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FUNDACIÓNANDREU NIN |
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Ahora se
“descubre” el Cuaderno rojo de Mary Low (1912), una fascinante
militante australiana que en los años treinta, con apenas veinte
años, ligó su apasionada existencia con el movimiento surrealista
en Gran Bretaña, y tomó parte activa en los inicios de la
Cuarta Internacional. Enamorada del poeta cubano Juan Breá, surrealista
y “trotskysta” como ella, ambos desembarcaron en la Barcelona nacida en
la jornadas de julio y en la que descubrieron día a día,
con personas y realidades concretas, que la revolución era la fiesta
de los pobres, y el momento de la creatividad intensa de las masas hasta
entonces anónimas y sometidas.
En este Cuaderno rojo se recoge la traducción castellana de los capítulos escritos por Mary en el ya legendario Red Spanish Notebook, escritos junto con Juan Breá. Once instantáneas escritas por una militante "trotskysta" entre agosto y diciembre de 1936, que ofrece la visión de alguien que quiso dejar testimonio de la Barcelona insumisa y que, aunque aparecen personajes o hechos históricos relevantes, Mary escruta sobre todo los pequeños detalles en la vida cotidiana. A través de los vivos ojos y de las .palabras ajustadas de Mary, Barcelona aparece como un "“atmósfera” febril, como una capital roja en la que los taxis han sido suprimidos, en la que los camareros no admiten propinas, los limpiabotas tampoco y mostraban orgullosos el carnet del sindicato, en la que los anarquistas han emprendido una cruzada contra los sombreros y en la que los organillos callejeros tocan machaconamente “La Internacional” y “A las barricadas”, y “donde. Una sensación de fuerza y actividad nuevas parecía irradiar de la multitud de gente que poblaba las calles”. Fervorosas eran las llegadas de los hombres que regresan del frente de Aragón, en medio de "la corriente de simpatía que flotaba en el aire" junto con "la bronca cortesía, (de) una corrección nacida del sentimiento de igualdad".
Describe también con detenimiento un mitin en el viejo teatro Price, con los palcos a rebosar de un público de lo más receptivo, la mayoría con el uniforme de milicianos, incluida las mujeres (este fue el uniforme diario de Mary durante este tiempo). Merece atención su retrato de la intervención de Andreu Nin: "Nin se puso en pie. Era un hombre corpulento, muy alto y fornido. Llevaba una guerrera azul de miliciano, y eso y su pelo rizado le daban un aire juvenil y entusiasta, inclinado sobre la mesa; con un puño fuertemente apoyado en ella y la otra mano agitándose en el aire. Al principio, las aclamaciones se oían por encima de su voz, ahogándola, pero cuando por fin se hizo el silencio, se escucharon sus palabras, profundas y potentes. Nin hablaba como el hombre de la calle. No le había escuchado jamás floritura alguna en sus frases. Pasa de una idea a otra ordenadamente, y te las machaca, y toda su eficacia se basa en la simplicidad y el aplomo con que las expresa (...). La gente reacciona apasionadamente a los discursos de Nin. Su pasado en Rusia avala sus palabras y las respalda". En aquel momento, los ”trotskystas” eran muy bien recibidos por el POUM, y Mary (y Juan Breá) podía discutir apasionadamente con Nin o Gorkín sin que mediaran la desconfianza y las descalificaciones.
