A propósito de John Dos Passos y de 1919
Jean Paul Sartre
Agosto de 1938
Una novela es un espejo: todo el mundo lo dice.
¿Pero qué es leer una novela? Yo creo que es lanzarse a través
del espejo. De pronto uno se encuentra al otro lado del cristal, entre personas
y objetos que parecen familiares. Pero sólo parece que lo son, pues
en realidad no los habíamos visto nunca y las cosas de nuestro mundo
a su vez, quedan fuera y se convierten en reflejos. Cerráis el libro,
dais rápidamente la vuelta al reborde del espejo y volvéis
a entrar en este honrado mundo y a encontrar inmuebles, jardines y personas
que nada tienen que deciros: el espejo que se ha formado de nuevo detrás
de vosotros los refleja tranquilamente. Después de lo cual juraríais
que el arte es un reflejo: los más maliciosos llegarán a hablar
de vidrios deformantes. Dos Passos utiliza muy conscientemente esta ilusión
absurda v obstinada para incitaros a la revuelta, de hecho todo lo necesario
para que su novela no parezca sino un reflejo, y hasta se ha puesto la piel
de asno del populismo Es que su arte no es gratuito, quiere demostrar. Ved,
no obstante, el curioso intento: se trata de mostraros este mundo, el nuestro.
De mostrarlo solamente, sin explicaciones ni comentarios. Nada de revelaciones
sobre las maquinaciones de la policía, el imperialismo de los reyes
del petróleo, el Ku-Klux-Klan, ni de descripciones crueles dc
la miseria. Todo lo que quiere hacernos ver lo Io habíamos visto ya,
y por lo que parece de buenas a primeras, precisamente como él quiere
que Io veamos. Reconocemos al instante la abundancia triste de esas vidas
sin tragedia: sola las muestras esas mil aventuras esbozadas, frustradas.
enseguida olvidadas, siempre reanudadas, que se deslizan sin marcar,
sin comprometer hasta el día en que una de ellas, muy parecida a las
otras, de pronto, como por torpeza y trampeando, le asquea a un hombre para
siempre, descompone negligentemente un mecanismo. Ahora bien, es al pintar,
como podríamos pintarlas nosotros, esas apariencias demasiado conocidas,
con las que cada uno se aviene, cuando Dos Passos las hace insoportables,
Indigna a quienes nunca se han indignado y asusta a quienes no se asustan
de nada. ¿No habrá habido un engaño? Miro a mí
alrededor: gente, ciudades, barcos, la guerra. Pero no son los verdaderos;
son discretamente sospechosos y siniestros, como en las pesadillas, Mi indignación
contra ese mundo me parece también sospechosa: se parece solamente
--y de bastante lejos- a la otra, a la que una gacetilla de periódico
basta para provocar. Yo estoy al otro lado del espejo.
El odio, la desesperación, el desprecio altivo
de Dos Passos son auténticos. Pero, precisamente por eso, su mundo
no es auténtico es un objeto creado, Yo no conozco otro -ni siquiera
los de Faulkner y Kafka- en el que el arte sea más grande ni esté
mejor oculto, Yo no conozco otro que esté más cerca de nosotros,
que sea más preciso, más conmovedor, lo que se debe a que toma
del nuestro su material. Y sin embargo, no hay otro más lejano ni
más extraño. Dos Passos sólo ha inventado una cosa:
el arte de relatar. Pero eso basta para crear un universo.
Se vive en el tiempo, se cuenta en el tiempo. La
novela se des arrolla en el presente, como la vida. Lo perfecto no es novelesco
sino en apariencia; hay que considerarlo como un presente con retroceso estético,
como un artificio de escenografía. En la novela los ademanes
no son hechos, pues el hombre novelesco es libre. Se crean ante nuestros
ojos; nuestra impaciencia, nuestra ignorancia, nuestra espera son Ias mismas
que las del protagonista. Fernández ha demostrado que, por el contrario,
el relato se refiere al pasado. Pero el relato explica el orden cronológico
-orden para la vida- y apenas disimula el orden de las causas -orden para
el entendimiento-; el acontecimiento no nos atañe, está a medio
camino entre el acto y la ley. El tiempo de Dos Passos es su creación
propia: ni novela ni relato, o más bien, si se quiere, es eI tiempo
de la Historia, Lo perfecto y lo imperfecto no se emplean por decoro: la
realidad de las aventuras de Joe o de Evelyn consiste en que pertenecen al
pasado, Todo es relatado como por alguien que recuerda: "Cuando Dick era
pequeño nunca oía hablar de su papá.. (...) En aquel
invierno Evelyn sólo pensaba en una cosa: en ir al Instituto de Arte..."
