Entrevista a Ignacio Iglesias
Juan Manuel Vera
El pasado 15 de octubre
falleció Ignacio Iglesias en Haÿ-les-Roses (Francia). Tenía
93 años.
Cuando me llamó su hijo José Luis para darme la triste
noticia sentí la desazón interior que produce perder a
un compañero de diálogo, a un amigo con el que había
establecido una línea perfecta de comunicación al margen de
las distancias generacionales. Debo decir que Ignacio mantuvo hasta sus últimos
días esa maravillosa curiosidad insaciable que le caracterizaba y que
abarcaba tantas cosas, desde los nuevos acontecimientos mundiales hasta cualquier
nuevo libro y, siempre, su pasión por la historia española.
Su vida no fue fácil, pero a pesar de las dificultades fue capaz de
defender siempre sus ideas tal y como las sentía. Aunque Ignacio
era muy sobrio sobre sus propios méritos, y poco aficionado a recibir
elogios, ahora que no puede protestar debo destacar que fue una importante
personalidad de la izquierda española del siglo veinte, un representante muy destacado de
aquella brillante generación republicana de luchadores por el socialismo
y la libertad.
Un retrato suyo
debería reflejar diversas facetas, partiendo de que, además,
fue periodista, escritor y editor de diversas publicaciones. Su larga trayectoria
se inició como precoz activista de la izquierda obrera asturiana,
militante del primer trotskismo español, y uno de los fundadores
del POUM, partido en el que militó hasta los años cincuenta.
En plena clandestinidad, en 1938, escribió un admirable folleto sobre
la represión estalinista y el proceso contra el POUM, incluido junto
a sus principales textos sobre la guerra española en el libro Experiencias
de la revolución española (Laertes, 2003).
Después de la guerra civil, tras la derrota de la España republicana,
las cosas no fueron fáciles para él. En el exilio francés
fue internado en los campos de refugiados, durante la ocupación de
Francia fue encarcelado y condenado a una larga pena de prisión y,
finalmente, deportado a un campo nazi próximo a Dachau, de donde
salió en 1945.
Durante el largo exilio, Ignacio Iglesias fue un comprometido antifranquista
y participó en diversas iniciativas de la oposición democrática,
asistiendo a la famosa Conferencia de Munich en 1962. Asimismo, en plena
guerra fría desarrolló un papel activo en inciativas
contra el totalitarismo estalinista, tales como la revista Cuadernos,
de la cual fue secretario de redacción.
Aunque Ignacio Iglesias no regresó definitivamente a España
después de la muerte de Franco, siempre mantuvo la pasión por
un país que había cambiado enormemente desde los años
treinta, como le gustaba destacar. Siempre con la referencia de los ideales
de libertad e igualdad, indisociables en su forma de entender la izquierda,
hasta el final de su vida ha sido una persona intensamente comprometida
con el socialismo democrático.
Para mí, Ignacio Iglesias será un recuerdo inolvidable
de amistad. Le debo muchas reflexiones, muchas enseñanzas y un fructífero
diálogo epistolar que sólo su muerte ha interrumpido.Como
homenaje he rescatado una entrevista que le hice hace algunos meses, durante
la preparación de su libro Escritos del exilio, aún
pendiente de publicación. En ella, Ignacio aborda algunas cuestiones
sobre las que nunca había opinado públicamente. Un extracto
de esta entrevista aparecerá en enero de 2006 en el número
1 de la nueva revista Trasversales.
Juan Manuel Vera.-Situémonos en 1939. ¿Cómo
te densenvolviste en la etapa final de la guerra civil, en plena represión
contra el partido al que pertenecías, el POUM, y ante la pérdida
definitiva de la guerra por parte de la República?
Ignacio Iglesias.-Es una larga historia, que trataré
de resumir. Atravesé la represión contra el POUM sin ser
encarcelado como lo fueron la mayoría de mis compañeros.
