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FUNDACIÓNANDREU NIN |
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Este texto reproduce el último capítulo
del libro de Gorkin Europa ante el socialismo o ante la muerte,
publicado en 1946 por Ediciones Mundo (México, D.F.)
No podemos tener la pretensión de trazar, en el último capítulo de estas reflexiones, ni tan solo el esbozo de un programa socialista de orden general. El programa que corresponde al actual período histórico y de cara al futuro de la Humanidad, debe trazarlo, de extraerlo de sus entrañas, de crearlo -pues obra de creación es- el propio movimiento obrero y socialista internacional; la adaptación de ese programa general a los problemas, las necesidades y las características de cada pueblo o país, corresponde hacerla a los propios partidos socialistas unidos. Dispone para ello el movimiento obrero y socialista de un riquísimo arsenal histórico, compuesto por los trabajos de sus teóricos y sus militantes y por grandes y variadas experiencias universales. Lo primero que debe hacer, y ello sin prejuicios ni apriorismos doctrinarios, de escuela y de organización, es establecer una tajante línea divisoria entre todo lo que ha fracasado, lo que ha quedado superado, lo que ya no sirve y lo que se ha salvado de los viejos postulados y programas y puede servir de materiales básicos para empezar la nueva edificación.
El marxismo es todo lo contrario de una doctrina revelada. Marx y Engels -y todos los que después de ellos se han reclamado del marxismo- no pretendieron trazamos un programa de valor permanente, una doctrina más o menos perenne. El marxismo es, por el contrario, un instrumento dialéctico vivo, un método científico de investigación, un sistema metodológico susceptible de hacemos comprender todo lo que ha existido, todo lo que existe, todo lo que puede existir. Gracias a ese instrumento, a ese método, a ese sistema, podemos arrancar de la Historia todas sus enseñanzas, de la realidad actual del mundo su esencia, de las perspectivas toda una línea directriz. Lo único que nos exige el marxismo es una fidelidad absoluta a los principios y a los fines del socialismo. Una inflexibilidad absoluta en los principios y en los fines que se persiguen; una gran flexibilidad en los medios tácticos para llegar a esos fines, siempre que los unos y los otros sean dignos y respondan a la ética socialista y humana más estricta. En todo lo demás, la dialéctica marxista no admite limitaciones y puede incluso corregirse permanente a sí misma, enriquecerse todos los días con nuevas experiencias, valorizar justamente los nuevos hechos político-sociales, asimilarse las nuevas conquistas psicológicas y científicas. Marx y Engels no tuvieron ocasión de conocer la era de los grandes imperialismos económicos y financieros, de los totalitarismos políticos, de las guerras mundiales, de los descubrimientos atómicos llamados a revolucionar la concepción del mundo. No pudieron asistir tampoco a la experiencia de la socialdemocracia en el poder en los cuadros del régimen capitalista ni a la gran experiencia de una revolución “socialista” -la primera de la Historia- avocando en un monstruoso totalitarismo con proyecciones imperialistas internacionales. Nosotros hemos conocido -en ella estamos- esa era y hemos asistido y asistimos a esas experiencias. Con la dialéctica marxista en la mano, tenemos la obligación de enriquecer, gracias a todos esos aportes, la propia dialéctica marxista. El conjunto del movimiento obrero y socialista debe hacer lo que Marx y Engels harían si tuviéramos la suerte de que vivieran entre nosotros. El cerebro universal de las clases trabajadoras debe proseguir, en suma, la obra iniciada por los dos grandes cerebros socialistas y por sus dignos continuadores. La actualización de esta obra es trascendental y urgente, pues, como afirmaba Lenin -una de sus grandes verdades en medio de sus errores-, sin teoría revolucionaria no hay acción revolucionaria. Es decir, sin una clara, justa y sólida teoría socialista -la que corresponde al período histórico que estamos viviendo-;- la acción socialista nos conducirá a nuevas y quizá mortales derrotas.
No podemos tener la pretensión de trazar un programa, pero sí que podemos esbozar algunos de sus enunciados de orden general, aun cuando nada más sea a guisa de conclusiones de este trabajo y aun a riesgo de repetirnos en algunos puntos. Responden dichos enunciados a una experiencia a .la vez individual y colectiva. Los enumeraré para mayor claridad y mayor concreción:
1-Las clases trabajadoras deben proclamar muy alta y firmemente, a través de sus partidos políticos y de sus organizaciones sindicales, su absoluta independencia respecto de las clases fundamentalmente antagónicas de la sociedad. Se entiende por tales aquellas cuyos intereses económicos les son opuestos y cuyos fines sociales son contrarios a los suyos. La lucha de clases es una realidad a través de la Historia y de las condiciones económicas, políticas y culturales de los regímenes de propiedad privada, cualesquiera que sea su forma. y es por lo tanto y en grado sumo una realidad de los regímenes: capitalistas e imperialistas. En ningún otro la lucha de clases podía adquirir un carácter tan agudo y tan universal: porque el imperialismo constituye la etapa final del capitalismo -sean cuales fueren la duración y las alternativas de esta etapa- y porque los problemas y las contradicciones que plantea son de orden auténticamente universal. De aquí la necesidad de acabar con toda confusión y toda colaboración de clases y de restablecer la más absoluta independencia de pensamiento y de acción de las clases trabajadoras, clases progresivas y revolucionarias de la sociedad, llamadas no solo a suceder a las actuales clases dominantes, sino a suprimir las clases y, por ende,sus luchas históricas en nombre del Socialismo y de la Humanidad.
