa,
empecé a darle patadas y puñetazos. El me dio una bofetada
y luego me violó. Esa vez salió y dejó la puerta entreabierta,
les oí discutir pero no pude comprender nada. Al poco tiempo me llamaron
y me dijeron que podía marcharme, me daban un vaso de agua pero le
tiré. Uno de ellos me dijo : «Nunca hubiera creído que
fueras tan rebelde», no le contesté.
Cuando llegué a casa, como siempre estaba Felicidad, sola, en la cama.
Al verme comprendió lo que había pasado, lo que me habían
hecho. Se levantó y me preparó una taza de agua caliente con
azúcar, que otra cosa no teníamos. Después de contarselo
todo a mi hermana, las dos nos prometimos de no decir nada para que nuestra
madre no lo supiera pues ya sufría bastante. Felicidad murió
unos años más tarde y se llevó el secreto a la tumba,
yo le libro hoy.
Aproximadamente media hora después llegó Elena, llorando y
nos dijo "han detenido a Mamá" . Había ido a la estación
a esperar a nuestra madre que ese mismo día había entregado
las firmas al director de la cárcel. Como siempre tomó el tren
de las séis y media (el que no pagábamos) pero además
de Elena la estaba esperando la Guardia Civil y la llevaron detenida al cuartel.
No tardó mucho en regresar a casa, aunque a nosotras nos pareció
que fue un siglo, nos dijo que la trataron bien, que le preguntaron lo que
había hecho con las firmas recogidas. Ella les contrestó que
las había quemado pues como ni la Guardia Civil ni la Falange se las
iban a avalar, no le servían de nada. «Ha hecho usted muy bien
porque eso no lo hubiera conseguido. Pero ¿porque sus hijas no dijeron
nada?». «Mis hijas no dijeron nada porque no sabían nada,
hay cosas que no se les dice a los hijos y de eso de las firmas me he ocupado
yo sola». «Vemos que es usted muy razonable» y dejaron
que se marchara. Es cierto que mi madre era una mujer muy inteligente que
sabía salirse de todas las trampas que le tendían.
Al ver a nuestra madre, a Felicidad y a mí nos costó guardar
nuestro secreto. Pero ella pensó que nuestra tristeza y nuestro desespero
eran porque la habían detenido sobretodo cuando vio como nos alegrábamos
al saber de qué manera había engañado a la Guardia Civil.
« No tenéis que preocuparos, todo se arreglará »,
nos dijo. No sé si ella se lo creía realmente.
Al poco tiempo, no recuerdo exactamente cuando, llegó la noticia de
que la pena de muerte de mi padre había sido conmutada y que estaba
en revisión de causa. La alegría de todos nosotros fue inmensa.
Todos creíamos que nuestro padre estaba salvado. Mi madre parecía
otra, como si fuera más joven, más ligera, sonreía con
frecuencia.
Mi padre dejó la celda en la que estaba, una celda para una persona
donde metieron a doce. Tenían que quedarse los unos de pie para que
los otros pudieran tumbarse, se relevaban varias veces durante el día
y durante la noche pero todos se llevaban bien. Cuando le conmutaron la pena
nos escribió, muy animado. Por primera vez salió al patio durante
una hora. Nos escribía : « de momento, salir al aire, casi me
ahogaba y me costaba andar pero enseguida respiré a fondo y me hizo
bien, todo me parecía un sueño. Empecé a andar despacito,
después de tanto tiempo las piernas las tenía entumecidas pero
al cabo de un rato, ya pude caminar de prisa, a pasos grandes y me parece
que vuelvo a vivir, espero que esta noche pueda dormir bien y soñar
con vosotros».
Wolney y José Luis, los dos más pequeños, desde hacía
unos meses iban a mediodía a comer al comedor popular. Una señorita,
que le debía mucho a mi padre y que nos conocía desde siempre,
logró que los admitieran. A ellos no les gustaba ir porque les hacían
levantar la mano y cantar el «Cara al sol». Mi madre les decía
que no tenía importancia, que lo principal era que comieran y conservaran
la salud, que en casa no había nada. Por la tarde, los dos cogían
un carretillo y una navaja e iban a un bosque de pinos que hacía poco
habían cortado, sacaban las troncas de tierra para poder encender
la lumbre en casa. Un día, Wolney vio un conejo en el prado, empezó
a correr detrás de él hasta que le alcanzó. Vino a casa
todo contento, diciéndole a mi madre : «¡mira, mama, lo
que traigo! Así podrás llevarles a papa y a la Cuca para que
coman, que en la cárcel deben darles muy poco». Mi madre lloraba
de emoción al ver que su hijo de once años pensaba más
en su padre y en su hermana que estaban presos que en su propia hambre, que
no saciaba nunca.
Fue por entonces cuando Felicidad dio a luz. Tuvo una niña,
Leticia, « Leti » que nació el día 29 de agosto
de 1938. Ni Elena ni yo estábamos en casa, las dos nos encontrábamos
trabajando en Laredo, Elena en una pensión, yo en una casa particular,
las dos éramos sirvientas. Al recibir la noticia, nos pusimos muy
contentas y tristes a la vez cuando pensamos en como iba a alimentarse el
bebé. Una semana después regresamos a casa para conocerla.
Era una niña preciosa.
Casi al mismo tiempo, el director de la cárcel nos concedió
una visita para que viéramos a nuestro padre. Le dijo a mi madre que
era mejor que fuéramos nosotras en vez de ella pues él pensaba
que resultaría más discreto. La sorpresa y la emoción
fueron inmensas, tanto para nosotras como para nuestro padre. Yo creo que
sobretodo para él pues no le habían dicho nada así que
cuando nos vio y pudo abrazarnos, se le saltaron las lágrimas. Fue
un momento demasiado intenso para poderlo explicar. No nos habíamos
dicho sino dos o tres palabras cuando ya vinieron a buscarle. Al volver a
abrazarme sólo pudo decirme : « mirad en la manga de la camisa
». Miramos y hacia la mitad de la manga vimos que nos había
escrito, así cuando desdoblaban no podían verlo ni por la bocamanga
ni por el puño. A partir de ese día, nos comunicamos de esa
manera, resultó más fácil que con el papel de fumar.
A los dos días Elena se marchó a Laredo, yo me quedé
en casa para ayudar a Felicidad que seguía muy débil, mi madre
iba cada día a la cárcel. Prepararle el biberón a la
niña era un problema sin solución, no nos daban leche, Leti
era una niña « del diablo » ya que su madre no estaba
casada. Hacíamos biberones con agua azucarada, otras veces cogíamos
hierbas del campo que hervíamos…Sólo una vez al día
tomaba un biberón de leche : Wolney y José Luis traían
en una pequeña botella la que les daban en el comedor popular para
que la tomaran ellos. Por desgracia, no duró mucho pues el día
7 de diciembre de 1938, a los tres meses de nacer la niña, fusilaron
a nuestro padre.
Le fusilaron, le asesinaron. Porque aquello fue un asesinato, de lo más
vil y cobarde. Por lo visto, los « tres » se aprovecharon de
que el director de la cárcel tuvo que ausentarse para conseguir que
ejecutasen a mi padre. Cuando el director regresó y se enteró
de lo que había pasado, pidió la dimisión diciendo que
no podía soportar tales injusticias.
Mi madre, como todos los días, había ido a la cárcel.
Había preguntado por los conocidos que estaban con pena de muerte
y cuyas familias no se hallaban allí y le habían respondido
que no habían « sacado » a ninguno de ellos. Mi madre
ya se marchaba contenta, pero, como nos lo contó más tarde,
dijo que no sabía por qué razón : « me volví
para atrás y pregunté por Eusebio, entonces fria y secamente,
me dijeron que a él le habían «sacado» por la mañana.
De momento no comprendí, me quedé como una idiota, después
no vi a nadie, estaba sola en un desierto, quisiera no haber despertado nunca.
Cuando abrí los ojos, estaba tumbada en el suelo, en la puerta de
la cárcel, una señora, a la que conocía de allí,
estaba a mi lado, me ayudó a levantarme y me acompañó
a la estación».
Cuando llegó a casa, nuestra madre quiso hacerse más fuerte
pero nosotras, al verla, al ver como venía, nos asustamos y le preguntamos
: «¿qué te pasa?», entonces ella se desplomó.
Nosotras pensamos que a lo mejor habían encontrado el papelito que
le mandábamos a la Cuca pues ese día le había llevado
la ropa y que la habían castigado. Después nos dijo lo ocurrido,
no podíamos creerlo, nos negamos rotundamente a creer lo que decía.
Le repetíamos que tenía que haber comprendido mal. Pero desgraciadamente
era la pura verdad. Contar de qué manera recibimos la noticia resulta
imposible.
La pena era demasiado grande, después de tanta esperanza el dolor
era insoportable, tan insoportable que no iba a desaparecer nunca y que con
ese dolor íbamos a envejecer todos nosotros. En la soledad o durante
la noche, cuando regresan los recuerdos, regresa el dolor, tan punzante como
el primer día, tan punzante que no te deja dormir, no te deja respirar
y tienes que levantarte, es una pena que te ahoga a pesar de los años
transcurridos. A mí siempre me viene el recuerdo de la predicción
de aquel guardia civil « ¡ hagáis lo que hagáis,
a vuestro padre le van a fusilar ! »
Al día siguiente, Wolney y José Luis, como cada día,
fueron al comedor. En el momento de cantar, ellos callaron. Vino hacia ellos
una señorita, que era muy católica además de falangista,
y les dijo que cantaran. Wolney le respondió que no podían
cantar, que habían matado a su padre. «¡Si han matado
a tu padre como si han matado un perro, vosotros cantad!», así
le habló la señorita a mi hermano de once años. Wolney
cogió una silla y, si no se la hubieran agarrado por detrás,
se la hubiera roto en la cabeza. Los echaron del comedor por rebeldes e indeseables.
Mi madre se puso malísima, estuvo muy mal, durante más de un
mes no pudo quedarse sola, le daban unos ataques terribles que hubieran
podido matarla. Mariano, el hijo de la señora Justa, le sujetaba el
busto, los brazos, yo me sentaba sobre sus rodillas pero ella las doblaba
y me levantaba. Daba miedo verla, lo peor era que no podíamos llamar
a ningun médico.
La última carta que nos escribió mi padre la tengo grabada
en mí. Creo que no se me ha olvidado ni una palabra. «
A mi
querida esposa e hijos: me ha llegado la hora cuando menos lo esperábamos.
Espero que tengáis la resignación suficiente para soportar
tan terrible noticia como yo la tengo para morir. Muero inocente y te pido
perdones a mis acusadores como yo lo hago, los creo unos equivocados. Mis
últimos momentos son para ti y mis queridos hijos, dales muchos besos
de mi parte. Adiós hasta siempre, Eusebio Cortezón, hoy 7 de
diciembre de 1938».
