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FUNDACIÓNANDREU NIN |
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Ha pasado ya tanto tiempo desde aquellos
años, tan tristes y desesperados, en que te debatías con
el destino doloroso de tu hijo; días sin descanso físico
ni moral, en los que te veía consumirte y me sentía impotente
para poder prestarte ayuda.
Todas las noches te llamaba por teléfono,
con el único fin de distraerte con mi charla, contándote
mil historias de mi vida para hacerte olvidar momentáneamente tu
drama.
Tú me instabas siempre para que
escribiera todo aquello, pero yo no lo hice nunca y, como te lo prometí,
lo hago ahora ya medio ciega y con "los pies en el estribo".
Estos recuerdos son todos vividos o
sentidos; mi vida no ha sido realmente trágica. Ha estado llena
de las actividades más diversas, de trabajos de toda clase, de situaciones
buenas y malas, de momentos difíciles que parecían no tener
solución; apasionantes, exultantes, de pobreza a veces y también
de persecución y cárcel. Una vida un poco fuera de lo corriente,
pero llena de todos los sentimientos que puede experimentar un ser humano.
Hermosa pues, hasta el punto de que la volvería a vivir sin cambiar
nada.
Hoy, ya en la senectud, cuando
el porvenir se queda reducido a lo más mínimo y el presente
apenas se vive a causa del desgaste normal del cuerpo y de la mente, el
pasado adquiere toda la preponderancia y yo, como todos los viejos, me
recreo en él. De ese pasado nacen estos cuentos, hechos reales que
se recuerdan ahora placidamente, sin los sentimientos alegres, tristes
o agobiantes que los acompañaban entonces.
Porque no lloras ahora como lloraste entonces,
ni los gozas como los gozabas, ni sufres como sufriste. En realidad son
relatos del pasado, y por lo tanto cuentos.
Todos esos recuerdos son para mí visuales;
los veo llenos de color, unas veces con tonalidades intensas, pálidos
otras sin duda debido a la emoción del momento.
Niñez y adolescencia felices: entonces
no tienes presente, pero en cambio el futuro es inmenso, porque te espera
toda una vida. Recuerdo la ansiedad con que deseaba tener veinte años.
Llegas a la juventud y entonces sólo tienes presente, un presente
tan intenso que te envuelve de tal manera que no puedes pensar en el porvenir.
Vives.
Cuando vas llegando a la madurez, tu vida tiene
ya un sentido. Has llegado a saber verdaderamente lo que quieres: tienes
un ideal, algo a lo que consagrar tu existencia, algo por lo que luchar.
Metida en el engranaje, sabes que estás trabajando por un futuro
más bello. Y ya en la vejez, con la senectud que te acecha, te vuelves
irremisiblemente hacia todo el pasado. Un círculo completo.
Y ahora va de cuentos, Jacqueline.
Las mejores biografías son sin duda
las de los especialistas o historiadores puesto que las basan en hechos
reales y concretos: lugar de nacimiento, ambiente familiar, educación,
etc. Toda una serie de datos que llegan a construir la vida y la obra del
biografiado. El problema es completamente diferente en una autobiografía
en la cual el sujeto de la misma puede manipular circunstancias o hechos
que no quiere recordar o que considere dañinos para sus estampas
públicas. Hay rincones del ser que son inviolables.
Al intentar hacer la mía, procuraré ser
fiel a los hechos reales y lo más sincera posible en cuanto a los
móviles internos. Y antes de entrar en materia, me gustaría
destacar que todo cuanto he vivido ha respondido a la expresión
"yo y mis circunstancias". Hay seres que desde muy pequeños sienten
una vocación determinada, algunas veces tardía pero que siempre
constituye el eje de sus vidas. Esto jamás se dio en mí,
las "circunstancias" han sido en todo momento, casi sin darme cuenta, las
que han guiado mis pasos como respondiendo un poco a los versos de Manuel
Machado:
"Que las olas me traigan y las olas me lleven
pero que nunca me obliguen
el camino a elegir".
Y mi primera "circunstancia" es la de
mis antepasados. Sin ir muy lejos en la historia me referiré únicamente
a mis abuelos, de procedencia valenciana, catalana, manchega y madrileña.
Don Jaime Banús y Castells, mi abuelo materno, nació en Reus,
hijo mayor de los seis de un padre obrero, herrero de profesión.
Destacó desde muy niño en la escuela por su inteligencia
hasta el punto de que el Ayuntamiento de Reus le pagó los estudios
del bachillerato, terminados los cuales se trasladó a Madrid con
una beca del mismo Ayuntamiento. En Madrid se había abierto una
escuela en la que se entraba por oposición, que preparaba a futuros
profesores para los institutos que se iban creando por toda España.
Mi abuelo ganó las oposiciones y al cabo de no sé cuanto
tiempo salió con el título de profesor de física y
química con destino a Valencia.
Debido a sus ideas liberales (fue amigo de
infancia de Prim, que también era de Reus), había mantenido
amistad con uno de los impresores y libreros más importantes de
la capital, que fue detenido y encarcelado por imprimir pasquines y panfletos
contra los absolutistas. Cuando fue condenado el librero Martínez
(no recuerdo su segundo apellido), fue además desposeído
de todo lo que tenía, y en consecuencia dejó en la miseria
a su mujer y a una niña de quince años con la cual se casó
mi abuelo. El bisabuelo Martínez, murió en el presidio mayor
de Orán.
Don Jaime Banús, ya catedrático,
pagó la carrera a sus hermanos y a dos hermanas. Llegó a
ser director del Instituto de Valencia durante casi cincuenta años.
Debió ser un profesor magnífico: de jovencita pude hablar
con viejos alumnos suyos que decían que la suya "era la única
clase en la que comprendíamos de qué se estaba hablando".
Se destacó por no querer imponer a sus alumnos libros de texto y
solamente recomendaba algunos manuales de otros profesores. Como hombre
de ideas liberales, era masón y yo he visto (no sé a donde
habrá ido a parar) el pergamino con su título de una logia
escocesa. Mantenía a raya a los jesuitas que pretendían inmiscuirse
en los asuntos del Instituto. En los últimos años de su vida
mantuvo contacto diario, en discusiones nocturnas, con el que llego sería
el célebre doctor Simarro y es de éste de quien he recogido
anécdotas íntimas de la vida de mi abuelo. Muchas veces,
en casa de Simarro, cuando yo tenía siete u ocho años, le
oía decir:
-“Don Jaime Banús, una de las inteligencias
más claras que he conocido en mi vida"; y luego, dirigiéndose
a mí, decía a los contertulios:
-“El abuelo de María Teresa". Yo era una
cría y aquello me llenaba de orgullo.
De la estampa física de este abuelo sólo
conservo una bastante difusa: un señor alto, delgado, distinguido,
con sombrero de copa. Murió cuando ya estábamos en Madrid.
De aquella niña de quince años que
fue su mujer, la abuela Eugenia, con la que tuvo cuatro hijas, mis recuerdos
son de cuando ya era viuda. Sé había convertido en una digna
señora de la clase media española, apegada a los prejuicios
corrientes, y sus relaciones conmigo no eran precisamente de cariño
de abuela sino más bien de continuos consejos y advertencias sobre
mis deberes de niña. Lo único que yo admiraba en ella eran
los dichos, proverbios y refranes con los que salpicaba continuamente su
conversación como buena madrileña. Una hermana de mi madre,
también de nombre Eugenia, casada con el doctor Sanchís Bergón,
que fue durante muchos años alcalde de Valencia, fueron los padres
de José Sanchís Banús, que llegó a ser uno
de los mejores psiquiatras de España, además de diputado
socialista, muerto tempranamente y padre de José Sanchís
Banús, poeta, escritor y catedrático de la Sorbonne de Paris,
y último que llevará el apellido Banús por ser su
descendencia femenina. Nunca supe nada de lo que fue de los hermanos de
mi abuelo Jaime.
Los abuelos paternos influyeron muchísimo
más en mi vida. Don Antonio García Peris cuyos orígenes
familiares desconozco fue en su juventud obrero escenógrafo en la
Ópera de Valencia. Ignoro como llegó a interesarse por la
fotografía pero lo cierto es que llegó a ser el mejor fotógrafo
de Valencia. Como poseía un espíritu lleno de curiosidad
por todo lo nuevo, imbuido de un modernismo enorme, la novedad del invento
fotográfico debió apasionarle. Empezó en una especie
de jardín abandonado, llamado "el huerto de los sastres", donde
había un gran barracón de madera en el cual podían
hacerse fotos de coches y caballos. Tuvo un éxito enorme. Toda Valencia
y la huerta quería tener fotografías de los suyos. Debió
ganar mucho dinero y cuando mi padre era todavía un pequeño,
compró un gran solar en la plaza de San Francisco, en el mismo centro
de Valencia, y construyó una casa de pisos de alquiler instalando
en el último la fotografía, que yo conocí desde que
empecé a corretear sola. Era enorme, con estudios para fotografiar
con luz natural, pero además con laboratorios, porque entonces se
preparaban las placas, el papel, los cartones y todo lo necesario para
la marcha del negocio. Más adelante, mi abuelo fue el primero en
retratar con luz artificial. Era un verdadero artista y obtuvo varios premios
internacionales.
Todo lo nuevo le cautivaba. Fue uno de los
primeros que instalaron la luz eléctrica, retretes inodoros, cuartos
de baño, neveras y otras comodidades que nadie tenía en Valencia.
La que más llamaba la atención era un vertedero de basuras
domésticas construido en el cuarto lavadero con un amplio tubo que
descendía hasta el suelo, una pequeña puerta que daba a la
calle, cerrada con llave en manos del basurero, permitía a éste
sacar las basuras directamente. Igualmente, la suya fue una de las primeras
casas en Valencia que tuvo ascensor. Pero a pesar de esa mentalidad tan
moderna y emprendedora era, por otra parte, un jefe de clan, de una tribu
que tenía bajo su báculo, a todos los miembros de la familia,
y en realidad vigilaba estrechamente la conducta de todos los suyos.
Por otra parte, era un gran amante de
las artes, sus amigos eran todos los pintores y artistas de la época.
Los muros del comedor estaban pintados por sus amigos lo mismo que el techo
del salón. Fue el gran mecenas de Sorolla, llevado a casa por mi
padre pues eran condiscípulos de la Escuela de Artes y Oficios.
Le ofreció -para que no vendiese malamente lo que pintaba- un estudio
en la fotografía y le señaló una pensión. Más
tarde, Sorolla se casaría con una de sus hijas. Ocuparía
muchas páginas el relatar nuestras vidas bajo este jefe tan clarividente.
Hoy día creo que hizo daño a mi padre al no permitirle ser
concertista de piano que era su gran vocación. En cambio, su conducta
con respecto a mí fue muy diferente: fue el único apoyo que
tuve cuando quise marchar a los Estados Unidos, viaje que era considerado
por toda la familia como una aventura nefasta para una muchacha. A mi carta
pidiéndole apoyo me contestó:
-Tengo plena confianza en ti. Ver otros mundos
te enriquecerá mentalmente. No permitiré que pierdas esa
ocasión que tanto puede ayudarte en tu educación.
De este gran abuelo podría contar muchos
hechos poco corrientes pero hasta su muerte fue siempre un hombre modernísimo
y un jefe de clan. Falleció poco antes de embarcar yo para Estados
Unidos.
Mi abuela materna, Clotilde del Castillo, fue sin
duda el ser más querido, casi idolatrado por mí. Nos parecíamos
mucho físicamente y bastante en el carácter. Toda mi alegría
y optimismo son herencia de mi abuela, pero creo que sus demás virtudes
no llegué nunca a igualarla: bondad, rectitud, comprensión
para los demás, sacrificio por todos los suyos, solidaridad con
quienes necesitaban algo y silencio ante aquellas cosas que no debían
decirse. No permitía la maledicencia delante de ella: "lo has visto
-decía- si no lo has visto no lo digas". No admitía tampoco
la mentira, las monedas falsas -y entonces había muchas- las tiraba
al retrete.
[Manuscrito: Mi familia se trasladó
a Madrid en octubre de 1899, y se instaló en la calle Juan de Mena,
frente a frente de la Bolsa. Recuerdos de infancia en mis hermanos, una
vida en [...] no desarrollada. La primera desilusión sobre los Reyes
Magos. Sin dormir, acechando vi como Simarro y su mujer entonces
en vida, colocaban los juguetes en la chimenea. La vida de una niñita
que empieza a darse cuenta de las cosas].
No sé a quien se le ocurrió
el apelativo, pero es cierto que aquel pichoncito blanco que nos trajo
la asistenta para hacer un apetitoso plato a mi padre, convaleciente de
una gripe, nos cautivó al instante y decidimos que tenía
que vivir. La causa del propuesto holocausto era que tenía un ala
rota y no podía vivir en el palomar sin ser atacado por los otros
pichones. Julia, que entonces tenía dieciséis años,
se comprometió a darle de comer pico a pico, pues aún no
comía solo, y Picolindo se convirtió poco a poco en un precioso
palomo que acaparó todo nuestro afecto. Al principio, la cocina
y la galería cubierta, que daba a un enorme patio lo mismo que todas
las habitaciones interiores de la casa, se convirtió en su campo
de acción. En cuanto salía el sol, iba a la galería,
donde Julia le ponía una palangana con agua, que Picolindo picoteaba
hasta que el sol la calentaba a una temperatura agradable, para darse un
largo y cuidadoso baño. A medida que fue creciendo fue posesionándose
de toda la casa: a la hora de comer, venía al comedor y se colocaba
en el respaldo de una de las sillas, siempre con la colita hacia afuera,
esperando que le ofreciésemos una golosina de su agrado; por la
noche dormía al borde de la cama de Julia, siempre con la colita
hacia afuera y con un periódico colocado en el suelo para mayor
precaución. Lo único desagradable es que mi madre no consentía
ver ninguna suciedad, pero Julia lo preveía todo y llevaba siempre
unas esponjitas en el bolsillo.
Poco a poco Picolindo nos fue demostrando
toda su "inteligencia"; descubrimos que amaba intensamente la música.
Mi padre, que había querido ser concertista de piano, después
de brillantes estudios en el Conservatorio de Valencia y que no lo fue
por oposición paterna, no podía pasar un día sin tocar
el piano. En aquél momento tenía su piano juvenil de toda
la vida en el estudio donde trabajaba, pero había alquilado otro
para tocar en cualquier momento en la casa donde vivíamos en la
calle Francisco Silvela. Mientras esperaba la comida o la cena, o en cualquier
momento, empezaba el concierto. Apenas se oían las primeras notas,
estuviese donde estuviese, Picolindo corría y el tic-tic de sus
patitas se oía por el pasillo. A veces mi padre le cerraba la puerta
para desencadenar su furia y sus picotazos para entrar.
Una vez en la salita, Picolindo daba
un
salto (lo más que podía saltar era un metro) y se colocaba
al borde del teclado siempre con la colita hacia afuera, y allí
permanecía como en éxtasis mientras mi padre tocaba. Terminado
un trozo y al levantar las manos del teclado, Picolindo se lanzaba sobre
las teclas de un lado para otro. Un día sucedió lo inexplicable.
Como era muy ligero en esos paseos las notas no sonaban pero, una vez sin
saber cómo, empezó a dar saltitos, y ¡las notas sonaron¡
y Picolindo, lanzándose de un lado para otro, empezó un concierto
que produjo en su autor un entusiasmo enorme. Cuando mi padre volvía
a poner las manos en el teclado, Picolindo, agotado por el esfuerzo, se
colocaba en su butaca de escucha y volvía a quedarse en éxtasis.
Orgullosos de tener un palomo pianista, vinieron a casa todos nuestros
amigos para escuchar aquél portento. Picolindo no defraudó
nunca a nadie, como hacen tantos animales domésticos a los que se
enseña a hacer pequeñas habilidades y que se niegan, por
lo general, a hacerlas en público. Picolindo brindaba a todo el
mundo su talento musical.
Aprendió muchas más cosas.
Cuando yo me sentaba a estudiar, se subía a la falda, como si fuera
un nido, hasta el punto que un día sentí una cosa caliente
y, furiosa, lo tiré al suelo: ¡pobre Picolindo¡, no
había hecho mas que ponerme un huevo, con lo que descubrimos que
no era un palomo, sino una paloma.
Pero aún fuimos testigos de otro hecho
verdaderamente extraordinario. Julia salía todas las mañanas
a la compra mientras Picolindo estaba en la galería. Las ventanas
de la escalera daban también al patio y Julia, al marcharse, se
asomaba y le decía adiós cariñosamente. Un día
Picolindo no pudo resistir la tentación de volar hacia ella, pero
su alita rota le traicionó y cayó en la galería del
piso primero. El pobre Picolindo, excitadísimo, pedía ayuda.
Pero los inquilinos del piso estaban de vacaciones y no se podía
entrar en la casa. Únicamente desde el patio, con una gran escalera,
se podría llegar a la galería, pero por el vecindario no
encontramos ninguna bastante alta, ni tampoco ningún joven que pudiera
hacer alguna acrobacia para rescatarlo. Julia le llamaba desde nuestra
galería para consolarle, pero Picolindo se desesperaba.
Había que hacer algo. Entonces Julia,
también desesperada, buscó un cesto al que ató una
larga soga y se disponía a lanzarlo, a pesar de las observaciones
de mi padre, que no creía posible la salvación de esa manera.
Sin hacer caso a nadie, lanzó el cesto mientras hablaba a Picolindo,
indicándole que se metiera en él. Picolindo lo comprendió,
y nada más que llegó el cesto abajo, se metió en él:
su salvadora tiró de la soga y Picolindo volvió al hogar.
El fin de esta extraordinaria historia es triste.
Un día mi madre decidió que no quería más Picolindo
en casa y que la asistenta tendría que llevárselo a su palomar.
Para nosotros y para Julia fue una verdadera tragedia que, aún hoy,
no sé como explicar.
Entre los 7 y 8 años se sitúa
una de las etapas más negras de mis circunstancias. Nos habíamos
mudado a la calle de Valenzuela, donde desde un punto de vista material
mi situación infantil parecía magnífica. Por primera
vez, tenía una habitación para mí sola con una cama
nueva de madera curvada traída de Valencia, una bella colcha blanca
con viso azul, una pequeña cómoda, una mesita y dos
sillas, todo ello exclusivamente para mi uso particular.
Pero mi situación moral era muy
diferente: estaba sola en casa sin mis hermanos, el mayor en el instituto
y los otros dos en la Alianza Francesa, mientras yo recibí; la enseñanza
de la hija de la portera, maestra que me daba lecciones todos los días.
Aprender no aprendí mucho con ella, ya sabía leer y escribir
y en cuanto a lo demás no creo que pasase de las cuatro reglas,
ni siquiera aprendí la tabla de multiplicar, cosa que no he sabido
bien en mi vida. En cambio, sí aprendí a bordar, a hacer
toda clase de encajes. Hice unos visillos de encaje inglés para
mi ventana, un tapetito para la mesita de mi cuarto y no sé cuantas
tonterías más. Por las tardes salía con mi madre a
comprar hilos y lanas para mis labores y luego íbamos a buscar a
mis hermanos a la Alianza Francesa, en la calle San Miguel.
Esa vida debió despertar en mí,
como protesta, sentimientos malignos y aun recuerdo con sonrojo los puntapiés
que le daba a una criadita joven, tímida y sencilla, cuando
me abotonaba las botinas. Pero debía de hacer muchas otras cosas
más, que absolutamente no recuerdo, y que provocaban mis encerronas.
La primera vez que por mis fechorías me encerraron en la despensa
destrocé las tinajas de comestibles y demás cacharros que
allí se guardaban. Ante aquel desastre, los siguientes encierros
los pasé en el inodoro, dando patadas a la puerta hasta que, una
vez calmada, mi madre me ponía otra vez en libertad. Las causas
que motivaban el castigo no las recuerdo, lo único que sí
sé es que mi madre me advertía de cuando en cuando diciéndome:
-Mari, te hace falta el encierro.
A mis hermanos no tuvieron que castigarlos
así nunca. Lo que sí es evidente es que yo no podía
resistir aquella vida casera y con tantos bordaditos y encajitos. Mi padre
debió darse cuenta el primero de que aquello no podía continuar
y que yo tenía que ir a un colegio como todas las niñas del
mundo. Yo no había ido mas que a la escuelita de doña Flora,
una maestra que tenía unas 20 niñas en un bajo de la calle
Alfonso XII, muy cerquita de casa, donde hice palotes y aprendí
a mal leer. Cuando la familia se trasladó a la calle de Cervantes,
asistí a un colegio municipal cuya directora era amiga de la familia,
colegio muy cercano a la casa. De ese colegio sólo recuerdo que
me pasé todo el curso cosiendo a mano unas enaguas, que cogí
algunos piojos, pero donde descubrí por primera vez en mi vida que
cuando leía aquello quería decir algo, cosa que me sorprendió
enormemente pues hasta entonces había leído mecánicamente
sin apercibirme de que aquello tuviera un contenido.
La cuestión del colegio no era tan
fácil. Desde luego, no había que pesar en un colegio de monjas,
lo que hubiera sido facilísimo; podía ir a la Alianza Francesa
para niñas, pero el edificio estaba situado en la calle Mayor, casi
esquina a la Puerta del Sol, y no tenía ni siquiera un patio para
jugar. Fue el doctor Simarro, como siempre, quien encontró la solución:
sabía que una hija de don Ignacio Bolívar, director del museo
de Historia Natural, iba a una escuela norteamericana. Nos dieron la dirección
y así entré en el colegio y luego instituto internacional
donde me formé realmente y que constituyó mi vida hasta los
18 años como una de las circunstancias más bellas de mi existencia.
Los edificios escolares estaban situados en la calle Fortuny, en el catorce,
en el veinte y en el cinco, número este último que aun existe
tal y como estaba con su gran jardín.
