Benjamin Péret: poesía
y revolución
Andrés Devesa
Colectivo de Trabajadores Culturales
La Felguera. Intervención en el III Festival Desviat (Alto Ampurdán,
diciembre 2007)
“Pero el que es capaz de todo, el que está más simplemente
en el plano heroico, el hombre que nunca está prevenido contra la
existencia, el que uno encuentra en el Amanecer, el que desafía el
buen sentido en cada respiración, es Benjamin Péret, de bellas
corbatas, un gran poeta como ya no se fabrican, Benjamin Péret que
tiene atada una ballena, o tal vez un gorrión.”
Louis Aragon: Una ola de sueños
I
Cuando estudiaba (tanto de niño como ya en la universidad) siempre
me explicaron que el surrealismo era un movimiento artístico, estudiándose
como una más de las vanguardias del primer tercio del siglo XX y reduciendo
su contenido teórico y su práctica a una postura meramente
literaria y estética, ocultando la que era su verdadera
raison
d’être: hacer que lo maravilloso sea la vida misma, lo que sólo
puede hacerse realidad destruyendo la civilización capitalista y el
régimen de la mercancía, tal y como los propios surrealistas
expresaron en muchos de sus textos y declaraciones colectivas: «Somos
la revuelta del espíritu; consideramos a la revolución sangrienta
como la venganza ineluctable del espíritu por sus obras. No somos
utopistas: esa revolución sólo la concebimos bajo su forma
social.» (“La révolution d’abord et toujours”, 1925). Ese mensaje
revolucionario del surrealismo debe ser difuminado y confundido, insertándolo
por medio de los mecanismos recuperadores de la cultura en este mundo que
ellos tanto despreciaron. Aunque bien es cierto que esa integración
es más fácil de llevar a cabo con unos que con otros. Y esa
es una de las razones por las que Benjamin Péret, de quien se dice
que fue el más grande poeta surrealista, haya sido tan olvidado, quedando
eclipsado por otros personajes que transitaron por el surrealismo y que lo
abandonaron vergonzosamente para mejor servir a sus amos (el dinero, la fama
o el Partido, según el caso). Péret es olvidado y omitido precisamente
porque ejemplifica mejor que ningún otro de sus compañeros
en su obra y, sobre todo, en su vida, el valor y el compromiso del surrealismo
en lo que Breton definió como la «defensa incondicional de la
emancipación del hombre» (“Position politique de l’art d’aujourd’hui”),
esto es, el carácter netamente revolucionario del surrealismo. Y Péret
destaca por ser el surrealista más convencido y seguramente el más
fiel a sus principios, especialmente al del compromiso revolucionario, compromiso
que no abandonará hasta su muerte.
Péret fue uno de los surrealistas que mejor supo comunicar y que mejor
integró en su propia vida aquello a lo que aspiraba el surrealismo:
a una revolución con dos caras que miraban hacia un mismo horizonte,
el de la emancipación integral del ser humano, para lo que era imprescindible
una doble acción que
transformase el mundo (Marx) y
cambiase
la vida (Rimbaud). En Péret el surrealismo alcanza algunas de
sus más altas cotas (aunque también algunos de los límites
que le acompañaron siempre) y ello quizás porque él
fue quien más creyó en el potencial emancipatorio de la poesía
superando las dimensiones teórica, estética y literaria hasta
integrar la poesía en la vida y, lo que es más importante,
ayudar a liberar a ésta de las trabas que impiden su desarrollo libre
y pleno y que no son otras que las que imponen el capitalismo y su sistema
de organización del mundo. Péret buscará a lo largo
de toda su vida desenmarañar la madeja tejida a nuestro alrededor
para mostrar aquello
maravilloso que aún puede reconocerse
en nuestras vidas y que es sólo un tímido destello de lo que
podría ser la vida: «Lo maravilloso, repito, está por
todas partes, en todas las épocas, en todos los instantes. Lo maravilloso
es, tendría que ser la vida misma. Con tal que, sin embargo, no ingeniarse
en hacer esta vida deliberadamente sórdida como lo hace esta sociedad
con su escuela, su religión, sus tribunales, sus guerras, sus ocupaciones,
sus liberaciones, sus campos de concentración y su horrible miseria
material e intelectual.» (Benjamin Péret: “Tiene la palabra
Péret”). Y a esa liberación de las fuerzas de lo maravilloso
consagrará su vida.
