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FUNDACIÓN
ANDREU NIN
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Margarete Buber-Neumann
La comunista alemana que Stalin
entregó a Hitler
Pepe Gutiérrez-Álvarez
Después de recuperar El vértigo
el impresionante relato de Eugenia Ginzburg sobre los campos de concentración
estalinistas (1), la colección que dirige Antonio Muñoz Molina
para Galaxia Gutenberg-Círculo de Lectores efectúa una nueva
entrega con otro testimonio de los supervivientes que con el título
de Prisionera de Stalin y Hitler escribió Margarete Buber-Neumann.
Se trata de una edición igualmente prologada por el propio escritor
empeñado según sus propias palabras en “ofrecer los testimonios
de los que estuvieron allí, para que se deje de especular y se analice,
de verdad, qué es lo que pasó en este periodo de la historia.
Algo que en Europa se hace desde hace tiempo, pero que en España cuesta,
porque aquí nunca se revisa nada" (una reflexión cuyo hilo
retomaré más abajo). Aunque el autor de Beltenebros
ha querido precisar que cuando ha subrayado el desconocimiento existente
sobre dichos testimonios se refería antes que nada al suyo propio,
lo cierto es que estas ediciones -magníficas por lo cuidadas- suelen
ser presentadas como “descubrimientos”, como piezas ocultadas por la imnipresencia
de una izquierda cómplice.
La historia de Margarete Buber-Neumann (Postdam,
1901-Francfort, 1989) es la de una militante comunista que hasta entonces
no se había cuestionado el significado del estalinismo, antes al contrario,
participaba en él con toda su buena fe de militante probada que había
viajado como funcionaria de la Internacional. Perteneciente a una familia
de clase media, debe su primer apellido al más ilustre de todos los
Buber, Martin (2), el célebre autor de Camino de Utopía,
con cuyo hijo había estado casada y con el que había tenido
dos hijos. Afiliada al Partido Comunista alemán en 1926, donde
pronto alcanzó una notoriedad, sobre todo por su relación con
uno de sus líderes más reputado, Heinz Neumann (Berlín,1902-Moscú,
1937), que le dará su segundo apellido. La historia de ambos se confunde...
Heinz era lo que en términos leninistas clásicos se entiende
por un auténtico “profesional de la revolución”, un militante
a toda prueba que desarrolla actividades de extraordinario valor en el más
absoluto anonimato, un profesional riguroso que por ejemplo merece el respeto
del exigente León Trotsky que en uno de sus más importante
trabajos, La Internacional Comunista después de Lenin (3) pondrá
en solfa a todo su equipo dirigente, y lo cita sin cuestionarlo, posiblemente
porque lo creía recuperable.
Heinz, que fue conocido por numerosos
seudónimos (Gruber, Octavio, “Octavio Pérez, Karl Bieler, etc),
pertenecía también a una familia burguesa. Estudió Filología
en Berlín y siendo estudiante ingresó tempranamente en
partido comunista de Alemania (1920). Pronto destacó como colaborador
en la prensa del partido, y trabajó al lado de sus más importante
dirigentes de entonces como Heinrïch Brandler y August Thalheimer, que
serían desde la segunda mitad de los años veinte contrarios
a su rusificación-estalinización desarrollada con el “nombre
artístico” de “bolchevización”, término que escondía
la pérdida total de una independencia que le llevó a protagonizar
toda clase de debates en la Internacional. Como delegado alemán, Heinz
tomó parte tanto en IV Congreso de la Komintern en 1922, (el
último marcado por la fuerte presencia de Lenin y Trotsky) así
como en el V (1924) y en el VI (1928). Igualmente fue el principal representante
comunista alemán ante la más altas instancias de la Internacional
(CEIC) entre 1925 y 1927, año en el que fue enviado a China junto
con V. Lominadse como consejero del CC del partido comunista de China. Como
tal sobresalió junto con Lominadzé en el desencadenamiento
de la Comuna de Cantón (11-14 de diciembre de 1927), formando
parte del ”soviet” dirigente que seguía las directrices del Komintern,
y que acabó trágicamente en una derrota histórica, que
fue determinante para el curso ulterior de la revolución china (4).
A principios de los años treinta existía alrededor de Neumann
una leyenda, y como tal evocaban su nombre algunos comunistas ilustrados
de la época como el madrileño Quique Rodríguez que lo
reconocía como uno de los autores de la obra colectiva La insurrección
armada (5), una de las más emblemáticas del llamado “tercer
periodo”, de carácter izquierdista con el que tanto se identificó
Neumann.