La mayoría de las alumnas eran internas
y protestantes, procedentes de Andalucía, donde núcleos de
ingenieros ingleses habían trabajado en minas y ferrocarriles y
habían oreado misiones protestantes. Sin embargo, había otras
internas que no procedían de esos medios y en cuanto las externas
éramos todas de familias liberales o de la Institución. Fue
un nuevo mundo el que se abrió ante mí: de camaradería,
de cultura, de intereses intelectuales y de actividades artísticas
de todo género. Como estudios se hacía el bachillerato y
la Escuela Normal de maestras. Yo empecé enseguida como bachillerato.
Se estaba terminando la construcción del gran edificio de Miguel
Angel 8, que aun existe hoy día como Instituto Internacional después
de haber pasado algunos años como instituto escuela, El Instituto
Internacional fue sin duda el centro cultural para la mujer más
importante de aquellos tiempos; los estudiantes participábamos en
todo el movimiento intelectual y artístico; se daban conferencias
por las personalidades más destacadas del momento; se hacían
grandes festejos, funciones de teatro... Es decir, se vivía en un
amplio mundo.
De allí salió también
el germen de lo que sería después la Residencia de Señoritas,
muchachas de provincias que estaban cursando en universidades o escuelas
especiales venían a vivir a Miguel Ángel, donde ya no se
daban clases, y formaban parte de nuestra comunidad estudiantil. Cuando
yo salí del Instituto Internacional, al ir a convertirse en instituto-escuela,
había cursado en la universidad el preparatorio de Ciencias, no
estoy muy segura de que por una predilección especial por esas materias,
sino porque seguía como siempre el mimetismo de mis dos hermanos
"sabios" especializados en las Ciencias. Hoy día, cuando paso por
el Instituto Internacional de Miguel Ángel 8 no me atrevo ni a entrar;
desde fuera miro las ventanas y veo donde estaba la biblioteca, la sala
de estudios, los laboratorios..., pero no he pisado más sus puertas
ante el dolor de algo tan querido y perdido.
Al abandonar el Instituto Internacional, una
vez más, mis "circunstancias” cambiaron el curso de mi vida. Me
encontraba con un preparatorio de Ciencias aprobado -por libre-, y ahora
había que decidir que camino elegir. Podía ir a la
Facultad de Medicina pero siempre me horrorizó el dolor y la sangre;
había el recurso de un título de Farmacia, algo que no me
atraía; o bien la carrera de Física y Química. Partidos
mis hermanos del hogar, creo que perdí aquel mimetismo de seguir
sus pasos en carreras científicas y que mis afinidades con el mundo
científico no habían sido más que un dejarse ir dentro
del marco familiar y esa desorientación motivó otro cambio
de mi "yo y mis circunstancias".
Mi padre aprovechó el momento para
hacerme ver todas las disposiciones artísticas que yo había
manifestado y me propuso trabajar con él para llegar a ser una miniaturista
o esmaltista. Mi vida cambió por completo: mañana y tarde
iba con mi padre a su estudio y allí me pasaba las horas dibujando,
pintado e iniciándome en la preparación de los esmaltes.
Al caer la tarde, siempre con mi padre, después de una merienda
juntos, nos íbamos a la escuela de Artes Gráficas donde mi
padre daba un curso de fotografía y yo me matriculé en la
clase de grabado sobre metales. Al poco tiempo, manejaba el buril con bastante
destreza. No es que todo aquello me desagradase; al contrario, me entregué
con pasión a todas las tareas como siempre me ha sucedido con todo
lo que he hecho en mi vida. Sólo veía los domingos a mis
amigas y compañeras del Instituto Internacional y en el fondo añoraba
aquel pasado. Sabia que con mi nuevo aprendizaje tendría un porvenir;
no lo dudaba pero, a pesar de todo el profundo cariño que tuve siempre
por mi padre, era demasiado padre aquella convivencia. Así hubieran
continuado las cosas sin duda pero un nuevo "mis circunstancias" terminó
con ese período.
Creo que fue en el mes de mayo cuando recibí
una carta de la que había sido durante mucho tiempo directora del
Instituto Internacional en la que me ofrecía un puesto de "assistant"
de español en Vassar College, uno de los "college" más importantes
de los Estados Unidos.
4. Mis peripecias en los Estados Unidos
Aquello me pareció maravilloso y manifesté
sin vacilaciones mi voluntad de partir. Mi padre estaba en contra, pensando
sin duda en los peligros que podría correr más que en el
hecho de perder mi compañía. Y en cambio yo no pensé
ni por un momento en el dolor de mi padre que se había hecho tantas
ilusiones de conservarme más o menos a su lado. La oposición
familiar fue igualmente enorme y hasta hubo una tía que escribió
a mi padre pidiéndole que no me dejara partir para ir a prostituirme.
Pero yo tuve dos apoyos: el de mi abuelo Antonio García, jefe del
clan familiar a quien escribí y quien de acuerdo con su mentalidad
moderna, aprobó el viaje añadiendo que mi padre no tenía
ningún derecho a impedirme ver nuevas tierras y nuevas civilizaciones,
y en ese sentido le escribió una carta. Mi otro sostén fue,
como siempre, el doctor Simarro quien decía a mi padre:
- ¡García, no sea usted retrógrado¡.
Además puso en movimiento a sus
muchas relaciones y me consiguió un pasaje gratis en la Trasatlántica
Española e incluso una recomendación para el capitán
del barco, con lo cual la navegación fue para mí un gran
festejo. El viaje se retrasó más de lo debido a causa de
la epidemia de gripe española que se desencadenó en Valencia,
donde iba a embarcar, y que me afectó. Estuve al borde de la muerte,
de tal forma que sólo pude partir para los Estados Unidos a fines
de diciembre.
La llegada al puerto de Nueva York es
algo deslumbrante. La estatua de la libertad, la línea de los muelles
con aquel fondo inmenso de rascacielos. Llegas a un mundo nuevo y desconocido.
En compañía de mi hermano Mario (ya por entonces era profesor
de Biología en la universidad de Yale) y su mujer, pasé casi
una semana en Nueva York. Y de aquellos días puedo precisar
poco porque me invadía una especie de aturdimiento ante tantas cosas
diferentes y nuevas. Fue posteriormente, en mi estancia de vacaciones en
Nueva York cuando verdaderamente pude captar la realidad de aquella inmensa
ciudad, donde cuando empiezas a conocerla te sientes más o menos
una pequeña hormiga.
La llegada a Vassar fue igualmente impresionante
para mí y tardé unos días en calmar mis ansiedades.
Porque Vassar es un gran pueblo en medio de la naturaleza, con prados,
jardines y árboles centenarios. En aquel entonces sólo había
muchachas: unas 2.000 estudiantes. En el “campus” se levantaba posiblemente
una veintena de edificios. La entrada principal, edificio en el que estaba
instalada la enorme biblioteca, un museo de pintura con obras originales
y copias de los cuadros más bellos del mundo, y los talleres de
arte, de dibujo y pintura. Al fondo, el edificio principal y más
antiguo cuna de Vassar en donde estaban instaladas las oficinas, la central
de Correos y Telégrafos, salones y departamentos para invitados,
y finalmente algunos dormitorios para las alumnas. Formando una especie
de rectángulo, se alzaban en medio del césped y los árboles,
cuatro edificios-dormitorios, dos de cada lado, del rectángulo cerrado
al norte por otro con una gran torre, también dormitorio, mientras
que en el lado sur se alzaban los edificios para la enseñanza. Creo
que eran cuatro, para enseñanzas literarias, idiomas, ciencias y
laboratorio. Fuera de esta especie de rectángulo, y en diversas
direcciones, se alzaban principalmente, por un lado, el edificio de las
alumnas, administrado en todas sus actividades por las propias muchachas.
Tenían un gran teatro y alrededor de las oficinas para las sociedades
de todo género. El sótano era un rastrillo de compra y venta
de los muebles y objetos que las alumnas que partían y dejaban para
su venta. No muy lejos, se alzaba la Enfermería, un edificio de
tres plantas, e igualmente el Observatorio.
[Parte tachada: Por otro lado, hacia
el sur, el Conservatorio de música y otro gran teatro. Hacia el
norte estaba en gimnasio que tenía incluso piscina para concursos
de natación, en el “campus” había también varias pistas
para carreras y otros deportes. Luego, naturalmente, las construcciones
para la calefacción y demás servicios de funcionamiento.
En el “campus” había dos lagos con pequeñas canoas; los lagos
se helaban en invierno y servían de pista para los concursos de
patinaje. Delante de uno de estos lagos se alzaba el teatro al aire libre,
con un fondo de enormes olmos, su fosa para la orquesta y un círculo
inclinado de césped donde se colocaban los asientos para el público.
Había además una capilla en uno de los extremos sur, y también
el chalet del presidente de Vassar].
Después de aquella admiración "paleta"
ante la grandiosidad del “campus” de Vassar, mi integración a las
actividades culturales fue facilísima y rápida. Allí
estaba de profesora de español una antigua amiga del Instituto Internacional,
norteamericana, que había estado dos años en Madrid, y la
reanudación de nuestra vieja amistad fue instantánea. Estaba
también una joven puertorriqueña que había ocupado
mi puesto ante mi tardanza en llegar a los Estados Unidos. Al llegar yo,
Vassar le ofreció seguir los estudios con una beca gratuita. a cambio
de dar algunas clases. Amelia Agostini fue de inmediato mi amiga y esta
amistad ha durado toda mi vida. Amelia siguió una carrera intelectual
y por casualidades del destino contrajo matrimonio con Ángel del
Río, íntimo amigo de Andrade.
La "jefa', hispanista y dotada de un espíritu
de gran sensibilidad, era más bien una especie de madre que nos
protegía y que me adoptó con grandes preferencias en cuanto
nos conocimos. En estas condiciones, mi vida de trabajo en Vassar era fácil,
sobre todo si se tiene en cuenta la pasión con que me he entregada
a todo cuanto hacia. En los años que estuve allí hice de
todo: organicé fiestas españolas, teatros, bailes y toda
clase de actividades. Hacía los trajes necesarios para las representaciones,
los sombreros y hasta parte del decorado, por lo menos las maquetas. Llegué
a ser bastante popular; en cierto modo, algunas veces, hasta en sentido
negativo puesto que, conservando mi espíritu independiente y crítico,
mis acciones a veces no correspondían a las rituales de un miembro
de la "Faculty". Extrañaba un poco que aquella muchacha procedente
de un país atrasado de un mundo anticuado pudiera tener osadías.
Por aquel tiempo las mujeres tenían el pelo largo y la nueva moda
era la melena y el pelo corto; sólo algunas de las alumnas más
modernas empezaron a seguir el nuevo estilo.
En unas vacaciones de Navidad me corté
el pelo y, naturalmente, tuve que escribir a la "jefa'" si tenía
que volver o no; me contestó que sería siempre bien recibida.
Esto no quiere decir que la mayoría del profesorado no criticase
mi acción.
Una característica de la enseñanza
en América -en todos los grados- es la ley de la oferta y la demanda.
Valen los títulos pero mucho más valen los trabajos y las
actividades de un profesor. Yo pasé por una modesta prueba: un día
una alumna me presentó a su padre, quien me ofreció un puesto
en una "high School" de una localidad cercana a Nueva York, de dónde
era director. Me ofrecía casi el doble de lo que yo recibía
en Vassar. Le dije que lo pensaría y expuse el caso a nuestra angelical
"jefa". Esta inmediatamente planteó la cuestión ante el director
de Vassar y como consecuencia de todo esto, para que no me fuera, me aumentaron
el sueldo de una manera sustancial.
Otra experiencia curiosa fue la escuela
de verano donde trabajé durante mis primeras vacaciones en los Estados
Unidos. Como consecuencia de la guerra se había suprimido el estudio
del alemán de todas las organizaciones escolares de los Estados
Unidos, lo que hacía que miles de profesores se quedaran en la calle;
el alemán era sustituido por el español. En esta escuela,
al norte de los Estados Unidos, donde pude contemplar la belleza de auroras
boreales, profesores de alemán se entregaban a cursos intensivos
para poder ocupar puestos de profesores de español. Trabajaban con
enorme afán y pude hacer con ellos grandes amistades y, como siempre,
me entregué con pasión: hicimos teatro, baile y reuniones
poéticas. Fue una gran experiencia. Pero otra vez mis “circunstancias"
determinaron un nuevo cambio de existencia.
Ante mis actividades seudoartísticas,
me impulsaron a que asistiese a la clase de pintura y dibujo, y todos los
sábados por la mañana los pasaba en el estudio, pintando
y dibujando. Al poco tiempo ya estaba próximo el fin de curso. El
profesor me dijo que debía dejar la enseñanza y dedicarme
a las artes decorativas. Me ofreció hacer lo necesario para que
me dieran una beca y poder ir al mejor instituto de artes decorativas de
los Estados Unidos, instalado en Pittsburg. Me entusiasmó la idea,
acepté y, con gran sentimiento de mis camaradas y amigas de Vassar,
presenté la dimisión. Como no tendría la respuesta
a mi demanda hasta primeros de septiembre, decidí volver a España.
Al despedirme de Vassar, en espera de la beca
que había solicitado para el Instituto de Artes Decorativas de Pittsburg,
embarqué para Europa, dónde me reuní con mi familia
en Ginebra. Mi hermano menor trabajaba entonces allí en una institución
internacional de investigaciones biológicas y mis padres acudieron
también para pasar el verano juntos.
Aproveché el tiempo de las vacaciones para
asistir a unos cursos de verano de literatura francesa. Llegó la
hora del regreso y como no tenía ninguna noticia de América,
decidí volver a Madrid con mis padres, dónde nuevas ”circunstancias"
hicieron que mi vida cambiase otra vez de rumbo.
El regreso fue grato, pues me encontraba con
viejas amigas del Instituto Internacional y sobre todo con Teresa, con
la cual había pasado siempre las vacaciones en Nueva York, pues
ella trabajaba también entonces en los Estados Unidos. Yo había
decidido, en espera de la susodicha beca, aprovechar para obtener una licenciatura
universitaria. Me decidí por la sección que entonces se llamaba
Filosofía y Letras, de cuatro años de duración, más
el doctorado, que yo me propuse hacer en dos años, cursando
por libre.
Mi paso por la Universidad fue de lo más
fructuoso en cuanto a relaciones humanas. Aunque nunca fui una estudiante
modelo, intervenía en todas cuantas discusiones o conflictos surgían
en el ambiente universitario: peleas entre grupos estudiantiles, intervenciones
más o menos justas con los profesores... Creo que desde siempre
tuve un espíritu rebelde inconsciente. De chiquitina, cuando empezaba
a andar, no consentía que me dieran la mano, diciendo:
-Yo tola.
Y este espíritu fue el que me hizo inclinarme
igualmente con simpatía hacia todo aquello que de algún modo
u otro suponían una rebelión. Viví intensamente la
Semana Trágica de Barcelona (creo que fue en 1909) y el consiguiente
proceso y fusilamiento de Ferrer. Este hecho, agudizado todavía
más por las relaciones de siempre con el doctor Simarro, que ofreció
una conferencia en el Ateneo a favor de Ferrer y escribió un libro
para demostrar la monstruosidad de la acusación y fusilamiento.
Igualmente, viví intensamente las huelgas de 1917 y el procesamiento
y condena de todos los dirigentes socialistas. A mi regreso de los Estados
Unidos, seguí con pasión las sesiones del Congreso, en donde
se debatía la culpabilidad de Alfonso XIII en los desastres de la
Annual durante la guerra en África, y asistí a la última
sesión, en la que Indalecio Prieto condenó al rey como el
último descendiente de una raza de reyes felones y espurios.
Recuerdo también otro célebre
proceso, en Valencia, en el que se condenaba a un campesino -no recuerdo
porqué, posiblemente por la muerte de un patrono- a favor del cual
se movilizaron todos los intelectuales y políticos de izquierda
del momento. Creo que fue el proceso de "el chato de Cuqueta". Sentí
simpatía por Nakens, complicado y acusado de complicidad con Morral,
el anarquista que tiró la bomba a los reyes en la calle Mayor
el día de la boda de Alfonso XIII. Lo más curioso de esta
rebeldía por mi parte es que entonces yo no me había planteado
todavía la cuestión de un ideario social o político,
que sólo adquirí bastante después. Pero creo que este
instinto de rebeldía e independencia fue el que determinó
en gran parte mi actuación futura.
Mi primer interés por el movimiento
socialista estuvo motivado por un hecho luctuoso: se había celebrado
un congreso de los sindicatos de la UGT al cual habían acudido los
comunistas, partido casi recién creado, con delegados, ya que habían
conseguido en poco tiempo la dirección de varios sindicatos ugetistas.
Los militantes comunistas no delegados formaban un bloque en las tribunas
dispuestos a apoyar con pasión a sus representantes en la sala.
Se produjeron muchos incidentes y, en uno de ellos, un comunista (más
tarde supe que era el guardaespaldas de Pérez Solís) sacó
una pistola y mató a un obrero ugetista muy conocido y apreciado.
La confusión fue enorme y los
comunistas fueron perseguidos hasta ser arrojados del local. Jamás
se había dado en España un hecho tan Iuctuoso. Yo, que me
enteré de lo sucedido, asistí llena de curiosidad al inmenso
entierro que desfiló calle de Alcalá arriba hasta el cementerio.
Recuerdo haber visto a Besteiro, subido en el coche fúnebre, enardeciendo
a las multitudes contra los comunistas, a los que acusaba de toda clase
de delitos.
Sin saber absolutamente nada de los comunistas por
aquel entonces, aquellas maldiciones y acusaciones me hicieron interesarme
por los acusados. No conocía a nadie que estuviese en contacto con
alguno de ese partido pero me interesé de tal manera que leí
El
Manifiesto Comunista y compré algún periódico.
Más tarde, en el Ateneo, conocería al primer comunista de
mi existencia: Juan Andrade. Y nuevamente las “circunstancias" hicieron
que cambiase el rumbo de mi vida.
Una tarde de la primavera del 24, sentada
en la biblioteca, vi entrar a un joven a quien todos los que encontraba
a su paso saludaban y abrazaban con alegría. Me llamó inmediatamente
la atención la intensidad de unos ojos azules que expresaban simpatía.
Pregunté quien era, me dijeron su nombre y acuciada por mi interés
en conocerle, logré que amigos comunes nos pusieron en contacto.
Andrade acababa de salir de la cárcel, donde había pasado
varios meses. Pronto se estableció entre nosotros un sentimiento
de amistad, bastante lento debido a la timidez casi enfermiza de Andrade.
Gracias a los amigos comunes, empezamos
a relacionarnos más y yo le ofrecí mi ayuda, que aceptó,
en relación a unas traducciones y redacción de artículos.
No tardé mucho en dejar mi sillón en la gran biblioteca para
ocupar una butaca a su lado en la primera sala de las nuevas bibliotecas,
más tranquilas, que era donde Andrade trabajaba. Prácticamente
dejé los estudios de preparación de oposiciones y me dediqué,
a su lado, a ayudarle en todos los trabajos. Por aquel entonces, Andrade
era director de La Antorcha, el órgano del partido comunista
que Primo de Rivera no prohibió porque indudablemente le servía
como base para controlar más o menos la localización de los
militantes, aunque sometiese el periódico a una estricta censura.
Juan hacía el periódico en el Ateneo, el chico de la imprenta
venía a buscar las galeradas para llevarlas a la censura y había
veces que volvía con casi medio periódico censurado. Como
no se permitía la publicación de blancos había que
rehacer rápidamente todo lo censurado y volver a empezar, mientras
el Comité Ejecutivo, con Bullejos a la cabeza, daba órdenes
tajantes e impositivas desde París y esta situación duró
hasta 1926, cuando Andrade fue destituido de la dirección y expulsado
del partido.
Durante este tiempo nuestra amistad
se había convertido en amor y pasión, lo que ayudó
a Andrade a soportar la miseria de su destitución y encontrar una
nueva solución a su existencia. Los meses que siguieron fueron muy
duros. Yo había dejado todos mis estudios y me dedicaba a dar clases
a amigas americanas que venían a Madrid; también traducíamos
toda clase de artículos de física, química, astrología
o lo que fuera, que se publicaban en la revista Alrededor del mundo y por
los cuales daban cinco pesetas a pesar de que tenían cuatro o cinco
columnas de apretada letra, con lo cual Andrade podía llevar a su
casa algunos duros con que contener el hambre. Cuántas veces nos
reímos después de todos los disparates que debimos traducir
con aquellos temas tan lejos de nuestras experiencias. Pero pronto
llegó un nuevo cambio en el curso de “mis circunstancias”.
El período de clases para ganar algunos
cuartos, y de traducciones, iba a terminar. Nuevamente, el "yo y mis circunstancias"
me llevarían, por un lado a una nueva profesión y por otro
a un nuevo concepto de la vida. La vida de Juan iba igualmente a cambiar
pero en realidad no entro en pormenores sobre el sentido de esta
cambio. Lo fundamental fue que desde entonces su vida y la mía iban
a estar ligadas para siempre jamás. Las relaciones de Andrade por
alrededor del mundo le valieron la entrada en el diario El Sol,
el más prestigioso de la época. En cuanto a mí, gracias
a mis conocimientos de inglés y francés, comencé a
trabajar en un nuevo oficio: redactora de noticias procedentes del extranjero
en empresas internacionales. Como siempre, me entregué con pasión
en el nuevo trabajo desde 1928, pasando por Internews, Associated Press
en la Agencia Fabra de noticias y la United Press, puesto que dejé
en 1936 para consagrarme completamente a la actividad política revolucionaria.
Ante las nuevas perspectivas favorables de
trabajo, decidimos casarnos civilmente en marzo de 1929. Ya próxima
nuestra unión legal, al volver a casa, no sé por qué,
Andrade se sentía profundamente triste. De una ventana se veía
una lámpara con una alegre pantalla verde que alumbraba una mesa
rodeada de una familia en discusiones amistosas. Para alegrarle le dije:
-Mira, la felicidad del hogar.
