FUNDACIÓN

ANDREU NIN

 Tres libros sobre la revolución en Vietnam

Pepe Gutiérrez

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  En los últimos tiempos han aparecido cuanto menos tres libros sobre la historia de la guerra del Vietnam, el último de los cuales, hace apenas unas semanas, es el del antiguo combatiente en el Vietcong Bao Ninh, El dolor de la guerra (Ed. B, Barcelona, 226 págs, traducción de Diego Friera y Maria José Diez), y es que sepamos el primer testimonio del conflicto contado por alguien que lo vivió con toda su carga de horror y desesperación, y que cuenta la historia sin concesiones ni patrioterismos, con una veracidad extraordinaria.

  Recordemos por si alguien lo ha olvidado que la guerra del Vietnam según la escala eurocentrista, o la guerra americana según la vietnamita, fue, por motivos múltiples, uno de los capítulos más dramático (sobre todo cuando se extendió a Laos y Camboya) e influyente del siglo XX, marcó un momento de la historia, transformó el mapa político mundial, fue un referente central en la conformación de la generación del mayo del 68, provocó una crisis sin precedente en los EE.UU. Tanto es así que ahora, cuando los planes expansionistas derivados del las ambiciones del triunfal-capitalismo han entrado en una crisis de consecuencia imprevisibles, ahora se vuelva a hablar del “síndrome del Vietnam”, un concepto que hay que escribir en “la onda de David”, o mejor dicho en un doble honda porque antes derrotar al más agresivo de los imperialismos, el pueblo del Vietnam ya había derrotado al colonialismo francés, abriendo de esta manera paso a la guerra por la independencia de Argelia.

  Cuando hablamos de derrota conviene matizar. Se trata de una derrota parcial. El imperialismo norteamericano tuvo finalmente que ceder, sobre todo cuando se encontró que las atrocidades perpetradas estaban provocando movilizaciones cada vez más masivas por parte de la juventud universitaria y obrera (otra cosa fueron los sindicatos, pertrechado por un anticomunismo que los llevó al mayor entreguismo y corrupción), que a su vez conectaba con la revuelta de la ciudadanía de origen esclavo africano mantenida “democráticamente” como de segunda o tercera categoría. Parcial también porque antes de ceder, los gobiernos estadounidense que ya habían tratado de dejar Vietnam en la edad de piedra, lanzaron contra Laos y Camboya las suficientes como para socavar las bases materiales para condenarlos a la miseria, y por lo tanto a la dependencia económica. Parcial porque a pesar de que la documentación reunida por instituciones como el Tribunal Russell daba para repetir, incluso de manera ampliada, juicios como los del Tribunal de Nuremberg, la élite gobernante norteamericana solo pudo ser juzgada moralmente, y aún así por unas conciencias que en muchos casos, no tardarían en ser doblegadas, y ahí están los ejemplos de antiguos militantes antiguerra del Vietnam como Javier Solana, Jack Straw o el alemán Fischer, actuando como si dicha guerra jamás hubiera tenido lugar.

   En esta historia hay algunas cosas que en aquellos años estaban muy claras, y que nadie decente discutía. Una era que el pueblo del Vietnam era la principal víctima de las ambiciones colonialista, otra era que sin una relación muy estrecha con este pueblo, el partido comunista del Vietnam jamás habría alcanzado la suma de victorias que le llevaría al poder. Entre estas verdades apenas si había un espacio para dudar de la integridad política de personajes como Ho Chin Minch o Vo Nguyen Giap. Sin embargo, lo cierto es que ya había motivos para la crítica en el pasado como los hay en el presente, sobre todo en relación con la influencia de raíz estalinista inoculada en el partido comunista durante los años más oscuros.

   En los años treinta nos encontramos con un capítulo muy poco conocido, la eliminación de los componentes de la corriente trotskista entre finales de los años treinta y principios de los cincuenta; en el presente con la reproducción de formas de dominación burocráticas que excluyen por igual la participación de las masas en las decisiones políticas como la posibilidad de existencia de otras opciones políticas, incluyendo la que optaría por una reconstrucción del ideal socialista y democrático. Es desde estas últimas consideraciones que se justifica a nuestro entender la necesidad de abrir el debate sobre la historia del comunismo en el Vietnam, y para el que se ha compuesto este “dossier”, alimentado por cierto tanto por la actualidad del “síndrome del Vietnam” como por la aparición de nuevos libros que, a nuestro juicio, resultan harto significativos de la exigencia cada vez más ostensible de recuperar los ideales emancipatorios de entre las ruinas del estalinismo.

