FUNDACIÓN

ANDREU NIN


Retrato de Ignacio Iglesias en dos tiempos

Pepe Gutiérrez-Alvarez         

        
Introducción.

        Acaba de fallecer Ignacio Iglesias Suárez (Sama de Langreo, 1912-Madrid, 2005), uno de los más jóvenes representantes del primer trotskismo en España, y uno de los portavoces del POUM desde su fundación, periodista y escritor que conocería en el exilio una evolución ideológica que, cuanto menos, podemos definir como paradójica ya que, sin renunciar nunca a su filiación poumista, formó parte del sector poumista que, por despecho contra el estalinismo, acabó encontrado en los Estados Unidos su “tierra prometida”.

       Autor de numerosos artículos y de algunos libros, no deja de ser resultar paradójico que –como le ocurrió a su amigo Gorkin-, su trabajo más  famoso y más publicado fuese su requisitoria contra Trotsky, aparecida por primera vez en 1976 en una edición de bolsillo de la paradigmática editorial ZYX, cuyos componentes estaban haciendo una singular evolución desde la izquierda cristiana hacia el anarquismo y el consejismo. Con los mismos supuestos, y como León Trotsky y España (1930-1939), ofreció otra variación de las mismas premisas en la interesante colección Crónica General de España de Júcar, Gijón, 1977; para reaparecer en una última recopilación de sus escritos agrupados con el título de Experiencias de la revolución española. (Laertes/Fundación Andrés Nin, Madrid, 2003), siempre insistiendo en la misma premisa: Trotsky quiso aplicar en España los esquemas de 1917.

       Justificada como una defensa del POUM, en la obra se conjugan dos tempos diferenciados, uno nos remite a un Iglesias de los años treinta, cuando fue calificado de “trotskista”, y otro nos lleva a alguien que habiendo abandonado el socialismo militante emprende en plena “guerra fría” un vehemente “ajuste de cuentas” con Trotsky extensible al “trotskismo”, sobre el que llegará a escribir que “sólo existe hoy por hoy, una manera de tomar partido, que no es otra que la de abrazar la causa estalinista” ("Burocracia y Estado", 1951); lo que se puede traducir que cualquier consideración  sobre el “doble carácter” de la URSS o de los partidos comunistas, era no ya “hacer el juego” sino caer en el estalinismo, una definición extremadamente desdeñosa de sus antiguo camaradas que se negaban a dejar la lucha social, y a disputar al estalinismo la influencia en el movimiento obrero.

       Semejante definición “hoy por hoy”, nos llevan a otro punto de partida: Iglesias fue un trotskista precoz, pero en la hora de escribir su  alegato antitroskista...ya había tomado su partido en la “guerra fría”, y estaba más cerca de una derecha socialdemócrata que del POUM en el que militó. Quedaba pues  muy lejos aquellos tiempos cuando a los 18 años, en un pueblo minero de aquella capital que Clarín llamó Vetusta en su inmortal novela La Regenta, Iglesias iniciaba su actividad militante como joven comunista culto y con criterios propios con lecturas de obras del “viejo” como Mi vida o Historia de la revolución rusa.
     
1. Un revolucionario precoz.

        Esta iniciación no pudo ser más “clásica”. Iglesias provenía del “corazón de la cuenca minera asturiana”, su padre, Marcelino Iglesias, fue minero picador, en tanto que su madre, Orosia Suárez, tenía un pequeño taller de costura. El hermano de ésta, Nemesio Suárez fue uno de los fundadores de la Federación Socialista Asturiana, en 1901, mientras que un hermanastro de su padre, Benjamín Escobar, se contaba entre los fundadores del PCE en Asturias, en 1920; ambos son mencionados en el libro del socialista Andrés Saborit Asturias y sus hombres (Toulouse, 1964), la principal fuente de información de la historia del movimiento obrero asturiano en su época. Su padre militó desde muy joven en las Juventudes Socialistas, pero aunque se sintió más cerca de los comunistas “se dedicó exclusivamente a tareas sindicales y participó en la creación del Sindicato Único de Mineros, del que fue uno de sus dirigentes”. Todos ellos “sufrieron persecuciones y encarcelamientos durante la dictadura militar del general Primo de Rivera”...