La reacción de Juan fue violenta:
-Yo no sé lo que es un hogar, ni siquiera lo que
es una casa. No he tenido nunca más que una cama estrecha y corta
donde dormir encogido o el camastro de la cárcel. Jamás he
tenido una mesa donde pudiera colocar mis papeles para escribir, ni una
estantería donde poner mis libros. Locales de partido o encierros
carcelarios.
No supe qué decir, pero al cabo de un momento
le contesté:
-Yo te prometo que tendrás uno por donde
quiera que nos lleve el destino e incluso con un gato, símbolo del
hogar.
[Fragmento tachado: Y esta promesa
creo que la cumplí en el transcurso de nuestra larga existencia
juntos, en condiciones más o menos buenas o adversas. Durante el
período en que trabajé como redactora de noticias, llevamos
una vida bastante intensa de trabajo. Fue el período para Andrade
de creación de la editorial Cenit, de constitución de la
Izquierda Comunista, de intenso trabajo político y de algunos cortos
períodos carcelarios].
6. Morito o el bandido de la calle Luchana
Cuando nos lo trajeron, tendría
aproximadamente dos meses. No era un gatito de esos de carita redonda y
ojos dulces: toda su figura anunciaba ya lo que iba a ser.
Negro como el carbón, de pelo corto
y liso; morro puntiagudo, con unos enormes ojos amarillo-verdosos y orejas
también puntiagudas. Patas finas y altas, una larga cola, con movimientos
ondulantes y nerviosos y un cuerpo fino y también alargado. Inmediatamente
se posesionó de nosotros y de la casa y, poco a poco, fue demostrándonos
toda su inteligencia. Era travieso y estaba siempre en movimiento; fueron
pocas las veces que le vi dormir profundamente. Cuando le regañaba
por alguna fechoría me miraba y parecía decirme: "yo sé
lo que piensas tú, pero tú no sabes lo que pienso yo".
Teníamos una azotea que daba a la calle Luchana,
que por un lado se podía saltar a otras azoteas, probablemente hacia
dos casas más y por el otro lado, el pequeño muro daba a
los tejados de la calle Eguilaz. Este fue inmediatamente su campo de acción
en una u otra dirección. No tardamos en descubrir que era un ladrón
nato: todo cuanto encontraba en sus búsquedas nos lo traía
a casa, no para comérselo en el caso de que fuera comestible, sino
simplemente como demostración de su habilidad: filetes, restos de
pollo, el arreglo de un cocido aún envuelto en el papel de la carnicería
y muchas otras cosas no comestibles, como un par de calcetines enrollados,
un acerico con alfileres, en fin, todo cuanto hallaba, hasta una tórtola
viva que había sacado, seguramente de una jaula, tórtola
que pudimos rescatar de sus garras, pero que murió a pesar de nuestros
cuidados, porque tenía profundas heridas. Un día, desde mi
cocina, oí a la vecina de al lado que en la suya y que clamaba por
un filete desaparecido: a los pocos instantes estaba pareció el
Morito con un gran filete en la boca, que depositó a mis pies.
Había aprendido muchas cosas, algunas
increíbles como, por ejemplo, a abrir las puertas cerradas con un
simple pasador, para lo cual, se subía al mueble más cercano.
No comprendíamos su intransigencia ante la puerta del retrete cerrada,
hasta que, un día le descubrimos al borde de la taza, haciendo sus
necesidades. Nadie nos quería creer, sin embargo más tarde
he conocido dos gatos de amigos que también hacían lo mismo.
Los domingos, que estábamos todo el día fuera, el Morito
se quedaba encerrado, sin poder salir a la azotea, y se vengaba como podía
por haberle abandonado: cuando volvíamos, en el escritorio de Juan
no quedaba nada, plumas, lápices, gomas, todo había desaparecido
y en mi costurero, si no estaba bien cerrado, tampoco quedaba nada, pero,
en cambio, por todas las patas de las sillas y mesas había hilos,
lanas y cintas enroscadas.
También le gustaba oír nuestras
conversaciones por teléfono y, en cuanto sonaba el timbre, se ponía
al lado, como si quisiera enterarse. Descubrimos muy pronto otra de sus
habilidades: abrir puertas cerradas con llave. En el comedor, debajo de
la ventana, había un pequeño mueble con plantas en la parte
superior, una pequeña estantería con libros y, en la parte
inferior, un armarito cerrado con llave, a una altura de unos 30 o 40 centímetros,
donde guardábamos restos de entremeses, quesos o sardinas que habían
sobrado. A la mañana siguiente, cuando nos levantábamos,
todo había desaparecido, lo cual ocasionaba una disputa entre nosotros,
porque yo insistía que había cerrado con llave mientras Juan
afirmaba que había dejado la puerta sin cerrar.
Nuestra alcoba daba al comedor. Dormíamos
con la puerta abierta porque yo, lo mismo que el Morito, tengo horror a
la claustrofobia. Una noche me despertó un pequeño ruido
y, desde la cama, vi al Morito de pié, con sus dos patitas delanteras
apoyadas en la llave del armarito, mientras que, con un movimiento de un
lado a otro, trataba de hacer girar la llave; desperté a Juan para
que contemplara el espectáculo y, efectivamente, al cabo de un momento,
el movimiento de las patitas fue más fuerte y la llave dio la vuelta.
Morito se posesionó inmediatamente de las golosinas, lo que Juan
quería impedir pero, que no permití, porque de alguna manera
había que premiar tanta inteligencia y esfuerzo.
Dos veces se cayó desde el sexto
piso. La primera al patio, pero no se rompió nada y me lo subieron
únicamente conmocionado y, al cabo de una hora, ya corría
por todas partes. La segunda vez fue a parar a la calle Luchana, sobre
los árboles, y como era invierno, las ramas secas le hicieron profundas
heridas en la barriga. Pude curarle y desinfectarle y después le
puse una venda alrededor del cuerpo. Tumbado sobre unos almohadones en
la cocina, parecía que iba a morirse. No se movía, pero yo,
con una cucharadita, le abría la boca y le daba agua y leche. Un
domingo, al cabo de unos quince días, al oírnos, ni siquiera
abrió los ojitos; parecía dormir un sueño profundo
yo partí pensando que, al volver, habría muerto. Nuestra
sorpresa y alegría fue enorme cuando, al meter la llave en la cerradura,
oímos por detrás de la puerta los maullidos de recibimiento.
Estaba curado.
Sus hazañas de bandolero no terminaban.
Un día se presentó en casa. una señora preguntando
si era yo la dueña de un gato negro que corría por tejados
y azoteas: tuve que reconocerlo y, entonces, me dijo que vivía dos
casa más abajo, en un piso con azotea, que era maestra y que, para
ganarse la vida había organizado una guardería de niños
pequeñitos. Morito se presentaba todas las mañanas, con el
lomo arqueado como el de un camello, el rabo como un cepillo de deshollinador
y bufando y saltando de mesita en mesita, infundía un terror demoníaco
sobre aquellas pequeñas criaturas, que lloraban, chillaban, se caían
al suelo, tratando de huir de aquella fiera que les debía parecer
enorme. Me excusé como pude, pero ella, muy en serio, me dijo que
mataría a aquél gato si continuaban sus visitas. Me es imposible,
aún hoy, después de tantos años interpretar aquella
acción maléfica del Morito. Es posible que, para él,
no fuera mas que un juego o una distracción, sin darse cuenta del
mal que hacía. Pero también es posible que fuera un modo
de desahogar intenciones o sentimientos que no manifestó nunca con
nosotros; es posible también que se tratase de una manera de expresar
su poder.
Un día Morito no volvió a casa.
Teníamos la esperanza de que se hubiera quedado encerrado en alguna
buhardilla o en alguna casa, pero al cabo de tres o cuatro días
estábamos ya seguros de que no volvería más. Hice
indagaciones y supe por el portero que la maestra había cumplido
su promesa. No tuve valor para investigar cómo murió aquel
Morito, cuyas extraordinarias hazañas se quedaron grabadas para
siempre en nuestra mente. A pesar de reconocer que era un bandido nato,
le lloré durante bastantes días.
7. Alemania, septiembre de 1932
Importa recordar la situación imperante
en Berlín en este periodo, porque es el prolegómeno de lo
que ocurriría unos meses después en el siguiente mes de enero
del treinta y tres cuando los nazis se apoderaron de Alemania y casi del
mundo. Habíamos ido invitados por la organización trotskista,
a la que pertenecíamos entonces y nos habían asegurado una
gran sorpresa. No fue una, sino bastantes las que nos ofreció Berlín.
La primera, el encuentro con Sedov (León),
hijo de Trotski, que fue a esperarnos a la estación. Estaba Jeanne
Martins, su compañera, y con ellos pasamos unos días de gran
solidaridad. Berlín en esos momentos ofrecía el aspecto de
una ciudad inquietante. El pequeño comercio casi no existía
y las pequeñas tiendas estaban cerradas con letreros de "se vende"
o "se traspasa". Económicamente era una ciudad en crisis y políticamente
lo era también.
El Partido Comunista aparentaba tener
una fuerza enorme. A primera vista parecía como si dominase la situación
política. Los locales del Partido eran muchos, enormes y mostraban
una gran vitalidad. Sin profundizar se hubiera podido decir que eran los
dueños absolutos de la situación. Los jóvenes nazis
circulaban ya en pequeños grupos, no iban uniformados y únicamente
ostentaban un brazalete con la cruz gamada. Los comunistas parecían
no verlos o más bien no quererlos ver y en ningún momento
se tenía la impresión de que quisieran atacarles.
Ese ambiente sombrío de Berlín
nos inquietó profundamente por lo que los compañeros para
animarnos nos invitaron a ir a Leipzig donde la sección trotskista
tenía bastante fuerza. Efectivamente era así pues organizaron
reuniones para ponernos en contacto con los militantes de todos los partidos
y tener así una idea más exacta de la situación alemana.
Fue muy edificante porque los comunistas en una gran mayoría manifestaron
con seguridad absoluta, que había que dejar que los nazis subieran
al poder y luego con la gran fuerza que ellos tenían los destrozarían
totalmente. La discusión fue tumultuosa ante los que estaban convencidos
de que una vez los nazis en el poder aniquilarían a los revolucionarios
y militantes. También había un grupo de veteranos militantes
anarquistas de melena negra. defensores de la pureza, de las ideas, ya
poco frecuentes en nuestra España de "arroja la bomba que escupe
metralla...”, anarquistas ideológicos. Salimos de aquella reunión
apenados y decepcionados.
Las negras tormentas que amenazaban
a Alemania eran realmente negras.
El hotel donde nos llevaron los comunistas
para sus camaradas de desplazamiento nos sorprendió igualmente,
pues tenía la apariencia de un hotel de dos estrellas. Pero su precio
era módico porque era del Partido Comunista y los precios eran muy
reducidos. Regresamos a Berlín un poco deprimidos y preocupados
porque los pequeños grupos nazis seguían desfilando tranquilamente
por las calles sin ser molestados por los comunistas que parecían
ser los dueños de la vida social alemana.
Pasamos unos días muy agradables en
compañía de Jeanne y de Sedov, el hijo de Trotsky. Sedov
estaba siempre dependiente de las cartas que le enviaba su padre y en las
que siempre le hacía algún encargo. Últimamente recorría
todas las tiendas de óptica de Berlín pues su padre le había
pedido una lupa con la que se pudiese leer letras microscópicas
de posibles papeles clandestinos. Conocimos también al representante
de la organización trotskista en Alemania cuyo nombre ha desaparecido
totalmente de mi memoria. Era alto, distinguido, vestía muy bien
y a nosotros nos molestaba porque siempre nos llevaba a comer a restaurantes
caros para nuestros bolsillos ya que el importe lo pagábamos siempre
nosotros. Resultó como en tantos otros casos, que era un agente
de Stalin en el cual Trotsky tenía confianza absoluta como le pasó
con otros que le daban la razón en todo.
Nos despedimos con bastante tristeza
de Sedov (León) y de Jeanne que ante el avance de los nazis tuvieron
que huir a Francia. El hijo de Trotsky murió en un hospital francés
en manos de unos médicos agentes de la GPU estaliniana. Jeanne vivió
con un desequilibrio mental a causa de estos hechos tan trágicos.
8. Una militancia en segundo plano
Durante este período mi trabajo
político estaba reducido a las tareas que pudiera realizar en casa:
traducciones, correcciones de libros, envío de paquetes porque no
quería, dado lo reducido de nuestra organización política,
mezclarme en las discusiones internas que pudieran, de una manera u otra,
por falta de suficiente educación política, interpretarse
la influencia, en un sentido o en otro de la compañera de un líder.
Nuestro matrimonio civil estuvo determinado
por un hecho para nosotros fundamental: en aquella época la policía
y otras autoridades podían considerar como cómplice a la
mujer legal, podían venir y llevarse a Juan pero no podían
detener a su mujer como cómplice. Costumbre que hoy día se
ha perdido por la sacrosanta democracia actual. Como anécdota, añadiré
que el matrimonio civil en plena dictadura de Primo de Rivera costaba "un
ojo de la cara". Nos pasamos más de un mes reuniendo papeles y certificados
y declaraciones de toda clase, cada uno de los cuales costaba, como es
natural, bastante dinero. Creo que podría decir sin equivocarme
que el trámite de todos esos papeluchos nos vino a costar el dinero
ganado en un mes.
Andrade encontró trabajo en el archivo
del diario El Sol y yo comencé a iniciarme como redactora
de noticias en inglés en la Agencia Internacional Internews. Decidimos
casarnos y así empezó otra nueva vida.
En ese interregno Juan había estado varias
veces detenido, principalmente por lo que se llamó "el complot de
la noche de San Juan". Los dos últimos años, del 34 al 36,
fueron para mí de verdadera lucha en la redacción de la United
Press. Hubo una pelea con motivo de los hechos del 34 en Asturias como
consecuencia de la cual tuve que enfrentarme hasta el 19 de julio con elementos
franquistas que había en la redacción, uno de ellos incluso
con el carné de Falange. Fueron dos años en los que tuve
que luchar contra las maniobras más sucias para ver si esos elementos
lograban echarme a la calle. En realidad, estas peleas y luchas internas
en una redacción reflejaban, en cierto modo, el estado de enfrentamiento
en que estaba España antes del 19 de julio: tiroteos en las calles,
luchas de todo género...
El 19 de julio, en Madrid, con el ataque al cuartel
de La Montaña y el asalto a los demás cuarteles, determinó
la derrota de los falangistas en Madrid, aquella misma tarde vinieron a
buscarme los jóvenes del POUM que habían participado en el
asalto de un cuartel de Carabanchel. Entraron en tropel en la redacción,
con casco y fusiles, para llevarme con ellos triunfalmente en un camión
militar apostado a la puerta ondeando una gran bandera roja. No es necesario
decir que mi enemigo falangista de la United, con otros más o menos
reaccionarios, hacía horas que habían desaparecido. Supe
después que se había refugiado en una embajada y mis compañeros
me propusieron ir a buscarle para hacerle pagar los dos años de
fechorías que había inventado contra mí. Como es natural,
me negué a una venganza personal. Lo que quedo en todos nosotros
fue la sensación de opresión ante la evidencia de tantas
ventanas y balcones cerrados, hecho que unía a la idea de "un enemigo
escondido". No hay que olvidar que estábamos en el mes de julio
ni el carácter de la gente de Madrid, para la que balcones y ventanas
son la puerta abierta a cotilleo.
Naturalmente, mi trabajo en la United
quedó reducido a lo más mínimo puesto que había
otras cosas mucho más apasionantes a las que acudir. y no duró
mucho tiempo esta situación puesto que al ser incorporado Andrade
al comité ejecutivo del POUM, en Barcelona, partimos de Madrid probablemente
a mediados o finales de agosto. La decisión de Andrade de partir
para Barcelona para formar parte del comité ejecutivo del partido,
acogida por los dos con entusiasmo, supuso sin embargo una pérdida
enorme de todo lo que había sido nuestra vida desde 1929 hasta entonces,
años de la enorme labor editorial de Andrade, de la organización
y lucha de la Izquierda Comunista, de la publicación de la revista
Comunismo y tantas otras realizaciones de gran importancia.
Yo iba a dejar mi trabajo, que tanto
me había apasionado durante esos años, pero íbamos
también a perder nuestro hogar, aquel hogar construido día
a día en el que yo había puesto todas las energías
desde pintar paredes, puertas y ventanas, al dibujo y diseño de
los muebles, construidos por un ebanista amigo. La gran azotea, rebosante
de flores, y sobre todo la enorme biblioteca que habíamos logrado
formar en aquellos años. Aquel hogar "con gato" que yo le había
prometido a Juan para que no se escapara nunca de él, iba a perderlo
para siempre y no sólo eso sino nuestro Madrid con todos los militantes
del partido.
9. El Secretariado Femenino del POUM
Creo que no nos dimos verdadera cuenta de lo que
íbamos a perder, ansiosos como estábamos de entregarnos a
nuevas tareas revolucionarias. Más tarde, intentamos salvar la biblioteca,
que los amigos nos enviaron en un camión a Barcelona, pero que desaparecería
como desapareció el POUM ante la persecución estaliniana.
Fue la primera, pero no la última biblioteca que perdimos
en nuestra existencia. La llegada a Barcelona fue deslumbrante. Barcelona
vivía un grado indefinido de exaltación revolucionaria. Las
Ramblas eran un hormiguero de banderines rojos, de venta de insignias de
la FAI, de la CNT, del POUM... Esa exaltación se revivía
en cualquier local, en cualquier organización, en bares, restaurantes
y hoteles. Inmediatamente, Juan se incorporó a las tareas del comité
ejecutivo, que trabajaba sin descanso. Sin pedir nada, nos instalamos en
una modesta pensión, incluso sin agua corriente, en el mismo local
donde en aquellos momentos estaba instalado todavía el comité
ejecutivo del partido.
De nuevo, iba a encontrarme otra vez ante
mi "yo y mis circunstancias" y mi vida cambió completamente de nuevo.
Me relacioné inmediatamente con todas las compañeras del
partido, dónde no existía ningún grupo feminista ya
que todas gozaban en absoluto de los mismos derechos y posibilidades que
nuestros compañeros. Pero existía también una
corriente dirigida a atraer a nuestros ideales a una inmensa cantidad de
mujeres que no se daban cuenta de las posibilidades de liberación
o de educación del momento. La idea surgió de Pilar Santiago,
militante destacada de las Juventudes del partido, la cual nos convocó
un día para sugerir que sería muy interesante hacer un organismo
en el cual pudiésemos recoger y educar a mujeres obreras, o de profesiones
liberales, para llevarlas a nuestras filas. Sería un organismo independiente
y habría que buscar el modo de realizar el objetivo.
Todo el mundo estuvo de acuerdo; se eligió
un comité integrado por militantes destacadas, en el cual me incluyeron
a mí. Pero como dice el refrán, "del dicho al hecho
hay un trecho" y muy pronto me encontré sola o casi sola para hacer
funcionar ese nuevo organismo que se llamaría Secretariado Femenino.
Con dos o tres compañeras del partido y después de conseguir
un local en el último piso del edificio ya en Las Ramblas, donde
también estaba instalado el comité ejecutivo, empezamos a
discutir cuales iban a ser nuestros medios más propicios para atraer
a las mujeres. La mayoría decidió que sería muy eficaz
organizar una sección para preparar enfermeras; teníamos
médicos del partido a nuestra disposición que aceptaron ocuparse
de la preparación de las nuevas afiliadas.
Hicimos un llamamiento en nuestra prensa y
recibimos más peticiones de las que podíamos aceptar. A unas
cuantas de las que llevábamos el trabajo no nos complacía
esta forma de atraer mujeres a nuestro lado, puesto que la mayoría
podían ser señoritas más o menos buscando una ocupación,
o incluso para ocultarse de sus ideales falangistas, por lo que creímos
necesario que nuestros grupos de control hicieran averiguaciones sobre
su procedencia. No tuvo gran resultado la preparación de enfermeras,
a pesar de la devoción de los médicos, porque muchas de ellas
se cansaron y dejaron de acudir a las clases por considerar que estas no
tenían aplicación práctica.
Era necesario dirigir las actividades
del Secretariado Femenino en otro sentido. Primero el educativo: organizamos
cursos de francés e inglés con militantes extranjeros, de
cultura general con compañeros del partido, profesores o maestros;
empezamos a recibir mujeres interesadas por lo que les ofrecíamos
gracias a Toska, militante trotskista polaca o lituana, exiliada en Francia,
gran modista de profesión, quien se comprometió a crear un
taller de costura y confección que ella dirigiría. Otra compañera
de Barcelona, también modista, acudió en su ayuda. Buscamos
máquinas de coser y todo lo necesario y el taller de Toska se convirtió
en una escuela de iniciación revolucionaria. Fue un éxito
extraordinario: muchas de aquellas mujeres venían después
a todos nuestros mítines y nos fueron fieles durante la persecución.
Organizamos también lecturas comentadas
con la ayuda de jóvenes militantes y un sinfín de actividades
culturales. Algunas de las muchachas que acudían a estas actividades
ingresaron después en el partido o en las juventudes. Hicimos también
un periódico, Emancipación, difícil de sacar
porque faltaban redactoras, ya que la mayor parte de las obreras que podían
ofrecernos informaciones les costaba mucho escribir; pero con las notas
que nos facilitaban podíamos hacer artículos. Igualmente,
hicimos pequeños folletos de los que desgraciadamente no se conserva
ningún ejemplar. El Secretariado hizo un folleto titulado "La mujer
ante la revolución" que hoy día seguiría con todo
su valor y con toda su eficacia educativa. Hicimos otros con notas de Clara
Zetkin, Rosa Luxemburgo..., en fin, toda una serie de trabajos que vendíamos
en mítines y reuniones.
El 16 de junio de 1937 se inicia una nueva
etapa de mi existencia: es el día en que se desencadena de una manera
brutal y física la destrucción del POUM por los estalinistas.
