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FUNDACIÓNANDREU NIN |
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Pierre Broué (1926-2005), erudito marxista, militante siempre, doctor letrado, profesor del Institut d´études politiques de l´ Université des Sciences Sociales de Grenoble.
Broué comienza su monumental biografía de Trotsky con una evocación personal sobre sus primeros años de formación, en un momento en el que la pasión por la guerra de España y el antifranquismo ya le viene dado desde el ambiente familiar, y el hilo de su biografía pasa por su relación con un viejo conocido nuestro, el extremeño Eduardo Mauricio, miembro destacado del activo grupo trotskista de Llerena, Badajoz, alias “Ernesto” en la Cuarta Internacional, alias “el manco” en los medios poumistas con los que había conocido numerosas y ásperas controversias (1).
Broué rememora:
"La relación entre el historiador y su sujeto es personal. Debo decir a mi lector que así ha sido lo mío con Trotsky, al cual he consagrado más de treinta años de trabajo de mi vida de investigador (…) No llegué a conocer a Trotsky en su última estancia en Francia, a pesar de que su presencia ha sido para mí muy concreta, sobre todo por la visita que le hicieron a Noyayey France y Gilbert Serret, militantes y enseñantes, tan próximos a mí. Mi primer "encuentro" con León Davidovich Trotsky data finalmente del verano de 1940, algunos días antes de su asesinato. En la biblioteca de mi viejo maestro, el historiador y militante ardequés Elie Reynier (…), fui fascinado por los cuatro volúmenes de cobertura roja brillante de la Historia de la Revolución parecidos en Rieder. Rogué y argumenté y, a pesar de las inquietudes de mi madre, que me consideraba "demasiado joven" a los catorce años para leer semejantes libros, me los pude llevar y devorarlos. ¿Qué fue lo que aprendí?, ¿aprendí algo?. No sé. En todo caso, los amé… Cuatro años más tarde, todavía en el corazón de esa guerra mundial cuyos retumbos serían la música de fondo de nuestra infancia sin infancia, volví a encontrarme con Trotsky por segunda vez. Formulaba unas críticas sobre "el chovinismo del partido" en mi triángulo de estudiantes comunistas clandestinos de la "khágne" de Henri-IV y provocaba de esta manera un proceso que acabaría por llevarme hacia ser el "trotskista" que era sin saberlo, por lo que acabé siendo "desenmascarado". No creo que existiera una aproximación entre mi lectura entusiasta de 1940 y el discurso que me indignaba en 1944…Este segundo encuentro comportó un tercero. Denunciado como "trotskista" me encontré por la fuerza de las cosas, en el círculo de militantes del PCI (Partido Comunista Internacionalista) que acababa de nacer de la fusión de grupos clandestinos intrépidamente internacionalistas. Iniciado, yo no hablaba ya de Trotsky sino del "Viejo", y me introduje en la escuela de la tradición oral desarrollada por los militantes trotskistas. Algunos entre ellos, "antiguos", con más de treinta años, incluso lo habían conocido. Un hombre de esta generación, "Bruno" (Birger), ciudadano soviético, y "Ernesto" (Mauricio), fugitivo de la guerra de España, fueron, con mucha benevolencia, durante el otoño de 1944, los encargados de reeducar el joven "estalinista" que habían heredado. Los dos han desaparecido, pero yo nunca los olvidaré…Con ese reciclaje, ya me hice lo suficientemente grande para frecuentar a Trotsky solo…" (2)
Y también para frecuentar la historia de la revolución española.
2
Entre nosotros el nombre de Pierre Broué aparece asociado con una el “deshielo” de la historia de la guerra civil, con un tiempo en el que se comenzó a debatir sobre todo. En la segunda mitad de los años sesenta, comienza a ser conocido junto con el de Emile Témine y concretamente con la traducción al castellano de la obra de ambos La revolución y la guerra de España (3) que aunque editada en México por Fondo de Cultura Económica (fundada por un exiliado republicano), resultaba asequible gracias a las librerías más avanzadas. El mismo título ya era de por sí lo bastante emblemático, ya que hasta entonces, se entendía que la guerra había sido un enfrentamiento entre el “levantamiento” y la República, y de la revolución apenas si se hablaba, ni se escribía, y por los encuentros de conspiradores se privilegiaban las obras de Hugo Thomas y Gabriel Jackson o Manuel Muñón de Lara como alegatos antifranquistas “objetivos” en contradicción con la repugnante historia oficial que elevaba a Franco a los altares (Dios también estaba con ellos). Esto ocurría en un tiempo en el que el libro más conocido en la calle sobre la guerra era Los cipreses no creen en Dios, de José Mª Gironella y cuyo principal mérito radicaba en que describía a los republicanos como seres humanos, algo que desde el cine se empezar a hacer muy tímidamente.
“El Broué-Témine” se convirtió en una de obligada consulta, de las que se comenzaba a citar y en cualquier bibliografía. Se insertaba en un proceso de reconsideración de la historia de la República y la guerra restituyendo el protagonismo del movimiento obrero, y en particular de sus franjas más avanzadas, o sea de la CNT-FAI, de la izquierda del PSOE y del POUM, siglas que a su vez se relacionaban con la digamos “cuestión trotskista”, lo que nos llevaba al asesinato de Andreu Nin, pero sobre todo a la negación del estalinismo, al que alguna gente comenzaba a ver como la negación y no como la continuidad de lo que había sido la revolución de Octubre, acontecimiento -aseguraba Nin- cuyo grado madurez y organización había sido superado por el de los obreros y campesinos españoles, encuadrados en sus sindicatos que a los pocos días hacían funcionar la vida social y económica con regularidad facilitando de esta manera la creación de las milicias.
