Un diálogo con Ignacio Iglesias
Juan Manuel Vera
Esta entrevista se produjo unos meses antes del fallecimiento,
el 15 de octubre de 2005, de Ignacio Iglesias. En ella, Ignacio aborda algunas
cuestiones sobre las que nunca antes había hablado públicamente.
De mutuo acuerdo, y dado que el destino de la entrevista era aparecer en
el libro Escritos del exilio
, se decidió iniciar el diálogo con su salida de España,
en 1939 .
Juan Manuel Vera.-Situémonos en 1939. ¿Cómo viviste
la etapa final de la guerra civil, en plena la represión contra el
partido al que pertenecías, el Partido Obrero de Unificación
Marxista (POUM), y la pérdida definitiva de la guerra por la República?
Ignacio Iglesias.-Es una larga historia, que trataré de resumir. Atravesé
la represión contra el POUM sin ser encarcelado como lo fueron la
mayoría de mis compañeros. Y eso gracias a que tomé
la represión estalinista muy en serio, adoptando el máximo
de precauciones. Durante los primeros tiempos dispuse de una documentación
que me facilitó el diputado socialista Amador Fernández, que
en Barcelona se hallaba al frente de la delegación del gobierno asturiano
y que conocía mucho a mi padre. Más tarde, al movilizar el
gobierno Negrín a las quintas que alcanzaban hasta los cuarenta años,
si no recuerdo mal, yo que contaba con veinticinco años, no podía
ya disponer de la documentación que me facilitaba el diputado asturiano.
Coincidía esto con el hecho de que la casi totalidad de los poumistas
de Barcelona se encontraban encarcelados o habían buscado refugio
en el ejército republicano. En esta situación decidí
hacer lo mismo, es decir, refugiarme en una unidad militar que me ofreciera
garantías de que no llegaría hasta mí la larga mano
del estalinismo. Los dirigentes de la CNT en Barcelona me ayudaron en mi
propósito y gracias a ellos pude camuflarme en el 529 batallón
de la 119 brigada mixta, que pertenecía a la 24 división mandada
por el anarquista Antonio Ortiz. Ese batallón en el que ingresé
se hallaba al mando de Avelino Roces, un joven minero de mi pueblo, que militaba
en el sindicato Único de Mineros, del que mi padre fue uno de los
dirigentes; me acogió con los brazos abiertos. Al poco tiempo fue
ascendido y pasó a mandar la brigada, pero no me olvidó pues
días después me citó en su puesto de mando y me dijo
que me había designado para ir a Barcelona, a la Escuela de Guerra.
Confidencialmente me confesó que la División entera estaba
designada para ir al mortífero frente del Ebro. "Al menos tú
te salvarás", me dijo. Fue pues con los profesores y los alumnos de
la Escuela de Guerra que salí de España.
JMV.- Llegaste a Francia...
II.- Atravesamos los Pirineos y acabé en el campo de concentración
de Argelès Sur Mer, guardado por soldados senegaleses del ejército
francés. Logré huir unos cuantos días después
y con la ayuda de unos militantes del PSOP, partido dirigido por Marceau
Pivert y muy próximo al POUM, pude llegar a Pontarlier, cerca de la
frontera con Suiza, donde existía un refugio para españoles.
Por cierto que allí conocí a la que años después
fue mi esposa. Mi libertad duró muy poco, ya que de nuevo los gendarmes
me condujeron a Argelès
Una vez más los compañeros pivertistas lograron sacarme del
campo, con un contrato de trabajo en un taller de mecánica de Dijon.
Pero de nuevo la mala suerte se cebó en mí ya que a las pocas
semanas se desmoronó el ejército francés, y las tropas
hitlerianas invadieron parte de Francia. Logré subir al ultimo tren
que salió de Dijon con dirección al sur del país. Llegué
por tanto a Toulouse, centro de la emigración española donde
me encontré con el amigo Solano y otros compañeros del POUM.
Los dos fuimos detenidos y enviados a un campo cercano, de donde escapamos
para ir a Montauban, lugar próximo donde se rumoreaba que era fácil
lograr documentación. ¡Puro cuento! Fuimos una vez más
detenidos y encarcelados.