A las once de la mañana la policía entra en el local del
comité ejecutivo del partido y se lleva precipitadamente a Andreu
Nin. La orden de detención incluía también a Andrade
y a Arquer.
Había comenzado la persecución. A
las dos de la tarde nos detienen a Luisa Gorkín y a mí y
luego, a partir de las doce de la noche, llegan a los calabozos de la Dirección
General de Seguridad todos los miembros del comité ejecutivo y muchísimos
más compañeros. Se registran y se incautan de todos los locales
del partido, incluyendo la imprenta de La Batalla, es un verdadero holocausto.
No voy a detallar todos los hechos de ese
momento puesto que la mayoría son conocidos ya. Aquella misma tarde
habían sacado a Nin de la DGS para trasladarlo a Valencia y después
a Madrid, no se le volvió a ver más. Igualmente fue trasladado
a Valencia, al día siguiente, el comité ejecutivo con bastantes
compañeros. Los compañeros extranjeros fueron detenidos casi
en su totalidad y algunos, como Kurt Landau que logró salvarse en
los primeros momentos, fue detenido más tarde y ya no se volvió
a saber más de él, lo mismo que de Andreu Nin. En cuanto
a mí, pasé con otras compañeras unos cuatro días
en la DGS para después ser trasladada con Rovira y Arquer a Valencia.
Incomunicada durante un mes, en Valencia, fui puesta en libertad por un
pobre juez republicano que no estaba al tanto de lo que ocurría,
y a partir de ese momento comenzó un largo período de "yo
y mis circunstancias" en Valencia.
El comité ejecutivo del POUM, conducido
a la cárcel de Valencia, fue puesto en libertad y al salir de la
cárcel varios camiones con comunistas españoles y extranjeros
los esperaban y los condujeron con destino desconocido. Al salir de la
cárcel toda mi actividad se concentró en ponerme en contacto
con toda la gente conocida en el gobierno o fuera del gobierno, que pudiera
facilitar datos para encontrar a los secuestrados. Por mis relaciones de
trabajos periodísticos, me puse en contacto con los redactores de
los periódicos de Madrid que estaban en Valencia y visité
a gran número de personalidades. Fue Araquistain quien me comunicó
que, en su opinión, Nin había sido ya liquidado, noticia
que obtuvo de una conversación con el embajador de la URSS. Vi al
secretario de Prieto, al que conocía de antiguo; al secretario de
Azaña, Bolívar, antiguo amigo nuestro y compañero
de uno de mis hermanos, sin poder obtener la menor ayuda ni información.
Igualmente tuve una entrevista tumultuosa
con Álvarez del Vayo, entonces gran comisario de guerra pero que
no hacía muchos años nos dedicaba sus libros con palabras
exultantes a nosotros como revolucionarios, y que incluso nos había
regalado un magnífico jarrón de cristal de Bohemia cuando
nos casamos. Estalinista cerrado en aquellos momentos, tuve que llamarle
cobarde por no atreverse a negar que fuéramos fascistas. Así
multipliqué mis visitas a todos aquellos que creía que pudieran
ofrecernos alguna pista de donde estaban los desaparecidos.
La atmósfera desencadenada contra el
POUM era densa, con carteles y artículos en los periódicos
pidiendo nuestro exterminio, y la intoxicación surgió sus
efectos. Íntimos amigos me negaban el saludo en la calle y otros,
más valerosos, se metían en un portal al verme para que yo
pudiese hablar con ellos. De haber guardado testimonios de aquella época,
podría ofrecer la carta escrita por un viejo compañero que,
desde Chile, expresaba la vergüenza que sentía entonces por
haberme negado el saludo en la calle. Creo que no se ha dado en España
nunca un ambiente de terror como el implantado en Valencia por los comunistas.
Yo seguí en mis trece y por un cartel que anunciaba la noche antes
un mitin presidido por unos compañeros anarquistas, me presenté
en su local y pedí hablar con Inestal, no recuerdo cual pues eran
tres hermanos. Me preguntó en qué podía ayudarme y
le hablé de la desaparición de los presos, que debían
estar en alguna “cheka” en Madrid. Esta misma noche -me contestó-
salgo para Madrid y yo te aseguro que dentro de tres días tendré
noticias de que he logrado localizar dónde los encierran, como así
fue.
La etapa valenciana acabó felizmente
a primeros de abril del 38, y digo felizmente porque logramos que los presos
fueran trasladados a Barcelona, donde ya había evacuado no sólo
el gobierno de la República sino también todos los organismos
oficiales. Valencia estaba amenazada de dos peligros: o bien un avance
franquista, que hubiera supuesto la caída de la ciudad, o bien un
avance hacia el mar para cortar las comunicaciones entre Valencia y Barcelona,
que fue la táctica seguida por los nacionales. En previsión
de un posible asalto a la ciudad que motivase un desorden y la salida de
los presos, había previsto que el comité clandestino del
partido me enviase una importante cantidad de dinero para que, llegado
ese momento, pudiera sacar los presos por mar. No fue necesario, porque
la amenaza real era el corte entre Barcelona y Valencia.
El comité clandestino logró
obtener una orden de traslado de los presos invocando la necesidad de que
estuvieran en Barcelona que era dónde únicamente se podía
celebrar el proceso incoado contra ellos. El traslado se hizo inmediatamente
de recibirse la orden, a pesar de las trabas de la administración
carcelaria que alegaba que no podía trasladar a los presos porque
carecía de medios de transporte. En los anales de estos conflictos
carcelario-administrativos no creo que se haya dado nunca el caso de que
fueran los propios presos los que pagasen el traslado. Logramos sacarlos
de Valencia en una de las últimas autovías que hacían
el recorrido hasta Barcelona, pero pagando el coste del billete para todos
ellos y el de los dos guardias encargados de su vigilancia. Recuerdo que
pagué 16 ó 17 billetes, casi la mitad de un vagón.
Pero llegamos felizmente a Barcelona y a los pocos días los fascistas
habían llegado casi al mar y las dos ciudades estaban cortadas por
carretera y vía férrea.
El nuevo período de "yo y mis circunstancias",
hasta el momento de la derrota fue muy variado. Reanudé mi actividad
en el partido y fui encargada de ocuparme de los expedientes de los presos
extranjeros para hacer todo lo posible porque fueran reintegrados a sus
países de origen. Apenas pude hacer nada porque a los dos o tres
días, no había pasado una semana desde mi llegada a Barcelona,
la policía, que había descubierto el local clandestino del
partido, hizo una redada estupenda y fuimos a parar todos a la cárcel.
El golpe fue muy duro y el POUM siguió actuando pero de una manera
más desconcertada y sin poder desarrollar grandes acciones de conjunto.
En cuanto a mí, personalmente, suponía no sólo la
pérdida de la libertad sino una nueva separación de Juan.
Nos habíamos visto entre rejas desde agosto del 37, pero a partir
de este momento ni siquiera podríamos disfrutar de eso, únicamente
cartas carcelarias que tenían que pasar, naturalmente, por dos censuras.
No pude ver a Juan y reunirme con él hasta el 13 de julio de 1939,
ya en Francia.
Este último período carcelario
no permitía ninguna actividad, sólo lecturas, algunas muy
provechosas, como la correspondencia entre Marx y Engels que me descubrió
la psicología de esos dos grandes personajes y que despertó
en mí una gran admiración por la generosidad y el gran humanismo
de Engels-; y otro atractivo del encarcelamiento era el conocer la vida
de tantas mujeres allí encerradas. Hoy día siento no haber
hecho más para conocer a aquellas presas, tan alejadas en su mayoría
de mi mentalidad, pero que se ofrecían como un muestrario de tipos
humanos de todas las categorías.
Salí de la cárcel unas horas
antes de entrar los fascistas en Barcelona. El éxodo de la ciudad
era total y nosotras, el pequeño grupo formado por Carmen, su hijo
y su compañera, intentamos salir de Barcelona en un camión
cuyo chofer era del partido y que tenía por misión evacuar
a mujeres y niños de guardias de asalto. Pero nuestro camión
fue interceptado por comunistas del cuartel Carlos Marx, que indudablemente
lo querían también para salir ellos corriendo. Aquel día,
después de varios intentos frustrados, me encontré en plena
calle Mayor de Gracia con las columnas de tanques fascistas que descendían
lentamente con las banderas desplegadas mientras se abrían ventanas
con banderitas nacionales y se daban vivas a los triunfadores.
La desesperación, el horror y
la impotencia de los primeros instantes no son para describir.
11. Incomunicación o el despertar de instintos criminales
Preámbulo
El 16 de julio de 1937 fue aquél
día "H" en que se inició el holocausto del POUM, cuyo primer
detenido por la mañana fue Nin, al que seguimos Luisa Gorkin y yo
a primeras horas de la tarde. Al llegar la noche, los detenidos eran muchos;
los calabozos estaban abarrotados y, cuando bajaron a todo el Comité
Ejecutivo, no quedaba el menor espacio libre. Ya nos encerraron en el despacho
del capitán de guardias de asalto, como único sitio disponible.
Aquella noche, gracias a aquel encierro no regular, pudimos enterarnos
de la magnitud de la catástrofe. Pudimos escuchar que: todos
nuestros locales habían sido asaltados, registrados y cerrados;
todo ello llevado a cabo con una preparación y organización
perfecta. Cuando supimos que Nin por la tarde y el Comité Ejecutivo
al día siguiente, habían sido trasladados a Valencia, yo
estaba segura que me esperaba la misma suerte, como así fue unos
días después.
"Recoja sus bártulos y sígame"; no
tenía nada que recoger, pues no poseía mas que lo que llevaba
puesto. En la misma sala donde me llevaron, estaban Rovira y Arquer que,
seguramente, iban a ser mis compañeros de cárcel. En el gran
patio de la Dirección General de Seguridad, había un movimiento
enorme de coches, agentes que gritaban y daban órdenes; era evidente
que se estaba organizando un traslado de gran categoría, lo que
nos hizo sentir que éramos presos de gran importancia. Las voces
más fuertes tenían acento extranjero, eran los que mandaban
daban órdenes a jóvenes comunistas.
Por fin se organizó la comitiva y vale la
pena de contar su organización: en vanguardia, un automóvil
con policías, al que seguía otro con tres policías
y Rovira; seguía otro coche únicamente con policías
y después el que conducía a Arquer, con sus guardianes, seguido
igualmente de otro automóvil también sólo con policías
y, a continuación, el que me estaba destinado, igualmente custodiado;
toda una caravana para trasladar simplemente a tres presos, lo que nos
hacía sentir orgullosos.
Serían aproximadamente las dos de la
madrugada cuando la comitiva se detuvo. Estábamos en pleno monte,
en un lugar desierto, dramático, a no ser por una luna llena. Voces,
corridas de un lado para otro, incluso mis guardianes bajaron del coche.
Me sentí inquieta y, por primera vez, tuve miedo porque aquél
lugar era propicio para liquidaciones sin testigos; escuchaba atentamente
pero no oía ningún tiro. Al cabo de un rato después
de nuevos gritos de idas y venidas, la comitiva se puso en marcha. Estos
parones inexplicables fueron produciéndose todo lo largo del camino
y sólo al final comprendimos lo que pasaba. Sucesivamente los coches
tenían averías y había que abandonarlos en el camino.
Llegamos a Valencia sobre las dos de la tarde los tres presos, con tres
policías, apretujados en el único automóvil que resistió
el viaje. Aquella comitiva triunfal había terminado de un modo grotesco.
A pesar del cansancio y el hambre, nuestras risas y bromas exasperaban,
como justo castigo, a aquellos esbirros seguidores de verdugos.
Tuvimos la suerte al llegar a la Dirección
General de Seguridad de Valencia de cruzar algunas palabras y abrazos con
los presos del Comité Ejecutivo que, en aquellos momentos, iban
a ser trasladados a la cárcel Modelo de Valencia. Yo ya no vería
a Juan hasta unos dos meses después y entre rejas.
Incomunicada
Después de una noche en los calabozos de la
Dirección de Seguridad nos condujeron a nuestras respectivas cárceles.
Nos despedimos a la puerta de la cárcel de mujeres, que estaba en
el mismo camino pero mucho más cerca de Valencia. En la administración
la directora dio la orden de que quedase incomunicada. Al llegar me encerraron
en una celda amplia, con una gran ventana enrejada muy alta, que no era
posible alcanzar de ninguna manera. Un camastro con un colchón no
muy sucio, un pequeño grifo de agua corriente y un inodoro. Era
una instalación confortable. Pediría que me comprasen unas
toallas, peine y jabón y todo lo demás se iría arreglando
poco a poco. Aquella soledad me era grata. El aislamiento me permitiría
reflexionar sobre todo lo ocurrido, sobre todos aquellos hechos que se
habían precipitado de una manera tan violenta, sin poder ni siquiera
situar los acontecimientos. Me eché en el camastro e incluso me
dormí, pero no duró mucho aquella privilegiada situación,
porque me despertaron para decirme que me iban a cambiar de celda. Así
fue pero, la nueva celda estaba ocupada por otra presa. Llevaron colchón,
que me serviría de asiento durante el día y de lecho por
la noche, ya que la otra inquilina ocupaba el camastro.
Nuestra primera impresión, creo
que no fue muy agradable; aquella mujer debía llevar mucho tiempo,
pero ni siquiera se lo pregunté. Lo único bueno de la nueva
instalación era una vieja cortina que tapaba el inodoro, lo que
le convertía en un lugar un poco privado y otra, más vieja
aún, que tapaba un poco el lavabo. Había en aquella mujer
algo que no inspiraba confianza; desde luego, no pertenecíamos al
mismo mundo. Estaba ansiosa de saber lo que pasaba fuera de aquellos muros,
lo que es natural, después de una larga permanencia carcelaria pero
la manera de preguntas y la ansiedad por las respuestas era sospechosa.
Vestida únicamente con una vieja bata deslucida, facilitada sin
duda por la administración carcelaria, sin medias y en los pies,
unas viejas alpargatas destrozadas. Era evidente que no poseía absolutamente
nada. Las facciones, grandes y regulares, pelo desteñido, con greñas
por falta de lavado. Sin embargo, se podía deducir que, arreglada,
con el pelo rubio teñido y maquillada, debía haber
sido una mujer atractiva, de las que van por la calle pidiendo "guerra".
Un misterio su estancia allí. Me dio la impresión que debía
de haber sido una de tantas aventureras, de esas que acuden a un país
en guerra, buscando aventuras metiéndose, sin darse cuenta, en líos
peligrosos, o quizás había sido agente de algún organismo
ilegal. El hecho es que estaba total y completamente abandonada. Sus ansias
por averiguar quién era yo y por qué estaba allí,
contuvieron mi nativa espontaneidad y despertaron mis recelos.
Como estaba agotada, aquella noche dormí
profundamente.
El día trajo para mí una gran satisfacción;
a media mañana una guardiana me entregó un paquete con dos
toallas que habían traído unas amigas. Con curiosidad de
todos los presos para inspeccionar minuciosamente todo lo recibido, pude
leer en la pastilla del jabón escrito con un alfiler el nombre de
dos compañeras. Tranquila por comprobar que se ocupaban de mí,
aún tuve una gran alegría cuando, a la hora de comer, me
entregaron una pequeña cazuela de arroz y algunas golosinas. Tan
grande como mi alegría, era la estupefacción de mi compañera
de celda que, con ojos ávidos, se extasiaba ante el contenido del
envío, de tal manera que tuve que compartirlo con ella.
12. Joaquina o el pudor ante el pelotón de ejecución
Ambiente preliminar
Aquél día de principios de abril
de 1938, con un sol resplandeciente y a pesar de las circunstancias, me
sentía optimista. Habíamos logrado trasladar a nuestros presos
de Valencia a Barcelona, ante el gran peligro del avance franquista que
amenazaba con cortar la carretera de la costa y el recorrido del tren entre
ambas ciudades. El gobierno y los organismos oficiales y habían
evacuado Valencia y se encontraban en Barcelona. Con el traslado se evitaba
un cerco fatal y, al mismo tiempo, los presos podían estar mejor
atendidos puesto que, aunque el Partido (POUM) estaba en la clandestinidad,
seguía funcionando. Personalmente mi situación era mejor
e incluso me habían dado una misión que cumplir; ocuparme
de los presos extranjeros para que fueran liberados o expulsados a sus
países de origen. Todo pues, parecía entrar en un nuevo cauce.
El comité clandestino del Partido,
estaba instalado en un gran edificio de oficinas de la Vía Layetana.
Me pareció ver unos tipos sospechosos en el portal, pero subí
pensando que siempre podría llamar a otra oficina si observaba algo
anormal en el amplio rellano. Al llamar a la puerta varios individuos se
echaron sobre mí y me quitaron el bolso. Había caído
en la trampa. Rodes y los otros responsables estaban allí, pero
no pude ni acercarme a ellos. Me hicieron salir y me condujeron a un gran
despacho vacío y, poco a poco fueron trayendo a otros compañeros
caídos también en la redada.
Mi gran preocupación era salvar los
papeles referentes a los presos de los que tenía que ocuparme, papeles
que, como siempre que había peligro, llevaba escondidos en la faja.
Tenía que hacerlos desaparecer antes del cacheo obligatorio. Sentada
en la butaca de la gran mesa de escritorio, los fui sacando poco a poco
y haciendo pajaritas de papel, los fui tirando al cesto de los papeles
con otros periódicos viejos que había por allí. Tranquila
ya me invadió el pensamiento de la angustia y desesperación
de Juan cuando, a las dos de la tarde, no me viera en la diaria visita
carcelaria.
Una nueva separación nos esperaba.
Desde agosto de 1936 sólo habíamos podido vernos y hablarnos
entre rejas. Pero ahora ni siquiera tendríamos esa posibilidad.
Pasamos meses no sólo sin podernos escribir sino sin saber siquiera
si estábamos muertos o vivos y no volvimos a reunirnos hasta julio
de 1939, ya en Francia.
El día transcurrió tranquilo
en el despacho, sin comer es cierto pero a la expectativa de lo que iba
a suceder. A la caída de la tarde me hicieron salir y, al llegar
a la calle me hicieron seguir a un policía mientras otro marchaba
detrás de mío. Era una estratagema para intentar detener
algún compañero que hubiera por los alrededores en la expectativa
de lo que pasaba. Efectivamente una compañera iba por la otra acera
al verme, empezó a cruzar la calle pero ante mi cara impasible,
debió comprender y se alejó.
Unos cuantos pasos más y llegamos a uno de tantos
departamentos policíacos del "SIM" (Servicio de Información
Militar), en manos de los comunistas. Pasé al cacheo; una mujerona
me hizo desnudar y me metió los dedos por todos los agujeros de
mi cuerpo. Ante mis insultos, única protesta posible, sólo
se le ocurrió decir: "Lo hago por la República". Le contesté:
"¡Pobre República, si tiene que salvarse con tus sucios dedos!".
Ante el resultado negativo del cacheo el "Jefazo", desilusionado, pero
qué pensaría encontrar y lleno de furia, dijo: "Llevadla
con Joaquina".
Bajamos al sótano, casi oscuro, iluminado
solamente por una bombilla amarillenta, la clásica bombilla de todos
los cuerpos de guardia de las comisarías. Una mesa y, alrededor,
varios guardias. En un recodo a la derecha, un lavabo y dos puertas que,
indudablemente, eran las de los retretes y pedí servirme de ellos.
Sucios, malolientes, sin papel higiénico, y todo lo peor que uno
se puede imaginar. El lavabo no era mejor, igualmente sucio, sin jabón
ni toalla. Para lavarse había que hacerlo en presencia de todos
los guardias. Como no tenía mas que un pañuelo, lo mojé
y me lavé un poco la cara y las manos.
El muro fronterizo era más largo y
tenía seis o siete pequeñas puertas muy juntas. "Con Joaquina",
dijo el policía acompañante y un mocetón cogió
unas llaves y abrió una puerta: "Joaquina, te traemos compañía".
Me empujó y volvió a cerrar.
Frente a frente
La oscuridad era absoluta pero, poco a poco, un diminuto
trazo de luz me permitió orientarme. Sentada al lado de la puerta
distinguí una figura oscura. "Buenas tardes. esto es muy estrecho,
tendremos que arreglarnos. Soy Joaquina" Un poco acostumbrada aquella oscuridad
vislumbré, mejor a Joaquina, sentada sobre una tabla de madera.
Al final de la tabla, la pared y en lo alto, un tragaluz tapado con maderas
pero que dejaba pasar hilillos de luz vespertina. El ancho de aquél
antro no tendría más que dos metros y medio por unos dos
de ancho.
Sólo se me ocurrió decir: "No he comido
en todo el día". Debía tener un hambre enorme.
-No espere usted nada hasta mañana. Un agua
negra que quiere caliente y luego, a media mañana, el rancho.
Veía ya a Joaquina. Parecía
alta, delgada, facciones marcadas, pelo tirado hacia atrás muy recogido,
manos largas y vestido austero. Cosa curiosa, tanto Joaquina como yo nos
dimos cuenta rápidamente que no pertenecíamos al mundo corriente
que se encuentra en los calabozos: prostitutas, ladronas, autoras de delitos
de sangre, etc.
Por otra parte, dada la cautela y casi podríamos
decir "cortesía" de nuestras actitudes, era evidente que pertenecíamos
a dos mundos opuestos.
-No tengo almohada ni nada que ofrecerle. Por las noches
hace un poco frío.
Le di las gracias y decidimos echarnos a dormir, ella
de arriba hacia abajo y yo por la parte del borde de la tabla, de abajo
hacia arriba. Creo que no dormí en toda la noche...
-¿Lleva mucho tiempo aquí?.
-Más de un mes.
-¿Nadie se ocupa de usted?.
-No, estoy incomunicada.
-Soy roja, ¿sabe?.
Muy asombrada, exclamó: "¡Pero
los rojos no van a la cárcel!".
-Sí, también van.