En su Introducción, los autores recuerdan que en1936 tenían diez años, y que ambos se encontraron en el Liceo Condorcet, atraídos por la misma historia en la que “uno veía el prefacio olvidado, deformado, de la segunda Guerra Mundial, y el otro una revolución obrera y campesina desfigurada, traicionada y estrangulada”. Solamente les unía la voluntad de hacer una trabajo d campo, lo que hicieron como un obra conjunta pero en la que Broué se ocupó de “la revolución propiamente dicha”, y Émile lo hizo “e sus aspectos internacionales, así como del nacimiento del Estado nacional-sindicalista” (p. 16). Broué cita a Jaurès quien mientras ejercía de historiador “se habría sentado de buen grado al lado de Robespierre”. Como hará Trotsky en su Historia de la revolución rusa que tanto marcó la vida de Broué, éste afirma que el “historiador perfectamente objetivo no ha nacido todavía y el que cree serlo se miente a sí mismo, como miente a los demás”, esto no excluye obviamente considerar toas las “precauciones de que se rodean la investigación y la crítica científica”. Pero, está claro que la “elección misma del tema revela nuestra tendencia más profunda”, una tendencia que en Pierre se mantendrá a lo largo de los años. En cuanto al lado de quien se habría sentado al lado de Trotsky, pero dado que éste se encontraba bastante lejos (y escasamente informado), parece claro que lo habría hecho al lado de Nin, aunque habrían discutido lo suyo.
Se puede decir que el Broué-Témine”, al tiempo que abordaba la experiencia revolucionaria española como también habían hecho autores escritores como Orwell y Frank Borkenau (4) e historiadores como el ladrillero anarquista José Peirats con La CNT en la revolución española (5), el galés luego nacionalizado estadounidense y comunista desengañado Burnett Bolloten con El gran camuflage (6), o Carlos Mª Rama en su ensayo La crisis española del siglo XX (en particular el capítulo V, La revolución social española, pags, 215278, Fondo de Cultura Económica, ediciones en 1960, 1962 y 1976) incluía o mejor dicho subrayaba especialmente una crítica política mucho más precisada del estalinismo y el libro se convirtió en una referencia central para el trotskismo emergente entre las nuevas generaciones en un proceso que se relacionaba con una “nueva izquierda” que aparecía un poco por todas partes.
El libro también era utilizado por otras corrientes interesadas en la denuncia al estalinismo y no siempre por la izquierda. Se da el caso que a la mitad de los años setenta, la Organización de Izquierda Comunista (OIC), efectuó una edición pirata de los dos volúmenes que se distribuyó clandestinamente como libro-manual. De esta manera, el nombre de Broué pasó a ser un santo y seña de ese trotskismo junto con los escritos de Ernest Mandel publicados en Nova Terra en especial La respuesta al desafío norteamericano, y el Stalin de Isaac Deutscher aparecido primero en catalán (7), alimentando las argumentaciones que se rebelaban contra los criterios tradicionales impuestas desde el pujante y disciplinado PCE, PSUC en Cataluña, y en no pocos casos influyendo entre sus sectores intelectuales y universitarios más abiertos.
Muy poco después apareció también por estas librerías un librito de Jorge Álvarez Editor, Buenos Aires, minúsculo que recogía lo que tenía que ser un artículo un poco largo sobre Trotsky y la revolución española firmado solamente por Pierre Broué, y en el que se daba la palabra al creador del Ejército Rojo sobre los dilemas de la República y la guerra. Mientras que en la obra conjunta, el trotskismo aparece como un detalle para aclarar la configuración ideológica poumista y se le cita en alguna ocasión, en este folleto era el esquema teórico de Trotsky el centro de la cuestión, la medida para analizar las grandes cuestiones, de tal manera que a la “revelación” del hecho revolucionario se añadían severas críticas a sus componentes, al caballerismo por aceptar en la teoría hasta la hipótesis de una Cuarta Internacional (Luis Araquistain), pero de replegarse en la práctica a las exigencias del estalinismo; a la CNT porque a pesar de contar con la “acumulación” de los mejor de clase trabajadora había oscilado por el cretinismo antiparlamentario, dejando el poder en manos de Companys y la Generalitat, y al POUM por no haber asumido la propuesta revolucionaria con todas sus consecuencias. La revolución española aparecía así como más avanzada que la rusa por abajo, pero carente de una dirección revolucionaria que hubiera convertido habría podido ganar la guerra llevando la revolución hasta la base social del ejército franquista...Stalin aparecía como el gran responsable de la derrota, y por supuesto de la sucia campaña de calumnias contra el POUM y los bolcheviques-leninistas a los que Broué les concedía una oportunidad y un protagonismo de primer orden con ocasión de las jornadas de mayo de 1937 en Barcelona junto con el grupo anarquista de “Los amigos de Durruti” opuestos al “circunstancialismo” y al ministerialismo de Montseny-García Oliver-Peiró.
