El imaginario social o la potencia
de inventar de los pueblos
Olivier Fressard
Revista Trasversales número 2,
primavera 2006. Una primera versión de este artículo, en su
original francés, fue publicada en la revista Sciences de l’homme
& Sociétés, nº 50, septiembre 2005.
“El imaginario social” es una expresión forjada por Cornelius Castoriadis,
con la que frecuentemente hoy algunos investigadores sociales o periodistas
sustituyen términos como “mentalidad”, “conciencia colectiva” o “ideología”
como forma de designar las “representaciones sociales”. Olvidados sus orígenes
y hecha de uso corriente, ha perdido rigor conceptual.
¿A qué se refiere entonces esa expresión en el pensamiento
de Castoriadis y qué se gana introduciendo la imaginación a
la hora de pensar los fenómenos colectivos? Se trata, nada más
ni nada menos, de conseguir una nueva inteligibilidad sobre la naturaleza
de los fenómenos sociales e históricos.
En primer lugar, el imaginario social viene a caracterizar las sociedades
humanas como creación ontológica de un modo de ser sui generis,
absolutamente irreducible al de otros entes. Designa, también, al
mundo singular una y otra vez creado por una sociedad como su mundo propio.
El imaginario social es un “magma de significaciones imaginarias sociales”
encarnadas en instituciones. Como tal, regula el decir y orienta la acción
des los miembros de esa sociedad, en la que determina tanto las maneras de
sentir y desear como las maneras de pensar. En definitiva, ese mundo es esencialmente
histórico. En efecto, toda sociedad contiene en sí misma una
potencia de alteridad. Siempre existe según un doble modo: el modo
de “lo instituido”, estabilización relativa de un conjunto de instituciones,
y el modo de “lo instituyente”, la dinámica que impulsa su transformación.
Por eso resulta conveniente hablar de lo “social-histórico”.
Una renovación de la filosofía social
Hay, pues, “institución imaginaria de la sociedad” [título
también de la principal obra de Castoriadis, ed. Seuil, 1975, primera
edición]. ¿Pero cuál es precisamente el significado
de esa enigmática expresión? ¿Cómo entenderla
de forma que no quede reducida a una declaración descaradamente idealista?
Pasemos a considerar sucesivamente los tres términos que la forman.
- Institución. Decir que la sociedad es instituida significa que no
ha sido producida “naturalmente”, que es resultado de la acción humana.
La acción propiamente humana implica una intención, mediatizada
por un sistema simbólico, lo que la convierte en un proyecto, irreducible
a cualquier comportamiento animal y a toda explicación causal. En
tanto que tal, su inteligibilidad remite, más que a causas, a razones.
- Imaginario. Decir que dicha institución es imaginaria significa,
en primer lugar, que es un fenómeno del espíritu, y, en segundo
lugar, que las significaciones y valores que orientan la sociedad son una
invención de los seres humanos. Tienen que ser puestas en relación
con una capacidad de creación. Las significaciones sociales, por tanto,
no son naturales ni (completamente) racionales.
- Sociedad/social. Decir que el imaginario es social significa que constituye
un orden de fenómenos sui generis, irreducible a lo síquico
y a lo individual. El imaginario aquí invocado no es la imaginación
sicológica. A la pregunta “¿quién instituye la sociedad?”,
se da una respuesta auténticamente sociológica: no es obra
de un individuo en particular, jefe o legislador, ni de un conjunto contractual
de individuos. Es obra de un colectivo anónimo e indivisible, que
trasciende a los individuos y se impone a ellos. El imaginario social provee
a la psique de significaciones y valores, y a los individuos les da los medios
para comunicarse y les dota de las formas de la cooperación. Es así,
no a la inversa.
Entonces, ¿qué es una sociedad? ¿Cómo se mantiene
unida? En sustancia, Castoriadis responde: una sociedad es un conjunto de
significaciones imaginarias sociales encarnadas en instituciones a las que
animan. Las significaciones, que introducen en esto la dimensión simbólica,
son calificadas como imaginarias, pero, según Castoriadis, el imaginario,
como potencia de instituir y alterar, es anterior a lo simbólico.
Estas significaciones se encuentran encarnadas, en el sentido de que lo más
frecuente no es que se presenten como representaciones explícitas
que confieren a posteriori sentido a los fenómenos, sino que, de manera
implícita, constituyen de entrada sentido en acto.
La potencia creadora de las sociedades
Frente a las interpretaciones naturalistas y materialistas, Castoriadis concibe
los fenómenos sociales e históricos a partir del espíritu
humano. Sociedad e historia son, principalmente, fenómenos de sentido.
