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FUNDACIÓNANDREU NIN |
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Ha pasado ya tanto tiempo desde aquellos
años, tan tristes y desesperados, en que te debatías con
el destino doloroso de tu hijo; días sin descanso físico
ni moral, en los que te veía consumirte y me sentía impotente
para poder prestarte ayuda.
Todas las noches te llamaba por teléfono,
con el único fin de distraerte con mi charla, contándote
mil historias de mi vida para hacerte olvidar momentáneamente tu
drama.
Tú me instabas siempre para que
escribiera todo aquello, pero yo no lo hice nunca y, como te lo prometí,
lo hago ahora ya medio ciega y con "los pies en el estribo".
Estos recuerdos son todos vividos o
sentidos; mi vida no ha sido realmente trágica. Ha estado llena
de las actividades más diversas, de trabajos de toda clase, de situaciones
buenas y malas, de momentos difíciles que parecían no tener
solución; apasionantes, exultantes, de pobreza a veces y también
de persecución y cárcel. Una vida un poco fuera de lo corriente,
pero llena de todos los sentimientos que puede experimentar un ser humano.
Hermosa pues, hasta el punto de que la volvería a vivir sin cambiar
nada.
Hoy, ya en la senectud, cuando
el porvenir se queda reducido a lo más mínimo y el presente
apenas se vive a causa del desgaste normal del cuerpo y de la mente, el
pasado adquiere toda la preponderancia y yo, como todos los viejos, me
recreo en él. De ese pasado nacen estos cuentos, hechos reales que
se recuerdan ahora placidamente, sin los sentimientos alegres, tristes
o agobiantes que los acompañaban entonces.
Porque no lloras ahora como lloraste entonces,
ni los gozas como los gozabas, ni sufres como sufriste. En realidad son
relatos del pasado, y por lo tanto cuentos.
Todos esos recuerdos son para mí visuales;
los veo llenos de color, unas veces con tonalidades intensas, pálidos
otras sin duda debido a la emoción del momento.
Niñez y adolescencia felices: entonces
no tienes presente, pero en cambio el futuro es inmenso, porque te espera
toda una vida. Recuerdo la ansiedad con que deseaba tener veinte años.
Llegas a la juventud y entonces sólo tienes presente, un presente
tan intenso que te envuelve de tal manera que no puedes pensar en el porvenir.
Vives.
Cuando vas llegando a la madurez, tu vida tiene
ya un sentido. Has llegado a saber verdaderamente lo que quieres: tienes
un ideal, algo a lo que consagrar tu existencia, algo por lo que luchar.
Metida en el engranaje, sabes que estás trabajando por un futuro
más bello. Y ya en la vejez, con la senectud que te acecha, te vuelves
irremisiblemente hacia todo el pasado. Un círculo completo.
Y ahora va de cuentos, Jacqueline.
Las mejores biografías son sin duda
las de los especialistas o historiadores puesto que las basan en hechos
reales y concretos: lugar de nacimiento, ambiente familiar, educación,
etc. Toda una serie de datos que llegan a construir la vida y la obra del
biografiado. El problema es completamente diferente en una autobiografía
en la cual el sujeto de la misma puede manipular circunstancias o hechos
que no quiere recordar o que considere dañinos para sus estampas
públicas. Hay rincones del ser que son inviolables.
Al intentar hacer la mía, procuraré ser
fiel a los hechos reales y lo más sincera posible en cuanto a los
móviles internos. Y antes de entrar en materia, me gustaría
destacar que todo cuanto he vivido ha respondido a la expresión
"yo y mis circunstancias". Hay seres que desde muy pequeños sienten
una vocación determinada, algunas veces tardía pero que siempre
constituye el eje de sus vidas. Esto jamás se dio en mí,
las "circunstancias" han sido en todo momento, casi sin darme cuenta, las
que han guiado mis pasos como respondiendo un poco a los versos de Manuel
Machado:
"Que las olas me traigan y las olas me lleven
pero que nunca me obliguen
el camino a elegir".
Y mi primera "circunstancia" es la de
mis antepasados. Sin ir muy lejos en la historia me referiré únicamente
a mis abuelos, de procedencia valenciana, catalana, manchega y madrileña.
Don Jaime Banús y Castells, mi abuelo materno, nació en Reus,
hijo mayor de los seis de un padre obrero, herrero de profesión.
Destacó desde muy niño en la escuela por su inteligencia
hasta el punto de que el Ayuntamiento de Reus le pagó los estudios
del bachillerato, terminados los cuales se trasladó a Madrid con
una beca del mismo Ayuntamiento. En Madrid se había abierto una
escuela en la que se entraba por oposición, que preparaba a futuros
profesores para los institutos que se iban creando por toda España.
Mi abuelo ganó las oposiciones y al cabo de no sé cuanto
tiempo salió con el título de profesor de física y
química con destino a Valencia.
Debido a sus ideas liberales (fue amigo de
infancia de Prim, que también era de Reus), había mantenido
amistad con uno de los impresores y libreros más importantes de
la capital, que fue detenido y encarcelado por imprimir pasquines y panfletos
contra los absolutistas. Cuando fue condenado el librero Martínez
(no recuerdo su segundo apellido), fue además desposeído
de todo lo que tenía, y en consecuencia dejó en la miseria
a su mujer y a una niña de quince años con la cual se casó
mi abuelo. El bisabuelo Martínez, murió en el presidio mayor
de Orán.
Don Jaime Banús, ya catedrático,
pagó la carrera a sus hermanos y a dos hermanas. Llegó a
ser director del Instituto de Valencia durante casi cincuenta años.
Debió ser un profesor magnífico: de jovencita pude hablar
con viejos alumnos suyos que decían que la suya "era la única
clase en la que comprendíamos de qué se estaba hablando".
Se destacó por no querer imponer a sus alumnos libros de texto y
solamente recomendaba algunos manuales de otros profesores. Como hombre
de ideas liberales, era masón y yo he visto (no sé a donde
habrá ido a parar) el pergamino con su título de una logia
escocesa. Mantenía a raya a los jesuitas que pretendían inmiscuirse
en los asuntos del Instituto. En los últimos años de su vida
mantuvo contacto diario, en discusiones nocturnas, con el que llego sería
el célebre doctor Simarro y es de éste de quien he recogido
anécdotas íntimas de la vida de mi abuelo. Muchas veces,
en casa de Simarro, cuando yo tenía siete u ocho años, le
oía decir:
-“Don Jaime Banús, una de las inteligencias
más claras que he conocido en mi vida"; y luego, dirigiéndose
a mí, decía a los contertulios:
-“El abuelo de María Teresa". Yo era una
cría y aquello me llenaba de orgullo.
De la estampa física de este abuelo sólo
conservo una bastante difusa: un señor alto, delgado, distinguido,
con sombrero de copa. Murió cuando ya estábamos en Madrid.
De aquella niña de quince años que
fue su mujer, la abuela Eugenia, con la que tuvo cuatro hijas, mis recuerdos
son de cuando ya era viuda. Sé había convertido en una digna
señora de la clase media española, apegada a los prejuicios
corrientes, y sus relaciones conmigo no eran precisamente de cariño
de abuela sino más bien de continuos consejos y advertencias sobre
mis deberes de niña. Lo único que yo admiraba en ella eran
los dichos, proverbios y refranes con los que salpicaba continuamente su
conversación como buena madrileña. Una hermana de mi madre,
también de nombre Eugenia, casada con el doctor Sanchís Bergón,
que fue durante muchos años alcalde de Valencia, fueron los padres
de José Sanchís Banús, que llegó a ser uno
de los mejores psiquiatras de España, además de diputado
socialista, muerto tempranamente y padre de José Sanchís
Banús, poeta, escritor y catedrático de la Sorbonne de Paris,
y último que llevará el apellido Banús por ser su
descendencia femenina. Nunca supe nada de lo que fue de los hermanos de
mi abuelo Jaime.
Los abuelos paternos influyeron muchísimo
más en mi vida. Don Antonio García Peris cuyos orígenes
familiares desconozco fue en su juventud obrero escenógrafo en la
Ópera de Valencia. Ignoro como llegó a interesarse por la
fotografía pero lo cierto es que llegó a ser el mejor fotógrafo
de Valencia. Como poseía un espíritu lleno de curiosidad
por todo lo nuevo, imbuido de un modernismo enorme, la novedad del invento
fotográfico debió apasionarle. Empezó en una especie
de jardín abandonado, llamado "el huerto de los sastres", donde
había un gran barracón de madera en el cual podían
hacerse fotos de coches y caballos. Tuvo un éxito enorme. Toda Valencia
y la huerta quería tener fotografías de los suyos. Debió
ganar mucho dinero y cuando mi padre era todavía un pequeño,
compró un gran solar en la plaza de San Francisco, en el mismo centro
de Valencia, y construyó una casa de pisos de alquiler instalando
en el último la fotografía, que yo conocí desde que
empecé a corretear sola. Era enorme, con estudios para fotografiar
con luz natural, pero además con laboratorios, porque entonces se
preparaban las placas, el papel, los cartones y todo lo necesario para
la marcha del negocio. Más adelante, mi abuelo fue el primero en
retratar con luz artificial. Era un verdadero artista y obtuvo varios premios
internacionales.
Todo lo nuevo le cautivaba. Fue uno de los
primeros que instalaron la luz eléctrica, retretes inodoros, cuartos
de baño, neveras y otras comodidades que nadie tenía en Valencia.
La que más llamaba la atención era un vertedero de basuras
domésticas construido en el cuarto lavadero con un amplio tubo que
descendía hasta el suelo, una pequeña puerta que daba a la
calle, cerrada con llave en manos del basurero, permitía a éste
sacar las basuras directamente. Igualmente, la suya fue una de las primeras
casas en Valencia que tuvo ascensor. Pero a pesar de esa mentalidad tan
moderna y emprendedora era, por otra parte, un jefe de clan, de una tribu
que tenía bajo su báculo, a todos los miembros de la familia,
y en realidad vigilaba estrechamente la conducta de todos los suyos.
Por otra parte, era un gran amante de
las artes, sus amigos eran todos los pintores y artistas de la época.
Los muros del comedor estaban pintados por sus amigos lo mismo que el techo
del salón. Fue el gran mecenas de Sorolla, llevado a casa por mi
padre pues eran condiscípulos de la Escuela de Artes y Oficios.
Le ofreció -para que no vendiese malamente lo que pintaba- un estudio
en la fotografía y le señaló una pensión. Más
tarde, Sorolla se casaría con una de sus hijas. Ocuparía
muchas páginas el relatar nuestras vidas bajo este jefe tan clarividente.
Hoy día creo que hizo daño a mi padre al no permitirle ser
concertista de piano que era su gran vocación. En cambio, su conducta
con respecto a mí fue muy diferente: fue el único apoyo que
tuve cuando quise marchar a los Estados Unidos, viaje que era considerado
por toda la familia como una aventura nefasta para una muchacha. A mi carta
pidiéndole apoyo me contestó:
-Tengo plena confianza en ti. Ver otros mundos
te enriquecerá mentalmente. No permitiré que pierdas esa
ocasión que tanto puede ayudarte en tu educación.
De este gran abuelo podría contar muchos
hechos poco corrientes pero hasta su muerte fue siempre un hombre modernísimo
y un jefe de clan. Falleció poco antes de embarcar yo para Estados
Unidos.
Mi abuela materna, Clotilde del Castillo, fue sin
duda el ser más querido, casi idolatrado por mí. Nos parecíamos
mucho físicamente y bastante en el carácter. Toda mi alegría
y optimismo son herencia de mi abuela, pero creo que sus demás virtudes
no llegué nunca a igualarla: bondad, rectitud, comprensión
para los demás, sacrificio por todos los suyos, solidaridad con
quienes necesitaban algo y silencio ante aquellas cosas que no debían
decirse. No permitía la maledicencia delante de ella: "lo has visto
-decía- si no lo has visto no lo digas". No admitía tampoco
la mentira, las monedas falsas -y entonces había muchas- las tiraba
al retrete.
[Manuscrito: Mi familia se trasladó
a Madrid en octubre de 1899, y se instaló en la calle Juan de Mena,
frente a frente de la Bolsa. Recuerdos de infancia en mis hermanos, una
vida en [...] no desarrollada. La primera desilusión sobre los Reyes
Magos. Sin dormir, acechando vi como Simarro y su mujer entonces
en vida, colocaban los juguetes en la chimenea. La vida de una niñita
que empieza a darse cuenta de las cosas].
No sé a quien se le ocurrió
el apelativo, pero es cierto que aquel pichoncito blanco que nos trajo
la asistenta para hacer un apetitoso plato a mi padre, convaleciente de
una gripe, nos cautivó al instante y decidimos que tenía
que vivir. La causa del propuesto holocausto era que tenía un ala
rota y no podía vivir en el palomar sin ser atacado por los otros
pichones. Julia, que entonces tenía dieciséis años,
se comprometió a darle de comer pico a pico, pues aún no
comía solo, y Picolindo se convirtió poco a poco en un precioso
palomo que acaparó todo nuestro afecto. Al principio, la cocina
y la galería cubierta, que daba a un enorme patio lo mismo que todas
las habitaciones interiores de la casa, se convirtió en su campo
de acción. En cuanto salía el sol, iba a la galería,
donde Julia le ponía una palangana con agua, que Picolindo picoteaba
hasta que el sol la calentaba a una temperatura agradable, para darse un
largo y cuidadoso baño. A medida que fue creciendo fue posesionándose
de toda la casa: a la hora de comer, venía al comedor y se colocaba
en el respaldo de una de las sillas, siempre con la colita hacia afuera,
esperando que le ofreciésemos una golosina de su agrado; por la
noche dormía al borde de la cama de Julia, siempre con la colita
hacia afuera y con un periódico colocado en el suelo para mayor
precaución. Lo único desagradable es que mi madre no consentía
ver ninguna suciedad, pero Julia lo preveía todo y llevaba siempre
unas esponjitas en el bolsillo.