       En este ambiente, más el hecho de ser  hijo único propició una apuesta educativa de altura, así Ignacio estudió bachillerato como alumno libre, en el Instituto Jovellanos de Gijón, y en la misma ciudad, en la Escuela Industrial. Más tarde  siguió los cursos de Perito Mecánico y Técnico Industrial, con el propósito de acabar siendo ingeniero, propósito frustrado a consecuencia de la revolución de octubre de 1934”.  Así, criado en un ambiente militante de primera línea, y estudiante, Ignacio destacó pronto como intelectual de formación marxista que en 1930 fundaba con un amigo de entonces la Juventud Comunista en Sama de Langreo, centro de la cuenca minera del Nalón. Ya entonces sus opiniones y lecturas debieron de escandaliza, y él mismo cuenta  que a las pocas semanas “por orden de la dirección del Partido Comunista de Asturias, fui expulsado acusado de trotskista”. Aunque muy minoritario, el trotskismo astur estaba representado por José Laredo Aparicio, el abogado más reconocido del Sindicato Único de Mineros afiliado a la CNT durante mucho tiempo, y principal fundador del PCE en la región del que fue expulsado por su oposición a la mal llamada “bolchevización” en 1926 (1).

       Inmediatamente después, Ignacio entrará en correspondencia epistolar con Juan Andrade y Andreu Nin para convertirse en uno de los benjamines de la naciente oposición y de los colaboradores de la revista Comunismo,  cuyos cuatro primeros números, por cierto, son deudores de la iniciativa de Laredo Aparicio. En 1933 tuvo lugar una conferencia regional para debatir la cuestión de crear una IV Internacional. Iglesias hace constar, en el Archivo Histórico de Salamanca se encuentra el original de  la carta firmado por Iglesias solicitando el ingreso del trotskismo asturiano en la Alianza Obrera al comité revolucionario que dirigió el movimiento insurreccional de octubre de 1934, paradigma del camino de la revolución española tanto para el Bloque Obrero y Campesino como para la Izquierda Comunista. Iglesias fue miembro del Comité local de la insurrección. Dicho de otra manera, su nombre aparece entre los que jugaron un papel primordial en la creación del UHP asturiano y entre los que vivieron los acontecimientos en un primer plano (2). Tras la derrota pudo escapar y llegar hasta Madrid, desde pasó a Barcelona a petición expresa de Nin.
 
       Durante más de un año fue un estrecho colaborador de Nin, un contacto que asegura le “fue muy enriquecedor, pues reforzó en grado sumo mi formación política e intelectual”.  En compañía de Nin -con Molins, de Cabo y Carlota Durany, sus mejores amigos en la ciudad Condal-  asistirá a la reunión fundacional del POUM, y pasará a ocupar un cargo de responsabilidad en las Juventudes por poco tiempo ya que en abril de 1936, regresa a Asturias con la misión expresa de contribuir al fortalecimiento de la nueva organización en cuyo CE figura. Cuando estalla la sublevación militar-fascista, forma parte de una columna constituida el mismo 18 de julio de 1936,  compuesta en su mayor parte por mineros, y que tenía como objetivo llegar a Madrid para impedir que el golpe triunfase en la ciudad.

       En su trayecto, la columna ocupó León el 19 a la madrugada. En “la noche del mismo día, ya en Benavente, provincia de Zamora, enterados de que en León y Oviedo se había sublevado el Ejército, decidimos regresar a Asturias en autocares, eligiendo carreteras secundarias y pasando el Puerto de Leitariegos, a más de 1.500 metros de altura, hasta llegar al frente de las afueras de Oviedo, ya en manos de los sublevados, el 21 de julio”. Permaneció en el cerco varios días hasta que fue reclamado por el Comité de Sama de Langreo, donde volvió a ocupar la mismas responsabilidades que en octubre de 1934.

