Comentarios sobre la guerra árabe-israelí
Isaac Deutscher
Isaac Deutscher fue entrevistado por Alexander Cockburn,
Tom Wengtaf y Peter Wollen para New Left Review, 20 de junio de 1967.
Este texto, incorporado por Tarik Alí como apéndice a su libro
El choque de los fundamentalismos. Cruzadas, yihads y modernidad (Alianza,
2002), fue incluido en la antología Judío no sionista
(Ed. Ayuso, Madrid, 1981), que resulta actualmente inencontrable.
A modo de introducción, ¿podría usted resumir su visión
general de la guerra árabe-israelí?
A mi modo de ver, la guerra y el «milagro» de la victoria israelí
no han resuelto ninguno de los problemas a los que se enfrentan Israel y
los Estados árabes. Por el contrario, los han agravado y han creado
otros nuevos y más peligrosos. En lugar de reforzar su seguridad,
Israel se ha vuelto más vulnerable. Estoy convencido de que algún
día, en un futuro no muy remoto, el fácil triunfo de las armas
israelíes llegará a verse como el desastre que en realidad
ha sido.
Repasemos el contexto internacional de los hechos. Esta guerra debe ponerse
en relación con la lucha por el poder que se desarrolla en el mundo
y con los conflictos ideológicos que la enmarcan. En los últimos
años, el imperialismo estadounidense y las fuerzas que respalda o
que están asociadas a él se han empeñado en una formidable
ofensiva política, ideológica, económica y militar contra
grandes regiones de Asia y África; por su parte, las fuerzas adversarias,
y en concreto la Unión Soviética, se han batido en retirada
o han conservado a duras penas el terreno ganado. Esta tendencia es consecuencia
de una larga serie de sucesos: las revueltas de Ghana que culminaron con
el derrocamiento del gobierno de Nkrumah; el refuerzo de la reacción
en diversos países afroasiáticos; el sanguinario triunfo del
anticomunismo en Indonesia, que constituyó una importante victoria
para la contrarrevolución asiática; la escalada bélica
en Vietnam; y el golpe militar de la derecha «marginal» en Grecia.
La guerra árabe-israelí no ha sido un hecho aislado; se encuadra
en esta categoría de sucesos. La contrarreacción se ha manifestado
en la agitación revolucionaria que ha cundido en diversas regiones
de India, en la radicalización del ambiente político en los
países árabes, en la eficaz lucha del Frente Nacional de Liberación
de Vietnam; y en la creciente oposición mundial a las injerencias
estadounidenses. El avance del imperialismo estadounidense y de la contrarreacción
africana y asiática no ha sido aceptado sin más; pero a la
vista está que la resistencia de poco ha valido salvo en Vietnam.
La penetración estadounidense en Oriente Próximo tiene un origen
relativamente reciente. La postura de Estados Unidos siguió siendo
«anticolonialista» durante la guerra de Suez. Y, gracias al apoyo
de la Unión Soviética, sirvió para lograr la retirada
británica y francesa. La lógica de la política estadounidense
aún no había cambiado a finales de los años cuarenta,
cuando empezaba a configurarse el Estado de Israel. Mientras el interés
prioritario de la clase dirigente estadounidense fue expulsar de África
y Asia a las viejas potencias coloniales, la Casa Blanca fue un bastión
del «anticolonialismo». Pero una vez que se hubo logrado que
los viejos imperios se hundieran, Estados Unidos empezó a sentir miedo
de que las fuerzas revolucionarias autóctonas o la Unión Soviética,
o una combinación de ambas, llenaran el «vacío de poder»
que se había creado. El anticolonialismo yanqui se desvaneció
y Estados Unidos «tomó posiciones». En Oriente Próximo,
esto sucedió en el periodo comprendido entre la crisis de Suez y la
última guerra israelí. El desembarco estadounidense en Líbano
en 1958 tuvo el propósito de abortar la oleada revolucionaria que
se hacía sentir en la región y, particularmente, en Irak. Desde
entonces, confiando sin duda en la «moderación» soviética,
Estados Unidos ha evitado las intervenciones armadas directas en Oriente
Próximo y ha optado por la discreción. Pero la presencia estadounidense
sigue siendo tan real como antes.
¿Cómo se ve la política israelí desde esta perspectiva?
Como es lógico, los israelíes han actuado por sus propios motivos,
y no sólo para adaptarse a los intereses de la política estadounidense.
La mayoría de los israelíes se sienten amenazados por la hostilidad
árabe, eso es evidente; y se les pone la carne de gallina cuando los
árabes declaran «sanguinariamente» su propósito
de «borrar Israel del mapa». Les obsesiona el recuerdo de la
tragedia vivida en Europa por los judíos y se sienten aislados y rodeados
por la «prolífica» población del hostil mundo árabe.
Los propagandistas israelíes no tuvieron la menor dificultad a la
hora de exagerar el miedo a que en Asia se estuviera fraguando otra «solución
final», y las amenazas verbales árabes jugaron a su favor. Invocando
los mitos bíblicos y los antiguos símbolos religiosos y nacionales
de la historia judía, los propagandistas atizaron el furor beligerante,
la arrogancia y el fanatismo de los que los israelíes han dado sobradas
muestras al arremeter contra el Sinaí, el Muro de las Lamentaciones,
Jordania o las murallas de ]Jericó. El furor y la arrogancia ocultaban
un sentimiento reprimido de culpa con respecto a los árabes, la sensación
de que los árabes nunca olvidarían ni perdonarían los
golpes que les había asestado Israel al arrebatarles sus tierras,
convertir a millones de árabes en refugiados e infligirles repetidas
derrotas y humillaciones militares. Medio enloquecidos por el miedo a la
venganza de los árabes, la inmensa mayoría de los israelíes
han aceptado la «doctrina» que alienta la política del
gobierno, la «doctrina» que sostiene que la seguridad de Israel
se basa en librar una guerra cada pocos años para reducir a los Estado
árabes a la impotencia.
Sean cuales fueren las razones y los miedos de los israelíes, sus
actos también están condicionados por agentes externos. Los
factores que han generado la dependencia de Israel se han «incorporado»
a su historia a lo largo de un par de décadas. Todos los gobiernos
israelíes han puesto la existencia de Israel al servicio del «enfoque
occidental». Por si solo, este factor habría bastado para convertir
a Israel en una avanzadilla occidental en Oriente Próximo y para involucrarla
en el gran conflicto entre el imperialismo (o neocolonialismo) y los pueblos
árabes que luchan por su emancipación. Pero además han
intervenido otros factores. La economía israelí ha mantenido
precariamente su equilibrio y su crecimiento gracias a la ayuda económica
del sionismo extranjero, y sobre todo gracias a los donativos estadounidenses.