Poco a poco Picolindo nos fue demostrando
toda su "inteligencia"; descubrimos que amaba intensamente la música.
Mi padre, que había querido ser concertista de piano, después
de brillantes estudios en el Conservatorio de Valencia y que no lo fue
por oposición paterna, no podía pasar un día sin tocar
el piano. En aquél momento tenía su piano juvenil de toda
la vida en el estudio donde trabajaba, pero había alquilado otro
para tocar en cualquier momento en la casa donde vivíamos en la
calle Francisco Silvela. Mientras esperaba la comida o la cena, o en cualquier
momento, empezaba el concierto. Apenas se oían las primeras notas,
estuviese donde estuviese, Picolindo corría y el tic-tic de sus
patitas se oía por el pasillo. A veces mi padre le cerraba la puerta
para desencadenar su furia y sus picotazos para entrar.
Una vez en la salita, Picolindo daba
un
salto (lo más que podía saltar era un metro) y se colocaba
al borde del teclado siempre con la colita hacia afuera, y allí
permanecía como en éxtasis mientras mi padre tocaba. Terminado
un trozo y al levantar las manos del teclado, Picolindo se lanzaba sobre
las teclas de un lado para otro. Un día sucedió lo inexplicable.
Como era muy ligero en esos paseos las notas no sonaban pero, una vez sin
saber cómo, empezó a dar saltitos, y ¡las notas sonaron¡
y Picolindo, lanzándose de un lado para otro, empezó un concierto
que produjo en su autor un entusiasmo enorme. Cuando mi padre volvía
a poner las manos en el teclado, Picolindo, agotado por el esfuerzo, se
colocaba en su butaca de escucha y volvía a quedarse en éxtasis.
Orgullosos de tener un palomo pianista, vinieron a casa todos nuestros
amigos para escuchar aquél portento. Picolindo no defraudó
nunca a nadie, como hacen tantos animales domésticos a los que se
enseña a hacer pequeñas habilidades y que se niegan, por
lo general, a hacerlas en público. Picolindo brindaba a todo el
mundo su talento musical.
Aprendió muchas más cosas.
Cuando yo me sentaba a estudiar, se subía a la falda, como si fuera
un nido, hasta el punto que un día sentí una cosa caliente
y, furiosa, lo tiré al suelo: ¡pobre Picolindo¡, no
había hecho mas que ponerme un huevo, con lo que descubrimos que
no era un palomo, sino una paloma.
Pero aún fuimos testigos de otro hecho
verdaderamente extraordinario. Julia salía todas las mañanas
a la compra mientras Picolindo estaba en la galería. Las ventanas
de la escalera daban también al patio y Julia, al marcharse, se
asomaba y le decía adiós cariñosamente. Un día
Picolindo no pudo resistir la tentación de volar hacia ella, pero
su alita rota le traicionó y cayó en la galería del
piso primero. El pobre Picolindo, excitadísimo, pedía ayuda.
Pero los inquilinos del piso estaban de vacaciones y no se podía
entrar en la casa. Únicamente desde el patio, con una gran escalera,
se podría llegar a la galería, pero por el vecindario no
encontramos ninguna bastante alta, ni tampoco ningún joven que pudiera
hacer alguna acrobacia para rescatarlo. Julia le llamaba desde nuestra
galería para consolarle, pero Picolindo se desesperaba.
Había que hacer algo. Entonces Julia,
también desesperada, buscó un cesto al que ató una
larga soga y se disponía a lanzarlo, a pesar de las observaciones
de mi padre, que no creía posible la salvación de esa manera.
Sin hacer caso a nadie, lanzó el cesto mientras hablaba a Picolindo,
indicándole que se metiera en él. Picolindo lo comprendió,
y nada más que llegó el cesto abajo, se metió en él:
su salvadora tiró de la soga y Picolindo volvió al hogar.
El fin de esta extraordinaria historia es triste.
Un día mi madre decidió que no quería más Picolindo
en casa y que la asistenta tendría que llevárselo a su palomar.
Para nosotros y para Julia fue una verdadera tragedia que, aún hoy,
no sé como explicar.
Entre los 7 y 8 años se sitúa
una de las etapas más negras de mis circunstancias. Nos habíamos
mudado a la calle de Valenzuela, donde desde un punto de vista material
mi situación infantil parecía magnífica. Por primera
vez, tenía una habitación para mí sola con una cama
nueva de madera curvada traída de Valencia, una bella colcha blanca
con viso azul, una pequeña cómoda, una mesita y dos
sillas, todo ello exclusivamente para mi uso particular.
Pero mi situación moral era muy
diferente: estaba sola en casa sin mis hermanos, el mayor en el instituto
y los otros dos en la Alianza Francesa, mientras yo recibí; la enseñanza
de la hija de la portera, maestra que me daba lecciones todos los días.
Aprender no aprendí mucho con ella, ya sabía leer y escribir
y en cuanto a lo demás no creo que pasase de las cuatro reglas,
ni siquiera aprendí la tabla de multiplicar, cosa que no he sabido
bien en mi vida. En cambio, sí aprendí a bordar, a hacer
toda clase de encajes. Hice unos visillos de encaje inglés para
mi ventana, un tapetito para la mesita de mi cuarto y no sé cuantas
tonterías más. Por las tardes salía con mi madre a
comprar hilos y lanas para mis labores y luego íbamos a buscar a
mis hermanos a la Alianza Francesa, en la calle San Miguel.
Esa vida debió despertar en mí,
como protesta, sentimientos malignos y aun recuerdo con sonrojo los puntapiés
que le daba a una criadita joven, tímida y sencilla, cuando
me abotonaba las botinas. Pero debía de hacer muchas otras cosas
más, que absolutamente no recuerdo, y que provocaban mis encerronas.
La primera vez que por mis fechorías me encerraron en la despensa
destrocé las tinajas de comestibles y demás cacharros que
allí se guardaban. Ante aquel desastre, los siguientes encierros
los pasé en el inodoro, dando patadas a la puerta hasta que, una
vez calmada, mi madre me ponía otra vez en libertad. Las causas
que motivaban el castigo no las recuerdo, lo único que sí
sé es que mi madre me advertía de cuando en cuando diciéndome:
-Mari, te hace falta el encierro.
A mis hermanos no tuvieron que castigarlos
así nunca. Lo que sí es evidente es que yo no podía
resistir aquella vida casera y con tantos bordaditos y encajitos. Mi padre
debió darse cuenta el primero de que aquello no podía continuar
y que yo tenía que ir a un colegio como todas las niñas del
mundo. Yo no había ido mas que a la escuelita de doña Flora,
una maestra que tenía unas 20 niñas en un bajo de la calle
Alfonso XII, muy cerquita de casa, donde hice palotes y aprendí
a mal leer. Cuando la familia se trasladó a la calle de Cervantes,
asistí a un colegio municipal cuya directora era amiga de la familia,
colegio muy cercano a la casa. De ese colegio sólo recuerdo que
me pasé todo el curso cosiendo a mano unas enaguas, que cogí
algunos piojos, pero donde descubrí por primera vez en mi vida que
cuando leía aquello quería decir algo, cosa que me sorprendió
enormemente pues hasta entonces había leído mecánicamente
sin apercibirme de que aquello tuviera un contenido.
La cuestión del colegio no era tan
fácil. Desde luego, no había que pesar en un colegio de monjas,
lo que hubiera sido facilísimo; podía ir a la Alianza Francesa
para niñas, pero el edificio estaba situado en la calle Mayor, casi
esquina a la Puerta del Sol, y no tenía ni siquiera un patio para
jugar. Fue el doctor Simarro, como siempre, quien encontró la solución:
sabía que una hija de don Ignacio Bolívar, director del museo
de Historia Natural, iba a una escuela norteamericana. Nos dieron la dirección
y así entré en el colegio y luego instituto internacional
donde me formé realmente y que constituyó mi vida hasta los
18 años como una de las circunstancias más bellas de mi existencia.
Los edificios escolares estaban situados en la calle Fortuny, en el catorce,
en el veinte y en el cinco, número este último que aun existe
tal y como estaba con su gran jardín.
La mayoría de las alumnas eran internas
y protestantes, procedentes de Andalucía, donde núcleos de
ingenieros ingleses habían trabajado en minas y ferrocarriles y
habían oreado misiones protestantes. Sin embargo, había otras
internas que no procedían de esos medios y en cuanto las externas
éramos todas de familias liberales o de la Institución. Fue
un nuevo mundo el que se abrió ante mí: de camaradería,
de cultura, de intereses intelectuales y de actividades artísticas
de todo género. Como estudios se hacía el bachillerato y
la Escuela Normal de maestras. Yo empecé enseguida como bachillerato.
Se estaba terminando la construcción del gran edificio de Miguel
Angel 8, que aun existe hoy día como Instituto Internacional después
de haber pasado algunos años como instituto escuela, El Instituto
Internacional fue sin duda el centro cultural para la mujer más
importante de aquellos tiempos; los estudiantes participábamos en
todo el movimiento intelectual y artístico; se daban conferencias
por las personalidades más destacadas del momento; se hacían
grandes festejos, funciones de teatro... Es decir, se vivía en un
amplio mundo.
De allí salió también
el germen de lo que sería después la Residencia de Señoritas,
muchachas de provincias que estaban cursando en universidades o escuelas
especiales venían a vivir a Miguel Ángel, donde ya no se
daban clases, y formaban parte de nuestra comunidad estudiantil. Cuando
yo salí del Instituto Internacional, al ir a convertirse en instituto-escuela,
había cursado en la universidad el preparatorio de Ciencias, no
estoy muy segura de que por una predilección especial por esas materias,
sino porque seguía como siempre el mimetismo de mis dos hermanos
"sabios" especializados en las Ciencias. Hoy día, cuando paso por
el Instituto Internacional de Miguel Ángel 8 no me atrevo ni a entrar;
desde fuera miro las ventanas y veo donde estaba la biblioteca, la sala
de estudios, los laboratorios..., pero no he pisado más sus puertas
ante el dolor de algo tan querido y perdido.
Al abandonar el Instituto Internacional, una
vez más, mis "circunstancias” cambiaron el curso de mi vida. Me
encontraba con un preparatorio de Ciencias aprobado -por libre-, y ahora
había que decidir que camino elegir. Podía ir a la
Facultad de Medicina pero siempre me horrorizó el dolor y la sangre;
había el recurso de un título de Farmacia, algo que no me
atraía; o bien la carrera de Física y Química. Partidos
mis hermanos del hogar, creo que perdí aquel mimetismo de seguir
sus pasos en carreras científicas y que mis afinidades con el mundo
científico no habían sido más que un dejarse ir dentro
del marco familiar y esa desorientación motivó otro cambio
de mi "yo y mis circunstancias".
Mi padre aprovechó el momento para
hacerme ver todas las disposiciones artísticas que yo había
manifestado y me propuso trabajar con él para llegar a ser una miniaturista
o esmaltista. Mi vida cambió por completo: mañana y tarde
iba con mi padre a su estudio y allí me pasaba las horas dibujando,
pintado e iniciándome en la preparación de los esmaltes.
Al caer la tarde, siempre con mi padre, después de una merienda
juntos, nos íbamos a la escuela de Artes Gráficas donde mi
padre daba un curso de fotografía y yo me matriculé en la
clase de grabado sobre metales. Al poco tiempo, manejaba el buril con bastante
destreza. No es que todo aquello me desagradase; al contrario, me entregué
con pasión a todas las tareas como siempre me ha sucedido con todo
lo que he hecho en mi vida. Sólo veía los domingos a mis
amigas y compañeras del Instituto Internacional y en el fondo añoraba
aquel pasado. Sabia que con mi nuevo aprendizaje tendría un porvenir;
no lo dudaba pero, a pesar de todo el profundo cariño que tuve siempre
por mi padre, era demasiado padre aquella convivencia. Así hubieran
continuado las cosas sin duda pero un nuevo "mis circunstancias" terminó
con ese período.
Creo que fue en el mes de mayo cuando recibí
una carta de la que había sido durante mucho tiempo directora del
Instituto Internacional en la que me ofrecía un puesto de "assistant"
de español en Vassar College, uno de los "college" más importantes
de los Estados Unidos.
4. Mis peripecias en los Estados Unidos
Aquello me pareció maravilloso y manifesté
sin vacilaciones mi voluntad de partir. Mi padre estaba en contra, pensando
sin duda en los peligros que podría correr más que en el
hecho de perder mi compañía. Y en cambio yo no pensé
ni por un momento en el dolor de mi padre que se había hecho tantas
ilusiones de conservarme más o menos a su lado. La oposición
familiar fue igualmente enorme y hasta hubo una tía que escribió
a mi padre pidiéndole que no me dejara partir para ir a prostituirme.