Se quedaron quince días en Vigo mientras las autoridades discutían
con respecto a su situación y ellos estaban ya hartos de eso..." El
acontecimiento de la novela es una presencia que no se nombra: nada se puede
decir de ella, pues sé esta haciendo; se puede mostrarnos a dos hombres
que buscan a sus queridas a través de una ciudad, pero no se nos dice
que “no las encuentran”, pues eso no es cierto; mientras quede una calle,
un café, una casa por explorar eso no es cierto todavía. En
Dos Passos el acontecimiento recibe desde el principio su nombre, se arrojan
los dados, como en nuestra memoria: "Glen y Joe no bajaron a tierra sino
durante unas horas y no pudieron encontrar a Marceline y Loulou." Los hechos
están cercados por contornos claros, están exactamente a punto
para ser pensados. Pero Dos Passos nunca los piensa; ni en un solo instante
el orden de las causas se deja sorprender bajo el orden de las fechas. No
es un relato: es la devanadura balbuciente de una memoria bruta y llena de
agujeros que resume en algunas palabras un período de muchos años,
para extenderse lánguidamente con respecto a un hecho minúsculo.
Exactamente como nuestros verdaderos recuerdos, mezcolanza de frescos y de
miniaturas. No falta el relieve, pero esta distribuido sabiamente al azar.
Un paso más y volveríamos a encontrar el famoso monólogo
del idiota en El sonido y la furia. Pero eso sería también
intelectualizar, sugerir una explicación mediante lo irracional, hacer
presentir, tras ese desorden, un orden freudiano. Dos Passos se detiene a
tiempo, y gracias a ello los hechos pasados conservan un sabor dl: presente;
siguen siendo en su destierro lo que fueron un día, un solo día:
inexplicables tumultos de colores, de ruidos, de pasiones. Cada acontecimiento
es una cosa rutilante y solitaria, que no emana de ninguna otra, surge de
repente y se añade a otras cosas: un irreductible. Relatar, para Dos
Passos" es sumar. De ahí ese aspecto poco cuidado de su estilo: "y...
y... y..." Las grandes apariencias inquietantes, la guerra, el amor,
un movimiento político, una huelga, se desvanecen, se desmoronan en
una infinidad de pequeñas chucherías que se pueden alinear
las unas junto a las otras. He aquí el armisticio: " A comienzos de
noviembre comenzaron a circular rumores de un armisticio, y luego" de pronto,
una tarde, el mayor Wood entró como una ráfaga de viento en
la oficina que compartían Evelyn y Eleanor, les hizo abandonar el
trabajo y las abrazó gritando: "¡Aquí está por
fin!" Antes que supiera dónde estaba ella, Evelyn se sorprendió
besando en la boca al mayor Moorehouse. Las oficinas dc la Cruz Roja tomaron
el aspecto de un dormitorio de universidad en la noche de una victoria futbolística:
era el armisticio. Todo el mundo tuvo bruscamente botellas de Coñac
y se puso a cantar: II y a une longue, longue route tournante o La Madelon
pour nous n´ est pas sévère. . . ," Esos americanos ven
la guerra como vio Fabricio la batalla de Waterloo, y la intención,
como el procedimiento, es clara si se reflexiona: otra vez hay que cerrar
el libro y reflexionar,
Las pasiones y los gestos son también cosas.
Proust los analizaba, los relacionaba con estados anteriores y con ello los
hacía necesarios. Dos Passos quiere conservarles su carácter
de hechos. Sólo se permite decir: "Ved: en esta época Richard
era así y en tal otra era de otro modo”. Los amores, las decisiones
son grandes bolas que ruedan sobre sí mismas. Todo lo más podemos
percibir una especie de congruencia entre el estado psicológico y
la situación exterior, algo como una relación de colores. Quizá
sospecharemos también que son posibles las explicaciones. Pero parecen
ligeras y fútiles, como una tela de araña colocada sobre pesadas
flores rojas. En ninguna parte, no obstante, tenemos la sensación
de la libertad novelesca. sino que más bien Dos Passos nos impone
la impresión desagradable de un indeterminismo del detalle. Los actos,
las emociones, las ideas, se instalan bruscamente en un personaje, hacen
en él su nido y le abandonan sin que él mismo intervenga mucho
en ello. No habría que decir que los sufre: los testifica, y nadie
podría asignar una ley a sus apariciones.
