Jean van Heijenoort
De revolucionario trotskista a lógico matemático
Gabriel García Higueras
Gabriel García Higueras (Lima,
1966), es historiador, y autor de un espléndido trabajo titulado
Trotsky en el espejo de la historia (Lima, 2005)
Fue una radiante mañana de octubre del año 1932. Desde el
puente de Gálata en Estambul, dominaba el panorama la enorme cúpula
y los elevados alminares de la basílica de Santa Sofía, bajo
el intenso azul del cielo. Entre las personas congregadas en el muelle, se
distinguía un joven rubio, alto y delgado, de rasgos angulosos y de
aspecto nórdico. En medio del barullo matutino, este viajero procedente
de Francia observaba con atención y curiosidad el dinámico movimiento
del concurrido puerto y a sus gentes. Su nombre era Jean van Heijenoort. Tenía
20 años.
Poco después del abordamiento, se soltaron amarras. Corrieron los
minutos y los álabes del pequeño barco hendían las serenas
aguas del mar de Mármara. En el horizonte soleado se observaba, a lo
lejos, un paraje isleño. El viento marino soplaba tenuemente. Durante
la contemplación del idílico escenario, la mente y el espíritu
de Jean bullían de expectativa y ansiedad. Al cabo de dos horas de
travesía, al final de la mañana, la nave atracaba en el muelle
de la isla más grande de un pequeño archipiélago. La
ínsula tenía un nombre griego:
Prinkipo (los lugareños la conocían como Büyük Ada,
que significa en turco “Gran Isla”). Jean había alcanzado su punto
de destino. A unos 15 minutos de camino a pie desde el desembarcadero, se
encontraba la residencia del líder bolchevique en el exilio, León
Trotsky, de quien sería secretario, traductor y guardaespaldas por
los próximos siete años. Un encuentro personal con la historia
–hecho que dejaría una huella indeleble en su vida– estaba próximo
a ocurrir.
Apuntes biográficos
Jean Louis Maxime van Heijenoort nació el 23 de julio de 1912 en
Creil, al norte de París, en un hogar de clase obrera. Su padre, Jean
Théodore, era un trabajador emigrado de Holanda; y su madre, Charlotte
Hélène Balagny, pertenecía a una familia de modesta
condición.
El padre de Jean murió prematuramente cuando el estruendo de los
cañones anunciaba el comienzo de la Gran Guerra. En el recuerdo del
niño de dos años, quedó grabada para el resto de su
vida la terrible escena de la muerte de su joven padre, provocada por una
hemorragia digestiva. Tal hecho dramático impactó en la conciencia
del futuro camarada Van e impregnaría su visión del mundo que
lo rodeaba. Veía en la desgracia que enlutó a su familia la
señal de un destino infeliz.
En su infancia, Jean fue víctima de la discriminación. Por
su aspecto físico y su apellido, los compañeros de escuela,
contagiados del chovinismo y la xenofobia de los años bélicos,
le llamaban despectivamente “alemán sucio”. Aquellos fueron días
tristes en los que, también, Jean conoció la pobreza, aunque
no la miseria.
Todo esto afectó su ánimo y le hizo sentirse diferente de
los demás niños; se veía a sí mismo como un marginado.
En el clima desfavorable que le tocó vivir, optó por el aislamiento.
Pero no todo fue desazón en su vida. Jean sobresalió en los
estudios; era el alumno más brillante de su clase. Al concluir la primaria,
ingresó como interno en el colegio de Clermont de l’ Oise, donde empezó
a interesarse en la política. Su espíritu de rebeldía
contra la sociedad y su anhelo de transformar el mundo le hicieron simpatizar
con las ideas del comunismo.
En mérito a sus altas calificaciones, en 1930 recibió una
beca para cursar estudios superiores en matemáticas, en el prestigioso
Lycée Saint-Louis de París. Por esos días, conoció
a un joven revolucionario, Yvan Craipeau, quien lo introdujo en la Liga Comunista,
la organización del trotskismo en Francia. Como miembro de la Liga,
el Camarada Van se entregó con pasión a la actividad política,
a la vez que abandonaba sus estudios. Se dedicó a vender el periódico
trotskista en las bocas de los metros o en los barrios obreros, y pegaba carteles
por las noches.
Sabiendo que Van Heijenoort leía ruso, el líder de la Liga,
Raymond Molinier, le propuso una tarea de gran envergadura y riesgo: ser secretario
de Trotsky. Van aceptó de inmediato.
Así, en octubre de 1932, Jean van Heijenoort, dejando atrás
una corta vida de experiencias agridulces, se embarcaba en Marsella a bordo
del Lamartine con destino a Turquía.