2-La lucha de clases es una realidad asimismo en los eventuales regímenes de economía mixta: de propiedad privada alternando con el llamado capitalismo de Estado, mediante la organización y la planificación de una parte de la economía. El hecho de dicha organización y planificación parcial de la economía y de las nacionalizaciones o las socializaciones de algunas fuentes de riquezas, de algunas minas, de algunas industrias claves, de algunas empresas financieras o de seguros, de algunos transportes, de una parte del comercio, etc. no suprime la lucha de clases, puesto que las clases antagónicas siguen existiendo. Esta lucha es asimismo una realidad en los regímenes de transición, ya que ésta no es obra de un día, adquiere diversas formas y pasa por diferentes alternativas. Asimismo es una ! realidad en un régimen en que, habiendo triunfado la revolución pero sin ser seguida por la realización del socialismo, aun sin haberse restablecido las antiguas formas de propiedad privada y de explotación capitalista, una minoría de la población, mediante el monopolio efectivo del poder y la planificación y la administración de la economía, usufructúa con privilegio la plusvalía, disfruta especialmente de los lujos y las comodidades y establece diversas categorías en las remuneraciones y en las condiciones reales de existencia. Esta minoría privilegiada constituye una casta especial, una clase explotadora y opresora bajo nuevas formas y de manera que sus intereses no pueden confundirse ya con los de las grandes masas populares, aun cuando pretendan servirlos. Claro está que la lucha de clases reviste aquí formas diferentes a las clásicas de los países de propiedad privada y capitalista. Se trata, en efecto, de una lucha especial, original: contra los privilegios de casta burocrática, contra el usufructo de las riquezas sedicentemente comunes, contra el monopolio totalitario del poder y en favor de los intereses generales del pueblo, del usufructo colectivo e igualitario de las riquezas, de la democratización cada vez mayor del régimen y de la libertad de todos los ciudadanos. La tentativa de suprimir la expresión de la lucha de clases por medio de sanciones económicas de diversas especies, del terrorismo policiaco y político, de la estrechez cada vez más brutal de la dictadura totalitaria, no hace, en realidad, más que agravarla. Tal es el caso de la URSS, cuyo código amenaza hoy con la pena capital a todo el pueblo y a cada uno de sus ciudadanos por la simple reclamación del más elemental de sus derechos democráticos. En caso general, mientras las clases. sociales no hayan desaparecido mediante la socialización de todos los medios de producción y de cambio, el establecimiento de la igualdad económica y social y la libertad de los individuos dentro de una auténtica democracia socialista, la lucha de clases será una realidad según las condiciones y las formas de los regímenes.
3-La concentración progresiva de las economías, el dominio cada vez mayor de éstas por los grandes monopolios y por el capital financiero, la marcha hacia los llamados capitalismos de Estado, la ruina casi general provocada por la guerra en los países de Europa y en una gran parte de los de Asia, y, en fin, la reorganización económica bajo le ley de las nuevas necesidades, tienen como consecuencia la proletarización casi total de las clases tradicionalmente intermedias de la sociedad: los pequeños industriales, los pequeños comerciantes, los pequeños rentistas... Estas clases parecen llamadas a ser, de todas, las más inseguras, las más infortunadas y sufridas. Su desplazamiento económico provoca un desplazamiento político paralelo: se sienten condenadas a desaparecer o poco menos entre los partidos obreros revolucionarios y los partidos conservadores y reaccionarios. Las fuerzas tradicionales de la pequeña burguesía son incapaces de constituir en nuestro tiempo una cierta garantía de estabilidad política y sus restos se ven obligados a ir a remolque de las clases fundamentales de la sociedad. En el período comprendido entre las dos guerras mundiales, la demagogia fascista logró ganar a su causa a una buena parte de esas clases en plena crisis. Hoy aparecen en las nuevas economías otras clases o subclases intermedias, que vienen a sustituir a las tradicionales: son los elementos que componen los cuadros de la producción, de la administración, de la enseñanza, de las nacionalizaciones y las socializaciones parciales, de la planificación económica (técnicos, organizadores, obreras especializados, intelectuales, empleados medios y superiores). En gran parte, en la Alemania nazi y en la Italia fascista- sobre todo en la primera, por su enorme desarrollo técnico-industrial- constituyeron el armazón de las burocracias totalitarias. La constituyen asimismo en la URSS burocratizada y totalitaria. En nuestra era de las planificaciones y de la energía atómica, esas clases están llamadas a desarrollarse extraordinariamente y a jugar un papel cada vez más importante y, por momentos, quizá decisivo. Quiere ello decir que la irrupción y la importancia creciente de esos elementos en la sociedad moderna amplía y modifica notablemente el concepto de las clases sociales en presencia. Los partidos socialistas y las organizaciones sindícales no pueden limitarse a ser hoy los intérpretes de las masas obreras y de sus aliadas naturales las masas campesinas pobres. Deben ser asimismo los intérpretes de las clases técnico-intelectuales, cuyos intereses y cuya suerte se confunden -o se desarrollan paralelamente- con los intereses y con la suerte de las clases trabajadoras, progresivas y revolucionarias en general. No se trata tan solo de atraerse a una parte de esas clases o, en su defecto, de neutralizarlas, como se intentaba hacer en el pasado con las clases pequeño-burguesas y las clases medias tradicionales, sino de confundirse con ellas, de integrarlas al mundo del trabajo, de ganarlas a la causa de la transformación, la dignificación y la liberación de la sociedad humana. Más que los aliados inmediatos y naturales de las clases trabajadoras constituyen esos elementos una parte integrante de las propias clases trabajadoras, ya que, aun siendo sus condiciones de trabajo y de existencia superiores a las de los simples obreros, se ven unidos a éstos por la ley del salario -pues asalariados son también- y por la mecánica de la producción y de la distribución. En realidad, el desarrollo de los técnicos, los administradores, los planificadores y los intelectuales en general guarda una relación directa con el desarrollo y la concentración de las masas obreras, como el desarrollo de los unos y de las otras guarda una relación directa con el desarrollo, la concentración y la transformación de las economías modernas. La esclavización y la opresión de las clases trabajadoras, en un, régimen de tiranía capitalista, imperialista y nazifacista supone la esclavización y la opresión, en mayor o menor grado, de las clases técnico-intelectuales, mientras que la emancipación económica y social y la libertad ciudadana de las primeras supone la emancipación y la libertad de las segundas. El capitalismo tiene interés en levantar barreras entre los asalariados de primera, de segunda y de tercera categorías; los asalariados en general, a cualquier categoría: que pertenezcan, no tienen ningún interés en que dichas barreras se levanten entre ellos. Las clases obreras, las clases técnico-intelectuales y las clases campesinas pobres constituyen, en contra de las clases dominantes y explotadoras de hoy, las columnas del mundo socialista y libre del mañana.