No quise explicarle nada. Así transcurrió
el primer día.
Al día siguiente, vinieron a buscar a Joaquina.
Nada más llamarla, se puso a temblar y aquello me inquietó
y esperé su regreso con ansiedad. La trajeron medio desmayada, sostenida
por los guardias que la echaron sobre la tabla. Era un cuerpo inerte que
gemía y sollozaba. Yo no podía contenerme y la instaba apremiantemente
para que me contestase por qué la habían maltratado. Finalmente,
con voz débil: "Quieren que firme una declaración que es
falsa".
Transcurrieron otros dos días. Mi situación
material había mejorado. Ya tenía una manta, una almohada,
toalla y jabón, tesoros incalculables que una compañera que
había estado detenida y la habían puesto en libertad, me
había dejado. Otro día recibí una pequeña tortilla,
un poco de pan, unas sardinas y una bata casera. Alguien se ocupaba de
mí, lo que daba alientos.
Volvieron a sacar a Joaquina y todo se repitió
como sí tuera algo ritual. Al salir, le grite: "No firme". La trajeron
en peor estado que la vez anterior, tanto que, ante su postración,
pedía una tableta de aspirina a los guardias. Cuando sus gemidos
y llantos se calmaron un poco, no pude por menos de decir: "Creo Joaquina
que, lo mismo sí firma como sí no firma, la van a condenar
así que lo mejor es que firme y ya no la torturarán más".
Me miró fijamente y después de un largo silencio musitó:
"Sí sólo se tratase de mí hace tiempo que habría
firmado, sé que no tengo salvación y no me importa morir
pero se trata de dos seres a los que condenarán sí yo firmo
algo que es falso". Permaneció callada todo el día.
Pasó otro día 7,
de repente, cuando menos lo esperaba empezó su confesión:
"Estoy detenida porque hacía de enlace franquista entre Valencia
y Francia. Semanalmente me entregaban unos papeles que yo tenía
que depositar en mano a un enlace que encontraba en Figueras quien los
pasaba a Francia y del cual no supe nunca nombre ni identidad. Nos encontrábamos
en la calle, variando cada vez de lugar y yo cumplía mi misión.
Después, me iba a casa de una prima casada donde comía y
aprovechaba la visita para recoger comestibles que llevar a Valencia donde,
como usted sabe, hay poco que comer. Esta era la justificación que
yo daba a mis primos para ir a Figueras todas las semanas. El último
viaje debió pasar algo pues no pude encontrar al enlace y, después
de dar vueltas y vueltas fui a casa de mis primos pero, al llegar, estaba
la policía que me arrebató los papeles y nos detuvo a todos.
Mis primos no podían comprender lo que pasaba pues yo nunca les
había hablado de mi actividad clandestina. La policía, que
no ha encontrado a los otros enlaces, quiere que firme que eran mis primos
pero no lo puedo hacer pues los condeno". Sé calló y yo no
dije nada porque lo que sentía en aquél momento era demasiado
violento.
-Me matarán, lo sé ¿no
es cierto María Teresa?.
-Sí, seguro. Lo mismo harían
conmigo los tuyos si yo hubiera hecho en la zona franquista lo que usted
ha hecho aquí. Es ley de guerra.
-Ahora estoy tranquila, no firmaré.
Lo mismo me da que me maten a golpes qué de otra manera.
No volvimos a hablar porque un ambiente demasiado
denso nos envolvía y era necesario no desencadenar nuestros opuestos
sentimientos ya que estábamos condenadas estar juntas, y humanamente
éramos dos seres fuera de ley.
Volvió a repetirse la escena y esta
vez Joaquina salió con aire firme y yo no pude por menos de
despedirla, diciendo: "Valor, no firme".
El interrogatorio me pareció
más largo que los otros, indudablemente por la pasión que
todo aquello había despertado en mí. Sonaron los pasos ya
conocidos del retorno. Mi atención estaba concentrada en la puerta
y con estupor vi a una Joaquina que entraba por su pié, sin llantos
ni gemidos. Nada más verme, sin mirarme, dijo: "Firmé", y
se echó sobre la tabla, cubriéndose el rostro con las manos.
Parecía que el tiempo se había detenido pero finalmente,
con voz monótona y como en hipnosis, empezó a hablar. Como
siempre, le había instado para que firmase y al no hacerlo, el jefe
hizo un gesto y aquellos esbirros empezaron a desnudarla para "reírse
un rato de su cuerpo de solterona beata". El pudor de Joaquina pudo más
que los golpes; sin ponerse el vestido que ya le habían quitado
se abalanzó sobre la mesa y firmó. Mi furia se desencadenó
contra Joaquina. No recuerdo lo que pude decirle, pero debió ser
durísimo porque me parecía monstruoso lo que
había hecho. Joaquina no podía comprender mi indignación.
-Desnuda ante aquellos hombres, no, María
Teresa, desnuda no y volvía a repetir la frase una y otra vez como
si fuera una letanía. Afortunadamente para las dos, al día
siguiente nos tomaron declaración y me condujeron a la cárcel.
Habíamos pasado unos quince días
compartiendo nuestra suciedad, nuestros malos olores (dos mujeres encerradas
sin una higiene femenina posible), en un cuchitril, sin más ventilación
que el aire que entraba por la puerta cuando se abría, compartiendo
el hambre y la inquietud pero, en el fondo, éramos enemigas de ideas
y sentimientos. Fue una suerte el que yo partiese, pues hubiéramos
llegado seguramente a enfrentamos y posiblemente no sólo de palabra
sino físicamente. Mi traslado fue una solución pero aquella
comunidad de miseria y degradación con Joaquina ha perdurado en
mí a través de los años.
Desenlace
Nada más llegar a la cárcel,
hice lo posible para entrevistarme con una hermana de Joaquina, también
detenida, y su prima y la hija de ésta. La desesperación
de la prima fue enorme y sufrió un enorme choque, pues se dio cuenta
de lo que todo aquello suponía. Aproximadamente un mes después,
trajeron a la cárcel a Joaquina. Pude verla dos o tres veces solamente
porque las presas rojas estábamos separadas de las fascistas y siempre
que nos veíamos repetía lo mismos "Yo no podía quedarme
desnuda ante aquellos hombres", y con esa cantinela, no sé si pretendía
que yo la disculpase o si estaba formulando un profundo problema de conciencia.
Llegó fatalmente el día de la
ejecución. Debió ser a fines de julio, no lo recuerdo
pero desde luego era verano porque las ventanas de la cárcel estaban
abiertas y podía oír todos los ruidos que preceden y siguen
a la llegada y la partida del furgón que recoge a los condenados.
Nosotras, "las rojas", estábamos atentas al menor ruido qua nos
revelase lo que estaba pasando. Una intensa emoción nos invadía.
En tan trágicos momentos no se quiere ni pensar ni sentir y no te
atreves ni siquiera a juzgar. Oímos perfectamente el instante en
que partía el furgón con los que iban a morir y todavía
resuenan en mis oídos de los gritos de la prima de Joaquina al separarse
de su hija para siempre y pronto huérfana.
Este "cuento ha terminado pero durante
mucho tiempo y aun ahora de cuando en cuando me obsesiona el recuerdo de
Joaquina. Estoy segura de su sereno comportamiento ante el pelotón
de ejecución. Pero todavía sigo preguntándome si logró
conciliar el sentimiento de culpabilidad por haber llevado a la muerte
a dos seres humanos con aquél otro tan fuerte e irresistible de
su pudor. ¿Murió condenándose a sí misma o
su conciencia no le reprochó nada?
Primer encuentro
Aquella mañana, al salir de nuestro
dormitorio para no sé qué comisión, me llamó
la atención el recibimiento de las guardianas al encontrar a su
paso a una joven que no podía ser más que una presa. Abrazos
y, con tono alegre decían: "otra vez con nosotras", y así
por todas partes por donde pasaba. De regreso con mis compañeras
apenas había empezado a relatarles el caso, cuando se presentó
repentinamente en la puerta con un: "salud camaradas; yo también
soy roja, rojísima. Me llamo Dinamita”.
Menudita, con ojos negros, brillantes y reidores,
pelo ensortijado, toda su persona derramaba la simpatía, la amabilidad,
la vida. No estaba mucho rato quieta y, antes de explicarnos más
sobre su persona, ya estaba otra vez en la puerta con un: "salud camaradas,
hasta luego".
No tardamos mucho en saber algo más concreto
sobre su persona. Dinamita era mechera profesional, pero en pequeña
escala: hurtos de portamonedas, carteras, pequeños maletines, y
su centro de acción preferido era la estación de ferrocarril.
Unas veces la cogían con las manos en la masa y otras sus ágiles
piernas hacían que desapareciese entre el tumulto. Negando siempre,
entraba en la cárcel para salir después de un mes o mes y
medio, y volvía a empezar el ciclo. Sus entradas y salidas tenían
casi un ritmo normal y el personal quería a Dinamita porque era
muy servicial y dispuesta a ayudar a todo el mundo; por otra parte, su
buen humor y risas alegraban el ambiente donde se movían las presas
comunes condenadas, encargadas de los servicios internos: cocina, lavandería
y tantos otros.
Era una camarada siempre dispuesta a echar
una mano, lo que contribuía a que circulase libremente, sin que
nadie le dijese nada. A nosotras, sus amigas "rojas", nos venía
a ver por lo menos dos veces al día y así, poco a poco, pudimos
reconstruir algo de su vida, aunque no le gustaba que hurgásemos
en su pasado. Teníamos la convicción de que fuera de la cárcel
no tenía un domicilio fijo y que andaba de un lado para otro, según
las amistades del momento.
Tristes orígenes
Había sido inclusera, sin conocer jamás
su procedencia. Las monjitas, que la criaron y la educaron después,
debieron hacer todo lo posible para inculcarle las virtudes cristianas.
Pero indudablemente no lograron grandes éxitos. Para nosotras, de
ese pasado conventual sólo le había quedado la habilidad
de bordar primorosamente y, en algún momento de calma, nos pedía
un pañuelo en donde bordaba unas iniciales maravillosas. No cabe
duda de que al tener la edad de trabajar, las monjitas debieron buscarle
una familia cristiana y honesta para que siguiera por el buen camino. Pero
éste debió ser cortísimo, porque Dinamita quedó
deslumbrada ante las maravillas nunca vistas de la gran ciudad y ante todas
aquellas amplias posibilidades de libertad nunca gozada. Se lanzó
con toda la fuerza de su vitalidad impaciente en aquél torbellino
que se ofrecía ante sus ojos, aún más excitante, ya
que esa etapa fue la de los comienzos de la guerra civil.
Nace Dinamita: Días de exaltación,
de entusiasmo. Triunfadores en la ciudad, había que organizar la
revolución, pero el enemigo no estaba lejos y era, al mismo tiempo,
necesario atajarle y combatir. Espontáneamente se formaron milicias
de combatientes revolucionarios que marchaban a los frentes. Algunas al
principio, sin ningún control, inmediatamente después, organizadas
por todos los partidos revolucionarios y los sindicatos. Con las primeras
partieron también muchas muchachas "guerreras, reposo del soldado".
Es preciso destacar que también partieron muchas militantes obreras,
pertenecientes a los partidos y sindicatos revolucionarios, pero éstas
siguieron luchando al lado de sus compañeros, mientras que las otras
fueron, poco a poco, enviadas a la retaguardia. Ignoro si existe una lista
de estas combatientes femeninas, militantes de partidos y sindicatos, porque
me gustaría poder honrar sus nombres (1).
Dinamita fue de las primeras y debió
ganar su apodo lanzando bombas, cantando canciones revolucionarias para
dar ánimos y consolar al guerrero de turno. De ese periodo de "acción"
le quedó su odio por los "fachas", su repertorio musical y su "soy
roja, rojísima". Es imposible describir el tono con que Dinamita
pronunciaba la palabra "facha". Toda su cara y, hasta su cuerpo, contribuían
a darle una expresión que era como una especie de escupitajo de
desprecio y de asco. Fue precisamente más tarde, durante sus periodos
carcelarios, en que esas fachas constituyeron su actividad más combativa,
pero al mismo tiempo, más lucrativa.
El imperio del tenedor
La población carcelaria había cambiado
mucho desde los primeros tiempos de la guerra y aquél deseo de renovación,
de ofrecer una cárcel más limpia, con dormitorios agradables
y todos los esfuerzos de modernización hechos por la joven directora,
nombrada por Nin y que pertenecía al POUM, cuya ambición
era ofrecer un ejemplo de cárcel de la revolución, fueron
ahogados por el aumento cada vez mayor de las mujeres encerradas, a medida
que avanzaba la guerra. Ya no había galería, pasillo o pequeño
espacio libre en donde no se colocasen colchones para dormir. La principal
causa de esta aglomeración fue la declaración del servicio
militar obligatorio, que determinó el que miles de mujeres, madres,
hermanas, o con cualquier otro parentesco, tratasen de ocultar a los jóvenes
reclutas de derechas, para librarles de ir a la guerra.
Esta nueva población no disponía ya
de aquellos pequeños armaritos personales, provistos por la dirección,
y las detenidas pasaban la mayor parte del día en el gran patio,
llevando todas consigo un pequeño saco o cesto con lo mejor que
poseían, que eran las provisiones alimenticias que recibían
diariamente de sus familiares. El gran instinto de Dinamita le hizo pronto
comprender todo el provecho que podía obtener de la situación.
Provista de un largo tenedor, que había encontrado en la cocina,
se paseaba por el patio y en el momento propicio lo sacaba de su cintura
y, con una maestría y una rapidez profesionales, sustraía
siempre algo de aquellas bolsas o cestos. El manejo del tenedor era tan
perfecto que la perjudicada no se daba cuenta del hurto hasta el momento
de comer. A veces el tenedor había funcionado tanto que se desencadenaban
pequeños motines, ante los cuales Dinamita desaparecía rápidamente.
Otras veces les hacía frente y empezaba un ataque verbal de tal
categoría que obligaba a sus víctimas a taparse los oídos
y a santiguarse.
Si las cosas habían ido demasiado
lejos, las guardianas tenían que intervenir y la encerraban en una
celda que, por desgracia, tenía una reja que daba al patio. Dinamita
sacaba las piernas y los brazos entre los barrotes y cantaba "A las barricadas",
"La Internacional", etc., pero su canción favorita, a la que daba
más verídica entonación, era: "Arroja la bomba que
escupe metralla, arroja la bomba y empuña la star".
Las fascistas se replegaban lo más
lejos posible de la reja y, al día siguiente, cuando salía
ya más tranquila Dinamita del encierro, el tenedor volvía
a funcionar.
También tuvimos disgustos a causa del tenedor
ladrón, porque Dinamita se empeñaba en traer a "sus camaradas"
parte del botín. Nosotras, imbuidas de un puritanismo revolucionario,
nos negábamos a admitir la menor cosa, lo que era bastante absurdo
porque teníamos hambre. Para Dinamita no había comprensión
posible, porque se trataba de algo despojado a las "fachas" y, por lo tanto,
legal.
Regeneración
No sé cuantas veces entró y salió
Dinamita de la cárcel hasta fines de enero del 39, cuando entraron
los fascistas en Barcelona. La última vez que entró debió
ser en el mes de diciembre del 38, y su llegada fue saludada como siempre,
pero nosotras notamos inmediatamente que algo había cambiado y esperábamos
sus confidencias, que no tardamos en escuchar. Lo primero que nos dijo
es que tenía "novio": un chico moreno, alto, con bellos bigotes
y además, guardia de asalto. Pero lo que más le impresionaba
era que tenía familia en el pueblo, y nos lo hacía ver con
grandes gestos de entusiasmo, con padre y madre, y que iba a llevarla
un día para que la conociesen.
Había aún algo más y es que
decía que la iba a "regenerar". Dinamita no debía darse mucha
cuenta de lo que significaba esa palabra, que repetía hasta la saciedad.
Esto era lo bueno que le había sucedido. En cambio, había
algo que le dolía mucho y era tener que confesarle su nueva estancia
en la cárcel porque, lo más desconsolador, es que esta vez
no había robado nada. Como siempre, en la estación, se había
encontrado con una antigua amigacha, con la cual entabló una animada
conversación pero, de repente, la amiga salió corriendo y
una señora dando gritos que "le habían robado su maletín",
seguida de un guardia, se abalanzó hasta donde estaba Dinamita,
que entonces se dio cuenta que había un pequeño maletín
a sus pies. Ni para la señora ni para el guardia había dudas
de quien era la culpable, a pesar de las protestas de inocencia de Dinamita...
otra vez en la cárcel.
Era terrible tener que contar lo sucedido
al novio, a quien había prometido no volver a robar. No tardó
mucho en proponerme que, como yo sabía de letras, le escribiera
una carta al chico, que había sido trasladado fuera de Barcelona.
Relaté efectivamente todos los hechos de la mejor manera posible
y más verosímil para demostrar su inocencia, pero Dinamita
no estaba muy contenta con lo escrito y me preguntó si eso de "regenerar"
costaba dinero, a lo cual le contesté afirmativamente: "si dejas
de robar, tendrás que trabajar para ganarte la vida o tu novio te
tendrá que dar dinero para que puedas vivir". La idea le pareció
luminosa y entonces, lo que quería hacer constar en la carta, de
la manera más clara posible, es que estaba dispuesta a todas las
"regeneraciones" habidas y por haber. Quería que yo le expresase
que necesitaba dinero y que se lo mandase rápidamente para iniciar
la “regeneración". La carta resultó al fin a su satisfacción
y fue enviada a su destino.
Pero los acontecimientos se precipitaron;
los fascistas avanzaban y la respuesta no llegaba. Llegó antes el
día en que nos despertaron los primeros cañonazos desde el
Tibidabo. Aquella misma mañana, una comisión de la CNT y
de la FAI se presentó en la cárcel para que se pusiesen en
libertad a todas las presas cenetistas. Con asombro supimos entonces que
unas 60 "fachas" eran poseedoras del carnet, mientras que las únicas
verdaderas “rojas" encarceladas, tuvimos que ser avaladas por la propia
Dinamita; ¡Irónica situación!. Después de todo
un día de papeleos, salimos ya al atardecer. Dinamita se despidió
de nosotras, abrazándonos con todo el afecto de que era capaz y
prometiendo buscarnos después de que hubiera encontrado a su novio,
al mismo tiempo que nos juraba amistad eterna.
Pero ya no la volvimos a ver, ni supimos jamás
nada de su existencia. Es posible que lograse reunirse con su "regenerador".
Quizá se perdiera entre las multitudes que huían a Francia,
bajo los bombardeos de los aviones, en un éxodo dantesco, cuya visión
cinematográfica nos hace, aún hoy, estremecer de horror.
Si llegó a Francia, su encuentro fatal con
los gendarmes no debió de ser muy cordial. En todo caso, ante su
desaparición, este cuento se queda sin moraleja. Habrá pues
que imaginarla.
Pudo ser
Un barrio obrero de una gran ciudad, con sus casas
dormitorios, especie de colmenas humanas, donde hasta que no se está
dentro es difícil encontrar cada uno su celdilla. En la calle, montones
de chiquillos correteando, jovenzuelos en grupo charlando y discutiendo
y mujeres obreras cotilleando. Un coche de policía a la puerta de
una torre de pisos. Unos guardias que salen con tres hombres melenudos
esposados. Los comentarios alzan de tono y se expresan toda clase de opiniones:
"deben ser atracadores o anarquistas o rojos"; en todo caso, hombres "malos".
Un jovenzuelo de pelo ensortijado y ojos reidores se indigna y grita en
defensa de los detenidos: “Los "rojos" no son malos; yo tuve una abuela
roja, rojísima decía y era muy valiente. Había hecho
la guerra en el frente y lanzado bombas. Figuraros cómo sería
que la llamaban Dinamita. Odiaba a los fachas. (palabra dicha con una resonancia
especial), pero era tierna con nosotros, nos besuqueaba y acariciaba. Recuerdo
que para dormirme me mecía en sus brazos y, con una voz muy bonita,
cantaba: "Arroja la bomba que escupe metralla, arroja la bomba y empuña
la star"... y yo me dormía tranquilo.
(1) En el POUM tuvimos dos combatientes femeninas
bien destacadas. Emma Roca, que estuvo en el frente de Sigüenza, después
encerrada en la catedral hasta que fue tomada por los franquistas y hecha
prisionera. Mika Etchebéhère, cuyo compañero fue el
primer muerto de nuestras milicias; llegó a ser capitán en
el ejército regular y combatió en el frente de la Moncloa.
Volverán banderas victoriosas. Introducción
Para aclarar el texto es necesario recordar que en el momento de los hechos referidos en el cuento estábamos tres compañeras en la cárcel de Barcelona como consecuencia de la persecución estaliniana de los comunistas, persecución feroz, que llegó al asesinato de Andreu Nin y de otros compañeros. Nuestra situación en la cárcel en el momento del derrumbamiento de Barcelona era pues muy peligrosa. Tres presas en medio de una multitud de presas fascistas y de elementos oficiales del orden dominados por los comunistas. Nuestra salida de la cárcel estaba pues condicionada si no salíamos antes de la llegada de las tropas franquistas, a lo que las presas fascistas mayoritarias y dueñas de la cárcel, hubieran podido hacer de nosotras, y gracias a la intervención de la CNT pudimos salir antes de la llegada de los fascistas lo que nos salvó la vida.
¡Están aquí!
Aquél 25 de enero de 1939, cuando empezaba
a amanecer, atronadores disparos de cañón detrás del
Tibidabo, despertaron a todo el personal carcelario aterrorizado. Ya están
aquí. Fue el grito unánime de las fascistas enardecidas y
de las "rojas" angustiadas.