JMV.- Fuiste juzgado junto a otros militantes del POUM...
II.-Si. Montaron un proceso contra los militantes del POUM, acusados "de
estar al servicio de una potencia extranjera", que debía ser la Unión
Soviética, lo que resultaba casi cómico. En fin, algunos fuimos
condenados a largos años de prisión. A Solano, a mí
y pocos más nos condujeron al penal de Eysses, no muy lejos de Montauban,
y a las pocas semanas nos llevaron a Alemania, al campo de Dachau, en Baviera.
Por suerte Solano, que se encontraba en la enfermería se salvó
de dicho destino. En Dachau, estuve dos o tres semanas, ya que me incluyeron
en un traslado al campo de Allach, sito entre Dachau y Munich. De allí
me liberó un destacamento de las tropas norteamericanas integrado
por chicanos, es decir, mejicanos asentados en Estados Unidos, al mando de
un comandante o coronel que era profesor en la Universidad de Berkeley, el
cual hablaba un castellano de nuestro Siglo de Oro. Fui evacuado a Toulouse.
Por tanto, desde mi entrada en Francia, a inicios del 39, hasta mi liberación
del campo nazi el 30 de abril de 1945, es decir seis años y medio,
un total de seis años los pasé detrás de las alambradas
de los campos y de las rejas de las cárceles.
JMV.- Nunca hablas sobre tu estancia en los campos de concentración.
Prácticamente nunca lo mencionas. ¿Por qué?
II.- En efecto no escribí nada respecto a esa experiencia mía
de los campos o en las cárceles. ¿Por qué? Sencillamente
porque me propuse olvidarla. Tengo de siempre una particularidad: la de lograr
olvidar lo que deseo olvidar. No deseaba anclarme en ese pasado y quería
enfrentarme a la vida, a partir de 1945, como si nada me hubiese acontecido.
Incluso mis dos hijos tardaron bastante años en saber que yo fui unos
de esos deportados políticos de los que se hablaba en la escuela y
luego en el liceo. Me facilitó esta decisión mía el
hecho de que ni los campos ni las prisiones me marcaron psicológicamente.
Físicamente sí, dicho sea entre paréntesis, ya que llegue
a pesar como un pajarito. Pero pronto fui recuperando el peso perdido.
JMV. ¿Conoces las obras que hacen referencia a la vida en los
campos de concentración?
II.- Procuré no ver película alguna que se refiriese a los
campos, ni leer los numerosos testimonios que se escribieron. La excepción
han sido las novelas de Jorge Semprún, las cuales admiro mucho, en
las que suele referirse a su estancia en Buchelwald. Y, claro está,
el clásico de Soljenitsyn, Archipiélago Gulag en el que comprobé
que, grosso modo, los campos nazis y los estalinistas se semejaban como dos
gotas de agua.
JMV.- ¿Fue difícil la adaptación a la vida normal?
II.- Esta vez seré brevísimo: en absoluto, pues me adapté
como si nada me hubiera ocurrido de anormal.
JMV-¿Te sentiste integrado en la sociedad francesa o tu referencia
siguió siendo básicamente española?
II.- Integrado a medias, ya que uno no puede escapar a la influencia del
medio en que vive, a la circunstancia, por decirlo en términos orteguianos.
Pero mi referencia o referencias fueron siempre básicamente españolas.
JMV.- ¿No pensaste en ningún momento en regresar definitivamente
a España?
II.- No, en manera alguna. Ten en cuenta que en 1975 ya estaba jubilado y
tenía sesenta y tres años, con dos hijos ya casados, pero de
los que no deseábamos ni mi esposa ni yo alejarnos. Además,
¿qué podía hacer yo en España, a mi edad? En
mis viajes a Asturias para pasar unos días o semanas con mi madre
-viajes que cesaron al fallecer ésta en 1985- me dí cuenta
de que era un extraño en mi propio pueblo, en el que apenas conocía
a media docena de habitantes. Mis estancias en Vilanova, cerca de Sitges,
durante las vacaciones veraniegas, me confirmaron que España era otra
distinta a la que yo había conocido antes de la guerra civil. Y asimismo
que me costaría no poco llegar a adaptarme.