Pero yo tuve dos apoyos: el de mi abuelo Antonio García, jefe del
clan familiar a quien escribí y quien de acuerdo con su mentalidad
moderna, aprobó el viaje añadiendo que mi padre no tenía
ningún derecho a impedirme ver nuevas tierras y nuevas civilizaciones,
y en ese sentido le escribió una carta. Mi otro sostén fue,
como siempre, el doctor Simarro quien decía a mi padre:
- ¡García, no sea usted retrógrado¡.
Además puso en movimiento a sus
muchas relaciones y me consiguió un pasaje gratis en la Trasatlántica
Española e incluso una recomendación para el capitán
del barco, con lo cual la navegación fue para mí un gran
festejo. El viaje se retrasó más de lo debido a causa de
la epidemia de gripe española que se desencadenó en Valencia,
donde iba a embarcar, y que me afectó. Estuve al borde de la muerte,
de tal forma que sólo pude partir para los Estados Unidos a fines
de diciembre.
La llegada al puerto de Nueva York es
algo deslumbrante. La estatua de la libertad, la línea de los muelles
con aquel fondo inmenso de rascacielos. Llegas a un mundo nuevo y desconocido.
En compañía de mi hermano Mario (ya por entonces era profesor
de Biología en la universidad de Yale) y su mujer, pasé casi
una semana en Nueva York. Y de aquellos días puedo precisar
poco porque me invadía una especie de aturdimiento ante tantas cosas
diferentes y nuevas. Fue posteriormente, en mi estancia de vacaciones en
Nueva York cuando verdaderamente pude captar la realidad de aquella inmensa
ciudad, donde cuando empiezas a conocerla te sientes más o menos
una pequeña hormiga.
La llegada a Vassar fue igualmente impresionante
para mí y tardé unos días en calmar mis ansiedades.
Porque Vassar es un gran pueblo en medio de la naturaleza, con prados,
jardines y árboles centenarios. En aquel entonces sólo había
muchachas: unas 2.000 estudiantes. En el “campus” se levantaba posiblemente
una veintena de edificios. La entrada principal, edificio en el que estaba
instalada la enorme biblioteca, un museo de pintura con obras originales
y copias de los cuadros más bellos del mundo, y los talleres de
arte, de dibujo y pintura. Al fondo, el edificio principal y más
antiguo cuna de Vassar en donde estaban instaladas las oficinas, la central
de Correos y Telégrafos, salones y departamentos para invitados,
y finalmente algunos dormitorios para las alumnas. Formando una especie
de rectángulo, se alzaban en medio del césped y los árboles,
cuatro edificios-dormitorios, dos de cada lado, del rectángulo cerrado
al norte por otro con una gran torre, también dormitorio, mientras
que en el lado sur se alzaban los edificios para la enseñanza. Creo
que eran cuatro, para enseñanzas literarias, idiomas, ciencias y
laboratorio. Fuera de esta especie de rectángulo, y en diversas
direcciones, se alzaban principalmente, por un lado, el edificio de las
alumnas, administrado en todas sus actividades por las propias muchachas.
Tenían un gran teatro y alrededor de las oficinas para las sociedades
de todo género. El sótano era un rastrillo de compra y venta
de los muebles y objetos que las alumnas que partían y dejaban para
su venta. No muy lejos, se alzaba la Enfermería, un edificio de
tres plantas, e igualmente el Observatorio.
[Parte tachada: Por otro lado, hacia
el sur, el Conservatorio de música y otro gran teatro. Hacia el
norte estaba en gimnasio que tenía incluso piscina para concursos
de natación, en el “campus” había también varias pistas
para carreras y otros deportes. Luego, naturalmente, las construcciones
para la calefacción y demás servicios de funcionamiento.
En el “campus” había dos lagos con pequeñas canoas; los lagos
se helaban en invierno y servían de pista para los concursos de
patinaje. Delante de uno de estos lagos se alzaba el teatro al aire libre,
con un fondo de enormes olmos, su fosa para la orquesta y un círculo
inclinado de césped donde se colocaban los asientos para el público.
Había además una capilla en uno de los extremos sur, y también
el chalet del presidente de Vassar].
Después de aquella admiración "paleta"
ante la grandiosidad del “campus” de Vassar, mi integración a las
actividades culturales fue facilísima y rápida. Allí
estaba de profesora de español una antigua amiga del Instituto Internacional,
norteamericana, que había estado dos años en Madrid, y la
reanudación de nuestra vieja amistad fue instantánea. Estaba
también una joven puertorriqueña que había ocupado
mi puesto ante mi tardanza en llegar a los Estados Unidos. Al llegar yo,
Vassar le ofreció seguir los estudios con una beca gratuita. a cambio
de dar algunas clases. Amelia Agostini fue de inmediato mi amiga y esta
amistad ha durado toda mi vida. Amelia siguió una carrera intelectual
y por casualidades del destino contrajo matrimonio con Ángel del
Río, íntimo amigo de Andrade.
La "jefa', hispanista y dotada de un espíritu
de gran sensibilidad, era más bien una especie de madre que nos
protegía y que me adoptó con grandes preferencias en cuanto
nos conocimos. En estas condiciones, mi vida de trabajo en Vassar era fácil,
sobre todo si se tiene en cuenta la pasión con que me he entregada
a todo cuanto hacia. En los años que estuve allí hice de
todo: organicé fiestas españolas, teatros, bailes y toda
clase de actividades. Hacía los trajes necesarios para las representaciones,
los sombreros y hasta parte del decorado, por lo menos las maquetas. Llegué
a ser bastante popular; en cierto modo, algunas veces, hasta en sentido
negativo puesto que, conservando mi espíritu independiente y crítico,
mis acciones a veces no correspondían a las rituales de un miembro
de la "Faculty". Extrañaba un poco que aquella muchacha procedente
de un país atrasado de un mundo anticuado pudiera tener osadías.
Por aquel tiempo las mujeres tenían el pelo largo y la nueva moda
era la melena y el pelo corto; sólo algunas de las alumnas más
modernas empezaron a seguir el nuevo estilo.
En unas vacaciones de Navidad me corté
el pelo y, naturalmente, tuve que escribir a la "jefa'" si tenía
que volver o no; me contestó que sería siempre bien recibida.
Esto no quiere decir que la mayoría del profesorado no criticase
mi acción.
Una característica de la enseñanza
en América -en todos los grados- es la ley de la oferta y la demanda.
Valen los títulos pero mucho más valen los trabajos y las
actividades de un profesor. Yo pasé por una modesta prueba: un día
una alumna me presentó a su padre, quien me ofreció un puesto
en una "high School" de una localidad cercana a Nueva York, de dónde
era director. Me ofrecía casi el doble de lo que yo recibía
en Vassar. Le dije que lo pensaría y expuse el caso a nuestra angelical
"jefa". Esta inmediatamente planteó la cuestión ante el director
de Vassar y como consecuencia de todo esto, para que no me fuera, me aumentaron
el sueldo de una manera sustancial.
Otra experiencia curiosa fue la escuela
de verano donde trabajé durante mis primeras vacaciones en los Estados
Unidos. Como consecuencia de la guerra se había suprimido el estudio
del alemán de todas las organizaciones escolares de los Estados
Unidos, lo que hacía que miles de profesores se quedaran en la calle;
el alemán era sustituido por el español. En esta escuela,
al norte de los Estados Unidos, donde pude contemplar la belleza de auroras
boreales, profesores de alemán se entregaban a cursos intensivos
para poder ocupar puestos de profesores de español. Trabajaban con
enorme afán y pude hacer con ellos grandes amistades y, como siempre,
me entregué con pasión: hicimos teatro, baile y reuniones
poéticas. Fue una gran experiencia. Pero otra vez mis “circunstancias"
determinaron un nuevo cambio de existencia.
Ante mis actividades seudoartísticas,
me impulsaron a que asistiese a la clase de pintura y dibujo, y todos los
sábados por la mañana los pasaba en el estudio, pintando
y dibujando. Al poco tiempo ya estaba próximo el fin de curso. El
profesor me dijo que debía dejar la enseñanza y dedicarme
a las artes decorativas. Me ofreció hacer lo necesario para que
me dieran una beca y poder ir al mejor instituto de artes decorativas de
los Estados Unidos, instalado en Pittsburg. Me entusiasmó la idea,
acepté y, con gran sentimiento de mis camaradas y amigas de Vassar,
presenté la dimisión. Como no tendría la respuesta
a mi demanda hasta primeros de septiembre, decidí volver a España.
Al despedirme de Vassar, en espera de la beca
que había solicitado para el Instituto de Artes Decorativas de Pittsburg,
embarqué para Europa, dónde me reuní con mi familia
en Ginebra. Mi hermano menor trabajaba entonces allí en una institución
internacional de investigaciones biológicas y mis padres acudieron
también para pasar el verano juntos.
Aproveché el tiempo de las vacaciones para
asistir a unos cursos de verano de literatura francesa. Llegó la
hora del regreso y como no tenía ninguna noticia de América,
decidí volver a Madrid con mis padres, dónde nuevas ”circunstancias"
hicieron que mi vida cambiase otra vez de rumbo.
El regreso fue grato, pues me encontraba con
viejas amigas del Instituto Internacional y sobre todo con Teresa, con
la cual había pasado siempre las vacaciones en Nueva York, pues
ella trabajaba también entonces en los Estados Unidos. Yo había
decidido, en espera de la susodicha beca, aprovechar para obtener una licenciatura
universitaria. Me decidí por la sección que entonces se llamaba
Filosofía y Letras, de cuatro años de duración, más
el doctorado, que yo me propuse hacer en dos años, cursando
por libre.
Mi paso por la Universidad fue de lo más
fructuoso en cuanto a relaciones humanas. Aunque nunca fui una estudiante
modelo, intervenía en todas cuantas discusiones o conflictos surgían
en el ambiente universitario: peleas entre grupos estudiantiles, intervenciones
más o menos justas con los profesores... Creo que desde siempre
tuve un espíritu rebelde inconsciente. De chiquitina, cuando empezaba
a andar, no consentía que me dieran la mano, diciendo:
-Yo tola.
Y este espíritu fue el que me hizo inclinarme
igualmente con simpatía hacia todo aquello que de algún modo
u otro suponían una rebelión. Viví intensamente la
Semana Trágica de Barcelona (creo que fue en 1909) y el consiguiente
proceso y fusilamiento de Ferrer. Este hecho, agudizado todavía
más por las relaciones de siempre con el doctor Simarro, que ofreció
una conferencia en el Ateneo a favor de Ferrer y escribió un libro
para demostrar la monstruosidad de la acusación y fusilamiento.
Igualmente, viví intensamente las huelgas de 1917 y el procesamiento
y condena de todos los dirigentes socialistas. A mi regreso de los Estados
Unidos, seguí con pasión las sesiones del Congreso, en donde
se debatía la culpabilidad de Alfonso XIII en los desastres de la
Annual durante la guerra en África, y asistí a la última
sesión, en la que Indalecio Prieto condenó al rey como el
último descendiente de una raza de reyes felones y espurios.
Recuerdo también otro célebre
proceso, en Valencia, en el que se condenaba a un campesino -no recuerdo
porqué, posiblemente por la muerte de un patrono- a favor del cual
se movilizaron todos los intelectuales y políticos de izquierda
del momento. Creo que fue el proceso de "el chato de Cuqueta". Sentí
simpatía por Nakens, complicado y acusado de complicidad con Morral,
el anarquista que tiró la bomba a los reyes en la calle Mayor
el día de la boda de Alfonso XIII. Lo más curioso de esta
rebeldía por mi parte es que entonces yo no me había planteado
todavía la cuestión de un ideario social o político,
que sólo adquirí bastante después. Pero creo que este
instinto de rebeldía e independencia fue el que determinó
en gran parte mi actuación futura.
Mi primer interés por el movimiento
socialista estuvo motivado por un hecho luctuoso: se había celebrado
un congreso de los sindicatos de la UGT al cual habían acudido los
comunistas, partido casi recién creado, con delegados, ya que habían
conseguido en poco tiempo la dirección de varios sindicatos ugetistas.
Los militantes comunistas no delegados formaban un bloque en las tribunas
dispuestos a apoyar con pasión a sus representantes en la sala.
Se produjeron muchos incidentes y, en uno de ellos, un comunista (más
tarde supe que era el guardaespaldas de Pérez Solís) sacó
una pistola y mató a un obrero ugetista muy conocido y apreciado.
La confusión fue enorme y los
comunistas fueron perseguidos hasta ser arrojados del local. Jamás
se había dado en España un hecho tan Iuctuoso. Yo, que me
enteré de lo sucedido, asistí llena de curiosidad al inmenso
entierro que desfiló calle de Alcalá arriba hasta el cementerio.
Recuerdo haber visto a Besteiro, subido en el coche fúnebre, enardeciendo
a las multitudes contra los comunistas, a los que acusaba de toda clase
de delitos.
Sin saber absolutamente nada de los comunistas por
aquel entonces, aquellas maldiciones y acusaciones me hicieron interesarme
por los acusados. No conocía a nadie que estuviese en contacto con
alguno de ese partido pero me interesé de tal manera que leí
El
Manifiesto Comunista y compré algún periódico.
