Frente a la moral religiosa
Javier Fisac y Francisco Miñarro
Los autores pertenecen a la Federación Internacional de Ateos (FIdA)
Federación Internacinal de
Ateos (FIdA)
El historiador Julián Casanova se preguntaba, en un artículo
titulado “Religión, fundamentalismo y secularización”, publicado
recientemente en “El País”, por qué las religiones se mantienen
tan vivas a comienzos del siglo XXI, y por qué son cada día
más relevantes. Bajo nuestro punto de vista, que surge del substrato
del ateísmo y del humanismo absoluto como clave racionalista e interpretativa
de la dialéctica social, la advertencia sobre el peligro de los fundamentalismos
y los fanatismos religiosos forma parte de nuestra estrategia de comunicación,
tal como quedó claro en el I Concilio Ateo celebrado hace unos días
en la ciudad de Toledo.
No creímos nunca en la “muerte de Dios” anunciada de manera optimista
por algunos intelectuales del pasado siglo, y mucho menos cuando fue utilizada
como consigna evangelizadora por parte de ciertos teólogos protestantes.
Por el contrario, temimos, junto con el estúpido presagio de Malraux,
que el siglo XXI “sería religioso o no sería”. De ahí
que la alienación religiosa deba ser sujeto prioritario de nuestro
análisis, tanto en sus orígenes como en los posteriores desarrollos
prácticos que están dibujando, en cierto modo, el escenario
histórico de nuestros días. Sólo a partir de una crítica
radical será posible extraer el antídoto que preserve nuestra
independencia frente a ella y finalmente la neutralice.
Es cierto que los valores de la religión católica sobreviven
en la mentalidad popular, confundidos en el imaginario colectivo con los
ritos de paso y de transformación, con el folklore y con las prácticas
supersticiosas (devociones marianas, santorales, milagrería…), pero
también que el indiferentismo general elude el cumplimiento formal
de la liturgia, y por supuesto un compromiso definido con las premisas éticas
y con la dogmática que constituye su armadura. Los movimientos y organizaciones
religiosas obedecen también a factores y estrategias variables: beneficio
económico inmediato, “virtudes teologales” como la obediencia ciega
o la ausencia de crítica, y ejercicios de presión y manipulación
sobre la opinión pública y las instituciones. Se trata de imponer
a la sociedad entera los elementos éticos y categoriales de la tradición
religiosa en cuestión, que, en el Catolicismo, como sabemos, se someten
al “argumento de la autoridad”.
Toda religión es política. El fundamentalismo religioso, sea
cristiano, católico, judío, musulmán o hindú,
es una reacción natural del clero, de las clases dominantes y de las
burguesías monopolistas, porque saben que la democracia, los derechos
individuales y las conquistas del placer, asociadas a la independencia del
cuerpo y del pensamiento, ponen en peligro su situación privilegiada.
Estas clases y corporaciones clericales retoman hoy el ataque a la autonomía
del individuo de los ultranacionalismos de los siglos XIX y XX, especialmente
del fascismo y del nazismo, inspirados e impulsados por el antisemitismo
católico y por su doctrina social, el corporativismo.
Sin embargo, ninguna religión tiene posibilidad alguna de afirmarse
en una comunidad democrática si se enfrenta al placer o lo niega.
La moda, el cuerpo, la salud o el bienestar son fenómenos culturales
inherentes a la psicología de masas de nuestras sociedades. Para evitar
la acción desintegradora que ejercen sobre el pensamiento mágico,
el mensaje directo de la fe, en general, interacciona con el fomento de valores
idealistas, como la solidaridad, la obediencia a Dios, la humildad o la sumisión
del ciudadano a intereses supraindividuales. Y esto es precisamente lo que
siempre han hecho los totalitarismos: proponer proyectos supraindividuales,
como el interés nacional, la sangre, la raza o la unidad de destino,
para integrar en ellos al individuo, y poder así disolverlo. Ninguna
religión reconoce a éste como sujeto último de derecho.
Para ellas es la familia, el clan, la corporación, lo que constituye
el núcleo prioritario y fundamental en el que inocular su mensaje.
La autonomía del individuo repulsa a la mentalidad religiosa, que
lo quiere sometido, dócil y adiestrado a su ortopraxia. Y la historia
del hombre es la historia de su represión, como afirmó Marcuse.
No podemos ignorar que, en una cultura democrática, los elementos
de la fe religiosa están en la práctica ausentes de las preocupaciones
diarias de la ciudadanía. La deserción litúrgica, la
escasez de vocaciones y el proceso de medievalización emprendido por
el Papado son factores muy claros en este sentido. En cuanto al Islam, apenas
ha variado históricamente su identificación con un molde totalitario,
entendiendo por ello la asimilación entre el Estado, la ley, la cultura,
la visión teológica y la moral pública y privada. El
Islam no puede ser reducido a una simple concepción religiosa. Es
un complejo y bárbaro mecanismo de sumisión y de esclavitud
social, que tiende a expandirse por todos los resquicios de la vida del creyente.
