Evasión tras la caída
de Cataluña
Este texto reproduce los capítulos 19,20 y
21 del libro El proceso de Moscú en Barcelona (El sacrificio de
Andrés Nin), 1974. Incluido en la antología de textos
de Gorkin Contra el estalinismo.
Entre la última sesión de nuestro proceso y el pronunciamiento
de la sentencia me llegó una carta a la Prisión de Estado, firmada
por el poeta francés Marcel Martinet, autor de
Los tiempos malditos
y de
La noche, obra esta última que mereció un largo
comentario de León Trotski, escrito en plena guerra civil en su famoso
“tren militar” y aparecido en la
Pravda. Trotski, Martinet y los dos
grandes militantes sindicales Rosmer y Monatte habían colaborado en
La Vie Ouvriere en París, durante la Primera Guerra Mundial
y antes de la expulsión del primero a España. Con Víctor
Serge, el fundador del surrealismo, André Breton, el sociólogo
y pacifista Felicien Challaye y un buen número de escritores, historiadores,
críticos y políticos de la izquierda francesa, Marcel Martinet
venía asumiendo, desde 1936, la defensa de los procesados de Moscú
y nuestra defensa “contra los mismos medios de impostura y de asesinato”.
Conocía yo bien a Martinet, hombre bondadoso y abnegado como pocos,
y su carta me conmovió hondamente. Decía en síntesis:
“Cuando esta carta llegue a Barcelona, seguramente no pertenecerás
al mundo de los vivos; pero quiero que sepan quienes la lean que un poeta
y luchador francés protesta con toda energía contra este monstruoso
crimen”.
Reflejaba esta carta el pesimismo que reinaba en los medios franceses e
internacionales sobre nuestra suerte. Sólo la lectura, unos meses
más tarde -y la relectura recientemente-, de
L'Humanité
y de
Ce Soir tenía que hacerme comprender el porqué
de ese pesimismo. Procedían estos órganos comunistas
a la misma manipulación de las informaciones y la misma mistificación
de la opinión pública respecto de nuestro proceso que de los
procesos de Moscú. ¿cómo suponer que el desenlace pudiera
ser diferente? Y es que el estalinismo no solo ha creado unos partidos políticos
diferentes de todos los otros a través del mundo, sino una escuela
de periodismo -y de propaganda- basada en una técnica especial de
adaptación y de interpretación de los hechos a su conveniencia,
hasta el punto de que la frontera entre la verdad y la mentira desaparece
totalmente. Mejor aún: sólo es justo y verdadero lo que sirve
a su causa, y todo lo demás es injusto y falso. Nuestro proceso aparecía,
por otra parte, en medio de unas campañas de acaparamiento del antifascismo,
de solidaridad verbal con la causa republicana, de llamamientos en favor de
los niños hambrientos españoles... Por ejemplo: el 7 de octubre
-luego cuatro días antes de la vista de nuestro proceso-, el Partido
Comunista Francés organizó un mitin de masas en el inmenso
Velódromo de Invierno, con Maurice Thorez, André Marty, José
Díaz y la Pasionaria, acusando a las potencias democráticas
de preparar el estrangulamiento de España como habían preparado
el de Checoslovaquia en Munich. Con las consiguientes referencias, como de
pasada, “a los traidores y espías nazi-trotskistas del POUM”. Y durante
los días siguientes, acaparó prácticamente los grandes
locales de París y de las principales ciudades departamentales. Los
obreros y los campesinos soviéticos eran condenados en masa a trabajos
forzados, pero los aparatos comunistas gastaban fortunas gracias a las subvenciones.
Medio ahogadas por estas campañas obsesionales, las reseñas
sobre nuestro proceso aparecían completamente truncadas: las acusaciones
del fiscal eran convertidas automáticamente en pruebas, y tanto nuestras
respuestas como nuestros mentís eran silenciados o envueltos en comentarios
como éstos: todo lo dicho por mí constituía una sarta
de “mentiras cínicas y de insolencias”; traté de negar “los
lazos del POUM con Trotski, precisamente cuando aparecía claramente
la identidad entre las tesis trotskistas y fascistas”; “perdía repentinamente
la memoria o se apoderaba de mí un verdadero pánico ante los
textos y las pruebas”. Andrade, por su parte, reconoció “que mantenía
relaciones constantes con un gran número de extranjeros, algunos de
los cuales eran agentes de la Gestapo y de la Ovra”; “Kurt Landau, ex secretario
de Trotski, era un notable agente de la Gestapo”. “Gironella reconoció
que mantenía asimismo relaciones con los mismos agentes”; “la Falange
fascista y el POUM tenían jefes comunes”; “los traidores del POUM
veíanse confundidos en el proceso de Barcelona”; “el POUM preparaba
el asesinato de Negrín, de los miembros de su gobierno, e incluso
del ex ministro Prieto”. Y esta perla: “Los anarquistas, ante los documentos
sensacionales, se declaran contra el POUM”. Me limito a un somerísimo
resumen de las columnas que nos dedicaba cada día el órgano
central
L 'Humanité.
Y otras tantas nos dedicaba como un eco de las anteriores, el vespertino
Ce Soir. Este diario, pretendidamente independiente, vivía gracias
a los millones entregados por Negrín, sin el menor control español,
al Partido Comunista Francés. Puedo asegurar que su fundación
se debió a la iniciativa de Julio Álvarez del Vayo. Me había
unido con éste una buena amistad durante los años que precedieron
a la guerra civil, y hasta el momento de descubrirse que actuaba mucho más
como un ministro de Stalin en España que de su jefe Largo Caballero.
Durante uno de mis viajes a París, en mi calidad de miembro del Comité
Central de Milicias, un núcleo de periodistas de toda confianza me
informó que el propietario del vespertino independiente l'Intransigeant
estaba dispuesto a vender la empresa en condiciones bastante módicas.
Regresaba Álvarez del Vayo de Ginebra y coincidí con él
en el tren entre París y Toulouse. Le puse al corriente del asunto
con toda confianza. Me prometió que lo plantearía en Madrid
-era antes del traslado del Gobierno Largo Caballero a Valencia-, e incluso
que me convocaría a una entrevista. Pero lo que hizo, en completo
acuerdo con Negrín, fue sugerir la fundación del costoso Ce
soir bajo el control de los comunistas. ¿Y a quién pusieron
éstos en calidad de director? Al conocido escritor y poeta Luis Aragon,
tránsfuga del movimiento surrealista y autor de un poema titulado
“Nos hace falta una GPU” (1931), con machacones Vivas, de los que me limito
a la selección de algunos:
“Viva la GPU, figura dialéctica del heroísmo”.
“Viva la GPU, verdadera imagen de la grandeza materialista”.
“Viva la GPU, contra el Papa y los piojos”.
“Viva la GPU, contra la resignación de las prisiones”.
“Viva la GPU, contra el socialismo de los asesinos Caballero, Boncour, Mac
Donald, Ziergibel”.
“Viva la GPU”.
Y este inocente poeta, que ya en 1931, recién proclamada la República
en España, trataba de asesino a Largo Caballero y pedía una
“heroica GPU” contra él, dirigía un costoso diario en París,
ricamente subvencionado con dinero español, y publicaba en octubre
de 1938 mi fotografía en el banquillo de los acusados pidiendo a gritos
mi asesinato y el de mis compañeros (1).
LA PÉRDIDA DE CATALUÑA
Los últimos meses de 1938 son verdaderamente trágicos para
el pueblo español de la zona republicana: no hay casi nada que comer.
Antes les quedaba un recurso a los habitantes de las ciudades: ir en busca
de alimentos a los pueblos rurales. Pero, ahora, los pueblos pasan hambre
también. Todo el mundo desprecia el dinero; únicamente se consiguen
algunos productos a cambio de tabaco, de medicinas, de aceite... Nos señalan
de la calle un hecho espantoso: las empresas funerarias se niegan a proporcionar
ataúdes y a enterrar a los muertos si no es a cambio de productos.
Se comercia con todo; hay mujeres que se entregan por un pan, medio kilo de
arroz o un paquete de cigarrillos. Nuestro rancho carcelario se compone, generalmente,
de un cazo de lentejas dos veces por día, y no recibimos más
que sesenta gramos de pan. A veces faltan incluso las lentejas. Nos hemos
visto condenados a comer nabos durante diez días seguidos, unos nabos
duros y amargos que provocan náuseas. Sin embargo, los presos recién
llegados suelen exclamar: “jLentejas o nabos que hubiera en la calle!”.
Los que más hambre pasan son los presos procedentes de las Brigadas
Internacionales. No tienen ningún familiar en la calle que se acuerde
de ellos, que les lave la ropa o que les traiga de vez en cuando un suplemento
de comida. Se les ve andar por el patio de las palmeras como perros famélicos.
Se han quedado en los huesos, y sus rostros, generalmente sin afeitar, presentan
una palidez de cadáveres. Van rotos, enseñando las carnes y
tiritando de frío. Muchos de ellos se meten en la boca lo primero que
encuentran y se pasan el día rumiando para distraer el hambre. Unos
compañeros de la calle me obsequiaron un día con un pan. Lo
dejé en mi celda y salí a dar un paseo por el jardín.
Al volver a ella vi salir a un preso ocultando algo bajo la manta. Había
desaparecido el pan. Poco después llegaron hasta mí, de la sala
de los presos comunes, gritos airados. Varios de estos presos procedentes
de las Brigadas Internacionales, se injuriaban, en diversas lenguas. Comprendí
en seguida: se disputaban el pan. Subió el Jefe de Servicios con algunos
oficiales de guardia. Vino en mi busca.
-Sé que le han robado un pan. ¿Quiere venir conmigo a ver
si reconoce al culpable?
Le acompañé. Recorrimos la sala. Los presos, inmóviles
en sus petates, nos seguían con ojos febriles. En un extremo reconocí
al autor del robo, mirándome con ojos de pánico. Le dije al
Jefe de Servicios:
-El ladrón es el hambre. Y el culpable el Gobierno que deja morir
a esos hombres lentamente.
No he podido olvidar nunca el siguiente caso. Cierto día, al dirigirme
a la ducha, encontré a un hombre desnudo. Parecía un esqueleto.