Y eso gracias a que tomé la represión estalinista muy en
serio, adoptando el máximo de precauciones. Durante los primeros
tiempos dispuse de una documentación que me facilitó el diputado
socialista Amador Fernández, que en Barcelona se hallaba al frente
de la delegación del gobierno asturiano y que conocía mucho
a mi padre. Más tarde, al movilizar el gobierno Negrín a las
quintas que alcanzaban hasta los cuarenta años, si no recuerdo mal,
yo que contaba con veinticinco años, no podía ya disponer
de la documentación que me facilitaba el diputado asturiano. Coincidía
esto con el hecho de que la casi totalidad de los poumistas de Barcelona
se encontraban encarcelados o habían buscado refugio en el ejército
republicano.En esta situación decidí hacer lo mismo, es decir,
refugiarme en una unidad militar que me ofreciera garantías de que
no llegaría hasta mí la larga mano del estalinismo. Los dirigentes
de la CNT en Barcelona me ayudaron en mi propósito y gracias a ellos
pude
camuflarme en el 529 batallón de la 119 brigada mixta,
que pertenecía a la 24 división mandada por el anarquista Antonio
Ortiz. Ese batallón en el que ingresé se hallaba al mando
de Avelino Roces, un joven minero de mi pueblo, que militaba en el Sindicato
Único de Mineros, del que mi padre fue uno de los dirigentes; me
acogió con los brazos abiertos. Al poco tiempo fue ascendido y pasó
a mandar la brigada, pero no me olvidó pues días después
me citó en su puesto de mando y me dijo que me había designado
para ir a Barcelona, a la Escuela de Guerra. Confidencialmente me confesó
que la División entera estaba designada para ir al mortífero
frente del Ebro. "
Al menos tú te salvarás", me dijo.
Con los profesores y los alumnos de la Escuela de Guerra fue como salí
de España.
JMV.- Y llegaste a Francia...
II.- Atravesamos los Pirineos y acabé en el campo
de concentración de Argelès Sur Mer, guardado por soldados
senegaleses del ejército francés. Logré huir unos
cuantos días después y con la ayuda de unos militantes
del PSOP, partido dirigido por Marceau Pivert y muy próximo al
POUM, pude llegar a Pontarlier, cerca de la frontera con Suiza, donde existía
un refugio para españoles. Por cierto que allí conocí
a la que años después fue mi esposa. Mi libertad duró
muy poco, ya que de nuevo los gendarmes me condujeron a Argelès.
Una vez más los compañeros
pivertistas lograron sacarme
del campo, con un contrato de trabajo en un taller de mecánica de
Dijon. Pero de nuevo la mala suerte se cebó en mí ya que
a las pocas semanas se desmoronó el ejército francés,
y las tropas hitlerianas invadieron parte de Francia. Logré subir
al ultimo tren que salió de Dijon con dirección al sur del
país. Llegué a Toulouse, centro de la emigración española
donde me encontré con el amigo Solano y otros compañeros del
POUM. Los dos fuimos detenidos y enviados a un campo cercano, de donde escapamos
para ir a Montauban, lugar próximo donde se rumoreaba que era fácil
lograr documentación. ¡Puro cuento! Fuimos una vez más
detenidos y encarcelados.
JMV.- Fuiste juzgado en Montauban junto a otros militantes
del POUM...
II.- Si. Montaron un proceso contra los militantes del POUM,
acusados "
de estar al servicio de una potencia extranjera", que
debía ser la Unión Soviética, lo que resultaba casi
cómico. En fin, algunos fuimos condenados a largos años
de prisión.. A Solano, a mí y pocos más nos condujeron
al penal de Eysses, no muy
lejos de Montauban, y a las pocas semanas nos llevaron a Alemania, al
campo de Dachau, en Baviera. Por suerte Solano, que se encontraba en
la enfermería , se salvó de dicho destino. En Dachau, estuve
dos o tres semanas, ya que me incluyeron en un traslado al campo de Allach,
sito entre Dachau y Munich. De allí me liberó un destacamento
de las tropas norteamericanas integrado por chicanos, es decir, mejicanos
asentados en Estados Unidos, al mando de un comandante o coronel que era
profesor en la Universidad de Berkley, el cual hablaba un castellano de
nuestro Siglo de Oro. Fui evacuado a Toulouse.