Las significaciones imaginarias no son representaciones de algo que “estaría
ahí” con plena independencia respecto a ellas, sino que son constitutivas
del ser mismo de la sociedad y de la historia. Son, según la expresión
de Hegel, espíritu objetivo.
Castoriadis propone una concepción original del espíritu objetivo,
poniendo en juego la noción de imaginario. Agrupando el conjunto de
las manifestaciones sociales e históricas bajo la expresión
imaginario social, saca a la luz, de esta manera, dos aspectos omitidos por
todos aquellos que, desde Durkheim hasta Lévi-Strauss, han puesto
el acento sobre lo simbólico.
Por un lado, Castoriadis coloca así la potencia creadora de las sociedades
(o de los pueblos), ya no solamente la de individuos excepcionales, en el
corazón de las realidades culturales e históricas. Recobrando
la oposición establecida por los románticos, como Coleridge,
entre una imaginación secundaria, simplemente reproductora o superficialmente
fantasiosa, y una imaginación profunda y creativa, Castoriadis, bajo
la expresión imaginario radical, pone de relieve la potencia de creación
de formas sociales activa en el ámbito de lo social-histórico.
De esa forma, logra poner el acento sobre el hiatus que separa las diversas
sociedades, sobre la irreducible alteridad de sus mundos respectivos y sobre
la ruptura por la cual una sociedad, en el tiempo y por el tiempo, se convierte
en una nueva sociedad.
Por otro lado, es reconocido el valor de las dimensiones intencional y afectiva
de las significaciones sociales, contra la visión demasiado intelectualista
y demasiado estática que con frecuencia se tiene de ellas. En efecto,
un imaginario social no es solamente una simple visión del mundo,
una Weltanschauung. Se caracteriza, en igual medida, por un “impulso fundamental”,
tensión ligada a una expectativa y dinamismo ligado a una intención,
y por una “stimmung”, tonalidad afectiva dominante. El uso del término
“imaginario”, que remite, de forma analógica, a las figuraciones del
deseo, fantasma o sueño, da muy bien cuenta de estas dimensiones ignoradas
o marginadas en la mayor parte de las teorías sociales o de las filosofías
de la historia.
Los límites de la razón
Como ya se habrá comprendido, el imaginario, así concebido,
no se opone a lo real. Al contrario de la corriente dominante de la filosofía,
que condena la imaginación, haciendo de ella fuente de todos los errores
e ilusiones, Castoriadis restablece el vínculo con otra tradición,
que atribuye un papel positivo y constructivo a la imaginación: la
tradición de Aristóteles y Kant, en el plano epistemológico,
pero también, en el plano histórico, con Vico y los románticos.
Para Castoriadis, el imaginario es el propio elemento en el cual y por el
cual se despliega lo social-histórico. No se opone a lo real, sino
a lo racional.
Castoriadis, efectivamente, no cesa de insistir sobre los límites
de la razón, al menos tal y como se la entiende tradicionalmente.
Toda su ontología de lo social-histórico converge hacia una
crítica del principio de determinación. La realidad humana
no está nunca completamente determinada, sino que siempre entreteje
dos dimensiones, una racional, otra imaginaria. Este carácter fragmentario
de la racionalidad se expresa muy particularmente en la psique y en lo social-histórico.
Al desarrollar su ontología de lo social-histórico, Castoriadis
se ha visto conducido a criticar la ontología y la lógica tradicionales,
que, según él, dominadas por la categoría de determinación
serían incapaces de pensar el modo propio de ser de dichos entes.
Igualmente, esa crítica le llevó a tomar en consideración
otra lógica, la “lógica de los magmas”, que no pudo desarrollar.
En todo caso, Castoriadis propone una ontología de lo social-histórico
de singular potencia. No cabe duda de que, en lo que se refiere a varios
aspectos cruciales, es más satisfactoria que la mayor parte de las
teorías existentes. En particular, manifiesta una auténtica
“apercepción sociológica”, según la expresión
de Dumont, y coloca el sentido en el centro de los fenómenos sociales
e históricos, sin ceder por ello al individualismo o al subjetivismo,
aunque lo hace de forma diferente que la corriente fenomenológica,
para la que, siendo su origen esencialmente egológico, resulta extraordinariamente
difícil introducir una dimensión social sui generis, pese al
intento de Alfred Schutz.
La ontología de lo social-histórico de Castoriadis da una marcada
precedencia a lo social respecto al individuo, pero dando cabida a la posibilidad
de una autonomía propiamente individual. Por último, contra
todo reduccionismo deja lugar para la pluralidad de los mundos sociales e,
ipso facto, de las creaciones culturales.
Del buen uso del imaginario
Todo esto puede, sin embargo, prestarse a malos entendidos y suscitar reservas.