No pasaba de la cuarentena y apenas le quedaban dientes y cabellos. Se estaba
matando los piojos. Me miró y se puso a gritar:
-¡Los fascistas rojos! ¡Los fascistas rojos! ¡Los estalinistas
son los fascistas rojos!
Entablamos conversación. Había sido profesor en Francfort
y militado en el Partido Socialdemócrata durante una veintena de años.
Se había enrolado en las Brigadas desde los primeros meses de la guerra
civil. Fiel a su partido, habíase negado a tomar el carnet del Partido
Comunista. Lo detuvieron. Llevaba más de un año de cárcel
en cárcel. Este año de cárcel, totalmente abandonado,
había hecho de él una ruina humana y apenas le quedaba ropa.
Me enseñó una carta, diciéndome:
-Unos amigos de París me anuncian el envío de un gran paquete
de comestibles. Un pequeño jamón en lata, conservas, chocolate,
café, azúcar... Estoy loco de alegría, y al mismo tiempo
tengo miedo. Si como mucho de una vez me moriré del hartazgo, y si
me lo guardo me lo robarán los otros presos. ¿ Querrá
usted guardármelo en su celda?
Era la mayor prueba de confianza que podía darme. Pero pasaron los
días y el paquete no llegó. Ante sus constantes reclamaciones
le dijeron , por fin, que había desaparecido en la aduana de la estación.
Se volvió medio loco. Se le veía pasear solo leyendo la carta
y murmurando “Jamón, conservas, chocolate, café, azúcar...”.
Estuve varios días sin verle. ¿Qué había sido
de él? ¿Lo habían trasladado a otra cárcel? Si
lo hubieran puesto en libertad, sin duda se habría despedido de mí.
La víspera de Nochebuena llegaron cuatro grandes cajas de conservas,
procedentes de Suecia y consignadas a mi nombre. Me rogaba el Comité
de Solidaridad Internacional Antifascista que me encargara de su distribución
entre los presos. (Había visitado Estocolmo un par de meses antes de
nuestra detención y me conmovieron las recepciones que me dispensaron:
dos ministros socialistas, varios líderes sindicales, militantes anarquistas,
el movimiento estudiantil, los periodistas. ..País de gran tradición
democrática y socialista, diríase que todo el mundo estaba a
nuestro lado, e incluso en los telones de las salas de espectáculos
se hacía publicidad en nuestro favor). Establecimos una lista para
proceder al consiguiente reparto. El único que no acudió a recoger
su parte fue mi amigo el profesor de Francfort. Tuve necesidad de ir a la
enfermería. Al pasar por delante de las camitas vi como un espectro
que tendía sus manos descarnadas hacia mí. Era él. No
podía articular una sola palabra y su garganta sólo producía
un sonido ronco. Me asió una mano y clavó sus ojos en los míos.
Quería decirme algo, ¿pero qué? Me fui a mi celda y volví
con un bote de leche condensada que me habían traído aquel
mismo día. Se echó a llorar dolorosamente. El médico
me dijo:
-No puede tomar nada, pues lo devuelve todo. La muerte por hambre es una
de las más espantosas. No creo que pase la noche.
No terminó, en efecto, la Nochebuena. Su cadáver permaneció
durante varios días en el pequeño cementerio del antiguo convento.
Por fin se lo llevaron en un pobre cajón, solo y como si no tuviera
un familiar o un amigo en el mundo. En su edición del 15 de octubre,
L'Humanité titulaba uno de sus reportajes: “Bajo la presidencia del
glorioso coronel Líster, el adiós del Ejército y del
pueblo españoles a los voluntarios internacionales”. Y Ce Soir, en
la del 23: “Bailes en las calles de Barcelona para despedir a los voluntarios
de las Brigadas Internacionales”. Bailes... El pobre profesor socialdemócrata
de Francfort no podía figurar entre los que habían venido a
ofrendamos sus vidas, no para que los inmolara -como a varios centenares de
otros, asesinados por la espalda o abandonados en las cárceles- el
“fascismo rojo”.
El momento elegido por Stalin para la retirada de los combatientes internacionales
no podía ser ni más significativo, respecto del viraje político
que preparaba, ni de consecuencias más graves respecto de Cataluña
y, por ende, de la zona republicana. Precisamente en el corto y decisivo período
entre el costosísimo descalabro registrado en el Ebro y la gran ofensiva
contra las importantes zonas catalanas y su capital. El paso del Ebro, perfectamente
preparado, había sorprendido indudablemente al Estado Mayor franquista
y constituyó la última hazaña de envergadura de las
tropas republicanas. Comenzada los días 24 y 25 de julio, la verdadera
batalla se entabló el 1º de agosto. Era ya una batalla de usura
y de material y, como tenía que reconocer en el exilio el general
Vicente Rojo, jefe del Estado Mayor Central, “la lucha entre la abundancia
y la pobreza”. Se quería no sólo levantar la moral en nuestros
frentes y en nuestra retaguardia, así como restablecer un prestigio
harto menguado en el extranjero, sino dar la impresión ante todo el
mundo de que existía aún en España un equilibrio de
fuerzas precisamente cuando se ventilaba en Europa el problema de la guerra
o la paz en torno a la crisis checa. Munich echó abajo la esperanza,
acariciada por el Gobierno de Negrín, de un conflicto entre las potencias
fascistas y democráticas, así como de la intervención
de estas últimas en la guerra de España, o por lo menos de
una fuerte ayuda en armas. La operación del Ebro, celebrada por doquier
como una heroica proeza –y explotada a fondo por la propaganda comunista,
que se la adjudicó íntegra-, resultó de efectos catastróficos.
Según las estimaciones de los técnicos, y ulteriormente de
los historiadores, se perdieron cerca de cien mil hombres entre muertos,
heridos y prisioneros. La pérdida de material, como veremos seguidamente,
fue no menos catastrófica. Y lo peor fue, quizá, la desmoralización
generalizada.
Respecto de la ofensiva franquista sobre Cataluña, desencadenada
el 23 de diciembre, existe un testimonio -entre otros muchos- de primerísima
importancia: el del propio jefe del Estado Mayor Central de la República,
hecho público a poco de exiliarse. No puede motejársele de anticomunista,
ya que el general Vicente Rojo, sin duda bajo la influencia del doctor Negrín,
no había ocultado sus simpatías por los comunistas. Empieza
por hacer esta afirmación: “El ataque a Cataluña lo habíamos
previsto desde que el Gobierno eligió como sede de su residencia la
ciudad de Barcelona”. ¿Qué medidas se tomaron para prevenir
este ataque? El Estado Mayor había elaborado todo un plan, cuyo inicio
debía consistir en un ataque sobre Motril, posición clave,
con el fin de obligar al enemigo a llevar hacia el Sur una buena parte de
sus reservas de Andalucía y de Extremadura. Tratábase de una
operación estratégica de primera importancia. El jefe de Grupos
de Ejércitos del Centro, el general Miaja, conocía este plan
desde el 20 de noviembre y le había dado su plena aprobación.
El ataque a Motril debía realizarse el 11 de diciembre. El mismo día,
Rojo recibió una carta de Miaja negándose a realizar dicho plan.
Y Negrín, que lo había aprobado también, se apresuró
a aprobar, a su vez, la suspensión del ataque y del plan. Rojo dice:
“La batalla de Cataluña comenzamos a perderla al suspender la operación
sobre Motril. Hubiera bastado ese ataque, en relación con las subsiguientes
maniobras de Extremadura y Madrid, para desarticular el plan adversario o,
cuando menos, si Franco sacaba tropas de Cataluña, para ganar algún
tiempo más del que nos concedió el temporal de lluvias y lograr
que el ansiado armamento hubiera llegado oportunamente, para ser útil,
en Cataluña y en la regi6n Central”.
El ansiado armamento... Según la afirmación del general Rojo,
confirmada por Negrín ante la Comisión Permanente de las Cortes,
reunida en París después de la pérdida de Cataluña,
al iniciarse la ofensiva franquista “el armamento disponible no llegaba a
los 60.000 fusiles, y el cuarenta por ciento de la artillería estaba
en reparación”. Añadamos esta otra: “Faltaban hombres y armas,
sobre todo éstas. Los primeros los había absorbido una organización
viciada que tendía a reforzar los organismos del interior en detrimento
de las unidades combatientes”. Por otra parte, “en cada brigada faltaban de
600 a 1.000 hombres, en lugar de 3.600 que debían comprenderla»,
y “se insistió en el envío de hombres desde la región
Central, y se pidió que vinieran armados, en vista de que no llegaban
las armas del exterior...”. Por encima del general Miaja, que había
aprobado la operación de Motril y luego se negó a aplicarla
en el último momento, estaban los mandos comunistas. Y lo estaban por
encima de Negrín, Presidente del Gobierno y ministro de Defensa, que
en lugar de sancionar este grave acto de indisciplina lo cubrió desmintiéndose
a si mismo. La “organización viciada y tendente a reforzar los organismos
de la retaguardia en detrimento de los combatientes” tenía una sola
explicación: el estalinismo había llegado a hacerse tan impopular
y odioso que no podía mantenerse en el poder sino gracias a un reforzamiento
constante de los órganos represivos. ¿y cuál era “el
ansiado armamento” que debía llegar del exterior y no llegó
nunca? Rojo no lo dice explícitamente, pero no es difícil colegir
que si no procedía de las potencias democráticas sólo
podía proceder de Rusia. Sobre esto tenía que llegarnos un
testimonio ulterior y confirmatorio. En el segundo tomo de sus Memorias,
el jefe de la Aviación, Hidalgo Cisneros, miembro del Partido Comunista,
refiere que, cuando ya parecía evidente la ofensiva franquista sobre
Cataluña, el doctor Negrín y el general Rojo lo mandaron sin
perder tiempo a Moscú con un importante pedido de material de guerra.
Lo recibió el mariscal Vorochilov el mismo día de su llegada
y, al día siguiente, al anochecer, fue conducido al Kremlin y se encontró
en “una comida muy agradable con Stalin, Molotov y Vorochilov. Afable, e
incluso paternal, el propio Stalin preparó el esturión. Y aceptó
con la mayor naturalidad el suministro del armamento”. Mas, de repente, y
con “una brusquedad muy soviética”, Vorochilov preguntó cómo
pensaba pagar el Gobierno republicano aquel importante pedido. Y ante la
sorpresa del invitado, le comunicaron que “los depósitos de oro del
Banco de España en Moscú estaban agotados desde hacía
tiempo”. Hidalgo de Cisneros firmó un recibo por la suma de 110 millones
de dólares; no se tiene noticia de que el armamento fuera ni tan sólo
despachado, pero el Kremlin ha seguido reclamando esa deuda (2).