       Su fama como trotskista le llevaría a ser alguien a abatir para el estalinismo regional,  y decide marchar a Bilbao donde  prepara el salto a Francia, entonces el camino más corto para regresar a Barcelona donde el POUM le reclama. Finalmente “con la ayuda del presidente del Gobierno de Cantabria, el socialista Juanito Olazábal, consigue navegar en un barco de pesca que zarpó del puerto de Santander a primeros de enero de 1937, sin embargo la presencia hostil de un buque de guerra franquista malogró el intento de llegar a Francia, y lo hará finalmente en Castro Urdiales; aunque apenas unos días después consigue embarcar en un yate muy veloz en dirección a Bilbao. De noche, casi pegado a la costa, alcanzan el puerto francés de Bayona donde cogerá un tren hacia Barcelona”. Después de numerosas vicisitudes, acabará instalado en Barcelona a mediados de enero de 1937, justo cuando la campaña estalinista alcanza su más mayor grado de virulencia.

       Incorporado inmediatamente a la activa redacción de La Batalla, Iglesias escribirá “la mayor parte de los editoriales y varios artículos y comentarios”, y vive en primera persona las diversas tentativas por sacarlo a la calle. Después de los acontecimientos de mayo, tendrá como objetivo sacarlo en Lleida en compañía de Víctor Alba, pero tras la detención  y desaparición de Nin, vuelve nuevamente a Barcelona con una misión ya inmersa en plena  clandestinidad, y consigue tirar adelante gracias a la ayuda prestada el diputado socialista asturiano Amador Fernández, en nombre del Consejo de Asturias. En verano de 1938, la situación es ya insostenible y busca su refugio en una unidad militar anarquista esta vez gracia  a los miembros de la sección Defensa del Comité Nacional de la CNT, que le dieron una carta para Antonio Ortiz, militante anarquista que mandaba la 24 División instalado en la Seo de Urgell. Ortiz a su vez lo envió a la 119 Brigada Mixta, cuyo 569 Batallón estaba al mando de un cenetista asturiano que resultó ser un joven minero de Langreo, y un conocido de Iglesias padre.
   
2. Yo acuso. 

        En este periodo de clandestinidad, Iglesias escribe el mayor alegato del momento que tendrá como nombre La represión y el proceso contra el POUM, aparecido en unas “Ediciones del POUM, 1938” y que no firma por obvios motivos de seguridad. Se trata de un verdadero Yo acuso  escrito con el rigor y la vehemencia en la línea de Emile Zola. Iglesias se sitúa en mejor la tradición de la defensa de los herejes y comienza evocando algunas de las páginas de la historia de la infamia desde los mártires de la Inquisición, hasta llegar a las sufridas por Marx (en referencias tomadas de Señor Vogt), por los bolcheviques acusados de ser “agentes del Kaiser”, contra Rosa Luxemburgo, Karl Liebknecht y Leo Jogiches, asesinados por la soldadesca comandada por el socialdemócrata Noscke, para desembocar naturalmente en los viejos bolcheviques exterminados como “perros rabiosos” y a Trotsky que “rueda de uno a otro país por no haber querido entonar el mea culpa a tiempo, por mostrarse ejemplarmente fiel al marxismo revolucionario” (p. 67), para entrar de pleno en el proceso, y desmontar minuciosamente cada uno de los argumentos auspiciadas por la maquinaria estalinista.

       Esta formidable e imprescindible defensa fue divulgada en plena clandestinidad por el POUM, y décadas más tarde reeditada por Ruedo Ibérico (París, 1974) como El proceso contra el POUM. Un episodio de la revolución española, una obra que contribuirá poderosamente a dejar en evidencia toda la miseria de la campaña estalinista contra el POUM y Andreu Nin con una claridad neta como la que se desprende de las siguientes líneas: “Si todas las pruebas o supuestas pruebas acumuladas contra nuestro partido no tienen valor alguno, si nuestros camaradas presos no pueden ser considerados como fascistas o agentes de Franco, si sólo existe la responsabilidad por los hechos de mayo en Cataluña según manifestación del ministro de .Justicia, se impone la pregunta siguiente: ¿Por qué se mantiene el proceso incoado contra el POUM y sus dirigentes? Sencillamente porque este proceso es eminentemente político, porque responde a una presión exterior ya necesidades de política exterior...El proceso contra el POUM es el primero que se intenta fuera de la Unión Soviética bajo la presión directa y tenaz del estalinismo...lo que se pretende aniquilar, destruir, es la línea consecuente de la revolución proletaria. ". Pero entre el Iglesias que escribe este Yo acuso y el prologuista que firma como Andrés Suárez y escribe un extenso prólogo en el  que ya nos encontramos con el autor en 1973 media toda una historia...

