FUNDACIÓN

ANDREU NIN


 Comentarios sobre la guerra árabe-israelí

  Isaac Deutscher

Isaac Deutscher fue entrevistado por Alexander Cockburn, Tom Wengtaf y Peter Wollen para New Left Review, 20 de junio de 1967. Este texto, incorporado por Tarik Alí como apéndice a su libro El choque de los fundamentalismos. Cruzadas, yihads y modernidad (Alianza, 2002), fue incluido en la antología Judío no sionista (Ed. Ayuso, Madrid, 1981), que resulta actualmente inencontrable.

               A modo de introducción, ¿podría usted resumir su visión general de la guerra árabe-israelí?

              A mi modo de ver, la guerra y el «milagro» de la victoria israelí no han resuelto ninguno de los problemas a los que se enfrentan Israel y los Estados árabes. Por el contrario, los han agravado y han creado otros nuevos y más peligrosos. En lugar de reforzar su seguridad, Israel se ha vuelto más vulnerable. Estoy convencido de que algún día, en un futuro no muy remoto, el fácil triunfo de las armas israelíes llegará a verse como el desastre que en realidad ha sido.
               Repasemos el contexto internacional de los hechos. Esta guerra debe ponerse en relación con la lucha por el poder que se desarrolla en el mundo y con los conflictos ideológicos que la enmarcan. En los últimos años, el imperialismo estadounidense y las fuerzas que respalda o que están asociadas a él se han empeñado en una formidable ofensiva política, ideológica, económica y militar contra grandes regiones de Asia y África; por su parte, las fuerzas adversarias, y en concreto la Unión Soviética, se han batido en retirada o han conservado a duras penas el terreno ganado. Esta tendencia es consecuencia de una larga serie de sucesos: las revueltas de Ghana que culminaron con el derrocamiento del gobierno de Nkrumah; el refuerzo de la reacción en diversos países afroasiáticos; el sanguinario triunfo del anticomunismo en Indonesia, que constituyó una importante victoria para la contrarrevolución asiática; la escalada bélica en Vietnam; y el golpe militar de la derecha «marginal» en Grecia. La guerra árabe-israelí no ha sido un hecho aislado; se encuadra en esta categoría de sucesos. La contrarreacción se ha manifestado en la agitación revolucionaria que ha cundido en diversas regiones de India, en la radicalización del ambiente político en los países árabes, en la eficaz lucha del Frente Nacional de Liberación de Vietnam; y en la creciente oposición mundial a las injerencias estadounidenses. El avance del imperialismo estadounidense y de la contrarreacción africana y asiática no ha sido aceptado sin más; pero a la vista está que la resistencia de poco ha valido salvo en Vietnam.
                    La penetración estadounidense en Oriente Próximo tiene un origen relativamente reciente. La postura de Estados Unidos siguió siendo «anticolonialista» durante la guerra de Suez. Y, gracias al apoyo de la Unión Soviética, sirvió para lograr la retirada británica y francesa. La lógica de la política estadounidense aún no había cambiado a finales de los años cuarenta, cuando empezaba a configurarse el Estado de Israel. Mientras el interés prioritario de la clase dirigente estadounidense fue expulsar de África y Asia a las viejas potencias coloniales, la Casa Blanca fue un bastión del «anticolonialismo». Pero una vez que se hubo logrado que los viejos imperios se hundieran, Estados Unidos empezó a sentir miedo de que las fuerzas revolucionarias autóctonas o la Unión Soviética, o una combinación de ambas, llenaran el «vacío de poder» que se había creado. El anticolonialismo yanqui se desvaneció y Estados Unidos «tomó posiciones». En Oriente Próximo, esto sucedió en el periodo comprendido entre la crisis de Suez y la última guerra israelí. El desembarco estadounidense en Líbano en 1958 tuvo el propósito de abortar la oleada revolucionaria que se hacía sentir en la región y, particularmente, en Irak. Desde entonces, confiando sin duda en la «moderación» soviética, Estados Unidos ha evitado las intervenciones armadas directas en Oriente Próximo y ha optado por la discreción. Pero la presencia estadounidense sigue siendo tan real como antes.

              ¿Cómo se ve la política israelí desde esta perspectiva?

