FUNDACIÓN

ANDREU NIN


Mi ruptura con Moscú

Julián Gorkin


Este texto reproduce amplios fragmentos de los capítulos 17 y 18 del libro de Gorkin El revolucionario profesional (Testimonio de un hombre de acción), publicado en 1975. Incluido en el libro Contra el estalinismo.


Ante el cadáver momificado de Lenin había contraído el íntimo compromiso de investigar la verdad sobre el bolchevismo: sus orígenes y su desarrollo, su naturaleza social y humana, las consecuencias de su triunfo en Rusia y de la escisión internacional a que había conducido... Las dudas que me agitaban el ánimo y mi voluntad de investigación, ¿no constituían ya un comienzo de ruptura? El período hasta la ruptura real me ocupó cuatro años: de 1925 a 1929. Fueron los años, por consiguiente, de transformación totalitaria de la URSS y de la Internacional Comunista.

No me conformaba con lo que les oía decir a los oposicionistas al curso estaliniano: “La personalidad de Lenin está fuera de discusión. y el bolchevismo por él fundado constituye la doctrina revolucionaria superior al servicio del proletariado: es el legítimo intérprete y continuador del marxismo, su realización en nuestro tiempo. Pero ha degenerado debido a los epígonos y a los adulteradores, que han introducido la gangrena burocrática, la ambición de poder y la corrupción. Se trata de neutralizarlos, de corregir el curso por ellos iniciado y de volver a Lenin y al bolchevismo puro”. Pero yo me planteaba a mí mismo, si bien de una manera todavía vacilante e inconcreta: “Ningún hombre ni ninguna doctrina son infalibles e indiscutibles, pues si admitimos que lo son caemos en la dogmática religiosa, en el culto idolátrico y en la fe. ¿Y no nos apartamos en tal caso de la dialéctica materialista más elemental? ¿Por qué el bolchevismo en el poder ha podido degenerar en unos años y ya en vida del propio Lenin? ¿El mal no estaba contenido en su origen? ¿Se trata de volver al bolchevismo puro, o de revisar y readaptar el propio bolchevismo? ¿No ha sido un fenómeno propiamente ruso, triunfante gracias a un golpe de estado y en unas circunstancias excepcionales? ¿No constituye la mejor prueba el hecho de que no ha podido reproducirse y triunfar en un país más evolucionado y desarrollado? ¿Y no lo había previsto así, realmente, el propio Lenin? En fin: aun cuando la revolución internacional hubiera venido en auxilio de la Revolución rusa, ¿se hubiera podido salvar ésta sin una revisión de los métodos bolcheviques?” Demasiadas preguntas -y demasiado importantes- para poder recibir una respuesta inmediata y lo suficientemente clara. Su simple planteamiento implicaba, sin embargo, un comienzo de respuesta; las respuestas claras y decisivas, al punto de convertirme en un socialista revolucionario independiente, e incluso en un combatiente en contra, sólo tenía que encontrarlas unos años más tarde y a costa de las más dramáticas experiencias.

Poco después de mi regreso de Moscú, mi principal preocupación había consistido en destruir la sospecha lanzada en contra mía. Como militante y como hombre, constituía esto una cuestión de honor. No me había sido difícil triunfar en este empeño: mi propio comportamiento y la solidaria confianza de mis compañeros españoles y de numerosos compañeros franceses habían constituido mi mejor garantía. Suzanne Girault, que empezaba a ver en peligro su propia situación, había intentado una reconciliación conmigo . En el curso de una entrevista me dijo:

-Sin duda me guardas rencor porque me crees directamente responsable de la vigilancia ejercida contra ti. Yo me limité a seguir instrucciones de la Internacional.

Reaccioné con viveza:

-Humbert-Droz y Klein son dos funcionarios importantes, pero no son la Internacional.

-Yo no he pronunciado ningún nombre.

-Los pronuncio yo. ¡Cuando pienso que, a cubierto de la Internacional, pueden disponer de la libertad e incluso de la vida de los militantes! Creen sacrificarse éstos por una noble causa y no son muchas veces sino instrumentos manejados por unos funcionarios. En ocasiones, por el capricho o el interés de uno solo.

-Sigues un mal camino -me atajó, escandalizada por mis palabras-. No te ocultaré que veo en ti a un oposicionista en ciernes.

-¿Un oposicionista porque me atrevo a decir la verdad? ¿Quieres decir que la verdad es la que defiende la oposición?

Durante los años 1925 a 1929, y para los dogmáticos de la línea oficial y de la sacrosanta disciplina, la peor posición era ya la del “oposicionista en ciernes”. A un oposicionista declarado se le hacía perder su  cargo, o se le excluía sin contemplaciones de la Internacional; un oposicionista en ciernes se sentía como suspendido en el vacío, entre la suspicacia y la desconfianza y sufriendo unas presiones y unas amenazas inconcretas, pero no por eso menos sensibles e incómodas. A este oposicionista se le ofrecían dos caminos: el sometimiento total, renunciando a su espíritu crítico y ahogando, o simplemente silenciando, sus dudas, o la agudización y la exteriorización de estas últimas, respecto de los otros, si no de sí mismo, lo que conducía inevitablemente a la ruptura. Por temperamento y por carácter -y aun cuando al comienzo me resistiera yo mismo a admitirlo-, es evidente que los acontecimientos tenían que obligarme a seguir el último camino. Añadiré que de entonces acá, y aun en momentos y en circunstancias diferentes, no ha sido otro el camino seguido por la mayoría de los militantes en conflicto con el alienador y asfixiante monolitismo estalinista. Con una importante diferencia: que en el período de mi ruptura no era posible prever los crímenes en cadena cometidos en la Unión Soviética, en España y en otros países, la firma del pacto Hitler-Stalin, ni la transformación de la primera revolución socialista conocida en la Historia en un imperialismo totalitario y agresivo (1).

Entre las numerosas dependencias clandestinas que poseían el Partido y la CGTU, una de las más secretas estaba situada en la rue Pelleport, en el populoso distrito 20 de París. Por una puertecilla harto discreta se entraba en un pequeño patio adoquinado. Otra puerta a la izquierda daba acceso a una vieja casa de vecindad parecida a muchas otras del barrio obrero. Nada podía hacer sospechar que en el primer piso estaba instalada la representación de la Internacional Sindical Roja para los países latinos, y que en el segundo se administraban las finanzas procedentes de Moscú y destinadas al sostenimiento de la CGTU y de su órgano central La Vie Ouvriere. Aun cuando sólo hacía breves apariciones, el responsable máximo era el militante de origen sindicalista Berlioz. En la planta baja, en la portería, estaba instalada la oficina de la compañera Marta Potosniak. Bordeaba la cincuentena y era más bien pequeña, vivaracha, inteligente y extraordinariamente activa: vivía exclusivamente para la causa. Tenía unos ojos dulces y risueños, con un fondo de ternura maternal; resultaban, sin embargo, profundamente escrutadores: nada parecía escapar a su atención. Personalmente no era ambiciosa ni parecía llenar un papel relevante; .mas es lo cierto que bajo su exterior sencillo y bondadoso se disimulaba un sectarismo intransigente y llenaba una función altamente eficaz. Era, en suma. una auténtica correa de transmisión al servicio del aparato. Tenía a su servicio una secretaria rubia y muy atractiva llamada Renée, hija de un militante que se había sacrificado por la causa.

Después del patio de entrada había un solar. Abandonado, cubierto de musgo y de hierbajos. A la izquierda, perfectamente disimulado, se había construido un pabellón de madera compuesto de dos oficinas. No se recibían visitas allí, y seguramente no conocían su existencia más que algunos funcionarios de confianza. A mediados de 1927 entré yo a ocupar la primera oficina; ocupaba ya la segunda el camarada Pierre. Pierre, sin más. Expulsados los dos de Francia. nos habíamos conocido en Bruselas unos meses antes. Ignoraba, sin embargo, su identidad y sus antecedentes; sólo más tarde tenía que averiguarlos. Su nombre era Ettore Quaglierini, y su historial el de un auténtico y sólido militante comunista. Herido de gravedad durante la guerra mundial, había sido uno de los fundadores y el secretario general de la Federación Comunista de Turín: compañero, por consiguiente, del teórico y fundador del comunismo italiano Antonio Gramsci. Después del triunfo de Mussolini, su esposa y él prosiguieron la lucha en la clandestinidad hasta que una noche fueron brutalmente agredidos por los fascistas, que los dieron por muertos. Se habían visto obligados a refugiarse en Francia. de donde Pierre había sido expulsado dos veces consecutivas. Tales eran las circunstancias que nos habían reunido en aquel barracón clandestino de la rue Peneport, en el que llenábamos una función similar: él, respecto de los comunistas italianos, y yo de los españoles. Todo hubiera debido unirnos con lazos fraternales; sin embargo, no negamos a sentirnos nunca verdaderos amigos y compañeros. ¿Por qué?