Al menos en Barcelona, este folleto fue divulgado -en copias escritas a máquina en papel cebolla-, y sirvió, concretamente a parte del colectivo creado entorno a la revista “Acción Comunista”, desarrollar una visión trotskiana de la guerra y la revolución que aparecía como complementaria y al mismo tiempo crítica del POUM. Es la que se impondría ya en los años setenta en la LCR y los diversos grupos trotskistas aparecidos entonces, algunos de los cuales la sigue manteniendo sin preocupación por introducir aunque sean unas anotaciones sobre los numerosos errores que cometen, los propios del poco conocimiento de una realidad sobre laque siempre proyectan los esquemas teóricos sin preocuparse sobre sí responden o no a los hechos. Esta visión sería ampliada por las aportaciones realizadas por otros militantes de la Cuarta Internacional de los años treinta, concretamente por el norteamericano Félix Morrow, con Revolución y contrarrevolución en España, el polaco-francés Borten conocido como M. Casanovas, con La guerra de España. El Frente Popular abrió las puertas a Franco, también se editaba a Manuel Fernández Grandizo, alias G. Munis, quien después de haber tomado parte de los bolcheviques-leninista en las jornadas de mayo del 37, acabará encabezando una de las primeras rupturas en la Cuarta Internacional en la segunda postguerra mundial para presentar una alternativa propia “superadora” mediante una propuesta de “nuevo” Manifiesto Comunista” (8).
Este Broué daba por incuestionable unas posiciones, las de Trotsky, y les daba un peso que no tenían en su obra como historiador ni la misma importancia (la Izquierda Comunista nunca sobrepasó el millar de militantes, el grupo bolchevique-leninista fue todavía más pequeño, y con mucha menos influencia), ni como tal Broué se veía obligado a adaptar los acontecimientos al esquema del maestro por más que, obviamente, ofrece una serie de apuntes en este sentido. Al actuar así ofrecía según expresaba Jesús Santos, uno de los “cerebros” de “Acción Comunista”, una actitud dual que también creía ver entre el Mandela que firmaba los documentos de la Cuarta como “Ernest Germain” y en los que las posiciones de Trotsky han de ser siempre “comprendidas” pero no cuestionadas, y la del autor del Tratado de economía marxista, tarea en la que se comportaba como un científico social de una dotes de análisis extraordinarias sin temor por pisar el callo a los clásicos.
Sin duda, este aspecto más doctrinario (y especialmente agresivo) del joven Pierre Broué resulta patente cuando actúa como introductor y moderador en un debate sobre la guerra española celebrado en París unos meses después de los acontecimientos de mayo del 68 y en la que intervinieron especialmente Wilebaldo Solano, “Quique” Rodríguez y otros poumistas y que aparecen en La révolution espagnole 1936-1939, “Especial” de la revista “Études marxistas”, nº 78, París, 1969, en la que se recogen las intervenciones, amén de un extenso “dossier” documental. La ocasión serviría de plataforma para la corriente llamada “lambertista” tanto para tratar de extraer sus lecciones de la guerra y la revolución española como para ajustar las cuentas con las otros trotskismos, en especial con la Juventudes Comunistas Revolucionarias (JCR), contra la que echaban sapos y culebras dialécticas, y cuyo carácter social juvenil y digamos bohemio pequeño burgués (esta era la palabra clave) contrastaban con la seriedad clásica y la implantación del POUM. Jesús Santos me llamó la atención sobre el detalle de que los “lambertos” que le decíamos por aquí, cuando citaban a los clásicos de bolchevismo, los trataban de “camaradas” con la evidente voluntad de manifestar la existencia de un vínculo de continuidad. Jesús los describía como los “talmudistas del trotskismo” porque su obsesión era la interpretación de “las Sagradas Escrituras”. El lector encontrará una buena demostración de esta manera de actuar en el manual de Jean-Jacques Marie, El trotskismo (9).
En el POUM tuvo lugar una discusión muy enconada sobre la conveniencia de tomar parte o no. Entre los que lo hicieron, algunos como “Quique” convinieron que había sido una “encerrona” ya que no se trataba de dos ponencias alternativas sino de una ponencia sobre la que los discrepantes únicamente podían intervenir desde el público, y cuando lo hacían eran contestado por igual desde la mesa como desde el mismo público. Esto hacía que mientras que los “lambertista” podían ofrecer un discurso compacto y coherente, los poumistas quedaban “rodeados” y sin posibilidad de combinar la visión de conjunto con el detalle. En este caso, tanto Juan Andrade como Pere Bonet estuvieron de acuerdo. El primero que valoraba con entusiasmo la contribución Broué-Témine, bramaba siempre que podía con el folleto sobre Trotsky, y acusaba a los poumistas de dejarse envolver por el regusto histórico del “lambertismo” y por las ansías de protagonismo. Era imposible hablar de ellos con Andrade sin que subiera la tensión.
3
Sin embargo, el Pierre Broué historiador seguía empeñado en una tarea muy amplia que no se puede abordar sin establecer una cierta sistematización dentro de la cual los folletos circunstanciales serán los más olvidados. Una parte básica de esta actividad fue de principios al final la recuperación de la obra de Trotsky que había conocido un gran difusión en los años veinte-treinta para casi desparecer casi por tres décadas. Expresión de este empeño fueron las ediciones de Pierre para la prestigiosa Editions de Minuit que era una verdadera brecha en el pavimento de la hegemonía del PCF en la intelectualidad, comenzando por De la revolution (La revolución permanente, La revolución desfigurada y La revolución traicionada), en la que despliega todo el arsenal de anotaciones, fichas, diccionario biográfico, bibliografía, etc, que convertían estas ediciones en verdaderos empeños científicos. El siguiente recopilación (recuerdo haber oído a un joven Bensaïd hablar de Broué el “recopilateur”), fue la dedicada a Le Mouvement Comuniste en France (1919-1939), un recorrido de 723 páginas que comienza con “Una ojeada sobre el pasado” con un soberbio retrato de Jean Jaurés de 1915 (10), y repasaba todos lo que Trotsky había escrito o declarado sobre Francia con excepción Oú va la France? que se acababa de editar en francés con un prólogo de Pierre Frank...