En estas condiciones, casi sin armamento, retirados los combatientes internacionales,
saboteada la estratégica operación sobre Motril, en medio de
la desmoralización civil y militar tras los costosos descalabros registrados
en el Ebro, hubo que afrontar la arrolladora ofensiva franquista. Parecía
lógico que, tratándose de una ofensiva cuyo objetivo fundamental
era Barcelona y su rica zona industrial, el ataque se hubiera efectuado por
Balaguer hacia Igualada, por ser más llano el terreno y más
corta la distancia. En Balaguer opera el XVIII Cuerpo, que no está
mandado ni influenciado por los comunistas y que ha dado pruebas de iniciativa
y de arrojo. En Tremp, donde se produce un fuerte ataque, la División
26, de ideología libertaria, resistió bien. ¿Por dónde
fueron rotas las líneas e irrumpieron las tropas franquistas? Oigamos
a Vicente Rojo: “El Cuerpo XII (dos brigadas de la División 56) flaquea
de una manera absoluta en la primera jornada, abriendo la puerta por la que
irrumpirá decididamente el enemigo. Hubo una desbandada. El fracaso
lo había motivado la División 56 y, dentro de ésta, la
Brigada 179, de la cual no quedó en línea absolutamente nada”.
La División 56 estaba mandada por unos jefes pertenecientes desde
hacía años al Partido Comunista. Es decir, por unos mandos disciplinados
ya las órdenes de Moscú. Rojo prosigue: “La maniobra de Tarragona
se inicia decididamente por el enemigo tras la ruptura de Borjas- Vinaixa.
Ocupados estos puntos, las tropas italianas prosiguen su avance hacia Montblanc
y Santa Coloma, mientras el Cuerpo Navarro lo hace paralelamente, desbordando
Montblanc por el Sur, para caer sobre Valls”. Y finalmente: “Se abandonan
las poblaciones de la provincia sin resistencia y sin ni tan sólo destruir
los puentes ni nada”. Las tropas franquistas han dado un rodeo por Tarragona
para seguir desde allí sobre Barcelona. La comarca Montblanc-Valls
es montañosa y está llena de obstáculos naturales. No
han encontrado ninguno. Los mandos comunistas no se han parado ni tan sólo
a destruir los puentes. Y el avance franquista ha sido tan sorprendente, que
apenas ha dado tiempo para que se retiraran las tropas que quedaban en el
Ebro. ¿Qué pensar de esta serie de circunstancias, puestas de
relieve por un hombre de la competencia de Vicente Rojo, jefe del Estado Mayor
Central de la República? Lo menos que puede decirse es que ni política
ni militarmente podían ser casuales.
La explicación de todo esto, y como tenían que demostrarlo
los acontecimientos ulteriores -y en primer lugar la táctica aplicada
en las zonas entre Madrid, Cartagena y Valencia por los comunistas, bajo la
direcci6n de Togliatti-, hay que buscarla en Moscú. Después
de Munich, Stalin preparó un nuevo viraje de 180 grados. Nunca había
roto del todo las relaciones secretas con Berlín; a partir de entonces
decidi6 activar cautelosamente estas relaciones. Esta actitud estaba dictada
por el pánico al aislamiento. El dictador del Kremlin había
hecho todo lo posible por alejar el peligro de guerra de sus fronteras tratando
de provocarlo, en torno a la situaci6n de España y del Mediterráneo,
entre las cuatro grandes potencias; pero éstas habían llegado
a un acuerdo provisional que favorecía a Hitler en el Este y que, más
que nunca, podía volverse contra la Unión Soviética.
Añádase que, a su regreso de Munich, donde su socio del Eje
había obtenido un triunfo tan señalado, Mussolini planteó
sus reivindicaciones sobre Córcega y Túnez. Francia dio a entender
que prefería la guerra con Italia antes que ceder esas posiciones.
Stalin concibió una nueva esperanza: ¿quizá se acercaba
el desenlace que venía buscando desde hacía tiempo, o sea, el
enfrentamiento entre las potencias en torno al Mediterráneo? Si además
de las Baleares y de la costa del Marruecos español, el general Franco
dominaba toda la frontera pirenaica seguramente las reivindicaciones del
Duce se harían violentas. Estos cálculos eran muy propios del
cerebro de Stalin. Pero Hitler y Mussolini no estaban lo suficientemente preparados
aún para un enfrentamiento: sólo un año más tarde,
y tras el pacto Ribbentrop-Molotov, se haría inevitable la guerra.
EL ÉXODO MÁS DRAMÁTICO DE NUESTRA HISTORIA
Todo el mundo piensa que Barcelona está perdida. Negrín ha
anunciado que el Gobierno defenderá la gran ciudad. Pero ya al comienzo
de la ofensiva anunció que “el Gobierno estaba preparado” y que “le
opondría al enemigo una resistencia tenaz”. Ha decretado, incluso,
la movilización general. Pero al mismo tiempo ha dado orden de preparar
la evacuación de los departamentos oficiales hacia Gerona y Figueras.
El hecho es que la moral está por los suelos y que nadie, empezando
por los comités de los partidos y de las organizaciones, tiene confianza
en él ni en su Gobierno. Y sin una moral y una confianza, la resistencia
es imposible. Lo sentimos, lo sabemos: Barcelona, la gran urbe industrial
y comercial, la ciudad de las grandes luchas del pasado, caerá como
un fruto podrido por las intrigas, las torpezas y los abusos de poder.
21 de enero de 1939. Hace un día espléndido. Desde la terraza
de la Prisión de Estado dominamos la parte alta de la ciudad. Cada
hora asistimos a las incursiones de los aviones franquistas. Las sirenas suenan
generalmente para dar la alarma cuando ya los aviones están encima.
Ya no necesitan venir de Palma de Mallorca, puesto que se han hecho dueños
de los aeródromos cercanos. Seguimos, curiosos, sus evoluciones. Y
esperamos que nuestros cazas salgan a entablar combate. ¡Vana espera!
Los aviones descargan sus bombas y se alejan en busca de nuevas cargas. Abajo,
en el patio de los presos comunes, oímos aplausos y risas. Los franquistas
no ocultan su satisfacción y nos miran con una mezcla de ironía
y de amenaza. No ignoramos que si nos encuentran aquí cuando entren
las tropas en Barcelona, seguramente nos liquidarán en nuestras celdas
o en el jardín. De acuerdo con mis compañeros, hablo con el
director de la Prisión de Estado.
-No perdemos la serenidad, pero ¿qué hacemos aquí?
-le digo en tono resuelto-. ¿Por qué no nos pone el Gobierno
en libertad o nos traslada a otra población? Tememos que antes de
evacuar Barcelona invadan la prisión los comunistas y nos asesinen.
¿Dispone usted de armas y de gente para defendernos? La docena de
guardias de asalto que vigilan el edificio no opondrán resistencia
alguna, pues han dejado de funcionar los resortes de la autoridad y de la
disciplina. Y si no nos asesinan los comunistas, ¿cuál será
nuestra situación cuando entren las tropas franquistas? Exigimos una
decisión del Gobierno, al que hacemos responsable de lo que nos ocurra.
No me oculta que abriga los mismos temores que nosotros. Teme, en efecto,
un asalto de los comunistas so pretexto de limpiar a los presos franquistas.
Ha solicitado armas y se las han negado. Piensa hacer una gestión
de traslado hoy mismo. y antes de separarnos me estrecha efusivamente la
mano y me dice:
-Ocurra lo que ocurra, sepa que soy su compañero y su amigo.
A los que ponen en libertad al día siguiente es a Lucía, a
otros tres diputados derechistas, a un duque... Se refugian provisionalmente
en la Embajada inglesa. Y en lugar de ponernos en libertad a nosotros, se
procede a la detención de varios militantes poumistas conocidos. Se
detiene, incluso, a Olga Nin ya su hija mayor. ¿No es por demás
significativo todo esto?
El día 24 comprendemos que la situación se hace desesperada.
Me encaro con un oficial de guardia:
-Dígale al director que necesito hablar con él.
-El director se marchó ayer y no sé si volverá -me
responde con manifiesta perplejidad.
-Avise, pues, al jefe de Servicios.
-Se marchó también con el director .
-Pero ¿adónde han ido? ¿Por qué no me han avisado?
Se encoge de hombros. Parece querer decir: “Ha llegado el momento del sálvese
quien pueda”.
Por la noche adoptamos una resolución firme: si al día no
se toma una decisión a nuestro respecto, trataremos de evadirnos nos.
Barcelona conoce una noche espantosa. La aviación franquista no cesa
en sus incursiones; oímos el agudo silbar de las bombas y su estrepitoso
estallido, que parecen estremecer a toda la ciudad y que se confunde con el
tronar de la artillería antiaérea. La prisión está
sumida en la oscuridad y no se oye el menor ruido, como si tanto los presos
como los guardianes se sintieran sobrecogidos por el terror. Oímos
abrir de repente la puerta de nuestra cancela y penetran en mi celda, alumbrándose
con una bujía, el administrador y un oficial de guardia. El primero
me dice:
-El director y el jefe de Servicios salieron ayer para adonde se ha trasladado
la Dirección General de Prisiones. La situación es muy grave;
Barcelona puede caer mañana o pasado mañana. Dispónganse
ustedes a salir dentro de un par de horas. Les acompañarán los
oficiales. Serán unos treinta y seis en total, y no dispondrán
más que de un camión.
-¿Un camión para treinta y seis hombres y los equipajes?
-No se lleven más que lo indispensable. La gente se disputa casi
a tiros un camión o un automóvil, a veces un simple carromato
o una cabalgadura. El camión lo ha mandado el director desde Cadaqués.
Ha llegado de milagro. Le diré a usted toda la verdad... El director
visitó anteayer a Santiago Garcés, director del SIM, el único
que puede disponer de medios de transporte. Le pidi6 dos camiones para evacuar
a los presos antifascistas. Garcés le replicó brutalmente: “Se
trata de evacuar a los presos del POUM, ¿verdad? ¡Para ésos
no hay camiones! ¡Que los fusile Franco! “.