   Una discusión con numerosos hilos, uno de los cuales nos lleva directamente a una historia paralela a la del POUM, y así la plantea con toda claridad el veteranísimo militante y escritor Ngo Van, fallecido a principios de este año. Sus Memorias escuetas que son el motivo central de este “dossier” cuando se refiere en su prólogo que “por medio de la III Internacional, Stalin imponía una estrategia totalitaria que nos parecía traicionar un internacionalismo consubstancial a todo compromiso revolucionario. De forma espontánea, nuestra crítica del poder estalinista, cuyo horror se exacerbó de forma espectacular con los juicios de Moscú, fue articulándose en torno a las ideas y a los partidarios de Trotsky. Desde que dejé Indochina en 1948, nunca me ha abandonado la esperanza y la convicción de una necesaria subversión del abyecto orden del mundo, pero ha ido creciendo con nuevas reflexiones sobre el bolchevismo y la revolución. En Francia, en las fábricas y en otros lugares, he encontrado aliados, tanto franceses como ex colonizados o españoles -otros supervivientes- que, con el POUM o los anarquistas, vivieron una experiencia parecida a la nuestra: la de estar comprometidos contra dos frentes, uno contra el poder reaccionario y otro contra el partido estalinista ávido de poder”.

  En nuestros lares, la historia de los comunistas revolucionarios de La Lutte en el Vietnam, apenas si nos llegó mediante algunas alusiones en la biografía de Ho Chin minch, del famoso escritor e historiador francés Jean Lacouture (editada por Alianza en 1968 y 1970), y de algunas alusiones en algunos manuales sobre la historia del trotskismo; ni que decir tiene, nunca se tradujo la gran investigación sobre este episodio, la aportada por  Daniel Hémery en Révolutionnaires vietnamiens et pouvoir colonial en Indochine (1). Este desconocimiento es deudor tanto de la escasa bibliografía existente sobre el Vietnam, normalmente restringida al período coincidente con la guerra auspiciada por los Estados Unidos y por lo tanto inmersa de pleno en los dilemas de la “guerra fría” así como en los del colonialismo-anticolonialismo. Esto sin olvidar obviamente la existencia de una revolución...

  Ha pasado mucho tiempo y muchas cosas, y ha llegado el momento de regresar al Vietnam más allá de la ventana cinematográfica en la que se debaten al menos dos Estados Unidos, de una lado, la conservadora (muy personificada en actores tan fascistoídes como John Wayne, Silvestre Stallone o Chuck Norris) y la más liberal (representada por cineastas como Coppola, Oliver Stone o Stanley Kubrick, y por actores como Jane Fonda o Donald Sutherland) y en la que, tanto en un caso como en otro, la parte vietnamita aparece como una convidada de piedra, bien como malvados asiáticos, bien como víctimas, a veces crueles, en defensa de lo que les resulta propio.

  La ocasión para nuevas lecturas y nuevos debates nos la brindan la edición de dos obras distintas pero bastante complementarias, y ambas situadas en un extenso terreno que podíamos esquematizar como parte de la muy diversa “tradición trotskista”. En el primer caso se trata de La otra guerra del Vietnam, obra de John Neale (El Viejo Topo/Intervención Cultural, Mataró, 2003, 300 pgs, tr. de Gemma Galdón). Neale es Doctor de Historia Social por la Universidad de Warwick, Gran Bretaña, y cuenta con una abundante obra. Su esquema de trabajo abarca tanto la situación vietnamita como la norteamericana (que vivió personalmente, primero como patriota, luego como antimilitarista), y su punto de vista político es bastante deudor de la corriente liderada por el Socialist Worker Party británico, creado por Tony Clift, y que en estos lares está representada por el colectivo “En lucha” (En lluita, en Cataluña). Una gran virtud de Neale es su sencillez y su amenidad, un criterio tomado del propio Clift quien decía muy acertadamente que mientras más complicada sea una cosa más sencillamente hay que explicarla. Un objetivo plenamente logrado como he podido constatar en la distribución de la edición en los medios obreros.