Aunque se trataba de una edición con todo el aparato crítico ya habitual de Broué, su lectura invitaba a enemistarse con Pierre Frank siempre mal situado en los litigios del trotskismo francés de los años treinta, junto con Raymond Moliner, hijo de n pequeño banquero, él mismo condenado por bancarrota en 1927, luego insumiso y desertor en 1929 e internado por “desequilibrio psíquico constitucional”. Sus vicisitudes le llevan al trotskismo donde alimenta la rebeldía juvenil contra los “mayores”, intelectuales de la tala de Alfred Rosmer y Pierre Naville en los que, empero, Trotsky no confía para las ciclópeas tareas del momento, nada menos que crear un fuerte polo revolucionario capaz de desbordar socialdemócratas y estalinistas. Arrestado en Bélgica por falsa identidad, la pista de Moliner se pierde, y Broué concluye su notas sobre él: “Siguiendo la leyenda -inverificable- habría sido agente secreto a cuenta de la “Francia libre” en América del Sur, después director de circo...”.
Sucedió que esta lectura de este libro me acompañó en un viaje a Rimini en 1969 como invitado al IX Congreso de la Cuarta, en el que pronto fui adoptado por los delegados sudamericanos a los que me dio por contarles algo de mi lectura, insistiendo extrañamente ene. Estupor que me causaba Raymond Moliner, no en tanto que “prueba” contra Frank sino contra lo que me parecía una cierta “frivolidad” por parte del propio Trotsky, y el tema les debió de interesar porque ellos insistían en preguntarme.
Llegó un momento en que pensé que ni yo ni lo que contaba teníamos tanta gracia para que se rieran tanto, hasta que uno de los delegados, el uruguayo “Marco”, un señor mayor, de estatura media, bonachón y sonriente que hacía día me echaba cariñosamente la mano sobre los hombres, me hizo un aparte para revelarme un secreto, a saber que él era Ramona Moliner en persona. Que en todo lo que contaba Broué era en parte verdad, pero en parte exageración, sus orígenes sociales no le impidieron ser un revolucionario, sus desequilibrios psíquicos tampoco, lo que Trotsky apreciaba para su capacidad de mover la organización, y Frank luego me contó algunas aventuras extraordinarias con las que Moliner liberó a la organización el engorros problema de la financiación. Como yo había expresado la necesidad de contar con una plataforma de edición, Molinier me hizo un regalo. Meses más tarde del congreso llegó a la sede parisina de la LCR un enorme paquete con mi nombre de guerra. Cuando lo abrimos Henri Weber y un servidor, descubrimos que se trataba de una edición de misales propios para los niños cuando hacían la primera comunión. Pero cuando comenzamos a ojearlo descubrimos que se trataba de una edición en castellano de El Programa de Transición.
La siguiente recopilación para Minuit (1975) fue traducida por Javier Sanmartín (con revisión y notas de Fernando Barbero) en 1977 para Libros de confrontación de la barcelonesa editorial Fontanella, una editorial de características similares a las de Nova Terra, en los años sesenta se había convertido en uno de los buques insignias de la izquierda de procedencia cristiana, con títulos marxistas y antiimperialistas. Apareció como La revolución española con “Edición, prólogo y notas de Pierre Broué” en dos volúmenes. El responsable de la colección (que estaba “dirigida al público universitario (...) pretende ampliar el diálogo (...) más allá del ámbito académico”), era Manel Forasté, a la sazón integrado en la “célula de cultura” en la Liga comunista que animaba yo mismo, y que entre otras cosas, facilitó nuestra presencia en la casi mítica revista de literatura Camp de l´Arpa que nos ofreció portada para anunciar un artículo de Deutscher sobre las ideas de Trotsky sobre arte y cultura. Se trataba de una edición de casi mil páginas, y por lo tanto de una inversión bastante seria que no fue aceptada sin pasa antes por numerosas discusiones, no en vano la edición de otro libro fundamental de Broué, el dedicado a La revolución alemana editado en Villamar en su colección Zimmerwald por las mismas fechas, no consiguió editar el segundo volumen, una verdadera lástima considerando de que se trata de un estudio inexcusable para la propuesta de política de frente único.
Ni que decir tiene que el proyecto pasó a ser un objetivo en el que nos volcamos con entusiasmo, con la voluntad de contribuir al máximo posible en su difusión. Cuando la obra ya estaba en la imprenta nos legó la noticia que Akal, en su colección Materiales IV que animaban dos intelectuales de la LCR, Julio Aramberri y Mariano Fernández Enguita, tenían preparada una edición en un solo volumen que prescindía de todo el minucioso aparato crítico de Broué o sin duda mucho más barata. De cara a darle el mayor realce posible a una presentación pensamos en un acto importante en el aula Magna de la Universidad de Barcelona, para el que contamos con la colaboración de Pelai Pagés y del rector Eugeni Giralt i Raventós. Para ayudar en los gastos se pensó del viaje y estancia de Broué y de la propaganda, llegamos un acuerdo con Fontamara que acaba de traducir Borten-Casanova, y con Pluma, que había hecho lo mismo con Feliz Morrow, y se acababa de instalar en Barcelona, pero aunque apareció en la publicidad, no se le encontró a la hora de hacer las cuentas; ZERO-ZYX que acaba de editar a Munis no mostró ningún interés por participar.
