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FUNDACIÓNANDREU NIN |
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Aunque había leído numerosos libros relacionado con
la historia del POUM, no supe quien era María Teresa García
Banús (Valencia, 1895-Madrid, 1989), hasta que tuve ocasión
de entrar en el “meollo” poumista parisino. Luego he seguido leyendo muchos
más, y no recuerdo ninguno que muestre un interés por esta
mujer que fue “complementaria” de Juan Andrade, y que no había más
que hablar con ella para apreciar que contaba con una historia y una poderosa
personalidad propia. Ambos formaban un matrimonio (civil) sin duda original.
Alto, moreno y delgado él; bajita, un tanto pálida y rechonchita
ella, pero más allá de los estereotipos, ambos irradiaban
un magnetismo muy intenso, y ofrecían una imagen de entendimiento
y ternura que daba envidia. Al contrario que él, Mª Teresa
solía permanecer en la sombra, no era muy dada a hablar en las asambleas.
Cuando lo hacía se ponía un punto nerviosa y le perdía
no poco su natural vehemencia (y la misma intransigencia que a Juan). Sin
embargo, en el ambiente más directo de las tertulias desplegaba
toda su capacidad polémica, sus grandes conocimientos y experiencia
(apenas conocidas) y podía resultar mucho más incisiva que
el propio Juan, lo cual ya es decir. Desde finales de los años veinte,
sus historias se confunden.
Por más que durante muchos años pude considerarme lo que se dice un amigo especial -con todo lo que esto podía significar con la diferencia edad y el afecto que ambos volcaban sobre los jóvenes más afines-, no fue hasta la reciente lectura de sus (inéditas) memorias, Una vida bien vivida, que me ha sido permitido acceder a mayores detalles sobre su vida al tiempo que disfrutaba con unas páginas llenas de vida, escritas de una manera muy similar a la que hablaba, sobre todo cuando ampliaba el debate político con referencias a historias personales. Son páginas escritas sin pensar en su edición, y están planteadas en forma de “cuentos”, tal como al parecer se los contaba a su amiga Jacqueline (nieta de líder socialista de izquierdas Marceau Pivert), cuando esta requirió la atención maternal de Mº Teresa para sobrellevar una tragedia personal.
Se trata de unas páginas redactadas cuando ya estaba “media ciega y con un pie en el estribo” (de la muerte), pero deja clara su convencimiento de que su vida fue algo hermoso, un “poco fuera de lo corriente, pero llena de todos los sentimientos que puede experimentar un ser humano”, y que a pesar “de momentos difíciles que parecían no tener solución; apasionantes, exultantes, de pobreza a veces y también de persecución y cárcel”, no obstante “la volvería a vivir sin cambiar nada”. La suya es una larga vida (94 años), y durante la juventud todo lo parecía el presente, “un presente tan intenso que te envuelve de tal manera que no puedes pensar en el porvenir”, y solamente cuando llegas a la madurez “la vida tiene un sentido”. Ya sabes lo que quieres: “tienes un ideal, algo a lo que consagrar tu existencia, algo por lo que luchar”. Ya en la senectud, “te vuelves irremisiblemente hacia todo el pasado. Un círculo completo”.
No hay pues ningún lamento, ninguna historia de la que no pudiera y quisiera hablar plenamente, sin temor a cualquier discusión. No hay tampoco nada heroico ni extraordinario, lo que hice fue motivado por una suma de circunstancias. Aunque ella no le dice, habría que añadir que unas circunstancias un tanto especiales. No existieron muchas mujeres provenientes de una clase privilegiada que asumieran un desafío al orden existente como el suyo. Comunista, trotskista y luego poumista, “anima mater” del Secretariado Femenino, se mantuvo en la misma coherencia que Juan hasta el último día. Todavía en sus últimos años fue nuestra “abuela” poumista, y pasar por Madrid e ir a ver a Mª Teresa formaba parte de una ceremonia muy especial. Era un encuentro en el que ella disfrutaba tanto con la evocación (siempre con algunas notas de cáustica ironía) como para discutir lo políticamente sucedía y se estaba haciendo “en la lucha”.