Más tarde, en el Ateneo, conocería al primer comunista de
mi existencia: Juan Andrade. Y nuevamente las “circunstancias" hicieron
que cambiase el rumbo de mi vida.
Una tarde de la primavera del 24, sentada
en la biblioteca, vi entrar a un joven a quien todos los que encontraba
a su paso saludaban y abrazaban con alegría. Me llamó inmediatamente
la atención la intensidad de unos ojos azules que expresaban simpatía.
Pregunté quien era, me dijeron su nombre y acuciada por mi interés
en conocerle, logré que amigos comunes nos pusieron en contacto.
Andrade acababa de salir de la cárcel, donde había pasado
varios meses. Pronto se estableció entre nosotros un sentimiento
de amistad, bastante lento debido a la timidez casi enfermiza de Andrade.
Gracias a los amigos comunes, empezamos
a relacionarnos más y yo le ofrecí mi ayuda, que aceptó,
en relación a unas traducciones y redacción de artículos.
No tardé mucho en dejar mi sillón en la gran biblioteca para
ocupar una butaca a su lado en la primera sala de las nuevas bibliotecas,
más tranquilas, que era donde Andrade trabajaba. Prácticamente
dejé los estudios de preparación de oposiciones y me dediqué,
a su lado, a ayudarle en todos los trabajos. Por aquel entonces, Andrade
era director de La Antorcha, el órgano del partido comunista
que Primo de Rivera no prohibió porque indudablemente le servía
como base para controlar más o menos la localización de los
militantes, aunque sometiese el periódico a una estricta censura.
Juan hacía el periódico en el Ateneo, el chico de la imprenta
venía a buscar las galeradas para llevarlas a la censura y había
veces que volvía con casi medio periódico censurado. Como
no se permitía la publicación de blancos había que
rehacer rápidamente todo lo censurado y volver a empezar, mientras
el Comité Ejecutivo, con Bullejos a la cabeza, daba órdenes
tajantes e impositivas desde París y esta situación duró
hasta 1926, cuando Andrade fue destituido de la dirección y expulsado
del partido.
Durante este tiempo nuestra amistad
se había convertido en amor y pasión, lo que ayudó
a Andrade a soportar la miseria de su destitución y encontrar una
nueva solución a su existencia. Los meses que siguieron fueron muy
duros. Yo había dejado todos mis estudios y me dedicaba a dar clases
a amigas americanas que venían a Madrid; también traducíamos
toda clase de artículos de física, química, astrología
o lo que fuera, que se publicaban en la revista Alrededor del mundo y por
los cuales daban cinco pesetas a pesar de que tenían cuatro o cinco
columnas de apretada letra, con lo cual Andrade podía llevar a su
casa algunos duros con que contener el hambre. Cuántas veces nos
reímos después de todos los disparates que debimos traducir
con aquellos temas tan lejos de nuestras experiencias. Pero pronto
llegó un nuevo cambio en el curso de “mis circunstancias”.
El período de clases para ganar algunos
cuartos, y de traducciones, iba a terminar. Nuevamente, el "yo y mis circunstancias"
me llevarían, por un lado a una nueva profesión y por otro
a un nuevo concepto de la vida. La vida de Juan iba igualmente a cambiar
pero en realidad no entro en pormenores sobre el sentido de esta
cambio. Lo fundamental fue que desde entonces su vida y la mía iban
a estar ligadas para siempre jamás. Las relaciones de Andrade por
alrededor del mundo le valieron la entrada en el diario El Sol,
el más prestigioso de la época. En cuanto a mí, gracias
a mis conocimientos de inglés y francés, comencé a
trabajar en un nuevo oficio: redactora de noticias procedentes del extranjero
en empresas internacionales. Como siempre, me entregué con pasión
en el nuevo trabajo desde 1928, pasando por Internews, Associated Press
en la Agencia Fabra de noticias y la United Press, puesto que dejé
en 1936 para consagrarme completamente a la actividad política revolucionaria.
Ante las nuevas perspectivas favorables de
trabajo, decidimos casarnos civilmente en marzo de 1929. Ya próxima
nuestra unión legal, al volver a casa, no sé por qué,
Andrade se sentía profundamente triste. De una ventana se veía
una lámpara con una alegre pantalla verde que alumbraba una mesa
rodeada de una familia en discusiones amistosas. Para alegrarle le dije:
-Mira, la felicidad del hogar.
La reacción de Juan fue violenta:
-Yo no sé lo que es un hogar, ni siquiera lo que
es una casa. No he tenido nunca más que una cama estrecha y corta
donde dormir encogido o el camastro de la cárcel. Jamás he
tenido una mesa donde pudiera colocar mis papeles para escribir, ni una
estantería donde poner mis libros. Locales de partido o encierros
carcelarios.
No supe qué decir, pero al cabo de un momento
le contesté:
-Yo te prometo que tendrás uno por donde
quiera que nos lleve el destino e incluso con un gato, símbolo del
hogar.
[Fragmento tachado: Y esta promesa
creo que la cumplí en el transcurso de nuestra larga existencia
juntos, en condiciones más o menos buenas o adversas. Durante el
período en que trabajé como redactora de noticias, llevamos
una vida bastante intensa de trabajo. Fue el período para Andrade
de creación de la editorial Cenit, de constitución de la
Izquierda Comunista, de intenso trabajo político y de algunos cortos
períodos carcelarios].
6. Morito o el bandido de la calle Luchana
Cuando nos lo trajeron, tendría
aproximadamente dos meses. No era un gatito de esos de carita redonda y
ojos dulces: toda su figura anunciaba ya lo que iba a ser.
Negro como el carbón, de pelo corto
y liso; morro puntiagudo, con unos enormes ojos amarillo-verdosos y orejas
también puntiagudas. Patas finas y altas, una larga cola, con movimientos
ondulantes y nerviosos y un cuerpo fino y también alargado. Inmediatamente
se posesionó de nosotros y de la casa y, poco a poco, fue demostrándonos
toda su inteligencia. Era travieso y estaba siempre en movimiento; fueron
pocas las veces que le vi dormir profundamente. Cuando le regañaba
por alguna fechoría me miraba y parecía decirme: "yo sé
lo que piensas tú, pero tú no sabes lo que pienso yo".
Teníamos una azotea que daba a la calle Luchana,
que por un lado se podía saltar a otras azoteas, probablemente hacia
dos casas más y por el otro lado, el pequeño muro daba a
los tejados de la calle Eguilaz. Este fue inmediatamente su campo de acción
en una u otra dirección. No tardamos en descubrir que era un ladrón
nato: todo cuanto encontraba en sus búsquedas nos lo traía
a casa, no para comérselo en el caso de que fuera comestible, sino
simplemente como demostración de su habilidad: filetes, restos de
pollo, el arreglo de un cocido aún envuelto en el papel de la carnicería
y muchas otras cosas no comestibles, como un par de calcetines enrollados,
un acerico con alfileres, en fin, todo cuanto hallaba, hasta una tórtola
viva que había sacado, seguramente de una jaula, tórtola
que pudimos rescatar de sus garras, pero que murió a pesar de nuestros
cuidados, porque tenía profundas heridas. Un día, desde mi
cocina, oí a la vecina de al lado que en la suya y que clamaba por
un filete desaparecido: a los pocos instantes estaba pareció el
Morito con un gran filete en la boca, que depositó a mis pies.
Había aprendido muchas cosas, algunas
increíbles como, por ejemplo, a abrir las puertas cerradas con un
simple pasador, para lo cual, se subía al mueble más cercano.
No comprendíamos su intransigencia ante la puerta del retrete cerrada,
hasta que, un día le descubrimos al borde de la taza, haciendo sus
necesidades. Nadie nos quería creer, sin embargo más tarde
he conocido dos gatos de amigos que también hacían lo mismo.
Los domingos, que estábamos todo el día fuera, el Morito
se quedaba encerrado, sin poder salir a la azotea, y se vengaba como podía
por haberle abandonado: cuando volvíamos, en el escritorio de Juan
no quedaba nada, plumas, lápices, gomas, todo había desaparecido
y en mi costurero, si no estaba bien cerrado, tampoco quedaba nada, pero,
en cambio, por todas las patas de las sillas y mesas había hilos,
lanas y cintas enroscadas.
También le gustaba oír nuestras
conversaciones por teléfono y, en cuanto sonaba el timbre, se ponía
al lado, como si quisiera enterarse. Descubrimos muy pronto otra de sus
habilidades: abrir puertas cerradas con llave. En el comedor, debajo de
la ventana, había un pequeño mueble con plantas en la parte
superior, una pequeña estantería con libros y, en la parte
inferior, un armarito cerrado con llave, a una altura de unos 30 o 40 centímetros,
donde guardábamos restos de entremeses, quesos o sardinas que habían
sobrado. A la mañana siguiente, cuando nos levantábamos,
todo había desaparecido, lo cual ocasionaba una disputa entre nosotros,
porque yo insistía que había cerrado con llave mientras Juan
afirmaba que había dejado la puerta sin cerrar.
Nuestra alcoba daba al comedor. Dormíamos
con la puerta abierta porque yo, lo mismo que el Morito, tengo horror a
la claustrofobia. Una noche me despertó un pequeño ruido
y, desde la cama, vi al Morito de pié, con sus dos patitas delanteras
apoyadas en la llave del armarito, mientras que, con un movimiento de un
lado a otro, trataba de hacer girar la llave; desperté a Juan para
que contemplara el espectáculo y, efectivamente, al cabo de un momento,
el movimiento de las patitas fue más fuerte y la llave dio la vuelta.
Morito se posesionó inmediatamente de las golosinas, lo que Juan
quería impedir pero, que no permití, porque de alguna manera
había que premiar tanta inteligencia y esfuerzo.
Dos veces se cayó desde el sexto
piso. La primera al patio, pero no se rompió nada y me lo subieron
únicamente conmocionado y, al cabo de una hora, ya corría
por todas partes. La segunda vez fue a parar a la calle Luchana, sobre
los árboles, y como era invierno, las ramas secas le hicieron profundas
heridas en la barriga. Pude curarle y desinfectarle y después le
puse una venda alrededor del cuerpo. Tumbado sobre unos almohadones en
la cocina, parecía que iba a morirse. No se movía, pero yo,
con una cucharadita, le abría la boca y le daba agua y leche. Un
domingo, al cabo de unos quince días, al oírnos, ni siquiera
abrió los ojitos; parecía dormir un sueño profundo
yo partí pensando que, al volver, habría muerto. Nuestra
sorpresa y alegría fue enorme cuando, al meter la llave en la cerradura,
oímos por detrás de la puerta los maullidos de recibimiento.
Estaba curado.
Sus hazañas de bandolero no terminaban.
Un día se presentó en casa. una señora preguntando
si era yo la dueña de un gato negro que corría por tejados
y azoteas: tuve que reconocerlo y, entonces, me dijo que vivía dos
casa más abajo, en un piso con azotea, que era maestra y que, para
ganarse la vida había organizado una guardería de niños
pequeñitos. Morito se presentaba todas las mañanas, con el
lomo arqueado como el de un camello, el rabo como un cepillo de deshollinador
y bufando y saltando de mesita en mesita, infundía un terror demoníaco
sobre aquellas pequeñas criaturas, que lloraban, chillaban, se caían
al suelo, tratando de huir de aquella fiera que les debía parecer
enorme. Me excusé como pude, pero ella, muy en serio, me dijo que
mataría a aquél gato si continuaban sus visitas. Me es imposible,
aún hoy, después de tantos años interpretar aquella
acción maléfica del Morito. Es posible que, para él,
no fuera mas que un juego o una distracción, sin darse cuenta del
mal que hacía. Pero también es posible que fuera un modo
de desahogar intenciones o sentimientos que no manifestó nunca con
nosotros; es posible también que se tratase de una manera de expresar
su poder.
Un día Morito no volvió a casa.
Teníamos la esperanza de que se hubiera quedado encerrado en alguna
buhardilla o en alguna casa, pero al cabo de tres o cuatro días
estábamos ya seguros de que no volvería más. Hice
indagaciones y supe por el portero que la maestra había cumplido
su promesa. No tuve valor para investigar cómo murió aquel
Morito, cuyas extraordinarias hazañas se quedaron grabadas para
siempre en nuestra mente. A pesar de reconocer que era un bandido nato,
le lloré durante bastantes días.
7. Alemania, septiembre de 1932
Importa recordar la situación imperante
en Berlín en este periodo, porque es el prolegómeno de lo
que ocurriría unos meses después en el siguiente mes de enero
del treinta y tres cuando los nazis se apoderaron de Alemania y casi del
mundo. Habíamos ido invitados por la organización trotskista,
a la que pertenecíamos entonces y nos habían asegurado una
gran sorpresa. No fue una, sino bastantes las que nos ofreció Berlín.
La primera, el encuentro con Sedov (León),
hijo de Trotski, que fue a esperarnos a la estación. Estaba Jeanne
Martins, su compañera, y con ellos pasamos unos días de gran
solidaridad. Berlín en esos momentos ofrecía el aspecto de
una ciudad inquietante. El pequeño comercio casi no existía
y las pequeñas tiendas estaban cerradas con letreros de "se vende"
o "se traspasa". Económicamente era una ciudad en crisis y políticamente
lo era también.