Sin embargo, han existido. Ese pasado sin
ley es irremediable. Dos Passos ha elegido ex profeso, para relatar, la perspectiva
de la historia: quiere hacernos sentir que los papeles representados son
hechos. Malraux dice aproximadamente en L' Espoir: "Lo que hay de trágico
en la Muerte es que transforma la vida en destino." Dos Passos se ha instalado,
desde las primeras líneas de su libro, en la muerte. Todas las existencias
que narra se han vuelto a cerrar sobre sí mismas. Se parecen a esos
recuerdos bergsonianos que flotan, después de la muerte del cuerpo,
llenos de gritos, de olores y de luces y sin vida, en no se sabe qué
limbos. A esas vidas humildes y vagas no dejamos de sentirlas como Destinos.
Nuestro propio pasado no es tal: no hay uno solo de nuestros actos cuyo valor
y cuyo sentido no podamos transformar al presente. Pero esos bellos objetos
abigarra dos que Dos Passos nos presenta tienen, bajo sus colores violentos,
algo de petrificado: su sentido está fijado. Cerrad los ojos, tratad
de recordar vuestra propia vida, tratad de recordárosla así:
os ahogaréis. Es ese ahogamiento sin socorro el que Dos Passos ha
querido expresar. En la sociedad capitalista los hombres no tienen vidas,
sólo tienen destinos; él no dice eso en parte alguna, pero
lo hace sentir en todas partes; insiste discretamente, prudentemente, hasta
que nos produce eI deseo de romper nuestros destinos. Henos aquí convertidos
en rebeldes; ha conseguido su propósito,
Somos rebeldes de detrás del espejo,
Pues no es eso lo que quiere cambiar el rebelde de este mundo; quiere cambiar
la situación presente de los hombres, Ia que se hace día a
día, Relatar el presente como si fuera pasado es emplear un artificio,
crear un mundo extraño y bello, coagulado como una de esas mascaras
de martes de carnaval que se hacen espantosas cuando verdaderos hombres vivos
las llevan en los rostros, ¿Pero cuales son esos recuerdos que se
devanan así a lo largo de la novela?. Parece a primera vista que son
los de los protagonistas, de Joe, de Dick, de Fillette, de Evelyn; y, en
más de un lugar, eso es ciento: por regla general, cada vez que un
personaje es sin cero, cada vez que hay en él, de cualquier manera
que sea, una plenitud: "Cuando estaba Iibre voIvía, cansado hasta
eI sufrimiento, en la madrugada parisiense, que olía a entresijo,
recordando ojos cabellos empapados de sudor, dedos contraídos, cubiertos
de mugre y de sangre coaguIada'”. Pero con frecuencia eI relator no coincide
ya plenamente con el protagonista; lo que él dice no habría
podido decirlo enteramente el protagonista, pero se advierte entre ellos
una compIicidad discreta, pues el relator refiere Ias cosas desde suenan
como Ie habría gustado al protagonista que se las refiriese, A favor
de esta complicidad, Dos Passos nos parece dar, sin prevenirnos, el paso
que él deseaba: de pronto nos encontramos instalados en una memoria
horrible, cada uno de cuyos recuerdos nos pone incómodos, una memoria
que nos saca de nuestra esfera y no es ya la de los personajes ni la del
autor; se diría que es un coro que recuerda, un coro sentencioso y
cómplice: "A pesar de ello lo fue muy bien en la escueIa y sus profesores
le querían mucho. sobre todo la maestra de inglés, Miss Teagle,
porque estaba bien educado y decía pequeñas cosas sin impertinencia
y que, no obstante, los hacían reír. Esta última afirmaba
que estaba verdaderamente dotado para la composición inglesa. Un día
de Navidad él le envió un poemita que había escrito
sobre el Niño Jesús y los tres Reyes Magos y ella de declaró
que tenía talento". El relato se hace un poco afectado y todo lo que
nos dice acerca del protagonista toma el aspecto de informaciones solemnes
y publicitarias: "Declaró que tenía talento". No acompaña
a la frase comentario alguno, pero adquiere una especie de resonancia colectiva.