Recuerdo por su especial significación que en la mitad de los
años ochenta me dio por publicar una serie de siluetas de compañeras
de grandes revolucionarios (Marx, Lenin, Trotsky), y en las quedaba patente
que estos no estaban a la misma altura que en otros terrenos, y la polémica
se disparó. Entonces Mª Teresa, que era de la vieja escuela,
me hizo llegar un par de cartas animándome a seguir con este tipo
de trabajo, y su percepción, sin dejar de ser crítica, trataba
de ser ecuánime desde la perspectiva del tiempo: hoy ni ellos lo
hubieran hecho ni ellas lo hubieran consentido. Y puesto en ello, que entre
Juan y ella siempre hubo un profundo acuerdo, aunque para ello fuera necesario
que permanecieran discutiendo a lo mejor toda una noche, lo cual -contaba
riendo- era de lo más normal ya que si había discrepancia
ninguno de los dos daba fácilmente su brazo a torcer.
Mª Teresa era nieta por parte de madre de Don Jaime Banús,
hijo mayor de una familia obrera que gracias a sus actitudes y a un sistema
de becas llegó a ser uno de los catedráticos más reconocidos
de su tiempo, admirado por el célebre doctor Luis Simarro, además
de uno de los más importantes estudiosos de la neurohistología
y la psicología experimental, uno de los mayores nombres de la historia
de la medicina en este país, y al que Mº Teresa trató
como parte de su propia familia, y al que recuerda dando una conferencia
en el Ateneo en defensa de Ferrer i Guardia. En la parte paterna destacaba
Don Antonio García Peris, uno de los fotógrafos más
inquietos y emprendedores de su tiempo... Era hermana del profesor Antonio
García Banús, químico eminente y miembro del Patronato
de la famosa Universidad Autónoma de Barcelona de 1936, y también
sobrina del pintor Joaquín Sorolla, que antes fue el protegido de
su abuelo Antonio, y que inmortalizó en varios óleos la figura
del doctor Simarro.
Así pues, la futura revolucionaria vino al mundo en el seno de una de las familias más liberales, ilustres e inquietas de la burguesía española. Aunque nació en Valencia, siendo muy pequeña se trasladó a Madrid donde se formó intelectual y políticamente. Fue una muchacha privilegiada, gozó de toda clase de atenciones, era una entusiasta de los animales domésticos (le encantaban la historias de pájaros y gatos, en sus memorias narra la extraordinaria historia de Morito, el bandido de Luchana) y tuvo acceso a una libertad inusual en su época. Tanto es así que fue una de las pocas españolas de su tiempo que llegó a cursar estudios en los Estados Unidos, concretamente en la elitista Universidad de Vassar, licenciándose en Filosofía y Letras. Desde que recuerda se mostró como una persona inquieta y rebelde, era una criatura y ya quería caminar sola, se enfadaba cuando la ayudaban. De una manera natural destacó especialmente en el pequeño grupo de mujeres universitarias de los años 20, cuando comenzó a tomar parte en los debates políticos y en las denuncias contra la monarquía (tomó parte en las protestas por el desastre de Annual). De una manera espontánea se aproximó a los comunistas que eran todos hombres y los “más feos” para los periódicos. Y aunque sus orígenes eran muy diferentes a los suyos, se enamoró del más intransigente de todos, Juan Andrade con el que acabó confundiendo su destino hasta el final de sus días.