Cierto día, al salir a la hora de almorzar, encontré a la bella Renée atisbando en una esquina próxima. Al manifestarle mi extrañeza, me dijo :

-No quiero que nos vean juntos. ¿Nos encontramos esta noche?

Y por la noche me advirtió:

-Conviene que Marta y Pierre no conozcan nuestras relaciones. Perdería seguramente mi empleo.

-¿Se han instituido en protectores de tu virtud?

-No es eso. ¿No has comprendido que han recibido la orden de observar tu comportamiento y de informar al Buró político? Sin duda, estos informes van a Moscú.

-¿Son favorables, o desfavorables, esos informes?

-Ni favorables ni desfavorables. Pierre no se atreve a pronunciarse todavía. Te acusa de pensar demasiado por tu cuenta; cree que estás en camino de convertirte en un oposicionista decidido. Recomienda que se siga contigo una táctica paciente. Y, en caso de necesidad, aconsejará que se te mande durante algún tiempo a Moscú.

-A Moscú no volveré; me ha bastado la primera vez. Aquí puede tener mi trabajo una utilidad; allí no tendría ninguna. ¡Cuando pienso que la vida en Moscú hubiera constituido un sueño para mí hace apenas tres años!

Me prometió Renée que seguiría informándome. Había una cosa que fallaba en su maquinaria al parecer perfecta: en Moscú se llamó Tamara; en París se llamaba Renée. Diríase que olvidaban al ser humano, con sus sentimientos, o simplemente con su sensualidad. ¿Qué sistema era posible construir olvidando las leyes naturales de la vida ? ¿y cómo admitir que una mujercita de las cualidades humanas de Marta Potosniak y un hombre del pasado revolucionario de Pierre pudieran avenirse a aquel espionaje, atento y silencioso, de un compañero que compartía con ellos los peligros y los sacrificios? Desde el punto de vista del revolucionario profesional, tal como lo concibió Lenin  y, sobre todo, tal como lo fue modelando el burocratismo degenerado, el auténtico prototipo era indudablemente Pierre. Frisaba en los treinta y tantos años y se imponía por su enorme talla y, no obstante la herida de metralla que arrastraba desde la guerra. por su reciedumbre física. Tenía una cabeza de rasgos fuertes y enérgicos y usaba una barbita en punta. No era posible olvidar sus ojos claros, un tanto acerados y escrutadores, y creo que no sabía reír abierta y francamente, ni dar rienda suelta al buen humor que, por mi parte, no consentí en frenar nunca. Poseía indudablemente una personalidad fuerte, una de esas personalidades características. e incluso cuidadosamente cultivadas. en los medios comunistas, que provocan una mezcla de admiración y de inquietud. Ya un Klein, entre otros muchos, me había producido esa impresión. Y andando el tiempo tenía que distinguir instantáneamente a ese tipo de militante: siempre en tensión, como crispado, sin reposo interior, atareado y dinámico, tanto por costumbre como por necesidad y desconfiando de sí mismo y de los demás. Un hombre diferente, creación y creador de un partido forzosamente diferente.

Los métodos de sospecha y de espionaje que había observado en Moscú se extendían miméticamente a las secciones de la Internacional. Las ambiciones. las rivalidades fraccionales y la lucha por la dirección, el espíritu depurador al servicio de estas ambiciones y estas rivalidades, y,  sobre todo, el afán de alinearse respecto de Moscú con el fin de conquistar el favoritismo de los nuevos amos, empezaban a emponzoñarlo todo. Los funcionarios eran espiados por otros funcionarios; los más importantes. interpretando -o creyendo interpretar- los deseos del Kremlin, tenían sus propios espías más o menos adictos e interesados. Ya nadie se fiaba enteramente de nadie. Y como todos los hilos conducían al mismo lugar, quiere ello decir que, en Moscú, la terrible GPU iba registrando cuidadosamente lo que pensaba y lo que hacía cada militante de relativa importancia de la Internacional y, al mismo tiempo, sus características personales de independencia o de adaptación y de obediencia. En un período de reflujo revolucionario y de avance continuo de la reacción y del fascismo, sólo cabían dos caminos: o un reagrupamiento de las fuerzas obreras para la organización de la defensa, o la caída fatal de una de ellas -la más dinámica y combativa- en un sectarismo cada día mayor y en una jerarquización a ultranza. Por su origen y por su desarrollo, era evidente que el bolchevismo sólo podía seguir ya el segundo camino. Pero este camino llevaba, so pretexto de bolchevización, al sometimiento total de los partidos comunistas -y, por su intermedio, al eventual sometimiento de las fuerzas trabajadoras- gracias a la burocratización de sus cuadros y a su conversión en instrumentos dóciles y fácilmente manejables. Yo había intuido este proceso fatal en Moscú mismo, y había creído entrever al hombre que acabaría encarnándolo. A medida que pasaban los meses se imponía más y más en mi mente la imagen de Stalin, con sus rasgos fuertes y groseros. su frente más obtusa que enérgica, sus ojos más astutos que inteligentes y, sobre todo, su puño brutal, siempre apretado y golpeando sobre un punto fijo. Había intuido, en suma, el fondo totalitario del bolchevismo, mejor o peor disimulado por la llamada dictadura del proletariado, y abocando en esta realidad : los partidos dominados por unos cuantos funcionarios, y éstos, a su vez, por el funcionario máximo del Partido y del Estado soviéticos. El totalitarismo se crea su propia lógica, y esta lógica llevaba. en un período previsible, a esa conclusión.

Ya en noviembre de 1924, frente a “la bolchevización cien por cien” brutalmente ordenada por Zinoviev, los honestos militantes Rosmer y Monatte habían lanzado un grito de alarma por medio de una carta a los miembros del Partido francés; no había hecho entonces gran mella en mí, pero desde mi regreso de Moscú, y a medida que pasaban los meses, iba revelándoseme la justeza de sus previsiones. Condenaban en esta carta que sólo se hablara en los círculos dirigentes del Partido de homogeneidad, de alineamiento y de disciplina. “De arriba hacia abajo se establece una cascada de consignas que es necesario obedecer y aplicar sin comprender y, sobre todo, sin murmurar otra cosa que el sacramental “tiene usted razón, mi capitán” (2). Se referían asimismo a la mentalidad cuartelaria que se iba creando y a la instalación de todo un cuerpo de suboficiales para la institución y el funcionamiento del aparato, y concluían: “La burocracia del Partido sólo podrá sufrir, a este paso, la comparación con la del Estado francés”. ¿Se había referido al Estado francés por no referirse, en nombre de un natural prejuicio, al Estado soviético? Lo cierto es que, so pretexto de someter a los partidos -y en primer lugar al francés- a “una disciplina de hierro” y a “una disciplina auténticamente bolchevique”, fue suprimiéndose todo asomo de voluntad, de iniciativa y de pensamiento más o menos libre y crítico en su seno.

