FUNDACIÓN

ANDREU NIN

Conmemoración del 19 de julio de 1936

A 69 años de la revolución traicionada

Gabriela Luna


Texto fechado en Montevideo, julio de 2005

El 16 de febrero de 1936 triunfa en las elecciones españolas el Frente Popular; coalición formada por partidos republicanos, socialistas, comunistas y otros pequeños partidos de izquierda radical, a propuesta del  Partido Comunista Español.

Este Frente que presentaba un programa reformista,  contó incluso con el apoyo de los anarquistas (la corriente ideológica mayoritaria) ya que uno de los ejes de su campaña fue la promesa de liberar a los presos políticos, encarcelados desde el levantamiento en Asturias, de 1934. A pesar de que la victoria fue muy ajustada, el triunfo de la izquierda dio lugar a una gran algarabía, provocando grandes concentraciones populares  que irán en aumento.

Desde el mismo día de la victoria, comienza a orquestarse el golpe fascista. Pero a pesar de que el gobierno republicano fue advertido en incontables oportunidades de que el mismo se estaba gestando, no se tomaron las medidas necesarias para abortarlo. Entonces, el 18 de julio de 1936 comenzaba la Guerra Civil Española. Un golpe militar, inscripto bajo el avance del fascismo en Europa, tolerado por las democracias occidentales del mismo continente, que prefirieron “dejar actuar a Franco” que aceptar la existencia de una España Roja.  Una acción brutal, contra un gobierno legítimamente electo y un pueblo, sin los recursos suficientes para enfrentarlo con éxito.

Pero el 18 de julio daba comienzo también un proceso revolucionario peculiar, que durará  apenas 6 meses, y que  sin embargo muchos historiadores consideran la revolución social más profunda de los últimos siglos. Una revolución que no estaría dirigida por la KOMINTERN (IC- Internacional Comunista), una revolución independiente de la autoridad de Stalin.
La revolución surgida en 1936, con todas las limitaciones impuestas por el hecho de que tuvo lugar sólo en una parte de un país atrasado, fue la única revolución  exclusivamente obrera que conoce la historia, a pesar que otras se hayan apoyado en el proletariado. Esta transformación social, fue llevada adelante en forma espontánea por los obreros sin la iniciativa específica de sus organizaciones. Fue una revolución plasmada por la base obrera de la sociedad, por la “masa obrera”,  elemento que la caracteriza especialmente, y no por una minoría audaz y vanguardista que la representara.

Pero para España esta situación revolucionaria no era novedad.

Importantes  movimientos insurreccionales (1909-1917-1934), protagonizados principalmente por los trabajadores y los campesinos pobres, ya habían irrumpido con fuerza en la vida nacional. Tampoco es raro que mientras avanzaba el fascismo en Europa, España fuera a contrapelo de la historia, e intentara una transformación de este tipo. La historia española estaba plagada de estos ejemplos:

El feudalismo es débil en España, mientras es fuerte en el resto de Europa, debido a que los reinos cristianos españoles, frente a la lucha contra los árabes, fomentaban villas libres e hidalgos en lugar de siervos. El feudalismo español se desarrolla cuando por fin son vencidos los árabes, mientras en el resto de Europa decae. Frente a la colonización americana, España despilfarra el producto de la expoliación realizada a los pueblos nativos, en lugar de modernizar y enriquecer su Reino, como lo hicieron otros imperios de la época.

Parecía que se ponía a tono con el ritmo europeo en la época del despotismo ilustrado, pero el miedo a la Revolución Francesa detiene el avance, paralizando la transformación del país. Cuando Napoleón lleva los principios de la Revolución Francesa por Europa, España se levanta contra Napoleón y cuando éste abandona los principios revolucionarios, en España se redacta la Constitución liberal de Cádiz. Cuando los liberales gobiernan en Europa, en España lo hacen los tradicionalistas, cuando los conservadores gobiernan en Europa, Prim toma el poder en España y le sucede la breve I República.