II
Péret nació en Rézé (cerca de Nantes) en 1899
en el seno de una familia de origen humilde. Movilizado durante la Primera
Guerra Mundial, cuando ésta termina se traslada a París, donde
entra en contacto con los dadaístas parisinos encabezados por Tristan
Tzara, participando de las actividades del grupo hasta que en 1922 rompe
con ellos junto a Breton, Aragon, Soupault y Éluard para formar lo
que será el núcleo originario del surrealismo, que hará
de la revista
Littérature su órgano de expresión.
Su objetivo era tratar de superar el mero gesto nihilista de Dadá
yendo más allá de la
agitación destructora de
los dadaístas en busca de nuevos modos de conocimiento de la realidad
y de intervención sobre la misma. La ruptura con Dadá había
comenzado a gestarse en 1921, con motivo del “juicio” al que se sometió
al escritor Maurice Barrés, al que se acusaba de “crímenes
en contra de la seguridad del espíritu humano” (juicio en el que Péret
tiene un papel destacado al intervenir como testigo encarnando al “soldado
desconocido” y atacando duramente la nacionalista y belicista Barrés).
Esta acción irritó a Tzara, que trató entonces de distanciarse
de sus díscolos seguidores, que habían dado un salto importante.
El reto había sido lanzado, se trataba de superar el carácter
difuso y puramente estético de Dadá y avanzar hacia una acción
colectiva que fuese más allá. La ruptura definitiva del recién
creado Surrealismo con Tzara y Dadá se produce en 1923 cuando Tzara
tiene que llamar a la policía para que expulse del teatro en el que
se representa su obra
Coeur à gaz a Éluard, Breton y
Péret que habían acudido a interrumpir y reventar la representación.
En 1924 Péret comienza a dirigir junto a Pierre Naville
La Révolution
Surréaliste, nueva publicación del grupo que llevaba en
su portada una fase que es toda una declaración de intenciones: «Hay
que llegar a una nueva declaración de los derechos del hombre».
Al mismo tiempo se crea la “Oficina de Investigaciones Surrealistas”, situada
en el número 15 de la Rue de Grenelle y que tiene como fin la experimentación
y la búsqueda de elementos con los que construir una nueva vida. Sin
embargo, la cuestión de la acción política está
latente. En 1925, en el número 3 de
La Révolution Surréaliste,
Pierre Naville, el más politizado del grupo, llama a la acción
revolucionaria criticando la postura meramente artística y estética
de parte del grupo, especialmente de los pintores. Breton ha de mediar, pasando
a dirigir él mismo
La Révolution Surréaliste
y evitando la ruptura. Pero la cuestión estaba sobre la mesa. El surrealismo
se veía en la necesidad de unir a la crítica del arte y de
la vida cotidiana el contenido político que la superase para no quedarse
en la misma frontera que Dadá no supo o no pudo traspasar.
Así pues, será 1925 el año en el que el surrealismo
dé el salto político, aproximándose a las filas del
marxismo revolucionario, que, en ese momento, con el comunismo triunfante
en Rusia, se creía la fuerza que habría de transformar el mundo.
Y si bien esto no llegó a ocurrir, un gran optimismo revolucionario
recorría el mundo, lo que propició que muchos se uniesen a
esa fuerza que se creía victoriosa abandonando toda cautela y espíritu
crítico. En parte ésta es la historia de amor entre el surrealismo
y el comunismo, la de un acercamiento necesario y vital para unos y para
otros, pero en la que una parte (el surrealismo) se veía obligada
a ceder y a aceptar acríticamente directrices que chocaban con su
espíritu libertario y la otra (el Partido) no veía sino con
recelos a unos “camaradas” a los que siempre consideró pequeñoburgueses
y poco disciplinados.