Que aquello se acercaba, hacía días
que lo presentíamos. La noche anterior las guardianas nos habían
contado que Companys, en un llamamiento a todos los catalanes, había
afirmado que Cataluña se defendería hasta el último
hombre y Barcelona casa a casa. No nos impresionó mucho aquél
discurso, porque sonaba a falso y, aún más, cuando supimos
que lo había lanzado desde Figueras. También sabíamos
que no se levantaban trincheras ni ningún otro medio de defensa
y, por otra parte, tampoco dónde estaban los combatientes. Tras
las rejas de la cárcel, veíamos la Diagonal ya urbanizada
y hasta con faroles, desierta de edificios. Es cierto que la tarde anterior
habíamos visto desfilar soldados, muchos, pero soldados cansinos,
mal pergeñados, que arrastraban los pies y que más daban
bien la impresión de buscar un sitio dónde tumbarse para
dormir un sueño infinito y no de futuros héroes salvadores,
lanzando metralla desde una trinchera; lo más probable es que, sacando
fuerzas de flaqueza, siguieran andando hasta la frontera. También
sabíamos que se había iniciado un éxodo de la población
y que miles de personas abandonaban la ciudad.
Al oír los cañonazos matinales
las fascistas, seguras de su triunfo, rompieron los candados, cerrojos
y dueñas de la situación circulaban libremente por todo el
caserón ante la mirada cómplices y pasiva de las guardianas,
personal que es siempre el mejor barómetro en las cárceles
cuando hay una contienda política, y se va con el que considera
vencedor..
En aquél momento las "rojas" militantes
éramos solamente tres: Natalia, Carmen y yo. Estaba también
la "rojísima" Dinamita, mechera de profesión y algunas presas
comunes, entre las cuales una joven que había herido o matado
a su amante, un guardia de asalto. Así pues, nuestra situación
era inquietante; el POUM estaba fuera de la ley, con sus militantes más
destacados en la cárcel y muchos otros perseguidos o escondidos.
Poco nos podrían ayudar.
En el curso de aquella mañana
se presentó en la prisión una delegación de la CNT-FAl
con una orden para que fueran puestas en libertad inmediatamente todas
las presas con carnet de la CNT.
La subdirectora (1),
amiga nuestra, les preguntó qué hacía con las presas
del POUM: podía ponerlas en libertad si compañeras de la
CNT las avalaban como antifascistas, lo cual hicieron encantadas Dinamita,
mechera profesional, y la joven amante de un guardia de asalto al
que había asesinado. ¡Ironías del destino!
La noticia circuló por toda la cárcel
con una rapidez vertiginosa y más de 60 fascistas sacaron de sus
corpiños carnés de la CNT. Fascistas bien precavidas, mucho
más que nosotras, a las que jamás se nos hubiera ocurrido
ante una posibilidad futura, tener un carnet de la Falange. Era casi
de noche cuando las "rojas" salimos en libertad. A Natalia le esperaba
una hermana y a Carmen su hijo con su compañera y también
"S", su ex marido, casado de nuevo, pero conservando siempre su amistad,
quería llevarse a Carmen a su casa. A mí no me esperaba nadie,
pero también cordialmente me ofreció asilo.
Una vez en la casa, nos planteamos la cuestión
de que era preciso salir de Barcelona, pero no sabíamos cómo.
Un camarada nos indicó que nos pondría en contacto con un
compañero que había logrado un puesto de chofer en uno de
los camiones que tenían que evacuar a las mujeres y niños
de guardias de asalto; antes de las cuatro de la mañana. Los encontramos
con él, quien nos hizo subir al camión, recomendándonos
parquedad en las palabras y no entablar discusión con las futuras
ocupantes del camión. Arrebujados en las mantas, hacía frío
y el camión era descubierto, íbamos Carmen, su hijo con su
compañera y yo. Pasó un tiempo interminable sin que apareciese
nadie. Comenzaba a clarear cuando empezaron a subir al camión, mujeres
con chiquillos y toda clase de bultos insólitos, dadas las circunstancias:
subían y bajaban para buscar algo o a alguien y ¡qué
cosas cargaban!
No se me olvidará nunca una pequeña
lamparita de mesilla de noche, con una pantalla de seda rosa, que su dueña
no sabía dónde colocar. Ya era casi de día cuando
el camión se puso en marcha. Permanecíamos silenciosos, con
la mirada dirigida hacia la carretera que bordea el mar, como una especie
de meca de salvación.
Pero no llegamos nunca; antes tropezamos con
el cuartel "Carlos Marx", ocupado por los comunistas que colocados en fila,
cerraban el paso con las ametralladoras dispuestas a disparar, instándonos
a que abandonásemos inmediatamente el camión, que era, según
decían, material de guerra, pero que lo querían para poder
huir ellos. Las mujeres, con los chiquillos en alto, daban gritos pidiendo
compasión, pero las ametralladoras siguieron apuntando, prontas
a disparar. Bajamos precipitadamente y allí se quedaron en la acera
las mujeres llorando, con sus chiquillos y sus bultos y seguramente también
la lamparita, mientras nuestro pequeño grupo desaparecía
rápidamente, porque sabíamos lo que no podía ocurrir
si averiguaban nuestra identidad.
Sigue la odisea
Me despedí de Carmen y los suyos, pues había
decidido ir a la Plaza de Trilla, donde había vivido unos meses
con Juan, piso ocupado posteriormente por una pareja amiga de Madrid. La
mujer me recibió llorando porque su compañero se había
marchado ya a Francia con otra. Sin darme por vencida y después
de descansar un poco, me dirigí a casa de la familia de Natalia,
pues era posible que hubiera encontrado algún medio para salir de
Barcelona. Nuevo fracaso; Natalia había partido no hacía
una hora con un cuñado que había venido a buscarla. Sin desanimarme
demasiado y como no estaba muy lejos, me fui a casa de Nin, donde la portera
me comunicó que Oiga y las niñas habían partido la
noche antes con un compañero.
Casi sin fuerzas y con el ansia de encontrar una solución,
fui de nuevo a casa de “S”, de donde había salido de madrugada.
Allí se seguía discutiendo sobre lo que había que
hacer. Carmen, que también había vuelto a la casa, estaba
decidida a ir de nuevo a su piso en Gracia. Su hijo y compañera
creían haber encontrado un buen refugio para ocultarse, pero todos
coincidían en que yo tenía que marcharme. Providencialmente,
como si el destino me quisiera ayudar, se presentó en la casa el
camarada R [Rodes], jefe de las milicias del POUM en el frente de guerra,
reincorporado después en el ejército regular con el mismo
mando, pero que había sido detenido últimamente y se acababa
de escapar. Con su optimismo de siempre, afirmaba que los fascistas aún
tardarían un día o dos en entrar en Barcelona. Él
pensaba partir aquella tarde y propuso llevarme con él; yo le dije
que no podría andar mucho: pero no le dio importancia porque, dada
su naturaleza emprendedora y audaz, ya encontraríamos un burro,
un carro o un coche. Yo debería irme inmediatamente a casa a hacer
un paquete con lo indispensable, nada pesado, y acudir a las cuatro de
la tarde a casa de unos compañeros que vivían en el paseo
de San Joan.
Ciudad fantasmal
De regreso a casa, con aquella maravillosa perspectiva,
no hacía mas que repetir: "a las cuatro de la tarde, en el paseo
de San Joan".
De repente me volvió a la realidad el silencio
inconcebible de una ciudad como Barcelona, que además parecía
estar envuelta en una especie de neblina sonrosada, que le daba el aspecto
de un espejismo: sin el cañoneo matutino que había cesado,
ningún ruido perturbaba la ciudad desierta, muerta, sin circulación;
de vez en cuando, a toda velocidad, un coche en dirección al norte
o algún peatón al parecer sin rumbo. Una mujer casi doblada
con el peso de un enorme bulto sobre los hombros; un hombre de mirada inquieta
con un cajón lleno de barras de jabón; unos niños
arrastrando un pesado saco: eran las únicas señales de vida
de aquella ciudad. Sin embargo, no me pregunté lo que todo aquello
podía significar.(2)
Igualmente estaban desiertos, con una soledad
impresionante, todos los locales de organizaciones y partidos políticos,
tantos y tan llenos no hacía tanto tiempo. El único testimonio
de su pasado eran grandes montones de papeles y fotografías medio
calcinados; algunas hogueras todavía ardían y, entre pequeñas
columnas de humo, podían verse medio quemados y retorcidos, retratos
de revolucionarios. Yo segura mi camino registrando todo aquello visualmente,
pero sin hacerme ninguna interrogación mental. Así llegué
a la calle Mayor de Gracia, estrecha y empinada y, de nuevo, volví
a repetí maquinalmente: "a las cuatro de la tarde, en el paseo de
San Joan".
Un gran estrépito de ruedas me sorprendió:
tres enormes camiones descubiertos bajaban a toda velocidad y, sobre cada
uno de ellos, un hombre enloquecido al volante. En cada uno de los camiones,
un cañón y otros hombres descamisados, lívidos, algunos
con vendas sanguinolentas en la cabeza, y otros tumbados o muertos. Tampoco
me interrogué sobre lo que estaba viendo. El horror de la visión
me impedía pensar y hoy día, cuando pienso en aquél
momento, veo siempre el cuadro de Goya de "Los fusilamientos del tres de
mayo": las mismas caras de horror, lívidas.
Seguí y, al llegar al metro fontana,
en un lugar donde la calle tuerce y no se ve la recta final, unas mujeres
corriendo y gritando se metieron en el metro, tampoco me interrogué
sobre lo que veía y seguí subiendo. Fue entonces, donde la
calle ya no se tuerce hasta el Tibídabo, cuando apareció
una columna de tanques fascistas que descendía majestuosamente con
el portaestandarte en pie, ondeando el aire bien desplegada bandera nacional.
Pegada a la pared, en una calle desierta, los vi descender lentamente.
A su paso se abrían ventanas y balcones, con gente que aplaudían
y cantaban ondeando igualmente pequeñas banderas. Ya no había
por qué interrogarse: aprovechando un claro entre los tanques crucé
la calle y llegué a la Plaza de Trilla.
Demasiado tarde
Sin hacer caso a los llantos de desesperación
de la amiga ocupante del piso, hice un hatillo y, por las callejuelas de
detrás de la plaza, llegué al Paseo de San Juan. Demasiado
tarde, aunque no debían ser más que las tres. “R(odes)” y
otros camaradas habían partido ya.
En aquella casa obrera reinaba el terror y
el desconcierto. Se quemaban papeles en el hogar y los hombres hacían
paquetes, dispuestos a partir o a esconderse. Las mujeres, asustadas,
veían ya a los fascistas que entraban por las puertas: “Vete María
Teresa, vete, no puedes quedarte aquí”, y una de aquellas camaradas,
mientras me llevaba a la puerta, puso un billete en la mano, pensando ayudarme
de alguna manera (3). ¿Dónde ir?.
Y en la calle, con mi hatillo, sentí
que era imposible estar sola. Tenía que compartir aquella tragedia
con alguien. Decidí volver a casa de “S”, de donde había
partido poco antes de la madrugada. Tenía necesariamente que atravesar
el Paseo de Gracia, que ofrecía un espectáculo indescriptible:
tanques y tanques y más tanques, con las banderas desplegadas, rodeados
por una multitud delirante que cantaba y gritaban con los brazos en alto,
pero que los doblaba con rapidez, como mendigos, para recoger las latas
de conserva, chorizos, pan o jabón con los que los vencedores pagaban
su entusiasmo. Entre el estrépito de bandas de música se
oían también las salvas de los cañones en el puerto,
celebrando la victoria.
Cuando me encontré al otro lado, ya en el
ensanche, me di cuenta que tenía la cara cubierta de lágrimas
y así llegué a aquella casa acogedora. La radio marchaba
resonando triunfos y discursos altisonantes. Nadie hablaba porque queríamos
conservar la serenidad.
Había que enfrentase con la situación.
Carmen estaba dispuesta a volver a su casa en Gracia al día siguiente.
"No puedes quedarte en la Plaza de Trilla María Teresa, vente a
casal", me dijo. Confortada por esa prueba de solidaridad, aún recibí
otro ofrecimiento, insólito, y no esperado, pero que era la expresión
de la mejor buena voluntad para ayudarme, ofreciéndome un refugio
seguro: podía ocuparme de la recepción, administración
o algo por el estilo en una casa de citas, especializada en menores, de
esas funcionan siempre, sea cual sea el régimen político
imperante, ya que sus clientes no van a ellas por las ideas. Efectivamente,
era un buen refugio, pero algo también que no podía aceptar..
Anochecía ya cuando emprendí
el regreso por segunda vez hacia la Plaza de Trilla, hacia las callejuelas
de la izquierda. Llena de curiosidad, seguí a la gente y aquello
valía la pena: en pocas horas se había instalado un verdadero
"zoco moro", con sus tenderetes de todas clases, los burros, pequeñas
tiendas de campaña: no faltaba nada. Por un duro se podía
comprar todo aquello que los barceloneses no habían visto desde
hacía muchos meses. Para los vencedores fue un gran negocio, porque
en dos días los fascistas se apoderaron de la plata que entonces
tenían los duros, escondidos por la población durante la
guerra. Cuando se acabaron los duros, continuó el negocio con las
pesetas, que también entonces tenían plata. Aquél
zoco desapareció cuando la gente se quedó sin monedas con
qué traficar.
Al llegar a la Plaza de Trilla, Montserrat,
la portera, uno de mis "ángeles custodios" durante malas épocas
de mi existencia, me hizo compartir la cena con su familia, pero me advirtió
seriamente que tenía que irme de la casa porque había vecinos
que me habían visto y podían denunciarme. Estaba tan cansada
que no pude decidir nada.
Me acosté inmediatamente, sin hacer
caso de la amiga que habitaba en el piso que tenía por su seguridad
si yo estaba en la casa, y caí en un sueño profundo, sin
pensar ni en los fascistas ni en el triunfo. Creo que no había
dormido mejor desde mucho tiempo. Bien es verdad que aquél 26 de
enero de 1939, desde antes de las cuatro de la madrugada, había
pasado quizás, por las emociones más diversas, más
emocionantes y más dolorosas de mi vida.
Los días que siguieron fueron alucinantes.
Creo que todavía dormí una noche más en la Plaza de
Trilla, pero al fin hice unas maletas que dejé en la portería
y me fui a casa de Carmen. Sabía muy bien que aquél refugio
era transitorio y, a la larga, igualmente peligroso como así fue.
Carmen y su hija fueron detenidas un mes o dos después.
Por otra parte, la situación económica
no era buena y yo no podía contribuir con nada. Aparentemente la
ciudad volvía a tener un aspecto normal. Se había restablecido
el metro, circulaban coches, en su mayoría oficiales, y las gentes
llenaban las calles pero se respiraba una atmósfera de tensión
y de inquietud oculta, que no lograban disipar multitud de manifestaciones
triunfalistas, los cantos de "Cara al sol”, ni la arrogancia de los vencedores.
Porque se sabía que había multitud de detenciones, de juicios
sumarísimos y de fusilamientos. Una gran parte de la población
vivía aterrorizada.
Yo pasaba la mayor parte del día en la calle;
con la ansiedad que me invadía de ponerme en contacto con algún
amigo o camarada, fui de nuevo a casa de Nin. La calle estaba llena de
coches oficiales y el gran portal invadido por altos mandos franquistas.
A pesar de todo entré, pero la portera, muy inquieta al verme, me
instó para que me fuera inmediatamente y no volviera más
por allí; sabían que su marido era de la CNT y yo podía
comprometerla. En aquél momento estaban incautándose del
piso de Nin y del de Gironella, que vivía en la misma casa. Había
perdido el último contacto posible.
No me quedaba más recurso para llenar los
días, que sentarme en un banco y dejar que pasasen las horas, banco
que servía de descanso para el cuerpo y para la mente, pero que,
a la vez, dejaba correr la imaginación. En aquellos bancos nadie
se atrevía a entablar esas típicas y amenas conversaciones
que constituyen su encanto, porque había que ser precavido y no
hablar de nada dé lo que estaba ocurriendo. Todo el mundo desconfiaba.
Sola en mi banco, en un divagar sin fin de la imaginación, vi de
repente que me rodeaba un alto muro blanco por todos los lados, que me
aprisionaba sin escape posible.
Comprendí que si no podía traspasarlo,
perdería todo lo que había sido mi existencia hasta ahora,
todo por lo que había luchado, por lo que había vivido, bueno
o malo; la imagen de Juan igualmente, todo desaparecía detrás.
Con angustia sentía que yo ya no era nadie, que mi cuerpo y me mente
estaban vacíos de contenido y que ya no era posible esperar nada.
Si en aquellos momentos hubiera venido el verdugo y me hubiera obligado
a seguirlo, no habría vacilado ni un momento, porque al fin habría
encontrado la solución.
Pero el azar, la suerte, o la casualidad intervienen
a veces en nuestras vidas sin saber por qué y sin que por otra parte,
hayamos hecho el más mínimo esfuerzo para cambiar la situación.
Inesperadamente, en aquél enorme muro onírico, se abrió
una pequeña grieta por donde pude deslizarme y pasar al otro lado.
Y este cuento se ha acabado.
(1) La directora de la cárcel, que era del
P0UM, nombrada para ese cargo por Nin cuando era ministro de justicia,
se encontraba en aquellos momentos detenida en la Dirección General
de Seguridad.
(2) Los almacenes de víveres del ejército
fueron asaltados en los últimos momentos por la población
hambrienta: incluso se dijo después que una mujer se había
ahogado en una tinaja de aceite.
(3) Era un billete de 25 pesetas, pero no válido.
Durante los últimos meses había circulado el rumor de que
los fascistas, cuando entrasen en Barcelona, no reconocerían determinada
serie de billetes de bancos. Una amiga mía tenía otro billete
de 50 que ya le había dado a guardar, pero ninguna de ellos valió,
porque eran de la seria azulada. Me quedé sin un céntimo.
El período que sigue a la
ocupación de Barcelona y el avance de las tropas franquistas hasta
la frontera, con lo cual se consolida la derrota aunque no el fin de la
guerra puesto que Madrid va a resistir todavía algún tiempo
más, es para mí un período de no existencia. De no
existencia hasta el punto que al sentir mi desaliento, venía a mi
mente el célebre verso "vivo sin vivir en mí"
Abandoné la casa donde había
residido en los pocos meses de libertad (era el piso de mi hermano mayor,
que había partido para Colombia), a instancias de la portera que
temía que vinieran a detenerme de un momento a otro, y así
fue: los fascistas sellaron el piso y al no encontrarme se llevaron a la
portera para que declarase donde estaba escondida. Esta buena mujer, Montserrat,
que sabía mi refugio, no me delató aunque le quitaron a una
niñita de dos años y la amenazaron con todos los males posibles.
En mi vida he encontrado seres de una tal humanidad que sin obligaciones
de ninguna clase son incapaces de causar mal a otro; Montserrat supo aún
darme pruebas de su sentido humano.
Sin saber donde ir, me refugié en casa de
Carmen, compañera del partido, con la que había compartido
la prisión en los últimos meses de nuestra lucha. Pero no
era un refugio muy seguro puesto que la policía podía buscarla,
como así fue algún tiempo después. Además,
la situación económica no era muy buena y la mía era
nula y en nada podía ayudar. Aunque parezca extraño, tengo
que decir que casi estoy segura de algo desconocido, de un sino o de un
destino que sin saber por qué se manifiesta en un momento dado.
Yo me pasaba la mayor parte del día en la calle sentada en un banco.
Había estado en mis búsquedas de relaciones que pudieran
prestarme alguna ayuda, en la casa donde había vivido Nin, cuya
portera le quería y además conocía a todos aquellos
con los que se trataba. Y en mi desamparo, acudí a esa portería
a ver si había visto a algún compañero.
La última vez que pasé,
la calle, el portal y los pisos de la casa estaban llenas de oficiales
franquistas y de policías, que registraban el piso de Nin y el de
Gironella que vivía en la misma casa. Viendo uno de los pisos se
podía comprobar la sencillez y la honradez de vida de un revolucionario,
el otro podía servirles de demostración de la mentalidad
de los rojos, ladrones incautándose de muebles, lámparas
y todo aquello que de valor puede haber en la casa de un gran capitoste
nacional; era la demostración de lo que ellos pensaban que eran
los rojos.
Nada más verme, la portera me
dijo que me fuera y que no volviera más por allí porque corría
peligro también su marido que era de la CNT-FAI. Para mí
significaba la pérdida de posibles contactos. Pero mi buen hado,
o destino, me ayudó una vez más. De regreso a casa de Carmen,
al anochecer, oí que me llamaban y una mujer se lanzó a mis
brazos. Era la portera de Nin, en medio de explosiones de alegría,
me contó que una compañera había estado en su casa,
que sabía que yo estaba en Barcelona y para encontrarnos en el caso
de que ella me viera, iría todos los domingos por la tarde, a las
4, a la portería, Creo que el domingo era el día siguiente
y allí encontré a Luisa Carbonell, que ofreció ocultarme
asegurándome que en su casa no corría ningún riesgo,
como así fue. Hay pues que creer en el destino porque un minuto
más o un minuto menos hubieran bastado para que yo no encontrase
en la calle aquel hilo salvador.
Empezó una nueva etapa,
una de las más crueles de mi existencia. En aquella casa podía
disfrutar de todo: cariño, solidaridad, comprensión, alimento...
de todo menos de la tranquilidad de mi mente que no me dejaba descansar
pensando en la realidad de lo ocurrido. Todo perdido, absolutamente todo:
perdida la guerra, perdida la lucha política, perdido el hogar y
todo cuanto había sido mi vida. Desaparecido en la nada el compañero
de mi existencia. Era yo como un epave carcomido flotando en un mar tempestuoso.
Las noticias de lo que sucedía con la ocupación franquista,
detenciones y persecuciones de todo género, alimentaban mi estado
mental; Luisa y los suyos, aquellos chicos encantadores que con unas tijeras,
trozos de papel y lápices de colores, inventaban los juegos más
fantásticos, no podían comprender aquel estado mío
de apatía cuando me habían visto siempre desbordante de actividad.
Pero, como siempre en mi vida, aquella situación desapareció.