JMV-Volvamos para atrás. Hasta los primeros años cincuenta
seguiste militando en el POUM y colaborando en La Batalla y en otras publicaciones,
en las cuales expresaste tus tesis que consideraban el poder estalinista
soviético como un capitalismo de Estado ¿En qué momento
la distancia con la orientación del POUM fue definitiva? ¿Por
qué decidiste finalmente abandonarlo?
II.-Me obligas a volver a un pasado, que no es ejercicio que me agrade...
Te diré que incidieron varias causas: mis discrepancias sobre la URSS,
mi creencia de que había franquismo para rato y que más valía
dedicarse a estudiar los problemas básicos de España que hacer
agitación en el vacío, tal vez cierto cansancio de malgastar
nuestros esfuerzos en una acción sin perspectiva... Me fui del POUM
silenciosamente, sin aspavientos, sin tratar de crear una fracción
con compañeros que estaban de acuerdo con mis puntos de vista. Procuré
no romper personalmente con mis compañeros y defender siempre y en
todo momento al POUM. Soy, dicho sea con no poca nostalgia, en estos momentos
el único superviviente de cuantos asistimos a la creación del
POUM, en el domicilio del también fallecido Francisco de Cabo, el
25 de septiembre de 1935.
JMV.- Francisco de Cabo, uno de tus mejores amigos... a pesar de que discrepabais
en muchas cuestiones ¿Con qué otros militantes o ex-militantes
del POUM fue más intensa tu relación personal?
II.- ¿Otros amigos? Eugenio Granell, Víctor Alba, Francisco
de Cabo, claro, ... Con todos ellos mantuve una correspondencia asidua, con
puntos de vista coincidentes, salvo con de Cabo, con el que inexplicablemente
se convirtió en constante polémica. Pero no logró sacarme
de mis casillas, pues lo estimaba muchísimo.
Mi mejor amigo, casi un hermano, fue Agustín Lafuente, militante como
yo de Izquierda Comunista y luego del POUM. Huérfano desde muy joven
se crió con una abuela que vivía en una aldea próxima
a mi pueblo, Sama de Langreo. Se fue a Madrid, pero regresó enfermo
y mal nutrido. Los dos nos entendíamos muy bien, pues era un chico
con gran inteligencia natural y ávido de conocimientos. Lo encontré
a mi vuelta de Barcelona, donde yo habla encontrado refugio después
del movimiento revolucionario de octubre de 1934. Junto estuvimos en el frente
de Oviedo, en julio de 1936. Los avatares de la guerra nos separaron: al
final me fui al exilio en Francia y él se escondió en Galicia.
Merced a su trabajo y al de su esposa montó una pequeña industria
láctea, que se agrandó al irse a Santander. A partir de entonces
las cosas le fueron muy bien: estaba casado, tenía tres hijos y los
negocios le fueron viento en popa. No recuerdo cuando iniciamos una correspondencia
que sería asidua. Nos vimos cuando a la muerte de Franco yo iba regularmente
a Asturias, para estar con mi madre. Él no dejaba de venir a verme.
Como su situación económica se lo permitía, me enviaba
cuantas revistas y libros consideraba que me interesarían. Su fallecimiento
fue para mi un terrible golpe, del que no acabo de reponerme no obstante
los años trascurridos.
JMV.- Tras abandonar el POUM, ¿no te planteaste en ningún momento
volver a pertenecer a ningún partido o movimiento político?
II.- Ni se me paso por la cabeza. Por muchas diferencias que pudiera tener
con el POUM, eran infinitamente mayores las que tenía con las otras
organizaciones de izquierda.
JMV.-¿Cómo te definirías políticamente ahora,
en 2005, tantos años después?
II-Simplemente como socialista, partidario de un socialismo democrático
y como marxista, que para mí no es pensar devotamente como Marx pensaba
hace siglo y medio, sino más bien pensar a partir de Marx. O sea aplicar
los métodos de análisis de Marx teniendo en cuenta las realidades
de la hora actual, que son tan distintas a las de la época en que
aquel vivió.