En teoría, el acto previsto para el 23-F de 1978, abordaría la aportación trotskista en la crisis española como un debate lo más “académico” posible de cara a evitar las prácticamente inevitales peleas de escuelas propias de estos casos, el decano iniciaría el acto, luego intervendríamos lo más escuetamente posible Pelai Pagés sobre el POUM, Javier Maestro, alias “el Sueco”, que llevaba años investigando la tradición revolucionaria española, y yo mismo que trataría de ordenar un posible debate. Todo un montaje, sin embargo días antes a la hora de enganchar los carteles me encontré como Robinsón ya que la LC se acababa de integrar en la LCR, y este temía un tumulto provocado por los ”lambertistas”, advertida por la actuación de estos en Francia. Actuaciones del tipo como la que aquí en Barcelona se nos dieron con los del PORE cuyas huestes esperaban nuestras filas al final de las grandes manifestaciones, para comenzar a gritar colectivamente y a pleno pulmón: “!Aquí¡ ¡Aquí está la Cuarta Internacional¡”.
A mi no me entraba en cabeza ninguna provocación. Lo que estaba haciendo no era otra cosa que tratando de facilitar al máximo la difusión del libro, ponerle en bandeja a Pierre Broué la Universidad, un público amén de la prensa, cosas que únicamente le podían beneficiar. Sin embargo, había tormenta y apareció a última ora; previamente yo había enviado un cable informativo a través de Antonio el “Perillas”, uno de sus militantes que además era un buen amigo (luego fallecido trágicamente en un accidente de moto), alguien con el que se podía discutir s perder la ironía. Horas antes de la prevista para el acto me llamaron desde Fontamara para contarme que justo a la llegada de Broué, los “lambertos” habían irrumpido en la sede anteponiendo unas condiciones drásticas para el acto. O bien Broué era el único orador o no habría acto. En un rincón, Broué abrumado trataba de hablar con alguien en Paris, y al parecer allí le dijeron que aquella situación era de responsabilidad exclusiva de los “camaradas españoles”.
Estos no hablaban, vociferaban. Repetían una y otra vez que aquel era un acto partidario, y que no los habíamos invitado. No les resultaba suficiente que Broué y su libro, que recopilaba todo lo referente a Trotsky y a la revolución española, fueran las estrellas. No les importaba tanto la presencia de nosotros, los “revisionistas”, tal como nos había definido meses atrás el propio Lambert al que traduje mientras hablaba como invitado en deferencia a una minoría que lo había reclamado-, sino la presencia de Pelai que militaba en el sector del POUM de Solano, opuesto al “lambertismo”, y que se había pronunciado a favor de participar en la candidatura del FUT (Frente Unitario de los Trabajadores), al lado de la LCR, de la OIC en las elecciones de junio. Se les argumentó que Pelai, el biógrafo de Nin, ya no estaba organizado, que no habría ninguna referencia al presente. No había manera, y finalmente, Fontamara y Fontanella que habían costeado el avión de Broué y los mil carteles, optaron por un acuerdo a la hora de la verdad no pudo cumplirse.
El Aula Magna estaba rebosante hasta los pasillos a pesar de que teníamos la competencia de un sugestivo debate en Caputxins sobre el estalinismo, con la participación de Sacristán, Vázquez Montalbán (y al parecer Adam Schaff), al que todos habríamos asistido apasionadamente. Por supuesto, nadie entendió nada cuando, tras una ponderada exposición de Broué que presidía una mesa en la que los demás aparecíamos extrañamente callados. En un castellano defectuoso pero claro ofreció la explicación de las razones propias del POUM y las de Trotsky, rehuyendo las grandes proclamaciones. Era una intervención que suponía una reconsideración muy seria de lo expuesto en el folleto sobre Trotsky y en el “debate” de París, la palabra “traición” desaparecía, y los argumentos de Trotsky no eran ley, pero pocos pudieron apreciar el significado de sus palabras, y tuvieron que pasar algunos años para algunos hiciéramos las mismas cuentas. La obra ya de por sí misma situaba el debate más allá de los calificativos precipitados, ofrecía documentos que obligaban a la investigación y a la reflexión, demostraban la debilidad de las informaciones de Trotsky, “lo lejos” que le quedaba todo lo que se había precipitado, también mostraba la existencia de debates y discrepancias en el POUM, no atribuía a las jornadas de mayo el carácter de una ofensiva revolucionaria, antes al contrario. Ya había pasado la época en la que se evocaba a los clásicos como la verdad, si acaso ayudaban a aproximarse a una vedad que, al decir de Trotsky, eran como las almenas de un castillo que conquistar siempre.
Al acabar el rector, él mismo abrió el turno de palabras a los asistentes. No había acabado cuando irrumpió Wilebaldo Solano caminando por entre los presentes mientras proclamaba que estaba allí “para defender el honor del POUM y de Andreu Nin”, algo que desde luego Broué había dejado bien alto, y eso fue lo que respondió, subrayando las dificultades especificas del POUM, la debilidad de la información de Trotsky...Luego vino un extraño silencio seguido de rumores, hasta que algunos de los presentes tomaron la palabra. Recuerdo que fue el camarada Damián (Antoni Fernández Teixidor, luego ministro con Convergencia) el que preguntó porqué no se cumplía lo que prometía el cartel, que él también estaba interesado en lo que podían decir los otros componentes de la mesa. Luego siguieron otros en la misma línea.
Impulsado por la indignación -si aquel acto era de alguien era mío que lo había trabajado en todos sus tramos-, me levanté para narrar la trama que nos había llevado a aquel absurdo. Lo que vino después fue inenarrable. Los “lambertistas” trataron de gritar más fuerte para ofrecer su versión conspiratoria, también irrumpieron los del PORE para dar cuenta de los agravios sufridos por su disidencia “varguista” con Lambert. A Broué se le debió caer el techo encima...Al día siguiente, la noticia aparecía en algunos diarios como un extravagante “ajuste de cuentas” entre “el POUM y los trotskistas” y “entre los propios trotskistas” que se disputaban la herencia del “Abuelo”. Desde entonces, el temor a la posibilidad de este tipo de “akelarre” sectario me ha llevado a evitar cualquier encuentro con los sectarios. El caso es que lo que podía haber sido el comienzo de un debate, no pudo pasar de su primer tramo, claro que luego llegaron los años del “desencanto”, que aquí parece que fue mucho más profundo que en otros lugares seguramente por todas las decepciones que para la izquierda social comporto la Transición, decepciones a la que contribuyeron y no poco, las sectariadas como esta..
