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FUNDACIÓNANDREU NIN |
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The Theme is Freedom, Dodd, Mead and
Company, Nueva York, 1956, pp. 113-129. Iincluido en la antología
de Carlos Rojas, Por qué perdimos la guerra (Plaza&Janés,
Barcelona, 1971, págs, 237-241
La historia de mi viaje a España merece contarse. Fue el mío el caso típico del liberal americano bienintencionado y deseoso de servir. Desde el principio de la contienda, trabajaba con un grupo de amigos empeñados en convencer a Roosevelt que permitiese al gobierno republicano -a fin de cuentas legalmente constituido- la compra de armas en América. La política británica de no intervención malograba los esfuerzos, entorpecidos además por nuestra alianza circunstancial con los comunistas, deseosos de aprovechar la campaña para sus propios fines. Ningún argumento podía hacer comprender a Roosevelt que el mejor modo de detener el fascismo en Europa era apoyar con todas nuestras fuerzas al gobierno español. Ya sea por miedo de perder el voto católico, ya sea por incapacidad congénita en todos los gobernantes americanos desde Wilson de comprender el mundo, se hizo el sordo a nuestras súplicas. Al final, decidimos que un documental sobre la guerra civil española fuera el mejor modo de atraer la atención del público americano. Con seguimos dinero, un brillante joven director holandés fue encargado de realizar la película (1). Un famoso escritor americano, quien también conocía y amaba el pueblo español (2), debía colaborar conmigo en el guión.
Pocos días antes de embarcar rumbo a Francia, Carlo Tresca, editor entonces de un semanario anarquista en Nueva York, me invitó a cenar. Combinábanse en Tresca (3) un finísimo conocimiento de los hombres y sus motivos con una profunda información sobre la realidad política, adquirida a lo largo de una vida consagrada a la causa libertaria.
-John -me dijo-, se van a aprovechar de ti. Se van a aprovechar de ti. -¿Cómo? Todo lo concerniente a la película estaba en nuestras manos.
Carlo se echó a reír.
-¿Cómo puedes decir tal cosa cuando el director pertenece al Partido Comunista y otros camaradas suyos vigilarán vuestro trabajo? Cuanto hagas será a mayor gloria de los comunistas. En España, si no les place un hombre la matan y sanseacabó. Resultó casi cierto. En cuanto llegué a España descubrí que, en efecto, el brillante joven director recibía órdenes del Partido. Incluso antes de zarpar, en Nueva York, me sorprendió el número de rostros fanáticos conocidos, a sueldo de las diversas organizaciones destinadas a recoger dinero, municiones y hombres para la defensa de Madrid. Eran los mismos rostros que viera en organizaciones filocomunistas, cuando intenté trabajar con éstas en ayuda de Sacco y Vanzetti o de los mineros huelguistas del Condado de Harlan, en Kentucky. En Boston no consiguieron arrebatarnos el caso de Sacco y Vanzetti a los anarquistas y liberales. En el Condado de Harlan dejaron a los mineros en la estacada. En España iban a adueñarse de la situación, con tal éxito que la República fue destruida y perdió la guerra.
Desde el día que desembarqué en Francia, se convirtió mi viaje en un curso altamente educativo sobre los poderes políticos de Europa. La burocracia francesa estaba dividida entre admiradores del fascismo, que en secreto anhelaban la llegada de Hitler, y "liberales" dispuestos a ignorar el contrabando de armas y hombres a través de los Pirineos. Mientras aumentaba la ayuda de Hitler y Mussolini en favor de Franco, el Kremlin lanzó su propaganda y sus disciplinadas organizaciones a la defensa de Madrid.
En la primavera de 1937 Franco ocupaba la mitad del país. Por el lado republicano, resistía todavía el gobierno catalán, de clase media, en el este; los católicos nacionalistas vascos y los izquierdistas mineros asturianos en el oeste; las organizaciones sindicales en la meseta central. Franco había cercado Madrid, casi por completo, sin lograr empero cortar las comunicaciones entre la capital y Valencia, sede entonces del gobierno.
Franco parecía más hábil en el manejo de sus aliados que los republicanos. Con un mínimo de concesiones por su parte, acaparaba toda la ayuda posible. Los republicanos, en cambio, pagaban con oro de la nación cada ametralladora comprada al Kremlin y permitían que los comunistas prosiguieran su labor de zapa. El Kremlin procuraba que sus armas cayesen en manos e "elementos responsables" a obedecerlo. Las armas se adquirían a través de empresas fantasmas, en Francia y Europa central, a las fábricas "Skoda" de Checoslovaquia. Llegaban a España sobornando a las autoridades francesas y, en un hotel de Madrid convertido en cuartel general, disponían los rusos su destino definitivo. De resultas de tales manejos, sólo las tropas gobernadas por los comunistas entraban en fuego con armamento e instrucción adecuados
En España, los comunistas lucharon bien contra el fascismo; pero lucharon al mismo tiempo contra los sindicalistas, los anarquistas y los socialistas, baluarte de la unión obrera, y contra la burguesía liberal de Cataluña y el País Vasco. De estos elementos naciera antaño la República. Antes de la llegada de los dirigentes de la Internacional Comunista, el partido vegetaba reducido a su mínima expresión. "La quinta columna" era un invento franquista; pero los comunistas lo aprovecharon para someter a quienes no se plegaban a sus dictados. Al cabo, su guerra contra la Independencia española fue tan decisiva como la superior habilidad estratégica de Franco para domeñar la voluntad republicana de resistencia. Nuestro pobre y pequeño proyecto de filmar un documental que revelase la causa del pueblo español al americano fue víctima de este poder oculto. No llevaba en Valencia ni siquiera un día cuando comprendí que nos habían vencido antes de empezar a luchar (...).