Los compañeros de celda nos comunicaronque mi padre les había
dejado otra carta para que se la dieran, cuando saliera libre a un tal Mata,
de Astillero, que nos la entregaría. Nos avisaron de cuando salió
Mata para que fuéramos a recogerla. Fuimos Felicidad y yo. Su mujer
nos recibió muy mal : ¿miedo, maldad ? me parece que las dos
cosas. Lo primero que nos dijo fue que su marido no había traido nada,
que no podíamos verle, que estaba muy cansado y nos dio con la puerta
en las narices diciéndonos que queríamos comprometerlos. Nos
marchamos muy apenadas.
Otro día, subíamos hacia el centro de Astillero a buscar pan,
cuando nos encontramos con un antiguo vecino que fue amigo de mi padre. No
sabíamos que había salido de la cárcel y nos pusimos
las dos contentas. Cuando fuimos a saludarle, volvió la cara, hizo
como que no nos había visto. Pensamos que quizás nos habíamos
equivocado pero enseguida Felicidad dijo : « no nos confundimos, es
José Hazas ». Seguimos hasta la panadería donde el panadero
nos dijo : «¡para vosotras no hay, pan comed hostias!».
Felicidad le respondió que si no fuera por respeto hacia sus canas,
la hostia se la daba ella.
Nos dejaron todos en la soledad más completa. No solamente los enmigos
sino también los amigos. Es verdad que el miedo era inmenso. Un día
se encontró Elena con un chaval de nuestra edad. Habíamos vivido
en el mismo portal pero los falangistas los habían hechado de aquella
casa. Pues bien, Elena y el chaval siguieron camino juntos. Poco después,
la guardia civil le convocó y le dio una tremenda paliza, al pobre
chico le costó volver a su casa y tardó una semana en rehacerse.
Volví a Laredo. Me pagaban muy poco, diez pesetas al mes, pero no
había nada más y era una boca menos en casa. Además,
como allí estaba Elena, por lo menos nos sosteníamos la una
a la otra. Llevaba un mes allí cuando recibí una carta de mi
madre. Me mandaba un papel oficial en el que daban orden de poner en libertad
a mi padre. Fui corriendo a enseñarle el papel a Elena y terminamos
las dos llorando.
El golpe fue muy duro, nos costó mucho volver a la realidad y hasta
me parece que no lo hemos conseguido nunca. Hace 65 años pero muchos
días, cuando salgo a la calle, pienso «quizás vaya a
encontrarle hoy ; él debe saber donde estoy y voy a verle».
Hoy en día sigo pensándolo y luego me digo : «eres tonta,
no lo pienses más, ahora tendría 108 años, no son edades
para correr las calles». Cuando hablaba con Elena, me decía
que a ella le pasaba lo mismo y que muchas veces por la noche lloraba y no
podía dormir. Me imagino el dolor, la pena tan grande de mi madre.
Era un matrimonio que se llevaba muy bien, se querían, nunca les oímos
reñir. Aquella noticia de libertad debió ser terrible para
ella. Yo creo que de no haber tenido a la nieta no lo hubiera resistido.
Le encantaban los bebés, aunque había tenido ocho, siempre
se enternecía cuando veía a un niño pequeño.
Se puede decir que Leti le salvó la vida.
Como ya he dicho, yo era la encargada de escribir. Mi padre decía
que tenía la letra más clara y que le contaba mejor las cosas.
Claro, mi madre me dictaba aunque yo escribiera quizás con menos palabras.
Un día me dictó un sueño que había hecho. Había
soñado con mi padre. Estaba en casa y nos preparábamos todos
para ir de excursión, mi madre daba mil detalles de lo que hacíamos
: la comida que habíamos preparado, lo contentos que estabámos,
sobre todo los niños. En esos momentos, utilizábamos la manga
de la camisa para escribir y así podíamos contar más
cosas. Fuimos a Santander, entregamos la ropa limpia y recogimos la sucia,
después fuimos a la cárcel de la Cuca donde nos daban
la ropa por la tarde. Al llegar a casa lo primero que hicimos fue sacar la
camisa para leer lo que nos decía. Aquella lectura fue un choque emocional
inmenso, en particular para mi madre, se la caían las lágrimas
y a mí también. Felicidad que nos vio llorar se preocupó
y preguntó qué nos pasaba. Yo entonces me reí y le dije
que todo iba bien que lo que pasaba era que Papa, sin saber nada, había
respondido casi palabra por palabra al sueño de Mama. En realidad,
habían hecho el mismo sueño y mi padre lo contaba como si hubiese
oído las palabras que mi madre me dictó. Era frecuente que
tuviesen las mismas ideas, sin ponerse antes de acuerdo, solían pensar
igual, es decir que casi formaban una persona. Nosotros estabámos
tan acostumbrados a verles siempre de acuerdo y unidos que no nos dábamos
ni cuenta.
Mi padre trabajaba mucho antes de la guerra. Por la mañana en la CAMPSA,
por la tarde en su taller de ebanisteria y talla. Nunca regresaba a casa
antes de las diez de la noche. Más tarde le dijeron que era necesario
que trabajara todo el día en CAMPSA y, después de pensarlo
mucho, lo hizo : trabajaba allí hasta las cinco y media, luego iba
a su taller. Los martes, tenía reunión en el Ayuntamiento así
que no regresaba a casa sino a las once de la noche. Una noche, como solían
ir a tomar una copa después de la reunión al bar de Navarro,
hubo allí un atentado. Dos falangistas entraron, cada uno por una
puerta del bar y empezaron a disparar tiros, hubo dos heridos graves. No
sé como mi madre se enteró, nosotros no habíamos oído
nada, pareo salió corriendo. Afortunadamente, aquella noche, mi padre
que se sentía cansado no había entrado en el café. Oyó
los tiros cuando ya estaba cerca de casa y se volvió para atrás,
por ver lo que estaba pasando. Poco después de él llegó
mi madre que pudo atender a los heridos antes de que llegara la ambulancia.
Cosas así ocurrieron repetidas veces antes de que estallara la guerra.
Cuando la guerra estalló, mi padre estaba de viaje y no pudo llegar
a su destino, Madrid. Estuvimos tres meses sin saber nada de él. Me
parece que el tren en el que iba se detuvo por Burgos. Mi padre tuvo que
arreglárselas para ir hasta Barcelona, de ahi a Francia para entrar
de nuevo a España por Irún. Desde Irún viajó
hasta Santander. Llegó a Astillero un día de principios de
octubre. Empezaba a anochecer, yo estaba sentada al lado de la ventana y
vi que se aproximaban unas cuarenta personas, me levanté y salí
corriendo gritando : « ¡ viene Papa ! ». Todos corrieron
detrás de mí. Al dar la vuelta a la casona en la que vivíamos
vi a mi padre. Mi emoción fue tan grande que no pude acercarme, tuve
que apartarme y apoyarme contra un muro del campo de la señora María.
Dejé pasar todo el cortejo y los seguí. Cuando llegaron a la
puerta, mi padre les dio las gracias a todos por haberla acompñado
y les dijo : « os veré mañana, hoy estoy demasiado emocionado
y no puedo deciros nada ». La gente le hizo una gran ovación
y fue retirándose.
Al día siguiente, recibió a toda la gente en la Casa del Pueblo
pero eran tan numerosos que tuvieron que reunirse en el cine. Les contó
la odisea del viaje, habló más de una hora ya que muchos le
hacían preguntas acerca de la situación y él trataba
de responder y de explicar.
La vida seguía, algo más agitada, en particular para mi padre.
Durante unos meses siguió trabajando tanto en la CAMPSA como en su
taller, después el taller quedó algo abandonado. Eramos nosotros
quienes le abriámos para que, como tenía varios encargos pendientes
y que los clientes podían venir a recogerlos, pudiéramos explicar
que de momento no era posible. En realidad, el taller dejó de funcionar
ya que a mi padre le hicieron responsable de la CAMPSA y no le quedó
tiempo para otras cosas, se entregó totalmente a la política
y al pueblo. El ingeniero de CAMPSA se marchó a un pueblecito de por
allí que era más tranquilo pues decía que tenía
miedo de que bombardearan la empresa. Lo cierto es que temía que vinieran
a detenerle de nuevo (le habían detenido ya dos veces) y que mi padre
no pudiera evitárselo. Es verdad que aquel inganiero, Albear, no se
metía en nada, en CAMPSA todos consideraban que era una buena persona,
aunque católico y de derechas. Se le respetaba pero hoy yo no diría
lo mismo pues se portó muy mal con mi padre cuando cambiaron los tiempos
y él pudo tratar de salvarle con sólo firmar. « Es usted
un cobarde y un desagradecido » le dije en aquella ocasión,
como lo conté más arriba.
Anteriormente a la guerra mi padre fundó el POUM en Astillero. No
puedo decir cuantos afiliados tenía, conocíamos personalmente
a unos veinte, que venían por casa. De todas formas rea un partido
pequeño. Me viene a la memoria otro anécdota que una señora
de Astillero me recordó hace poco. Ocurrió antes de la guerra,
yo tenía unos doce años, cuando la Revolución de Asturias,
en el año 1934. La guardia civil vino a casa, lo revolvió todo
al registrar, interrogó a mi madre. A gritos nos interrogaron a nosotros,
nos preguntaron que donde estaba nuestro padre, todos dijimos que, como siempre,
se había ido a trabajar. Como no encontraron nada que comprometiese
a mi padre, se marcharon. Durante unos días, cuando íbamos
a la escuela, nos registraron los cartapacios para ver si llevábamos
algo relacionado con las actividades de nuestro padre. En efecto, él
entonces no dejó de luchar por la libertad y por los presos de Asurias.
Escribió en varios periódicos, organizó mítines.
Cuando liberaron a los presos, mi padre estaba enfermo. Hacía dos
o tres días que guardaba cama. Era ya de noche cuando oímos
gritar al pie de la ventana : «¡Cortezón, Cortezón,
hemos ganado, los han liberado, han liberado a los presos!». Contra
la voluntad de mi madre, mi padre se levantó, se puso el abrigo y
salió a la ventana. Casi no podía hablar pues tenía
las anginas infectadas. El momento fue muy emocionante, le aplaudieron y
le dijeron que volviera a acostarse, que ya hablaría cuando estuviera
bien, que lo importante era su salud, le despidieron gritando : «¡Viva
la República!» y se fueron marchando.
Por aquella época aún éramos felices, estábamos
todos juntos, no teníamos preocupaciones. Los niños íbamos
cada día a la escuela. Cuando salíamos por la tarde mi hermano
Eusebio y yo hacíamos carreras para ver quien llegaba primero al taller
y nos quedábamos allí con nuestro padre hasta que él
se iba a una reunión o nos decía que nos fuéramos a
casa, que él tenía más trabajo y cerraría tarde.