Por tanto, desde mi entrada en Francia, a inicios del 39, hasta
mi liberación del campo nazi el 30 de abril de 1945, es decir seis
años y medio, un total de seis años los pasé detrás
de las alambradas de los campos y de las rejas de las cárceles.
JMV.- No conozco ningún escrito tuyo sobre la experiencia
en el campo de concentración nazi. Prácticamente nunca lo
mencionas. ¿Por qué no has hablado de ello?, ¿ha
marcado tu vida esa experiencia?
II.- En efecto no escribí nada respecto a mi experiencia
de los campos o las cárceles. ¿Por qué? Sencillamente
porque me propuse olvidarla. Tengo de siempre la particularidad de lograr
olvidar lo que deseo olvidar. No deseaba anclarme en ese pasado y quería
enfrentarme a la vida, a partir de 1945, como si nada me hubiese acontecido.
Incluso mis dos hijos tardaron bastante años en saber que yo fui
unos de esos deportados políticos de los que se hablaba en la escuela
y luego en el liceo. Me facilitó esta decisión mía
el hecho de que ni los campos ni las prisiones me marcaron sicológicamente.
Físicamente sí, dicho sea entre paréntesis, ya que
llegue a pesar como un pajarito. Pero pronto fui recuperando el peso perdido.
JMV.- ¿Conoces las obras que hacen referencia
a la vida en los campos de concentración?
II.- Procuré no ver película alguna que se
refiriese a los campos, ni leer los numerosos testimonios que se escribieron.
La excepción han sido las novelas de Jorge Semprún, las cuales
admiro mucho, en las que suele referirse a su estancia en Buchelwald.
Y, claro está, el clásico de Soljenitsyn, “
Archipiélago
Gulag” en el que comprobé que,
grosso modo, los campos
nazis y los estalinistas se asemejaban como dos gotas de agua.
JMV.- ¿Te sentiste integrado en la sociedad francesa
o tu referencia siguió siendo básicamente española?
II.- Integrado a medias, ya que uno no puede escapar a la
influencia del medio en que vive, a la circunstancia, por decirlo en
términos orteguianos. Pero mi referencia o referencias fueron
siempre básicamente españolas.
JMV.- ¿No pensaste en ningún momento, tras
la muerte de Franco, en regresar definitivamente a España?
II.- No, en manera alguna. Ten en cuenta que en 1975 yo
ya estaba jubilado y tenía sesenta y tres años, con dos
hijos ya casados, pero de los que no deseábamos ni mi esposa ni
yo alejarnos. Además, ¿que podía hacer yo en España,
a mi edad? En mis viajes a Asturias para pasar unos días o semanas
con mi madre -viajes que cesaron al fallecer ésta en 1985 -me di
cuenta de que era un extraño en mi propio pueblo, en el que apenas
conocía a media docena de habitantes. Mis estancias en Vilanova,
cerca de Sitges, durante las vacaciones veraniegas, me confirmaron que
España era otra distinta a la que yo había conocido antes
de la guerra civil. y
asimismo que me costaría no poco llegar a adaptarme.
JMV.- Volvamos para atrás. Hasta los primeros años
cincuenta seguiste militando en el POUM y colaborando en
La Batalla
y en otras publicaciones, en las cuales expresaste tus tesis sobre el
estalinismo como capitalismo de Estado ¿En que momento la distancia
con la orientación del POUM fue definitiva? ¿Por qué
decidiste finalmente abandonarlo?
II.- Me obligas a volver a un pasado..., no es ejercicio
que me agrade... Te diré que incidieron varias causas: mis discrepancias
sobre la URSS, mi creencia de que había franquismo para rato
y que más valía dedicarse a estudiar los problemas básicos
de España que hacer agitación en el vacío, tal
vez cierto cansancio de malgastar nuestros esfuerzos en una acción
sin perspectiva... Me fui del POUM silenciosamente, sin aspavientos, sin
tratar de crear una fracción con compañeros que estaban
de acuerdo con mis puntos de vista. Procuré no romper personalmente
con mis compañeros y defender siempre y en todo momento al POUM.
Soy, dicho sea con no poca nostalgia, en estos momentos el único
superviviente de cuantos asistimos a la creación del POUM, en el
domicilio del también fallecido Francisco de Cabo, el 25 de septiembre
de 1935.