        Ya en la clandestinidad como poumista, Iglesias vuelve a encontrar nuevamente un entramado solidario que le protege, sus amigos le evitan la participación en la batalla del Ebro al inscribirlo  como  cadete en la Escuela de Guerra de Barcelona, con el nombre de Ignacio Andrés I. Suárez, para evitar ser reconocido por sus perseguidores, y con cuyos alumnos y profesores atravesará la frontera con Francia, donde acabará en el campo de concentración de Argelès Sur Mer...Ahora serán unos militantes pivertistas los que le ayudaran a  huir del campo y ocultarse en Perpiñán. Denunciado por un militante estalinista que había sido chofer en el consulado soviético de Barcelona, fue encerrado en un castillo próximo para ser a continuación reconducido al campo de Argelès. En enero de 1949,  los pivertistas le ayudaran nuevamente para salir del campo e ir a trabajar a Dijon, donde  le habían logrado un contrato de trabajo. Allí trabajó unos meses en un taller mecánico, hasta que el avance de las tropas alemanas  obligaron a Iglesias a marchar hacia Toulouse, donde en junio coincide con Solano y otros poumistas. A continuación marchan todo a Montauban, cerca de Toulouse donde será detenido junto a un grupo de camaradas -Andrade, Solano, Rodes, etc.-  y comparecerán a la sección especial del Tribunal militar.  Todos ellos serán juzgados por la infracción del decreto aprobado por Daladier del 26 de septiembre de 1939, que reprimía las actividades del PC francés  y a consecuencia del pacto Molotov-Ribentrop, y él mismo condenado a "12 años de trabajos forzados, degradación cívica y diez años de prohibición de residencia en Francia". Iglesias encuentra aquí el “¡colmo de la ironía!”, una muestra veraz del “carnaval de la Historia”. Esta claro que Iglesias, a pesar de seguir militando en el POUM ya no se consideraba un “comunista”.

       El destino final de su trayecto militante no puede ser más atroz. Se trata del campo de concentración de Dachau, Baviera, cerca de Munich, donde el 6 de julio de 1944 será destinado al comando de Allach, un pequeño campo en el que sobreviven unos 8.000 deportados y situado entre Dachau y Munich, hasta que los liberó el 30 de abril de 1945 “una unidad del ejército norteamericano, integrada en su mayor parte por chicanos mejicanos, al mando de oficial californiano, profesor, que hablaba un perfecto castellano”. Después de unas semanas forzadas de descanso para recuperar un  estado físico lamentable producto de casi cinco años de prisión y de deportación, Ignacio se trasladó a Burdeos, donde Solano había reanudado la publicación de La Batalla, pero al poco marcha a París donde se establece un Comité Ejecutivo constituido por Bonet, Solano, Rodes, Carmel Rosa y el propio Iglesias. En esta fase final de la Liberación- La Batalla aparecía  quincenalmente, y la actividad se hace fluida, hasta se establecen relaciones con el exilio interior, en particular con Cataluña. Cuando tiene lugar la escisión de Moviment Socialista de Catalunya, Iglesias permanece con el núcleo que apuesta por la continuidad. Sin embargo, el ambiente cambia –los Aliados, al igual que Stalin, no moverán un dedo contra Franco-, e irrumpe la “guerra fría” que obliga a tomar partido aunque sea en contra de las dos potencias dominantes .

       Durante este periodo, Iglesias se ganara la vida trabajando como secretario-intérprete en un organismo norteamericano de ayuda a los refugiados (gracias a Rodes que dirige la sección española), pero lo dejará en marzo de 1952 a causa de una reducción de personal. Luego trabajará (gracias a Daniel Rebull) en la administración de un diario parisino, Franc-Tireur, hace traducciones para la Editorial Poseidón, de Buenos Aires (gracias a Francecs de Cabo), hasta que en enero de 1953 (gracias a Víctor Alba)  ingresa en la “Asociation Internationale pour la Liberté de la Cultura”, donde se ocupará de la secretaría de redacción de Cuadernos, una revista en lengua española destinada especialmente a América Latina, y a la que la sucederá con el mismo fervor anticomunista Mundo Nuevo, que existió hasta abril de 1971. Se trata de un periplo de cerca de 22 años sobre el que no he encontrado mayores detalles en todos sus escritos, un capítulo en el que Iglesias jugó un papel más discreto que Gorkin, Alba o Gironella, pero claramente afín y en el que desde los años sesenta se demostraría que formaban parte del entramado de la “guerra fría cultural” desarrollado por la CIA, una verdad sobre la que Iglesias se mostrará muy parco al escribir su perfil autobiográfico, y sobre el que no podía hablar con amigos de otos tiempos como Francecs del Cabo.