En primer lugar el francés... Según la tradición establecida desde la Gran Revolución y cimentada durante los períodos ulteriores de libertad y de desarrollo en todos los órdenes, el pueblo francés estaba habituado a discutir en sus organizaciones los diversos problemas y a elegir sus propios representantes. Estas sanas prácticas seguían muy vivas lo mismo en las secciones socialistas que en los sindicatos. Mediante el proceso de bolchevización, tenían que ir suprimiéndose sistemáticamente en el Partido. Inspirándose en la tradición conspirativa de la organización bolchevique, obligada en gran parte por las provocaciones y la persecución de la policía zarista -en verdad era éste un vicio característico de todas las organizaciones rusas, pero en el bolchevismo de Lenin constituía un método y una mentalidad-, Moscú hizo todo lo posible por transplantar esta tradición y estos métodos a los diversos países, y en primer lugar a los de tradición y mentalidad democráticas. El principio y la mecánica podían sintetizarse así: cuanto menor sea la democracia interna en los partidos comunistas, mayor será su actuación disciplinada y mayores sus posibilidades de explotar las fallas de la democracia burguesa y de los partidos social-demócratas. Si todo esto había recibido una consagración triunfal en Rusia, ¿por qué no iba a producir los mismos resultados, a más corto o largo plazo, universalmente? “Las asambleas en esos países democráticos se ven dominadas por los charlatanes. Acabemos con las asambleas y con los charlatanes que se sirven de ellas” (3). La masa comunista francesa no se sometió a estas exigencias de buen grado, pues chocaban con todo su pasado: Moscú insistió tanto más en vista de esta resistencia. Naturalmente, estos “charlatanes” se reclutaban principalmente entre los intelectuales y los elementos pertenecientes a las profesiones liberales. Eran, por lo general. los más capaces de formarse una opinión sobre el desarrollo de los acontecimientos y de expresarla de una manera articulada y más o menos brillante. Y los más independientes, por su espíritu crítico -y por su formación-. respecto de las directivas ideológicas y tácticas impuestas por arriba. Algunos podían merecer el calificativo de arribistas; en general. poco o nada tenían que ganar militando en el comunismo. Contra lo que pueda creerse -y salvo excepciones- los auténticos intelectuales tienen muy escasas posibilidades de medro en los partidos obreros. Si su única ambición en la política fuera el medro personal, engrosarían preferentemente los partidos burgueses, y no los proletarios: los sacrificios que exigen estos últimos rara vez se ven compensados por las ventajas materiales. Su acercamiento o su adhesión a ellos responde a un fenómeno menos simplista: a una exigencia cívica, a un estado de conciencia y de deber respecto del pueblo, a una tradición de defensa de sus derechos, a la convicción de que sin el pueblo y sin el ejercicio de sus derechos no hay progreso posible, o este se estanca y muere, y, en ocasiones, con todo esto se mezcla un complejo de vanidad. Me refiero, claro está, a los tiempos heroicos del comunismo, en los que éste exigía de ellos entereza moral, abnegación, ciertos riesgos y sacrificios; más tarde, con el estalinismo, tenían que armonizar perfectamente dos ventajas: poder vivir en un régimen democrático-burgués, sin trabas ni censuras efectivas, y gozar de los sustanciales apoyos de la potencia soviética y de sus aparatos internacionales. Dándose, además, la buena conciencia de servir la causa del proletariado sirviéndose realmente de ella. Creo sinceramente que los elementos intelectuales -y en primer lugar los escritores y artistas de positivo valor- que se adhirieron al comunismo en los primeros tiempos, lo hicieron desinteresadamente, en nombre de unas sana reacción contra la guerra y poniendo a su servicio todo su prestigio. Seguidamente, y sin negarles a muchos de ellos un auténtico talento, lo que se les pidió por encima de todo fue espíritu de adaptación y de disciplina -un sometimiento total, en suma- y no inteligencia e iniciativa propias o espíritu original y creador. En la URSS tenían que ser marginados o llevados al suplicio los militantes y los intelectuales de unas cualidades superiores en todos los órdenes a las del dictador –llevada a tal extremo, no había sido posible intuir semejante monstruosidad-; no podían ser eliminados en los otros partidos por el terror, salvo, mucho más tarde, en las llamadas democracias populares, pero se les eliminó por medio de una selección al revés. Eso cuando, más pronto o más tarde, no se fueron alejando ellos mismos, obedeciendo a un imperativo de conciencia o huyendo simplemente de la asfixia moral.

Estos cuadros así depurados, a través de sucesivas crisis o imposiciones por arriba, viéronse automáticamente sustituidos por otros de “auténticos proletarios”. Releyendo la “Resolución sobre la cuestión francesa”, aprobada por el Cuarto Congreso de la Internacional Comunista (noviembre de 1922), puede comprobarse no sólo una condena inapelable contra todos los elementos pertenecientes a la francmasonería, a la Liga de los Derechos del Hombre y a la intelectualidad con resabios pacifistas y democráticos, sino la imposición de un rígido porcentaje en la composición de las listas de candidatos a cualquier elección popular: nueve trabajadores de la fábrica y del campo, y uno perteneciente a las profesiones liberales, y aun éste sometido a las más humillantes verificaciones respecto de su origen social, de sus antecedentes políticos y de sus simples relaciones familiares o de amistad. Parecía natural que la avanzada revolucionaria de la clase obrera estuviera dirigida por una selección surgida de la misma clase y que, democráticamente, los intelectuales no pudieran gozar de mayores posibilidades o privilegios. ¿Mas no estaba reñida esta regla con la de los propios cuadros bolcheviques y, en general. con la de todos los núcleos en lucha contra el zarismo? ¿No estaban constituidos en su mayoría por elementos intelectuales procedentes de las clases holgadas de la sociedad?

Hay que reconocer. sin embargo. que esta mutación encontró un eco de simpatía en los medios obreros. Y es lo cierto que estos nuevos cuadros, enviados en cierto número a la URSS para su formación y su perfeccionamiento, estaban constituidos por los militantes más activos y voluntariosos: en realidad seguían mucho más cerca de los trabajadores, vivían y vestían al comienzo como ellos, conocían sus problemas y hablaban su mismo lenguaje. A pesar de lo cual. no tenían que tardar en convertirse en unos perfectos burócratas: realmente. en una prolongación internacional de la clase burocrática que monopolizaba el poder y los consiguientes privilegios en la URSS. ¿Acaso no recibían su legitimidad, su inspiración, su poder real y sus medios de ella? Por fuerza tenían que sentirse orgullosos de su situación y sus cargos, y agradecidos a la potencia, al partido y a los jefes –y, finalmente, al jefe único- gracias a los cuales habían podido pasar de simples obreros a funcionarios regularmente retribuidos, a concejales, a diputados y senadores, más tarde, incluso, a ministros (4). Su sometimiento y su corrupción resultaban inevitables, y contados tenían que ser los que se decidieran a romper un día con la organización a la que se lo debían todo para perderse de nuevo en el seno de la clase obrera, o para integrarse en una organización adversa y sistemáticamente combatida durante largos años. Esta experiencia nada dice, claro está, en contra de la clase obrera en su conjunto; demuestra, sin embargo, que, tanto o más que de los intelectuales que acuden a sus organizaciones con la aspiración de dirigirla, debe desconfiar de sí misma y de los hombres que, surgidos de su propio seno, pueden mistificarla y tiranizarla un día. Y esta mistificación y esta tiranía pueden ser tanto más peligrosas cuanto más se enmascaran con promesas seductoras: la emancipación del proletariado, el triunfo de la revolución, la realización del socialismo...

La transformación de los partidos comunistas y su conversión en secciones rígidamente disciplinadas fue posible, en el transcurso de un par de años apenas, gracias a las células de empresa y de barriada, agrupadas éstas por radios y, finalmente. por regiones. En estos organismos se suprimieron, en efecto, no sólo los discursos, sino paulatinamente las propias discusiones. Fue imponiéndose así, cada vez más, el automatismo burocrático. El enlace y el control eran cada día más rígidos. Ninguna célula podía dirigirse en principio a otra célula, ni tampoco directamente al Buró Político ni al Comité Central, sino a través de los comités de radio. La centralización -y la jerarquización- se hizo así perfecta. En los países dictatoriales y en determinados períodos, podía justificarse esta forma orgánica, de arriba hacia abajo; en los países democráticos, y cuando ya no cabía esperar, en un período previsible, el triunfo de la revolución, el efecto sólo podía ser uno: ahogar la voluntad de la base. Todo se resolvía por medio de circulares y a través de los comités, o simplemente de los secretarios: la base se limitaba prácticamente a aprobar y a aplicar estas circulares. En una organización semejante sólo podían ascender los militantes gratos a la dirección; los que no, quedaban reducidos a la impotencia. A cubierto del llamado centralismo democrático tenía que instituirse así una monstruosa y piramidal secretariocracia: arrancaba del omnipotente secretario del partido soviético y, por el canal de la Secretaría de la Internacional -y de sus agentes secretos-, acababa en el último secretario de célula. Todo esto está comprendido, por lo demás, en los manifiestos y en las resoluciones de la Internacional. ¡Una organización verdaderamente única lo mismo en la Historia que en el mundo contemporáneo!