-Ese miserable no ha cesado de perseguimos acusándonos de agentes
de Franco -comento yo-. ¿y ahora espera que nos fusile Franco? Es una
cínica confesión de la farsa montada contra nosotros.
Antes de salir de mi celda añade:
-Procuren que los demás presos no se den cuenta de nada, pues puede
armarse un motín que dé al traste con todo. Y durante el trayecto
sean lo más discretos posible. Si los militares o los policías
comunistas los descubren, quizá no les dejen llegar vivos a Cadaqués.
Les deseo buena suerte.
Empezamos, en medio de la oscuridad, nuestros preparativos. Tenemos que
abandonar la poca ropa que tenemos, nuestros libros... Da pena separarse
de todo !eso. Bastante haremos si salvamos la piel. Un oficial de guardia
viene a buscamos hacia la una y media. Vamos saliendo en la oscuridad uno
tras otro. Abajo tenemos que aguardar a que pase un terrible bombardeo. El
camión está en medio del patio, al lado de la puerta de salida.
Los guardianes se han subido en él con sus equipajes y lo ocupan casi
enteramente. El administrador pugna por hacerlos bajar, pero permanecen inmóviles,
agarrados fuertemente a sus maletas, mirándonos como a enemigos que
les disputamos el derecho a la vida. Murmuran casi temblando:
-¡No bajaremos! ¡Nos fusilarán! ¡Y no abandonaremos
nuestras maletas! ¡Es lo único que nos queda!
En vista de la impotencia del administrador, nos acercamos al camión
Gironella y yo. Y les decimos con decisión:
-Este camión ha venido principalmente por nosotros. Podemos ir todos
Bajen ustedes con los equipajes e iremos subiendo por orden: un preso y un
oficial, un preso y un oficial.
Vacilan, resisten y nos miran como perros asustados. Tenemos que gritarles:
-¡Bajen o subimos a echarles!
Bajan murmurando maldiciones. Vamos subiendo según el orden indicado.
La mayoría de sus equipajes y de los nuestros se quedan en el suelo.
Uno de los oficiales llora:
-¡Es todo lo que he logrado salvar! ¡No me queda más
que lo que llevo puesto!
-¡Calla, hombre, que todos lo perdemos todo! -le dice Andrade-. ¿Y
no perdemos a España?
En la maleta de Andrade queda el manuscrito de un libro que le ha costado
un par de años de esfuerzo. En la mía quedan también
dos manuscritos. Se abre por fin la puerta y arranca el camión. Vamos
de pie, agarrados los unos a los otros para no caer, pisoteando lo único
que hemos logrado salvar. Suenan las tres en el reloj de un convento próximo.
Atravesamos las calles de Barcelona. ¡Qué aspecto de tragedia
presenta la gran ciudad, tan llena de vida y de alegría antaño!
A la mortecina luz de los faroles, pintados de azul, contemplamos las casas
destruidas, montones de ruinas por doquier. Gente, circula muy poca. ¿Acaso
ha evacuado la ciudad todo el mundo? ¿O se agazapan los habitantes
que quedan en los refugios subterráneos? Salimos de la ciudad. ¡Adiós,
Barcelona de nuestras ilusiones y de nuestras luchas!
Por la carretera encontramos millares de fugitivos a pie, cargados con pesados
bultos, arrastrando casi a sus pequeñuelos; no se vuelven a mirar hacia
atrás, caminan de prisa y llevan la tragedia en el rostro y en todo
su ser. Pasamos asimismo ante grandes hileras de carromatos; van muchos cargados
con colchones, e incluso con muebles y bultos de ropas. Representa todo eso
el lazo entre un pasado seguro y un porvenir más que incierto. Las
bestias caminan cansinas; se ve que vienen de lejos, sin duda de Tarragona,
quizá de Tortosa y de los pueblos tarraconenses. Automóviles
no encontramos muchos: los oficiales y administrativos han debido pasar hace
días y los otros esperan sin duda en sus garajes la llegada de las
tropas franquistas. En nuestro camión ha logrado filtrarse un señor
que fuma cigarrillos extranjeros. Es un funcionario y nos dice con aire perplejo:
-Me han ordenado que me incorpore a mi Ministerio. ¿Pero dónde
se ha instalado éste? ¿En Gerona, en Figueras, en Port-Bou?
¡Cualquiera lo sabe! Quizá se lo ha tragado la tierra, como lo
demás. Bajaré lo más cerca de la frontera.
En Gerona no hay prácticamente más que elementos militares.
Los elementos ministeriales han seguido adelante. ¿Dónde están?
¿Hay todavía Gobierno? Nadie lo sabe, y creo que a nadie le
preocupa gran cosa. En Figueras nos tropezamos con uno de los jueces del Tribunal
de Espionaje, con varios funcionarios ministeriales; recorren las calles
sin saber qué hacer ni adónde ir. Son los restos del poder,
las piececitas dislocadas de la maquinaria del Estado republicano.
Llegamos a Cadaqués hacia las seis de la tarde. Quince horas metidos
en el camión, de pie, sosteniéndonos los unos en los otros,
guardianes y presos, hambrientos y fatigados. Toda la Prisión de Estado
de la República en un camión. Bajamos y nos hacen formar para
el recuento. Los oficiales de guardia se colocan frente a nosotros y saludan.
¿Se reconstituye la disciplina y se sigue representando la comedia
de la ley? La plaza está llena de oficiales de Marina, de oficiales
del Ejército, de oficiales de Prisiones, de soldados con fusiles...
Es una fracción del Estado que sigue funcionando por rutina. Pero todos;
tienen la sensación de que dentro de varios días nadie será
nada. Unos náufragos dispersados por la tempestad.
Llegan a hacerse cargo de nosotros el director y el jefe de Servicios de
la Prisión de Estado. El primero nos dice:
-Nos han designado aquella casa nueva al otro lado del puerto. Una casa
en construcción. No hay nada en ella: ni muebles, ni puertas, ni nada.
¡Valiente Prisión de Estado! Para lo que va a durar todo esto...
Lo seguimos todos. Nos cruzamos con unos doscientos presos franquistas que
vuelven de trabajar en una carretera. Me producen una impresión horrible:
son todos jóvenes, pero casi parecen viejos. Están flacos y
con las ropas en jirones, sucios y llenos de miseria. Miran con odio. El director
comenta:
-Muchos de esos hombres no eran fascistas cuando los trajeron aquí;
creo que ahora lo son todos. Se trata de prisioneros de guerra. La mayoría
fueron al frente porque los obligaron. Los trajeron aquí y el trato
que se les dio a la vista está. Hubiera podido aprovechárseles
de otra manera. ¿Sin duda se ha hecho lo mismo, o peor, en la otra
zona? Es lamentable, trágico.
La casa en construcción está en plena montaña. Tendremos
que dormir en el suelo, sobre unos sacos de cemento vacíos. Pero gozamos
de un panorama bellísimo. Cadaqués es, en efecto, uno de los
más bellos y pintorescos pueblos de pescadores de la Costa Brava, no
lejos de la famosa bahía de Rosas. Queda el pueblo a nuestra izquierda,
con su pequeño puerto y tres grandes barcazas en él. ¿Acaso
se las reservan los oficiales de Marina y del Ejército para trasladarse
a Francia llegado el momento? A nuestros pies, el mar. Después de dieciocho
meses de cárcel, de convento en convento, de celda en celda, luchando
con la suciedad política y física, este lugar es como un oasis.
Yo concibo el proyecto de bañarme a la mañana siguiente.Vana
ilusión: por la mañana, a primera hora, nos arrojan de allí
unos marinos. A los oficiales les ha gustado la casa y han decidido instalarse
en ella. No intentamos resistir: es la ley del más fuerte. Volvemos
a atravesar el puerto, el pueblo; nos llevan a una casucha medio destartalada:
era una antigua fábrica de abarcas. Todo está en un estado lamentable:
sucio y despidiendo un olor casi insoportable. Empezamos por barrer el suelo
y por quitar las enormes telarañas que cuelgan del techo. Los restos
de materiales nos servirán de lecho.
Mantengo una larga conversación con el director, Vicente de Vicente
Sánchez, militante socialista asturiano y persona dignísima.
Por salvarnos a nosotros, éste y el jefe de Servicios, Esteban Pérez
Rubio, republicano sincero, han dejado a sus familias en Barcelona (3). Vicente
me dice:
-Aquí somos ya todos compañeros. Nuestros intereses son comunes.
En cuanto se haga necesario, nos iremos juntos.
El día 26 recibimos noticias alarmantes. Se dice que los franquistas
han tomado Vich y que avanzan hacia Figueras. Si esto es cierto, quedaremos
cogidos en una bolsa. Le digo a Vicente de Vicente:
-Le ruego que vaya a decirle al Director General de Prisiones que necesito
verle urgentemente.
Este último me cita a las diez de la noche en su despacho. A esta
hora se abre la puerta y salgo en compañía de Vicente de Vicente.
Los soldados que guardan el edificio nos miran con curiosidad. El pueblo parece
dormir sumido en el silencio; sólo se oye el murmullo de las olas
azotando las barcazas. No se distingue luz alguna, sin duda por temor a los
bombardeos. Vicente Sol, diputado de Azaña y Director General de Prisiones,
nos recibe en una pieza diminuta con una mesa y dos sillas. Nos dice con
dramática voz:
-Barcelona ya no es nuestra. Los franquistas la han ocupado sin encontrar
resistencia. Han dado la noticia por Radio Barcelona.
Le planteo nuestro caso. ¿ Por qué no se nos pone pura y simplemente
en libertad?
-Desde ayer ando buscando al ministro de Justicia -me dice-. Nadie sabe
dónde está. Cada ministro anda como perdido por un lugar diferente.
Sólo he podido hacerme con José Giral en Figueras; ministro
sin cartera, no se atreve a asumir solo la responsabilidad de ponerles a
ustedes en libertad. y yo, francamente, tampoco. Ya saben ustedes cómo
es Negrín. Aparte de que los comunistas son prácticamente dueños
de todo.
-¿Hasta cuándo va a durar esta cobardía? -le replico-.
Todos, empezando por los ministros, tiemblan ante los comunistas. Los momentos
son particularmente graves y me veo obligado a plantear el problema con la
consiguiente gravedad. Si mañana no ha resuelto usted nuestro caso,
obraremos por propia cuenta.
