FUNDACIÓN

ANDREU NIN

Los asesinos de Trotski

Julián Gorkin

Este texto recoge la tercera parte del libro de Julián Gorkin El asesinato de Trotski. Se ha incluido en el libro conmemorativo del centenario del nacimiento de Gorkin, Contra el estalinismo.
 

La policía mexicana hizo lo que pudo para conseguir el esclarecimiento del “caso Trotski”: él mismo, tras el primer atentado, que falló, y luego su mujer, Natalia, después del segundo, fatal para el viejo bolchevique, hubieron de reconocerlo así. Pero, por entonces, Bélgica y Francia gemían bajo el yugo nazi, la Alemania de Hitler y la Rusia de Stalin se habían aliado: toda investigación en Europa era imposible, a causa de la guerra, y el episodio no tuvo la resonancia internacional que merecía. Con esto contaban Stalin y Beria, así como sus agentes en México y Estados Unidos, encargados de organizar y llevar a cabo el asesinato.

La escuela de los verdugos

Vivamente interesado por las circunstancias del atentado y en lucha abierta, desde hacía años, con el estalinismo y su GPU, yo, paralelamente a la de la policía, había abierto una encuesta [investigación] personal, logrando saber, poco a poco, más que ella en lo tocante a ciertos puntos. Especialmente sobre la identidad del asesino material y sobre su familia, así como en lo relativo a algunos de los actores del drama. No obstante, me abstuve hasta el final de la guerra de publicar la menor revelación. Las democracias occidentales, haciendo gala de una ceguera inconcebible, continuaban considerando a la URSS estaliniana su aliada en la construcción de la paz, tal como lo había sido en la segunda fase de la guerra mundial. Quise obtener todavía la confirmación, de ciertos hechos y un complemento lo más extenso posible de mis investigaciones: para eso necesitaba regresar a Europa.

Un hecho resaltaba claramente en la encuesta oficial: todos, o casi todos, los que habían intervenido en el planteamiento del asesinato de Trotski habían hecho sus pruebas durante la guerra civil española. Mi encuesta personal confirma y refuerza esta afirmación. España fue, para el estalinismo, un verdadero campo de experiencias, una magnífica escuela: “la escuela de los verdugos”, como yo mismo dije en otra parte (1). Fue en España, efectivamente, donde el Kremlin entrenó y puso a punto a sus hombres, métodos y armas.

Varios generales soviéticos que habían de destacarse en el curso de la Segunda Guerra Mundial, entre los que figuran los posteriormente mariscales Malinovski y Rokossovsky, fueron entrenados en España; los métodos políticos y policíacos utilizados en la conquista y dominación de los países satélites se ensayaron y perfeccionaron en España; los hombres que habían de ser los principales elementos de esa dominación pasaron por dicha escuela. Hasta el punto de que puede decirse que España fue el teatro del primer ensayo de democracia popular. ¿A quién extrañará, pues, que también los asesinos de Trotski hicieran su aprendizaje -o se perfeccionaran- en España? No olvidemos que Trotski supo ver esto con gran intuición desde el comienzo del caso.

El destino de los refugiados españoles en la URSS

A la caída de la República española, después de treinta y dos meses de una guerra civil agotadora, 3.961 militantes comunistas o miembros de las Brigadas Internacionales, cuidadosamente escogidos por una comisión responsable constituida en París, partieron para Moscú (abril-mayo de 1939). Estos hombres formaban, con los españoles llegados anteriormente a la URSS (marinos, alumnos-pilotos, unos 2.000 niños y varios maestros y maestras), un total aproximado de 6.000 refugiados, que constituían -especialmente los últimos llegados- un material precioso para el Kremlin. Todos, o casi todos, habían sufrido la prueba del fuego bajo la dirección y el control de los agentes de Moscú. Estos se habían desembarazado sobre el terreno -en España- de todos los hombres deprimidos, desmoralizados y escépticos, al mismo tiempo que de buen número de adversarios políticos. Conocíase, pues, a fondo a los supervivientes, quienes habían dado excelentes pruebas de ciego fanatismo, de valor en el combate o en la represión, y de sus aptitudes en diversos aspectos.

El Comité Ejecutivo del Komintern nombró en Moscú una comisión especial que tenía plenos poderes (de vida y de muerte) sobre la suerte de todos aquellos refugiados. Esta comisión estaba integrada por Georges Dimitrov, presidente de la Internacional; Palmiro Togliatti (alias Ercole/ Ercoli, quien, en España, donde era el primer agente político de Moscú, se hacía llamar Alfredo) ; André Marty, jefe de las Brigadas Internacionales, a la cabeza de las cuales recibió el sobrenombre tristemente famoso de “El carnicero de Albacete”; Bielov y la Blagoieva, del Komintern al mismo tiempo que de la GPU; la Pasionaria y los generales españoles Modesto y Líster. Con excepción de Dimitrov, todos habían desempeñado un papel importante en España. Esta comisión se arrogaba el derecho de decidir la suerte de los refugiados españoles, sin tener en cuenta, ni por asomo, sus deseos o sus gustos. Todos tenían que someterse a la disciplina bolchevique; cada uno de ellos no era otra cosa que una ruedecilla insignificante de aquella inmensa máquina sin alma ni conciencia.

Diez de esos refugiados -los militantes políticos más responsables- fueron integrados por la comisión en el aparato del Komintern; veintiocho -más cuatro mujeres encargadas de espiarlos- entraron en la Academia militar Frunzé, donde debían recibir una enseñanza superior para servir en los cuadros del Ejército Rojo; ciento veinticinco fueron enviados a la Escuela política de Planesnaya, que dependía del Instituto Marx-Engels-Lenin. Los otros, fraccionados en dieciocho grupos, formaron otros tantos “colectivos” establecidos en diferentes regiones de la URSS, donde conocieron un trabajo extenuante, la miseria, las penalidades de las fábricas soviéticas.

No obstante, ocho refugiados españoles fueron escogidos con particular cuidado: se les destinaba a hacer unos cursos especiales, con vistas a misiones ultrasecretas. Dirigidos por el mariscal Koniev y dependiendo directamente de Stalin, funcionaban en Moscú unos  colegios restringidos, que se componían, como máximo, de tres a cinco personas. La selección de los miembros de esos colegios se fundaba en la aptitud para las tareas terroristas: sentido de la disciplina, obediencia ciega, amoralidad, ausencia de escrúpulos, sangre fría, temeridad, astucia... En todo momento, esos individuos debían ser capaces de matar: a un adversario, pero también, incidentalmente, a un camarada tibio o molesto. No se admitían la discusión ni la crítica. Los hombres recibían así una preparación para el terrorismo dentro del terrorismo mismo, haciéndose pronto más poderosos que los agentes ordinarios de la GPU. Encarnaban en cierta manera la expresión más completa del régimen terrorista jerarquizado hasta el extremo instaurado por el estalinismo. En el plano personal, estos hombres tenían derecho a los máximos privilegios; pero se podía, a cambio, exigir de ellos los mayores sacrificios, su vida, de ser necesaria. Los colegios eran independientes entre sí, y sus miembros pertenecían a diversas nacionalidades. El mariscal Koniev y sus colaboradores inmediatos eran los únicos que los conocían todos. Los colegios, en conjunto, formaban la sección de Trabajos Especiales. De los ocho españoles seleccionados, cinco constituyeron un  colegio. Los otros tres estaban destinados a cumplir una misión de toda confianza.

En una dacha de la GPU

Estos tres militantes escogidos entre los cuatro mil adultos desembarcados en la URSS eran Martínez C., Álvarez y Jiménez. El primero había sido diputado y comandante del célebre 5º Regimiento, en manos, por entero, de los técnicos militares rusos y de los agentes de la GPU. Álvarez había sido comisario político durante la guerra civil. En cuanto a Jiménez, era un militante decidido, activo, dotado de un dominio de sí mismo poco común. Apresurémonos a decir que, de los tres hombres, sólo Álvarez fue descubierto por la policía y arrestado, después del primer atentado contra Trotski en México. Extremadamente reservado en sus declaraciones, lo tomaron por un simple comparsa y en seguida fue dejado en libertad.

A unos cuarenta y cinco kilómetros de Moscú, a poca distancia de la carretera de Leningrado, se encontraba una de las dacha (casa de campo) secretas de la GPU, en la cual los tres españoles estuvieron alojados varios meses. Se les destinaba a una alta misión, la más importante, ciertamente, de toda su vida de militantes estalinistas. Habiéndoseles prohibido que se confiaran a nadie, fuese quien fuese, no salían apenas de la dacha, yendo a Moscú sólo de tarde en tarde. ¿Quiénes fueron sus profesores? ¿Cuáles fueron sus consignas, su preparación? No sabríamos decirlo. Pero presumimos que les pusieron por maestros a los mejores especialistas del mariscal Koniev y de la GPU. Koniev seguía personalmente sus progresos, de los que se daba cuenta a Stalin, a causa de la importancia concedida a su preparación.