Con Trotsky
En Prinkipo, Van se integró al reducido grupo de secretarios y custodios
de Trotsky. Dedicado a sus funciones secretariales, se adaptó inmediatamente
a la pesca, actividad que Trotsky realizaba diariamente en las primeras horas
de la mañana. Del tiempo que vivió en esa pequeña isla
turca (que describió más tarde como “el sitio más bello
del mundo”), Van recordaba la falta de sueño: los recursos eran escasos
y los asistentes de Trotsky también se encargaban de la seguridad durante
las noches. De octubre de 1932 a noviembre de 1939, Van vivió junto
a Trotsky, compartiendo con él y su familia las satisfacciones y los
pesares del destierro. Ningún otro secretario permaneció tanto
tiempo a su lado. Su inteligencia y lealtad y la eficacia de su trabajo, le
hicieron un miembro insustituible en el círculo íntimo de Trotsky.
Acompañó al líder revolucionario por cada uno de los
países donde fue acogido, después de su expulsión de
la Unión Soviética: Turquía, Francia, Noruega y México.
Anita Burdman Feferman, autora de una detallada y reveladora biografía
de Van Heijenoort, anota una interesante observación psicológica
cuando sostiene que la necesidad personal de un padre sustituto fue una de
sus motivaciones para asistir a Trotsky. De igual manera, afirma que si bien
Trotsky necesitaba de los estimables servicios de su secretario, “el Camarada
Van necesitaba al Camarada Trotsky tanto o más de lo que Trotsky lo
necesitaba a él”. Sustenta este punto de vista en la devoción
y dependencia que lo unía al gran revolucionario.
Basándose en su íntima experiencia personal, Van Heijenoort
escribió sus memorias tituladas Con Trotsky, de Prinkipo a Coyoacán,
publicadas en 1977, donde relató sus recuerdos de los avatares de Trotsky
y ofreció un conjunto de informaciones y detalles con la intención
de “recrear la atmósfera en la que vivía y trabajaba Trotsky
durante esos años de exilio”. Su testimonio expuso el lado más
humano del personaje, develando aspectos inéditos de su carácter,
sus hábitos de trabajo, sus pensamientos y las relaciones que establecía
con las personas de su entorno.
Uno de los episodios que relata es, por ejemplo, el escarceo amoroso entre
Trotsky y Frida Kahlo, del que describe las circunstancias en que ocurrió
y la tensión que produjo en el séquito de Trotsky. Los detalles
de este affaire le fueron revelados por la propia pintora.
Después de siete años de labor, Van decidió independizarse
de su mentor y comenzar una nueva vida. “Había vivido tantos años
a la sombra de Trotsky que era necesario que viviera un poco por mí
mismo”, escribió.
El 5 de noviembre de 1939, Van dejó Coyoacán para viajar a
los Estados Unidos. Trotsky le comisionó el estudio de la situación
interna del Socialist Workers Party, el partido trotskista norteamericano,
que atravesaba por una escisión. En los Estados Unidos, además
de su actividad política, impartía clases de francés.
La mañana del 21 de agosto de 1940, mientras transitaba por una calle
de Baltimore, leyó en un diario que Trotsky había sido atacado
y que se encontraba gravemente herido. Horas después, escuchó
por la radio la noticia de su deceso. Van sufrió un shock emocional.
Según su biógrafa, Burdman Feferman, a Van Heijenoort siempre
le acompañó la sensación de que podría haber salvado
a Trotsky. Motivos no le faltaban. Van era un hombre muy cuidadoso e intuitivo,
y el acento del catalán Ramón Mercader –que se presentaba como
belga– habría despertado su sospecha. Asimismo, él nunca hubiera
dejado que Trotsky se quedara a solas con este visitante. Por ello, cabe
imaginar que si en ese momento Van Heijenoort hubiera estado cerca de Trotsky,
probablemente su asesinato no se habría producido.
Vida académica
Después de la muerte de Trotsky, Van continuó con su activismo
durante los difíciles años de la Segunda Guerra Mundial. Participó
en los debates del Socialist Workers Party y colaboró asiduamente en
la prensa trotskista, usando diferentes seudónimos.
En 1948, renunció a las ideas en las que se había formado;
concluyó que la acción política del proletariado era
cada vez más errática, y que era necesario poner en cuestión
las premisas fundamentales del marxismo. Acerca de ese momento, al final de
su libro de recuerdos, añadió: “(…) me puse a examinar el pasado
y llegué a preguntarme si los bolcheviques, al establecer un régimen
policial irreversible, al anular toda opinión pública, no habían
preparado el terreno sobre el que habría de salir el enorme hongo
venenoso del estalinismo. Rumié mis dudas. Durante varios años,
sólo el estudio de las matemáticas me permitió conservar
mi equilibrio interior”.