Volvemos Vicente de Vicente y yo al edificio que hace las veces de Prisión
de Estado. Todos mis compañeros aprueban mi actitud y mi lenguaje ante
Vicente Sol. Nos dormimos sin saber lo que nos traerá el día
siguiente. Una cosa nos preocupa singularmente: a este rincón como
perdido, encerrados como estamos, no nos llega ninguna noticia exacta.
A la mañana siguiente recibimos la visita de un oficial de Prisiones.
Desea hablar con Andrade y conmigo. No deja de intrigarnos su actitud reservada,
casi misteriosa. Nos dice:
-Yo soy hermano del comandante de la plaza. Mi hermano es el dueño
de la situación aquí. Sabemos que están ustedes preparando
su evasión. Sin autorización de mi hermano, nadie puede salir
de aquí. Me manda a decirles que está dispuesto a facilitar
su fuga si le ofrecen ustedes... garantías.
Y al pronunciar la palabra «garantías» mueve el pulgar
y el índice de una manera harto significativa.
-¿Esas... garantías las quiere en pesetas o en francos?
-En francos y sin tardanza.
Nos comprometemos a darle una cantidad cuando nos encontremos en Francia,
pero él no se fía. ¿Cómo puede suponer que llevamos
las carteras llenas de francos en billetes? Prudentes, le pedimos, sin embargo,
unas cuantas horas para examinar la situación. Promete volver por la
noche en busca de la respuesta. Pero ocurre, poco después, algo extraordinario.
Quiere hablar conmigo el sargento que manda la guardia de la «prisión».
Es un joven de Barcelona. Me dice:
-Yo los conozco a ustedes y sé que no son todo eso de que se les
acusa. He hablado con los soldados y nos ponemos todos a su entera disposición.
En cuanto lo ordene, salimos todos hacia la frontera. Y si ; el comandante
se pone tonto, lo arrimamos al paredón. Usted dirá, compañero.
Siento deseos de abrazarlo: estos auténticos representantes del pueblo
y de su dignidad nos hacen justicia. Y resulta que nosotros, presos, podemos
hacernos dueños de la situación. Por la noche, en vista de que
el director no nos trae ninguna respuesta positiva, le digo, enérgico
y decidido:
-Vaya usted a ver a Vicente Sol y repítale estas palabras de mi parte:
“Si mañana, a las cinco de la tarde, no nos ha sacado de aquí,
saldremos a pie carretera adelante. y si alguien dispara contra nosotros,
nuestros compañeros nos vengarán cumplidamente”.
El buen Vicente de Vicente sale medio asustado. Vuelve poco después
con la respuesta:
-Vicente Sol dice que no tienen ustedes derecho a tratarlo así. Él
no puede ponerles a ustedes en libertad, pero les ofrece una solución.
Pondrá dos camiones a su disposición y los hará trasladar
a la población cercana a la frontera que ustedes elijan. Nadie les
impide fugarse durante el trayecto. Él lo que quiere es salvar su responsabilidad.
Aceptamos en el acto. Los camiones deben estar dispuestos al día
siguiente a las cinco de la tarde. Nos trasladaremos a Capmany, pueblecito
cercano a la frontera. Deben acompañarnos el director, el jefe de
Servicios, los oficiales y cuatro soldados que elegiremos nosotros mismos
al mando del sargento. Queremos que nos cubra una apariencia de legalidad
hasta el último momento.
Todas nuestras condiciones son aceptadas. Desde este momento asumimos nosotros
el mando efectivo. Pasamos parte de la noche haciendo preparativos. Nos acercamos
al desenlace y no queremos cometer imprudencias. ¡Pero cuántas
cosas pueden ocurrir aún antes de llegar a la frontera! ¡Se mata
tan fácilmente en estos momentos! Si nos descubren los militares o
los policías comunistas...
A las cinco de la tarde del día siguiente ocupamos los dos camiones
puestos a nuestra disposición. Vicente Sol viene a despedimos. Nadie
se opone a nuestra salida. El comandante de la plaza y su hermano ven esfumarse...
sus garantías. Llegamos a Capmany hacia las nueve. Este pueblo de la
montaña pirenaica, a unos diez kilómetros de la frontera, está
lleno de soldados y de refugiados. El comandante de la plaza se niega a que
pernoctemos en ella.
-¿Los presos del POUM? ¡Aquí no se pueden quedar! ¿Quiere
usted que nos subleven a la guarnición? ¡Fuera, fuera con ellos!
El director no ha logrado convencerle de que no somos tan feroces como nos
pintan. Tenemos que abandonar el pueblo sin que nos hayan dejado ni tan sólo
bajar de los camiones. ¿Adónde nos dirigimos? Somos una Prisión
de Estado ambulante; todo lo que queda de ella son estos dos camiones, con
los presos y los funcionarios de pie, apretujados y cubriéndose con
unas pobres mantas para resguardarse del frío y de la llovizna que,
para colmo de desdichas, empieza a caer. Le grito a Vicente de Vicente, que
va al lado del chofer:
-¡Vamos a La Junquera!
La Junquera es el último pueblo catalán por una de las carreteras
que conducen a Francia. Los dos camiones se dirigen hacia allí. Llegamos
a la carretera principal. ¡Qué trágico espectáculo
se ofrece a nuestros ojos! Avanzan por esta carretera automóviles,
camiones, carros, gente y más gente a pie. Los campos, a los lados,
están llenos de vehículos estropeados, de maletas y baúles
abandonados, de ropa y calzado... Hay un gentío acampado en las montañas;
han encendido fogatas para calentarse y preparar algo de comida y han atado
mantas entre los árboles para resguardarse de la lluvia. Se oyen gritos,
injurias, lamentos. ..¡Miseria humana! Llega un momento en que a nuestros
camiones les es imposible avanzar. Hay que descongestionar un poco la carretera.
La que conduce a La Junquera está llena de gente y de vehículos.
Hay otra a la izquierda. Un carabinero, en el cruce, ordena a nuestro chofer:
-¡Por aquí! ¡A la izquierda!
El chofer resiste. El carabinero apunta con su mosquetón y ordena:
-¡A la izquierda, o tiro!
Y el camión vira a la izquierda. ¿Adónde conduce esta
carretera? No lo sabemos. Nos preceden y nos siguen centenares de camiones.
Llega gente en dirección contraria a la nuestra. Arrecia la lluvia.
Entre la gente avanza una mujer joven con un niño en los brazos, otro
de la mano como de seis años, y encinta de seis o siete meses. Camina
como una autómata, con la boca apretada, el gesto trágico, los
ojos fijos y vidriosos, arrastrando casi al pequeñuelo que no cesa
de llorar .La he recordado siempre como un símbolo de nuestro tremendo
drama. Y veo a una niña como de nueve años corriendo entre
los camiones como enloquecida; llora y no cesa de gritar: “¡Mamá!”
Ha perdido a su madre.
En una de las paradas, corre hacia nosotros uno de los compañeros
del segundo camión, que se ha quedado un tanto rezagado, y dice:
-Los compañeros quieren bajar del camión y meterse por el
campo hacia la frontera. ¿Qué hacemos?
-Nosotros seguimos adelante hasta el primer pueblo. Diles que hagan lo mismo.
Por fin vemos un pueblo no lejos. Bajamos. Nuestros pies se hunden en el
barro. Mandamos a los compañeros ya los oficiales a una casa a la entrada
del pueblo y nos quedamos el director y yo a uno de los lados de la carretera
en espera del segundo camión. Pasan los vehículos abarrotados
de gente; ninguno sabe exactamente adónde ir ni qué hacer.
Vicente de Vicente me dice, emocionado:
-Es el éxodo más trágico de nuestra historia. Quizás
ese país vecino no tardará en conocer una tragedia como ésta.
El segundo camión no llega. Estamos empapados hasta los huesos. Decidimos
retirarnos y penetramos en la casa en que nos esperan los compañeros
y los oficiales. Es una de las mejores del pueblo. Un señor bastante
bien trajeado trata de arrojarnos de allí.
-Fuera llueve a cántaros y esta casa está vacía. Nos
quedaremos en ella hasta mañana. ¡Un poco de hospitalidad!
-Esta casa está a cubierto de las leyes diplomáticas.
-Esas leyes se han ido al diablo con todo lo demás. ¿Qué
es esto exactamente?
-La Embajada soviética.
Una bomba no hubiera logrado producirnos el mismo efecto. La Embajada soviética.
No debe andar lejos la NKVD. Si nos descubren..
.
Volvemos a la calle y llamamos a una puerta de humilde apariencia. Nos abre
una mujer como de cuarenta años. Nos mira mientras entramos y nos instalamos
sin pronunciar una palabra. Después dice:
-Dispongan de todo. Pero no hagan ruido, pues mis pequeños duermen
arriba. Mi marido está en la guerra, no sé dónde. Quiera
Dios que no lo hayan matado.
Enciende un gran fuego; nos secamos las ropas y nos calentamos los pies.
En un rincón descubrimos un saco de bellotas para los cerdos. Caemos
sobre ellas, y pronto queda el saco casi vacío. Después nos
tumbamos en el suelo, apretujados los unos contra los otros. La mujer, sentada
en una silla junto al suelo, parece velar. Me siento terriblemente fatigado
y me invade el sueño. Oigo golpear en la puerta, y una voz de mujer
grita:
-¡Abran! ¡Abran! Mi hija está enferma y no quiero que
se me quede en la calle. ¡Abran!
-Llame en otra casa, que ésta ya está llena.
-¡Se ha acabado la piedad en el mundo! ¡Pobre humanidad!
Y la mujer vieja va a llamar a otra puerta. Sus palabras, oídas casi
en sueños, se quedan grabadas en mi mente: “¡Se ha acabado la
piedad en el mundo! ¡Pobre humanidad!”.
Me duermo repitiéndolas, y creo que llorando.
UNA EVASIÓN QUE NO SE PARECE A NINGUNA OTRA
El 29 de enero, hacia las ocho de la mañana, nos encontramos en medio
de la plaza mayor de La Agullana los funcionarios y los presos de la Prisión
de Estado. Después de una noche de intensa lluvia, la mañana
está clara y espléndida. Ante nosotros, el Ayuntamiento, y,
no lejos, el que fuera local de PSUC. El que fuera, pues diríase que
sus afiliados lo han abandonado. En el Ayuntamiento han pernoctado centenares
de refugiados. El pobre alcalde no sabe cómo auxiliar a tanta gente.