Los españoles no serán jamás agentes secretos perfectos. Una mezcla de temeridad y de crueldad innata les hace capaces de matar o morir en todo momento; pero espontáneos, cordiales, y en el fondo un poco fanfarrones, experimentan frecuentemente la necesidad de expansionarse. Los días precedentes a su salida de Moscú, Martínez invitó a algunos compatriotas, militantes comunistas destacados, gastándose en su honor varios millares de rublos. ¿Conocían sus amigos el objeto del viaje? ¿Sabían que la vida de Trotski estaba en juego? En todo caso, el viejo militante sevillano Barneto (que participó muchas veces en actos de terrorismo en España) debió de recibir algunas confidencias; un día, tras unas copiosas libaciones, habló más de lo que habría sido de desear. Este hombre, considerado uno de los militantes más seguros del partido, había sentido cierta amargura al verse apartado de aquel importante asunto. Fue por Barneto por quien El Campesino se enteró de la misión secreta de los tres españoles.

Contreras-Sormenti-Vidali

Poseo y he puesto en lugar seguro todos los documentos oficiales relativos al asesinato de Trotski; constituyen un total de 1.200 folios debidamente numerados, timbrados y firmados. El folio número 706 lleva la firma de Carlos J. Contreras. El número 707 es un documento -confidencial- cuyo contenido transcribo:

“El abajo firmante, cónsul general de México en España, ha recibido la visita del coronel Juan B. Gómez (2), quien le ha pedido un pasaporte para un sujeto italo-ruso llamado Eneas, agente de la GPU. Por no ser esta persona de nacionalidad mexicana, no ha sido posible entregarle el pasaporte; sin embargo, según el coronel B. Gómez, sería posible acceder a su solicitud siempre que en ella figure el nombre de Carlos J. Contreras. Las señas personales de este sujeto italo-ruso son las siguientes: complexión robusta, ojos azules, pequeños, nariz larga, expresión sonriente, talla mediana. Ante la negativa del abajo firmante, han sido movilizadas poderosas influencias, es decir, que el asunto ha sido expuesto a la atención de personalidades políticas de primer plano”.

El nombre de Carlos J. Contreras fue pronunciado muchas veces en el curso de la encuesta de la policía mexicana. Pero el hombre era -y sigue siendo- muy hábil; gozaba de las protecciones más altas en el país, y la policía no se atrevió a detenerle, aunque presintió la importancia de su papel en la preparación del asesinato de Trotski. En una carta que envió a la policía, reconocía haber pertenecido al movimiento comunista desde su fundación y haber sido durante la guerra de España comisario político y comandante en el 5º Regimiento. Añadía: “Respetuoso con las leyes de este país (México) y lleno de gratitud por la hospitalidad que me ha ofrecido, no he intervenido jamás en sus asuntos políticos. Yo no soy ruso, ni judío, ni miembro de la GPU; no soy rubio, ni llevo gafas; yo no he matado a nadie, ni mis bolsillos están llenos de billetes de banco; yo no hago declaraciones sensacionales, no preparo cataclismos mundiales ni hablo un español afrancesado. Yo no soy más que un emigrado político; yo estaré siempre orgulloso de mi pasado, y tengo el honor de pertenecer al partido comunista desde hace más de veinte años”.

Quien se escondía detrás de esta ingenua declaración no era otro que un agente tipo del Komintern y de la GPU, uno de los hombres dispuestos a todo del período estalinista. Su papel en la preparación del atentado fue de primer orden. Pero antes de arribar al punto culminante de su brillante carrera, recordemos brevemente algunos de sus crímenes, aquellos, al menos, que hemos podido llegar a conocer.

Es conocido por el nombre de Carlos J. Contreras desde la guerra civil española; su verdadera identidad es Vittorio Vidali, y con este nombre es, desde la guerra mundial, el jefe de los comunistas de Trieste -ciudad clave- y actualmente miembro del Senado italiano. Se hizo llamar también Eneas Sormenti; se pensó, incluso, que ése era su verdadero nombre, como lo indica el documento antes citado, firmado por el excónsul de México en España. De dar crédito a su declaración a la policía mexicana, llegaría a México al final de la guerra civil española, es decir, en el curso del primer semestre de 1939, como refugiado político. Sin embargo, su primera estancia en México se remonta a 1928: hallábase en México como representante del Komintern y agente secreto de la GPU. Con anterioridad, había militado activamente en Italia, en Francia, en la URSS, donde había sabido ganarse la confianza de los jefes del Komintern. Al salir de Moscú, en 1927, dejó a su mujer y a sus dos hijos como rehenes. El hecho de que Moscú estimara conveniente esta precaución demuestra que se trataba de un agente de primer orden. Primeramente, estuvo en los Estados Unidos, donde organizó algunos grupos de acción entre los comunistas italianos emigrados. Expulsado de Estados Unidos, permaneció algún tiempo en Cuba, y, finalmente, fue enviado a México, en 1928, ocupando los puestos ya citados. Con todo, estuvo en relación continua con los medios comunistas de Estados Unidos y de Cuba, llevando a término con nombres falsos misiones importantes.

En 1929, el líder de los estudiantes comunistas cubanos, Julio Antonio Mella, caía asesinado en una calle de México. El Komintern explotó este crimen en todo el mundo; yo mismo escribí unos artículos sobre el tema en L'Humanité y en Monde, la revista dirigida por Henri Barbusse. El dictador cubano Machado (3), responsable de numerosas fechorías, fue comúnmente acusado de este crimen. Sin embargo, una encuesta policíaca imparcial no tardaría en hacer recaer las sospechas sobre Sormenti; luego, una serie de revelaciones confirmaron que el asesinato de Mella había sido cometido por ese siniestro agente de la GPU. Se sabe ahora que el líder de los estudiantes cubanos había manifestado algunas veleidades de oposición a las directrices estalinistas, y que Sormenti, en el curso de una reunión del Buró político mexicano, le había amenazado: “¡Quienes se oponen como tú, no merecen otra cosa que la muerte!”. En La Habana, otro jefe comunista local, el negro Sandalio Junco, quien conocía la verdad sobre el caso Mella y debía revelar muchos detalles con él relacionados, cayó, a su vez, acribillado a balazos. ¿Fue él, tras Mella, víctima de la banda de Sormenti? Una figura trágica se halla mezclada con la vida y las tristes actividades de Sormenti: Tina Modotti, artista y modelo, antigua compañera de Mella. A su muerte, se convirtió en la amante y colaboradora de Sormenti.

Todo lleva a creer que ella había sido cómplice en el asesinato del líder cubano: la policía descubrió entre sus cosas el plano de las calles por las cuales había de hacer pasar a la víctima el día fatídico, y un punto negro marcaba el lugar preciso en que se derrumbó el desventurado. Más tarde, con el nombre de María Ruiz, se la encuentra en España, siempre junto a Contreras , con quien trabaja. La joven hace amistad con El Campesino. Ahora bien, éste detesta a Contreras (4). Un día se apodera de él y piensa en fusilarlo. Tina le dice poco después, incapaz de ocultar sus sentimientos con respecto al cómplice: “Hubieras debido fusilarlo. Habría sido una buena acción. Es un asesino. Lo odio con toda mi alma. Y, no obstante, he de seguirlo hasta la muerte”. ¡Hasta la muerte! Tina muere en 1943, en circunstancias bastante misteriosas, en un taxi: crisis cardiaca, se dice. Poco antes de morir confió a una amiga íntima que Contreras era “un asesino peligroso”.

En España, donde es nombrado comisario político y comandante en el 5º Regimiento, a propuesta de los técnicos rusos y del partido comunista español, Contreras se convierte en uno de los principales espías y agentes ejecutores de la GPU. Tanto en el frente como en la retaguardia, participa en innumerables crímenes. Colaborador inmediato del comandante Orlov (Nikolski), enviado personal de Stalin y jefe de la GPU en Madrid, somete a horribles torturas, y luego asesina, a mi antiguo compañero y amigo Andrés Nin, ex secretario del Profintern en Moscú y ex comisario de Justicia en Cataluña. Palmiro Togliatti (Alfredo) se encarga de transmitir al KremIin la noticia de su ejecución, valiéndose de una emisora clandestina (5).

El 11 de enero de 1943, Carlo Tresca, prestigiosa figura de militante anarquista italiano, es asesinado ante la puerta del periódico que dirigía en Nueva York. Todo el mundo lo respetaba en Estados Unidos. Una fraternal amistad me ligaba a él, pues durante los procesos que nos incoaron, a mis amigos y a mí mismo, Orlov y Contreras, con la complicidad de Togliatti y de Erno Gerö (6), Tresca fue uno de nuestros más calurosos defensores. Los responsables del asesinato de Tresca continúan en la sombra. Yo acuso públicamente a Contreras de ese crimen; él se apresura a publicar un folleto para defenderse. ¿En qué se fundan mis sospechas? Varias semanas antes del asesinato, el militante socialista francés Marceau Pivert y yo recibimos en México una carta de Carlo Tresca, quien nos informa de la presencia de Contreras en Nueva York, dirigiendo en la sombra una peligrosa campaña de intimidación contra él. El asesinato del anarquista italiano lleva la marca de la GPU y la firma de Contreras-Sormenti-VidaIi, quien gracias a sus múltiples identidades y a los pasaportes correspondientes, se halla siempre en disposición de desplazarse de un lado para otro, a su antojo, para preparar sus fechorías...
 