Bastó para que a finales de abril, según creo, se restableciesen
las comunicaciones postales y aquel mismo día, Juan me dirigió
una carta a nuestro antiguo domicilio de Barcelona y yo le escribiese
una postal preguntando por él a la única dirección
que tenía de París, que más bien parecía la
de un organismo sindical o de partido pero que utilicé a todo azar
por que no tenía otra. La buena de Montserrat me trajo la carta
a mi escondite y el hecho inesperado en un local obrero de una postal llegada
de España, que causó sensación, hizo que mis noticias
llegaran a manos de Juan.
A partir de entonces, la correspondencia
entre nosotros, aunque no muy seguida, fue lo bastante para exponer más
o menos nuestros planes, y desde ese momento también, yo comencé
a buscar las posibilidades y los medios de pasar a Francia. Indagando y
buscando relaciones con gentes que, de una manera u otra, habían
pasado la frontera. La mayor parte eran mujeres que no habían podido
adaptarse a la vida precaria y difícil del exilio pero cuyas informaciones
me servían para el proyecto de partida. Luisa tenia muchas relaciones
y entre ellas llegó un día la mujer de un compañero,
escritor, íntimo amigo de Nin y editor de obras suyas, que estaba
en un campo de concentración francés. Ella, maestra de escuela
se había quedado en Barcelona con los seis hijos del matrimonio.
Destituida de su cargo inmediatamente, sin medios para vivir, tenía
que pasar a Francia con los niños para reunirse la familia. Inmediatamente
decidimos indagar y organizar nuestra partida para pasar juntas la frontera.
El medio más fácil era el llegar a Puigcerdá y desde
allí pasar con algún guía a La Tour de Caro bien al
enclave de Llivia, pueblo mitad España mitad Francia atravesando
una calle. Todo lo estudiamos detenidamente y lo primero que había
que hacer era resolver el modo de llegar a Puigcerdá que era zona
de guerra y para lo cual se necesitaba un permiso especial de la comandancia
militar instalada en Ripoll.
Yo conseguí, no sé cómo,
declarando que tenía que ir a buscar a un hijo en una masía
de La Seu de Urgell, para lo cual tenía que ir en tren por Puigcerdá,
el pase. Ella hizo que un médico visitase a los niños y le
diera un papel diciendo que necesitaban alimentos y aire sano, recomendando
su traslado a Llivia, donde ella declaró tener familiares. Pero
había que pensar también en el dinero: yo no tenía
una gorda y Luisa no podía desprenderse de una suma importante.
Supe que un antiguo discípulo de mi hermano, catedrático
en la Universidad de Barcelona y amigo mío porque fuimos en el mismo
barco a los Estados Unidos, estaba en Barcelona. Le escribí una
carta que Luisa se encargó de entregarle, e inmediatamente le dio
300 pesetas, cantidad que ahora puede parecer ridícula pero que
entonces era el sueldo de un catedrático de instituto. Mi amiga
vendió todo lo vendible para reunir el dinero del viaje y posiblemente
de sus primeros días en Francia.
Partimos alegremente de Barcelona; debió
ser el 9 de julio, despedidos por todos los amigos y sobre todo por Luisa
y todos los suyos, que tanto habían hecho por mí. Yo no llevaba
equipaje, sólo un pequeño bolso de mano con unas mudas y
ropa indispensable; ella una maleta con las cosas de los chicos. Llegamos
a Ripoll y las cosas se complicaron: la comandancia militar no dejaba pasar
a nadie sin un sello especial. Decidimos obrar independientemente: ella
con sus certificados médicos y sus seis críos logró
fácilmente el sello que le permitía seguir el viaje hasta
Puigcerdá; a mí me lo negaron, me proponían
volver a Barcelona y coger otro camino que me llevaría igualmente
a La Seu de Urgell donde yo pretendía ir a buscar a un hijo. La
desesperación interior es madre de las mayores audacias.
[...]
El 11 de julio de 1939 pude abrazar
a Andrade después de meses de habernos visto sólo entre rejas
y otros muchos en que ni siquiera tuvimos esa suerte, puesto que estaba
cada uno en una cárcel, pasando por un período, no muy largo,
es cierto, en que ni siquiera sabíamos si estábamos muertos
o vivos.
El 14 de julio, día memorable en Francia,
llegamos a Paris multitud de exiliados, sin papeles, pero con nuevas ilusiones.
Teníamos la suerte de disfrutar de un pequeño pisito que
nos había ofrecido un joven militante de la organización
de Marceau Pivert, refugio que ofrecía muchas garantías de
seguridad. En una vieja calle del casco antiguo que se encontraba en proyecto
de reconstrucción, estaba la casa, que pertenecía al ayuntamiento
de Paris y que, como otras, iba a ser demolida. Pero mientras llegaba ese
momento, el ayuntamiento, que había despedido a todos los inquilinos,
dejaba que continuasen algunos que no habían encontrado acomodo
a su gusto. La portera era en realidad la dueña de aquel inmueble
vacío; tía o pariente del joven que le había ofrecido
el albergue a Juan, puso a nuestra disposición el piso desocupado
en el mismo rellano del primer piso, donde ella habitaba. Aquella madame
fue uno de nuestros ángeles custodios; en realidad era la casa de
la solidaridad: tía, sobrino y hasta el gato acudían en ayuda
de todo aquel que lo necesitaba.
El Mike, era un gatazo enorme como tienen
fama de ser los gatos de todas las porteras de Paris, llegaba casi todos
los días seguido de un gato hambriento que había encontrado
por las calles; el comensal era muy bien recibido, recibía su pitanza
pero cuando ya empezaba a relamerse y buscar un sitio blando donde dormir,
el Mike le hacía ver muy claro que tenía que marcharse pues
sólo había sido una invitación. Sólo una vez
cambió el Mike su conducta de solidaridad: un día llegó
con un gatito chiquitín, hambriento, que no tendría más
de dos meses. Recibido como todos sus invitados el festín, pero
esta vez el Mike le dejó que durmiese en un blando almohadón
y el gatito se quedó para siempre en la casa.
En esta casa de solidaridad nos sentíamos
felices y dispuestos a emprender nuevas actividades; pero el 1 de septiembre
oímos por la radio, a las 7 de la mañana, que se había
declarado la movilización general por el conflicto de Dantzing y
era el comienzo de una nueva guerra y para nosotros no cabía duda
que el comienzo de nuevas situaciones más o menos trágicas.
Imposible quedarse en Paris sin papeles, a pesar de la protección
de nuestros huéspedes. Supimos que en Chartres el prefecto Jean
Moulins daba papeles a todos los españoles que iban a la ciudad,
y allí nos fuimos inmediatamente y conseguimos un "laissez passer",
papel que había que renovar todos los meses pero que nos daba una
situación legal. Si el prefecto Jean Moulins, "jefe" más
tarde de la resistencia gaullista asesinado por los alemanes, protegía
a los rojos españoles, la ciudad era lo más antirojo y reaccionario
que pueda imaginarse: enormes dificultades para encontrar una habitación
donde dormir, complicado todo ello con una serie de contrariedades debidas
al ambiente de la ciudad. Todo el que no era de Chartres era un extranjero
aunque hubiera nacido en París.
Habiendo logrado una pequeña habitación
donde podíamos estar tranquilos, inmediatamente se me ocurrió
un medio para ganar algún dinero: Juan tenía pocas posibilidades
o ninguna de hacer algo, intentó escribir algún artículo
para Inglaterra pero creo que nunca llegó a cobrar nada; a mí
se me ocurrió pedir a todos nuestros amigos franceses que me enviasen
todos los retales de cualquier género que tuviesen por los cajones,
y con ellos (recibí cantidades) me puse a fabricar muñecas
de trapo de tipos españoles de unos 25 centímetros de altura,
y pronto reuní toda una colección: parejas gallegas, vascas,
catalanas, baturras, valencianas, madrileñas, andaluzas, toreros,
bailarinas de traje de cola... en suma, una colección fantástica
que envíe a New York a mi amiga Amelia del Río, profesora
de universidad, que las vendió inmediatamente recibiendo su importe
en dólares, lo que era una salvación. El problema económico
iba a resolverse pero el avance de las tropas alemanas nos obligó
a abandonar Chartres en un éxodo hasta Burdeos, en tierra de nadie
y se terminó el negocio de las muñecas y una etapa diferente
del "yo y mis circunstancias".
La ocupación alemana y el gobierno de Petain,
que determinó la división de Francia en zona ocupada y zona
no ocupada, determinaron también nuestra instalación en Toulouse,
después de una pequeña estancia en Burdeos, donde habíamos
acudido en masa miles de españoles Con la idea, sin pies ni cabeza,
de encontrar un barco para irnos a América sin dinero y sin papeles.
En Toulouse, donde se habían refugiado también
centenares de españoles huyendo de los alemanes, se inició
un período de la caza al hombre: todos los días habían
redadas para detener a los indocumentados que, sin embargo, sabían
defenderse y que avisaban que iba haber redada por tal calle o tal sitio
para que no fueses. En Toulouse supimos el asesinato de Trotsky y la gran
emoción de todos aquellos españoles que se comunicaban unos
a otros:
- Han matado a Trotsky.
Nosotros pudimos alojarnos aunque durmiendo
en tierra, en casa de unos compañeros, y yo logré nuevamente
poder sacar algunos francos cosiendo para gente que había tenido
la suerte de procurarse papeles para irse a América. Hice
vestidos, blusas y no sé cuantas cosas más y también
tuve ocasión de dar algunas lecciones, pero todo se terminó
en un mal día en el que fuimos a la policía porque habíamos
iniciado los trámites para que nos dieran algún papel de
identidad y un policía que odiaba a los españoles nos cogió
allí mismo y nos llevó a un presunto refugio de extranjeros
que en realidad era un campo de detenidos más o menos disimulado.
Se vivía en barracones, en dormitorios comunes sin distinción
de sexos, con lavabos igualmente comunes y sin puertas, y con retretes
a unos 200 metros; la comida era un rancho que se hervía dos veces
al día y podías pedir autorización por unas horas
para ir a Toulouse. Como nuestras casas estaban en una esquina, logré
con unas mantas y cuerdas hacer un simulacro de habitación independiente,
incluso llevé cacharros para lavarme y hasta un infernillo. No era
un “hogar” pero tampoco era la promiscuidad.
Introducción
Aún cuando pretendas conservar
tu personalidad y poseas un temperamento propicio a adaptarse a todos los
países y a todos los climas, lo que hace que puedas sentirte como
en tu casa en cualquier parte, como es sin duda mi caso porque poseo gran
poder de adaptación, sucede que todo eso se pierde, sin darnos cuenta,
cuando te conviertas por las circunstancias en un exiliado político.
En realidad eres un marginado, lo que hace
que la óptica sobre lo que te rodea, o los acontecimientos que vives
son muy diferentes de lo que serían en situaciones normales. Los
ojos de un turista no ven lo mismo que los de un exiliado, sin papeles
legales y sin medios de existencia: también es diferente de la del
extranjero que tiene sus medios de vida y un puesto en una sociedad que
no es la suya. El exiliado de tercera categoría, como lo fuimos
nosotros, une a su existencia de marginado todos los inconvenientes, necesidades
y vida precaria de los que poco o nada tienen, en ese mismo país.
Internacionalista profunda por verdadera convicción, se puede llegar
a sentir, de repente, sin saber por qué, posiblemente un sentimiento
inevitable de protesta con que renacen en ti profundas raíces de
tu lugar de origen, que incluso se podrían calificar de nacionalistas
en otras situaciones. Es algo intuitivo, es una defensa: Ia única
que te queda.
Estas palabras de introducción
las creo necesarias porque pudiera parecer injusta la manera de relatar
los hechos que siguen. Hechos que pretendo exponer sin exageraciones y
de acuerdo con la verdad que vieron mis ojos, con lo que soportó
mi cuerpo y como quedaron grabados en mi mente.
Declaración de guerra
Primeros de septiembre de 1939. Estábamos
en París, después de una separación que había
comenzado el 16 de julio de 1937. Exiliados, Sin papeles y sin dinero;
felices sin embargo y con ánimos de hacer frente a la situación.
Teníamos un cobijo amigo. Nos relacionábamos con compañeros
afines. Por lo tanto, el porvenir nos parecía despejado. Por
aquel 1º de septiembre a las siete de la mañana, la radio lanzaba
la horrible noticia de una nueva guerra. Nos dimos cuenta inmediatamente
que todo se derrumbaba de nuevo y que nuestra odisea no había terminado.
Era evidente que no podríamos vivir medio escondidos, sin papeles
de identidad en una ciudad como París en tiempos de guerra. Supimos
que en Chartres el prefecto Jean Moulins (víctima después
de la Gestapo) legalizaba a los españoles que se instalaban en la
ciudad (1).
Partimos para Chartres, donde nos dieron
"papeles de legalización" aunque no fuese más que un
modesto "laissez-passez" que había que renovar todos los meses.
Resuelto este gran problema, nos tuvimos que enfrentar con otros bastante
desagradables.
Chartres no merece su catedral
Pronto nos encontramos en una ciudad que no
merecía su bella catedral, ni todas las edificaciones arquitectónicas
que constituyen su tesoro. Ciudad de pequeños pensionistas, reaccionarios,
de grandes terratenientes de la región cerealista más importante
de Francia, y sin una masa obrera importante, consideraba como enemigos
a todos aquellos que pudieran perturbar su tranquila existencia. La población
había incluso protestado por la implantación de terrenos
de aviación, pretextando el ruido molesto de los aviones. Todo el
que no fuera de allí, era un extranjero. Se puede imaginar cómo
serían considerados los españoles allí asentados,
que además de extranjeros eran "rojos". Imposible encontrar un sitio
donde vivir, aunque nada más fuera que una modesta habitación.
Recuerdo que recorrí Chartres matemáticamente, primero horizontal
y después verticalmente, todas las callejas de la ciudad (2).
No es que buscase un palacio, sino simplemente
una vivienda obrera, donde pudiéramos dormir y guisar. La contestación,
aunque no se tratase mas que de una habitación con un fogón
y una cama para dormir, era la misma: ¿por qué no se van
ustedes a su país?. Todos los exiliados de tercera categoría,
es decir, todos aquellos que no habían tenido la suerte de cruzar
la frontera con un pasaporte, conocieron en ciudades como Chartres el agobio
de su instalación. Una noche, un oficial de aviación nos
preguntó dónde había un buen restaurante; le dijimos
que éramos extranjeros españoles y no conocíamos la
ciudad bien. Su contestación, muy cordial, fue: "españoles
extranjeros y yo parisiense extranjero en Chartres".
La población pequeño-burguesa
achacaba todos los males por los que estaba pasando Francia a la semana
de cuarenta horas y a las vacaciones pagadas, por lo cual casi deseaban
el fascismo. En cuanto al resto de la población, tampoco acogió
la movilización con entusiasmo: "No vale la pena de morir por Dantzig".
Aquél entusiasmo que mostraban las fotografías de los trenes
partiendo para la guerra en 1914 con grandes letreros: “¡A Berlín!”,
no se manifestó en ningún momento. Las mujeres de los movilizados
expresaban abiertamente su descontento y algunas exclamaban: "menos mal
que se quedan los españoles". Desde el primer momento en Chartres
la atmósfera no era de una posible victoria, impresión que
se fue confirmando a medida que avanzaban los meses.
Ya estaba finalizando octubre, cuando gracias
a un "extranjero" pudimos encontrar albergue. Fue un italiano, afincado
hacía muchos años en Francia, propietario de un café
en la gran plaza de Chartres, a donde íbamos todas las mañanas,
no especialmente por el desayuno, sino porque había los mejores
"lavabos" (como se dice ahora), de todos los lugares que podíamos
frecuentar. Con su simpatía por los españoles, inmediatamente
que le hicimos saber nuestra necesidad de una habitación nos dio
la dirección de alguien que alquilaba. Era la propietaria de una
gran tienda de comestibles, también “extranjera" pues era
de la "Villette" de París, quien, al presentarnos, sin más
interrogatorios, nos entregó las llaves de unas pequeñas
habitaciones que había en el patio interior, sin la menor observación
de por qué no nos íbamos a nuestro país. Alta, corpulenta,
parecía un húsar napoleónico, con un vocabulario de
camionero, pero con un gran corazón y una generosidad sin límites,
madame Hemery, otro de mis ángeles custodios en la penuria. Era
una pequeña habitación, pero tenía una buena cama,
una mesa y una estufa, que comunicaba con un pequeño cuarto donde
había una pila con desagüe, un hornillo para guisar y algunas
estanterías. El agua estaba en el patio, lo mismo que los lavabos,
pero todo limpio. Nos pareció un paraíso.
Allí pasamos todo el invierno,
intentando rehacer nuestra vida. Monté una “pequeña industria"
casera de muñequitas con trajes regionales españoles, con
trapos y recortes toda clase que me mandaban los amigos franceses.
Después las mandaba a mi amiga Amelia Del Río, en Nueva York,
que las vendía y los dólares de su venta nos ayudaban a vivir.
Juan, por su parte, pudo colocar en Inglaterra algunos artículos
pagaderos. Y así llegó la primavera y el inicio del verano,
y el derrumbamiento de los frentes y final de lo que los franceses habían
llamado "la drole de guerre".
(1) Los españoles que pasaron por Chartres deberían recordar la figura de Jean Moulins, jefe de la resistencia gaullista en Francia, por todo cuanto hizo por ayudarles cuando era prefecto. Detenido por la Gestapo, se tiró por una ventana o le tiraron. Quizá se suicidase ante el temor de no resistir las torturas.
(2) Vivíamos en una pequeña habitación
con una cama, un perchero y un lavabo de hierro encima de una taberna sin
medios posibles de calentar ni guisar la menor cosa. El invierno se acercaba
y no podíamos continuar viviendo de fiambres.
17. La drole de guerra había terminado
La insólita situación
de un país en guerra, totalmente movilizado, la "línea Maginot"
a punto para resistir al ejército alemán, todo había
estado casi paralizado, salvo algunas escaramuzas mientras los alemanes
luchaban en el Este. Pero esta situación, que fue llamada la "drole
de guerra", terminó cuando los ejércitos alemanes se volcaron
hacia el Oeste. Holanda fue invadida rápidamente y, a la misma cadencia,
lo fue Bélgica. Dunkerque, con el abandono del ejército inglés,
y a continuación, la invasión de Francia.
En Chartres vimos llegar los primeros fugitivos
belgas y, una vez más, se demostró el espíritu egoísta
de la ciudad. "Las naranjas son para los niños de Chartres", que
se les negaban a pesar del cansancio y de la desolación de los fugitivos.
El desastre comenzaba. El número de
prisioneros alcanzó cifras enormes. Para nosotros, la derrota era
inminente y los síntomas inequívocos. Un día apareció
en la Gran Plaza un tanque con todos sus servidores, que tranquilamente
explicaban que al ver tantos alemanes, habían echado a correr hasta
llegar allí. Otro día las autoridades de la ciudad ordenaron
una gran requisa de españoles y los mandaron a Rouen para hacer
trincheras y, entre ellos, Juan; cuando llegaron al punto de destino, no
había nadie pues las autoridades locales habían evacuado
la ciudad, con lo cual después de una noche pasada en un hangar,
decidieron volver a Chartres. En el camino de regreso, Juan fue detenido
en un pueblo, acusado de paracaidista alemán. Fuera verdad o mentira,
[se había extendido] la idea del lanzamiento de paracaidistas para
preparar la llegada de los cuerpos de ejército y cualquier individuo
que tuviese un aspecto, al parecer extranjero, era inmediatamente acusado
de paracaidista. Entre nuestros amigos o conocidos, por lo menos cinco
fueron detenidos como paracaidistas. Las noticias eran cada vez más
inquietantes: el ejército alemán seguía avanzando.
Había que partir y nosotros,
lo mismo que los demás españoles, no teníamos más
que un propósito: llegar a Burdeos para coger un barco e irnos a
América, idea simplista que nos atacó como si fuera una epidemia
y, poco a poco, fueron partiendo todos los exiliados do la ciudad. Fue
Toni, nuestro más fiel amigo, un vasco pequeño, forzudo,
que había sido suboficial en el único barco de guerra que
se sublevó contra los franquistas, quien nos dio la solución:
trabajaba cargando sacos de harina en una do las más grandes cooperativas
harineras de Chartres. Ante el avance alemán, la cooperativa decidió
el éxodo de la administración, que instalarían en
Valancey y Toni tendría que transportar en un camión todos
los papeles y archivos de la empresa. Graciela, con su madre (prima y tía
de Colette, la compañera de Toni) y yo iríamos en. el camión,
al que seguiría el coche de Colette, acompañada por Juan
para evitar cualquier desmán que pudiera ocurrir.
Partimos de Chartres y, al anochecer,
llegamos a las cercanías de Vendôme y, como habíamos
recorrido muchos kilómetros, pensamos en descansar y pedimos refugio
en un pequeño chalet al borde de la carretera. El camión
de Toni no marchaba con gasolina, sino con un producto que se quemaba en
una caldera, cuyo humo de combustión salía por la parte trasera.
La madre de Graciela y yo nos intoxicamos y no podíamos apenas abrir
los ojos, yo menos afectada a causa de los lentes. Al día siguiente,
en el momento de partir, como la madre de Graciela continuaba muy mal de
la vista, Juan le cedió su puesto en el coche de Colette y subió
al camión con nosotras. Continuamos hacia Vendôme, ya antes
de llegar la gente asustadas nos gritaban que las autoridades habían
evacuado la ciudad y, nada más llegar a la plaza, en medio de un
gentío y una multitud enorme de coches, oímos el ruido de
los aviones alemanes revoloteando por encima de la población, y
de los que veíamos perfectamente las cruces gamadas.
Bajamos del camión y nos metimos
en la catedral, y casi al instante comenzó el tiroteo de las ametralladoras.
