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FUNDACIÓNANDREU NIN |
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1. El “muro” institucional
con que se encontró Dos Passos en España, Julio Álvarez
del Vayo (1891-1975), fue sin duda una de las figuras más controvertidas
del PSOE en los años treinta, cuando su identificación con
la política del PCE le llevó -como a otras figuras del PSOE,
por ejemplo Margarita Nelken-, a “hacer la vista gorda” ante la campaña
antipoumista, y a tapar el caso de José Robles. Hijo de un oficial,
tuvo una educación europea, había destacado como periodista
recorriendo los campos de batalla durante la I Guerra Mundial, y más
tarde el escenario de la revolución alemana (donde conoció
a Rosa Luxemburgo: "La conocí en un congreso (…) era muy bajita,
y necesitaba un banquillo para subirse en él cuando tenía
que hablar. Un día, sus adversarios políticos le escondieron
el banquillo, y yo, muy caballeroso, se lo fui a buscar. Desde entonces
nos hicimos muy amigos"), la revolución y la guerra civil rusa donde
llega a conocer a Lenin y a Trotsky del que más tarde prologó
la edición de Mis peripecias en España, una relación
que con ocasión del proceso contra el POUM tuvo a bien evocar Louis
Araquistain.
Trabajó en La Nación,
de Buenos Aires. En 1926 escribió, La nueva Rusia, libro
en el que resume los viajes que efectuó a este país. Muy
ligado a Largo Caballero, del Vayo gozó de una importante influencia
sobre éste hasta el punto de que -se cuenta- por consejo suyo que
Largo Caballero consintió la unificación entre las juventudes
socialistas y comunistas que bajo el liderazgo de Santiago Carrillo serían
fundamentales para el crecimiento del PCE. Fue uno de los principales animadores
intelectuales de la izquierda caballerista. Había sido embajador
español en México en 1931, y volvió, tal como se proponía,
a ocupar un cargo oficial, el ministerio de Asuntos Exteriores cuando estalló
la guerra. Al frente de este departamento fue atemperando sus posiciones
más radicales, preocupado sobre por el acercamiento ruso-español.
Más tarde, como comisario general
de la guerra, profundizó su influencia rusófila y estalinista,
facilitando el avance de la hegemonía comunista en el ejército.
Acusado de ser un instrumento comunista, perdió el poder con la
caída de gobierno Caballero, para recuperarlo con Negrín,
a la orden del cual Julio, intentó encontrar un mayor apoyo para
la causa de la una República desrevolucionada. En este sentido,
destacaron especialmente sus intervenciones para conseguir el apoyo de
la Sociedad de Naciones. Cuando huía hacia Valencia desde Madrid
con el gobierno, los anarquistas lo obligaron a volver a punta bayoneta
al frente. Para éstos simbolizaba la política antirrevolucionaria
dentro del bloque republicano.
Una vez en el exilio, fue expulsado
del PSOE "pero nunca –dirá- se consideró fuera de él";
años más tarde intento ser readmitido, pero Rodolfo Llopis
le exigió el abandono de otras filiaciones, y del Vayo no aceptó.
En 1964 los maoístas del PCE marxista-leninista lo convencieron
para presidir el FRAP, cargo que mantuvo hasta su muerte. De manos de esta
corriente política, del Vayo fue tratado como una "figura", y recibido
con honores de jefe de Estado por los líderes comunistas oficiales
chinos. Visitó China en cuatro ocasiones y fruto de estos viajes
fueron dos libros promaoistas: China al alcance de todos, y China
vencerá. Su legado político, con todas su contradicciones,
lo plasmó en sus memorias, Las batallas de la libertad (1953), reeditado
en francés por Masperó a finales de los años sesenta.
2. El anarquista
que advirtió a John Dos Passos sobra la capacidad de instrumentalización
por parte de los “comunistas”, Carlo Tresca
(Sulmona, 1879-New York, 1943), fue un “enemigo público del Estado”
bastante famoso durante varias décadas. Sus treinta y seis detenciones
y los cinco atentados que sufrió hacen de él un personaje
singular. Provenía de una familia de ricos terratenientes de los
Abruzzos, se hizo socialista en su juventud y a los 20 años era
secretario del sindicato de ferroviarios -influenciado por los socialistas
maximalistas- y editor del diario Il Germe. Condenado a prisión
por difamación, decide emigrar y en Suiza se encuentra con Mussolini
que le reprocha no ser suficientemente de izquierdas. Después de
una breve estancia en Brasil, llega a los Estados Unidos, en un primer
momento en Pittsburgh donde edita La Plebe, en italiano, y en un
segundo en Nueva York donde edita el diario de la federación socialista
italiana con la que rompe en 1907.