Uno de mis recuerdos más agradables del Madrid de 1916 se cifraba en el número de amigos que hiciera entonces. En el tren de Toledo, un domingo por la mañana, intimé con un estudiante universitario.
La pintura y la arquitectura eran entonces mis vocaciones, y pronto descubrimos gustos compartidos. La pintura y la poesía nos hermanaban. Fuimos juntos a ver El entierro del conde de Orgaz y devinimos buenos compañeros. Después de licenciarse y contraer matrimonio vino a profesar en América. Era un hombre vigoroso, escéptico, de inquisitivo espíritu. Nos vimos muchas veces en aquel entonces. Cuando es talló la guerra, estaba veraneando en España con su familia. Allí se quedó para apoyar la causa republicana.
Al salir de Nueva York esperaba verlo sin pérdida de tiempo. Conociendo su saber y sensibilidad, lo creía indispensable para nuestro documental. Cuando pedí por él en Valencia, la gente me miraba abochornada. Detrás de su confusión, adiviné el miedo. Nadie me decía dónde encontrarlo. Cuando por fin di con su mujer me confió que había sido apresado por un departamento secreto y aguardaba juicio.
Empecé a entrevistarme con las autoridades. ¿De qué lo acusaban? Sabía a un hermano suyo oficial franquista, y monárquicos a varios miembros de su familia; pero sabía también que nadie podía abrigar dudas de su devoción republicana. ¿Por qué no me concedían una entrevista con él para ayudarlo en su defensa?. De nuevo: retrasos, idas y venidas, miradas de pánico en el rostro de los oficiales republicanos, miedo de la muerte. Al final, la verdad: lo habían fusilado.
Los mandamases de Valencia pretendieron convencerme de que lo asesinaran "incontrolados" anarquistas. Sólo al llegar a Madrid supe por el jefe del contraespionaje republicano que mi amigo había sido ejecutado por una sección especial. Añadió que en su opinión el fusilamiento fuera un error. Algunos españoles, compañeros de viaje de los comunistas, me dijeron que su muerte sirvió de ejemplo a otros oficiales, pues había comentado planes militares en un café. Creo que los rusos lo eliminaron porque sabía demasiado acerca de las negociaciones entre el Kremlin y el Ministerio de la Guerra, y no era a su ver hombre de confianza.
Algunos de mis colegas en la producción
del documental se irritaron conmigo por mis desvelos. ¿Qué
valía la vida de un hombre en tiempos como aquellos? No debíamos
entregarnos a debilidades personales. Pero, ¿cómo diablos
podíamos juzgar la verdad de lo ocurrido salvo a la luz de la experiencia
personal? Sacco y Vanzetti eran sólo dos hombres. ¿No pretendíamos
acaso implantar la justicia entre otras cosas? Si ejecutaron a un inocente
patriota español, podían ejecutar la herencia civilizadora
de España. Si ya había sido destruida desde dentro, ¿Porqué
luchábamos entonces?
Notas
(1) Se refiere claro está a Joris Ivens. Hay
dos libros que ofrecen una amplia información sobre la película
en cuestión, Tierra de España, y son: La Brigada
Hollywood. Guerra española y cine americano, de Javier Coma
(Flor del Viento, Barcelona, 2002), y Las Brigadas Internacionales en
la pantalla, de Maqi Crusells (Universidad de Castilla-La Mancha, Ciudad
Real, 2001).
(2) Obviamente, Ernest Hemingway. Éste en
aquel momento todavía no se había situado ante el fenómeno
estaliniano, lo que sí hará más tarde como mostrará
en su célebre Por quién doblan las campanas, cuya
famosa adaptación cinematográfica será ampliamente
comentada en las obras citadas. A título de detalle: como en la
época del rodaje funcionaba el pacto con los soviéticos,
el gobierno norteamericano “recomendó” a Hollywood que neutralizaran
las referencias a André Marty, el “carnicero de Albacete”, capaz
de matar a cualquiera por la mera sospecha de trotskismo, y que empero,
acabó siendo acusado al final de su vida de “trotskista” cuando
se enfrentó a la dirección del PCF. En el momento de su sepelio,
el dirigente trotskysta francés Pierre Frank, le hizo los “honores”
subrayando como bajo semejante fanático bullía un viejo revolucionario.
(3) Ver Retratos
complementarios: John Dos Passos y... Julio Álvarez del Vayo, Carlo
Tresca y Edmund Wilson
Edición digital de la Fundación Andreu Nin, octubre 2005