El Partido Comunista aparentaba tener
una fuerza enorme. A primera vista parecía como si dominase la situación
política. Los locales del Partido eran muchos, enormes y mostraban
una gran vitalidad. Sin profundizar se hubiera podido decir que eran los
dueños absolutos de la situación. Los jóvenes nazis
circulaban ya en pequeños grupos, no iban uniformados y únicamente
ostentaban un brazalete con la cruz gamada. Los comunistas parecían
no verlos o más bien no quererlos ver y en ningún momento
se tenía la impresión de que quisieran atacarles.
Ese ambiente sombrío de Berlín
nos inquietó profundamente por lo que los compañeros para
animarnos nos invitaron a ir a Leipzig donde la sección trotskista
tenía bastante fuerza. Efectivamente era así pues organizaron
reuniones para ponernos en contacto con los militantes de todos los partidos
y tener así una idea más exacta de la situación alemana.
Fue muy edificante porque los comunistas en una gran mayoría manifestaron
con seguridad absoluta, que había que dejar que los nazis subieran
al poder y luego con la gran fuerza que ellos tenían los destrozarían
totalmente. La discusión fue tumultuosa ante los que estaban convencidos
de que una vez los nazis en el poder aniquilarían a los revolucionarios
y militantes. También había un grupo de veteranos militantes
anarquistas de melena negra. defensores de la pureza, de las ideas, ya
poco frecuentes en nuestra España de "arroja la bomba que escupe
metralla...”, anarquistas ideológicos. Salimos de aquella reunión
apenados y decepcionados.
Las negras tormentas que amenazaban
a Alemania eran realmente negras.
El hotel donde nos llevaron los comunistas
para sus camaradas de desplazamiento nos sorprendió igualmente,
pues tenía la apariencia de un hotel de dos estrellas. Pero su precio
era módico porque era del Partido Comunista y los precios eran muy
reducidos. Regresamos a Berlín un poco deprimidos y preocupados
porque los pequeños grupos nazis seguían desfilando tranquilamente
por las calles sin ser molestados por los comunistas que parecían
ser los dueños de la vida social alemana.
Pasamos unos días muy agradables en
compañía de Jeanne y de Sedov, el hijo de Trotsky. Sedov
estaba siempre dependiente de las cartas que le enviaba su padre y en las
que siempre le hacía algún encargo. Últimamente recorría
todas las tiendas de óptica de Berlín pues su padre le había
pedido una lupa con la que se pudiese leer letras microscópicas
de posibles papeles clandestinos. Conocimos también al representante
de la organización trotskista en Alemania cuyo nombre ha desaparecido
totalmente de mi memoria. Era alto, distinguido, vestía muy bien
y a nosotros nos molestaba porque siempre nos llevaba a comer a restaurantes
caros para nuestros bolsillos ya que el importe lo pagábamos siempre
nosotros. Resultó como en tantos otros casos, que era un agente
de Stalin en el cual Trotsky tenía confianza absoluta como le pasó
con otros que le daban la razón en todo.
Nos despedimos con bastante tristeza
de Sedov (León) y de Jeanne que ante el avance de los nazis tuvieron
que huir a Francia. El hijo de Trotsky murió en un hospital francés
en manos de unos médicos agentes de la GPU estaliniana. Jeanne vivió
con un desequilibrio mental a causa de estos hechos tan trágicos.
8. Una militancia en segundo plano
Durante este período mi trabajo
político estaba reducido a las tareas que pudiera realizar en casa:
traducciones, correcciones de libros, envío de paquetes porque no
quería, dado lo reducido de nuestra organización política,
mezclarme en las discusiones internas que pudieran, de una manera u otra,
por falta de suficiente educación política, interpretarse
la influencia, en un sentido o en otro de la compañera de un líder.
Nuestro matrimonio civil estuvo determinado
por un hecho para nosotros fundamental: en aquella época la policía
y otras autoridades podían considerar como cómplice a la
mujer legal, podían venir y llevarse a Juan pero no podían
detener a su mujer como cómplice. Costumbre que hoy día se
ha perdido por la sacrosanta democracia actual. Como anécdota, añadiré
que el matrimonio civil en plena dictadura de Primo de Rivera costaba "un
ojo de la cara". Nos pasamos más de un mes reuniendo papeles y certificados
y declaraciones de toda clase, cada uno de los cuales costaba, como es
natural, bastante dinero. Creo que podría decir sin equivocarme
que el trámite de todos esos papeluchos nos vino a costar el dinero
ganado en un mes.
Andrade encontró trabajo en el archivo
del diario El Sol y yo comencé a iniciarme como redactora
de noticias en inglés en la Agencia Internacional Internews. Decidimos
casarnos y así empezó otra nueva vida.
En ese interregno Juan había estado varias
veces detenido, principalmente por lo que se llamó "el complot de
la noche de San Juan". Los dos últimos años, del 34 al 36,
fueron para mí de verdadera lucha en la redacción de la United
Press. Hubo una pelea con motivo de los hechos del 34 en Asturias como
consecuencia de la cual tuve que enfrentarme hasta el 19 de julio con elementos
franquistas que había en la redacción, uno de ellos incluso
con el carné de Falange. Fueron dos años en los que tuve
que luchar contra las maniobras más sucias para ver si esos elementos
lograban echarme a la calle. En realidad, estas peleas y luchas internas
en una redacción reflejaban, en cierto modo, el estado de enfrentamiento
en que estaba España antes del 19 de julio: tiroteos en las calles,
luchas de todo género...
El 19 de julio, en Madrid, con el ataque al cuartel
de La Montaña y el asalto a los demás cuarteles, determinó
la derrota de los falangistas en Madrid, aquella misma tarde vinieron a
buscarme los jóvenes del POUM que habían participado en el
asalto de un cuartel de Carabanchel. Entraron en tropel en la redacción,
con casco y fusiles, para llevarme con ellos triunfalmente en un camión
militar apostado a la puerta ondeando una gran bandera roja. No es necesario
decir que mi enemigo falangista de la United, con otros más o menos
reaccionarios, hacía horas que habían desaparecido. Supe
después que se había refugiado en una embajada y mis compañeros
me propusieron ir a buscarle para hacerle pagar los dos años de
fechorías que había inventado contra mí. Como es natural,
me negué a una venganza personal. Lo que quedo en todos nosotros
fue la sensación de opresión ante la evidencia de tantas
ventanas y balcones cerrados, hecho que unía a la idea de "un enemigo
escondido". No hay que olvidar que estábamos en el mes de julio
ni el carácter de la gente de Madrid, para la que balcones y ventanas
son la puerta abierta a cotilleo.
Naturalmente, mi trabajo en la United
quedó reducido a lo más mínimo puesto que había
otras cosas mucho más apasionantes a las que acudir. y no duró
mucho tiempo esta situación puesto que al ser incorporado Andrade
al comité ejecutivo del POUM, en Barcelona, partimos de Madrid probablemente
a mediados o finales de agosto. La decisión de Andrade de partir
para Barcelona para formar parte del comité ejecutivo del partido,
acogida por los dos con entusiasmo, supuso sin embargo una pérdida
enorme de todo lo que había sido nuestra vida desde 1929 hasta entonces,
años de la enorme labor editorial de Andrade, de la organización
y lucha de la Izquierda Comunista, de la publicación de la revista
Comunismo y tantas otras realizaciones de gran importancia.
Yo iba a dejar mi trabajo, que tanto
me había apasionado durante esos años, pero íbamos
también a perder nuestro hogar, aquel hogar construido día
a día en el que yo había puesto todas las energías
desde pintar paredes, puertas y ventanas, al dibujo y diseño de
los muebles, construidos por un ebanista amigo. La gran azotea, rebosante
de flores, y sobre todo la enorme biblioteca que habíamos logrado
formar en aquellos años. Aquel hogar "con gato" que yo le había
prometido a Juan para que no se escapara nunca de él, iba a perderlo
para siempre y no sólo eso sino nuestro Madrid con todos los militantes
del partido.
9. El Secretariado Femenino del POUM
Creo que no nos dimos verdadera cuenta de lo que
íbamos a perder, ansiosos como estábamos de entregarnos a
nuevas tareas revolucionarias. Más tarde, intentamos salvar la biblioteca,
que los amigos nos enviaron en un camión a Barcelona, pero que desaparecería
como desapareció el POUM ante la persecución estaliniana.
Fue la primera, pero no la última biblioteca que perdimos
en nuestra existencia. La llegada a Barcelona fue deslumbrante. Barcelona
vivía un grado indefinido de exaltación revolucionaria. Las
Ramblas eran un hormiguero de banderines rojos, de venta de insignias de
la FAI, de la CNT, del POUM... Esa exaltación se revivía
en cualquier local, en cualquier organización, en bares, restaurantes
y hoteles. Inmediatamente, Juan se incorporó a las tareas del comité
ejecutivo, que trabajaba sin descanso. Sin pedir nada, nos instalamos en
una modesta pensión, incluso sin agua corriente, en el mismo local
donde en aquellos momentos estaba instalado todavía el comité
ejecutivo del partido.
De nuevo, iba a encontrarme otra vez ante
mi "yo y mis circunstancias" y mi vida cambió completamente de nuevo.
Me relacioné inmediatamente con todas las compañeras del
partido, dónde no existía ningún grupo feminista ya
que todas gozaban en absoluto de los mismos derechos y posibilidades que
nuestros compañeros. Pero existía también una
corriente dirigida a atraer a nuestros ideales a una inmensa cantidad de
mujeres que no se daban cuenta de las posibilidades de liberación
o de educación del momento. La idea surgió de Pilar Santiago,
militante destacada de las Juventudes del partido, la cual nos convocó
un día para sugerir que sería muy interesante hacer un organismo
en el cual pudiésemos recoger y educar a mujeres obreras, o de profesiones
liberales, para llevarlas a nuestras filas. Sería un organismo independiente
y habría que buscar el modo de realizar el objetivo.
Todo el mundo estuvo de acuerdo; se eligió
un comité integrado por militantes destacadas, en el cual me incluyeron
a mí. Pero como dice el refrán, "del dicho al hecho
hay un trecho" y muy pronto me encontré sola o casi sola para hacer
funcionar ese nuevo organismo que se llamaría Secretariado Femenino.
Con dos o tres compañeras del partido y después de conseguir
un local en el último piso del edificio ya en Las Ramblas, donde
también estaba instalado el comité ejecutivo, empezamos a
discutir cuales iban a ser nuestros medios más propicios para atraer
a las mujeres. La mayoría decidió que sería muy eficaz
organizar una sección para preparar enfermeras; teníamos
médicos del partido a nuestra disposición que aceptaron ocuparse
de la preparación de las nuevas afiliadas.
Hicimos un llamamiento en nuestra prensa y
recibimos más peticiones de las que podíamos aceptar. A unas
cuantas de las que llevábamos el trabajo no nos complacía
esta forma de atraer mujeres a nuestro lado, puesto que la mayoría
podían ser señoritas más o menos buscando una ocupación,
o incluso para ocultarse de sus ideales falangistas, por lo que creímos
necesario que nuestros grupos de control hicieran averiguaciones sobre
su procedencia. No tuvo gran resultado la preparación de enfermeras,
a pesar de la devoción de los médicos, porque muchas de ellas
se cansaron y dejaron de acudir a las clases por considerar que estas no
tenían aplicación práctica.
Era necesario dirigir las actividades
del Secretariado Femenino en otro sentido. Primero el educativo: organizamos
cursos de francés e inglés con militantes extranjeros, de
cultura general con compañeros del partido, profesores o maestros;
empezamos a recibir mujeres interesadas por lo que les ofrecíamos
gracias a Toska, militante trotskista polaca o lituana, exiliada en Francia,
gran modista de profesión, quien se comprometió a crear un
taller de costura y confección que ella dirigiría. Otra compañera
de Barcelona, también modista, acudió en su ayuda. Buscamos
máquinas de coser y todo lo necesario y el taller de Toska se convirtió
en una escuela de iniciación revolucionaria. Fue un éxito
extraordinario: muchas de aquellas mujeres venían después
a todos nuestros mítines y nos fueron fieles durante la persecución.
Organizamos también lecturas comentadas
con la ayuda de jóvenes militantes y un sinfín de actividades
culturales. Algunas de las muchachas que acudían a estas actividades
ingresaron después en el partido o en las juventudes. Hicimos también
un periódico, Emancipación, difícil de sacar
porque faltaban redactoras, ya que la mayor parte de las obreras que podían
ofrecernos informaciones les costaba mucho escribir; pero con las notas
que nos facilitaban podíamos hacer artículos. Igualmente,
hicimos pequeños folletos de los que desgraciadamente no se conserva
ningún ejemplar. El Secretariado hizo un folleto titulado "La mujer
ante la revolución" que hoy día seguiría con todo
su valor y con toda su eficacia educativa. Hicimos otros con notas de Clara
Zetkin, Rosa Luxemburgo..., en fin, toda una serie de trabajos que vendíamos
en mítines y reuniones.
El 16 de junio de 1937 se inicia una nueva
etapa de mi existencia: es el día en que se desencadena de una manera
brutal y física la destrucción del POUM por los estalinistas.
A las once de la mañana la policía entra en el local del
comité ejecutivo del partido y se lleva precipitadamente a Andreu
Nin. La orden de detención incluía también a Andrade
y a Arquer.