Vidali, jefe número 2 del atentado

Martínez C., Alvarez y Jiménez, los tres terroristas españoles enviados a México desde Moscú, habían recibido la orden de ponerse a las órdenes del comandante Carlos, personaje que les era familiar. Habían trabajado ya con él en su país, y sabían que estaba considerado desde hacía años como el mejor agente de la GPU en México. Su superior jerárquico en la preparación del asesinato de Trotski era el famoso judío francés, del cual tanto se habló durante la encuesta.

Contreras conocía mejor que nadie los medios comunistas españoles, mexicanos, cubanos y norteamericanos. Sabemos que los autores del ataque armado contra la casa de Trotski (la noche del 23 al 24 de mayo de 1940) pertenecían a esos medios. La mayor parte de aquellos individuos habían sido elegidos por él. Durante las ausencias del principal jefe de la empresa, Contreras asumía la dirección del grupo en México. Pero él se quedaba en la sombra, ocultándose siempre lo más posible. Pues, al comprometerse, habría comprometido al mismo tiempo a los personajes de la Administración mexicana que eran sus amigos y cuya influencia podía serle en todo momento útil. Se servía de ellos, por ejemplo, cuando necesitaba visados para la entrada en México de agentes extranjeros; cuando quería colocar a sus cómplices en las organizaciones políticas y diversos organismos oficiales; cuando desencadenaba una campaña de prensa contra Trotski, a fin de crear un clima favorable a los enemigos de este último y preparar a la opinión ante su muerte violenta (7), etc.

Vicente Lombardo Toledano, líder sindical destacado, cuya influencia pesaba no solamente en todo México sino también en la América Latina, prestó su concurso a esas maniobras. Era entonces el principal instrumento de Moscú en México, al mismo tiempo que uno de los pilares del gobierno de Cárdenas. Ignoramos si sabía lo que se tramaba contra el viejo bolchevique. Pero con seguridad que fue uno de los mejores colaboradores de Contreras en la preparación de ese clima de odio favorable a sus planes, y gracias al cual varios de los hombres que debían tomar parte en el complot entraron en México. Para llevar a la práctica la agresión de la noche del 23 al 24 de mayo, Contreras utilizó al pintor mexicano David Alfaro Siqueiros, considerado después el organizador material del atentado. En verdad, éste no asumió otro papel que el de comparsa; no había tomado ninguna iniciativa, ninguna decisión; no había hecho nada sin la previa conformidad del comandante Carlos. La jerarquía del grupo se encuentra ahora, pues, bien establecida: el jefe inmediato de los conspiradores es Alfaro Siqueiros, quien obedece a Contreras, el cual está sometido a la alta dirección del judío francés, personaje misterioso durante largo tiempo.

Gregory Rabinovitch, el famoso judío francés

A Luis Budenz, antiguo director del periódico comunista norteamericano Daily Worker y convertido al catolicismo en 1945, se debe que conozcamos ahora el nombre del judío francés, ese personaje misterioso. Yo, por mi parte, había sabido, y antes de que Budenz hiciese sus revelaciones, que este hombre se hacía llamar Roberts. Los agentes de la GPU, sobre todo cuando acometen misiones importantes, son designados por apellidos o nombres muy corrientes. Así, yo he conocido entre ellos a un Pedro, a un Léopold, a un Richard, a Carmen. E incluso los militantes responsables ignoran frecuentemente la identidad de esos hombres. Roberts, pues, no era otro que el doctor Gregory Rabinovitch, judío de origen ruso, delegado de la Cruz Roja en Nueva York y Chicago. Para mejor enmascarar las actividades de terrorismo y de espionaje de sus agentes secretos, la GPU suele proporcionarles puestos oficiales o semioficiales: son corresponsales de Pravda o la agencia Tass, representantes de organizaciones filantrópicas o delegados de misiones comerciales o culturales. Colocado a la cabeza de la delegación soviética de la Cruz Roja, Roberts-Rabinovitch pudo, sin correr el menor riesgo, asumir la dirección moral del atentado contra Trotski. Daba lo mismo que sus agentes se encontrasen en París, Nueva York o México; él los hacía actuar a su antojo, sin comprometerse.

Después del fracaso del primer atentado, nuestro hombre, temiendo ser molestado en el chalet que había alquilado en México, se trasladó nuevamente a toda prisa a los Estados Unidos, mientras que Carlos J. Contreras se quedaba en México, así como otros dos agentes importantes, de los cuales hablaremos más adelante, y un instrumento precioso, tenido hasta entonces en reserva: Jacson-Mornard.

Dos oficiales superiores soviéticos

De todos los que habían tomado parte en este primer caso Trotski, únicamente los comparsas fueron descubiertos y detenidos por la policía mexicana. Los principales agentes lograron escapar a las investigaciones. ¿Ha de culparse de ello a las autoridades mexicanas? Yo afirmo que no. Pues ellas ignoraban, al igual que, generalmente, las autoridades de todos los países occidentales de entonces, los métodos aplicados por la más hábil y más implacable de las policías secretas, la GPU. Cuando su arresto, y en el curso de la encuesta, yo había observado con sorpresa creciente la ausencia de personalidad y la insignificancia de los individuos segundones de la GPU. ¿Cómo Stalin y Beria, pensaba, han podido fiarse de tan insignificantes elementos ante un caso por el que mostraban el máximo interés? No tardé en comprender que detrás de aquellos pobres subalternos actuaban personajes de mayor envergadura, quienes representaban la elite de los agentes secretos.

Rabinovitch y Contreras, acabamos de demostrarlo, eran los dirigentes intelectuales del atentado, o, al menos, de su fase preparatoria. Pero la dirección técnica incumbía a dos oficiales superiores de la GPU llegados directamente de Moscú.

La existencia de esos agentes de primer plano había de serme revelada por Enrique Castro Delgado. Éste, pese a haber sido uno de los principales organizadores del famoso 5º Regimiento durante la guerra civil española, ocupando desde su llegada a Moscú un puesto de responsabilidad en el Ejecutivo del Komintern, había caído en desgracia. Casi por milagro -él me contó que gracias a la intervención de Dimitrov-, logró salir de la Unión Soviética en compañía de su esposa. Habiendo roto totalmente con el comunismo, a raíz de su llegada a México, y encontrándose sin medios de subsistencia, Castro Delgado se volvió hacia mí y yo le ayudé a publicar -en español y en otras lenguas- su libro, muy interesante: He perdido la fe en Moscú. Me di cuenta rápidamente de que era el militante español que mejor conocía los detalles secretos del asesinato de Trotski. Honrado y sincero, me estaba algo obligado y nos hicimos amigos. No obstante, y por razones que había de exponerme posteriormente, lo hallé un poco reticente cuando me hizo sus revelaciones.

Los dos oficiales de la GPU habían trabajado en España durante la guerra civil, sobre todo en Valencia, en la época en que el gobierno republicano residía allí. No ejercían ningún mando y dominaban, sin embargo, sin disputa, a los jefes militares de más categoría. Tenían por especialidades el espionaje y el terrorismo, en los medios comunistas y en el seno de las Brigadas Internacionales, así como contra sus adversarios. Aunque eran rusos de nacimiento, los dos hablaban un español perfecto. El primero, que parecía ser el jefe, era de mediana estatura, rechoncho, de ojos penetrantes, cejas espesas, cabellera abundante; resultaba bastante feo y antipático, de maneras bruscas, autoritario, de carácter duro. Su colega era menos rudo, más cordial.

-¿Puedes decirme sus nombres? -pregunté a Castro Delgado.

Vaciló un momento. ¿Temía que yo los hiciese públicos y que él fuese objeto de represalias? ¿O bien obedecía al hábito del silencio y de la disciplina, adquiridos en el curso de sus largos años de militante y de estancia en la Unión Soviética, donde la menor palabra, el menor gesto imprudentes podían tener muy graves consecuencias? Se decidió, por fin:

-No me acuerdo muy bien del nombre del segundo. Se hacía llamar Ronsohnof. Pero tú no ignoras que ellos cambian frecuentemente de nombre, y que en muy raras ocasiones son conocidos por su verdadera identidad.

-¿Y el primero? ¿El jefe?

-Tú sabes que, en España, los técnicos o agentes secretos adoptaban nombres corrientes españoles. A ése se le conocía habitualmente por el camarada Pablo. Pero en los círculos restringidos, llamábasele Kotov y Leonov, general Leonov. En Francia, donde anteriormente se especializó en la lucha contra los refugiados zaristas y trotskistas, llevó otros nombres.

Luego, tras una nueva vacilación:

-Su verdadero nombre es Leónidas Eitingon. Tenía a su cargo la dirección técnica del asesinato de Trotski. De momento, no puedo decirte más.

Ruby Weil y Sylvia Ageloff

Habiendo fracasado el primer asalto contra el refugio del antiguo líder bolchevique, era preciso arrojar sobre el tapete, rápidamente, la última carta: una carta digna de la GPU. Luis Budenz ha revelado en un libro titulado Esta es mi confesión, escrito después de haber abandonado el comunismo y abrazado el catolicismo, que cierta señorita J., estalinista fanática, poco tiempo atrás su colaboradora, había recibido la orden de entrar en relación con Sylvia Ageloff, trotskista convencida y hermana de una antigua secretaria de Trotski.

