Andrés Devesa
La noche de los conjurados
todos los bailarines comprendimos el día y la hora
ya que el porqué estaba de sobra justificado
en la inmensa cuantía del sufrimiento humano.
Leopoldo María Panero
El viento cálido que sopla en esta primavera del 2006, además
del polen y de la sempiterna contaminación de nuestras ciudades, nos
trae también un aroma del pasado. Se cumplen 75 años de la
proclamación de la II República y 70 del fin de la guerra civil
española. Desde hace algunos años la memoria de estos hechos
históricos se encuentra cada vez más presente en nuestra sociedad
y no cabe duda que a lo largo de este año veremos como se celebran
multitud de actos de homenaje y conmemoración de los mismos. La memoria
histórica de estos acontecimientos reclama un lugar –que durante años
le fue negado por los mismos que ahora se convierten en sus adalides– en
la política española. La celebración de este aniversario
supondrá, sin duda, un antes y un después en la concepción
que tenemos de estos hechos y en la articulación de la memoria de
ese pasado respecto a la construcción del presente y el futuro. Por
eso, es más necesario que nunca reflexionar sobre los aspectos teóricos
y prácticos que implican la construcción de una memoria histórica,
tratando de sortear las ilusiones y espejismos que se nos presentarán
como conclusiones definitivas y llegar hasta las últimas consecuencias
que se puedan extraer de la recuperación del pasado y su implicación
en el presente.
El siglo XX dejó tras de sí un rastro de ruinas formado por
las pilas de cadáveres de las víctimas de la Historia, que,
por primera vez se hicieron visibles y reclamaron sus derechos. Después
de la “monstruosidad” que supuso Auschwitz, las reflexiones acerca de la
memoria histórica han pasado a tener una importancia crucial en el
pensamiento filosófico y moral, pero las lecciones que debíamos
extraer del recuerdo de las barbaries que jalonan este siglo –que nos dijeron
traería el bienestar de la humanidad de la mano del progreso y nos
dejó el horror multiplicado ad infinitum– han sido ignoradas o, al
menos, desarticuladas y vaciadas de cualquier contenido práctico,
puesto que esas enseñanzas suponían poner en cuestión
las bases de nuestra sociedad, sacar a la luz las contradicciones entre los
ideales de la Ilustración y el desarrollo de un progreso técnico
y económico independiente de los seres humanos (1).
La memoria se concibe como un imperativo moral que nos obliga no sólo
a recordar los crímenes del pasado, sino, fundamentalmente, traerlos
al presente para resarcir a las víctimas y evitar que puedan volver
a repetirse esos hechos. Según Reyes Mate habría dos formas
de entender la memoria: la de los políticos y filósofos, que
quieren recordar para que la historia no se repita, y la de las víctimas,
que entienden la memoria como un acto de justicia que debe resarcirlas de
su dolor. “No es lo mismo recordar para que la historia no se repita, que
para que se haga justicia: en el primer caso pensamos en nosotros mismos
y, en el otro, en las víctimas.” (2). Estas dos formas de entender
la memoria son en realidad complementarias. Ambas entienden que la barbarie
ha sido superada y que las implicaciones de la memoria corresponden al pasado
–recordar y “compensar” a las víctimas– y al futuro –evitar la repetición
de los crímenes–, pasando por alto que el presente que vivimos no
es sino la consecuencia de ese pasado, el resultado de ese huracán
que llamamos progreso (3) y, por tanto, la repetición de la
barbarie sigue teniendo lugar, al no haber sido eliminados los factores que
la hicieron posible. La barbarie no es una excepción en la historia,
sino la regla y, por tanto, el presente que vivimos hunde sus raíces
en una inmensa fosa común en la que se encuentran los cadáveres
de los vencidos, de los eternos perdedores que jamás han contado para
la historia.