Como la mayoría de los pueblos fronterizos, La Agullana vivía
-y sin duda seguirá viviendo- en buena parte del contrabando. Siempre
ha sido un pueblo rebelde; contaba el POUM con una buena sección aquí
y, cada vez que tenía que pasar a Francia un compañero perseguido,
encargábanse los agullanenses de él. ¿Quién iba
a decirles a sus habitantes que La Agullana se convertiría un día
en la última capital de Cataluña y de la España republicana?
En una pobre camioneta, cubierto con una manta, reconozco al viejo periodista
liberal Antonio Zozaya. Durante más de cincuenta años, su pluma
ha tratado de todos los temas imaginables en los periódicos liberales.
Pasa ante nosotros, encogido y amargado, como un venerable fantasma: abrumado
por los años y por el hundimiento de todos los valores que han alimentado
su vida. Se quedará por los amargos caminos del destierro. Detrás,
en un automóvil para él solo, vemos pasar a José Gomis,
el que actuó de fiscal en nuestro proceso.
Ha debido pasar la noche en la Embajada soviética. Afortunadamente,
no nos ve; con mucho gusto lo insultaríamos o apedrearíamos,
pero no nos conviene llamar la atención sobre nosotros. Es todavía
un fiscal de la República, y nosotros somos unos condenados.
-¿Qué hacemos, Gorkin? -me pregunta Vicente de Vicente-. No
podemos estarnos aquí todo el día.
Cierto que no. Corremos todos un evidente peligro. El Gobierno ha dado orden
de recuperar, por pueblos y montes, a todos los que se encuentran en edad
militar, con el fin de incorporarlos al Ejército o llevarlos a cavar
trincheras. Los carabineros y los policías baten a tal fin las calles
pueblerinas y las masías pirenaicas. Nuestra situación no puede
ser más legal; lleva el director en su cartera, de la que no se desprende
ni por pienso, una documentación que nos cubre a todos: oficiales y
presos. Lo que resulta inexplicable, pese a todos los documentos es que nos
encontremos unos y otros en medio de la plaza pública, tomando el
sol y en espera de los acontecimientos. Los funcionarios se exponen a que
los suban en un camión y los lleven a las primeras líneas o
a cavar trincheras, cosa que no parece seducirles mucho, y nosotros estamos
expuestos a que nos fusilen nuestros adversarios si nos descubren. Nuestros
intereses, por extraño que parezca, andan estrechamente unidos: ellos
se agarran a nosotros como única justificación de su oficio,
y nosotros a ellos porque, en medio de este caos, representan un resto de
legalidad y de protección. Les digo a dos compañeros:
-Buscad una casa vacía, lo más apartada posible del centro
del pueblo, e incautaos de ella. Será la Prisión de Estado de
la República.
-¿Y tenemos que hacer eso nosotros, los presos? ¿Para qué
sirven los oficiales?
-Andad, que ahora son ellos nuestros presos -les digo riendo.
No tardan media hora en volver. Han encontrado una casa vacía y se
han incautado de ella. La ocupó hasta ayer un cura republicano excomulgado
por el Papa: García Morales. El buen cura ha escrito un montón
de artículos exhortando a los combatientes y ahora debe estar ya del
otro lado de la frontera. Nos dirigimos hacia la casa y, en el trayecto, tenemos
la buena sorpresa de encontrarnos a las compañeras de Gironella, de
Rodes y de Farré. Hay abrazos y gritos de júbilo; no sabían
si estábamos vivos o si habíamos perecido todos. La República
-o lo que queda de ella- vuelve a tener su Prisión de Estado. Decidimos
que las tres únicas camas que tiene las ocupen los tres compañeros
con sus esposas. El director, el jefe de Servicios y los oficiales ocuparán
la cocina o montarán la guardia por turno ante la puerta; los presos,
si se nos puede seguir llamando así, ocuparemos la sala de recepción.
Se nos incorpora, como caído del cielo, el joven y simpático
doctor Antonio Abaunza, que era en Barcelona el médico titular de la
Prisión de Estado.
-¿Y qué comeremos, amigo Gorkin? -me pregunta Vicente de Vicente.
No cabe duda: los presos tendremos que mantener a nuestros extraños
carceleros. Salen dos compañeros en busca de comida y vuelven como
media hora más tarde con una enorme oveja. Se consuma el sacrificio.
¡Con el hambre atrasada que traemos y el tiempo que hace que no hemos
comido regularmente bien!
Nos enteramos de que las masías próximas a La Agullana han
adquirido importancia histórica: se ha instalado en una el Presidente
de la República, en otra el Presidente del Consejo de Ministros, y
el Estado Mayor Central, con el general Vicente Rojo a la cabeza, en otra
cercana. El ministro de Estado ocupa una casa del pueblo y ocupan otras, no
lejos, los señores embajadores. Si la aviación franquista se
entera de que el pueblo y sus masías se han convertido en domicilios
de los organismos oficiales, lo natural es que los reduzcan a montones de
escombros. Sin embargo, para nosotros, el peligro más inmediato es
que nos descubran la NKVD y el SIM y no disponemos de una sola arma para defendernos.
El día 30, por la noche, nos encontramos reunidos, en torno a una
mesa de madera, el director, el jefe de Servicios, el doctor Abaunza y cinco
miembros del POUM. La pieza está malamente iluminada por una bujía
metida en una botella. Procedemos a un examen de la situación, y nuestra
conclusión es sencilla: debemos pasar la frontera cuanto antes. Pero
el director gime:
-Si yo protejo la fuga de ustedes, me expongo a que me fusilen. Denme veinticuatro
horas para buscar una solución conveniente para todos.
-Todos nos exponemos a que nos fusilen si nos detienen antes de pasar la
frontera -le replico yo-. Pero el peligro que corremos aquí, si nos
descubren, es aún mayor.
No obstante, le concedemos las veinticuatro horas. ¡Se ha portado
tan dignamente con nosotros! El doctor Abaunza, que no pierde nunca el buen
humor, dice entre risas:
-Nuestra situación hace que venga a mi memoria una película
que vi una vez, titulada La hija del presidiario. Quedaba en una cárcel
un solo preso. Si éste se fugaba o se moría, ¡adiós
prisión y adiós funcionarios! Lo cuidaban como un tesoro. Le
encendían un cigarro puro, le preparaban los mejores platos y lo dejaban
dormir en la cama más blanda. Era, en suma, la única razón
de existencia de aquella prisión, y los funcionarios se agarraban a
él desesperadamente. ¿No estamos haciendo nosotros lo mismo
con ustedes? No se escapen aún, por favor, o estamos perdidos.
A la mañana siguiente visita dos veces la casa la policía.
El comandante de la plaza manda llamar al director, y vuelve éste diciendo
que exige que nos traslademos a otro pueblo. No encuentra razonable que permanezcamos
en el mismo lugar en que residen las más altas autoridades de la República.
Coincidimos con él: tampoco lo encontramos razonable y decidimos salir
hacia la frontera de madrugada. Vuelve a gemir el director, pero nos mantenemos
intransigentes. En vista de lo cual, nos propone la siguiente solución:
-Yo me iré a dormir esta noche a casa de un militar amigo mío.
Dejaré aquí mi cartera con los papeles oficiales y el tampón
de caucho. Mañana a primera hora vendré y descubriré
la evasión. Daré cuenta de ello al comandante de la plaza y
salvaré así mi responsabilidad.
Aceptamos el plan en el acto. Nos damos apretados abrazos. Casi se le saltan
las lágrimas al buen Vicente de Vicente al marcharse. Me apodero de
su valiosa cartera; contiene, en efecto, su credencial de director de la Prisión
de Estado, el sello de caucho y algo más precioso aún en las
circunstancias en que nos encontramos: una veintena de hojas de papel en
blanco y selladas a guisa de membrete: “República Española.
Ministerio de Justicia. Dirección General de Prisiones”. Me instituyo
en el acto director de la Prisión de Estado de la República.
y procedo a redactar la orden de libertad de cada preso, sin olvidarme, naturalmente,
de mí mismo. Pero teniendo en cuenta mi dominio del francés,
adopto el nombre de Pierre Collinet en homenaje a uno de nuestros mejores
amigos residente en París: Michel Collinet. Y tomo la precaución
de fechar todas las órdenes de libertad en Cadaqués el 28 de
enero, el día de nuestra salida de dicho pueblo. El jefe de Servicios,
que presencia la escena, me dice:
-Ustedes están a cubierto con esos documentos, pero ¿y nosotros?
-Si quiere, los convierto a todos en presos y procedo a ponerlos en libertad
-le digo riendo.
-Creo que será lo mejor. Así estaremos todos cubiertos.
El doctor Antonio Abaunza se muestra de acuerdo. Y redacto la orden de libertad
de los dos y de cuatro oficiales que han decidido acompañarnos. Celebramos
todos nuestra libertad entre apretones de manos y las consiguientes muestras
de regocijo.
A las cinco en punto de la madrugada viene a buscarnos un guía ya
apalabrado el día anterior. Salimos formando grupos de cinco, siguiéndonos
unos a otros a corta distancia y con el fin de no llamar la atención.
Es completa la oscuridad, hace frío y no tropezamos a a nadie por las
calles. Sólo los perros nos despiden con sus ladridos.
Andamos de prisa, en silencio, y creo que nos late a todos aceleradamente
el corazón. Vemos avanzar hacia nosotros los potentes faros de un automóvil
oficial. ¿Un militar de alta graduación, o un ministro? ¿Quizás
el propio Negrín? Nos salimos precipitadamente de la carretera y nos
tumbamos sobre la fresca tierra. Cuando pasa el automóvil, reemprendemos
la marcha. Tomamos por un atajo. Atravesamos tres torrentes saltando de piedra
en piedra. Nos internamos montaña arriba por un sendero. Y damos un
rodeo evitando las masías, pues suponemos que debe de haber en ellas
carabineros o policías de recuperación. Escalamos una montaña
empinada, sin sendero alguno y entre robles, plantas salvajes y peñascos.