Entonces, al salir del taller, corríamos carreras con la luna. La
luna estaba allí encima, corríamos para llegar a casa antes
que ella pero siempre llegamos un poco después, doblábamos
la esquina y la veíamos enfrente del portal, nos parecía que
se reía de nosotros. Los días pasaban, éramos felices.
Mi padre, Eusebio Cortezón Castrillo, era un hombre honrado y bueno.
Su ideal era la libertad y la defensa de los trabajadores, la clase a la
que él pertenecía. Todos le admiraban y le respetaban, nadie
vacilaba en pedirle consejos o favores, él siempre hacía lo
que podía. Cuando los fascistas entraron en Santander, todo cambió.
El terror empezó a reinar y muchas veces hizo que los amigos se volvieran
enemigos, que algunos compañeros de ayer se transformasen hoy en acusadores
aunque los principales fueron, como es normal, los que siempre habían
sido de derechas. En efecto, la gente más reaccionaria, los caciques
del pueblo se ensañaron contra mi padre porque precisamente defendía
a ese mismo pueblo. Pero lo que más nos dolió fue el comportamiento
de los otros, en quienes confiabámos, que eran nuestros iguales, nuestros
amigos. Por ejemplo hubo el caso de José, un comunista a quien
mi padre ayudó a encontrar trabajo. Cuando le juzgaron, el tal José,
sin que nadie le hubiera preguntado nada acerca de esa cuestión, dijo
que si alguna vez había hecho algo malo fue porque Cortezón,
pistola en mano, le había obligado. Sin embargo, José era un
vecino con él que siempre nos habíamos llevado bien. ¿Por
qué acusó a mi padre de esa manera ? ¿Por miedo ? ¿Por
amenazas ? No lo puedo decir. Pero puedo afirmar que mi padre nunca tuvo
pistola, las armas le horrorizaban, quien afirmaba haberle visto con una
pistola, mentía. José salió de la cárcel unos
días antes de que fusilaran a mi padre, Felicidad y yo le encontramos
por la calle. Al vernos, bajó la cabeza, no se atrevió a mirarnos
a la cara. Cuando supo que a mi padre le habían matado, no volvió
a salir de su casa y a los pocos mese murió. Su mujer dijo que había
muerto de remordimiento. ¿Quién le obligó a decir aquello?
¿Qué amenazas le hicieron?
Yo tengo mi idea, no es más que una idea y puedo equivocarme pero
pienso que fueron los « tres » que iban a diario a la cárcel
a exigir que fusilaran a mi padre quienes amenazaban y asustaban a mucha
gente que, por miedo, se dispuso a todo. Los mismos presionarían seguramente
a muchos chavales y a sus familias para que nos persiguieran e insultaran
en cuanto alguno de nuestra familia salía de casa. Empezaron para
nosotros tiempos muy duros de soledad y sufrimiento durante los cuales
recibimos piedras, insultos y fuimos víctimas de vejaciones que jamás
pudimos olvidar.
Nosotros no nos habíamos metido en nada ni con nadie. ¿Por
qué tratarnos así ? Nos reprochaban ser hijos de nuestro padre,
del que estabámos orgullosos : sus insultos no iban a hacernos cambiar
de opinión, al contrario. A mucha honra hemos seguido llevando su
apellido y nuestros hijos, que todavía estaban por nacer, lo mismo.
En Santander, cuando empezaron los bombardeos, se cerraron las escuelas.
Para mí no tenía mucha importancia puesto que ya había
cumplido los catorce años y terminaba la primaria. Para mis hermanos
fue distinto pues el mayor tenía once años, Wolney nueve y
José-Luis sólo siete. Cuando regresamos a Santander,
después de nuestra tentativa frustrada de evacuación, seguían
cerradas. Pero cuando todo el Norte se encontró entre las manos de
los fascistas, las abrieron. Mi madre, convencida de hacer bien, mandó
a los dos pequeños a clase (Eusebio, el mayor, estaba en La Cavada,
en casa de una tía). Los niños marcharon contentos, pensando
que iban a estar bien allí, con los otros niños. Pero pronto
se dieron cuenta de que era imposible, los demá los pegaban, los insultaban,
les llamaban hijos de rojos y les decían que su padre estaba en la
cárcel, que le iban a fusilar. Como Wolney y José-Luis se defendían,
intervenían los maestros y los castigaban a ellos diciéndoles
que ya no estaban con los rojos y que harían el favor de no armar
líos y de dejar en paz a los otros. Así que la escuela duró
poco. Ellos, en casa, no contaban lo que les hacían, sólo decían
que no querían ir. Mi madre, preocupada, escribió sobre el
asunto a mi padre, en uno de los papelitos. El le contestó que si
los niños no querían ir que no insistiera, que los dejara hacer,
que sus motivos tendrían. Fue entonces cuando nos contaron lo que
les pasaba, si no lo habían dicho antes fue para no preocupar a nuestra
madre.
José-Luis empezó a trabajar a los catorce años en los
talleres de los astilleros. Le pagaban tres pesetas diarias. Trabajaba de
remachador, lo cual fue dejándole medio sordo. El sábado, o
sea el día de la paga, venían los de Falange y directamente
le retiraban nueve pesetas de multa, o sea la mitad del salario, por no ir
a hacer la instrucción con los « Flechas ». El no quiso
nunca hacer esa instrucción, se negó rotundamente así
que durante años le quitaron una parte de la paga. Cinco años
después se casó y seguían quitándosela. Creo
que dejaron de hacerlo cuando entró en quintas, a los 21 años.
Se libró del servicio militar porque no veía de un ojo.
Los otros dos, Eusebio y Wolney, cuando los llamaron para el servicio militar,
decidieron ir a la Legión. Allí, por lo menos, eran uno de
tantos, no les hacían discriminaciones, les pagaban dos pesetas y
les daban mejor de comer (sabían que de casa no se les podía
mandar nada). Eusebio marchó el primero, supo arreglárselas
mejor que Wolney y no lo pasó demasiado mal. Poco antes de terminar
él, salió Wolney . Este último era temerario, no le
asustaba nada y se daba a fondo. Una vez, tuvo que hacer una marcha forzada
y se le reventó un pulmón. Siempre había estado bien
de salud pero quizás los años de hambre de la infancia le habían
debilitado sin que nadie se diese cuenta y no pudo soportar tantos esfuerzos.
Enfín, terminó en un hospital militar de Marruecos donde estuvo
ingresado más de un mes. Después, le mandaron para casa, todavía
enfermo. No nos avisaron de lo que le pasaba, le metieron en un tren de mercancías
con su equipaje y un bocadillo. Para llegar hasta Astillero desde Andalucía
tardó casí séis días. Cuando le vimos llegar
con la maleta al hombro tenía tal mal aspecto que casi no le conocimos.
Había cambiado de una manera horrible, adelgazó de diez quilos
por lo menos. Aquella noche tuvo un vómito de sangre que nos dejó
a todos deshechos. Tales vómitos se reproducían todos los días
y Wolney estuvo malísimo durante mucho tiempo. Durante meses, él
que no estaba nunca quieto, no pudo moverse de la cama y estuvo en las puertas
de la muerte. Cuando le daban vómitos, trataba de no devolver para
no agotarse pues siempre sintió el deseo de seguir viviendo y tenía
una voluntad de hierro. Por fin ingresó en el hospital de Valdecilla,
en Santander, donde el cirujano García Alonso, uno de los mejores
de entonces, le operó. Le quitó un pulmón y Wolney fue
mejorando : al cabo de unos meses ya pudo levantarse y dar unos pasos. Según
el cirujano si no hubiera tenido tanta voluntad, la operación no habría
servido de nada. Es de notar que no recibió ninguna ayuda ni del ejército
ni del Estado. Tuvo que esperar la muerte de Franco para que le otorgasen
una pequeña pensión. Se recuperó y vivió trabajando
duramente durante años. Se casó, tuvo dos hijos, una niña
y un niño y trabajó hasta que se jubiló. Fue muy feliz
después de tanto sufrimiento, tenía tres nietos, un niño
y dos niñas. Pero la mala suerte volvió : el día 26
de diciembre de 2004 murió de repente con sólo 75 años.
Para los que quedamos el golpe fue terrible, el único consuelo que
tenemos es pensar que no sufrió. Pero no estábamos preparados
para eso y nos cuesta mucho aceptarlo, en particular a su mujer y sus hijos.
Mi madre, Matilde, era una mujer extraordinaria, de una comprensión
y una resignación sin par. Esto lo comprendes cuando tienes que marchar
de casa y te das cuenta de lo mucho que te falta, de cuanto la hechas de
menos.
Un día, volví a casa y no me esperaban. Abrí la puerta
con cuidado para darles la sorpresa pero fui yo quien la tuvo. En efecto,
oí que mi madre estaba cantando dulcemente y para mí fue como
una puñalada pues hacía sólo unos meses que habían
fusilado a mi padre. No me oyó entrar y pensé marharme, no
podía soportar que mi madre cantara pero al mismo tiempo me dije que
tenía que estar ocurriéndole algo. Entré. El espectáculo
era aterrador, no pude decir una palabra y, sin darme cuenta, me puse a llorar.
Mi madre estaba sentada en el comedor con su nieta en brazos, la pobre criatura
estaba enferma, tenía eczema, estaba cubierta de granos desde los
pies hasta la cabeza, no tenía sana sino la cara y lloraba sin cesar,
lo que no era extraño si se piensa en cómo se alimentaba aquella
niña. Para que se calmara y se durmiera, mi madre la arronaba y le
cantaba una nana. El verlas era insoportable : la niña que se quejaba
y mi madre que cantaba al mismo tiempo que se le caían las lágrimas.
Felicidad, la madre de la niña, estaba en el hospital. Me quedé
una semana en casa, no podía irme dejando a mi madre sola con dos
enfermas y los dos pequeños, no podía hacer nada pero, por
lo menos, les hacía compañia. Mi madre tenía 39 años
cuando se quedó viuda, cuando la hicieron viuda, con siete hijos y
una nieta de apenas cuatro meses. La hija mayor estaba en la cárcel,
donde permaneció durante séis años, la segunda muy enferma
y con una niña sin padre, los tres que seguíamos andabámos
cada uno por un lado tratando de ganarnos la vida. Los dos pequeños
se las arreglaban como podían para poder comer y traer algo de leña
a casa para hacer fuego. Hasta fueron a pedir limosna, otro chaval del barrio,
Chucho, que estaba acostumbrado como sus padres y sus hermanos a pedir por
las puertas, los llevó con él. No creo que les gustara hacer
eso pues pronto dejaron de hacerlo. Wolney, que era muy hábil, empezó
a robar fruta y muchos del barrio comían gracias a él. Mi madre
no quería que sus hijos robaran pero un día una vecina, María
Pila, vino a casa y le dijo que era tonta, que por qué no aceptaba
lo que su hijo traía ya que de lo contrario se lo comían otros,
así que mi madre fue aceptando los hurtos de Wolney.