               Como es lógico, los israelíes han actuado por sus propios motivos, y no sólo para adaptarse a los intereses de la política estadounidense. La mayoría de los israelíes se sienten amenazados por la hostilidad árabe, eso es evidente; y se les pone la carne de gallina cuando los árabes declaran «sanguinariamente» su propósito de «borrar Israel del mapa». Les obsesiona el recuerdo de la tragedia vivida en Europa por los judíos y se sienten aislados y rodeados por la «prolífica» población del hostil mundo árabe. Los propagandistas israelíes no tuvieron la menor dificultad a la hora de exagerar el miedo a que en Asia se estuviera fraguando otra «solución final», y las amenazas verbales árabes jugaron a su favor. Invocando los mitos bíblicos y los antiguos símbolos religiosos y nacionales de la historia judía, los propagandistas atizaron el furor beligerante, la arrogancia y el fanatismo de los que los israelíes han dado sobradas muestras al arremeter contra el Sinaí, el Muro de las Lamentaciones, Jordania o las murallas de ]Jericó. El furor y la arrogancia ocultaban un sentimiento reprimido de culpa con respecto a los árabes, la sensación de que los árabes nunca olvidarían ni perdonarían los golpes que les había asestado Israel al arrebatarles sus tierras, convertir a millones de árabes en refugiados e infligirles repetidas derrotas y humillaciones militares. Medio enloquecidos por el miedo a la venganza de los árabes, la inmensa mayoría de los israelíes han aceptado la «doctrina» que alienta la política del gobierno, la «doctrina» que sostiene que la seguridad de Israel se basa en librar una guerra cada pocos años para reducir a los Estado árabes a la impotencia.
                      Sean cuales fueren las razones y los miedos de los israelíes, sus actos también están condicionados por agentes externos. Los factores que han generado la dependencia de Israel se han «incorporado» a su historia a lo largo de un par de décadas. Todos los gobiernos israelíes han puesto la existencia de Israel al servicio del «enfoque occidental». Por si solo, este factor habría bastado para convertir a Israel en una avanzadilla occidental en Oriente Próximo y para involucrarla en el gran conflicto entre el imperialismo (o neocolonialismo) y los pueblos árabes que luchan por su emancipación. Pero además han intervenido otros factores. La economía israelí ha mantenido precariamente su equilibrio y su crecimiento gracias a la ayuda económica del sionismo extranjero, y sobre todo gracias a los donativos estadounidenses. Estas ayudas han tenido un efecto contraproducente en el nuevo Estado. Han permitido que el gobierno equilibrara la balanza de pagos sin necesidad de entablar relaciones comerciales con sus vecinos, como hacen el resto de los países del mundo. La estructura económica israelí se ha distorsionado, puesto que ha promovido el crecimiento de un gran sector improductivo y ha generado un nivel de vida que no se basa en la productividad ni en las ganancias reales. Israel ha vivido por encima de sus posibilidades. Durante años, casi la mitad de los alimentos consumidos en Israel se importaban de Occidente. La administración estadounidense exime del pago de impuestos las ganancias y beneficios que se donan a Israel, y gracias a ello Washington controla las fuentes de las que depende la economía israelí. Washington podría castigar a Israel en cualquier momento eliminando esta exención de impuestos, aunque ello supusiera perder el voto judío. Es una amenaza que siempre está presente aunque nunca se menciona, y ha bastado para que la política israelí se vincule sólidamente a la de Estados Unidos.
                   Hace unos años, en el transcurso de un viaje a Israel, un alto cargo israelí me enumeró las fábricas que no habían podido construir debido al veto impuesto por Estados Unidos; entre otras, plantas metalúrgicas y fábricas de maquinaria agrícola. Por otro lado, tenían una serie de fábricas prácticamente inútiles que producían enormes cantidades de utensilios de cocina de plástico, juguetes, etcétera. Los gobiernos israelíes tampoco podían plantearse seriamente la necesidad vital de establecer vínculos económicos y comerciales con los Estados árabes vecinos o mejorar las relaciones económicas con la Unión Soviética y la Europa del Este.
                   La dependencia económica ha afectado asimismo a la política interior y al «ambiente cultural». Los donantes estadounidenses son los inversores extranjeros de mayor peso en Tierra Santa. Los acaudalados judíos estadounidenses, esos «empresarios del gran mundo» que viven rodeados de socios y amigos gentiles en Nueva York, Filadelfia o Detroit, en el fondo están orgullosos de pertenecer al «pueblo elegido», y se valen de su influencia para promover el oscurantismo religioso y la reacción en Israel. A estos firmes creyentes en la libertad de empresa, ni siquiera les parece bien el «socialismo» moderado del Histadrut y los kibutzim, y hacen lo posible por domesticarlo. Su principal divisa ha sido ayudar a los rabinos a conservar un dominio absoluto de la legislación y de buena parte de la educación; y así se ha perpetuado el exclusivista espíritu de superioridad racial-talmúdico. Todo esto ha alimentado y exacerbado el antagonismo con los árabes.
                La guerra fría dio un gran impulso a las tendencias reaccionarias y recrudeció el conflicto árabe-judío. Israel adoptó una firme postura anticomunista. Cierto es que la política llevada a cabo por Stalin en sus últimos años, los brotes de antisemitismo en la Unión Soviética, los argumentos antijudíos esgrimidos en los juicios de Slanski, Rajk y Kostov, y el apoyo soviético a todas las variedades del nacionalismo árabe, incluidas las más irracionales, también han influido en la actitud de Israel. Pero no hay que olvidar que Stalin fue el padrino de Israel; que las municiones checoslovacas, suministradas siguiendo las órdenes de Stalin, permitieron que los judíos lucharan contra el ejército de ocupación británico -y contra los árabes- en 1947-1948; y que el enviado soviético fue el primero en votar a favor de la formación del Estado de Israel en las Naciones Unidas. También podría argumentarse que el cambio de actitud de Stalin con respecto a Israel fue una reacción frente al alineamiento de Israel con Occidente; alineamiento que ha sido mantenido por los gobiernos israelíes de la época posterior a Stalin.
              Así pues, la hostilidad a ultranza contra la aspiración árabe a emanciparse de Occidente se ha convertido en el axioma de la política israelí. De ahí que Israel desempeñara el papel que desempeñó en la guerra de Suez. Los ministros socialdemócratas israelíes, al igual que los colonialistas occidentales, han abrazado una razón de Estado que concede máxima prioridad a mantener a los árabes sumidos en el retraso y divididos entre sí, división que les permite emplear a los hachemitas ya otros dirigentes feudales en contra de las fuerzas republicanas y nacionalistas revolucionarias. A principios del presente año, ante la posibilidad de que el rey Hussein fuera derrocado por un levantamiento republicano o por un golpe de Estado, el gobierno de Eshkol no tuvo el menor reparo en declarar que las tropas israelíes invadirían Jordania sí se producía un «golpe nasserista» en Ammán. Por otro lado, la actitud amenazadora adoptada por Israel frente al nuevo régimen sirio, al que calificó de «nasserista» o incluso de «ultranasserista» (puesto que el gobierno sirio parecía ser un poco más antiimperialista y radical que el de Egipto), fue un preludio de los acontecimiento del pasado junio.
                 Los servicios secretos soviéticos creían que Israel planeaba atacar Siria el pasado mayo y Moscú sí se lo advirtió a Nasser. Es imposible averiguar sí era cierto. El resultado de la advertencia fue que, a instancias de los soviéticos, Nasser ordenó la movilización de sus tropas para concentrarlas junto a la frontera del Sinaí. Si Israel planeaba atacar Siria, las medidas adoptadas por Nasser podrían haber retrasado el ataque unas cuantas semanas. Si Israel no lo planeaba, la actuación de Nasser habría servido para dar a sus amenazas antisirias el tipo de credibilidad que los israelíes otorgan a las amenazas de los árabes. En cualquier caso, los dirigentes israelíes estaban seguros de que Occidente les respaldaría y les recompensaría sí adoptaban una actitud agresiva contra Siria o Egipto. En esta idea se basó la decisión de lanzar un ataque preventivo el 5 de junio. Los israelíes daban por sentado el apoyo moral, político y económico estadounidense, y en menor medida el británico. Sabían que, por muy violento que fuera su ataque contra los árabes, podrían contar con la protección diplomática estadounidense o, al menos, con la indulgencia oficial estadounidense. y no se equivocaban. La Casa Blanca y el Pentágono no podían por menos de mostrarse agradecidos con quienes, por sus propios motivos, trataban de someter a los enemigos árabes del neocolonialismo estadounidense. El general Dayan actuó como una especie de mariscal Ky de Oriente Próximo, y fue sorprendentemente rápido, eficaz e implacable en el cumplimiento de su tarea. Demostró ser un aliado mucho más presentable y menos costoso que Ky.

