Reseña de El grito de Trotsky, de José
Ramón Garmabella
Exaltación del asesino
Gabriel García Higueras
Gabriel García Higueras
es profesor de la Universidad de Lima, y especialista en la vida y obra de
Trotsky.
Es autor del libro Trotsky en el espejo de la Historia (Ensayos)".
Esta reseña se publicó el 22 de abri de 2007 en el suplemento
cultural del diario mexicano La Jornada. Reproducida con permiso
del autor.
Con el sensacionalista título de
El grito de Trotsky, la
casa editorial Random House Mondadori publicó en 2006 el libro del
periodista mexicano José Ramón Garmabella que narra la vida
y las vicisitudes del catalán Jaime Ramón Mercader del Río,
el victimario que en agosto de 1940, encubriéndose bajo identidades
falsas, asesinó al dirigente revolucionario León Trotsky en
su morada de Coyoacán. Este magnicidio fue la culminación
de una escalada de crímenes que, ordenados por José Stalin
a mediados de la década del treinta, tuvieron por objeto eliminar
toda voz opositora al poder autocrático de la burocracia en la Unión
Soviética y destruir la vanguardia revolucionaria del proletariado.
La alevosía y la acción brutal con que se consumó el
asesinato de Trotsky, convierten el hecho en uno de los crímenes
más repulsivos de la historia. Ejecutar la orden de Stalin le valió
a Mercader, tras su liberación en 1960, la condecoración de
Héroe de la Unión Soviética y, posteriormente, ser
huésped del gobierno de Fidel Castro en Cuba, país donde murió
víctima de cáncer en 1978.
El libro en cuestión se presenta como la "primera biografía
exhaustiva que se hace de uno de los personajes más enigmáticos
del siglo XX", según reza la contratapa, y tal como Garmabella (autor
de una primera obra sobre el tema en 1972, titulada Operación Trotsky)
lo ha declarado, su trabajo compendia treinta años de investigación.
A continuación me ocuparé de ciertos asuntos discutibles
y refutables expuestos en dicha obra.
Garmabella dedica espacio considerable a la biografía de Trotsky,
ingresando a un territorio que, como intentaré demostrar, le es ajeno.
La narración que presenta de la vida del revolucionario se basa enteramente
en la importante y conocida obra de Isaac Deutscher, Trotsky, el profeta
desterrado, pero sin citarla, como correspondería hacerlo. Si el autor
hubiera sido más cuidadoso en su investigación y hubiese consultado,
por ejemplo, las memorias del secretario de Trotsky, el francés Jean
van Heijenoort (cuya versión en español se publicó
en México en 1979), habría tenido presente la advertencia
que hace a quienes estudian la vida de Trotsky de no aceptar ninguna fecha
ni información contenidas en esa obra sin previa verificación,
en razón de que contiene numerosos errores. Consiguientemente, Garmabella
reproduce no pocas inexactitudes históricas al tratar del postrer
exilio del revolucionario ruso.
Por otra parte, Garmabella sostiene que en 1939, encontrándose en
México, Trotsky aceptó viajar a Estados Unidos para comparecer
ante el Comité Dies del Congreso de Washington, ya que "pensaba apoyar
la proscripción" del Partido Comunista de ese país siempre
que ello "le permitiera utilizar la tribuna en ataques contra Stalin". (¿Ecos
de las calumnias que en tal sentido desplegaron contra Trotsky el Partido
Comunista Mexicano y el líder sindicalista Lombardo Toledano, representantes
del stalinismo en México?) Si se hubiera informado mejor, Garmabella
sabría que si Trotsky aceptó la invitación del Comité
fue para ofrecer su testimonio sobre la historia del stalinismo, lo cual,
además, le iba a permitir responder a las acusaciones falsas que
se hicieron contra su persona. De ahí que, independientemente de
la tendencia política de ese comité (que calificaba de reaccionaria),
Trotsky juzgara su participación en éste como un "deber político".
Él se manifestó resueltamente contrario al objetivo político
del Comité Dies de ilegalizar el Partido Comunista estadunidense.