Heinz regresará nuevamente
a Alemania con el objetivo de ayudar a Ernest Thäelmann, y aplicar la
política del “tercer periodo” de Stalin. Convencido partidario de
la línea oficial, Neumann jugó con toda su buena fe un papel
destacado en la estalinización del partido alemán entre 1928
y 1931. Luego será uno de portavoces del partido como diputado en
el Reichstag de 1930 hasta1932, mientras mantiene su cargo en el Komintern.
No obstante, como era de esperar más tarde o más temprano,
un comunista con pensamiento propio como Neumann, tuvo que comenzar a criticar
la política de Thäelmann (el verdadero “hombre de Stalin” en
el partido), por lo que fue destituido de sus puestos de dirección,
y llamado a Moscú en 1932. Dado que sus críticas se atienen
en lo fundamental a la situación alemana, Heinz y Margarete son enviados
a trabajar en España (1932-1933) con la dirección kominteriana
del PCE, actividad sobre la que más tarde Margarete ofrecerá
su testimonio en su libro sobre el Komintern.
Detenido en Suiza a finales de 1934,
Hitler pedirá al gobierno suizo la extradición a Alemania (26.12.1934).
Por su parte, Neumann solicitó asilo político en la URSS y
lo obtuvo a finales de 1935 gracias a la intervención expresa Stalin.
Por una propuesta del viejo bolchevique Piatnitsky (6), Neumann fue incluido
en la delegación del CEIC a Brasil en calidad de consejero político
del líder comunista Luis Carlos Prestes que preparaba una rebelión
contra la dictadura de Getulio Vargas (7). Junto con su esposa Margarete
recibió una preparación especial, a tal efecto (1935). En julio
de 1935 recibió los documentos necesarios y las instrucciones de Piatnitsky,
e incluso escribió un folleto sobre Prestes con el seudónimo
“Octavio Pérez”, el mismo que había utilizado en España.
Sin embargo, tras la caída de Piatnitsky, los planes sobre Brasil
fueron cancelado. Neumann era ya un sospechoso por su probada independencia
de criterio y en su radicalidad antinazi (Margarete lo describe en España
obsesionado por leer todo lo que llegaba desde Alemania) en un momento en
que Stalin preparaba el terreno de un pacto con Hitler. No tardó en
ser detenido y fusilado bajo la acusación de “trotskista” y de “conspirar
contra la revolución” (26.4.1937). De hecho, se trataba de una muerte
anunciada.
Cuando emprendieron el viaje a Moscú
en mayo de 1935, Heinz no se llamaba a engaño. Sabía lo que
estaba ocurriendo, y le había comentado a Margarete "Quizá
vayan a detenerme en Leningrado". A su llegada al. hotel Lux de Moscú,
pudo vislumbrar como el clirnax de sospecha y detenciones que se había
apoderado reinaba en la URSS se había extendido también entre
los emigrados. En este ambiente, el contar con una página de desavenencia
era prácticamente un certificado de muerte. "En Moscú, la atmósfera
era asfixiante", escribirá Margarete que sobrevivirá pero que
conocerá su particular descenso a los infiernos.
Margarete a la que Arthur Koestler define
en sus Memorias como “una mujer de baja estatura de cabello negro,
vivaz y alegre”, era la fiel compañera de Heinz, pero no un cuadro
político recocido y la dejaron. Durante meses estuvo vagando de una
prisión a otra, investigando sobre el destino de Heinz junto con centenares
de esposas y madres desesperadas, que no entendían para nada lo que
estaba ocurriendo. Poco a poco, en un ambiente de incertidumbre total –las
víctimas eran por lo general antiguos revolucionarios, pero carecían
de un perfila tan definido como el que poseían las victimas del nazismo-,
escuchando cómo las noticias sobre la desaparición de amigos
y conocidos, algunos de ellos estalinistas probaos, como ella misma que hasta
entonces no se había cuestionado. Sus únicas pertenencias estaban
reunidas en una maleta guardada bajo la cama, dispuesta para cuando los agentes
de la NKVD vinieran a por ella. Su ingenuidad era tal que cuando por la noche
del 27 al 28 de abril de 1937 vinieron a por ella, no se asustó "en
absoluto", estaba persuadida de que tenía que haber un malentendido.