Estas ayudas han tenido un efecto contraproducente en el nuevo Estado. Han
permitido que el gobierno equilibrara la balanza de pagos sin necesidad de
entablar relaciones comerciales con sus vecinos, como hacen el resto de los
países del mundo. La estructura económica israelí se
ha distorsionado, puesto que ha promovido el crecimiento de un gran sector
improductivo y ha generado un nivel de vida que no se basa en la productividad
ni en las ganancias reales. Israel ha vivido por encima de sus posibilidades.
Durante años, casi la mitad de los alimentos consumidos en Israel
se importaban de Occidente. La administración estadounidense exime
del pago de impuestos las ganancias y beneficios que se donan a Israel, y
gracias a ello Washington controla las fuentes de las que depende la economía
israelí. Washington podría castigar a Israel en cualquier momento
eliminando esta exención de impuestos, aunque ello supusiera perder
el voto judío. Es una amenaza que siempre está presente aunque
nunca se menciona, y ha bastado para que la política israelí
se vincule sólidamente a la de Estados Unidos.
Hace unos años, en el transcurso de un viaje a Israel, un alto cargo
israelí me enumeró las fábricas que no habían
podido construir debido al veto impuesto por Estados Unidos; entre otras,
plantas metalúrgicas y fábricas de maquinaria agrícola.
Por otro lado, tenían una serie de fábricas prácticamente
inútiles que producían enormes cantidades de utensilios de
cocina de plástico, juguetes, etcétera. Los gobiernos israelíes
tampoco podían plantearse seriamente la necesidad vital de establecer
vínculos económicos y comerciales con los Estados árabes
vecinos o mejorar las relaciones económicas con la Unión Soviética
y la Europa del Este.
La dependencia económica ha afectado asimismo a la política
interior y al «ambiente cultural». Los donantes estadounidenses
son los inversores extranjeros de mayor peso en Tierra Santa. Los acaudalados
judíos estadounidenses, esos «empresarios del gran mundo»
que viven rodeados de socios y amigos gentiles en Nueva York, Filadelfia
o Detroit, en el fondo están orgullosos de pertenecer al «pueblo
elegido», y se valen de su influencia para promover el oscurantismo
religioso y la reacción en Israel. A estos firmes creyentes en la
libertad de empresa, ni siquiera les parece bien el «socialismo»
moderado del Histadrut y los kibutzim, y hacen lo posible por domesticarlo.
Su principal divisa ha sido ayudar a los rabinos a conservar un dominio absoluto
de la legislación y de buena parte de la educación; y así
se ha perpetuado el exclusivista espíritu de superioridad racial-talmúdico.
Todo esto ha alimentado y exacerbado el antagonismo con los árabes.
La guerra fría dio un gran impulso a las tendencias reaccionarias
y recrudeció el conflicto árabe-judío. Israel adoptó
una firme postura anticomunista. Cierto es que la política llevada
a cabo por Stalin en sus últimos años, los brotes de antisemitismo
en la Unión Soviética, los argumentos antijudíos esgrimidos
en los juicios de Slanski, Rajk y Kostov, y el apoyo soviético a todas
las variedades del nacionalismo árabe, incluidas las más irracionales,
también han influido en la actitud de Israel. Pero no hay que olvidar
que Stalin fue el padrino de Israel; que las municiones checoslovacas, suministradas
siguiendo las órdenes de Stalin, permitieron que los judíos
lucharan contra el ejército de ocupación británico -y
contra los árabes- en 1947-1948; y que el enviado soviético
fue el primero en votar a favor de la formación del Estado de Israel
en las Naciones Unidas. También podría argumentarse que el
cambio de actitud de Stalin con respecto a Israel fue una reacción
frente al alineamiento de Israel con Occidente; alineamiento que ha sido
mantenido por los gobiernos israelíes de la época posterior
a Stalin.
Así pues, la hostilidad a ultranza contra la aspiración árabe
a emanciparse de Occidente se ha convertido en el axioma de la política
israelí. De ahí que Israel desempeñara el papel que
desempeñó en la guerra de Suez. Los ministros socialdemócratas
israelíes, al igual que los colonialistas occidentales, han abrazado
una razón de Estado que concede máxima prioridad a mantener
a los árabes sumidos en el retraso y divididos entre sí, división
que les permite emplear a los hachemitas ya otros dirigentes feudales en
contra de las fuerzas republicanas y nacionalistas revolucionarias. A principios
del presente año, ante la posibilidad de que el rey Hussein fuera
derrocado por un levantamiento republicano o por un golpe de Estado, el gobierno
de Eshkol no tuvo el menor reparo en declarar que las tropas israelíes
invadirían Jordania sí se producía un «golpe nasserista»
en Ammán. Por otro lado, la actitud amenazadora adoptada por Israel
frente al nuevo régimen sirio, al que calificó de «nasserista»
o incluso de «ultranasserista» (puesto que el gobierno sirio
parecía ser un poco más antiimperialista y radical que el de
Egipto), fue un preludio de los acontecimiento del pasado junio.
Los servicios secretos soviéticos creían que Israel planeaba
atacar Siria el pasado mayo y Moscú sí se lo advirtió
a Nasser. Es imposible averiguar sí era cierto. El resultado de la
advertencia fue que, a instancias de los soviéticos, Nasser ordenó
la movilización de sus tropas para concentrarlas junto a la frontera
del Sinaí. Si Israel planeaba atacar Siria, las medidas adoptadas
por Nasser podrían haber retrasado el ataque unas cuantas semanas.
Si Israel no lo planeaba, la actuación de Nasser habría servido
para dar a sus amenazas antisirias el tipo de credibilidad que los israelíes
otorgan a las amenazas de los árabes. En cualquier caso, los dirigentes
israelíes estaban seguros de que Occidente les respaldaría
y les recompensaría sí adoptaban una actitud agresiva contra
Siria o Egipto. En esta idea se basó la decisión de lanzar
un ataque preventivo el 5 de junio. Los israelíes daban por sentado
el apoyo moral, político y económico estadounidense, y en menor
medida el británico. Sabían que, por muy violento que fuera
su ataque contra los árabes, podrían contar con la protección
diplomática estadounidense o, al menos, con la indulgencia oficial
estadounidense. y no se equivocaban. La Casa Blanca y el Pentágono
no podían por menos de mostrarse agradecidos con quienes, por sus
propios motivos, trataban de someter a los enemigos árabes del neocolonialismo
estadounidense. El general Dayan actuó como una especie de mariscal
Ky de Oriente Próximo, y fue sorprendentemente rápido, eficaz
e implacable en el cumplimiento de su tarea. Demostró ser un aliado
mucho más presentable y menos costoso que Ky.