Cuando decidieron casarse (1929) por lo civil superando toda clase de obstáculos, se encontró con que aquel comunista alto de intensos y tristes ojos azules no creía que una cierta felicidad fuera posible a través de la pareja, de manera que a un comentario de ella al respecto, él reaccionó con visible amargura:: “Yo no sé lo que es un hogar, ni siquiera lo que es una casa. No he tenido nunca más que una cama estrecha y corta donde dormir encogido o el camastro de la cárcel. Jamás he tenido una mesa donde pudiera colocar mis papeles para escribir, ni una estantería donde poner mis libros. Locales de partido o encierros carcelarios”. Sin embargo, ella se lo prometió, y coincidieron en todo, en el aprecio al pequeño hogar siempre con gatos -algunos en verdad legendarios como el Morito de Luchana que evoca en sus memorias-, en la afinidad política, en el entusiasmo por la actividad editorial y cultural. Aunque no siempre figure, su nombre va intrínsicamente unido al de Juan en todas las tareas políticas y culturales -muchas veces hacían los artículos o las traducciones juntos-, y fue la responsable exclusiva de numerosas ediciones, en particular de las obras de August Bebel, Clara Zetkin, David Riazanov, Alejandra Kollontaï, Rosa Luxemburgo, Larisa Reisner. A este desconocimiento contribuyó su propio natural, muy poco dado a “figurar”, y su total afinidad con los planteamientos de Juan.
El mismo año de su unión, Mª Teresa realizó un largo viaje por París y Berlín, en nombre de la Izquierda Comunista donde tuvo la posibilidad de conocer a algunos de los intelectuales de izquierda más prestigiosos de la época y a los dirigentes de la Oposición Comunista de Izquierda. El secretariado internacional de esta organización residía en Berlín y allí conoció a León Sedov, hijo de Trotsky, que le causó una fuerte impresión, y por el que tomó parte en una tentativa de darle asilo en España antes de su trágico asesinato, pero todo se detuvo por la firme oposición de Kurt Landau. Su experiencia berlinesa le reafirmó en su rechazo del estalinismo, y regresó deprimida por la desastrosa política del PC alemán, del que pudo comprobar su extraordinaria implantación, pero también su incapacidad de ofrecer una alternativa política, y asistió a asambleas multitudinarias donde sus líderes trataban de convencer a las masas de que la socialdemocracia era el enemigo principal, y que la victoria de Hitler sería el camino más corto para el triunfo propio.
Nadie parece haberse percatado de que era la única mujer que aparece en la famosa foto de la III Conferencia de la ICE celebrada en su barrio de Madrid. Lo siguió siendo en un escenario que describirá John Gunther que acaba de visitar a Trotsky en Prinkipo y que tuvo que acceder al lugar de una reunión después de “subir las largas escaleras de un edificio de departamentos de aspecto confortable, la puerta se abre cautelosamente y entramos en una habitación, pequeña y luminosa. Sobre la mesa veo un par de libros de Dreiser y de otros escritores norteamericanos en traducción española”. La siguiente reunión se “realiza en el pasillo del segundo piso de un destartalado edificio en el centro de la ciudad”, o sea en casa de Juan y Mª Teresa.
Gunther prosigue: “El cielo raso es bajo, entre la gente hay una silenciosa impaciencia (...). Un amigo que me acompaña me traduce los discursos. Los camaradas, en su mayor parte trabajadores con gorras y bufandas, y unos pocos escritores e intelectuales, jóvenes altos de tez oscura, conversan acaloradamente reunidos en pequeños grupos; se separan luego en la calle. Caminamos hacia un café mirando de soslayo sobre nuestros hombros. Nos sentamos con las piernas encogidas en una mesa pequeña y sucia después que el dueño atisba a través de la puerta para dejarnos entrar. Hablamos. De Trotsky. De la revolución. Nuevamente de Trotsky. Todo parece muy inútil y bastante irreal. Sin embargo, no habían pasado muchos años desde que Lenin y Plejanov, Zinóviev, Rádek y Bujarin revoloteaban en grupos, cerrados y tensos, por mesas de café iguales a éste, hablando, hablando, hablando; y, probablemente, a la policía del zar le resultaba demasiado divertido”. Estas líneas quizás alumbren sobre el “porqué” Stalin le dio tanta importancia al POUM.