Es una declaración. y la mayoría de las veces, en efecto, cuando
desearíamos conocer los pensamientos de sus personajes, Dos Passos,
con una objetividad respetuosa, nos da sus declaraciones: "Fred. declaró
que la víspera de la partida se saciaría de todo lo que le
gustaba. Una vez en el frente, quizá lo mataran, ¿y entonces
qué? Dick replicó que a él le gustaba charlar con las
mujeres, pero que todo eso tenía demasiado de comercial y le desagradaba.
Ed. Schuyler, a quien apodaban Frenchie y que adoptaba modales enteramente
europeos, dijo que las busconas eran demasiado ingenuas". Abro París-Soír
y leo: "De nuestro corresponsal especial: Charlie Chaplin declara que ha
matado a Charlot". iYa caigo! Dos Passos nos informa de todas las palabras
que pronuncian sus personajes en el estilo de las declaraciones a la prensa.
De pronto aparecen desprovistas de pensamiento, convertidas en puras palabras,
en simples reacciones que hay que registrar como tales, a la manera de los
behavioristas, en quienes se inspira Dos Passos cuando le place. Pero al
mismo tiempo la palabra reviste una importancia social: es sagrada, se convierte
en máxima. Poco importa, piensa el coro satisfecho, lo que había
en la cabeza de Dick cuando pronunció esa frase. Lo esencial es que
haya sido pronunciada; por lo demás, venía de lejos, no se
formó en él, era, antes mismo de que él hablase, un
ruido pomposo y tabú; él sólo le ha prestado su poder
de afirmación. Parecería que hay un ciclo de las palabras y
los lugares comunes al que cada uno de nosotros va a buscar las palabras
apropiadas para la situación. Y también un cielo de los gestos.
Dos Passos finge que nos presenta los gestos como acontecimientos puros,
como simples exterioridades, los movimientos libres de un animal. Pero eso
no es más que una apariencia; adopta en realidad para exponerlos el
punto de vista del coro, de la opinión pública. No hay un solo
gesto de Dick o de Eleanor que no sea una manifestación, acompañada
a la sordina por un murmullo halagador: "En Chantilly visitaron el castillo
y dieron de comer a las carpas en los fosos. Almorzaron en el bosque, sentados
en almohadones de goma. J. W. hizo reír a todos explicando que le
horrorizaban las comidas a escote y preguntando a todos cual era el motivo
de que las mujeres, hasta las más inteligentes, quisieran siempre
organizar comidas a escote. Después de almorzar fueron hasta Senlis
para ver las casas destruidas por los ulanos durante la guerra". ¿
No se diría que es la información acerca de un banquete de
ex combatientes en un diario local? Al mismo tiempo que el gesto se adelgaza
hasta no ser ya sino una delgada película, advertimos de pronto que
cuenta, es decir, que compromete también y que es sagrado. ¿Para
quién? Para la conciencia innoble de "todo el mundo”, para lo que
Heidegger llama "das Man” ¿Pero quIen hace nacer esta conciencia?.
¿Quién a representa mientras leo? Pues bien, soy yo. Para comprender
las palabras, para dar un sentido a los párrafos tengo que adoptar
primeramente su punto de vista, tengo que convertirme en el coro complaciente.
Esta conciencia sólo existe por mí; sin mí no habría
sino manchas negras sobre hojas blancas. Pero en el momento mismo en que
yo soy esta conciencia colectiva quiero librarme de ella, adoptar con respecto
a ella el punto de vista del juez, es decir, librarme de mí. De ahí
esa vergüenza y ese malestar que Dos Passos sabe tan bien comunicar
a su lector; soy cómplice a mi pesar -aunque no estoy tan seguro de
serIo a mi pesar-, creando y rechazando al mismo tiempo los tabús;
de nuevo, en el centro de mí mismo, contra mí mismo, revolucionario.