¿Podríamos
hablar ahora del punto de vista de los árabes y de su comportamiento
en vísperas de las crisis?
El comportamiento de los árabes, y en especial las vacilaciones y
dudas de Nasser en vísperas de las crisis, contrastan fuertemente
con la determinación y la declarada agresividad de Israel. Después
de movilizar las tropas hacia la frontera del Sinaí, siguiendo los
consejos soviéticos, e incluso de desplegar los misiles de fabricación
soviética, Nasser declaró un bloqueo del estrecho de Tirán
sin consultar previamente a Moscú. Fue una clara provocación,
aunque de escasa repercusión práctica. Las potencias occidentales
concedieron tan poca importancia al bloqueo que no estimaron necesario «ponerlo
a prueba». Nasser redobló su prestigio y se vanaglorió
de haberle arrebatado a Israel el último fruto de su victoria de 1956.
(Antes de la guerra de Suez, los barcos israelíes no podían
cruzar el estrecho. Los israelíes exageraron los riesgos que entrañaba
el bloqueo para su economía, y reaccionaron movilizando sus fuerzas
y desplazándolas hacia las fronteras.
La propaganda soviética oficial seguía alentando a los árabes.
Sin embargo, en la conferencia de Partidos Comunistas de Oriente Próximo
celebrada en mayo (Pravda publicó un resumen de sus resoluciones)
apenas sí se mencionó la crisis y se hicieron veladas críticas
a Nasser. Pero más importante que esto fueron las maniobras diplomáticas
que tenían lugar entre bastidores. El 26 de mayo, el embajador soviético
despertó a Nasser a media noche (a las 2.30 a.m.) para advertirle
que el ejército egipcio no debía ser el primero en abrir fuego.
Nasser se atuvo a las instrucciones. y puso tanto celo en cumplirlas, que
no sólo evitó ser el primero en declarar las hostilidades,
sino que no tomó ninguna precaución contra un posible ataque
israelí: no adoptó medidas para defender los aeródromos
ni para camuflar los aviones. Ni siquiera se tomó la molestia de minar
el estrecho de Tirán o de colocar algunas piezas de artillería
en sus orillas (tal como más adelante descubrirían con sorpresa
los israelíes).
Nasser y el Alto Mando egipcio tuvieron una actuación chapucera. Pero
los verdaderos chapuceros estaban en el Kremlin. La actuación de Brezhnev
y Kosiguin recuerda a la de Jruschev durante la crisis cubana, aunque ha
sido aún más desatinada. La pauta se ha repetido. En la primera
fase, se provocó innecesariamente al otro bando y se incurrió
en la temeridad de llevar la situación «al límite»;
luego vino la fase del pánico y la retirada apresurada; y, por último,
los desesperados intentos de salvar las apariencias y borrar las propias
huellas. Después de atizar el miedo de los árabes, de incitarlos
a realizar acciones arriesgadas, de prometerles su apoyo, y de desplazar
al Mediterráneo a sus unidades navales para contrarrestar la movilización
de la Sexta Flota estadounidense, los rusos ataron a Nasser de pies y manos.
¿Por qué lo hicieron? La línea roja» entre el
Kremlin y la Casa Blanca entró en acción cuando la tensión
estaba al máximo. Las dos superpotencias convinieron en evitar la
intervención directa y en refrenar a las partes en conflicto. Tal
vez los estadounidenses trataron de refrenar a Israel, pero debieron de hacerlo
de un manera muy poco enérgica, o con tan escaso convencimiento que
los israelíes se sintieron alentados a lanzar el ataque preventivo
que tenían planeado. (Ciertamente, no tenemos noticia de que el embajador
estadounidense haya despertado al primer ministro israelí para advertirle
que los israelíes no debían ser los primeros en atacar.) Los
soviéticos sí refrenaron a Nasser enérgica y eficazmente.
Aun así, no deja de resultar extraño que Nasser no adoptara
las más elementales precauciones militares. ¿Le diría
el embajador soviético, cuando fue a visitarlo en plena noche, que
Moscú estaba seguro de que los israelíes no iban a ser los
primeros en atacar? ¿Había recibido Moscú esas garantías
de Washington? ¿Tuvo Moscú la credulidad de darlas por buenas
y actuar en consecuencia? Parece casi increíble. Pero sólo
esta versión de los hechos puede explicar la pasividad de Nasser y
la perplejidad de Moscú cuando estallaron las hostilidades.
Esta actuación chapucera deriva de la contradicción básica
de la política soviética. Los dirigentes soviéticos
consideran que conservar el statu quo internacional, incluido el statu quo
social, es la condición esencial de su seguridad nacional y de la
«coexistencia pacífica». Por consiguiente, hacen todo
lo posible por mantenerse a «prudente distancia» de los epicentros
de los conflictos de clases de todo el mundo y evitan los compromisos internacionales
arriesgados. Ahora bien, por motivos ideológicos y de poder político,
no pueden eludir todos los conflictos. No pueden mantenerse a prudente distancia
cuando el neocolonialismo estadounidense choca directa o indirectamente contra
sus enemigos africanos, asiáticos o latinoamericanos, que consideran
a Moscú su amigo y protector. Esta contradicción se mantiene
latente en las épocas normales, en las que Moscú se esfuerza
en relajar las tensiones y aproximarse a Estados Unidos; y, al propio tiempo,
apoya y arma cautelosamente a sus amigos africanos, asiáticos y cubanos.
Pero la crisis surge más pronto o más tarde y la contradicción
estalla. La política soviética debe elegir entre apoyar a sus
aliados y protegidos, que obran en contra del statu quo, y su compromiso
con el statu quo. y cuando la necesidad de elegir es ineludible y apremiante,
Moscú opta por el statu quo.
Es un dilema real y muy peligroso en la era nuclear. Un dilema que también
afecta a Estados Unidos, que está tan interesado como la Unión
Soviética en evitar una guerra mundial y un conflicto nuclear. Pero
la libertad de acción y de llevar a cabo ofensivas político-ideológicas
está mucho menos limitada en el caso de Estados Unidos. Washington
no tiene tanto miedo como Moscú a que las acciones de sus protegidos
o sus propias intervenciones militares desencadenen una confrontación
directa entre las superpotencias. Así lo han demostrado la crisis
cubana, la guerra de Vietnam y, ahora, la guerra árabe-israelí.