            ¿Podríamos hablar ahora del punto de vista de los árabes y de su comportamiento en vísperas de las crisis?

               El comportamiento de los árabes, y en especial las vacilaciones y dudas de Nasser en vísperas de las crisis, contrastan fuertemente con la determinación y la declarada agresividad de Israel. Después de movilizar las tropas hacia la frontera del Sinaí, siguiendo los consejos soviéticos, e incluso de desplegar los misiles de fabricación soviética, Nasser declaró un bloqueo del estrecho de Tirán sin consultar previamente a Moscú. Fue una clara provocación, aunque de escasa repercusión práctica. Las potencias occidentales concedieron tan poca importancia al bloqueo que no estimaron necesario «ponerlo a prueba». Nasser redobló su prestigio y se vanaglorió de haberle arrebatado a Israel el último fruto de su victoria de 1956. (Antes de la guerra de Suez, los barcos israelíes no podían cruzar el estrecho. Los israelíes exageraron los riesgos que entrañaba el bloqueo para su economía, y reaccionaron movilizando sus fuerzas y desplazándolas hacia las fronteras.
                 La propaganda soviética oficial seguía alentando a los árabes. Sin embargo, en la conferencia de Partidos Comunistas de Oriente Próximo celebrada en mayo (Pravda publicó un resumen de sus resoluciones) apenas sí se mencionó la crisis y se hicieron veladas críticas a Nasser. Pero más importante que esto fueron las maniobras diplomáticas que tenían lugar entre bastidores. El 26 de mayo, el embajador soviético despertó a Nasser a media noche (a las 2.30 a.m.) para advertirle que el ejército egipcio no debía ser el primero en abrir fuego. Nasser se atuvo a las instrucciones. y puso tanto celo en cumplirlas, que no sólo evitó ser el primero en declarar las hostilidades, sino que no tomó ninguna precaución contra un posible ataque israelí: no adoptó medidas para defender los aeródromos ni para camuflar los aviones. Ni siquiera se tomó la molestia de minar el estrecho de Tirán o de colocar algunas piezas de artillería en sus orillas (tal como más adelante descubrirían con sorpresa los israelíes).
                  Nasser y el Alto Mando egipcio tuvieron una actuación chapucera. Pero los verdaderos chapuceros estaban en el Kremlin. La actuación de Brezhnev y Kosiguin recuerda a la de Jruschev durante la crisis cubana, aunque ha sido aún más desatinada. La pauta se ha repetido. En la primera fase, se provocó innecesariamente al otro bando y se incurrió en la temeridad de llevar la situación «al límite»; luego vino la fase del pánico y la retirada apresurada; y, por último, los desesperados intentos de salvar las apariencias y borrar las propias huellas. Después de atizar el miedo de los árabes, de incitarlos a realizar acciones arriesgadas, de prometerles su apoyo, y de desplazar al Mediterráneo a sus unidades navales para contrarrestar la movilización de la Sexta Flota estadounidense, los rusos ataron a Nasser de pies y manos.
                ¿Por qué lo hicieron? La línea roja» entre el Kremlin y la Casa Blanca entró en acción cuando la tensión estaba al máximo. Las dos superpotencias convinieron en evitar la intervención directa y en refrenar a las partes en conflicto. Tal vez los estadounidenses trataron de refrenar a Israel, pero debieron de hacerlo de un manera muy poco enérgica, o con tan escaso convencimiento que los israelíes se sintieron alentados a lanzar el ataque preventivo que tenían planeado. (Ciertamente, no tenemos noticia de que el embajador estadounidense haya despertado al primer ministro israelí para advertirle que los israelíes no debían ser los primeros en atacar.) Los soviéticos sí refrenaron a Nasser enérgica y eficazmente. Aun así, no deja de resultar extraño que Nasser no adoptara las más elementales precauciones militares. ¿Le diría el embajador soviético, cuando fue a visitarlo en plena noche, que Moscú estaba seguro de que los israelíes no iban a ser los primeros en atacar? ¿Había recibido Moscú esas garantías de Washington? ¿Tuvo Moscú la credulidad de darlas por buenas y actuar en consecuencia? Parece casi increíble. Pero sólo esta versión de los hechos puede explicar la pasividad de Nasser y la perplejidad de Moscú cuando estallaron las hostilidades.
                Esta actuación chapucera deriva de la contradicción básica de la política soviética. Los dirigentes soviéticos consideran que conservar el statu quo internacional, incluido el statu quo social, es la condición esencial de su seguridad nacional y de la «coexistencia pacífica». Por consiguiente, hacen todo lo posible por mantenerse a «prudente distancia» de los epicentros de los conflictos de clases de todo el mundo y evitan los compromisos internacionales arriesgados. Ahora bien, por motivos ideológicos y de poder político, no pueden eludir todos los conflictos. No pueden mantenerse a prudente distancia cuando el neocolonialismo estadounidense choca directa o indirectamente contra sus enemigos africanos, asiáticos o latinoamericanos, que consideran a Moscú su amigo y protector. Esta contradicción se mantiene latente en las épocas normales, en las que Moscú se esfuerza en relajar las tensiones y aproximarse a Estados Unidos; y, al propio tiempo, apoya y arma cautelosamente a sus amigos africanos, asiáticos y cubanos. Pero la crisis surge más pronto o más tarde y la contradicción estalla. La política soviética debe elegir entre apoyar a sus aliados y protegidos, que obran en contra del statu quo, y su compromiso con el statu quo. y cuando la necesidad de elegir es ineludible y apremiante, Moscú opta por el statu quo.
                Es un dilema real y muy peligroso en la era nuclear. Un dilema que también afecta a Estados Unidos, que está tan interesado como la Unión Soviética en evitar una guerra mundial y un conflicto nuclear. Pero la libertad de acción y de llevar a cabo ofensivas político-ideológicas está mucho menos limitada en el caso de Estados Unidos. Washington no tiene tanto miedo como Moscú a que las acciones de sus protegidos o sus propias intervenciones militares desencadenen una confrontación directa entre las superpotencias. Así lo han demostrado la crisis cubana, la guerra de Vietnam y, ahora, la guerra árabe-israelí.