En 1905 había ingresado
en el IWW en el que va a militar durante muchos años, convirtiéndose
en uno de sus portavoces más conocidos y pintorescos. En 1912, Tresca
juega un importante papel en la famosa huelga de Paterson -historiada en
un libro de reportaje por su amigo John Reed-, allí conoció
a Elizabeth Gurley Flynn, militante muy notable que será durante
mucho tiempo su compañera y después una de las fundadores
del Partido Comunista de los USA con Reed, y su líder femenino más
legendario. Elizabeth Gurley y Emma Goldman montaron un grandioso espectáculo
en favor de la huelga en Greenwich Village.
Carlo Tresca será también, y
muy significativamente, uno de los animadores de la marcha de los parados
de Nueva York en 1915, y en 1916 es inculpado por «conspiración
con vista de cometer un asesinato» durante la huelga de Mesaba Ron
Range, pero será liberado por falta de pruebas. Su campaña
contra la intervención norteamericana en la Gran Guerra conllevará
la desaparición de su diario L´Avvenire. Por esta época
rompe con el IWW sobre la base de un debate político, lo que llevará
a Tresca a ser juzgado en un proceso que se realizará a partir de
1917; se librará por poco de la deportación. Anarquista convencido,
combatiente por los derechos democráticos del hombre siguiendo la
tradición radical norteamericana, Tresca manifiesta abiertamente
su simpatía con la revolución rusa desarrollando luego críticas
que, empero, no le apartaran de esta fidelidad inicial.
Durante los años veinte su figura
es indisociable de todas las grandes campañas en defensa de los
perseguidos, de Ettore-Giovanitti, de Tom Mooney y sobre todo de Sacco
y Vanzetti, pudiéndose decir que sin él este crimen legal
difícilmente hubiera conocido la audiencia internacional que conoció.
En 1919 había fundado Il Martello, que desde 1922 concentra
su fuego contra el régimen fascista de Mussolini. En 1923, una maquinación
de cónsul italiano (en base a un anuncio publicitario en Il Martello
de un producto anticonceptivo), le vale ser condenado por infracción
de la ley federal sobre obscenidad y condenado a un año y seis meses
de prisión. Sus amigos podrán desvelar el montaje y es graciado
después de haber purgado tres meses en la prisión de Atlanta.
Después de una relación militante con los comunistas rompe
con ellos en 1934, a continuación de la tentativa de estos de romper
la huelga de los hoteles de Nueva York animada por los trotskistas.
En 1936, Tresca firma parte del
Tribunal de investigación presidido por John Dewey que juzga a Trotsky
por los cargos presentados en los «procesos» de Moscú;
Tresca denunciará la «gran traición» del estalinismo
en estos procesos y en la persecución de poumistas y anarquistas
durante la guerra civil española. En 1937 presenta testimonio por
la desaparición de su vieja amiga, Juliet Stuart Poyntz, comunista,
y denuncia públicamente los métodos de la GPU. Las amenazas
provenientes del estalinismo se confunde con las que recibe por parte de
fascistas y mafiosos. Durante la II Guerra Mundial, Tresca se alinea con
los que consideran la derrota del fascismo como la tarea central del momento
y funda la «Sociedad Mazzini» que trata de agrupar a militantes
obreros y demócratas, tratando de que sean excluidos tanto los comunistas
como los fascistas ganados a un pacto con los Aliados a continuación
del gobierno Badoglio, que había sido apoyado por Togliatti como
una «alternativa» a Mussolini. Será asesinado en la
puerta de la redacción de Il Martello. Una investigación
presidida por Norman Thomas no dará ningún resultado, aunque
algunas fuentes indican que el agente estaliniano Vittorio Vidali
(que había estado detrás de algunos de los asesinatos más
célebres del estalinismo, comenzando por el de Mella y continuando
con el de Nin y Trotsky), tenía cuentas pendientes con Tresca que
no dudó en acusarlo públicamente. En una ocasión que
se encontraron, Tresca lo acusó: “Por donde quieras que pasa hay
un asesinato”.