¿Han tenido alguna vez los israelíes la oportunidad de establecer
unas relaciones normales al menos tolerables con los árabes?
Ésta es una pregunta fundamental. ¿Han tenido esa opción?
¿Hasta que punto no es la última guerra el resultado de una
larga cadena de acontecimientos irreversibles?
Sí, la situación actual está hasta cierto punto determinada
por cómo han sido las relaciones árabe-israelíes desde
la Segunda Guerra Mundial, o incluso desde la Primera. A pesar de todo, yo
creo que los israelíes tenían otras opciones. Permítame
que le cuente una parábola con la que en una ocasión traté
de ilustrar este problema ante un público israelí: Un hombre
saltó por la ventana del último piso de un edificio en llamas
donde ya habían perecido varios miembros de su familia. Salvó
la vida, pero cayó sobre una persona que estaba abajo y le rompió
los brazos y las piernas. El hombre que saltó por la ventana no tenía
otra opción; pero fue el causante de la desgracia del que se rompió
las extremidades. Si ambos hubieran actuado racionalmente, no se habrían
hecho enemigos. El que escapó del incendio, una vez repuesto, habría
tratado de ayudar y consolar al de las extremidades rotas; y éste
podría haberse dado cuenta de que era víctima de unas circunstancias
que escapaban al control de ambos. Pero veamos lo que sucede cuando la gente
se comporta irracionalmente. El hombre herido culpa al otro de su accidente
y promete hacérselo pagar. El otro, temiendo la venganza del minusválido,
le insulta y le pega cada vez que se encuentran. El que recibe los golpes
jura vengarse, y de nuevo vuelve a ser golpeado. Esta encarnizada enemistad,
que comenzó por puro capricho, se va recrudeciendo y llega a amargar
a los dos hombres ya condicionar toda su existencia.
Luego les dije a mis oyentes israelíes: estoy seguro de que ustedes,
los supervivientes de la comunidad judía europea, se reconocen en
el hombre que saltó por la ventana de la casa incendiada. El otro
personaje representa a los árabes palestinos que han perdido sus tierras
y sus hogares, y que son más de un millón. Están resentidos;
sólo pueden contemplar su tierra natal desde el otro lado de la frontera;
les atacan a ustedes por sorpresa, juran tomar venganza. Ustedes les vapulean
despiadadamente; han demostrado que saben hacerlo muy bien. Pero ¿qué
sentido tiene todo esto? ¿ Ya qué puede llevar?
La tragedia de los judíos europeos, Auschwictz, Majdanek y las masacres
en los gettos son responsabilidad de nuestra «civilización»
burguesa occidental, de la que el nazismo fue un hijo legítimo, aunque
degenerado. Pero los árabes han tenido que pagar el precio de los
crímenes cometidos por Occidente contra los judíos. y siguen
pagándolo porque, movido por la «conciencia de culpa»,
Occidente respalda a Israel y se pone en contra de los árabes. Por
su parte, Israel se ha dejado sobornar y engañar muy fácilmente
por el dinero con el que Occidente pretende lavar su conciencia.
Los israelíes y los árabes podían haber entablado una
relación racional sí Israel lo hubiera intentado, sí
el hombre que saltó desde la casa en llamas hubiese tratado de hacer
amistad con la víctima inocente de su caída. Pero las cosas
no han sucedido así. Israel ni siquiera ha reconocido que los árabes
tienen motivos de queja. El sionismo se propuso desde sus inicios crear un
Estado exclusivamente judío y no tuvo el menor reparo en echar del
país a sus habitantes árabes. Ningún gobierno israelí
ha realizado un intento serio de aliviar o remediar el problema de los árabes.
Se niegan incluso a analizar la situación de la multitud de refugiados
sí previamente los Estados árabes no reconocen el Estado de
Israel, es decir, sí los árabes no se dan por vencidos en el
terreno político antes de iniciar las negociaciones. Quizá
esta actitud se pueda justificar como una táctica negociadora. Las
relaciones árabe-israelíes empeoraron terriblemente a raíz
de la guerra de Suez, en la que Israel actuó descaradamente como punta
de lanza de los viejos imperialismos europeos en quiebra en su último
bastión de Oriente Próximo, en su último intento de
mantener el dominio sobre Egipto. Los israelíes no tenían por
qué tomar partido por los accionistas de la Compañía
del Canal de Suez. Los pros y los contras estaban claros; no había
confusión posible con respecto a la bondad o maldad de cada bando.
Los israelíes se alinearon con el bando de los malvados, moral y políticamente.
A primera vista, el conflicto árabe-israelí no es más
que un enfrentamiento de dos nacionalismos rivales, atrapados ambos en el
círculo vicioso de sus exageradas e hipócritas ambiciones.
Desde la perspectiva del internacionalismo abstracto, sería muy fácil
condenar a los dos por reaccionarios y despreciables. Pero esa perspectiva
no tiene en cuenta las realidades sociales y políticas. El nacionalismo
de los pueblos que habitan en países coloniales o semicoloniales y
luchan por la independencia no es equiparable, ni moral ni políticamente,
al nacionalismo de los conquistadores y los opresores. El primero tiene una
justificación histórica y un aspecto progresista, y el segundo
no. Es evidente que el nacionalismo árabe pertenece a la primera categoría
y el israelí no.
Ahora bien, incluso el nacionalismo de los explotados y los oprimidos debe
analizarse críticamente y tomando en consideración todas sus
fases de desarrollo. En una fase son las aspiraciones progresistas las que
prevalecen; en otra, afloran las tendencia reaccionarias. Desde el momento
en que la independencia se consigue o está a punto de conseguirse,
el nacionalismo tiende a desprenderse de su aspecto revolucionario y se convierte
en una ideología retrógrada. Hemos visto cómo esto sucedía
en India, Indonesia, Israel y, hasta cierto punto, en China. Por otro lado,
todo nacionalismo tiene, incluso en su fase revolucionaria, una veta de irracionalidad,
una tendencia a la exclusividad, al egoísmo nacional y al racismo.
El nacionalismo árabe contiene todos estos ingredientes a pesar de
sus méritos históricos y de su función progresista.
La crisis de junio ha puesto al descubierto algunas de las debilidades básicas
del pensamiento y acción políticos de los árabes: la
falta de estrategia política; la inclinación a la intoxicación
emocional; y la dependencia excesiva de la demagogia nacionalista. Estas
debilidades han tenido mucho peso en la derrota árabe. Algunos propagandistas
de Egipto y de Jordania han cargado el acento sobre la amenaza de destruir
Israel, o de exterminarla -amenazas hueras, como lo ha demostrado la absoluta
ineficacia militar de los árabes-, y con ello tan sólo han
conseguido alimentar el chovinismo israelí y permitir que el gobierno
de Israel exaltara hasta el paroxismo los miedos y la agresividad del pueblo,
lo cual inflama el odio contra los árabes.