Había comenzado la persecución. A
las dos de la tarde nos detienen a Luisa Gorkín y a mí y
luego, a partir de las doce de la noche, llegan a los calabozos de la Dirección
General de Seguridad todos los miembros del comité ejecutivo y muchísimos
más compañeros. Se registran y se incautan de todos los locales
del partido, incluyendo la imprenta de La Batalla, es un verdadero holocausto.
No voy a detallar todos los hechos de ese
momento puesto que la mayoría son conocidos ya. Aquella misma tarde
habían sacado a Nin de la DGS para trasladarlo a Valencia y después
a Madrid, no se le volvió a ver más. Igualmente fue trasladado
a Valencia, al día siguiente, el comité ejecutivo con bastantes
compañeros. Los compañeros extranjeros fueron detenidos casi
en su totalidad y algunos, como Kurt Landau que logró salvarse en
los primeros momentos, fue detenido más tarde y ya no se volvió
a saber más de él, lo mismo que de Andreu Nin. En cuanto
a mí, pasé con otras compañeras unos cuatro días
en la DGS para después ser trasladada con Rovira y Arquer a Valencia.
Incomunicada durante un mes, en Valencia, fui puesta en libertad por un
pobre juez republicano que no estaba al tanto de lo que ocurría,
y a partir de ese momento comenzó un largo período de "yo
y mis circunstancias" en Valencia.
El comité ejecutivo del POUM, conducido
a la cárcel de Valencia, fue puesto en libertad y al salir de la
cárcel varios camiones con comunistas españoles y extranjeros
los esperaban y los condujeron con destino desconocido. Al salir de la
cárcel toda mi actividad se concentró en ponerme en contacto
con toda la gente conocida en el gobierno o fuera del gobierno, que pudiera
facilitar datos para encontrar a los secuestrados. Por mis relaciones de
trabajos periodísticos, me puse en contacto con los redactores de
los periódicos de Madrid que estaban en Valencia y visité
a gran número de personalidades. Fue Araquistain quien me comunicó
que, en su opinión, Nin había sido ya liquidado, noticia
que obtuvo de una conversación con el embajador de la URSS. Vi al
secretario de Prieto, al que conocía de antiguo; al secretario de
Azaña, Bolívar, antiguo amigo nuestro y compañero
de uno de mis hermanos, sin poder obtener la menor ayuda ni información.
Igualmente tuve una entrevista tumultuosa
con Álvarez del Vayo, entonces gran comisario de guerra pero que
no hacía muchos años nos dedicaba sus libros con palabras
exultantes a nosotros como revolucionarios, y que incluso nos había
regalado un magnífico jarrón de cristal de Bohemia cuando
nos casamos. Estalinista cerrado en aquellos momentos, tuve que llamarle
cobarde por no atreverse a negar que fuéramos fascistas. Así
multipliqué mis visitas a todos aquellos que creía que pudieran
ofrecernos alguna pista de donde estaban los desaparecidos.
La atmósfera desencadenada contra el
POUM era densa, con carteles y artículos en los periódicos
pidiendo nuestro exterminio, y la intoxicación surgió sus
efectos. Íntimos amigos me negaban el saludo en la calle y otros,
más valerosos, se metían en un portal al verme para que yo
pudiese hablar con ellos. De haber guardado testimonios de aquella época,
podría ofrecer la carta escrita por un viejo compañero que,
desde Chile, expresaba la vergüenza que sentía entonces por
haberme negado el saludo en la calle. Creo que no se ha dado en España
nunca un ambiente de terror como el implantado en Valencia por los comunistas.
Yo seguí en mis trece y por un cartel que anunciaba la noche antes
un mitin presidido por unos compañeros anarquistas, me presenté
en su local y pedí hablar con Inestal, no recuerdo cual pues eran
tres hermanos. Me preguntó en qué podía ayudarme y
le hablé de la desaparición de los presos, que debían
estar en alguna “cheka” en Madrid. Esta misma noche -me contestó-
salgo para Madrid y yo te aseguro que dentro de tres días tendré
noticias de que he logrado localizar dónde los encierran, como así
fue.
La etapa valenciana acabó felizmente
a primeros de abril del 38, y digo felizmente porque logramos que los presos
fueran trasladados a Barcelona, donde ya había evacuado no sólo
el gobierno de la República sino también todos los organismos
oficiales. Valencia estaba amenazada de dos peligros: o bien un avance
franquista, que hubiera supuesto la caída de la ciudad, o bien un
avance hacia el mar para cortar las comunicaciones entre Valencia y Barcelona,
que fue la táctica seguida por los nacionales. En previsión
de un posible asalto a la ciudad que motivase un desorden y la salida de
los presos, había previsto que el comité clandestino del
partido me enviase una importante cantidad de dinero para que, llegado
ese momento, pudiera sacar los presos por mar. No fue necesario, porque
la amenaza real era el corte entre Barcelona y Valencia.
El comité clandestino logró
obtener una orden de traslado de los presos invocando la necesidad de que
estuvieran en Barcelona que era dónde únicamente se podía
celebrar el proceso incoado contra ellos. El traslado se hizo inmediatamente
de recibirse la orden, a pesar de las trabas de la administración
carcelaria que alegaba que no podía trasladar a los presos porque
carecía de medios de transporte. En los anales de estos conflictos
carcelario-administrativos no creo que se haya dado nunca el caso de que
fueran los propios presos los que pagasen el traslado. Logramos sacarlos
de Valencia en una de las últimas autovías que hacían
el recorrido hasta Barcelona, pero pagando el coste del billete para todos
ellos y el de los dos guardias encargados de su vigilancia. Recuerdo que
pagué 16 ó 17 billetes, casi la mitad de un vagón.
Pero llegamos felizmente a Barcelona y a los pocos días los fascistas
habían llegado casi al mar y las dos ciudades estaban cortadas por
carretera y vía férrea.
El nuevo período de "yo y mis circunstancias",
hasta el momento de la derrota fue muy variado. Reanudé mi actividad
en el partido y fui encargada de ocuparme de los expedientes de los presos
extranjeros para hacer todo lo posible porque fueran reintegrados a sus
países de origen. Apenas pude hacer nada porque a los dos o tres
días, no había pasado una semana desde mi llegada a Barcelona,
la policía, que había descubierto el local clandestino del
partido, hizo una redada estupenda y fuimos a parar todos a la cárcel.
El golpe fue muy duro y el POUM siguió actuando pero de una manera
más desconcertada y sin poder desarrollar grandes acciones de conjunto.
En cuanto a mí, personalmente, suponía no sólo la
pérdida de la libertad sino una nueva separación de Juan.
Nos habíamos visto entre rejas desde agosto del 37, pero a partir
de este momento ni siquiera podríamos disfrutar de eso, únicamente
cartas carcelarias que tenían que pasar, naturalmente, por dos censuras.
No pude ver a Juan y reunirme con él hasta el 13 de julio de 1939,
ya en Francia.
Este último período carcelario
no permitía ninguna actividad, sólo lecturas, algunas muy
provechosas, como la correspondencia entre Marx y Engels que me descubrió
la psicología de esos dos grandes personajes y que despertó
en mí una gran admiración por la generosidad y el gran humanismo
de Engels-; y otro atractivo del encarcelamiento era el conocer la vida
de tantas mujeres allí encerradas. Hoy día siento no haber
hecho más para conocer a aquellas presas, tan alejadas en su mayoría
de mi mentalidad, pero que se ofrecían como un muestrario de tipos
humanos de todas las categorías.
Salí de la cárcel unas horas
antes de entrar los fascistas en Barcelona. El éxodo de la ciudad
era total y nosotras, el pequeño grupo formado por Carmen, su hijo
y su compañera, intentamos salir de Barcelona en un camión
cuyo chofer era del partido y que tenía por misión evacuar
a mujeres y niños de guardias de asalto. Pero nuestro camión
fue interceptado por comunistas del cuartel Carlos Marx, que indudablemente
lo querían también para salir ellos corriendo. Aquel día,
después de varios intentos frustrados, me encontré en plena
calle Mayor de Gracia con las columnas de tanques fascistas que descendían
lentamente con las banderas desplegadas mientras se abrían ventanas
con banderitas nacionales y se daban vivas a los triunfadores.
La desesperación, el horror y
la impotencia de los primeros instantes no son para describir.
11. Incomunicación o el despertar de instintos criminales
Preámbulo
El 16 de julio de 1937 fue aquél
día "H" en que se inició el holocausto del POUM, cuyo primer
detenido por la mañana fue Nin, al que seguimos Luisa Gorkin y yo
a primeras horas de la tarde. Al llegar la noche, los detenidos eran muchos;
los calabozos estaban abarrotados y, cuando bajaron a todo el Comité
Ejecutivo, no quedaba el menor espacio libre. Ya nos encerraron en el despacho
del capitán de guardias de asalto, como único sitio disponible.
Aquella noche, gracias a aquel encierro no regular, pudimos enterarnos
de la magnitud de la catástrofe. Pudimos escuchar que: todos
nuestros locales habían sido asaltados, registrados y cerrados;
todo ello llevado a cabo con una preparación y organización
perfecta. Cuando supimos que Nin por la tarde y el Comité Ejecutivo
al día siguiente, habían sido trasladados a Valencia, yo
estaba segura que me esperaba la misma suerte, como así fue unos
días después.
"Recoja sus bártulos y sígame"; no
tenía nada que recoger, pues no poseía mas que lo que llevaba
puesto. En la misma sala donde me llevaron, estaban Rovira y Arquer que,
seguramente, iban a ser mis compañeros de cárcel. En el gran
patio de la Dirección General de Seguridad, había un movimiento
enorme de coches, agentes que gritaban y daban órdenes; era evidente
que se estaba organizando un traslado de gran categoría, lo que
nos hizo sentir que éramos presos de gran importancia. Las voces
más fuertes tenían acento extranjero, eran los que mandaban
daban órdenes a jóvenes comunistas.
Por fin se organizó la comitiva y vale la
pena de contar su organización: en vanguardia, un automóvil
con policías, al que seguía otro con tres policías
y Rovira; seguía otro coche únicamente con policías
y después el que conducía a Arquer, con sus guardianes, seguido
igualmente de otro automóvil también sólo con policías
y, a continuación, el que me estaba destinado, igualmente custodiado;
toda una caravana para trasladar simplemente a tres presos, lo que nos
hacía sentir orgullosos.
Serían aproximadamente las dos de la
madrugada cuando la comitiva se detuvo. Estábamos en pleno monte,
en un lugar desierto, dramático, a no ser por una luna llena. Voces,
corridas de un lado para otro, incluso mis guardianes bajaron del coche.
Me sentí inquieta y, por primera vez, tuve miedo porque aquél
lugar era propicio para liquidaciones sin testigos; escuchaba atentamente
pero no oía ningún tiro. Al cabo de un rato después
de nuevos gritos de idas y venidas, la comitiva se puso en marcha. Estos
parones inexplicables fueron produciéndose todo lo largo del camino
y sólo al final comprendimos lo que pasaba. Sucesivamente los coches
tenían averías y había que abandonarlos en el camino.
Llegamos a Valencia sobre las dos de la tarde los tres presos, con tres
policías, apretujados en el único automóvil que resistió
el viaje. Aquella comitiva triunfal había terminado de un modo grotesco.
A pesar del cansancio y el hambre, nuestras risas y bromas exasperaban,
como justo castigo, a aquellos esbirros seguidores de verdugos.
Tuvimos la suerte al llegar a la Dirección
General de Seguridad de Valencia de cruzar algunas palabras y abrazos con
los presos del Comité Ejecutivo que, en aquellos momentos, iban
a ser trasladados a la cárcel Modelo de Valencia. Yo ya no vería
a Juan hasta unos dos meses después y entre rejas.
Incomunicada
Después de una noche en los calabozos de la
Dirección de Seguridad nos condujeron a nuestras respectivas cárceles.
Nos despedimos a la puerta de la cárcel de mujeres, que estaba en
el mismo camino pero mucho más cerca de Valencia. En la administración
la directora dio la orden de que quedase incomunicada. Al llegar me encerraron
en una celda amplia, con una gran ventana enrejada muy alta, que no era
posible alcanzar de ninguna manera. Un camastro con un colchón no
muy sucio, un pequeño grifo de agua corriente y un inodoro. Era
una instalación confortable. Pediría que me comprasen unas
toallas, peine y jabón y todo lo demás se iría arreglando
poco a poco. Aquella soledad me era grata. El aislamiento me permitiría
reflexionar sobre todo lo ocurrido, sobre todos aquellos hechos que se
habían precipitado de una manera tan violenta, sin poder ni siquiera
situar los acontecimientos. Me eché en el camastro e incluso me
dormí, pero no duró mucho aquella privilegiada situación,
porque me despertaron para decirme que me iban a cambiar de celda. Así
fue pero, la nueva celda estaba ocupada por otra presa. Llevaron colchón,
que me serviría de asiento durante el día y de lecho por
la noche, ya que la otra inquilina ocupaba el camastro.
Nuestra primera impresión, creo
que no fue muy agradable; aquella mujer debía llevar mucho tiempo,
pero ni siquiera se lo pregunté. Lo único bueno de la nueva
instalación era una vieja cortina que tapaba el inodoro, lo que
le convertía en un lugar un poco privado y otra, más vieja
aún, que tapaba un poco el lavabo. Había en aquella mujer
algo que no inspiraba confianza; desde luego, no pertenecíamos al
mismo mundo. Estaba ansiosa de saber lo que pasaba fuera de aquellos muros,
lo que es natural, después de una larga permanencia carcelaria pero
la manera de preguntas y la ansiedad por las respuestas era sospechosa.
