FUNDACIÓN

ANDREU NIN

 

 

Las condiciones de la alternativa democrática

Julián Gorkin


Julián Gorkin llevo a cabo una importante labor en el seno de la oposición democrática al franquismo tanto en la preparación de la Conferencia de Munich en 1962, en la edición de la revista Mañana (Tribuna democrática española), junto a Dionisio Ridruejo, y en una permanente labor de defensa de la libertad frente a la dictadura mediante su participación en múltiples encuentros, foros y publicaciones . Artículo publicado en Ibérica, volumen 19,nº 10, 15 de octubre de 1971

Desde el término de la Segunda Guerra mundial, con el hundimiento de las potencias del Eje y de sus regímenes, casi todo el mundo parece sorprenderse de la prolongada duración del régimen franquista. Y no sin cierta admiración, que disimula apenas un complejo de culpabilidad, son muchos los que creen que esta duración se debe a la habilidad política del general Franco. Como si el cambio de padrinos, sobre todo cuando los dos principales murieron de trágica manera, fuera nuevo en política. El fenómeno tiene, sin embargo, la más natural y dramática de las explicaciones.

Contrariamente a lo sucedido en Italia y en Alemania, la dictadura militar-fascista se impuso en España mediante la más cruenta y mortífera de las guerras civiles y el sacrificio físico, como combatientes y ante los pelotones de ejecución, de una gran parte de sus cuadros políticos, sociales y culturales. El régimen se instaló, en suma, según la imagen de Bernanos, sobre "un cementerio bajo la luna" o, como ha dicho Ridruejo, sobre "un desierto". Añadamos que los exilios italiano y alemán, casi intactos, pudieron volver a sus respectivos países y, gracias a la ayuda Marshall, contribuyeron a la reconstrucción y al desarrollo de sus estructuras democráticas, así como a la creación de la Europa comunitaria y del Pacto del Atlántico Norte. En cambio treinta y dos años después, el exilio español sigue diseminado por el mundo: sus principales jefes históricos han muerto y los otros han envejecido. Física y moralmente marginado, denigrado o simplemente silenciado por el régimen dictatorial, se ha tratado de convertirlo en una rama semimuerta del árbol español.

Que no lo es y que no ha dejado de obrar nunca por la causa de su pueblo, no obstante su prolongada y dramática separación física, lo demuestran no sólo
su actuación y sus sacrificios pasados, sino, presentes y en función del porvenir. No pocos de sus cuadros perecieron en los campos nazis y en los combates por la libertad de Europa, y terminada la guerra y reconstruidas sus organizaciones democráticas tomaron éstas una parte activa en la creación del Movimiento Europeo, en el que siguen asegurando la presencia española. Paralelamente, y mientras mantenían sus propios centros unidos y sus órganos de expresión, los exilados implantados en las Américas contribuían grandemente al desarrollo cultural, científico y técnico de los diferentes países. Plantaban así nuevas y sólidas raíces en los dos continentes en función de los cuales se viene determinando el futuro español. Aunque sabido, conviene recordar todo esto precisamente cuando está planteado el problema del posfranquismo sucesorio.

Lo que cuenta fundamentalmente hoy es que tengamos conciencia de la profunda mutación que se ha producido en España y de los deberes que nos impone a los españoles de dentro y de fuera. Mutación demográfica, estructural, social, espiritual, conteniendo una extraordinaria acumulación de promisoras reservas.
Desde el final de la guerra civil, la población española ha conocido un aumento de más de un tercio, con el consiguiente rejuvenecimiento generacional: en efecto, los dos tercios tienen menos de cuarenta y cinco años. Mientras la población rural ha pasado del setenta al treinta por ciento, el sector propiamente obrero y el sector terciario se han multiplicado por dos. Traduce todo esto el fenómeno universal de despoblación progresiva del campo y de concentración empresarial y obrera en las ciudades, principalmente en Barcelona, Madrid, Bilbao... Es un hecho que España posee hoy uno de los proletariados proporcionalmente más voluminoso y joven y potencialmente más combativo de Europa, como lo vienen demostrando sus frecuentes huelgas no obstante estar prohibidas y caer bajo la ley franquista.