¿Cuántas horas llevamos andando? Ni cuenta nos damos. El guía,
al que hemos seguido como dóciles corderos, se para de repente ante
un mojón y nos dice simplemente:
-Están ustedes en Francia.
Lo miramos incrédulos. Celebramos seguidamente la noticia con el
consiguiente alborozo. ¿En Francia? Después de dieciocho meses
de encierro, cortejados por todos los peligros imaginables, nos parece cosa
de milagro que nos encontremos ante ese sencillo mojón que representa
para nosotros la libertad. Tentado estoy de arrodillarme y besarlo. Han trazado
en él un número: el 562. Por el lado de España, negro;
por el de Francia, rojo. ¿Por qué rojo? No lo sé ni
me paro a averiguarlo, pero el rojo es por el momento nuestro color. El guía,
feliz de haber cumplido su compromiso, se despide de nosotros:
-Buena suerte por esos mundos, compañeros.
-¿Qué hará usted cuando caiga su pueblo? -le pregunto.
-Yo soy un humilde campesino que no me he metido nunca en nada. Pero pase
lo que pase, siempre estaré de corazón con ustedes.
Hace un día espléndido. El sol nos acaricia todo el cuerpo,
hasta el corazón, y nos sentimos dominados por la majestad de los altos
picos, cubiertos de nieve, y por los bosques de castaños, de encinas,
de carrascas... A lo lejos, algunas manchas blancas; la más cercana
es Maureillas, el primer pueblecito catalán-francés por este
lado de la frontera. Tenemos tiempo para llegar a él; comamos ahora
lo poco que llevamos, tumbados sobre los hierbajos, y bebamos agua de ese
claro arroyuelo que pasa a nuestro lado. Tras un par de horas más de
marcha, ahora cuesta abajo, llegamos cerca de Maureillas. Nos trasladaremos
de allí a Perpiñán, donde contamos con una delegación
permanente desde el comienzo de la guerra. Vine una vez a hablar en un mitin,
con Marceau Pivert, y nuestra delegación, activamente sostenida por
los militantes socialistas de izquierda, nos ha venido prestando los más
valiosos servicios. Llevamos veinte duros en plata, por cada uno de los cuales
deben darnos nueve francos. Los billetes en pesetas han dejado de cotizarse.
Pero al atravesar un puente, nos registran dos gendarmes con cierta brutalidad.
Tienen orden de incautarse de todas las armas. Pero al comprobar que no llevamos
arma alguna, nos preguntan si ocultamos joyas y si queremos vendérselas.
Determinados periódicos aseguran que todos o casi todos los españoles
que llegan a Francia van provistos de ricas joyas, e incluso de divisas; estos
gendarmes, que por lo visto leen dichos periódicos, parecen desencantados
al ver que no llevamos ninguna. Los desencantados somos nosotros por este
primer contacto con la Francia oficial. Afortunadamente, la simpática
acogida que nos dispensa el pueblo nos recompensa de todo. La dueña
de un cafetín nos sirve cerveza gratis. Y una buena mujer, que se dirige
de la panadería hacia su casa, nos regala espontáneamente un
pan de dos kilos que lleva bajo el brazo.
Se acercan a nosotros otros dos gendarmes. Nuevo registro sin la menor consideración.
Seguidamente nos dice uno de ellos:
-Sigan ustedes carretera adelante hasta llegar al Boulou. Allí recibirán
pan, queso, tabaco, y un par de zapatos el que los necesite.Y les darán
también un salvoconducto.
¿No había un dejo de ironía en sus palabras? Diríase
que le bailaba una burlona sonrisita en el rostro. Seguimos carretera adelante.
Llegamos a un cruce y caemos ante una veintena de gendarmes. El capitán
que los manda nos grita:
-¡Las mujeres al Boulou! ¡Los hombres al Perthus!
¿Al Perthus? Es un pueblo fronterizo. Trato de explicarme con el
capitán, de hacerle ver mis documentos. Sin dignarse escucharme ni
mirarlos, vuelve a gritar con voz de mando:
-¡Al Perthus!
Llega en esto un autobús. Los gendarmes se arrojan sobre nosotros,
nos hacen subir a empollones y arranca el vehículo a toda velocidad.
Las esposas de Gironella, de Rodes y de Farré presencian todo
esto paralizadas por la sorpresa. Llega el autobús al Perthus y nos
recibe un sargento.
-¡Síganme! -ordena secamente.
Empezamos a andar tras él. Yo le digo que quiero hablar con el comisario
del pueblo y telefonear a Perpiñán y a París a algunas
personalidades políticas. Él me contesta: “Bien. Muy bien. Después”.
Llegamos a una barrera formada por guardias móviles y senegaleses:
un guardia móvil y un senegalés, un guardia móvil y
un senegalés... Están de espaldas a nosotros y apuntan con
sus fusiles hacia España cual si se dispusieran a fusilar a alguien.
El sargento ordena secamente:
-¡Rompan filas!
Se abre la barrera y el sargento nos dice con irónica amabilidad:
-Están ustedes en su país.
Nos negamos a dar un paso. Protestamos airadamente. Por toda respuesta,
el sargento ordena:
-¡Apunten!
Los guardias móviles y los senegaleses dan media vuelta y nos apuntan
con sus armas. ¿Serán capaces de disparar? Nos resignamos a
pasar al otro lado. Un capitán español de recuperación
viene hacia nosotros y nos dice irónicamente:
-Encamínense a La Junquera y preséntense a las autoridades
militares. ¡Andando!
Nos alejamos como un kilómetro, y no sabiendo si reír o llorar
ante la jugarreta. Y ahora ¿qué? El doctor Abaunza se acerca
a mí y dice:
-En vista de lo sucedido, el jefe de Servicios y los oficiales de prisiones
creen que lo más prudente es separarse de ustedes. Comprendan el peligro
que corren si los detienen a todos juntos y descubren la evasión.
-Sí, sí; claro -le digo sin ocultarle mi ironía-. Pueden
marcharse; los dejamos en libertad.
Se alejan los seis hacia La Junquera. A la derecha de la carretera hay un
acantilado muy difícil de escalar, y a la izquierda un río.
Nos ocultamos en la maleza, a la orilla del río. Procedemos a un examen
de la situación. Acordamos dividirnos en pequeños grupos con
el fin de no llamar la atención y evitar que nos detengan a todos juntos.
La Junquera debe estar infestada de policías y militares comunistas,
en buena parte catalanes; si nos reconocen estamos perdidos. Queremos llegar
al pueblo ya anochecido y permanecemos un par de horas más ocultos.
Nos cruzamos después por la carretera con varios camiones abarrotados
de mujeres y niños, los únicos para los que está abierta
la frontera. En La Junquera reina, afortunadamente para nosotros, un caos
espantoso: debe de haber allí alrededor de cincuenta o sesenta mil
personas, aparte de varios miles más en las montañas cercanas.
Los carabineros y los agentes de policía no logran imponer un poco
de orden; todos gritan y nadie se entiende. Este caos será nuestra
salvación. De repente vienen hacia nosotros el doctor Abaunza, el jefe
de Servicios y los cuatro oficiales que nos abandonaron unas horas antes.
Nos estaban esperando. Proponen:
-¿Y si reorganizáramos la Prisión de Estado en espera
de poder pasar a Francia?
¿Reorganizar la Prisión de Estado? ¿Otra vez La hija
del presidiario?
-El director ha debido denunciar nuestra evasión a las autoridades,
como convinimos -les digo-. Eso equivaldría a entregarse atados de
pies y manos. La Prisión de Estado se acabó.
No insisten. Nosotros decidimos internamos en las montañas pirenaicas.
Nos acostamos sobre el duro suelo, protegidos por unoscipreses. Nos sentimos
terriblemente fatigados, tras dieciséis horas de marcha y de emociones.
Nos dormimos a pesar del griterío de la gente y de un estruendo espantoso
no lejos. Deben ser los aviones franquistas, que bombardean Figueras y otras
poblaciones cercanas. Dos compañeros se acercan al pueblo, a la mañana
siguiente, y vuelven triunfalmente con tres panes. Los carabineros dan por
la tarde una gran batida por las montañas. Resulta peligroso seguir
aquí y, hacia las cinco de la tarde, emprendemos la marcha montaña
arriba. Cae la noche. Nos sorprende sobre un abismo. Abajo debe de haber un
río, pues llega hasta nosotros el ruido del agua. Tendremos que resignarnos
a pernoctar sobre las peñas y entre los pinos. De madrugada volvemos
a escalar las montañas. Tenemos hambre y atacamos a las bellotas; desde
mi infancia, en un pueblecito de la provincia de Teruel, me han gustado siempre
mucho, pero no les ocurre lo mismo a los otros compañeros. Se pone
a llover de firme y tenemos que meternos, a gatas, en unas cuevas. En cuanto
vuelve a despejar reanudamos la marcha; nos sirven de guía los picos
nevados del Pirineo, a lo lejos. Nos tropezamos de repente con cuatro cabras
y un joven cabrito. Pacen tranquilamente. Debe de haber una masía
no lejos. Joan Farré, que fue pastor en su mocedad, se queda contemplando
al cabritillo, y dice:
-Asado debe estar riquísimo. Voy a matarlo; el hambre no tiene ley.
Contenemos sus ímpetus. Si le sacrificamos así, su dueño
nos denunciará sin duda a los carabineros. Trataremos de comprárselo.
Descubrimos la masía, no lejos, y nos acercamos prudentemente. Estállena
de soldados desertores. Nos dirigimos al masoguero, un hombre de aspecto cachazudo
y de pelo rojizo.
-¿Quiere usted vendernos el cabritillo que pace allá abajo?
-¿Vendérselo, señor? Pues si no es mío. Debe
pertenecer a otra masía. Yo soy más pobre que una rata.
Le hago una seña a un compañero y sale en busca de Farré.
En la cocina de la masía arde un buen fuego. Hay una veintena de soldados
sentados en los rústicos bancos. La masoguera y su hija han puesto
un caldero de judías al fuego. Empezamos a hacerles todos la corte;
parecen altamente halagadas, pero lo que contemplamos seducidos es el caldero.
Un soldado nos refiere:
-A mí trataron de recuperarme ayer unos carabineros. Saqué
mi revólver, y les dije: “El hijo de Negrín que se atreva a
recuperarme, que se acerque”. Se alejaron riendo.
