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FUNDACIÓNANDREU NIN |
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Texto publicado en el número 10 de
la revista Cuadernos, enero-febrero de 1955, París. Este
texto es un exponente muy significativo de las concepciones europeístas
y anticomunistas desarrolladas por Julián Gorkin durante la guerra
fría.
“Las declaraciones estalinianas sobre la coexistencia constituyen
un plato propagandístico en el que se les sirve gato por liebre
a las buenas almas liberales, a los pacifistas y a los neutralistas unilaterales
y, en general, a todos los tuertos y a todos tos ciegos del mundo occidental.
El último de los militantes comunistas sonríe con ironía,
pues tanto en el partido ruso como en los partidos del Kominform no cesa
de proclamarse la incompatibilidad entre tos dos sistemas y el odio mortal
contra el mundo no soviético, que hay que tratar por todos los medios
de conquistar al sovietismo estaliniano. Si el Kremlin trata con él
es con el fin de ganar tiempo, de dividirlo, de debilitarlo por todos tos
medios a su alcance y de prepararse a destruirlo o a conquistarlo”.
(Julián Gorkin, Destino del siglo XX, Chile, 1954)
La insensata política de Stalin de industrialización a ultranza, de “transformación de la Naturaleza” por medio de unas obras desproporcionadas con las posibilidades de la URSS, de armamentos en masa y de intensa preparación militar, de ciego sometimiento de todos los recursos de los pueblos satélites a sus planes imperialistas y, en fin, de agresión constante contra las democracias occidentales, había producido un doble efecto: en el interior del Imperio soviético, el agotamiento y la desesperación de las grandes masas trabajadoras y un marcado descontento entre las propias castas burocráticas; en el exterior, la articulación de las defensas y el rearme por parte del mundo occidental. La continuación de esta política, bajo la dirección del megalómano dictador totalitario, empezaba a ser harto peligrosa para él y para su vasto Imperio. ¿Hubiera procedido él mismo a una cierta revisión -o a un reajuste- de esta política de haber vivido? Nadie es capaz de decirlo con certeza. Lo que sí parece hoy claro, a través sobre todo de las revelaciones de Harrison E. Salisbury, corresponsal del New York Times en Moscú hasta hace poco, es que la inquietud y el descontento empezaban a cundir incluso entre los propios colaboradores inmediatos de Stalin y que éste se disponía a proceder a una nueva y despiadada purga terrorista en los medios burocráticos estalinianos. ¿No alimenta esto la sospecha de que el dictador no murió de muerte natural? Según parece, esta sospecha ha tomado cuerpo en la propia URSS. En todo caso la desaparición de Stalin no pudo ser más providencial.
En el dominio de los armamentos y de los preparativos militares, no se ha observado hasta ahora ningún cambio efectivo por parte de los sucesores de Stalin. En el presupuesto soviético, las partidas destinadas a fines militares son sensiblemente iguales a las de los ejercicios estalinianos. Los presupuestos soviéticos son los más complicados y oscuros del mundo; en ellos se disimulan siempre las partidas que conviene al poder dictatorial mantener secretas. No es posible saber, por ejemplo, el monto de las partidas destinadas al desarrollo de la bomba atómica y las destinadas al desarrollo de la flota de guerra -principalmente a los submarinos-; se sabe, sin embargo, que el Kremlin les concede una importancia extraordinaria.
En el dominio de la industrialización, los nuevos amos de la
URSS siguen dándole preferencia a la industria pesada sobre la industria
ligera o de transformación. Ello quiere decir que la producción
de armamentos en masa sigue siendo fundamental, en detrimento de la producción
de artículos de uso corriente. Las propuestas de desarme no presentarán
el menor viso de sinceridad mientras no se modifique fundamentalmente esta
situación; en realidad lo único que han pretendido hasta
ahora los soviéticos ha sido impedir el rearme de los occidentales
y un cambio en la relación de fuerzas desde el punto de vista de
los armamentos y de las defensas. Durante los años de 1948 y 1949
se llegó a destinar a la industria pesada, en el sector socializado
de la economía, hasta el 70% del total de las consignaciones, mientras
se destinaba el 8% tan sólo de la inversión presupuestaria,
en el mismo sector, a la agricultura. El resultado ha sido la catastrófica
crisis agraria confesada el año pasado por los nuevos gobernantes
soviéticos, con la consiguiente falta de cereales y de patatas -sin
hablar de otros artículos elementales de consumo- y el hambre de
]as masas obreras y campesinas. Pero es que en el año de 1953, que
debía caracterizarse por la nueva política agraria, se ha
seguido invirtiendo en la agricultura el mismo 8%. Y la realidad es ésta:
que un país que ha pasado a tener más de doscientos millones
de habitantes y cuya ganadería, según confesión del
Kremlin, es inferior hoy a la de 1916 bajo el zarismo, no posee más
que unos 600.000 tractores en total y sufre de una gran escasez de otra
maquinaria agrícola y de abonos en general. La política de
Stalin condenó a la miseria a los pueblos de la URSS, pero sus sucesores
no han modificado fundamentalmente esa política y las masas populares
tienen que alimentarse con promesas. Malenkov prometió el año
pasado la abundancia; Mikoyan, ministro del Comercio, en su reciente discurso
sobre los presupuestos, ha tenido que confesar que el plan para el incremento
de la producción de carne había fracasado y que las restricciones
este año tendrían que ser más severas aún que
el año anterior.