        Me consta que su nuevo empleo fue recibido hoscamente por muchos poumistas (de Cabo decía que no quería hablar con él de todo aquello por una amistad que valoraba en mucho). Esto tiene no poco que ver con el hecho dejar de publicar en su periódico La Batalla en  junio del mismo año 1953. Pero las discrepancias vienen de lejos, y estaba centrada en “la llamada entonces cuestión rusa, mejor dicho a la caracterización del régimen soviético”, y por lo mismo del sistema enemigo-complementario, la “democracia” norteamericana cuya política exterior se va afinando como sucesora del Imperio británico aunque con el pretexto de ser baluarte y “gendarme” del “mundo libre”. En esta nueva fase, el enemigo será pues el “comunismo totalitario que ocupa que según su criterio “lucha contra las actuales estructuras sociales no tiene otro objetivo que reemplazarlas por sus propio sistema burocrático, por lo que en última instancia el poder conquistado no pasa a manos de la clase obrera como ellos afirman, sino que pertenece por completo, como puede comprobarse en la Unión Soviética y en los demás países que han implantado su dictadura de partido único”.

      En sus escritos, todo nos lleva a un mismo enfoque según el cual en el comunismo oficial nada ha cambiado, el estalinismo de los años treinta resulta inmutable. Igual a sí mismo, el sistema capitalista no parece contar más que difusamente, y a Iglesias no parece interesarle para nada las nuevas disidencias revolucionarias, antes al contrario.  Marx, Lenin, Trotsky y Rosa Luxemburgo quedan tan lejos como el mayo del 68 o el Chile de Allende. El movimiento obrero, el socialismo, la revolución, pasan a ser cosas de un pasado con el que Iglesias mantiene un vínculo restringido a la defensa del legado del POUM. 

3. Un escritor anticomunista.

        En los años sesenta, en lo que respecta la situación española, Iglesias trabajara por una presunta “tercera vía”, y al lado Gorkin participa a principios de los años sesenta en diversos encuentros con personalidades relacionadas en diversos momentos con rupturas o distanciamientos del franquismo como Camilo J. Cela, Dionisio Ridruejo o Pedro Laín Entralgo en una línea de trabajo en la que se situara el llamado “contubernio de Munich”, y que se quedará como una conspiración “rosa” por las alturas. En este tiempo escribirá también en la equívoca revista Índice, auspiciada por Fernández Figueroa con el consentimiento expreso de Franco y cuyo lema sobrentendido podía sintetizarse  en “todos contra el comunismo”, o sea contra el PCE clandestino.

       Desde sus nuevas opciones, Iglesias se convertirá en una  pluma asidua en diversos diarios y revistas. Él mismo cita algunas como Ibérica y España Libre, publicaciones antifranquistas editadas en Nueva York; Revista de Occidente, Cambio 16, Historia y Vida y  habría que añadir, aparte de la equívoca Índice (auspiciada por Fernández Figueroa con la complicidad del propio Franco, pero que es interpretada como una brecha para autores de izquierdas de las más diversas corrientes, excluyendo a los comunistas que son criticados tanto por la derecha como por la “izquierda”), así como en la neoanarquista  (¿) Nada dirigida por el inenarrable Carlos Semprún Maura ya en plena involución reaccionaria.
     