Nos encontramos ante una aparente contradicción. Por un lado tenemos
la necesidad de recuperar la memoria del pasado como un requisito necesario
para pasar página a un episodio trágico de la historia y continuar
la vida, pero la recuperación de esa misma memoria tiene una consecuencia
no deseada, especialmente para aquellos que detentan el poder, al mostrarnos
como los pilares de la sociedad están construidos sobre ese sufrimiento
que se trata de resarcir, puesto que no se puede hacer justicia a las víctimas
sin eliminar las condiciones que las crean, por tanto, no se puede hablar
de la recuperación de una memoria histórica y de resarcimiento
a las víctimas sin cuestionar el tiempo homogéneo y vacío
en el que se inscribe nuestra forma de entender el mundo, dominado por la
idea de progreso, para la que el sufrimiento y la miseria de los seres humanos
no son nada en relación a una serie de ideas independientes del ser
humano, ya sean la economía, el progreso o la ideología. El
dolor humano se supedita a los intereses de minorías o, peor aún,
al desarrollo casi-autónomo del sistema.
La forma de resolver esa contradicción se lleva a cabo mediante la
domesticación de la memoria. La memoria es vaciada de su contenido
revolucionario, entendiendo éste en un sentido benjaminiano, como
jetztzeit, tiempo-ahora que rompe el
continuum de la historia
y traslada al presente la tradición de los oprimidos (4), haciéndoles
regresar de la inmensa fosa común a la que les relegó la Historia
para traer consigo sus reivindicaciones silenciadas y exigir del presente
la auténtica realización de la historia, aquella que tenga
en cuenta el sufrimiento de la humanidad, la realización, aquí
y ahora, de una revolución que contenga las reivindicaciones de una
humanidad libre, en la que el ser humano sea el auténtico sujeto de
la historia y no un ente abstracto. Un proyecto revolucionario basado en
un imperativo ético: devolver la dignidad a los olvidados de la historia,
imperativo sin el cual no es posible hablar de libertad y justicia.
En ese sentido de “domesticación” de la memoria en tanto que desarticulación
de su potencial emancipatorio, deben entenderse algunos de los fenómenos
que están teniendo lugar en los últimos años en relación
a la memoria de la II República, la guerra civil y el franquismo.
La conmemoración de lo que supuso la experiencia republicana y el
recuerdo de las víctimas del fascismo se enmarcan en un contexto político
complejo en el que se halla en juego una reconfiguración del modelo
de Estado y una refundación de la democracia española. Nos
encontramos ante la “segunda transición” reclamada por buena parte
de la izquierda (5). En este contexto deben inscribirse tanto las iniciativas
sociales para la recuperación de la “memoria histórica”, como
la profusión de publicaciones sobre la república y la guerra
civil, los debates en los medios de comunicación de masas y las acciones
políticas de la izquierda –en un primer momento desde el ámbito
local para después ampliarse al autonómico y estatal– tendentes
a resarcir a las víctimas del fascismo o a condenar –después
de un silencio de dos décadas– al régimen criminal surgido
de la guerra civil.
La institucionalización de la memoria es una forma de controlarla,
de evitar cualquier discurso alternativo que cuestione la versión
“oficial” construida por los historiadores, los medios de comunicación
y los “gestores autorizados” de la memoria. Es una forma de silenciar y domesticar
la memoria, que queda reducida a su versión espectacular: homenajes,
actos institucionales, conmemoración de fechas clave, monumentos,
etc. Aspectos necesarios para la recuperación de la memoria pero claramente
insuficientes y además fácilmente controlables por el poder,
el único que puede llevar a cabo estos proyectos (6). La auténtica
reivindicación de la memoria de aquellas personas, la de su lucha
práctica, queda silenciada tras el muro de palabras, conscientemente
vaciadas de cualquier contenido concreto: república, libertad, antifascismo,
democracia,…
El objetivo es la utilización de la memoria de las víctimas
para legitimar el presente, obviando las cuestiones molestas y reduciendo
la memoria a una cuestión meramente simbólica. Así,
la revolución obrera es silenciada y se nos muestra a las miles de
personas que lucharon y murieron por ella como defensores de una democracia
que se conecta con el actual régimen político. Con ello se
matan dos pájaros de un tiro. En primer lugar se obvia que el régimen
actual es la continuación directa de la Dictadura, resultado del pacto
entre elites que adaptó las arcaicas estructuras del régimen
franquista a las necesidades del nuevo capitalismo transnacional e integró
en el mismo a los sectores “progresistas” de la burguesía excluidos
durante cuarenta años de los ámbitos del poder. Además
se borra el recuerdo de las realizaciones prácticas de una revolución
proletaria que, a pesar de los innumerables errores que tuvo, constituye
el ejemplo histórico más significativo de una alternativa al
capitalismo, de una democracia directa en la que la gente empezaba a tener
su propia vida en sus manos. La contrarrevolución estalinista que
acabó, antes que llegasen las tropas de Franco, con esta experiencia
revolucionaria es pasada por alto o reducida a las vicisitudes “normales”
de la política partidista de la izquierda de la época, condenable,
pero no muy diferente de la llevada a cabo por otros grupos políticos.