                ¿Han tenido alguna vez los israelíes la oportunidad de establecer unas relaciones normales  al menos tolerables con los árabes? Ésta es una pregunta fundamental. ¿Han tenido esa opción? ¿Hasta que punto no es la última guerra el resultado de una larga cadena de acontecimientos irreversibles?


               Sí, la situación actual está hasta cierto punto determinada por cómo han sido las relaciones árabe-israelíes desde la Segunda Guerra Mundial, o incluso desde la Primera. A pesar de todo, yo creo que los israelíes tenían otras opciones. Permítame que le cuente una parábola con la que en una ocasión traté de ilustrar este problema ante un público israelí: Un hombre saltó por la ventana del último piso de un edificio en llamas donde ya habían perecido varios miembros de su familia. Salvó la vida, pero cayó sobre una persona que estaba abajo y le rompió los brazos y las piernas. El hombre que saltó por la ventana no tenía otra opción; pero fue el causante de la desgracia del que se rompió las extremidades. Si ambos hubieran actuado racionalmente, no se habrían hecho enemigos. El que escapó del incendio, una vez repuesto, habría tratado de ayudar y consolar al de las extremidades rotas; y éste podría haberse dado cuenta de que era víctima de unas circunstancias que escapaban al control de ambos. Pero veamos lo que sucede cuando la gente se comporta irracionalmente. El hombre herido culpa al otro de su accidente y promete hacérselo pagar. El otro, temiendo la venganza del minusválido, le insulta y le pega cada vez que se encuentran. El que recibe los golpes jura vengarse, y de nuevo vuelve a ser golpeado. Esta encarnizada enemistad, que comenzó por puro capricho, se va recrudeciendo y llega a amargar a los dos hombres ya condicionar toda su existencia.
              Luego les dije a mis oyentes israelíes: estoy seguro de que ustedes, los supervivientes de la comunidad judía europea, se reconocen en el hombre que saltó por la ventana de la casa incendiada. El otro personaje representa a los árabes palestinos que han perdido sus tierras y sus hogares, y que son más de un millón. Están resentidos; sólo pueden contemplar su tierra natal desde el otro lado de la frontera; les atacan a ustedes por sorpresa, juran tomar venganza. Ustedes les vapulean despiadadamente; han demostrado que saben hacerlo muy bien. Pero ¿qué sentido tiene todo esto? ¿ Ya qué puede llevar?
              La tragedia de los judíos europeos, Auschwictz, Majdanek y las masacres en los gettos son responsabilidad de nuestra «civilización» burguesa occidental, de la que el nazismo fue un hijo legítimo, aunque degenerado. Pero los árabes han tenido que pagar el precio de los crímenes cometidos por Occidente contra los judíos. y siguen pagándolo porque, movido por la «conciencia de culpa», Occidente respalda a Israel y se pone en contra de los árabes. Por su parte, Israel se ha dejado sobornar y engañar muy fácilmente por el dinero con el que Occidente pretende lavar su conciencia.
                Los israelíes y los árabes podían haber entablado una relación racional sí Israel lo hubiera intentado, sí el hombre que saltó desde la casa en llamas hubiese tratado de hacer amistad con la víctima inocente de su caída. Pero las cosas no han sucedido así. Israel ni siquiera ha reconocido que los árabes tienen motivos de queja. El sionismo se propuso desde sus inicios crear un Estado exclusivamente judío y no tuvo el menor reparo en echar del país a sus habitantes árabes. Ningún gobierno israelí ha realizado un intento serio de aliviar o remediar el problema de los árabes. Se niegan incluso a analizar la situación de la multitud de refugiados sí previamente los Estados árabes no reconocen el Estado de Israel, es decir, sí los árabes no se dan por vencidos en el terreno político antes de iniciar las negociaciones. Quizá esta actitud se pueda justificar como una táctica negociadora. Las relaciones árabe-israelíes empeoraron terriblemente a raíz de la guerra de Suez, en la que Israel actuó descaradamente como punta de lanza de los viejos imperialismos europeos en quiebra en su último bastión de Oriente Próximo, en su último intento de mantener el dominio sobre Egipto. Los israelíes no tenían por qué tomar partido por los accionistas de la Compañía del Canal de Suez. Los pros y los contras estaban claros; no había confusión posible con respecto a la bondad o maldad de cada bando. Los israelíes se alinearon con el bando de los malvados, moral y políticamente.
               A primera vista, el conflicto árabe-israelí no es más que un enfrentamiento de dos nacionalismos rivales, atrapados ambos en el círculo vicioso de sus exageradas e hipócritas ambiciones. Desde la perspectiva del internacionalismo abstracto, sería muy fácil condenar a los dos por reaccionarios y despreciables. Pero esa perspectiva no tiene en cuenta las realidades sociales y políticas. El nacionalismo de los pueblos que habitan en países coloniales o semicoloniales y luchan por la independencia no es equiparable, ni moral ni políticamente, al nacionalismo de los conquistadores y los opresores. El primero tiene una justificación histórica y un aspecto progresista, y el segundo no. Es evidente que el nacionalismo árabe pertenece a la primera categoría y el israelí no.
                Ahora bien, incluso el nacionalismo de los explotados y los oprimidos debe analizarse críticamente y tomando en consideración todas sus fases de desarrollo. En una fase son las aspiraciones progresistas las que prevalecen; en otra, afloran las tendencia reaccionarias. Desde el momento en que la independencia se consigue o está a punto de conseguirse, el nacionalismo tiende a desprenderse de su aspecto revolucionario y se convierte en una ideología retrógrada. Hemos visto cómo esto sucedía en India, Indonesia, Israel y, hasta cierto punto, en China. Por otro lado, todo nacionalismo tiene, incluso en su fase revolucionaria, una veta de irracionalidad, una tendencia a la exclusividad, al egoísmo nacional y al racismo. El nacionalismo árabe contiene todos estos ingredientes a pesar de sus méritos históricos y de su función progresista.
                La crisis de junio ha puesto al descubierto algunas de las debilidades básicas del pensamiento y acción políticos de los árabes: la falta de estrategia política; la inclinación a la intoxicación emocional; y la dependencia excesiva de la demagogia nacionalista. Estas debilidades han tenido mucho peso en la derrota árabe. Algunos propagandistas de Egipto y de Jordania han cargado el acento sobre la amenaza de destruir Israel, o de exterminarla -amenazas hueras, como lo ha demostrado la absoluta ineficacia militar de los árabes-, y con ello tan sólo han conseguido alimentar el chovinismo israelí y permitir que el gobierno de Israel exaltara hasta el paroxismo los miedos y la agresividad del pueblo, lo cual inflama el odio contra los árabes.
               La guerra es una prolongación de la política; esto es una verdad que no necesita demostración. Los seis días de guerra han probado la relativa inmadurez de los actuales regímenes árabes. Los israelíes no sólo deben su victoria al ataque preventivo que lanzaron, sino también a su organización económica, política y militar, más moderna que la de los árabes. La guerra ha servido para hacer el balance de una década de desarrollo árabe, a partir de la guerra de Suez, y ha revelado algunos de sus fallos. La modernización de las estructuras socioeconómicas de Egipto y de otros Estados árabes, así como del pensamiento político árabe, ha avanzado a un ritmo mucho más lento del que le atribuían quienes tienden a idealizar los regímenes árabes actuales.
               El retraso está enraizado en las condiciones socioeconómicas, de eso no hay duda. Pero la ideología y los métodos de organización también contribuyen a fomentarlo. Estoy pensando en el sistema unipartidista, en el culto al nasserismo y en la imposibilidad de entablar debates libremente. Todo esto ha sido un serio obstáculo para la educación política de las masas y para el progreso del pensamiento socialista. Los resultados negativos se han hecho notar en diversos ámbitos. Cuando las grandes decisiones políticas quedan en manos de un líder más 0 menos autocrático, el pueblo no participa en los procesos políticos, no desarrolla una conciencia vigilante y activa, ni aprende a tomar iniciativas en los tiempos normales. y todo ello tiene grandes repercusiones, incluso militares. El ataque israelí, en el que sólo se ha empleado un armamento convencional, no habría tenido unos efectos tan devastadores sí las fuer zas armadas egipcias hubieran adquirido la costumbre de confiar en la iniciativa individual de oficiales y soldados. Los comandantes de los regimientos locales habrían tomado unas precauciones defensivas básicas sin esperar a que se lo ordenasen. La ineficacia militar ha sido un reflejo de una debilidad socio política más amplia y profunda. Los métodos burocrático-militares del nasserismo también dificultan la integración del movimiento de liberación árabe. La demagogia nacionalista está a la orden del día, pero no puede sustituir al verdadero impulso en pro de la unidad nacional ni a la movilización de las fuerzas populares en contra de los elementos secesionistas, feudales y reaccionarios. Hemos visto que, en tiempos de emergencia, la dependencia excesiva de un solo líder ha puesto a los Estados árabes en manos de las intervenciones de la superpotencia y de lo; accidentes de las maniobras diplomáticas.