4-La independencia política y orgánica de las clases trabajadoras y progresivas en general, a través de sus partidos políticos y de sus organizaciones sindicales, no se opone a los compromisos circunstanciales -la unidad de acción y los frentes únicos- con otras fuerzas no directamente trabajadoras y socialistas, con fines inmediatos, limitados y concretos, como son la defensa de las libertades democráticas en peligro, la lucha contra la reacción y el nazi-fascismo, la oposición a la guerra interimperialista, la liquidación de los trusts, los monopolios y las dictaduras financieras en general, las nacionalizaciones y las- socializaciones parciales y progresivas, los seguros sociales, el abaratamiento del costo de la vida, etc. Estos compromisos, las fuerzas revolucionarias deben provocarlos o aceptarlos siempre que sea menester, pero sin que lleguen a constituir una línea política permanente, sin que afecten a su independencia de clase, a su unidad orgánica y a sus fines propios, que son los de la conquista del poder para la transformación popular, democrática y revolucionaria de la sociedad. Las clases trabajadoras no deben renunciar jamás a las conquistas parciales, de cualquier orden progresivo que éstas sean, ni a su defensa permanente y por todos los medios a su alcance, pero sin perder por ello de vista un solo momento sus fines revolucionarios y poniendo siempre los objetivos parciales al servicio del objetivo general. Incluso a través de sus compromisos circunstanciales, el movimiento obrero y socialista debe salvaguardar su organización, su línea política y sus postulados programáticos independientes. Ello no le impide, sino todo lo contrario, el cumplimiento leal y honrado de dichos compromisos, que deben ser establecidos siempre sobre una base absolutamente clara y concreta.
5-Una auténtica democracia socialista, viva e independiente, no puede tolerar en su seno, bajo ningún pretexto, a los elementos comunistas tales como son en la actualidad. Sus métodos habituales -la división, la corrupción, la deslealtad, la mentira, la calumnia, el terrorismo político, el pensamiento dirigido, la dictadura del aparato burocrático, el jesuítico principio de que el fin justifica los medios- son absolutamente incompatibles con los métodos democráticos y libertarios del socialismo. La diferencia entre unos y otros debe ser tajante, absoluta. Por esos métodos y por sus fines, exclusivamente al servicio de la potencia nacionalista, imperialista y totalitaria rusa, constituyen un cuerpo extraño en el movimiento obrero internacional. No tiene ya nada que ver con el democrático principio del derecho de los pueblos a disponer de sí mismos, que proclamara y aplicara un día Lenin, puesto que la URSS actual oprime despóticamente a todos los pueblos débiles que puede. Les es extraño el principio libremente federativo de los pueblos, al que tiende el socialismo, ya que sirven una política brutalmente absorcionista, de anexión e imposición por la fuerza. Han perdido todo derecho a reclamarse del internacionalismo socialista, puesto que su internacionalismo no es otra cosa que una simple y ciega prolongación quintacolumnista del monstruoso nacionalismo ruso. Doctrinal y políticamente han renunciando a todo principio de libertad, inherente al socialismo, pues los individuos no gozan de la menor libertad en la URSS -la llamada patria del proletariado- ni en los países conquistados y oprimidos por ella, ni tampoco los propios militantes comunistas, dentro y fuera de Rusia, pueden expresar libremente sus sentimientos ni determinar su línea política, sometida burocráticamente a las decisiones de Moscú. Por todas estas razones y todos estos hechos, que nadie en verdad puede desmentir hoy, la democracia socialista debe desterrar al comunismo estalinista de su seno. La menor confusión con él le sería fatal y la conduciría al suicidio. En aquellos países en que los socialistas consienten en colaborar con los comunistas y se hacen cómplices de sus métodos y de sus fines, acaban cosechando el desafecto de las masas trabajadoras, de la parte más sana de los pueblos. La reacción explota hábilmente el espantajo del comunismo estalinista -no tanto porque ve en él un auténtico peligro revolucionario como por su carácter quinta columnista al servicio del brutal imperialismo ruso- para ir ganando posiciones en los diferentes países, rehacer su más que comprometida situación y preparar la reconquista del poder y el restablecimiento de un orden dictatorial y totalitario en Europa y en el Mundo. Hoy más aún que en los años anteriores a la segunda guerra mundial, el estalinismo sirve, unas veces indirecta y otras directamente, los objetivos de las clases y castas reaccionarias. La democracia socialista no debe dejarse comprometer ni debilitar por el estalinismo. Ni debe dejarse desviar por él de sus objetivos fundamentales. Debe denunciar al mismo tiempo a la reacción mundial, que se sirve del espantajo comunista para realizar sus nefandos propósitos, y al estalinismo, que trata de envolver al movimiento obrero en sus redes y arrastrarlo en sus maquinaciones y sus aventuras so pretexto de combatir a la reacción, sin inconveniente de pactar con ella cuando interesa a la política exterior rusa. No hay que olvidar que, hoy lo mismo que ayer -hoy más aun que ayer-, el estalinismo ve en el socialismo democrático y libertario a su peor enemigo, al que nuevamente tratará de destruir por todos los medios a su alcance.