Lo inconcebible, lo grave, lo monstruoso es que esta mutación hacia una modernización de la sociedad no encuentra en la España actual sus cauces normales correspondientes, las necesarias estructuras políticas y sindicales, el desarrollo moral y cultural en consecuencia. Nacen de ahí sus males y los consiguientes peligros. España se encuentra en la línea fronteriza entre el subdesarrollo y la entrada en la sociedad industrial y de consumo, pero tropieza con las barreras de un régimen anacrónico y cerrado. La transferencia de población del campo a la ciudad y hacia los países prósperos se produce sin plan ni concierto y, por consiguiente, sin las debidas garantías. Representa una grave anomalía que un país que aspira al desarrollo europeo sea uno de los principales exportadores de mano de obra: los inversionistas explotan así a nuestra masa salarial en la propia España y en el extranjero. Se nos habla corrientemente de los 700 dólares de renta nacional per capita y de la aspiración de los tecnócratas a alcanzar los 1.000, cifras realmente irrisorias en comparación con las de los principales países europeos; pero se habla mucho menos de las tremendas desigualdades entre los ingresos que perciben los detentadores del capitalismo empresarial y bancario, los del sector terciario, que consume un tercio de la renta nacional, y los de las masas trabajadoras, con sus salarios bloqueados y que solo pueden subsistir gracias al recurso de las horas extraordinarias. Esta escandalosa injusticia y la corrupción que la acompaña constituyen la característica fatal de los regímenes dictatoriales y sólo pueden engendrar el rencor y el desorden. Y bajo la tan cacareada "paz franquista", la inseguridad, la inquietud, el miedo y la represión permanentes.

En este cuadro y este clima, una cosa aparece como cierta y segura: es que el pueblo español está atravesando el "desierto" y saliendo decididamente de la
"despolitización" que han venido constituyendo las garantías de duración y de continuidad del régimen. Esta despolitización de uno de los pueblos más politizados e independientes tenía como causa principal el trauma producido por la guerra civil y el miedo a una nueva. Mas hoy todo el mundo tiene conciencia, dentro y fuera de España, de que este recurso o peligro catastrófico es imposible: no se cierra un abismo abriendo otro, y a lo que aspiran los españoles es a superar las consecuencias del tremendo enfrentamiento de 1936-1939. Pero la consecuencia principal, la más grave y dramática, ¿no es acaso la pervivencia del régimen dictatorial, su obstinada cerrazón a toda democratización efectiva y su descabellada pretensión a la continuidad del franquismo después de Franco? La mejor prueba de que la solución nacional e internacional del problema español no pasa por ahí, nos la ofrece precisamente la incógnita que planteará -que plantea ya- el día cercano de la desaparición del dictador.

Es evidente que la preocupación que crea ya esta incógnita, preocupación llamada a convertirse en el problema número uno de la transición posfranquista el día del desenlace, concierne en primer lugar a los cuadros vivos de la sociedad española y, en segundo, a los europeos por orden prioritario y teniendo en cuenta la posición clave que ocupa España entre el Mediterráneo y el Atlántico. Los nuevos cuadros -o las "nuevas clases de edad", como las denomina un sociólogo francés en las sociedades industriales- son una consecuencia de la mutación en todos los órdenes que ha conocido nuestro país y a la que me refiero más arriba. Desaparecidos físicamente los cuatro quintos de los grandes responsables de nuestra hecatombe civil y de la brutal represión que la siguió –-y llamado a desaparecer en los próximos años el último quinto-, los cuadros intermedios y los nuevos se han ido instalando en todos los estamentos, en las propias instituciones, en los organismos y organizaciones socio-profesionales, en las etnias nacionalitarias. ¿Son o pueden ser los "continuistas" de los otros? No lo creo. Tampoco lo creen los auténticos "continuistas" del franquismo con o sin Franco, pues si lo creyeran no apretarían las clavijas de la represión ni gritarían al "rearme político". Sin hablar de los oposicionistas declarados, una buena parte de los cuales proceden del franquismo o de sus aledaños, son cada día más numerosos los que, más o menos sinceros u oportunistas, se muestran en franca ruptura con él. Tal ocurre, por ejemplo, no sólo con la mayoría del bajo clero sino con una buena parte de la Jerarquía, como lo demuestra que, muerto el 30 de mayo el ultra-franquista monseñor Morcillo, el Vaticano se haya apresurado a designar para sucederle al "conciliar" o liberal cardenal Tarancón. Y cuando uno piensa que, desaparecidos sus viejos jefes, el carlismo invita a "la lucha contra el régimen fascista" y a "realizar la revolución de los pueblos peninsulares", en nombre de "una España representativa, sindical y federal" y "bajo un sistema socialista", ¿no cree uno soñar ante ésta y otras manifestaciones del desquiciamiento franquista?