Yo mismo tuve ocasión de hacer una experiencia concluyente en la célula a la que había sido adscrito: la de la Grange-aux-Belles. Formaban parte de ella numerosos funcionarios y empleados de la CGTU y algunos de los trabajadores de su imprenta. Las altas instancias del Partido le concedían, por eso mismo, una particular atención. No renunciaba yo a defender mis posiciones en aquella pequeña tribuna ni a formular mis críticas respecto del Partido y de la Internacional; me acompañaba cierto éxito, ya que las simpatías de la mayoría se inclinaban en favor de las estructuras democráticas y en contra del curso burocrático. El comité de radio nos bombardeaba constantemente con sugestiones y resoluciones contrarias a nuestras posiciones. Bajo pena de exclusión, a los oposicionistas nos estaba terminantemente prohibido reunimos fraccionalmente con el fin de armonizar nuestra acción; me constaba, sin embargo, que otros oposicionistas realizaban una labor semejante a la mía en sus células. En vísperas de una importante conferencia de delegados de células, en la que debían discutirse la línea general del Partido y sus experiencias orgánicas, se recibió la orden de disolver la célula y de adscribir a sus miembros a otras células del mismo radio. Perseguía la dirección un doble resultado: impedir la presencia de una delegación oposicionista en la conferencia regional y ahogar su voz diseminando a sus miembros y simpatizantes entre varias células hostiles. La conferencia aprobó monolíticamente la línea política dictada por Moscú y disciplinadamente aplicada por el Buró Político, nombrado, a su vez, por Moscú.

Cuando se juzgó que el Partido había alcanzado un cierto grado de bolchevización, se emprendió con él una gimnasia despiadada. Siempre por orden de Moscú, la dirección desencadenaba constantes “acciones de masas”. Con cualquier motivo o sin él -y en condiciones lo mismo favorables que desfavorables-, se provocaban huelgas y movimientos condenados las más de las veces al fracaso. Dominada por el aparato comunista, la CGTU se veía obligada a secundarlos. Se trataba de mantener un estado de agitación permanente y, al mismo tiempo, de seleccionar y poner a prueba lo mismo a los cuadros que a la base. Las empresas parecían encantadas con esta táctica, pues gracias a ella lograban descubrir a los componentes de las células –y a sus simpatizantes- y arrojarlos de ellas sin contemplaciones. Así fueron poco menos que destruidas las células más activas y disciplinadas, y algunos millares de militantes perdieron circunstancialmente sus medios de vida. Muchos de ellos caían en el escepticismo viendo que los funcionarios de Moscú y de París -o de Berlín- jugaban con el pan de sus hijos. ¿No se les consideraba, en realidad, la carne de cañón del comunismo? Éste exigía de ellos todos los acrificios y no les ofrecía a cambio más que una esperanza de triunfo cada día más lejano. Lo cierto es que los partidos como tales -y sin tener para nada en cuenta las diferencias de formación, de mentalidad, de situación y de ambiente- iban a quedar reducidos a una simple masa de maniobra, disciplinadamente fiel a un fin a la vez concreto y mítico: la defensa incondicional de la URSS, como patria del proletariado, en espera de la hipotética revolución internacional.

Por la índole de mi trabajo periodístico, mantenía un contacto bastante frecuente con la redacción de L'Humanité. Con Marcel Cachin, su director; me limitaba al simple saludo: nunca logré simpatizar con él, y sabía que era capaz de todo por no comprometerse. En cambio conversaba fraternamente con Vaillant-Couturier, con Gabriel Peri, con Paul Marion. Espíritu inquieto e intelectual, vario y dinámico, tan buen editorialista como brillante orador, era entonces el primero jefe de redacción del órgano central. Pero carecía de carácter, y por nada del mundo parecía dispuesto a renunciar al halago popular. Por Peri sentía un sincero afecto. Su fina silueta, su trato sencillo y directo y su probidad intelectual -sin hablar de su serena y firme convicción, de la que había dado y tenía que seguir dando evidentes pruebas- imponían la fraternal admiración. Parco en palabras, sabía escuchar y gozaba construyendo sus excelentes artículos de política internacional. Sus únicos tormentos le venían de tener que interpretar la línea trazada o impuesta por arriba. Marion pasaba por una lumbrera, pero no era más que un almacén de cultura archivada y poco sólida y profunda, un pozo de anécdotas y, por sobre todo, un gran escéptico. Sus ojos estrábicos parecían reflejar el siempre equívoco retorcimiento de su cerebro. Había pasado, no obstante ser aún joven, por el catolicismo, por un bonapartismo más que marchito y por la Acción Francesa hasta caer, por un negativismo respecto de todo lo demás, en el asidero comunista. Se sabía casi de memoria a Marx y Engels, a Rosa Luxemburgo, a Plejanov, a Lenin, a Bujarin... A Trotski parecía tener ya empeño en olvidarlo. En realidad no creía en nadie ni en nada como no fuera en su buena memoria y en su vivir un tanto despreocupado y bohemio a costa de lo que fuere. Le habían nombrado director legal y profesor de la Escuela Leninista de Bobigny (5)  y teórico oficioso al servicio del Buró Político: fabricaba y adaptaba las tesis y las resoluciones a la medida y según las conveniencias del momento. Yo lo llamaba “el sastre y el zapatero del Buró Político”, y él sonreía complacido. Después de permanecer unos meses en la URSS, en 1930, tenía que volver a Francia exaltando a la democracia burguesa, y sabido es que acabó en Vichy como sastre y zapatero del mariscal Petain y de Laval. Peri y Marion fueron dos fraternales, e incluso íntimos amigos. ¿Quién iba a decirnos entonces que el primero sería fusilado por el hitlerismo, y que el segundo colaboraría con él? (6)

A Vaillant-Couturier le oí exclamar en el curso de una conversación:

-¿Adónde nos llevan los camaradas soviéticos? Su política y, sobre todo, sus métodos, quizás estén bien en la URSS y en los países atrasados, pero en Francia chocan con la tradición cultural y política y con el carácter de nuestro proletariado.

Gabriel Peri, generalmente silencioso y discreto, le hizo eco:

-Moscú cree, sin duda, que los pueblos son de arcilla y que es posible modelarlos a su guisa. Por el camino que nos imponen, ¿no vamos a la catástrofe?

-Por ese camino y por todos los caminos -comentó Marion encogiéndose de hombros-. Nos hinchamos los carrillos hablando de la revolución social y ninguno creemos ya en ella. ¿No hablamos y actuamos obedeciendo a una simple rutina? Puesto que no podemos evitarlo, dejemos que fracasen nuestros queridos jefes, y luego veremos.

Y yo, descubriendo mis dudas y mis convicciones con acento un tanto pasional:

-El lenguaje de nuestros artículos no es evidentemente el mismo que empleáis en las conversaciones privadas. No sé si reprochároslo o no. Pero lo cierto es que esos artículos, antes vivos y originales, parecen cada día más inspirados por las circulares oficiales.

-Así es -reconoció Vaillant-Couturier-. Yo ya no siento la satisfacción de antes escribiendo un artículo. ¿Qué hacer? ¿Podemos abandonar nuestros puestos? El Partido y la Internacional, con todos sus defectos, lo son todo para nosotros.

-Esperemos que acabe imponiéndose el buen sentido y que las cosas cambien -concluyó Peri.

-Las cosas no cambiarán si los militantes más prestigiosos y esclarecidos se someten pasivamente. Por el contrario, irán de mal en peor y tendréis que tragaros muchas píldoras amargas. Únicamente la resistencia a esa línea política y a esos métodos...