  Mientras que el trabajo de Neale es un ensayo amplio que trata de abarcar tanto la historia vietnamita como la norteamericana, tanto el movimiento comunista nacionalista del Vietnam como el significado del movimiento antiguerra en los EE.UU (del que él mismo formó parte), la obra de Ngo Van es un testimonio personal en la que el autor viene a ser como el ojo de una cerradura por el que vemos pasar una “película” en la que la historia local, nacional, familiar y militante se confunde con los acontecimientos evocados. El propio Ngo Van estuvo en Barcelona el pasado junio (2004)  invitado por la inquieta Ediciones Octaedro, y presentó su libro en la hermosa librería barcelonesa Altaír ante un público numeroso y cálido, y lo hizo en compañía del historiador y militante ácrata Paco Madrid que ofreció unas breves pinceladas sobre la “otra historia” vietnamita inmersa en la historia más conocida: la de una crisis revolucionaria que fue cercenada por la inoculación del estalinismo en un partido comunista que hasta finales de los años treinta había aceptado hacer frente único con la sección de la IV Internacional.

  A sus 91 años, Ngo Van realizó sus declaraciones con dificultad pero con una animosidad muy intensa que subió varios grados cuando se enteró emotivamente que su admirado Andrés Nin tenía una Fundación, y mostró su fervoroso interés por seguir la ruta de Orwell en Barcelona. Esta obra tan personal y tan entrañable había sido precedida por otra, la prolija y muy documentada, Révolution et contre-révolution sous la domination coloniale (L´Insomaniaque, Paris, 444 pgs) (2). Su profundo calado  se hace “sentir” en una narración tan personal y al mismo tiempo tan colectiva efectuada por Ngo Van que nunca olvida que él fue uno entre tantos. Aunque eso sí, también Ngo se distinguió aunque solo fuese por su amor por la gran literatura francesa, plenamente consciente que si bien Francia los oprimía, la cultura y los ideales que venían de Francia los ayudaba a liberarse, de ahí que tempranamente fuera el autor de un folleto sobre los procesos de Moscú, que muy bien lo podría haber editado el POUM en Barcelona por las mismas fechas.

  Pienso que gracias estos libros ha llegado el momento de hacer algo en contra de este desconocimiento, de que apenas sepamos tres o cuatro cosas sobre situaciones en las que el comunismo antiestalinista alcanzó un arraigo y una influencia significativa, y que acabó siendo abatido entre dos fuegos, el de la derecha por supuesto, pero también desde el del comunismo oficial orientado desde el poder totalitario que Stalin y sus secuaces acabarían teniendo como expresión de una enfermedad que acabaría dañando todo el cuerpo del mismo ideal socialista.

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   Es de suponer que Memoria escueta,  título en castellano de Aun Pays de la Cloche Félee, tribulations d´un Conchinchinois á l´époque coloniale, se deba a una razón muy sencilla: es poco probable que aquí suene la referencia al poema de Baudelaire, lo mismo que lo de Conchinina (un espacio geográfico que el ámbito popular equivale a las antípodas o a la quinta puñeta).  No es en absoluto habitual la edición de escritores vietnamitas, al menos servidor no tiene más noticias que alguna lejana antología de poemas de Ho, o de las memorias del general Giap. Ngo Van es pues una verdadera excepción que ya venía precedida por una antología, Cuentos populares de Vietnam, junto con Helène Fleury (también en la selecta Octaedro).

   Aunque Ngo Van sea un completo desconocido aquí, su biografía empero es la de uno de esos personajes que alumbra el curso de la historia. Nacido en un lejano 1913, en el seno de una mucho más lejana familia de campesinos pobres establecida en Tan Lo, una aldea situada en el rico delta del Mekong, en las proximidades de Saigón, una zona que pronto se convertirá en uno de los centros de agitación nacionalista contra el colonialismo francés que bajo la tríada de Libertad, Igualdad y Fraternidad escondía las de sometimiento, exacerbación de las desigualdades (favoreciendo a los terratenientes como aliados en detrimento de los campesinos pobres). Tenía 14 años cuando comenzó a trabajar en la capital de Conchinchina, y en 1932 ya forma parte del PC vietnamita que se había constituido en un proceso de radicalización de las juventudes nacionalistas en contacto con el movimiento obrero francés, y a través del prestigio de líderes como Ho Chin Minch que encuentran en la revolución rusa una opción anticolonialista plenamente consecuente. Lector ávido, Ngo Van asiste a los debates sobre la URSS y toma partido por la oposición de izquierdas que, aparte de criticar el curso burocrático estalinista, se reafirma en la primacía de la revolución por encima de los intereses coyunturales de la política exterior soviética que había impuesto Stalin en 1927, provocando el desastre de la revolución china del mismo año, un acontecimiento capital para los comunistas armados por el pensamiento crítico.