El acercamiento del surrealismo al comunismo se concretó a raíz
de la guerra de Marruecos, en oposición a la cual los surrealistas
suscriben el panfleto “La révolution d’abord et toujours” junto a
Clarté (grupo de intelectuales comunistas),
Philosophies
(que agrupa a varios jóvenes filósofos entre los que destacan
Henri Lefebvre y Georges Politzier) y
Correspondance (revista del
grupo surrealista belga). A raíz de la publicación de este
manifiesto, surge el proyecto de crear una nueva revista,
La guerre sociale,
entre los surrealistas y
Clarté, si bien nunca llega a hacerse
realidad, en gran parte por los recelos de los comunistas ante la “sinceridad”
revolucionaria de los surrealistas. A pesar de todo, Aragon, Breton, Péret,
Éluard y Unik deciden unirse al PCF con la intención, ante
todo, de demostrar a los comunistas que no les asusta dar el paso hacia la
acción política. Sin embargo, la desconfianza mutua (de los
surrealistas respecto al burocratismo y el autoritarismo en el seno del partido
y de los comunistas respecto al carácter revolucionario del surrealismo)
es un lastre demasiado pesado para que llegue a fraguar una alianza y una
complicidad. El PCF exigía sumisión y fe absoluta en sus dirigentes
y sus dictados, algo que los surrealistas, al menos aquellos que se mantuvieron
fieles a sí mismos, no estaban dispuestos a aceptar.
III
En 1929 Péret, que se había casado con la cantante brasileña
Elsie Houston, viaja a Brasil, donde residirá dos años. Allí,
sus recelos hacia el comunismo “oficial” y el seguidismo de la política
estalinista se concretan, uniéndose a las filas de la Oposición
de Izquierda, siendo el primero de los surrealistas en adherirse al trotsquismo,
paso que Breton y la mayoría del grupo no darán hasta 1933,
a pesar de las continuas decepciones que venían sufriendo. A finales
de ese año, Breton, Éluard y Crevel son expulsados del PCF
por solidarizarse con Fernand Alquié, que había enviado una
carta (que fue publicada) a la revista
Le Surréalisme au Service
de la Révolution en la que criticaba “el viento de cretinización
sistemática que sopla desde la URSS”. En el Congreso de Escritores
por la Defensa de la Cultura celebrado en París en 1935 se consagra
definitivamente la ruptura al ser leído el manifiesto “Du temp que
les surréalistes avaient raison” en el que se critica duramente la
contrarrevolución estalinista y la complicidad y sumisión de
los intelectuales en la misma. Éluard, que leyó el texto en
lugar de Breton, que había sido censurado por abofetear al escritor
ruso Ilya Ehrenburg (una sonora bofetada que se llevó el “insigne”
escritor y periodista por, entre otras razones, acusar a los surrealistas
de pederastas) fue fuertemente abucheado e insultado durante su intervención.
A partir de ese momento sólo quedaban dos vías: doblegarse
a las consignas del Partido, como hizo primero Aragon, al que pronto seguiría
precisamente Paul Éluard; o seguir avanzando en la vía revolucionaria,
acercándose a la facción marxista que entonces parecía
más avanzada y opuesta a la “desviación” estalinista: el trotsquismo.
Ésta última fue la opción de Péret, desde años
atrás y avanzando siempre hacia una posición cada vez más
comprometida, crítica y revolucionaria.
Péret fue expulsado de Brasil en 1931 por sus actividades políticas.