-¡Pero eso significa la oposición! -exclamó Peri vivamente-. Todo menos la oposición.

-Pues yo no veo ya otro camino. La pasividad es la pérdida de todo, la catástrofe que invocabais antes. Siento que tendremos que seguir rumbos opuestos.

Marion nos miraba con el aire un tanto bobalicón que le daba su estrabismo. Antes de separamos me retuvo y me dijo :

-Creo que a ti no te crecerá mucho el pelo en el Partido.

-¿Y crees que te crecerá mucho a ti? Sólo mientras sigas aceptándolo todo sin murmurar.

-La diferencia entre nosotros es que yo me iré cuando me convenga, mientras que a ti te echarán. Y no podremos defenderte: será demasiado comprometido.

La Secretaría Confederal de la CGTU se componía de cuatro miembros: Monmousseau, Racamond, Dudilieux y Bérard. Con el primero apenas cruzaba la palabra. Era fatuo y engreído: miraba a todo el mundo por encima del hombro como un diosecillo con bigote, un bigote gris que no cesaba de acariciarse vanidosamente. Cuando las cosas salían bien, se atribuían toda la gloria; cuando salían mal, se apresuraba a sacudirse las responsabilidades y a buscar un chivo expiatorio. Nadie lo estimaba de veras. Pero gozaba de la confianza de Moscú y obraba como si la CGTU fuera propiedad suya. Se decía que Lenin les había rogado a Semard y a él, ambos de origen sindicalista, que se encargaran de organizar un verdadero partido de clase en Francia. ¿Cómo no había discernido la vacua fatuidad de Monmousseau, él, que pasaba por no equivocarse respecto de los hombres? Aunque sin brillantez alguna, físicamente rechoncho y plácido de carácter, Dudilieux era un hombre excelente y lleno de buen sentido. Bérard era el tesorero: nada menos pero nada más. Diríase que su cerebro sólo se abría como su caja de caudales: para el manejo del dinero y para los libros de cuentas, en los que no permitía que metiera la nariz nadie. El dinero para el periódico lo recibía yo por intermedio de Bérard: lo contaba y lo recontaba, lanzaba media docena de suspiros y, sujetándolo bajo la mano izquierda, me tendía con la derecha el recibo para que lo firmara. Sólo entonces soltaba los billetes con un gruñido. El mejor de los cuatro era Racamond: alto y fornido, serio y con personalidad, trabajador metódico y voluntarioso, era sin duda el que más clara y honestamente veía las cosas. Nos unía una mutua confianza.

-Los camaradas de Moscú parecen perder cada día más la noción de la realidad -me dijo cierto día-. Cuando se fundó la CGTU, queríamos mantenerle una cierta autonomía; ahora nos exige un sometimiento mecánico respecto del Partido. Lo mismo que en la URSS. ¿No nos llevan al fracaso? Ya no les importan ni aun las apariencias de la independencia sindical. Parecen empeñados en destruir una organización que tanto nos ha costado crear. Al paso que vamos, lo conseguirán. Nadie oponía, sin embargo, una verdadera resistencia a este curso burocrático y a esta política. Eran muchos los descontentos y los que murmuraban; pero contados los decididos a comprometerse y a sacrificar sus cargos, que estaban aguardando otros. En la URSS, lo mismo que en los otros países, la fidelidad casi ciega al Partido, el sometimiento sistemático a la disciplina y el miedo a la escisión y a las exclusiones, paralizaban los talentos y las voluntades. Stalin y sus pandillas burocráticas explotaban a fondo este clima y estos sentimientos. La. Internacional Comunista, la Internacional Sindical Roja. la Internacional Juvenil Comunista. la Internacional de los Trabajadores del Transporte Marítimo, la Internacional de los Trabajadores de la Enseñanza. el Socorro Rojo Internacional, el Socorro Obrero Internacional, la Liga Antiimperialista y todas las otras organizaciones periféricas se convertían en simples instrumentos movidos por unas docenas de funcionarios sometidos a una voluntad omnipotente. Tentáculos todos del mismo pulpo, al que servía de guarida el cada día más exigente y terrible Kremlin. ¿Y cómo luchar contra el monstruo sin exponerse a la acusación de agente de la burguesía, del fascismo, de las potencias imperialistas? Se imponía, por otra parte, el callar la verdad -o la exteriorización de la menor crítica- por miedo a que se sirvieran de ella los enemigos de la revolución. Los más tenían que someterse y guardar silencio, amedrentados, ante estas consideraciones.

Como había expresado cínicamente Paul Marion, nadie o casi nadie creía ya en el triunfo de la revolución en ninguno de los países avanzados del mundo occidental; se seguía empleando, sin embargo, el lenguaje extremista -o más extremista aún- de los años revolucionarios, centrando el fuego graneado contra las organizaciones social-demócratas y reformistas en aplicación de la línea llamada de “clase contra clase”. El comunismo, minoritario en la aplastante mayoría de los países del globo y sin perspectivas de triunfo en un futuro previsible, parecía arrogarse la representación y el monopolio de la clase obrera lo mismo en la URSS que internacionalmente. Gracias a esta política y al fatal divisionismo que mantenía en el movimiento obrero, lo cierto era que la reacción y el fascismo seguían conquistando nuevas posiciones. En una palabra: al socaire de este revolucionarismo verbal, avanzaba con paso seguro la contrarrevolución. Salvo los militantes indefectiblemente sumisos a los dictados de Moscú, la mayoría de los obreros y de los intelectuales no comprendían a dónde se les quería llevar. Bien claramente lo demostraba el aislamiento que empezaban a conocer los partidos comunistas. No tenían que hacerse esperar los resultados: en 1928, y sólo en Francia, el comunismo perdía los dos tercios de sus efectivos, y en las elecciones legislativas sufrió una derrota tremenda. ¿Y no llegó a conocer un aislamiento semejante el comunismo alemán? Los dos principales partidos de la Internacional, después del ruso, parecían condenarse a sí mismos. Pero lo grave es que condenaban al conjunto del movimiento obrero a la impotencia.

(...)

Mi situación se  había hecho por demás delicada. Los oposicionistas franceses con los que mantenía una estrecha relación por intermedio del honesto Delfosse, no querían que renunciara a los cargos que ocupaba en la clandestinidad. Interpretaban realmente la consigna lanzada por la oposición en la propia Unión Soviética y que me había hecho conocer Andrés Nin en su oficina del Profintern. ¿Pero qué sentido tenía ya esta consigna? ¿Cómo conciliar mis cargos con la disciplina que exigía Moscú de todos sus funcionarios? ¿Y, sobre todo, cómo conciliarla con mi carácter, con las exigencias de mi espíritu crítico, simplemente con mi condición de hombre?

Mi ruptura, por muy dolorosa que me resultara, era inevitable; sólo dependía de una circunstancia propicia. Mientras tanto, y no obstante una serie de presiones directas e indirectas, me negué a publicar una sola línea contra la oposición en el periódico que dirigía. Esta circunstancia -la prueba decisiva- tenía que ofrecérseme de la manera más inesperada. A mediados de 1928, un Congreso del Komintern había decidido organizar una campaña mundial contra el fascismo y la guerra imperialista y en defensa de la Unión Soviética. Esta campaña debía dar lugar a importantes acciones en Alemania, principalmente en Berlín, y Moscú exigía unas acciones semejantes en Francia. El principal resultado fue la intensificación de las medidas represivas por parte de los respectivos gobiernos. Los principales militantes de la dirección del Partido francés fueron detenidos, entre ellos Semard, Doriot y Thorez, en plena lucha por la jefatura, y otros se vieron obligados a ocultarse (7).