    Mientras que su defensa del POUM hay que distinguir entre el texto propiamente y la introducción escrita ya de vuelta de antiguos idealismos, sus obras siguientes ya tienen el marchamo de su opción por el “mundo libre”. Este el caso de La  fase final de la guerra civil  (Planeta, Barcelona, 1977), obra en la que Iglesias analiza con minuciosidad las consecuencias de la actuación estalinista aparecen todavía más claras: al acabar con la revolución también habían preparado la derrota militar, y la “guerra” de ayer contra “trotskistas, anarquistas e incontrolados” se reproduce en no poca medida entre comunistas y la derecha republicana. Su tesis es harto conocida:  la ayuda soviética no fue más que la palanca para que un PCE casi inexistente pero fiel servidor de la política estalinista, tomase las riendas de la contienda, y llevara el campo republicano hacia una “democracia popular”, una lógica ante la cual hasta Franco parece “nacional”, si nos atenemos a unas inclasificables líneas de Maurín en su introducción a la edición de Hacia la segunda revolución que en Ruedo Ibérico se llamó Revolución y contrarrevolución en España. No había lugar para mayores matizaciones, el estalinismo ya no se explica, se repudia.
      
    Lo mismo cabe decir de sus escritos contra Trotsky en los que se amalgama la indignación sobre la actitud de éste con el POUM (una de las páginas más  torpes de su vida política), así como su árida controversia con el trotskismo sobre la naturaleza de la URSS en el exilio francés, cuando Iglesias afrontó la controversia sobre la “naturaleza de la URSS” en una serie de artículos que aparecieron en La Batalla a pesar de que, según él mismo cuenta, resultaban muy minoritarios. Reunidos con el título de Burocracia y Estado, pero su aportación más elaborada sobre dicha cuestión  apareció en boletín interno  en agosto de 1952  en un “proyecto de tesis”, La URSS. De la revolución socialista al capitalismo de Estado, que aunque lo escribió solamente Iglesias fue también firmado por Josep Rebull. Iglesias rechaza la idea del “Estado obrero burocráticamente deformado”, y por lo tanto su “doble naturaleza”, e invierte los criterios tradicionales del “apoyo crítico” para concluir que –tal como señalamos al principio-  esto no es otra cosa que subordinación al estalinismo.  Por lo tanto... Este es pues el espíritu que anima su ira antitrotskista, y que invita a  preguntarse  como fue posible que entonces se identificara  con tamaña aberración entre 1930 a 1935, y que la siguiera respetando (como se trasluce en su Yo acuso), después.
      
        Consciente de su incongruencia, Iglesias no duda en afirmar temerariamente “desde los primeros tiempos de mi  trotskismo, no me parecía atinado la actitud de Trotsky, basada en la interpretación de todos los hechos políticos, cualquiera que fuera, a través del prisma de la revolución rusa de 1917”. Sin embargo, no existe el menor vestigio documental ni oral de tal rechazo, ni en Iglesias ni en toda la Izquierda Comunista, a la que define también como la sección “menos trotskista” del movimiento internacional. Empero, no hay más que leer los escritos de Nin, Andrade, Fersen, y demás, para comprobar que el grado de coincidencia llegaba hasta la reproducción de una crítica acerba a Maurín y al Bloque, discrepancias que Iglesias reduzca a la cuestión nacional en su evocación del proceso de unificación...
       
        Paradójicamente, la misma acusación del análisis por analogías (con la revolución de 1917) se  ha esgrimido ad nauseum contra el POUM y contra Nin, e incluso contra el PCE. Este es por ejemplo el esquema –el de la mimesis- que emplea  Elorza contra el POUM  (1999, págs, 360 y ss), incluso afirma que el agente de Stalin, el rumano Stephanov no pensaba en otra cosa, y no han faltado autores que han atribuido la misma intencionalidad a...Stalin. Iglesias acusa igualmente a Trotsky de estar prisionero del modelo “leninista”, olvidando que todos los líderes del POUM –desde Nin a Landau pasando por Gorkin- argumentaron en clave leninista...contra Trotsky. Por otro lado,  Iglesias evoca un “leninismo” de manual al que le atorgar una impronta pre-estalinista que le permitirá llevar a Trotsky hacia un juego de simetrías con el estalinismo, un juego que, no hay que decirlo, desmentiría buena parte de su defensa del POUM, tan influenciado por Lenin como por Trotsky. Su vehemencia le lleva una  suerte de enmienda a la totalidad, así –por citar un ejemplo- define el Secretariado Internacional  como una mera estancia “cuya única misión no era otra que repetir y ampliar las decisiones de Trotsky”, y todo lo que dicen no es más que una “campaña de denigración” contra Nin y sus amigos, cuando dicho organismo vive en  constante debate, y en él se expresarán opiniones diversas, incluyendo la que se manifiesta favorable a una mayor entente con el POUM. .
     