Los siguió en un lujoso Ford, camino del centro penitenciario de Lubianka.
En su libro anota: "Mi reloj luminoso y el pensamiento de que en mucho tiempo
no volvería a ver aquello fueron las últimas impresiones de
libertad".
La pesadilla sin embargo, no había
más que comenzar. La comitiva la conduciría hasta las
largas colas existentes ante las puertas de las oficinas de las prisiones
en Moscú que disponía el traslado de los prisioneros hasta
los campos de trabajo en Siberia. Allí las condiciones de vida eran
estremecedoras, pero a Margarete le quedaba conocer todavía otra
vuelta de tuerca. El Pacto de No Agresión con el que los firmantes
se repartían Europa oriental, (que Stalin creyó, y que Hitler
utilizó para ganar tempo) entre la Alemania nazi y la URSS estalinista,
sellada por Molotov y Ribbentrop de 1939 (8) contenía una cláusula
que lo hacía más repulsivo si cabe. Era la que dictaminaba
el regreso a su país de origen de los comunistas alemanes detenidos
en las prisiones soviéticas. En el régimen nazi no había
confusión, y para los comunistas no tenían otra alternativa
que no fueran los campos de exterminios, en el caso de Buber-Neumann, el
destino era Ravensbrück.
El valor del testimonio de Margarete
radica en su minuciosidad en la descripción un mundo complejo, de
un abismo por el que desfilan numerosos personajes como la anciana prisionera
que se alegra de llegar a la prisión moscovita tras su paso por Siberia,
siguiendo con el caso de la vigilante jefe de Ravensbrück, Langefeld,
que reniega de Auschwitz como un más allá de la crueldad que
le había tocado protagonizar. A lo largo de sus páginas desfilan
figuras tan siniestras como la del doctor Rosenthal y su amante (la prisionera
Gerda Quernheim), que se dedicaban al asesinato sistemático de mujeres
embarazadas y niños, aunque finalmente acabaron detenidos por robar
las piezas dentales de oro de sus víctimas. Personajes e historias
que se entrecruzan con las algunas militantes comunistas que negaban el terror
estalinista, o como Erika Buchmaim, que "había interiorizado la teoría
fascista del exterminio". Aquel fue su trágico destino hasta
que consiguió su liberación en abril de 1945. en sus páginas
finales escribe "Yo había pensado en todas las posibilidades de una
salvación; la huida ante los rusos con ayuda de las polacas, la desaparición
en el revuelo que se originase después de que escaparan las SS, pero
nunca pensé en ser puesta en libertad".
Con una voluntad militante, y con la
capacidad de observación de una buena periodista, Margarete lo observaba
y lo registraba todo, incluso llegó a hacerse necesaria para sus compañeras,
vivir historias de una intensa humanidad como se desprende de líneas
como las siguientes: “Siempre encontré seres que me necesitaban, nunca
me faltó el regalo de la amistad y de las relaciones humanas”.
La obra de Margarete está justamente
considerada como un clásico en su género. Apareció en
Alemania y Suecia en 1948 y se tradujo al francés en 1949, mientras
que la primera traducción en castellano (firmada por Luis García
Reyes) data de 1967 en la colección Libro Documento para Ediciones
GP que “distribuía” la popular Plaza&Janés. En el catálogo
de GP se podían encontrar diversos best-seller, algunos de ellos famosas
adaptaciones para la gran pantalla como son los casos de Gigi de Colette,
Cinco mujeres marcadas de Ugo Pirro, Que el cielo la juzgue
de Ben Ames Willians, ¿Arde París? de Lapierre&Collins.
No se trataba por lo tanto de una empresa “testimonial”, todo lo contrario.
Era una editorial de las que llegaban a los kioskos, se leía pródigamente
en las oficinas y en los metros. Entre sus divulgadotes hay que reseñar
los Testigos de Jehová perseguidos por el nazismo, a los que les dedica
unas páginas muy emotivas.
En Francia el libro tuvo
una repercusión especial ya que Margarete una intervención
muy impactante en el famoso proceso que los comunistas franceses –con la
misma buena fe que ella había mantenido hasta su detención-
contra el funcionario soviético Víctor Kravchenko en 1947.