La guerra es una prolongación de la política; esto es una verdad
que no necesita demostración. Los seis días de guerra han probado
la relativa inmadurez de los actuales regímenes árabes. Los
israelíes no sólo deben su victoria al ataque preventivo que
lanzaron, sino también a su organización económica,
política y militar, más moderna que la de los árabes.
La guerra ha servido para hacer el balance de una década de desarrollo
árabe, a partir de la guerra de Suez, y ha revelado algunos de sus
fallos. La modernización de las estructuras socioeconómicas
de Egipto y de otros Estados árabes, así como del pensamiento
político árabe, ha avanzado a un ritmo mucho más lento
del que le atribuían quienes tienden a idealizar los regímenes
árabes actuales.
El retraso está enraizado en las condiciones socioeconómicas,
de eso no hay duda. Pero la ideología y los métodos de organización
también contribuyen a fomentarlo. Estoy pensando en el sistema unipartidista,
en el culto al nasserismo y en la imposibilidad de entablar debates libremente.
Todo esto ha sido un serio obstáculo para la educación política
de las masas y para el progreso del pensamiento socialista. Los resultados
negativos se han hecho notar en diversos ámbitos. Cuando las grandes
decisiones políticas quedan en manos de un líder más
0 menos autocrático, el pueblo no participa en los procesos políticos,
no desarrolla una conciencia vigilante y activa, ni aprende a tomar iniciativas
en los tiempos normales. y todo ello tiene grandes repercusiones, incluso
militares. El ataque israelí, en el que sólo se ha empleado
un armamento convencional, no habría tenido unos efectos tan devastadores
sí las fuer zas armadas egipcias hubieran adquirido la costumbre de
confiar en la iniciativa individual de oficiales y soldados. Los comandantes
de los regimientos locales habrían tomado unas precauciones defensivas
básicas sin esperar a que se lo ordenasen. La ineficacia militar ha
sido un reflejo de una debilidad socio política más amplia
y profunda. Los métodos burocrático-militares del nasserismo
también dificultan la integración del movimiento de liberación
árabe. La demagogia nacionalista está a la orden del día,
pero no puede sustituir al verdadero impulso en pro de la unidad nacional
ni a la movilización de las fuerzas populares en contra de los elementos
secesionistas, feudales y reaccionarios. Hemos visto que, en tiempos de emergencia,
la dependencia excesiva de un solo líder ha puesto a los Estados árabes
en manos de las intervenciones de la superpotencia y de lo; accidentes de
las maniobras diplomáticas.
Volviendo a Israel ¿cómo va a explotar la victoria? ¿Qué
papel quieren jugar los israelíes en esa parte del mundo?
Es una grotesca paradoja que los israelíes hayan adoptado el papel
de los prusianos de Oriente Próximo. Han ganado tres guerras contra
sus vecinos árabes. También los prusianos vencieron hace un
siglo a todos los Estados vecinos en un plazo de pocos años a los
daneses, a los austríacos y a los franceses. La sucesión de
victorias generó en ellos una confianza absoluta en su propia eficacia,
una confianza ciega en la fuerza de sus armas, una arrogancia chovinista
y una actitud desdeñosa hacia otros pueblos. Mucho me temo que en
la personalidad política de Israel se esté operando una degeneración
similar; porque de una degeneración se trata. En su papel de la Prusia
de Oriente Próximo, Israel no podrá ser más que una
parodia de su modelo. Los prusianos pudieron emplear sus victorias para unir
en el Reich a los pueblos de lengua alemana que vivían fuera del Imperio
austrohúngaro. Los vecinos de Alemania estaban escindidos por sus
intereses divergentes, por la historia, la religión y la lengua. Bismarck,
Guillermo II y Hitler pudieron enfrentarlos unos a otros. Los israelíes
están rodeados por todas partes de árabes. Los intentos de
enfrentar entre sí a los Estados árabes están condenados
al fracaso. En 1948, cuando Israel libró su primera guerra, los árabes
estaban divididos; lo estaban mucho menos en 1956, en tiempos de la segunda
guerra israelí; y en 1967 formaron un frente común. Su unidad
tal vez se refuerce en las futuras confrontaciones con Israel.
Los alemanes han resumido su experiencia en una frase amarga: Man kann sich
totsiegen! «El hombre puede precipitarse victoriosamente hacia su tumba.»
y esto es lo que han hecho los israelíes. La codicia les ha perdido.
En los territorios conquistados y en Israel hay actualmente casi un millón
y medio de árabes, lo que equivale a más del 40 por ciento
de la población total. ¿Expulsarán los israelíes
a esta multitud de árabes para conservar «con seguridad»
las tierras conquistadas? Expulsarles sería crear un problema con
los refugiados mucho mayor y más peligroso que el que existía
antes. ¿Renunciarán a los territorios conquistados? La mayoría
de sus líderes afirman que no lo harán. Ben Gurion, el genio
maligno del chovinismo israelí, es partidario de que se cree un «Estado
árabe palestino» en el Jordán, que sería un protectorado
israelí. ¿Esperan los israelíes que los árabes
acepten un protectorado? ¿Que no luchen contra él con uñas
y dientes? Ningún partido israelí está ni tan siquiera
dispuesto a considerar la posibilidad de que se cree un Estado binacional
árabe-israelí. Entretanto, se ha «convencido» a
muchos árabes que vivían en el Jordán de que abandonen
sus hogares, y quienes no se han marchado reciben un trato mucho peor que
el que se infligía a la minoría árabe de Israel durante
los diecinueve años en que se la sometió a la ley marcial.
Sí, esta victoria es peor para Israel que una derrota. En lugar de
concederle una seguridad mayor, la ha vuelto mucho más vulnerable.
Puede que los israelíes temieran la venganza árabe, pero se
han comportado como sí pretendieran convertir un fantasma en una amenaza
real.
¿Ha reportado la victoria israelí algún beneficio práctico
a Estados Unidos? ¿Ha reforzado su ofensiva ideológica en Áfríca
y Asia?
Cuando cesaron las hostilidades, hube un momento en que parecía que
la derrota de Egipto iba a acarrear la caída de Nasser y el hundimiento
de la política asociada a su nombre. Si eso hubiera sucedido, Oriente
Próximo habría vuelto a incorporarse casi con total seguridad
a la esfera de influencia de Occidente. Egipto podría haberse convertido
en una especie de Ghana o Indonesia. Pero las cosas no sucedieron así.