Wolney tenía entonces unos diez años, era ágil y muy
hábil. Cuando nos cortaron la luz, salió por la ventana. Agarrándose
donde podía con una mano, con la otra hizo como un puente y logró
enchufar un cable así que tuvimos luz. Por la mañana sin embargo
era necesario quitar el puente para que nadie viera lo que se había
hecho. Teníamos que cocinar por la noche en un infiernillo eléctrico,
ya que no teníamos leña, pero por lo menos, no vivíamos
como los topos. Durante varios años Wolney tuvo que hacer y deshacer
el dichoso puente cada noche y cada mañana. Cuando la fábrica
de electricidad cambió de sociedad, vinieron a casa para ver si queríamos
poner la luz. Naturalmente, mi madre dijo que sí. Le preguntaron desde
cuando la tenía ilegal y ella les contestó que desde hacía
dos o tres años, los inspectores se echaron a reír diciéndole
que por lo menos era sincera. Les respondió que si no se la hubieran
cortado no hubiera tenido que restablecerla de una manera ílicita,
entonces no necesitaba mentir ni avergonzarse, así era mi madre.
Desde ese momento tuvimos luz, como todo el mundo. Pero, al poco tiempo,
se planteó un problema : o pagábamos la luz o comíamos.
El dilema era difícil de resolver pues los tres que trabajábamos,
Elena, Eusebio y yo, no ganábamos lo suficiente para pagar ambas cosas.
De nuevo y como siempre, Wolney nos salvó : hizo una « trampa
» y volvimos a cocinar por la noche con nuestro infiernillo sin que
el contador se moviera. ¡Comer y vivir con luz resultó más
fácil! Al ver que el gasto de luz había bajado tanto, pues
algo teníamos que utilizar de forma legal, los inspectores pasaron
por casa varias veces para controlar la instalación pero por mucho
que buscaran nunca encontraron nada extraño. Para que se convencieran
de que todo era perfectamente legal, que no se convencieron, mi madre les
explicó que, al principio, después de tanto tiempo sin luz,
pues nos habíamos pasado, habíamos dejado la luz encendida
por toda la casa pero que ya habíamos sentado cabeza… No sé
si la creyeron pero el caso es que dejaron de pasar, no acudían a
casa sino cada tres o cuatro meses como en el caso de todos los vecinos.
Para seguir con el mismo tema, en aquellos entonces los empleados de la Electra,
para ganarse algún dinero, se dedicaban a instalar « trampas
» a los clientes que reducían así sus gastos de luz.
Vinieron varias veces a ver a Wolney para que les explicara la fórmula
de la trampa que él se había inventado, le dijeron incluso
que se la pagarían bien. Pero Wolney siempre contestó que él
no había hecho nada, que en su casa no había ninguna trampa
…Claro, no le creyeron pero no pudieron probar nada. Wolney tenía
manos de oro y era muy ingenioso. Un día desprecintó un vagón
de tren y entre cinco o séis chavales como él cogieron todo
lo que les vino a la mano, que no fue mucho, pero se hicieron con algunos
botes de leche condensada. Wolney tomó también un paquete de
unos dos kilos de « harina » y llegó a casa todo contento
diciendo que con eso se le podrían preparar buenas papillas para Leti,
la niña. Pero no fue más que una ilusión : el paquete
no era de harina sino de pintura en polvo…El pobre Wolney, que la quería
mucho a la niña, se quedó muy triste pero le dijimos que, por
lo menos, Leti iba a poder tomar biberones de leche y ¡ eso le consoló
! Es de notar que antes de salir de la estación con la « mercancia
», Wolney dejó el vagón prescintado y nadie se dio cuenta
de nada. Afortunadamente, como todos nosotros, había recibido una
buena educación y no robó nunca sino por necesidad, robó
sobre todo fruta porque tenía, teníamos todos, hambre. ¡
Qué años pasamos ! En cuanto se hizo mayor y empezó
a trabajar, todos esos hurtos se acabaron. José Luis iba casi siempre
con él, como otros muchos del barrio, pues solos no se atrevían
a hacer nada : Wolney era el « jefe » y todos le querían
mucho, conservó esa popularidad y ese cariño hasta el final,
hasta su propia muerte.
En 1940, yo estaba trabajando en Laredo, cuidaba a un bebé que estaba
enfermo. Su padre escribió una pieza de teatro y me prometió
que, si la representaban en el de Laredo, me daría una invitación
por ocuparme tan bien de su hijo. Unos meses más tarde ingresé
en el hospital donde me operaron de una rodilla, después pasé
bastante tiempo en convalescencia. Volví a Laredo hacia abril
o mayo de 1941 y empecé a trabajar en cas de una modista. El día
30 de diciembre del mismo año, estrenaron en el teatro « Cantabria
» la pieza de mi anterior patrón que, como me lo prometió,
me envió una invitación. Fui pues al teatro. Durante el descanso,
cosa que yo no sabía que se hacía, toda la gente se puso de
pie e hizo el saludo fascista cantando el « Cara al sol », acompañado
por la música, en honor a los caídos. Yo me puse de pie y permanecí
callada. Una muchacha que estaba a mi lado y que vestía el uniforme
falangista me dijo, con tono imperioso, que levantara el brazo. Yo no me
moví, no dije ni una palabra, seguí guardando silencio en honor
a los caídos, a todos los caídos. La pieza reanudó,
no pasó nada más. Regresé a casa contenta aunque algo
defraudada por lo del saludo fascista. El día dos de enero 1942 recibí
una convocatoria del jefe de la Falange en la que me daba cuarenta y ocho
horas para pagar una multa de 25 pesetas por no haber levantado la mano y
haber contestado groseramente y con gesto desagradable cuando se me llamaba
la atención. Ni que decir tiene que no hice caso ya que me acusaban
de un delito que no había cometido, lo único cierto era que
no levanté la mano. Unos días más tarde se presentó
en la casa donde trabajaba un policía con orden de llevarme a comisaria,
con una convocatoria del jefe de la policia (¡quien, antes de la invasión
de Santander era pescador!). Lo primero que me dijo ese señor fue
que tenía que pagar la multa inmediatamente, si no lo hacía
el tenía orden de encarcelarme. Yo le contesté que no pagaba
porque de lo que me acusaban no era cierto, le dije también que él
hiciera lo que quisiera pero que le dijera a « su hermanita »
que cuando acusaba a alguien no inventara pues yo no le había respondido,
ni siquiera la había mirado, me había conformado con guardar
silencio en honor a los caídos « los vuestros y los nuestros
». El jefe de policía precisó entonces que ignoraba que
fue su hermana quien me denunció y que si no tenía las 25 pesetas,
él mismo me las prestaba pues el señor Coz, el jefe de Falange
era tan severo que me encarcelaría. Le contesté que sabía
como era ese señor, que tenía un apellido predestinado por
las muchas « coces » que daba a la gente del pueblo, que yo no
tenía 25 pesetas (ganaba 15 al mes) pero que si las tuviera, las quemaría
delante de él para que viera que el dinero no me interesaba sino la
verdad y que su hermana había mentido de una manera muy vil. «
No levanté la mano ni la levantaré nunca en nombre de los caídos.
Mi padre también es un caído así como tantos otros a
quienes mi gesto ofendería ». Me dijo : « no sabía
que tu padre había muerto en la guerra », « no, no murió
en la guerra, murió fusilado porque en este mundo hay muchos señores
Coz y muchas malas lenguas… ». Estuvimos hablando así como una
hora, todo el tiempo fue amable y al final me dijo que podía irme
pero que lo pensara bien. « Ya está todo pensado » le
dije al salir. Cuando estuve en la calle vi a unos cuantos muchachos por
todas las partes, salían de un portal o de detráa de alguna
esquina, eran diez o doce si no recuerdo mal. Vineron hacia mí preguntándome
por qué me habían detenido, qué me habían dicho,
se preocupaban por lo que me iba a pasar. Fue una emoción tan grande
la que sentí que no podía hablar, s lo les decía : «
luego, luego, ahora voy donde mi hermana ». Corrí hasta el Hotel
Continental en el que por entonces trabajaba Elena. Al verla, me abracé
a ella y me puse a llorar, creí que mi pecho iba a estallar pues había
perdido la costumbre de que alguién se interesara a mí, a no
ser para insultarme. La señora Paulina, la dueña del
hotel, me dio algo de beber e hizo que me sentara para calmarme. Estuve allí
un ratito y después salí. Algunos de los muchachos seguían
esperándome y pude contarles lo que había pasado y por qué.
Les dije también que el jefe de la policía se mostró
amable conmigo, cosa que les extrañó. En efecto, aquel hombre
había sido un compañero de pesca suyo y ahora debían
tratarle de usted porque se había transformado en una « autoridad
». Me precisaron que ellos iban a cotizarse para pagar mi multa, a
lo que yo me opuse diciéndoles que pagar sería darle razón
a la acusadora. Mis patronos también deseaban prestarme el dinero
pero yo no acepté. No volvieron a molestarme nunca con aquella multa.
La muchacha que me denunció, cuando nos encontrábamos por el
paseo, por dos veces mostró la intención de hablarme pero la
miré fijamente a los ojos y no se atrevió.
Al cabo de dos o tres mese, ya no recuerdo bien, uno de los policias me dijo
que la multa la había pagado mi tío, el hermano de mi padre,
y eso me dolió mucho. En efecto, cuando mi padre estaba en la cárcel
se puso enfermo y nos pidieron que mandáramos «sólo 25
pesetas» para adquirir una medicina. Como no teníamos tal cantidad
de dinero, mi madre me mandó a Laredo, donde residían mi tío
y su familia, para ver vieran si podían darnos esa suma. No encontré
sino a la esposa de mi tío que me dijo que no podía darme nada
y que me hizo comprender que mi demanda la molestaba tanto que me acompaño
a la puerta y me la cerró en las narices. Cuando regresé a
casa, fue tan grande la desilusión y la pena de mi madre que se me
partió el alma y nunca se lo perdoné a aquella mujer. Mi madre
pensaba entonces que la única persona con la que podía contar
era precisamente el hermano de mi padre. Y no solamente porque de su hermano
se trataba sino también porque su hijo, nuestro primo, estuvo en nuestra
casa mientra duró el Frente Popular en el norte. Aunque era un muchacho
que nunca se metió en política, imitando así a su propio
padre, tenía miedo de sufrir represalias por su posición económica
: tenían un garaje que funcionaba bien, temía los rencores
y las envidias tan frecuentes en tiempos de guerra. Enfín, cuando
su hermano le expuso los temores de su hijo, mi padre no dudó un minuto
y propuso que el chico se viniera a casa a pesar del hambre que ya empezaba
a reinar. No sé lo que su mujer le contaría a mi tío
(él estaba totalmente dominado por ella) pero lo cieto es que no le
veíamos jamás. Tenía la costumbre de ir a una fonda,
La Parra, donde encontraba a sus amigos y tomaba algún trago. Pero
desde que Elena empezó a trabajar allí, no volvió más.