6-La democracia socialista denuncia el régimen de la llamada democracia política, propio del período triunfante y de desarrollo normal de la sociedad burguesa, superado hoy ya e impropio de una Europa y un Mundo en marcha hacia el socialismo. Los socialistas no podemos olvidar que la democracia burguesa ha llenado todo un período progresivo de la Historia humana y que en su seno han podido las masas populares realizar importantes conquistas, han podido ir adquiriendo una conciencia de su destino y construyendo sus organizaciones independientes. Y un régimen de democracia burguesa es superior siempre a cualquier totalitarismo, sea el que fuere. Tenemos que proclamar, sin embargo, que la democracia burguesa no ha sido jamás una auténtica democracia social, ya que ha mantenido forzosamente divorciados los conceptos de libertad y de igualdad. Teóricamente ha mantenido el derecho a la libertad individual, pero la desigualdad económica y social ha convertido realmente a la primera en una farsa. La libertad burguesa, basada en la economía y en la filosofía individualistas significa, para los poderosos, la libertad de producir, de crear nuevas empresas, de comprar y vender, de competir, de garantizar su propiedad, de explotar a los trabajadores ya los pueblos coloniales. Para las masas populares esta libertad se reduce, en lo económico, a la libertad de vender a unos o a otros SU fuerza de trabajo y su propia existencia. y en lo político se reduce al derecho condicional de crítica y, de una manera cada vez más restringida, de protesta, de coalición y de organización. El movimiento obrero y socialista debe defender decididamente, sin embargo, todas las conquistas democráticas realizadas a través de sus largas luchas cada vez que dichas conquistas se vean amenazadas. Debe considerarlas como su propio patrimonio, como un legado de sus mayores y una imposición del progreso social y humano y no como una concesión de la burguesía. Pero no debe dormirse jamás sobre esas conquistas.. No debe limitarse a su defensa, pues como ha demostrado una trágica experiencia la democracia en régimen capitalista sólo puede conducir en nuestro tiempo a nuevas formas totalitarias y a la preparación y el estallido de nuevas guerras interimperialistas. La auténtica democracia sólo puede ser hoy la democracia socialista. A ella aspiran cada día más los hombres y los pueblos, pues sólo ella es capaz de fundir en uno solo los conceptos de libertad y de igualdad, realizando por ende la verdadera y única fraternidad humana posible. Su base fundamental la constituirá la propiedad colectiva de los medios de producción y de cambio y de las riquezas naturales en general. La libertad dejará de ser el simple reconocimiento de un derecho político para convertirse en la posesi6n real y colectiva de los medios económicos y sociales que garanticen el pleno desarrollo del individuo en todos los órdenes y el pleno disfrute del bienestar económico, de la determinación política y de las manifestaciones culturales y artísticas.
7-La democracia socialista sólo puede mantenerse viva e independiente, sin exponerse al anquilosamiento, a la burocratización ya la muerte, a condición de dar libre cauce en su seno a la iniciativa individual, de recoger constantemente las inquietudes renovadoras, de hacer suyos los nuevos aportes sociales y humanos, y, en fin, de respetar sin trabas la libertad de tendencia y el confrontamiento permanente de todas ellas. Sólo un pensamiento libre y vivo puede mantener viva la acción. Todo eso se opone al pensamiento dirigido, a la política impuesta por arriba, a la concepción burocrática del "jefe" y a su "divinización", a la infalibilidad de los Comités fijos e inamovibles, a la cristalización y al reconocimiento de las categorías... En sentido general, la democracia socialista se declara incompatible con el profesionalismo político y con la burocratización. Ella significa, por el contrario, la intervención permanente y directa de las masas en la producción, la distribución y la vida política y social. Tiene por base el derecho para todos a la formación científica, técnica y moral. Implica la desaparición del Estado como fuerza dominadora y represiva de una minoría sobre el conjunto de la sociedad. Supone la elaboración y la discusión colectiva de los planes económicos, educativos, sociales, así como el control, asimismo colectivo, de la realización de estos planes, establecidos de acuerdo con el interés general. Comprende la designación democrática y la revocabilidad de todos los cargos representativos y de dirección, el derecho de crítica y de representación proporcional para las minorías, así como el derecho para todos los pueblos y todos los grupos nacionales a la autodeterminación, derecho que no puede quedar reducido al reconocimiento de un principio teórico, sino a la posesión de los medios necesarios para el desarrollo de las lenguas, las culturas, las costumbres, las particularidades y las características, en un ambiente de respeto y de estímulo para todas estas manifestaciones de la cultura y el progreso.