JMV.- Francisco de Cabo, que fue uno de tus mejores amigos...
a pesar de que discrepabais en muchas cuestiones ¿Con qué
militantes o ex-militantes del POUM fue más intensa tu relación
personal?
II.- ¿Amigos? Francisco de Cabo, claro, y Eugenio
Granell, y Víctor Alba, etc. Con todos ellos mantuve una correspondencia
asidua, con puntos de vista coincidentes, salvo con de Cabo, con el que
inexplicablemente se convirtió en constante polémica. Pero
no logró sacarme de mis casillas, pues lo estimaba muchísimo.
Mi mejor amigo, casi un hermano, fue Agustín Lafuente, militante
como yo de Izquierda Comunista y luego del POUM. Huérfano desde
muy joven se crió con una abuela que vivía en una aldea
próxima a mi pueblo, Sama de Langreo. Se fue a Madrid, pero regresó
enfermo y mal nutrido. Los dos nos entendíamos muy bien, pues era
un chico con gran inteligencia natural y ávido de conocimientos.
Lo encontré a mi vuelta de Barcelona, donde yo habla encontrado
refugio después del movimiento revolucionario de octubre de 1934.
Junto estuvimos en el frente de Oviedo, en julio de 1936. Los avatares
de la guerra nos separaron: al final me fui al exilio en Francia y él
se escondió en Galicia. Merced a su trabajo y al de su esposa
montó una pequeña industria láctea, que se agrandó
al irse a Santander. A partir de entonces las cosas le fueron muy bien: se
casó, tuvo tres hijos y los negocios le fueron viento en popa.
No recuerdo cuando iniciamos una correspondencia que sería asidua.
Nos vimos cuando a la muerte de Franco yo iba regularmente a Asturias,
para estar con mi madre. Él no dejaba de venir a verme. Como
su situación económica se lo permitía me enviaba
cuantas revistas y libros consideraba que me interesarían. Su fallecimiento
fue para mi un terrible golpe, del que no acabo de reponerme no obstante
los años trascurridos.
JMV.- Tras abandonar el POUM, ¿no te planteaste
en ningún momento ingresar en ningún partido o movimiento
político?
II.- Ni se me pasó por la cabeza. Por muchas diferencias
que pudiera tener con el
POUM, eran infinitamente mayores las que
tenía con las otras organizaciones de izquierda.
JMV.- ¿Cómo te definirías políticamente
ahora, en 2005, tantos años después?
II.- Simplemente como socialista, partidario de un socialismo
democrático y como marxista, que para mí no es pensar
devotamente como Marx pensaba hace siglo y medio, sino más bien
pensar a partir de Marx. O sea aplicar los métodos de análisis
de Marx teniendo en cuenta las realidades de la hora actual, que son
tan distintas a las de la época en que aquel vivió.
JMV.- La mayor parte de tu exilio en Francia coincidió
con la llamada
guerra fría...
II.- Es curioso; no obstante conservar una aceptable memoria
respecto a los hechos
lejanos, la llamada
guerra fría
provoca en mí un recuerdo algo borroso, a pesar de la importancia
que tuvo, para Europa en particular y para el mundo en general. Lo que
sí me viene a la memoria fue el temor, incluso el miedo que cundió
en Francia ante la posibilidad de una invasión por parte de la tropas
soviéticas. Hay que tener en cuenta que éstas se habían
apoderado de todo el Este europeo y de parte de la Europa Central: los
países bálticos, Polonia, Checoslovaquia, Hungría,
Rumania, Bulgaria y gran parte de los Balcanes, de Austria y de Alemania.
En Italia y en Francia existían unos poderosos Partidos Comunistas
-en las elecciones generales de 1946, en Francia, el Partido Comunista
obtuvo el 26,2% de los sufragios, con más de 5 millones de votos-,
que tenían gran influencia no solo entre los trabajadores sino
igualmente en los medios intelectuales, en el profesorado, en la prensa,
en las editoriales... La inquietud estaba harto justificada.