                 Volviendo a Israel ¿cómo va a explotar la victoria? ¿Qué papel quieren jugar los israelíes en esa parte del mundo?


                 Es una grotesca paradoja que los israelíes hayan adoptado el papel de los prusianos de Oriente Próximo. Han ganado tres guerras contra sus vecinos árabes. También los prusianos vencieron hace un siglo a todos los Estados vecinos en un plazo de pocos años a los daneses, a los austríacos y a los franceses. La sucesión de victorias generó en ellos una confianza absoluta en su propia eficacia, una confianza ciega en la fuerza de sus armas, una arrogancia chovinista y una actitud desdeñosa hacia otros pueblos. Mucho me temo que en la personalidad política de Israel se esté operando una degeneración similar; porque de una degeneración se trata. En su papel de la Prusia de Oriente Próximo, Israel no podrá ser más que una parodia de su modelo. Los prusianos pudieron emplear sus victorias para unir en el Reich a los pueblos de lengua alemana que vivían fuera del Imperio austrohúngaro. Los vecinos de Alemania estaban escindidos por sus intereses divergentes, por la historia, la religión y la lengua. Bismarck, Guillermo II y Hitler pudieron enfrentarlos unos a otros. Los israelíes están rodeados por todas partes de árabes. Los intentos de enfrentar entre sí a los Estados árabes están condenados al fracaso. En 1948, cuando Israel libró su primera guerra, los árabes estaban divididos; lo estaban mucho menos en 1956, en tiempos de la segunda guerra israelí; y en 1967 formaron un frente común. Su unidad tal vez se refuerce en las futuras confrontaciones con Israel.
               Los alemanes han resumido su experiencia en una frase amarga: Man kann sich totsiegen! «El hombre puede precipitarse victoriosamente hacia su tumba.» y esto es lo que han hecho los israelíes. La codicia les ha perdido. En los territorios conquistados y en Israel hay actualmente casi un millón y medio de árabes, lo que equivale a más del 40 por ciento de la población total. ¿Expulsarán los israelíes a esta multitud de árabes para conservar «con seguridad» las tierras conquistadas? Expulsarles sería crear un problema con los refugiados mucho mayor y más peligroso que el que existía antes. ¿Renunciarán a los territorios conquistados? La mayoría de sus líderes afirman que no lo harán. Ben Gurion, el genio maligno del chovinismo israelí, es partidario de que se cree un «Estado árabe palestino» en el Jordán, que sería un protectorado israelí. ¿Esperan los israelíes que los árabes acepten un protectorado? ¿Que no luchen contra él con uñas y dientes? Ningún partido israelí está ni tan siquiera dispuesto a considerar la posibilidad de que se cree un Estado binacional árabe-israelí. Entretanto, se ha «convencido» a muchos árabes que vivían en el Jordán de que abandonen sus hogares, y quienes no se han marchado reciben un trato mucho peor que el que se infligía a la minoría árabe de Israel durante los diecinueve años en que se la sometió a la ley marcial. Sí, esta victoria es peor para Israel que una derrota. En lugar de concederle una seguridad mayor, la ha vuelto mucho más vulnerable. Puede que los israelíes temieran la venganza árabe, pero se han comportado como sí pretendieran convertir un fantasma en una amenaza real.

               ¿Ha reportado la victoria israelí algún beneficio práctico a Estados Unidos? ¿Ha reforzado su ofensiva ideológica en Áfríca y Asia?