Las masas árabes, que salieron a las calles y plazas de El Cairo,
Damasco y Beirut para exigir que Nasser conservara su puesto, impidieron
que pasara. Fue una de las excepcionales ocasiones históricas en que
el impulso popular modifica o altera el equilibrio político en breves
momentos. Esta vez, en la hora de la derrota, la iniciativa popular tuvo
un impacto inmediato. En la historia se han producido muy pocos casos en
que un pueblo se haya alzado de esta forma en defensa de su líder
derrotado. Claro está que la situación aún puede cambiar.
Las fuerzas reaccionarias continuarán actuando en los países
árabes para lograr un golpe de Estado al estilo de Ghana o de Indonesia.
Pero, de momento, el neocolonialismo no ha podido cosechar el fruto de la
«victoria» israelí.
.
El prestigio y la influencia de Moscú han sufrido un grave revés
como consecuencia de estos acontecimientos. ¿Será un revés
temporal o de efectos permanentes? ¿Es posible que influya en las
alianzas políticas de Moscú?
En junio se alzó un mismo grito desde El Cairo, Damasco y Beirut:
«!Los rusos nos han traicionado!». y al ver que el delegado soviético
de las Naciones Unidas votaba a la vez que el estadounidense en favor del
alto el fuego sin poner como condición la retirada de las tropas israelíes,
los árabes se sintieron aún más traicionados. Según
dicen, Nasser amenazó así al embajador soviético: «La
Unión Soviética va a descender a la categoría de una
potencia de segunda o de tercera». Los acontecimientos parecían
dar la razón a los chinos, que acusaban a la Unión Soviética
de haberse confabulado con Estados Unidos. La catástrofe también
disparó las alarmas en la Europa el Este. «Si la Unión
Soviética ha abandonado así a Egipto, ¿no nos abandonará
también a nosotros cuando los alemanes vuelvan a atacarnos?»,
se preguntaban los polacos y los checos. Los yugoslavos estaban indignados.
Tito, Gomulka y otros líderes acudieron rápidamente a Moscú
para exigir una explicación y una operación de rescate para
los árabes. Lo cual resulta aún más extraordinario teniendo
en cuenta que la exigencia procedía de los «moderados»
y los «revisionistas», que normalmente defienden la «coexistencia
pacífica» y el acercamiento a Estados Unidos. Pero ahora hablaban
de la «confabulación soviética con el imperialismo estadounidense»
.
Los dirigentes soviéticos tenían que hacer algo. El hecho de
que la intervención de las masas árabes hubiera salvado el
régimen de Nasser les proporcionó un nuevo campo de maniobras.
Después de la gran traición, los líderes soviéticos
volvieron a presentarse como los amigos y protectores de los países
árabes. Unos cuantos gestos espectaculares, la ruptura de relaciones
diplomáticas con Israel y una serie de discursos en las Naciones Unidas
no supusieron mayor esfuerzo. Incluso la Casa Blanca decía «comprender»
su «difícil situación» y la «necesidad táctica»
que llevó a Kosiguin a la Asamblea de la ONU.
Ahora bien, los gestos no bastaban para restablecer la posición soviética.
Los árabes exigían a la Unión Soviética que les
prestara una ayuda inmediata para reconstruir su fuerza militar, una fuerza
que habían perdido por seguir los consejos soviéticos. Solicitaban
aviones, tanques y cañones nuevos, y más municiones. Aparte
de los costes que acarrearía el restablecimiento de las fuerzas armadas
árabes --el equipamiento militar de Egipto que se había perdido
valía miles de millones de libras--, la Unión Soviética
tenía que considerar los riesgos políticos que entrañaba.
Los árabes se niegan a negociar con Israel; y pueden permitirse dejar
que la victoria israelí se convierta en una derrota. El rearme es
una prioridad máxima de El Cairo. Israel ha dado una provechosa lección
a los egipcios: la próxima vez, quizá sean las fuerzas aéreas
egipcias las que lancen el primer ataque. y Moscú debe decidir sí
les va a proporcionar las armas para lanzarlo. Moscú no puede estar
a favor de que los árabes tomen represalias, pero tampoco se puede
negar a rearmar a Egipto. Ahora bien, el rearme de los árabes probablemente
llevaría a Israel a interrumpir el proceso ya lanzar otro ataque,
en cuyo caso la Unión Soviética se enfrentaría al mismo
dilema que ha sido incapaz de resolver en mayo y junio. Si Egipto atacara
primero, Estados Unidos intervendría casi con toda seguridad. Si las
fuerzas aéreas israelíes sufrieran una derrota y los árabes
avanzasen hacia Jerusalén o Tel Aviv, la Sexta Flota no se limitaría
a contemplar el espectáculo desde las aguas mediterráneas.
y sí la Unión Soviética se mantuviera una vez más
al margen del conflicto, perdería irremediablemente su aventajada
posición internacional.
El jefe del Alto Mando soviético llegó a El Cairo una semana
después del alto el fuego; los hoteles de la ciudad estaban atestados
de asesores y expertos soviéticos que pusieron manos a la obra para
reconstruir las fuerzas armadas egipcias. Pero Moscú no puede considerar
con ecuanimidad la perspectiva de que se establezca una competición
entre árabes e israelíes para ver quién ataca primero,
ni tampoco las implicaciones de esta situación. Es probable que los
expertos soviéticos de El Cairo estuvieran dándole tiempo al
tiempo para que, entretanto, la diplomacia soviética tratase de «ganar
la paz» para los árabes después de haberles hecho perder
la guerra. Ahora bien, el problema básico de la política soviética
no se resolverá por mucho tiempo que se gane. ¿Hasta cuándo
podrá seguir adaptándose la Unión Soviética a
los avances de los estadounidenses? ¿Hasta dónde podrá
retirarse ante las ofensivas económico-políticas y. militares
lanzadas por Estados Unidos en las regiones africanas y asiáticas?
Krasnaya Zvezda tenía sólidas razones para indicar el pasado
junio que tal vez sea necesario revisar el concepto soviético actual
de coexistencia pacífica. Los militares, y no sólo ellos, temen
que las retiradas soviéticas puedan estar impulsando la dinámica
de avance de Estados Unidos; y que sí las cosas continúan así,
acabe por resultar inevitable una confrontación directa entre los
soviéticos y los estadounidenses. Si Brezhnev y Kosiguin no consiguen
resolver esta situación, quizá sobrevengan cambios en el liderazgo
soviético). Las crisis de Cuba y Vietnam contribuyeron a la caída
de Jruschev. y aún no hemos terminado de ver las consecuencias de
la crisis de Oriente Próximo.