        Al llegar aquí, por citar un ejemplo que encuentro representativo, Iglesias dice cosas como la siguiente; “...no estará de mas señalar que entre los integrantes de ese Secretariado figuraba el italiano (Alfonso) Leonetti -que se ocupaba de los asuntos españoles-, alias Martín, alias Feroci, alias Akros, alias Suzo, alias Guido Saracena, que cambiaba de nombre como de camisa, sin duda para darse a sí mismo un aire más bolchevique; después de haberse despachado a gusto contra la Izquierda Comunista y más tarde contra el POUM, abandonó las filas del trotskismo para retornar al seno del Partido Comunista italiano...”  Está claro que lo que más le importa es que Leonetti representa una opción invertida a la suya,  y si es cierto que reingresó en el PCI (en 1962, después del XXII  Congreso del PCUS, que provocó una espejismo “reformista” en gente como Deutscher), también lo es que nunca renunció –básicamente- a sus ideas y que murió defendiendo lo mismo que cuando abandonó  el PCI junto con Piero Tresso e Ignacio Silone.
      
        El “no va más” de la requisitoria llega cuando añade: “Peor fue el caso de otro de los colaboradores de ese Secretariado Internacional, hombre de absoluta confianza de Trotsky y de su hijo Sedov, llamado Marc Zborowski, alias Etienne, que resultó ser un activo agente de los servicios secretos soviéticos”. Creo que esta es ya una sugerencia delictiva porque culpa al movimiento trotskista de algo que pagó muy caro. León Sedov con su propia vida...Iglesias ni tan siquiera considera que uno de los objetivos del agente fue enturbiar en lo posible las relaciones de Trotsky con sus amigos y aliados, entre ellos el POUM, como hará notar Wilebaldo Solano en el capitulo de su libro -El POUM en la historia- dedicado a Trotsky y el POUM. Pero Iglesias este no es su problema si le vale para dar vida a sus inventario descalificaciones que le llevan –obviamente- a expresar su sorpresa cuando en 1977 descubre “que hayan surgido en España, en los últimos tiempos, grupos o grupitos que reivindican su neta filiación trotskista, aunque pertenezcan a sectores diferentes que, como es tradicional, se disputan con ardor entre ellos”. 
      
        Por estas fechas ya se había publicado la edición que Broué había realizado de los escritos de Trotsky sobre España (Fontanella, Barcelona, 2 vols), y su lectura únicamente le inspiran a Iglesias un airado comentario (en la última edición) por el poco espacio que dedica a su libro, del que dice: “Este trabajo ya estaba acabado cuando se ha publicado el pequeño libro de Ignacio Iglesias Trotsky et la revolution espagnole, excelente resumen de los argumentos de los defensores del POU, pero que desgraciadamente se apoya en una documentación muy incompleta, la de los Escritos sobre España de 1971-–lo que autoriza al autor a escribir (p.93) que “sólo una voz permanecerá casi muda ante la feroz represión contra el POUM por parte de los estalinistas: la de León Trotsky”.
      
        Al contrario que otros poumistas que evolucionaron en la misma dirección, Iglesias se mantuvo según dirá el mismo “fiel” a la memoria del POUM, y renunció ingresar en la socialdemocracia. Dicha fidelidad se mostraría en su participación en diversas actividades de la Fundación Andrés Nin de Madrid, donde se encuentra la mayor fuente documental sobre su vida y sus escritos.
      
Notas
                  
(1)    Laredo jugó también un importante papel en la insurrección de octubre del 34 en Asturias. Exiliado en Bélgica, a. su vuelta abandona la ICE. y se adhiere al PSOE. En los comienzos de la guerra civil, actuó como secretario del dirigente socialista Belarmino Tomás, presidente del consejo de Asturias. En el 37 fue nombrado primer secretario de embajada en México. Encuentra la muerte en este país, atropellado por un camión.
(2)    Así lo hace notar B. Díaz Nosty en La Comuna asturiana (ZYX, Madrid, 1974, p. 93).

  Edición digital de la Fundación Andreu Nin, noviembre 2005

 
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