El estalinismo estaba perdiendo la aureola que había logrado con la
victoria del pueblo ruso contra la invasión nazi, y la confusión
que reinaba entre los intelectuales parisinos era considerable. De un lado
estaba la derecha que se preparaba para la “guerra fría”, y que había
hecho famosa la imagen del bolchevique en el cuchillo en la boca escondido
bajo la cama. Del otro, una izquierda dividida entre los que creían
que al criticar a la URSS se torpedeaba al movimiento obrero, y los que estimaban
que (como confirmaría el tiempo) más daño le podía
hacer mantener una mentira que ya había sido denunciada desde finales
de los años veinte por escritores de la talla crítica de Panait
Istrati (Hacía la otra llama), Boris Souvarine (Stalin),
Víctor Serge (De Lenin a Stalin) y André Gide (Regreso
de la URSS). Había dificultades para probar la veracidad de las
acusaciones que Kravchenko arrojaba contra el sistema soviético, por
eso el testimonio de Margarete podía inclinar la balanza.
Una de las personas más
emblemáticas que asistió a su descargo fue Simone de Beauvoir
que estuvo acompañada por Sartre en una audiencia. En su diario, la
autora de El segundo sexo, escribió: “Cualesquiera que fuesen
sus mentiras y su penalidad” (de Kravchenko), “y aunque la mayor parte de
sus “testigos” fuesen tan sospechosos como él, de sus declaraciones
surgía una verdad: la existencia de campos de trabajo. Lógico,
inteligente, confirmado además por muchos hechos, el relato de la
señora [Buber-Neumann) arrancaba la convicción.” Y añade
“El testimonio de Margarete fue conmovedor y he salido atormentada por él”.
Una ferviente estalinista de entonces, Dominique Desanti (y autora de otra
historia de la Internacional comunista que publicó Anagrama en los
años setenta), escribiría: “Pero si Margarete Buber-Neumann
me hizo vacilar un momento, ni un solo instante he creído que lo que
contaban todos los testigos fuese verdad...” Otra persona a quien ese proceso
hizo vacilar fue Edgar Morín, pero que permanecería algún
tiempo leal al partido hasta que pasó a animar las ediciones de Minuit
y la revista Arguments, y que añadiría por su parte:
“Sentía no obstante en esa época, aunque ignorase las prácticas
de exterminación sistemática, que había demasiadas víctimas
concentracionarias para que sólo los excesos o los abusos pudieran
explicarlo” (9).
En la misma colección apareció
su no menos impresionante evocación de Milena, la amiga de Kafka,
una biografía complementaria a la suya. Como explica la propia Margarete,
el relato de su paso por los campos nació a partir de su amistad con
esta avanzada periodista comunista judía cuyo nombre completo era
Milena Jesenská, y que cuenta con una popularidad añadida por
haber sido la novia de Franz Kafka, la destinataria de las impresionantes
Cartas a Milena. Ambas estuvieron en el mismo campo de concentración
y hoy se conocen las famosas "Cartas a Milena", gracias a Margarete Buber-Neumann.
Milena murió en brazos de Buber-Neumann. En Prisionera de Stalin
y Hitler, ésta narra cómo lo que le ayuda a sobrevivir
en su doble condición de huida es la promesa que le hizo a su amiga
Milena, "la mujer hermosa, libre, heroica, que había resistido contra
los alemanes en Praga, y logrado que se salvaran las cartas que le había
dirigido a principios de los años XX aquel escritor judío desconocido,
Frank Kafka", escribe certeramente Muñoz Molina en prólogo
del libro. Cuando Milena murió en 1944, el primer pensamiento de Margarete
fue” Ahora la vida carece de sentido”.
Fue Milena quien le propuso que escribiera
sobre su trágica experiencia. "En su fantasía creó una
obra sobre los campos de concentración de las dos dictaduras en la
que hablaría de las llamadas a recuento, las marchas en columna y
la degradación de millones de seres a la esclavitud; una dictadura
en nombre del comunismo y la otra por el bienestar de los tiranos", escribirá
Margarete en su libro que ha sido reeditado por Tusquets. Con todo
lo que les une existe empero una doble diferencia a favor de la Milena: primero)
siempre fue adversaria del estalinismo; segundo) murió siendo una
revolucionaria...(10)
La mejor documentación sobre esta doble
vertiente en la trayectoria de Margarete se puede encontrar en dos obras
cuyas que abordan su itinerario amoroso-militante, De Potsdam a Moscú,
e Historia del Komintern. La revolución mundial (Ed. Picazo,
Barcelona. Desconozco la primera, pero leí la segunda en una traducción
de Rolando Hanglin del mismo año que la edición alemana,
1975). En este caso, lo biográfico y lo histórico se combinan.