JMV- La mayor parte de tu exilio en Francia coincidió con la
llamada guerra fría...
II- Es curioso; no obstante conservar una aceptable memoria respecto a los
hechos lejanos, la llamada guerra fría provoca en mí un recuerdo
algo borroso, a pesar de la importancia que tuvo, para Europa en particular
y para el mundo en general. Lo que sí me viene a la memoria fue el
temor, incluso el miedo que cundió en Francia ante la posibilidad
de una invasión por parte de las tropas soviéticas. Hay que
tener en cuenta que éstas se habían apoderado de todo el Este
europeo y de parte de la Europa Central: los países bálticos,
Polonia, Checoslovaquia, Hungría, Rumania, Bulgaria y gran parte de
los Balcanes, de Austria y de Alemania. En Italia y en Francia existían
unos poderosos Partidos Comunistas -en las elecciones generales de 1946,
en Francia, el Partido Comunista obtuvo el 26,2% de los sufragios, con más
de 5 millones de votos-, que tenían gran influencia no solo entre
los trabajadores sino igualmente en los medios intelectuales, en el profesorado,
en la prensa, en las editoriales... La inquietud estaba harto justificada.
Los países occidentales europeos se hallaban muy debilitados como
consecuencia de la guerra, que apenas acababa de terminar, afortunadamente,
con la derrota de la Alemania hitleriana y de la Italia fascista. El ejercito
de Stalin sólo tenía enfrente a unos miles de soldados norteamericanos
asentados en Francia, Alemania occidental y Gran Bretaña. Pero los
Estados Unidos disponían de un arma capital: el monopolio del arma
atómica. Por eso Stalin dio un alto a su expansión. Y cuando
a su vez logró disponer del armamento nuclear, se encontró
con que los países occidentales se habían recuperado gracias
al Plan Marshall. Se llegó entonces a una situación en la que
tanto la paz como la guerra resultaban imposibles. Se impuso, entre ambos
contendientes, lo que se dio en llamar equilibrio del terror. Pero el miedo
ya había desaparecido.
JMV.-Conozco tu amor a la literatura. También sé, que has estado
relacionado en el exilio con diversas actividades literarias y revistas culturales.
Algunas de ellas un tanto controvertidas. ¿Cómo evalúas
ahora esta actividad?
II.- Fue muy como grata y beneficiosa para mí. Desde muy joven tuve,
por decirlo así, tuve tres pasiones principales: la literatura, la
política y las matemáticas. La política me había
absorbido bastante tiempo. Las matemáticas fueron casi abandonadas
al tener que dejar mis estudios como consecuencia de la revolución
asturiana de 1934. Digo casi porque de vez en cuando recurría a ellas
como sedante y también en ayuda de mi hijo, hoy ingeniero electrónico.
¡Qué placer hallar la derivada y la diferencial de un cociente
de dos funciones!
Y en cuanto a la literatura jamás dejo de interesarme, pues fui y
soy un lector voraz, con la particularidad de leer muy deprisa y bien a causa
de la práctica o de una cualidad innata. Cuando tenía diez
o doce años disfruté con Los tres mosqueteros y las novelas
del italiano Emilio Salgari. Más tarde llegaron las lecturas serias.
En literatura hubo bastantes libros que dejaron huella en mi recuerdo. Por
ejemplo Jean Cristophe, de Romain Rolland, que leí allá por
los años veinte, en una traducción al castellano cuya editorial
no recuerdo y que comprendía tres o cuatro volúmenes. Y también
otorgué un gran valor literario a Mi vida, la autobiografía
de Trotski. Una novela que me impresionó bastante cuando la leí
a poco de llegar a Francia fue el Viaje al final de la noche de Celine; en
cambio la volví a leer hace cuatro o cinco años y me decepcionó.
Esto evidencia, sin duda, que los gustos cambian, como cambia todo en la
vida. Me viene a la memoria aquel verso del gran poeta portugués Luis
de Camoens que dice: “Cambian los tiempos y cambia la esperanza/ El ser cambia
y cambia la confianza". Otra lectura que me emocionó fue Réquiem
por un campesino español, de Ramón J. Sender, una novela corta
que a mi parecer es una verdadera joya literaria.