¿Qué solución le ve a esta situación? ¿Cabe
todavía la posibilidad de resolver de una manera racional el conflicto
árabe-israelí?
En mi opinión, los medios militares no lo resolverán. Nadie
puede negar a los Estados árabes el derecho a reconstituir en alguna
medida sus fuerzas armadas. Pero su necesidad más apremiante es desarrollar
una estrategia social y política y nuevos métodos en la lucha
por la emancipación. y no habrá de ser una estrategia exclusivamente
negativa dominada por la obsesión antiisraelí. Que los árabes
se nieguen a negociar con Israel en tanto en cuanto ésta no renuncie
a sus conquistas es lógico. y también que se opongan al régimen
de ocupación del Jordán y la franja de Gaza. Pero todo esto
no supone que haya que reanudar la guerra.
En lugar de una Guerra Santa o un ataque preventivo, la estrategia que puede
reportar más beneficios a los árabes, la estrategia civilizada
que puede otorgarles una auténtica victoria, debe centrarse en la
necesidad imperiosa y apremiante de llevar a cabo una exhaustiva modernización
de las estructuras económicas y políticas, así como
en la necesidad de lograr una verdadera integración de la vida nacional
árabe, que sigue fragmentada por las viejas divisiones y fronteras
heredadas del imperialismo. y sólo podrá avanzarse hacia estos
objetivos sí se desarrollan y refuerzan las tendencias revolucionarias
y socialistas de la política árabe.
Por último, el nacionalismo árabe será mucho más
eficaz como fuerza liberadora sí se disciplina y racionaliza al incorporar
un elemento internacionalista que permita a los árabes encarar con
mayor realismo el problema de Israel. No deben seguir negando. a Israel el
derecho a existir, ni deben continuar entregándose a la retórica
sanguinaria. El crecimiento económico, la industrialización,
la educación, una organización más eficaz y una política
más moderada serán los factores que darán a los árabes
lo que no han podido obtener por la fuerza numérica ni el encarnizamiento
contra los israelíes, a saber, una preponderancia real que reducirá
casi automáticamente a Israel a sus modestas dimensiones y al papel
que le corresponde desempeñar en Oriente Próximo.
Claro está que no se trata de un programa a corto plazo. Pero tampoco
se requerirá mucho tiempo para llevarlo a cabo; es el camino más
corto hacia la emancipación. Los atajos de la demagogia, la venganza
y la guerra han dado unos resultados catastróficos. Entretanto, los
políticos árabes deberían apelar directamente al pueblo
israelí, esquivar al gobierno de Israel y dirigirse a los trabajadores
ya los kibutzím. Habría que aplacar los miedos de estos últimos
mediante el compromiso de respetar los intereses legítimos de Israel
e incluso de favorecer la incorporación del Estado israelí
a una futura Federación de Oriente Próximo. Esto serviría
para moderar el frenético chovinismo israelí y para estimular
la oposición a la política de conquistas y dominación
llevada a cabo por Eshkol y Dayan. No debe subestimarse la capacidad de los
trabajadores israelíes para responder positivamente a un llamamiento
de este tipo.
También es necesario distanciarse del juego de las grandes potencias,
que ha distorsionado el desarrollo sociopolítico de Oriente Próximo.
Ya he demostrado que la influencia estadounidense ha contribuido a crear
el repugnante carácter reaccionario de la política israelí.
Por su parte, la influencia rusa también es responsable de haber pervertido
la mentalidad árabe al bombardearla con consignas huecas y fomentar
la demagogia; además, el egoísmo y el oportunismo de Moscú
han promovido el desencanto y el cinismo. Las perspectivas de futuro serán
desoladoras sí la política de Oriente Próximo continúa
siendo un juguete en manos de las grandes potencias, porque ni los judíos
ni los árabes podrán salir del círculo vicioso en el
que están atrapados. Esto es lo que las personas de izquierdas deberíamos
decirles con la mayor claridad posible a los árabes ya los judíos.
Es evidente que esta crisis ha tomado por sorpresa a la izquierda, que se
ha mostrado desorientada y dividida, tanto aquí como en Francia y,
al parecer; en Estados Unidos. En este último país se ha dado
voz al miedo a que las disensiones con respecto a Israel lleguen a escindir
el movimiento contra la guerra de Vietnam.
Sí, no se puede negar que la confusión nos ha afectado a todos.
No voy a hablar ahora de los «amigos de Israel> como el señor
Mollet y compañía, quienes, al igual que Lord Avon y Selwyn
Lloyd, consideraban que esta guerra era una continuación de la campaña
de Suez y una venganza por las decepciones de 1956. Tampoco perderé
el tiempo hablando del grupo de presión sionista de derechas del Partido
Laborista. Pero sí quiero decir que algunos miembros «de la
extrema izquierda» del partido, como Sidney Silverman, se han comportado
de manera tal que parecían querer ilustrar el dicho según el
cual: «Basta escarbar un poco en un izquierdista judío para
que aflore el sionista que lleva dentro». También se vieron
muestras de confusión aún más a la izquierda, en personas
que, por lo demás, contaban con un historial impecable de lucha contra
el imperialismo. Un escritor francés conocido por la valerosa postura
que adoptó en contra de las guerras de Argelia y Vietnam, hizo en
estaba ocasión un llamamiento a la solidaridad con Israel y declaró
que sí la supervivencia de Israel exigía la intervención
estadounidense, él la apoyaría e incluso lanzaría el
grito de « Vive le Président Johnson». ¿No se le
ocurrió pensar que era incongruente gritar «Á bas Johnson!»
en Vietnam y Vive! en Israel? Jean-Paul Sartre también se manifestó
a favor de la solidaridad con Israel, sí bien con reservas y expresando
con toda franqueza la confusión que le embargaba y sus motivos. Dijo
que durante la Segunda Guerra Mundial había pertenecido a la Resistencia
y había aprendido a ver a los judíos como hermanos a los que
había que defender en cualquier circunstancia. Durante la guerra de
Argelia, sus hermanos fueron los árabes y como tales los defendió.
Por tanto, el conflicto actual era para él una guerra fratricida;
se sentía incapaz de juzgarla con objetividad y embargado de emociones
contrapuestas.