El ejemplo de la revolución española ha de estar presente en
nuestra memoria, aunque el hecho de reivindicarla no impida que debamos insistir
en sus limitaciones, como la de querer cambiar las estructuras sociales simplemente
haciendo pasar los medios de producción de las manos de la burguesía
a la de los obreros, sin cuestionar la alienación y desposesión
que implicaban la misma existencia de esos medios de producción y
de la propia civilización industrial. Pero el recuerdo de esa experiencia
no es nada sin el recuerdo de las víctimas, de todas las víctimas
de la barbarie, ya sean las del fascismo, las del gulag estalinista o las
de las miles de personas que mueren cada día –en guerras fabricadas
por intereses económicos, por la contaminación del medio y
de las especies o por la violencia diaria ímplicita en nuestra forma
de vida– víctimas de la sinrazón de un sistema que presume
de racional. Debemos tener presente su sufrimiento y no perderlo jamás
de vista, puesto que “sólo para la humanidad redimida se ha hecho
su pasado citable en cada uno de sus momentos” (7), sólo podremos
alcanzar la libertad cuando levantemos la losa de la historia y dejemos salir
de ella a los vencidos, a las víctimas de la historia, para que puedan
reunirse con nosotros. Ése y sólo ése será el
momento de la redención, de la revolución que permita al ángel
de la historia poder sonreir al fin.
6 de abril de 2006
Notas
(1) La bibliografía sobre el tema es más que abundante,
me limito a citar aquí el libro de Günther Anders: Nosotros los
hijos de Eichmann. Carta abierta a Klaus Eichmann. Paidós. Barcelona.
2001. Anders relaciona la barbarie que tuvo lugar en los campos de exterminio
con el desarrollo de una técnica independiente del ser humano, que
reduce a éste a un simple engranaje de una maquinaria y le impide
representarse los efectos de sus acciones. Esta deshumanización sería
una de las circunstancias que hizo posible el Holocausto. Las implicaciones
están claras, el Holocausto no sólo puede repetirse sino que
se repite a diario, pues las condiciones que lo hicieron posible no sólo
no han desaparecido sino que no han dejado de desarrollarse.
(2) Reyes Mate:
Memoria de Auschwitz. Actualidad moral y política.
Trotta. Madrid. 2003. p. 10
(3) Walter Benjamin: “Tesis de Filosofía de la Historia”,
Discursos
interrumpidos I. Taurus. Madrid. 1971. Tesis IX p. 183
(4) Ibid., especialmente la Tesis XIV-XVIII. pp. 188 y ss.
(5) Juan Carlos Monedero: “Nocturno de la transición”, en: Emilio
Silva (et alii):
La memoria de los olvidados. Un debate sobre el silencio
de la represión franquista. Ámbito Ediciones. Valladolid.
2004.
(6) “El monumento, en tanto hecho monumentalizado, constituye la celebración
del poder, de tener el poder de monumentalizar […] Pero al mismo tiempo […]
el monumento borra, tacha, cancela toda otra posible representación
que no sea la representada por el monumento.” Hugo Achugar: “El lugar de
la memoria, a próposito de monumentos (motivos y paréntesis)”,
en: Elisabeth Jelin y Victoria Langland (comps.):
Monumentos, memoriales
y marcas territoriales. Siglo XXI. Madrid. 2003. p. 206
(7) Walter Benjamin: Op. cit. Tesis III