Su implicación en la defensa de la Alianza Obrera, de la insurrección proletaria de Asturias, llevaron a que Mª Teresa fuera señalada como una “roja peligrosa” por los representantes de la extrema derecha en el medio de las agencias de prensa en el que trabajaba, y en este tiempo conoció múltiples agresiones verbales y amenazas. Cuando estalló la sublevación militar, Mª Teresa se movilizó junto con los trabajadores que detuvieron el fascismo en la capital del Estado, y vivió intensamente aquella efervescencia, bastante irresponsable a su parecer porque los mismos milicianos que hacían guardia regresaban de noche a sus casas. Según contaba, el POUM estuvo entre las organizaciones obreras que trató de darle un sentido “militar revolucionario” en aquellos momentos con la ayuda inapreciable de Hypolito Etchébehere.
Ya en Barcelona siguiendo a Andrade, Mª Teresa pasó a ser una de las principales líderes y una de las más preparada s teóricamente del Secretariado femenino del POUM, amén de la única proveniente de la Izquierda Comunista. Este secretariado formalmente constituido a partir de una idea de Pilar Santiago en septiembre de 1936, se convirtió en una avanzada del trabajo femenino del POUM, por lo tanto defendió la idea de que la revolución socialista era la mejor forma de liberación de la mujer, liberación que entendían según los cánones aprendidos de Zetkin, Kollontaï, etc. Mª Teresa estaba convencida de que la mujer tenía que ser independiente del hombre, y que para ello era necesario criticar los hábitos conservadores de estos, incluyendo a los más revolucionarios. En este punto distinguía entre la equiparación que distinguía su relación con Juan a la de otras parejas del POUM. También dirigió la revista Emancipación en Barcelona; y colaboró asiduamente en La Batalla. Su ideario quedará perfectamente plasmado en el folleto La mujer ante la revolución que, aunque redactado finalmente por Katia Landau, fue el producto de arduas discusiones en el Secretariado.
Según cuenta Solano, para ella y sus compañeras fue una suerte que Andreu Nin fuera Consejero de Justicia de la Generalitat de Cataluña durante el breve período de ascenso revolucionario de 1936, gestión por cierto sobre la que Mª Teresa siempre expresó su posición crítica. Como es sabido, Nin pudo dictar decretos estableciendo, por primera vez en España, la plenitud de los derechos cívicos y políticos para los jóvenes de ambos sexos a partir de los 18 años así como diferentes medidas destinadas a acelerar la emancipación de la mujer, entre ellas la legalización del aborto, todo en una línea de actuación plenamente coincidente con el Secretariado Femenino del POUM, y en un contexto que describe muy bien Mary Low.
Mª Teresa vivió el tema de los debates y los conflictos con Trotsky seguramente con un mayor desgarro que la mayoría de sus protagonistas. Había sentido por Trotsky una identificación y una afectividad comparable a la que sintió por Andreu Nin, y que hizo extensible a León Sedov y a Natalia. Esto saltaba a la vista cuando se engrescaba en una de aquellas discusiones sobre porqué se perdió la revolución y la guerra. En más de una ocasión le sentí contar el extremo sentimiento de angustia que le embargó cuando. a finales de agosto de 1940, en medio de tantos desastres humanos se encuentra sola, sin saber qué le ha podido suceder a Juan, en un ambiente de hostilidad en el que teme que los comunistas la identifiquen, con las tropas nazis que puede llegar en cualquier momento, encuentra un periódico atrasado en cuya portada hay una noticia que sobresale: Trotsky acababa de ser asesinado en México, y las ideas que había defendido le llegaron a parecer más imposibles que nunca.