Un año más tarde apareció el ensayo de Pierre sobre La revolución española (Península, BCN, 1979; traducción de la de Flammarion de 1973), una obrita de divulgación de unas 200 páginas, la mitad dedicada al análisis (con una parte final sobre “los debates doctrinales”), y la otra mitad con una antología documental, la propia para fundamentar un debate democrático y abierto desde la izquierda que hasta ahora parece poco menos que imposible. También acaban aquí las ediciones “comerciales” de sus obras ulteriores, pero no ocurrió con él, por ejemplo se quedó detenida la edición de las obras de Lukács. Un economista heterodoxo registró que en los pasillos del Liceo alguien de la alta sociedad decía en voz alta: “!Y ahora que no nos vengan con el Lukács¡”. En el tiempo que sigue, publicar estas cosas resultó ruinoso.
En América Latina, Pluma editó los Escritos de Trotsky 1929-1940, que estaban apareciendo en francés bajo los auspicios del Instituto León Trotsky, que presidía, desde Grenoble, Pierre Broué. Hubo un momento en que Fontamara inició conversaciones para su versión castellana, pero no pasó de ser un buen deseo. Algo no muy diferente ocurrió con otras obras de Broué, y me consta que existieron algunas conversaciones al respecto. Recordemos que Fontamara publicó pródigamente a Trotsky, Nin, Mandel, Lowy, y por lo tanto, Broué se contaba entre “sus autores naturales”; también se podría decir que Broué careció de “agentes” como los tuvo Mandel por ejemplo. El caso es que después de hablar de una difícil traducción de La cuestión china en la Internacional Comunista, solamente se publicó un artículo suyo en una recopilación titulada Metodologías de la historia, en la que otro autor era Pierre Vilar. No creo necesario añadir que las “antipatías” políticas tuvieron que ver con esto. Y hablando de recopilaciones, anotemos su participación (Observaciones sobre la historia del partido bolchevique), incluida en Partido y revolución. Pasado, presente y futuro del partido revolucionario de izquierda (Rodolfo Acosta Ed., Buenos Aires, 1971; tr., de los números 25-26 de la revista Arguments.
Broué también ha tomado parte en numerosos encuentros y coloquios como el celebrado en 1983 sobre La 2ª República por la Universidad de Barcelona, con un trabajo (De la República a la guerra civil: ¿factores estructurales?), que es que sirve de pórtico de su edición. Su presencia fue obvia en las jornadas que la Fundación Andrés Nin organizo en el Ateneo de Madrid a principios de 1989 que, entre otras muchas cosas, sirvió para la presentación de su biografía de Trotsky; también en las jornadas que entre el 12 y el 15 de noviembre de 1989 tuvieron lugar en la Universidad de Zaragoza organizadas entre la propia Universidad (con la presencia de Julián Casanovas y Calos Forcadell)y la Asociación Mayo del 68, en la que intervino junto con Wilebaldo Solano y un servidor que sustituyó a Pelai Pagés. Broué regresó conmigo a Barcelona en la zona de no fumadores de un tren nocturno, detalle por el que insistió en taquillas. Sin embargo luego resultó que buena parte de viajeros fumaban, algo que no le entraba en la cabeza de manera que trató vanamente de que o se lo explicara.
En esta ocasión, Pierre se mostró especialmente caluroso conmigo, lo cual no pudo por menos que alegrarme. Desde el incidente en la Universidad de Barcelona su actitud conmigo había sido cualquier cosa menos buena. Cuando allá por 1980, algunos amigos (Jordi Dauder, Josep Casals, Lluís Zayas), tratamos de crear una suerte de “agencia” del Institut Léon Trotsky en Barcelona, envié una carta a Dreyfus, ofreciendo nuestra colaboración sin más pretensión que servir de plataforma para su difusión. Dreyfus pasó la misiva a Broué que me escribió la carta más insultante que he recibido en mi vida. Coleaba sin duda lo de Aula Magna, pero también era evidente que había traducido mi escrito bastante mal y creo que con manifiesta mala fe. Le contesté lo más correctamente que supe, ofreciéndole detalles por algunos esfuerzos que había hecho por la difusión de sus obras desde que copié a máquina aquel lejano Trotsky y la revolución española. La aclaración no sirvió para crear la conexión Grenoble-Barcelona, pero sí para que Pierre incluyera trabajos míos en los diferentes Cahiers dedicados a España.
El incidente pues estaba olvidado, y me creí con la autoridad para preguntarle como y porqué había roto con el “lambertismo”, pero era evidente que se trataba de algo d lo que no quería hablar. En cambio me habló alegremente de lo libre y animoso que se sentía. La noche siguiente pernoctó en mi casa, y las conversaciones fluyeron con naturalidad aunque no atendió ninguna sugerencia de colaboración estable con el Institut. Era tarde, y me fui a dormir. A la mañana siguiente comprobé que no había dormido. Había dedicado toda la noche a repasar mi biblioteca y a tomar notas.