Regresó a Francia, donde militó en diferentes grupos trotsquistas,
combinando el marxismo revolucionario y el surrealismo y creyendo firmemente
no sólo en su compatibilidad sino en su complementariedad: «el
poeta lucha contra toda forma de opresión: la del hombre por el hombre
en primer lugar y la opresión de su pensamiento por los dogmas religiosos,
filosóficos o sociales. Combate para que el hombre alcance un conocimiento
para siempre perfectible de sí mismo y del universo. Esto no implica
que desea poner la poesía al servicio de una acción política,
inclusive revolucionaria. Pero su cualidad de poeta lo convierte en un revolucionario
que debe combatir en todos los terrenos: el de la poesía, con los
medios propios de ésta, y en el terreno de la acción social
sin confundir jamás los dos campos de acción so pena de restablecer
la confusión que se trata de disipar y, por lo tanto, de dejar de
ser poeta, es decir, revolucionario». (Benjamin Péret: “El deshonor
de los poetas”). Esto es, poesía y revolución unidas en un
mismo frente, pero no confundidas ni supeditadas una a la otra. Y, al hablar
de poesía, es importante destacar que la concepción surrealista
de la misma no se reduce al poema escrito o al menos no sólo, sino,
sobre todo, a “una forma de estar en el mundo” que tiene un potencial iluminador
y transformador extraordinario. Julio Monteverde resume la visión
surrealista de la poesía con este párrafo: «Allí
donde el hombre
se libera en libertad alcanzando el placer que desea
(placer que se puede concretar en el humor, en la belleza, en el lirismo,
en el amor, en el conocimiento, en la revuelta, etc.) allí reside,
para mí, la poesía. Y el intermediario entre estos dos polos,
el camino que lleva de uno a otro, no es sino la imaginación. Por
tanto, la poesía es también una lucha, un proceso activo de
tránsito hacia un estado ausente pero, de una forma u otra, ya intuido
como posible». (Julio Monteverde: “La llama bajo los escombros. Consecuencias
del uso de la poesía”,
Situación de la poesía (por
otros medios) a la luz del surrealismo)
IV
Tras una breve colaboración con el grupo
Contre-Attaque de
Georges Bataille y después de renunciar a entrar en la Liga Comunista
ante la pretensión del ex-surrealista Pierre Naville de que declarase
que el surrealismo era contrarrevolucionario, Péret forma parte del
Partido Comunista Internacionalista (POI) desde su fundación en junio
de 1936. El 5 de agosto de ese mismo año acude a la Barcelona revolucionaria
junto al director de cine Léopold Sabas y Jean Rous, miembro del secretariado
internacional del POI. Tras la vuelta de Rous a Francia un mes después,
Péret se convierte en el delegado del POI en España. Su tarea
era actuar de enlace entre el Partido Obrero de Unificación Marxista
(POUM) y los trotsquistas del Movimiento por la Cuarta Internacional y favorecer
la colaboración entre ambos. En las filas del POUM, Péret dedica
sus esfuerzos a evitar (en la medida de sus posibilidades) que la revolución
se estanque y retroceda, pero también conoce allí a la joven
pintora Remedios Varo, que se convierte en su compañera.
Al llegar a Barcelona en agosto, Péret quedó deslumbrado por
la revolución, de este modo lo describe en una carta a Breton fechada
el 11 de agosto: «Si vieras Barcelona tal y como está hoy, salpicada
de barricadas, decorada con iglesias incendiadas de las que no quedan más
que cuatro paredes, estarías tan exultante como yo». Pero un
mes después su visión es mucho más pesimista ante el
freno evidente a las conquistas revolucionarias: «Aquí se regresa
muy lentamente al orden burgués. Todo el mundo se aborrega lentamente.
Los anarquistas van cogidos del brazo de los burgueses de la Esquerra republicana
y el POUM no termina de echarles flores. Ya no hay hombres armados en las
calles de Barcelona como cuando llegué. La Generalidad (es decir,
los burgueses) lo han recuperado todo ―aunque sus manos sean temblorosas―
y los revolucionarios del 19 de julio colaboran con ella, rompiendo así
la dualidad de poderes que se había establecido tras la insurrección»
(Carta a André Breton, 5 de septiembre). Al giro contrarrevolucionario
que toman los acontecimientos y el creciente poder de los estalinistas se
unen los recelos del POUM ante los trosquistas (y es que aunque a menudo
se afirme que el POUM era un partido trotsquista, lo cierto es que dentro
del partido los trosquistas eran una minoría). Esto provoca que en
marzo de 1937 busque “refugio” en las filas del Batallón Nestor Makhno
de la Columna Durruti, en cuyo seno combatirá hasta finales de 1937
en que abandona España junto a Remedios Varo y Munis, dirigente de
la minoritaria Sección Bolchevique-Leninista de España (uno
de los que más lúcidamente denunciarán el fracaso de
la revolución en España y el papel contrarevolucionario del
PCE, lo que llevará a que los estalinistas pongan precio a su cabeza),
que se convierte en su mejor amigo y colaborador inseparable.
