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FUNDACIÓNANDREU NIN |
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En la procesión de los días y del tiempo
hay jornadas que marcan fuertemente y que no se olvidan nunca. Citaré
como ejemplo el l5 de Octubre de l943. Yo me desperté muy temprano
en una celda de la Maison d'arret de Montauban, la ciudad del gran pintor
Ingres. Estaba "cumpliendo condena", como se dice corrientemente, desde
el mes Febrero de 1941.Una condena injusta y absurda impuesta por un tribunal
militar francés bajo la presión de la Gestapo. Y digo injusta
y absurda porque la policía y el juez no habían encontrado
ninguna prueba que pudiera justificarla. Las víctimas fuimos un
grupo de militantes del POUM español formado por Juan Andrade, Josep
Rodes, Ignacio Iglesias, Josep Coll, Josep Comabella, César Zayuelas,
Josep Capella y otros camaradas y el autor de estas líneas. Nos
condenaron a largas penas de trabajos forzados y de prisión, pese
a que ni siquiera habían logrado descubrir nuestros contactos con
los primeros grupos de la Resistencia. Por lo visto, éramos "rojos
españoles" y eso bastaba.
Vuelvo al 15 de Octubre de 1943. Nos despertaron muy
temprano y nos anunciaron que nos iban a trasladar de cárcel. Tratamos
de saber algo más concreto interrogando a los guardianes que habían
sido más amables con nosotros y en particular al director, que había
tenido el gesto de confiarnos la biblioteca de la cárcel para que
la arregláramos e hiciéramos un catálogo, lo que nos
había permitido leer centenares de libros. Pero todo resultó
inútil. El silencio era de rigor, como proclama el régimen
penal. La Guardia Móvil nos metió en un autocar con rumbo
desconocido. Pero estábamos en la calle, recorríamos la ciudad,
veíamos ese cielo que desde 1941 parecía prohibido para nosotros,
salvo en los 15 minutos diarios de paseo en los patios celulares, Y, sobre
todo, un espléndido sol nos cegaba y, al propio tiempo, nos llenaba
de alegría.
La campiña del Lot et Garonne nos parecía más bella que nunca. Por otra parte, los guardias móviles nos dejaban saludarnos y hasta hablar en voz baja. No recuerdo cuanto duró el viaje. César Zayuelas, que había logrado sentarse a mi lado, me insinuó que dos guardias habían dicho que íbamos a un presidio. Yo me puse a temblar porque me vino a la memoria la lectura de "Los hombres en la cárcel" de Víctor Serge. Pero estábamos llegando. Nos hicieron bajar del autocar y nos introdujeron en el patio de entrada de la Maison Central de Eysses. Lo comprendimos en seguida: estábamos en un presidio. Alguien dijo mirando la puerta del penal: "Al menos aquí no seremos encerrados en celdas". Tuvimos unos momentos para cambiar impresiones entre nosotros. El cielo era tan azul y tan espléndido como en España y volvíamos a ver los pájaros, los árboles y las flores. Estábamos de nuevo deslumbrados y profundamente inquietos.
Pero antes de ir más lejos quizá valga la
pena decir que la Maison Centrale de Eysses se encuentra en las cercanías
de Villeneuve-sur-Lot (departamento del Lot-et-Garonne) y que fue primero
un monasterio galo-romano y después una Abadía de frailes
benedictinos hasta la Revolución francesa. Luego fue transformada
en presidio y, más tarde, en prisión de Educación
vigilada. Su historia es espantosa. Por eso alguien escribió a fines
del siglo XIX que "los sufrimientos morales y físicos de Eysses
eran más terribles que los de los forzados de Cayenne" (Guayana
francesa). Nosotros no sabíamos nada eso y, en cambio, había
llegado hasta algunos de nuestros compañeros el rumor de que Eysses
era un presidio de escala para la deportación a la Alemania de Hitler.
En cambio, si llegamos a saber que el gobierno del mariscal Petain había
decidido trasladar a los presos políticos considerados como los
más "peligrosos" a un gran centro penitenciario del sur de Francia.
