Prólogo a la edición
francesa de El talón de hierro
Anatole France
Este prefacio fue escrito por Anatole
France para la primera edición francesa de El Talón de Hierro
de 1923.
Talón de Hierro es la expresión enérgica
con la que Jack London designa a la oligarquía. El libro que lleva
este título fue publicado en 1907. Expone la lucha que algún
día estallará entre la oligarquía y el pueblo, sí
los hados, en su cólera, lo permiten. ¡Ay! Jack London tenía
el genio que ve lo que permanece oculto a las muchedumbres y poseía
una ciencia que le permitía anticiparse a los tiempos. Previó
el conjunto de los acontecimientos que se desarrollan en nuestra época.
El espantoso drama al que nos hace asistir en espíritu en El tolón
de hierro, aún no se ha convertido en realidad, y no sabemos dónde
y cuándo se cumplirá la profecía del discípulo
americano de Marx.
Jack London era socialista, más aún, socialista
revolucionario. El hombre que en su libro descubre la verdad, el sabio, el
fuerte, el bueno, se llama Ernesto Everhard. Como el autor, fue obrero y trabajó
con su manos. Pues habéis de saber que aquel que escribió cincuenta
volúmenes prodigios de vida y de inteligencia y murió joven
era hijo de un obrero y comenzó su ilustre existencia en una fábrica.
Ernesto Everhard es un hombre lleno de coraje y de sabiduría, lleno
de fuerza y de dulzura, rasgos comunes a el y al escritor que le ha
creado. Y para terminar con la semejanza que existe entre ambos, el autor
atribuye a su criatura una mujer de alma grande y de espíritu inconmovible,
de la que su marido había hecho una socialista. Y todos sabemos, por
otra parte, que Mrs. Charmian abandonó, juntamente con su esposo Jack,
el Partido Laborista cuando esta asociación dio señales de
moderación.
Las dos insurrecciones que constituyen la materia
del libro que presento al lector francés son tan sanguinarias, y suponen
en el plan de los que las provocan tal perfidia y tanta ferocidad en la ejecución,
que uno se pregunta sí serían posibles en América, en
Europa; sí serían posibles en Francia. Yo no lo creería
sí no tuviera el ejemplo de las jornadas de junio y la represión
de la Comuna de 1870, que me recuerdan que todo está permitido contra
los pobres. Todos los proletarios de Europa han sentido, como los de América,
el talón de hierro.
Por el momento, el socialismo en Francia, lo mismo que
en Italia y en España, es demasiado débil para tener nada que
temer del TALÓN DE HIERRO, pues la extrema debilidad es la única
salvación de los débiles. Ningún TALÓN DE HIERRO
pisoteará este partido aniquilado. ¿Cuál es la causa
de su merma?. No hace falta mucho para abatirlo en Francia, donde el número
de proletarios es escaso. Por diversas razones, la guerra, que se mostró
cruel con el pequeño burgués, al que despojó sin hacerlo
chillar, pues es un animal mudo, no fue demasiado inclemente con el obrero
de la gran industria, que pudo vivir torneando obuses, y cuyo salario, bastante
exiguo después de la guerra, nunca cayó, sin embargo, demasiado
bajo. Para eso velaban los amos de la hora, pero ese salario no era, después
de todo, más que papel que los patrones opulentos, cercanos al poder,
no tenían demasiado trabajo en procurarse. Bien o mal, el obrero fue
viviendo. Había escuchado tantas mentiras, que ya no se asombraba de
nada. Fue ese el momento elegido por los socialistas para desmigajarse y
reducirse a polvo. Esto también es --sin muertos ni heridos-- una bonita
derrota del socialismo. ¿Cómo ocurrió? ¿y cómo
todas las fuerzas de un gran partido cayeron en tal letargo?. Las razones
que acabo de dar no son suficientes para explicarlo. La guerra debe tener
algo que ver con ello, la guerra que mata lo mismo a los espíritus
que a los cuerpos.
Pero un día comenzará de nuevo la lucha
entre el capital y el trabajo. Entonces se verán días semejantes
a los de las revueltas de San Francisco y de Chicago, cuyo horror indecible
Jack London nos muestra por anticipado. No hay, sin embargo, ninguna razón
para creer que ese día (próximo o lejano) el socialismo será
una vez más despedazado bajo el TALÓN DE HIERRO y ahogado en
sangre.
En 1907 le gritaron a Jack London: «Usted es un
horrible pesimista». Socialistas sinceros le acusaban de sembrar espanto
en el partido. Estaban equivocados. Es menester que los que poseen el don
precioso y raro de prever publiquen los peligros que presienten. Recuerdo
haber oído decir más de una vez al gran Jaurés: «Entre
nosotros no se conoce bastante bien la fuerza de las clases contra las cuales
tenemos que luchar. Ellos tienen la fuerza y se atribuyen la virtud: los sacerdotes
se han despojado de la moral de la Iglesia para adoptar la de la fábrica;
cuanto se sientan amenazados, la sociedad entera acudirá para defenderlos"
. Y tenia razón, como la tiene London cuando nos tiende el espejo
profético de nuestras culpas y de nuestras imprudencias.
No comprometamos el porvenir; es nuestro. La oligarquía
perecerá. En su poderío se advierten ya los signos de su ruina.
Perecerá porque todo régimen de castas está condenado
a muerte; el régimen del salario perecerá porque es injusto.
Morirá hinchado de orgullo en plena potencia, como murieron la esclavitud
y la servidumbre.
Ahora mismo, observándolo atentamente, se advierte que
está caduco. Esta guerra, que la gran industria de todos los países
ha querido, esta guerra que era su guerra, esta guerra en la cual aquélla
ponía una esperanza de riquezas nuevas, ha causado tantas y tan profundas
destrucciones, que ha sacudido a la oligarquía internacional y ha aproximado
el día en que se desmoronará sobre una Europa arruinada.
No puedo anunciar sí morirá de golpe o
sin luchas. Ha de luchar. Su última guerra será tal vez larga,
y su fortuna podrá variar. Oh, vosotros, herederos de los proletarios;
oh, generaciones futuras, hijos de los días nuevos, lucharéis,.
y cuando crueles reveses os hagan dudar del éxito de vuestra causa,
recobraréis confianza y os diréis con el noble Everhard: «Perdida
esta vez, pero no para siempre. Hemos aprendido muchas cosas. Mañana
la causa volverá a levantarse más fuerte en disciplina y en
sabiduría».