Sin embargo las castas privilegiadas soviéticas siguen exigiendo
un aumento de los productos de uso corriente y de los artículos
de consumo. Las tales castas formulan esas exigencias para sí mismas,
pues el pobre pueblo no tiene derecho a exigir nada ni puede manifestar,
aplastado hoy como ayer por el totalitarismo policiaco, su profundo descontento.
Para darles satisfacción a esas castas, que constituyen los fundamentos
básicos del régimen estaliniano, los nuevos dictadores han
renunciado a algunos de los planes de “transformación de la Naturaleza”
y tratan de intensificar, por todos los medios posibles, su comercio con
los países occidentales. El simbólico dilema nazi de “la
mantequilla o los cañones”, los jefes soviéticos parecen
decididos a resolverlo así : nosotros seguiremos produciendo cañones
-y todas las otras armas -para dirigirlos un día contra el mundo
occidental y, mientras tanto, el mundo occidental nos suministrará
la mantequilla y todo lo que necesitamos. Que es lo que empieza a ocurrir
ya bajo el signo de “la coexistencia y de la paz”.
En fin, de cara a las llamadas democracias populares se vienen anunciando
importantes cambios: por ejemplo, la renuncia al cincuenta por ciento de
las acciones en las grandes empresas rumanas -herencia del período
de ocupación nazi-, un debilitamiento del control de las economías
en Hungría y en Bulgaria y, en general, un cierto retroceso en la
creación de las colectivizaciones forzosas. Pero estas concesiones
son más aparentes que reales. En primer lugar, los países
satélites siguen sin poder mantener relaciones comerciales directas.
El llamado “Kominform económico”, el sometimiento de las monedas
al rublo oro y la planificación casi total han colocado las economías
de esos desgraciados países bajo el control absoluto del Kremlin,
que viene practicando el más feroz de los imperialismos. ¿Qué
importan ya las concesiones de forma y las promesas sobre el papel?
Muy diferente es el trato que se ve obligado a darle el Kremlin a la China de Mao Tsé Tung. Este no es un satélite más, sino un igual y se tienen con él los máximos miramientos. Durante los últimos años. los ilusos del mundo occidental se han dedicado a buscar en Pekín signos de titismo y recientemente Aneurin Bevan, que no puede ser tachado de comunista, pero que en nombre de un demagógico izquierdismo parece empeñado en ser el abogado de la política exterior soviética, se congratulaba públicamente de que en lugar de una sola gran potencia comunista existan ahora dos. ¿Seguiría felicitándose si en lugar de dos hubiera un día tres o cuatro? Los recientes acuerdos chino-soviéticos y el abandono por el Kremlin de Puerto Arturo indican que en lugar de distanciarse las dos potencias estrechan aún más su política y su estrategia. El eje totalitario Moscú-Pekín dará mucho juego, durante los próximos años, en Europa, en Asia y en el mundo entero.
Es evidente que la URSS y la China comunista necesitan un período de tregua: la primera para superar su crisis interior, satisfacer las necesidades y las aspiraciones de las castas privilegiadas, solucionar el problema de la sucesión de Stalin -la eliminación de Beria y la importancia creciente de la casta militar prueban que la “dirección colectiva” no constituye una solución normal en un régimen totalitario y privado de toda vida colectiva- terminar la integración -o la rusificación- de los países satélites; la segunda, para llevar a cabo su industrialización -organizar un numeroso y sólido ejército moderno y dotarlo del necesario armamento. En este período necesitan realizar un doble fortalecimiento: en el interior mediante las medidas enunciadas y en exterior -hoy el más importante y urgente- mediante el debilitamiento del mundo occidental. Durante la etapa anterior, y bajo la férrea y obsesionante dictadura de Stalin, han puesto toda su política interior y todos sus medios al servicio de la agresividad y de la expansión exteriores; durante la etapa actual necesitan poner toda su política exterior al servicio de su fortalecimiento y de su consolidación interiores; realizados éstos, le pondrán fin al período de tregua para entregarse a nuevos ataques y nuevas conquistas, principalmente en Europa y en Asia. Contrariamente a lo que cree una opinión bastante generalizada, la etapa actual me parece mucho más peligrosa que la anterior.