De mala gana, sin marcar el paso, entramos en la sala,
En un pequeño estrado apareció el señor Lasalle, director
de Eysses. Nos miró un largo rato y, luego, sacó unos papeles
y se dirigió a nosotros para decirnos que estábamos en un
presidio y que éste se regía por un reglamento que se aplicaba
con humanidad. De repente, su tono de voz cambió y dijo que sabía
que entre los presos había abogados, periodistas, médicos
y un ex-prefecto y dirigentes de un partido español que no conocía.Y
cuando parecía que iba a terminar, vacilando un poco, preguntó
por las tendencias de los presos. Alguien cuyo nombre no recuerdo dijo:
"Muchos somos gaullistas." La sorpresa de todos nosotros fue enorme. Victor
Michaut proclamó poco después: "Yo y otros somos comunistas".
Otro de los presos se atrevió ya a formular reivindicaciones. "Señor
director: nos han quitado nuestros zapatos y nos han impuesto zuecos. Es
humillante y absurdo." El señor Lasalle explicó que en el
presidio no había un taller para reparar los zapatos gastados. La
respuesta sonó en la sala como un cañonazo. "Señor
director: Nuestros zapatos resistirán y no habrá que repararlos
porque, antes de que se usen, Francia será un país libre
y nosotros también". La cosa tomaba características de mitin.
El matemático trotskista Gérard Bloch declaró: "Yo
soy comunista, pero pertenezco a la IV Internacional".
El broche de oro lo puso nuestro compañero
Josep Rodes, que estaba en primera fila. Rodes, que había sido Comisario
de Orden Público de la provincia de Lérida en los primeros
meses de la Revolución española y luego miembro del Comité
Ejecutivo del POUM, intervino para decir: "Durante la guerra civil española
yo fui algo parecido a lo que ustedes llaman un prefecto. Tuve que asumir,
por lo tanto, responsabilidades importantes en una situación compleja
y difícil y sé que los reglamentos pueden aplicarse con espíritu
burocrático y represivo o con humanidad y generosidad. Ya ha visto
usted que nosotros somos presos políticos". Ya no se podía
ir más lejos. Y el señor Lasalle, vacilando de nuevo, se
despidió.
El acto del "pretoire" fue un acontecimiento sin precedentes. En aquella sala donde se habían cometido tantos abusos y atropellos criminales sonó por primera vez la voz de la resistencia política y revolucionaria contra el fascismo y por la libertad. En una hora se obtuvo la apertura de un proceso que condujo al reconocimiento de un amplio régimen político para todos los presos de Eysses. Fuimos al comedor casi cantando y, desde luego, sin marcar el paso. Tiramos los zuecos y nos devolvieron los zapatos. ¡Todo un símbolo!
Los patios del presidio se convirtieron en lugares de frecuentación, de reconocimiento y de libre discusión. Se organizaron conferencias y debates sobre los temas más variados: la guerra mundial, el fascismo, la Revolución española, los problemas de la Resistencia y de la lucha armada contra las fuerzas hitlerianas y la Milicia de Petain. Y se estableció un contacto con la dirección de Eysses para plantear y resolver todo lo relacionado con la vida en el presidio. Por desgracia, esta situación no duró mucho tiempo, como he tenido la posibilidad de explicar en la biografía del militante poumista Josep Rodes. Hubo nuevos hechos importantes y graves en Eysses y la mayor parte de los presos fueron finalmente deportados al campo de concentración de Dachau. Pero el objeto de este artículo era y es explicar uno de los episodios más interesantes y más significativos de la historia de Eysses porque en él se concentran y se resumen los valores más importantes de la lucha contra el fascismo: la unidad, la fraternidad, la solidaridad y el coraje frente al adversario. Sí, el 15 de Octubre de 1943 fue un día histórico, un gran día para los presos combatientes de Eysses.
Edición digital de la Fundación Andreu Nin, 2001