Mientras desayunábamos me comentó que las bibliotecas representan un medio ideal para comprobar hasta qué punto sus dueños eran o no espíritus libres. Le encantaba comprobar que había gente que lo leía todo, incluyendo al “enemigo”. Le observé, y me dio la impresión e que estaba más fresco que yo. Y pensé que quizás ese fuera el secreto de los autores capaces de escribir sabiamente sobre los temas más ingratos con un dominio de las lenguas y de una documentación abrumadora. De una capacidad de producción –sobre todo desde los Cahiers- que parecía desbordar nuestra capacidad como lectores. Su obra ha crecido pero sigue sin encontrar un cauce. No hace mucho le ofrecí a una editorial conocida Los comunistas contra Stalin, brindándome para hacer la traducción gratis. Pero ni por esa.
Sin embargo, hay que insistir.
Tenemos la mayor de la obra de Broué sin traducir, y más
tarde o más temprano tendrá que ser vertida en castellano.
Por el simple hecho de resultar imprescindible.
Notas
---(1) Eduardo Mauricio (Llerena, 1902-París, 1986) Militante trotskista de primera hora, fue uno de los pocos supervivientes del grupo extremeño, asesinado en su mayor parte por la represión fascista. Toma parte del POUM en Madrid y luego en Barcelona identificado con las posiciones de Trotsky; toma parte en la Resistencia francesa en los rangos de la Cuarta participando en sus congresos como “Ernest Morris”, en la que se mantendrá hasta el final de su vida como un colaborador de Pierre Frank, contra el cual Broué dedicará numerosos reproches en su edición de los escritos de Trotsky sobre rancia (véase). En mis Memorias de un bolchevique andaluz (El Viejo Topo, Barcelona, 2001) le dedico algunas páginas. “Ernesto” siempre me habló con admiración del trabajo de Broué como historiador, pero no aceptaba su filiación “lambertista”.
---(2) Fayard (1988, París, tr. PG). Durante el encuentro en Madrid en 1989 recuerdo haber escuchado a Pierre contar que estaba en trato con un editor español, sin embargo todo indica que éste finalmente no se decidió. Broué padecería la sequía editorial que siguió los años setenta, cuando Ayuso se atrevía publicar (en traducción de Ramón García Fernández) las casi 900 páginas de El partido bolchevique, doce años más tarde de la edición gala de Minuit. Se puede encontrar esta obra, así como otra también de Broué, Los procesos de Moscú (Anagrama, Bacelona, 1969, tr., de Berta Julia de la francesa de Julliard de 1964) transcrita en la Red.
---(3) Traducción de Francisco González Aramburu de Editions de Minuit, París, 1961 (en el prólogo los autores “dan las gracias a todos aquellos sin los cuales esta obra no se habría podido realizar, a Jerome Lindon, director de las Editions de Minuit, a nuestros amigos d Arguments, Edgar Morín y Kostas Axelos”. También agradecen al poumista Jordi Arquer “que puso a nuestra disposición su biblioteca y su documentación únicas al respecto, y que nos ha ayudado con sus consejos” (p. 17). Fondo de Cultura Económica, México-Madrid-Buenos Aires, efectuó tres ediciones: en 1962, 1971 y 1977.
---(4) Existe una traducción reciente de El reñidero español (Península, Barcelona, 2001), con prólogo de Hugh Thomas. Ruedo Ibérico editó a Thomas y a Borkenau (1971), al que en la bibliografía de Broué-Témine se describe como “Especialista de los estudios sobre el comunismo; una de las obras más serias sobre el primer año de la guerra” (p. 299). Ambos autores coincidirán finalmente en la cruzada anticomunista, Borkenau como uno de los actores más feroces del Congreso por la Libertad de la Cultura, y Thomas como conservador thatcheriano. En el dicho prólogo escribe que el estudio de Borkenau sobre “la Tercera Internacional que, aunque bien escrito y exacto hasta cierto punto, apenas indaga en la verdadera naturaleza de esa organización criminal y conspiratoria”, una naturaleza única pues, un prisma bastante opuesta al que ofrecerá Broué en su historia ésta. Thomas anota que el antiguo bloquista y ministro de Companys que se preocupó especialmente por el paradero de Nin, “regresó finalmente a la España de Franco, ejerció de librero empeñado en conseguir la entrada en el país de libros prohibidos (entre ellos el mío)”. Y también los de Broué, que en la segunda mitad de los setenta era bastante asequible.
---(5) Tras cuatro años de intensa labor -parte de la cual transcurre en la cárcel—, concluye La CNT en la revolución española (editada en 3 volúmenes por Ruedo Ibérico; reedición Madre Tierra), que se agota rápidamente. Sin duda esta es la obra capital de Peirats y resulta, con todas las limitaciones obvias derivadas tanto de las condiciones materiales en que fue escrita como de su carácter «orgánico» —fue un encargo del Congreso de 1947 celebrado en Toulouse—, comparable por su importancia con El proletariado militante, de Anselmo Lorenzo. Imprescindible para cualquier estudio serio sobre la revolución española y la actuación de los anarquistas, fue también la base para una versión reducida titulada Los anarquistas en la Guerra Civil española (Júcar, Madrid, 1976).