Sin embargo, una y otra cosa no brillan a la misma altura. De su parte
testimonial cabe extraer un tono vivo y apasionante. Aquí Margarete
no puede ocultar su entusiasmo y fervor, ni su apasionada relación
amorosa-militante. Describe su vida cotidiana con una mirada fresca, los
revolucionarios que conoce nunca dejan de ser personas de carne y hueso,
con sus grandezas y medianías. Cabría quizás destacar
su vivida descripción del conflicto suicida que enfrentó a
socialdemócratas (anticomunistas que preferían atenerse a la
legalidad antes de luchar) y comunistas (que aseguraban que la socialdemocracia
era el “enemigo principal”, y que ya ajustarían las cuentas con los
nazis), es rica en detalles de la vida cotidiana.
Empero, su capítulo español
(11) resulta bastante extraño amén de representativo de las
limitaciones de la mirada política de Margarete. De entrada porque
su cronología resulta cuanto menos confusa, mezcla acontecimientos,
y aunque no lo diga, da la impresión de que tuvo que tener problemas
con el castellano. También resulta sorprendente su preocuparon (sin
duda una reflexión ulterior, o sea del momento del redactado) por
la “cuestión religiosa” en España, y su descripción
del anticlericalismo de las autoridades que desembocan en una acusación
contra el sectarismo de la República así como con una aséptica
referencia al general Franco, un detalle que cuadra con su anticomunismo
y su evolución ideológica hacia cierta democracia-cristiana.
Hay pues dos Margarete, la comunista
de buena fe que cree en Stalin hasta que la evidencia le cae encima y la
anticomunista autora de este extraño testimonio con pretensión
de historiadora. Desde esta última perspectiva, todo resulta
embrollado, carente del más mínimo rigor. Cita a personajes
históricos sin reseñar sus fuentes, así muchas de las
palabras que llega a atribuir a Lenin resultan muy poco fiable, entre otras
cosas porque las fechas que da son imposibles, por la sencilla razón
de que el líder bolchevique ya había sido enterrado (un detalle
que carece de la menor relevancia en la nueva historia oficial anticomunista).
Más que de una historia, se puede hablar de una vehemente requisitoria
para demostrar que el comunismo fue una aberración, además
siempre y en todas sus facetas. El Komintern fue un mero invento de Lenin
para dar rienda suelta a sus ambiciones; un Trotsky que le grita a los insurrectos
de Kronstadt, “!Os cazaré como faisanes¡” (una versión
del “Tirad a la barriga” de Azaña en Casas Viejas); Rosa Luxemburgo
estuvo siempre y totalmente en contra de los bolcheviques, Stalin es pues,
una consecuencia directa de la revolución de Octubre de 1917, y en
todo esto no hay mucho que discutir. Ni de verdad.
Ya se sabe, el comunismo es intrínsecamente
perverso. No deja de ser curioso que dicha “continuidad” fuera tabla de ley
para los que creyeron en Stalin, como la propia Margarete Buber-Neumann que
como si se tratara de una virgen atraviesa el cristal de la historia sin
tocarlo ni mancharlo. Este giro es harto representativo de los comunistas
arrepentidos, sobre todo para los que apenas si conocieron su fase revolucionaria,
y para los que se habituaron a argumentar en clave estaliniana, y es el que
conecta con los comentarios que podemos leer en Muñoz Molina, en lo
diarios y en páginas web en las que -de paso- la descalificación
total del “comunismo” se combina con reflexiones sobre la no-viabilidad
del “Estado del Bienestar”, y es que una cosa lleva normalmente a la otra.
El enfoque es siempre el mismo, la medida del comunismo se impone desde el
estalinismo (posiblemente también su mayor negación, no menos
de lo que Franco pudo ser del cristianismo), y se níngunea todo
un comunismo de oposición, existente tantas veces dentro incluso de
la mitificación estaliniana como prueban los mismos Heinz y
Margarete.