   La historia demuestra que guerra popular vietnamita fue precedida y preparada por combates políticos prolongados. Ngo Van describe con detalle los levantamientos  de 1930-1931, cuando el movimiento comunista vietnamita consigue abrir un nuevo frente: el de las luchas legales, una brecha que resulta combinada con la acción clandestina, y que será animada en común por los militantes del PC indochino, por la izquierda nacionalista, y por la Oposición de Izquierda en la que brilla especialmente Tu Thu Thau. La nueva orientación desemboca en la puesta en marcha del Congreso Indochino, pero sobre todo en las grandes huelgas de 1936-1937 que Ngo Van describe desde dentro. Este amplio movimiento está fundamentado sobre una hipótesis internacionalista  que entusiasma a los insumisos, muchos de ellos como Ngo Van, sometidos en cárceles inmundas en las que el frente único sigue funcionando por un tiempo y se muestra en una huelga de hambre en la Cárcel central de Saigón.

   En esta coyuntura histórica excepcional, los insurgentes vietnamitas sueñan con una convergencia creciente entre el movimiento nacionalista y la movilización de los obreros franceses. Sin embargo, la Francia de junio de 1936 queda lejos del Vietnam, y la conexión esperada no tiene lugar. Las aspiraciones nacionales serán decepcionadas por la política neocolonialista del Frente Popular con la complicidad abierta del PCF que encuentra el gran argumento entre el colonialismo “democrático” y el fascista. Esta decepción provocará una radicalización del sector más dinámico del movimiento de liberación nacional que se expresa por un antiguo adagio vietnamita: El pueblo no tiene miedo a la muerte, ¿por lo tanto, porqué se sirve de la muerte para intimidar?

  Como había ocurrido en España, las ilusiones liberadoras se encontrarán con un proceso histórico contrarrevolucionario especialmente perverso ya que viene vestido con las envolturas de la revolución de Octubre y del comunismo, y se expresará a través de la dirección del PC vietnamita que tiene a Moscú como su Meca, y que cree que la URSS de Stalin es su único aliado auténtico. Son los momentos de los “procesos de Moscú” que viajan hasta  el Vietnam a través de los responsables del PC francés que, a su vez, también son funcionarios del Comintern. Los trotskistas se ven entonces sometido a un doble fuego, el del poder colonial que, como es propio, los trata de subversivos, y el del estalinismo, que tiene que tratar a sus antiguos camaradas como peores que los fascistas. En esta última tarea aparecen especialistas, cuadros del partido que se han distinguido por su falta de escrúpulos aunque, lo cierto es que Ho Chin Minch no dudó en asumir su responsabilidad. En su biografía del carismático líder vietnamita, Jean Lacouture (Alianza, Madrid, 1968/1971, p. 135-136) cita el testimonio de Daniel Guérin, al que define como un “intransigente doctrinario del anticolonialismo” fruto de un encuentro que el historiador gaullista describe en estas líneas:

   “En una garden-party en la rosaleda de Bagatelle, tuve ocasión de ver a Ho Chin Minch, resplandeciente y florido, sin retirar su brazo de los generales cargados de chatarra (...) Tales muestras de amistad eran insólitas, excesivas, inquietantes. Un sordo malestar flotaba en el ambiente...” Cierto que el juicio que expresa Daniel Guerin está influido por la conversación que acababa de tener con Ho: “...El placer que yo sentía al saludarle y celebrar con él la liberación de su país quedaba ensombrecido no sólo por nuestros desacuerdos ideológicos sino también por el recuerdo de Ta Tu Thau. En efecto, un grupo de celosos estalinianos, colaboradores cercanos de Ho Chin Minch acababa de asesinar, por “trotskismo”, al antiguo consejero municipal de Saigón. (...) “Fue un gran patriota y le lloramos”, me dijo Ho Chin Minch, con sincera emoción. Pero añadió seguidamente con voz firme: “Todos aquellos que no sigan la línea trazada por mí, serán destruidos”.