¡Cómo aborrezco a esos
hombres de Dos Passos! Se me muestra durante un segundo su conciencia, sólo
para hacerme ver que son animales vivientes, y luego he aquí que desarrollan
interminablemente el tejido de sus declaraciones rituales y de sus gestos
sagrados. En ellos no se hace el corte entre el exterior y el interior, entre
la conciencia y el cuerpo, sino entre los balbuceos de un pensamiento individual,
tímido, intermitente, incapaz de expresarse por medio de las palabras,
y el mundo viscoso de las representaciones colectivas. ¡Qué
sencillo, qué eficaz es ese procedimiento! Basta con relatar una vida
con la técnica del periodismo norteamericano, y la vida cristaliza
haciéndose social, como la rama de Salzburgo. Al mismo tiempo se resuelve
el problema del paso a lo típico, escollo de la novela social. Ya
no es necesario presentarnos un obrero típico, componer, como Nizan
en Antoine Bloyé, una existencia que sea el término medio exacto
de millares de existencias. Dos Passos, al contrario, puede dedicar toda
su atención a exponer la singularidad de una vida. Cada uno de sus
personajes es único; lo que le sucede sólo podría sucederle
a él. Qué importa, puesto que lo social lo ha mar cado mas
profundamente que como podría hacerlo cualquier circunstancia particular,
ya que lo social es él. Así, mas allá del azar de los
destinos y la contingencia del detalle, entrevemos un orden más flexible
que la necesidad fisiológica de Zola, que el mecanismo psicológico
de Proust, una coerción insinuante y suave que parece soltar a sus
víctimas y dejarlas escapar, para volver a apresarlas sin que ellas
se den cuenta: un determinismo estadístico. Estos hombres ahogados
en su propia vida viven como pueden, se resisten y lo que les sucede no estaba
fijado de antemano. y no obstante sus peores violencias, sus defectos, sus
esfuerzos no podrían comprometer la regularidad de los nacimientos,
los casamientos y los suicidios. La presión que ejerce un gas en las
paredes del recipiente que lo con tiene no depende de la historia individual
de las moléculas que Io compone.
Seguimos estando al otro lado del espejo. Ayer visteis
a vuestro mejor amigo, le manifestasteis vuestro odio apasionado a la guerra,
Tratad ahora de relatar esa conversación a la manera de Dos Passos.
"Pidieron dos medios litros de cerveza y dijeron que la guerra era detestable.
Paul declaró que prefería hacer cualquier cosa antes que combatir
y Jean dijo que le aprobaba y ambos se conmovieron y dijeron que se alegraban
de estar de acuerdo. Al volver a su casa, Paul decidió
ver a Jean con mas frecuencia”. Os execráis inmediatamente. Pero no
tardaréis mucho tiempo en comprender que no podéis hablar de
vosotros en ese tono. Por poco sinceros que seáis, por lo menos vivís
vuestra insinceridad, la representáis vosotros solos, prolongáis
su existencia de instante en instante mediante una creación continua.
E inclusive si os habéis dejado enligar por las representaciones colectivas,
ha sido necesario que primeramente las viváis como una dimisión
individual. No somos ni mecánicos ni poseídos; somos algo peor:
libres. Estamos por completo fuera o por completo dentro. El hombre de Dos
Passos es un ser híbrido, interno-externo. Nosotros estamos con él,
en él, vivimos con sui vacilante conciencia individual y, de pronto,
se raja, se debilita, se diluye en la conciencia colectiva. Lo seguimos y
de pronto nos encontramos afuera sin estar prevenidos. Es un hombre de detrás
del espejo, una criatura extraña, despreciable y fascinante. Dos Passos
sabe obtener buenos efectos de ese deslizamiento perpetuo. No conozco nada
más conmovedor que la muerte de Joe: "Joe se zafó de dos "grenouillards"
y llegó a la puerta a reculones, cuando vio en el espejo que un hombrachóm
con blusa le iba arrojar a la cabeza una botella que asía con las
dos manos. Trató de volverse, pero no tuvo tiempo. La botella le rompió
el cráneo y aquello terminó". Dentro, con él, hasta
el choque de la botella con el cráneo. Inmediatamente después,
fuera, en la memoria colectiva, con el coro: "y aquello terminó".
Nada hace sentir mejor el aniquilamiento. y cada pagina que se vuelve luego
y que habla de otras conciencias y de un mundo que continúa sin Joe
es como una palada de tierra sobre su cuerpo. Pero es una muerte de detrás
del espejo: no discernimos en realidad sino cl aspecto bello de la nada.
La verdadera nada no se puede sentir ni pensar. Sobre nuestra muerte no tendremos
jamás -ni nadie después de nosotros-nada que decir.
El mundo dc Dos Passos es imposible -como
el de Faulkner, el de Kafka y el de Stendhal- porque es contradictorio. Pero
por eso es bello: la belleza es una contradicción velada. Considero
a Dos Passos como cl escritor mas grande de nuestro tiempo.