En los comienzos de 1929 fue convocado un gran Congreso antifascista en Berlín. Firmaban la convocatoria algunos prohombres del mundo literario y científico: Henri Barbusse, Romain Rolland, Máximo Gorki, Alberto Einstein, etc. Pero detrás de esta brillante cohorte. los verdaderos organizadores eran los partidos comunistas Y, sobre ellos, los especialistas de Moscú. El momento era por demás propicio: el capitalismo norteamericano conocía una de las más profundas crisis de su historia. Con sus inevitables repercusiones en Europa Y, muy particularmente, en Alemania. La propaganda comunista aprovechaba esta crisis como una justificación de sus tesis revolucionarias y antirrefonnistas, pero el que canalizaba los descontentos era el hitlerismo. Incluso la elección de Berlín para la celebración del Congreso parecía un acierto: constituía la principal fortaleza obrera del comunismo occidental, que había provocado algunas manifestaciones explosivas, y Moscú había instalado allí un auténtico estado mayor burocrático tanto para su propia acción como para las relaciones internacionales. Lo que se abría, en realidad. en Alemania era, a la vez que una doble lucha, una doble justificación: la del nazismo como natural réplica contra el comunismo y la de éste contra el nazismo. Y, en realidad, uno y otro disparaban contra la social-democracia.

No obstante las fundadas sospechas que pesaban sobre mis simpatías oposicionistas y el interés que parecía tener Moscú en no presentarse como el verdadero organizador del Congreso, se me encargó la organización y la presidencia de la delegación española. Logré la asistencia, entre otros, del profesor socialista Rodolfo Llopis y del periodista libertario Orobón Fernández, residente en Berlín mismo. Miguel de Unamuno, imposibilitado de salir de Hendaya -no tenía pasaporte, y posiblemente no le hubieran readmitido en Francia-, me mandó un largo y magnífico mensaje. Y para hacer bulto, la Federación del Sena impuso a cuatro disciplinados militantes españoles. La mayoría de los congresistas, llegados del mundo entero, eran comunistas o comunistizantes; pero había también un cierto número de socialistas y de sindicalistas de izquierda y, desde luego, no pocos escritores y artistas, profesores, abogados... Muchos habían hecho el viaje de buena fe, llevados por el deseo de oponerse a los avances del nazi-fascismo; pero otros, por la vanidad de exhibirse y por el deseo de conocer Berlín gratis. Constituían ya los batallones turísticos contra el fascismo y la guerra, movidos por un generalato oculto y que, por otra parte, mantenía excelentes relaciones con el militarismo alemán y con el fascismo italiano. Entre algunos millares de estos turistas, dispuestos a aplaudirlo todo, sólo el anarquista Orobón Fernández se atrevió a hablar sobre las persecuciones que sufrían los anarquistas, los mencheviques y los oposicionistas en la URSS. Y en vista de las reacciones hostiles, preguntó sin perder la calma:

-¿Qué me dicen ustedes de la persecución que sufre hoy el propio León Trotski?

Su voz fue cubierta por centenares de voces airadas : diríase que se trataba de un agente fascista introducido por sorpresa. Por indicación de los representantes de Moscú, que dirigían el Congreso entre bastidores, los representantes comunistas franceses me instaron a que desenmascarara públicamente al probo militante anarco-sindicalista.

-¿Por qué precisamente yo, español y antifascista como él?

-Porque eres el jefe de la delegación española y porque te lo exige la disciplina de la Internacional.

Ya se le había ordenado al presidente de turno para que, saltando el orden de los oradores, me concediera a mí la palabra en primer lugar. Fue el momento de prueba: la prueba a la vez angustiosa, resuelta, decisiva. ¿Traicionaba el mandato recibido, o me traicionaba a mí mismo? La disciplina debida a la Internacional no podía obligarme a cometer una villanía. Ya en la tribuna, en medio de un silencio general, saqué del bolsillo el bello y enérgico mensaje que me había mandado Miguel de Unamuno y, tras una breve introducción, lo leí en francés con voz firme. Abandoné seguidamente la tribuna ante algunos centenares de rostros desconcertados, pero en medio de los aplausos de otros centenares de delegados al gran exiliado de Hendaya. Cuando, en una secretaría del mismo edificio, me reprocharon vivamente mi actitud, repliqué con firme acento:

-Orobón Fernández es un honesto y digno militante de la CNT española y uno de los directivos de la Asociación Internacional de Trabajadores. Se ha expresado conforme a los dictados de su conciencia. Yo sospecho con él que esta costosa comedia tiene por fin cubrir la política represiva que aplica Stalin en la URSS.

A la mañana siguiente me convocó la comisión financiera del Congreso y, precisamente el mejor amigo que tenía en ella, redactor de L 'Humanité, y colaborador íntimo de Barbusse, me dijo :

-Tu delegación se compone de siete miembros, pero vamos a poner diecisiete. Tenemos que justificar unos miles de marcos gastados al margen del Congreso y recurrimos a ti y a otros camaradas de toda confianza. Firma el recibo.

Se trataba de un grosero cepo. Moscú gastaba sumas exorbitantes en propaganda, en manifestaciones como aquella de Berlín y en la corrupción política o de cualquier otro orden; en cambio, respecto de los militantes era de una extraordinaria severidad administrativa. Me negué en redondo. El amigo elegido para la sucia operación tenía que romper también dos años más tarde y, hasta su muerte en París, teníamos que colaborar en múltiples tareas.

Aquel viaje fue el último que hice en mi calidad de revolucionario profesional. El Congreso de Berlín, a cubierto de las personalidades más prestigiosas de aquel tiempo, y como había supuesto, perseguía una finalidad principal: encubrir, so pretexto de antifascismo y de lucha contra los peligros de guerra, la intensificación de las medidas represivas en la URSS. El taimado Stalin sabía que el movimiento obrero y democrático internacional y los intelectuales comunistizantes o simplemente liberales, hondamente preocupados por los avances del nazi-fascismo y convencidos de que era éste el principal peligro, se abstendrían de levantar la voz en contra de los excesos que meditaba. Podría consolidar así su dictadura personal en medio de un inmenso silencio e incluso de una complicidad casi general. Contaba ya, por otra parte, con la domesticidad de los partidos comunistas. Después del Congreso de Berlín pudo dar su gran golpe: la expulsión de Trotski de la Unión Soviética y su destierro a Prinkipo. En Alma-Ata, y a pesar de su aislamiento, seguía siendo el centro y el símbolo de la oposición soviética. En Prinkipo podría vigilarlo por sus agentes secretos y tenerlo al alcance de la mano. Y el día que le conviniera, lo haría asesinar fríamente.

La expulsión de Trotski me conmovió hondamente. Se acabaron las vacilaciones y los compromisos; había que definirse con claridad y decisión. Mantuve conversaciones con numerosos militantes del Partido: mostrábanse un tanto consternados, pero no parecían dispuestos a reaccionar.

-No es posible combatir a la burocracia dictatorial siendo un burócrata más -les decía-. Lucharé contra ella aun cuando me quede solo.

-Te harás expulsar de la Internacional -me dijo Gabriel Peri-. ¿Qué ganarás con ello?

-No se trata de ganar o de perder; para mí se trata, ante todo, de
de un problema de conciencia. 0, si lo prefieres, de un principio moral. ¿A dónde nos lleva la inmoralidad permanente?

Vaillant-Couturier me dijo, sinceramente apenado:

-Yo he sentido siempre grandes simpatías por Trotski. Es uno de los primeros cerebros europeos, sin duda el más brillante y audaz de la revolución rusa y de la Internacional. Estoy dispuesto a confesarte, incluso, que me ha resultado siempre más accesible que el propio Lenin. Su expulsión de la URSS equivale, sin duda alguna, a una catástrofe. Pero, ¿qué hacer? Fuera de la Internacional quedaríamos reducidos a la impotencia.

-¿Y dentro? La disciplina mecánicamente acatada conduce a la peor de las impotencias. Si no sois capaces de un gesto ahora, creo que ya no lo seréis nunca. Presiento que las cosas irán de mal en peor y que tendréis que tragaros, una tras otra, todas las píldoras amargas. ¿A dónde os llevará Stalin? Lo que importa en este drama no es la suerte personal de Trotski ; hubiera podido morirse, como Lenin, sin que ello significara el fin de la revolución. Su expulsión de la URSS es, a mi juicio, mucho más grave: con ella se inicia, sin duda, una serie de monstruosidades sin cuento. ¿No es el principio del fin de la revolución? Stalin encarna un Termidor agravado, y tú lo sabes.