   Este tono concuerda perfectamente con las notas que el líder vietnamita escribió sobre el trotskismo en 1939, de las cuales extraemos este párrafo que incluye un comentario sobre el POUM: “En todos los países, los trotskistas se dieron buenos apelativos para enmascarar su sucia tarea de bandidos. Por ejemplo, en España, se llaman Partido Obrero de Unificación Marxista (POUM). ¿Sabían ustedes que son ellos los que constituyen los nidos de espías en Madrid, en Barcelona y en otros lugares, al servicio de Franco? Son ellos los que organizan la célebre «quinta columna», organismo de espionaje del ejército de los fascistas italianos y alemanes”.

  Toda esta “gran” historia es vivida desde la primera fila por Ngo Van que en 1936 será detenido por las autoridades coloniales por sus actividades comunistas, y que tomará parte muy activa en la famosa y ya citada huelga de hambre en la Cárcel Central de Saigón. Finalmente, los acontecimientos se precipitan y el PC vietnamita recibe el “ucase” según el cual sus antiguos camaradas son espías fascistas, y tras diversas vicisitudes consigue escapar a Francia en 1948. Tras escapar de la denigrante persecución estaliniana, cuando llegó a Francia, Ngo Van se encontró con la atmósfera asfixiante que el poderosos PC francés impuso en el movimiento obrero. También se encontró con un movimiento trotskista muy minoritario y enfrentado entre sí. Su situación pues, no era precisamente fácil.

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  Pienso que una idea sobre el alcance de la situación de Ngo Van nos la puede ofrecer un testimonio personal, vivido con diversos camaradas en un lejano viaje a París, sino recuerdo mal a finales de 1977 o a principios de 1978, y que paso a contar con la benevolencia del lector.

  Por aquellos días, un grupo de militantes parte de los cuales ocupaban cargos en el Secretariado Unificado, buscamos ya bien entrada la noche un restaurante chino “muy bueno” para cenar según nos aseguraban. El lugar estaba ubicado en las inmediaciones del Quartier Latin, a dos pasos de la Librería “Le Joie de Lire” de Maspero, en un recoveco callejero enrevesado, muy propio de la zona. Resultó que el “chino” en cuestión estaba hasta los topos, y la alternativa fue un vietnamita que parecía casi vacío. Era tarde y las conversaciones eran un tanto estentóreas, y como era propio, daban vuelta a algunos de los debates propios de la época, cuando la LCR y la LC españolas se acababan de unificar.

  Pasó alrededor de una hora o quizás más,  cuando los escasos comensales de las mesas próximas se fueron marchando, y para nuestro estupor, comenzábamos a ver que el cuerpo entero de camareros y cocineros realizaban gestos extraños, algo que nos recordaba alguna película de espionaje. Llegó un momento singular en que todo el grupo se acercó a nuestra mesa con un semblante que nos tranquilizó. Cual no sería nuestra sorpresa cuando comenzaron a hablarnos para contarnos que ellos habían pertenecido también a la IV Internacional...Todos los que habían permanecido en el Vietnam acabaron siendo asesinados. Por eso el colectivo había llegado a la conclusión de que lo fundamental era su supervivencia, y por ello permanecieron en el más absoluto anonimato, rehuyendo incluso la conexión con la sección francesa de la Internacional, y solo ahora, después de muchas discusiones se habían decidido a dar el paso, de manera que aquel singular encuentro sirvió para su reintegración militante para sorpresa de los propios franceses que les habían perdido la pista, y que habían perdido los contactos con los militantes vietnamitas instalados en Francia. Los que habían ingresado en la LCR, eran de una nueva generación.