Es la etapa de la coexistencia y de la paz mediante el apaciguamiento de los adversarios, del desarrollo del neutralismo que tiene por fin neutralizar las resistencias, de un pretendido progresismo llamado a ampliar la acción de los comunistas -incluso, como se ha visto recientemente en Francia, en el dominio del espionaje-, del comercio cada vez más intenso entre el mercado mundial y el “mercado paralelo” de que hablara Stalin en vísperas del XIX Congreso del partido comunista de la URSS. Para un demócrata del Occidente, la coexistencia normal significa la aceptación de la existencia paralela de dos regímenes y dos modos de vida diferentes; para un comunista -soviético, chino o internacional -significa una simple táctica circunstancial consistente en ganar tiempo y en prepararse a suprimir mañana la existencia de todos sus adversarios. Las experiencias hechas hasta ahora no deberían inspirar ninguna ilusión a los políticos responsables del Occidente. Muchos de ellos -sobre todo en el campo democrático y socialista -obran, sin embargo, como si las tuvieran.
Para un demócrata occidental la paz es un estado normal y una de sus aspiraciones más legítimas y elevadas; para esos pescadores en río revuelto que son los comunistas, la paz no es más que una tregua entre dos guerras o un período de preparación para la guerra. Todo el mundo debería saber hoy que, por definición y por táctica, los comunistas son esencialmente antipacifistas. Hablando ahora de paz, lo que buscan es el apaciguamiento de las potencias occidentales, el relajamiento de sus defensas, su desarme moral y material. En fin, el desarrollo del neutralismo constituye hoy uno de sus mejores medios para introducir la división, el debilitamiento y el desarme de nuestro mundo, de ese mundo que aspiran a dominar un día.
Es evidente que los comunistas han conseguido ya, con esta nueva táctica, excelentes resultados durante el último año. Ante todo en Asia. En Corea no han obtenido una victoria completa, pero no puede decirse que hayan sufrido una derrota: ese país, asolado, sigue dividido, y el armisticio no ha conducido ni conducirá seguramente a la firma de un tratado de paz que garantice su unidad. Se encuentra sometido a una especie de “ni guerra ni paz” que disimula apenas un estado de guerra sorda. Sin embargo, el armisticio coreano y el fin de la guerra en Indochina son explotados por los comunistas como otras tantas pruebas de la voluntad de paz por parte de Moscú y Pekín; en realidad, la tal paz ha constituido una importante victoria para el comunismo, pues el setenta por ciento de su población ha quedado bajo su control y el resto se defenderá difícilmente. Y un triunfo para el comunismo es el neutralismo de la India de Nehru, su visita a Hanoi y a Pekín y la formación en tomo suyo de un bloque neutralista frente al pacto defensivo de Manila.
Los comunistas han obtenido asimismo excelentes resultados en Europa
y, en primer lugar, en Francia. El fracaso de la Comunidad Europea de Defensa
ha sido el más resonante y positivo de esos triunfos. El dinámico
nacionalismo ruso, trasplantado a Francia a través de su activa
quinta columna, ha sabido explotar magníficamente el nacionalismo
francés, ese nacionalismo que no ha olvidado nada ni aprendido nada
y que es capaz de comprometer el porvenir en nombre de los malos recuerdos
del pasado. Esta actitud le ofrece una nueva justificación al nacionalismo
alemán, hábilmente atizado a su vez por los comunistas, y
se compromete seriamente la causa de la unidad europea. Obsérvese,
por otra parte, que casi todos los argumentos en pro o en contra de la
CED ayer y en pro o en contra de los acuerdos de Londres hoy, han girado
y siguen girando en tomo a Alemania y al problema de su rearme, con notorio
olvido de esta realidad: que toda la construcción occidental tiene
por base principal la defensa contra el imperialismo soviético.
Como ha dicho alguien, doce divisiones alemanas parecen asustar mucho más
a los nacionalistas franceses que las trescientas divisiones de que dispone
ya el bloque totalitariamente dirigido por el Kremlin. En lugar de integrar
a la Alemania occidental en el dispositivo democrático, diríase
que los tales nacionalistas tienen interés en arrojarla en brazos
de Moscú. ¿Cómo no comprenden que la batalla europea
se jugará en primer lugar en Alemania y que si ésta cayera
un día, con su poderoso aparato industrial, Francia y la Europa
continental estarían irremediablemente condenadas?