¿Le daba verguenza? No lo sabremos nunca sin embargo, a pesar de su
comportamiento, era un buen hombre. Mientras viví en Laredo, y fueron
varios años, no le vi sino una vez. No me acuerdo si fue antes o después
de mi detención pero fue por entonces. Nos encontramos de frente,
los dos nos quedamos parados y pude leer en sus ojos que él hubiera
deseado abrazarme, leyó seguramente lo mismo en mis propios ojos.
Pero nada ocurrió, seguimos ambos nuestro camino. ¿Por timidez
? ¿Por pudor ? No tengo ni idea pero hoy en día aun me pesa
no haberlo hecho ¡se parecía tanto a mi padre! La modista para
la que yo trabajaba era la que vestía a mi prima. Cuando venía
con su madre para elegir algún modelo o para probarse algo, la modista
me decía : « termina lo que estás haciendo y vete a dar
un paseo o a ver a tu hermana que va a venir tu tía». Si mi
prima venía sola, no me decía nada, con ella nos saludábamos.
Pero con el único con el que seguimos relacionándonos normalmente
fue con el hijo: él no olvidó nunca el tiempo que vivió
en nuestra casa.
Cuando estábamos presos en el barco, el único utensilio
que teníamos (salvo el cuchillo y el tenedor) para todos era una lata
de escabeche vacía que nos habían dado llena al embarcar. Si
no recuerdo mal era una lata de tres kilos de chicharrillos. Una vez que
estuvimos presos, la lata esa nos servía para ir a buscar la comida.
Bueno, nos servía para todo : por la mañana para el desayuno,
después la limpiabámos y la llenábamos de agua y servía
de lavabo, a mediodía volvíamos con ella a por la comida, luego
a por la cena, durante la noche era nuestro orinal. Todos los días
era lo mismo. Felicidad y Rosario no subieron nunca a cubierta, mi madre
sólo cuando la llamaban para interrogarla ; la señora Justa
subía también de vez en cuando a por comida. Pero la encargadas
del suministro éramos Elena y yo. Muchos días, cuando
subíamos y que los soldados estaban limpiando la cubierta, nos poníamos
al chorro de la manguera y nos lavábamos nosotras.
Un día, Elena se levanta y dice que le duele un pie y se pone a llorar
como una madalena. Era muy llorona y al mismo tiempo muy alegre, lo siguió
toda su vida. Mi madre la mira y ve que tiene en el talón un bultito.
Va y le pregunta al oficial si no hay un médico pueda verla.
El oficial contesta que va a hacer lo que pueda para que un médico
atienda a Elena y, efectivament un médico militar vino al día
siguiente y la examinó. El bulto había doblado de volumen,
el médico dijo que allí, en las condiciones en las que vivíamos,
no podía hacer nada, que hab a que llevar a Elena al hospital. Mi
madre no quería, tenía miedo a que nos llevaran a otro sitio
y que la chiquilla se quedara por allí sola. El oficial aseguró
que nos quedaríamos por lo menos hasta que Elena volviera, mi madre,
aunque no muy convencida, cedió pues el médico dijo que era
necesario operarla lo antes posible ya que en la condiciones en las que vivíamos,
aquello podía ser grave. Así que aquel mismo día ingresó
Elena en el hospital. Ella empezó a llorar diciendo que no quería
ir pero como todos la animábamos, lo mismo que el médico y
el oficial, empezó a reírse, sintiéndose la reina del
día. ¡ Sin embargo, al despedirse no pudo disimular el miedo
ni evitar algunas lagrimitas ! Permaneció en el hospital cuatro o
cinco días. Cuando regresó, estaba muy contenta y risueña
y fue otra vez la reina del día ¡ le gustaba tanto ! Nos dijo
que en el hospital la habían tratado muy bien y que había comido
mucho mejor que nosotros. Le dieron un gran paquete de algodón, gasas,
vendas y un desinfectante para que se curara todos los días y todo
fue bien. Una enfermera le dio también una tableta de chocolate. Seguimos
en el barco por lo menos un mes más.
Mi memoria hoy retrocede, un recuerdo para mí muy doloroso me ha venido
hoy.
Un día, el niño al que cuidaba y que estaba enfermo se puso
peor y sus padres le llevaron a Santander para que le viera un especialista.
Yo me quedé sola en casa y, como siempre, empecé a pensar en
mi padre.
Pensaba tantoque hasta me parecía oír los tiros que le mataban,
veía que le enterraban pero que aun estaba vivo ; por la noche llovió
mucho y yo me decía : sus ropas eatarán empapadas, tendrá
mucho frío con toda esa tierra encima y toda esa agua. Me hubiera
gustado ir a taparle, a ponerle algo encima para que no pasara el agua, para
que no se mojara. Pensé que me volvía loca, me marché
a "La Parra", donde trabajaba Elena. Cuando la señora Pepita, la dueña,
me vio entrar, me preguntó lo que me pasaba, no pude contestar y perdí
el conocimiento. Después dije lo que me ocurría y lo interpretaron
mal, pensaron que yo había visto a mi padre en une especie de espejismo
y la señora Pepita me acompañó a casa para que le dijera
donde le había visto. Recorrió toda la casa, el jardín
y me iba diciendo, " tú ves, no hay nadie". Yo contestaba que ya lo
sabía " si mi padre estuviera aquí, no me habría asustado
ni marchado, mi padre está en el cementerio y nadie le puede ver pero
está constantemente en mi pensamiento, esta vez, al quedarme sola,
ha sido con más fuerza, ha sido insoportable". Ella siguió
con su idea y yo volví a "La Parra" hasta que regresaron mis patronos.
Todos creyeron que aquel día tuve una visión. Sin embargo,
el tiempo no ha borrado nada, hace 66 años que le mataron y no pasa
un día sin que piense con mi padre, sobre todo durante las noches,
noches blancas en que todo vuelve a la memoria con toda la crueldad. Días
largos de soledad y angustia que me hacen salir de casa, huir, andar, andar
hasta extenuarme para que no me queden fuerzas ni para pensar. No pensar
como si fuera fácil, como si los recuerdos esperaran a que se les
llamara. Esforzarse en olvidar cuando una palabra que oyes, una imagen anodina,
una persona que te cruza en la calle te hacen recordar, emerger el dolor
y la pena que luchas por superar. Elena, poco antes de ponerse enferma, me
dijo : " muchas veces, por la noche, me despierto llorando, pensando en Papa
y después ya no puedo dormir, al día siguiente la triteza me
invade y empiezo a limpiar la casa como una loca, para olvidar, pero no puedo
olvidar, sólo me esfuerzo en no pensar. A Eusebio, me parece que le
pasa lo mismo aunque, directamente, no lo hemos comentado nunca pero hay
palabras y gestos que no engañan. Wolney tampoco creo que hubiera
olvidado nada a pesar de que estaba siempre atareado con sus invenciones
y su bricolage. José Luís es más reservado, cuando habla
no dice sino lo necesario, todo lo lleva dentro. Lo cierto es que los tres,
que eran los más jóvenes, sufrieron mucho y eso nunca se supera.
El sufrimiento se adormece a veces pero la chispa más pequeña
le despierta y el dolor y la angustia vuelven con todo su furor.
Un día, ya habían fusilado a mi padre, vienen corriendo unos
niños y le dicen a mi madre : " Matilde, Matilde, han echado a la
señora Justa de casa, tiene todos los muebles en la calle". Mi madre
salió corriendo para ver lo que pasaba y, en efecto, la señora
Justa había salido para comprar algo, al regresar se encontró
con todas sus cosas en la calle y con la puerta cerrada. Mi madre se la trajo
para nuestra casa, lo suyo no sé donde lo dejarían pues en
casa no cabía. Mi madre la cuidó como si hubiera sido su propia
madre ya que, tras una larga enfermedad, murió en sus brazos. Unos
meses después salió su hijo Mariano de la cárcel. Como
no tenía donde ir, mi madre le dijo que se quedara con nosotros, que
lo mismo que nuestra casa había sido la de su madre pues era la suya.
Mariano salió de la cárcel muy desmejorado, muy cansado, poco
a poco fue quedándose sin fuerzas. Entonces mi madre le dijo que fuera
al hospital de Valdecilla, pues las consultas eran gratuitas, para que le
viera un médico. El no quería pero como mi madre insistió,
se decidió y una mañana salieron los dos para Santander pues
él solo no podía ir. Le miraron dos médicos que diagnosticaron
un cáncer de estómago. Le recetaron solamente morfina pues
los médicos le dijeron a mi madre que Mariano iba a sufrir mucho pero
que no se podía hacer nada sino calmarle el dolor. Efectivamente,
sufrió muchísimo, fue algo horrible. Se le daba cada vez más
morfina pero era inútil. Sin embargo tardó mucho en morir hasta
que terminó haciéndolo en brazos de mi madre. Un día,
cuando estaba ya muy mal, vino el cura del pueblo a verle y le dijo a mi
madre : "Matilde, si todo lo que haces lo hicieras en el nombre de Dios,
ya habrías ganado el cielo". Ella le contestó : " bien egoísta
es ese señor si pretende que todo se haga en su nombre. Yo, cuando
hago algo, no lo hago más que por quién lo necesita". "Ya lo
sé", replicó el cura, " ¡ y si un día se cae la
iglesia, no estarás tú debajo !". "¡ De eso puede estar
usted seguro" dijo mi madre. El curete se marchó, a Mariano no le
trajo nada, debía pensar que su presencia era suficiente para ayudar
a los enfermos, aunque se encontraran en la mayor miseria. Otro día
vinieron a verle la mujer de Alvear y su madre, que solían hacer visitas
caritativas. Estaba con mi madre una vecina, María Pila, que venía
con frecuencia. Se pusieron las de Alvear a hablar y empezaron a decir que
había que tener resignación, que los que sufren mucho van al
cielo y otras cosas del mismo percal pero, como el cura, vinieron con las
manos vacías. Sabían que Mariano no tenía nada, que
estaba en la miseria, que de no se por mi madre, que tampoco tenía
nada, se hubiera muerto en la calle, como un perro y su madre lo mismo. Sabían
que necesitaba medicinas pero ni el cura ni ellas fueron capaces de darle
una peseta o un pedazo de pan. Después, la suegra de Alvear empezó
a hablar de su yerno, de lo bueno que era, de todos le adoraban, de que cuando
muriera muchos exigirían que se le canonizara...Yo no pude aguantar
más, me puse furiosa y le dije que su yerno era un canalla y un criminal
que se había negado a firmar en favor de mi padre. "Pero Luisa, te
has vuelto loca, tú sabes que todos te queremos, sus hijos te esperan
para darte flores", decía ella. "Ya lo sé, no estoy hablando
de los hijos sino del padre y si es cierto que Dios existe, como lo dice
usted, entonces el señor Alvear irá de cabeza al infierno".