La señorita J. acompañó a Sylvia a París y le presentó a Jacson. Yo sabía desde hacía cierto tiempo que esta señorita J. era la militante Ruby Weil, secretaria de Budenz en la dirección del periódico comunista estadounidense. Deseoso, sin duda, de no perjudicar a su antigua secretaria, Budenz afirmaba en su libro que ella se dio cuenta cuando ya era tarde del papel que le habían obligado a representar. Pero más tarde admitió que Ruby Weil había sido introducida en los círculos trotskistas norteamericanos con la misión de espiar a sus miembros.

Al escoger a Ruby Weil, Roberts, o Gregory Rabinovitch obedecía a una razón concreta. La sabía ligada por una vieja amistad con las hermanas Ageloff -Ruth, Hilde y Sylvia-, las tres trotskistas sinceras y amigas de los Trotski, a quien habían visto frecuentemente en México. Enterada de que Sylvia proyectaba ir a París en la primavera de 1938, Ruby Weil se ofreció a acompañarla, por orden de Rabinovitch y, naturalmente, con dinero proporcionado por él, por mediación de Budenz. Así fue como se encontró en condiciones de presentarle, una vez en París, a Jacques Mornard, que disponía de fuertes sumas de dinero y manifestaba estar siguiendo unos cursos de periodismo en la Sorbona. Sylvia y Jacques Mornard se vieron a menudo, llegando pronto a ser amantes. Mornard le dio palabra de casamiento. Se sabe que los dos fueron juntos a Bruselas, y, aunque él aseguró que en esta ciudad vivió su madre, halló un pretexto para no presentarle a su prometida. Llegó la hora de la separación: Sylvia regresaba a Nueva York en compañía de Ruby, llevándose una nueva promesa de matrimonio de Mornard. Durante siete meses, de febrero a septiembre de 1939, se escribieron con regularidad.

Luego, Sylvia tuvo un día la sorpresa de verlo aparecer por Nueva York. El le explicó que no quería combatir, y que, para poder salir de Europa, había tenido que proveerse de un pasaporte a nombre de Frank Jacson. Sabemos que vivieron juntos un mes, en Nueva York. Habiendo sido avisado de que en México se le ofrecía un trabajo, Mornard partió para aquella capital. Sabemos también que, antes de separarse de Sylvia, le hizo entrega de tres mil dólares (de cinco mil que él pretendía haber recibido de su madre). Y se reprodujo el intercambio de correspondencia amorosa. Mornard le juró que no podía vivir sin ella. Sylvia, como demuestran las cartas autógrafas que forman parte de la documentación en mi poder, lo trataba como futuro esposo, hablándole ingenuamente de las gentes con quienes trataba. Finalmente, en enero de 1940, ella partió para reunirse con Mornard en México.

El plan de Gregory Rabinovitch se llevaba a la práctica punto por punto, sin el menor tropiezo.

Jacson-Mornard en casa de Trotski

Hacia los últimos días del mes de marzo, la víspera del día en que ella debía regresar a Nueva York, Sylvia, acompañada de Jacson-Mornard, fue a despedirse de los Trotski. Era la primera vez que el futuro asesino penetraba en la casa de quien luego sería su víctima. Antes de dejar la capital mexicana, Sylvia le hizo prometer que no volvería nunca solo al hogar del exiliado ruso: viviendo en México bajo una falsa identidad, se exponía, pensaba ella, a sufrir algunas molestias, de ser descubierto. Pero poco después debía confesarle, en una carta, que no había hecho honor a su palabra por haberse visto obligado a acompañar hasta la casa de Trotski a un amigo convaleciente, que acababa de salir del hospital; este amigo era el escritor francés Alfred Rosmer. Jacson-Mornard se ofreció posteriormente -hacia fines de mayo de 1940- a llevar en coche a los Rosmer al puerto de Veracruz, donde embarcaron para Nueva York. Natalia Sedova aprovechó aquella oportunidad para acompañarlos. En sus cartas a Sylvia, el futuro asesino proclamaba su admiración por Trotski, admiración que crecía a medida que iba conociéndolo mejor, directamente y también por mediación de sus amigos. Este detalle tiene su importancia: el agente de la GPU  no preveía entonces que le sería dada la orden de matar a Trotski, ni que debería, para su defensa, sostener la inverosímil tesis de la decepción causada por el trato con el exiliado ruso.

Un punto queda oscuro. ¿Intervino Jacson-Mornard en el atentado fracasado de la noche del 23 al 24 de mayo? Yo creo que no. Los colaboradores de Trotski expusieron la hipótesis, tras el crimen y el descubrimiento del asesino, de que debía de haber sido él quien, reconocido por Sheldon Harte como un amigo de la casa, consiguió que le fuese abierta la puerta. Opino, por el contrario, que, precisamente para que pudiese entrar sin dificultad en la casa de Coyoacán, la GPU prefería tenerlo en reserva, por si fallaba el primer atentado. Si Jacson-Mornard hubiese tomado parte en la agresión nocturna de manera directa, el hombre hubiera perdido toda eficacia para una eventual acción ulterior, arriesgándose a ser reconocido por las personas que rodeaban a Trotski. Ahora bien, el capitán Néstor Sánchez, que no vaciló en denunciar a la policía, como se recordará, el papel desempeñado en el ataque por el judío francés y por David Alfaro Siqueiros, su amigo y jefe inmediato, no reconoció a Jacson-Mornard cuando fueron confrontados, tras el segundo atentado. Afirmó, incluso, que el asesino no había formado parte nunca del grupo de asaltantes de la noche del 23 al 24 de mayo. Todas las denuncias de Néstor Sánchez respondían a la verdad: ¿por qué iba a mentir en el caso de Jacson-Mornard? Es evidente, por otra parte, que Gregory Rabinovitch, habiendo llevado a buen fin su diabólico plan de conducir a su agente de París hasta la casa de Trotski, tendría buen cuidado en no comprometer una carta tan preciosa.

¿Qué ocurrió después del 24 de mayo? A punto de ser descubierto y arrestado, Rabinovitch se vio obligado a abandonar precipitadamente México, dirigiéndose a Nueva York. ¿Obró así para montar el segundo atentado, llamando a su lado a Jacson-Mornard? Este, en todo caso, se trasladó a los Estados Unidos. Cooper, el secretario de Trotski, lo condujo en coche al aeropuerto.

En Nueva York le dijeron sin rodeos que habría de asesinar a Trotski. Únicamente el responsable principal de este caso, Gregory Rabinovitch, podía darle la orden tajante (8). ¿Fue entonces meditada y escrita la carta que había de ser encontrada en uno de sus bolsillos si no lograba escapar de la policía después del crimen? La fecha y la firma fueron dejadas en blanco: ambas serían estampadas en el mismo México, la víspera del atentado. Esta carta tenía un doble objeto: justificar el homicidio en la medida de lo posible y desacreditar a la víctima política y moralmente, rematando la obra de las campañas comunistas desencadenadas contra Trotski. Concuerda perfectamente con la tradición de la GPU  eso de matar dos pájaros de un tiro.

Jacson-Mornard estuvo poco tiempo en Nueva York. Tras su regreso a México, hizo que se reuniera con él la inocente Sylvia: podía necesitarla todavía para penetrar en la casa de Trotski. ¡Terrible misión la que le había sido asignada! Aunque se hubiese estado preparando para ella desde hacía tiempo, se sentía como aplastado por la fatalidad. En efecto, se había entrenado con sus entradas en la vivienda del viejo revolucionario, ganándose la confianza de sus colaboradores; los había observado en sus idas y venidas; se había hecho a la idea de tomar parte, incidentalmente, en un atentado colectivo; pero ahora tenía que enfrentarse solo con la terrible prueba del homicidio. Por tal motivo, se le veía inquieto, desasosegado, viviendo una verdadera pesadilla. Sin embargo, no podía retroceder, bajo pena de muerte: era un terrorista aterrorizado.

La familia Mercader

Inmediatamente después del asesinato de Trotski, cuando los periódicos publicaron las fotografías del homicida, fueron muchos los antiguos comunistas catalanes que lo reconocieron, pese a los vendajes que le ocultaban parte de la cara; tratábase, en verdad, de uno de sus camaradas de otro tiempo: Ramón Mercader del Río. Conocían igualmente a su familia, una familia comunista modelo, sobre todo la madre. El primero que identificó al asesino fue Agustín Puértolas, antiguo fotógrafo de Prensa en Barcelona y en el frente de Aragón; había tenido ocasión, entonces, de hacer varias fotos de la madre y del hijo, combatiendo en las filas de las milicias comunistas. Otros dos exmilitantes catalanes, Cabré y el dibujante Bartolí, identificaron a su vez al asesino. Sin embargo, nada dijeron, ni a la Prensa ni a la policía. Por mi parte, tal identificación me dejó bastante escéptico. Pero estos amigos catalanes aseguraron que el criminal debía llevar en el antebrazo derecho la cicatriz de una herida recibida en combate. Hice comprobar esta afirmación sin que el hombre se diese cuenta de ello: la cicatriz existía, tal como se me había descrito. Ya no tuve más dudas sobre la verdadera identidad del asesino; pero, no obstante, tenía que recoger algunos informes sobre él. Me encuentro hoy en condiciones de retrazar a grandes rasgos su historia y la de su familia.