                Cuando cesaron las hostilidades, hube un momento en que parecía que la derrota de Egipto iba a acarrear la caída de Nasser y el hundimiento de la política asociada a su nombre. Si eso hubiera sucedido, Oriente Próximo habría vuelto a incorporarse casi con total seguridad a la esfera de influencia de Occidente. Egipto podría haberse convertido en una especie de Ghana o Indonesia. Pero las cosas no sucedieron así. Las masas árabes, que salieron a las calles y plazas de El Cairo, Damasco y Beirut para exigir que Nasser conservara su puesto, impidieron que pasara. Fue una de las excepcionales ocasiones históricas en que el impulso popular modifica o altera el equilibrio político en breves momentos. Esta vez, en la hora de la derrota, la iniciativa popular tuvo un impacto inmediato. En la historia se han producido muy pocos casos en que un pueblo se haya alzado de esta forma en defensa de su líder derrotado. Claro está que la situación aún puede cambiar. Las fuerzas reaccionarias continuarán actuando en los países árabes para lograr un golpe de Estado al estilo de Ghana o de Indonesia. Pero, de momento, el neocolonialismo no ha podido cosechar el fruto de la «victoria» israelí.
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              El prestigio y la influencia de Moscú han sufrido un grave revés como consecuencia de estos acontecimientos. ¿Será un revés temporal o de efectos permanentes? ¿Es posible que influya en las alianzas políticas de Moscú?

             En junio se alzó un mismo grito desde El Cairo, Damasco y Beirut: «!Los rusos nos han traicionado!». y al ver que el delegado soviético de las Naciones Unidas votaba a la vez que el estadounidense en favor del alto el fuego sin poner como condición la retirada de las tropas israelíes, los árabes se sintieron aún más traicionados. Según dicen, Nasser amenazó así al embajador soviético: «La Unión Soviética va a descender a la categoría de una potencia de segunda o de tercera». Los acontecimientos parecían dar la razón a los chinos, que acusaban a la Unión Soviética de haberse confabulado con Estados Unidos. La catástrofe también disparó las alarmas en la Europa el Este. «Si la Unión Soviética ha abandonado así a Egipto, ¿no nos abandonará también a nosotros cuando los alemanes vuelvan a atacarnos?», se preguntaban los polacos y los checos. Los yugoslavos estaban indignados. Tito, Gomulka y otros líderes acudieron rápidamente a Moscú para exigir una explicación y una operación de rescate para los árabes. Lo cual resulta aún más extraordinario teniendo en cuenta que la exigencia procedía de los «moderados» y los «revisionistas», que normalmente defienden la «coexistencia pacífica» y el acercamiento a Estados Unidos. Pero ahora hablaban de la «confabulación soviética con el imperialismo estadounidense» .
                Los dirigentes soviéticos tenían que hacer algo. El hecho de que la intervención de las masas árabes hubiera salvado el régimen de Nasser les proporcionó un nuevo campo de maniobras. Después de la gran traición, los líderes soviéticos volvieron a presentarse como los amigos y protectores de los países árabes. Unos cuantos gestos espectaculares, la ruptura de relaciones diplomáticas con Israel y una serie de discursos en las Naciones Unidas no supusieron mayor esfuerzo. Incluso la Casa Blanca decía «comprender» su «difícil situación» y la «necesidad táctica» que llevó a Kosiguin a la Asamblea de la ONU.
               Ahora bien, los gestos no bastaban para restablecer la posición soviética. Los árabes exigían a la Unión Soviética que les prestara una ayuda inmediata para reconstruir su fuerza militar, una fuerza que habían perdido por seguir los consejos soviéticos. Solicitaban aviones, tanques y cañones nuevos, y más municiones. Aparte de los costes que acarrearía el restablecimiento de las fuerzas armadas árabes --el equipamiento militar de Egipto que se había perdido valía miles de millones de libras--, la Unión Soviética tenía que considerar los riesgos políticos que entrañaba. Los árabes se niegan a negociar con Israel; y pueden permitirse dejar que la victoria israelí se convierta en una derrota. El rearme es una prioridad máxima de El Cairo. Israel ha dado una provechosa lección a los egipcios: la próxima vez, quizá sean las fuerzas aéreas egipcias las que lancen el primer ataque. y Moscú debe decidir sí les va a proporcionar las armas para lanzarlo. Moscú no puede estar a favor de que los árabes tomen represalias, pero tampoco se puede negar a rearmar a Egipto. Ahora bien, el rearme de los árabes probablemente llevaría a Israel a interrumpir el proceso ya lanzar otro ataque, en cuyo caso la Unión Soviética se enfrentaría al mismo dilema que ha sido incapaz de resolver en mayo y junio. Si Egipto atacara primero, Estados Unidos intervendría casi con toda seguridad. Si las fuerzas aéreas israelíes sufrieran una derrota y los árabes avanzasen hacia Jerusalén o Tel Aviv, la Sexta Flota no se limitaría a contemplar el espectáculo desde las aguas mediterráneas. y sí la Unión Soviética se mantuviera una vez más al margen del conflicto, perdería irremediablemente su aventajada posición internacional.
               El jefe del Alto Mando soviético llegó a El Cairo una semana después del alto el fuego; los hoteles de la ciudad estaban atestados de asesores y expertos soviéticos que pusieron manos a la obra para reconstruir las fuerzas armadas egipcias. Pero Moscú no puede considerar con ecuanimidad la perspectiva de que se establezca una competición entre árabes e israelíes para ver quién ataca primero, ni tampoco las implicaciones de esta situación. Es probable que los expertos soviéticos de El Cairo estuvieran dándole tiempo al tiempo para que, entretanto, la diplomacia soviética tratase de «ganar la paz» para los árabes después de haberles hecho perder la guerra. Ahora bien, el problema básico de la política soviética no se resolverá por mucho tiempo que se gane. ¿Hasta cuándo podrá seguir adaptándose la Unión Soviética a los avances de los estadounidenses? ¿Hasta dónde podrá retirarse ante las ofensivas económico-políticas y. militares lanzadas por Estados Unidos en las regiones africanas y asiáticas? Krasnaya Zvezda tenía sólidas razones para indicar el pasado junio que tal vez sea necesario revisar el concepto soviético actual de coexistencia pacífica. Los militares, y no sólo ellos, temen que las retiradas soviéticas puedan estar impulsando la dinámica de avance de Estados Unidos; y que sí las cosas continúan así, acabe por resultar inevitable una confrontación directa entre los soviéticos y los estadounidenses. Si Brezhnev y Kosiguin no consiguen resolver esta situación, quizá sobrevengan cambios en el liderazgo soviético). Las crisis de Cuba y Vietnam contribuyeron a la caída de Jruschev. y aún no hemos terminado de ver las consecuencias de la crisis de Oriente Próximo.