8-La democracia socialista denuncia a las clases burguesas, capitalistas e imperialistas, por el uso arbitrario que hacen de los conceptos de libertad, de derecho, de verdad, de justicia y de moral para encubrir sus demasías de poder, sus guerras de intereses, sus mentiras, sus injusticias, sus inmoralidades, sus expoliaciones y sus rapiñas respecto de las clases trabajadoras de sus propios países y de los pueblos coloniales. No puede contentarse con proclamar, sin embargo, que esos conceptos son simples "prejuicios burgueses", como parece querer afirmar la escuela bolchevique. La negación pura y simple de esos valores como tales "prejuicios", por parte del movimiento obrero y socialista, equivaldría a proclamar que para-él todo está permitido. El socialismo proclama, por el contrario, que es profundamente humanista, no sólo porque defiende en todo momento los derechos del hombre -antes, durante y después de la revolución-, sino porque sólo él puede realizar la humanidad sin clases y sin antagonismos de clases y como un todo armónico y social. Sirve a la libertad, que es imposible realmente sin el socialismo, como el socialismo es asimismo imposible si no tiene por fin primordial la libertad humana. Aspira a fundamentar un nuevo derecho, el auténtico derecho de todos y de cada uno, para la colectividad humana lo mismo que para cada individuo, en oposición al derecho de unos cuantos en contra de la colectividad. Reivindica la verdad en todos los órdenes, sin trabas ni convencionalismos, como expresión de su lucha y de su razón y como finalidad. Afirma que la justicia formal es una farsa sangrienta, la codificación real de la injusticia, y que aspira a la verdadera justicia efectiva, social y humana. Se levanta, en fin, contra una moral convencional y arbitraria, que equivale a inmoralidad, en nombre de una moral superior, basada en la naturaleza, en los dictados de la conciencia, en la ética colectiva, en la libertad, la verdad y la justicia humanas. Para que todos esos valores puedan serlo verdadera e íntegramente, la democracia socialista debe arrebatárselos a las clases burguesas, que los utilizan como los bandidos utilizan los antifaces, y hacerlos suyos con todo su contenido.
9-La democracia socialista aspira a convertirse, de una organización de fuerzas políticas y sindicales populares, democráticas y revolucionarias, en el régimen social de mañana. Es la democracia socialista en los medios y en los fines. Como tal, puede renunciar a la dictadura del proletariado. En primer lugar, porque no es el proletariado la única clase revolucionaria ni la única que podrá asumir, después del triunfo revolucionario, la tarea de organizar la nueva sociedad. A su lado estarán, además de las masas de campesinos pobres, los técnicos, los administradores, los planificadores, los intelectuales, que no pertenecen propiamente al proletariado, pero cuyo papel será fundamental en la obra de transformación revolucionaria. La fórmula "dictadura del proletariado" resulta demasiado estrecha, demasiado estricta, demasiado sectaria y no responde a la nueva realidad de las fuerzas revolucionarias en presencia. La renuncia a la dictadura del proletariado no significa, sin embargo, la renuncia a la destrucción revolucionaria del poder económico y político de las clases burguesas y a las medidas y los medios de defensa del nuevo régimen social. Esas medidas y esos medios serán determinados por las condiciones concretas de cada país o cada continente, por la relación de fuerzas en presencia, por el mayor o menor grado de oposición de las clases y fuerzas llamadas a desaparecer. Por otra parte, la dictadura del proletariado las masas trabajadoras y progresivas la asocian a la experiencia rusa, que no f' ha sido nunca una auténtica dictadura del proletariado, sino la dictadura de un partido minoritario sobre el proletariado y sobre el pueblo en general, aun cuando interpretara la voluntad mayoritaria de éste, sobre todo durante los primeros años de la revolución. Esa experiencia ha sido y es demasiado dramática para que pueda sugestionar a los pueblos. De lo que se trata es de organizar una auténtica democracia socialista, sobre bases universales o tendientes a la universalidad, abarcando a todas las clases progresivas y revolucionarias de la sociedad. No de oprimir a una clase por otra, mediante la maquinaria del Estado, sino de revolucionar y transformar la sociedad entera, mediante la desaparición de las clases, y por ende, del propio Estado. La democracia socialista no lo será de veras, efectivamente, hasta haber destruido, económica, política y socialmente, a las clases enemigas. En su organización, en su defensa, en su desarrollo progresivo y en su perfeccionamiento continuo intervendrán todas las fuerzas sociales progresivas y revolucionarias, todos los partidos, todas las organizaciones, todas las tendencias y todos los individuos democráticos y libertarios. La democracia socialista no negará la libertad de pensamiento, de prensa, de coalición y de organización a nadie, con tal de que no atente y ponga en peligro a la propia democracia socialista. Esta será universal. Quiere ello decir que, triunfante en un país e incluso en un continente, tendrán que ayudar a su triunfo, por todos los medios a su alcance, en otros países y otros continentes.
10- La democracia socialista así concebida, plantea a seguida el problema de sus órganos básicos o de poder. El nombre de éstos importa poco. ¿Consejos, Comités, Municipios, Comunas, Juntas? Es posible que en cada país adopten una apelación distinta. En la URSS fueron los Soviets. Estos, surgidos del seno de las masas populares, por encima de los partidos -comprendiéndolos a todos-, hubieran podido ser los órganos de la democracia socialista de no haber quedado sometidos, casi automáticamente, a la dictadura exclusiva del partido bolchevique. Lo que importa fundamentalmente es la forma de elección de esos órganos básicos de la democracia socialista y las garantías efectivas que tengan en su función. Su forma de elección democrática no puede ser otra que la del sufragio libre, directo y secreto por los individuos que integran la masa del pueblo productor, comprendiendo en éste a todos los que llenan una función social útil. Todos los individuos tendrán los mismos derechos a elegir ya ser elegidos. Todas las fuerzas organizadas, integrantes de la democracia socialista, tendrán derecho a presentar sus candidatos y a defender libremente sus programas. El cuerpo electoral en su conjunto tendrá el derecho de control sobre los órganos y sobre los individuos. Este sistema puede aplicarse, de abajo arriba, para la elección y el control de los órganos locales, los comarcales o provinciales y los generales. Ninguna función de interés público, sea ésta la que fuere, podrá escapar al control democrático del pueblo. Sólo así será posible salvaguardar la democracia socialista y evitar los peligros de burocratización del nuevo régimen.