Van estudió matemáticas en la Universidad de Nueva York, donde
obtuvo el doctorado. Además de enseñar en esta institución,
fue profesor en las universidades de Columbia y Brandeis, y se especializó
en la historia y filosofía de la lógica matemática.
En esa época, Esteban Volkov, el nieto de Trotsky, lo vio en México.
En una entrevista de 2006, Volkov me refirió que recordaba del joven
secretario su entusiasmo, energía y vitalidad. Ahora parecía
“otra persona, muy serio, con cara de esfinge, de muy pocas palabras, poco
amistoso, ya muy distante de la familia”, señaló.
Ciertamente, la ruptura con las ideas de Trotsky había influido en
su cambio de actitud.
Cabe destacar que, después de su apartamiento del trotskismo, continuó
vinculado con el legado histórico de Trotsky. En este terreno, tuvo
un papel fundamental en la organización y clasificación de innumerables
documentos de los Archivos de Trotsky adquiridos por la Universidad de Harvard.
Por otra parte, Van, poseedor de una memoria prodigiosa, prestó una
ayuda invalorable a los investigadores (principalmente al historiador Pierre
Broué) aportando informaciones de primera mano.
En el área de su especialidad, editó una serie de trabajos
de referencia, entre ellos From Frege to Gödel, que reúne las
obras fundamentales de la lógica matemática; también
fue coeditor de las obras completas de Kurt Gödel, una de las figuras
más eminentes de las matemáticas y de la lógica en el
siglo XX.
Amores difíciles
A través de su vida, el apuesto y reservado Van Heijenoort mantuvo
relaciones sentimentales apasionadas, difíciles y hasta peligrosas.
A su primera esposa, Gabrielle Brausch, la conoció en el grupo trotskista
francés. Ella fue la madre de su primer hijo, Jeannot. Su dedicación
al trabajo con Trotsky lo alejó de su primera familia.
Mientras residía en México, vivió una furtiva pasión
con la atractiva y seductora Frida Kahlo, a quien calificó como “una
de las grandes mujeres” de su vida. En ese país, conoció a la
trotskista Loretta Guyer, natural de Nueva York, con quien se casó
en 1939 y lo hizo padre de una niña: Laure.
Su tercera esposa fue Anne B., una bella estadounidense 20 años más
joven que él. Este nuevo matrimonio naufragó por diferencias
irreconciliables. En un viaje a México en 1958, Van se encontró
con Ana María Zamora, a quien había conocido cuando era pequeña:
ella era la hija de Adolfo Zamora, el abogado mexicano de Trotsky. Con Ana
María anudó un vínculo sentimental que lo llevaría
a casarse por cuarta vez, en 1969 (se divorciarían al cabo de 12 años
para volver a unirse en matrimonio tres años después). Esta
unión, inicialmente, fue venturosa, pero al cabo de un tiempo se hizo
evidente que sus expectativas no coincidían. A la vez, la inestabilidad
emocional de Ana María fue un factor que influyó en el deterioro
de la relación.
El trágico final
En 1986, Van trabajaba en un proyecto editorial para la Universidad de Stanford
cuando le fue comunicado que su esposa atravesaba por una profunda crisis
psicológica. De inmediato, se trasladó a Ciudad de México,
creyendo que su presencia la aliviaría.
En la noche del 28 de marzo, mientras Van Heijenoort dormía en el
estudio de la casa de su esposa, en la exclusiva colonia de Lomas de Chapultepec,
tres disparos de bala impactaron en su cabeza. Ana María Zamora presionó
el gatillo una vez más para acabar con su propia vida. En varias ocasiones
ella había amenazado con suicidarse y eliminar a Van si éste
la dejaba. La amenaza se había cumplido.
Jean van Heijenoort dedicó la mayor parte de su vida a la investigación
científica, ofreciendo aportes en el estudio de la lógica simbólica,
especialidad con la que adquirió renombre académico. Sin embargo,
la imagen que más se recuerda de su extraordinaria vida fue la de aquel
joven idealista que un día se embarcó hacia un país remoto,
creyendo que era posible transformar el mundo.
Fuentes consultadas
BROUÉ, Pierre, “Van, le militant, l’ ami, l’ homme”, en
Cahiers
Léon Trotsky, nº 26, junio 1986.
BURDMAN FEFERMAN,
Anita, Politics, Logic and Love. The Life of Jean van
Heijenoort.Wellesley, MA, A.K. Peters, 1993.
LUBITZ, Wolfgang, “Jean Van Heijenoort”, en
www.trotskyana.net
VAN HEIJENOORT, Jean,
Con Trotsky, de Prinkipo a Coyoacán (Testimonio
de siete años de exilio). México, Editorial Nueva Imagen,
1979.