Sea como fuere, debemos emplear nuestro mejor criterio y no permitir que
lo empañen nuestras emociones más hondas ni los recuerdos que
más nos obsesionan. Hay que evitar que las alusiones a Auschwictz
nos lleven a apoyar al bando erróneo. Hablo como marxista de origen
judío, que perdió a sus parientes más próximos
en Auschwictz y cuya familia vive en Israel. Justificar o tolerar las guerras
de Israel contra los árabes es hacer un flaco servicio a Israel y
perjudicar sus intereses a largo plazo. Permítame que repita que las
guerras de 1956 y 1967 no han mejorado la seguridad de Israel, sino que la
han minado y la han puesto en peligro. Los «amigos de Israel> le
han llevado a tomar un camino desastroso.
Y también han fomentado el ambiente reaccionario que se adueñó
de Israel durante la crisis. Las escenas que retransmitía la televisión
en esa época me daban náuseas; la exhibición del orgullo
y la brutalidad de los conquistadores; los arranques de chovinismo; y la
alocada celebración de un triunfo ignominioso, en terrible contraste
con las imágenes del sufrimiento y la desolación de los árabes,
las largas marchas de los refugiados jordanos y los cadáveres de los
soldados egipcios que habían muerto de sed en el desierto. Al ver
la estampa medieval de los rabinos y jasidim dando saltos de alegría
junto al Muro de las Lamentaciones, me daba la impresión de que los
fantasmas del oscurantismo talmúdico, a los que también conocí
en su día, se habían apoderado del país y el ambiente
reaccionario se había vuelto irrespirable. Luego vimos numerosas entrevistas
al general Dayan, el héroe y salvador, quien con la mentalidad política
de un sargento de artillería, se jactaba de las anexiones y demostraba
una pasmosa insensibilidad con respecto a la suerte que iban a correr los
árabes de las zonas conquistadas. ( «¿A mí que
más me da?» «Personalmente, me da exactamente igual que
se vayan o se queden.») Arropado por una falsa leyenda militar -falsa
porque Dayan no planeó ni llevó a cabo la campaña de
los seis días--, era una figura siniestra que parecía aspirar
al puesto de dictador, ya que lo que se daba a entender era que sí
los partidos civiles se volvían demasiado «blandos» con
los árabes, este nuevo Josué, este mini De Gaulle, les daría
una buena lección, tomaría el poder y ensalzaría aún
más la «gloria» de Israel. y detrás de Dayan estaba
Begin, el ministro y líder de la rama ultraderechista del sionismo,
que había afirmado hacía mucho que Transjordania formaba parte
de la Israel «histórica». Los héroes, las actitudes
y las consecuencias que derivan de una guerra reaccionaria son un fiel reflejo
de ésta en cuanto a su naturaleza ya sus objetivos.
En un nivel histórico más profundo, Israel es una triste secuela
de la tragedia judía. Los líderes israelíes se justifican
explotando al máximo Auschwictz y Treblinka; pero sus actos parodian
el verdadero significado de la tragedia judía.
Los judíos europeos pagaron un precio muy alto por el papel que, sin
haberlo elegido, desempeñaron en el pasado como representantes de
la economía de mercado, del «dinero», en unos pueblos
que vivían en una economía agrícola y natural donde
apenas circulaba el dinero. Al trabajar de comerciantes y prestamistas en
la sociedad precapitalista, fueron los conspicuos mensajeros del capitalismo
incipiente. A medida que el capitalismo se desarrollaba, pasaron a desempeñar
una función de tercera categoría pero no por ello menos conspicua.
En la Europa del Este, la mayor parte del pueblo judío se componía
de artesanos pobres, pequeños comerciantes, proletarios, semiproletarios
e indigentes. Pero la imagen del rico mercader o usurero judío (descendiente
de quienes crucificaron a Cristo) perduró en el folclore de los gentiles
y quedó grabada en la memoria popular, asociada a la desconfianza
y al miedo. Los nazis se apoderaron de esta imagen, la ampliaron muchísimo
y la desplegaron ante las masas.
August Bebel dijo en cierta ocasión que el antisemitismo era el «socialismo
de los necios». Este tipo de socialismo abundó mucho en los
años treinta, la época de la Gran Depresión, del desempleo
y la desesperación de las masas, pero no así el socialismo
auténtico. Las clases obreras de Europa eran incapaces de derribar
el orden burgués; pero el odio al capitalismo era tan intenso y estaba
tan generalizado que necesitaba buscar una vía de escape y un chivo
expiatorio. En las clases medias bajas, la lumpenburguesía y el lumpenproletariado,
la frustrada tendencia anticapitalista se fundió con el miedo al comunismo
y con una xenofobia neurótica. Estas actitudes se alimentaban de las
migajas de una realidad histórica en descomposición que el
nazismo explotó al máximo. El señuelo judío empleado
por los nazis debió parte de su eficacia al hecho de que la imagen
del judío «chupasangre», extranjero y pérfido,
seguía estando presente en la mente de muchos. Así se explica
la indiferencia y la pasividad relativas con las que muchas personas de fuera
de Alemania contemplaron la matanza de los judíos. El socialismo de
los necios observó alegremente cómo conducían a Shylock
a la cámara de gas.
Israel no sólo prometió una «patria» a los supervivientes
de las comunidades judías europeas, sino también librarlos
del funesto estigma. &te era el mensaje de los kibutzim, del Histadrut,
e incluso del sionismo en general. Los judíos dejarían de ser
elementos improductivos, tenderos, intermediarios económicos y culturales,
portadores del capitalismo, y se establecerían en «su propia
tierra» como «trabajadores productivos».
Y, sin embargo, han reaparecido en Oriente Próximo en el denigrante
papel de agentes de los poderosos intereses occidentales, ya que no de su
propio y débil capitalismo, y de protegidos del neocolonialismo. Esta
es la imagen, bastante fundada, que se tiene de ellos en el mundo árabe.
Han suscitado una vez más la animosidad y el odio de sus vecinos,
de todos aquellos que han sido o siguen siendo víctimas del imperialismo.
Es una fatalidad que el pueblo judío haya tenido que adoptar este
papel. En su función de agentes del capitalismo incipiente al menos
actuaron como pioneros del progreso en la sociedad feudal; pero como agentes
del capitalismo imperialista, tardío y demasiado maduro de nuestros
días, su papel es sencillamente lamentable; y de nuevo se les utiliza
como chivos expiatorios potenciales. ¿Cerrará el círculo
la historia judía? Puede que éste sea el resultado de las «victorias»
de Israel; y advertírselo es un deber para los verdaderos amigos de
Israel.
Por otra parte, habría que poner en guardia a los árabes contra
el socialismo o el antiimperialismo de los necios. Confiamos en que no sucumban
a él; y en que aprendan de su derrota, se recuperen y sean capaces
de poner los cimientos de un Oriente Próximo socialista y auténticarnente
progresista.