Ya en Francia, Péret sigue vinculado al POI, así como continúa
formando parte activa del grupo surrealista, participando tanto en su revista
Clé como en las actividades de la Federación Internacional
del Arte Revolucionario e Independiente (FIARI), creada por iniciativa de
Breton a raíz de su encuentro con Trotsky en México en 1938
y del manifiesto “Por un arte revolucionario e independiente” que ambos escribieron
juntos.
Al comenzar la guerra mundial, Péret es movilizado y en mayo de 1940
es detenido por el gobierno colaboracionista de Vichy a causa de su militancia
política. Es encarcelado en la cárcel de Rennes, aunque será
liberado un mes después. Esta sorprendente liberación (teniendo
en cuenta su “historial” político) no pilló por sorpresa, sin
embargo, a Péret, que la había intuido en un episodio de videncia
poética que tuvo en su celda y en la que una serie de imágenes
le anunciaron su pronta liberación (incluida la fecha exacta de su
salida de la prisión), experiencia que relata en el texto “Tiene la
palabra Péret” y que es uno de los ejemplos más claros de lo
que los surrealistas entendían por poesía. A principios de
1941, tras haberse reunido con su compañera Remedios Varo, llega a
la Villa Air Bel en las afueras de Marsella, donde espera para poder huir
a América junto a otros surrealistas como Breton, Duchamp y Max Ernst.
Finalmente, logran partir hacia Casablanca en octubre de 1941 y desde allí
pueden embarcarse hacia México.
V
Péret vivirá en México hasta 1948. Allí se reencuentra
con Munis, militando con él en el Grupo Español en México
de la Cuarta Internacional, escribiendo bajo el pseudónimo de “Peralta”.
En México publicó algunas de su mejores obras, como
El deshonor
de los poetas, una apasionada defensa de la poesía como fuente
de conocimiento y de liberación y una crítica y un ataque directo
a los participantes en un folleto llamado
El honor de los poetas (entre
ellos algún ex-surrealista), ejemplo de poesía que se vende
a las ideas de patria, Estado y religión, pervirtiéndose y
pasando a ser la voz de su amo, lo que lleva a Péret a afirmar que
«el honor de estos “poetas” consiste en dejar de ser poetas para pasar
a convertirse en agentes de publicidad». En la misma línea de
defensa de la poesía “abierta” y lo “maravilloso” como medios de experimentación
y transformación de la realidad escribe también en México
el texto “Tiene la palabra Péret”. En 1946 publica “El manifiesto
de los exégetas”, texto en el que critica el manifiesto de la pre-conferencia
de la IV Internacional de ese mismo año, haciendo un balance de lo
que considera el fracaso y el aislamiento de la IV Internacional en su análisis
de la Rusia estalinista y de la situación mundial tras la guerra.
En este manifiesto, Péret expone la posición del Grupo Español
en México de la Cuarta Internacional respecto al régimen estalinista,
que va más allá de considerarlo un “Estado obrero degenerado”
como opinaba el secretariado internacional y lo califica valiente y certeramente
de ser un auténtico “Capitalismo de Estado”, un análisis muy
similar al planteado poco después por el consejista Pannekoek y por
el grupo
Socialisme ou Barbarie (también proveniente de una
escisión del trotsquismo) y que está en la base, junto a la
crítica de la vida cotidiana (una crítica ya planteada por
el surrealismo), de los intentos de renovación y superación
del marxismo en la Francia de los años cincuenta y sesenta por parte
de grupos como
Arguments,
Socialisme ou Barbarie o la Internacional
Situacionista, que llevarán a cabo una crítica del marxismo
utilizando el propio método crítico de Marx, atacando la conversión
del marxismo en ideología y, por tanto, en “falsa conciencia” que
trata de reducirlo todo a los rígidos esquemas de un economicismo
y un cientificismo que se creen universalmente válidos, limitando
el carácter crítico y revolucionario del propio marxismo.