Las principales dificultades tienen que ver con la idea de creación
imaginaria radical.
En primer lugar, algunos podrían tener la tentación de convertir
la creación imaginaria en un concepto práctico; por ejemplo,
deduciendo de ella, en el marco de una perspectiva política, un llamamiento
a la imaginación. El lema “la imaginación al poder” da a entender
erróneamente, que el imaginario es una facultad a disposición
de los seres humanos que podría ser movilizada activamente para transformar
la sociedad. En eso hay un manejo erróneo de las categorías.
En el ámbito de la práctica, Castoriadis no llama a ejercer
la imaginación, sino la autonomía. Para él, el imaginario
no es un concepto político, sino teórico. No se trata, tampoco,
de un imaginario utópico. La creación imaginaria, en efecto,
brota primero espontáneamente del ámbito de lo social-histórico,
antes de ser recuperada o pensada explícitamente. La práctica
precede siempre a la teoría y los proyectos políticos sólo
se sostienen si recuperan y prolongan lo que ya está germinando en
la realidad efectiva. Esa es una de las ideas esenciales del pensamiento
político de Castoriadis desde la época de la revista Socialisme
ou Barbarie.
Sin embargo, el imaginario no es, para Castoriadis, una instancia puramente
pasiva por la que la sociedad se vería afectada de forma simple. En
la perspectiva del proyecto de autonomía, se trata de liberar la potencia
del imaginario y, de esa forma, sacar provecho práctico de sus poderes
creativos. Castoriadis reencuentra, en el plano de la creación de
las formas culturales, la idea kantiana de un libre juego entre los frutos
de la imaginación creadora y las reglas de la razón.
Por su parte, las formulaciones dadas por Castoriadis sobre la idea de un
imaginario creador tienen un acento romántico no carente de inconvenientes.
Así ocurre, por ejemplo, cuando el imaginario es presentado como una
espontaneidad productora con orígenes irracionales. Se desliza entonces
hacia la idea de “espíritu” o de “genio de un pueblo”, tal como se
la encuentra en el primer romanticismo alemán (Herder), cuyas creaciones
parecen tanto más sublimes cuanto más parecen manar misteriosamente
de las oscuras profundidades del espíritu.
En esta perspectiva, el pueblo es creador cuando es pasto de una inspiración
de orígenes insondables y ambivalentes. Tanto le eleva a alturas espirituales
que le hacen realizar maravillas, como le conduce a los abismos de la desmesura
o la destrucción. El genio es también demonio, su potencia
de creación tiene como revés una potencia de destrucción.
Sus creaciones son tanto maravillosas como monstruosas, nos recuerda con
regularidad Castoriadis. A esas aterradoras posibilidades, que no pueden
ser descartadas de antemano, Castoriadis opone “la autolimitación”
y la conciencia del carácter ineludiblemente trágico del régimen
democrático.
Ausencia de “sentido común de la humanidad”
En definitiva, en el momento de la “creación ex nihilo”, de la que
Castoriadis siempre recuerda que no es creación “in nihilo” ni creación
“cum nihilo”, la potencia del imaginario social aparece, en cierto sentido,
como ilimitada. En ello hay una idea casi demiúrgica del poder creador
de lo social-histórico, una idea que hace problemática la unidad
antropológica del conjunto de las sociedades humanas. Al insistir
demasiado unilateralmente sobre el poder de “hacer ser” una alteridad radical,
Castoriadis nos coloca ante la perspectiva de una inconmensurabilidad de
los mundos sociales y cierra el paso a la elaboración progresiva de
una antropología comparativa. Eso ocurre, por ejemplo, cuando lo único
que reconoce como común a los seres humanos es una capacidad instituyente.
Al definir al ser humano como “un viviente instituyente”, Castoriadis aporta
una formidable definición previa. Pero es insuficiente para una caracterización
antropológica universal. Nada permite tomar en consideración
“un sentido común de la humanidad”, cosa que sí permitió
hacer la filosofía historicista de Vico.
La idea de creación imaginaria es muy fecunda cuando señala
el poder colectivo de los seres humanos para inventar instituciones y significaciones
nuevas. Entonces hace soñar con el ingegno de Vico, que también
daba a la imaginación un papel central en la “historia cívica
de las naciones”, y hace referencia a un arte social de creación de
nuevas formas de vida, de hacer nacer el espíritu objetivo. Sin embargo,
este poder posiblemente se efectúa en límites más estrechos
que los que da a entender la idea de “imaginario radical”. E igualmente quizá
no sea tan enigmático e irracional como puede dar a entender la idea
de “creación ex nihilo”.