-A mí también quisieron llevarme unos carabineros a Figueras
-dice otro-. “Por qué no vais vosotros?”, les pregunté yo. Ellos,
comprensivos, me dijeron: “Tienes razón. Esto está perdido y
no hay quien lo salve. No tardaremos nosotros en seguir el mismo camino”.
Y me dejaron en paz.
Cada cual hace un relato parecido. Nos llegan en esto grandes voces de fuera.
Salimos. Farré trae al hombro el cabrito despellejado.
El dueño de la masía pone el grito en el cielo.
-¡Han matao a mi pobre cabrito! ¡EI único que me quedaba!
-¿Por qué nos ha dicho usted que no era suyo? -le pregunto.
-Porque no quería venderlo. ¡Y ahora me lo han matao! ¡Con
lo tranquilo que vivía yo aquí! Los de la ciudá sólo
se acercan a estas masías pa molernos.
Le damos tres billetes de cien pesetas.
-¿Pa qué quiero yo esos papeluchos? Dentro de unos días
no valdrán ná.
Se aviene poco a poco a nuestras razones y se guarda los tres billetes.
Cenamos opíparamente. Primero un plato de judías que nos sirve
la masoguera y que medio nos escaldan la boca de tan calientes. y devoramos
medio cabritillo; el resto, asado ya, lo guarda Farré para el día
siguiente. Pernoctamos, en un cobertizo, sobre la paja, mezclados con los
soldados. Y a la mañana siguiente salimos de nuevo hacia la frontera.
Vamos a parar al mismo mojón que la primera vez: al 562. Como una
hora más tarde, damos con una casa destartalada y solitaria. A saltos
de viga en viga, encontramos una habitación en regular estado. Decidimos
instalamos en ella. Por la noche, en la oscuridad, nos trazamos un plan.
Gironella, Farré y Trave se ofrecen a salir a pie, a la mañana
siguiente, hacia Perpiñán. Tendrán que evitar las carreteras
y los puentes, controlados por las fuerzas francesas. Es, realmente, una
aventura; pero no se nos ofrece otro medio de prevenir a nuestros compañeros.
Si dentro de cinco días no tenemos noticias suyas, eso querrá
decir que han vuelto a caer en poder de los gendarmes. (Se imponen aquí
unas palabras de presentación del tercer personaje: Antonio Trave.
Era, en efecto, todo un personaje. Nacido y formado en Marsella, chapurreando
un castellano afrancesado, llegó a Barcelona al comienzo de la guerra
y se incorporó al POUM. De corta estatura y más bien rechoncho,
voluminosa cabeza de negro cabello ligeramente ensortijado, ojos vivarachos
y cargados de malicia, resultó lo que se llama en francés un
debrouillard. Para él no existían dificultades en la vida: resolvía
los problemas más intrincados con la mayor naturalidad. Durante el
período de clandestinidad que siguió a nuestra detención,
se procuraba el papel para nuestros impresos no se sabía cómo
ni dónde; supusimos, incluso, que se hacía con él, con
una audacia bonachona y tranquila, en los depósitos comunistas. Después
de todo, éstos habíanse apoderado de una importante adquisición
de papel que había hecho yo en Suecia con destino a nuestras publicaciones.
El hecho es que no perdía nunca el buen humor ni la calma y que le
salía bien cuanto se proponía. No es de extrañar que
se ofreciera a conducir a Gironella y a Farré a Perpiñán,
afortunadamente para ellos y para nosotros).
Por nuestra parte, pasamos cuatro días haciendo vida primitiva. Nos
alimentamos casi exclusivamente de bellotas y bebemos agua de las torrenteras.
Un pastor que conduce su rebaño por las cercanías nos trae al
segundo días dos panes. Y el mismo día hago yo un descubrimiento:
paseando por un sendero, veo el suelo cubierto de unas pelotitas de un verde
blancuzco y lleno de pinchitos. Le doy con el pie a una y se me aparece una
magnífica castaña. Crudas o asadas, resultan un excelente y
sabroso alimento.
Al anochecer, se acerca a nosotros un soldado madrileño. Nos anuncia
la caída de Gerona y la destrucción, o poco menos, de Figueras
y de su famoso castillo. y nos cuenta: “Ante este espectáculo, yo me
he dicho: Que resista Negrín, puesto que es el que más grita
sobre la resistencia. Me voy a Francia. y aquí estoy. Yo he hecho toda
la guerra. En el Ebro tuve que aguantar, durante varios días, a
la loca (4) y los mortíferos bombardeos enemigos. ¿Y
qué hacían mientras tanto nuestras
pavas (5)? Nada.
Para mí, se acabó la guerra”.
El tercer día encontramos a un soldado valenciano harto sucio y sin
afeitar: parece un facineroso. Nos dice que lleva ya doce días dando
vueltas por las montañas. Es la cuarta vez que atraviesa la frontera.
Las tres veces anteriores lo han detenido los gendarmes y conducido al Perthus.
Con la experiencia adquirida, esta vez espera tener más suerte.
En la mañana del cuarto día -el 7 de febrero exactamente-,
y cuando nos encontramos reunidos con el fin de decidir nuestra línea
de conducta, oímos grandes voces no lejos de la casa destartalada.
Yo creo distinguir mi nombre. Salimos saltando las vigas y vemos a cuatro
compañeros franceses escalando la pendiente montañosa: dos proceden
de París, y los otros de Perpiñán. Reconozco en el acto
a los primeros: se trata del escritor Daniel Guérin y del abnegado
y dinámico Maurice Jaquier. Los dos han venido militando en la izquierda
socialista de Marceau Pivert y forman parte actualmente del Comité
Ejecutivo del PSOP (Partido Socialista Obrero y Campesino), constituido hace
apenas un año tras la decepcionante experiencia del Frente Popular
en torno a la guerra de España. Nos damos fuertes y fraternales abrazos.
Nos obsequian seguidamente con pan blanco, salchichón, chocolate y
paquetes de cigarrillos. Pero nos sentimos a tal punto emocionados, que el
hambre desaparece como por encanto. Nunca he sentido como entonces, en aquella
casa en ruinas y a la vista del majestuoso Pirineo, el valor de la solidaridad
internacional, humana. Yo debo acompañarles a Perpiñán,
donde me esperan Gironella, Farré y Trave; ha sido este último
quien ha establecido la víspera el contacto con ellos. Guérin
y Jaquier, delegados por el Comité Ejecutivo de su Partido, han hecho
el viaje adrede desde París, no obstante tener conciencia de lo difícil
que sería descubrir nuestro paradero. Sin la perspicacia y la paciencia
del buen Antonio Trave, la empresa hubiera resultado poco menos que imposible.
Abajo, en la carretera nos espera una camioneta con los dos compañeros
de Perpiñán. Y para que los gendarmes me dejen libre el paso,
y teniendo en cuenta mi dominio del francés, me traen la tarjeta de
identidad de un compañero y maestro de escuela de San Hipólito,
pueblecito de los Pirineos Orientales. Vendrán a recoger a los restantes
compañeros dos días más tarde; la excelente escritora
y militante Colette Audry, pariente del Prefecto, ha hecho el viaje a Perpiñán
con el fin de obtener el debido salvoconducto (6).
Seis días más tarde celebramos la primera reunión de
nuestro Comité Ejecutivo en París. Faltan en ella nuestros dos
auténticos fundadores y líderes: Joaquín Maurín,
preso en la zona franquista, y Andrés Nin, asesinado por la NKVD en
El Pardo (7).
Notas
(1) En 1940, a los pocos meses de mi llegada a México y en
plena campaña de calumnias y amenazas en mi contra, inspirada por
los agentes de la NKVD allí refugiados, la revista comunista de Nueva
York New Masses publicó un recuadro anunciando que Julio Álvarez
del Vayo preparaba una serie de artículos “demostrando que yo había
sido en España un agente de Franco, Hitler y Mussolini”. Mis amigos
de la gran urbe norteamericana me telegrafiaron este anuncio. El mismo día
produje un documento con una serie de cargos concretos sobre la entrega a
Moscú del ex ministro español. Este escrito le cerró
la boca y nunca más se ha atrevido a atacarme.
(2) En el Readers Digest correspondiente a enero de 1967, Alejandro
Orlov, el ex jefe de la N.KVD en España, refugiado en los Estados Unidos
en julio de 1938, da pormenores sobre el traslado del oro del Banco de España
a Rusia. Afirma, entre otras cosas, que “en la suntuosa recepción
que ofreció el Estado Mayor de la NKVD, con la asistencia del Politbur6
en pleno, al día siguiente de la llegada del precioso cargamento”,
Stalin exclam6 con excelente humor: “Los republicanos no tienen mayor posibilidad
de recuperar su oro que de mirarse las orejas”. Y añade finalmente
que la cuantía del depósito no bastó a cubrir los suministros
del Kremlin a la República española, y que todavía aparece
un pasivo de 250 millones de francos. Orlov califica esta manipulaci6n del
oro de “uno de los robos más maquiavélicos de la Historia”.
(3) Durante una de mis visitas de conferencias a Chile, en cuya capital
habíase instalado Vicente de Vicente Sánchez, una revista gráfica
publicó una entrevista y una fotografía del “ex director de
la Prisión de Estado y de su preso político”. Y unos años
más tarde, con ocasión de una conferencia en la Universidad
de Santiago sobre el tema “De Unamuno a García Lorca”, al intentar
agredirme los comunistas, Vicente de Vicente fue uno de mis mejores defensores.
(4) La loca es el nombre que le daban los soldados al cañón
eléctrico, de fabricación alemana, utilizado por los franquistas.
(5) A nuestros cazas, que solían salir generalmente tarde,
dieron en llamarlos los so1dados las pavas.
(6) Tanto Daniel Guérin como Maurice Jaquier han descrito este
emocionante encuentro en dos libros de recuerdos.
(7) En 1974, cuando Gorkin publicó este texto, aún se
creía qué Andreu Nin pudo haber estaden El Pardo. Los descubrimientos
posteriores, especialmente los aportados en el documental
Operación
Nikolai, no dejan dudas de que el lugar donde estuvo secuestrado y torturado
fue en Alcalá de Henares. El asesinato se produjo en la carretera de
Alcalá de Henares a Perales de Tajuña [Nota de la Fundación
Andreu Nin].