                  ¿Qué solución le ve a esta situación? ¿Cabe todavía la posibilidad de resolver de una manera racional el conflicto árabe-israelí?


                 En mi opinión, los medios militares no lo resolverán. Nadie puede negar a los Estados árabes el derecho a reconstituir en alguna medida sus fuerzas armadas. Pero su necesidad más apremiante es desarrollar una estrategia social y política y nuevos métodos en la lucha por la emancipación. y no habrá de ser una estrategia exclusivamente negativa dominada por la obsesión antiisraelí. Que los árabes se nieguen a negociar con Israel en tanto en cuanto ésta no renuncie a sus conquistas es lógico. y también que se opongan al régimen de ocupación del Jordán y la franja de Gaza. Pero todo esto no supone que haya que reanudar la guerra.
               En lugar de una Guerra Santa o un ataque preventivo, la estrategia que puede reportar más beneficios a los árabes, la estrategia civilizada que puede otorgarles una auténtica victoria, debe centrarse en la necesidad imperiosa y apremiante de llevar a cabo una exhaustiva modernización de las estructuras económicas y políticas, así como en la necesidad de lograr una verdadera integración de la vida nacional árabe, que sigue fragmentada por las viejas divisiones y fronteras heredadas del imperialismo. y sólo podrá avanzarse hacia estos objetivos sí se desarrollan y refuerzan las tendencias revolucionarias y socialistas de la política árabe.
              Por último, el nacionalismo árabe será mucho más eficaz como fuerza liberadora sí se disciplina y racionaliza al incorporar un elemento internacionalista que permita a los árabes encarar con mayor realismo el problema de Israel. No deben seguir negando. a Israel el derecho a existir, ni deben continuar entregándose a la retórica sanguinaria. El crecimiento económico, la industrialización, la educación, una organización más eficaz y una política más moderada serán los factores que darán a los árabes lo que no han podido obtener por la fuerza numérica ni el encarnizamiento contra los israelíes, a saber, una preponderancia real que reducirá casi automáticamente a Israel a sus modestas dimensiones y al papel que le corresponde desempeñar en Oriente Próximo.
               Claro está que no se trata de un programa a corto plazo. Pero tampoco se requerirá mucho tiempo para llevarlo a cabo; es el camino más corto hacia la emancipación. Los atajos de la demagogia, la venganza y la guerra han dado unos resultados catastróficos. Entretanto, los políticos árabes deberían apelar directamente al pueblo israelí, esquivar al gobierno de Israel y dirigirse a los trabajadores ya los kibutzím. Habría que aplacar los miedos de estos últimos mediante el compromiso de respetar los intereses legítimos de Israel e incluso de favorecer la incorporación del Estado israelí a una futura Federación de Oriente Próximo. Esto serviría para moderar el frenético chovinismo israelí y para estimular la oposición a la política de conquistas y dominación llevada a cabo por Eshkol y Dayan. No debe subestimarse la capacidad de los trabajadores israelíes para responder positivamente a un llamamiento de este tipo.
               También es necesario distanciarse del juego de las grandes potencias, que ha distorsionado el desarrollo sociopolítico de Oriente Próximo. Ya he demostrado que la influencia estadounidense ha contribuido a crear el repugnante carácter reaccionario de la política israelí. Por su parte, la influencia rusa también es responsable de haber pervertido la mentalidad árabe al bombardearla con consignas huecas y fomentar la demagogia; además, el egoísmo y el oportunismo de Moscú han promovido el desencanto y el cinismo. Las perspectivas de futuro serán desoladoras sí la política de Oriente Próximo continúa siendo un juguete en manos de las grandes potencias, porque ni los judíos ni los árabes podrán salir del círculo vicioso en el que están atrapados. Esto es lo que las personas de izquierdas deberíamos decirles con la mayor claridad posible a los árabes ya los judíos.
                Es evidente que esta crisis ha tomado por sorpresa a la izquierda, que se ha mostrado desorientada y dividida, tanto aquí como en Francia y, al parecer; en Estados Unidos. En este último país se ha dado voz al miedo a que las disensiones con respecto a Israel lleguen a escindir el movimiento contra la guerra de Vietnam.
              Sí, no se puede negar que la confusión nos ha afectado a todos. No voy a hablar ahora de los «amigos de Israel> como el señor Mollet y compañía, quienes, al igual que Lord Avon y Selwyn Lloyd, consideraban que esta guerra era una continuación de la campaña de Suez y una venganza por las decepciones de 1956. Tampoco perderé el tiempo hablando del grupo de presión sionista de derechas del Partido Laborista. Pero sí quiero decir que algunos miembros «de la extrema izquierda» del partido, como Sidney Silverman, se han comportado de manera tal que parecían querer ilustrar el dicho según el cual: «Basta escarbar un poco en un izquierdista judío para que aflore el sionista que lleva dentro». También se vieron muestras de confusión aún más a la izquierda, en personas que, por lo demás, contaban con un historial impecable de lucha contra el imperialismo. Un escritor francés conocido por la valerosa postura que adoptó en contra de las guerras de Argelia y Vietnam, hizo en estaba ocasión un llamamiento a la solidaridad con Israel y declaró que sí la supervivencia de Israel exigía la intervención estadounidense, él la apoyaría e incluso lanzaría el grito de « Vive le Président Johnson». ¿No se le ocurrió pensar que era incongruente gritar «Á bas Johnson!» en Vietnam y Vive! en Israel? Jean-Paul Sartre también se manifestó a favor de la solidaridad con Israel, sí bien con reservas y expresando con toda franqueza la confusión que le embargaba y sus motivos. Dijo que durante la Segunda Guerra Mundial había pertenecido a la Resistencia y había aprendido a ver a los judíos como hermanos a los que había que defender en cualquier circunstancia. Durante la guerra de Argelia, sus hermanos fueron los árabes y como tales los defendió. Por tanto, el conflicto actual era para él una guerra fratricida; se sentía incapaz de juzgarla con objetividad y embargado de emociones contrapuestas.
                 Sea como fuere, debemos emplear nuestro mejor criterio y no permitir que lo empañen nuestras emociones más hondas ni los recuerdos que más nos obsesionan. Hay que evitar que las alusiones a Auschwictz nos lleven a apoyar al bando erróneo. Hablo como marxista de origen judío, que perdió a sus parientes más próximos en Auschwictz y cuya familia vive en Israel. Justificar o tolerar las guerras de Israel contra los árabes es hacer un flaco servicio a Israel y perjudicar sus intereses a largo plazo. Permítame que repita que las guerras de 1956 y 1967 no han mejorado la seguridad de Israel, sino que la han minado y la han puesto en peligro. Los «amigos de Israel> le han llevado a tomar un camino desastroso.