Cuando el fuego cesó, no vimos a Colette ni el coche. Toni, que
salió en su búsqueda, volvió para decirnos que había
muchos coches destrozados, muchos heridos y muertos a la salida de la ciudad
y, entre las víctimas, herida gravemente, la madre Graciela: el
perrito de Colette estaba partido en dos pedazos. Ella no tenía
nada, pero el coche estaba acribillado y no podía marchar. Toni
subió al camión, lo sacó fuera de la ciudad, lo embarrancó
en un altozano, le dio a Juan una pistola para que lo defendiese por encima
de todo y se marchó. Fue un día espantoso, sin noticias de
lo pasaba abajo y siempre en expectativa de lo que pudiera ocurrir.
La carretera presentaba un aspecto desolador,
pues aquél ametrallamiento criminal, sin objetivo militar alguno,
había aterrorizado a las gentes, que huían como locas, utilizando
cualquier medio de transporte. Se asaltaban los coches, se peleaban por
una bicicleta vieja. Los que no hayan visto una huída de gentes
enloquecidas por el pánico no podrán imaginar esos momentos.
Ya casi de noche, vimos llegar el coche de Colette. Se había pasado
el día poniendo parches a los neumáticos y estaban agotados,
pero emprendimos de nuevo la marcha. Ya no éramos mas que cuatro
porque Graciela se había quedado con su madre, que todavía
no había sido hospitalizada y esperaban una ambulancia para trasladar
a los heridos. Así llegamos a nuestro punto de destino: Toni entregaría
el camión al día siguiente y libremente seguiríamos
el camino hasta Burdeos.
En las afueras del pueblo pedimos asilo
en una granja que nos acogió. Un enorme patio rodeado por la casa
solariega y todas las construcciones anexas a una gran explotación
cerraban el cuadrilátero pequeños pabellones destinados a
albergar a los obreros temporeros. Nos ofrecieron una gran habitación
con dos camas, una pequeña cocina al aire libre e, incluso, hasta
ducha; aquello nos pareció fantástico y nos acostamos tarde.
Por que aquél remanso de paz queríamos gozarlo plenamente.
Me desveló el ruido de cañonazos pero me callaron diciendo
que estaba loca y que soñaba con los alemanes que habíamos
dejado a kilómetros de distancia.
Empezaba a amanecer cuando todo el mundo se
despertó porque llegaba hasta nosotros el ruido claro y definido
de los cañones. Toni, experto en guerra, nos dijo que debían
estar a unos treinta kilómetros e, inmediatamente partió
para recibir órdenes de la administración harinera que también,
alarmada, había decidido partir y, como no sabían dónde
se instalarían, Toni seguiría con el camión la comitiva
de unos doce coches de los administrativos y nosotros, Colette, Juan y
yo en el coche, seguiríamos al camión. A media mañana
se oyeron nuevamente motores de aviones y toda aquella comitiva se refugió
en un bosquecillo muy espeso. No tardamos en oír el bombardeo sobre
la carretera. Cuando el ruido de los motores desapareció, todo aquél
conjunto de coches se puso en movimiento para continuar el viaje.
Colette también buscó la salida
pero, al llegar a la carretera, no había ni rastro de coches ni
del camino de Toni. Indudablemente habíamos salido a otra carretera.
La pérdida de Toni nos afectó mucho, pero no había
más remedio que continuar. Dos tanques franceses ardían,
pero en la carretera no había alma viviente. Dormimos en el coche,
ocultos en un campo y, al día siguiente llegamos a Le Mans, donde
nos detuvimos. Miles de coches llenaban una amplísima explanada;
dejamos el nuestro al cuidado de Juan. Entonces Colette y yo partimos
en busca de provisiones y de noticias. Se hablaba de un armisticio, en
medio de la alegría desbordante de la gente, porque la guerra había
terminado aunque nadie se preguntaba cómo. Una. gran sorpresa nos
esperaba al volver al coche, porque vimos a Toni charlando con Juan: harto
ya del camión y de la cooperativa, se había marchado sin
más.
Entonces se nos presentó otro problema:
como las hostilidades habían cesado, aunque no el avance de
los alemanes hacia el sur, se había dado la orden terminante de
que todos los coches volvieran a sus lugares de origen, y que nadie continuase
descendiendo hacia el sur. Barreras de gendarmes cerraban el paso a todo
vehículo. Había que encontrar una solución para llegar
a nuestro soñado Burdeos. Colette decidió partir por pequeños
caminos vecinales y, de pueblo en pueblo, aunque dando bastantes rodeos,
pudimos llegar hasta las cercanías de Amboise y, como anochecía,
decidimos dormir al aire libre, en un bosquecillo. Estaba amaneciendo cuando
nos despertaron un capitán del ejército francés con
unos soldados, quienes nos advirtieron que los alemanes estaban en una
aldea cercana y que partiésemos enseguida porque se iba a volar
el puente de Amboise.
Nos pusimos en marcha y, posiblemente,
fuimos los últimos en pasar. Por un sendero seguimos río
abajo por la izquierda y nos detuvimos en un bello remanso para bañarnos;
estábamos aún dentro del agua, cuando vimos que el puente
saltaba hecho pedazos; fue espectáculo bellísimo, como de
película. Tuvimos que buscar cobijo para la noche y, como siempre,
en una granja, cuyo dueño, de gran prestancia y altivez, nos ofreció
el pajar; con la solemne promesa de no encender ni un cigarrillo. Al despedirnos
a la mañana siguiente, el patrón nos dijo con gran orgullo
y contento que era uno de la "cruz de hierro", es decir, un fascista que
esperaba la llegada "salvadora" de los alemanes.
El recorrido hasta Libourne fue tranquilo,
a causa de estar cerradas las carreteras. Sin embargo, cuando llegamos
a la ciudad, no encontramos ningún hotel ni cualquier otro sitio
donde instalarnos, pues estaba totalmente ocupado por fugitivos del
norte. Mientras Colette y Toni partieron a la descubierta, Juan y yo, al
cuidado del coche, vimos inquietos como iban pegando por todas partes carteles
de "Libourne ciudad abierta", lo que indicaba que los alemanes seguían
pisándonos los talones; habíamos corrido mucho, pero inútilmente.
Había que pasar el puente sobre el Garona para llegar a Burdeos,
pero en aquellos momentos estaba fuertemente custodiado. El gran hotel
de Libourne nos ofreció la cena Y, para pasar la noche, los butacones
del gran salón, lo cual nos pareció perfecto. El hotel estaba
abarrotado de gente importante: políticos, senadores, diputados
todos en huida, lo que supuso para nosotros oír y enterarnos de
todo lo que estaba pasando en Francia: la huída de De Gaulle a Inglaterra,
la gran derrota, la seguridad de que se recurriría a Petain, violentas
discusiones sobre si era posible continuar la guerra en África.
Aquella multitud de hombres políticos no sabía ni dónde
estaban ni que había que hacer, pero para nosotros fue una enorme
lección. Muy temprano partimos para pasar el puente, que en aquellas
horas matinales sólo custodiaban un par de soldados que nos negaron
el paso, pero Colette, con su más bella sonrisa, les ofreció
dos buenas botellas, lo que nos permitió seguir adelante. ¡Ya
estábamos en Burdeos!
Yo no sé cuantos miles
de españoles había en aquellos momentos en Francia, pero
estoy casi segura que allí se encontraban todos los que habitaban
el norte, y todos con el mismo propósito: coger un barco para ir
a América, sin dinero y sin papeles, allí al borde de los
muelles esperando sin duda un milagro. Dada la picaresca española,
es posible que algunos lograran partir escondidos en bodegas o utilizando
cualquier otro medio clandestino. Nosotros, más sensatos,
sentimos que nuestras ilusiones se derrumbaban y decidimos encontrar cobijo.
Como siempre salimos a las afueras de Burdeos y, como siempre, encontramos
una pequeña granja que nos ofreció el pajar, que estaba en
lo alto, cerrado por tres muros y el cuarto al descubierto. Había
que subir por una escalera de mano, pero allí se dormía espléndidamente,
teniendo como fondo el firmamento con todas sus estrellas. Después
del día pasado en la ciudad, aquella visión nos calmaba y
nos hacía olvidar aquél presente que parecía no tener
solución. Recuerdo que una bella noche, contemplando el firmamento,
me puse, sin darme cuenta, a recitar los versos tan bellos de Fray Luis
de León:
“Cuando contemplo el cielo
de innumerables luces adornado,
y miro hacia el suelo
de noche rodeado,
en sueño y en olvido sepultado,
Morada de grandeza,
templo de caridad y hermosura,
mi alma, que a tu alteza
nació, ¿qué desventura
la tiene en esta cárcel baja, oscura?
el amor y la pena
despiertan en mi pecho un ansia ardiente:
despiden larga vena
los ojos hechos fuente;
la lengua dice al fin con voz doliente:
El hombre está entregado
al sueño, de su suerte no
y con paso callado
el cielo vueltas dando
las horas del vivir le va hurtando”.
En nuestros traslados diarios a Burdeos, encontramos
amigos y compañeros, todos inquietos sin saber qué hacer
y, en medio de aquella multitud, a Graciela que no había podido
seguir a su madre en una ambulancia que por fin la recogió y que
después de colocarle en el pecho un cartón con su nombre
y todas las indicaciones para una futura identificación, no
pensó mas que en llegar también a Burdeos.
Las negociaciones del armisticio habían
terminado y se sabía que Francia quedaría dividida en dos
grandes sectores: uno al mando absoluto de los alemanes, con París
y Burdeos también incluidos, la zona llamada “no ocupada” tendría
un gobierno francés presidido por Petain, con asiento en Vichy.
En cuanto supimos que Burdeos iba a ser “ocupada”, decidimos partir.
Llegamos a Marmande; población importante,
conocida toda Francia por el cultivo de los tomates y del tabaco; y también
como siempre, buscamos albergue en una granja de las afueras de la urbanización.
Graciela nos rogó que nos quedásemos algún tiempo
para poder localizar a su madre, escribiendo a todos los hospitales del
norte. La estancia era agradable; dormíamos en un gran hangar, destinado
a secar el tabaco, con paja abundante para renovar las camas y comodidades
para guisar en la granja; una instalación! casi perfecta. No tardó
mucho tiempo antes de los quince días, cuando Graciela recibió
una contestación sobre el paradero de su madre y decidió
partir inmediatamente.
No había ya motivos para quedarnos
allí, pero antes de salir fuimos testigos de uno de los episodios
más singulares de nuestro largo éxodo en tierra de nadie.
Una noche, ya dormidos, dieron golpes a la puerta del barracón.
Un capitán del ejército francés con un grupo do soldados
de su compañía, perdidos en la oscuridad, quería saber
dónde estaban. Uno de los soldados, al ver que éramos españoles
nos dijo que él también lo era y nos contó su
odisea: en la "retirada" (de alguna manera había que llamarlo),
ante el peligro de caer prisioneros, invitó al capitán y
a sus compañeros para que se fueran a su pueblo en España,
al otro lado de la frontera, donde serían muy bien recibidos y les
darían muy bien de comer. Ahora que todo había terminado,
volvían para pedir la desmovilización. Les indicamos el camino
que debían seguir y nosotros nos pasamos buena parte de la noche
comentando el episodio.
Al día siguiente emprendimos
la ruta hacia Toulouse, en la zona no ocupada, a donde también acudieron
miles de españoles del norte. Allí se inició una nueva
etapa de marginación y de penurias, pero esto ya puede quedar para
otro cuento.
La situación había llegado
a un punto que era necesario encontrar otra solución. Yo en el tan
cacareado "refugio para extranjeros", que era más bien un campo
de concentración aunque con bastante libertad; Juan en una compañía
de trabajadores más o menos militarizado, con servicio obligatorio,
en un pueblecillo cerca de la frontera española. Es cierto que no
se mataban a trabajar y lo que hacían era completamente inútil:
llevar carretillas de arena desde el río a la carretera.
Supimos que si podíamos demostrar tener la
suficiente cantidad de dinero mensual como para poder vivir modestamente,
nos concederían una residencia forzosa, pero libre, en algún
pequeño pueblo. Los amigos franceses nos ayudaron y pudimos presentar
los papeles necesarios y al poco tiempo nos concedieron la residencia
forzosa en Barbazán, pequeño pueblo en las laderas de los
Pirineos, a unos 50 kilómetros a vuelo de pájaro de la frontera
española. Reunidos en Toulouse, la policía me dio a mí
los papeles para salir inmediatamente, pero Juan tenía que volver
a la compañía, dónde se los entregarían para
poder salir libremente hacia Barbazán. Era cuestión de tres
o cuatro días. Aunque nos despedimos alegremente, tuve una corazonada
como si me separara de él para siempre.
Barbazán no tenía estación
de ferrocarril. Había que ir en el tren que llegar hasta Hendaya
desde Toulouse y cambiar de tren para coger un pequeño enlace que
llegaba hasta Luchon, importante estación de deportes de invierno,
y se bajaba en la primera parada -Loures- a las orillas del
Garonne luego era necesario andar dos kilómetros a pie y cuesta
arriba todo el tiempo hasta llegar a Barbazán. A mitad de camino
entre Loures y el pueblo, había una estación termal, muy
conocida en la región, de aguas medicinales para el estreñimiento,
y a su alrededor un pequeño casino provinciano y algunos hoteles
para los bañistas. Pero ahora, con la guerra, la estación
termal y el casino estaban cerrados. Al llegar al pueblo, una especie de
rellano formaba una plazoleta por donde cruzaban varias carreteras, era
como el centro del pueblo, donde empezaban las casas, pero el pueblo seguía
subiendo por su única calle para culminar en lo alto de un monte
con el cementerio a la derecha y lo que llamaban el castillo que no era
más que una residencia señorial. Todos los campos y prados
estaban más o menos en cuesta o inclinados por lo que era imposible
el empleo de maquinaria agrícola.
Los campesinos no eran grandes propietarios,
no había ninguno que tuviera más de tres vacas ni más
de dos cerdos, y el cultivo se reducía en los campos a la patata
ya las judías. En pequeños huertecillos al Iado de sus viviendas,
cultivaban las legumbres necesarias para su consumo particular y en los
corrales las gallinas, patos, conejos y ocas, pero siempre en la cantidad
necesaria para su consumo. Pasé en este pueblo casi
cuatro años con experiencias de toda clase y algunos de los momentos
más tristes de mi vida.
La primera semana, bajaba todos los días,
mañana y tarde, hasta Loures a la llegada de los trenes, para recibir
a Juan. Sin llegada, sin cartas, sin aviso de ninguna clase, me invadió
el terror de lo que hubiera podido pasar. Llamé por teléfono
al capitán de la compañía de trabajadores, que era
español pero esclavo servil de los que mandan. Me dijo que Juan
ya no estaba en la compañía y me aseguró que había
salido con su maleta, pero no me dio ningún detalle más.
Un amigo francés, judío, que se había refugiado en
un pueblecito cercano al de la compañía y que veía
a veces a Juan me escribió que había visto a Juan subir en
un coche con tres hombres y que al irse a acercar le había hecho
un gesto para impedírselo. Era evidente que no había salido
por su voluntad y que alguien se lo había llevado. Escribí
cartas y cartas a todos los amigos y conocidos del partido. No me contestó
nadie, el silencio más absoluto. Leía los periódicos
y a veces había la noticia de que se había encontrado un
hombre sin documentación muerto en una carretera o en un campo.
Inmediatamente solicitaba información
para convencerme de que no se trataba de Juan. Pedí permiso a los
gendarmes para ir a Toulouse y me presenté a la policía para
hacer una denuncia por desaparecido. Se rieron francamente de mí:
"señora, si no ha ido a reunirse con usted y no le ha dado noticias
de su paradero será seguramente porque se ha ido con otra". Finalmente,
escribí al prefecto de Toulouse en los mismos términos y
pidiendo que se hiciese una indagación en busca de mi marido. Me
contestó para decirme que no me preocupase, que no tardaría
mucho probablemente en saber algo de él. Y eso fue todo En aquellos
momentos trágicos, la persona que más me animó fue
Ignacio Silone que entonces estaba exiliado en Suiza. Hizo toda clase de
gestiones internacionales y me procuró un abogado para el caso de
que tuviera que entablar un proceso. Fue el mayor sostén que tuve.
Y así pasó más de mes
y medio. Iba todos los días a la pequeña estafeta del pueblo,
porque siempre tenía cartas que enviar pidiendo noticias, y un día,
venía a ser a finales de abril, me entregaron una carta. Nada más
ver el sobre vi la letra de Juan. No hice el menor gesto ni dije nada.
Cogí la carta y eché a andar carretera adelante hacia el
monte hasta que me alejé del pueblo, y allí, completamente
sola, me atreví a abrirla. Había estado incomunicado, estaba
procesado con otros miembros del partido.
No sabía cuantas veces me podría
escribir.
Inmediatamente bajé a Loures y allí
le puse unas letras y le mandé un giro. El dinero es el primer auxilio
para un preso. Ya sabía que la separación duraría
mucho tiempo pero que Juan vivía y yo le podría ayudar. Hoy
día todo mi pensamiento se dirige intensamente a tantas y tantas
mujeres que pasan por el mismo horror de no saber si están muertos
o vivos los seres a quien quieren, porque es mucho más cruel la
incertidumbre que el hecho de tener la seguridad que han muerto. Desde
entonces, y para evitar comentarios en el pueblo, todas mis cartas, paquetes
y envíos de cualquier clase a la cárcel, los hice desde la
estafeta de Loures cuya jefa, muy comprensiva, me ayudaba aunque llegase
cuando estaba cerrado o cuando por cualquier otra causa no hubiese correo.
Ahora había que encontrar el modo de
poder vivir sola, sin amigos, en un lugar desconocido, y poder atender
a Juan.
El pueblo estaba en la parte de Francia no
ocupada pero sin embargo había alemanes porque era zona fronteriza
y estaban encargados de la vigilancia. Cuando se presentaban en el pueblo
e iban al único café a tomar unas copas esos mismos campesinos
acudían porque estaban seguros de que les invitarían Igualmente
como zona fronteriza pasaban judíos que querían huir a España.
Había guías que les pasaban la frontera, naturalmente por
dinero, y eran bastantes los que en plena montaña les despojaban
de cuanto llevaban y le dejaban correr su suerte. Hubo varios incidentes
con los alemanes a causa del tráfico fronterizo e incluso muertes
y detenciones en pueblecitos cercanos. Pero también gente
que trabajaba para la resistencia y que en dos casos fueron descubiertos.
Pudieron escapar.
En las montañas de Saint Bear había
un maquis en el cual había también norteamericanos. Este
maquis hacía algunas veces incursiones en las granjas para buscar
provisiones e incluso en el café, restaurant y cafetería
de pueblo. Llegó un momento en que los gendarmes fueron despojados
por los alemanes de todas sus armas y entonces algunos de ellos
se fueron al maquis mientras quedábamos a la merced de los gendarmes
impuestos por el gobierno Petain. Y las cosas fueron empeorando hasta que
llegó el momento en que se expulsaron del pueblo a familias francesas,
judías e incluso inglesas, al igual que yo, con residencia forzosa.
A los trabajos de modistería había
añadido los de tejer lana. No había lana en el mercado pero
una estraperlista de Roures se procuraba lana virgen que tejía y
teñía y me encargaba modelos de jerséis, chaquetas
y trajes. Fue un nuevo trabajo en el que hice realmente maravillas. Ya
terminada la guerra y Juan liberado y conmigo en Barbazán, se propuso
quedarse allí para crear su negocio creando modelos de todo géneros
de punto.
Barbazón fue para mí una
soledad de cuatro años, pero al mismo tiempo una gran escuela de
existencia. Aprendí lo que en el fondo mueve a la gente en épocas
de guerra y lucro, cosas que van las dos unidas. Yo tenía que vivir
y además que viviese Juan en Ia cárcel. Fue juzgado y condenado
a cinco años de prisión por un tribunal petainista.
En Barbazán no había más
medio de ganarse la vida que cultivar la tierra, y el problema de nuestra
existencia era inmediato. Recurriendo a mi buena educación de señorita
española que sabe coser, inicié mi oficio de modista y poco
a poco me convertí en la modista de aquel pueblo y de todos los
de los alrededores, porque dada mi pasión por todo lo que emprendo
hacía vestidos que desde luego no correspondían al medio
ni a lo que me pagaban, y todo con una máquina de coser que cosía
hilos que no eran hilos y telas que no eran telas. Normal: telas de guerra,
y no era por lo que me pagaban sino por lo que podía obtener
con los trueques con los alimentos que tenían en mayor producción:
huevos, patatas, queso, mantequilla. Es decir todo cuanto necesitaba para
mandárselo a Juan.
Campesinos modestos: no había ninguno que
tuviera más de dos vacas ni más de dos cerdos, su avaricia
por conseguir dinero era enorme, y no es que cambiasen en su manera externa
de vivir (únicamente celebraban con pompa bodas y bautizos) sino
que acaparaban el dinero. Las vacas no parieron nunca durante esos cuatro
años [más que] para vender los terneros en el mercado negro
de la región, que venían a buscar de todos los pueblos de
la Costa Azul que no tenían nada que comer y que se llevaban clandestinamente
en grandes maletas. No podían soportar a los viejos pensionistas
y muy poco a los extranjeros en residencia forzosa, como yo, a los que
era dificilísimo comprarles cosas porque no se atrevían a
vendérselas al precio del mercado negro.
Naturalmente rechacé la propuesta de
Juan [de quedarnos allí al final de la guerra] y poco después
pudimos partir para Toulouse e iniciar una nueva vida de lucha. Pero yo
había aprendido todas las bajezas, todo el afán por el dinero
que se produce durante una guerra, las acusaciones por venganzas personales,
el vergonzoso paseo por los pueblos de las mujeres pelonas porque se habían
acostado con alemanes, expuestas a los insultos de las mujeronas de los
pueblos, que es posible que hubieran hecho lo mismo si hubieran tenido
la ocasión.
Edición digital de la Fundación Andreu Nin, junio 2005