   La cuestión era que el “shock” emocional de la doble persecución había sido tan fuerte, que habían optado por permanecer “aletargados”, aunque siguieron manteniendo sus conversaciones y sus lecturas junto con su desconfianza tanto hacia las autoridades francesas como hacia el PCF. Evidentemente, sus concepciones sobre el PC vietnamita y sobre la figura de Ho Chi-Minch eran mucho más lapidaria que la nuestra, que éramos parte  de la generación ulterior, la que se había que reconocido en la denuncia de la guerra del Vietnam, contra la cual los camaradas franceses habían creado el Comité Nacional Francia-Vietnam que había sido el principal motor de la movilización contra la guerra, y que por citar un ejemplo, se había manifestado rudamente delante de las salas de cine en las que se proyectaba Boinas verdes, el alegato fascistón de John Wayne, película por cierto empleada por algunas cine-clubs barceloneses para “darle la vuelta” en sesiones cinéfilas claramente combativas contra el imperialismo.

  Creo que el estado emocional de Ngo Van no era muy diferente, quien persistió en su militancia pero ya alejado del escenario donde se disputaba al estalinismo la razón revolucionaria.

  Personalmente pues, creo que estas circunstancias ayudan a explicar la evolución política de Ngo Van tanto como lo pueda hacer su relectura de Marx a la luz de la obra de Maximilien Rubel (cuyo imprescindible Marx sin mito se encuentra igualmente en Octaedro), y el descubrimiento de la existencia de los Consejos obreros en la Baviera de 1919 o la rebelión de Kronstadt en la Rusia de 1921 y, más tarde, el resurgir de los Consejos obreros en Hungría, en 1956,  que le “condujeron a la búsqueda de nuevas perspectivas” alejándose del “bolchevismo-leninismo-trotskismo y generando (...) una desconfianza absoluta hacia los partidos”, en particular el leninista. Se muestra convencido que, sobre todo “una vez en el poder, estos partidos constituyen el núcleo de la nueva clase dominante y no pueden más que originar un nuevo sistema de explotación del hombre por el hombre”, y a su favor arguye una cita de Marx: “La existencia del Estado es indisociable de la existencia de la esclavitud”. El problema seguramente radica (como en el debate entre marxismo y  anarquismo), no tanto en la meta final sino como en aproximarse a ella sin vender el alma al diablo, o sea sin sacrificar la participación democrática en eras de la eficacia.

  De hecho, esta es una discusión que queda apartada del escenario del libro, y pertenece enteramente a una segunda parte que Ngo Van entregará sobre su tiempo de exilio, durante el cual, según confesó en Altair, dejó de mantener relaciones con el trotskismo, y que se plantea únicamente como coletilla en unas líneas del prólogo.

  No obstante, creo que la descalificación que realiza Ngo Van del “leninismo” es, en mi opinión, deudora de una lamentable confusión ya que todo indica que identifica esta matriz ideológica con el estalinismo, y por lo tanto se confunde con otras críticas sumarias que tienden a identificar a Lenin como un pre-Stalin o el trotskismo como un estalinismo fallido por la vía de amalgama establecida por una concepción del partido que aunque evocan los mismos dioses, resultan tan distantes como nuestra democracia (participativa de base) y la del Sr Aznar o Bush, o la que existía entre la “socialdemócrata” Rosa Luxemburgo y el jefe de la soldadesca que la  asesinó, el “socialdemócrata” Noske, por citar solamente dos ejemplos, pero podríamos hacer la lista interminable. Esta apreciación “pasa por encima” de un dato elemental: sus camaradas y él mismo también había adoptado la misma matriz, solo que legítimamente, como lo había hecho el POUM, cuyo leninismo no le impidió practicar una amplia democracia interna, ni luchar por la “democracia obrera” o sea por un socialismo pluralista.

 La declaración de Ngo Van se sitúa en el ámbito propio de la polémica, como una abstracción, sin percatarse que ha escrito un alegato de un colectivo al que rinde cumplido homenaje, y que nunca se había cuestionado su filiación leninista, es más consideraba que era Trotsky quien la estaba aplicando en contra de las groseras manipulaciones del estalinismo.