Mientras asciende el fascismo en Europa, en España se implanta la II República. Y mientras el movimiento anarquista decae luego de la I Guerra Mundial, en España crece extraordinariamente y es motor de los cambios. Mientras la mayoría de los movimientos obreros quedan bajo la orbita de la Internacional Sindical Roja (ISR), en España muchos obreros buscan un camino independiente y conforman el Bloque Obrero y Campesino (BOC). Mientras que en la mayoría de los partidos socialistas prevalece las tendencias reformistas, se abre paso en España una radicalización del PSOE.

Por lo tanto que en España surja una revolución tan especial,  en un momento tan particular, no debería sorprender.
Ante las primeras noticias del levantamiento fascista, los trabajadores comienzan a llegar a sus locales sindicales en procura de directivas y armas. El gobierno republicano no autorizó su entrega a las masas, que cada vez en mayor número se lanzaban a las calles. Esta negativa hizo que  muchos trabajadores tomaran por asalto arsenales y cuarteles prácticamente sin armamento alguno pagando un alto precio en vidas tales acciones. Sin embargo muchos oficiales fieles a la República, desafiaron las ordenes del gobierno y entregaron armas a los obreros. En aquellas localidades y ciudades donde los trabajadores lograron aunque pobremente armarse, la sublevación no prosperó; en cambio sí lo hizo en las zonas donde los trabajadores organizados eran escasos y se les negaron las armas. Igualmente en toda España, la clase obrera resistió de acuerdo a sus posibilidades, hasta en el rincón más apartado.

Está demás decir, cuál fue la suerte corrida tanto por los trabajadores como por los representantes del gobierno, allí donde triunfó el fascismo tras algunas horas de lucha y resistencia. El terror fascista se instaló inmediatamente.

En definitiva, los golpistas habían fracasado en su intención de “golpe relámpago” y en las dos terceras partes del país se mantenía el gobierno republicano.

Afianzada en parte esta situación en el territorio republicano, el Estado burgués se desmorona.

Rápidamente, los puertos, aduanas, ayuntamientos, juzgados, y todo el aparato estatal quedará en manos de comités de trabajadores. Grafica muy bien la situación lo sucedido en Barcelona. Con toda Catalunya en manos de los comités obreros, quien hasta ese momento era su presidente, Lluis Companys manifiesta lo siguiente a los dirigentes de la CNT -central a la que pertenecían la mayoría de los trabajadores españoles -: "Siempre habéis sido perseguidos duramente, y yo, con mucho dolor, pero forzado por las realidades políticas (...), me he visto forzado a enfrentarme y perseguiros. Hoy sois los dueños de la ciudad y de Catalunya, porque sólo vosotros habéis vencido a los militares fascistas (...) Habéis vencido y todo está en vuestro poder. Si no me necesitáis o no me queréis como presidente de Catalunya, decídmelo ahora".

La Generalitat, sin embargo, habría de quedar en “su lugar” con el presidente Companys a la cabeza. De esta forma la CNT renuncia a acabar con el Estado burgués otorgándole a la burguesía una preciosa ventaja para retomar la iniciativa y reconstruir su Estado, prácticamente desaparecido.

A pesar de ello,  por doquier echaron a andar las colectivizaciones – fundamentalmente en Aragón, Levante y Catalunya- que le otorgaron a este corto período revolucionario su particularidad más destacada.

En el campo, antes del levantamiento fascista habían tenido lugar ocupaciones de tierras y el establecimiento de cultivos comunitarios; pero luego del estallido revolucionario las colectivizaciones se extendieron por todo el territorio republicano, transformandolo todo en “colectivo”.

En el campo, las tierras, los cultivos, las maquinarias, y las edificaciones conformaban la economía comunal que era dirigida por el comité local, bajo control obrero.