Los países occidentales europeos se hallaban muy debilitados
como consecuencia de la guerra, que apenas acababa de terminar, afortunadamente,
con la derrota de la Alemania hitleriana y de la Italia fascista. El
ejercito de Stalin sólo tenía enfrente a unos miles de soldados
norteamericanos asentados en Francia, Alemania
occidental y Gran Bretaña. Pero los Estados Unidos disponían
de un arma capital: el monopolio del arma atómica. Por eso Stalin
dio un alto a su expansión. Y cuando a su vez logró disponer
del armamento nuclear, se encontró con que los países occidentales
se habían recuperado gracias al Plan Marshall. Se llegó
entonces a una situación en la que tanto la paz como la guerra
resultaban imposibles. Se impuso, entre ambos contendientes, lo que se
dio en llamar "
equilibrio del terror".
Pero el miedo ya había desaparecido.
JMV.- Has estado relacionado en el exilio con diversas actividades
y revistas culturales. Algunas de ellas un tanto controvertidas. ¿Cómo
evalúas ahora esta actividad?
II.- Fue muy como grata y beneficiosa para mí. Desde
muy joven tuve, por decirlo así,
tuve tres pasiones principales:
la literatura, la política y las matemáticas. La política
me había absorbido bastante tiempo. Las matemáticas fueron
casi abandonadas al tener que dejar mis estudios como consecuencia de
la revolución asturiana de 1934. Digo casi porque de vez en cuando
recurría a ellas como sedante y también en ayuda de mi
hijo, hoy ingeniero electrónico. ¡Qué placer hallar
la derivada y la diferencial de un cociente de dos funciones! Y en cuanto
a la literatura jamás dejo de interesarme, pues fui y soy un lector
voraz, con la particularidad de leer muy de prisa y bien a causa de la
práctica o de una cualidad innata.
Esta actividad casi eminentemente literaria de unos veinte años
me fue muy beneficiosa, pues no solo me permitió relacionarme
con lo más selecto de la intelectualidad iberoamericana y española,
ésta tanto del exilio como del interior de España, sino
asimismo colaborar en varios diarios y revistas, más de una veintena
en total.
JMV.- Me gustaría que me hablaras de tu participación
en la revista
Cuadernos.
II.- Si me permites haré un poco de historia personal.
En los primeros años había trabajado en un organismo norteamericano
denominado "International Rescue
Committee" que ayudaba a los refugiados en Francia de los países
del Este y a los españoles víctimas de la guerra civil.
La sección española, la más importante, estaba
dirigida por José Rodes, del POUM de Lérida. Estuve trabajando
en dicha organización hasta final de marzo de 1952, fecha en que
cesé: por reducción del
personal. Durante el verano trabajé como sustituto en la
administración del diario
Franc-Tireur, desaparecido años
después, gracias al compañero y buen amigo José Rebull,
el
Pep, que tenía un buen puesto en dicho diario. Terminado
esta trabajo fue cuando recibí una carta del director de la revista
Preuves, publicada en francés por el Congreso por la Libertad
de la Cultura. Aclararé que esta organización, creada en
Berlín en 1950, estaba integrada por escritores socialdemócratas
y liberales -liberales en el lato sentido de la palabra, que nada tiene
que ver con el liberalismo reaccionario que actualmente se estila- como Ignazio
Silone, Bertrand Russell, Julian Huxley, Arthur Koestler, André Gide,
François Mauriac, Karl Jasper, Upton Sinclair, John Dos Passos, Salvador
de Madariaga, William Faulkner, John Steinbeck, Germán Arciniegas...
cuyo propósito era la defensa de la libertad de la cultura y la oposición
al totalitarismo estalinista y a toda clase de dictaduras.