La figura más interesante es la de la madre. Eustasia María Caridad del Río Hernández nació el 29 de marzo de 1892 en Santiago de Cuba, y no en Cataluña, como yo creyera en un principio. Cuando España perdió su rica colonia antillana, la familia del Río se estableció en Cataluña. En posesión de bastantes bienes de fortuna, los padres quisieron que su hija se educase en un pensionado francés instalado en Inglaterra: el del Sagrado Corazón de Jesús. Su educación continuó en un pensionado religioso de Barcelona. Hasta los dieciocho años, Caridad tuvo grandes arrebatos de misticismo; incluso entró en el convento de Carmelitas Descalzas, donde profesó como novicia durante cierto tiempo. Me veo obligado, al llegar a este punto, a abrir un paréntesis, para dar cuenta de una observación: en su juventud, Dolores Ibarruri, pescatera en las inmediaciones de Bilbao, que hizo célebre su apodo La Pasionaria, fue también una católica ferviente, muy devota de la Virgen de Begoña. Una propaganda incansable y hábil había de hacer de ella, inculta pero apasionada, una fanática famosa en el mundo entero, un personaje casi mítico. Un tenebroso aparato policiaco convirtió a Caridad en una terrorista, madre de un asesino.

Contaba diecinueve años cuando contrajo matrimonio en Barcelona -el 7 de enero de 1911 , para ser exacto- con Pablo Mercader, nacido en la capital catalana el 26 de julio de 1884 y perteneciente a una familia respetable. Desde entonces se la llamó Caridad Mercader. De este matrimonio debían nacer cinco hijos, cuatro chicos y una chica: Jorge, Ramón, Pablo, Luis y Montserrat. El segundo hijo, Ramón, o, más bien, Jaime-Ramón, el futuro asesino, nació en Barcelona el 7 de febrero de 1913. Aprendió las primeras letras en las Escuelas Pías, con los Padres que las regentaban.

La felicidad de los Mercader no duró más de diez años. El marido continuaba profundamente enamorado de Caridad. Ella, por el contrario, se alejaba poco a poco de su esposo y de los principios severos en que se había formado. Deslizábase hacia la bohemia y la independencia, en las que no tardaría en complacerse por entero. En 1925 abandonó el domicilio conyugal, dirigiéndose a Francia con sus cinco hijos. Residió principalmente en Toulouse y Burdeos, donde sostuvo relaciones con un piloto aviador, militante comunista, que le contagió su fanatismo. En dos o tres ocasiones intentó suicidarse, viéndose empujada a tales extremos por motivos personales. Las tentativas de reconciliación de Pablo Mercader resultaron inútiles. En 1928, la ruptura fue total, y Caridad subió a París en compañía de sus hijos.

Un antiguo agregado cultural de la embajada soviética en París me aseguró que el principio de las relaciones de Caridad Mercader con la GPU se remontaba precisamente al año 1928. Según él, Caridad debió de pertenecer a una célula especial controlada por el Servicio secreto, cuyas actividades estaban consagradas al espionaje. Pero, como ciertos agentes al servicio de la GPU, Caridad pertenecía a una organización independiente del Partido comunista. Con su hija, Montserrat, de la que no se separaba jamás, militó durante años en la XV sección del Partido Socialista francés (SFIO). No fue por azar por lo que ellas estuvieron inscritas en esta sección, situada largo tiempo a la cabeza de la izquierda del socialismo francés y que se mostró como una de las más favorables a la constitución del Frente Popular. Los viejos militantes de la xv sección, entre los cuales tengo buenos amigos, se acuerdan perfectamente de las dos mujeres. Añadiré que, gracias, probablemente, a su origen cubano, Caridad estaba destinada a cumplir misiones de confianza en Cuba, México y otros países de la América Latina.

Tras el comienzo de la guerra civil española, Caridad Mercader militó activamente en el Partido Socialista Unificado de Cataluña (PSUC), ligado a la Internacional Comunista. Fue nombrada secretaria de la Unión de Mujeres Comunistas. Combativa, audaz, enérgica, fue también jefe de una brigada comunista en el frente de Aragón durante los primeros meses de la guerra (julio-agosto de 1936). A finales de agosto resultó herida en un hombro en el curso de un bombardeo aéreo en el frente de Bujaraloz (provincia de Huesca). Por las mismas fechas, su hijo Ramón, nombrado teniente y comisario político en ese frente, era herido en un brazo (ya hemos hablado de eso antes). Evacuados a Barcelona, permanecieron algún tiempo en una casa de reposo. Caridad, Ramón y Pablo fueron más tarde los organizadores del cuartel que había de tomar el nombre de Jaume Graells, en el distrito de Sarriá.

Aquí se da uno de los episodios más trágicos de la vida de Caridad Mercader. Su hijo Pablo es acusado en Barcelona de un acto de indisciplina militar. Los jefes comunistas, con el asentimiento de la propia madre, decidieron enviarlo a Madrid, en un período particularmente peligroso, a una brigada disciplinaria. Murió en el frente madrileño poco después de su llegada. ¿Lo lloró su madre? En secreto, quizá, pues no cabe duda de que amaba a sus hijos; pero en público no manifestó jamás la menor emoción ni formuló ninguna queja sobre la suerte de su desventurado hijo. ¿Se lo impedía el fanatismo ciego que profesaba? Uno de sus hijos pereció víctima de su fanatismo; los otros, a su vez le serían sacrificados, ocupando ahora la ignominia el lugar del heroísmo.

Pedro, Singer, Guéré, Erno Gerö

El pasado aventurero de Caridad Mercader y su actividad combativa le granjearon desde los primeros meses de la guerra de España, la estimación, la confianza y la protección de Pedro, representante todopoderoso del Komintern y de la GPU en Cataluña. ¿Quién era -quién es- Pedro? Bajo ese sencillo nombre de pila se ocultaba Erno Gerö, hoy día tristemente célebre por haber provocado los trágicos acontecimientos de Hungría  (octubre de 1956), después de haber sido uno de los causantes de las sangrientas jornadas de mayo en Barcelona (1937), que se tradujeron en varios centenares de muertos. Cuando sucedió a Rakosi en la jefatura de los comunistas húngaros, varios meses antes de la explosión popular, los periodistas del mundo entero se enfrentaron con grandes dificultades a la hora de esbozar su biografía. Y esto se explica fácilmente: Gerö no fue jamás un hombre público, sino un personaje del servicio secreto, un especialista de la organización clandestina, un ilegal, y a tales actividades debe su carrera. Los periódicos pretendieron que Gerö, al recobrar la libertad en la Hungría de 1921 (fue encarcelado tras el fracaso de la Comuna de Bela Kun, y a la desgracia y a la desaparición del cual no había de ser ajeno, quince años más tarde), buscó asilo en la URSS, siendo luego enviado, por el Komintern a España, en 1938, con una importante misión. Entre 1921 y 1938: un gran vacío. Un vacío tal de diecisiete años en la biografía de un agente secreto constituye sin la menor duda la parte más interesante de su actividad. Un solo hecho demuestra la importancia dada a ese hombre: refugiado en la URSS después de la guerra de España, se convirtió en el brazo derecho de Manuilsky, verdadero jefe del Komintern, y cuyo poder real sobrepasaría al del jefe oficial, Dimitrov. ¡Cuántos méritos se le tuvieron que reconocer para obtener un puesto de tanta confianza!

Erno Gerö es el militante tipo del período estaliniano. Por esta razón y porque se encuentra en los orígenes de la carrera terrorista de Caridad Mercader y de su hijo Ramón, tiene un lugar en el presente relato. Después de la caída de Bela Kun y de un encarcelamiento sin consecuencias en Budapest, se refugió en Viena, donde permaneció un año, aproximadamente, y conoció a la que había de ser su compañera, una joven militante, seguramente honrada. Viena era entonces el lugar de paso de los exiliados húngaros y, en general, de cuantos huían de los países balcánicos; desde allí, la mayoría se dirigía en seguida a Alemania y, sobre todo, a Francia. Yo mismo, militante ilegal, que huía de España, tuve ocasión de saber mucho acerca de eso. Gerö y su compañera se instalaron en París. Fue secretario del grupo comunista, y también del comité intersindical húngaro. Poco después fue enviado a Hungría clandestinamente, con el nombre de Singer y con la misión de proceder a la organización de las células comunistas. A su regreso a Francia, la policía lo detuvo, expulsándolo; no se acomodó a la orden de expulsión y, descubierto y detenido de nuevo, fue condenado a varios meses de prisión. Expulsado una vez más, después de haber cumplido su condena, continuó viviendo en Francia ilegalmente; la policía detuvo y expulsó entonces a su compañera a Bélgica. Tres meses más tarde, ella volvía legalmente a Francia: un militante francés contrató con ella un matrimonio de pura fórmula, lo que le permitió adquirir la nacionalidad de su marido. Tales casamientos eran bastante frecuentes en los círculos comunistas clandestinos; entre 1922 y 1929, año este último de mi ruptura, yo conocí varios.