Les conté cómo fue la entreviste que tuve con él, les
dije que yo sólo le pedía que firmara y que me negó
la firma porque le habían quitado el coche : éste tenía
más valor que la vida de un hombre con una mujer y siete hijos
y para colmo les prohibió a otros que firmaran. "Tú estás
perdiendo la cabeza", fue lo único que respondieron. Cuando se hubieron
marchado, mi madre me dijo que había estado demasiado directa con
ellas, María Pila opinaba que no tenía que haberles dicho nada
delante de ella, que eso fue seguramente lo que más las hirió.
En cuanto a mí, si no hubieran empezado a alabar al Alvear,
me hubiera callado.
El tiempo iba pasando, los acontecimientos con él.
Un buen día, la Cuca salió de la cárcel. Hacía
una semana que no estaba bien, no podía ni levantarse pero cuando
le dijeron que la ponían en libertad, nos contó que de un salto
se puso de pie y empezó a vestirse. Las monjas no querían dejarla
salir, decían que su estado físico no se lo permitía,
que era mejor que esperara unos días y que fuéramos a buscarla.
Ella replicó que no se quedaba allí ni un minuto más,
que su estado iba a mejorar en cuanto se viera del otro lado de la puerta,
que estaba dispuesta a hacer los catorce kilómetros andando si era
necesario. En casa nadie sabía nada así que la madre de otra
chica que salió con ella le dio dinero para tomar el tren. Elena y
yo seguíamos en Laredo y no la vimos llegar pero ni que decir tiene
que nuestra alegria fue inmensa. La Cuca tardó varios meses en restablecerse.
Estaba completemente agotada y tenía el estómago deshecho.
Cuando recuperó fuerzas, tomó el toro por los cuernos y se
fue a Palencia. En la cárcel le habían dado una dirección
donde podía comprar cereales que luego vendía de estraperlo
y así empezó a ganarse la vida. En realidad, no ganaba mucho
pues se lo vendía a estraperlistas de verdad que eran los que hacían
buenos negocios. Solía también vender algo de mercancia
a las vecinas del barrio al mismo precio que los estraperlistas y esos protestaban
diciendo que eran sus clientes. Siguió así varios meses, yendo
cada semana a Palencia. Por entonces me preguntó si yo podía
volver a casa para ayudarla, en particular para la contabilidad, ¡no
esperé a que me lo dijera dos veces! Al día siguiente salimos
las dos para Palencia, cada una con una maleta. Aquel mismo día, Deogracias,
el novio de Elena, pasaba un concurso en Palencia para entrar en la Banda
de Música de Santander, nos encontramos con él en la estación
y entonces empezaron las complicaciones. Ramón Chico, él
que le proponía la mercancia a la Cuca, cogió una maleta y
Deo la otra. Chico conocía a los policías, en cuanto los vio,
dejó la maleta y siguió andando. Pero Deo, que no los conocía,
no soltó la maleta y le detuvieron. Nosotras estábamos ya en
el tren y lo vimos todo. Cuando se presentó la policía para
detenernos, no nos sorprendió pero, evidentemente, protestamos con
energía. Nos llevaron a su local, no vimos a Deo, sólo nos
enseñaron un papel que él había firmado, y que no pudimos
leer, donde declaraba que la maleta era nuestra. Cuca y yo lo negamos,
dijimos que nos pusieran ante "ese señor" para ver si decía
lo mismo teniéndonos delante. No lo hicieron. Estuvieron rondándonos
a Deo y a nosotras pues debían pensar que, entre los tres, alguno
terminaría contradiciéndose, pero no lo lograron. Estuvimos
allí unas dos horas, perdimos el tren y tuvimos que dormir en Palencia.
No sabíamos adonde ir, Deo nos dijo : " vamos a la pensión
en la que suelo quedarme, quizás tengan sitio. Cómo era de
noche, nos costó encontrarla, al fin dimos con ella. Le contamos a
la dueña lo que nos había pasado y, muy amable, nos dejó
pasar y no nos cobró nada. Nos acostamos los tres en traves de la
cama, con los pies casi en el suelo. Deo nos contó que, cuando le
detuvieron, dijo que la maleta era de una señora que llevaba a un
niño en brazos y que le pidió si podía ayudarla pero
que él no la conocía. Al otro día, el billete
del tren ya no valía, volvimos a ver a la policía para exigir
que nos cambiaran el billete, lo que hicieron, aunque de mala gana. Fue la
última vez que la Cuca viajó a Palencia, yo tampoco volví.
Chico se las arregló para mandar la mercancía por ferrocarril.
A partir de ese momento, las mercancías llegaban a la estación
de Boo, a unos dos kilómetros de nuestra casa. José Luís
y yo éramos los encargados de ir a buscarlas. Ibamos con un carretillo
en el que llevábamos hasta ochenta kilos. De vez en cuando nos relebábamos,
yo subía las cuestas y él las bajaba. Cuando José Luís
llevaba el carretillo, yo iba detrás y al verle las piernas tan delgadas
que parecía que tenía las rodillas inchadas, me decía
" se le van a doblar, es imposible que siga con ese carretillo". Quería
ayudarle pero él no me dejaba. La verdad es que, a pesar de sus pocos
año y de su delgadez, era fuerte como un toro, mucho más que
yo. Chico solía mandarnos dos o tres cestos de un metro de altura,
más o menos. Un día envió ocho cestos y nos sabíamos
cómo arreglarnoslas asi que la Cuca le pidió a un conocido
que nos prestara el carro y el caballo y fuimos a la estación. Era
un carro de plataforma, nos pusimos a cargarle pero le hicimos " tan bien"
que cuando hubimos cargado cuatro cestas, el peso casi nos levantó
todo, ¡hasta el caballo! José Luís, para contrarrestar
el peso se sentó en un pescante pero como pesaba menos que una pluma,
no adelantamos nada. Afortunadamente, estaban dos muchachos trabajando un
poco más lejos y, al vernos, vinieron corriendo en nuestra ayuda.
El uno se subió al carro por delante para hacer contra peso, mientras
tanto el otro ponía el "tentemozo", nos arreglaron bien los cestos
y dijeron que no podían hacer más pues estaba el capataz vigilándoles.
Nos aconsejaron que no olvidáramos que lo primero era colocar el "tentemozo",
nos dijeron también que se fijaron en nosotros al ver cómo
manejábamos aquellos cestos tan grandes, que si hubiéramos
sido personas mayores ni se habrían fijado y que el pobre caballo
hubiera pagado las consecuencias de nuestra torpeza. Es verdad que José
Luís tenía 11 o 12 años pero había pasado tantas
necesidades que parecía más joven, yo tenía unos 18
años. Después de todo eso, pudimos por fin regresar a
casa . En cuanto a la contabilidad, tuve que hacer algunas pequeñas
trampas ya que mi madre me pedía dinero para comprar carne o pescado
para los chiquillos que, aunque ya no pasaran hambre, estaban muy mal alimentados
y que la Cuca no quería darle ningún dinero de lo que ganaba.
Yo le decía : " Mama, la Cuca gana poco, el dinero de la venta no
es suyo, con eso debe pagar la mercancia. Chico se lo manda y cuando ella
lo vende, tiene que pagarla. De todas formas, sin dinero, la Cuca no puede
seguir con el comercio ". Mi madre no se quedaba muy convencida con esos
argumentos.
El día 4 de diciembre de 1943 se casaron la Cuca y la Elena. La Cuca
se fue a vivir a Reinosa y me dejó a mí la mercancia para que
yo siguiera con aquel comercio pero el caso es que no tengo el alma comerciante.
Así que los negocios no fueron muy prósperos. El primer envío
no me fue mal pero el segundo fue una catástrofe. No pude pagarle
pues mi madre, cuando yo salía, empezó a dar fiado a las vecinas
y resultó que había vendido ella muchas más cosas que
yo. ¡ Pero no cobró jamás ni siquiera una perra chica
! Tuve que escribirle a Chico para decirle que no mandara más ya que
el último envío no se le podía pagar y le conté
por qué razones. Le dije que no podía seguir con aquel "comercio"
y que me iba a Madrid a trabajar : cada mes le mandaría dinero hasta
apurar la deuda. Le envié dinero durante unos meses, un día
se presentó él donde trabajaba y me dijo que con lo que había
ganado con la Cuca y con lo que yo le había devuelto, era suficiente
y que, en adelante, se lo diera a mi madre que lo necesitaba más que
él. Así hice.
Poco después las cosas empezaron a tomar mejores rumbos ya que los
chiquillos iban haciéndose mayores y empezaron a trabajar en los talleres
de los astilleros. No ganaban mucho, José Luís, el más
joven, ganaba 18 pesetas y la Falange le quitaba la mitad pues no quiso nunca
ir con los "Flechas". Wolney y Eusebio ganaban algo más y no tenían
el problema de la Falange porque eran mayores.
La gente del pueblo, al ver que Hitler perdía la guerra, empezó
a hacernos sonrisitas. Después, cuando terminó la guerra mundial
con la derrota alemana, algunos sintieron pánico pues pensaban que
con Franco pasaría lo mismo que con Hitler y trataron de lanzarnos
cables para preparan coartadas que les dieran la apariencia de personas tolerantes.
¡ Era insoportable ver aquello ! Un día, íbamos Felicidad
y yo por la carretera, se nos arrimó un muchacho que antes nos había
insultado muchas veces y empezó a hablarnos. Nosotras seguimos sin
hacerle caso. Entonces nos dijo que había sido una injusticia que
fusilaran a nuestro padre, que sus propios padres lo habían dicho
siempre y que él así pensaba también. Felicidad iba
a contestarle pero no la dejé, le dije que no éramos como ellos,
que los insultos no manchan sino a los que los lanzan. Le dejamos allí
plantado y cruzamos al otro lado de la carretera.
Para mí esos comportamientos eran peores que los insultos. Aquellos
hipócritas halagos después de tanto ensañamiento me
resultaban tan insoportables que decidí irme a Francia.
Estuve un año en Biarritz, en casa de una tía, una hermana
de mi madre. No lo pasé muy bien. Allí me dieron permiso sólo
para permanecer un año, la policía no aceptó renovarle.
Entonces, una noche, contra la voluntad de mis tíos, tomé el
tren para París. No sabía ni una palabra de Francés,
estaba sin dinero y sin papeles. ¡ Y, lo que es la vida, aquí
sigo, al cabo de 55 años ! Al poco tiempo de estar en París
todas las naciones reconocieron a Franco : se me quitaron las esperanzas
de regresar a España y, cuando volvió la democracia era ya
demasiado tarde. Volver hubiera representado otro exilio, ni mi marido ni
yo estábamos dispuestos a ello. Así que somos como extraños
aquí en Francia pero también en nuestro propio país.