Pero lo más fuerte de las colectivizaciones se situó en las zonas urbanas. Absolutamente todas las industrias, el transporte, las compañías teatrales y cinematográficas, los peluqueros, los panaderos, herreros, y hasta las prostitutas, las imprentas, los trabajadores de la educación,  TODOS formaban parte de la colectivización.

Si bien existieron algunas ejecuciones de terratenientes y capitalistas industriales, la mayoría optó por huir a la zona franquista o al exterior, por lo que la toma de tierras e industrias no necesariamente fue por la fuerza. Rara vez, aunque hubieron casos, algunos de ellos aceptaron integrar la colectivización.

Las autoridades de los comités locales surgían de una votación en asamblea de toda la colectividad, o de todos los trabajadores de una fábrica. Éstos cambiaban a menudo como forma de evitar la burocracia y los círculos de poder, y muchas veces los miembros del comité local recibían menor paga por su trabajo que el resto de sus compañeros, de tal forma que se visualizara que no había ventaja al ser miembro del concejo de la colectividad.

Las colectivizaciones convencieron a los trabajadores de que era posible construir una sociedad justa y solidaria que funcionara mejor que todo lo conocido anteriormente.

Fue notable la racionalización de los recursos humanos y materiales que se logró cristalizar en la experiencia,  potencializando la producción e impregnando a los trabajadores de un espíritu de certezas que les animaba seguir avanzando. Se eliminaron las fábricas deficitarias, se mejoró muchísimo la higiene y se aprovecharon en forma colectiva las pocas máquinas modernas existentes.

El incremento educativo fue formidable. Continuamente abrían escuelas públicas de todo tipo, escuelas de oficios, guardería para los niños.

En general, los locales lujosos tanto fueran residencias, palacios o conventos que no fueran necesarios para la guerra, fueron incautados para actividades que privilegiaran el bien común. Se eliminaron las comisiones y los intermediarios en la cadena productiva, lo que abarató considerablemente el producto final.

La colectivización no fue un hecho del azar, sino la consecuencia de una larga historia de educación y lucha obrera. Sin bien las organizaciones obreras no se habían puesto como objetivo llevarlas adelante, sin esta larga historia  las mismas no hubieran podido existir.

Se colectivizó también la lucha al formarse las primeras milicias y columnas de combatientes, aunque en este caso las acciones fueron dirigidas por los sindicatos y partidos, paso previo a la colectivización del poder. En lugares donde la CNT era mayoritaria surgieron formas de coordinación al margen del Gobierno como en Catalunya, Aragón y Levante.  En Catalunya donde estaba la base de la industria en general y de la industria de guerra en particular, donde habían tenido lugar las primeras colectivizaciones espontáneas, fue donde se avanzó en la colectivización en otros aspectos de la vida a través de los Comités de Milicias. Era obvia la necesidad de coordinar todas las acciones aunque de hecho  el Comité de Milicias representara el establecimiento de un doble poder. En el participaron las dos centrales obreras, CNT y UGT y todos los partidos políticos antifascistas.

Las transformaciones que a nivel social, económico, cultural y político se estaban desarrollando, sumado a la imparable movilización y compromiso de las masas, solo pudieron frenarse a un alto costo de vidas humanas: más de un millón de muertos. En este terrible costo de vidas, no solamente debemos integrar la pérdida resultante del enfrentamiento de las fuerzas fascistas y las republicanas, lamentablemente también debemos sumar el asesinato de revolucionarios probados y valientes en manos de estalinistas fanáticos, cegados y obedientes a las directivas de la IC.

Los obreros, los campesinos, los intelectuales y el pueblo en general colocaron los cimientos de otra sociedad, una sociedad donde el pueblo trabajador fuera el protagonista. Frenar esta revolución, tirar abajo esta oportunidad, destrozar esta esperanza es sencillamente un acto contra la Historia.