Erno Gerö tenía méritos suficientes para prosperar en los medios seleccionados y altamente especializados del comunismo que comenzaba a dominar, tras la derrota de Trotski y de los antiguos colaboradores de Lenin, la dictadura jerarquizada alrededor de Stalin: transferido a Moscú en 1928, durante cerca de tres años completó su formación en una escuela leninista. Entre 1931 y 1936 había de perderlo de vista. ¿Qué fue de él durante esos cinco años? Misterio. Su compañera se quedó en París: militante disciplinada, entró en la fábrica Renault. Por disciplina, había adquirido la nacionalidad francesa, y, por disciplina, renunció a su compañero. La fría mecánica comunista ha ignorado siempre los sentimientos y los lazos humanos, calificados como propios de la pequeña burguesía.

Erno Gerö no llegó a España en 1938, como dijeron los periódicos. Fue en 1933 cuando comenzó a especializarse en los asuntos españoles, y más particularmente en las cuestiones catalanas, y, tras el comienzo de la guerra civil (julio de 1936), estuvo casi permanentemente en dicho país. Raros eran los comunistas catalanes que conocían su verdadera personalidad y su importancia. Tan pronto llegó a Barcelona se convirtió en el representante todopoderoso del Komintern y de la GPU. Se le llamaba Pedro o Guéré. Sus decisiones no admitían apelación. Todos los servicios secretos comunistas -políticos, militares, policiales- se hallaban efectivamente bajo su control. Su mirada fría y escrutadora hacía temblar a todo el mundo, incluso y sobre todo al Cónsul general en Barcelona, Antonov Ovseenko, antiguo amigo de Trotski y que había dirigido en octubre de 1917 la toma del Palacio de Invierno. Nombrado comisario de Justicia en la URSS, embarcó en Barcelona apenas un año después de su llegada a esta ciudad, y, en el momento de desembarcar, cuando se disponía a tomar posesión de su cargo, desapareció para siempre. (Después del XX Congreso del Partido Comunista soviético y el famoso informe de Kruschev sobre Stalin, el Kremlin lo rehabilitó, pero nada se ha hecho contra el hombre que, según los informes secretos, fue la causa de su muerte: Erno Gerö.) En junio de 1937, Gerö y Orlov, jefes de la GPU en Barcelona y Madrid, respectivamente, prepararon mi detención y la de mis compañeros de partido, nuestra transferencia a una checa de Madrid y un monstruoso proceso cuyo objeto era conducirnos a la muerte. Poco después asesinaron, tras haberlo torturado cruelmente, a mi camarada Andrés Nin, pero la operación de conjunto fracasó.

Al amparo del Partido Socialista Unificado de Cataluña (PSUC), caído bajo la dependencia total de Moscú, Erno Gerö logró formar un equipo de colaboradores que ocuparon, entre octubre de 1936 y mayo de 1937, cargos políticos, militares y policíacos de primera importancia. Por ejemplo: tres de los puestos más destacados de la Prefectura de Policía quedaron bajo su control. Mientras él se entregaba a esas actividades en Cataluña, otros importantes agentes de Moscú se consagraban a actividades idénticas en toda la zona republicana, particularmente en Madrid y Valencia. En menos de un año, lograron introducirse en casi todos los centros-clave del poder .

Tras un viaje a México, a la cabeza de una delegación, en noviembre de 1936, Caridad Mercader fue una de las más activas colaboradoras de Erno Gerö. Este se convirtió en su primer maestro en el campo de la acción terrorista y el espionaje, en el que ella introdujo a su hijo Ramón. Leónidas Eitingon los conoció gracias a Gerö. Caridad no tardó en ser su amante. Juntos cometieron numerosos crímenes. Entre otros, el más monstruoso: el asesinato de León Trotski.
 
Pruebas irrefutables

Yo sabía que Ramón Mercader del Río había desaparecido de Cataluña en la segunda mitad del año 1937. Mis informadores catalanes no le habían vuelto a ver -ni habían tenido la menor noticia de él- hasta el momento en que contemplaron sus fotografías en la Prensa mexicana, inmediatamente después del asesinato de Trotski. ¿Dónde había estado durante ese tiempo, o parte del mismo? ¿No resultaba extraño que hubiese desaparecido de España precisamente cuando el comunismo internacional concentraba en ella sus mejores elementos de acción? Estudiando su comportamiento antes y después del asesinato de Trotski, sospeché que había recibido un entrenamiento muy especial en la misma Unión Soviética. Pero no tenía ninguna prueba de eso y, además, los informadores que habían tenido ocasión de moverse en los círculos más allegados al Komintern -aquellos que me habían hablado de los colegios especiales a que me he referido ya antes- no parecían poseer ningún dato sobre ese asunto.

En 1954 fue desenmascarado y detenido en Bonn un importante agente de los servicios secretos soviéticos, el capitán Nicolás Khokhlov. Transferido a los Estados Unidos, causó sensación en el curso de una conferencia de Prensa al exhibir un arsenal de armas mortales de ínfimo tamaño, dignas de las aventuras de James Bond. Reveló en esta ocasión que “el asesinato de Trotski había sido organizado por el general Eitingon, que había estado en España con el nombre de Kotov”, y añadió textualmente: “Fue allí donde reclutó a un español que, enviado a la Unión Soviética, recibió una instrucción minuciosa antes de ser enviado a México con el nombre de Mornard”. Así pues, mis sospechas se encontraban plenamente confirmadas. Es evidente que, además del entrenamiento en España, primero bajo la vigilancia de Erno Gerö, y después de Leónidas Eitingon, Ramón Mercader pasó cinco o seis meses en la Unión soviética antes de instalarse en París, en contacto ininterrumpido con los agentes especializados en la lucha contra Trotski y el trotskismo. Tenía que esperar en París la llegada de Ruby Weil, que debía presentarle a la inocente Sylvia Ageloff.

Esperé a 1948 para hacer pública la verdadera identidad del asesino de Trotski y retrazar en parte la historia de su familia, aunque hubiese podido hacerlo, como ya he dicho, en 1940. Sin embargo, mis afirmaciones merecieron escaso crédito. ¡Habían sido atribuidas a aquel hombre tantas nacionalidades, tantos nombres! ¿Qué pruebas podía ofrecer de que lo que yo decía era exacto?

Las pruebas materiales e irrefutables de esa identidad fueron facilitadas en 1953 por un médico, mexicano, el doctor Quirós Cuaron, encargado en 1940, inmediatamente después de la muerte de Trotski, del examen psicológico del homicida. Quirós Cuaron extrajo de ese examen conclusiones del máximo interés, que expuso en un voluminoso estudio. Aguijoneado por una curiosidad jamás satisfecha, llevó más lejos todavía sus investigaciones, que le condujeron primero a Barcelona y después a Madrid, donde la Dirección General de Seguridad le suministró documentos preciosos: fotos policíacas, de frente y de perfil, de Ramón Mercader del Río (detenido el 12 de junio de 1935, con otros diecisiete comunistas, en Barcelona, transferido después a una prisión de Valencia, puesto en libertad cuando la victoria del Frente Popular) y la huella de su dedo índice derecho. Comparadas con las fotografías de frente y de perfil y la huella del índice derecho de Frank Jacson-Mornard, detenido por la policía mexicana por el asesinato de León Trotski, en 1940, se revelaron idénticas. Al escribir estas líneas, tengo ante los ojos las fotocopias de esos documentos. Las fotos tomadas en 1935 nos muestran a un Ramón Mercader joven, de cabellos negros y abundantes, frente lisa, ojos en forma de almendra, que reflejan un carácter enérgico, la boca grande y sensual; las de 1940 nos permiten ver un hombre cansado, incluso envejecido, con la frente surcada ya por ligeras arrugas, esbozando un gesto que quiere ser desenvuelto pero que delata mucha amargura. El joven militante comunista de 1935, movido probablemente por un ideal sincero, por la voluntad de creer y de actuar, se ha convertido, gracias a los cuidados de la GPU, en un asesino célebre: el de León Trotski. Y su rostro atormentado refleja su infierno personal al mismo tiempo que el infierno colectivo en que se debaten tantos millares de seres.

Los asesinos doctrinarios

El azar quiso que me encontrase en México, en el curso de mis frecuentes viajes por América Latina, cuando, ante la sorpresa general, las autoridades pusieron en libertad, aunque expulsándolo del país, al asesino de León Trotski. Era el 6 de mayo de 1960, o sea, tres meses y medio antes de la fecha en que terminaba su condena, ya que el crimen fue cometido el 20 de agosto de 1940. Ramón Mercader del Río, debidamente escoltado, partió para La Habana de Fidel Castro; desde allí se dirigiría a Praga, uno de los principales centros de dirección del comunismo internacional, y, finalmente, a Moscú. Si aún faltaba una prueba de sus relaciones con el comunismo, ya la tendríamos en lo sucesivo. Cumplida su condena, el criminal doctrinario tristemente célebre iba a reunirse con los suyos.