-Me parece un error culpar a Stalin de todos los males. Mentiría si te dijera que me inspira una gran simpatía. Ni como intelectual ni como militante occidental puedo sentirla: me parece un tanto limitado, quizá demasiado rusificado y, seguramente, bastante brutal. Pero él no es responsable del curso de los acontecimientos. La Unión Soviética se siente, sin duda, más amenazada que nunca y, con Stalin o sin Stalin, yo seguiré en la Internacional.

Los dejé. Sabía que me separaba de ellos quizá para siempre y que acabarían considerándome un enemigo. Quiere la fatalidad que se trate mucho peor a los compañeros de la víspera que a los enemigos de siempre. Era esto cierto, particularmente, en los medios comunistas: se imponía en ellos el todo o nada dogmático y total o totalitario. Me aguardaban otras amarguras. Quise explicarme ante mis compañeros españoles, ante los grupos que tanto había contribuido a organizar y a adoctrinar. ¿No había sido durante varios años su hombre de confianza, su intérprete y su inspirador? ¿No habían formado parte de mi vida ideológica y afectiva, y yo de la suya? Mi familia superior, en suma. Pero eran militantes convencidos, mucho más habituados a obedecer disciplinadamente y a creer que a pensar ya obrar por su cuenta. Yo mismo, por la palabra y por la pluma -y con mi entusiasmo y mi dedicación-, había contribuido a imbuirles este concepto de la disciplina. Y, ahora, este concepto se volvía en contra mía. De la mayoría de ellos recibía esta respuesta:

-El Partido y la Internacional tienen razón siempre. Fuera o en contra no tiene razón nadie.

Respondía esta afirmación a un concepto absoluto de fondo religioso. Las fronteras entre la verdad y la mentira, entre la razón y la sinrazón, entre la justicia y la injusticia desaparecían ante este nuevo culto: la Revolución, el Partido, la Internacional y, a su cabeza, el Jefe sacralizado e infalible por turno. ¿Cómo había podido crearse este culto alienador, en combinación con una grosera dialéctica, en tan pocos años?

Mantenía una constante relación epistolar con Juan Andrade, uno de los principales fundadores del Partido Comunista de España y ex director de su órgano central; había seguido una evolución bastante similar a la mía y se encontraba al frente de una empresa editora en Madrid. En cuanto apareció La revolución desfigurada, de León Trotski, emprendí  su traducción al castellano. Aun a sabiendas de que esto representaba mi exclusión de la Internacional, puse empeño en que se publicara con mi nombre.

No tardó en reunirse la Comisión de Control que debía juzgarme. La presidía uno de los dos o tres supervivientes de la Commune de París: el camarada Dupont. Frisaba ya en los ochenta años y era de talla regular, sano y robusto, con una cabeza blanca y venerable que adornaba una barba abundante. Completaban la Comisión cuatro obreros salidos de la fábrica. En torno suyo empezó a moverse Marta Potosniak: sus ojos, antes rientes y maternales, me fulminaban ahora acusadores. .Basándose en el hecho de que, en mi calidad de revolucionado profesional y de director de periódicos, había manejado fondos procedentes de la Internacional, se atrevió a lanzar la acusación de que mis cuentas no estaban claras. Se atrajo esta réplica del viejo comunalista:

-Estamos juzgando un asunto político, camarada Potosniak. No trate de rebajar nuestra tarea con tales suciedades. Lo mismo para sus desplazamientos que para las publicaciones que ha dirigido, el camarada Gorkin viene manejando fondos de la Internacional desde hace varios años. ¿Ha descubierto usted de repente que hacía mal uso de esos fondos? ¿Lo ha descubierto usted ahora, que interesa desacreditarlo políticamente? En su expediente existe un documento suscrito por una comisión liquidadora. No podemos tomar en cuenta, por consiguiente, la acusación que se formula ahora.

Durante tres sesiones defendí serenamente y a fondo mis posiciones doctrinales y políticas y me levanté en contra del curso burocrático y terrorista que, bajo la dirección principalmente de Stalin, había empezado a aplicarse en la Unión Soviética Y, consecuentemente, en la propia Internacional. La mejor demostración de este curso la constituían las arbitrarias exclusiones de los oposicionistas Y, sobre todo, el inconcebible destierro de León Trotski. Si había traducido y hecho editar su ultimo libro era precisamente porque condenaba esa burocratización y, además, como un acto de protesta contra esta medida, y de solidaridad con el desterrado. ¿Podía calificárseme de trotskista por ello? El trotskismo como tal era una burda invención, lo mismo en la URSS que en la Internacional, y si un día tomaba cuerpo sería como reacción contra la dictadura que encarnaba Stalin y contra sus inevitables excesos.

Los miembros de la Comisión de Control me escuchaban atentamente y ni una sola vez me cortaron la palabra. Sólo el viejo comunalista, respetuoso e incluso paternal, me formulaba de tanto en tanto alguna pregunta. Confieso que esta actitud me impresionó vivamente. Durante la ultima sesión, el camarada Dupont me leyó las primeras conclusiones. Reconocía la Comisión los servicios que le había prestado a la causa comunista en España y, durante varios años, en Francia y en diversos países europeos. Había dado pruebas de firmeza y de consecuencia en mis convicciones y había sido víctima por todo ello de las persecuciones reaccionarias. Con voz grave y solemne, el viejo comunalista concluyó :

-De usted depende nuestra actitud, camarada Gorkin. Si se compromete a acatar la disciplina de la Internacional, podrá seguir perteneciendo a ella y se le mantendrá incluso en sus cargos; si persiste en su acción oposicionista, la Comisión se verá obligada a excluirle. ¿Quiere usted tomarse unos días de reflexión?

-No los necesito, camaradas. Mi ruptura con la Internacional es, sin duda alguna, el acto más dramático de mi vida. Le he dado mis mejores años, mis ilusiones y mi entusiasmo juveniles, quizá lo más sano y puro que puede ofrecer un hombre. He sido feliz, como creo que no volveré a serlo nunca, sacrificándome por la causa del comunismo, que he confundido con la causa de la emancipación y de la felicidad humanas. Creo sinceramente que no soy yo quien abandona esa causa, y que es la Internacional la que se desvía y se abandona dramáticamente a sí misma. Quiero seguir fiel a mi conciencia y al camino que me tracé cuando era casi un niño. Lo siento sinceramente, casi angustiosamente, pero ese camino no coincide ya con el que nos traza e impone Moscú.

Unos días más tarde aparecía en L'Humanité y en otros órganos de la Internacional- la resolución de la Comisión de Control con mi exclusión.

La trinchera de la soledad


Inmediatamente después de mi exclusión de la Internacional, me sentí solo, angustiado y en un mundo al parecer sin sentido. Diríase que me habían arrebatado la razón del vivir: presa del escepticismo y en una especie de vacío, sin fe en el hombre y convencido de que no podría creer ya nunca en nada ni en nadie. Cuando un ser humano, en sus años pasionalmente generosos -aquellos que parecen determinar toda la existencia-, se ha entregado en cuerpo y alma a una causa, y de repente descubre que esta causa no merece su dedicación y su sacrificio, se siente como desarraigado y perdido. No son éstas simples imágenes literarias: quizá sólo pueden comprenderlo de veras aquellos que han vivido una crisis semejante. Los que han sentido unos ideales tan firmes y enteros -y no me limito tan sólo a los comunistas- como los míos. Y es evidente que sin sentirlos no se arriesga todo: ciertos placeres físicos y materiales, espirituales y artísticos, el nombre legítimo, la libertad e incluso la vida.