La victoria del fascismo fue posible en la medida en que la revolución fue traicionada en el campo de la República. Después de "renunciar" al poder, después de dejar el trabajo "a medias" la contrarrevolución retomó la iniciativa con la inestimable colaboración de los dirigentes estalinistas, de los sectores más derechistas del PSOE que facilitaron la disolución de las milicias, el reestablecimiento del ejército regular y la liquidación de los órganos de poder obrero en las fábricas y en el campo.

El Partido Comunista Español, bajo las directivas emanadas de los Congresos de la IC (1924 y 1928) se oponía a los acuerdos con los partidos socialdemócratas.  Estrategia que facilitó el ascenso de Hitler en Alemania y Mussolini en Italia. Por lo tanto en ese momento en España, el PCE reclamaba la revolución socialista y la dictadura del proletariado, a tal punto que participa activamente de la insurrección de 1934 en Asturias y en todas las luchas posteriores.

Sin embargo a partir del VII Congreso de la IC, las cosas cambian.  Aunque en forma muy tardía (ya establecido y en avance el fascismo en Alemania e Italia) la URSS impone la estrategia de los Frentes Populares como forma de enfrentar al fascismo. Este tipo de Frentes tendrán  un programa democrático-burgués, y una política conciliatoria de clases. Esa era la situación del Frente Popular español y el francés, liderado por el socialista León Blum.

Pero una vez concretado el alzamiento fascista, y echada a andar la guerra civil, la revolución fue inevitable.

El “problema” estaba planteado. La clase obrera hizo posible el fracaso del levantamiento fascista en  gran parte del territorio nacional. Organizada y armada, el futuro le pertenecía. Con las colectivizaciones en marcha, con los trabajadores a cargo de la economía en la zona republicana, con  el espíritu revolucionario que todo lo invadía, limitar la lucha a la instauración de un capitalismo democrático, no parecía ser lógico; sin embargo fue.

Retrotraerse a la situación anterior al 18 de julio era retroceder. Y retroceder como estrategia política frente a un proceso revolucionario es sin lugar a dudas plantearse una política de contrarrevolución.

Obviamente los partidos republicanos burgueses, incluso los más progresistas, no se habían planteado llevar adelante una transformación de esa naturaleza, estaban paralizados ante el avance revolucionario. Pero el ala derecha del PSOE y fundamentalmente el PCE se plantearon decididamente frenar este proceso.

Desde el mismo inicio de la guerra civil, son destacados en España numerosos cuadros de la IC -de muy variada nacionalidad-  y también soviéticos, que son de hecho quienes dirigirán la vida del PCE.

Durante estos primeros meses la milicias que marchaban al frente no solamente lo hacían en pos de enfrentarse al fascismo y en defensa de la democracia, lo hacían por algo mucho más profundo: la transformación social. Mal armados, sin estrategas militares, con carencias de todo tipo, estos hombres estaban dispuestos a defender con su vida los cimientos  de otra sociedad. Esa era su principal motivación. No iban al frente para reestablecer el mismo sistema que los hambreaba, los perseguía y encarcelaba, postergándolos de la dignidad de la vida. No iban al frente a defender los privilegios de las clases dominantes, el latifundio o la iglesia. No iban al frente para seguir viendo morir a sus hijos por la mala nutrición y la falta de asistencia médica. No iban al frente para seguir luego condenados a una vida miserable, sumida en la ignorancia, para ellos y las generaciones venideras.

El “asunto” de la propiedad privada, era la piedra angular del problema. Un tema clave para la burguesía y las capas medias en general, a pesar de que a través de las colectivizaciones en realidad se pasó de la propiedad privada individual de las tierras y los medios de producción a la  propiedad colectiva.

El PCE reclutó a la mayoría de los militares republicanos y formó cuadros dentro de la pequeña burguesía.  A partir de que el estalinismo, a través del PCE tomó el control de la Policía y el Ejército, la tarea contrarrevolucionaria no se detuvo.

Si bien la aplicación de esta estrategia fue gravitante, el fracaso revolucionario no se debió únicamente a ella.  Las fuerzas revolucionarias también tuvieron sus errores.