Vestida únicamente con una vieja bata deslucida, facilitada sin
duda por la administración carcelaria, sin medias y en los pies,
unas viejas alpargatas destrozadas. Era evidente que no poseía absolutamente
nada. Las facciones, grandes y regulares, pelo desteñido, con greñas
por falta de lavado. Sin embargo, se podía deducir que, arreglada,
con el pelo rubio teñido y maquillada, debía haber
sido una mujer atractiva, de las que van por la calle pidiendo "guerra".
Un misterio su estancia allí. Me dio la impresión que debía
de haber sido una de tantas aventureras, de esas que acuden a un país
en guerra, buscando aventuras metiéndose, sin darse cuenta, en líos
peligrosos, o quizás había sido agente de algún organismo
ilegal. El hecho es que estaba total y completamente abandonada. Sus ansias
por averiguar quién era yo y por qué estaba allí,
contuvieron mi nativa espontaneidad y despertaron mis recelos.
Como estaba agotada, aquella noche dormí
profundamente.
El día trajo para mí una gran satisfacción;
a media mañana una guardiana me entregó un paquete con dos
toallas que habían traído unas amigas. Con curiosidad de
todos los presos para inspeccionar minuciosamente todo lo recibido, pude
leer en la pastilla del jabón escrito con un alfiler el nombre de
dos compañeras. Tranquila por comprobar que se ocupaban de mí,
aún tuve una gran alegría cuando, a la hora de comer, me
entregaron una pequeña cazuela de arroz y algunas golosinas. Tan
grande como mi alegría, era la estupefacción de mi compañera
de celda que, con ojos ávidos, se extasiaba ante el contenido del
envío, de tal manera que tuve que compartirlo con ella.
12. Joaquina o el pudor ante el pelotón de ejecución
Ambiente preliminar
Aquél día de principios de abril
de 1938, con un sol resplandeciente y a pesar de las circunstancias, me
sentía optimista. Habíamos logrado trasladar a nuestros presos
de Valencia a Barcelona, ante el gran peligro del avance franquista que
amenazaba con cortar la carretera de la costa y el recorrido del tren entre
ambas ciudades. El gobierno y los organismos oficiales y habían
evacuado Valencia y se encontraban en Barcelona. Con el traslado se evitaba
un cerco fatal y, al mismo tiempo, los presos podían estar mejor
atendidos puesto que, aunque el Partido (POUM) estaba en la clandestinidad,
seguía funcionando. Personalmente mi situación era mejor
e incluso me habían dado una misión que cumplir; ocuparme
de los presos extranjeros para que fueran liberados o expulsados a sus
países de origen. Todo pues, parecía entrar en un nuevo cauce.
El comité clandestino del Partido,
estaba instalado en un gran edificio de oficinas de la Vía Layetana.
Me pareció ver unos tipos sospechosos en el portal, pero subí
pensando que siempre podría llamar a otra oficina si observaba algo
anormal en el amplio rellano. Al llamar a la puerta varios individuos se
echaron sobre mí y me quitaron el bolso. Había caído
en la trampa. Rodes y los otros responsables estaban allí, pero
no pude ni acercarme a ellos. Me hicieron salir y me condujeron a un gran
despacho vacío y, poco a poco fueron trayendo a otros compañeros
caídos también en la redada.
Mi gran preocupación era salvar los
papeles referentes a los presos de los que tenía que ocuparme, papeles
que, como siempre que había peligro, llevaba escondidos en la faja.
Tenía que hacerlos desaparecer antes del cacheo obligatorio. Sentada
en la butaca de la gran mesa de escritorio, los fui sacando poco a poco
y haciendo pajaritas de papel, los fui tirando al cesto de los papeles
con otros periódicos viejos que había por allí. Tranquila
ya me invadió el pensamiento de la angustia y desesperación
de Juan cuando, a las dos de la tarde, no me viera en la diaria visita
carcelaria.
Una nueva separación nos esperaba.
Desde agosto de 1936 sólo habíamos podido vernos y hablarnos
entre rejas. Pero ahora ni siquiera tendríamos esa posibilidad.
Pasamos meses no sólo sin podernos escribir sino sin saber siquiera
si estábamos muertos o vivos y no volvimos a reunirnos hasta julio
de 1939, ya en Francia.
El día transcurrió tranquilo
en el despacho, sin comer es cierto pero a la expectativa de lo que iba
a suceder. A la caída de la tarde me hicieron salir y, al llegar
a la calle me hicieron seguir a un policía mientras otro marchaba
detrás de mío. Era una estratagema para intentar detener
algún compañero que hubiera por los alrededores en la expectativa
de lo que pasaba. Efectivamente una compañera iba por la otra acera
al verme, empezó a cruzar la calle pero ante mi cara impasible,
debió comprender y se alejó.
Unos cuantos pasos más y llegamos a uno de tantos
departamentos policíacos del "SIM" (Servicio de Información
Militar), en manos de los comunistas. Pasé al cacheo; una mujerona
me hizo desnudar y me metió los dedos por todos los agujeros de
mi cuerpo. Ante mis insultos, única protesta posible, sólo
se le ocurrió decir: "Lo hago por la República". Le contesté:
"¡Pobre República, si tiene que salvarse con tus sucios dedos!".
Ante el resultado negativo del cacheo el "Jefazo", desilusionado, pero
qué pensaría encontrar y lleno de furia, dijo: "Llevadla
con Joaquina".
Bajamos al sótano, casi oscuro, iluminado
solamente por una bombilla amarillenta, la clásica bombilla de todos
los cuerpos de guardia de las comisarías. Una mesa y, alrededor,
varios guardias. En un recodo a la derecha, un lavabo y dos puertas que,
indudablemente, eran las de los retretes y pedí servirme de ellos.
Sucios, malolientes, sin papel higiénico, y todo lo peor que uno
se puede imaginar. El lavabo no era mejor, igualmente sucio, sin jabón
ni toalla. Para lavarse había que hacerlo en presencia de todos
los guardias. Como no tenía mas que un pañuelo, lo mojé
y me lavé un poco la cara y las manos.
El muro fronterizo era más largo y
tenía seis o siete pequeñas puertas muy juntas. "Con Joaquina",
dijo el policía acompañante y un mocetón cogió
unas llaves y abrió una puerta: "Joaquina, te traemos compañía".
Me empujó y volvió a cerrar.
Frente a frente
La oscuridad era absoluta pero, poco a poco, un diminuto
trazo de luz me permitió orientarme. Sentada al lado de la puerta
distinguí una figura oscura. "Buenas tardes. esto es muy estrecho,
tendremos que arreglarnos. Soy Joaquina" Un poco acostumbrada aquella oscuridad
vislumbré, mejor a Joaquina, sentada sobre una tabla de madera.
Al final de la tabla, la pared y en lo alto, un tragaluz tapado con maderas
pero que dejaba pasar hilillos de luz vespertina. El ancho de aquél
antro no tendría más que dos metros y medio por unos dos
de ancho.
Sólo se me ocurrió decir: "No he comido
en todo el día". Debía tener un hambre enorme.
-No espere usted nada hasta mañana. Un agua
negra que quiere caliente y luego, a media mañana, el rancho.
Veía ya a Joaquina. Parecía
alta, delgada, facciones marcadas, pelo tirado hacia atrás muy recogido,
manos largas y vestido austero. Cosa curiosa, tanto Joaquina como yo nos
dimos cuenta rápidamente que no pertenecíamos al mundo corriente
que se encuentra en los calabozos: prostitutas, ladronas, autoras de delitos
de sangre, etc.
Por otra parte, dada la cautela y casi podríamos
decir "cortesía" de nuestras actitudes, era evidente que pertenecíamos
a dos mundos opuestos.
-No tengo almohada ni nada que ofrecerle. Por las noches
hace un poco frío.
Le di las gracias y decidimos echarnos a dormir, ella
de arriba hacia abajo y yo por la parte del borde de la tabla, de abajo
hacia arriba. Creo que no dormí en toda la noche...
-¿Lleva mucho tiempo aquí?.
-Más de un mes.
-¿Nadie se ocupa de usted?.
-No, estoy incomunicada.
-Soy roja, ¿sabe?.
Muy asombrada, exclamó: "¡Pero
los rojos no van a la cárcel!".
-Sí, también van.
No quise explicarle nada. Así transcurrió
el primer día.
Al día siguiente, vinieron a buscar a Joaquina.
Nada más llamarla, se puso a temblar y aquello me inquietó
y esperé su regreso con ansiedad. La trajeron medio desmayada, sostenida
por los guardias que la echaron sobre la tabla. Era un cuerpo inerte que
gemía y sollozaba. Yo no podía contenerme y la instaba apremiantemente
para que me contestase por qué la habían maltratado. Finalmente,
con voz débil: "Quieren que firme una declaración que es
falsa".
Transcurrieron otros dos días. Mi situación
material había mejorado. Ya tenía una manta, una almohada,
toalla y jabón, tesoros incalculables que una compañera que
había estado detenida y la habían puesto en libertad, me
había dejado. Otro día recibí una pequeña tortilla,
un poco de pan, unas sardinas y una bata casera. Alguien se ocupaba de
mí, lo que daba alientos.
Volvieron a sacar a Joaquina y todo se repitió
como sí tuera algo ritual. Al salir, le grite: "No firme". La trajeron
en peor estado que la vez anterior, tanto que, ante su postración,
pedía una tableta de aspirina a los guardias. Cuando sus gemidos
y llantos se calmaron un poco, no pude por menos de decir: "Creo Joaquina
que, lo mismo sí firma como sí no firma, la van a condenar
así que lo mejor es que firme y ya no la torturarán más".
Me miró fijamente y después de un largo silencio musitó:
"Sí sólo se tratase de mí hace tiempo que habría
firmado, sé que no tengo salvación y no me importa morir
pero se trata de dos seres a los que condenarán sí yo firmo
algo que es falso". Permaneció callada todo el día.
Pasó otro día 7,
de repente, cuando menos lo esperaba empezó su confesión:
"Estoy detenida porque hacía de enlace franquista entre Valencia
y Francia. Semanalmente me entregaban unos papeles que yo tenía
que depositar en mano a un enlace que encontraba en Figueras quien los
pasaba a Francia y del cual no supe nunca nombre ni identidad. Nos encontrábamos
en la calle, variando cada vez de lugar y yo cumplía mi misión.
Después, me iba a casa de una prima casada donde comía y
aprovechaba la visita para recoger comestibles que llevar a Valencia donde,
como usted sabe, hay poco que comer. Esta era la justificación que
yo daba a mis primos para ir a Figueras todas las semanas. El último
viaje debió pasar algo pues no pude encontrar al enlace y, después
de dar vueltas y vueltas fui a casa de mis primos pero, al llegar, estaba
la policía que me arrebató los papeles y nos detuvo a todos.
Mis primos no podían comprender lo que pasaba pues yo nunca les
había hablado de mi actividad clandestina. La policía, que
no ha encontrado a los otros enlaces, quiere que firme que eran mis primos
pero no lo puedo hacer pues los condeno". Sé calló y yo no
dije nada porque lo que sentía en aquél momento era demasiado
violento.
-Me matarán, lo sé ¿no
es cierto María Teresa?.
-Sí, seguro. Lo mismo harían
conmigo los tuyos si yo hubiera hecho en la zona franquista lo que usted
ha hecho aquí. Es ley de guerra.
-Ahora estoy tranquila, no firmaré.
Lo mismo me da que me maten a golpes qué de otra manera.
No volvimos a hablar porque un ambiente demasiado
denso nos envolvía y era necesario no desencadenar nuestros opuestos
sentimientos ya que estábamos condenadas estar juntas, y humanamente
éramos dos seres fuera de ley.
Volvió a repetirse la escena y esta
vez Joaquina salió con aire firme y yo no pude por menos de
despedirla, diciendo: "Valor, no firme".
El interrogatorio me pareció
más largo que los otros, indudablemente por la pasión que
todo aquello había despertado en mí. Sonaron los pasos ya
conocidos del retorno. Mi atención estaba concentrada en la puerta
y con estupor vi a una Joaquina que entraba por su pié, sin llantos
ni gemidos. Nada más verme, sin mirarme, dijo: "Firmé", y
se echó sobre la tabla, cubriéndose el rostro con las manos.
Parecía que el tiempo se había detenido pero finalmente,
con voz monótona y como en hipnosis, empezó a hablar. Como
siempre, le había instado para que firmase y al no hacerlo, el jefe
hizo un gesto y aquellos esbirros empezaron a desnudarla para "reírse
un rato de su cuerpo de solterona beata". El pudor de Joaquina pudo más
que los golpes; sin ponerse el vestido que ya le habían quitado
se abalanzó sobre la mesa y firmó. Mi furia se desencadenó
contra Joaquina. No recuerdo lo que pude decirle, pero debió ser
durísimo porque me parecía monstruoso lo que
había hecho. Joaquina no podía comprender mi indignación.