En la mencionada carta del director de
Preuves me proponía
hacer de traductor de los artículos publicados en dicha revista
para preparar una edición en castellano
(entre paréntesis añadiré que mi nombre le
había sido sugerido por mi amigo Víctor Alba, corresponsal
de
Preuves en Latinoamérica). En la charla que mantuve con
dicho director, François Bondy, le convencí de que lo que
cabía hacer era una revista en la que colaborasen escritores de
América Latina y exiliados españoles. Así nació
Cuadernos, cuyo primer número vio la luz en marzo de 1953,
en el que figuré como secretario de redacción. Entre los
intelectuales españoles en el exilio pronto colaboraron Ramón
J. Sender, María Zambrano, Américo Castro, Francisco Ayala,
Claudio Sánchez Albornoz, Jorge Guillén, Juan Ramón
Jiménez y otros muchos más. A ellos de unieron luego escritores
residentes en España como Vicente Aleixandre, Julián Marías,
Aranguren, Tierno Galván, C.J.Cela, Laín Entralgo... De los
latinoamericanos contamos con la colaboración de Alfonso Reyes,
Roa Bastos, Manach, Gabriela Mistral, Borges, Murena, Verissimo, Rosa Arciniegas,
Luis Alberto Sánchez, etc.... O sea, con las más revelantes
firmas de aquella época, tanto en lo que concierne a los españoles
como a los latinoamericanos. También contó con las firmas
de conocidos hispanistas franceses como Jean Cassou, Charles V.Aubrun
y Jean Camp.
La filosofía de la revista, su norma, quedó reflejada
claramente en las siguientes líneas publicadas en su numero 7:
“
Cuadernos no es ni quiere ser una revista sectárea, sometida
a una línea doctrinal o a una tendencia política determinada;
es, por lo contrario, una tribuna democrática de confrontación
y de intercambio de ideas, de interpretaciones, de rebusca y de exposición
de valores culturales y humanos. En ella cada colaborador asume la responsabilidad
plena de sus trabajos”. Eso sí, enfrentada decididamente a los
regímenes totalitarios y a las dictaduras de todo tipo. Su oposición
al franquismo, por ejemplo, fue siempre inequívoca, por lo que su
difusión estaba prohibida en España.
Mi experiencia fue positiva, ya que me permitió conocer
a fondo las tareas de un secretario de redacción y saber hacer
una revista. Pude tratar a intelectuales
de gran valor, de los que siempre se aprende algo. Además,
me abrió las columnas de importantes diarios y revistas en los
que colaboré, por lo general, en
comentarios sobre temas literarios.
JMV- Años después el Congreso por la Libertad
de la Cultura fue acusado de una financiación irregular y de relaciones
con la CIA, ¿cómo viviste tales acusaciones?
II.- Este fue un episodio más de la llamada
guerra
fría. Tanto yo como mi compañero y amigo Julián
Gorkin, así como otros colegas, antiguos comunistas o anarcosindicalistas,
acogimos esa historia sin grandes aspavientos ni problemas de conciencia.
Siempre considere y considero que mas que servirse de nosotros,
fuimos nosotros los que nos servimos del Congreso. Me explicaré:
éste no hizo de nosotros unos anticomunistas, puesto que ya lo
éramos.
Por lo demás, puedo afirmar rotundamente que en
Cuadernos
jamás recibí una orden cualquiera, ni se me impuso ningún
artículo o texto. Como testimonio irrefutable, ahí está
la colección de la revista ¿Por qué digo que fuimos
nosotros los que nos servimos del Congreso? Pues porque nos dio la posibilidad
de luchar contra el estalinismo merced a unas publicaciones que tenían
miles de lectores y no como nos ocurría antes, que sólo
contábamos con boletines o periódicos de escasa circulación.
Los estalinistas lo vieron claro, por lo que nos presentaban como agentes
de la CIA, acusación máxima en aquellos tiempos. Por lo que
parece y leí en un libro aparecido en París, en 1995, cuyo
autor es Pierre Gremion, director de investigación en el prestigioso
CNRS ( Centro Nacional de Investigación Social), éste afirmó
(pagina 430) que la CIA había financiado, sirviéndose
de la Fundación Farfield, de Nueva York, el festival
L´oeuvre
du XXe siècle, en 1952, festival esencialmente musical organizado
por el Congreso en París. En ese libro se publicó la relación
de las fundaciones y otros organismos que sostuvieron económicamente
al Congreso, unas doce entre ellos el "International Rescue Committee",
que mencioné antes por haber trabajado yo en él durante unos
pocos años.