En primer lugar los anarquistas. Los anarquistas eran sin duda la corriente mayoritaria dentro de la clase obrera española en aquel momento.  Todas sus acciones son absolutamente opuestas al reformismo burgués y también al estalinismo. Estuvieron siempre en primera línea de lucha proletaria, dispuestos como pocos a todos los sufrimientos,  pero no pudieron o supieron estar a la altura de las circunstancias. Su aversión a toda forma de poder les impidió tomarlo cuando lo debieron hacer, como es el caso del citado ejemplo que dábamos sobre el planteo del presidente Companys. De esta manera aunque en forma involuntaria, le dieron una decidida oportunidad de rearmarse a la burguesía. Increíblemente, tal vez por encontrarse en medio de una Guerra Civil, dos ministros anarquistas, Federica Montseny y Juan García Oliver  (Ministra de Sanidad y Justicia respectivamente) completaban el gabinete del gobierno republicano en noviembre del 36, no sin que esto hubiera creado problemas en la interna del movimiento anarquista.

La “cuestión del poder” entonces, sí es tomada con seriedad por el POUM (Partido Obrero de Unificación Marxista). Partido relativamente importante y numeroso en Catalunya y Aragón, pero sin la fuerza y adhesión suficientes para allanar con éxito estos problemas.

Los problemas concretos de la guerra comenzaron entonces. Justamente, por estarse llevando adelante una contienda contra un ejército regular bien equipado, apoyado además por Alemania e Italia, los más graves eran de índole militar.

La falta de material bélico moderno y de estrategas militares fue decisiva. Al no contar con la ayuda que ingenuamente  se esperada de las democracias occidentales, las armas y apoyatura logística ofrecida por la URSS eran prácticamente la única esperanza.  Esta necesidad  se convirtió en un elemento de presión, o más bien de chantaje para imponer la política contrarrevolucionaria.

En definitiva la clase obrera tuvo el control de todas las actividades de la Republica durante los primeros meses, pero nunca asumió la necesidad de tener el poder político. El poder político no dejó de estar en mano de los gobernantes, aunque en los primeros momentos no lo pareciera.

En esta situación el poder político persiguió la desmilitarización de las milicias (era una forma de no tener masas armadas con autonomía) y procuró la formación de un ejército regular, bajo la dirección directa del PCE y sus comisarios políticos.
Cuando Largo Caballero (PSOE) se pone al frente del gobierno poco antes de finalizar el año 36, como forma de enfrentar una crisis gubernamental, producto a la vez de una situación política muy compleja y de la marcha de la guerra, también se busca consolidar una figura en el gobierno en la cual las masas pudieran confiar. Lograr esta confianza era imprescindible, ya que en general la clase obrera española, no confiaba en los políticos.  Largo Caballero, líder indiscutido de la UGT, también llamado el Lenin español, contaba con un gran respaldo popular. Ubicado siempre en el ala izquierda del Partido Socialista, era de los pocos candidatos que podía lograr el respaldo necesario entre las masas para una acción de gobierno más firme. Era el único que podía lograr la desmilitarización de las milicias y la integración de éstas en un ejército regular, elemento esencial para las directivas de Moscú y para la recuperación del Estado burgués, recuperación que rápidamente se puso en marcha.
Gradualmente cada cosa volverá a “su sitio”. En todo el territorio republicano la centralidad irá tomando forma en los sucesivos meses. Así, se van disolviendo los comités obreros y las milicias. Las conquistas sociales obtenidas desde el 18 de julio, ya no avanzan y algunas se pierden.

Quienes quisieran proseguir el combate deberán hacerlo ahora en el Ejército Popular, que no es un Ejército Revolucionario; y vale la aclaración ya que si bien es cierto que en cualquier confrontación, de la naturaleza que sea, el “mando” deberá ser único y la coordinación imprescindible – situación difícil, por no decir imposible hasta el momento- los objetivos perseguidos son totalmente diferentes.