Resulta cuestionable en extremo la apreciación que Garmabella vierte
de la personalidad de Trotsky, a quien presenta como un político
arrogante, ambicioso y "nostálgico del poder", y al que equipara
con Stalin. Su visión acerca de Trotsky es similar a la que los historiadores
oficiales soviéticos difundieron en tiempos de Gorbachov. Sabido es
que una forma recurrente de descalificar políticamente a Trotsky ha
sido valerse de la distorsión de los hechos históricos. El
periodista mexicano va más lejos al hacer afirmaciones temerarias
que ni los autores más hostiles a Trotsky en Rusia, especialistas
en la práctica de la falsificación, osaron decir: "Como Comisario
del Pueblo ordenó la ejecución de campesinos en Tabov, de marineros
en Kronstadt y de familias enteras de los oficiales zaristas, mientras daba
instrucciones de volar iglesias y creaba los campos de trabajos, donde la
negación de asistir significaba el exterminio de la familia." Este
tipo de información, como bien podrá suponerse, no halla respaldo
en fuentes documentales ni en investigaciones que el autor cite al efecto.
¿Será acaso que Garmabella afirme que Trotsky "no era mejor"
que Stalin, para atenuar la monstruosidad del crimen del protagonista de
su libro?
De otro lado, será en vano que el lector trate de encontrar en este
libro referencia alguna de las obras consultadas. Esta práctica es
una falta grave de ética intelectual y resulta inadmisible en un
trabajo de investigación, así como la ausencia de información
sobre la procedencia de las fotografías publicadas y sus respectivos
créditos.
Para que se entienda más claramente el fondo ideológico de
este trabajo, citemos lo que el autor dice con respecto al triunfo de Stalin
sobre la Oposición: "Mientras él [Trotsky] pertenecía
a la élite del poder y su figura resultaba hasta lejana para las
masas, Stalin era el producto más acabado de la nueva clase revolucionaria
y por lo tanto contaba con el respaldo de esas mismas masas." Como queda
advertido, es desde la concepción stalinista que Garmabella refiere
la historia de la lucha política en el Partido Comunista soviético,
correspondiendo a ésta sus apreciaciones sobre Trotsky. De tal modo,
el autor no refiere el control absoluto que la burocracia stalinista ejercía
en el Partido y en las instituciones de gobierno, ni tampoco los métodos
policiales utilizados para silenciar a la Oposición trotskista, con
lo cual Stalin aseguró su triunfo en la lucha interna del Partido
Comunista.
Resulta insostenible, asimismo, la versión que ofrece del móvil
del asesinato del dirigente comunista Serguei Kirov (que reduce a un asunto
de celos amorosos), crimen que sirvió de pretexto al dictador soviético
para iniciar las grandes purgas en la urss. Igualmente es discutible la
imagen casi benévola que exhibe de Lavrenti Beria, director de la
NKVD (la policía secreta soviética), y cómplice de
Stalin en materia de torturas y ejecuciones masivas. Del mismo modo, es improbable
que Mercader haya participado en el asalto armado a la residencia de Trotsky,
en mayo de 1940, suposición que el autor da por verdadera.
Además, al referirse al primer atentado contra la vida de Trotsky,
confunde a uno de sus participantes, el llamado "judío francés"
(según lo menciona Julián Gorkin en su libro
El asesinato
de Trotsky), con Mercader, cuando el personaje al que Gorkin alude es
Gregory Rabinovitch, agente de la NKVD que tomó parte en la organización
del intento de asesinato.
El autor afirma también que el guardia norteamericano Robert Sheldon
Harte, quien durante el asalto armado a la casa de Trotsky fue secuestrado
y, más tarde, asesinado, "fue simplemente un compañero de
viaje para los asaltantes". Con esto ignora que, tras la apertura de los
archivos de la antigua URSS, se confirmó que Sheldon Harte había
sido un agente stalinista infiltrado en el entorno de Trotsky.