11-La democracia socialista se pronuncia abiertamente contra toda concepción del partido único o de la organización única, aun cuando sean o aspiren a ser los mejores y los más numerosos. Nuestra tendencia a la unificación de todas las fuerzas democráticas, revolucionarias y libertarias del socialismo no presupone la pretensión de constituir un partido único y de cerrar el camino a la libre organización de otros partidos. La simple pretensión de crear una fuerza única y de imponerla como tal al conjunto del pueblo, determinaría y justificaría la creación de otras fuerzas opuestas a ella. Una fuerza única, la mejor de todas, encierra en sí los gérmenes y los peligros del totalitarismo, incompatibles con una verdadera democracia socialista. Semejante organización puede degenerar y burocratizarse si no encuentra los naturales contrapesos dentro de la mecánica democrática. Sea cual fuere el núcleo rector de la democracia socialista, desde el momento que se pretende único, puede caer fatalmente en el ejercicio de la dictadura.. Y hay que evitar eso como la peste. La democracia socialista proclama la más absoluta libertad de tendencias, de formaciones políticas o de cualquier otra especie, con la consiguiente libertad de opini6n y de expresión dentro de los límites impuestos por la propia democracia socialista. Esos límites han sido repetidos múltiples veces: para los enemigos y los destructores de la libertad, no hay libertad. Para todos los demás la libertad es ilimitada, estén o no de acuerdo con la mayoría.
12-Cuando nos referimos al movimiento obrero internacional, comprendemos en él indistintamente a las organizaciones políticas y a las organizaciones sindicales. En el período comprendido entre las dos guerras mundiales y en la casi totalidad de los países, estas últimas siguieron el mismo proceso degenerativo de la socialdemocracia y del estalinismo. En lugar de organizaciones vivas y de acción directa de clase, se fueron convirtiendo en organizaciones burocratizadas, legalistas y casi domésticas. En Alemania fueron incapaces de hacer un solo gesto contra el desarrollo y el advenimiento del nazismo. Y en Francia, la CGT unida y grandemente influenciada ya por los comunistas no fue capaz de dirigir virilmente la acción de las masas contra las provocaciones reaccionario-fascistas, ni durante la ocupación de las fábricas ni con motivo de la guerra civil española. Los líderes cegetistas compartieron, con los socialistas y los estalinistas, las responsabilidades por las derrotas obreras durante ese período, el único favorable antes de la guerra número dos. Las Trade-Unions inglesas, lo mismo que la AFOL y el CIO de los Estados Unidos, constituyen potentes organizaciones, pero enteramente burocratizadas. Los sindicatos rusos, a su vez, han permanecido domesticados desde el primer momento al partido bolchevique. Numéricamente muy fuertes, debido a la sindicación obligatoria, no han gozado jamás de ninguna independencia real ni han podido hacer la menor oposición al aparato oficial en defensa de los intereses obreros. Las organizaciones sindicales están llamadas a llenar un papel de primerisimo orden en las luchas emancipadoras del porvenir. Tienen que llenar la misión fundamental siguiente: 1) la organización máxima de los trabajadores manuales e intelectuales, así como de los campesinos pobres; 2) la defensa permanente de sus reivindicaciones y de sus intereses; 3) la salvaguardia de la independencia de clase de todos los productores y su fundamental contribución a la conquista y el ejercicio del poder democrático y revolucionario; 4) la transformación de la economía y su máxima contribución a la planificación de la economía socialista. Para tal fin, tendrán que integrar el aparato administrativo del nuevo régimen social. Pero, al mismo tiempo, deberán mantener su independencia en la defensa permanente de los intereses de sus afiliados. En nuestro período histórico, en que las clases trabajadoras se juegan su vida y su porvenir en las luchas políticas y sociales decisivas, las organizaciones sindicales no pueden limitarse a las reivindicaciones económicas ya las conquistas corporativas. Tienen que intervenir activamente en la lucha política de clases, como hubieron de hacerlo la UGT y la CNT españolas a pesar del carácter apolítico de la última. No pueden. quedar sometidas, sin embargo, a la dirección mecánica de un partido político, como ocurre en la URSS. Deben gozar de la máxima independencia posible respecto de los partidos, si bien los miembros de éstos podrán pertenecer a ellas. Se trata, en suma, de aplicar una auténtica y plena democracia interna y la consiguiente libertad de tendencias en su seno. y de emanciparlas de la burocratización que sufren actualmente en casi todos los países. Los socialistas deben procurar, por todos los medios a su alcance, que los sindicatos se conviertan cuanto antes en organizaciones vivas, democráticas y revolucionarias, con el fin de que puedan llenar el fundamental papel que les corresponde en la transformación revolucionaria de la sociedad y en la construcción de la democracia socialista.