En previsión de la situación que se creará indudablemente en el país el día de la desaparición del dictador, los augures predicen la formación de un Directorio militar presidido por un general de prestigio y que se presenta como liberal y europeísta. Que sea ese el recurso inmediato y provisional u otro, el proceso
hacia la solución del problema español se perfila claramente y seguirá inevitablemente su curso. No se trata tan sólo de someter a la disciplina a un Ejército al que se le confió el papel de garantizar el poder dictatorial y hoy profundamente dividido, sino de que vuelva a sus competencias profesionales subordinado al legítimo poder civil. Tampoco del mantenimiento del orden mediante unas medidas de fuerza provocativas y exasperantes, sino de restablecerlo sobre la base del derecho y del consenso democrático. La cuestión no consiste en imponer el llamado continuismo personalizado por Juan Carlos, contra el que está casi todo el mundo, o una llamada monarquía liberal personalizada por el conde de Barcelona. Estos y otros expedientes impuestos por arriba no representan ni pueden representar la alternativa democrática ni la vuelta a la normalidad que necesita, por sobre todo, España.

Las condiciones fundamentales de esta alternativa, en función del porvenir y no del pasado, se vienen imponiendo a todos por su propia lógica real y creadora: la libertad orgánico-pluralista de los partidos políticos en contra del pretendido y burdo "asociacionismo" ; la liquidación de la impositiva y desnaturalizada verticalidad y la democratización efectiva de los sindicatos; el reconocimiento existencial de los pueblos que, creados por la propia Historia y garantizadores de una democracia viva, de abajo arriba, componen el conjunto hispano; la devolución o la reconquista de los derechos determinativos y representativos a todas las entidades y todas las etnias y, consiguientemente, a los individuos para que puedan decidir soberanamente qué régimen, qué estructuras y qué gobierno quieren darse. Son estos los principios básicos y los modos funcionales europeos, sin cuyo respeto y aplicación no podrá España asociarse e integrarse por etapas a la Europa comunitaria.

Sobre estas condiciones básicas, las únicas capaces de evitarle nuevos y tremendos males a España, es posible y necesario el diálogo abierto. En la situación actual de nuestro país, de Europa y del mundo, este diálogo sólo puede aterrar al franquismo en descomposición. El doble hecho del resquebrajamiento y la división de todas sus bases tradicionales y de que son cada día más los que adoptan genéricas actitudes democráticas, republicanas, socialistas y, en suma, europeístas, nos trazan el camino a la vez de la diferenciación y de las semejanzas de los límites y de las posibilidades dialogales. Este período de desintegración del régimen, y sean cuales fueren sus últimos aletazos, comporta inevitablemente una nueva integración del pueblo y de la sociedad. Que nadie lo dude: nuestro pueblo, como todos los pueblos que han sufrido y acumulado experiencias y energías, sólo puede aceptar ya y sólo aceptará lo que él mismo cree y decida.
 
 


Edición digital de la Fundación Andreu Nin, febrero 2003



 
 
 
 
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