Mi actividad casi eminentemente literaria durante unos veinte años
me fue muy beneficiosa, pues no solo me permitió relacionarme con
lo más selecto de la intelectualidad iberoamericana y española,
ésta tanto del exilio como del interior de España, sino asimismo
colaborar en varios diarios y revistas, más de una veintena en total.
JMV.- Me gustaría que me hablaras de tu participación en la
revista Cuadernos.
II.-Si me permites haré un poco de historia personal. En los primeros
años había trabajado en un organismo norteamericano denominado
International Rescue Committee que ayudaba a los refugiados en Francia de
los países del Este y a los españoles víctimas de la
guerra civil. La sección española, la más importante,
estaba dirigida por José Rodes, del POUM de Lérida. Estuve
trabajando en dicha organización hasta final de marzo de 1952, fecha
en que cesé: por reducción del personal. Durante el verano
trabajé como sustituto en la administración del diario Franc-Tireur,
desaparecido años después, gracias al compañero y buen
amigo José Rebull, el Pep, que tenía un buen puesto en dicho
diario. Terminado este trabajo fue cuando recibí una carta del director
de la revista Preuves, publicada en francés por el Congreso por la
Libertad de la Cultura. Aclararé que esta organización, creada
en Berlín en 1950, estaba integrada por escritores socialdemócratas
y liberales -liberales en el lato sentido de la palabra, que nada tiene que
ver con el liberalismo reaccionario que actualmente se estila- como Silone,
Bertrand Russell, Julian Huxley, Arthur Koestler, André Gide, François
Mauriac, Karl Jasper, Upton Sinclair, John Dos Passos, Salvador de Madariaga,
Faulkner, Steinbeck, Germán Arciniegas... cuyo propósito era
la defensa de la libertad de la cultura y la oposición al totalitarismo
estalinista y a toda clase de dictaduras.
En la mencionada carta del director de Preuves me proponía hacer de
traductor de los artículos publicados en dicha revista para preparar
una edición en castellano (entre paréntesis añadiré
que mi nombre le había sido sugerido por mi amigo Víctor Alba,
corresponsal de Preuves en Latinoamérica). En la charla que mantuve
con dicho director, François Bondy, le convencí de que lo que
cabía hacer era una revista en la que colaborasen escritores de América
Latina y exiliados españoles.
Así nació Cuadernos, cuyo primer número vio la luz en
marzo de 1953, en el que figuré como secretario de redacción.
Entre los intelectuales españoles en el exilio pronto colaboraron
Ramón J. Sender, María Zambrano, Américo Castro, Francisco
Ayala, Claudio Sánchez Albornoz, Jorge Guillén, Juan Ramón
Jiménez y otros muchos más. A ellos de unieron luego escritores
residentes en España como Vicente Aleixandre, Julián Marías,
Aranguren, Tierno Galván, C. J. Cela, Laín Entralgo... De los
latinoamericanos contamos con la colaboración de Alfonso Reyes, Roa
Bastos, Manach, Gabriela Mistral, Borges, Murena, Verissimo, Rosa Arciniegas,
Luis Alberto Sánchez, etc. O sea, con las más revelantes firmas
de aquella época, tanto en lo que concierne a los españoles
como a los latinoamericanos. También contó con las firmas de
conocidos hispanistas franceses como Jean Cassou, Charles V.Aubrun y Jean
Camp.
La filosofía de la revista, su norma, quedó reflejada claramente
en las siguientes líneas publicadas en su numero 7: “Cuadernos no
es ni quiere ser una revista sectárea, sometida a una línea
doctrinal o a una tendencia política determinada; es, por lo contrario,
una tribuna democrática de confrontación y de intercambio de
ideas, de interpretaciones, de rebusca y de exposición de valores
culturales y humanos. En ella cada colaborador asume la responsabilidad plena
de sus trabajos”. Eso sí, enfrentada decididamente a los regímenes
totalitarios y a las dictaduras de todo tipo. Su oposición al franquismo,
por ejemplo, fue siempre inequívoca, por lo que su difusión
estaba prohibida en España.