He de añadir que gracias a la independencia de que disfruté
en
Cuadernos, mi relación con la dirección del
Congreso se limitó a varias entrevistas con el Secretario
General para resolver asuntos meramente administrativos. Supe, merced
a mi amigo Gorkin que tenia más contactos que yo con los dirigentes
del Congreso, que más de la mitad de sus gastos generales corrían
a cargo de la rica Fundación Ford, lo que se confirma en el
libro en cuestión. Y eso fue todo. Las interioridades del Congreso
las conocí años después de mi jubilación,
mediante la lectura del mencionado libro de Gremion, que relata en sus
pormenores la creación y la actuación del Congreso por la
Libertad de la Cultura, de 1950 a 1975. En este libro (página 431)
puede leerse una declaración firmada por John K.Galbraith, George
F.Kennan, Robert Oppenheimer y Arthur Schlesinger, que lleva fecha del
5 de mayo de 1966, que dice: "
Basándonos en nuestra experiencia
de las relaciones con el Congreso durante los últimos dieciséis
años -tanto en sus seminarios, sus festivales, sus revistas y sus
dirigentes- podemos afirmar de forma categórica que no tenemos la
menor duda en cuanto a la independencia de sus designios, la integridad de
sus cuadros y el valor de su contribución. El Congreso, dirigido
por su secretario general Nicolas Navokov, fue siempre una institución
completamente independiente y permeable sólo a las voluntades
de sus miembros, de sus colaboradores y de su Comité ejecutivo...".
Desde luego puedo afirmar, ateniéndome a la más estricta
verdad que se equivocaron conscientemente o no, aquellos que se figuraron
que el Congreso actuaba como un remedo de la actuación soviética,
la cual no sólo ayudaba con magnanimidad a las revistas
y publicaciones de toda índole que propagaban su política,
sino que igualmente controlaba todo férreamente.
¿Puedo añadir algo más? Pues que con mi jubilación
en 1972 -aprovechando que los antiguos deportados podíamos solicitar
ser jubilados al cumplir los 60 años- salí del Congreso
tal como había entrado: sin ser propietario de nada y sin otros
recursos que aquellos con los que me beneficié con la jubilación,
los suficientes para subsistir modestamente, como siempre viví.
Igual le ocurrió a mi amigo Julián Gorkin, que por desgracia
falleció hace ya unos años.
JMV.- Después de tantos años de división
de Europa, y tanta actividad personal antitotalitaria, ¿que sentiste
al caer el muro de Berlín?
II.- Una alegría inmensa. Era el signo inequívoco
de que la URSS entraba en un período de aguda crisis. y cuando
la URSS se derrumbó, la alegría fue aún más
inmensa. No se trata de un acto de venganza, sino, simplemente, de que
nuestras criticas a través de los años quedaban justificadas.
¡Habíamos tenido razón! En aquellos instantes -así
lo escribí a algunos amigos- pensé en todos los compañeros
del POUM ya fallecidos, desde Andrés Nin al más oscuro de
los militantes. Podíamos lanzar, por fin, un grito de satisfacción;
lástima fue que ya quedáramos muy pocos.
JMV.- Siempre fuiste, ya lo has dicho anteriormente, un
lector voraz, ¿podrías mencionar dos o tres de los libros
que más te hayan emocionado personalmente?
II.- Depende de la época. Cuando tenía diez
o doce años disfruté con
Los tres mosqueteros y
las novelas del italiano Emilio Salgari. Más tarde llegaron las
lecturas serias. En literatura hubo bastantes libros que dejaron huella
en mi recuerdo. Por ejemplo
Jean Cristophe, de Romain Rolland,
que leí allá por los años veinte, en una traducción
al castellano cuya editorial no recuerdo y que comprendía tres
o cuatro volúmenes. Y también otorgué un gran valor
literario a
Mi vida, la autobiografía de Trotski.