Los comunistas esperan seguir obteniendo buenos resultados durante
los próximos años. Es evidente que el neutralismo francés
se ha revelado mucho más fuerte de lo que se creía. Hábilmente
alimentado por la quinta columna soviética, ¿no seguirá
desarrollándose en los próximos años? ¿No se
aprovechará de la división y del confusionismo que reinan
en casi todos los partidos? Es casi seguro. Nadie ignora que la crisis
italiana no cesa de agravarse en contra de los sectores democráticos
y en favor de los comunistas y de sus servidores los socialistas de Pietro
Nenni. La democracia italiana es tan débil y está tan plagada
de contradicciones internas, que un oscuro y vulgar crimen, hábilmente
explotado a la vez por la demagogia estaliniana y neofascista, puede acabar
con ella. Su salvaguardia no constituye tan sólo una necesidad italiana,
sino una necesidad europea y mundial. Es posible que en Inglaterra vuelvan
al .poder los laboristas. Por convicción socialista, mis simpatías
van hacia el Labour Party y hacia sus positivas realizaciones interiores;
sin embargo la política exterior del laborismo y, sobre todo, la
irresponsable demagogia comunizante del bevavismo me inspiran los
más vivos temores. Me los inspira asimismo el futuro de Alemania.
Cabe aquí formularse esta pregunta: si la socialdemocracia alemana
llega al poder , con el eventual apoyo de los liberales, ¿seguirá
sometiendo la unidad europea a una ilusoria -al menos por el momento- unidad
alemana? ¿No se favorece así a la vez al nacionalismo y al
comunismo en detrimento de la causa democrática occidental? El papel
de un socialismo europeo vivo y eficiente debería consistir, en
este grave período, en defender los intereses morales y materiales
de los trabajadores arrancándolos a la turbia demagogia comunista
y en constituir la vanguardia democrática y constructiva de la unidad
europea frente a los nacionalismos reaccionarios y a las especulaciones
estalinianas. En lugar de eso, los partidos socialistas han caído
en una extraña mezcla de demagogia seudoizquierdista y de nacionalismo
que los incapacita para llenar su verdadero papel internacionalista y constructivo.
Mucho más que las etiquetas ideológicas y los partidismos
cerrados cuenta a mi juicio la defensa y la salvaguardia de las libertades
democráticas, sin las cuales el socialismo se cierra los caminos
del porvenir.
¿Qué hacer? Fracasada la CED gracias a los votos comunistas
y nacionalistas franceses, era indispensable aprobar los acuerdos de Londres.
De haber fracasado éstos también, el daño para Francia
y para Europa hubiera podido ser irreparable. Londres representa, en este
sentido, el mal menor. Pero en nombre del mal menor, los europeístas
no deben caer en el conformismo y renunciar a sus objetivos fundamentales.
La batalla por Europa y por el mundo libre atraviesa momentos difíciles;
es preciso redoblar, por eso mismo, .los esfuerzos. Hay que deshacer, en
primer lugar, el absurdo ilusionismo surgido en Occidente respecto del
equipo que ha tomado la sucesión de Stalin, demostrando que sus
cambios de lenguaje y de táctica no modifican la política
y los objetivos constantes del imperialismo soviético y de sus quintas
columnas. En nombre de la “coexistencia” y de la “paz” estos objetivos
se nos aparecen por demás claros: impedir la unidad y la defensa
europeas, exacerbar y explotar los nacionalismos y los neutralismos, mantener
aislada y desarmada a la Alemania occidental, neutralizar a Europa de los
Estados Unidos, empujar a éstos hacia el aislacionismo... Es menester
llevar a la conciencia de los pueblos esta verdad elemental: que para destruir
las maniobras totalitarias, mantener la propia coexistencia y salvaguardar
la paz, la primera condición consiste en ser fuertes. Sin una sólida
integración europea no se concibe una verdadera fuerza. Esta integración
ha sufrido un retroceso evidente. El método “funcional” de los ingleses
se ha impuesto momentáneamente y en lugar de una integración
europea nos encontramos con una coalición ligeramente superior a
las coaliciones habituales. Lo más urgente, a mi juicio, consiste
en agrupar sólida y dinámicamente a todos los elementos y
todos los sectores sinceramente europeístas -sin abandono de las
autonomías orgánicas- con el fin de neutralizar a los nacionalistas,
ir hacia una superación de los acuerdos de Londres y de París
y hacer triunfar la supranacionalidad. Sólo una verdadera unificación
europea -económica, política y estratégica- será
capaz de salvar a Europa. Sin esta unificación no será posible
desarrollar la productividad, crear un mercado común, encauzar y
controlar el comercio exterior, garantizar las monedas, aplicar el pleno
empleo, aumentar las condiciones de existencia de las masas, asegurar
su defensa y garantizar su independencia. Sólo ella será
capaz de dotar a sus pueblos de un ideal vivo y creador y de reunir en
tomo suyo al mundo libre. Y sólo ella será capaz de debilitar
y descomponer los totalitarismos.
Edición digital de la Fundación Andreu Nin, diciembre
2001