Mi experiencia fue positiva, ya que me permitió conocer a fondo las
tareas de un secretario de redacción y saber hacer una revista. Pude
tratar a intelectuales de gran valor, de los que siempre se aprende algo.
Además, me abrió las columnas de importantes diarios y revistas
en los que colaboré, por lo general, en comentarios sobre temas literarios.
JMV- Años después el Congreso por la Libertad de la Cultura
fue acusado de una financiación irregular y de relaciones con la CIA,
¿cómo viviste tales acusaciones?
II-Este fue un episodio más de la llamada guerra fría. Tanto
yo como mi compañero y amigo Julián Gorkin, así como
otros colegas, antiguos comunistas o anarcosindicalistas, acogimos esa historia
sin grandes aspavientos ni problemas de conciencia. Siempre considere y considero
que mas que servirse de nosotros, fuimos nosotros los que nos servimos del
Congreso.
Me explicaré: éste no hizo de nosotros unos anticomunistas,
puesto que ya lo éramos. Por lo demás, puedo afirmar rotundamente
que en Cuadernos jamás recibí una orden cualquiera, ni se me
impuso ningún artículo o texto. Como testimonio irrefutable,
ahí está la colección de la revista ¿Por qué
digo que fuimos nosotros los que nos servimos del Congreso? Pues porque nos
dio la posibilidad de luchar contra el estalinismo merced a unas publicaciones
que tenían miles de lectores y no como nos ocurría antes, que
sólo contábamos con boletines o periódicos de escasa
circulación. Los estalinistas lo vieron claro, por lo que nos presentaban
como agentes de la CIA, acusación máxima en aquellos tiempos.
Por lo que parece y leí en un libro aparecido en París, en
1995, cuyo autor es Pierre Gremion, director de investigación en el
prestigioso CNRS ( Centro Nacional de Investigación Social), éste
afirmó (pagina 430) que la CIA había financiado, sirviéndose
de la Fundación Farfield, de Nueva York, el festival L´oeuvre
du XXe siècle, en 1952, festival esencialmente musical organizado
por el Congreso en París. En ese libro se publicó la relación
de las fundaciones y otros organismos que sostuvieron económicamente
al Congreso, unas doce entre ellos el International Rescue Committee, que
mencioné antes por haber trabajado yo en él durante unos pocos
años. He de añadir que gracias a la independencia de que disfruté
en Cuadernos, mi relación con la dirección del Congreso se
limitó a varias entrevistas con el Secretario General para resolver
asuntos meramente administrativos. Supe, merced a mi amigo Gorkin que tenia
más contactos que yo con los dirigentes del Congreso, que más
de la mitad de sus gastos generales corrían a cargo de la rica Fundación
Ford, lo que se confirma en el libro en cuestión. Y eso fue
todo. Las interioridades del Congreso las conocí años después
de mi jubilación, mediante la lectura del mencionado libro de Gremion,
que relata en sus pormenores la creación y la actuación del
Congreso por la Libertad de la Cultura, de 1950 a 1975. En este libro (página
431) puede leerse una declaración firmada por John K. Galbraith, George
F. Kennan, Robert Oppenheimer y Arthur Schlesinger, que lleva fecha del 5
de mayo de 1966, que dice: "Basándonos en nuestra experiencia de las
relaciones con el Congreso durante los últimos dieciséis años
-tanto en sus seminarios, sus festivales, sus revistas y sus dirigentes-
podemos afirmar de forma categórica que no tenemos la menor duda en
cuanto a la independencia de sus designios, la integridad de sus cuadros
y el valor de su contribución. El Congreso, dirigido por su secretario
general Nicolas Navokov, fue siempre una institución completamente
independiente y permeable sólo a las voluntades de sus miembros, de
sus colaboradores y de su Comité ejecutivo...". Desde luego puedo
afirmar, ateniéndome a la más estricta verdad que se equivocaron
conscientemente o no, aquellos que se figuraron que el Congreso actuaba como
un remedo de la actuación soviética, la cual no sólo
ayudaba con magnanimidad a las revistas y publicaciones de toda índole
que propagaban su política, sino que igualmente controlaba todo férreamente.