Una novela que me impresionó bastante cuando la leí
a poco de llegar a Francia fue el
Viaje al fin de la noche de Celine;
en cambio la volví a leer hace cuatro o cinco años y me
decepcionó. Esto evidencia, sin duda, que los gustos cambian,
como cambia todo en la vida. Me viene a la memoria aquel verso del gran
poeta portugués Luis de Camoens que dice: “
Cambian los tiempos
y cambia la esperanza/ El ser cambia y cambia la confianza". Otra
lectura que me emocionó fue
Réquiem por un campesino
español, de Ramón J. Sender, una novela corta que a
mi parecer es una verdadera joya literaria.
JMV.- ¿Y alguna película cuya especial
impresión recuerdes?
II.- Claro está, la película que más
me impresionó fue la primera que vi, cuando tenía unos
ocho años, quizá menos. A pesar de los años transcurridos
recuerdo su título
La moneda rota, cuyo actor principal se
llamaba el Conde Hugo. La vi en un cine destartalado, con largos bancos
en los que nos sentábamos, con un buen hombre, el apuntador, que
mediante una larga vara, al lado de la pantalla, nos explicaba la trama
de la película, muda naturalmente. Años mas tarde, en 1930,
asistí a la proyección de mi primera película hablada:
El desfile del amor, protagonizada por Maurice Chevalier y Jeannette
MacDonald.
JMV.-¿Qué influencias intelectuales reconoces
como más destacadas, dejando fuera las más juveniles?
II.- También depende de la época. En algunos
casos influye la proximidad personal. Tuve mucha relación, sobre
todo epistolar, con Camilo José Cela, con Américo Castro
-que influyó en mí respecto al pasado histórico de
España- y sobre todo con Sender.
En estos últimos años, la lectura de Cornelius Castoriadis
y de Claude Lefort me ha influido, o en todo caso me ha confirmado, en
mis convicciones respecto a la Unión Soviética y el estalinismo.
JMV.- ¿Como valoraste el proceso de la transición
española?
II.- Al principio se me antojó bastante alicorta.
Más tarde, con la serenidad que suele dar el tiempo, pensé
que teniendo en cuenta que salíamos de una dictadura de casi cuarenta
años, no se podía esperar otra cosa. No debe olvidarse que
vivían aún muchos españoles que habían conocido
la guerra civil y la brutal represión franquista posterior, y que
aspiraban a disfrutar de paz y tranquilidad. Los primeros tiempos de la
transición no fueron tan nefastos como podía temerse, ya
que
condujeron a un gobierno socialista, el primero en la historia
de nuestro país. Con Felipe González España salió
definitivamente de la Edad Media y emprendió su
andadura europea, que tantos beneficios ha acarreado.
JMV.- ¿Cómo ves la situación del mundo
en pleno siglo XXI?
II.- Veo con pesimismo tanto a Europa y al mundo entero.
Creo que necesitaremos unos cuantos años para que el péndulo
cambie de posición, es decir, para que se agote la política
neoliberal y reaccionaria que domina ahora. El capitalismo va capeando
sus crisis y la izquierda socialdemócrata aparece agotada. ¿Cómo
se reconstruirá la izquierda en el futuro? Lo ignoro, pero pudiera
ser que lo fuera sin los partidos y sindicatos, que hasta el presente
no han sabido o podido hacer frente a las nuevas realidades. Todos ellos
surgieron en el siglo XIX y van resultando anacrónicos. Tal vez
la izquierda resurja de sus cenizas gracias a uno de esos movimientos
que se movilizan y luchan contra la globalización que se va imponiendo
poco a poco bajo la égida del imperialismo de los Estados Unidos
de Bush y de los suyos. Si al fin y al cabo Irak fuese la tumba política
de todos ellos, quizá el plazo a que me referí anteriormente
se abreviaría. En fin, el futuro inmediato no se me antoja muy
despejado para nuestras ilusiones socialistas, pero valdrá la pena
vivirlo. Por desgracia mi edad no me lo permitirá... .
Acaba aquí este diálogo con
Ignacio Iglesias. Para recordarle yo invitaría a leer su libro
Experiencias de la revolución española, que es un
clásico sobre la guerra civil y, cuando aparezcan publicados, sus Escritos
del exilio. Y en la página web de la Fundación Andreu
Nin pueden encontrarse abundantes referencias a su figura y una amplia selección
de textos (en http://www.fundanin.org/iglesias.htm).