Dos días más tarde sostuve una larga conversación con Enrique Castro Delgado, quien había sido depositario en Moscú de las confidencias de Caridad Mercader. Espontáneamente, me había ilustrado ya sobre las actividades del general de la GPU, Leónidas Eitingon, refiriéndome también las de Caridad, su amante. Habíase abstenido, no obstante, de revelarme lo esencial, a saber: que ella había acompañado a su hijo Ramón hasta la puerta de la morada de Trotski, por así decirlo, llegado el momento del homicidio. Jesús Hernández, en otro tiempo miembro del Ejecutivo del Komintern y antiguo ministro comunista español, había sido el primero en revelar su presencia, pero yo no había dado crédito a aquello, hallando la cosa demasiado monstruosa para que fuera verosímil. Pero, ahora, Castro Delgado estaba decidido a darme a conocer los menores detalles.

-¿Por qué me ocultaste un detalle de tanta importancia?

-Compréndelo -me respondió él, entristecido-. Mi mujer y yo habíamos contraído una deuda de gratitud con Caridad. En una época de gran miseria en Moscú, ella nos ayudó a sobrevivir. Por añadidura, se movió mucho para que nosotros pudiéramos abandonar la URSS cuando corríamos un gran peligro, realmente entre la Lubianka y la frontera. ¿Tenía yo derecho a portarme mal? Ahora ya puedo hablar, todo ha cambiado.

Caridad, que, como ya sabemos, fue a México a la cabeza de una delegación en noviembre de 1936, regresó allí poco antes del final de la guerra civil española, en febrero o marzo de 1939, cuando comenzaban los preparativos para el asesinato de Trotski. Ella lo mismo que Leónidas Eitingon, su amante, trabajaba bajo la dirección personal de Sudoplátov (9), uno de los principales jefes del espionaje soviético en el hemisferio occidental. Eitingon, que, bajo los nombres de Valery y de Liova, se había entregado a actividades antitrotskistas en Francia, era ante todo un especialista en el descubrimiento y liquidación de los diplomáticos soviéticos sospechosos y militantes comunistas dudosos o comprometedores. Probablemente no se sabrá nunca de cuántas denuncias y ejecuciones es ese hombre autor. Ya veremos más adelante que Caridad, apasionadamente enamorada de él y fanática de la acción (el hombre le había prometido casarse con ella, ocultándole que ya tenía mujer e hijos en la URSS), fue en muchas ocasiones su colaboradora y cómplice. Ramón había seducido a Sylvia Ageloff para introducirse en la casa de Trotski; Eitingon, de manera semejante, había sorbido el seso a la bella Caridad, explotando su sensualidad de mujer madura: el amor al servicio del crimen.

Habiendo fracasado el primer atentado contra Trotski, Beria y Sudoplátov dieron, sin lugar a dudas, órdenes terminantes a Leónidas Eitingon y a su colaboradora Caridad Mercader: había que preparar un nuevo atentado, que esta vez no debía fallar. De ahí la reunión Rabinovitch-Eitingon con Ramón en Nueva York. Esto parece más que verosímil, ya que de otro modo el viaje del último a dicha ciudad no se explicaría. Por añadidura, parece muy lógico que ellos escogieran Nueva York, suficientemente alejada de la capital mexicana y de todas las personas que habían tomado parte en el ataque a la casa de Coyoacán, con el propósito de poner en marcha un nuevo plan.

Mientras Ramón, en aquel fatal día de agosto, se dirigía en coche al domicilio de Trotski para cometer su crimen, Leónidas y Caridad, cada uno en su automóvil, le seguían, estacionándose por las calles vecinas cuando el asesino penetró en el chalet-fortaleza. Si, como era probable, Ramón lograba matar a Trotski en su mismo despacho, con la ayuda del  piolet oculto en su impermeable (por lo cual había sido necesario dos días antes un ensayo), los vigilantes lo dejarían salir sin ser molestado; luego, Caridad y Leónidas se ocuparían de su inmediata salida al extranjero. El terrible grito lanzado por la víctima al recibir el golpe de piolet en su cráneo hizo fracasar su plan. Caridad tuvo que presenciar, devorada por la angustia, la partida de las dos ambulancias: una transportaba a Trotski a la clínica; en la otra iba su hijo, del que no sabía si estaba vivo o muerto. La desventurada recibió entonces una orden perentoria de su jefe y amante: era preciso huir. Leónidas se puso en marcha por su cuenta; Caridad pasó a Estados Unidos, desde donde se trasladaría a Rusia. Una militante española, que desempeñó un papel importante durante la guerra y pasó una temporada en la URSS (en el momento del caso Trotski residía en México, y en México sigue), estaba al corriente de toda la maquinación e intervino. Luego ella rompió con el comunismo; “esa infamia universal y totalitaria”, le oí decir hace varios años; ha sufrido enormemente, de manera que silenciaré su nombre.

Llegada a la URSS, Caridad Mercader se instaló en la Kalujskaia, inmenso sector residencial en las proximidades de Moscú, de casas uniformes y confortables, todas ellas ocupadas por agentes importantes de la GPU. A ella le agradaba la vida fácil y el lujo; le apasionaban las ropas costosas, las joyas, los perfumes; necesitaba beber cada día treinta o cuarenta tazas de café y fumar sesenta u ochenta cigarrillos. El régimen estaliniano, que tan duros sacrificios imponía a la masa del pueblo, que tanta miseria ocasionaba, no le negaba nada a aquella mujer .

Sin embargo, continuaba siendo devorada por una enfermiza necesidad de acción, que ahora más que nunca le atenazaba: la acción podía ser el olvido. Caridad no habría podido soportar nunca una vida de ociosidad. Siempre enamorada del general Eitingon, pese a haber descubierto la existencia de su esposa y de sus hijos, seguía siendo su colaboradora más íntima en la caza de diplomáticos y de militantes tibios y vacilantes. Se le encargó que espiara y denunciara a los jefes del Partido comunista búlgaro refugiados en la URSS; con excepción de Dimitrov y de Kolarov, destinados a desempeñar después de la guerra y del triunfo del Ejército Rojo los más altos cargos gubernamentales en Sofía (lo cual no impidió que los dos murieran en extrañas circunstancias), puede decirse que todos los jefes búlgaros fueron ejecutados. Provista de pasaporte cubano, hizo numerosos viajes, unas veces con Eitingon; otras, sola y obedeciendo sus órdenes, a Suecia, Noruega, Dinamarca, Holanda, Bélgica y Turquía. Cada una de esas misiones se traducía en nuevas víctimas.

-¿En qué cifra estimas tú el número de esas víctimas?-pregunté a Castro Delgado-.

-En unas treinta, tirando por lo bajo -replicó él.

Castro Delgado guardó silencio durante unos instantes, añadiendo luego:

-Después de la primavera de 1943, caído yo en desgracia ya, pasé horas y horas en su casa, en su pequeño apartamento de Kalujskaia. Éramos semejantes a dos náufragos, que tienen necesidad uno del otro. Se pasaba casi todo el tiempo tendida en la cama, fumando cigarrillo tras cigarrillo, levantándose solamente para hacer café. Frecuentemente hablaba con nostalgia de Cuba, de México, de París; intentaba espantar sus malos recuerdos mencionando sólo los buenos. Pero estaba obsesionada por lo que callaba. No pudiéndose contener ya, un día me confió todo lo que albergaba en su corazón: “Nos han engañado, Enrique. Nos han engañado con sus libros revolucionarios, con su propaganda, con su pretendido paraíso. Esto es el peor infierno que haya existido jamás. Nunca podré habituarme a él. No tengo más que un deseo, un pensamiento: huir, huir lejos de aquí.”. Parecía decidida a hablar... “Tú no conoces como yo a estas gentes”, añadió. “Carecen de alma y de conciencia. Aniquilan tu voluntad, te obligan a matar y te hacen morir a continuación, de un golpe o de un disparo, o a fuego lento, como a mí me hacen morir en este momento. Ahora ya no me necesitan, ¿comprendes? Después de mi última hazaña en Turquía, ya no les sirvo de nada. Se dan cuenta de que ya no soy la de antes... Y es que, poco a poco, los criminales se cansan de sus crímenes y se tornan indiferentes. Si yo te lo contase todo...”. Impresionado, le pedí que no siguiera hablando. Si se divulgaba que ella me había hecho aquellas terribles confidencias, estábamos irremediablemente perdidos los dos. “¡Pero es que estamos perdidos!”, exclamó. “Aquí o en otra parte, si nosotros logramos, por milagro, huir, ¡estamos condenados a muerte!”. Me contó entonces detalladamente toda la historia del asesinato de Trotski, preparado por Leónidas Eitingon y por ella misma. Siempre tendida en su lecho, con el rostro hundido entre sus manos, sollozaba: “He hecho de Ramón un asesino”, manifestó por fin. “De mi pobre Luis, un rehén, y de mis otros dos hijos unas puras ruinas. ¿ Y cuál ha sido mi recompensa a cambio de eso? ¡Cuatro porquerías!”. Caridad se levantó, tiró del cajón de una cómoda, con aire de disgusto, y sacó las condecoraciones más codiciadas de la URSS, la medalla de la Orden de Lenin y la de Héroes de la Unión Soviética, concedidas a ella y a Ramón, respectivamente.