Una forma de estalinismo invertido sobre el
que sigue vigente las observaciones de Isaac Deutscher efectuadas en
su célebre e insuperable Herejes y renegados (12)
Esto explica el hecho de que a
pesar de ofrecer un testimonio sobre las actividades de Heinz Neumann, este
libro no haya pasado precisamente como una aportación imprescindible,
ni tan siquiera significativa, a la historia del Komintern. Ninguna de las
monografías reconocidas sobre la Tercera Internacional la mencionan,
lo cual no deja de resultar chocante ya que cuanto menos ofrece información
de primera mano sobre las vicisitudes sobre Neumann, uno de sus profesionales
más importante que, por citar un solo ejemplo, tuvo un papel destacado
en diversos momentos históricos como o durante la crisis revolucionaria
china de 1927 o en España republicana, y sin embargo, nadie
parece haberle prestado la menor atención (13).
En el lanzamiento del libro, el enfoque escogido
por Antonio Muñoz Molina -su introductor y de alguna manera recuperador
y “avalador” de este seria de obras, siempre desde un ámbito político
que podemos situar perfectamente en la derecha anticomunista, no hay más
que repasar los artículos que publicaba en El País del
cual -según Haro Teglen- salió por la derecha.
Partiendo del hecho primordial de que "Margarete
fue víctima del pacto de no agresión que firmaron Hitler y
Stalin en 1939. Un acuerdo que, en entre sus muchos artículos, acordaba
la entrega a Alemania de aquellos ciudadanos del país que hubieran
escapado del nazismo buscando refugio en la Unión Soviética...”,
el subrayado lo establece en la siguiente consideración: “...Algo
de lo que en España todavía se habla poco". Considera "escandaloso"
que este tema en España sea "muy desconocido". Y como ilustración
ofrece su propio ejemplo: "Puedo hablar en primera persona porque a mí
me ha costado un disgusto tratar este tema y me han tachado de reaccionario.
Todo el mundo está dispuesto a reconocer que los campos de exterminio
nazi fueron horribles, pero si hablas del Gulag del estalinismo, todavía
hoy te dicen que no es lo mismo".
Para el autor de Sefarad (novela en
la que ya amalgamaba las víctimas del “holocausto nazi y comunista”
en un cielo conservador exento de nubes), trata de reparar una injusticia
ya que aunque “no es igual, porque los nazis mataban en nombre de la raza
y los otros en nombre de la felicidad de un Estado?". Este matiz no contradice
empero la existencia de una simetría a cuyo conocimiento contribuye
poderosamente la obra de Buber-Neumann. Cierto es pues que existe una diferencia
fundamental entre los dos regímenes. Mientras que "en que la persecución
nazi se concentraba en perseguir a lo otro, a lo diferente, ya sea judío,
extranjero, gitano u homosexual; mientras que los enemigos del sistema soviético,
son sus propios ciudadanos". Por otro lado, "el sistema nazi está
pensado para el exterminio, mientras que el soviético es un sistema
esclavo y de control social".
Sobre la base de datos que me ofrece la nuera del
socialutópico Martin Buber y luego señora Neumann –un representante
de lo mejor del comunismo alemán-, se me ocurren las siguientes
acotaciones:
1. Ciertamente, en España se
habla poco del pacto Molotov-Ribbentrop, pero menos se habla de otras cosas
por ejemplo de la connivencia franquismo-nazismo, de la matanza de comunistas
en Indonesia (nuestros gobiernos democráticos han mantenido excelentes
relaciones con el régimen de Suharto), o del crecimiento del hambre
en un mundo en el que aumenta la concentración de las riquezas (según
datos de la ONU), ¿y alguien ha leído a Muñoz Molina
sobre algunas de estas cosas u otras parecidas?;
2. No fueron únicamente los “soviéticos”
(¿dónde estaban los soviets en un país donde todo estaba
desestructurado y todo dependía del “máximo líder?)
los que pactaron con los nazis, y aunque nadie hable de ello conviene recordar
el apoyo que contó (como Mussolini) por parte de la derecha conservadora
europea y norteamericana...hasta que comenzaron a bombardear Gran Bretaña,
por otro lado, como ilustra el propio caso de Margarete, los comunistas fueron
las primeras víctimas de dicha pacto;
3. Stalin pudo llegar a ser personalmente
mucho peor que Hitler, de hecho su dictadura fue muchísimo más
personal, sin embargo esto no impidió que –por citar un solo ejemplo-,
que el pueblo ruso se batiera contra los nazis a vida o muerte o que los
comunistas fueran el principal baluarte de la resistencia antifascista, una
paradoja que o se puede explicar únicamente con una comparación
del horror totalitario...
