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FUNDACIÓNANDREU NIN |
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La guerra civil española ofrece muchos aspectos controvertidos e incluye, bajo el manto del combate principal entre las dos Españas, muchos otros combates o guerras menores, que no dejaron de ser en algunos casos sangrientos. Así el enfrentamiento entre hedillistas y legitimistas dentro del colectivo falangista en la Salamanca de abril de 1937 o los "hechos de mayo en la Barcelona de mayo de ese mismo año. Este último hecho marcó, por otra parte, un punto de inflexión importante en la vida de la Cataluña republicana: se dio por acabada la utopía revolucionaria de julio de 1937 promovida sobre todo por los anarquistas, con la colaboración del POUM y se impuso un nuevo orden estrictamente sujeto al gobierno central presidido por Negrín y basado en la creciente preeminencia del Partido Comunista.
Ignacio Iglesias fue comunista desde su juventud, pero optó pronto por la heterodoxia trotskista, lo que le llevó a participar en la fundación del Partido Obrero de Unificación Marxista, creado en 1934 como fruto de la fusión del Bloque Obrero y Campesino de Maurín con la Izquierda Comunista de Nin. Vivió, por tanto, los enfrentamientos 'con el PCE, participó en la revolución de 1936 y tuvo que esconderse cuando, tras los "hechos de mayo", el gobierno republicano disolvió, por presiones de Stalin, el POUM, sometió a sus dirigentes a juicio en el Tribunal de Espionaje y Alta Traición -en el que fueron condenados- y consintió impotente el secuestro y asesinato por los comunistas de Andrés Nin. Todo ello lo ha relatado en varios textos históricos que han visto la luz en diferentes momentos y ediciones y ahora Laertes ha reunido en el volumen “Experiencias de la revolución”.
Lo cierto es que no fue fácil la vida del POUM, un partido considerado
por sus enemigos trotskista que, curiosamente, nació contra la voluntad
de Trotski, quien era partidario primero de la permanencia de sus seguidores
en el propio Partido Comunista y sólo cuando vio su inoperancia
con el triunfo de Hitler, postuló que entraran como corriente crítica
en los partidos socialistas.
Paralelamente, Iglesias achaca a Trotski una visión completamente
errónea de la situación española, guiada por el dogmatismo
y la incomprensión, obsesionado como estaba por analizar todos los
hechos políticos bajo el prisma de lo que había ocurrido
en la revolución bolchevique.
Hay que añadir que el POUM tampoco comulgó a ciegas con
la política de Frente Popular, a la que, en principio, negó
su colaboración, aunque finalmente entró considerándolo
mero acuerdo electoral. y cuando, iniciada la guerra civil, comenzó
a producirse el acercamiento del gobierno republicano hacia la Unión
Soviética, criticó la entrega incondicional a de aquél
a las
intromisiones de los agentes rusos. Iglesias recuerda que Rusia nunca
ayudó desinteresadamente a la España republicana porque nuestra
guerra "fue para la URSS un gran negocio político, estratégico
y comercial". Como es natural, Stalin no podía permitirse el lujo
de tolerar la supervivencia de este tábano molesto que incordiaba
en la lejana España y ordenó a sus agentes el exterminio,
como también hubiera el deseado el de los anarcosindicalistas, aunque
con estos no pudo dado la importancia de dicho colectivo. Hubo que suscitar
una provocación y ésta fue el asalto a la Telefónica
de Barcelona, dominada por los anarquistas, origen de los sangrientos "hechos
de mayo" a cuyo término el POUM sería severamente reprimido
y disuelto. La revolución fue también, en este caso, un monstruo
que se comió a algunos de sus propios hijos. Una historia con la
que ahora, descubierta la vesania estalinista, desaparecida la URSS y muertos
la inmensa mayoría de sus protagonistas, pueden ajustar las cuentas
los supervivientes.
Edición digital de la Fundación Andreu Nin, noviembre 2003