Eran tiempos de talante feminista a los que Mary le dedica una especial atención, remarcando detalles como la existencia del cartel colgado en algunos burdeles: “Respétala, es tu compañera”. Cuenta la iniciativa de la Secretaría de la Mujer para clausurar estos establecimientos, y detalla la reacción de unos milicianos al descubrir en Las Ramblas este pasquín: “Acabemos con la prostitución”. Se preguntaron que harían los hombres en tal caso y también qué destino aguardaría a las prostitutas, pero al final fueron ellas mismas las que iniciaron la lucha, compartieron beneficios. La tradicional imagen del Sagrado Corazón de Jesús colocado en las puertas de las mancebías fue sustituida por el siguiente cartel: “Se ruega que tratéis a las mujeres como camaradas. El comité (por orden)”. Quizás algún día alguien complemente esta información con un buen estudio sobre la labor de concienciación llevada por el anarcosindicalismo en este ámbito al menos desde los tiempos del “Noi de Sucre” (al que las “fulanas” le fueron poniendo flores en la calle Carretas donde fue asesinado), y cuenta la implicación activa de muchas prostitutas con la revolución y la guerra –Mary cuenta como Louise Gómez, la compañera de Gorkín, formó un regimiento femenino que en una semana obtuvo medio millar de inscripciones- y en la postguerra con Facerías y otros. También relata las medidas de Nin como “conseller” de justicia a favor de la mujer, y detalla que un nuevo formulario con un nuevo párrafo dedicado al marido: “Deberás recordar que tu mujer va al matrimonio en tanto que compañera, con los mismos derechos y privilegios que tú”. Cuando llevaba una semana en Barcelona, Mary se percató que todavía no se había mirado al espejo; pero también que nadie se acicalaba.
En sus apretadas páginas, Mary anota en primera persona los logros revolucionarios, habla de cuando “tomamos” el Banco de Cataluña y el Museo de la Virreina”, que (ahí le sale el toque surrealista), dice: “no contenía más que cuadros horribles, a cual más insípido y bochornoso”. No puede ocultar su disgusto con los “burgueses” de la Generalitat que todavía se hablan de “usted” en vez del “camarada” de la calle, y a los que acusa de fomentar la burocracia así como el viajo vicio descrito por Larra de “”vuelve usted mañana”, a lo que ella les responde desafiante: “No he venido a la revolución para esperar en las antesalas”. Mary fue testigo del multitudinario entierro de Durruti, muerto en circunstancias no aclaradas en el frente de Madrid, y desdice el tono pomposo de los cronistas cuando anota que “el hoyo que habían cavado era demasiado pequeño para el ataúd”, y se burla de una pancarta de la Ezquerra Republicana que crea un cierto tumulto. En un momento dado Jordi Arquer, representante del sector comunista-nacionalista del POUM, les increpa: “Queridos hermanos. Los de Ezquerra Republicana tienen suerte de estar en su funeral, y no en otra parte. De estar vivo, él mismo les hubiera respondido con una ametralladora”.
A finales de 1936 escribe. “Teníamos un aire muy desenfadado, y no desprendíamos ese tufo a militarismo pagado de sí mismo que acabaría teniendo todo más tarde, cuando me marché de Barcelona”. Entonces todavía “Quedaba una guerra por ganar”, pero desde su óptica, muy semejante a la que desanimaba a su amigo, el poeta surrealista y a la sazón miliciano del POUM, Benjamin Peret, la batalla se estaba perdiendo. A ellos lo que “les interesaba era la revolución”, y está ya “daba la sensación de que la habían congelado”, aunque todavía quedaba medio año para los jornadas del mayo, y todo lo que vino después. (Después de los años de fulgor militante, Mary Low siguió con sus inquietudes surrealistas y más difusamente con sus simpatías “trotskystas”. Se fue con Juan Breá a Cuba donde éste murió tempranamente, y fue una entusiasta de la revolución cubana hasta que ésta fue torciendo su curso.
Aunque ya se haya olvidado, recordemos que su historia resulta bastante
paralela a la de la mítica pareja revolucionaria poumista compuesta
por el argentino Hypolito Etchébèhere, experto en la guerra
revolucionaria (había estudiado fervorosamente los escritos de Trotsky
sobre el legendario Ejército Rojo) que murió en los primeros
días de la guerra, y Mika Etchébèhere que alcanzaría
el grado de capitán en el frente, y que dejó su testimonio
en Mi guerra de España, editado en su día por Plaza&Janés
(1976), reeditado en catalán (Ed. 1984. BCN, 1990) y ahora,
en 2003, reeditado de nuevo en castellano por Alikornio ediciones.
Edición digital de la Fundación Andreu Nin, diciembre 2003