13-La economía burguesa, basada en la propiedad privada de los medios de producción y de cambio, se ha venido caracterizando por una producción caótica basada en la obtención de beneficios cada vez mayores y por la explotación de las clases trabajadoras y de los pueblos coloniales. Las mayores calamidades sufridas por la humanidad -el desarrollo del imperialismo y la guerra, las crisis periódicas, el paro forzoso, la miseria y la ignorancia de las masas populares- han tenido sus causas profundas en esta organización de la economía. La tendencia a la cartelización continental, iniciada por el capitalismo europeo después de la primera guerra mundial, no fue capaz de evitar las autarquías económicas, la competencia entre Estados capitalistas e imperialistas y, finalmente, la segunda guerra mundial. La planificación económica iniciada antes de la guerra, grandemente intesificada durante la misma y presentada en la postguerra como la salvación, no lo será efectivamente si sigue subsistiendo el régimen burgués, capitalista e imperialista. Las contradicciones no han hecho más que agravarse y extenderse al mundo entero. La tendencia no es hoy hacia la distribución de las fuentes de materias primas, de los mercados, de las zonas de influencia, de las posiciones estratégicas, de los mares, de las flotas aérea y naval, sino a su unificación bajo el predominio de una sola potencia y de sus satélites. Tal fue la tendencia de la Alemania nazi, secundada por la Italia fascista, el ambicioso a la vez que impotente eslabón del Eje, y, sobre todo, por el desarrollado y agresivo imperialismo nipón. De haber triunfado las potencias totalitarias, la rivalidad por el dominio mundial se hubiera planteado entre Alemania y el Japón. Su derrota ha planteado esa rivalidad entre las dos grandes potencias vencedoras: los Estados Unidos de Norteamérica y la URSS. Ambas aspiran, aun cuando no lo confiesen abiertamente, a realizar la unidad mundial bajo su predominio imperialista. Esa rivalidad conducirá a fricciones cada vez más graves y amenazadoras por doquier y, finalmente, a una nueva guerra, la más espantosa y destructora jamás conocida. El mundo actual, capitalista-imperialista y estalinista-totalitario, no podrá realizar ninguna unidad efectiva, capaz de garantizar la paz, la libertad y él bienestar de la Humanidad. Esa unidad sólo podrá realizarla la democracia socialista. El socialismo europeo aspira, en todo caso, a establecer la unidad económica, política y espiritual de Europa, primer paso -y primer paso. seguramente decisivo- hacia la unificación efectiva del mundo. Esta unidad no significa ni puede significar la absorción de unos pueblos por otros, la hegemonía de unos países sobre otros -ni tampoco de los continentes-, sino la integración voluntaria y libre, nacida de las mismas aspiraciones, las mismas necesidades, la misma voluntad federativa y en un plano de absoluta igualdad de derechos y de deberes para todos. La guerra o el choque violento entre grupos económicos rivales, por la dominación mundial, desaparecerá al fundir las diversas economías en una economía organizada y unificada. La explotación colonial y semicolonial, producto del desarrollo desigual entre las metrópolis superindustrializadas y los pueblos de economías atrasadas o primitivas, está condenada a desaparecer mediante la emancipación de las colonias y la unificación de las economías: de unos pueblos y otros, conforme a un interés superior y general. Las crisis periódicas y el paro forzoso, resultado de una producción desordenada y de las naturales contradicciones entre el desarrollo creciente de la técnica y el monopolio particular de los medios de producción, pueden y deben desaparecer en los cuadros de una planificación general, armonizando la capacidad de producción y las crecientes necesidades económicas, culturales y de bienestar general de las masas populares. El mundo moderno ha llegado a un punto tal de madurez, que resulta fatal e inevitable el dramático dilema: o su destrucción con el capitalismo imperialista o su salvación con el socialismo. Los pueblos y la humanidad entera deberán elegir entre el ser y no ser, entre la muerte y la vida.
14-La democracia socialista aspira a la liberación completa de las colonias, en contra de los hipócritas y falsos derechos de tutela que no representan realmente sino la expoliación imperialista de los pueblos económicamente atrasados por las burguesías de los países económicamente más desarrollados. Proclama, por consiguiente, el principio de la igualdad de todos los pueblos y de todas las razas y anuncia su firme y consecuente propósito de luchar en favor de una confederación mundial de pueblos libres. El capitalismo imperialista ha explotado al mismo tiempo a las masas trabajadoras de Europa y de Norteamérica y a las de África, Asia, Oceanía, Iberoamérica, sin olvidar al Canadá. La marcha hacia el socialismo por parte de los pueblos europeos resulta de todo punto incompatible con el mantenimiento de la expoliación de los otros continentes. Los pueblos europeos no aspiran solamente a liberarse de la explotación capitalista, sino a liberar al mismo tiempo a los pueblos del mundo entero, pues la libertad es una e indivisible. Es decir, no habrá libertad efectiva para los pueblos de Europa y para Norteamérica mientras existan pueblos sojuzgados en el mundo. La democracia socialista no puede aceptar la existencia de gobiernos socialistas que, al mismo tiempo que defienden la subsistencia del régimen capitalista en los respectivos países de Europa llenan el papel de guardianes de los imperialismos en los países coloniales. No subestima el peligro, al mismo tiempo, de que las fuerzas burguesas subsistentes en otros países y continentes o en las propias colonias puedan aprovechar la acción revolucionaria de la democracia socialista europea para adueñarse de las colonias liberadas, manteniendo su dominio sobre las mismas e incluso dirigiéndolas contra la revolución europea. Por consiguiente, ofrecerá su plena solidaridad a las masas trabajadoras y a los sectores progresivos de los pueblos coloniales en su lucha contra la burguesía y contra los restos feudales que intenten retardar la incorporación de dichos pueblos a la civilización socialista y a la libertad.