4. Por otro lado, el exterminio de la
vieja guardia bolchevique y el “Gran Terror” tenían un doble objetivo
para Stalin, de un lado salvaguardar su poder absoluto sin necesidad de debatir
ni de temer ninguna oposición, pero de otra demostrar a las potencias
“democráticas” que la revolución ya estaba más que enterrada,
y que la URSS era una garantía para el orden internacional, y así
lo demostró también durante la guerra española
empleando la “ayuda soviética” para desactivar la revolución;
5. El nazismo fue la expresión
política del miedo a la revolución (socialista y por lo mismo
democrática) de las clases dirigentes y amplios sectores de la clase
media, y su objetivo primordial fue la destrucción del más
poderoso movimiento obrero de Europa, amén de competir con los vencedores
de la “Gran Guerra” (sobre la que tampoco se quiere hablar, Enrique Krauze
la atribuye vagamente ¡a “los nacionalismos”!) en la expansión
imperialista...La URSS representaba una revolución grotescamente deformada,
como muchas otras que se quedaron aislada, por ejemplo la única revolución
antiesclavista protagonizada por los mismos esclavos, la haitiana;
6. Margarete fue una militante comunista
al menos entre 1925 y 1937, y su destino se explica como parte de la gran
tragedia de una generación...¿Cuándo era comunista se
la podía comparar con un SS o con un Serrano Súñer cualquiera?;
7. Es posible que los disgustos que
la ha provocado a Muñoz Molina sus ejercicios de simetría parcial
(o sea en una única dirección), no sean solamente porque hay
viejos estalinistas aquí y allá, a lo mejor es también
por su enfoque, extrañamente coincidente con los propios de la escolástica
neoliberal;
8. Cabría preguntarse hasta donde
alcanzó el desengaño de Margarete que, si nos atenemos a los
criterios desarrollados por Muñoz Molina en el caso de Evgenia Ginzburg,
fue mitad víctima, mitad verdugo; más, porque fue una estalinista
mucho más involucrada que Evgenia, una militante provinciana;
9. Y para acabar: el hecho de que Muñoz
Molina permaneciera ajeno a este tipo de aportaciones no significa que no
tuvieran un eco significativo en su día, ni mucho que desde la izquierda
más crítica no se le prestara la atención debida, por
ejemplo esta izquierda fue la que publicó la obra de Panait Istrati
en...1929.
Notas
---(1) Me remito a mi reseña sobre el libro aparecida en el número
de El Viejo Topo de septiembre (2005), y en la web de la revista Viento
Sur.
---(2) No está de más recordar la personalidad de Martin
Buber, cuyo prestigio –en especial en los medios libertarios y católicos
progresistas del tipo Miret Magdalena- hasta los años sesenta
como un pensador de la utopía y del diálogo entre religiones
y culturas (un pecado mortal para la escolástica neoliberal, no hay
más que leer a Wall Vagas Llosa).
---(3) Esta obra (editada por Akal en 1977 con un cuidado prólogo
de Mariano Fernández Anguita) es por sí misma una demostración
clamorosa de que la Internacional Comunista fue otra cosa, y pudo haber sido
algo muy diferente.
---(4) Se ha hablado muy poco sobre las grandes derrotas revolucionarias,
y en concreto de la China de 1927, seguramente más conocida por dos
grandes novelas de André Malraux, Los conquistadores y La
condición humana, sobre la que, por cierto, se gestó una
adaptación fílmica que tenía que dirigir Fred Zinnemann
con Ives Montand de protagonista. Recuerdo que a principios de los años
ochenta, cuando el protagonista de Z y de Estado de sitio,
ya se había convertido a la fe de Wall Street, reaccionó acremente
a una pregunta efectuada desde un programa de cine en la 2, algo así
que no se hacía porqué, ¿Quién iba a creer ahora
que los comunistas chinos se portaron heroicamente?, como sí el presente
pudiera negar el pasado, y como sí Malraux se hubiera inventado su
narración. El lector interesado encontrará una extensa información,
incluyendo fragmentos de artículos de Neumann, en La question chinoise
dans l´ Internationale Communiste, edición de Pierre
Broué (EDI, París, 1976), y la obra de Claudín, La
crisis del movimiento comunista internacional.