Pero la radicalización de los movimientos religiosos y sus exigencias
de presencia pública, en Occidente, se corresponde con el acceso de
éstos y/o de sus ramas colaterales a los centros de control y decisión
política. Se comprenden así, los fundamentalismos, como afirmaciones
teológicas con ansias de totalidad. En todos los casos, ante el síntoma
de la pérdida progresiva de su influencia sobre la masa social, se
pretenden necesarios como justificaciones de una dogmática codificada
y absolutista, de cuya permanencia depende, en realidad, el núcleo
más íntimo de sus interpretaciones y el modelo al que aspiran
sus reivindicaciones: una moral religiosa sexualmente represiva, asimilada
por la población como tradicional, fiable, heredada y proveedora de
sentido.
Esta moral represiva aparece como antagonista del placer estético
y de las formas de vida hedonistas, que es lo que predomina como práctica
y como deseo en las sociedades avanzadas. Por ello, un ejercicio adecuado
habría de consistir en dotar a esa práctica no reprimida de
morales no represivas, por simple coherencia y por la preservación
de la salud mental de la sociedad. De éticas naturalistas, liberadoras,
vinculadas a los cuerpos, y no de quimeras artificiales, ontológicas
y esencialistas. Modelos establecidas sobre relaciones de complicidad, de
igualdad y de autonomía, que frenen el instinto expansivo de la heteronomía
y de la coacción religiosa.
Porque no basta con ahondar en la crítica a la religión desde
los parámetros de su papel social o de su desarrollo histórico.
Hay que descubrir, también, los contenidos que se expresan en las
formas religiosas. La crítica al “sacrificio”, por ejemplo, se deriva
de que la tendencia a él es un factor fundamental en el mantenimiento
de la jerarquía, y la “defensa de la vida y de la familia”, el ariete
ideológico más utilizado por el neocatolicismo, implica la
consecuencia del prejuicio social de la supremacía del elemento masculino,
que sitúa a la mujer como madre en una relación de responsabilidad
directa frente a la sociedad. Por otra parte, los conflictos interiores nacen
a partir de las presiones originadas en el orden familiar, que en sí
mismo es un orden traumático y no liberador.
Pero los conceptos éticos no pueden ser abandonados en manos del enemigo.
Plantearse el ateísmo como elemento de transformación social
implica, de forma natural, la afirmación de la libertad y de la felicidad,
y reducirlo a una negación de un dios o de muchos dioses equivale
a aniquilar su función éticamente revolucionaria. El ateísmo,
sin duda, es un elemento fundamental en la lucha por la emancipación
de los seres humanos. Y el problema de la transformación social ha
de ponerse en sintonía con la cuestión de la liberación
de los principios autoritarios interiorizados por el individuo. Precisamente
por ello, el bienestar individual se apoya en dos pilares principales: la
libertad política y la libertad sexual, a las que debe añadirse
el progreso económico y científico-técnico, aunque éste
pueda darse de forma independiente.
En última instancia, la libertad sexual es la garantía de la
libertad política. El ataque de todos los fundamentalismos se dirige
contra el placer. Fomentando su moral represora, apuntando a los cuerpos,
a la desnudez, a la evidencia humana más directa, debilitan el marco
de nuestras libertades. El mecanismo viene de antiguo. Disgregando al individuo
como elemento básico de las elecciones existenciales, y sometiéndolo
a códigos impositivos patriarcales, se elimina la posibilidad de la
rebeldía, de la negación y de la reflexión política.
El proyecto religioso consume así la tendencia libertaria de los cuerpos,
la felicidad entendida como participación social y como afirmación
sexual, reduciéndola a simple función generadora sometida y
enmarcada en una estrategia de dominación más amplia. De ahí
la estratificación de los sexos y la perversa criminalización
de las actitudes e inclinaciones contrarias o ajenas a la norma dictada.
La represión sexual y la manipulación de los cuerpos posiblemente
sea la fórmula más inmediata para someter y esclavizar a la
población, y se engloba dentro de un mecanismo mucho mayor de control
social, que es el idealismo religioso en cualquiera de sus aspectos. Sólo
desplegando una interpretación racional de la aspiración humana
a la felicidad, y denunciando la artificialización metafísica
construida por los vendedores de trascendencias, será posible la recuperación
de un marco ético liberador basado en el placer, en la igualdad y
en la autonomía del individuo. Un marco ético, por definición,
ateo, humanista e irreligioso. O, en otros términos, plenamente realista
y empírico, que favorezca la capacidad humana para construir otro
mundo. No es otro nuestro proyecto final.