En 1948, Munis y Péret (que por aquel entonces se había separado
de Remedios Varo), regresaron a Francia y un año después son
expulsados de la IV Internacional por su posición crítica respecto
a las posiciones oficiales de la misma. Péret continuó colaborando
con el surrealismo (que se nutrió en la posguerra de un grupo de jóvenes
que se unieron a los “veteranos” como Breton y el propio Péret) y
al mismo tiempo prosiguió su militancia política en el Grupo
Comunista Internacionalista (GCI), formando mayoritariamente por exiliados
españoles, y en la efímera Unión Obrera Internacional.
En esta época continúa estrechamente ligado a Munis, que vuelve
a España junto a otros militantes para reorganizar la lucha, siendo
detenido en Madrid en 1952 y condenado por el Juzgado Especial de Espionaje
y Comunismo a 7 años y 6 meses de cárcel. Péret viajará
a España para entrevistarse con él y con Jaime Fernández
en la cárcel. Cuando Munis es liberado, en 1957, retoma su colaboración
con Péret, fundando el Fomento Obrero Revolucionario, que trató
de aplicar el análisis marxista a las nuevas realidades surgidas tras
la Segunda Guerra Mundial, con dos bloques enfrentados y falsamente antagónicos.
Al mismo tiempo que sigue colaborando con Munis, Péret participa junto
al resto del grupo surrealista en
Le Libertaire, periódico
de la federación Anarquista de Francia, entre los años 1951
y 1953, con el objetivo de acercar posturas, revisar las doctrinas existentes
y examinar juntos «todos los problemas del socialismo con el objetivo,
no de encontrar en ella una confirmación de sus propias ideas, sino
de hacer surgir de ella una teoría capaz de de dar un impulso nuevo
y vigoroso a la revolución social» (“Declaración preliminar”).
En el curso de esta colaboración, Péret entablará un
interesante debate con los anarcosindicalistas acerca del papel de los sindicatos
en la sociedad capitalista de la posguerra, debate que dará lugar
a un libro,
Los sindicatos contra la revolución, escrito junto
a Munis y no publicado hasta después de su muerte.
Tras una estancia en Brasil en 1955, de donde será expulsado a causa
de su militancia política (como ya había sucedido treinta años
antes), regresa a Francia, donde continuará su labor incansable, escribiendo
y participando activamente tanto en el grupo surrealista como en el grupo
de Munis, siendo fiel a sí mismo hasta su muerte en 1959.
VI
Benjamin Péret es, sin duda, «un raro ejemplo de coherencia
personal y política, de poeta y militante comprometido durante toda
su existencia con el surrealismo y el marxismo revolucionario.» (A.
Guillamón: “Introducción al
Manifiesto de los exégetas”).
Y ese compromiso se aprecia perfectamente en su participación en la
Guerra de España, una guerra social y revolucionaria en la que se
abrieron todas las puertas que siempre permanecieron cerradas con mil cerrojos
y custodiadas por los peores cancerberos, y en la que los revolucionarios
de todo el mundo pusieron todas sus esperanzas. Y Péret no quiso ser
un mero observador de lo que ocurría en España. Y como muchos
otros revolucionarios anónimos acudió al centro del huracán
para participar activamente en la revolución. Y el fracaso de la misma,
lejos de hacerle desfallecerse y doblegarse a la terca realidad, sólo
le convenció aún más de la imperiosa necesidad de una
revolución social que lo transformase todo (la estructura socio-económica
pero también las estructuras mentales y la propia vida). Y en esa
revolución por llegar la poesía debería jugar un papel
fundamental.