 No tengo la menor duda que los consejismos fueron y son, una variante más de la tradición marxista revolucionaria, y que algunas de sus aportaciones y teóricos son merecedores del mayor interés y respeto, tales son los casos del joven Lukács, Karl Korschs, Maximilian Rubel y el Castoriadis socialbárbaro, por citar solo algunos casos. Esto no impide que al mismo tiempo entre en el debate que ellos plantean, y apunte la consideración sobre la acción periférica (o sea apartada de los escenarios concretos, la dinámica que por ejemplo llevó a Socialismo y Barbarie al no ser. A la extinción, y a que todo el “gauchisme” consejista del mayo del 68 fuese tan efímero y difuso como lo fue el hispano, buena parte del cual acabaría en la órbita anarcosindicalista), así como las consecuencias de un sectarismo antilenista sobre la base del cual tienden a amalgamar Lenin (y Trotsky) con el estalinismo. Algo que, por cierto tienden a ser muy habitual en los medios anarquistas, y no faltan los que sitúan al propio Marx como el autoritario que acabó siendo el “motor generador” del “Gulag”, una amalgama ideologicista que prescinde de la verdad histórica, y en la que comulga todo el anticomunismo...

  En mi opinión pues, existe una contradicción entre el testimonio de Ngo Van y esta reconsideración antileninista ya que, su propia lógica llevaría a pensar que tanto el POUM como el trotskismo vietnamita eran portadores del mismo virus “estatista” y “autoritario” que sus perseguidores; una lógica que llevó a muchos consejistas a no diferenciar entre la República y el franquismo, por no hablar de aquella propio del último G. Munis) según la cuál el POUM dejó de ser un partido revolucionario. Es más, pienso que está lógica no es aplicable sin análisis al propio Ho Chin Minch y a Giap por más que su dimensión estaliniana resulte insoportable, esto ni quita que ambos fueron decisivos en las mayores derrotas del colonialismo francés y del imperialismo norteamericano hayan sufrido en su historia. Otra cosa es que, dada las condiciones derivadas de tantas décadas de guerra, y el atraso secular del Vietnam, permitiera muchas otras alternativas, sobre todo después del aislamiento provocado por la descomposición del “campo socialista” en el que tanto había confiado como pone evidencia Giap en muchas páginas de sus Memorias.

  Está lógica que tan bien describe el refrán castellano según el cuál por la noche todos los gatos son pardos, no permite distinguir realidades mucho más amplias. Existe evidentemente una contradicción entre la descripción que Ngo Van efectúa de su historial “leninista”, de los rasgos que les atribuye a sus amigos trotskistas. Neale también los reivindica sin sospechas en su conclusión del capítulo vietnamita, citando al propio Ngo Van “que luchó con otros trotskistas en el levantamiento de los trabajadores de Saigón en 1945. Ese agosto se manifestaron con banderas que llamaban a los campesinos a tomar las tierras y a los trabajadores a tomar las fábricas. Querían hacer lo que los trabajadores y campesinos rusos intentaron hacer en 1917. Casi todos fueron asesinados, y los pocos supervivientes como Ngo Van tuvieron que exiliarse. Pero aquello por lo que lucharon sigue siendo la única esperanza de la humanidad, creo: el poder democrático de los trabajadores desde la base” (p. 235)
 

Notas

(1) Esta obra, subtitulada “Comunistas, trotskistas, nacionalistas en Saigón desde 1932 a 1937”, fue publicada por François Maspero en 1975, y cuenta 526 pgs, de la que más de 100 pgs conforman una documentación complementaria. Se trata de una historia minuciosa de una época central en las relaciones entre la izquierda francesa y el anticolonialismo vietnamita, con apartados muy detallado sobre la historia de La Lutte, y sobre el debate indirecto entre Ta Thu Thau y Trotsky sobre las diferencias entre el Frente Popular en la metrópolis y el frente único que congregó a trotskistas, comunistas oficiales, budistas y nacionalistas contra el colonialismo...Por falta de tiempo no he traducido el capítulo III, Du Front Populaire a la escisión (1936-1937), centrado en el debate sobre el neocolonialismo frentepopulista... El texto de Trotsky "Sobre la declaración de los oposicionistas indochinos", incluido en los anexos se puede encontrar en  castellano en el vol. I, tomo II, 1930-1931 de los Escritos aparecidos en la Editorial Pluma, Bogotá, 1977.

(2) Este capítulo de la historia fue ampliamente estudiado en el nº 2 vol. 3 (otoño 1990) de la revista Revolutionary History; por su parte los Cahiers Léon Trotsky de Grenoble le dedicaron los números 40 (diciembre 1989), y 46 (julio 1991), y comprende un artículo de Ngo Van sobre "El movimiento por la IV internacional en Indochina (1939-1945)".
 


Edición digital de la Fundación Andreu Nin,  agosto 2005


 
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