¿Puedo añadir algo más? Pues que con mi jubilación
en 1972 -aprovechando que los antiguos deportados podíamos solicitar
ser jubilados al cumplir los 60 años salí del Congreso tal
como había entrado: sin ser propietario de nada y sin otros recursos
que aquellos con los que me beneficié con la jubilación, los
suficientes para subsistir modestamente, como siempre viví. Igual
le ocurrió a mi amigo Julián Gorkin, que por desgracia falleció
hace unos años.
JMV.- Después de tantos años de división de Europa,
y de tanta actividad personal antitotalitaria, ¿qué sentiste
al caer el muro de Berlín?
II.-Una alegría inmensa: era el signo inequívoco de que la
URSS entraba en un período de aguda crisis. y cuando la URSS se derrumbó,
la alegría fue aún más inmensa. No se trata de un acto
de venganza, sino, simplemente, de que nuestras criticas a través
de los años quedaban justificadas. ¡Habíamos tenido razón!
En aquellos instantes -así lo escribí a algunos amigos- pensé
en todos los compañeros del POUM ya fallecidos, desde Andrés
Nin al más oscuro de los militantes. Podíamos lanzar, por fin,
un grito de satisfacción; lástima fue que ya quedáramos
muy pocos.
JMV.-¿Qué influencias intelectuales reconoces como más
destacadas?
II.-Depende de la época. En algunos casos influye la proximidad personal.
Tuve mucha relación, sobre todo epistolar, con Camilo José
Cela, con Américo Castro -que influyó en mí respecto
al pasado histórico de España- y sobre todo con Ramón
J. Sender.
En estos últimos años, la lectura de Cornelius Castoriadis
y de Claude Lefort me influyeron, o en todo caso me confirmaron en mis convicciones
respecto a la Unión Soviética y el estalinismo.
JMV.- ¿Cómo valoraste el proceso de la transición española?
II.-Al principio se me antojó bastante alicorta. Más tarde,
con la serenidad que suele dar el tiempo, pensé que teniendo en cuenta
que salíamos de una dictadura de casi cuarenta años, no se
podía esperar otra cosa. No debe olvidarse que vivían aún
muchos españoles que habían conocido la guerra civil y la brutal
represión franquista posterior, y que aspiraban a disfrutar de paz
y tranquilidad. Los primeros tiempos de la transición no fueron tan
nefastos como podía temerse, ya que condujeron a un gobierno socialista,
el primero en la historia de nuestro país. Con Felipe González
España salió definitivamente de la Edad Media y emprendió
su andadura europea, que tantos beneficios. acarreó a nuestro país.
JMV.- ¿Cómo ves el mundo en pleno siglo XXI?
II.- Veo con pesimismo tanto a Europa y al mundo entero. Creo que necesitaremos
unos cuantos años para que el péndulo cambie de posición,
es decir, para que se agote la política neoliberal y reaccionaria
que domina ahora. El capitalismo va capeando sus crisis y la izquierda socialdemócrata
aparece agotada. ¿Cómo se reconstruirá la izquierda
en el futuro? Lo ignoro, pero pudiera ser que lo fuera sin los partidos y
sindicatos, que hasta el presente no han sabido o podido hacer frente a las
nuevas realidades. Todos ellos surgieron en el siglo XIX y van resultando
anacrónicos. Tal vez la izquierda resurja de sus cenizas gracias a
uno de esos movimientos que se movilizan y luchan contra la globalización
que se va imponiendo poco a poco bajo la égida del imperialismo de
los Estados Unidos de Bush y de los suyos. Si al fin y al cabo Irak fuese
la tumba política de todos ellos, quizá el plazo a que me referí
anteriormente se abreviaría. En fin, el futuro inmediato no se me
antoja muy despejado para nuestras ilusiones socialistas, pero valdrá
la pena vivirlo. Por desgracia, mi edad no me lo permitirá...