En mi concepto, los ideales comunistas presentaban a este respecto, principalmente en los años llamados heroicos, una superioridad sobre los otros ideales. ¿Quizá porque lo exigían todo del individuo a cuenta del más glorioso de los mitos: la felicidad humana y universal? ¿Porque se presentaban como un concepto poco menos que total? Creo que en el fondo de sí, el ser humano -principalmente el joven- aspira al sacrificio por los demás, sobre todo cuando tiene conciencia de las desigualdades y las injusticias humanas y sociales. Se considera más legítimamente feliz cuando puede dar que cuando tiene que recibir, y cree realizar la plenitud de su destino cuando considera que éste se confunde con el destino humano. La superioridad de los ideales comunistas tenían, además, una sólida base de sustentación: no se trataba ya de unos ideales abstractos o simplemente doctrinales, como antes de 1917, sino de unos ideales basados en una gran revolución social, en un pueblo altamente sugestivo por su sufrida y legendaria opresión, en una bandera desplegada al viento y agitada por unos hombres ignorados ayer y que de repente -tras una espantosa carnicería y el hundimiento de todo un sistema de valores- habían irrumpido en la Historia Universal, abriendo una inmensa esperanza y conquistando el derecho a la gratitud de los pueblos. Las viejas imágenes ideales sobre la emancipación de los oprimidos cobraban valor de realidad; la utopía se convertía en ciencia, en estructura, en vida. ¿No era explicable el hundimiento moral al descubrir, detrás de todo eso, el entronizamiento de una nueva tiranía? Yo me preguntaba. una y otra vez, ante el suicidio de un Joffé y de otros muchos militantes, si mi comportamiento no hubiera sido el mismo de haber nacido y vivido en el país de la gran esperanza convertido, por la evolución del régimen triunfalista, en el país de la terrible desesperación, sin otra alternativa que ésta: someterse totalmente o desaparecer. Y encontraba la respuesta en mi propia desesperación. Fui venciendo mi profunda crisis. Rehaciéndome y reencontrándome gracias a mi carácter naturalmente optimista, a mi espíritu siempre propenso al buen humor y, sobre todo, a una obstinada fe en mí mismo que sólo circunstancialmente había podido abandonarme.


Notas

(1)  Una buena parte de los militantes de responsabilidad que rompieron con Moscú después de la guerra civil española y del pacto Moscú-Berlín, tenían que decirme: “Sabíamos que decías la verdad y que tenías razón contra nosotros. Te condenamos en nombre de la disciplina y creyendo que, a pesar de todo, había que seguir defendiendo a la Rusia soviética ya la Internacional”. ¿Quizá me dirían hoy lo mismo los Garaudy y los Tillón? Me lo han dicho asimismo, entre otros, tres de los principales jefes comunistas españoles: el ex ministro Jesús Hernández, el organizador del Quinto Regimiento, Castro Delgado, y El Campesino, cuyos valiosos testimonios me confiaron los dos primeros para su edición y cuya transcripción del tercero, editado en una docena de idiomas, asumí personalmente.

(2)  Referencia al ambicioso e inquieto Albert Treint, el famoso “capitán Treint”, depurado con Suzanne Girault después de haber sido uno de los introductores de la bolchevización en Francia. Tenía que acabar oscuramente en una sección del Partido Socialista.

(3)  En su polémica con Lenin en 1904, después de la escisión entre mencheviques y bolcheviques, y unos meses antes de su asesinato en su folleto La revolución rusa, Rosa Luxemburgo había sido la primera en presentir estos peligros. Y lo había presentido el propio Trotski, al referirse al “egocentralismo” de Lenin, lo que no tenía que impedirle más tarde ser más leninista que el propio Lenin. No conocía entonces su libro El bolchevismo mundial, pero el que más claro vio todo esto fue, sin duda, Julio Martov.

(4)  André Ferrat, valioso militante que represent6 al Partido francés en Moscú, refiere que, en el curso de la última conversaci6n que tuvo con Maurice Thorez, éste le hizo la siguiente pregunta: “Si rompes con el Partido, ¿de qué vas a vivir?”. Patrón del aparato francés, nombrado y mantenido por el aparato soviético, no podía concebir que un militante pudiera vivir, en el sentido más prosaico de la palabra, al margen de la burocracia.

(5)  El director oculto y efectivo de esta Escuela era el alemán Kurela, hombre de confianza de Moscú y asiduo colaborador de las publicaciones teóricas del Komintern. Los alumnos, cuidadosamente seleccionados por los comités del Partido, de la Juventud y de la  CGTU, eran generalmente jóvenes -entre los veinte y los treinta años- y, tras una superselección respecto de sus capacidades, su comportamiento y su especialización, eran mandados a las diversas escuelas de la URSS. Estaban llamados a constituir los cuadros superiores. Un ejemplo característico tenía que ser Waldeck Rochet, el sucesor de Maurice Thorez: tras pasar por la Escuela de Bobigny, tenía que ser enviado durante tres años a la Escuela Leninista de Moscú. Bobigny, enclavado en el famoso “Cinturón Rojo” de París,  tenía que proliferar abundantemente con el tiempo: según una estadística responsable, entre 1965-1966 funcionaron 1.923 escuelas elementales con 16.097 alumnos, 311 escuelas federales con 3.480 alumnos, y 34 escuelas centrales –o superiores-con 1.286 alumnos.De estos últimos, 162 pertenecían al sexo femenino, y los otros al masculino, todos con menos de 30 años de edad.

(6) Dos ex militantes que me merecen confianza, y que residían en Vichy, me han asegurado que Marion hizo gestiones para salvar a Peri. Pero, contrariamente a Cachin, Peri se negó a firmar un llamamiento condenando los actos terroristas contra los ocupantes. exigido por la Gestapo, y fue ejecutado por ésta. Peri -lo mismo que Semard- tenía entereza y carácter.

(7)  Los historiadores del comunismo francés se han entregado a toda suerte de disquisiciones sobre la rivalidad entre Doriot y Thorez, y sobre la elección final del último para la jefatura. Las cosas, vistas desde el interior y conociendo por propia experiencia los métodos impuestos por Moscú, se simplifican notablemente. Calculadamente audaz e incluso demagogo, quizá porque era un escéptico en el fondo, muy popular entre los jóvenes y protegido por Zinoviev, Doriot parecía llamado a ser el verdadero jefe comunista en Francia. Sin embargo, Moscú siguiendo su táctica consistente en provocar la emulación y la rivalidad entre los militantes de dirección -y entre los eventuales equipos de recambio- necesitaba oponerle otro valor joven mientras se decidía la propia jefatura en la URSS. Fue Maurice Thorez. Había demostrado su capacidad de organizador en el Norte y podía equipararse en lo físico -e incluso en la ambición del proletario advenedizo- con Doriot. Entre septiembre de 1924 y mayo de 1925 constituyó una revelación en la campaña contra la guerra de Marruecos-. (Con los dos y con otros muchos militantes me tocó participar activamente en esta campaña). Era capaz de repetir de memoria páginas enteras de Lenin y empleaba en la tribuna un lenguaje rebuscadamente popular e incluso populachero. Presentaba otra particularidad: era un organizador frío y tenaz y, contrariamente a Doriot, al que le gustaba la buena vida, resultaba sobrio y de una dedicación total al Partido. (Su primera esposa,  una auténtica belleza norteña, se quejaba entre los amigos del completo descuido marital en que la tenía. Tras algunas pasajeras aventuras, se hizo la amante y la compañera del agente número 1 de Moscú, Eugenio Fried -Clément-, auténtico inspirador político de Thorez). Poseía, por otra parte, una extraordinaria habilidad para captar a tiempo los cambios que se operaban en Moscú y para adaptarse a ellos con una desconcertante flexibilidad. Por Alberto Wassart, que representó al Partido francés en Moscú, conozco los detalles sobre la elección definitiva entre los dos rivales. Por encargo de Manuilski, Wassart hizo el viaje de Moscú a París para invitar a Doriot y a Thorez a presentarse ante el Ejecutivo de la Internacional. Recibió una respuesta brutal de Doriot: “yo he perdido la confianza en los rusos y me niego a ir a Moscú”. “Tú verás lo que haces -le replicó Wassart-. Yo he cumplido trayéndote la invitación oficial”. Thorez hizo solo el viaje, permaneció durante quince días en el Hotel Lux sin ver a Manuilski y regreso a París desconcertado. Grande fue su sorpresa al saber que se le confiaba la jefatura del Partido. Como jefe único, y poco menos que sacralizado, si bien sometido sin falla al jefe  único, indiscutible e indiscutido del Kremlin, tenía que ser el forjador del partido más estalinista del mundo occidental. Hasta su muerte en 1964 en la propia URSS.


  Edición digital de la Fundación Andreu Nin, 2008

 
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