La obsesión de la huida, la certeza de que la matarían si seguía en la URSS la enloquecían. Había adquirido el hábito de encerrarse en su casa, viviendo detrás de sus ventanas, detrás de sus cerrojos. Como sufría de insomnio, se pasaba las noches paseando de un lado para otro en su pequeño apartamento, fumando y bebiendo café sin descanso. Un día, extenuada por el estado de sus nervios, cayó enferma: enferma de desesperación. Carmen Brufau, una catalana, la visitaba con frecuencia; Caridad sabía que esta mujer era un agente de la GPU, de manera que no se fiaba de ella. Escribía, una tras otra, cartas a Beria o a Sudoplátov, unas veces suplicantes y otras amenazadoras, solicitando autorización para salir de Rusia. Le respondían con ramos de flores, con cajas de bombones, con cartas que contenían unas cuantas palabras amables. En ocasiones, Leónidas Eitingon iba a verla; le recomendaba paciencia, un poco de paciencia. Sólo las visitas que le hacía a menudo su hijo Luis la tranquilizaban. Finalmente, amenazó con suicidarse o con refugiarse en la Embajada de Cuba si su solicitud continuaba siendo rechazada. Esta amenaza desesperada dio resultado: Beria la autorizó por fin a trasladarse a Cuba, a condición de que no intentara luego irse a México; en el estado de nerviosismo en que se encontraba, su presencia en México habría podido ser comprometedora. Caridad se prestó a eso, prometiendo no salir de Cuba. Pero una vez fuera de la URSS se apresuró a trasladarse a México. La animaba una idea fija: conseguir la libertad de Ramón.

Silencio bajo pena de muerte

Caridad, pues, logró salir de la URSS hacia finales de febrero de 1945, pero su hijo Luis, muy joven, se quedó en Moscú como rehén, respondiendo del silencio de toda la familia. Al enterarse de su partida en fecha próxima, el muchacho confesó un día a Castro:

-Mi madre se va a Cuba, y luego indudablemente, se presentará en México, pero me sacrifica al dejarme aquí. Ella sabe, sin embargo, que yo odio todo esto y que daría la mitad de mi vida por irme. No me hago ilusiones: no podré salir jamás de la Unión Soviética.

Tras la muerte de Trotski, residía permanentemente en México una comisión de la GPU. Yo me había enterado de su existencia, pero ignoraba su composición exacta. A la cabeza de esa comisión se encontraba el agente Kupper, muy importante, de origen polaco. Tenía por colaborador, entre otros españoles, al hijo de un dibujante célebre: Sancha. Kupper había estado durante la guerra en España, dedicándose al terrorismo. Una de sus primas, Lydia, casada con un militante español asesinado más tarde por los suyos, fue la colaboradora y amante del famoso mariscal Malinovsky, comisario de Defensa, después del advenimiento de Kruschev (10). El equipo Kupper cumplía en México una misión concreta: protegía, y al mismo tiempo vigilaba estrechamente, al asesino de Trotski. Todo lo que tenía relación con el detenido –la preparación de su defensa, la tarea de hacer su estancia en la prisión lo más cómoda posible, sus relaciones con el exterior- se hallaba intervenido por Kupper. Al grupo no le faltaba dinero precisamente; según mis informes, gastó desde la detención hasta la liberación del criminal la importante suma de 250 000 dólares.

Al abandonar la URSS, Caridad Mercader tenía en su poder un pasaporte soviético que le permitía guardar secretos su identidad y su origen. Pero ese pasaporte fue motivo de toda clase de conflictos con el equipo Kupper, que quería impedir a toda costa que entrara en contacto directo con el prisionero. Una vez logró entrar en la prisión de Lecumberri, donde su hijo cumplía condena, pero le fue totalmente imposible verlo. Caridad exigió que se procediese a la revisión del proceso: sufrió un revés. Con la ayuda del abogado que defendiera al detenido, proyectó un intento de reducción de la condena, pero estas nuevas gestiones resultaron igualmente vanas. El pretendido Jacson-Mornard no era un preso cualquiera; la prensa mundial no le perdía de vista, y su liberación prematura habría podido dar lugar a un escándalo. Cada vez que se planteaba el problema de una reducción de la pena, la Justicia mexicana invariablemente invocaba los argumentos siguientes para rechazar la idea: precisamente, por haber intentado él obtener la revisión de su proceso, habíase privado el prisionero de una posibilidad de atenuación de la condena. Además, ¿cuál era su verdadera identidad? Aquella bajo la cual había sido detenido se había revelado falsa, pero la verdadera seguía siendo desconocida oficialmente. ¿Por qué se negaba a descubrirla, a aportar pruebas que hubiesen ayudado a poner en claro el problema? Finalmente, la mujer exigió que fuese organizada su evasión: nuevo fracaso (ya he dicho en otra parte qué papel desempeñé en el mismo, en unas fechas en que yo ignoraba todavía que la madre del asesino se encontraba en México). Como cada vez se mostraba más exigente, Kupper resolvió -sin duda por orden de Moscú- aterrorizarla. Dos tentativas criminales fueron dirigidas contra ella; una vez escapó por milagro de un accidente de automóvil. Temiendo por su vida, como ya antes en Moscú, Caridad abandonó México en noviembre de 1945, dirigiéndose a París, de donde no ha salido desde entonces. Provista de un pasaporte cubano, vive allí con su hija Montserrat, casada con un tal Monsieur Duduyt. En París, igualmente, vive su hijo mayor, Jorge, enfermo. Caridad, en otro tiempo enérgica, audaz y fanática hasta el crimen, es en la actualidad una mujer ya entrada en años, llena de tristeza y amargura, que trata de hacerse notar lo menos posible. Por nada del mundo accedería a regresar a la Unión Soviética. Además, ¿para qué iba ella a volver allí? Stalin murió. Beria fue ejecutado. Los amos actuales del Kremlin les han acusado de crímenes monstruosos, muchos de los cuales no han sido todavía revelados. Han rehabilitado a algunas de sus numerosas víctimas. ¿No llegarán algún día a rehabilitar la memoria del mismo Trotski? Ahora bien, Caridad y sus hijos han participado en esos crímenes, han vivido esa espantosa pesadilla... ¿Puede imaginarse destino más triste y más infernal que el de esta mujer?

Kupper fue llamado a Moscú tras el fracaso de la tentativa de evasión de Ramón Mercader del Río. Pereció en el curso de una purga organizada por Kruschev después de la muerte de Beria, y al mismo tiempo que desaparecían sus colaboradores más allegados: Merkulov, Sudoplátov, Eitingon, todos los que habían tenido algo que ver con el asesinato de León Trotski. Víctor Hugo tenía razón: siempre hay un verdugo para los verdugos.

París, octubre 1969.

Notas

(1) Caníbales políticos (Hitler y Stalin en España), México, 1941.
 
(2) Este Juan B. Gómez, agente del estalinismo en España, y más tarde uno de los organizadores del atentado perpetrado contra Trotski, fue de los que estaban empeñados en enviarme a un mundo mejor; felizmente para mí, yo estaba al corriente de sus maniobras.

(3) Machado (1871-1939), dictador cubano hasta la revolución de 1933, que llevó al poder al sargento Batista.
 
(4) Nosotros empleamos aquí sus diversos nombres: Sormenti, Contreras o Vidali, teniendo en cuenta el momento y las circunstancias en que él mismo los utilizaba.
 
(5) Ver La Grande Trahison (Fasquelle, París), de Jesús Hernández, antiguo ministro español y en otro tiempo miembro del Ejecutivo del Komintern en Moscú.

(6)  Bajo el nombre de Pedro, el que había de ser uno de los principales provocadores de los acontecimientos de 1956 en Budapest representaba al Komintern y a la GPU en Cataluña.

(7)  Tuve ocasión de establecer la prueba de su gran influencia en los medios oficiales: invitado por un servicio del Ministerio del Interior mexicano (Secretaría de Gobernación) a formular unas declaraciones sobre las actividades de la GPU relacionadas con el caso Trotski, no tardé en descubrir que había sido remitida una copia de aquéllas a dicho personaje

(8)  ¿Fue también a Nueva York Leonidas Eitington, responsable de la dirección técnica? Yo me inclino a creerlo: una decisión tan importante exigía la aprobación de los principales responsables.
 
(9) Se trata de Pavel Anatólievich Sudoplátov, cuyo papel dirigente en la ejecución del asesinato de Trotski, junto con importantes datos de dicho crimen, ha reconocido él mismo en el libro Operaciones especiales, Plaza y Janés, 1994 [Nota del editor].

(10) Castro Delgado confirmó lo que yo sabía ya por El Campesino: el famoso mariscal soviético, conocido por el sobrenombre de Manolito, había estado en España durante la guerra civil. Se afirma de él que, muy glotón, se hacia servir cada día un enorme cocido a la madrileña. Una de sus grandes proezas militares consistió en apoderarse de una veintena de sacos de garbanzos que hizo enviar a su casa de Moscú.

 
                                                                                 
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Edición digital de la Fundación Andreu Nin, marzo 2002
 
 
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