El 16 de junio de 1937, cuando se inició la ofensiva estalinista contra el POUM con las detenciones de Nin. Gorkin, Andrade y demás compañeros, Mª Teresa, después de permanecer detenida unos días, se movilizó para salvarlos codo con codo con el segundo Comité Ejecutivo del POUM. En cuanto pudo, se trasladó a Valencia, visitó a todos los altos cargos a los que tuvo acceso, y le "cantó las cuarenta", como ella sabía hacerlo, a los ministros y altos cargos socialistas a los que tanto había tratado. Especialmente sonado fue su encuentro con Julio Álvarez del Vayo que apenas unos años atrás se había mostrado entusiasmado con el trotskismo, y con la amistad de Juan y Mª Teresa, a los que colmaba de elogios y les hizo algún que otro distinguido regalo. Ella los acusaba de carecer del valor suficiente para admitir delante suya las calumnias sobre el POUM que habían aceptado aunque fuera por la vía pasiva, y los acusaba de capitular ante el estalinismo y de que se hacían cómplices de la represión.
Siguió luchando -a veces sola- en la clandestinidad hasta abril de 1938, mes en que fue detenida con un grupo de una veintena de militantes, entre los que figuraban los miembros del segundo Comité Ejecutivo del POUM. Estuvo recluida en la cárcel de mujeres de Barcelona hasta la caída de la capital catalana (Andrade y los demás dirigentes del POUM estaban en la prisión del estado de Las Corts, antiguo convento de Deu i Mata), y sus recuerdos de estas experiencias demuestran su gran talla humana. Al salir de la cárcel, no pudo enlazar con la organización de su partido, pero fue escondida en un piso del barrio de Gracia por Luisa Carbonell, amiga y colaboradora suya en el Secretariado Femenino del POUM, hasta que, después de toda clase de vicisitudes con las “banderas victoriosas” desplegadas en Barcelona, pudo cruzar la frontera y reunirse con Juan Andrade en París. Pasó la guerra mundial en “residencia forzosa” y vigilada, y conoció toda clase de penalidades hasta que, con la ayuda de las telas facilitadas por amigos franceses del partido de Marceau Pivert, consiguió crear un “pequeño negocio” creando muñecas muy imaginativas que una amiga suya vendería en los Estados Unidos, lo que les permitió remontar una situación de extrema penuria.
Finalmente se instaló con Juan en París en aquella planta baja por la que desfilamos tantos jóvenes. En mi primera visita recuerdo que me hablaron con indignación de que Fernando Arrabal había pasado por allí en muchas ocasiones cuando se encontraba en ruptura con el PCE, y ahora que se había hecho “maoísta” había dejado de hacerlo. Al igual que Juan, ella siguió militando en el POUM, era una de las presencias habituales en los debates, aunque en sus relaciones parecía no aceptar el justo medio, los habían como “Quique” con los que se sentía intensamente vinculados, o les separaba una maraña de disputas en las que ella misma aceptaba que lo suyo no era la diplomacia. Con los jóvenes era diferente porque aunque teníamos petulancia, no éramos tan diferentes a ellos a nuestra edad, es más, sabía que ellos habían sido mucho más drásticos. Recuerdo ocasiones en que, en su intransigencia, desesperaban con mis argumentaciones de “posibilismo” revolucionario, y hasta parecían mucho más trotskistas que Trotsky.
En los últimos años de su vida, Mª Teresa, aparte
de cultivar ampliamente las relaciones con las nuevas generaciones más
afines, dedicó su mayor atención a la publicación
de los escritos de Andrade, y sin ella no habrían publicados ni
sus Recuerdos ni sus Notas. Solano cuenta que quería
que redactara un ensayo biográfico sobre Juan y a tal punto le escribió:
"No hay que hacer culto a la personalidad como los estalinistas. Andrade
tenía, como todos, cualidades y defectos. No hay que transformarlo
en héroe positivo". Con esto se refería a la existencia de
contradicciones y flaquezas sobre las que ofrece cumplida cuenta en algunas
de sus páginas. Obviamente, no se refería a ningún
deshonor. Con su sordera, una vez entendió que había titulado
un artículo mío sobre Juan, “Historia de una fidelidad”,
y hasta que no se aclaró el malentendido pasé un mal rato.
Murió sin haber podido terminar y pulir sus recuerdos que quedaron
como un primer borrador, de unos recuerdos de una mujer excepcional.
Edición digital de la Fundación Andreu Nin, 2005