En este sentido, se puede comparar la trayectoria de Péret con la
de Carl Einstein, que también combatió en las filas de la Columna
Durruti (siendo técnico militar y portavoz del Grupo Internacional
de la misma) y que era ya un “veterano” que había participado en la
República de Consejos de Baviera y en los comienzos del dadaísmo,
pero que en el transcurso de la guerra fue abandonando la esperanza en la
utopía, criticando primero el papel de la poesía en la transformación
del mundo: «Las ametralladoras se burlan de los poemas y de los cuadros.
Las paráfrasis tienen que terminar.» (Entrevista en
Meridiá.
Setmanari de literatura, art i política. Tribuna del Front Intel.lectual
Antifeixista), para al final de la guerra abandonar la defensa de la
revolución y ceder al pragmatismo, apoyando los “trece puntos” de
Negrín, para poco después quitarse la vida en la Francia ocupada.
Esto no resta valor a la vida y la gesta de Einstein, pero sí dice
mucho de Péret, que sobrevivió a las peores circunstancias,
a las derrotas, a las traiciones, a las guerras y no sólo no se retiró
a los aposentos del individualismo, de la literatura o del compromiso con
lo existente, sino que se mantuvo en el frente toda su vida, tratando de
ir siempre más allá, a pesar de los errores que pudiese cometer.
Péret fue de los que luchó toda su vida y eso ya le convierte
en imprescindible.
Mi intención al hablar de Benjamin Péret no era llevar a cabo
una hagiografía ni una defensa incondicional de su persona ni del
surrealismo. Lejos de eso, hoy se nos hacen evidentes sus limitaciones, sus
fallos y sus peligros, siendo el más evidente el de su recuperación
por parte de la industria cultural, a pesar del rechazo siempre mostrado
a entrar en el “juego” del arte y de la literatura. Y es que la advertencia
de René Daumal a Breton: «Ten cuidado, André Breton,
de no figurar más tarde en los manuales de historia literaria, ya
que si anhelamos algún honor, sería el de quedar inscritos
para la posteridad en la historia de los cataclismos» (cit. por Jean-François
Dupui (aka Raoul Vaneigem):
Historia desenvuelta del surrealismo)
es una realidad y el surrealismo es limitado a la historia del arte y de
la literatura para evitar que su contenido revolucionario pueda prender alguna
mecha. Por eso se tiende a olvidar y a ocultar a Péret, porque fue
ante todo un revolucionario y su recuperación es más difícil.
Y aunque ese compromiso variase, de su primera militancia en el PCF a las
filas del trotsquismo que creía la facción más avanzada
del marxismo (obviando el papel contrarrevolucionario de Trotsky como organizador
del Ejército Rojo y asesino de Krondstat), hasta llegar a posiciones
cercanas al consejismo que, combinado con su defensa de una vida nueva y
distinta, anticipan el marxismo heterodoxo y libertario de los situacionistas,
Péret siempre fue fiel a sí mismo y siempre creyó en
una revolución que parecía escapársele de las manos
y que unía ineluctablemente a la liberación de las fuerzas
que existen en potencia en todos los seres humanos, liberación que
había de llevarse a cabo por medio de la poesía, de la realización
de los deseos y de la transformación de la vida. Y esa revolución
aún está por hacer.
La historia, lejos de servir como objeto de contemplación o de recreación
en un pasado que se cree puro y maravilloso, ha de ser un aguijón
que nos espolee, superando el tiempo vacío y cerrado del siempre-lo-mismo,
transformándolo en un tiempo-ahora que se abra a un futuro dialéctico
y utópico. En palabras del propio Péret: «Parece que
del esfuerzo emancipador de los hombres subsisten, ante todo, los holocaustos
ofrecidos a esta liberación, en los cuales se inscriben las aspiraciones
de toda una época. Es como si los oprimidos dijeran a las generaciones
futuras: «Perecimos porque nos equivocamos. Buscad donde reside nuestro
error».» (Benjamin Péret:
El quilombo de Palmares).
Superar la historia, realizarla.