3. Uno de los amigos más
continuado que tuvo John Dos Passos fue Edmund Wilson (1895-1972),
que también fue compañero sentimental y camarada de Mary
Mac Carthy, la novelista autora de El grupo y Memorias de un
joven católica, entre otras obras. Ambos simpatizaron con el
trotskismo, y todavía en 1964, “Dos” hablaba del “trotskismo destructor”.
Edmund que denunció sin fisuras tanto el estalinismo como el maccarthismo
o la guerra del Vietnam, cuestiones sobre las que sus discrepancias con
el último Dos Passos fueron totales.
Wilson cursó estudios en la Universidad
de Princeton. Fue redactor de la revistas Vanity Fair y New Republic,
y crítico de libros de la The New Yorker. Aunque se dedicó
preeminentemente a la crítica social y literaria, entre sus obras
se cuentan novelas, cuentos, obras de teatro, poemas, biografías
y trabajos sobre historia, arqueología y religión, así
como libros de viajes. Su obra más destacada es según la
crítica El castillo de Axel (1931), análisis sobre
la influencia del simbolismo en la obra de T. S. Eliot, James Joyce, y
otros autores contemporáneos suyos. También sobresale La
herida y el arco (1941) sobre las relaciones del escritor y su obra.
Fue igualmente autor del incisivo ejercicio de análisis marxista
con La “Gran Depresión” de 1929, Norteamérica
pierde los nervios (1932), la extraordinaria Hacia una estación
de Finlandia (1940), tan admirada durante décadas entre la intelligentzia
que
no se había arrodillado ante el “gran dinero”, Memorias de Hecate
County (1946), Estudios de la literatura de la Guerra Civil
(1962), la novela Crónica literaria (1929), Los rollos
del mar Muerto (1955), un ensayo sobre arqueología; y la autobiografía
Recuerdo
del norte del Estado de Nueva York (1971).
Valdrá la pena que nos
detengamos en Hacia la Estación de Finlandia. Ensayo
sobre la forma de escribir y hacer la historia (Alianza, Madrid, 1972,
tr. de R. Tomero, F. Zalán y J. P. Gortázar), y en la que
la llegada de Lenin a Petrogrado en abril de 1917 es el punto de partida
para "simbolizar el final del accidental camino que fue necesario recorrer
para llegar a la conclusión de que la historia no está escrita
de antemano y es posible la transformación del orden social. Esa
larga corriente comienza con el primer teórico (Giambattista Vico)
que intuyó que las instituciones sociales son obra del hombre; prosigue
su curso con el gran defensor de la tradición revolucionaria francesa
(Michelet), de la que se bifurca la escuela que consagra la decadencia
de los viejos ideales (Renan, Taine, Anatole France); se hace caudalosa
al recibir los afluentes del primer igualitarismo comunista (Babeuf) y
del socialismo utópico (Saint-Simon, Owen, Fourier); se ensancha
con la síntesis realizada por Marx y Engels (en encarnizada polémica
con Lasalle y Bakunin); y corre torrencialmente hacia su destino final
con la teoría y la práctica de Lenin y Trotsky" (extraído
de la contraportada del libro).
En su prólogo de los años
setenta, Edmund se muestra más reservado en su reconocimiento de
Lenin. Y saca a relucir algunas fuentes hostiles que presentan a un Vladimir
Ilich como bastante estrecho, y ofrece una reflexión sobre la ejecución
sumaria de la familia del Zar, en la que, a mi entender, no atiende debidamente
el contexto histórico, cuando los ejércitos blancos se recomponían,
y la monarquía, aunque fuese a través de su representante
más impensable, podría ser tomada como bandera unificadora,
y justamente cuando comienza una guerra sin cuartel en la que las crueldades
fueron extremas, sobre todo por parte de la derecha antisemita, pero no
solamente como dejan claro las novelas de autores como Isaak Babel o Mijhail
Sholojov.
Fundación Andreu Nin, octubre 2005