A través de la existencia de este Ejército Popular, que a pesar de las limitaciones obvias intentó cuadrarse como un ejército regular, se intentaba demostrar al mundo que no existía un proceso revolucionario, sino una lucha únicamente contra el fascismo. Se suponía, claro está, que frente a esta nueva situación cambiaría la actitud de las democracias occidentales volcándolas a favor de la República. Pero esto no ocurrió. En cuanto a las armas, que no eran muchas ni modernas,  comenzaron a entregarse  únicamente a los destacamentos del Ejército Popular,  mientras se esperaba las tan promocionadas armas de la URSS.

La URSS efectivamente envió armas que resultaron insuficientes y antiguas,  pero cobró un elevadísimo costo en oro por las mismas. Prácticamente toda la reserva de oro de España, que era una de las mayores reservas del mundo de aquel momento, salieron por mar con destino a Moscú. También hubieron algunos aviones y tanques en un número mucho menor al proporcionado por Alemania e Italia al ejército rebelde.

A partir de la llegada de Antonov-Ovseenko a Barcelona, los estalinistas reclamaron la expulsión de Nin del Consell de la Generalitat. El principal elemento molesto del doble poder, el elemento revolucionario estorbaba. Como es natural, las fuerzas pequeño-burguesas se solidarizaron con las exigencias de Stalin. Por su parte, los dirigentes de la CNT se inclinaron ante la maniobra que se concretó el 12 de diciembre de 1936.

Obviamente para la contrarrevolución, las cosas no serían fáciles. Este estado de cosas desorientaba a las masas revolucionarias y generaba una constante tensión. Largo Caballero, a pesar de haber sido útil a los requerimientos de Stalin, no estaba dispuesto a enfrentarse al pueblo reprimiéndolo, pero las presiones soviéticas iban en aumento , hasta que el Lenin español no las soportó más y echó de su despacho, prácticamente a patadas, al embajador Rosenberg.

Firma así su sentencia de muerte política, que le será ratificada cuando se niega a la ilegalización -y persecución implacable- del POUM solicitada por Stalin, tras los sucesos de mayo del 37. Prieto y Negrín consiguen echarlo, con el beneplácito de Azaña de la presidencia del Congreso. Negrín, además, lo persigue: se le impide hasta hablar en público, se censuran sus pocos discursos y se silencian sus declaraciones. Largo Caballero es ya un enemigo de Stalin y eso estuvo a punto de pagarlo con la vida.

Dice Orwell en Homenaje a Catalunya:

“La guerra primero y la revolución después”, si bien realmente sentido por el miliciano del PSUC , quien honestamente  pensaba que la revolución podía continuar una vez ganada la guerra, era una farsa. Lo que se proponían los comunistas no era postergar la revolución española hasta un momento más adecuado, sino asegurarse que nunca se realizase. Con el correr del tiempo esto se fue haciendo más evidente, a medida que el poder fue siendo arrancado de las manos de la clase trabajadora y se fue encarcelando a un número siempre creciente de revolucionarios de distintas tendencias.

Los sucesos de mayo del 37

No es posible comprenderlos si no se tiene presente que las Jornadas de Mayo fueron el punto culminante del enfrentamiento entre las fuerzas que querían proseguir el proceso revolucionario hacia el socialismo iniciado en julio de 1936 y las que se proponían contenerlo y destruirlo a fin de asegurar su hegemonía política y restablecer el orden democrático-burgués mediante la violencia reaccionaria.

Este enfrentamiento fue casi constante desde julio de 1936 y las tensiones se agravaron dramáticamente en el curso del mes de abril del 37.