---(6) Al carecer de un referente político sólido como Broué o Peirats, el libro de Bolloten El gran camuflage (cuya primera edición en inglés data de 1961), fue objeto de una edición no autorizada con el título de El gran engaño (concretamente en Luis de Caralt Ed., Barcelona, y el proyecto fue auspiciado por el propio ministro de Información y Turismo, Manuel Fraga Iribarne), de manera que fue interpretado falsamente como una denuncia sobre la “conspiración comunista internacional” aunque fuese –justamente- en un sentido contrario a la “conspiración comunista revolucionaria” con la que se había tratado de justificar la sublevación militar-fascista, una mentira que había desmontado Herbert J. Southworth en su obra El mito de la cruzada de Franco (Ruedo Ibérico, París, 1964), ya que el “camuflage” de Bolloten se refiere al de la revolución contra la que se enfrento el movimiento comunista oficial. Empero, la manipulación resulta indicativa de cómo el régimen –siguiendo pautas puestas de moda por la red anticomunista internacional-, era capaz de deformar los contenidos, y de como este tipo e maniobra podían desconcertar a una resistencia con problemas de información y de debate abierto. El Bolloten consiguió una edición completa como La revolución española. Sus orígenes, la izquierda y la lucha por el poder durante la guerra civil, 1936-1939 (Grijalbo, Barcelona, 1980, que en los acrónicos previos define al POUM como “partido marxista anticomunista”), y otra al parecer “definitiva” en Alianza (1989). En los años ochenta, Bolloten acabó aprovechando su prestigio para contribuir con su nombre en campañas en contra del sandinismo al lado de Víctor Alba entre otros.
---(7) Considero que la recuperación de la tradición trotskista en España desde la segunda mitad de los años sesenta es indisociable de la autoridad lograda por Deutscher, primero con su Stalin, y después con la trilogía sobre Trotsky sin olvidar ensayos como La revolución inconclusa...Hasta su muerte (1967), Isaac apareció como el mayor especialista en Trotsky en la que Pierre Broué acabaría imponiéndose con un trabajo mucho más callado y riguroso. Desde los primeros números, los Cahiers dedicaron algunos trabajos para demostrar como Deutscher no había profundizado en tal o cual cuestión (lo que siempre fue evidente en relación a España y no digamos de la Cuarta Internacional. Otra cosa que Broué llegara a utilizar en contra suya una cita del historiador austriaco, George Lichteim quien señaló en 1967 que, al final de todo, se trataba "muy ampliamente de una apología discretamente velada de Stalin y sobre todo de sus sucesores", pero, en mi opinión, esto únicamente se puede sostener desde una óptica tan anticomunista como la del autor. Parece evidente que la “heterodoxia” de Deutscher molestaba al Broué más “ortodoxo”.
---(8) Félix Morrow (1906, Mayrovitz, Estados Unidos-?). fue uno de los dirigentes del SWP en los años treinta-cuarenta, y fue excluido en los cincuenta, evolucionando desde entonces hacia posiciones católicas conservadoras; M. Casanova, seudónimo del judío polaco Borten, muerto en la deportación, La guerra de España. El Frente Popular abrió las puertas a Franco (Fontamara, 1978, tr. Maritxell Josá), hay una reedición reciente auspiciadas desde el PRT. La obra más conocida de Munis es Jalones de derrota, promesas de victoria. Crítica y teoría de la revolución española, 1930.1939 acababa de aparecer en ZYX (Madrid 1977), en cuyo portada se afirma que "la contrarrevolución no fue sólo obra del fascismo sino también de la llamada "república democrática popular", que impidió llevar a cabo la revolución social". Los amigos de Munis están promoviendo una edición de sus Obras completas (Editores Extremeños, Llerena), con un primer volumen que recoge sus escritos sobre la Revolución y contrarrevolución en Rusia, y un segundo titulado Lucha de clases: teoría y práctica. Un capítulo aparte lo forma la aportación de la surrealista y trotskista Mary Low, compañera del poeta cubano Juan Breá, con el que militó en las filas poumistas en Barcelona hasta vísperas del mayo del 37, y cuyos Cuaderno rojo han sido editados por Alikornio (Barcelona, 2000).
---(9) Jean-Jacques Marie, El trotskismo (Península, Barcelona, 1972; 1975, tr., de la francesa de Flammarion de Jaume Fuster y Mª Antònia Oliver). Este manual comienza con una cita de Trotsky en la que éste define así el movimiento: “Somos como aquellos hombres que intentan escalar una montaña y sobre los cuales se desploman sin cesar aludes de piedra y nieve”, y parece, por encima de cualquier otra cosa como una justificación del “Comité Internacional” y por lo mismo, como un ajuste de cuentas contra la Cuarta Internacional, al parecer responsable de al menos parte de los aludes que caen contra los escaladores. Como el que encuentra Marie probada en una muestra de tentativa de “revisar” el programa (de Transición, escrito en 1938) en la siguiente cita de Pierre Frank de 1962: “Nosotros mismos, trotskistas debemos (...) reajustar nuestro programa a la nueva situación que se esboza” (p. 110). Dicha situación no es cualquier coyuntura política, se trata nada más ni nada menos que de todas las consecuencias de la II Guerra Mundial. Marie reproducirá la misma furia en Trotsky, le trotskysme et la IV Internationale (Que sais-je?, París, 1080). No obstante, al final de esta década acabará, Marie -como Broué- abandonando el “lambertismo” y pondrá su erudición al servicio de concepciones más pluralistas.
---(10) Este retrato como los correspondientes a Guesde y Vaillant se
encuentran también incluidos en el volumen sobre personalidades
de la socialdemocracia clásica titulado Perfiles políticos
(Ayuso, Madrid, 1981 tr., del inglés de Mario García.
De la antología de Broué se anunciaba una traducción
para Ruedo Ibérico pero no llegó a tener lugar. Fontamara
tenía en cartera la edición de diversos monográficos
de Trotsky sobre Francia, Gran Bretaña, Estados Unidos y Alemania,
pero solamente llegó a publicar la dedicada al ascenso nazi en Alemania.
Edición digital de la Fundación Andreu Nin, agosto 2005