En estos días han celebrado el sesenta aniversario del desembarque
aliado en Normandie. A la ceremonia acudió un nieto de Churchill que
declaró : "No puedo decir que mi abuelo ganó la guerra pero
sí que no dejó perderla". Yo tengo otra opinión, que
creo más acertada. Su abuelo hubiera podido evitar esa guerra y los
millones de muertos que acarreó si se hubiera movilizado o hubiera
dejado que otros se movilizaran para defender España. Allí
estrenaron los Alemanes sus famosos aviones, destruyendo Guernica y otros
pueblos. Ahora celebran una victoria, cuentan los muertos pero los honores
son para ellos, para los dirigentes de ayer y de hoy aunque sean los responsables
de tantas muertes porque temían perder unas minas. En fin, las
guerras son así y como dice la gente del pueblo : "los muertos van
al hoyo y los vivos al bollo".
Cuando salí rumbo a París, en el tren conocí a un vasco,
profesor de Inglés, y gracias a él no dormí en la calle.
Yo traía la dirección de unos amigos de mi padre, madrileños,
que también eran del POUM. Me la dio mi tío. Pero el número
estaba confundido : en el 15 de la rue Puteaux estaba una Logia de masones.
Entonces el vasco me dijo que fuera a su casa pues ya era muy tarde y que
al día siguiente él me acompañaría a otra dirección
de unos amigos de mi tío que tomé sin que nadie lo supiera.
Ese hombre, al que conocí en Biarritz, se llamaba Munis, era mejicano
y había sido guardaespaldas de Trotski. Al otro día pues, el
vasco tenía clase y no pudo acompañarme, lo hizo su mujer que
fue muy atenta conmigo y me recibió muy bien cuando llegué
a su casa.
Munis vivía en la rue Gambetta y, afortunadamente, le encontré
en su casa. Entonces me despedí de la Vasca y le prometí que
iría a visitarla, lo que hice varias veces. Munis me acompañó
al local del POUM. Tomamos el metro, él me pagó el billete
y me explicó cómo funcionaba. ¡Sus explicaciones fueron
tan claras que jamás me extravié, iba por el metro como por
mi casa! Los militantes del POUM me recibieron muy bien. Encontré
al amigo de mi padre, Juan Andradre, cuya dirección era érronea:
vivía en el número 17 ¡ y no en el 15 ! de la rue de
Puteaux. Además de Andrade estaban allí diez o doce personas
más. Empezaron a preguntarse sobre quien podría alojarme pues
todos vivían en espacios muy reducidos. Por fin uno, que llegó
un poco más tarde, Zayuelas, me propuso que fuera a su casa ya que
disponía de un piso espacioso. Su mujer y el eran muy buenas personas
pero muy raros y con predisposiciones para el misterio. Se habían
conocido en un campo de concentración alemán, esta circuntancia
era quizás la explicación de sus a veces extraños comportamientos.
Me prohibieron que comunicara su dirección a nadie, incluso a mi madre.
Los vascos se enfadaron ya que pensaron que no confiaba en ellos. Mi madre
tenía que escribirme donde Bonet, uno de los dirigentes del POUM.
A las ocho de la mañana, yo debía abandonar el piso para que
no me viera la mujer de la limpieza. Era el mes de noviembre de 1950 y puedo
decir que no era agradable pasearse por las calles de París a aquellas
horas, el frío a veces me paralizaba. Cuando veía una aeración
del metro, me calentaba un poco pero tenía que marcharme enseguida
por miedo a que me viera la policía, al seguir andando, pasaba más
desapercibida. A la una, iba a comer a casa de los Andrade, tenía
que cruzar todo París ya que ellos vivían en la parte norte.
Junto a ellos encontraba algo de calor humano. Algunas noches los Zayuela
tenían visitas entonces me preguntaban si no podía yo ir a
dormir a otro sitio pues seguían teniendo miedo de que me vieran.
Evidentemente, me marchaba. Entonces me ponía a andar por las calles
hasta las once o las doce de la noche, después entraba en algún
portal, con cuidado para que la portera no me oyera y trataba de dormir en
la escalera. Sobre las cinco de la mañana, me iba pues oía
a la gente que empezaba a levantarse para ir a trabajar. Seguía deambulando
por las calles hasta la una, cuando acudía a casa de los Andrade para
comer. Cuando hacía mucho frío iba a la estación de
"Saint Lazare", allí estaba al resguardo y me podía sentar.
Lo malo era que a veces me dormía : tenía miedo de que me viera
la policía que siempre hacía rondas por allí, así
que iba lo menos posible.
Por entonces encontré trabajo pero no estaba "declarada", era trabajo
"al negro" como dicen ahora. En efecto, un peletero de Biarritz, con quien
había trabajado allí, me recomendó a un amigo suyo ;
Bonet le escribió solicitando un empleo para mí. Ese hombre
contestó enseguida y me citó para una entrevista, cerca del
local del POUM, en la "cité Trévise". Nos pusimos de acuerdo
y, al día siguiente, empecé a trabajar. Iba cada día
a partir de las dos de la tarde. Estaba sola en el taller, me había
dado la llave y en cuanto llegaba lo encontraba ya todo preparado y no tenía
más que ponerme a coser a máquina. Entonces alquilé
una "chambre de bonne" (una habitación, de servicio) en la calle de
Orléans, cerca del metro "Sablons". Era una habitación minúscula,
para cocinar tenía que sentarme encima de la cama y poner un infiernillo
que alguien, no recuerdo quien, me dio en el suelo. El agua y el vater estaban
en la escalera. Pagaba por esa habitación bastante caro pero, por
fin, me sentía libre y allí no molestaba a nadie. Seguía
comiendo con los Andrade pues me dijeron que con lo que ganaba no podía
vivir, que ellos no permitían que pasara necesidades, que cuando me
arreglaran los papeles y ganara un sueldo normal pues, entonces, si
yo así lo deseaba, podría dejar de ir a su casa. Además
decían que lo hacían por el cariño que le habían
tenido a mi padre, al que tanto apreciaron. Yo no sabía qué
contestarles, tan grande fue mi emoción que se me saltaron las lágrimas.
Al día siguiente fui una hora antes pues tenía la costumbre
de hacerles cada día algo de limpieza o de ayudar a María Teresa
a coser o a cualquier cosa que necesitara.
Empecé a desplazarme en metro y, la verdad sea dicha, entre pagar
la habitación y el metro, no me quedaba apenas nada. Para ahorrar
un poco, solía ir andando hasta la estación de metro "Etoile",
entonces se pagaba el metro según las estaciones. Después de
comer en casa de los Andrade, en el metro "Rome", me iba andanso hasta "Opéra",
allí tomaba el metro hasta "Bonne Nouvelle" donde trabajaba. Un domingo,
fui a visitar al los Vascos. Iba algo temerosa, estuvieron contentos al verme
y pude explicarles por qué no les había podido dar mi dirección
hasta entonces, lo comprendieron muy bien. Seguimos hablando y me dijeron
algo que solucionó todos mis problemas : "si fueras Vasca, te darían
enseguida los papeles". "Pues se puede decir que soy Vasca, nací en
Ortuella". Me dieron la dirección del Gobierno vasco en exilio y el
lunes me presenté allí con Bonet que siempre me acompañaba.
Me pidieron el certificado de refugiada política (que tenía
desde 1951) y un certificado de domicilio que me hizo una señora,
Françoise Baby. A los pocos días me convocaron y me dieron
los documentos necesarios para que consiguiera la "carte de séjour"
(la carta de residente).
Al llegar a la "Préfecture" se me cayó el cielo a los pies.
¡ La sala estaba de gente hasta los topes ! Era imposible pasar hasta
el sitio donde tenía yo que entregar todos los papeles, me pasé
allí la mañana para nada. Volví a casa de los Vascos,
al día siguiente uno de ellos me acompañó y todo salió
bien, en dos horas más o menos me arreglaron la "carte de séjour"
por una temporada de tres años. No me quedaba más que ir al
Ministerio de Trabajo para que me dieran la "carte de travail" es decir el
permiso de trabajar. Conseguí esa carta enseguida pero sólo
podía hacer de criada. Françoise Baby me dijo entonces que
fuera a casa de unos amigos suyos que eran pianistas y sobretodo de izquierdas
y buena gente, que con ellos estaría bien. Y así fue. Esas
personas tenían dos hijas de siete y nueve años, durante la
semana estaban interna en un colegio, no venían a casa sino los fines
de semana. Me trataron muy bien, al cabo de cuatro meses invitaron a mi madre
a que viniera a pasar un mes conmigo, lo que me causó una gran alegría.
Hacía ya un año y medio que no la veía, la soledad se
me hacía difícil de soportar. Aquel año, el primero
de febrero, día de mi cumpleaños, me escribieron para comunicarme
que había muerto mi hermana Felicidad. Fue un golpe terrible. Estaba
en el local de las Brigadas Yugoslavas, tenía que recoger el certificado
de domicilio que Françoise Baby me hacía cuando Bonet me dio
la carta. Todos se dieron cuenta de que me pasaba algo, Françoise
se preocupó y les dije que mi hermana acababa de morir, que no me
lo esperaba ya que cuando me vine se encontraba bien al contrario de Wolney,
cuyo estado era tan grave que yo no pensaba volver a verle con vida. Françoise
abrió una suscripción para que se le pudiera mandar streptomicina,
que en España no se encontraba. Recuerdo que el primero que dio fue
el escritor Albert Camus, dio diez mil francos de los de entonces, es decir
lo que ganaba yo al mes.
Mi madre llegó en julio, no me acuerdo del día. Las niñas
estaban en casa pues era época de vacaciones. Todas las tardes íbamos
al Bois de Boulogne que a mi madre le gustaba mucho y a mí también.
Las niñas nos decían que parecíamos cotorras, que siempre
estábamos hablando y que ellas no comprendían nada. El mes
pasó rápidamente, me pareció el más corto de
toda mi vida. Cuando marchó, la soledad fue más aguda, más
dura de soportar, menos mal que las niñas me la apaciguaban algo.
El mes de agosto fuimos de vacaciones a Cabourg, en Normandie. Allí
me sentí más a gusto pues estábamos a orillas del mar,
a veces tenía la sensación de que me encontraba en Santander.
En Cabourg conocí a varias personalidades francesas que eran amigos
de mis patronos. Todos los días iba a la playa con las niñas
; por la tarde, el padre venía con sus amigos a reunirse con nosotras.