-Desnuda ante aquellos hombres, no, María
Teresa, desnuda no y volvía a repetir la frase una y otra vez como
si fuera una letanía. Afortunadamente para las dos, al día
siguiente nos tomaron declaración y me condujeron a la cárcel.
Habíamos pasado unos quince días
compartiendo nuestra suciedad, nuestros malos olores (dos mujeres encerradas
sin una higiene femenina posible), en un cuchitril, sin más ventilación
que el aire que entraba por la puerta cuando se abría, compartiendo
el hambre y la inquietud pero, en el fondo, éramos enemigas de ideas
y sentimientos. Fue una suerte el que yo partiese, pues hubiéramos
llegado seguramente a enfrentamos y posiblemente no sólo de palabra
sino físicamente. Mi traslado fue una solución pero aquella
comunidad de miseria y degradación con Joaquina ha perdurado en
mí a través de los años.
Desenlace
Nada más llegar a la cárcel,
hice lo posible para entrevistarme con una hermana de Joaquina, también
detenida, y su prima y la hija de ésta. La desesperación
de la prima fue enorme y sufrió un enorme choque, pues se dio cuenta
de lo que todo aquello suponía. Aproximadamente un mes después,
trajeron a la cárcel a Joaquina. Pude verla dos o tres veces solamente
porque las presas rojas estábamos separadas de las fascistas y siempre
que nos veíamos repetía lo mismos "Yo no podía quedarme
desnuda ante aquellos hombres", y con esa cantinela, no sé si pretendía
que yo la disculpase o si estaba formulando un profundo problema de conciencia.
Llegó fatalmente el día de la
ejecución. Debió ser a fines de julio, no lo recuerdo
pero desde luego era verano porque las ventanas de la cárcel estaban
abiertas y podía oír todos los ruidos que preceden y siguen
a la llegada y la partida del furgón que recoge a los condenados.
Nosotras, "las rojas", estábamos atentas al menor ruido qua nos
revelase lo que estaba pasando. Una intensa emoción nos invadía.
En tan trágicos momentos no se quiere ni pensar ni sentir y no te
atreves ni siquiera a juzgar. Oímos perfectamente el instante en
que partía el furgón con los que iban a morir y todavía
resuenan en mis oídos de los gritos de la prima de Joaquina al separarse
de su hija para siempre y pronto huérfana.
Este "cuento ha terminado pero durante
mucho tiempo y aun ahora de cuando en cuando me obsesiona el recuerdo de
Joaquina. Estoy segura de su sereno comportamiento ante el pelotón
de ejecución. Pero todavía sigo preguntándome si logró
conciliar el sentimiento de culpabilidad por haber llevado a la muerte
a dos seres humanos con aquél otro tan fuerte e irresistible de
su pudor. ¿Murió condenándose a sí misma o
su conciencia no le reprochó nada?
Primer encuentro
Aquella mañana, al salir de nuestro
dormitorio para no sé qué comisión, me llamó
la atención el recibimiento de las guardianas al encontrar a su
paso a una joven que no podía ser más que una presa. Abrazos
y, con tono alegre decían: "otra vez con nosotras", y así
por todas partes por donde pasaba. De regreso con mis compañeras
apenas había empezado a relatarles el caso, cuando se presentó
repentinamente en la puerta con un: "salud camaradas; yo también
soy roja, rojísima. Me llamo Dinamita”.
Menudita, con ojos negros, brillantes y reidores,
pelo ensortijado, toda su persona derramaba la simpatía, la amabilidad,
la vida. No estaba mucho rato quieta y, antes de explicarnos más
sobre su persona, ya estaba otra vez en la puerta con un: "salud camaradas,
hasta luego".
No tardamos mucho en saber algo más concreto
sobre su persona. Dinamita era mechera profesional, pero en pequeña
escala: hurtos de portamonedas, carteras, pequeños maletines, y
su centro de acción preferido era la estación de ferrocarril.
Unas veces la cogían con las manos en la masa y otras sus ágiles
piernas hacían que desapareciese entre el tumulto. Negando siempre,
entraba en la cárcel para salir después de un mes o mes y
medio, y volvía a empezar el ciclo. Sus entradas y salidas tenían
casi un ritmo normal y el personal quería a Dinamita porque era
muy servicial y dispuesta a ayudar a todo el mundo; por otra parte, su
buen humor y risas alegraban el ambiente donde se movían las presas
comunes condenadas, encargadas de los servicios internos: cocina, lavandería
y tantos otros.
Era una camarada siempre dispuesta a echar
una mano, lo que contribuía a que circulase libremente, sin que
nadie le dijese nada. A nosotras, sus amigas "rojas", nos venía
a ver por lo menos dos veces al día y así, poco a poco, pudimos
reconstruir algo de su vida, aunque no le gustaba que hurgásemos
en su pasado. Teníamos la convicción de que fuera de la cárcel
no tenía un domicilio fijo y que andaba de un lado para otro, según
las amistades del momento.
Tristes orígenes
Había sido inclusera, sin conocer jamás
su procedencia. Las monjitas, que la criaron y la educaron después,
debieron hacer todo lo posible para inculcarle las virtudes cristianas.
Pero indudablemente no lograron grandes éxitos. Para nosotras, de
ese pasado conventual sólo le había quedado la habilidad
de bordar primorosamente y, en algún momento de calma, nos pedía
un pañuelo en donde bordaba unas iniciales maravillosas. No cabe
duda de que al tener la edad de trabajar, las monjitas debieron buscarle
una familia cristiana y honesta para que siguiera por el buen camino. Pero
éste debió ser cortísimo, porque Dinamita quedó
deslumbrada ante las maravillas nunca vistas de la gran ciudad y ante todas
aquellas amplias posibilidades de libertad nunca gozada. Se lanzó
con toda la fuerza de su vitalidad impaciente en aquél torbellino
que se ofrecía ante sus ojos, aún más excitante, ya
que esa etapa fue la de los comienzos de la guerra civil.
Nace Dinamita: Días de exaltación,
de entusiasmo. Triunfadores en la ciudad, había que organizar la
revolución, pero el enemigo no estaba lejos y era, al mismo tiempo,
necesario atajarle y combatir. Espontáneamente se formaron milicias
de combatientes revolucionarios que marchaban a los frentes. Algunas al
principio, sin ningún control, inmediatamente después, organizadas
por todos los partidos revolucionarios y los sindicatos. Con las primeras
partieron también muchas muchachas "guerreras, reposo del soldado".
Es preciso destacar que también partieron muchas militantes obreras,
pertenecientes a los partidos y sindicatos revolucionarios, pero éstas
siguieron luchando al lado de sus compañeros, mientras que las otras
fueron, poco a poco, enviadas a la retaguardia. Ignoro si existe una lista
de estas combatientes femeninas, militantes de partidos y sindicatos, porque
me gustaría poder honrar sus nombres (1).
Dinamita fue de las primeras y debió
ganar su apodo lanzando bombas, cantando canciones revolucionarias para
dar ánimos y consolar al guerrero de turno. De ese periodo de "acción"
le quedó su odio por los "fachas", su repertorio musical y su "soy
roja, rojísima". Es imposible describir el tono con que Dinamita
pronunciaba la palabra "facha". Toda su cara y, hasta su cuerpo, contribuían
a darle una expresión que era como una especie de escupitajo de
desprecio y de asco. Fue precisamente más tarde, durante sus periodos
carcelarios, en que esas fachas constituyeron su actividad más combativa,
pero al mismo tiempo, más lucrativa.
El imperio del tenedor
La población carcelaria había cambiado
mucho desde los primeros tiempos de la guerra y aquél deseo de renovación,
de ofrecer una cárcel más limpia, con dormitorios agradables
y todos los esfuerzos de modernización hechos por la joven directora,
nombrada por Nin y que pertenecía al POUM, cuya ambición
era ofrecer un ejemplo de cárcel de la revolución, fueron
ahogados por el aumento cada vez mayor de las mujeres encerradas, a medida
que avanzaba la guerra. Ya no había galería, pasillo o pequeño
espacio libre en donde no se colocasen colchones para dormir. La principal
causa de esta aglomeración fue la declaración del servicio
militar obligatorio, que determinó el que miles de mujeres, madres,
hermanas, o con cualquier otro parentesco, tratasen de ocultar a los jóvenes
reclutas de derechas, para librarles de ir a la guerra.
Esta nueva población no disponía ya
de aquellos pequeños armaritos personales, provistos por la dirección,
y las detenidas pasaban la mayor parte del día en el gran patio,
llevando todas consigo un pequeño saco o cesto con lo mejor que
poseían, que eran las provisiones alimenticias que recibían
diariamente de sus familiares. El gran instinto de Dinamita le hizo pronto
comprender todo el provecho que podía obtener de la situación.
Provista de un largo tenedor, que había encontrado en la cocina,
se paseaba por el patio y en el momento propicio lo sacaba de su cintura
y, con una maestría y una rapidez profesionales, sustraía
siempre algo de aquellas bolsas o cestos. El manejo del tenedor era tan
perfecto que la perjudicada no se daba cuenta del hurto hasta el momento
de comer. A veces el tenedor había funcionado tanto que se desencadenaban
pequeños motines, ante los cuales Dinamita desaparecía rápidamente.
Otras veces les hacía frente y empezaba un ataque verbal de tal
categoría que obligaba a sus víctimas a taparse los oídos
y a santiguarse.
Si las cosas habían ido demasiado
lejos, las guardianas tenían que intervenir y la encerraban en una
celda que, por desgracia, tenía una reja que daba al patio. Dinamita
sacaba las piernas y los brazos entre los barrotes y cantaba "A las barricadas",
"La Internacional", etc., pero su canción favorita, a la que daba
más verídica entonación, era: "Arroja la bomba que
escupe metralla, arroja la bomba y empuña la star".
Las fascistas se replegaban lo más
lejos posible de la reja y, al día siguiente, cuando salía
ya más tranquila Dinamita del encierro, el tenedor volvía
a funcionar.
También tuvimos disgustos a causa del tenedor
ladrón, porque Dinamita se empeñaba en traer a "sus camaradas"
parte del botín. Nosotras, imbuidas de un puritanismo revolucionario,
nos negábamos a admitir la menor cosa, lo que era bastante absurdo
porque teníamos hambre. Para Dinamita no había comprensión
posible, porque se trataba de algo despojado a las "fachas" y, por lo tanto,
legal.
Regeneración
No sé cuantas veces entró y salió
Dinamita de la cárcel hasta fines de enero del 39, cuando entraron
los fascistas en Barcelona. La última vez que entró debió
ser en el mes de diciembre del 38, y su llegada fue saludada como siempre,
pero nosotras notamos inmediatamente que algo había cambiado y esperábamos
sus confidencias, que no tardamos en escuchar. Lo primero que nos dijo
es que tenía "novio": un chico moreno, alto, con bellos bigotes
y además, guardia de asalto. Pero lo que más le impresionaba
era que tenía familia en el pueblo, y nos lo hacía ver con
grandes gestos de entusiasmo, con padre y madre, y que iba a llevarla
un día para que la conociesen.
Había aún algo más y es que
decía que la iba a "regenerar". Dinamita no debía darse mucha
cuenta de lo que significaba esa palabra, que repetía hasta la saciedad.
Esto era lo bueno que le había sucedido. En cambio, había
algo que le dolía mucho y era tener que confesarle su nueva estancia
en la cárcel porque, lo más desconsolador, es que esta vez
no había robado nada. Como siempre, en la estación, se había
encontrado con una antigua amigacha, con la cual entabló una animada
conversación pero, de repente, la amiga salió corriendo y
una señora dando gritos que "le habían robado su maletín",
seguida de un guardia, se abalanzó hasta donde estaba Dinamita,
que entonces se dio cuenta que había un pequeño maletín
a sus pies. Ni para la señora ni para el guardia había dudas
de quien era la culpable, a pesar de las protestas de inocencia de Dinamita...
otra vez en la cárcel.
Era terrible tener que contar lo sucedido
al novio, a quien había prometido no volver a robar. No tardó
mucho en proponerme que, como yo sabía de letras, le escribiera
una carta al chico, que había sido trasladado fuera de Barcelona.
Relaté efectivamente todos los hechos de la mejor manera posible
y más verosímil para demostrar su inocencia, pero Dinamita
no estaba muy contenta con lo escrito y me preguntó si eso de "regenerar"
costaba dinero, a lo cual le contesté afirmativamente: "si dejas
de robar, tendrás que trabajar para ganarte la vida o tu novio te
tendrá que dar dinero para que puedas vivir". La idea le pareció
luminosa y entonces, lo que quería hacer constar en la carta, de
la manera más clara posible, es que estaba dispuesta a todas las
"regeneraciones" habidas y por haber. Quería que yo le expresase
que necesitaba dinero y que se lo mandase rápidamente para iniciar
la “regeneración". La carta resultó al fin a su satisfacción
y fue enviada a su destino.
Pero los acontecimientos se precipitaron;
los fascistas avanzaban y la respuesta no llegaba. Llegó antes el
día en que nos despertaron los primeros cañonazos desde el
Tibidabo. Aquella misma mañana, una comisión de la CNT y
de la FAI se presentó en la cárcel para que se pusiesen en
libertad a todas las presas cenetistas. Con asombro supimos entonces que
unas 60 "fachas" eran poseedoras del carnet, mientras que las únicas
verdaderas “rojas" encarceladas, tuvimos que ser avaladas por