15-AI mismo tiempo que la necesidad de reorganizar los partidos socialistas, mediante la unificación de las tendencias democráticas, revolucionarias y libertarias, se deja sentir, hoy más que nunca, la necesidad de crear una verdadera y potente Internacional, mediante un proceso de unificación similar. No podrán existir partidos socialistas fuertes si no existe una Internacional en consecuencia. La gran fuerza del socialismo reside en su internacionalismo. Su debilidad y su impotencia han residido en su adaptación a las condiciones y las necesidades nacionales. Ha terminado la era de las revoluciones propiamente nacionales. Las .revoluciones modernas, socialistas, sólo pueden triunfar efectivamente como revoluciones internacionales. La revolución triunfante en Rusia en 1917 ha acabado en un inmenso fracaso no sólo por sus defectos interiores, por el gran atraso del país y por el mal de origen de la doctrina y la táctica bolchevique, sino, ante todo y sobre todo, por la falta de la revolución internacional. Sólo ésta hubiera podido garantizar el desarrollo y la salvación de la revolución rusa. Encerrada en sus fronteras nacionales, a pesar de las simpatías de las clases trabajadoras del mundo entero, rodeada de países capitalistas hostiles, ha acabado burocratizándose; convirtiéndose en un monstruoso nacionalismo, adaptándose al mundo capitalista, adquiriendo formas imperialistas y totalitarias y perdiéndose al fin para el pueblo ruso y para los demás pueblos de la tierra. Sólo una profunda revolución política interior -una revolución democrática y libertaria-, coincidiendo con la revolución socialista internacional, será capaz de salvar al pueblo soviético del totalitarismo estalinista y de integrarlo a la democracia universal. También la revolución española fracasó, a pesar del incomparable heroísmo popular, por falta de la solidaridad activa y revolucionaria del movimiento obrero internacional. Estos dos ejemplos, entre otros muchos aunque de menor importancia, bastan a justificar la necesidad de un internacionalismo consecuente. La guerra ha abierto una crisis revolucionaria general, es decir, un verdadero ciclo de revoluciones internacionales. En cualquier país del globo donde se produzca la revolución -una revolución progresiva, aun cuando no sea socialista en su primera fase-, deberá recibir inmediatamente, por encima y frente a los intereses de las burguesías nacionales, la solidaridad decidida, por todos los medios, de la democracia socialista internacional. El temor a la “traición nacional” es una verdadera traición a la democracia socialista. El nuevo internacionalismo debe ser consecuente, intransigente, revolucionario. Dentro del régimen capitalista, en su fase de exacerbación imperialista, se practica también un cierto internacionalismo. Las grandes empresas económicas y financieras modernas rompen cada vez más las fronteras nacionales y extienden sus tentáculos a través del mundo. Las potencias fuertes intervienen sin escrúpulo la vida económica y política de los pueblos débiles. Una, dos o tres de esas potencias pretenden, incluso, someter al mundo entero a su control. Nada es auténticamente “nacional” en las economías modernas, puesto que cada gran industria necesita materias primas y complementos de los países más alejados unos de otros, la crisis de un país determina la crisis de los demás países y tanto los productos manufacturados como los capitales necesitan y abarcan el mercado mundial. Todo queda sometido a la ley de la interdependencia económica. y no hablemos de la internacionalización de la ciencia, de los inventos, de las culturas... Esta internacionalización general es la que determina y le da contenido y fuerza a nuestro internacionalismo auténticamente universalista. Universalista y universal. Podía considerarse internacionalista, antaño, el simple contacto o la simple solidaridad entre varios individuos o grupos de individuos pertenecientes a dos o más países. Ese internacionalismo elemental, primitivo y primario, ha quedado completamente superado. El actual representa una concepción del universo, de sus problemas generales, de sus soluciones. Relación e interdependencia entre los pueblos y entre los continentes, Sin ignorar lo que cada uno de ellos tiene de característico, de peculiar e idiosincrático. Haciéndolo resaltar, por el contrario, para enriquecimiento de la variedad humana. Pero es, evidente que no existe hoy una solución socialista, revolucionaria, libertaria para un solo pueblo o un solo continente, en contra o en detrimento de los demás pueblos y continentes. En nombre de este internacionalismo universalista y universal, los socialistas no tenemos “patria”, sino países donde luchar por el progreso social y humano. Allá donde un pueblo lucha por el socialismo y por la libertad, es la patria de todos los socialistas. Las clases burguesas y los totalitarismos, de cualquier color que sean, son nuestros enemigos en todas partes; las clases trabajadoras y progresivas, en lucha por la transformación del mundo y por la emancipación de la Humanidad, son nuestras hermanas en todas partes. La Internacional que nazca del período histórico que estamos viviendo, no puede parecerse a las Internacionales anteriores. No puede parecerse a la Primera, que se limitó a elaborar la doctrina del socialismo científico y a plantar los primeros jalones del internacionalismo proletario. No debe caer ni en el “nacionalismo” democrático burgués de la Segunda, mediante el sacrificio de los intereses internacionales de las clases trabajadoras y progresivas a los de cada partido nacional, ni en el monolitismo burocrático de la Tercera, que ha pretendido convertir a los trabajadores de los demás países en una simple masa de maniobra al servicio de la política exterior del Estado ruso. Por todo ello, ninguna ha podido ser una verdadera y auténtica Internacional. La nueva Internacional deberá elaborar su pensamiento y determinar su acción de acuerdo con los problemas del mundo de hoy y con las necesidades y los intereses de la humanidad progresiva y revolucionaria, sin olvidar por eso -lo repetimos- la situación real de cada país y las características peculiares a cada pueblo. No se trata de ir de lo nacional a lo internacional, sino a la inversa: de lo internacional a lo nacional. La nueva Internacional deberá ser, al mismo tiempo, una suma de partidos “nacionales” y un partido mundial de las clases trabajadoras y progresivas en general.
México, D. F., mayo de 1946.