---(5) No está claro que Neumann tal como pretendían algunos
comunistas de entonces como Juan Andrade en conversaciones privadas hablando
de su reedición, fuese el A. Neuberg que firma el libro. La
insurrección armada tuvo una primera traducción en las
Ediciones Rojas de Madrid, en 1931, y una reedición corregida en Fontamara,
Barcelona, 1978. A falta de confirmación sobre el presunto papel de
Neumann –por lo demás, todo un experto en la cuestión-, se
tomaron los nombre que aparecían en la edición francesa de
Maspero, o sea Mijhail Tujachevski, Hans Kippenberger, Ho Chi Minch, Unschlicht,
Piatnitsky, Togliatti, Eric Wollenberg (general “Walter”).
---(6) Osip Pianitski (seudónimo de Iosif Aranovich Tarshis, 1882-1937),
hijo de padre carpintero y judío, socialdemócrata desde 1898,
responsable del aparato clandestino bolchevique desde 1903, pasó
a ser uno de los cuadros de la Internacional sin cuestionarse nunca su línea
política, hasta que fue acusado de “trotskista” y provocador”
y fusilado; algo similar ocurrió con su compañero en la aventura
china, Lominadzé.
---(7) Sobre este y otros episodios resulta de gran interés
la minuciosa información que se pede encontrar en La Internacional
Comunista y América Latina. Diccionario biográfico, obra
conjunta de Lazar Jeifets&Víctor Jeifets y Peter Huber (Peter.Huber
(a)unibas.ch).
---(8) Actualmente resulta difícil de comprender que el estalinismo
consiguiera “comerle el coco” a militantes que llegaron a efectuar verdaderas
barbaridades, pero que, a pesar de todo, siguieron al lado de los trabajadores
y de la revolución, este fue el caso de André Marty que dio
la espalda al pacto con los nazis, del español Gabriel-León
Trilla, o del legendario Willy Müzemberg, quien después de denunciar
dicho pacto, moriría misteriosamente. Müzemberg ha sido utilizado
como modelo de manipulador al servicio del estalinismo, e hecho un causa
en la que creía; con todo su experiencia ha sido retomada por la internacional
neoliberal en la que muchos actúan de “buena fe”.
---(9) Kravchenko era un funcionario soviético que se hizo famoso
con su fuga narrada en Yo escogí la libertad, de la que existió
una edición española en NOS Editorial, Madrid, en la que no
consta fecha aunque en el volumen que poseo encontré una nota de oferta
de un librero fechada el 30 de septiembre de 1948. Por la misma época
corrieron por España un par de chistes atribuidos popularmente al
republicano Manuel Gila que, aparecía en el escenario con el libro
de Kravchenko, y leía así su título: Yo encogí
la libertad... En otra ocasión aparecía una chaqueta rota
pero muy limpia en un tendedero, y comentaba: Mi chaqueta está rota,
pero estalim-pita. No hay duda de que los que habían perdido la guerra
le encontraban la gracia. La información sobre su proceso y la intervención
de Margarete se puede encontrar en la obra de Herbert R. Lottman, La
Rive Gauche. Intelectuales y política en París, 1935-1950
(Blume, Barcelona, 1985).
---(10) Creo que resulta muy importante subrayar Milena este doble
aspecto porque no es lo que se suele hacer.
---(11) Sobre el que ofrecemos dos capítulos extraídos del
libro, el que narra su encuentro con Heinz Neumann, y el que describe su
viaje a España.
---(12) Sobre esta cuestión recomiendo fervientemente la lectura de
Enzo Traverso, El totalitarisme. Història d`un debat (Universitat
de Valencia, 2002), en particular el capítulo "Antitotalitarisme i
anticomunisme: la guerra freda", en el que la influencia de Deutscher resulta
luminosa.
---(13) No es citado por algunos estudios extensos sobre China como puede
ser el voluminoso trabajo de Jacques Guillermaz, Historia del partido
comunista chino, 1921-1949, Península, Barcelona, 1970), tampoco
lo registran los autores con voluntad exhaustiva como los del Diccionario
biográfico mencionado; ni Antonio Elorza y Marta Bizcarrondo en
Queridos camaradas. La Internacional Comunista y España, 1919-1939
(Planeta, Barcelona, 1999), por cierto, una obra sumamente singular que podía
haberse subtitulado "Como justificar la política estalinista reseñando
los crímenes de Stalin.."..
Edición digital de la Fundación Andreu
Nin, diciembre 2005