                 Y también han fomentado el ambiente reaccionario que se adueñó de Israel durante la crisis. Las escenas que retransmitía la televisión en esa época me daban náuseas; la exhibición del orgullo y la brutalidad de los conquistadores; los arranques de chovinismo; y la alocada celebración de un triunfo ignominioso, en terrible contraste con las imágenes del sufrimiento y la desolación de los árabes, las largas marchas de los refugiados jordanos y los cadáveres de los soldados egipcios que habían muerto de sed en el desierto. Al ver la estampa medieval de los rabinos y jasidim dando saltos de alegría junto al Muro de las Lamentaciones, me daba la impresión de que los fantasmas del oscurantismo talmúdico, a los que también conocí en su día, se habían apoderado del país y el ambiente reaccionario se había vuelto irrespirable. Luego vimos numerosas entrevistas al general Dayan, el héroe y salvador, quien con la mentalidad política de un sargento de artillería, se jactaba de las anexiones y demostraba una pasmosa insensibilidad con respecto a la suerte que iban a correr los árabes de las zonas conquistadas. ( «¿A mí que más me da?» «Personalmente, me da exactamente igual que se vayan o se queden.») Arropado por una falsa leyenda militar -falsa porque Dayan no planeó ni llevó a cabo la campaña de los seis días--, era una figura siniestra que parecía aspirar al puesto de dictador, ya que lo que se daba a entender era que sí los partidos civiles se volvían demasiado «blandos» con los árabes, este nuevo Josué, este mini De Gaulle, les daría una buena lección, tomaría el poder y ensalzaría aún más la «gloria» de Israel. y detrás de Dayan estaba Begin, el ministro y líder de la rama ultraderechista del sionismo, que había afirmado hacía mucho que Transjordania formaba parte de la Israel «histórica». Los héroes, las actitudes y las consecuencias que derivan de una guerra reaccionaria son un fiel reflejo de ésta en cuanto a su naturaleza ya sus objetivos.
                 En un nivel histórico más profundo, Israel es una triste secuela de la tragedia judía. Los líderes israelíes se justifican explotando al máximo Auschwictz y Treblinka; pero sus actos parodian el verdadero significado de la tragedia judía.
                 Los judíos europeos pagaron un precio muy alto por el papel que, sin haberlo elegido, desempeñaron en el pasado como representantes de la economía de mercado, del «dinero», en unos pueblos que vivían en una economía agrícola y natural donde apenas circulaba el dinero. Al trabajar de comerciantes y prestamistas en la sociedad precapitalista, fueron los conspicuos mensajeros del capitalismo incipiente. A medida que el capitalismo se desarrollaba, pasaron a desempeñar una función de tercera categoría pero no por ello menos conspicua. En la Europa del Este, la mayor parte del pueblo judío se componía de artesanos pobres, pequeños comerciantes, proletarios, semiproletarios e indigentes. Pero la imagen del rico mercader o usurero judío (descendiente de quienes crucificaron a Cristo) perduró en el folclore de los gentiles y quedó grabada en la memoria popular, asociada a la desconfianza y al miedo. Los nazis se apoderaron de esta imagen, la ampliaron muchísimo y la desplegaron ante las masas.
                 August Bebel dijo en cierta ocasión que el antisemitismo era el «socialismo de los necios». Este tipo de socialismo abundó mucho en los años treinta, la época de la Gran Depresión, del desempleo y la desesperación de las masas, pero no así el socialismo auténtico. Las clases obreras de Europa eran incapaces de derribar el orden burgués; pero el odio al capitalismo era tan intenso y estaba tan generalizado que necesitaba buscar una vía de escape y un chivo expiatorio. En las clases medias bajas, la lumpenburguesía y el lumpenproletariado, la frustrada tendencia anticapitalista se fundió con el miedo al comunismo y con una xenofobia neurótica. Estas actitudes se alimentaban de las migajas de una realidad histórica en descomposición que el nazismo explotó al máximo. El señuelo judío empleado por los nazis debió parte de su eficacia al hecho de que la imagen del judío «chupasangre», extranjero y pérfido, seguía estando presente en la mente de muchos. Así se explica la indiferencia y la pasividad relativas con las que muchas personas de fuera de Alemania contemplaron la matanza de los judíos. El socialismo de los necios observó alegremente cómo conducían a Shylock a la cámara de gas.
                Israel no sólo prometió una «patria» a los supervivientes de las comunidades judías europeas, sino también librarlos del funesto estigma. &te era el mensaje de los kibutzim, del Histadrut, e incluso del sionismo en general. Los judíos dejarían de ser elementos improductivos, tenderos, intermediarios económicos y culturales, portadores del capitalismo, y se establecerían en «su propia tierra» como «trabajadores productivos».
               Y, sin embargo, han reaparecido en Oriente Próximo en el denigrante papel de agentes de los poderosos intereses occidentales, ya que no de su propio y débil capitalismo, y de protegidos del neocolonialismo. Esta es la imagen, bastante fundada, que se tiene de ellos en el mundo árabe. Han suscitado una vez más la animosidad y el odio de sus vecinos, de todos aquellos que han sido o siguen siendo víctimas del imperialismo. Es una fatalidad que el pueblo judío haya tenido que adoptar este papel. En su función de agentes del capitalismo incipiente al menos actuaron como pioneros del progreso en la sociedad feudal; pero como agentes del capitalismo imperialista, tardío y demasiado maduro de nuestros días, su papel es sencillamente lamentable; y de nuevo se les utiliza como chivos expiatorios potenciales. ¿Cerrará el círculo la historia judía? Puede que éste sea el resultado de las «victorias» de Israel; y advertírselo es un deber para los verdaderos amigos de Israel.
               Por otra parte, habría que poner en guardia a los árabes contra el socialismo o el antiimperialismo de los necios. Confiamos en que no sucumban a él; y en que aprendan de su derrota, se recuperen y sean capaces de poner los cimientos de un Oriente Próximo socialista y auténticarnente progresista.


  Edición digital de la Fundación Andreu Nin, marzo 2007

 
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