La tesis central de la obra plantea que Mercader "no fue un sicario" sino
un comunista sincero, un "idealista" que llevó a cabo el crimen por
voluntad propia, convencido de su misión revolucionaria, y que mantuvo
silencio por fidelidad a la Unión Soviética. Sin embargo,
Garmabella se cuida de ocultar un hecho que contradice su tesis. Luego de
atacar a Trotsky, cuando los guardias comenzaron a golpear a Mercader, el
asesino dijo algo que nunca más volvería a repetir: que había
sido obligado a realizar esa acción y que tenían encarcelada
a su madre. ¿Asesinar a Trotsky fue un acto de convencimiento, guiado
por el idealismo revolucionario, o más bien Mercader cumplió
órdenes de sus superiores de la NKVD bajo la amenaza de que él
mismo y sus familiares sufrieran las consecuencias de su negativa? Asimismo,
el silencio posterior de Mercader debe interpretarse sobre todo como una
medida de autoprotección, ya que de haber revelado a quien servía,
la policía de Stalin lo hubiera eliminado de inmediato.
Otro de los aspectos censurables del libro, y que evidencia poco respeto
por la verdad de los hechos, es lo que se dice sobre la actitud de Trotsky
ante su propia muerte. Según Garmabella, Trotsky estaba cansado de
vivir acosado por el peligro de ser asesinado, y afirma que en su testamento
declaró que sentía cercano el final por causa de la arteriosclerosis
que lo afectaba, situación que lo llevó a pensar en el suicidio,
añadiendo que "prefirió ser asesinado antes que morir en la
cama o suicidarse. Era mil veces mejor pasar a la Historia como mártir
y víctima del estalinismo". Debe precisarse que en la adenda a su
testamento, Trotsky anotó, el 3 de marzo de 1940, la eventualidad
de que, por causa de su hipertensión arterial, muriera de un derrame
cerebral. Y, en el caso de que éste le ocasionara una prolongada invalidez,
admitió la posibilidad de la autoeliminación. Se entiende que
Trotsky considerara esto en una hipotética situación de incapacidad
física que le impidiera proseguir su lucha revolucionaria que, como
bien sabemos, era la razón de su existencia. Esto no significa, en
absoluto, que el revolucionario hubiera renunciado a la vida, como lo plantea
Garmabella. Muy por el contrario, Trotsky le otorgaba gran valor, y prestaba
la máxima importancia a la labor que en ese momento realizaba en pro
de la Cuarta Internacional. Además, existen testimonios (entre ellos,
el de su nieto Esteban Volkov), que aseguran que, tras sobrevivir al primer
atentado contra su vida en México, Trotsky irradiaba júbilo
por haberse librado de un asalto armado tan meticulosamente organizado. ¿Tres
meses después de este hecho, Trotsky iba a preferir morir a manos
de sus enemigos? La sugerencia de Garmabella no resiste el menor análisis.
Por otra parte, sorprende la superficialidad con que el autor se refiere
al voluminoso estudio de la personalidad del asesino de Trotsky, realizado
por los criminólogos José Gómez Robleda y Alfonso Quiroz
Cuarón, que es el examen más exhaustivo que se le haya practicado
a un asesino. En éste se concluyó que Mercader tenía
un grado de cultura general "muy superficial y notoriamente deficiente"
y que poseía conocimientos elementales sobre comunismo. Así
también, el estudio concluía que el criminal ostentaba los
rasgos "para ser enviado a matar" y reunía "los más graves
caracteres de peligrosidad social". De todo ello Garmabella no dice una
sola palabra.
En otro punto, este autor sostiene que la identidad falsa de Mercader,
mientras vivió en la URSS, fue la de Ramón Pavlovich López.
Sin embargo, en su tumba, en el cementerio Kuntsevo de Moscú, la
lápida llevaba inscrito otro nombre: Ramón Ivanovich López.
Estas son algunas de las principales inexactitudes y deformaciones históricas,
amén de otros puntos cuestionables, que trae la citada biografía
en su intento de exaltar al asesino de Trotsky. De otra parte, la ausencia
total de referencias bibliográficas y documentales y la poca confiabilidad
de sus fuentes, hacen que este libro sea prácticamente inutilizable
como obra de consulta. Se trata, a la vez, de un trabajo superficial y superfluo,
de inocultable tufillo stalinista. En definitiva, una obra prescindible.