La madre no venía pues no podía tomar el sol así que
me prestó su traje de baño, yo no tenía, y pasábamos
unas dos horas en la playa. Solía venir un pintor, hermano de la patrona,
se llamaba Tailleur, y me propuso que le sirviera de modelo, me dijo que
su hermana estaba de acuerdo pero yo me negué. Un escultor me hizo
la misma propuesta y la rechacé también diciéndoles
que no me gustaba exponerme a la vista de todos, que cuanto menos me viera
nadie, mejor. Estaba también por allí Jean-Paul Sartre que,
cuando no se ponía a discutir con los demás, me pareció
muy simpático y otro escritor cuyo nombre no recuerdo. Vi a Leivovitch
(no sé si se escribe así) que era el director de la Orquesta
Nacional de Radio France. Tuve la ocasión de hablar con todos ellos
durante la semana que pasaron con mis patronos.
Regresamos a París durante los primeros días de septiembre
y la vida siguió su rumbo. Hacia el mes de junio de 1952 otro hermano
de mi patrona, que era médico en el hospital de la Salpêtrière,
me estableció un certificado para que me cambiaran la carta de trabajo
y pudiera ejercer otros oficios ya que los productos para la limpieza me
producían eczema en las manos. Me convocaron en octubre, me mandaron
hacer radiografías y análisis y terminaron dándome la
carta de trabajo para cualquier empleo.
A últimos de octubre encontré trabajo en un taller de la Place
de la République donde hacían quepis y viseras militares. Empecé
en noviembre. El día de los Difuntos, dejé la casa de los Casanova,
mis patronos para casarme con Sebastián. Bueno, nos casamos después
pues tardaron en mandarnos los papeles pero nos pusimos a vivir juntos. El
día tres de noviembre empecé a trabajar con unas máquinas
industriales, era un trabajo difícil pues trepidaban mucho, los obreros
las llamaban "máquinas cañón". A los tres meses más
o menos me desmayé en el taller. Llamaron a un médico, vino
una ambulancia y me llevaron al hospital. Me dijeron que no era nada grave
pero que, como estaba embarazada de unos tres meses y que el niño
no estaba bien colocado pues, si deseaba no perderle, debía hacer
mucho reposo. El médico me dio una baja y un vale para tomar un taxi
que me llevara a casa. Me aconsejo que descansara, que de esa forma todo
iría perfectamente. Sin embargo, entonces empezaron los problemas.
En efecto, Sebastián no quería tener hijos y hacía todo
lo posible para que abortara. Cada noche, salíamos a dar "un paseo"
y como él no sabía andar despacio, yo quedaba agotada. Una
noche exageró más : llegaba el autobús y me hizo correr.
El chófer nos vio y nos esperó, cuando subí pidió
a la gente que alguien me cediera un asiento, no arrancó sino al ver
que me senté. Yo estaba de seis meses pero todo eso le puso a Sebastián
de muy mal humor pues le pareció una verguenza que una persona se
levantara para que se sentara su mujer. Después de ese incidente me
negué a salir con él. Lo cierto es que si no hubiera estado
sola y sin saber adonde ir, nuestra relación se hubiera terminado
entonces. Dos días más tarde me puse enferma por la noche.
Sebastián tuvo que llamar a un médico que diagnosticó
un peligro de aborto, me llevaron al hospital donde permanecí doce
días. Fue durante esos momentos cuando Sebastián se hizo con
la idea de que iba a ser padre, me pidió perdón por su comportamiento
y cambió.
El día cuatro de agosto de 1953 nació la niña. Fue el
día más feliz de mi vida. Muchas veces pensé que la
felicidad había desaparecido para siempre pero el nacimiento de mi
hija desmintió tan pesimistas pronósticos y, al verla, lloré
de emoción. Permanecí unos días en la maternidad y me
sentí tan intensamente feliz que hasta me asusté. Hubo entonces
en Francia un movimiento de huelga general, en los bares ya no había
cerveza ni agua mineral, los transportes no funcionaban, los médicos,
las enfermeras participaban también al movimiento. Mi madre me escribía
muy preocupada pues pensaba que en la maternidad la niña y yo estábamos
abandonadas, tuve que contestarle que nos atendían perfectamente.
El personal trabajaba como siempre sólo que con un brazal que señalaba
que estaban en huelga. Salí antes de que me dieran de alta. En efecto,
Sebastián venía cada día a vernos pero siempre quejándose
de que estaba harto de estar solo, siempre diciendo que no nos dejaban salir
para cobrar más, que hacía calor, que le cansaba venir andando.
Es verdad que la maternidad quedaba lejos y que había canícula.
Yo le decía que no era necesario que viniera cada día pero
él quería demostrar que se preocupaba por nosotras, lo que
era cierto. Al fin y al cabo terminé firmando un papel para que me
dejaran salir el 14 de agosto. Yo estaba con mucha fiebre y a la niña
no se le había caído el cordón. Me enseñaron
lo que tenía que hacer cuando se le cayera y me recomendaron que viera
a un médico. Sebastián encontró un taxi, sólo
trabajaban para las entradas y las salidas de los hospitales, y regresamos
a la habitación que ocupábamos en un hotel de la Avenue d'Italie.
Allí no teníamos ni agua ni desagüe, era necesario bajar
un piso para tirar el agua sucia y subir agua limpia. El grifo del agua estaba
en el retrete que era el único del hotel. La habitación era
minúscula, tenía tres ventanas pero sólo se podía
abrir la mitad de una. Así vivimos durante cinco años. Yo seguía
mal pues no pude descansar como me aconsejaron los médicos. Cuando
la niña dormía, solía acostarme también. Después
la llevaba al parque, que no estaba lejos, porque no podía dejarla
todo el día encerrada en aquella habitación. Regresaba a casa
sobre las seis y media o las siete cuando regresaba Sebastián del
taller donde trabajaba.
A principios de 1955 me dijeron que debía operarme pero como no tenía
a nadie que cuidara a la niña no lo hice. En mayo de 1957, el médico
volvió a decirme que me operara, que era urgente, que si no lo hacía
él no respondía de nada. Entonces escribí a mi madre
para pedirle que viniera a buscar a la niña y me la cuidara durante
un par de meses. Vino en junio a Biarritz, donde mi prima, yo bajé
hasta allí con Olga. Permanecimos en Biarritz unos quince días
para que la niña se acostumbrara a estar con su abuela pues sólo
había estado conmigo, tenía tanta costumbre de verme en cuanto
abría los ojos, por la estrechez de la habitación, que a veces
no quería salir ni con su padre. Cuando mi madre y mi hija salieron
para Santander, me enfermé, no pude acompañarlas hasta la frontera,
me daba tanta pena ver que mi hija se iba que las fuerza me fallaron. Tuve
que quedarme dos días más en Biarritz. En julio ingresé
en el hospital, me operaron al día siguiente, todo fue bien, a las
dos semanas regresé a casa con un ovario y una trompa menos.
El cuatro de agosto la niña cumplía cuatro años. Pedí
a mi familia que me la trajeran pero me contestaron que hasta que no tuviéramos
un piso decente que se quedaban con ella, que estaba mucho mejor en Santander,
que la niña ya no se iba a acostumbrar a vivir en una habitación
tan pequeña y en tan malas condiciones. En parte tenían razón.
Así que la niña siguió en Santander durante más
de un año, que a mí me pareció un siglo. Sin embargo,
como el pasaporte de Olga caducaba no tuvieron más remedio que traérnosla.
Pero, sin saberlo, cumplieron con lo que habían dicho ya que el mismo
día de su llegada nos entregaron las llaves de un piso nuevo aunque
vacío : celebramos allí los cinco años de la niña.
Mi hermana Cuca fue la que la acompañó a París. Mientras
estuvo con nosotros, cada vez que Olga quería algo se lo pedía
a ella, a mí me miraba pero no me decía nada. Eso me hacía
sufrir pero no se lo demostraba, ¡ hablaba con ella y ella le
hacía caso a mi hermana ! Aún hoy tengo a veces la impresión
que nunca me ha perdonado el haberla enviado a España, quizás
ella lo sintió como un abandono. La Cuca se quedó durante un
mes. Con ella fui a comprar las camas y las sillas. Recuerdo que cuando llegamos
a la Place de la Bastille vimos que venía desde la Place de la Nation,
por la calle de Saint-Antoine, una cantidad de gente increíble que
iba ocupandotoda la anchura de la calle. Mi hermana, al verlos, se asustó,
quisimos entrar en un café pero no nos dejaron a pesar de que íbamos
con la niña. Cerraron todos los comercios por temor a algún
lío. Sólo estábamos en la calle nosotras tres. La manifestación
era tranquila y digna, de vez en cuando los que iban delante gritaban : "no"
a De Gaulle, los demás respondían "no" y después seguían
en silencio. Cuando la Cuca comprendió que se trataba de una manifestación
se le saltaron las lágrimas. Me decía que se le había
olvidado que existieran manifestaciones de ese tipo.
Olga, al ver que nos instalábamos definitivamente en el piso, que
allí íbamos a estar tranquilos, empezó a separarse algo
de la Cuca. Vivíamos en un entresuelo, con un balcón desde
donde veía a los otros niños que estaban jugando fuera. Como
es normal quiso ir a jugar con ellos pero no sabía hablar en Francés,
se le había olvidado totalmente ese idioma. Entonces se dirigía
a mí para que hablara en Francés y poco a poco fue tomándome
confianza. Cuando, al cabo de un mes se marchó la Cuca, lo sintió
mucho pero ya se había acostumbrado a la idea de quedarse con nosotros,
sabía perfectamente que éramos sus padres, que la queríamos
y que si la mandamos a España fue por necesidad. En septiembre empezó
a ir a la escuela y estaba encantada. Cuando iba a buscarla me contaba todo
lo que había hecho y me preguntaba "¿ cuando es mañana
?" pues deseaba volver a la escuela. Enseguida empezó a parlotear
en francés. Después fue a la escuela primaria, le gustaba mucho,
se sentía un gran personage, nos decía que ya era mayor y no
dejaba sus libros.
Fue entonces cuando ingresé de nuevo en el hospital, me operaron de
una rodilla. Estuve un mes y de nuevo tuve que firmar un papel para que me
dejaran salir. Pero fue con una condición : tenía que hacer
cama. Tres veces por semana venía el médico a hacerme infiltraciones,
una se infectó y tuve que volver al hospital donde permanecí
tres días. Después, mi estado mejoró, un masajista venía
todos los días para la reeducación. Durante unos tres meses
no pude levantarme, no me fue posible andar correctamente durante más
de un año. Como ya he dicho, Olga tenía seis años e
iba a la escuela, una vecina se ocupaba de ella hasta que regresaba su padre
del trabajo y cenaban los dos juntos. Hubo una semana de vacaciones que pasó
en casa de los Solano, a quienes conocía y que tenían un niño,
Daniel, algo mayor que ella. Lo pasó muy bien. Cuando empecé
a andar de nuevo, iba cada tarde a buscarla a la escuela. A mediodía
volvía a casa sola o, mejor dicho, con las otras ni&