Desde el inicio de la guerra, las milicias controlaban la compañía de teléfonos de origen estadounidense,  Telefónica de Barcelona.  Con el correr del tiempo y dado que a esa altura era manifiesto que el gobierno quería echar atrás la revolución, el comité obrero manejó las comunicaciones a su antojo, accediendo a información gubernamental considerada confidencial.
El 3 de mayo de 1937, tropas gubernamentales dirigidas por el Partido Socialista Unificado de Catalunya (PSUC) asaltaron y desalojaron a los trabajadores del edificio, mayoritariamente de la CNT y por tanto anarquistas. A partir de ese momento, los trabajadores se lanzaron masivamente a las calles a defender su revolución. No fue obra de los líderes, pero Barcelona estaba en manos de sus trabajadores.

La Generalitat y los centros de la Esquerra y del PSUC estaban aislados. De ahí que Companys, instigado por Comorera y Vidiella -consejero de Trabajo y Obras Públicas de la Generalitat y dirigente del PSUC- y Antonov-Ovseenko -que permanecían en relación constante con Jesús Hernández, la embajada rusa y los consejeros soviéticos- hubiera pedido refuerzos al gobierno de Valencia. En realidad, las fuerzas de que disponía el gobierno de la Generalitat eran impotentes para dominar la situación. La fuerza revolucionaria se había apoderado nuevamente de Barcelona.  La ciudad se llenó de barricadas controladas básicamente por los trabajadores de la CNT y los militantes del POUM durante 5 días.

Largo Caballero, que se opuso a reprimir a los obreros y milicianos, envía a los ministros anarquistas a dialogar con los trabajadores, los que logran acordar con mucho esfuerzo un retiro de la fuerza pública y de los trabajadores armados bajo la promesa de que no existirían represalias. Los dirigentes zonales de la CNT convocan a acatar y así se hace.
Los anarquistas estaban completamente superados por los acontecimientos, se mostraban renuentes ante los políticos marxistas y nuevamente se negaron a asumir la responsabilidad del poder.

El POUM no podía pasar por encima de la CNT, por lo que impuso  un repliegue en las mejores condiciones posibles para el partido y para la clase obrera; pero además era un partido fuerte únicamente en Catalunya y no estaba en condiciones de tomar ante sí la responsabilidad de concretar un poder revolucionario. Las conversaciones mantenidas en ese sentido días atrás con los dirigentes de la CNT no habían dado el resultado esperado.

A partir de las Jornadas de Mayo comienza a paso firme y a sangre y fuego la desarticulación de las colectivizaciones y la cacería de los militantes del POUM y de todo aquel que conservara un espíritu revolucionario y lo hiciera saber. Sucesivamente van cayendo los avances revolucionarios. Las tierras son devueltas a sus antiguos dueños, al igual que las industrias, si es que éstos se presentan, y en los casos en que no lo hacen se buscan otras formas de organización empresarial.
El ataque del 3 de mayo contra la Telefónica de Barcelona era parte de un plan que se llevó a cabo en forma implacable. Fue un ataque contra la Catalunya revolucionaria,  su autonomía real,  su movimiento obrero revolucionario y sus conquistas de julio. Luego siguió la  eliminación de Largo Caballero, de la izquierda socialista y de la CNT del gobierno central,  el asesinato de Nin y represión contra el POUM, el ascenso de Negrín y la tentativa de constituir la primera democracia popular estalinista de Europa.

Todo lo cual tenía que conducir fatalmente a abrir las puertas a Franco.
 

Referencias:

Los Colectivizadores – Victor Alba – Leartes 2001 Barcelona
Vanguardia y Retaguardia en Aragón – Alardo Prats – Editorial Esfuerzo Mdeo. 1938
Experiencias de la Revolución – Ignacio Iglesias – Laertes 2002 Barcelona
La Guerra Civil Española – Hugh Thomas – Grijalbo 2001 España
Diario de la Guerra de España – M. Koltsov – Ruedo Ibérico 1963 Paris
Homenaje a Catalunya – George Orwell Tusquets 2003
La Revolución y la Guerra de España – P. Broue/E. Temime – FCE 1962 México
 

Edición digital de la Fundación Andreu Nin,  septiembre 2005


 
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